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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 349 | Abril 2011
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Nicaragua

Cómo navega Chinandega en el mar de la globalización

En el fértil Occidente de Nicaragua, chinandeganas y chinandeganos hacen y deshacen la globalización. Hoy, más del 30% de la población de la Ciudad de las Naranjas -naranjas que ya no hay- dejó esas tierras. Expulsados de los algodonales, huyeron de la mala paga de los cañaverales y no se cruzaron de brazos cuando las maniceras les volvieron la espalda. Están por todas partes: Estados Unidos, Costa Rica, España, Panamá… Están construyendo la globalización a su modo.

José Luis Rocha

Naranjas de Chinandega, dicen -como deformación/prolongación juguetona de la palabra Nada- algunos ancianos salvadoreños que solían venir a cosecharlas. Y diciéndolo juegan con la memoria y practican una de esas sustituciones humorísticas que salpican en el habla guanaca una de cada tres frases: Ahí nos vidrios al rábano por Ahí nos vemos al rato, Todo viento por Todo bien, ¿Qué acelgas? por ¿Qué haces?, ¡Qué milanesas que nos bisteces! por ¡Qué milagros que nos vemos!

AYER VENÍAN ELLOS, HOY VAMOS NOSOTROS...

Chinandega era la ciudad de las naranjas. La expresión sobrevive a la efímera realidad. En Chinandega los naranjales están muy diezmados: los dos más extensos cubren apenas cinco manzanas. Y en todo caso, no hay salvadoreños que quieran venir a cosecharlos. Los hubo, y muchos, en los años 70, pero las estadísticas de la época son muy pobres y andan a tientas como para saber qué tantos fueron los inmigrantes salvadoreños en los años 70. A partir de los datos del Consejo Superior de Universidades de Centroamérica (CSUCA), podemos conjeturar que en 1970 había no menos de 10 mil salvadoreños en Nicaragua y que después de Managua, Chinandega era su más rentable y concurrida opción. Sabemos con certeza que la década de los años 80 fue el pico de la migración salvadoreña intrarregional. Fue una migración genuinamente forzosa: 22,230 salvadoreños llegaron a Nicaragua en busca de refugio. Dicho con la retórica al uso de la época: los hijos de Farabundo Martí encontraron albergue en la tierra de Sandino.

Luego el torrencial río de las migraciones invirtió su dirección: ahora son los nicas quienes van a El Salvador a la zafra azucarera, a la construcción, al henequén e incluso a los pupusódromos. En todos esos lugares y muchos más hay presencia de chinandeganos y chinandeganas. ¿La globalización los ha empujado y atraído y los ha situado como migrantes que relevan la mano de obra salvadoreña que se fue al Norte? ¿Y los sigue situando en muchos otros destinos, incluso allende los mares?

La globalización ha sido reificada y hasta antromorfizada: la globalización tiene descontentos, la globalización cosecha enemigos, la globalización llegó pero se irá… Los autores más fiables se refieren a la globalización a como un conjunto de dinámicas que son informadas -moldeadas, abonadas, apresuradas, ralentizadas- localmente. Chinandega y los chinandeganos también hacen y deshacen la globalización. Al fin y al cabo, la globalización es un conjunto de fuerzas centrípetas y centrífugas en las que somos arrastrados y arrastradores.

DINÁMICAS LÍQUIDAS, DINÁMICAS SÓLIDAS

Abusando de la metáfora del sociólogo polaco Zygmunt Bauman, podemos decir que la globalización tiene dinámicas líquidas y sólidas. Las primeras son más efímeras y trompeteadas. Son como mareas, que expulsan y succionan. Las segundas son más soterradas y tienen visos de ser más duraderas. Son como humus que se disuelve en la tierra y calladamente determina energía, follaje y floraciones.

Un ejemplo de las dinámicas líquidas son los tratados de libre comercio que disuelven aranceles y buscan una más acelerada circulación de las mercancías. Un bandazo estadounidense en otra dirección -un retorno a mercados menos desbocados, es decir, a las barreras arancelarias y las medidas proteccionistas nunca enteramente abandonadas- puede suponer un mazazo a los mercados globales que cambiaría el rumbo de las mareas de la globalización líquida. Localidades -diminutas, a pesar de sus 4,662 kilómetros cuadrados, como Chinandega- se insertan en esas mareas con su tradicional azúcar y su ron de proyección mundial, con sus extintos algodonales y sus boyantes manizales. Esas mareas atraen y expulsan en un lugar como Chinandega.

Un ejemplo de las dinámicas sólidas de la globalización son los cambios culturales, impulsados en parte por el acceso a las tecnologías de la información. Son cambios acumulativos que permiten suponer que estamos ante un punto de no retorno. Ese humus ya entró en la tierra e incorporó otros nutrientes que, “unidos al agua pura y a los planetas unidos”, produjeron dinámicas retorcidas.

TANTOS CHINANDEGANOS DISPERSOS...

Chinandega hace la globalización, al tiempo que es expulsada y se reinserta. De qué forma se insertaban y de qué forma se insertan los chinandeganos en los intercambios económicos y socio-culturales de dimensiones planetarias de la migración, uno de los aspectos de la globalización?

Chinandega ocupa el segundo lugar departamental en emisión de migrantes. En Nicaragua, sólo la supera Managua. Pero mientras el peso de los capitalinos entre los emigrantes y entre el total de los nicaragüenses es el mismo (26%), el censo poblacional de 2005 encontró que, aunque el departamento de Chinandega sólo contiene al 7.6% de todos los nicaragüenses, de su territorio ha salido el 11.5% de todos los nicaragüenses que viven fuera del país.

Esto significa que el peso de los chinandeganos entre los emigrantes es superior a su peso demográfico por casi cuatro puntos porcentuales. Esto coloca a Chinandega como uno de los departamentos donde los emigrantes tienen mayor notoriedad. En el pentatlón migratorio destacan los departamentos de León (que tiene el 7.4% de la población nacional, pero aporta el 11% de los emigrantes), Estelí (con el 4% de la población y el 6.4% de los emigrantes) y Rivas (con el 6% de los migrantes, aunque sólo el 3.2% de los nicaragüenses).

Si tomamos las cifras oficiales de censos y encuestas estadounidenses, encontramos que en Estados Unidos vivían 263,642 nicaragüenses en 2009 (8.7% de los 2 millones 915 mil 420 centroamericanos). Puesto que el censo nicaragüense dice que Estados Unidos era el destino del 38% de los migrantes nicaragüenses en 2005, el total de migrantes nicaragüenses debería andar arriba de 693,795.

Si nos fiamos más de las cifras del Pew Hispanic Center, que posiblemente recoge información de migrantes que eluden los acopios de datos gubernamentales, la cifra sube a 275,126 nicaragüenses residiendo legalmente. Y si, sobre la base de 1 millón 350 mil indocumentados centroamericanos, añadimos 119 mil indocumentados nicaragüenses -no tomando el 8.7%, sino el 8.8% que adjudica el Pew Hispanic Center como peso relativo de los nicaragüenses entre los centroamericanos-, tenemos un total de 394,126 nicaragüenses en Estados Unidos y, en consecuencia, una diáspora total de 1 millón 37,174 nicaragüenses en 2005, año del último censo en Nicaragua y de la mayoría de las estimaciones del Pew Hispanic Center de las que aquí echamos mano.

