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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 352 | Julio 2011
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Internacional

Revolución en Egipto: un relato de su génesis

La llamada “Primavera árabe” inició en Túnez y poco después tuvo en Egipto una inolvidable expresión de humanidad. Éste es el relato de un siquiatra quien, entre muchos compatriotas, vivió doce días en la Plaza Tahrir de El Cairo, un lugar cargado de enseñanzas para quienes en cualquier parte del mundo trabajan, indignados, por hacer revoluciones, por cambiar las cosas.

Mohammed Aboquelleil Rashed

La Plaza Tahrir, un sitio donde se concentra masivamente el tráfico en el centro de la ciudad de El Cairo, se convirtió en el epicentro físico y simbólico de lo que ya se conoce en todas partes como la Revolución Egipcia de 2011. Después de vencer el 28 de enero, “Viernes de la Ira”, la brutal represión de la Policía Central de Seguridad, decenas de miles de manifestantes ocuparon esa plaza durante 16 días exigiendo el fin del régimen de Mubarak.

FUERON LOS MOMENTOS
MÁS SIGNIFICATIVOS DE MI VIDA

Con extraordinaria velocidad -tan sólo unos días- esta plaza se transformó en símbolo de las aspiraciones del pueblo egipcio y, a la vez, en un significativo espacio social. Separada del entorno de la ciudad por barricadas que se levantaron en los límites de la plaza, también surgió allí paralelamente, una frontera sicológica: en la plaza, los manifestantes adquirieron una identidad sencilla y unificadora: eran el pueblo revolucionario. Dentro de la plaza, la sección central se transformó en un espacio de estabilidad y de convivencia social, mientras que el “Frente” -la avenida principal que da a la plaza, donde se levantaron barricadas para defender a la gente de los ataques de quienes apoyaban al régimen- se convirtió en un espacio de incertidumbre, violencia y paranoia. Escribí este relato desde la Plaza, un par de días antes de la renuncia de Mubarak.

Llegué al aeropuerto de El Cairo el domingo 30 de enero a las 5.30 de la madrugada, entusiasmado con la idea de participar en lo que considero, con mucho y hasta ahora, el momento más lleno de significado en toda mi vida. Había pasado los cuatro días previos a mi llegada siguiendo obsesivamente los acontecimientos desde Londres y ya en la tarde del 28 de enero decidí que tenía que regresar a Egipto. Noté extrañamente vacía la sala de llegadas del aeropuerto. Al salir, encontré un único taxi. “¿En cuánto me lleva al centro de la ciudad?” “250 libras,” me dijo el taxista. Eran más de 400 dólares y ese viaje debía costar unas 50 libas. El hombre respondió a mi exabrupto de protesta explicándome que había desafiado el toque de queda y varios puntos de control de los comités civiles de defensa para poder llegar al aeropuerto. Volví al edificio para ver si podía negociar un precio más bajo con otro y al salir del ascensor vi a miles de personas, en su mayoría extranjeros, que se iban de Egipto. Fueron las primeras señales de que en mi país había una revolución.

“KHALED SAID SOMOS TODOS”

Las protestas comenzaron el 25 de enero, estimuladas por varios grupos, el más prominente entre ellos el Movimiento Juvenil 6 de abril, una coalición de activistas jóvenes surgido en Facebook. Este movimiento nació en abril de 2008 para apoyar a los trabajadores industriales que estaban manifestándose contra sus bajos salarios. Lo consolidó en junio de 2010 la muerte de Khaled Said, un joven matado a golpes y en público por la policía.

A la muerte de Said estos jóvenes publicaron en su página de Facebook un texto que titularon “Khaled Said somos todos”. He aquí un extracto: “Khaled se ha convertido en símbolo para muchos egipcios que sueñan con ver a su país libre de brutalidad, de tortura y de maltrato. Muchos jóvenes egipcios están hartos del tratamiento inhumano que enfrentan cada día en las calles, en las comisarías de policía y en todas partes…Los egipcios aspiran a ver llegar el día en que Egipto recupere su libertad y su dignidad, el día en que termine el actual gobierno militar, que ya lleva 30 largos años en el poder, el día en que los egipcios puedan elegir libremente a sus verdaderos representantes”.

