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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 349 | Abril 2011
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Nicaragua

¿Es cristiano el proyecto del gobierno de Daniel Ortega? ¿Y cuál es el proyecto de la Iglesia?

Rafael Aragón, religioso de la Orden de Predicadores, hizo un breve recorrido histórico caracterizando la religiosidad que predomina en Nicaragua, y analizó las políticas sociales del Frente Sandinista y las relaciones del actual gobierno con las autoridades religiosas, en una charla con Envío que transcribimos.

Rafael Aragón

El domingo 20 de marzo, cuando estaba acompañando a una comunidad cristiana, murió en Brasil el gran teólogo católico José Comblin, de origen belga y con trabajo de muchos años en Chile y en Brasil, que estuvo en Nicaragua y en Centroamérica en varias ocasiones. Nos dijo Comblin: “La Religión ha pasado a ocupar cada vez más espacio en la Iglesia hasta ocultar el Evangelio. Los historiadores de la Iglesia pueden confirmar esa situación”. Quisiera confirmar esa situación en la Iglesia de Nicaragua.

Antes debemos recordar algo de historia. El gran teólogo católico alemán Karl Rahner dividió la historia de la Iglesia cristiana católica en tres etapas. La primera fue la etapa paradigmática, la del Cristianismo primitivo, que inició con el Evangelio de Jesús de Nazaret y llegó hasta el año 313, cuando el emperador Constantino hizo del Cristianismo la religión oficial del imperio romano. La segunda etapa es la más prolongada. La extiende Rahner desde aquel lejano siglo 4 hasta el siglo 20, hasta que en los años 60 del siglo pasado se celebró en Roma el Concilio Vaticano Segundo. Según Rahner, en esta prolongada etapa se gestó y se consolidó el modelo de Iglesia de Cristiandad. En ese modelo la identidad cristiana estuvo totalmente unida a la cultura occidental europea. Durante esa etapa fue conquistada América y fue en ese espíritu que se desarrolló el proceso de cristianización en América Latina.

Rahner vio abrirse una tercera etapa en Europa a partir del Concilio Vaticano Segundo (1962-1965) y en América Latina a partir de la Conferencia de Obispos de Medellín (1968), momentos en que la Iglesia católica se planteó nuevas formas de entender su ser y su estar en el mundo. El modelo de Cristiandad, que había funcionado durante mil 500 años comenzó a renovarse con el Concilio, que emitió dos documentos claves: “Lumen Gentium” (la Iglesia “luz de las gentes”, entendida no como jerarquía, sino como Pueblo de Dios) y “Gaudium et Spes” (la Iglesia en diálogo “alegre y esperanzado” con el mundo actual). En América Latina se retomaron los temas del Concilio en el encuentro de obispos de Medellín, donde se encarnaron en nuestra realidad y se tradujeron en lo que conocemos como “la opción por los pobres”.

En esta tercera etapa la Iglesia católica en América Latina vivió un proceso de grandes transformaciones que dio muchos frutos: una Iglesia más comprometida con la realidad, una Iglesia más profética -denunciando las injusticias y anunciando la transformación de la sociedad- y más martirial -tantos que dieron su vida por el Evangelio-, el surgimiento de las comunidades eclesiales de base, la Teología de la Liberación y una espiritualidad solidaria y ecuménica. Nicaragua vivió este proceso de cambios y de renovación a la par que vivía la revolución sandinista.

Hoy son muchas las señales que nos indican que, a partir del pontificado de Juan Pablo Segundo (1978-2005), estamos regresando al modelo de Cristiandad, a su disciplina, a sus ritos, a los dogmas y a la centralización del poder. Juan Pablo Segundo le puso muros a todas las aperturas -litúrgicas, teológicas, pastorales- que propuso el Concilio. Yo creo que la mayoría de cardenales y obispos de la Iglesia universal no aceptaron nunca la renovación que representó el Concilio porque su modelo era, y siguió siendo, el de Cristiandad. Con Juan Pablo Segundo el modelo de Cristiandad volvió a consolidarse en todo el mundo. La beatificación en Roma el Primero de Mayo de Juan Pablo Segundo es una expresión más del rechazo al pensamiento renovador del Concilio.

Después del Concilio y de Medellín la Iglesia católica de Nicaragua titubeó. La jerarquía comenzó a tomar distancia de la dictadura somocista y a acercarse a la burguesía opositora, más proclive al proyecto de un somocismo sin Somoza que a un proyecto popular.

En 1969 se celebró en la UCA de Managua la primera asamblea de pastoral. Se hizo allí el primer diagnóstico, la primera evaluación, de la situación de la Iglesia católica en el país. ¿Qué se concluyó? Que la jerarquía era muy conservadora, que la mayoría del clero era extranjero, que el escaso clero nacional era muy tradicional, que la mayoría de religiosas y religiosos trabajaban en colegios sin una proyección social. Y que había ya un despertar de renovación en algunos sacerdotes jóvenes, tanto nacionales como extranjeros. Los religiosos capuchinos en la Costa Atlántica y algunos otros religiosos en Managua apostaban a una pastoral renovada y renovadora.

Fue así que se empezaron a poner las bases de lo que en pocos años sería la activa participación de bases cristianas en la revolución. La profundización de la crisis social y política en las zonas rurales y en Managua, sobre todo después del terremoto de 1972, hizo crecer esas bases. La década de los años 70 fue un tiempo de creatividad y de despunte del laicado, tanto en el campo como en la ciudad. Nacían formas organizativas que veían en el compromiso social y político la expresión de la fe cristiana.

Fruto de aquella asamblea de 1969 fueron surgiendo y se fueron consolidando las comunidades eclesiales de base, el CEPA -para la pastoral campesina-, las Escuelas Radiofónicas -que jugaron un papel importante en toda la zona norte del país concientizando con el método pedagógico de Paulo Freire-, la experiencia de Solentiname... Todo un despertar de la Iglesia que yo creo jugó un papel decisivo para que la base social de la Iglesia católica participara en la revolución. Creo también que el Frente Sandinista no hubiera tenido tantas raíces populares sin ese aporte. Las bases de la ATC en Carazo, la comunidad San Pablo en los barrios orientales de Managua, tantos liderazgos cristianos que se pusieron al frente de las manifestaciones contra Somoza, mostraron que la pastoral social le dio base y arraigo al Frente Sandinista.

