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  Número 352 | Julio 2011
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Nicaragua

Cómo se ven, cómo siente y piensa la juventud de la generación del 2000

Leonor Zúniga, socióloga e investigadora del Centro de Investigaciones para la Comunicación (CINCO), compartió con Envío resultados de la encuesta sobre Juventud y Cultura Política, en una charla que transcribimos.

Leonor Zúniga

En CINCO hemos desarrollado una línea de investigación sobre los actores nacionales que identificamos con más relevancia para el cambio social, entre ellos las mujeres y los jóvenes. Hace diez años CINCO hizo la primera encuesta sobre la cultura política de la juventud de la generación del 90. Fue la primera investigación que indagaba cómo se percibían a sí mismos, cuál era su participación política, sus creencias religiosas, cómo veían la democracia y el sistema político nacional… Yo no participé en esa encuesta… por mi edad. Pertenezco a la generación que hemos investigado ahora, diez años después y con preguntas muy similares: la generación del 2000, la juventud de entre 18 y 26 años.

Hicimos esta encuesta en el año 2008, poco antes de las elecciones municipales de ese año. Utilizamos una muestra de 800 jóvenes a nivel nacional, incluyendo la Costa Caribe, a donde no llegamos en la anterior encuesta. Hicimos más de cien preguntas y complementamos la investigación con diez grupos focales y unas veinte entrevistas personales. Centramos la búsqueda en los niveles de organización y de participación de esta generación. El margen de error de la encuesta es de 3.5%.

A pesar del tiempo transcurrido desde que hicimos la encuesta, creemos que esta investigación no debe ser vista solamente como el retrato de un momento, y de un momento cambiante, sino como el reflejo de la cosmovisión de una generación. Somos conscientes de que en algunas respuestas, por ejemplo en la legitimidad de algunas instituciones, las respuestas pueden haberse modificado en estos años. Pero la mayoría de las preguntas apuntaban a conceptos más generales y creemos que siguen revelando cómo es esta generación, cómo se ve, cómo siente y cómo piensa.

Hacemos estos estudios porque queremos brindar una visión más compleja de nuestra juventud. Queremos superar esa visión que abunda en muchos discursos que repite que la juventud es siempre heroica y que es la que puede cambiar las cosas. Y superar también esa visión que repite que la juventud actual es apática y no va a cambiar nada. Si nos colocamos en alguno de estos dos extremos dejamos por fuera la realidad, que es mucho más compleja.

Conceptualmente, diferenciamos el concepto de generación del de coetáneos. Coetáneas son todas las personas que tienen la misma edad biológica y que comparten un mismo espacio vital. Ese grupo de coetáneos se transforma en una “generación” cuando comparten una cosmovisión (creencias, costumbres, actitudes, percepciones y prácticas políticas), adquirida en su proceso de socialización. Que una “generación” se vuelva una “generación política” implica otras dinámicas.

La generación del 90 que investigamos hace diez años era la de los jóvenes que tenían entre 16 y 26 años en el año 2000. Fue la que votó en 1990 por primera vez. Esa generación se caracterizó por el pesimismo y el escepticismo. Apreciaba el régimen democrático que estrenaba el país, pero estaba muy distanciada de la política y especialmente de la política nacional. Tenían un concepto abstracto de la política: aunque reconocían que la política es importante para hacer cambios, tenían una percepción negativa de los actores tradicionales de la política, de los políticos. Demostraron una muy baja autoestima: creían que no eran comprometidos socialmente, que eran muy infelices, que eran injustos con sus padres. Se manifestaron como una generación porque compartían esas visiones, pero no se llegaron a constituir como una generación política porque no fueron más allá: no estructuraron un proyecto político diferente al de la generación que les precedió y no protagonizaron cambios en el rumbo de la sociedad nicaragüense. Fue una generación que contó con condiciones subjetivas y objetivas para convertirse en una generación política, pero le faltaron las condiciones sociales y culturales para canalizar su descontento, seguramente por ser la generación inmediata a la posguerra, lo que los replegó al espacio privado, y porque en ese tiempo la sociedad vivió un reflujo de los movimientos sociales.

