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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 345 | Diciembre 2010
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Internacional

El Antropoceno: La Crisis Ecológica se hace Mundial (3)

Estamos acercándonos aceleradamente al umbral de una gran extinción, a un colapso biológico en el que desaparecerán las especies vivas que conocemos. Esta catástrofe se produce ante una inconsciencia colectiva porque no existe un debate político-social que capte la trascendencia que tendrá para el futuro de Homo Sapiens, nuestra especie. Nuestros ojos parecen no verlo. Y nuestros corazones y nuestras mentes parecen no sentirlo.

Ramón Fernández Durán

El sistema urbano-agro-industrial ha tenido una repercusión directa y negativa sobre la Biosfera, sobre todos sus ecosistemas y sobre las especies vivas, sobre la suma de todos los hábitats donde se desarrolla la vida, influyendo en la Biosfera, incapaz de poder aceptar por mucho más tiempo este ritmo, desbordada ya hace décadas su biocapacidad.

RESPONSABLE: NUESTRA ESPECIE

Hasta el siglo 20 el desarrollo de la vida estuvo marcado por la evolución genética, con importantes convulsiones históricas en ocasiones, con grandes extinciones de especies como resultado de cambios cósmicos, impactos de meteoritos y causas endógenas de la transformación de la propia Biosfera (supervolcanes, grandes glaciaciones…).

Hasta ahora ha habido cinco extinciones masivas, la última la del Cretácico, hace 65 millones de años, cuando desaparecieron los dinosaurios, entre otros muchos millones de especies. Ahora estamos ya entrando en la sexta extinción, la que según científicos se extendería desde el Holoceno -el período geológico más reciente de la evolución, cuando inicia la agricultura, los últimos 12 mil años- a la que ya algunos denominan como una nueva era geológica: el Antropoceno.

En esta nueva era la causa principal de la extinción masiva no es ya el cosmos, los meteoritos, los volcanes o las grandes glaciaciones, sino el presente capitalismo global y la Sociedad Industrial. No es el conjunto de Homo sapiens como especie quien provoca la extinción, sino un determinado sistema, que es una construcción humana que ha ido involucrando a una parte cada vez mayor de nuestra especie a su dinámica infernal y que tiene ya una repercusión biosférica. Actividades humanas que hasta el siglo 20 habían sido en mayor o menor medida sostenibles y renovables (agricultura, pesca, gestión de los bosques) dejaron de serlo como resultado del triunfo planetario de la presente Megamáquina Global de origen antrópico.

La intensificación del uso de recursos, en teoría renovables, mediante la industrialización masiva, se convirtió en el siglo 20 en una actividad cada vez más insostenible. Su funcionamiento bajo la lógica del mercado, basada en el imperativo del crecimiento continuo y la aplicación de tecnologías que serían impensables sin el consumo masivo de combustibles fósiles, han sido la causa, siendo especialmente el petróleo el que en última instancia lo hace factible.

LA REVOLUCIÓN VERDE:
UN GIGANTE DEPREDADOR Y TÓXICO

La globalización de la agricultura industrializada y su evolución ha tenido impactos ambientales gravísimos. El balance energético de la agricultura industrializada es absolutamente deficitario: consume bastante más energía que la que produce, en contraste con la agricultura tradicional. Su gran incremento de productividad y su “éxito” los causa un enorme consumo de energía fósil, especialmente petróleo, y el consumo de fertilizantes químicos, la mecanización, el bombeo de agua y el transporte. Todo esto es lo que ha hecho factible que en el siglo 20, a pesar del enorme crecimiento poblacional mundial -se multiplicó por 4 el número de habitantes y aumentó la esperanza de vida-, la extensión de la superficie agrícola mundial “tan sólo” se multiplicara por 2.

En 1900 la agricultura que se practicaba en el mundo era una agricultura no industrializada, que empleaba en lo fundamental las técnicas de hace mil años, dedicando una cuarta parte de la tierra a mantener ganado, que proporcionaba gran parte de los nutrientes necesarios. A finales del siglo la agricultura industrializada se extendía ya por gran parte del planeta, alimentando a un 50% de la población mundial, ya notoriamente urbanizada y acogía a enormes cantidades de ganado, destinados principalmente a abastecer de carne a las clases medias y altas del mundo, en especial en los países centrales.

Este agrobusiness estaba organizado en centros y periferias claramente diferenciados, siendo las periferias las que proporcionaban los insumos principales al sistema agropecuario y alimentario de los centros, comprometiendo así seriamente su soberanía alimentaria, a la vez que los grandes agroexportadores centrales erosionaban gravemente la viabilidad de las agriculturas autóctonas periféricas -poco o nada industrializadas- en base a un comercio mundial totalmente asimétrico.

Esta Revolución Verde -como se la ha denominado- ha provocado crecientes impactos ecológicos. Por un lado, los ocasionados por la extensión de la “frontera agrícola”, lo que ha alterado ya más del 10% de la tierras emergidas del mundo -cinco veces la extensión del espacio construido en el mundo-, sobre todo las tierras más llanas y en principio las más fértiles. A la vez, presionaba para desplazar la llamada agricultura de subsistencia y el pastoreo hacia tierras más marginales y con orografía más accidentada, acentuando el impacto ambiental.