Esta cifra es bastante verosímil: si la aplicamos a un 46% de migrantes nicaragüenses en Costa Rica, tenemos poco más de 477 mil nicaragüenses, un volumen cercano al medio millón del que algunos analistas vienen hablando un tanto vaga y temerariamente. En ese bolsón de migrantes hay un total de 119,275 migrantes chinandeganos, una población equivalente al 31% de quienes aún residen en Chinandega. También hay un bolsoncito de 40,450 migrantes del municipio de Chinandega, equivalentes al 33% de la población municipal.

Estos cálculos tienen, como toda estimación de este género, sus límites: el Pew Hispanic Center aplica encuestas y no censos, y el censo nicaragüense pregunta por los migrantes que partieron de los hogares encuestados, una pregunta que de entrada excluye a los hogares que migraron en bloque -donde no queda nadie que dé cuenta de los que se fueron- y que introduce un enorme interrogante sobre qué ocurre cuando los hogares se fragmentan: ¿Quién da cuenta de unos padres o hermanos que migraron cuando sus familiares habitan otra vivienda y formaron otro hogar hace 10, 20, 30 años? Estas posibles objeciones indican que las cifras aquí presentadas son una versión moderada de la realidad migratoria.

Chinandega es una región que emite diversos flujos (a Estados Unidos, El Salvador, Guatemala y España) y que, debido a su frontera con Honduras más próxima a El Salvador, es ruta de tránsito de migrantes de diversas zonas del país e incluso de migrantes transcontinentales. Chinandega no sólo ocupa el segundo lugar después de Managua como departamento de mayor emisión absoluta de migrantes. También ocupa el segundo lugar en emisión de migrantes menores de edad al absorber el 9% del total nacional.

CHINANDEGA: “PUERTO DE EMBARQUE”
HACIA MÚLTIPLES DESTINOS

Según una encuesta realizada por el Servicio Jesuita para Migrantes en diciembre de 2010 (SJM 2010) -donde entrevistamos a más de 400 migrantes o familiares de migrantes de la ciudad de Chinandega- los destinos geográficos de los chinandeganos son éstos: 35.3% vive temporal o permanentemente en Costa Rica, 26% en Estados Unidos, 12.5% en El Salvador, 9.6% en España, 8% en Guatemala, 4.7% en Panamá, 2% en México y 1% en Canadá. Otros destinos, muy minoritarios en el caso de esta muestra, son Honduras, Colombia, Belice y República Dominicana.

En comparación con el SJM 2010, el Censo 2005, aplicado al departamento de Chinandega, da menos peso a los destinos no tradicionales como España y Panamá. El Censo registra a Costa Rica y Estados Unidos como asentamientos mayoritarios, con 40% y 28% de los migrantes, seguidos por El Salvador (12%), Guatemala (11%), Honduras (2.7%) y España (1%). Ese mismo instrumento, aplicado al municipio de Chinandega, nos habla de 34% de los migrantes en Estados Unidos, 33% en Costa Rica, 13% en El Salvador, 10% en Guatemala y 2.3% en España.

Además de la gran razón obvia -ninguna encuesta tiene el alcance de un censo-, algunas circunstancias explican las diferencias en estas cifras. Una de ellas es el hecho de que el censo tome los datos de todo el departamento y, por tanto, incluya zonas rurales que la encuesta del SJM excluyó de forma deliberada. España y Panamá pueden ser destinos de mayor peso entre los citadinos. Otra razón, hipo¬téticamente mucho más decisiva, tiene que ver con la distancia temporal entre estos instrumentos. El Censo 2005 se aplicó hace cinco años. El SJM 2010 se aplicó apenas hace cuatro meses. Nadie se baña dos veces en las mismas aguas migratorias. Los pesos relativos de los destinos van cambiando con el tiempo. Como el río de las migraciones no cesa de fluir y transformarse, la diferencia en las cifras puede deberse a un cambio en las tendencias por destinos.

Una hipótesis plausible del descenso del peso de Estados Unidos y el ascenso de España y Panamá como destinos migratorios es una tendencia en el tiempo. Los cinco años que transcurrieron entre el Censo 2005 y el SJM 2010 fueron determinantes. Según el SJM 2010, el 80% de los migrantes chinandeganos que están en España salieron del país entre 2005 y 2010. España es, en general, un destino más reciente. Y también un destino cuyo flujo se ha engrosado de forma muy acelerada en los últimos años. Algo semejante podemos decir del flujo hacia Panamá, cuyo 72% se asentó ahí en ese período. Por contraste, en la movilización hacia Estados Unidos, quienes migraron en el último lustro sólo representan el 37% del total. La migración hacia el imperio tiene una trayectoria más larga y, aunque no cesa de nutrirse con nueva savia, su aceleración ha sido más moderada que la de los flujos hacia España o Canadá. Por eso la migración a Estados Unidos ha perdido peso relativo, en una balanza donde España y Panamá se imponen con inusitada fuerza.

España y Panamá emergen como destinos apetecidos en un contexto de graves restricciones a la migración hacia los dos destinos que han sido tradicionalmente mayoritarios: Costa Rica y Estados Unidos. La nueva ley migratoria costarricense, Ley 8764, que aplica multas y otras penas a los migrantes irregulares y a quienes los alojen o contraten, ha diseminado una sensación de incertidumbre entre muchos nicaragüenses indocumentados que residen en Costa Rica.



El gobierno nicaragüense no ha tomado medidas efectivas para mitigar esa sensación. El Poder Legislativo aprobó a finales de 2010 una ley que autoriza la emisión de documentos en el consulado de Nicaragua en San José. Los optimistas a ultranza esperaban que este mandato aceleraría la regularización de nicaragüenses. Pero debido a que el Estado de Nicaragua no gestionó un nuevo procedimiento y vía de autenticación de esos documentos en Costa Rica -que solían ser autenticados en el consulado costarricense en Managua, cuando eran emitidos en Nicaragua- los documentos caen en un limbo jurídico y la emisión queda sin efecto. Panamá aparece como destino alternativo: similares riesgos, similares ganancias y unos brotes xenófobos que, hasta hace unos meses parecían no haber repercutido en exceso sobre las políticas migratorias y la persecución policial.

ESPAÑA: UN NUEVO IMÁN QUE LOS ATRAE

Oteando hacia el norte, notaremos el filtro -no impenetrable, pero sí multiplicador de los riesgos- que produce la combinación del reforzamiento del muro fronterizo en la frontera mexicano-estadounidense, las políticas migratorias que penalizan el cruce ilegal de la frontera, la avalancha de fondos para infraestructura de detención, deportación y patrullaje fronterizo, el reforzamiento del patrullaje por grupos de civiles paramilitares (Minute Men, Ranch Rescue, entre muchos otros) y la cada día más omnipresente y aterradora beligerancia del grupo Los Zetas, un consorcio criminal que, dedicado al narcotráfico y al secuestro, extorsión e incluso asesinato de migrantes, ha hecho que el sueño americano quede truncado por la pesadilla mexicana en un número de casos cada vez más voluminoso.