La generación del 2000 es la primera en toda la historia de Nicaragua que se socializa en una democracia formal. Aunque esta democracia está llena de limitaciones, antes que esta juventud ninguna otra generación vivió en un ambiente político similar. Nacieron sabiendo que había elecciones y que las elecciones cambiaban a las autoridades en el gobierno, crecieron sabiendo que hay espacios de participación cívica y política que podían ocupar, han vivido sin padecer expresiones extremas de violencia política. Todo esto es muy nuevo en Nicaragua. Esta generación es la primera que lo experimenta.

Sin embargo, tanto esta generación del 2000 como la del 90, nació y creció después de un conflicto bélico. Por eso, vivieron un fenómeno común en sociedades en transición después de una guerra. Ocurre entonces un período de búsqueda de sentido, en el que la gente se repliega a sus espacios privados, principalmente al de la familia. En Nicaragua, al terminar la guerra no sólo se privatizaron la energía y las telecomunicaciones, también la gente privatizó su vida política. Tiene lógica: tanta gente dio toda su vida por un proyecto -el proyecto revolucionario-, y ese proyecto terminó, en cierta forma fracasó, entonces la reacción es replegarse al espacio privado, a la familia, a la pareja, a los hijos y concentrar todos los esfuerzos y sacrificios en ese espacio distanciándose de la política. Es un proceso que en Nicaragua lo han vivido no sólo los jóvenes, también los adultos. Tampoco es un proceso exclusivo de Nicaragua. Sucede en todos los países que han padecido guerras. Ése es el contexto en el que debemos situar muchas de las respuestas que recogimos entre la juventud que encuestamos.

La investigación tenía unas cien preguntas. Voy a compartir las principales preguntas con las respuestas más significativas.

Quisimos saber cómo se perciben a sí mismos. Entre otras cosas, les preguntamos si son felices. Sólo el 28.8% dijo que lo son. ¿Están comprometidos con los problemas del país? Sólo un 42.8% consideró que sí. ¿Son justos con sus padres? Un 32% dijo que sí. ¿Son fieles a sus principios? El 33% dijo que sí. Eso nos indica que tienen una visión bastante crítica de sí mismos como generación. Pero si comparamos estos datos con los de la generación del 90, se notan avances. La generación del 90 tenía una visión más negativa y más crítica de sí mismos, sobre todo en el caso del compromiso. La mejoría es leve, pero esta generación se ve a sí misma algo más comprometida con los problemas del país.

¿Quiénes se consideran más infelices entre estos jóvenes? Las mujeres, quienes tienen más edad en esa generación y la juventud rural. Los de la Costa Caribe son quienes se consideran más felices, a pesar que desde el Pacífico los imaginamos más infelices por excluidos y pobres. Quienes tienen mejor nivel socioeconómico se consideran más felices. Quienes tienen un nivel socioeconómico medio son los más críticos: combinan un buen nivel educativo -lo que les da más conciencia sobre los problemas del país-, pero sienten muy limitadas sus posibilidades de movilidad social. Son los que sienten más frustración porque, a pesar de sus estudios, eso no les permite mejorar el nivel de vida de sus padres ni siquiera conservarlo.

Les hicimos estas mismas preguntas respecto de sus padres: si eran felices, si estaban comprometidos con el país, si eran justos con sus hijos y si eran fieles a sus principios. La percepción de los hijos cambia: consideran a sus padres más felices que ellos, más comprometidos, más justos y más fieles a sus principios. Sienten que la generación de sus padres es mejor que la suya. El 70% considera que son justos con sus hijos, el 76% que son fieles a sus principios. Y el 64% cree que sus padres son felices.

Les preguntamos cuál consideraban la diferencia más importante entre la generación del 90 y su generación. Consideran que la de ellos está más expuesta al riesgo porque hay más delincuencia y que la de ellos tiene más libertad, tanto en la casa, como más libertades públicas. Consideran que su generación tiene más acceso a la educación, más oportunidades de desarrollo y es más responsable.

A los jóvenes del Pacífico les preguntamos qué pensaban sobre los jóvenes del Caribe y a los del Caribe qué pensaban sobre los del Pacífico. Creíamos que las diferencias serían mayores entre ambos grupos. No fue así. Identificaron diferencias mínimas: el lenguaje y algunas costumbres, pero en la cosmovisión y las percepciones políticas no identificaron contrastes relevantes. La diferencia más importante que identificaron los jóvenes caribeños es que los del Pacífico gozan de más y mejor educación. En los grupos focales los caribeños nos dijeron que los del Pacífico están más organizados y pelean más por sus derechos y que los costeños son más tranquilos.