Después del terremoto de 1972 el Frente Sandinista se articuló mejor en Managua y lo hizo alrededor de las ya organizadas comunidades eclesiales de base. Hay muchos relatos que dan cuenta de esto: el acercamiento al Frente Sandinista del padre Uriel Molina y del padre Fernando Cardenal -con la juventud de la UCA y con los Cursillos de Cristiandad- fueron cruciales. Por la fe cristiana vivida de forma renovada el Frente Sandinista enraizó en muchos sectores populares.

Mientras esto sucedía, la mayoría del clero se mantenía en la tradición de la Iglesia de Cristiandad, que propone llevarse siempre bien con los poderes políticos, sean cuales sean, y manejar lo mejor posible la relación con el poder constituido, con las autoridades civiles. Recuerdo bien que cuando llegué a Nicaragua en 1978 se celebraban en todas las parroquias del país 200 misas por la salud de Somoza, porque le había dado un infarto. Y eso no significaba que todos apoyaban a Somoza o que fueran somocistas. Esas misas expresaban que la Iglesia católica vivía según el modelo de Cristiandad, que había sido el modelo tradicional.

Aunque en los primeros años de su arzobispado en Managua, viniendo de Matagalpa, Monseñor Obando hizo discursos muy elogiosos a la Guardia Nacional, también trató de tomar ciertas distancias de Somoza. Cuando Somoza le ofreció de regalo un Mercedes Benz no lo aceptó. Y en 1970 y 1972 él, y toda la Conferencia de obispos, publicaron dos cartas pastorales que tuvieron muy buena acogida de parte de la burguesía opositora a Somoza.

El somocismo fue agudizando las contradicciones y a partir de mediados de los años 70 ya no existía en la iglesia católica un proyecto pastoral de acompañamiento a los cristianos para que renovaran su teología según los principios del Concilio. Lo que había era un proyecto de incorporación ideologizada de grupos cristianos a la insurrección y al proyecto revolucionario. El Frente Sandinista se dio cuenta del valor de estas bases cristianas organizadas y cosechó entre ellas nuevas bases. Entre los sacerdotes, religiosos y religiosas había una gran ambigüedad: ¿comprometerse con la revolución significaba respaldar la lucha armada?

La lucha armada fue legitimada en 1979 desde el campo católico hasta que un grupo -en el que participé- nos reunimos clandestinos en el seminario mayor de Managua y, después de una reflexión, elaboramos un texto que pasamos a los obispos. Los obispos lo firmaron el 3 de junio de ese año, cuando la insurrección popular era ya un hecho cotidiano. Somoza impidió publicarla en los periódicos y transmitirla por radio. Recuerdo que escuchamos ese texto por la clandestina Radio Sandino un domingo a las 6 de la tarde.

El 20 de julio, cuando la Junta de Gobierno entró victoriosa a la Plaza de la Revolución, el pueblo de Nicaragua celebró aquel triunfo político desde su fe tradicional. Y muchos de los que habían luchado con las armas contra Somoza fueron después con sus abuelitas y sus mamás a pagar promesas a la Virgen de la Merced en León o al Santo Cristo de Esquipulas. La fe tradicional y el compromiso revolucionario estaban totalmente entrelazados. Quienes habíamos sido formados en una mentalidad más secular, más laica, no lo entendíamos bien. Tuvimos un primer problema cuando nos negamos a celebrar misas campales por los caídos en la insurrección, misas que siempre iban acompañadas de actos políticos del Frente Sandinista. Nos parecía que era necesario separar las actividades políticas de las religiosas para no confundir ambas identidades. Habíamos sido formados en la separación Iglesia-Estado, en la promoción de una Iglesia que ya no siguiera siendo Iglesia del poder, fiel al modelo de Cristiandad. Sin embargo, otros sacerdotes sí celebraban aquellas misas, muy frecuentes en aquellos días.

Aquel 20 de julio, Monseñor Obando no fue invitado a acompañar a la Junta de Gobierno a la Plaza de la Revolución. La junta llegó acompañada de otro obispo, Monseñor Salazar, de León, que hasta coreaba ¡El pueblo unido jamás será vencido! Mientras, Monseñor Obando estaba en el Palacio Nacional “viendo los toros desde la barrera”…Hay que recordar y valorar esa escena para entender mejor el papel que jugará después Monseñor Obando. Unos días antes, cuando Obando estaba en Costa Rica, no quiso dialogar con la dirección del Frente Sandinista. Hay que tener en cuenta que Monseñor Obando fue firme en nunca querer dialogar con los sandinistas. Y no lo hizo hasta que Daniel Ortega decidió negociar con él.

En Nicaragua y en todas partes la jerarquía católica siempre se ha sentido más cómoda con los poderes tradicionales que con las bases de las organizaciones populares o de los movimientos sociales. El malestar de la jerarquía con el proceso revolucionario fue creciente. La revolución provocaba una ruptura con el modelo de Cristiandad. La nueva realidad revolucionaria la agudizaba una ideología que reclamaba no sólo un estado laico, sino revolucionario y popular. Y a la par surgía un movimiento de Iglesia que abogaba por un modelo de Iglesia más cercano a la propuesta renovadora del Concilio y de la Teología de la Liberación. La jerarquía fue incapaz de entender estos dos desafíos, de aceptarlos. Fue incapaz de un cambio institucional, tampoco fue capaz de colaborar a la creación de un nuevo “imaginario social” diferente al consolidado en la tradición católica durante siglos.