España es la alternativa para aquellos dispuestos a emprender hazañas migratorias de largo aliento y millaje. Entraña riesgos menores y costos comparativamente bajos. La aparición de España como destino hunde sus raíces en otro elemento imprescindible: la acumulación de lazos entre comunidades de origen y destino. Silenciosamente, a lo largo de más de una década, se han ido tejiendo redes de hermanamiento informal entre ciudades a ambos lados del Atlántico. Los somoteños se van a San Sebastián, los oriundos de Río Blanco y Muy Muy se asientan en Sevilla y los chinandeganos han creado un colchón de recibimiento, un imán de atracción, en Zaragoza. Estos hermanamientos migratorios han ido creciendo a un ritmo que se acerca más a las proporciones geométricas que a las aritméticas.

¿Qué cabe esperar de estas tendencias? Algunos lazos familiares pueden debilitarse, como consecuencia del tiempo y la distancia. Pero los lazos comunitarios se fortalecerán por efecto del ensanchamiento de las redes. Las remesas podrán ser más voluminosas. Las posibilidades de ahorro -para trabajos equivalentes como empleadas domésticas- son muy superiores en España a las de Costa Rica: La diferencia fue mucha -nos contó Manuela Miranda-. Fue mucha porque en España a mí me quedaban 600 o 700 dólares libres. Mientras que en Costa Rica no. ¿Qué ganaba? 250 dólares. Se mira la gran diferencia. El agregado de una migración creciente hacia España, en el hipotético y poco probable caso de que las políticas migratorias de España y la Unión Europea no lograran agostar ese flujo, haría sentir su poder de consumo en las comunidades con “hermanamientos” peninsulares.

¿CÓMO SON LOS QUE SE HAN IDO?

A cada destino corresponde un perfil ocupacional muy distinto. Los profesionales encuentran más posibilidades en Canadá y España, donde representan el 33% y 18% de los chinandeganos que allá se han establecido, cifras muy elevadas si las comparamos con el 9.4% de Estados Unidos, 5.6% de Panamá y 3.5% de Costa Rica. Sin embargo, las oportunidades son muy disímiles en esos dos países que atraen profesionales.

En Canadá, esos profesionales -algunos llegaron allá como estudiantes- encuentran trabajos más acordes a su preparación en el comercio, servicios y administración, mientras en España la enorme mayoría se ubica en el trabajo doméstico, frecuentemente cuidando a ancianos y ancianas a quienes libran de ser internados en asilos ofreciéndoles una atención más personalizada y afectuosa. El aspecto clave, para explicar esta diferencia, es el hecho de que la mayoría de los migrantes que fueron a Canadá se prepararon como profesionales en ese país y se encontraron, por eso, mejor dotados para insertarse como profesionales en el mercado laboral canadiense.

Las que fueron amas de casa tienen un peso fuerte en España (18%), El Salvador (17.6%) y Costa Rica (10%), donde suelen colocarse como trabajadoras domésticas, lo cual se refleja en el considerable peso relativo del trabajo doméstico como ocupación para las personas migrantes que residen en esas naciones: 64%, 19.6% y 32.6%. El cúmulo de trabajadoras domésticas se nutre de otras canteras: profesionales -en el caso de España- y personas con previa experiencia en el ramo del trabajo doméstico remunerado.

En Estados Unidos, España y Panamá se ubican los migrantes con mayor remuneración. El 9.4% de quienes están en Estados Unidos ganaban en Nicaragua más de 5 mil córdobas (unos 250 dólares) antes de migrar. Más del 20% de los migrantes que están en España y Panamá ganaban entre 3-5 mil córdobas. La mayor parte de quienes eligen estos dos últimos destinos solían ser profesionales que en su Nicaragua Nicaragüita encuentran agotadas las posibilidades para mejorar sus ingresos.

El 27.7% de nuestros encuestados no tenía hijos. Más de la mitad (55%) tenía entre uno y cuatro hijos. Cerca del 18% tenía más de cuatro hijos. La combinación juventud-procreación es un poderoso detonante de las migraciones. Es presumible que la maternidad y paternidad adolescentes ejerzan un poder catapultador cuando los hijos e hijas quieren acceder a estudios medios. Las responsabilidades tempranas obligan a “buscar vida” y estudio cuando el “divino tesoro” de la juventud (proximidad a los 30 años de edad) se va para no volver.

En el SJM 2010 es llamativo el hecho de que, aunque en toda la muestra el 26% de los migrantes no devengaban salario alguno ni tenía ingresos antes de migrar, en el caso de los migrantes de entre 26-29 años esta cifra asciende al 36%. Se trata de una edad donde las responsabilidades aprietan con tenaza inmisericorde y la falta de ingresos es un estigma y un imperativo. En ese rango, solamente el 6.7% no tenía hijos, mientras en esa situación se encontraba el 66% de los migrantes de 18-25 años. Una vez que se ha producido la migración, esa condición sociodemográfica -juventud con hijos- también es un multiplicador de las remesas: padres y madres jóvenes, capaces de trabajos a destajo, donde el rendimiento es en parte fruto de su esfuerzo, envían remesas más jugosas.



¿POR QUÉ SE VAN?
EL TEMOR A LAS ELECCIONES

La migración revela cierta sensibilidad a los desastres naturales y artificiales. A las inundaciones por lluvias torrenciales y a los terremotos por políticos demenciales. Las elecciones presidenciales son un disparador de las migraciones: ¿Incertidumbre ante lo que vendrá? ¿Decepción de lo malo conocido y temor a lo peor por conocer? ¿Resaca ante el retorno de lo mismo?

En los últimos años de la administración de Violeta Barrios se disparó la cifra de migrantes. El imán de las promesas había agotado su poder de retención y existían temores sobre quién echaría mano y posaderas sobre la silla presidencial. En nuestra pequeña pero representativa muestra, entre 2001 y 2002 -subida al poder de Enrique Bolaños- el número de chinandeganos que salieron del país pasó de 11 a 31. Y entre 2005 y 2007 -retorno del FSLN- pasó de 24 a 40. Los acontecimientos políticos juegan un papel más explícito en las decisiones de jóvenes entre 25-29 años. Es lo que ocurre con Damaris, de 27 años, que decidió migrar hace tres años: Vino el cambio de gobierno y yo miraba que las cosas estaban más difíciles. Las cosas se miraban ya feas. Decían que iba a ocurrir esto, a pasar lo otro. Eso me llenó de miedo a mí y yo dije: Me voy, yo no quiero vivir esto, porque fue una etapa que pasé en los 80 y es algo que no quiero vivir. Los desastres también ponen su saco de arena en el lecho del río migratorio. En 1998, año del devastador paso del huracán Mitch, se fueron del país 23 chinandeganos de nuestros 408 entrevistados, en desafiante contraste con el año anterior, cuando apenas salieron 7.

DEL ALGODÓN A LA SOYA Y EL MANÍ

Pesan aún más los factores estructurales. Son los factores de la globalización vista desde abajo, que empezaron a incubarse desde los años 70 y cuyas raíces exploró el historiador estadounidense Jeffrey Gould cuando describió las tomas de tierras en Chinandega.