Están también los impactos derivados del metabolismo agrario sobre los ecosistemas acuáticos y terrestres: la eutrofización de recursos hídricos subterráneos y superficiales, la degradación de los suelos como resultado de la intensificación de sus ritmos naturales, la salinización creciente del suelo, y el grave incremento de las tasas de erosión. En definitiva, la pérdida de suelo fértil.

La agricultura industrializada ha incrementado entre dos y tres veces los ritmos naturales de erosión, acentuando los problemas de desertificación que afectan a un tercio de las tierras emergidas del mundo y ha degradado una cuarta parte de la superficie cultivada mundial. La agricultura industrializada también ha fomentado los monocultivos, siendo impensable sin recurrir al monocultivo. Esto ha provocado una importante pérdida de biodiversidad.

YA NO ESCUCHAMOS
“LOS SONIDOS DE LA PRIMAVERA”

Todo esto ha generado auténticos “desiertos verdes” donde no se escuchan “los sonidos de la primavera” y ha provocado la proliferación de las plagas, al alterarse los equilibrios ecológicos, haciendo necesario un cada vez mayor aporte químico (pesticidas y herbicidas) para mantener la productividad, y ampliando el impacto tóxico sobre los ecosistemas agrarios. Todo esto se ha agravado con la introducción de la agricultura transgénica, creando la posibilidad de mutaciones incontrolables, potenciales Frankensteins jugando con la biodiversidad.

Los impactos globales de la Revolución Verde no son homogéneos. Se concentran donde la agricultura industrializada se ha extendido más y lleva más años de existencia, sobre todo en Estados Unidos y en la Unión Europea, aunque también en los grandes países agroexportadores (Australia, Brasil, Argentina, Paraguay, Indonesia, Colombia…). La producción a gran escala que existe en estos países está dominada por los conglomerados del agrobusiness, que controlan también la producción de semillas.

A pesar de todo esto, todavía casi la mitad de la producción agrícola mundial se realiza al margen de este modelo, y en gran parte al margen del mercado, con muy bajo consumo energético fósil y un bajo impacto ambiental, en base a conocimientos locales ancestrales y al trabajo humano y animal. Pero su existencia está amenazada por la expansión irrefrenable de la agricultura industrializada global.

A finales del siglo 20 la destrucción ambiental promovida por la expansión de la agricultura industrializada ya empezaba a pasar factura. Los altos rendimientos de productividad alcanzados en los últimos cincuenta años del siglo 20, cuando casi se triplicó la producción mundial agraria, excediendo el crecimiento poblacional global, se empieza ya a erosionar, haciendo cada vez más necesarios aportes químicos crecientes, con el estancamiento de la producción mundial. A la vez, se empezaban ya a percibir los primeros síntomas del impacto del Cambio Climático sobre la productividad agraria.

LA EXPLOTACIÓN INDUSTRIALIZADA
AMENAZA LOS BOSQUES DEL MUNDO

Más de la mitad de los bosques originarios del mundo han sido ya talados o han sufrido un deterioro irreversible. Aunque este proceso se ha llevado a cabo desde hace unos 8 mil años, se intensificó y aceleró desde la Revolución Industrial, sobre todo en el hemisferio norte y explosionó especialmente en el siglo 20, principalmente por las posibilidades que brindó la explotación mecanizada e industrializada de las masas forestales. Se acrecentó en la segunda mitad del siglo 20 con la imprescindible ayuda del petróleo.

Hasta entonces, el enorme requerimiento de mano de obra había frenado la tala rápida y masiva, sobre todo en el Sur del planeta. Pero la aparición de la motosierra y de la maquinaria pesada eliminó cualquier traba a la explotación forestal intensiva. Desde 1950 la deforestación se instaló prioritariamente en el hemisferio sur, en especial en sus selvas tropicales, verdaderos paraísos de biodiversidad, mientras que la destrucción arbórea en el hemisferio norte remitió en gran medida, salvo en las zonas boreales, donde se intensificó por presiones sociopolíticas, por consideraciones estratégicas y por políticas de reforestación -y explotación- con “ejércitos de árboles”.

Más de un cuarto de la superficie emergida de nuestro mundo tiene todavía cubierta forestal, aunque tan sólo la mitad aproximadamente mantiene aún el bosque originario. Las causas del proceso que nos ha llevado hasta ahí son múltiples. La tala y destrucción de bosques la ha causado sobre todo la expansión de la frontera agrícola, más intensa en la segunda mitad del siglo 20 en el hemisferio sur; la paralela explotación industrializada de las selvas tropicales en América Latina -en especial el Amazonas-, en el África Subsahariana -principalmente en la cuenca del Congo- y en Asia Oriental y Pacífico (Indonesia, Filipinas); la explosión del crecimiento urbano-metropolitano y la consiguiente construcción de infraestructuras de conexión; la gran expansión de la minería y las graveras; la apertura a la explotación de las bosques boreales en Canadá y Rusia; la creciente presión del Norte sobre los recursos forestales del Sur para poder conservar sus propios bosques; y el consumo humano de leña sobre todo en el Sur por la presión poblacional. Todas estas dinámicas se aceleraron en las últimas décadas del siglo 20, llegando a alcanzar cifras espectaculares al final del milenio: más de 200 mil kilómetros cuadrados anuales de deforestación.

