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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 338 | Mayo 2010
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Centroamérica

Evangélicos pentecostales: un retrato

Se habla de una “revolución pentecostal” en los barrios marginales de toda Centroamérica. Estas organizaciones DE los pobres, ¿son PARA los pobres? Rescatan moralmente, ¿pero promueven más participación, más organización, mejores economías? ¿Por qué esta expansión tan acelerada? ¿A qué necesidades responden? Una investigadora de aguda mirada decidió entrar en uno de los sectores de este amplio mundo y nos ofrece interesantes pistas para entender algunas de las expresiones de este movimiento religioso.

Paola Bolognesi

El cristianismo evangélico se está difundiendo con sorprendente rapidez en toda Centroamérica. En los últimos cuarenta años el número de evangélicos experimentó incrementos exponenciales en la región. Si en Guatemala ya es evangélica el 40% de la población, en los otros países los porcentajes oscilan entre el 15% en Costa rica y el 36% de Honduras.

Motor de esta rápida expansión son las iglesias pentecostales -expresión específica del protestantismo evangélico, que consiguen éxito sobre todo en las capas más pobres y excluidas de la población, especialmente la urbana, la que se aglomera en los barrios marginales. Según David Martin, en América Latina los pentecostales son al menos las dos terceras partes de todos los protestantes.

Lo que de las iglesias pentecostales impresiona tal vez más al observador externo es la religiosidad de sus adeptos -que asume formas exageradas- y las promesas de sus pastores, telepredicadores y de los simples voluntarios, asiduamente atareados en la misión de anunciar la curación inmediata de enfermedades terminales, la solución de graves problemas familiares y la prosperidad económica como resultados seguros de la conversión.

En Nicaragua es protestante el 26% de la población y por lo menos el 73% pertenece a denominaciones evangélicas pentecostales. Las Asambleas de Dios, con 860 congregaciones y más de 200 mil miembros bautizados, es la denominación más numerosa. Me acerqué a dos iglesias de las Asambleas de Dios, una de ellas guiada por uno de los cuatros presbíteros distritales de la denominación en Managua. Basándome en la literatura relativa al tema y en la observación directa -y en algunos casos participante- de las actividades de estas iglesias, trato de reflexionar sobre un tema de tanta importancia, entre otras cosas por su masividad.

CON CUATRO CARACTERÍSTICAS

Definir qué es una iglesia pentecostal resulta difícil porque el pentecostalismo se caracteriza por ser un movimiento religioso pluralista y muy fragmentado. Según muchos autores sería más oportuno hablar de “pentecostalismos”. Sólo en Nicaragua existen más de 200 denominaciones distintas, con diferencias teológicas, hermenéuticas, eclesiásticas y pastorales. Incluso al interior de una misma denominación, cada iglesia tiene mucha libertad en la organización de sus actividades.

La extraordinaria variedad del pentecostalismo en Centroamérica tiene que ver, antes que nada, con las modalidades de su llegada a la región. Con su primera difusión, entre el siglo 19 y el 20, lograron decenas de misiones distintas, procedentes fundamentalmente del sur de Estados Unidos, con distintas tradiciones. Después de implantarse establemente, las misiones delegaron progresivamente la organización y la gestión de sus actividades a personal nativo, que adaptó sincréticamente a su propio contexto los métodos y estilos de los evangelizadores extranjeros, dando así origen a distintas versiones de pentecostalismo, incluso al interior de una misma denominación. Además, como para llegar a ser pastor no existe ninguna formación específica y tampoco ningún particular nivel de instrucción, y para fundar una iglesia son suficientes unas decenas de firmas, se desarrollaron también muchísimas iglesias independientes que, con sus peculiaridades y singularidades, contribuyeron a hacer aún más ecléctico este movimiento religioso.

No obstante las diferencias que existen entre las distintas iglesias, pueden trazarse características que todas comparten y que sirven para definir lo que es, a grandes rasgos, la religión pentecostal. Son cuatro sus características. El fundamentalismo, que lleva a una particular interpretación de todo lo que ocurre en el mundo, así como a claros roles sociales y a un estilo de vida muy disciplinado y puritano. Una religiosidad muy “emotiva”, basada en un contacto directo con Dios por medio de momentáneas posesiones del Espíritu Santo. Un liderazgo muy fuerte y carismático. Y el imperativo categórico de evangelizar a toda la humanidad.

ENTRE PECADOS Y DEMONIOS

Las iglesias pentecostales son fundamentalistas porque sus adeptos están convencidos de la inspiración divina de la Biblia y de su infalibilidad. Y por eso, la interpretan de forma literal. Creen que todos los relatos bíblicos ocurrieron realmente y, por eso, están totalmente persuadidos de que Dios y Satanás intervienen en la vida diaria de los seres humanos. Ambos, utilizando a los humanos como “soldados”, se enfrentan en la eterna lucha entre el Bien y el Mal, la que ellos llaman “guerra espiritual”. De esta convicción se deriva otra: todas las circunstancias agradables de la vida de cada quien -salud, trabajo, afectos- son fruto de bendiciones enviadas desde el cielo, y todas las negativas -enfermedades, muerte prematura, dificultades económicas y de relaciones- son consecuencias directas del pecado.

Según su visión de la realidad, cometer pecados es la causa de todo tipo de problemas por dos distintas razones. Porque atrae maldiciones divinas que afectan a sus responsables y también a sus familias hasta por cuatro generaciones. Así, los sufrimientos vividos hoy pueden tener su raíz en el mal comportamiento de algún pariente lejano en el espacio o en el tiempo. Además, cometer pecados permite a una larga serie de demonios distintos y específicos ocupar el cuerpo de los perpetradores de esos pecados para servirle a Satanás en la guerra espiritual, empujándolos hacia conductas cada vez más incorrectas, que llevan progresivamente a la perdición a las personas que los rodean hasta su destrucción.

Un ejemplo: una persona que en determinada ocasión reacciona brutalmente lo hace poseída por el “demonio de la violencia”, que lo empuja a ser siempre agresivo y pleitisto y a incitar a los demás a actuar igual, llevándola finalmente a participar en peleas muy peligrosas con el objetivo de hacerla morir como pecadora, impidiéndole arrepentirse y decidirse a servir a Dios, consagrando así su alma a Satanás por toda la eternidad.

OBEDECEN Y RECHAZAN LO “MUNDANO”

La interpretación literal con que los pentecostales leen la Biblia los induce también a considerar a la familia como una institución social central e imprescindible, gobernada por una jerarquía precisa que establece claros roles para cada uno de sus miembros según su género y su edad. Dado que por “voluntad divina” el hombre es superior a la mujer, según el Génesis y San Pablo y dado que los padres gozan de total autoridad sobre sus hijos, el padre tiene que ser honrado y servido por los otros miembros de la familia y todas sus decisiones, aunque no sean compartidas, deben ser aceptadas y acatadas.

Para “vivir según las Escrituras”, los pentecostales tienen también que llevar un estilo de vida muy disciplinado y puritano que les impone una actitud sumisa y les prohíbe comportamientos destructivos con ellos mismos y con los demás. Una larguísima lista de conductas, incluso inocuas e inofensivas, representan pecados para ellos y pueden atraer maldiciones divinas y posesiones demoníacas. Además de no poder robar, mentir, traicionar, practicar violencia, ni tampoco mostrarse agresivos con nadie, los fieles de iglesias pentecostales no pueden consumir ninguna sustancia que provoque dependencia, alcohol, tabaco y hasta café; no pueden seguir la moda en la ropa o en el peinado porque esto constituye un acatamiento inadmisible a las cosas “del mundo” y desvían al creyente de su fe; no pueden practicar yoga o poseer amuletos; no pueden recurrir a la acupuntura o a la homeopatía; no pueden en ninguna ocasión decir “malas palabras”…

POSEÍDOS POR EL ESPÍRITU SANTO

Si en la vida cotidiana la religión pentecostal impone a sus adeptos un rigor y una sobriedad típicas del protestantismo puritano, en la liturgia y en la oración todo cambia: promueve y alienta la implicación emotiva, hasta el éxtasis. Como subraya Hollenweger, lo que cuenta en esta confesión no es tanto la doctrina como la experiencia.