Entre los objetivos iniciales de las protestas se incluían el fin de la brutalidad policial, el fin del “estado de emergencia” prolongado por 30 años y el fin de las dramáticas inequidades sociales y de la pobreza endémica causada por el desgobierno y por una corrupción instalada en el sistema político.

RESULTADO DEL “VIERNES DE LA IRA”:
LLEGAN MILES MÁS A LA PLAZA

En un acontecimiento que sorprendió, tanto a la policía antimotines como a los mismos manifestantes, decenas de miles de personas llenaron las calles de El Cairo y de varias ciudades con estos reclamos. Los manifestantes frenaron respuestas violentas de parte de la policía, que usó gases lacrimógenos, agua y hasta balas para dispersar a muchos grupos, todos decididos a converger en la Plaza Tahrir.

La elección de este lugar como punto de convergencia fue algo natural. Esta plaza recibió su nombre -Tahrir en árabe significa Liberación-, tras el levantamiento en 1919 contra la Colonia británica. La plaza es el centro estratégico del tráfico de la capital y está rodeada de edificios de instituciones vitales para el aparato estatal: el parlamento, varios edificios ministeriales y el imponente Mogamma’ El-Tahrir, un complejo administrativo que los egipcios conocen como un laberinto de ineficiencia burocrática.

Ante la respuesta brutal de la policía, los manifestantes transformaron rápidamente sus consignas y, de las demandas económicas y políticas específicas, pasaron a lo que sería el reclamo central de importantes segmentos de la población: “El pueblo exige el fin del régimen”. Al final del martes 25 de enero varios manifestantes habían muerto, muchos estaban heridos y centenares habían sido detenidos.

Consciente del poder de la tecnología de las comunicaciones para movilizar a la gente, el régimen cortó todas las conexiones de Internet y de los teléfonos celulares en la mañana del 28 de enero. Para entonces ya se había anunciado el “Viernes de la Ira” y centenares de miles de manifestantes se enfrentaron con los policías antimotines para llegar a la plaza. A las 5 de la tarde de ese día, la policía había perdido ya el control de las calles, varios vehículos policiales habían sido quemados y la sede del partido de gobierno, el Partido Democrático Nacional, ardía en llamas. En lo que más tarde se supo fue una orden del Ministerio del Interior, la policía se retiró de las calles, dejando a El Cairo y a otras muchas ciudades sin presencia de uniformados. Se anunció entonces el toque de queda y el ejército fue el que se desplegó para dar una imagen de orden y proteger algunas instalaciones, especialmente el Museo Egipcio y la televisión estatal.

Esa misma noche y al día siguiente muchos presos fueron liberados. Informes de testigos oculares y videos no profesionales colocados en Facebook días después mostraron a oficiales de la policía liberando presos y entregándoles armas para que generaran el caos, aunque no es posible probar su autenticidad. El vacío de seguridad ciudadana motivó a la población a formar grupos locales de protección que se equiparon con armas improvisadas. Al terminar el Viernes de la Ira, la Plaza Tahrir, que hasta entonces había sido sólo espacio de protestas diurnas, fue ocupada exitosamente por varios miles de manifestantes.

“ESTA PLAZA ES NUESTRA CASA”

Cuando llegué a la plaza temprano en la mañana del 30 de enero, el ambiente me pareció sobrecogedor. Como un egipcio más, crítico permanente del régimen hiper-corrupto de mi país, y al igual que mis compatriotas, nunca había tenido la oportunidad de expresar abierta y públicamente mis puntos de vista políticos. Por eso, me resultó emocionante encontrarme en el centro de El Cairo coreando consignas contra el régimen opresivo y brutal que gobernaba Egipto desde hacía 30 años.

