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  Número 336 | Marzo 2010
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Nicaragua

Nicaragua en Haití: “Fuimos una brigada pequeña, pero eficiente. Se encariñaron con nosotros”

Ronie Zamor, joven haitiano con años de vivir en Nicaragua, acompañó a la brigada del Ejército de Nicaragua dirigida por el General de Brigada Mario Perezcassar, que prestó ayuda al pueblo haitiano durante 37 días, tras el terremoto que devastó a ese país. A su regreso habló con Envío en vísperas del terremoto que asoló Chile. Su relato permite hacer algunas comparaciones entre ambas tragedias latinoamericanas.

Ronie Zamor

Volamos de Managua a Jamaica y de ahí a Haití. Cuando llegamos a Jamaica el General nos reunió y nos pidió que trabajáramos con mucho respeto, sin invadir, estando al lado de la gente, escuchando, siendo solidarios y aportando todo lo que pudiéramos. Eso marcó desde el primero hasta el último momento el trabajo de la brigada nicaragüense.

Nicaragua llegó con una brigada muy pequeña -36 militares jóvenes- si la comparamos con las que llevaron otros países, que llegaron con mucha gente y con grandes recursos. Nosotros fuimos pocos, pero resultamos muy eficientes. En la brigada llevamos tres componentes: salvamento, médicos y seguridad.

Al llegar vimos que en Haití no había gobierno. Antes de enviarnos, el gobierno de Nicaragua había hecho coordinación con el ministro del interior haitiano. A él sí lo vimos al llegar. Un hombre bien simpático, bien educado, pero sin posibilidad de ofrecernos nada. De recibimiento nos dijo: “Muchachos, busquen ustedes dónde quedarse, no les puedo ofrecer nada porque el gobierno está desmantelado y no hay control”.

En el aeropuerto había una misión de la ONU que asignaba cuadrantes de la ciudad. A los nicaragüenses nos asignaron el cuadrante número 4. Como yo conocía la ciudad, los conduje al punto. Vimos muertos, muertos, muertos amontonados en filas y filas por todas las calles. Desde el primer momento sentimos muy fuerte el olor a muerto que salía de todos lados.

No más llegar al punto que nos asignaron, la gente del barrio que nos vio empezó a gritarnos: “¡Acá hay gente!” Habían escuchado voces entre los escombros. Ésa fue nuestra primera tarea. Al principio éramos sólo los nicaragüenses, pero cuando se corrió la voz que estábamos sacando a alguien, llegó a apoyarnos una brigada del Perú. Muy profesionales, expertos. Estos peruanos llevaban unas sondas que meten entre los escombros y que captan los latidos del corazón, señal de que hay gente viva debajo. Los nicaragüenses llegamos sin equipamiento sofisticado. Llevábamos aparatos para cortar, para medir, piochas, palas… No teníamos perros, no teníamos más. Desde ese primer día los peruanos, una brigada voluntaria privada, se asoció con nosotros y con ellos hicimos una colaboración muy buena.

Ese primer día, trabajamos con los peruanos desde las 9 de la mañana hasta las 3 de la tarde. Yo trabajaba
de traductor. Bajo los escombros había alguien. Le hablé en creole: era una mujer. Le pregunté: cómo estaba, dónde estaba, con quiénes estaba… Me dijo que con ella en esa casa había cuatro personas: ella y otra señora que cuidaban de dos niñas. “Pero ayer ya no hablaron más las niñas…”, me dijo. Estaban muertas.