La tierra, su acceso o su uso, es la base estructural de la migración chinandegana. La minifundización inherente a la herencia de las parcelas, el declive de la fertilidad de los suelos, la mecanización agrícola, el agotamiento de la frontera agrícola y, con ella, de la solución manida durante décadas: la posibilidad de migración interna. La sustitución de los cultivos tradicionales -algodón, granos básicos- por cultivos de elevada mecanización y nimia demanda de mano de obra -eucalipto, soya y maní- menguó las opciones dentro del departamento. En este contexto emergió una transformación del anterior sistema de desplazamientos internos por obra y gracia de la regionalización de los mercados laborales: transposición del modelo agroexportador a un nivel regional.

¿Qué suponía el modelo agroexportador? Una mano de obra agrícola abundante, disponible para las cosechas de los grandes rubros que, insertos en el mercado global, sostenían la economía nacional y generaban divisas. Ese ejército de reserva se replegaba a los diminutos minifundios donde sobrevivía bajo un nivel de subsistencia en espera de los momentos de mayor demanda laboral de las grandes haciendas, consideradas el motor del dinamismo económico.

En los tiempos que corren, los chinandeganos ya no buscan insertarse en los latifundios cafetaleros nacionales ni pueden hacerlo en las inexistentes fincas algodoneras o en las haciendas productoras de maní que las sustituyeron, porque para su cultivo y cosecha bastan unos pocos operarios de tractores y cosechadoras mecánicas. Ahora cruzan la frontera y cosechan fresas y melones en Costa Rica, cortan caña en El Salvador y construyen casas en Guatemala. El rol de absorción que antes jugaban las empresas nicaragüenses o radicadas en Nicaragua le está reservado a empresas en otros países de la región, desprovistas de sus tradicionales obreros, que migraron al Norte. Por su emplazamiento fronterizo, Chinandega -quizás en mayor medida que otros departamentos del país- se ha convertido en un foco de emisión de mano de obra que releva a los migrantes del norte de Centroamérica que marcharon a Estados Unidos.

LO QUE EL ALGODÓN SE LLEVÓ

Lancemos una hojeada a la historia para entender cómo ocurrió esta transformación. Chinandega pasó de 73 mil asalariados en 1963 a 63 mil 500 en 1971, al tiempo que los cultivos de algodón se expandían de 55,415 hectáreas a 109,063 hectáreas en 1970. En ese lapso, Chinandega descendió del 27.3% al 21.6% del total de asalariados del país y el promedio de empleados por patrón se redujo de 27 a 19. Se convirtió en una zona de expulsión de migrantes internos y de luchas por la tierra. Según un estudio del CSUCA, la rentabilidad diferencial entre cultivos de exportación y cultivos de consumo interno determinó que las tierras más fecundas y accesibles fueran dedicadas a los cultivos de exportación.

Aunque hubo abusos y actos de expropiación -como el protagonizado por el Capitán Ubilla, que se hizo con las tierras ejidales de San José del Obraje, también conocidas como Las Cuchillas, suscribiendo un supuesto contrato de alquiler por cinco años- el cultivo del algodón no supuso, sin embargo, una transformación drástica de la estructura de tenencia jurídica de la tierra. Gould observa que “en 1950, antes de la expansión del capitalismo en el sector rural chinandegano, menos del 2.6% de los terratenientes eran dueños del 65.1% de la tierra. El auge algodonero no alteró sensiblemente los patrones de propiedad. Veinte años más tarde, en 1971, el 2.1% de los terratenientes poseía el 61.3% del suelo chinandegano”.

El auge del algodón sí supuso un cambio en el uso del suelo, las formas de contratación y el acceso campesino a la tierra, según encontró Gould a partir de estadísticas y declaraciones de los líderes campesinos que vivieron la metamorfosis de la hacienda ganadera en empresas agrícolas algodoneras: “En 1949, los finqueros chinandeganos cultivaron menos de 984 manzanas de algodón, pero para 1955 ya se sembraban más de 3,242 manzanas de esta fibra. Debido a este cambio en el uso del suelo, los trabajadores y arrendatarios perdieron acceso a la tierra en las haciendas, así como sus trabajos permanentes, que pasaron a ser estacionales. Con el crecimiento de la industria del algodón perdieron sus hogares y, por consiguiente, se vieron en la necesidad de ir a posar donde los vecinos o parientes como arrimados”.

En conclusión, Gould señala que “la introducción del cultivo algodonero provocó cambios en la estabilidad y condiciones laborales para la mayoría de trabajadores rurales de Chinandega, y restringió su acceso a las tierras de las haciendas. Algunos campesinos de San José habían sido propietarios, pero antes del boom algodonero casi todos habían sembrado su propio maíz y criado ganado en los terrenos de las haciendas donde trabajaban. No obstante, después de 1950, la élite algodonera necesitaba toda la tie¬rra disponible para su cultivo de exportación y por eso les negaba a los campesinos el derecho tradicional a la tierra”.

ENTRE BRUNO Y FERMÍN

El algodón alteró sustancialmente la relación de los obreros agrícolas con las haciendas. Ese híbrido entre obrero y campesino que era el arrendatario empezó a desaparecer y la relación obrero-patrón tomó rumbos insospechados. Ésta es la tragedia que, en un escenario andino, narra con conmovedora magia la novela Todas las sangres, de José María Arguedas.

La historia es protagonizada por dos hermanos que representan dos formas de ser patrón: una modalidad tradicional que toca a su fin y una moderna que emerge con avasallador éxito. De un lado, Bruno Aragón de Peralta, hecho en y con la hacienda, poseído por el demonio de la lujuria, opuesto a toda forma de progreso técnico -a su juicio, fuente de pecado y corrupción- y capaz de infligirle castigos físicos a sus mozos, pero padrino de sus hijos y garante de su supervivencia. “En él -dice Vargas Llosa en su sesgadísimo pero con frecuencia atinado análisis- encarna el ideal arcaico y el amor a lo antiguo, caros a Arguedas”. Bruno es un padre monumental que comparte atributos con la divinidad: todopoderoso, pródigo en castigos y recompensas.

En el otro extremo está Fermín Aragón de Peralta, hombre de mundo y civilizado, educado lejos de la hacienda como un citadino de clase alta, orgulloso de sus maneras cordiales, pero inaccesible a los obreros y capaz de prescindir de sus servicios y romper súbitamente unas relaciones que se constriñen al plano meramente contractual.

La bina Bruno/Fermín representa la oposición agricultura versus minería, feudalismo versus capitalismo nacional, hacienda versus empresa agropecuaria. Fermín triunfa sobre todos los señores feudales de San Pedro de Lahuaymarca, descendientes de los conquistadores, pero es liquidado por la compañía imperialista Wisther-Bozart. Al final del proceso, en San Pedro como en Chinandega, ha desparecido el mozo ideal de Bruno Aragón de Peralta, “el indio comunero, que nace y muere dentro del microcosmos de su comunidad, preservando su lengua, sus cantos, los ritos ancestrales y trabajando la misma tierra de sus antepasados, que es naturalmente virtuoso y de una humanidad prístina. Pero, si cambia, se vuelve vulnerable y puede perder su alma”.