UNA REFORESTACIÓN CUESTIONABLE

La reforestación, y la posterior explotación de lo que se reforesta, se debe principalmente al fomento de la industria papelera, como resultado del incremento exponencial de la demanda mundial de papel. La reforestación no sólo se realiza en el hemisferio norte. Se intensifica también cada vez más en el hemisferio sur, como expresión de la explotación industrializada de los bosques.

El creciente deterioro de las masas arbóreas viene determinado también por el incremento de la contaminación -en especial las lluvias ácidas-, la expansión de plagas -acelerada por los monocultivos forestales-, las estrategias de lucha militar para “desemboscar” al enemigo -uso de defo-liantes químicos como el agente naranja en Vietnam- y el incipiente cambio climático, con el auge de incendios y sequías.

Las consecuencias de esta pérdida de masa forestal mundial y de su deterioro son dramáticas. En primer lugar, por la pérdida de biodiversidad que conlleva -de microorganismos, vegetales y plantas-, sobre todo en las selvas tropicales, donde se hallan los grandes almacenes de la biodiversidad planetaria, más de la mitad de la existente en todo el mundo. La pérdida de biodiversidad se da también en los bosques secos y montes bajos tropicales, los más afectados por la presión agraria, por el sobre-pastoreo, por la expansión urbano-metropolitana y por la búsqueda humana de leña, el combustible que emplea prácticamente la mitad de la Humanidad, el combustible de los pobres del mundo.

La pérdida de bosques provoca otros procesos que acentúan indirectamente todas estas dinámicas. Los más notables son la pérdida de pluviosidad y de suelo fértil, así como el incremento de la sequedad del suelo y la erosión. Asistimos también a un creciente troceamiento del territorio fores-tado, debido al auge de construcción de infraestructuras, lo que empobrece adicionalmente la biodiversidad y daña los ecosistemas forestales, al no alcanzar la masa crítica suficiente para su mantenimiento.

Igualmente, la sustitución del bosque originario por “ejércitos de árboles” reforestados, muchas veces no adaptados a la vocación de los suelos -por ejemplo, plantaciones de eucaliptos, especie no autóctona y de crecimiento rápido-, produce una fuerte degradación de los ecosistemas, lo que implica una caída abrupta de la biodiversidad previa y una aguda degradación del suelo, sobre todo por el manejo mecanizado que supone la explotación industrializada.

Toda esta destrucción no se ha llevado a cabo sin fuertes resistencias sociales, que en ocasiones han conseguido frenar o revertir, en parte, los procesos. El movimiento Chipko de las mujeres del Himalaya es quizás el más conocido a escala mundial, principal exponente de estas luchas y también testigo de sus éxitos limitados. Las mujeres de la región de Uttar Pradesh, en el norte de la India, se abrazaban a los árboles -Chipko significa “abrazar” en hindi- como forma de defensa no violenta activa de sus recursos comunales y vitales. Otro ejemplo es el movimiento Cinturón Verde en Kenia, también protagonizado por mujeres, entre ellas la Premio Nobel Wangari Maathai. Son algunas, no las únicas, muestras del llamado Ecologismo de los Pobres, que se desarrolla en muchas partes del mundo ante la agresión de la Sociedad Industrial contra los recursos naturales de los que depende la vida de comunidades enteras.

LA PESCA INDUSTRIALIZADA
ARRASA CON LAS PESQUERÍAS MUNDIALES

El pescado es la principal fuente de proteínas para unos mil millones de personas y es un importante complemento nutricional para la mitad de la Humanidad. Pero esta importante fuente de proteínas, verdadero placer culinario, está gravemente amenazada.

Desde principios de la década de los años 90 del siglo 20 las capturas mundiales de pesca han iniciado una tendencia a la baja. Crecieron consistentemente entre 1950 y 1973, sobre todo en los años 80, coincidiendo con los tiempos del petróleo barato y con la creciente industrialización y capacidad de depredación de las artes pesqueras. El “pico” mundial de capturas de pescado se situó en algo más de 90 millones de toneladas en los primeros años 90 del siglo 20. En 1950 sólo se capturaron 20 millones. Es preciso recordar que casi un 30% de las capturas se destinan a uso no humano, convirtiéndolas en pienso para engordar ganado.

Desde los años 90 la tendencia de la pesca marina es declinante, aunque con altibajos. La razón: un 80% de las poblaciones mundiales de peces se encuentran sobreexplotadas. El 50% está ya plenamente explotada y colapsada y el 30% restante con caídas del 90% en su tasa máxima de extracción. Desde entonces, las capturas están creciendo principalmente en el 20% de poblaciones remanentes, todavía sin sobreexplotar. Al ritmo actual de explotación se prevé que todas las especies marinas de peces estarán colapsadas para mediados del siglo 21.

Además, la creciente captura en los niveles tróficos inferiores puede provocar una brusca fractura en los ecosis-temas marinos de carácter irreversible. La próxima generación puede ser la última que pueda comer peces en estado salvaje. Y tal vez sólo una parte muy reducida podrá hacerlo, porque la oferta será muy limitada y los precios probablemente se pondrán por las nubes. El resto de la población mundial, o los que puedan y quieran, se verán obligados a comer peces “cultivados”, modalidad en creciente expansión desde los años 80 del siglo 20. Ya en la actualidad la mitad del pescado que se consume en el mundo proviene de piscifactorías.