Al preguntar por las percepciones de género, me satisface decir que mi generación no considera más positiva o más valiosa la naturaleza de los hombres por sobre la de las mujeres. Identifica, sí, otras diferencias. Consideran que las mujeres tienen más acceso a la educación que los hombres, que ambos están parejos en el acceso al empleo, que los hombres tienen más acceso a la recreación y a las amistades y tienen más autonomía y que las mujeres tienen más acceso al cariño de sus padres.

Les preguntamos sobre los que creen son los principales problemas del país. En orden de importancia identificaron: la pobreza, el desempleo, el alza de la canasta básica y la delincuencia. Los dos problemas que sienten afectan más a la juventud de su generación fueron en primer lugar el desempleo y en segundo lugar la delincuencia, después la pobreza, y en cuarto lugar la corrupción. Identifican la corrupción como un problema que les afecta porque consideran que cuando en el país hay corrupción siempre están las mismas personas en el poder y la juventud no se puede insertar en actividades económicas o políticas por sus propios méritos o por su propio esfuerzo.

Les preguntamos si se sentían orgullosos de ser nicaragüenses y el 88% dijo que se sentían muy orgullosos. Pero el 68% dijo que si se pudiera ir de Nicaragua se iría. Llama la atención que, aunque esto lo dijeron en menor grado los jóvenes con buena situación económica, un buen porcentaje de los que tienen una vida mejor también lo dijo. La mayoría dice que se irían por razones de estudio. Que se quieran ir no significa que no volverán. El deseo de irse del país no tiene que ver únicamente con la pobreza o el desempleo. Tiene que ver con que valoran que en Nicaragua no podrán desarrollar sus proyectos de futuro. Elvira Cuadra, coordinadora de la investigación, afirma que Nicaragua no le está dando a su juventud “seguridad ontológica”: seguridad de desarrollarse como seres humanos y de desarrollar sus proyectos y que esto no sólo tiene causas económicas. Las mayores oleadas de migración no se dieron en Nicaragua durante la guerra, sino a mediados de la década de los 90, cuando mucha gente además de vivir en pobreza, estaba siendo excluida del modelo que se imponía en el país.

El 44% de la juventud encuestada dijo que solamente estudiaba, el 12% dijo que estudiaba y trabajaba, el 22%dijo que sólo trabajaba y un 20% dijo que ni estudiaba ni trabajaba. ¿Qué hace ese 20%? Es importante: dos de cada diez jóvenes dijeron que no hacían nada con sus vidas, aunque pudiera ser que tuvieran trabajos temporales o que fueran amas de casa y que eso no lo consideren trabajo…Un 20% afirmó que no les interesaba estudiar. No creen que vale la pena invertir en educación porque sienten que eso no mejorará sus vidas. Respecto de la generación del 90, en esta generación aumentó el número de quienes estudian sin tener que trabajar. En su mayoría, son mujeres.

Los jóvenes varones identifican como problema principal del país el desempleo. Las jóvenes mujeres, como dependen más de sus familias y son las que más estudian sin trabajar, identifican como problema principal la pobreza. El punto de vista de los varones se enfoca más en el trabajo y la primera razón por la que se irían de Nicaragua es en busca de empleo. El punto de vista de las mujeres se enfoca más en la superación personal y la primera razón por la que se irían de Nicaragua es para estudiar.

Les preguntamos qué influencia tienen en ellos y ellas diferentes actores: familia, amigos, medios de comunicación, pareja, compañeros…Quien más influye es la familia. A las mujeres les influye más la madre y a los hombres el padre. Después de la familia, la mayor influencia la tienen los amigos, después los medios, después los maestros, los miembros de la iglesia y después la pareja…Las otras influencias aparecen irrelevantes.

