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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 333 | Diciembre 2009
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América Latina

Socialismo del Siglo XXI: un modelo para armar y desarmar

¿En qué consiste el Socialismo del Siglo XXI? ¿Se está construyendo ya en algún país de América Latina o es sólo una consigna? ¿Es sólo una consigna o es un sueño que puede convertirse en una realidad? El Socialismo del Siglo XX le ha dejado al Socialismo del Siglo XXI un mapa de navegación. Según esa bitácora, el Socialismo del Siglo XXI debe tener algunas características. Y aún así, el cambiante tiempo que vivimos convertirá este modelo en un puzzle, para armar y desarmar.

Juan Carlos Monedero

El socialismo del siglo XX ha brindado un mapa de navegación al socialismo del siglo XXI. Según esta bitácora, el socialismo del siglo pasado tuvo cuatro rasgos: eficiencia, heroísmo, atrocidad e ingenuidad. La eficiencia tiene que ver con su capacidad para incorporar una parte considerable de la humanidad a la modernidad: la Rusia feudal, la China imperial y zonas deprimidas de Centroeuropa, África y Asia. Su atrocidad es la que configura el libro negro del llamado -a menudo abusivamente- “socialismo realmente existente” y que tiene que ver con el Gulag, los Muros, las purgas, los presos políticos, la falta de democracia representativa, la creación de enemigos del pueblo, la eliminación de la disidencia…

El socialismo del siglo XX también reclama recordar su heroísmo, callado con intención culposa, y que tiene como gesta para la humanidad tanto el haber frenado al nazismo durante la Segunda Guerra Mundial -de los 50 millones de muertos de la contienda, 20 millones fueron ciudadanos soviéticos-, como el haber puesto con frecuencia los muertos, los presos y los torturados en las luchas contra las dictaduras y por la democratización. De lo que se habla menos es de la ingenuidad del socialismo durante el siglo pasado. Ingenuidad entendida como una solución simple, simplificadora, aunque bien intencionada, a problemas complejos que no se solventan cambiando el análisis sobre la naturaleza humana.

CINCO FORMAS DE SER INGENUO

El socialismo del siglo XX fue ingenuo por cinco grandes razones:
— Por creer que bastaba asaltar el aparato del Estado para, desde ahí, cambiar el régimen social. Esa ingenuidad está en el propio Marx, pues tan convencido estaba que después de derribado el capitalismo vendría un reino de armonía, que no se detuvo a desarrollar ni una teoría de la transición ni de la justicia ni del Estado a la altura de los retos que vendrían. Una vez alcanzado el poder todo fue improvisación. De ahí que Lenin decidiera interpretar en cada momento el rumbo del proceso, mientras que otros marxistas le reprochaban las prisas y el no adecuarse a los ritmos marcados por Marx, convertido ya para entonces en oráculo.

— Por creer que bastaba con la creación de un partido único, regido por el centralismo democrático -donde la información circula de abajo arriba y las órdenes de arriba a abajo- para regular la sociedad y dar respuesta a sus evoluciones o aunar sus diferentes voluntades. Solamente pensando que hay una única verdad y que se está en posesión de ella puede postularse la existencia de un partido único.

— Por creer que nacionalizando los medios de producción y controlándolos desde el Estado se podrían satisfacer las necesidades sociales de manera más eficaz y abundante que en el capitalismo. Nacionalizar los medios de producción no significa socializarlos.

— Por creer que lo que servía para Rusia podía trasladarse a otros países con trayectorias diferentes, historias diferentes, cosmovisiones diferentes. Ésa fue la amargura de un Mariátegui alertando a los ortodoxos de la necesidad de un marxismo latinoamericano que no fuera “ni calco ni copia” del soviético.

— Por creer que un crecimiento ininterrumpido traería un reino de la abundancia que terminaría con todos los problemas humanos y sociales, ignorando la necesidad humana de trascendencia, el agotamiento del planeta y los problemas del productivismo heredado por la modernidad. En esta misma dirección, por incorporar la idea del “fin de la historia” y no entender que el socialismo también es histórico y que, por tanto, cambia con las sociedades, debiendo estar abierto para incorporar nuevas necesidades, por ejemplo, la sensibilidad ecológica.