RESPONSABLES: LOS GOLIATS PESQUEROS

A finales del siglo 20 se estaba produciendo en los mares del mundo una transición equivalente a la ocurrida en el Neolítico con el desarrollo de la acuicultura. ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Dónde se encuentran más agotadas las especies capturadas? ¿Y quiénes se han beneficiado -y se benefician- principalmente de esta sinrazón? Algo así no se había producido nunca en los 200 mil años en que Homo sapiens habita sobre la corteza terrestre comiendo peces y crustáceos de sus ríos y costas, y nunca en los miles de años que lleva cruzando los mares y abasteciéndose de ellos. Todo esto sucedió en la segunda mitad del siglo 20, en tan sólo 50 años, aunque la “fiesta” -para algunos- continúe hasta el presente.

La razón principal de haber llegado hasta aquí es la intensificación sin precedentes de las capturas que permite la pesca industrializada, impulsada especialmente en la segunda mitad del siglo 20. La razón son nuevas técnicas altamente depredadoras (pesca de arrastre, con mortalidad de otras especies por los descartes) y barcos cada vez más grandes que las aplican, sobre todo en alta mar, una vez agotados los recursos pesqueros de las plataformas costeras.

Los nuevos gigantes del mar equivalen a más de mil barcos de pesca artesanal. Estos Goliats pesqueros exigen una compleja tecnología -basada además en la congelación- y un consumo energético que requieren de una gran inversión de capital y necesitan funcionar non-stop, sin detenerse las 24 horas del día, para rentabilizarse. Los poseedores de estas flotas altamente tecnologizadas son grandes empresas de los países centrales (Japón, Unión Europea, Estados Unidos, Canadá) y son ellas las que más están devastando los recursos pesqueros mundiales, sumándose cada vez más rápidamente a esta depredación grandes actores emergentes. Especialmente China, el principal país pesquero del mundo, hasta hace poco con una flota escasamente tecnologizada, pero desde hace años ya en proceso de una drástica industrialización pesquera, junto con Corea del Sur. También participan Perú, Chile y México en América Latina. Las flotas altamente tecnologizadas de los países centrales, y poco a poco las de los nuevos actores emergentes, han ido desplazando paulatinamente la pesca artesanal, primero en los mares y océanos que bordeaban los territorios centrales y después en los del mundo entero.

Aun así, la gran mayoría de la pesca artesanal mundial está todavía en Asia y Pacífico (India, Indonesia, Vietnam, Filipinas) y en bastante menor medida en América Latina, Caribe y África. La destrucción de empleo en el sector de la pesca artesanal está siendo trágica. Esta forma de vida, más en consonancia con los límites ambientales y los ritmos naturales, se viene abajo, afectando a comunidades enteras.

DESAPARECE LA PESCA ARTESANAL:
UNA TRAGEDIA

Los caladeros más esquilmados son los del Atlántico Norte, los de parte del Océano Índico y el Pacífico Noroccidental (en torno a Japón, China y Corea del Sur), yendo cada vez más en la misma dirección los caladeros de América Latina, Caribe y África. No en vano el consumo principal de pescado se da en Japón, Unión Europea, Estados Unidos, Canadá, China y Corea del Sur y cada día más estos actores extraen el pescado de otros mares.

Chile y Perú son importantes consumidores de pescado y hasta ahora tienen abundantes recursos propios. Fue Perú el país que exigió -y consiguió- la creación a partir de los años 70 de las llamadas Zonas Económicas Excluyentes, de 200 kilómetros, que asignan el control de las plataformas marinas continentales a los Estados ribereños en el momento en que las flotas del Norte ampliaban su radio de pesca al mundo entero. Sin embargo, este acto de soberanía es un arma de doble filo, pues hace que los países periféricos, ante su asfixia económica, vendan por un “plato de lentejas” el acceso a sus caladeros. Intentan así reducir su endeudamiento exterior, al tiempo que sus élites se aprovechan de la situación. El caso más dramático es el de muchos países africanos que venden por un millón de euros el acceso irrestricto a sus recursos pesqueros.

La trágica situación creada por la quiebra de las flotas artesanales ante la esquilmación creciente de recursos y el colapso inducido por sus propios Estados, está propiciando la proliferación de la piratería, que aborda las flotas occidentales para exigir rescates millonarios, sobre todo en el Océano Índico. Es su nueva fuente de recursos, una vez desaparecida la pesca artesanal. Las flotas de la Unión Europea se ven obligadas a armarse hasta los dientes, apoyadas por barcos de guerra de la OTAN para ejercer su actividad. En otros países del África Occidental las embarcaciones -cayucos y pateras- de la pesca artesanal las utiliza una población desesperada para intentar llegar a las costas de la Unión Europea.

CAMBIAR MANGLARES POR GRANJAS

La actividad pesquera mundial se ve obligada a orientarse cada vez más hacia la acuicultura, ante la creciente destrucción de las especies marinas salvajes, lo que supone un severo deterioro de la calidad y salubridad del pescado que comemos. Esta actividad se desarrollaba ya limitadamente en aguas continentales en la primera mitad del siglo 20, pero se intensificó a partir de 1950, experimentando gran desarrollo desde los años 80, sobre todo por el creciente deterioro ambiental de los ríos del planeta.