Les preguntamos a qué actividades dedicaban su tiempo diariamente. Según sus cálculos, la actividad prioritaria es el trabajo, al que dedican 7.3 horas diarias. Después, a estar con su pareja (3.6 horas) y después 3 horas a trabajar en la casa. En lugares más bajos, deportes, estudiar, ver televisión…A lo que menos dedican tiempo es a leer. En aquel tiempo dijeron que le dedicaban al Internet una hora y media. Este dato pudo haber cambiado desde la encuesta hasta hoy. En la encuesta, aunque preguntamos sobre el uso de Internet, no profundizamos en el uso de las redes sociales en Nicaragua. Éste es un punto pendiente e importante, porque en los dos últimos años su popularidad entre la juventud, también entre los adultos, ha crecido de forma espectacular. Sólo en los últimos seis meses en Facebook ha crecido en 200 mil el número de “amigos” nicaragüenses. Hoy ya llega a los 535 mil y sigue creciendo. En este campo estamos asistiendo a fenómenos nuevos que enlazan la política y la comunicación a través de las redes. Hace dos años la mayoría de los jóvenes no concebían trabajar como comunicadores en Internet, a no ser que ésa fuera su profesión. Hoy poco a poco más jóvenes utilizan las redes para comunicar sus ideas, sus posiciones y para organizar actividades. Personalmente, jamás pensé que yo iba a ser twittera, que iba a ir a una manifestación para informar a mis seguidores desde la calle y a entrevistar a políticos con mi celular, pero cada vez hay más jóvenes que utilizan ésta y otras herramientas para hacer comunicación política. En esta investigación, todo esto quedó fuera y en ese tema estamos en deuda. Precisamente, ahora estoy trabajando en un mapeo sobre Medios Digitales del que puede salir información relevante.

Quisimos saber también sobre sus niveles de permisividad. Lo que no harían o rechazan por estar en contra de sus valores. Respondieron esto y en este orden: consumir drogas, suicidarse, prostituirse, abortar, participar en violencia política. La mayor permisividad la tienen hacia el divorcio, la mentira por interés personal, el no pagar el transporte público, el tener una aventura fuera del matrimonio, el conducir un auto ajeno sin permiso... Comparándolos con la generación del 90 siguen siendo poco permisivos con las drogas, el aborto y la prostitución y aumentó la permisividad hacia la mentira. Pensamos que la no permisividad hacia ciertos temas como el consumo de dogas, el aborto y la prostitución también ha sido resultado de los esfuerzos de muchas organizaciones sociales y civiles por poner estos temas en agenda.

Les preguntamos ante qué temas eran más tolerantes y ante cuáles experimentaban más rechazo y se sentían más intolerantes. Entre los grupos sociales que más rechazan el 32% mencionó a los homosexuales. Después, en ese orden, a los fanáticos políticos, los alcohólicos, los fanáticos religiosos, los enfermos de sida y los ex-presidiarios. En porcentajes mayoritarios expresaron que estarían de acuerdo -al menos teóricamente- en que personas de estos grupos no entren en escuelas públicas, no sean funcionarios públicos y no salgan en la televisión. Es un dato muy llamativo. Pero en comparación con lo que dijo la generación del 90 hay un pequeño avance: los jóvenes del 90 priorizaron también en su rechazo a los homosexuales, pero en mayor proporción: el 42% los rechazaba. En esta generación surgieron nuevos grupos rechazables: los fanáticos políticos y los alcohólicos, no mencionados por la generación anterior. Que el alcoholismo sea mal visto podríamos considerarlo un avance. Llama también la atención que la generación del 90 ubicó a los militares en el quinto lugar de los grupos sociales menos tolerados y esta generación ni siquiera los mencionó, lo que significaría que ya no los tiene “en la cabeza”.

Les hicimos otras preguntas para sondear sus niveles de tolerancia. Les preguntamos cómo se sentían cuando hablaban con personas que piensan diferente. Son los jóvenes de los sectores más pobres y de los sectores rurales quienes dijeron sentirse más incómodos ante personas que piensan diferente. También eran quienes tenían aprehensión a casarse con personas de niveles socioeconómicos o creencias religiosas diferentes.

Les preguntamos cómo se definían ideológicamente, presentándoles un espectro que iba de la derecha a la izquierda, pasando por la derecha e izquierda moderada. Los resultados son bastante balanceados. El 24.9% se identificó de izquierda, el 5.3% de izquierda moderada, el 17.6% de centro, el 6.8% de derecha moderada, el 23.6% de derecha y el 21.9% no se identificó ideológicamente. La juventud del 2000 se define mucho más que la del 90: en la generación del 90 el 40% no se identificó con ninguna ideología. Al preguntarles por la identificación ideológica de sus padres, la tendencia es colocarse siempre un poquito más a la izquierda. ¿Qué entienden por “derecha” o “izquierda”? En las entrevistas y los grupos focales tratamos de entender esto y vimos que ser de “izquierda” era bastante equivalente a ser sandinista o seguir a Sandino. Y que “derecha” equivalía a darle importancia al desarrollo económico y a la infraestructura del país. Evidentemente, son ideas alejadas de contenidos conceptuales definidos por una ideología.