El socialismo del siglo XXI debe enmendar todos esos errores complejizando los simples análisis que en el siglo pasado llevaron a cometer acciones políticas que hoy podemos leer como contrarias a un sentido común emancipador. De cualquier forma, el socialismo del siglo XXI mantiene el sustantivo. Es socialista porque se sitúa de manera clara y definida contra el capitalismo y la explotación que conlleva, incorporando ahora a la transformación social cualquier otro tipo de dominación: a la de clase suma la de género y la de raza, la medioambiental, la sexual, la generacional…En este sentido, el socialismo mantiene su condición de “aguafiestas” de la orgía prometida por el capital.

¿Cómo podemos soñar ahora el socialismo del siglo XXI? Lo sueño con estas características.

CON QUÉ NATURALEZA HUMANA

El socialismo del siglo XXI debe encontrar
una nueva definición de la naturaleza humana.

Esta definición no debe basarse en falsos supuestos de bondad o maldad. No somos ni ángeles ni demonios. El egoísmo y el altruismo forman parte de nuestra condición biológica. Hacer énfasis en uno u otro depende de la construcción social. Herencia de la Ilustración, el socialismo ha cometido el error de pensar que el ser humano no solamente era “bueno” sino que, además, era “perfectible”. Lo contrario, lo que planteó Hobbes, que el hombre es “un lobo para el hombre”, tampoco es cierto. El ser humano tiene un fuerte instinto de supervivencia que lo lleva a comportamientos individualistas y a comportamientos grupales.

Hoy sabemos que las circunstancias nuevas hacen más por la transformación que el supuesto “hombre nuevo”, el que durante el siglo XX cayó constantemente en vicios viejos. Las condiciones sociales llevan incluso a modificaciones genéticas. Pueblos que viven de plantar arroz en humedales han desarrollado alelos que les hacen más inmunes al paludismo. Todo esto explica la naturaleza social del ser humano.

Al renunciar a la polémica acerca de la bondad o maldad del ser humano insistiremos más en construir articulaciones sociales que entiendan que cuando los humanos nos separamos de cualquier responsabilidad social caemos más cerca de los 4 millones de años de nuestra condición pre-sapiens que de los 400 mil años en que culminó nuestra evolución como especie. Porque todavía no somos “humanos”, reforcemos los mecanismos sociales -sobre todo, los valores- para que caminemos en la senda evolutiva que nos permita alcanzar ese estadio superior que es el socialismo.

SIN VANGUARDIAS, CON DIÁLOGO

El socialismo del siglo XXI no se define desde las vanguardias, sino que se construye con un diálogo abierto y real, alentado y posibilitado por los poderes públicos.
La suma de las reivindicaciones emancipatorias de los movimientos sociales -las que no incorporen nuevos privilegios-, constituye el fresco general de la tarea pendiente del socialismo a comienzos del siglo XXI. Ya han pasado los tiempos en los que una vanguardia que se definía como tal a sí misma dictaba los contornos del futuro. La inteligencia real genuina es la colectiva -el lenguaje es colectivo-, y no se construye forzando a una homogeneidad obligatoria sino a través del encuentro voluntario entre las distintas emanci¬paciones.

Hacen falta pensadores, equipos de gente que propon¬gan ideas, expertos y técnicos que posean certezas acerca de la viabilidad de las propuestas en el corto, el mediano y el largo plazo. Pero solamente los pueblos tienen la inteligencia colectiva necesaria para saber qué es lo que quieren, cómo lo quieren y cuándo lo quieren. Pero no hay certeza alguna de que los pueblos acierten en su diagnóstico, entendiendo que la razón moderna, la forma hegemónica de pensamiento occidental, a menudo incapacita para ver qué se esconde detrás de los juegos de poder. En esa tarea de “deconstrucción” es importante que estén personas con capacidad de ayudar a salir de esos laberintos de confusión. Pero ayudar a salir no implica dirigir sino facilitar. Una de las tareas de la administración pública es coordinar. Para ello, debe impulsar las redes ciudadanas, universitarias, po¬lí¬ticas, sindicales, profesionales y sociales para construir entre todas el “mapa” que cartografíe este nuevo socialismo.