Los pastores pentecostales, así como sus seguidores, son de condición social baja, tienen una educación mínima y una capacidad de abstracción limitada. Por esto, la forma de comunicación que prefieren es la oral. La utilizan no tanto para expresar y aclarar conceptos y principios de los textos sagrados o para recitar oraciones predeterminadas y transmitidas, sino para narrar con un lenguaje generalmente muy coloquial y espontáneo historias, testimonios y sueños que, refiriéndose continuamente a las concretas condiciones de vida de los oyentes, les resultan fáciles de entender.


Con relatos sencillos y directos, a los que los fieles están continuamente invitados a contestar con aplausos y gritando ¡Amén!, ¡Gloria a Dios!, los predicadores consiguen mantener la volátil atención de sus oyentes, “calientan” el ambiente en el templo y suscitan la identificación y la participación emotiva de sus seguidores para “predisponerlos” al contacto directo con Dios, objetivo fundamental de la religión pentecostal. Escuchando relatos de hombres y mujeres que por medio de la religión resolvieron los problemas económicos, familiares y de salud que les preocupan a ellos mismos, los creyentes se convencen aún más firmemente que el “Dios proveedor” del que los pastores les hablan puede transformar también sus vidas. Así encuentran el estímulo necesario para dejarse llevar completa y desesperadamente por la oración, con la esperanza de recibir en sus cuerpos al Espíritu Santo.

Según los pentecostales -y ésta es su característica más importante en el panorama del evangelismo-, Dios transforma a sus “hijos” enviando a sus cuerpos el Espíritu Santo. Tomando momentáneamente posesión del creyente, el Espíritu los “libera” y “purifica” rompiendo las maldiciones que les atenazan y exorcizándolos de los demonios que dominan sus acciones. La “visita” del Espíritu determina un “renacimiento en Cristo” e implica, entre otras cosas, la adquisición de parte del poder de Dios, con el que es posible modificar los rasgos de su propia personalidad que van contra con la voluntad divina: el de índole agresiva se hace dócil, el mujeriego se convierte en fiel. O tienen también la capacidad de hacer milagros, como curar a enfermos. Quien recibe el Espíritu y cumple puntualmente con el estilo de vida puritano que la religión pentecostal impone se asegura ingresar en el reino de los cielos y recibir en la tierra abundantes bendicioes, entre ellas prosperidad económica y material.

Cuando los pentecostales sienten que reciben el Espíritu Santo entran habitualmente en trance, dejándose llevar por las que David Martin definió como “exaltaciones salvajes”. Cada quien vive esta experiencia de forma distinta, pero generalmente durante estos momentos los pentecostales tienen visiones celestiales, respiran agitadamente, lloran, gritan, pierden el control de su cuerpo moviendo sus miembros o cayendo en el suelo y “hablan en lenguas” (glosolalia). Hablar así es pronunciar sonidos inconexos y sin sentido o repetir sin parar la misma palabra. Al término de la posesión sienten alegría y se relajan y después no se acuerdan de nada, sólo experimentan euforia.

CANTANDO Y GRITANDO COMO LOCOS

Habitualmente, estos estados extáticos se alcanzan durante las “alabanzas” o en las oraciones colectivas. Las alabanzas son glorificaciones dirigidas a Dios con cantos y bailes, que ocupan lugar destacado en los ritos pentecostales. Son himnos religiosos sobre bases musicales modernas, desde el soul hasta el rock, pasando por la salsa, la bachata o el reggaeton. Los fieles tienen que entonarlos ejecutando coreografías. Para su realización -“explícitamente exigida por Dios” por estar mencionada en la Biblia- las iglesias recogen muestras del repertorio de los iconos de la música cristiana latinoamericana, se dotan de músicos de talento y de potentes -y también visiblemente imponentes- amplificadores de sonido. Con todo esto, los cultos pentecostales parecen en algunos momentos verdaderos conciertos modernos, como los que entusiasman y apasionan a los más jóvenes.

Generalmente las alabanzas se alternan y ocupan el inicio, el centro y el final de los cultos. Cuando un pastor quiere suscitar una intensa participación emotiva en su comunidad puede pedir a la banda musical del templo ejecutar ininterrumpidamente un solo himno hasta durante una hora, acelerar su ritmo o repetir hasta la obsesión un par de notas con unas sílabas. Entonces los fieles se dejan llevar por la música y bailan desenfrenadamente. En estas ocasiones el Espíritu Santo tiene mayores probabilidades de manifestarse.

También puede hacerlo en las oraciones colectivas. No son la recitación simultánea de fórmulas aprendidas de memoria, sino una invocación espontánea que cada fiel improvisa en el momento y que pronuncia en voz alta, con los ojos cerrados y los brazos en alto. Durante estos diálogos directos, el templo se llena de un ruido fragoroso y desorientador, aliviado por desgarradores acompañamientos musicales. Habitualmente, en estas ocasiones los pentecostales suplican sumisamente a Dios que solucione los problemas que afligen sus vidas.

Según el reverendo Andy -un “profeta” estadounidense perteneciente a las Asambleas de Dios-, la manera correcta de dirigirse a Dios está especificada en la Biblia y quien no la respeta se mancha con los pecados de soberbia e iniquidad. Según el “profeta”, los cristianos tienen que dirigirse a Dios efectuando el hallal, o sea, “batiendo las manos como para provocar un estruendo de trueno y gritando con una fuerza que pueda romper las rocas”. En su opinión, es necesario “exultar de forma gozosa, desenfrenada y exagerada, como se hace para animar a su equipo de béisbol, dejándose llevar por un éxtasis inconsciente como si uno estuviera borracho o más bien loco”.

Como pude observar directamente en ocasión de una “noche profética” celebrada por este reverendo, durante la que el templo de la iglesia acogía aproximadamente a doscientas personas orando de esta manera a lo largo de horas, decenas de personas recibieron al Espíritu Santo en sus cuerpos, cayendo en el suelo repetidamente y pronunciando sonidos carentes de sentido.

BAJO UN LIDERAZGO CARISMÁTICO

Otra característica esencial que hallamos en todas las iglesias pentecostales es un liderazgo muy fuerte y carismático. Los miembros de estas congregaciones perciben, a su pastor como una especie de “santo en la Tierra”. Están convencidos de que él está en contacto directo con Dios y goza de gran “respaldo” divino porque siempre escucha sus oraciones y a menudo las atiende. Por tener esta relación privilegiada con Dios y por estar en su presencia, el Espíritu Santo se manifiesta. O lo hace porque el pastor es capaz de invocarlo. O porque él sabe como condicionar el ambiente y las personas para sugestionar a los fieles y convencerles de sus materializaciones en el templo.

Por todas estas razones, los fieles creen que sólo por medio de la intercesión del pastor el Señor atiende sus demandas. Por eso es profundamente respetado y cada una de sus prescripciones obedecida y ejecutada. Como subraya David Martin, su verdadero rol es ser el jefe, el caudillo que organiza la vida de la comunidad de forma “extremadamente autoritaria”. Si no fuera así, la participación de los fieles menguaría. Los líderes pentecostales tienen habitualmente una escasa formación teológica y doctrinal. Conquistan y “seducen” a los creyentes con prédicas exaltadas y en algunos momentos también muy divertidas, con las que demuestran gran expresividad y elocuencia y considerables capacidades teatrales, tanto dramáticas como cómicas.