Quisimos saber también qué tanto coincidía su identificación ideológica con los partidos políticos. Los resultados son curiosos. Un buen porcentaje de quienes se identifican de izquierda simpatiza con partidos de derecha y al revés. El 9.7% de quienes dijeron ser PLC se identificaron de izquierda y el 17.1% de quienes se identificaron con el FSLN dijeron ser de derecha. El 21% de ALN dijo ser de izquierda. Son datos que pueden haber evolucionado porque los partidos han cambiado bastante en estos años. Lo que pudimos identificar en las entrevistas es que muchas veces su simpatía por un partido tiene que ver con su simpatía por el líder del partido y no porque compartan una ideología. Esta confusión entre ideología y partido no existe sólo en los jóvenes. Más bien refleja las contradicciones ideológicas de los partidos políticos nicaragüenses, con líderes que cambian fácilmente de partido o se alían con quienes tienen valores ideológicos contrarios.

Les pedimos su valoración sobre algunas frases que reflejan puntos de vista sobre la democracia para conocer el grado de identificación que tenían con algunos aspectos de la democracia. Frases como éstas: “¿La autoridad debe ajustarse estrictamente a la ley aún a costa de no castigar a un delincuente?”. El 56.5% dijo que sí. Indica que consideran importante el respeto a las leyes. “Cuando se tienen serias sospechas acerca de las actividades criminales de una persona, ¿se debe esperar a que la autoridad dé la orden de allanamiento?” El 82% dijo que sí. “La policía, ¿debería entrar a la casa de esa persona sin la orden judicial?” Sólo un 20% dijo que sí.

Hicimos preguntas similares respecto a la democracia. “¿Vale hacer excepciones a la democracia en tiempos de crisis o para resolver una emergencia económica?” Un porcentaje cercano al 20% respondió que las excepciones son válidas si el gobernante garantiza orden y desarrollo económico. “La democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno”: el 80% está de acuerdo. “En situaciones de crisis es preferible un gobierno autoritario a uno democrático”: el 20% dice que sí. “Para la gente como yo, da igual un gobierno autoritario que uno democrático”: el 18% dice que sí. Éste es un indicativo claro de que existe un grupo importante de jóvenes que considera que vivir en democracia o bajo un régimen autoritario no tiene un impacto real en sus vidas. Y es una proporción mayor la de quienes respondieron así en la generación del 90.

Cuando les preguntamos si estaban satisfechos con la democracia, el 40% dijo que no estaban nada satisfechos. El 33% dijo que entre algo y nada. Es una juventud más insatisfecha con la democracia que la de la generación del 90. Consideramos que es positivo que estén insatisfechos, porque una primera condición para que una generación protagonice cambios es encontrarse insatisfechos con su realidad.

Les preguntamos por qué causas se sacrificarían y darían su tiempo generosamente. Al igual que los de la generación del 90, dijeron que en primer lugar se sacrificarían por su familia (32%), después por culminar sus estudios, después por ser alguien en la vida y después por los hijos. En estas causas se agruparon todos. Si comparamos estas respuestas con las de la generación del 90 vemos a aquella generación más balanceada: un 22% dijo que se sacrificaría por su familia y un 10% mencionó la patria y otras causas sociales. Diez años después, esta generación está más concentrada en sus proyectos personales: su familia, estudiar, desarrollarse como personas.

Les preguntamos por su interés por la política. El 54.6% dijo que no tenían ningún interés. El 27% afirmó que entre algo y nada. El 11.6% dijo que entre algo y mucho y el 5% dijo que mucho. ¡Hay que buscar a ese 5%! Si comparamos estos datos con los de la generación del 90, aquella juventud estaba todavía más desinteresada por la política. El avance de ahora es pequeño: se incrementó en un 6%.

Cuando les dijimos que nombraran a las tres principales instituciones del Estado de Nicaragua, mencionaron en primer lugar a la Policía Nacional. En segundo lugar un 22% dijo que no sabía a quien nombrar. Después de la Policía aparece la Presidencia (18%), después la Asamblea, después el Ejército. La institución en la que tienen mayor confianza es también la Policía Nacional. Después, en la iglesia católica, el ejército, los medios de comunicación, la Procuraduría de Derechos Humanos…Las ONG aparecen de último, incluso después del Consejo Supremo Electoral. Cuando se les pregunta cuáles instituciones les inspiran más desconfianza, en primer lugar aparecen los partidos políticos y en segundo la Asamblea Nacional. Por el tiempo en que hicimos la encuesta -antes del fraude electoral de 2008- algunas de estas respuestas pueden haber cambiado.