Muchos cristianos participamos de lleno en el proceso revolucionario. El 17 de noviembre de 1979 los obispos de Nicaragua publicaron una carta pastoral saludando el proceso al socialismo al que se encaminaba Nicaragua. Pero el contenido de aquella carta no fue el fruto de una reflexión de los obispos ni tampoco de la Iglesia en su conjunto. Fue un documento elaborado por teólogos de la liberación latinoamericanos que vinieron a Nicaragua. Después, fue impuesto a los obispos nicaragüenses por el encargado del Vaticano en el país. Los obispos no compartían su contenido, no querían firmar aquello y cuentan que hasta patearon físicamente el documento.

En la medida en que la revolución se fue radicalizando y consolidando, cuando en mayo de 1980 salieron de la Junta de Gobierno doña Violeta y Alfonso Robelo -que eran la expresión del apoyo de la burguesía al Frente Sandinista- la jerarquía católica cortó definitivamente con el proceso revolucionario. En esa ruptura se expresaba su fidelidad al modelo de Iglesia de Cristiandad, la Iglesia del poder. Como los obispos no tuvieron ninguna acogida por quienes estaban ya consolidados, y únicos, en el poder, el Frente Sandinista, rompieron con el gobierno.

El Frente Sandinista no había hecho un análisis correcto del poder cultural y simbólico que la Iglesia tenía en Nicaragua y los obispos y muchos sacerdotes se sintieron excluidos y marginados por el poder. Una parte del pueblo cristiano sí participaba ampliamente en el proceso revolucionario, pero lo hacía sin ningún proceso de formación teológica que hiciera verdad realmente aquella consigna que decía que “entre cristianismo y revolución no hay contradicción”.

En su ruptura con el gobierno, la jerarquía católica fue respaldada por el Consejo Episcopal Latinoamericano, el CELAM. Su presidente entonces, el arzobispo de Medellín Alfonso López Trujillo, vino a Nicaragua a celebrar una misa para dar respaldo a los obispos y organizar una cruzada contra el “comunismo” que amenazaba a Nicaragua. A partir de entonces la jerarquía y la mayoría del clero, religiosos y religiosas, se organizaron para confrontar el proceso revolucionario. Lo hicieron sin plantear otro proyecto pastoral que no fuera el de fortalecer las devociones tradicionales, la Purísima, las celebraciones de la Sangre de cristo... Apostaron a estimular la religiosidad más tradicional, convocando a las masas católicas a respaldar el liderazgo de Monseñor Obando y el de cada obispo en su diócesis. Se perdió la posibilidad de que se desarrollara una Iglesia profética, comprometida y liberadora, inspirada en el Concilio Vaticano Segundo y en Medellín. Y se regresó a la falta de diálogo. En la pastoral volvimos de nuevo al arcaico catecismo de preguntas y respuestas, superado en tantas partes del mundo.

Como dice Comblin, la Iglesia promovió la Religión y ocultó el Evangelio para mejor confrontarse con la revolución en marcha. El crecimiento de la contrarrevolución, la crisis y la destrucción causadas por la guerra y la salida masiva del país de gente descontenta con el proceso revolucionario sólo contribuyeron a aumentar las tensiones, capitalizadas por la jerarquía para acusar al gobierno de persecución religiosa y de falta de libertad religiosa.

El Frente Sandinista tampoco sintió al principio ninguna necesidad de dialogar ni con la Religión ni con el Evangelio. En la famosa “reunión de las 72 horas” la dirección del Frente elaboró un documento en el que abordaba el tema de la Religión, que molestó seriamente a los obispos.

Más allá de lo que sucedía nacionalmente, la experiencia de la participación de cristianos en un proceso revolucionario, a diferencia de lo que había ocurrido en Cuba veinte años antes, despertó admiración e interés en el mundo entero.
A Nicaragua llegaron teólogos de la liberación latinoamericanos para animar la experiencia. Fueron ellos los promotores, por ejemplo, del Centro Antonio Valdivieso. Ésta y otras iniciativas eran una necesidad más sentida de los cristianos latinoamericanos, impacientes por transformar la sociedad, que de los cristianos nicaragüenses.

Durante la revolución, el clima fue de mucha confrontación entre “dos” Iglesias: cristianos contra obispos, pugnas en las parroquias, confusión para la mayoría del pueblo, aferrado a una religiosidad tradicional. Esto impidió el surgimiento
y el desarrollo de una teología más abierta. Muchos sentíamos que en la defensa de la revolución se jugaba el destino de Nicaragua y hasta el de América Latina. Y en la defensa de la revolución nos fuimos distanciando de mucha gente creyente que no había conocido otra cosa que la religiosidad que se corresponde con el modelo de Iglesia de Cristiandad.

El liderazgo de la revolución fue totalizante. La revolución fue un proyecto totalizador, que envolvía toda la vida,
que no dejaba espacios para una creatividad autónoma. Eso nos dejó sin los líderes más destacados de las comunidades de base o de la misma sociedad. Y ante aquel proyecto totalizante, la jerarquía y el clero se fueron haciendo cada vez más tradicionales, incluso más que lo que ya lo eran antes del triunfo de la revolución. La visita del Papa Juan Pablo Segundo en 1983 y el nombramiento en 1985 de Obando como Cardenal fueron momentos clave en la re-articulación de la Iglesia según el modelo de Cristiandad.

Las líneas del Concilio Vaticano Segundo, que nos habían animado a relacionar la fe con la vida y a acercarnos de una manera más horizontal a la gente, se olvidaron. Recuerdo al sacerdote Leopoldo Brenes, con sus bluyines y su pelo largo, que tanto atractivo despertaba entre la juventud. Muchos de los jóvenes que formó en Las Brisas se incorporaron después al Frente Sandinista. Y lo recuerdo regresando, unos años después, de sus estudios en Roma, totalmente cambiado, con sotana y roquete, olvidado de todo lo que había sido antes, ya plenamente oficial, adherido totalmente al modelo de Iglesia de Cristiandad que le impuso a la Iglesia universal Juan Pablo Segundo.