SE ARMA Y SE DESARMA

El socialismo del siglo XXI se debe armar a través de un diálogo abierto con la sociedad, los movimientos sociales, los partidos políticos, las administraciones públicas, y también con los poderes reales que aún gobiernan cada una de las distintas sociedades. Y porque se estará armando así, se estará también desarmando constantemente.

Esta pluralidad significa también que cada colectivo, pueblo, nación tiene sus propias características. El Estado no es igual en Europa que en África o América Latina. La iglesia no responde a las mismas inquietudes en España o Roma que en El Salvador o Colombia. No es igual la iglesia de los barrios de Caracas que la que representa a la jerarquía venezolana. Los partidos políticos o las reglas electorales no operan de la misma manera en todos los países. Cada Estado tiene sus reglas de comportamiento propias, así como especificidades que reclaman comportamientos diferentes.

La conclusión es que el socialismo del siglo XXI es dialéctico, está en constante construcción, está sometido a la contraloría constante del pueblo y al escrutinio de los técnicos y de los responsables políticos, que harán ver que no es lo mismo el sueño que la realidad y que confundirlo le corta las alas a la utopía. Esto supone, como obligación del Estado, una constante transparencia pública.

CON JUSTICIA Y CON LIBERTAD

El socialismo del siglo XXI ha aprendido de los errores del siglo pasado y ya no intercambia justicia por libertad.
Desde hace cinco siglos el capitalismo ha impuesto su lógica depredadora por todo el planeta, sometiendo a pueblos, naturaleza, clases, mujeres, indígenas, a todo tipo de miserias y reduciendo los intercambios humanos a intercambios de mercancías.

La oposición más elaborada al capitalismo fue el socialismo del siglo XX, pero cometió errores que alejaron de él a los pueblos. Sabemos que el capitalismo nunca hará auto¬crí¬tica, pero el socialismo, por su propia raíz crítica y su compromiso de sentido con la “verdad”, tiene que hacerla. El socialismo del siglo XXI ayudó a muchos pueblos y ese ejemplo sigue siendo válido. Pero mal se asumiría el esfuerzo de emancipación si, preservando la luz, no se hiciese un gran esfuerzo para desterrar las sombras.

La libertad individual debe ser base de la libertad colectiva, muy al contrario de la deriva totalitaria en que desembocó el socialismo en muchos países que enarbolaron su bandera. En nombre de la libertad futura no puede abolirse la libertad presente. El socialismo del siglo XXI refuerza el desarrollo de las personas y al mismo tiempo garantiza los derechos de los pueblos y de los colectivos.

El socialismo del siglo XXI es incompatible con los planteamientos represivos y disciplinarios que en el siglo XX, en especial en el ámbito soviético, asumió la izquierda. Ni el egoísmo debe impedir el desarrollo colectivo ni el colectivismo debe ahogar la libertad individual. Por eso necesitamos valores muy sólidos que formen y que informen. La mejor identificación de los pueblos debe ser con los proyectos que hay detrás de los valores. Los valores son los mapas con los que las sociedades se orientan. Si las sociedades tienen muy despiertos sus valores, ni el egoísmo individualista ni la pérdida de libertad individual echarán raíces en nuestras sociedades.

Una sociedad “politizada” es una sociedad que defiende en su vida cotidiana los valores que la informan. Siendo esto una tarea de todos, se hacen menos importantes las vanguardias, los gendarmes de la doctrina, los sacerdotes de la ortodoxia. La democracia de todos es el mejor antídoto contra la dictadura de cualquier tipo. Y democracia significa ciudadanía formada, consciente y responsable, ante la mirada despierta -no inquisidora- de todos los demás miembros de la comunidad que nos reclaman día a día nuestro compromiso como miembros de una colectividad.

CON ALEGRÍA

El socialismo del siglo XXI es alegre, pues ha aprendido que un socialismo triste es un triste socialismo.
Participar es trabajar de más. Pero esa participación no debe nunca articularse como un trabajo forzado, sino como la tarea de individuos libres que encuentran el sentido de la vida con los demás, aunque no en la disolución en los demás. Los griegos clásicos se referían a los que no tenían interés por lo público como idiotes. De ahí viene la palabra idiota. No hay nada más idiota que pensar que somos Robinsones en una isla en la que sobrevivimos por nuestra inteligencia y no porque hemos sido socializados, porque podemos disfrutar de lo que la sociedad ha creado antes que nosotros y para nosotros.