Aunque la plaza no tenía más de dos noches y un día de permanecer ocupada, ya era impresionante el grado de solidaridad social y de organización. Entre los continuos cantos, bastante creativos, mujeres y hombres jóvenes pasaban recogiendo la basura. Uno de ellos me explicó: “Esta plaza es nuestra casa y hay que mantenerla limpia”. La gente hacía filas ordenadas -algo que los egipcios nunca hacen jamás- para comprar té en los tramos improvisados. En todas partes todo el mundo se comportaba lo mejor que podía. Días después, algunas mujeres me contaron que el acoso sexual, un problema endémico en El Cairo, brillaba por su ausencia en la plaza. Un salón cercano había sido convertido en clínica de emergencia para los heridos en los enfrentamientos con la policía. Manifestantes de todas edades, clases sociales, niveles educativos e ideologías conversaban sobre política y compartían sus reivindicaciones, unidos por un objetivo único: el estatus quo tenía que terminar.

Desafiando un toque de queda que todos ignoraban regresé a casa en la noche. En el camino encontré numerosos grupos de protección creados por la misma gente para llenar el vacío de seguridad dejado por la policía. Mi familia, igual que muchas otras, estaba nerviosa, con las puertas atrancadas y enllavadas. Me contaron que habían escuchado disparos cercanos y que circulaban rumores de casas saqueadas. Tenían miedo. La ausencia de la policía y el abrir las puertas de algunas penitenciarías eran tácticas dirigidas a sofocar la revolución forzando a la gente a quedarse en sus barrios protegiendo sus casas de eventuales robos. Y aunque eran muchos los egipcios movidos por el espíritu revolucionario, también había quienes deseaban que terminaran las protestas para regresar al escaso orden y a la seguridad previas a la erupción de este clamor.

CABALLOS, CAMELLOS, LÁTIGOS,
PIEDRAS Y BALAS

El martes 1 de febrero un estimado de un millón de gentes se congregaron en la Plaza Tahrir, como refuerzo diurno de los varios miles de manifestantes que habían pasado allí la noche declarando la plaza “territorio libre”.

A esas alturas se calculaba ya que la policía había matado al menos a 300 personas y las fotos de los “mártires” de la revolución dominaban las pancartas que se alzaban en la plaza. Semanas después, el diario egipcio Al-Masry Al-Youm del 22 de febrero informó que el Ministerio de Salud calculó el número de muertos en 384, con 6,467 heridos. Dos semanas antes, el 8 de febrero, Human Rights Watch trabajaba con la cifra de 302 muertos (232 en El Cairo, 52 en Alejandría y 18 en Suez). En base a estos cálculos, algunos sugieren que la cifra de 300 es conservadora, y que el número real podría ser el doble o el triple.

Aquella noche, en una comparecencia por el canal de la televisión estatal, el Presidente Mubarak declaró su determinación de mantenerse en el poder hasta el final de su período en septiembre: “En esta nación querida es donde he vivido. He defendido su suelo, su soberanía y sus intereses. Y sobre su suelo moriré. La historia me juzgará como ha hecho con otros”.

A la mañana siguiente, mientras conducía por el barrio residencial relativamente pudiente de Mohandesin, vi a un grupo pequeño de gente que apoyaba al régimen y cantaban: “¡Sí Mubarak! ¡Líder de nuestra nación!” Volví a mi casa para bañarme y comer algo y regresar a la plaza. A mediodía un grupo de quienes apoyaban al gobierno invadieron la plaza y agredieron a los manifestantes con piedras y varillas metálicas. Más tarde, fueron hombres montados en caballos y en camellos y armados de látigos los que atacaron a la muchedumbre, pero fueron rechazados y obligados a retirarse.

A lo largo del día otros -muchos de ellos se supo después eran matones del partido de Mubarak y agentes clandestinos de la policía- lanzaron a los manifestantes piedras y cocteles molotov. Al anochecer se escucharon disparos y varias personas cayeron abatidas por las balas. Seguramente, de francotiradores ubicados en edificios cercanos.