La pesca en aguas continentales es tan sólo el 10% del total mundial, siendo el 90% marina. Y es sobre todo en aguas marinas, en los bordes costeros, donde se desarrolla la cría en cautividad de especies cada vez más escasas. El desarrollo de esta modalidad ha sido verdaderamente espectacular en los últimos años, significando ya en la actualidad la mitad de la oferta mundial de pescado.

En el mundo, la acuicultura está liderada por los países de Asia y Pacífico -con dos terceras partes del total mundial- y muy especialmente cada vez más por China, tanto en sus propias aguas como en aguas de territorios periféricos cercanos (Vietnam, Indonesia, Filipinas, Tailandia). Otros importantes actores en esta actividad son Noruega y Chile, que crían el salmón en cautividad.

La que ha experimentado un crecimiento impresionante en las últimos años ha sido la cría en cautividad de camarones y langostinos, actividad que sustituye manglares para establecer granjas marinas. Este fenómeno afecta a muchos países del mundo y es especialmente intenso en el Sudeste Asiático y en el Pacífico. El impacto ecológico de esta actividad es enorme, pues normalmente estas granjas son abandonadas a los pocos años ante el agotamiento nutritivo del manglar. Es preciso recordar que los manglares son espacios de una riquísima biodiversidad, con gran capacidad para absorber carbono y con un importante valor como “colchón” protector en la interacción tierra-mar. Su desaparición en muchos lugares del Sudeste Asiático agravó las consecuencias del tsunami que barrió esa región a finales del año 2005.

EL PROGRESIVO COLAPSO
DE LA BIODIVERSIDAD PLANETARIA

La creciente insostenibilidad de la agricultura y de la pesca industrializada, así como de la gestión también industrializada de los bosques, junto con la expansión física del modelo urbano-industrial, y el impacto negativo de su metabolismo, son las causas de la acelerada pérdida y degradación de la biodiversidad planetaria. Estamos asistiendo a un verdadero Golpe de Estado biológico del sistema urbano-agroindustrial mundial, desencadenado en el siglo 20.

A esta tragedia hay que sumarle la del trasiego de especies, que en el siglo 20 adquirió una dimensión nunca vista hasta ahora a lo largo de la historia de la Humanidad. Es un trasiego activado por la propia expansión y funcionamiento de la Sociedad Industrial y es una consecuencia -no buscada- de las dinámicas comerciales del capitalismo global.

Tras la aceleración de las invasiones biológicas ocasionadas por el imperialismo europeo, a partir de la circunnavegación de África y sobre todo de la Conquista de América, el siglo 20 ha presenciado una verdadera vorágine de bioinvasiones de especies foráneas. El sistema urbano-agro-industrial ha actuado como un auténtico aprendiz de brujo, desatando dinámicas biológicas cuyos impactos en los ecosistemas no puede controlar. Generan una creciente homegenización y simplificación intercontinental e inte¬roceánica de la flora y la fauna, con graves consecuencias en la Biosfera.

CONEJOS, PERCAS, MEJILLONES...

Hay muchos ejemplos de bioinvasiones. Uno de los más relevantes es la introducción por los británicos del conejo en el continente australiano, desencadenante de un verdadero desastre ecológico.

El conejo, procedente de Europa, se multiplicó como una verdadera plaga por no tener depredadores australianos, generando una severa degradación ambiental. Además, como el conejo consume la mitad del pasto que podría alimentar a las ovejas o al ganado vacuno, provocó también un muy serio problema socio-económico. La penetración del conejo en la Patagonia ha tenido también impactos muy negativos.

La grafiosis del olmo sería otro de los ejemplos de libro. La grafiosis es una enfermedad provocada por hongos que afecta al olmo y proviene de Asia, donde las especies de olmos son más resistentes. La enfermedad llegó a Europa durante la Primera Guerra Mundial, generando una alta mortandad de olmos. De Europa saltó luego a Estados Unidos, provocando también un fuerte impacto en las poblaciones de olmos. Y de allí parece que brincó otra vez a la Península Ibérica, donde prácticamente ha arrasado con los olmos existentes.

La introducción de la perca del Nilo en el lago Victoria es otro ejemplo de desastre biológico, pues implicó la desaparición de más de 200 especies locales de peces que habían sustentado la pesca tradicional en esas aguas durante miles de años. Además, la perca, orientada a la exportación, acabó con la forma de vida de la población local, intensificando la pobreza.

Hay que resaltar también el caso del mejillón cebra y su tremenda capacidad invasora. El mejillón cebra procede del Mar Caspio y el Mar Negro, donde habita en equilibrio biológico. A finales del siglo 19 se extendió por Europa oriental por la navegación de los ríos en esa región y en el siglo 20 empezó a invadir América del Norte y Europa Occidental, por el transporte marítimo de mercancías. En la actualidad se sigue extendiendo por gran parte del mundo, colonizando ríos, lagos y embalses, provocando importantes daños ecológicos y socio-económicos.

CONVULSIÓN DE LA FLORA Y LA FAUNA

También la actividad humana ha hecho proliferar un puñado de especies “elegidas” (ratas, cucarachas, palomas, gaviotas), especialmente en las grandes áreas urbano-metropolitanas. De esta forma, unas 40 especies de animales y unas 100 de plantas han aumentando de forma exponencial sus poblaciones planetarias y han ascendido de rango gracias a la domesticación, ocupando y demandando cada vez más espacio ambiental global. El ganado vacuno se multiplicó por 4 en el siglo 20, lo mismo que el ganado caprino y el lanar, tal como se multiplicó la población humana. Los cerdos se multiplicaron por 10 y las aves de corral por 20, más de prisa que los seres humanos. Es una prueba más de cómo el sistema urbano-agro-industrial creado por Homo Sapiens está condicionando cada vez más a la Biosfera.