El individualismo es una ideología impulsada por un sistema, el capitalismo, que necesitaba individuos dispuestos a vender su mano de obra de manera individual en el mercado de trabajo. Por eso el capitalismo se impuso rompiendo todos los lazos sociales -comunidades, mutualidades, redes de solidaridad-, de manera que para sobrevivir las personas sólo tuvieran la salida de la proletarización. Apenas salvaguardó el capitalismo la red familiar como institución funcional para la reproducción del trabajo, transformándola en una unidad de producción y consumo carente de democracia interna para los hijos y las mujeres.

Somos pasión y razón, individuos y seres sociales, anhelantes de felicidad particular y dispuestos biológicamente, si el contexto lo permite, a compartir nuestra vida con la comunidad. El socialismo del siglo XXI no puede repetir una promesa de bienestar futuro a cambio de todos los sacrificios hoy. Cada vez que se alcanza un logro, un niño que sana o aprende, una persona que accede a un trabajo digno, una persona mayor que puede vivir en libertad porque tiene cubiertas las necesidades mínimas, una mujer que recupera su libertad cotidiana y su cuerpo, ahí estamos construyendo felicidad y alegría y, por tanto, estamos accediendo al socialismo del siglo XXI.

“Militar” en una organización no puede ser algo impuesto, oscuro, teñido de dolor y de entrega mártir. Hacer trabajo colectivo es un sacrificio, pero también es la satisfacción de la tarea bien hecha. Interesarnos por los demás, tener compasión, dar amor, no puede ser algo obligatorio. Debe ser algo que todos hacemos porque sabemos que nos hace más humanos, de la misma manera que el individualismo nos deshumaniza. La alegría no es acumular bienes -¿para qué querríamos riquezas materiales en una isla?-, sino acumular respeto, autoridad, amigos, satisfacción de la tarea bien hecha. El capitalismo acumula riquezas materiales, el socialismo del siglo XXI acumula pueblos contentos y alegres.

La utopía es concreta, nace de hoy, sueña sueños con los pies en el suelo. Pero sueña. Por eso, este socialismo incorpora las artes a sus formas de protesta. Sabe que la música, el teatro, la literatura, la pintura, las expresiones populares son formas de construir la alternativa. La risa es revolucionaria, de la misma manera que el llanto formará parte de esa lucha. Pero el llanto viene, no debe buscarse, mientras que la alegría y la risa son objetivos políticos. La condición gris del capitalismo, de la guerra, de la depredación de la naturaleza, del hambre, de la explotación del hombre por el hombre, debe contrastar con la explosión de vida mejor que promete el socialismo.

No hay sacrificio ahora para una supuesta felicidad después. Pero no hay que confundir este contrato social de alegría con el necesario esfuerzo que todo logro reclama. Para ver de más lejos hay que hacer el esfuerzo de subirse al árbol. Pero debe entenderse que cada vez que el socialismo recurra a la fuerza es porque habrá fracasado a la hora de encontrar los métodos que le son propios: los de la vida, los de la alegría.

CON LA EDUCACIÓN COMO META

El socialismo del siglo XXI apuesta por la educación como objetivo esencial.
Los pueblos cultos tienen más probabilidades de ser pueblos libres. Subdesarrollo e incultura vienen de la mano. La educación de los niños y la educación permanente de los adultos son herramientas que deben ser cuidada pues constituye su principal caudal de inteligencia y libertad.