Aunque la jerarquía católica no simpatizaba con el Frente Sandinista, si en el Vaticano se hubieran seguido desarrollando las líneas renovadoras del Concilio se hubiera podido llegar a algún entendimiento. Pero el Papa Juan Pablo Segundo llegó al cargo decidido a regresar al modelo de Cristiandad. Esto decepcionó a muchos cristianos de base, no aceptaron la confrontación del liderazgo de la Iglesia con la revolución, y frustrados, nunca más volvieron a participar en actividades católicas. Líderes de comunidades de base -podría decir nombres muy conocidos- nunca más participaron en nada. Algunos se abrieron a otras experiencias religiosas. Y así fueron creciendo las Iglesias evangélicas. La iglesia católica fue perdiendo liderazgo y capacidad de convocar a todo el pueblo. Esto contribuyó al crecimiento de las denominaciones evangélicas, haciéndose así más plural el panorama religioso del país.

El Frente Sandinista pensó que el pueblo nicaragüense participaría en el cambio de la conciencia religiosa y lucharía en contra de la jerarquía católica con la misma fuerza con la que había participado en la lucha para derrotar a la dictadura somocista. Quiso hacer una insurrección popular en la conciencia religiosa. Se equivocó. El cambio de conciencia no es una tarea sencilla, como ellos creyeron.

En la actitud del Frente Sandinista ante la religión también hubo influencias del proceso cubano, un modelo ateo y ateizante. Oficialmente, el Frente decía que promovía el pluralismo político, pero entre sus bases, sus militares y sus partidarios, la religión no era bien vista, era considerada un atraso. Me atrevo a decirlo porque tuve la oportunidad de ver muy de cerca los intentos que hizo el fraile dominico brasileño Frei Beto para capacitar a los cuadros del Frente Sandinista en una mejor comprensión del fenómeno religioso. En 1980 Beto vino por primera vez a Nicaragua con Lula y aquí se encontró con Fidel Castro, que lo invitó a ir a Cuba, donde conoció más de cerca el proyecto cubano.

El interés de Beto en Nicaragua no era dar charlas a las comunidades de base. Lo que él quería era que le permitieran participar en la formación de los cuadros del Frente Sandinista. Estaba convencido de que, como el pueblo latinoamericano tiene un sustrato religioso cristiano tan arraigado, si los revolucionarios no sabían trabajar con esas raíces, más pronto o más tarde esto provocaría un conflicto serio. Pero el Frente Sandinista nunca le dio entrada a Beto, nunca escuchó sus planteamientos. En aquellos años vino varias veces intentando que le hicieran caso. Pero lo acogían sólo como compañante de Lula. Hasta que en 1985 escribió el libro “Fidel y la Religión”, que lo hizo famoso en Cuba y fuera de Cuba. Entonces, el Frente Sandinista cambió y en la siguiente visita de Beto a Nicaragua, como seguía insistiendo, le permitieron por fin ir a la escuela de cuadros del Frente. Sin embargo, tan sólo pudo hacer una dinámica…y no le permitieron seguir. Dejó entonces escrita una carta dirigida a la dirección nacional del Frente Sandinista. En ella criticaba la radicalidad anti-religiosa con la que formaban a sus cuadros. Y nunca más regresó a Nicaragua.

Cuando la revolución fue derrotada en las urnas en 1990 la Iglesia católica se consolidó aún más en el modelo de Cristiandad, fortalecida por el Vaticano, por la figura preponderante y protagónica del Cardenal Obando y por el clero que había sido parte activa de la contrarrevolución. Para esas fechas las comunidades eclesiales de base y los cristianos que participaron en la revolución ya eran débiles y se debilitaron más con cada vez menor capacidad de convocatoria.

Tanto en el poder totalizante de los años 80, como fuera del gobierno en los años 90, el Frente Sandinista vio siempre el tema religioso como algo coyuntural. Ese pragmatismo coyunturalista era notable especialmente en Daniel Ortega. Recuerdo reuniones con él en los años 80, siendo coordinador de la Junta de Gobierno o ya Presidente, cuando le planteábamos asuntos de fondo sobre la religiosidad, y siempre nos decía lo mismo, que eso era “para otro momento”. Lo único que le interesaba era qué hacer tácticamente en la coyuntura inmediata, para resolver el problema del momento. Siempre reaccionaba así.

En los años 90 la Iglesia católica, consolidada ya en el modelo de Cristiandad, se fortaleció aún más. Recuerdo al Cardenal, que en la toma de posesión de doña Violeta hizo un discurso más largo que el de la Presidenta, con fuertes críticas al gobierno sandinista, sentando los puntos centrales de la tradición católica sobre lo que debe ser una sociedad democrática y abogando por recuperar el liderazgo católico en la educación y en la promoción de “valores”.

En aquellos años 90, años de “transición”, fue continua la presencia de la jerarquía en los actos públicos del gobierno, con el afán de rescatar el espacio perdido durante el gobierno sandinista, afianzándose así el modelo de Cristiandad añorado por los obispos y por los sectores católicos más tradicionales. No dejó de haber tensiones, porque en el gobierno de doña Violeta participó una generación de jóvenes tecnócratas, más interesados en la modernización del país en torno a un proyecto nacional que en la confrontación ideológica con el sandinismo.

El diálogo que doña Violeta mantuvo con los sandinistas, y la presencia de Humberto Ortega al frente del Ejército, no permitió a la jerarquía católica tenerlas todas consigo durante el gobierno de doña Violeta. Y no dejaron de hacerle continuos señalamientos de corrupción, no privándose de repetir insistentemente en sus documentos sus prejuicios contra los sandinistas, acusándolos de ser causantes de todos los males del país.

Doña Violeta le donó a la iglesia los terrenos en donde hoy está la UNICA, la Universidad Católica. En 1997, al final de su gobierno, cuando el Papa Juan Pablo Segundo regresó a Nicaragua, lo hizo para dar un espaldarazo definitivo al modelo de Iglesia de Cristiandad que quiso inaugurar con su primera visita en 1983. La metáfora papal de 1997, sobre “la noche oscura”, que según él se vivió en Nicaragua durante la revolución, fue un símbolo usado durante años por la jerarquía católica y por toda la oposición al Frente Sandinista. Aún hoy se sigue empleando.