GANÁNDOLE ALMAS AL MALIGNO

Para todas las iglesias pentecostales la evangelización de la humanidad es un mandato improrrogable por tres razones fundamentales, estrechamente ligadas entre sí. En primer lugar, este esfuerzo está dictado por consideraciones de carácter filantrópico: los fieles pentecostales sienten que por medio de la religión solucionaron sus problemas y quieren que también otros experimenten el mismo bienestar que ellos obtuvieron con la conversión. Si la acción del Espíritu Santo produce milagros en las personas -curación de enfermedades, transformación de actitudes personales y de comportamientos sociales, creen que persuadiendo a los demás de la veracidad de estos dogmas les están brindando apoyo y dándoles la concreta posibilidad de emprender un cambio positivo.

Su misión está además dictada por motivaciones más específicamente doctrinales y escatológicas: dado que Cristo murió por toda la humanidad, tienen el deber de convertir al mayor número de personas posible para preparar la próxima venida de Cristo a la Tierra. Creen tener la tarea de “ganar almas”, que de lo contrario estarían consagradas al Maligno y al infierno. Sienten que combaten junto a los ángeles en la guerra entre el Bien y el Mal y garantizan con su lucha la victoria de Dios sobre Satanás.

Por último, su dedicación está también influenciada por evaluaciones “logísticas” y rituales: creen que el Espíritu Santo se manifiesta más fácilmente si es invocado simultáneamente por un gran número de personas y visita prioritariamente las grandes concentraciones de fieles. Una campaña de evangelización de gran alcance permite no sólo la expansión de su propia congregación sino mejor comunicación con Dios. Desde esta perspectiva se explica la tendencia pentecostal a construir templos de gran tamaño, para que puedan acoger a miles de personas.

BUSCANDO PROSÉLITOS CASA POR CASA

Las iglesias pentecostales adoptan precisas y cuidadas estrategias para la inserción gradual de nuevos prosélitos en la comunidad. Para atraer a nuevos afiliados se valen del trabajo voluntario de “líderes comunitarios”, específicamente formados para esa finalidad. Para convertir y mantener la fe de los atraídos recurren a un retiro espiritual de tres días llamado “encuentro”, en el que utilizan técnicas que parecen haber tomado de la sicología.

La misión pentecostal de evangelización de la humanidad empieza desde abajo, con el contacto directo que los líderes comunitarios -y en menor medida todos los fieles- tratan de establecer con la gente que todavía no ha adoptado su religión. Los pentecostales, bien arreglados y con su inseparable Biblia bajo del brazo, recorren las calles, llaman a las puertas y visitan hospitales y cárceles para predicar a los descreídos su interpretación de la “palabra de Dios” y ofrecerles consuelos con modales amables y promesas atractivas.

Blanco privilegiado de estas primeras visitas son personas afectadas por problemas graves: enfermos, alcohólicos, toxicómanos, reclusos, individuos que tienen situaciones familiares excepcionalmente infelices… El objetivo, aunque implícito, es atraerlos a las “células”, llamadas también -según las distintas iglesias- “reuniones familiares”. Son “minifunciones” religiosas que los líderes comunitarios montan todos los sábados en habitaciones de casas de distintos barrios, en las que tratan de “promocionar su producto” entre aquellas personas que -por distintas razones- están todavía reticentes a asistir a cultos de dos o tres horas o a salir de su barrio para ir a un templo ubicado lejos. A lo largo de estas reuniones, que duran una hora y media, un líder comunitario y su “asistente” reciben a una decena de potenciales nuevos prosélitos, se informan de sus dificultades y necesidades, les aconsejan -sin nunca criticar abiertamente sus decisiones y acciones-, invocan la intervención del Espíritu divino en sus vidas y les ofrecen un refrigerio.

PREPARADOS PARA CONVENCER

En estas ocasiones brindan a los potenciales afiliados acogida, amistad y también un concreto apoyo sicológico y material. Por una parte, los escuchan, los aceptan, les hacen sentirse importantes. Tratan de potenciar su autoestima repitiéndoles con asiduidad fórmulas y expresiones como ésta: “Valés mucho porque Cristo murió también por vos” y el permanente “Dios tiene grandes proyectos para tu vida”. Por otra parte, les dan un concreto apoyo material: alimentos y otros bienes básicos.

En la realización de estas células, así como en las visitas que las preceden, los líderes comunitarios nunca improvisan. Reciben adiestramiento en cursos de formación específicos y las instrucciones de “coordinadores” encargados de controlar su actividad y corregir sus errores para obtener resultados cuantificables.

El curso de formación para líderes comunitarios -llamados por la denominación de las Asambleas de Dios “Academia”- está articulado en distintos ciclos y dura entre tres y seis meses. La meta de estos cursos es triple: ofrece a los participantes un inconsistente conocimiento de los textos sagrados; les da una preparación acerca de la actitud -modales, lenguaje, temas de discusión- que es oportuno adoptar para despertar interés, atención y confianza de las personas que asistirán, sean individuos o grupos; y corrige aspectos de su personalidad “poco ortodoxos”, que podrían comprometer su imagen de líderes irreprensibles, impidiéndoles ser válidos representantes de su iglesia.

La acción de estos voluntarios está también dirigida por unos coordinadores que organizan, bajo las directivas del pastor que guía a la congregación, la estrategia de expansión de la iglesia hasta el mínimo detalle. Los coordinadores confían a los líderes encargos y áreas de intervención según sus características y aptitudes, les imponen perseguir claros objetivos y resultados y monitorean constantemente su trabajo. Los mandatos básicos que un líder de célula recibe de su coordinador son: convencer después de unos meses a abandonar la célula para frecuentar los cultos en el templo; seguir atrayendo siempre a nuevos sujetos a las células para permitir reciclar sus participantes; “multiplicar” su propia célula buscando los contactos necesarios -un anfitrión- para crear un nuevo grupo en un barrio distinto de donde su célula tiene lugar para confiarlo a su asistente.

Para responder de sus actividades, los líderes están obligados a encontrarse con los coordinadores semanalmente para hablarles de las dificultades encontradas en su trabajo de campo y entregarles una relación del número de personas que beneficiaron, especificando de qué tipo de intervención se trata: “Ustedes solo tienen que traerlos al templo y nosotros nos encargamos de todo lo demás”. Con estos datos los coordinadores realizan estadísticas, comparando lo efectivamente alcanzado con lo que en la fase de programación se habían fijado. Así evalúan y corrigen la estrategia para aumentar el número de afiliados.

CONVERTIDOS EN EL “ENCUENTRO”

El trabajo de los líderes sólo tiene como objetivo acercar a nuevos potenciales prosélitos y convencerlos de frecuentar el templo. La tarea de convertir y absorber definitivamente en la comunidad a las personas atraídas por ellos le corresponde a los pastores. Para convertir a los sujetos inicialmente atraídos por los líderes comunitarios, los pastores pentecostales los someten a un eficacísimo dispositivo: el “encuentro (con Dios)”.

Se trata de un retiro espiritual de 48 horas que las iglesias organizan cada mes y que dura un fin de semana -desde el viernes por la noche hasta el domingo por la noche- dirigiéndose rotativamente a hombres y a mujeres. Habitualmente tiene lugar en un hotel fuera de la ciudad donde los “encuentristas” -así se llama a quienes están dando los primeros pasos hacia la religión pentecostal- reciben alojamiento y comida y participan -desde las 8 de la mañana hasta las 11 y media de la noche- en una larga serie de conferencias llamadas “plenarias”, que duran alrededor de 2-3 horas y concluyen con “ritos de liberación”.

A lo largo de las plenarias, cada una dedicada a un tema especifico (el sexo, el matrimonio, las relaciones padres-hijos, el rechazo social, el bienestar económico…) los participantes reciben un adoctrinamiento intensivo: se les ilustra en los fundamentos de la religión pentecostal, se les exponen todos los pecados que pueden cometer, son enseñados en las reglas de vida que deben respetar para lograr la salvación en el más allá y la paz en el más acá.