Nunca pensé que sacar aquella mujer de ahí tardara tanto, creí que eso era más rápido. ¡Se tarda horas en sacar a cada persona! Dicen los especialistas que así tiene que ser, porque si no se hace con mucho cuidado se puede aplastar a la persona y matarla…Toman medidas, meten un pedazo de madera, vuelven a medir, empujan, entran y salen los rescatistas… Entran con cascos y linternas y con una botella de agua…Es duro…Con aquel calor sofocante, con aquel olor a muerto…Cada media hora tenían que salirse, no aguantaban. Cada media hora yo debía subirme a los escombros para hablarle a la señora: cómo se siente, tenga paciencia…Tenía que darle ánimos, esperanza, explicarle que era un trabajo lento... Me impactó escucharle decir ya casi al final: “¡Mejor córtenme la mano para que me saquen más pronto!” Cuando por fin la sacamos eran aplausos y aplausos para la brigada nicaragüense. La gente lloraba y gritaba de alegría después de ver tanto esfuerzo. Así mismo fue con las otras cinco personas que pudimos rescatar. Un trabajo siempre largo, de mucho esfuerzo. Y mi tarea era siempre dar esperanza, pedir paciencia.

Después que rescatamos a esta mujer, el General me dio permiso para ir a buscar a mi familia, a mis padres, a mis hermanos. Yo no sabía todavía si estaban vivos o muertos. Salí corriendo. En un semáforo encontré a alguien que trabaja con mi hermano y le pregunté: ¡Estaban vivos! Sólo había muerto el marido de mi hermana. Se habían casado hacía sólo 20 días. A él lo aplastó la casa y a mi hermana la rescataron su suegro y mi hermano con mazo, pico y pala. Con las manos. Gente valiente, porque para sacar a alguien había que entrar por cerros de escombros y eso quiere valor, porque seguía temblando y porque uno se puede quedar prensado ahí abajo.

Hay que saber que el mejor y el mayor trabajo de rescate lo hicieron los propios haitianos. Con mucha valentía y mucha solidaridad. En esos días le preguntaba siempre a la gente en los campamentos: “¿Y a ti, quién te sacó?” Y una mayoría me contestaba: Mi papá, mi mamá, un primo, algún familiar…Yo calculo que de los 100 mil heridos rescatados que estaban en campamentos, 99 mil fueron rescatados por los propios haitianos en las primeras veinticuatro horas, antes
que llegara nadie a ayudar.

Cuando mi familia me vio se asustaron. ¿Cómo había llegado si no había aviones? Les expliqué que venía con la brigada nicaragüense. Un hermano mío se emocionó cuando le conté del trabajo de rescate que hacíamos y quiso participar, pero cuando llegó y vio se regresó. No pudo. Él no había visto todavía cómo estaba el resto de la ciudad. No aguantó. Había mucho olor a muerto y mucha desesperación. Demasiado para él. Los nicaragüenses instalamos nuestra base en el aeropuerto. Comíamos comida militar, raciones frías los tres tiempos. Nos dieron la orden de no comer comida ni beber agua de Haití porque si alguien se enfermaba del estómago iba a ser un gran problema. Dormimos siempre en el suelo, sobre cartones. Allí era difícil dormir porque el ruido de los aviones que llegaban al aeropuerto era infernal.

El segundo día nos levantamos a las 6 de la mañana para seguir buscando sobrevivientes. Ese día rescatamos a otras dos personas con vida. La brigada se dividió en dos porque éramos demasiados para estar en un solo punto: unos buscábamos y cuando encontrábamos a alguien con vida nos reuníamos para ayudar. Yo siempre con la misma tarea: hablarles, darles esperanza, pedirles paciencia, confianza en que los íbamos a sacar…En la brigada el componente de salvamento fue el que trabajó más en los primeros siete días. Logramos sacar con vida de los escombros a seis personas. La última la encontramos después de una semana, una muchacha jovencita de 21 años, que salió grave de una pierna.