Un nuevo socialismo tiene que plantearse una tarea principal que ya fue abordada por el socialismo del siglo XX: la alfabetización. Si en el siglo XX la alfabetización tenía que ver con leer y escribir, hoy debe incorporar también aprender a leer los medios de comunicación y a entender el mundo de la informática. Alfabetizar así forma parte de las tareas esenciales para crear una ciudadanía “armada” frente al “terrorismo informativo”. El fuego tardó en socializarse 300 mil años. El bronce, apenas 20 mil. Compartir los avances humanos en tecnología, medicina, ciencia, conocimiento es una señal de hominización. Los nuevos avances corresponden a la humanidad, pues son inventos sociales. Restringirlos a quienes pueden pagarlos los convierten en privilegio y los aíslan de la sociedad en donde nacieron. La apuesta tecnológica, obligatoria en un socialismo avanzado, debiera incorporar fórmulas de software libre que hagan accesible a todo el mundo los avances tecnológicos y culturales.

Al alfabetizar, hay que reconstruir una cultura alejada de la “cultura” del espectáculo, cuyo único fin es la mercantilización y el debilitamiento de valores solidarios. La cultura del ocio se ha convertirdo en mera distracción. Y si distraerse forma parte de la sal de la vida, transformarlo todo en distracción es una trampa para crear pueblos distraídos. Los medios, puestos al servicio de la mercantilización del ocio y de los intereses privilegiados, son “armas de distracción masiva” contrarios al socialismo del siglo XXI.

EN ARMONÍA CON LA NATURALEZA

El socialismo del siglo XXI es tan profundamente respetuoso con la naturaleza que se transformará en ecosocialismo.
El capitalismo separó a los científicos de la naturaleza. Hasta el siglo XX, después de las bombas de Hiroshima y Nagasaki en 1945, los científicos no fueron conscientes de que había una responsabilidad en lo que investigaban, no entendieron que no era cierto que ellos dejaban su responsabilidad cuando abandonaban el laboratorio.

La ciencia -corazón del movimiento ilustrado a partir del siglo XVII- prometió una emancipación que luego fue hurtada cuando se desligó del respeto a la naturaleza. El capitalismo hizo de la ciencia una mercancía más al servicio del capital y destrozó la naturaleza. El medioambiente no era algo con lo que convivir, sino algo a dominar y someter. El capitalismo siempre se ha ajustado por la parte más débil, que siempre era la parte que menos se quejaba. Naturaleza, niños, mujeres, pueblos más débiles, inmigrantes, esclavos son los que han garantizado que los poderosos vivieran cómodamente sin esfuerzo.

Pero hoy la naturaleza ha empezado a quejarse. El primer mundo ha agotado las reservas naturales, la biodiversidad, y ha puesto sus ojos en los países del tercer mundo que aún mantienen esa reserva de naturaleza. Pero sólo hay un planeta Tierra sobre el que todos tenemos una responsabilidad de supervivencia. El principio de precaución es obligatorio: si no se sabe el efecto de alguna novedad, usarla por el mero ánimo de lucro implica una imprudencia inmoral.

Los transgénicos son verdaderas armas de destrucción masiva. Multinacionales como Monsanto convierten a los campesinos en rehenes de las semillas que la multinacional vende en cada cosecha: sólo sirven para una vez, contaminan las semillas naturales, necesitan pesticidas y fertilizantes enemigos de lo natural y de altísimo costo. La naturaleza ha empezado a quejarse y tenemos que escuchar su grito. El mero productivismo en el que pensó el socialismo en los siglos XIX y XX ya no es válido.

CON REFORMA AGRARIA

En profunda relación con el cuidado de la naturaleza está la reforma agraria que desde hace decenios reclaman las poblaciones rurales de América Latina. Parcialmente realizada, fue la base del enorme impulso económico que experimentaron los “tigres asiáticos”. Una reforma agraria que garantice la alimentación de los pueblos y que revierta la transformación mercantil de ese derecho humano que es la posibilidad de alimentarse. Las grandes empresas de alimentación esquilman la tierra, agotan el agua, desertizan, hacen a los campesinos dependientes y, por encima de todo, condenan al hambre. Nunca como hoy fue tan posible alimentar al mundo entero, y nunca esa posibilidad se ha visto tan férreamente negada por los intereses de las transnacionales enquistadas en la política institucional.