Los ritos de liberación con las que concluyen son oraciones colectivas muy intensas, en las que los participantes deben arrepentirse de los errores cometidos y perdonar los atropellos sufridos para obtener el perdón y la gracia divina. Según los pentecostales, durante estos ritos el Espíritu Santo “visita” momentáneamente el cuerpo de los encuen¬tristas purificándolos de sus pecados y maldiciones, así como de sus defectos y sus faltas, sancionando su “renacimiento en Cristo”, el fin de sus sufrimientos y una radical mejoría de sus vidas.

SIENTEN UNA EXPERIENCIA SOBRENATURAL

El encuentro es un instrumento de conversión muy eficaz porque representa, para la gran mayoría de las personas que lo viven, una especie de demostración práctica y tangible de la veracidad de los dogmas pentecostales. Yo participé en un encuentro dirigido a cuarenta mujeres y entrevisté a decenas de individuos que probaron esta experiencia en iglesias distintas a la que yo frecuenté y recibí casi siempre opiniones entusiastas. En los ritos de liberación los encuentristas sienten realmente que reciben al Espíritu Santo y si -como yo pude observar- inicialmente no entran exactamente en trance dejándose caer en el suelo, sí se dejan llevar plenaria tras plenaria por gestos totalmente incontrolados y extemporáneos, incluidos arrebatos de glosolalia.

Cuando se recobran sienten un bienestar físico e interior tan grande que sólo pueden explicarse esta inédita sensación en términos sobrenaturales. Experimentan una euforia y un optimismo tan fuertes que quedan firmemente convencidos de haber sido redimidos por el Espíritu y de encontrarse al principio de una nueva etapa de su existencia, más feliz y radiante. Sienten asomarse a un futuro lleno de bendiciones durante el que se podrán reafirmar plenamente como individuos. Indoctrinados por los predicadores y galvanizados por estas experiencias místicas, buena parte de los encuentristas deciden, después de este retiro, ingresar en la comunidad y seguir, desde ese momento las disposiciones del pastor que la guía.

¿Cómo logran los pastores convencer a estas personas que recibieron el Espíritu Santo? ¿Cómo suscitan en ellos tan fuerte sensación de bienestar que les lleva a creer que han sido bendecidos por Dios? ¿Cómo esta sensación puede volverlos dependientes de las órdenes del pastor? Presento algunas hipótesis surgidas de mi observación como participante en un encuentro femenino.

Los pastores de esa iglesia -seguramente los de otras iglesias- logran convencer a personas todavía ajenas a la religión pentecostal de que han recibido el Espíritu Santo en sus cuerpos recurriendo a múltiples y bien pensados mecanismos. En primer lugar, para predisponerlas a esta convicción las someten a un intenso estrés emotivo: las hacen sentir profundamente insatisfechas con su vida para empujarlas a desear intensamente un contacto directo con Dios que resuelva instantáneamente todos sus problemas. En segundo lugar, las someten a un fuerte estrés físico: las hacen llegar a los ritos de liberación en condiciones de cansancio y aturdimiento tales que no puedan darse cuenta de los sutiles juegos que utilizan para sugestionarlas.

ESTRÉS EMOTIVO: CULPABLES Y VÍCTIMAS

Los encuentristas llegan a los ritos de liberación en condiciones de fuerte estrés emotivo porque a lo largo de las plenarias sufren una especie de “demolición”: los predicadores consiguen hacerlos sentir, a la vez, tanto culpables como víctimas. La demolición es posible porque las plenarias consisten en largas secuencias de testimonios, de historias de vida y de sociodramas que relatan las desventuras de pecadores increíblemente empedernidos pero finalmente redimidos gracias a una conversión. Se comunica un número tan vasto de comportamientos “expresamente censurados” por la Biblia que hasta la última de las personas presentes se identifica con los protagonistas de estos pecados.

La culpabilización resulta de la condenación de conductas graves: homicidio, estupro, violencia... A la par se relatan como negativas otras prácticas inocuas: bromas, orgullo, fantasías sexuales, admiración por grupos musicales de moda… Se criminalizan también comportamientos que no dependen de las personas que los asumen: una mujer violada comete de todos modos el pecado de fornicación, una mujer que aborta es culpable de homicidio y una abandonada por su marido lo es de divorcio. Los pastores hacen sentir a los participantes culpables porque con estas acciones sirvieron a Satanás y habrían permitido que los demonios actuaran por medio de ellos para corromper y enviar al infierno también a familiares y a amistades. Culpables también porque con sus pecados fueron causa de numerosas maldiciones abatidas sobre sus familias. Se les responsabiliza de las enfermedades y los problemas vividos por ellos mismos o por sus familiares. La victimización se inculca recurriendo a los mismos mecanismos: el encuentrista es considerado corrompido por la gente que le rodea y por todas las maldiciones que tuvo que sufrir por causa de los pecados de sus familiares. Todos sus problemas y sus sufrimientos son reconducidos a la intervención del Maligno en su vida.

Es en este ambiente tan cargado que se celebran los ritos de liberación. Al término de la plenaria el pastor propone a los participantes “romper” con sus maldiciones y sus pecados y borrar todos sus problemas como lo hicieron los protagonistas de los relatos que escucharon. Todo lo que tienen que hacer para transformar sus vidas y dejar atrás la sofocante sensación de culpa y opresión madurada a lo largo de la plenaria es arrepentirse de sus pecados y perdonar los de los otros y suplicar a Dios que les envíe al Espíritu Santo. Los encuentristas se convencen de que esto sucede porque, tras haber sufrido un proceso de demolición emotiva a lo largo de la plenaria, lo desean tanto que llegan al punto de sugestionarse. Se sienten tan mal y tan incómodos que se aferran desesperadamente a la religión y se dejan llevar completamente por la oración hasta autoconvencerse de haber obtenido la gracia divina.

ESTRÉS FÍSICO: SUDANDO Y LLORANDO

En ese momento en que se concentran totalmente en el deseo de recibir al Espíritu Santo en sus cuerpos están además sometidos a un fuertísimo estrés físico. Las condiciones en que se organizan las oraciones colectivas que abren los ritos de liberación son extremas: durante 20-25 minutos los participantes oran con los brazos, no sólo con las manos, en alto y, con los ojos cerrados. Así dialogan en voz alta con Dios en una superposición de voces trastornadora y con el fondo de una música trepidante a volumen altísimo.

A lo largo del encuentro en que participé, las mujeres a mi alrededor estaban además visiblemente aturdidas por los abundantes llantos provocados durante las plenarias, por la falta de aire fresco y de oxígeno y por el excepcional calor que había en la sala, determinado -como pude observar- porque el pastor apagaba los tres gigantescos climatizadores que en otros momentos del retiro funcionaban perfectamente. Sudando y llorando, las personas se debilitaban al perder parte importante del escaso líquido que les dan a lo largo del día. Durante las tres comidas cotidianas recibíamos un único vaso, con 20 centilitros de jugo y a lo largo del día recibíamos agua sólo si la pedíamos expresamente a las “servidoras” -el personal voluntario de la iglesia-, que nos daban 5-10 centilitros de agua para hacernos ir al baño lo menos posible y no perder ningún momento del retiro.

Deseosos de ser instantáneamente purificados por el Espíritu -para sacudirse definitivamente los sentimientos de culpabilidad y opresión provocados por las historias de vida narradas en las plenarias- y, al mismo tiempo, fuertemente fatigados y atolondrados, los encuentristas viven los ritos de liberación sin darse cuenta de las sutiles maniobras que los pastores utilizan para favorecer su sugestión.

¡YA LLEGÓ EL ESPÍRITU SANTO!

Mientras los participantes oran, en voz alta y con los ojos cerrados, los servidores -15 servidores en promedio para 40 encuentristas- predisponen para la “visita” del Espíritu: eliminan las sillas en las que los encuentristas estaban sentados a lo largo de la plenaria y los distribuyen con suavidad en dos filas paralelas. Después de haberlos colocado así en la sala, los servidores empiezan a orar por ellos girando alrededor de sus cuerpos y moviendo rápidamente el brazo. Flexionan el brazo pegando el codo a las costillas e inmediatamente después lo proyectan hacia los fieles, llegando casi a darles en la cara con la palma de la mano. Crean así unos desplazamientos de aire que producen en quienes los sienten con los ojos cerrados un efecto desorientador.