DEL PEÓN SOMETIDO AL CAMPESINO REVOLTOSO

En Chinandega este indio perdió su alma de peón sometido, en la rabia, las revueltas y el desarraigo. Gould testimonia que “el capataz Ramón Candia escuchó los lamentos de los trabajadores, y afirmó hallarse hastiado de ser empleado de los hacendados, ‘porque los ricos ya no tienen corazón’”. Los ricos ya no eran como el arrebatado y generoso Bruno, sino como el untuoso, calculador y metálico Fermín. La aparición de los fermines fue la rebeldía y las invasiones de tierras: “Regino Escobar señaló hacia unos matorrales diciendo: ‘Miren, ahí está la tierra del pueblo, de donde siempre hemos sacado leña, madera, hojas de palma y aceite. Vámonos para allá a limpiar y a sembrar la tierra.’ Durante las dos semanas siguientes, treinta campesinos limpiaron y cercaron una trescientas manzanas de ‘la tierra del pueblo’, dividiéndolas en parcelas de diez manzanas cada una”.

Esta estrategia no dio resultado porque, como apunta Gould, “el grupo de Somoza también tenía intereses económicos en la rentable introducción de la maquinaria, que disminuiría e incluso reemplazaría la mano de obra humana”. De ahí la ominosa participación de la Guardia Nacional en la represión a los campesinos: la invasión a la propiedad de los Deshon encalló en cárcel y extorsiones: para obtener su excarcelación, el 21 de junio de 1977 los campesinos firmaron un convenio, dejando “a las autoridades el derecho del apremio corporal para nosotros y el resto de compañeros que pretendiéramos seguir en esta invasión”. Para entonces, en Chinandega y León se cultivaba el 98% de todo el algodón, en detrimento de alimentos de consumo básico, como el arroz que en Chinandega bajó de representar el 72% al 40% de la producción nacional entre 1963 y 1971.

LA MUERTE DEL MONARCA ALGODÓN

El algodón sufrió la suerte de Fermín: derrotado por peces más gordos. No pudo competir con el creciente uso de fibras sintéticas y la producción algodonera estadounidense, practicada en gran escala y receptora de subsidios estatales. Ya en 1957 el auge algodonero sufrió un revés cuando los precios internacionales se desplomaron desde 33.4 a 26.81 dólares el quintal.

Pero los algodoneros fueron sostenidos por el Estado somocista durante años por medio tasas de cambio pre¬ferenciales y generosas prórrogas en los plazos para pagar sus préstamos. Una combinación de iniciativas estatales y privadas “impidieron que la baja en los precios arruinara la industria y permitió que la élite mantuviera el control de la tierra y el trabajo”. Nada de libre mercado.

No obstante, fue imposible evitar la debacle del algodón. Después de haber alcanzando un pico de 212,380 hectáreas en 1978, la nívea alfombra de algodón se encogió. En los años 80, si excluimos el muy excepcional 1980 por ser el año inmediato posterior a la insurrección, el algodón sólo cubrió un promedio anual de 83,960 hectáreas. Luego se redujo a la mitad y en 1992-93 experimentó un drástico descenso de 35,840 a 2,510 hectáreas, descenso del que jamás se recuperó y que sólo tendió a prolongar, reservando su exigua producción principalmente para el mercado doméstico. Agotados y envenenados, los suelos chinandeganos y leoneses no daban mucho más de sí: los rendimientos habían decaído desde un promedio de 22,322 hectogramos por hectárea en 1971-79 a 20,963 en 1981-89 y a 18,532 en 1991-99.

La producción algodonera fue un par de líneas -algún día una simple nota al pie de página- en la historia de largo plazo nicaragüense. Pero su breve reinado de quizás 20-30 años sedimentó en cambios irreversibles en la relación obrero-patrón, cambios que ahora suman rasgos a la globalización sólida: desarraigo -ruptura del cordón umbilical con la hacienda- y gélidas relaciones contractuales pasajeras que sustituyeron a cálidos compadrazgos eternos… No olvidemos que lo que era atado en la tierra quedaba atado en el cielo, donde sea que éste se hallase.

LA LLEGADA DEL MANÍ

En la globalización líquida las mareas hicieron su trabajo de abducción. Una pleamar globalizadora expulsó a los algodonales chinandeganos de los mercados mundiales, pero la tierra del cacique Agateyte ya estaba bastante resituada con los cultivos de caña de azúcar y había empezado a preparar otra modalidad de reinserción.

En 1975 el gobierno de Somoza estimó que en Chinandega y León había 189,850 manzanas con potencial para ser sembradas de maní. Ninguna de esas manzanas estaban en un rango óptimo. Todas quedaron en la categoría “buena” y “marginal”. Pero ese volumen representaba el 35% de la superficie en el potencial agrícola. Estos indicadores daban cuenta de la adaptabilidad del cultivo del maní a las condiciones climáticas y físico-edáficas del Pacífico norte y sirvieron de punto de partida para la aventura manicera. En el ciclo 1974-75 se sembraron 3 mil manzanas de maní con un rendimiento de 35 quintales por manzana. Ese año todo el maní se concentró en el municipio de El Viejo. En la actualidad, El Viejo sigue estando a la cabeza de la producción de maní, seguido de Chinandega, Villanueva, Somotillo, Posoltega y Puerto Morazán.

Desde las históricas 3 mil manzanas de 1974, el maní expandió su cobertura de forma casi ininterrumpida hasta que en 1981 alcanzó las 15,400 hectáreas. La década de los 80 sufrió un declive hasta caer a 980 hectáreas en 1988, punto a partir del cual remonta una cresta ascendente hasta coronar un pico de 38,579 hectáreas en 2008. Ese año alcanzó una producción de 139,266 toneladas, de las cuales 77,973 toneladas de maní sin cáscara fueron exportadas. En 2008 el 56% de las toneladas de maní producidas en Nicaragua fueron exportadas. De cada 100 toneladas, 44 se quedan en Nicaragua, una enorme parte son cáscara del maní. La producción se pesa toda. Los exportadores sólo se llevan la semilla monda y reluciente.

El pico productivo fue de 173,523 toneladas en 2005, año en el que las 30,735 hectáreas cultivadas lograron el récord de productividad al generar 56,457 hectogramos de maní por hectárea, volumen bastante por encima de los 36,098 de 2008 y 2009. Sin embargo, aun esta última cifra nos deja apenas por debajo de los 38,242 de Estados Unidos, un tanto sobre los 33,165 y 23,520 de China y Argentina, y muy por encima de los 9,208 de India, países que son los colosos del maní. En 2001, el maní ya aportaba el 13% del valor de las exportaciones agrícolas. En 2009 su peso subió al 18%, sólo superado por el café (44%) y la caña de azúcar (27%).

En 2008 Nicaragua ocupó el sexto lugar entre los países con mayor exportación de maní descascarado en el mundo. Sólo India, Estados Unidos, China, Argentina y Holanda la superaron. Si Chinandega fuera un país, sería también el sexto mayor exportador de maní del mundo con casi 60 mil toneladas en el mercado global, pues Brasil -séptimo en la lista- apenas se acerca a las 45 mil toneladas. Tres de cada cuatro granos del maní nicaragüense son maní chinandegano. Casi el 10% del área cultivable de Chinandega lo tapizan las plantaciones de maní.