Esta manipulación de la biodiversidad por la Sociedad Industrial y las bioinvasiones que provoca, además del comercio de formas de vida exóticas (monos, loros, tortugas, reptiles, peces ornamentales, corales, cactus), convertido en un negocio de primer orden a pesar de estar en teoría prohibido, están provocando una de las más grandes convulsiones históricas de la flora y la fauna planetarias, desastre que corre paralelo a la gravísima pérdida de biodiversidad planetaria.

A esta situación, ya grave, se suma la capacidad de alteración de la biodiversidad que tienen los Organismos Genéticamente Modificados que desde hace años está difundiendo en la Naturaleza la industria biogenética, sobre todo en Estados Unidos y en muchos de los grandes países agroexportadores del Sur (Argentina, Brasil) y en bastante menor medida en la Unión Europea, por una moratoria.

ESTAMOS EN EL UMBRAL
DE LA SEXTA EXTINCIÓN

De vez en cuando los medios de comunicación nos alertan de la posible extinción del tigre siberiano, del oso polar, de las ballenas, todas especies emblemáticas, con gran capacidad de interpelación mediática. Poco o nada se dice de la continua desaparición de cientos y miles de especies de microorganismos, vegetales y animales, sobre todo en las selvas tropicales, donde se alberga más de la mitad de la biodiversidad mundial. Además, muchas poblaciones de plantas y animales que todavía subsisten han disminuido su número y extensión, lo que coloca a muchas al borde de la desaparición.

El ritmo de desaparición de especies está siendo unas cien veces más rápida que su velocidad natural. Ese ritmo se ha intensificado en las últimas décadas. Entre 1970 y 2005 la biodiversidad planetaria descendió en un 30%, cifra espectacular, aunque considerando los millones de especies que todavía existen en el mundo -entre 5 y 30 millones aproximadamente-, pudiéramos tranquilizarnos pensando que aún nos queda mucho camino para asistir a una extinción catastrófica de especies.

Sin embargo, no debemos estar tranquilos. Hay que recordar que en las cinco grandes extinciones anteriores, la pérdida absoluta de biodiversidad se situó en torno al 50% de las especies existentes en cada uno de esos períodos y que ese proceso duró centenares o miles de años, condicionando de forma decisiva la evolución biológica. De hecho, la quinta extinción, hace unos 65 millones de años, abrió el camino a la expansión de los mamíferos. Ante este dato, podemos afirmar, sin riesgo a equivocarnos, que estamos acercándonos a toda máquina al umbral de una gran extinción. Hay científicos que ya la certifican ante la velocidad con la que se produce y la inconsciencia colectiva con la que asistimos al colapso biológico, pues no existe un debate político-social de la trascendencia que para nuestro futuro -el de nuestra especie- tiene lo que ya está ocurriendo y nuestros ojos parecen no ver y nuestros corazones y nuestras mentes parecen no sentir.

LO QUE SOSTIENE NUESTRAS VIDAS

La biodiversidad es la mismísima base de la vida en la Tierra y el principal sustento de nuestra existencia. Sin biodiversidad nuestras vidas no serían posibles. La biodiversidad es también la clave para el funcionamiento diario -resaltemos diario- del sistema urbano-agro-industrial que hemos creado. Es la base también del capitalismo global. Sin biodiversidad no sería viable. Pero esto permanece oculto, invisible, a la lógica del sistema, que funciona ciegamente, pues hasta ahora su contracción y degradación no ha afectado de lleno la dinámica de crecimiento y acumulación constantes. Como igualmente permanece también invisible ese otro pilar del sistema que es el trabajo de miles de millones de mujeres, porque se desarrolla fuera del mercado, en el ámbito doméstico. Junto a la biodiversidad, el trabajo anónimo de las mujeres sustenta y permite el funcionamiento diario del sistema en el que vivimos.

No existe ningún reemplazo posible y a nuestro alcance para reconstruir artificialmente la biodiversidad. Su pérdida está afectando ya ciclos vitales esenciales: el del agua, el del carbono. Esta dinámica se acentuará sin duda en el próximo futuro por dos razones. Por la aceleración que está experimentando la pérdida de biodiversidad planetaria con la expansión del sistema urbano-agro-industrial, y por los efectos del cambio climático sobre la biodiversidad. El avance del proceso alterará profundamente el funcionamiento de los llamados “servicios ambientales”, claves para el funcionamiento de la Sociedad Industrial y de la propia vida, servicios de los que hasta ahora hemos podido disponer gratuitamente, sin darles el valor que merecían.