En este punto el pastor se pone frente a cada participante y le susurra unas palabras, empujándolo hacia atrás con una ligerísima presión en sus espaldas, como pude verificar en tres ritos de liberación. Los cuerpos rígidos de los encuentristas caen hacia atrás, sin flexionar las piernas, como caería un paralelepípedo. Estas caídas son detenidas por un servidor que se coloca tras ellos en cuanto el pastor inicia estos aspavientos. El servidor coloca a cada persona en el suelo, posa su cabeza con delicadeza en el piso y cruza sus manos sobre el pecho como se hace con los difuntos. Los participantes quedan inmóviles, como si durmieran, o se mueven pronunciando sonidos incoherentes hasta que, después de unos minutos, los servidores los levantan.

Todas las mujeres que participaron conmigo en el encuentro me dijeron haber sentido el Espíritu Santo en su cuerpo por lo menos una vez en los tres días del retiro. Ninguna reconoció haberse dado cuenta de que la empujaron, tampoco las que antes de someterse a estos ritos habían demostrado escepticismo hacia ellos. Casi todas me contaron de su posesión diciéndome haber sentido inicialmente un calor sofocante y una fuerte pesadez en todo el cuerpo e inmediatamente después un intenso hormigueo en los miembros y una sensación rara, de alivio, de liberación y de bienestar. Vivieron este “encuentro” con Dios como lo describe una de las alabanzas más conocidas y famosas en América Latina: Ya llegó, ya llegó, el Espíritu Santo ya llegó, lo siento en las manos, lo siento en los pies, lo siento en mi alma y en todo mi ser, como un rayo cayendo sobre mí que quema que quema y quema…

Es lógico creer que el calor sofocante del que estas mujeres me hablaron, que “caía sobre ellas como un rayo que quema”, fuera debido a la elevada temperatura de la sala, y que el hormigueo (“lo siento en las manos”…) estuviera estrechamente ligado a la incómoda postura -de pie y con las manos levantadas hacia el cielo- que asumieron durante la larga oración colectiva que precede a la posesión. Y que la sensación de alivio físico que me describieron se debiera a que, puestas cómodas sobre un suelo de baldosas frías, pudieran por fin refrescar sus cuerpos acalorados y reposar sus miembros agotados.

POR EL TÚNEL DEL TIEMPO

Si estos pequeños detalles pueden ayudar a explicar la sensación de bienestar físico que las encuentristas me refirieron no explican la sensación de liberación, serenidad y paz interior que vivieron durante y después de las posesiones. El bienestar emotivo del que me hablaron podría ser producto de una especie de terapia sicológica a las que son sometidos los encuentristas con las actividades del retiro.

A lo largo de los tres días del retiro los pastores apoyan a los encuentristas a aliviar su propio malestar existencial. Las actividades del encuentro, además de favorecer un adoctrinamiento intensivo, parecen también destinadas a estimular en ellos un proceso de introspección y el reforzamiento de la autoestima.

Los encuentristas -y los pentecostales en general- pertenecen en su gran mayoría a las capas más pobres y marginadas de la sociedad. Siempre llevaron una vida llena no sólo de estrecheces, sino también de los abusos y la violencia típicos del modelo familiar autoritario en una cultura profundamente machista. Quienes participan en estos retiros son muy a menudo personas abandonadas por uno o ambos padres y cruelmente maltratados en su niñez. En muchos casos son mujeres víctimas de violencia doméstica y abuso sexual y hombres incapaces de externar sus propias emociones por temor a parecer afeminados. Para tener una idea del tipo de personas que participan en estos encuentros podemos tomar como ejemplo el caso de una muchacha de 23 años que dormía en mi mismo dormitorio durante el retiro en el que participé. No fue reconocida por su padre, desde su niñez fue maltratada por su madre, que siempre manifestó una clara preferencia por su hermano, vivía sola con sus dos hijos sin el apoyo de nadie, y para alimentarlos se prostituía con un traficante de drogas de su barrio. No conseguía ser cariñosa con su hijo varón -para utilizar sus mismas palabras: “sólo alcanzo a mirarlo a la cara”- porque ese niño, que nació a consecuencia de un estupro, se parecía sorprendentemente a su padre.

Con las actividades del encuentro los pastores tratan de atenuar estos profundos sufrimientos, para modificar la actitud de las personas hacia los problemas del pasado y del presente y para “transformar” de esa manera su vida. Convenciéndolos que un cambio positivo sea obra del Espíritu Santo consiguen atraerlos definitivamente a su “rebaño”.

A lo largo del retiro los encuentristas emprenden un proceso de prolija introspección porque los testimonios y los sociodramas que les presentan durante las plenarias-relatos de vidas atormentadas por continuos disgustos, disputas, maltratos y abandonos- los llevan a identificarse con sus protagonistas, conduciéndolos a reflexionar sobre los aspectos sombríos de su existencia que han tratado de olvidar. Reviviendo estos episodios desahogan con llantos los sentimientos de frustración, tristeza, miedo y culpa, probablemente reprimidos durante años, predisponiéndose de esta forma a la recomposición de sus traumas.

ARREPENTIDAS Y PERDONANDO

La recomposición de la vida pasada se produce en los ritos de liberación, en el momento en el que se arrepienten sinceramente de sus pecados y perdonan los de los demás. La aceptación de las injusticias sufridas es facilitada por el adoctrinamiento recibido en las plenarias, por el que son inducidos a disculpar los errores de sus familiares y amigos -interpretándolos como resultado de la intervención del Maligno- y a interiorizar estereotipos de edad y de género que les permiten considerar normales determinados roles en la familia con los que justificar los ultrajes sufridos.

Sometiéndose a este proceso de introspección, los encuentristas experimentarán un bienestar emotivo al sentirse completamente liberados de toda sensación de culpabilidad, al “asimilar” el rencor que abrigaban contra los demás y al considerarse por fin listos para replantear sus relaciones interpersonales en base al respeto recíproco y así empezar una vida más feliz.

A lo largo del encuentro en el que participé, para permitir a las participantes arrepentirse, perdonar y practicar su “nueva vida”, la iglesia organizó una dinámica especial. Al concluir el rito de liberación relativo a las relaciones padre-hijo fuimos colocadas de rodillas en el suelo con los ojos cerrados. Cuando nos ordenaron abrirlos, frente a nosotras estaban unos treinta miembros de la iglesia de toda edad
-desde niños de un año hasta ancianos de setenta- llegados al encuentro para esta ocasión. Al verlos, teníamos que dirigirnos hacia las personas que más se asemejaban a nuestros familiares, abrazarlas y pedirles disculpas o perdonarlas. Para las mujeres que vivieron el retiro conmigo fue un momento muy doloroso. Todas se impresionaron considerablemente y reaccionaron con llantos desesperados. Algunas se desmayaron.

Este ejemplo demuestra cómo los encuentristas pueden ser inducidos de forma forzada a resolver sus problemas de relación con el perdón. Esta dinámica parece ideada para entrenar a las participantes en la ejecución de estos mismos gestos con sus familiares y amigos cuando vuelvan a su casa, dándoles herramientas para terminar con situaciones difíciles y hasta con delitos cometidos en el hogar.

Haciéndoles sentir libres de culpa y de resentimiento los pastores estimulan el bienestar emotivo generando también autoestima. Los jefes espirituales lo logran haciéndolos sentir amados por Dios y por la comunidad. Para hacerlos sentir amados por Dios les repiten que Dios les ayudará como un padre bueno y cariñoso y que Cristo sacrificó su vida por ellos. Tratan de persuadirlos de que la valía de alguien no se mide por su nivel de estudios o su posición social, sino, sólo por su profunda dedicación religiosa, enseñándoles así un camino claro, sencillo y accesible a todos para obtener estatus y prestigio.