MODERA TU ENTUSIASMO MANICERO

La realidad que expresan estas cifras ha generado un optimismo desaforado que debería ser, en el mejor de los casos, moderado por los sempiternos deflactores de los triunfos tercermundistas: los precios, la propiedad de las marcas, el acceso al pastel y la generación de males públicos, como el desempleo y la precariedad laboral.

Veamos qué ocurre con el precio y las marcas. En 2008 Nicaragua obtuvo 90 millones de dólares por su maní. Australia obtuvo 12 veces menos dinero, pero exportando la vigésima parte del volumen nicaragüense. ¿Cómo explicar estas desproporciones? Australia vende con su marca y en bolsitas muy presentables. Nicaragua vende en cajas, al por mayor y en un poco lucrativo anonimato. Australia obtuvo 1,821 dólares por cada tonelada. Nicaragua vendió a 1,155 dólares la tonelada.

Nuestro mayor comprador es México: durante lo que va del siglo 21 se ha llevado uno de cada dos granos de maní sin cáscara. En 2009 México nos pagó 56.8 millones de dólares por nuestras exportaciones. Alrededor de la cuarta parte de ese monto lo pagó por un maní que luego metió en bolsitas, bautizó como “botanas” y vendió a precios envidiables. México compra maní y después nos revende su (ya no es nuestro, puesto que lo vendimos) maní con mucho beneficio. En 2003, Nicaragua vendió a México más de 19 millones de kilos de maní. México nos vendió un poco más de 19 mil kilos. Pero el maní nica fue vendido a 0.70 centavos de dólares el kilo, mientras el maní mexicano costó más del doble: 1.62 dólares el kilo. Las élites -¿quién lo duda?- querrían otro trato, pero les falta arrojo para gestionarlo. Habrá que enviarlos a un curso a lo Dale Carnagie donde les digan que “el secreto es la actitud”.

¿QUIÉN SE COME EL PASTEL DE MANÍ?

Las élites nicaragüenses son precisamente parte del problema en otro sentido. A pesar de que la reforma agraria de los años 80 trastocó la estructura de propiedad en el agro, su presencia y sus opciones siguen siendo determinantes. En 1971 había 6,675 explotaciones agrícolas en Chinandega. Treinta años después, el Censo Nacional Agropecuario (CENAGRO) registró 11,546. La multiplicación de las fincas fue uno de los efectos de la reforma. Por la pérdida de datos, la superficie en fincas parece haberse reducido de 456,011 a 455,019 manzanas. El censo no registró la extensión de 308 de las 11,546 fincas chinandeganas.

En 1971, en Chinandega las haciendas de más de 500 manzanas absorbían el 61.3% del área cultivable y eran apenas el 2.1% de las propiedades agropecuarias. Treinta años después, en ese rango sólo se ubica el 35.9% de la tierra. Los rangos menores de 10 manzanas y de 10 a 50 pasaron del 2.7% al 5% y del 11.5% al 19.3% de la superficie cultivable. Hubo una multiplicación de la pequeña y mediana propiedad. Pero también hubo una conservación -o regresión- hacia la gran propiedad.

Ojo: si antes el 2.1% de las fincas se tragó el 61.3% de la tierra, ahora el 2.1% de las mayores fincas -compuesto por 243 fincas, las que son mayores de 500 manzanas y aquellas que les siguen en orden descendente hasta llegar a la más chiquita, de 319 manzanas-, acaparan el 46% de las tierras. No llegan al idílico 61.3%, pero, a fuerza de indemnizaciones, devoluciones y recuperaciones, tanto montan y montan tanto que determinan quiénes se quedan con la tajada grande del pastel de maní. Escasitos y exquisitos son los campeones que compartirán los laureles del maní. Y es que las élites son como esos niños que son tiránicos en su entorno doméstico y timoratos en público.

En 2001, según el CENAGRO, apenas 92 de las 11,546 fincas chinandeganas sembraron maní. El 37% del maní fue sembrado en fincas de más de 200 manzanas y el 66% en fincas de más de 50 manzanas. Las 19 fincas más grandes absorben el 62% de la superficie sembrada de maní en el departamento de Chinandega. Los algodoneros, como Carlos Deshon Duquestrada, se transmutaron en maniceros. Cukra Industrial y COMASA son las dos grandes compañías que producen y exportan maní en Nicaragua. El Grupo Cukra fue pionero en el cultivo del maní. Inició operaciones en Nicaragua hace tres décadas, cuando era una rama de Chiquita Brand. En 1997 fue adquirida por cuatro grandes productores. En su junta directiva sólo caben señores de alto coturno: Alvaro Lacayo Robelo, Farid El Azar Somarriba, Gustavo Argüello Terán y Ronaldo Lacayo Cardenal.

LA PLAGA DEL DESEMPLEO

El otro problema es el desplazamiento de mano de obra. Ensayemos un contrapunteo entre caña de azúcar y maní. Ambos productos logran absorber más de la quinta parte de la Chinandega agropecuaria. Tomemos el caso del Ingenio San Antonio, que con mucha diferencia es la empresa agropecuaria más próspera, antigua y descomunal del departamento. Su hacienda mayor en Chinandega tiene una extensión de 21,787 manzanas, 12,840 dedicadas al cultivo de caña. El año del censo agropecuario contrataron a 700 trabajadores permanentes y a 4,200 temporales para labores agrícolas. La caña tiene una alta demanda de trabajo estacional. Por cada trabajador permanente, el ingenio empleó a seis trabajadores temporales. Esto quiere decir que el trabajo estacional añadió un 600% de trabajadores. En promedio, cada obrero puede hacerse cargo de 2.6 manzanas.

Echemos un vistazo a la mayor hacienda manicera de Chinandega: una finca de 800 manzanas, 785 de las cuales fueron cultivadas con maní. Empleó apenas a 50 trabajadores permanentes y a 30 temporales. Esto quiere decir que el trabajo estacional apenas añadió un 60% -10 veces menos que la caña- al staff de obreros y que cada uno de ellos se hizo cargo, en promedio, de casi 10 manzanas -para orgullo de los capataces y patrones maniceros-, 3.8 veces el rendimiento en manzana por trabajador que permite el cultivo de caña.



El panorama no es más alentador en el resto de cultivos. De las 11,546 unidades de producción de Chinandega, 5,735 contrataron a un promedio de 1.5 trabajadores permanentes y de 7 trabajadores temporales. Si le sumamos un promedio de 3 trabajadores del hogar, tenemos 11.5 trabajadores por finca. Recordemos que en 1971, después del descenso del empleo por efecto del algodón, hablábamos de 19 obreros por empleador. La fragmentación de fincas tiene su efecto sobre ese indicador: mientras más pequeña la unidad productiva, menor número de empleados. Pero el cálculo de 2001 corre con ventaja porque incluye la mano de obra familiar, que quizás no estaba incluida en el cálculo de 1971, que hablaba solamente de empleados y no de trabajadores de la misma familia.