AQUÍ “NOSOTROS” Y ALLÁ “ELLOS”

Los mensajes de la televisión estatal, y de los políticos del nuevo gobierno nombrado por Mubarak como respuesta a la revuelta, intentaron socavar la revolución. Se referían a los acontecimientos reiterando que eran “una serie de incidentes lamentables”. También trataron de explotar los recelos de los egipcios ante la “injerencia extranjera”, invocando teorías de conspiración para pintar la revolución como un intento foráneo para destruir a Egipto. Nada tan lejos de la verdad: fueron egipcios quienes iniciaron las protestas, no hubo nadie extranjero. Sin embargo, los rumores funcionaron, especialmente entre quienes no habían estado en la plaza y no tenían ninguna otra fuente de información que la propaganda de la televisión estatal.

Camino a la plaza Tahrir el jueves 3 de febrero, me detuve a comprar cigarrillos. Al saber hacia dónde iba, el hombre de la venta me advirtió que no participara en eso. Me dijo que los jóvenes estaban siendo instrumentalizados por los “poderes extranjeros” para arruinar a Egipto y me preguntó enfáticamente: “¿No son los americanos los que están repartiendo allí pollos del Kentucky Fried Chicken y billetes de un dólar para que se queden en la plaza?” No era la primera vez que escuchaba este rumor absurdo que, paradójicamente, tenía como resultado atraer a mucha más gente a la plaza para ver si era verdad. Ese día, más tarde, escuché a un joven que hablaba por teléfono: “¡Todo son mentiras! Estoy aquí y ¡sí, esto es una revolución de verdad!”.

Los acontecimientos violentos del día anterior crearon una fuerte sensación de “nosotros” (los manifestantes anti-régimen) y “ellos” (incluía no sólo a los grupos pro-régimen, también a los egipcios comunes que percibían la revolución como una amenaza a su seguridad y a la estabilidad).
Al entrar a la plaza el 3 de febrero me impactó la respuesta enérgica y eficiente a lo ocurrido en la noche anterior. Muchos hombres y algunas mujeres se habían ofrecido para verificar la identidad de quienes entraban a la plaza y para hacer registros corporales -siempre realizados con respeto- para que nadie ingresara con armas. Temían que secuaces del partido de Mubarak o agentes encubiertos de la policía ingresaran para amedrentar y provocar confusión. Se le negaría la entrada a quienes tuvieran papeles que indicaran afiliación al partido o a la policía. Un amigo mío, que trabaja como periodista de un periódico oficial, sólo logró ingresar a la plaza después de jurar que él también estaba en contra de las tácticas de los medios oficiales para deslegitimar la revolución.

DESDE LAS BARRICADAS
BLINDÁBAMOS LA REVOLUCIÓN

Ese día, varios hombres estaban en la plaza con las cabezas vendadas como resultado de las batallas de la noche anterior y mucha gente se envolvía la cabeza con alguna ropa en previsión de los proyectiles que podrían lanzarles. Ya había al menos cuatro puntos para atender las emergencias médicas y la entrada principal a la plaza estaba protegida por varias filas de barricadas improvisadas, levantadas con piezas que habían quitado a los vehículos policiales abandonados. A lo largo de ese jueves hubo ataques esporádicos y de vez en cuando se escuchaban retumbos: era el redoblar de tambores que nos convocaban a los hombres a acudir al “Frente” para defender la Plaza de la Liberación.

Al oscurecer me fui al Frente para participar también en esa tarea de resguardar la plaza. En la barricada más extrema y junto a otros hombres pude ver a un grupo congregándose en un paso elevado cercano, el sitio desde donde habían disparado balas y otros proyectiles la noche anterior. La atmósfera era tensa, casi paranoica. Alguien preguntó: “¿Quiénes son? ¿Están con nosotros o no?” Yo contesté a tientas, impactado por la agudeza de las divisiones que habían surgido tan rápidamente. Aquella situación me resultaba novelesca: estaba allí, tras una barricada en el centro de El Cairo, ante una calle regada de piedras y pedazos de metal, entre hombres vendados y mujeres que llenaban bolsas con piedrecitas anticipando más ataques, mientras otras distribuían agua y comida a los que protegíamos la plaza, todos atentos, escrutando a nuestros conciudadanos que estaban del otro lado, preguntándonos si estarían o no ”con nosotros”.