Cuando presentamos esta encuesta a jóvenes de Guatemala y México les resultaba inconcebible que la institución de mayor confianza fuera la Policía Nacional y que el Ejército apareciera entre las instituciones confiables. En ambos países los cuerpos armados son algunas de las instituciones más repudiadas. En Nicaragua, los cuerpos armados tenían en ese entonces mucha legitimidad, un indicador de su proceso de profesionalización.

Hicimos una lista de actividades políticas preguntándoles en cuáles participarían y en cuáles no, cuáles aprobarían y cuáles no. Las actividades que menos harían y más desaprobaban fueron, en ese orden: tomar tierras, levantar barricadas, tomar instituciones, no pagar impuestos, derrocar al gobierno. En las que sí participarían son, en ese orden: votar en elecciones, participar en organizaciones juveniles, trabajar en campañas electorales, participar en marchas. Hay un claro rechazo a participar en actividades políticas que rayen en la ilegalidad.

Les pedimos que mencionaran tres organizaciones juveniles que conocieran. El 77.1% no pudo mencionar tres organizaciones. En el segundo lugar están “otras”, muy variadas. El 85% dijo que no participaba en ninguna organización y el 15% dijo que en alguna. Quienes participan en alguna organización lo hacen en primer lugar en organizaciones religiosas (36%). Es en las organizaciones religiosas en las que más participan los jóvenes y con más frecuencia: el 20% dijo que va más de una vez por semana a algún acto religioso, el 40% va una vez a la semana, el 20% una vez al mes. Apreciamos cierta migración entre confesiones religiosas en relación a lo que vimos en la generación del 90: los católicos se redujeron en un 6% y los evangélicos se incrementaron en un 6%. Después de las organizaciones religiosas, y a distancia, aparecen organizaciones juveniles (19%), deportivas (15%), partidarias (11%) y comunitarias (7.6%). Quedó claro que desconocen las organizaciones juveniles y, en consecuencia, no se sienten representados por ellas. Cuando les preguntamos sobre las organizaciones de los partidos políticos, los que se sentían más satisfechos fueron los de la Juventud Sandinista: porque se involucraban en más actividades y sentían que trabajaban en acciones concretas.

Pensábamos que la juventud más interesada en organizarse y participar sería la de Managua. Pero resultaron los menos interesados. Tal vez porque en la capital los conflictos y crisis políticas están a la vuelta de la esquina, en las entrevistas identificamos una sensación de decepción en varios jóvenes managuas que entrevistamos. La juventud más organizada es la de comunidades rurales y la de la Costa, donde hay muchas organizaciones comunitarias y religiosas. La juventud costeña fue la que dijo estar más satisfecha con sus organizaciones, especialmente con las comunitarias. Puede sorprender que al mencionar organizaciones conocidas no fueran mencionadas las organizaciones de mujeres. Sin embargo, el trabajo que durante años han desarrollado estas organizaciones se revela cuando les preguntamos cuáles eran las causas que más apoyaban. Tanto los varones como las muchachas pusieron en primer lugar la defensa de los derechos de las mujeres.

Ahora, algunas conclusiones. La generación del 2000 comparte con la generación del 90 un sistema común, tienen puntos de vista comunes y una cosmovisión muy similar sobre el Estado, la sociedad y la política. Es una visión pesimista sobre sí mismos, con baja autoestima y con un cierto endiosamiento sobre la generación de sus padres. En las entrevistas escuchamos muchas opiniones en esta línea: mis padres fueron héroes, mis padres lo entregaron todo… y nosotros no hemos hecho nada. Los adultos de la generación que ya va saliendo de escena le han construido un discurso a la generación que va entrando un discurso en el que ellos se presentan como actores de cambio, involucrados en cosas grandes, mientras que las nuevas generaciones se tildan de individualistas. Este discurso hay que cuestionarlo porque no abona a que los jóvenes se comprometan y participen. Y también hay que cuestionarlo porque no es justo con la juventud que vive en sociedades post-conflicto.