“SERVICIOS” QUE RECIBIMOS GRATIS,
PERO QUE TIENEN LÍMITES

¿Qué entendemos por “servicios ambientales”? Aunque no nos gusta el nombre, porque tiene un fuerte enfoque antropocéntrico, a falta de otro mejor lo utilizaremos. Los “servicios ambientales” son los procesos ambientales indispensables para la vida y la salud física y mental: fotosíntesis, regulación natural del clima, depuración del agua y del aire, polinización de plantas, edafogénesis (creación de suelo), control natural de la erosión, belleza y equilibrio del entorno…

Todos estos “servicios ambientales” son claves para el funcionamiento del propio sistema urbano-agro-industrial: abastecimiento de recursos naturales (madera, agua dulce, alimentos) y hasta de recursos minerales (escasos), que la Naturaleza nos proporciona gratuitamente.

La pérdida de biodiversidad y la consiguiente degradación de los ecosistemas, así como el progresivo agotamiento de los recursos minerales, pondrá en cuestión este abastecimiento hasta ahora gratuito y que dábamos por supuesto, pensando que la Naturaleza estaba y está ahí para ser explotada sin límites. Un ejemplo actual es el notable descenso de las poblaciones de abejas en el mundo, debido a la contaminación agroquímica, lo que puede poner en peligro la polinización de las especies vegetales, un “servicio ambiental” clave para nuestra alimentación, y hasta ahora ofrecido a coste cero por la Madre Naturaleza.

Hasta hoy los sectores sociales con más poder y más favorecidos por el sistema urbano-agro-industrial han podido solucionar la limitada capacidad de carga y degradación de sus territorios recurriendo a la importación de biodiversidad y de “servicios ambientales” de otras zonas del mundo menos degradadas y con abundancia de recursos. Pero esto ya está dejando de ser así, sobre todo para las poblaciones más empobrecidas del mundo, que llevan ya décadas sufriendo una guerra ambiental encubierta.

Los pobres del mundo son quienes están pagando más caro esta guerra silenciosa contra la Naturaleza, que hasta ahora no ha afectado abiertamente ni a la lógica imparable del sistema ni a la minoría humana del mundo que se beneficia en mayor o menor medida del sistema. Hoy, las estructuras del poder global ya son conscientes de esto, saben que no puede durar así mucho más tiempo y empiezan a buscar desesperadamente alguna forma de hacer frente a los futuros escenarios de crisis de biodiversidad y degradación ecosistémica y a sus consiguientes efectos bumerang, aunque sin salirse de la lógica del modelo de crecimiento y acumulación constante y con los mecanismos del mercado, lo que es imposible de forma mínimamente duradera. Sin embargo, ésa es la “solución” que están gestando.

LA HUELLA ECOLÓGICA QUE DEJA ESTE SISTEMA

A finales del siglo 20 la especie humana, y muy especialmente el sistema urbano-agro-industrial mundial, estaba apropiándose ya de un 40% de la biomasa planetaria. El Homo sapiens de la Sociedad Industrial estaba ocupando y apropiándose de un “espacio ambiental” sin precedentes, lo que suponía una enorme merma para el resto de las especies, cuyo número y territorios vitales se veían reducidos.

Este consumo de biomasa planetaria ni es homogéneo entre los diferentes Estados del mundo ni dentro de sus mismas sociedades. Sus consumos son profundamente diferenciados. Quizás un concepto más apropiado para poder captar en su verdadera magnitud y desigualdad el impacto ambiental de los sistemas urbano-agro-industriales sea el de la “huella ecológica”, que nos indica los requerimientos territoriales totales del metabolismo socio-económico de los sistemas urbano-agro-industriales mundiales, tanto de sus inputs como de sus outputs.

Si la Huella Ecológica de un sistema urbano-agro-industrial determinado es superior a la biocapacidad de su territorio, estamos ante un caso de déficit ecológico que es preciso solventar de alguna forma para garantizar su funcionamiento. Esto se logra sobreexplotando sus propios recursos o, principalmente, importando “sostenibilidad” (biocapacidad) del resto del mundo.

A escala global, los cálculos que existen permiten afirmar que a finales del siglo 20 la Huella Ecológica del sistema urbano-agro-industrial mundial estaba ya claramente por encima de la biocapacidad planetaria: en torno a un 20% por encima. Esto significa que la Sociedad Industrial global estaría en una situación de translimitación (overshoot) de los bienes y servicios que ofrece la Naturaleza. O lo que es lo mismo: que a la biosfera le costaría 1.2 años regenerar lo que la Humanidad consume en un año. Actualmente, ya estamos en una cifra superior a 1.3, muestra clarísima de la crisis ecológica en la que el capitalismo global está inmerso, aunque intente ocultarlo.

¿DURANTE CUÁNTO TIEMPO
PODEMOS CONTINUAR ASÍ?

La Huella Ecológica analiza por un lado la capacidad ecológica de las diferentes cubiertas de suelo y su capacidad biológicamente productiva, y por otro lado intenta medir los flujos de materiales y energía consumidos por una población y actividad económica determinada, así como los residuos que genera, para posteriormente traducirlos también a su expresión territorial. Es la superficie de tierra y mar necesarios para producir esos recursos y para absorber sus residuos.

El sistema urbano-agro-industrial global tendría una huella ecológica de unos 2.2 hectáreas per cápita, lo que significa que habría un déficit de 0.53 hectáreas per cápita, o lo que es lo mismo una translimitación u overshoot de 0.53 hectáreas per cápita, por ser la biocapacidad del planeta de 1.67 hectáreas en las diferentes coberturas de suelo de acuerdo con la población mundial existente. La superación de la biocapacidad planetaria comenzó a darse ya desde finales de los años 80, cuando se publicó el Informe “Nuestro Futuro Común” (1987).