El modelo de Cristiandad se consolidó plenamente con el gobierno de Alemán. El Cardenal Obando jugó un papel decisivo en la victoria electoral de Alemán en 1996 con su famosa “parábola de la víbora”, dedicada a impedir la victoria electoral del Frente Sandinista. En la toma de posesión de Alemán, el Cardenal Obando no sólo estuvo presente, sino que lo hizo revestido con los ornamentos litúrgicos más solemnes, capa pluvial y mitra, y en el acto un grupo de sacerdotes entonó el Te Deum en latín, melodía con la que se coronan emperadores y reyes.

Durante el gobierno de Alemán la Iglesia católica recuperó plenamente su poder institucional y el Estado se legitimó con el poder ideológico de la Iglesia, que actuó en esos años como un quinto poder del Estado. En las celebraciones públicas estaba la jerarquía y en las ceremonias religiosas estaba el gobierno, que erigió imágenes religiosas en plazas y parques. La violación del principio constitucional del Estado laico se convirtió en una rutina. La corrupción que el gobierno de Alemán institucionalizó durante su gestión no encontró críticas de la jerarquía católica, que decidió callar ante el cúmulo de evidencias. Lo que tuvimos en esos años fue una Iglesia proféticamente muerta e ideológicamente sometida, con una pastoral cada vez más tradicional, que estimulaba lo mítico y lo mágico, dando la espalda a una visión moderna del mundo.

En el contexto de los años 90 comenzó a crecer aceleradamente la influencia de iglesias de tradición evangélica pentecostal, que con su oferta de salvación llegaban más a la sensibilidad religiosa tradicional y con su oferta de milagros y curaciones respondían a las necesidades vitales de una población cada vez más empobrecida y abandonada. Con todas sus contradicciones, la oferta de la espiritualidad pentecostal es más cercana a la modernidad que la oferta de la religiosidad tradicional católica.

Con el gobierno de Bolaños hubo algunos distanciamientos entre la jerarquía y el gobierno, pero el modelo de Cristiandad continuó consolidándose. Fue durante el gobierno de Bolaños que el Frente Sandinista, ya en manos de Daniel Ortega y siempre con un enfoque coyunturalista, entendió que debía cambiar de estrategia. De nuevo en el gobierno a partir de 2007, Daniel Ortega ha desarrollado plenamente esa nueva estrategia. Se dieron cuenta de la fuerza de la religión en el pueblo nicaragüense y de la pervivencia de la tradición conservadora que predomina en la religiosidad popular. Entendieron que, a pesar de todos los esfuerzos, en los años 80 esa mentalidad no cambió. Desde esa evidencia, concluyeron que no les convenía la confrontación, que tenían que convivir con los líderes religiosos y, sobre todo, que también desde el gobierno debían alentar la religiosidad tradicional que esos líderes religiosos representan porque esa religiosidad los afianzaría en el gobierno.

En consecuencia el gobierno actual, ha hecho alianzas con los obispos y con el clero. Negocian con ellos, hacen pactos con ellos, les ayudan financieramente para sus proyectos. Y como en el modelo clásico de Cristiandad la Iglesia se siente bien cuando es reconocida y tomada en cuenta por el poder, obispos y clero aceptan esto y hasta lo celebran. Si medio año antes de la caída de Somoza se celebraron 200 misas por su salud, para quedar bien con Somoza, ¿por qué no quedar bien con un gobierno del Frente Sandinista celebrándole misas, presidiendo los actos públicos del gobierno? Es la lógica del modelo de Cristiandad. Y es la lógica no sólo de Obando. La mayoría del clero participa de esa visión. Lograr que la jerarquía religiosa no confronte el modelo que hoy impone el Frente Sandinista al país es la lógica del gobierno.

En esta coyuntura de acomodo, negociaciones y amistad, apareció en Nicaragua en 2007 Monseñor Silvio Báez como obispo auxiliar de Managua. Es un sacerdote muy inteligente, fue un estudiante notable durante sus años de preparación para el sacerdocio, adquiriendo una sólida formación teológica y bíblica, aunque de factura más europea que latinoamericana.

Monseñor Báez estudió en Costa Rica en un ambiente abierto y cercano a la Teología de la Liberación, dio clases de teología en Guatemala y era profesor en Roma en la Universidad de los religiosos carmelitas cuando lo nombraron obispo para Nicaragua. Tiene un liderazgo destacado en la Orden del Carmelo, a la que pertenece. Llegó a Nicaragua con el objetivo de abrir nuevos espacios en la Conferencia Episcopal, muy marcada por la línea que a lo largo del tiempo le ha transmitido el Cardenal Obando a los obispos y al clero.

Monseñor Báez ha sido duramente criticado por analistas políticos cercanos al gobierno. Siendo obispo auxiliar, la tradición le impone no destacar más que el obispo titular, Monseñor Leopoldo Brenes. Se especuló, por eso, que lo nombrarían obispo de Matagalpa, donde ejercería su ministerio con más libertad que en Managua. Pero no fue así. Nombraron al padre Rolando Álvarez, un sacerdote muy dinámico en su trabajo pastoral, que por su formación y su experiencia personal no se distancia de la línea de la mayoría de los obispos. Todo indica que el Vaticano quiere mantener a Monseñor Báez en Managua por ahora.

Monseñor Báez no tiene a su favor la experiencia de haber vivido de cerca la historia de Nicaragua. Por eso sus mensajes pueden resultar algo abstractos. Habla de derechos humanos, de sociedad civil, de respeto a la Constitución, pero tal vez le falta la radicalidad profética de quien habla desde la inserción en la realidad de los pobres. Creo que eso le falta para no ser manipulado y atrapado por la oposición política. Por su lenguaje genérico, de respeto a la institucionalidad, un tema que está en la base de la actual contienda política, puede ser instrumentalizado. Debería enraizarse más en la espiritualidad de los profetas bíblicos y en el Evangelio para que su mensaje no sea utilizado por los intereses de la oposición con el fin de confrontarse con el proyecto de Daniel Ortega. Corre ese gran riesgo. Hay periodistas y medios de comunicación que están elevando su figura y su voz para colocarlo a él y al resto de obispos al frente del conflicto político. Monseñor Báez necesita mantener su autonomía pastoral para evitar esa manipulación.