La gente nos pedía de todo: pedía comida y medicamento. Pedía algo donde dormir. En los campamentos la gente dormía bajo sábanas extendidas, que te protegen del sereno, pero nada más. O dormía bajo carpas de plástico y durante el día era un calor increíble y en la noche mucho frío. Así miles y miles y miles de personas. La gente pedía primero que todo que la escucharan. Nos pedían que les ayudáramos a buscar a sus muertos y teníamos que decirles que habíamos llegado a buscar gente viva. La gente quería poder sacar a sus muertos. Pero había muertos que era imposible sacar. A una prima de mi mamá le cayó la casa encima y murió ella, sus dos hijos y once personas de la familia de su esposo. No los pudieron sacar. La gente quería ver a sus muertos, poder enterrarlos…

Para enterrar a mi cuñado muerto mi hermano vivió una tragedia total. Después de sacarlo de los escombros quiso enterrarlo en un terreno que él tiene, pero la gente del barrio no le dio permiso. En los cementerios ya no había lugar. Y él para arriba y para abajo con el muerto, sin saber qué hacer con él. Hasta que compró un espacio en un cementerio privado y allí lo enterró. La otra opción era dejarlo en la calle para cuando pasara el camión que lo recogiera y lo fuera a botar en una fosa común. A cuántos ni siquiera los recogió el camión, porque hay muchos barrios con caminos angostos y el camión no puede entrar. A cuántos no los contaron… Nunca vamos a saber el número exacto de los muertos de Haití.
Una de las mayores desesperaciones de la gente fue no poder ver a sus muertos, no poder sacarlos, no poder enterrarlos. Ver a tu muerto tirado y no poder hacer nada: ese dolor ha sido muy general. Casi al mes todavía había muertos botados en las calles. Y la gente sólo los envolvía como podía y ahí tenía que dejarlos. En Haití tenemos un respeto muy grande a los difuntos y aún la gente más pobre siempre quiere cumplirle a su difunto enterrándolo…No poder hacerlo: ese dolor va a quedar para siempre, va a ser histórico.

En los primeros días, en cualquier punto donde se escuchaba que había alguien con vida bajo los escombros aparecía mucha gente para trabajar y mucha gente a la expectativa. “¡Aquí hay alguien gritando!” Íbamos corriendo para allá, pero no se escuchaba nada…La gente se decepcionaba, se ponía triste, se ponía nerviosa…Así pasamos los primeros siete, ocho días: buscar, buscar, buscar…La brigada de Estados Unidos era la más numerosa, grandísima. Imponían. Porque cuando uno ve por la calle una camioneta con diez hombres armados con armas pesadas y apuntando con ellas, uno o tiene miedo o siente rechazo. Y así iban ellos patrullando las calles. Por seguridad o no sé por qué. Seguramente había también otras brigadas de médicos de ellos, no las vi.

Ver gente con armas no le gusta a los haitianos. En nuestra historia tuvimos muy malas experiencias con los militares. Claro que siempre tenía que haber gente armada cuidando a los médicos que estaban trabajando por todos lados, pero no apuntaban a la gente. En los primeros días nuestra brigada llevaba armas largas, pero después de una reunión con los cubanos y los venezolanos decidieron llevar solamente pistola y que no estuviera visible. Los cubanos no llevaban armas. “Nosotros venimos a curar a todos, no a matar a nadie”, nos dijeron los cubanos el primer día.

La primera preocupación con la que los americanos llegaron fue rescatar a su gente, a los americanos que vivían en Haití. Igual los franceses. Bien discretos y dedicados primero que nada a salvar su gente, a sacar a sus muertos y después…ya veremos. Y ésas fueron también las prioridades de las grandes agencias: primero sacar a su gente viva, después sacar a sus muertos y después ayudar. Nosotros teníamos la ventaja de que no había nicaragüenses en Haití y la prioridad de nuestra brigada fue siempre ayudar, atender, acompañar, brindar asistencia de todo tipo. Igual los cubanos. Todos los cubanos que hay en Haití son médicos. Y a curar se dedicaron todo el tiempo, ése era el único enfoque de ellos.