Una reforma agraria que termine con la agroindustria de las multinacionales es uno de los principales retos del socialismo en el siglo XXI, pues es la garantía de que la supervivencia de los individuos y de la especie sea una realidad, hoy puesta en peligro por la mercantilización de los alimentos, el uso de transgénicos y pesticidas, así como la utilización del hambre como un arma de guerra por los países ricos o por grupos poderosos. En profunda relación con la reforma del agro, está el problema creciente del agua. Frente a los intentos -y a los logros- de su privatización, el agua debe ser declarada un bien público universal, al margen de su mercantilización, derroche o uso ineficiente. La prevención de la escasez del agua con que nos amenaza el siglo XXI desafiará la inteligencia humana del socialismo que viene.

Y frente al principio neoliberal de la liberalización de fronteras, que parte del supuesto de que los países deben especializarse en la exportación, un principio de prudencia ecológica nos invita a consumir productos de la zona en donde vivimos. Necesitamos una inteligencia “endógena” para un socialismo productivo, no productivista. Resulta profundamente absurdo, como está ocurriendo en Europa, que se consuman productos supuestamente ecológicos que se desplazan miles de kilómetros del lugar de producción para ser consumidos en otros países bajo el supuesto del respeto a la naturaleza. Como es igualmente absurdo el uso abusivo en los países cálidos de aparatos de aire acondicionado, que compiten en deterioro ambiental con el uso abusivo de las calefacciones en los países fríos.

CON LAS MUJERES

El socialismo del siglo XXI es profundamente femenino, consciente del mal uso o del uso insuficiente del caudal de las mujeres cometido durante toda la historia.
La Madre Tierra, la que renueva el ciclo de la naturaleza, la que trae la vida constantemente, ha tenido en las mujeres su más hermosa metáfora y su más castigado grupo. Desde tiempo inmemorial, las mujeres han visto su trabajo denigrado, su tarea minusvalorada, su esfuerzo rechazado, su cuerpo ultrajado. Trabajan a menudo el doble, en casa y fuera, siguen sufriendo la brutalidad de los hombres, la mayor carga de la familia, el abuso de su integridad física, menores sueldos, sometimiento sexual por parte de los hombres, ausencia de libertad para estudiar, para investigar, para crecer, para ser dueñas de su cuerpo.

Son “la mitad del cielo” y más de la mitad de la humanidad, pero su trabajo es desperdiciado porque los hombres -y también las mujeres- son educados en un patriarcado egoísta que se empeña en mantener el privilegio que tiene sobre ellas. Ninguna sociedad libre puede sostenerse sobre el desprecio a la mitad de su ciudadanía. Ninguna sociedad libre puede permitirse el lujo de infrautilizar a la mitad de su gente, a la mitad de su inteligencia y su coraje. Y porque los anteriores siglos han sido siglos de los hombres, es de justicia, como compensación, que el siglo XXI sea el siglo de las mujeres.

Mientras en las estructuras sociales sigan primando los hombres, las cuotas serán un elemento de justicia. Sólo cuando las sociedades incorporen los valores femeninos del cuidado, el respeto, la consideración con las generaciones futuras, la cooperación y el diálogo, estaremos en condiciones de avanzar en un socialismo que merezca ese nombre.

SIEMPRE EN BÚSQUEDA

El socialismo del siglo XXI no tiene una alternativa total al capitalismo de los siglos anteriores, pero ha desarrollado un claro conocimiento de qué es lo que no le gusta.
La apuesta central del socialismo es una sociedad integral, con la posibilidad de que sus miembros puedan desarrollarse en libertad hacia las cotas más altas de humanidad. Desde su perspectiva histórica, el socialismo siempre ha apostado por la emancipación de los menos favorecidos, de los más excluidos, contando a menudo en esta lucha con el compromiso de aquellas y aquellos que, aún no perteneciendo a los sectores más desfavore¬cidos, no quieren formar parte de una sociedad que los convierte, aún involuntariamente, en verdugos de quienes financian su bienestar con su trabajo y sometimiento.