Estamos ahora en un proceso electoral. Creo que gran parte del pueblo católico que participó en el proceso revolucionario en los años 80 mantiene el respaldo al actual proyecto de Daniel Ortega, con una cierta conciencia crítica desarrollada entre los sectores que han tenido la oportunidad de una mayor formación. Pero, a la hora del voto, aún estos críticos, creo que votarán por el Frente Sandinista, porque hoy por hoy no ven “otro palo donde ahorcarse”. Otros sectores cristianos, profesionales y de clase media, que también participaron en la revolución, han tomado más distancia y no votarán por el Frente Sandinista. Un cálculo que hago así, al vuelo, es éste: la base popular sandinista puede ser hoy un 50% católica y un 40% evangélica con un 10% alejada de toda religión.

Conviene recordar que el protestantismo -bautistas, moravos, anglicanos- llegaron a Nicaragua de la mano del General
José Santos Zelaya, que les abrió las puertas intentando modernizar el pensamiento dominante católico, más conservador y tradicional. La tradición evangélica está históricamente vinculada al liberalismo. Los evangélicos pentecostales crecieron y se multiplicaron en los años 80. Y es que cuando Rockefeller en 1973 publicó su Informe y concluyó que la teología de la liberación, que nacía en las comunidades cristianas católicas, ponía en peligro los intereses de Estados Unidos, el gobierno de Estados Unidos promovió en toda América Latina, también en Nicaragua, la llegada de grupos evangélicos del tipo de las Asambleas de Dios, conocidos como pentecostales o neopentecostales.

En los años 80 muchas de estas iglesias evangélicas apoyaron a la contrarrevolución y muchos líderes de iglesias evangélicas fueron líderes en la contrarrevolución armada de los 80. De entonces a acá esos grupos han venido cambiando y haciéndose más plurales políticamente.

El actual incremento de los grupos evangélicos tiene que ver con un empobrecimiento generalizado que, en Nicaragua, al igual que en América Latina, ha creado una subcultura de la pobreza y la exclusión. Los pobres de los años 90 y 2 mil ya no son iguales a los pobres de los años 70 y 80. En aquellos años los pobres eran explotados y oprimidos, pero ahora nadie los oprime ni los explota, porque están excluidos incluso del sistema de explotación. Son marginales al sistema. Son gente sin futuro, sin oportunidades, sin trabajo, sin ningún reconocimiento social. Los grupos evangélicos les ofrecen la esperanza de la salvación. La religión y los cultos que celebran en sus barrios les brindan una tabla de salvación. En los cultos son reconocidos, tienen identidad y dignidad, la que les niega la sociedad. Hoy el 30% de la población nicaragüense es evangélica. ¿Por quién votarán? No es fácil calcularlo, los evangélicos son hoy plurales políticamente.

Entre los evangélicos ha sido fuerte la tendencia a “no meterse en política”, aunque en los 90 algunos de sus líderes formaron partidos políticos: Camino Cristiano, Movimiento de Unidad Cristiana, Alternativa Cristiana -después Alternativa
por el Cambio-, tres partidos aliados en estas elecciones al FSLN. ¿Cómo votarán? Muchas denominaciones evangélicas responden a una religiosidad cada vez más fundamentalista, que rechaza lo “mundano”, sacraliza a la autoridad civil y que hace una lectura literalista y descontextualizada de la Biblia. Han crecido mucho: antes de la revolución tenían 20 colegios y centros de estudio en el país y hoy ya tienen 1 mil 200.

Conviene también recordar que en los años 80 las iglesias protestantes históricas apoyaron el proceso revolucionario, mientras la jerarquía católica lo confrontaba. La estrategia del gobierno revolucionario fue entonces apoyar y promover a las iglesias evangélicas para neutralizar el poder de la iglesia católica. Actualmente, el gobierno del Frente Sandinista ha dado en esto un giro radical: consciente del mayor poder histórico de la iglesia católica y del poder universal del Vaticano es a la jerarquía y al clero católico al que prioriza y da protagonismo dejando a un lado a los sectores evangélicos. ¿Influirá este giro táctico en el voto de los sectores evangélicos?

¿Votar por Daniel Ortega será votar por un proyecto cristiano? ¿Es cristiano el proyecto del actual gobierno del Frente Sandinista? Yo considero que este gobierno sigue manejando hoy el hecho religioso como lo hizo en los años 80 Daniel Ortega, desde la misma perspectiva: un pragmatismo coyunturalista y oportunista. A mí me duele mucho el uso oficial que de la religión hace el actual gobierno, en esos discursos oficiales impregnados de una inspiración religiosa, donde aparece mezclada la consigna de la Nicaragua “cristiana, socialista y solidaria” con las consignas de la Revolución francesa -libertad, igualdad y fraternidad-, con la consigna del “bien común”, que es de tradición tomista, un concepto promovido por Santo Tomás de Aquino, a la par que escuchamos que el gobierno es “de reconciliación” y habla del perdón, palabras que tienen claras connotaciones cristianas.

Creo que el gobierno ha caído en la tentación de tantos otros viejos políticos: está haciendo un uso abusivo de conceptos y símbolos de la religión cristiana para legitimarse ante un pueblo de religiosidad tradicional. Yo considero que eso es idolátrico, blasfemo. Usar el nombre de Dios en vano, en falso, es blasfemia. La tradición profética critica firmemente la idolatría, entendiendo que los ídolos no son estatuas ni imágenes. La tradición profética de la Biblia y del Evangelio considera que es idolatría querer legitimar con el nombre de Dios cualquier proyecto de poder que no es justo, que no promueve la justicia, que no promueve a los pobres.

Los proyectos sociales de este gobierno -Hambre Cero, Usura Cero, Techos para el Pueblo y otros-, ¿promueven a los pobres, son expresión de la opción por los pobres, como ha dicho en tantas ocasiones el Presidente de la República y el Cardenal Obando, quien afirma que distribuyendo por toda Nicaragua láminas de zinc para reparar los techos de las casas de los pobres él está viviendo “la opción por los pobres”?