Cuando ya no había nadie que rescatar entramos de lleno con el componente médico. Nuestros médicos dieron consulta desde el primer día, lo más frecuente curando heridas y atendiendo a filas de gente quebrada. Muchas amputaciones. Llevamos bastante medicamento, nunca nos faltó. En el primer momento estuvimos en un campamento de atención médica al aire libre, con tres-cuatro puntos, dependiendo de la demanda. Los médicos nicaragüenses se dividían. Había un punto de revisión y un punto de curación. Teníamos anestesia, pero la guardábamos para los casos peores. Muchas curaciones se hicieron sin anestesia. A un señor hubo que cortarle el dedo así, y al aire libre…Hasta el General se convirtió en enfermero. Cuando no podíamos dar abasto él también apoyó. En nuestra brigada eran puros hombres con una médica jovencita. Esa mujer fue muy especial: trabajó ocho y diez horas de pie seguidas, sin comer, sin tomar agua, sudando, sudando…Le daban el agua en la boca mientras curaba, para no detenerse.

Tuvimos hasta diez-quince puntos de atención en la ciudad. Llevábamos los médicos de un punto a otro, los ubicábamos… Así todo el día. Una enorme cantidad de consultas pudieron hacer nuestros médicos. Atendían a gente víctima del terremoto y también a mucha otra gente que estaba enferma desde antes. Casos gravísimos que ya había. Casos muy tristes por el terremoto, como el de aquella chavalita de trece meses a la que hubo que amputarle una piernita…Casos horribles, como el de aquella mujer con todos los huesos de la pierna fuera…

La brigada de Nicaragua decidió trabajar con los cubanos, que tenían suficiente capacidad para atender los casos más graves. Cuando el caso era muy grave lo remitían a los cubanos. Mi trabajo era entonces llevarlo corriendo al hospital cubano. Ellos tienen ya mucho tiempo en el país y mucha experiencia. Desde hace años tienen doce o trece hospitales en Haití, con especialidades. Sus hospitales no se cayeron, pero sí se rajaron. Entonces, atendían fuera del hospital. Porque ningún enfermo quería entrar en donde hubiera paredes que se pudieran caer, porque todavía había réplicas y la tierra seguía temblando… Al lado de cada médico cubano trabajaba siempre un haitiano para acompañarlos, para traducirles…Los cubanos son muy sencillos, sin miedo, muy metidos con la gente. Conocen bien a los haitianos, no se asustan. El haitiano habla mucho, habla duro, habla muy fuerte. Y alguna gente piensa que estamos peleando. “No -les decía yo-, no están peleando, están explicando”. También hacíamos coordinación con los venezolanos, que trajeron mucha comida. El problema no era la comida sino la distribución: repartir comida a miles, miles y miles de personas todos los días no es fácil…

Era la primera vez que los nicaragüenses de la brigada conocían Haití. Por la publicidad negativa creían que Puerto Príncipe era una ciudad fea, pero se dieron cuenta de que era una ciudad linda, con casas grandes en los cerros, con calles bien marcadas. Nos han hecho mala propaganda. Mucho se habló todos los días en la CNN que mi gente estaba asaltando y saqueando. Pero yo no vi eso ningún día. Nosotros estuvimos 37 días y nunca, ni una vez, vimos esos asaltos. Lo que sí pasó realmente en el parque Champ de Mars, el que está frente al Palacio Nacional, fue que cuando llegaban los camiones a repartir comida había hombres fuertes que hacían fila varias veces y que le robaban la comida a las mujeres. Eso sí se dio, pero nadie estaba saqueando ni asaltando ni matando. No hubo violencia.

El General me contaba que en Managua, cuando el terremoto de 1972, la gente se robaba todo lo que había dentro de las casas que se cayeron: refrigeradores, televisores, cualquier cosa… En Haití no. Por respeto y por una autocensura. Porque en Haití si alguien roba es grave. Me contaron que a uno lo vieron robando en una casa caída y casi lo matan. Además, aunque la gente estaba en los campamentos, siempre quedaba alguien en el barrio rondando y cuidando… La casita de mi hermana era nueva, con cosas nuevas, la puerta quedó abierta, pero nadie robó nada…

El General comparaba con lo que pasó en Managua y veía en las casas de Puerto Príncipe refris, televisores, maletas llenas de ropa y la gente no robaba…Soy haitiano, y tal vez estoy equivocado, pero creo que en Haití hay menos ladrones que en otros países. La gente respeta más. Es pobre, pedía ayuda, pero no se metía a las casas a robar.