En la generación del 2000 son más pro-democracia que en la generación anterior, valoran la legalidad y la institucionalidad -las que conocen-, y no cuestionan la política democrática, aunque sí la política concreta que ven en Nicaragua. Esto lo expresan afirmando que no se involucrarían en esa política concreta, y mucho menos en los partidos políticos. Ésta es una generación que nació valorando el voto, la libertad de expresión, la libertad de movilización. Tienen naturalizado el sistema de la democracia formal. Eso los hace más críticos a las fallas de la democracia y los deja más insatisfechos con lo que les ha dado a ellos la democracia. Sus críticas al sistema democrático son algo más agudas que las de la generación anterior.

Dentro de esta generación los jóvenes que aparecen con más potencial crítico y de participación son los de nivel socioeconómico medio. En general, las mujeres expresaron posiciones más conservadoras, aparecen más involucradas en la religión y son las que menos participan en organizaciones cívicas o políticas. Ante este dato hay que recordar también el acceso desigual que al espacio público, concretamente a las calles, tienen las mujeres respecto de los hombres.

Creemos que esta generación tiene un potencial de cambio mayor que la anterior porque se socializaron en emocracia, tienen más referentes de lo que debe ser una democracia, son más críticos del sistema político y de la política, tienen una identificación ideológica más clara y tienen más expectativas de participación y más prácticas organizativas. Su potencial es también mayor porque, a diferencia de la generación del 90 -que vivio su niñez finalizando o recién terminado el conflicto de los años 80-, esta generación va distanciándose de la idea de que sus padres fueron héroes y heroínas por haber participado en la etapa de la revolución, algo que estaba muy marcado en la generación anterior.

Esta generación está más centrada que la anterior en el espacio privado y en lograr llenar sus expectativas personales de estudio y de trabajo. Su principal deseo de participar en política nace de eliminar los obstáculos que encuentran para lograr su desarrollo personal si no logran cambiar la política. No encuentran tampoco el entramado que les permita participar políticamente porque en Nicaragua se mantiene aún un reflujo de todos los movimientos sociales. Hay muchas energías, pero no están siendo canalizadas a través de la organización social.

Yo, como representante de esta generación 2000, no me veo reflejada en los resultados de esta encuesta. Porque soy una apasionada y una convencida de que debemos cambiarlo todo. Y de que podemos cambiarlo. Desde esa convicción quisiera terminar con una reflexión nacida de mi experiencia al participar en organizaciones juveniles que aspiramos a incidir en la política del país y en este proceso electoral.

¿Qué debería ofrecer nuestra generación para un auténtico cambio? A menudo la discusión que más escuchamos en nuestros grupos se centra en cuál es el proyecto y el programa que ofrecemos para desde ahí generar el cambio. Yo creo que debemos ir bastante más atrás. Creo que debemos de partir del reconocimiento del otro, de reconocer y respetar el derecho del otro. Aunque pensemos diferente, aunque estemos involucrados en proyectos opuestos, debemos reconocer y respetar. Hablando con jóvenes y con adultos de diferentes partidos veo lo difícil que es para algunos reconocer que el somocismo fue una dictadura, para otros reconocer que el neoliberalismo excluyó a muchísima gente, para otros que en la revolución se cometieron graves errores y que aquel fue un régimen autoritario. Otros no reconocen la violación a los derechos humanos y la exclusión que existen en el régimen actual.

Entiendo que siempre es muy difícil cuestionar los proyectos por los que hemos trabajado, los que nos han dado identidad. Yo hablo mucho de esto con los muchachos y muchachas con los que estoy organizada. La historia de Nicaragua es una historia de exclusiones, donde quienes tienen el poder siempre han excluido a quienes lo perdieron, a quienes nunca lo tuvieron o a quienes tienen ideas diferentes sobre lo que hay que hacer. Si no partimos de esa realidad de exclusión continua y buscamos superarla, no estaremos capacitados para diseñar proyectos realmente democráticos. Podemos protestar por la reelección de una persona, pero no podemos excluir al grupo político que apoya esa reelección, mucho menos creer que podemos exterminarlo. Es algo básico si aspiramos a crear una cultura política diferente. La democracia implica consensos y legitimidad. Quien busca consensos no puede excluir a nadie. Y de esa búsqueda de consensos surge la legitimidad. No habrá programa de gobierno ni proyecto político que cambie a Nicaragua si no aceptamos que hay que reconocer los derechos de los otros y que debemos aprender a lograr consensos.

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