La opción por los pobres que propone la Teología de la Liberación es la de hacer de los pobres sujetos de su historia. Yo me “convertí” a esta forma de entender la opción por los pobres leyendo toda la obra de Paulo Freire, su Pedagogía de la Liberación. Freire nos enseñó que había que concientizar a los pobres para que entendieran las causas de su pobreza, para devolverles dignidad y para que ellos se convirtieran en sujetos de su propia historia y participaran en la transformación de su realidad de pobreza.

Entendiéndolo así, no es opción por los pobres convertir a los pobres en objetos de caridad y de dádivas. Hay que hacer de ellos sujetos de derechos con voz y no objetos de favores que agradecen sumisos. Desde la Teología de la Liberación aprendimos a ser críticos de los proyectos asistencialistas de las iglesias y de los proyectos paternalistas de los gobiernos, en los que el pueblo no es considerado sujeto sino objeto, en los que no se le concientiza ni se le estimula a que sea sujeto de su propia historia.

Es desde esos planteamientos que debemos evaluar los programas sociales del actual gobierno. ¿Convierten a los pobres en sujetos de un proceso de transformación de sus vidas, de sus comunidades, de Nicaragua? ¿La lógica de esos proyectos es democratizar la economía de Nicaragua o es solamente paliar la pobreza mientras la economía sigue siendo inequitativa y sigue promoviendo grandes desigualdades? ¿Se cambia la conciencia de quienes reciben esos programas sociales, son más críticas esas personas, son más autónomas, tienen un pensamiento cada vez más propio? ¿Están contribuyendo esos proyectos a crear organización comunitaria? ¿Son un primer paso para lograr que de ahí surjan organizaciones autónomas y responsables? ¿Han creado más unidad en la comunidad o crean división y exclusiones? ¿Dan sólo respuesta a necesidades básicas sin plantearse qué hacer después? ¿Son sostenibles en el tiempo, son sostenibles financieramente, garantizan un desarrollo sostenible que vaya creciendo desde abajo o son solamente ayudas decididas desde arriba con espíritu clientelista, buscando votos, buscando agradecimiento? ¿Responden a políticas públicas estatales o son fundamentalmente programas partidarios? ¿Cuál es la finalidad de estos programas: garantizarle popularidad al gobernante o construir sujetos más libres y más críticos? ¿Qué intencionalidad tienen: ser sólo medios en busca del fin de la reelección?

En situaciones de extrema necesidad hay que darle a la gente para que la gente salga adelante. Pero al dar hay que procurar que lo que se da genere conciencia, participación y organización. Hoy, cuando vemos en el Canal 4, el canal oficial, las noticias de cómo se entregan esas ayudas, lo que vemos es la expresión ideológica de quienes se sienten ayudados y responden agradecidos. Lo que vemos a diario es a gente agradeciendo favores, en una dependencia con matices mítico-religiosos: “gracias al comandante”, “nadie nos había ayudado antes, sólo él”... No se percibe la creación de conciencia ciudadana sino la dependencia de una persona y de un partido. A partir de eso, podemos juzgar cuál es la lógica de estos programas sociales. La gente expresa dependencia del asistencialismo, del paternalismo, una dependencia cuasi religiosa.

La gente percibe los deberes que le correspondan al Estado como los favores que les hace una persona. El Estado tiene deberes con la ciudadanía porque la ciudadanía paga impuestos. Cuando los derechos se ven como favores que nos hace el gobernante porque es muy bueno se está construyendo una mentalidad de siervos ante un monarca y no la mentalidad de ciudadanos ante una autoridad democrática. Sin duda, ésta ha sido la práctica de muchas iglesias cristianas, paternalistas, asistencialistas y caritativas, a lo largo de los tiempos. Pero con la Teología de la Liberación, y con la revolución en los años 80, aprendimos a considerar ese modo de actuar como un insulto a los pobres.

El gobierno del Frente Sandinista en los años 80 lo consideró así. Por eso resulta aún más chocante que sea el actual gobierno del Frente Sandinista el que hoy promueva ese paternalismo que crea dependencia, que es caridad con los pobres para sacarlos de la extrema pobreza hacia la pobreza, pero que no es opción por los pobres para que dejen de serlo y se conviertan en sujetos y ciudadanos. Por eso, éste no es un proyecto cristiano, tampoco es un proyecto revolucionario.

El Presidente de la República tiene el deber y la tarea de construir una sociedad participativa y crítica, tiene la responsabilidad de democratizar la economía. La pregunta más de fondo que debemos hacernos ante estos programas sociales es ésta: Con esos programas, ¿se está democratizando la economía en Nicaragua? En Chinandega, donde trabajo, lo que vemos es que los grandes capitales de Pantaleón y de los Pellas, socios del gobierno, no favorecen la democratización de la economía. Al contrario: la hacen cada vez más inequitativa. Ciertamente, hay cosas positivas en el actual gobierno. Trabajo en Chinandega en una emisora de radio, en donde durante el gobierno anterior nos faltaba la energía durante ocho horas, y ahora tenemos luz todo el día. Es un avance positivo que nos ha beneficiado a todos. Y una familia que recibe láminas de zinc para reparar su techo y ahora no se moja cuando llueve ciertamente ha experimentado una mejora. El anterior gobierno descuidó mucho a la gente más pobre y podemos decir que mucha gente pobre está hoy en mejores condiciones que durante el gobierno de Bolaños. Pero creo que ésa no es la clave para evaluar a este gobierno. Debemos preguntarnos si el gobierno está caminando correctamente, y en qué dirección camina. Debemos preguntarnos si al caminar, está respetando las leyes. Debemos preguntarnos por qué existe tanta centralización del poder, tanto control social.

La tradición bíblica nos enseñó que no debíamos usar el nombre de Dios para legitimar proyectos que van en contra del bien común, en contra de los pobres. Creer en el Dios de la Biblia, en el Dios de Jesús, es practicar la justicia. Al ejecutar todos estos programas sociales el gobierno usa, de forma programada y calculada, el nombre de Dios para legitimarse. ¿Se legitima con eso? El uso de la religión que está haciendo el gobierno lo acerca más a proyectos ya desfasados de extrema derecha que a proyectos auténticamente populares.