También vi una juventud dispuesta a ayudar voluntariamente. Aparecieron grupos de traductores, que hablaban español, inglés, francés…A un traductor el General le dio cinco dólares por su trabajo, pero no se lo aceptó. Y el General se quedó asombrado, porque en aquella situación cualquiera necesitaba cinco dólares. Porque sí, llegaba un camión y daba arroz, llegaba otro y daba agua, llegaba otro y daba fideos, pero nadie daba para la sal, para el aceite, para la leña para cocinar…Todo el mundo necesitaba algo. Un saco de arroz para una familia duraba pocos días y después de comer tres veces al día aquel arroz venía la desesperación…En los campamentos había dos tipos de personas: las que tenían algunos centavos y trabajaban y podían comprar sal y azúcar y las que no tenían nada de nada. Con la ayuda humanitaria llegaron muchas latas de sardinas y de atún, pero la gente no se acostumbraba a comer eso. Hubiera sido mucho mejor comprarle pescado seco a la gente que lo vende para repartirlo y poder comerlo con fideos o con arroz. Eso sí le gusta a mi gente.

También vi gente de clase media, con su casa que quedó en pie y que abrió sus puertas y metió a 40 personas a vivir dentro de sus casas. Mis hermanos, que tienen trabajo si veían a un niño llorando, llanto y llanto, le compraban leche. La solidaridad ha crecido. Si alguien tiene dos sábanas está dispuesta a compartir una. También la gente ha aprendido a relativizar mucho, a valorar la vida y lo que tiene.

La brigada nicaragüense fue muy especial. Esa solidaridad, ese rifarse por los otros, un sentido de misión, un espíritu
de servicio, de profesionalismo… Supimos que la brigada de médicos de Puerto Rico hizo chistes cuando iban a cortar un brazo o una pierna, algo de mal gusto. También escuché comentarios racistas contra los haitianos en la brigada de dominicanos que llegaban a ayudar. En momentos así cualquier ayuda es bienvenida, pero…Para mí la brigada nicaragüense tuvo un comportamiento ejemplar por la solidaridad, la paciencia, la entrega.

Después de los primeros siete días fuimos a trabajar a un lugar que se llama Juvenat, donde hay una congregación religiosa en la que mi hermano es cura y donde había un campamento con cinco mil personas. También allí hicimos coordinaciones con los médicos cubanos en el hospital central. En unos días fueron apareciendo muchos haitianos que hablaban español y podían traducirle a la brigada nicaragüense. Mi trabajo empezó a ser otro: llevar enfermos al hospital, llevar medicamentos de un punto a otro, acompañar al General para hablar con los americanos, que había muchos por las calles, hablarles medio en inglés para explicarles que éramos la brigada nicaragüense y que nos dejaran pasar… Era conductor y siempre hacía falta algo: una cuerda, una medicina, hasta cigarros, porque había gente que fumaba y a veces tenía que recorrer toda la ciudad para encontrar cigarros… Fui un verdadero cachimber boy. Pero lo hice con gusto, sentía que estaba apoyando a mi gente. Desde la secundaria yo había salido de Haití para estudiar y después siempre trabajé en Centroamérica, nunca en Haití. Ahora tenía por primera vez la dicha de poder ayudar a mi país.

Un día me tocó llevar a una jovencita de 14 años a dar a luz en un hospital haitiano. Todo salió bien. A los tres días fui a ver a la niña recién nacida, que ya estaba en un campamento. No había condiciones para una tierna allí, pero esa niña aprenderá a sobrevivir. El papá y la mamá agradeciéndonos a la brigada, porque nosotros la llevamos al hospital cuando había roto la fuente, y ellos no tenían para pagar un taxi. A los pocos días llevé a otra joven a dar a luz.