Durante el día, y varias veces, alguien que entraba a Tahrir provocaba desconfianza por una razón o por otra. Inmediatamente, lo rodeaba una multitud y a veces lo sacaban y lo entregaban a unos soldados que rodeaban la plaza aunque manteniéndose neutrales.

Después de unas horas en el Frente, regresé al centro de la plaza. Allí la atmósfera no era de desconfianza, era totalmente diferente: la gente coreaba consignas, cantaba, compartía la comida que habían traído entre pláticas políticas, apasionadas pero amigables. Sentí que los hombres que estaban en las barricadas del Frente realizaban un buen trabajo: permitían que la revolución continuara en el centro de la plaza, blindada de los peligros que acechaban fuera.

“VIERNES DE LA RESISTENCIA”:
ALEGRÍA, EUFORIA, ORGANIZACIÓN Y REZOS

El “Viernes de la Resistencia” del 4 de febrero fue planificado como una nueva protesta de “un millón de personas”. Ese día la plaza estaba repleta. A aquellas alturas de la experiencia la división del trabajo ya era impresionantemente meticulosa. Muchos de los hombres que defendían la plaza llevaban identificaciones escritas a mano que decían “Comité de Protección Pública”. Algunos médicos las llevaban indicando su especialidad y algunos de quienes habían venido trabajando en la limpieza de la plaza también se identificaban: “Higiene”.

Como mi cédula indica que soy médico, me llamaron frecuentemente a uno de los puntos de atención, aunque me descartaban respetuosamente cuando se daban cuenta de que soy siquiatra. Frecuentemente se escuchaban por los parlantes llamados solicitando médicos para los puestos de emergencias y voluntarios para realizar registros a la gente que iba colmando la plaza.

Aquel viernes la atmósfera era alegre, hasta eufórica. A pesar de los ataques, cada vez más gente entraba a la plaza, haciendo caso omiso a los rumores alarmistas difundidos por el régimen. En las oraciones del viernes miles de gentes rezaron dentro y fuera de la plaza, mientras los cristianos nos rodeaban protegiendo nuestras oraciones, un gesto que repetiríamos los musulmanes dos días después protegiéndolos a ellos en el culto cristiano que realizaron el domingo.

Al finalizar el día, mientras las multitudes se dispersaban, dejando a un núcleo de miles de personas que permanecerían en la plaza toda la noche, percibí en el aire una sensación de calma. La paranoia y el miedo que dominaban los dos días previos habían disminuido, seguramente porque se había reducido la frecuencia de los ataques. Seguramente también gracias a una sensación que iba en aumento y que un amigo me expresó así: “No estamos solos, hay cada vez más gente con nosotros , el régimen ya lo ha intentado todo, nos han golpeado, nos han matado, aterrorizaron a nuestras familias, difundieron mentiras, pero nada les ha funcionado”.

En los días que siguieron, cada vez más egipcios se despojaron de sus ansiedades sobre la inestabilidad y los poderes extranjeros y fueron abrazando el espíritu revolucionario. La frontera entre “nosotros” y “ellos” comenzó a desdibujarse, aunque todavía estuvo presente. El malestar se extendió, incluyendo a empleados gubernamentales que organizaban plantones y llamaban a la desobediencia civil, protagonizando el reto más tremendo que le tocó enfrentar al régimen de Mubarak.