El gobierno intenta también legitimarse con la presencia permanente del Cardenal Obando en actos públicos y oficiales. ¿Cómo explicar un cambio tan radical en el Cardenal Obando? Él ha tenido siempre un inocultable afán de liderazgo.

Se mantuvo herido y resentido por la política del gobierno sandinista en los años 80. Sintió que no lo consideraron una figura destacada en la sociedad nicaragüense y en la política nacional y en aquellos años le pasó la cuenta a los sandinistas. Obando ha sido siempre un convencido del modelo de la Iglesia de Cristiandad, la Iglesia considerada un poder que debe ser reconocido y que dialoga de tú a tú con los poderes políticos y económicos. Esa visión suya la fortaleció la llegada al pontificado de Juan Pablo Segundo, que lo respaldó y lo nombró Cardenal para fortalecer en Nicaragua ese modelo.

Cuando ya entrando en el nuevo siglo el Frente Sandinista decidió acercarse al Cardenal Obando y a otros líderes de la Iglesia católica lo hizo para no tenerlos de enemigos, para neutralizar su influencia. No fue Obando quien buscó a Daniel Ortega, fue Daniel Ortega el que lo buscó para negociar. ¿Qué negociaron? Darle prestigio al Cardenal, darle un cargo público para que destacara. Posiblemente, también negociaron olvidar su participación en la corrupción que fue descubierta en COPROSA (Comisión de Promoción Social de la Arquidiócesis) durante el gobierno de Enrique Bolaños. COPROSA fue una ONG no legalizada en los años 80, dirigida por Roberto Rivas, y considerada como una extensión de Cáritas. En los años del Presidente Bolaños los medios de comunicación documentaron la corrupción que se dio en COPROSA, cuando estaba bajo el control del Cardenal Obando. Eso también debe haber sido pieza en esa negociación, que ha concluido con la estrecha cercanía que hoy mantiene el Cardenal con el Presidente Ortega.

Para entender esta negociación y todo lo que hoy estamos viendo nos ayudará recordar que en la religiosidad de Nicaragua nunca entró la cultura de la modernidad y el espíritu laico que promovió el Concilio Vaticano Segundo. El pueblo cristiano de Nicaragua vive en una pre-modernidad cultural, y la Iglesia católica y la mayoría de las iglesias evangélicas más todavía. Quienes a partir del Concilio Vaticano Segundo empezaron a abrirse a ideas religiosas más modernas fueron ahogados por la jerarquía.

Una visión moderna propone la autonomía de la política, la separación entre Iglesia y Estado, el fin de la Iglesia monárquica y del Estado monárquico. Nunca esas ideas han tenido expresiones sólidas en Nicaragua. Eso permite al Presidente Ortega revestirse de un lenguaje religioso y de símbolos religiosos y presentarse encabezando un modelo de gobierno “cristiano”, que está desfasado y superado en el mundo. Al actuar así promueve un grave atraso cultural y juega con el pueblo de Nicaragua.

Para superar una situación como ésta, la Iglesia debe rescatar su tradición profética si quiere vivir la fe en el profeta Jesús de Nazaret. Debemos entender que todo poder, religioso o civil, tiene una lógica que es excluyente. Todo poder tiende a excluir a sectores de la sociedad. Para no excluir a nadie tiene que saber dialogar con todos los grupos sociales, con toda la sociedad, y es en ese diálogo como irá articulando un proyecto verdaderamente nacional.

El papel de la Iglesia debe estar siempre fuera del poder, con el pueblo, con quienes en el pueblo están organizados en proyectos alternativos que reclaman, que demandan, para hablar en nombre de ellos si es que ellos no tienen voz o para acompañar su desarrollo, anunciando y denunciando lo que con ellos aprende. Ése es el modelo del movimiento de Jesús. Ése no es el modelo de la Cristiandad, que es un modelo de poder, donde el poder político y el poder religioso dominan, orientan y norman a la sociedad.

La principal misión de la Iglesia es acompañar al pueblo, desde la base y fuera del poder. Acompañar las organizaciones del pueblo desde abajo. Si está arriba será una Iglesia de Cristiandad, aunque el poder sea de izquierda, de derecha o de centro.

La Iglesia debe tener siempre una actitud crítica ante el poder, cuando el poder no es de servicio al pueblo o a favor del bien común. En los años 80 nos criticaban, y con alguna razón, cuando apoyamos tanto al gobierno revolucionario. ustificábamos ese apoyo por la guerra y por el entusiasmo con el proyecto de transformación, pero no fuimos suficientemente críticos.

Es desalentador ver cómo el gobierno que representa al Frente Sandinista se ha plegado a las tradiciones de la cultura premoderna del pueblo de Nicaragua, y ha olvidado su compromiso de formar en el pueblo una conciencia crítica que haga que sus militantes participen políticamente de una forma consciente. Si así lo hiciera abriría caminos para hacer de Nicaragua una sociedad más moderna, que logre superar los atrasados estilos políticos de todos los gobiernos anteriores, liberales o conservadores. Es desalentador que el gobierno que representa al Frente Sandinista no trabaje para transmitir al pueblo una visión renovada del ser humano, de la sociedad y del mundo.

El poder siempre corrompe y el poder religioso puede corromperse mucho más que otros poderes. El poder se corrompe cuando no permite autonomía y libertad a las organizaciones populares, cuando no dialoga con toda la sociedad. Y cuando el poder es autoritario termina siempre mal. Ésa es la enseñanza de la historia. Todos los poderes autoritarios han terminado mal, sean de derecha o de izquierda. Viví 26 años en una dictadura de derecha en España, que terminó mal. Los gobiernos autoritarios de izquierda de la Europa del Este, en países que visité varias veces, también terminaron mal. Hoy vemos lo mal que va a terminar el gobierno autoritario de izquierda en Libia. Es tiempo de reflexionar y de rectificar.

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