Asumamos que a cada finca corresponde un propietario, una suposición falsa que añade otra ventaja a la situación en 2001, debido al elevado número actual de fincas. Excluyamos de este cálculo el rango de fincas menores de 10 manzanas -cuyo número en 2001 casi coincide con las 5,501 fincas que no contrataron mano de obra. Tenemos entonces que en 1971 las 3,028 fincas de 10 ó más manzanas daban empleo a 57,532 peones, mientras en 2001 el total de empleados en las fincas llegó a 82,027 (8,756 permanentes, 40,508 temporales y 32,763 del hogar propietario), es decir, a 24,495 obreros más. Un incremento del 42.6% para una población rural que subió un 80% en esos 30 años.

POBRES SIN RICOS QUE LOS EXPLOTEN

Hay muchas consideraciones que pueden hacerse para conjeturar con verosimilitud que la desproporción es peor que la reflejada por estos gélidos números: los empleos permanentes están ahora más zarandeados por la rotación que de hecho temporaliza la permanencia, la temporalidad se reduce a períodos más breves y los autoempleados (los 32,763 miembros del hogar que trabajan en sus propias fincas) son subempleados, son aquellos que deben complementar sus ingresos anuales yéndose a El Salvador, Costa Rica y Guatemala.

Este desbalance tuvo primero un intento de equilibro “espontáneo” en la migración campo-ciudad y posteriormente en la migración campo nacional-campo centroamericano o en una migración campo-ciudad que no tardó en convertirse en emigración hacia el otro lado del atlántico. Gould nos relató las luchas por la tierra que preñaron de conflictos los años 70. Simultáneamente tuvieron lugar luchas por salarios y condiciones laborales dignas. Las luchas actuales -por el simple empleo- son más llanas y hacen realidad el cínico dicho que más de un empresario repite en su mesa de tragos: “Lo peor que le puede ocurrir a un pobre es no tener un rico que lo explote”.

EL TRIUNFO DEL MANÍ
Y EL FRACASO DEL DESEMPLEO

Chinandega aparece triunfante y fracasada: cosecha maní y desempleo. El maní es un snack para engullir mejor el mito del progreso contra el que nos alerta el filósofo político John Gray: “Las sociedades laicas están gobernadas por una religión reprimida. Aislado de la conciencia, el impulso religioso ha mutado y ha regresado transformado en una fantasía: la de la salvación por medio de la política o -ahora que la fe en la política se ha vuelto decididamente frágil- por medio al culto a la ciencia y a la teconogía. Puede que los grandiosos proyectos del siglo 20 hayan acabado en tragedia o en farsa, pero una mayoría de personas se aferra a la esperanza de que la ciencia pueda lograrlo allí donde la política ha fracasado: la humanidad puede construir un mundo mejor que cualquiera de los que han existido en el pasado. La fe en el progreso es el Prozac de las clases pensantes”.

En ética y en política el progreso es una superstición. Lo que se ganó en algún momento, puede perderse en otro. O, para el caso que nos ocupa, lo que se experimenta como avance en un plano -la productividad por hombre y manzana-, se traduce en la tragedia del desempleo. Un triunfo técnico se expresa como fracaso ético y político. Los avances tecnológicos no expanden el ocio: desplazan mano de obra, vuelven superflua la vida misma. En el impoluto mundo de los planes de desarrollo y las grandilocuentes consignas, el maní es la nueva panacea. Una de las panaceas para sentarse con donaire en los grandes salones de la globalización. Un flamante sexto lugar en el top ten de los maniceros internacionales luce como un seguro contra las crisis. Pero es una crisis en sí misma.

En la práctica, ni los cuernos de la abundancia rellenos de maní ni los que prodigan otros manjares exportables pueden sustraerse a la indisoluble bina schumpeteriana de la destrucción creadora. En el caso que nos ocupa, la creativa inserción en el mercado y la aplicación de tecnología que maximizan los rendimientos por persona y área, se traducen en destrucción de empleo. Esa bina se actualiza en el ejercicio de las fuerzas centrípetas y centrífugas de la globalización: centrífuga por la expulsión de los trabajadores y centrípeta por la atracción hacia las grandes ciudades globales o hacia las pequeñas aldeas de donde partieron los -salvadoreños, guatemaltecos- que sí están en las grandes ciudades.

LENIN Y KAUTSKY SE EQUIVOCARON

Lenin podría acusarnos de romanticismo económico por lamentar el declive del empleo en el agro. En este terreno Lenin coincidía con su adversario “el renegado Kautsky”, un teórico marxista que en La cuestión agraria ataca la propuesta de limitar el uso de la trilladora para no expulsar mano de obra, puesto que “esta simpatía conservadora hacia los obreros no pasa de ser una utopía reaccionaria. La máquina trilladora es ‘inmediatamente’ más ventajosa para que los terratenientes quieran renunciar a emplearla para obtener un beneficio ‘en el futuro’. Así, pues, ella seguirá ejerciendo su actividad revolucionaria, empujará a los obreros agrícolas a la ciudad y se transformará en un medio potente, de un lado para elevar los salarios en el campo, y de otro para favorecer ulteriores desarrollos de la mecanización agrícola”.

Kautsky calculó que a estas fuerzas de expulsión económicas se añadían elementos de atracción culturales: “Cuanto más progresa el desarrollo capitalista tanto más se acentúa la diferencia cultural entre la ciudad y el campo, tanto más el campo queda retrasado con respecto a la ciudad, tanto mayores son los goces y las distracciones que la ciudad ofrece en contraste con el campo”. Como Lenin, Kautsky tenía una visión optimista de la fuga del campo a la ciudad y de la fuerza de atracción de ésta: “En la ciudad los obreros asalariados encuentran más posibilidades de empleo que en el campo; pueden constituir más fácilmente una familia propia; gozan de mayores libertades y de condiciones de vida más civilizadas. Cuanto más grande es la ciudad, tanto más amplias son estas ventajas, y tanto mayor es su fuerza de atracción”.

Pero en Chinandega no aparecieron ni los elevados salarios ni grandes desarrollos en la mecanización agrícola que prometió el mito del progreso, en el que los marxistas dogmáticos han creído tanto o más que los capitalistas: Lenin decía que los soviets eran comunismo más energía eléctrica. Desempleo puro y duro es lo que hubo. En el período intercensal 1995-2005, Chinandega se volvió un poquito más urbana: de 58% a 59.7%. Considerando que la población rural apenas creció en 624 habitantes al año, en parte por efecto de la migración a la ciudad, deberíamos haber esperado una mayor tasa de urbanización, aunque sólo fuera para que se cumplieran los vaticinios de agoreros y demógrafos sobre la Nicaragua del siglo 21 y las presunciones de Kautsky y Lenin sobre el atractivo de las ciudades. Pero la población de la Chinandega urbana apenas creció un 1% al año.

Y no por efecto del uso de preservativos. A pesar del costo en vidas y desplazamientos forzosos de dos guerras civiles, entre 1977 y 1995 la población urbana de Chinandega creció 5.8% al año. Entonces sí que aplicaban las teorías de Kautsky y Lenin. Frente a esa tasa, el 1% anual de 1995-2005 -y aún más, el exiguo 0.4% de crecimiento de la población rural- parece un prodigio de control poblacional que haría de Chinandega un caso emblemático para el UNFPA, el único caso centroamericano de transición demográfica avanzada, que en ese terreno se sitúa junto a Chile, Argentina y Uruguay.