FRAGILIDADES Y FIRMEZAS,
INCERTIDUMBRES Y CONVICCIONES

Durante el tiempo que estuve en la Plaza Tahrir quizás lo que más me impresionó fue la combinación de fragilidad y de firmeza que se vivía en aquel espacio y que vivía cada quien en su propio espacio emocional. En cada momento existió la sensación de que todo podría colapsar, política y sicológicamente, y que nos quedaríamos sin nada más que desesperación y rabia. Al mismo tiempo, nos embargaba una convicción contradictoria, y a la vez eufórica, de que ya habíamos ganado la batalla política y que sólo era cuestión de tiempo. Los días que pasamos en la plaza fueron agotadores, y no tanto por los desafíos físicos que implicaba, sino por la carga mental que suponía mantener y contener durante tanto tiempo tantas emociones contradictorias.

Durante todos esos días nos sostuvo el coincidir en una meta clara: teníamos que derrocar el régimen, objetivo común que se expresó en este simple reclamo “que se vaya Mubarak”. En ciertos momentos me pareció absurdo que tantas miles de personas condensaran sus muchas, complejas y diversas reivindicaciones en términos tan simples y hasta reduccionistas. Después me di cuenta que tenía que ser así. En la plaza había manifestantes de toda índole -ricos y pobres, religiosos y laicos- y la única forma de agruparnos era a través de una demanda tan sencilla como poderosa.

Vivimos una experiencia en que casi pareció superada la interpretación clásica de la antropóloga social Dame Mary Douglas en su libro Natural Symbols: Explorations in Cosmology sobre la relación entre el control social y el ego individual. En la sociedad temporal y espontánea que se formó en la Plaza Tahrir el poder del grupo surgió de la unión de centenares de miles de egos que compartieron un clamor colectivo contra la tiranía.

Y mientras todo esto sucedía, estábamos poniendo en juego nuestra estabilidad emocional, y a veces hasta nuestras vidas, anticipando un acontecimiento que estaba fuera de nuestro control: la renuncia del Presidente Mubarak. El 4 de febrero, más o menos a las tres de la tarde, un grupo llegó corriendo a la plaza gritando “¡Renunció!” De inmediato estalló una alegría desbordante. Un hombre que lloraba sin freno corrió hacia mí y me abrazó. Gritos de alborozo se oyeron por toda la plaza, pero enseguida descubrimos que no era más que un rumor. El júbilo se apagó y nos encontramos nuevamente ante el desafío de contener la fragilidad de aquella situación.

¿QUÉ NOS AYUDÓ A PERMANECER
EN LA PLAZA?

En esta tarea lo que más nos ayudó fue la división del trabajo que se estableció en la plaza. La formación espontánea de comités de voluntarios sin líderes reflejó la naturaleza nada jerárquica y las aspiraciones democráticas de la sociedad creada por los manifestantes.

Fue una conmovedora eliminación de las relaciones de dominación política y de subordinación a las que los egipcios se han acostumbrado. Además de ser útil logísticamente, la formación de estos comités nos animó. Eran como el embrión de una comunidad diferente en la que todos nos comportábamos idealmente. Eran también un mensaje que enviábamos al régimen: podíamos convivir sin las imposiciones de un gobierno y sin la presencia de la policía. Aquella sensación de que la Plaza Tahrir era ya un territorio liberado tuvo como efecto un auténtico empoderamiento.

Recuerdo aquellos días y puedo ver que el unirnos para conseguir un objetivo único, el crear estructuras organizativas y el adoptar actitudes y comportamientos ideales fueron necesarios para preservar un grado de estabilidad emocional y de unidad social y, en consecuencia, para garantizar que la Plaza Tahrir, símbolo de la revolución, permaneciera ocupada por miles de personas durante tantos días.

FUIMOS DECENAS DE MILES
CON UNA ÚNICA IDENTIDAD

La sensación de aislamiento, tanto físico como ideológico, del resto de Egipto transformó la atmósfera de la plaza en algo volátil. El punto más álgido fue el miércoles 2 de febrero: las agresiones y la siembra de rumores en contra nuestra nos indicó que teníamos que protegernos. Eso tensionó y provocó paranoia en el ánimo de la gente. Sin embargo, la atmósfera de desconfianza contribuyó a dar firmeza a la revolución y a que los individuos se juntaran y juntos abrazaran nuevas identidades: todos éramos simplemente “anti-régimen”. Esta identidad se volvió la única que contaba y a nadie le importaba la religión o la procedencia regional, tampoco la clase social.