Este déficit ecológico a escala global se compensa mediante la sobreexplotación de los recursos naturales existentes, consumiéndolos a una velocidad mayor que su capacidad de regeneración, mediante la apropiación y metabolización que proporcionan los combustibles fósiles, pues no es posible importar biocapacidad del exterior. La Biosfera es un ecosistema cerrado en términos de materiales -salvo algún meteorito que nos llega de vez en cuando-, aunque abierto en términos energéticos, pues disponemos de la energía del Sol que nos llega diariamente y que es la que permite la vida sobre la Tierra.

El sistema urbano-agro-industrial global estaría creciendo -temporalmente- por encima de la biocapacidad planetaria, agotando cada vez más intensamente la base de recursos sobre la que se sustenta. El capital dinero se estaría expandiendo a costa del llamado “capital natural”. Aunque no nos gusta utilizar este término, recurrimos a él para demostrar lo absurdo de lo que está ocurriendo. El gran problema, como a nadie se le escapa, es saber durante cuánto tiempo más será posible continuar así. Recurriendo a una imagen fílmica: estaríamos ya en una situación parecida a la de los “Hermanos Marx en el Oeste”, cuando cabalgaban alegremente a toda máquina en la locomotora de vapor por las praderas, alimentándola con la madera de los propios vagones, mientras éstos se iban quedando en el chasis…

LA DEUDA ECOLÓGICA
QUE PESA SOBRE EL NORTE DEL PLANETA

No todos los territorios ni todos los sectores sociales consumen la misma biocapacidad. Los espacios centrales -más en concreto sus núcleos urbano-metropolitanos, y sobre todo sus clases medias y especialmente sus élites- son los que más absorben y derrochan biocapacidad, los que normalmente la importan crecientemente del resto del mundo, utilizando ese resto del mundo, también crecientemente, como sumidero de sus residuos.

La importación creciente de recursos lleva sucediendo cientos de años, sobre todo desde el inicio de la expansión del capitalismo a escala global, y especialmente desde el comienzo de la Revolución Industrial, intensificándose hasta límites increíbles en el siglo 20 por las posibilidades de la megamáquina tecnológica, incluido el transporte motorizado que funciona en base a combustibles fósiles. Ya lo denunció Gandhi a mediados del siglo 20 cuando planteó que si India consumiera la misma cantidad de recursos per cápita que engullía Gran Bretaña se necesitarían tres planetas. Quizás exageró algo con su metáfora, pero acertó de lleno al desvelar el fondo del asunto.

Al filo del nuevo milenio, si esa tremenda entelequia que es el “ciudadano medio mundial” consumiera lo mismo que “uno o una” similar de Estados Unidos, se estarían consumiendo seis planetas, algo absolutamente imposible. Y si fuera como un “habitante medio” de la Unión Europea, serían 2 planetas y medio, igual en el caso de Japón.

Esto nos obliga a resaltar el hecho de que el Norte del planeta ha venido adquiriendo una enorme deuda ecológica con los espacios del Sur del mundo, sin la que es imposible entender el “desarrollo” de los espacios centrales del capitalismo global. Se trata de una deuda acumulada a lo largo de siglos de expolio de recursos, daños ambientales no reparados, ocupación gratuita o mal pagada de espacio ambiental para depositar residuos, pérdida de soberanía alimentaria, vertido de contaminantes… Y hasta impactos del cambio climático en marcha, cuyos principales responsables están también en el Norte. De hecho, se habla ya también de deuda climá¬tica.

Poco a poco irrumpen también con fuerza nuevos actores emergentes, que empiezan a actuar como subcentros capitalistas, algunos ya con la potencia suficiente para ir reclamando y obteniendo espacio ambiental global, al haber desbordado ya la biocapacidad de sus propios territorios. El caso de China es el más significativo y por ello recurre a importar “sostenibilidad” de otros espacios del Sur Global (América Latina, África y Asia).

ISLAS DE “ORDEN”
EN UN OCÉANO DE DESORDEN

Hasta hace no demasiado tiempo los herederos del antiguo Imperio del Centro se abastecieron siempre de la biocapacidad existente dentro de sus fronteras. Pero desde hace ya algunas décadas se ven obligados a traspasarlas mediante mecanismos inversores y comerciales, aunque todavía no directamente militares, para obtener o comprar biocapacidad planetaria. Lo mismo cabría decir de otros subcentros capitalistas emergentes, lo que permite afirmar que a escala global se crean centros -sobre todo urbano-metropolitanos- con un aparente orden, importando “sostenibilidad”, a costa de generar un creciente desorden o entropía mundial. Tan sólo el 10% de las áreas naturales emergidas del planeta estarían hoy “intocadas” y un 50% estarían ya transformadas por las actividades humanas, en especial por el sistema urbano-agroindustrial. Islas de orden ficticio en un océano mundial de desorden ecológico de origen antrópico empiezan a hacerse cada vez más patentes.

Miembro de Ecologistas en Acción. Ingeniero y Urbanista. Profesor universitario.

Este texto (y los que le dan continuación, que publicaremos en próximos números) SON el núcleo de un libro que elabora sobre la Crisis del Capitalismo Global y el previsible Colapso Civilizatorio.

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