Las migraciones, más que la difusión de los anticonceptivos, la educación sexual, la prevención de los embarazos adolescentes, la reducción del período reproductivo y, por fortuna, los homicidios, han hecho de eficientísimo control poblacional. Por supuesto, un control que sólo aplica en las localidades emisoras, porque lo que se desinfla en un sitio, se infla en otro.

“¿POR QUÉ SE VAN, SI ESTO
SE VA A PONER MEJOR CON ESTE GOBIERNO?”

Todas las dinámicas que hemos analizado enfatizando las fuerzas centrífugas tienen un carácter más estructural y pesan mucho más que las promesas coyunturales de los políticos. Sin importar la administración gubernamental reinante, su falta de escrúpulos para mentir ofreciendo lo que jamás pensó realizar o su habilidad retórica para disimular el embuste y vestir de logro el latrocinio, la migración siempre se rejuvenece con nuevos reclutas.

Más del 50% de los migrantes cuyos datos recabó el SJM 2010 salieron del país entre 2005 y 2010. En los últimos 15 años salió el 90% y en los últimos 10 el 70%. La migración es relativamente reciente y cada año añade un número creciente. La Encuesta de Medición de Nivel de Vida (EMNV 2005) también registró una aplastante presencia de migración fresca. En los cinco años previos a su aplicación, entre 2000 y 2005, se había marchado el 56%. Y entre 1995 y 2005, el 78%.

Por cualquier ángulo que se tome, estas cifras muestran que la migración continúa una línea ascendente que rebate afirmaciones como la de Ronaldo Chávez, uno de los concejales suplentes del FSLN en la alcaldía chinandegana: “La migración se ha venido reduciendo a raíz de que este gobierno ha venido teniendo enlaces con los demás países vecinos”. Las cifras dan un mentís a las aún más contundentes certezas de Argentina Gaitán, secretaria política municipal del FSLN en Chinandega: “Mi consideración es que a partir del 2007 y 2008 ha bajado bastante ese índice de migrantes, ya que hemos estado trabajando para que haya empleo. Y Chinandega, ustedes y nosotros lo debemos saber, es un departamento que tiene ingresos, que está creando empresas, microempresas, pero que además, prospera con el apoyo que está dando el gobierno a muchas mujeres a las que les hace préstamos en el programa Usura Cero y les entrega el bono productivo solidario”.

“Esto genera una retención migratoria. Porque, si me dan una vaca y una gallina para que yo las críe en mi casa para salir adelante, entonces eso significa, como mujer, que yo tengo ese beneficio y entonces no me voy y, por supuesto, mi esposo no se va tampoco. Ahora, con el programa Usura Cero, en que nos hacen préstamos a las mujeres, también creo mi propia microempresa y empiezo a trabajar. Eso también hace retención migratoria”.

Este optimismo partidario es una muestra de la visión de corto plazo que se concentra en la globalización líquida y sus cambios de corto plazo: convenios en el marco del Sistema de Integración Centroamericana (SICA), intercambios comerciales con Venezuela, programas de distribución de vacas, gallinas y semillas que duran lo que un caramelo a la puerta de un colegio, lo que una o dos administraciones gubernamentales. Son percepciones basadas en un punto de vista que pone la vista en un punto.

”NUESTRO PAÍS NO NOS OFRECE CÓMO MEJORAR”

Los políticos y quienes degluten su fantasioso optimismo miran el país a través de un cedazo ideológico que distorsiona los hechos. Pero la existencia de esta percepción no es despreciable como dato sociológico. La ilusión de una Nicaragua que va viento en popa a toda vela -a insertarse en los mercados globales, como prometía la administración Bolaños, o hacia un futuro cristiano, socialista y solidario, como proclaman las consignas del FSLN- explica la ausencia de políticas migratorias específicas y la modorra de la protección consular.

La pereza y falta de independencia de cerebros que sólo procesan consignas partidarias es tan culpable de los sufrimientos de los migrantes como el oportunismo de los funcionarios que acechan por las mordidas y de los criminales que los secuestran. Jenny Serrano, cuyo hermano vive en Miami, tiene palabras que ponen los pies sobre el asoleado suelo chinandegano: La verdad es que las personas pobres y con sueños de ser o tener algo mejor en esta vida, tienen que migrar. Porque ese algo desgraciadamente nuestro país no lo ofrece y, si lo ofrece, es a ciertas personas, a un grupo muy reducido. Eso tranca las puertas de muchos jóvenes con título o sin título.

Con o sin Usura Cero, el endeudamiento que sigue a la falta de oportunidades y episodios desafortunados es una motivación frecuente para migrar. Nos lo explica Lesbia Ramírez: Yo me fui porque tenía una deuda. Una amiga mía me había prestado un dinero para trabajar. Lo pude pagar porque mi hija después me ayudó. El dinero era de una amiga que vive en los Estados que me lo había prestado y yo no iba a quedar mal con ella porque me daba vergüenza. Yo viajaba a Panamá como comerciante y tuve un problema. Me dieron una mercadería que no era la que yo había pedido allá. Eran chinelas, y me dieron de otro estilo. Entonces esa mercadería se me espanta y la pierdo todita: doce docenas de chinelas y otros productos. Perdí casi 700 dólares. Y era dinero que yo debía. Por eso me desesperé y me fui a Costa Rica para trabajar y recoger y poder pagarle a mi amiga.

GLOBALIZADOS AL MODO CHINANDEGANO

Con hilos más tensos y duraderos que los de las redes y fusiones empresariales, los clusters y los acuerdos regionales de libre comercio, estas estrategias de supervivencia realizadas en trashumancia van tejiendo la globalización sólida, cuyas expresiones macro y micro, por efectos de las remesas, analizaremos en una futura entrega. Más del 30% de los chinandeganos dejaron la ciudad de las naranjas, fueron expulsados de los algodonales, huyeron de la mala paga de los tiznados cañaverales y no se cruzaron de brazos cuando las maniceras les volvieron la espalda. Están construyendo la globalización a su modo.

Veremos cómo se reinsertaron y ayudaron a que sus deudos también se insertaran en dinámicas del alcance mundial. Las binas empleado/empleador y finca/mozo han sido sustituidas por binas de contratistas/peones que carecen de la solidez de sus predecesoras. Los contratos son flor de un día, los patrones son intangibles conglomerados de socios y la flexibilización evapora las reglas del juego. La volatilidad de estas instituciones las hace idóneas para evadir las luchas contestatarias a la vieja usanza. La empresa/empleador es una categoría que mantiene su peso económico, pero su protagonismo socio-político ha sido reclamado por otras estructuras y dinámicas. El mundo del trabajo ha sido desplazado de su pedestal por el mundo del consumo. Todo esto es lo que veremos en la continuación de este análisis sobre las migraciones de los chinandeganos.

INVESTIGADOR DEL SERVICIO JESUITA PARA MIGRANTES DE CENTROAMÉRICA (SJM). MIEMBRO DEL CONSEJO EDITORIAL DE ENVÍO.

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