Por todas partes veíamos filas: filas de niños, filas de ancianos, filas de mujeres, filas de gente quebrada… De todo tipo de males había filas…Y mi gente muy paciente. Paciente y agradecida. Porque en Haití la costumbre es que la gente va al médico cuando ya se está muriendo y cuando va no encuentra medicamento. Sentir que les daban consulta gratis, y aunque fuera una pastillita, lo agradecían mucho.

Mi gente también muy temerosa, especulando, esperando que pasaran más cosas horribles…La gente guarda todavía mucho dolor, no expresa mucho, no quiere hablar. Lo mejor es platicar, sacarlo, mejor es llorar. Pero todavía no quieren…Todavía mucha gente no entendía qué había pasado. En Haití la gente no sabe de terremotos. Una muchacha que trabajaba con mis hermanos contaba que cuando sintió el temblor se fue a esconder en el baño en vez de salir para afuera. La gente no conocía, no sabía lo que era eso, y ese no saber complicó las cosas, con la ventaja de que el terremoto ocurrió a una hora mejor, porque los niños ya no estaban en las escuelas. Si no, habrían muerto todos.

Una corriente evangélica muy popular predica que el terremoto fue un castigo de Dios porque la gente hace brujería, porque la gente se porta mal, por el vudú, porque la gente toma alcohol, porque la gente no se arrepiente, porque la gente no son buenos cristianos…Los escuché diciendo eso por altoparlantes. Se escucha eso en las radios, en los cultos, en los campamentos…Hay otra corriente de gente más joven, que entienden que fue un fenómeno natural. Hay otra corriente que dice que fue por una bomba que tiraron. Y hay gente, como mis hermanos, los curas del lugar donde estábamos y otra gente, que entiende que hay tanta destrucción porque Haití no estaba preparado para un terremoto y porque la pobreza extrema en Haití es la causa de que haya tantos muertos y tanto desastre.

Cuando nos fuimos no vimos todavía el brote de las epidemias que ahora se ve. Pero al regresarnos ya hacíamos comparaciones con los niños: cuando llegamos estaban bien y cuando nos íbamos ya todos estaban con gripe y a muchos había que ponerles antibióticos. Y ésa fue una gran preocupación con la que nos fuimos, porque empieza el tiempo de lluvias y todo se va a complicar. Si se mojan se complica todo: se moja el colchón, la ropa…y vienen más enfermedades: los hongos, las infecciones. Atendimos muchas infecciones vaginales en las mujeres. Porque se bañaban con agua sucia. Venía un camión con agua y la gente contenta, pero ¿de dónde venía esa agua? Pasar el día en los campamentos era insoportable. Aguantar sol todo el día. Y en la noche, frío horroroso. Y el llanto de los niños heridos. Recuerdo un chavalito con la cintura fracturada, con aquel sol, que era un suplicio para él…Nadie tenía cama. Todos los enfermos dormían en el piso. Las camas quedaron en las casas y las casas estaban caídas y nadie se atrevía a entrar en las casas medio de pie por miedo a quedarse atrapado en los escombros.

Los médicos tenían mesas portátiles y ahí acostaban a la gente para operarla, para ponerles una inyección… Mujeres y hombres con las nalgas fuera, todos juntos poniéndose inyecciones. Se perdió el sentido de privacidad. En un parque enorme que se llama San Pedro vi a varias jovencitas bañándose desnudas delante de todo el mundo. Y se entiende: después de cinco días sin bañarse, a la gente se le quita la pena.

Ah, y el problema de las letrinas. Se llenaban… ¡y apestaban toda la noche! Peor en el día cuando levantaba el sol. Donde estábamos hacíamos un hueco en la tierra y había un comité que después de dos o tres días tapaba ese hoyo
y hacía otro. Pero en los campamentos en los parques había letrinas portátiles y era todavía peor, porque si no viene la compañía a limpiar queda todo apestado y el montón de moscas…Eran miles de personas en las calles y una cantidad de basura enorme por todos lados. Y los servicios de basura no funcionaban para recoger la basura, porque estaban dedicados a recoger escombros y muertos.