También hacen a los encuentristas sentirse amados por la comunidad acogiéndolos: el afán de los voluntarios de la congregación se los demuestra. Los participantes están continuamente atendidos por los servidores, que les regalan bisutería, caramelos, masajes, pequeñas artesanías confeccionadas por ellos mismos y durante la noche les lustran sus zapatos para que al día siguiente los encuentren brillantes. Los encuentristas son también agasajados con ritos muy festivos en la apertura y cierre del retiro y con una “cena de gala” el sábado por la noche, preparada en el hotel en el que se celebra el encuentro. La autoestima y la confianza en sí mismos de los participantes está también estimulada insertándolos en grupos que adoptan el estilo de grupos de autoayuda.

En cuanto llegan al lugar del retiro, los encuentristas son divididos en grupos de alrededor de diez personas, organizados según la edad (17-24, 25-30, 30-40, 50 y más) y confiados a unos servidores. Cada grupo comparte una camarilla con literas, una mesa en el área del comedor y encaran juntos la experiencia del encuentro. Además de sentarse cercanos a lo largo de las plenarias, en numerosos momentos del día los miembros de cada grupo comparten con sus compañeros sus problemas y los que consideran sus limitaciones. A lo largo del retiro en el que yo participé, entre las mujeres de mi grupo mientras alguna de nosotras hablaba de aspectos íntimos de su vida, en algunos casos también humillantes, todas escuchábamos con atención y una mirada de empatía, tratando de que no se sintiera culpable o rara, más bien admirándola por el coraje mostrado al quitarse un peso de encima contándonoslo a nosotras. Durante estos días las relaciones entre nosotras se reforzaron y en los momentos difíciles y conmovedores nos apretábamos las manos o nos acariciábamos los hombros para confortarnos recíprocamente.

El objetivo de estos grupos, además de alimentar el ánimo y sostener a las encuentristas para que vivan esta experiencia de la manera más serena y alegre posible, es también favorecer el ingreso colectivo en la comunidad. Frecuentar después los cultos celebrados en el templo es, por obvias razones, mucho más agradable si permite encontrar a personas con las que se han establecido antes sólidas relaciones de amistad, una “hermandad en Cristo”.

¿POR QUÉ TIENEN TANTO ÉXITO?

¿Por qué estas técnicas de cooptación y conversión ganan a tantas personas? Los “efectos especiales” a los que los pastores recurren pueden explicar sólo en parte las razones de sus éxitos. Hay que admitir que si las prédicas y los mensajes pentecostales hacen mella en la gente es porque satisfacen exigencias sentidas por vastos sectores sociales.

El pentecostalismo se ha difundido en contextos de rápida modernización, de desorientación de los sectores excluidos de este proceso y de acelerada urbanización como resultado de las migraciones campo-ciudad. Según Le Bot, las sectas proliferan en “tejidos socioeconómicos en vías de descomposición y en un espacio institucional vacío” porque restauran la solidaridad, el apoyo recíproco y la cohesión comunitaria, garantizando a sus miembros una red de seguridad social. En los barrios marginales, en los que las pandillas dominan los espacios públicos obligando a la gente a vivir encerrada en sus viviendas, las iglesias pentecostales son en la práctica el único espacio y ocasión de socialización y de creación de relaciones sociales estables de las que extraer apoyo emotivo y en algunos casos también material. En los contextos rurales todo esto se obtienen de la propia familia, de vecinos, comadres y compadres.

Según David Martin, la difusión de estas iglesias se explica porque ofrecen a los sujetos marginales, emigrados del campo al “mundo pululante y anómico de las ciudades”, además de caminos claros y unívocos capaces de asegurarles una sólida certidumbre en la vida del más allá, también una forma de protección ante un mundo hostil y avasallante en el que dominan la corrupción, el machismo, la violencia y la destrucción personal y familiar.

Castells también explica el enorme éxito del funda¬mentalismo cristiano en términos muy parecidos, pero a su juicio la “trincherización” que las sectas pentecostales permiten no responde simplemente a una exigencia de protección ante los problemas de inseguridad urbana o existencial, sino mas bien al intento -más o menos consciente- de “resistencia” a los procesos de individualización y atomización social que derivan de las dinámicas de la globalización. Según Castells, uniéndose a estas comunidades cerradas, las personas que ocupan una posición social subordinada desarrollan un sentido de pertenencia en el que encuentran significados y reafirman el control sobre sus vidas, defendiéndose así del “carácter imprevisible de lo desconocido”.

En su opinión, las identidades generadas en las iglesias pentecostales tienen un claro rasgo “defensivo”, porque se basan en “principios distintos u opuestos a los que impregnan las instituciones de la sociedad” -lo imprescindible de la fe, la centralidad de la familia, del patriarcado, de la santidad del matrimonio, de la autoridad de los hombres sobre las mujeres, la obediencia debida de los hijos. Así, invirtiendo los juicios de valor, permiten “la exclusión de los exclusores por los excluidos”.

CON SENTIDO Y DIGNOS, VIRILES, ÚTILES

Si es verdad que la religión pentecostal se basa en principios opuestos a los socialmente imperantes y esto implica para sus seguidores una alteración en los juicios de valor, entonces podemos estar de acuerdo con Thornton cuando dice que la adhesión a una iglesia permite “a personas excluidas por el sistema” adquirir estatus, prestigio y una firme victoria moral.

La conversión otorga dignidad a los pobres, implica para ellos una especie de rescate moral porque, sancionando la entrada en una comunidad bendecida y redimida por el Espíritu Santo, se borran y subvierten todos los criterios que los oprimen en la vida diaria, sustituyéndolos por un único principio: “La gracia de Dios es accesible a todos”. Si a esto añadimos que los fieles pentecostales se interpretan como guerreros que combaten, al lado de los ángeles, en el eterno enfrentamiento entre el Bien y el Mal, estas personas no sacan de la religión solamente un sentido de dignidad y de iluminación, sino también de profundo heroísmo. Se sienten valientes y en el caso de los hombres, viriles, aun cuando exterioricen también sus propias emociones con llantos frecuentes en las actividades religiosas. Este llanto asume una significación exactamente contraria a la que le otorga la cultura machista porque al profesar así su fe se sienten implicados en un “combate” contra un “enemigo” que utiliza “armas letales”-mentiras, engaño y confusión- y consideran que al respetar el severísimo estilo de vida que esta lucha les impone demuestran la mayor de las audacias.

Las conquistas que los pentecostales se convencen de haber obtenido, como miembros de una comunidad de creyentes, no se limitan, a la sola esfera religiosa y moral. La pertenencia a una iglesia les ofrece también la posibilidad de experimentar una gran gratificación al participar en las innumerables oportunidades de voluntariado y protagonismo en la organización y en la implementación de las actividades de su propia congregación. Empeñándose como líderes comunitarios sienten que “cuentan con algo” y desarrollan capacidades que les dan confianza en sí mismos. Según Martin, esto es más verdad para las mujeres, que en la iglesia llegan a expresar unas habilidades y a desempeñar unos roles que en sus casas no viven.

REVOLUCIÓN PENTECOSTAL: EFECTOS SOCIALES

Las iglesias pentecostales prestarían un importante servicio a las sociedades en las que están insertas al dedicarse con gran compromiso a la recuperación de sujetos que tienen problemas de alcoholismo, drogadicción y que son protagonistas de violencia en sus hogares y en las calles.