El aspecto negativo de esta solidaridad, vivida tan intensamente, fue el poder que tuvo para incitar algunas respuestas violentas de la multitud a los rumores del 2 de febrero. Pero en la medida en que las agresiones comenzaron a reducirse y los rumores iban descartándose, un número cada vez mayor de egipcios comenzó a comprender la importancia del momento y nuevos manifestantes empezaron a visitar la plaza. Esta afluencia alteró de nuevo y radicalmente la atmósfera, borrando las distinciones entre “nosotros” y “ellos”.

EL “FRENTE” Y EL CENTRO:
DOS ESPACIOS EMOCIONALES

Como un universo autocontenido, la plaza replicó en su interior los estados contrastantes de estabilidad emocional y de incertidumbre vividos por sus ocupantes. En el Frente -frontera física entre el territorio “liberado” y el no-liberado-, el estado de ánimo dominante era de paranoia. El Frente fue una frontera tanto sicológica como física, marcando los límites de la realidad de la revolución tal como la vivíamos en el seno de la plaza. Fue el lugar donde prevalecieron la incertidumbre y un sentido de irrealidad. Se podría decir que el Frente representó el “filo de la experiencia” tomando prestado un término de Schizophrenia, culture and subjectivity editado por J. Jenkins y R. Barrett.

En cambio, el centro de la plaza, donde la revolución creció sin interrupciones, representó la realidad cotidiana del universo social de la revolución. Tan aguda fue la diferencia entre estos dos espacios que caminar del Frente al centro iba siempre acompañado de un giro en las sensaciones: íbamos del malestar y la suspicacia hacia la cohesión, la unidad y la seguridad.

EPÍLOGO DE ALEGRÍA:
EL “VIERNES DE LA DESPEDIDA”

En la tarde del 10 de febrero el Presidente Honi Mubarak habló por tercera vez a la nación. En la mañana, la convocatoria del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas y las declaraciones de algunos miembros del gabinete nos habían convencido a la mayoría de que por fin anunciaría su renuncia. No fue así. Yo tenía que regresar a Londres esa misma noche, frustrado porque no estaría presente en el momento crucial de la celebración. Centenares de miles de personas regresaron a la plaza el día siguiente del discurso presidencial, en lo que llamaron el “Viernes de la Despedida”.

Ese día, y en un intento de presionar con más fuerza al Presidente, numerosos grupos de manifestantes se dirigieron al palacio presidencial y a la sede de la televisión estatal. Hacia las 5 de la tarde el vicepresidente apareció en la televisión y anunció en un discurso de tan sólo 30 segundos que Mubarak había decidido “deshacerse” de sus poderes y entregar la autoridad al Consejo Supremo del Ejército. Las celebraciones en la Plaza Tahrir continuaron hasta el día siguiente. Poco después, muchas de las personas acampadas en la plaza la abandonaron y la plaza se abrió al tráfico después de 16 días ininterrumpidos de multitudinaria ocupación.

Al quedar descabezado el aparato estatal, mucha gente comenzó a exigir reformas políticas profundas. Y de nuevo, la Plaza Tahrir se convirtió en el lugar desde donde alzar la voz con sus reclamos. El 18 de febrero, el “Viernes del Recuerdo”, más de un millón de personas regresaron a la plaza y, en lo que ha de haber sido la oración comunitaria más masiva de la historia de Egipto, rezaron juntas por los mártires de la revolución.


CANDIDATO A DOCTOR POR LA UNIVERSITY COLLEGE DE LONDRES.

ESTE TEXTO SE PUBLICÓ EN “ANTROPOLOGY TODAY” DE ABRIL 2011. COLABORACIÓN DEL AUTOR CON ENVÍO.

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