En la brigada estábamos siempre con mascarillas, tomábamos medicamento contra la malaria y antiparasitarios, porque trabajábamos en un medio totalmente contaminado. En los días que estuvimos, no vi en ninguna brigada el componente de sanidad, que es siempre tan importante. En la brigada nicaragüense tampoco llevamos un componente de sanidad para recoger basura o fumigar contra los zancudos. Cuando nosotros nos fuimos el saneamiento no era todavía una prioridad, no se había hecho nada.

Cuando regresamos a Nicaragua ya no sentíamos aquel olor a muerto tan intenso. Pero estoy seguro que dentro de los barrios ese olor continúa. Porque yo creo que veinte días después del terremoto había todavía gente viva bajo los escombros, pero como nadie llegó a sacarlas, se fueron muriendo. Y si después de un mes se siente todavía olor
a muerto, es de muertos nuevos, de gente que sobrevivió al terremoto y que no pudo ser rescatada y esperando que las sacaran les llegó la muerte. Una semana antes de venirnos vimos todavía en una acera una fila de cuarenta cadáveres que habían sacado ese día de un edificio.

Los militares nicaragüenses están muy satisfechos con lo que pudieron hacer. Han tenido una experiencia humana muy profunda. Sintieron también el apoyo y el respaldo de todo el pueblo de Nicaragua. Actuaron con disciplina militar. El general nos decía cada mañana: Ustedes son jóvenes, aquí hay muchachas jóvenes, no quiero que den regalos, no quiero ningún abuso, no quiero que se aprovechen de esta tragedia. Llegábamos a la noche cansadísimos, pero contentos de poder ayudar. Sentíamos que algún día, de algún modo, podríamos estar en la misma situación, necesitaríamos ayuda y alguien vendría a ayudarnos.

La gente haitiana se encariñó mucho con la brigada nicaragüense. Vieron que eran chavalos jóvenes con uniforme militar, pero muy humildes. Ningún haitiano sabía ni dónde quedaba Nicaragua. Muchos, al escucharnos hablar español, pensaban que éramos dominicanos. Sólo uno encontramos que había estado aquí y cada vez que nos veía nos gritaba: ¡Viva Sandino!

El momento más triste para mí fue ver a un señor arrancarse el talón de su pie. Tenía el talón podrido, y esperando que los cubanos le amputaran la pierna, él mismo se lo arrancó. Si alguien que está ya en una instalación hospitalaria hace eso es que tiene un nivel de desesperación horroroso…No pude decirle nada, ni siquiera pude acercarme.

El momento más alegre, después de encontrarme con mi familia, fue ir a ver a la última muchacha que sacamos de los escombros. En la desesperación de sacarla ni le había visto la cara. Ella salió bien grave. Pero cuando fuimos a su casa ya estaba fuera de peligro, aunque todavía no se podía mover. Mi alegría era inmensa por ella y por los hombres nicaragüenses que bajaron a sacarla. Sacar a alguien es arriesgar la vida. Ellos arriesgaron su vida por ella. Aquel día entraban en el hoyo, no sabían dónde se iban a meter…Salían sudados, sudados y rojos rojos y se volvían a meter una y otra vez. Y en ese hoyo había otras personas muertas…Y aquel tufo a muerto y la sofocación. Así horas y horas hasta sacarla…Cuando la sacamos viva fue un momento grande para toda la gente. En esos momentos entiendes que el ser humano, cuando quiere, puede ser Dios para otro ser humano.

Quien más ha ayudado a Haití antes del terremoto ha sido el gobierno venezolano. Y después del terremoto también el gobierno venezolano. Los camiones que van por las calles recogiendo muertos son los camiones que Venezuela le había donado al gobierno, equipos de maquinaria pesada para hacer caminos. Después del terremoto algunos quisieron especular con el combustible. Y Venezuela puso en el puerto un barco con combustible y eso fue una gran ayuda. Y Venezuela instaló una bodega llena de comida y entraba gente y gente y salían camiones y camiones llevando comida a los campamentos. Para mí, son los venezolanos quienes más ayuda material nos han dado. Y en presencia y cercanía quienes han hecho más por nosotros son los cubanos. Los cubanos, buenos médicos y con buenos medicamentos, son los que están salvando a Haití de una crisis de enfermedades. Y la gente está super-agradecida con ellos. Ahora, la gente que va a pasar consulta pregunta antes: “¿Hay cubano?” Y si hay cubano pasa… y si no, ¡no quieren pasar!