Las personas con graves necesidades son el blanco privilegiado de la misión de evangelización y los pentecostales tratan de apoyarlas en la solución de sus dificultades absorbiéndolas en comunidades para convencerlas de que adopten, con la religión, un estilo de vida puritano y sigan los preceptos morales que éste impone. Los miembros de estas iglesias no sólo acogen a individuos marginados y excluidos que no cuentan con la ayuda de nadie. Se encargan también de darles seguimiento en el tiempo hasta una completa transformación de sus actitudes y conductas. Aunque tienen una concepción muy peculiar acerca de las causas y posibles soluciones a los problemas de estas personas, debido a su presencia capilar en todos los barrios marginales urbanos, estas iglesias son ya el actor principal de la asistencia social en Centroamérica, llegando a personas a las que ni el gobierno ni organizaciones privadas y laicas pueden llegar, por distintas razones, con algún tipo de apoyo.

Los muchos éxitos que los pentecostales experimentan en la recuperación y reinserción social de estas personas se deben al fuerte componente comunitario de estas instituciones y al radical efecto que en términos de imagen la “conversión” está en condición de producir.

Las congregaciones pentecostales son un ambiente en el que es fácil cambiar de conducta, precisamente por su carácter cerrado y protector ante el mundo exterior. La comunidad de los creyentes, gobernada por reglas y valores distintos a las del resto de la sociedad, facilita la transformación individual. Aparta de factores y de personas que conducían a la desviación e introduce en un contexto en el que es simple adoptar los ademanes prescritos por la fe, pues todos los respetan. Además, permite una rápida y sólida integración en relaciones interpersonales en las que es posible encontrar tanto un sostén emotivo y un aliciente, como también la vigilancia y el control necesarios para no caer otra vez en los errores del pasado.

La “conversión” facilita la reinserción social de los individuos con problemas de dependencia y violencia porque implica para ellos una clara transformación física y de comportamiento. Esta transformación resulta inmediatamente perceptible por vecinos y conocidos por evidentes signos exteriores: cambian su modo de vestirse y peinarse, atraviesan su barrio con la Biblia bajo el brazo a las horas del culto… Todo esto da gran credibilidad a sus esfuerzos por cambiar de vida. Como yo misma pude observar en un barrio marginal de Managua, la adopción de la religión pentecostal puede tener efectos casi inmediatos en la imagen de muchas personas. En contextos en los que por lo menos la mitad de los residentes profesa esta confesión, muchos terminan creyendo que por la intervención del Espíritu Santo cualquier persona puede cambiar radicalmente en los tres días que dura el encuentro.

RECUPERANDO PANDILLEROS

Por más que los esfuerzos y los éxitos de los pentecostales en la recuperación de personas con dificultades sean in¬negablemente considerables, es necesario interrogarse sobre las motivaciones que los empujan a dedicar tantas energías en favor de esa gente. Oficialmente, las razones de su interés son principios filantrópicos y escatológicos, pero tenemos motivos para creer que esta actitud responde también a otra consideración: logrando “convertir” y “transformar” a personas notoriamente violentas y antisociales, haciéndoles adoptar un disciplinadísimo estilo de vida, obtienen una buena publicidad ante sus familiares y vecinos. Estos resultados los convencerán probablemente de los poderes taumatúrgicos de la religión pentecostal y de la predilección divina por una iglesia que consiguió algo así. Decidirán entonces depositar su confianza en ella para resolver todos los problemas que afligen sus vidas.

Las palabras del pastor R. -un ex-pandillero que ahora guía una congregación en Managua, comprometida seriamente en rescatar socialmente a los miembros de la pandilla de su barrio y que ha apoyado a decenas de jóvenes- expresan muy bien las contradicciones y las relaciones perversas que vinculan las actividades de recuperación de estos sujetos a las ansias expansionistas de los jefes espirituales pentecostales. Dice R: La conversión de los pandilleros puede parecer, a primera vista, poco rentable para uno como yo porque en los cultos los pandilleros nunca ofrecen dinero. Sólo a veces unas monedas. Pero si convertís a uno de ellos estás seguro de convertir a diez personas más. La inquietante referencia del pastor a las ofrendas en dinero que espera recibir de sus fieles, indica el valor instrumental que las actividades de recuperación hacia los muchachos con problemas desempeñan para estas congregaciones.

¿SON MOVIMIENTO SOCIAL?

Algunos autores afirman que las iglesias pentecostales tienen un impacto positivo en las sociedades en las que se insertan porque, reuniendo en comunidades a sujetos con condiciones sociales desfavorables, dan lugar a realidades asociativas capaces de ofrecer representatividad política a sectores marginales y excluidos.

Vista en estos términos, la presencia y difusión de estas iglesias contribuiría a la variedad y complejidad del tercer sector, unánimemente reconocido como elemento indispensable para la definición democrática de toda agenda política. Según Campos, el pentecostalismo da una contribución positiva a la sociedad civil porque crea comunidades que otorgan a los pobres “poder” y un “rol en la sociedad”. Álvarez llega aun más lejos: esta corriente religiosa puede ser entendida como “uno de los nuevos movimientos sociales que está definiendo los parámetros de la democracia, las fronteras de lo que define propiamente la arena política: sus participantes, sus instituciones, sus procesos, su agenda, su alcance”.

Si es innegable que las Iglesias pentecostales están originando experiencias asociativas que tienen como protagonistas las capas más necesitadas de la población y que se traducen, entre otras cosas, en actividades de recuperación para personas con serias dificultades, es necesario tener presente que estas instituciones dan origen a una expresión muy particular de la sociedad civil y con un campo de acción bastante circunscrito. Su existencia, aunque favorece el pluralismo del tercer sector, no da un aporte necesariamente positivo a la consolidación democrática de los regímenes políticos en los que se insertan.

Para entender qué tipo de impacto las iglesias pente¬costales pueden producir en la sociedad es necesario subrayar el carácter exclusivo/excluyente de estas asociaciones. El objetivo de su acción es sólo el desarrollo de su comunidad religiosa y el avance social de sus miembros. Su atención no se orienta en ninguna medida a los problemas del resto de habitantes del barrio en donde están ubicadas o al desafío de la pobreza a un nivel más amplio y nacional. Sus esfuerzos se concentran en la expansión de la estructura física del templo y en el crecimiento del número de los adeptos de la congregación. Todo el trabajo que hacen en el campo de la recuperación y la rehabilitación social, que inicialmente beneficia a sujetos ajenos a la comunidad de los fieles, tiene este único objetivo.

Los pentecostales brindan apoyo y sostén sólo a los miembros de su congregación o a los que tratan de absorber. Si éstos no adoptan su religión no reciben atención. A diferencia de los católicos que -aun por mantener un control hegemónico en la sociedad- se proponen responder a los problemas de toda la humanidad, con una perspectiva que Martin llama socialística, los pentecostales actúan según un patrón individualístico, que nunca favorece a individuos autónomos y aislados, sino a grupos, que terminan adoptando los rasgos de una secta.

¿SON SOCIEDAD CIVIL?

Además de ser asociaciones de tipo “excluyente”, estas iglesias son también una expresión de la sociedad civil que no toma parte activa en la definición de la agenda política. La indiferencia de los pastores, así como de los fieles, en las cuestiones de interés público no está solamente dictada por estar totalmente absorbidos en estrategias para la expansión de su propia congregación, sino también por consideraciones de carácter específicamente religioso.

Las injusticias, las desigualdades, los abusos de poder son para los pentecostales consecuencias de pecados individuales y/o de maldiciones divinas. No tiene sentido organizarse para buscar solución a los problemas sociales porque se trata de cuestiones más allá de las capacidades humanas. La única cosa posible a hacer es orar a Dios para que los resuelva con su intervención directa.

No quiere esto decir que la población pentecostal, con las dimensiones que ya ha alcanzado en los países centroamericanos, no tenga un cierto peso electoral y sea, por esto, tenida en cuenta por los gobernantes en algunas políticas públicas como por ejemplo la penalización del aborto. Lo importante es subrayar que estas iglesias no ambicionan espacios políticos y, además, desalientan cualquier forma de participación política de sus fieles. Promoviendo una interpretación fatalista de la realidad y disuadiendo a sus seguidores del compromiso político, estas instituciones “producen” ciudadanos pasivos y faltos de espíritu crítico que, no sólo no presentan propuestas a quienes tienen poder, sino que no se comprometen tampoco a vigilar el proceder de sus gobernantes, haciéndolo sólo con su voto en las elecciones, la forma de control más leve de todo sistema democrático.