Las últimas cuatro veces que viajé a Haití en los últimos años vi que el país estaba mejorando: calles mejores, semáforos -que eran una gran novedad-, había agua en los barrios, había más horas de luz… Haití estaba mejorando. Ahora todo se ha perdido.

El que esta tragedia se convierta en una oportunidad para tener un país mejor depende de los haitianos. Yo sé que nos van a ayudar, pero yo no confío mucho en la ayuda internacional, porque siempre va a haber tragedias en otros lugares. Ahora somos noticia, salimos en CNN todos los días, pero llegará el día en que ya no seremos noticia. Yo creo que si los haitianos se ponen de acuerdo en lo político, en lo social, en lo humano, el país va a surgir.

Surgiremos, pero en cinco años no tendremos un país bonito como Puerto Rico.No tengo esa ilusión. Seguiremos siendo un país pobre. Ojalá que hayamos aprendido y que la ayuda sea bien usada y que en diez años encontremos otro Haití diferente, aunque no sé si ya mejor al que había antes del terremoto.

Después de ver al inicio al ministro del interior nunca más vimos a ninguna otra autoridad. El único gobierno que vimos siempre fue la Policía Nacional Civil, que sí estaba presente. Se portaban bien, siempre muy amables y apoyándonos.
En este momento la Policía es la institución más fuerte, la única. El gobierno está desmantelado. La Iglesia católica también está desmantelada: se murió el arzobispo, los templos se cayeron, los colegios católicos más importantes se cayeron…Esto no quiere decir que no haya sacerdotes y religiosas haciendo trabajo de campo, pero no hay ningún trabajo institucional, no hay una dirección. Igual pasa con el gobierno. La gente critica al gobierno por no hablar, por no dar la cara. Pero yo no lo critico por eso, porque cuando uno no tiene mucho que ofrecer es mejor no hablar, no salir, porque puede ser peor. Los haitianos están exigiendo que el gobierno hable, que el gobierno se comprometa a hacer casas, a hacer esto y lo otro… El gobierno está muy cauteloso y no se quiere comprometer.

Hay manifestaciones pidiendo que Aristide regrese. Creo que él haría un gran bien regresando. Aristide tiene un discurso tremendo: platicaría con la gente, le daría paz, crearía esperanza. Algunos comentan que eso polarizaría el país, porque él tiene enemigos grandes que no lo quieren. Creo que si él regresa y se pone a la par del gobierno ayudaría mucho. Aristide es todo lo que no es el Presidente Préval. Es sicólogo, es cura y en momentos como éste haría mucho bien con su palabra. Préval es un hombre pragmático. Préval prefiere andar con un pico y una pala sacando muertos que dando fuerza a la gente que saca muertos. ¡Y en Haití nos gusta más quien da el discurso que quien saca a los muertos!

Cuando regresamos a Nicaragua, la vida estaba recomenzando ya en Puerto Príncipe. Había taxis en las calles, los súperes que no se habían caído habían abierto, los bancos, las gasolineras habían abierto, los hospitales que quedaron en pie estaban empezando a funcionar, había gente vendiendo en la calle mangos y ya había gente que salía de los campamentos a buscar qué hacer…La vida empezaba de nuevo. Cuando regresamos a Nicaragua, la ayuda se estaba organizando y la gente aprendiendo a distribuirla. Todo hay que aprenderlo. Nosotros también aprendimos mucho. Ahora yo tengo que aprender de nuevo a dormir. Todavía no puedo dormir sin pastillas.

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