Aun siendo organizaciones de los pobres, las iglesias pentecostales no son organizaciones para los pobres, porque las solidaridades que crean permiten a sus miembros un rescate moral, pero no material y concreto. Son instituciones que producen una vasta movilización popular, pero que no contribuye ni al cambio ni tampoco al debate social.

EL IMPERATIVO CATEGÓRICO: DIEZMAR

Las iglesias pentecostales reciben elogios por su capacidad de transmitir a sus seguidores -generalmente de condición social muy baja- comportamientos y costumbres que pueden ayudarlos a mejorar sus condiciones de vida. De hecho, las reglas de conducta promovidas por estas iglesias, además de empujar a los fieles a adoptar una actitud sumisa ante el prójimo -que propicia una convivencia pacífica al interior de la familia y de la sociedad- alteran también sus hábitos de consumo y sus prioridades en el gasto. Parece indiscutible que las congregaciones pentecostales orientan a los pobres hacia una gestión más eficiente de sus economías, pero resulta difícil entender quién se beneficia en última instancia de estos giros en el uso de los recursos económicos. ¿A quién, se destina el dinero que los fieles pentecostales ahorran, siguiendo las normas que les indica el pastor?

Para entender de qué modo las iglesias pueden influir en la gestión de los ahorros de los fieles es necesario considerar que los pentecostales deben renunciar a toda adicción o dependencia y anteponer el bienestar de su familia a su propio interés personal. Imponiendo la renuncia al alcohol y al tabaco y cuestionando los valores machistas que legitiman que los hombres usen a su favor la mayor parte del dinero ganado, esto provocaría un sensible aumento de los recursos financieros del hogar y su aprovechamiento por las mujeres y los niños.

Sin embargo, hay que tener presente que uno de los imperativos categóricos impuestos por la fe pentecostal es la obligación de “diezmar”: entregar por lo menos el 10% de los ingresos al pastor. Los fieles tienen que respetar este deber porque sólo así pueden esperar recibir “bendiciones económicas”. Diezmando pueden literalmente “abrir una cuenta corriente en el reino de los cielos”, de donde Dios sacará para ayudarlos financieramente en los momentos difíciles, enviándoles un cheque o anulándoles una deuda.

La ofrenda del diezmo es un deber imprescindible, que funciona según el “principio natural de la siembra y la cosecha” y que hay que honrar. Como me explicaron en el encuentro en que participé, “no se pueden sembrar monedas porque entonces Dios les va a enviar monedas. Si siembran billetes Dios les enviará billetes y si siembran dólares les dará dólares”. Y si alguien no tiene dinero es libre de ofrendar sus propios bienes, pero “el que siembra chinelas recogerá chinelas, mientras que el que siembra zapatos recogerá zapatos”. Se les predica que no se puede “deshonrar a Dios ofrendando monedas”. En Nicaragua los fieles tienen que dar por lo menos un billete de 20 córdobas (un dólar) y no pueden dar “billetes viejos y arrugados, sino sólo los que estén en buen estado”.

Para los fieles pentecostales no es fácil eludir el imperativo del diezmo, no sólo por consideraciones espirituales, sino por cuestiones prácticas, que tienen que ver con el modo concreto con el que las donaciones de los fieles se recogen en los cultos. En las iglesias católicas las ofrendas suele recaudarlas un monaguillo o una mujer que pasa entre los bancos de la iglesia. Los fieles depositan su dinero discretamente en una bolsita de tela o en otro recipiente. En las iglesias pentecostales este particular momento litúrgico es diferente. En todas las iglesias que visité en Nicaragua los fieles tienen que depositar sus donaciones en una cesta amplia y visible colocada al pie del púlpito. Tienen que levantarse, ponerse en fila y esperar su turno, tal como los católicos hacen para recibir la comunión. El que no diezma no sólo se autoexcluye del rito de la ofrenda, sino que demuestra públicamente al pastor, y a toda la comunidad, su incapacidad de cumplir la voluntad divina.

RELIGIOSO CABALLERO ES DON DINERO

Para gente que vive en condiciones de pobreza extrema y gana el mínimo indispensable para el sustento de su familia, la ofrenda al pastor representa un gasto importante. Un padre de familia me confesó haberse encontrado, en más de una ocasión, indeciso entre alimentar a sus hijos o diezmar. En un contexto así, podemos entender mejor a los líderes pentecostales cuando predican el ayuno como un poderoso método de oración que Dios escucha con agrado. Ciertamente, si una familia entera renuncia a comer varias veces por semana, podrá más fácilmente ofrendar su diezmo.

Los pentecostales no deben ofrendar dinero sólo en los cultos. También en muchas otras circunstancias. Tienen que pagar para poder frecuentar la formación para líderes comunitarios y para participar en el encuentro. En Nicaragua, para tomar parte en este retiro espiritual es necesario pagar 30 dólares, equivalente -según los datos del PNUD de 2007- a los ingresos de todo un mes para el 48% de la población nacional. Los “servidores” también tienen que pagar 25 dólares para poder trabajar como tales, en promedio 18 horas por día. Nadie participa sin pagar. El que no tiene dinero es financiado por un fondo alimentado por los miembros de la iglesia. Como si fuera poco, los fieles hacen un gran regalo a su líder espiritual en ocasión de la “fiesta de la familia pastoral”. En 2008, en ocasión de esta fecha, el pastor D. recibió como regalo un vehículo todoterreno. En 2009 fue una vacación de tres semanas para él, su esposa y sus dos hijos en Costa Rica, donde el costo de la vida es mucho más alto que en Nicaragua.

Para analizar si la pertenencia a una iglesia pentecostal tiene un impacto positivo en la situación económica de los pobres, es además necesario subrayar que los pastores no ponen al servicio de su comunidad el dinero que obtienen con las ofrendas de los fieles, sino que lo guardan exclusivamente para sí mismos. Los líderes de las células tienen que autofinanciar su misión de evangelización, pagando la totalidad de sus costos (el transporte hasta el lugar de la célula, el refrigerio que ofrecen a los participantes...) y cuando las congregaciones celebran acontecimientos particulares son los fieles quienes tienen que comprar el material para la decoración del templo. Cuando le preguntaba a gente de fe pentecostal a qué, según ellos, su pastor destinaba el dinero que gana con las ofrendas, me contestaban expeditamente que lo invierte en la construcción o ampliación del templo. Pero, vista la lentitud con la que esos trabajos de construcción avanzaban, era claro que este gasto absorbía solamente una parte irrisoria de los ingresos.

Los creyentes no revelan ninguna suspicacia sobre la importante transferencia de recursos que hacen en favor de sus líderes. Como el imperativo del diezmo está escrito en la Biblia (Levítico 27,30 y Malaquías 3,10) responde a la voluntad divina y no se discute. El enriquecimiento de sus líderes es fruto de esa voluntad suprema y explica el enorme favor con que Dios los “bendice”.

Resulta difícil comprender si la adopción de las normas pentecostales ayuda a los pobres a manejar más eficazmente su dinero y a mejorar sus condiciones de vida, así como resulta difícil entender si la difusión de las iglesias pentecostales pueda tener un impacto positivo en las sociedades en las que se insertan. Lo que resulta obvio es que la propagación de la religión pentecostal está favoreciendo considerablemente la economía de los jefes espirituales de estas congregaciones. Ser guía de una de estas iglesias se convierte en un negocio muy rentable. En Nicaragua, sólo los encuentros -en los que participan en promedio 40 potenciales nuevos adeptos y 20 servidores- les garantizan mensualmente una ganancia de 1 mil 550 dólares.

INVESTIGADORA SOCIAL.
COLABORACIÓN ESPECIAL CON ENVÍO.

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