El comunitarismo de Platón en La República, el sermón de la montaña de Jesucristo, el levantamiento de los esclavos dirigido por Espartaco contra Roma, la oposición a las Cruzadas, los movimientos campesinos del siglo XVI, la resistencia indígena contra la Conquista española y portuguesa, la Revolución Francesa, la independencia de América, el levantamiento de los negros en Curaçao, las revoluciones en Europa en 1830 y 1848, la Comuna de París, la Revolución Rusa, la derrota del nazismo, la Revolución Cubana y la Sandinista, el levantamiento Zapatista, el movimiento por otra globalización, la defensa popular de la V República en Venezuela, las revueltas indígenas en defensa de sus derechos y sus bienes naturales en Bolivia, Ecuador o Perú… son hitos que comparten un mismo principio: la resistencia de la mayoría frente a la dominación de unos pocos.

Aún no sabemos cómo es el socialismo del siglo XXI. Se está creando según se está pensando y actuando. Lo que sabemos es cómo no queremos que sea. Las fórmulas socialistas no siempre han funcionado, aunque también sabemos que el capitalismo nunca las ha dejado funcionar. Cualquier levantamiento contra el capitalismo, cualquier queja, cualquier alternativa, de los esclavos, los campesinos, los indios, los negros, los miles de levantamientos populares anónimos siempre han sido aplastados y masacrados. Hay que recuperar esa historia de resistencia, esa historia que siempre se ha pretendido ocultar, pues sembraba ejemplo para el presente y el futuro. El socialismo del siglo XXI tiene siempre a mano el ejemplo de resistencia, de protesta y de propuesta de los siglos anteriores. El socialismo del siglo XXI tiene muy fresca la memoria.

El socialismo del nuevo siglo debe “desbordar” al capitalismo, acentuar su condición contradictoria, acelerar sus callejones sin salida, usar sus recursos para demostrar su inhumanidad, su ineficiencia, su carácter depredador. Pero no hay que confundir este desbordamiento con el “cuanto peor mejor” que puso en marcha determinada izquierda en el siglo XX. No se trata de agravar las condiciones de pobreza, miseria, enfermedad o analfabetismo pretendiendo que así llegará antes el socialismo. Las avenidas del nuevo socialismo son grandes alamedas y ya hemos sabido que cuando se usan las mismas armas de los enemigos se termina pareciéndose demasiado a ellos. Se trata de acentuar las limitaciones del capitalismo en aras de que la población entienda que ese sistema es incapaz de construir un mundo sensato.

DESDE UNOS MÍNIMOS PARA TODOS

En muchos países parece más eficaz usar la ley y sus vacíos para lograr la subversión del sistema que utilizar recursos de violencia que, cuando carecen de apoyo y comprensión social, se convierten en mero terrorismo incompatible, con la condición humanista del socialismo del siglo XXI.

Habrá espacios donde se podrán probar alternativas radicalmente ajenas al capitalismo -evaluando siempre sus resultados-, pero habrá otros muchos espacios donde la vieja lógica deberá convivir con la nueva. En muchos países, por ejemplo, se está demostrando cómo fórmulas mixtas de cooperativismo, mercado y Estado han dado resultados mejores que fórmulas estrictas de intervención estatal en la construcción de viviendas populares.

La condición “experimental” de nuevas fórmulas es una obligación cuando se carece de modelo alternativo. Pero se debe ser muy cuidadoso para que los avances no se hagan sobre el sistema estricto de “ensayo y error”, que siempre tendrá damnificados. Las autoridades chinas, apoyadas en sus peculiaridades políticas, realizan esta experimentación con ciudades enteras, obteniendo una rica experiencia, pero sacrificando a muchísimas personas como conejillos de indias.

A medida que se vayan visualizando las nuevas vías, el socialismo del siglo XXI debe garantizar los elementos mínimos para que las actuales generaciones no vean sacrificada su posibilidad de una vida digna. Los poderes públicos deben hacer esfuerzos para garantizar un puesto de trabajo digno para todos -el desempleo es contrario a la idea de socialismo, incluso de humanidad- y fórmulas de renta básica garantizadas para todos los ciudadanos, incluidas las mujeres que realizan ese enorme trabajo no remunerado que es el trabajo doméstico.

El socialismo del siglo XXI empieza a pensarse desde unos mínimos que son el suelo desde el que empezar a pensar el nuevo sistema. Mientras los mínimos de educación, salud, vivienda, vestido, agua potable, luz y cultura no estén cubiertos, no se puede hablar de una sociedad que merezca tal nombre. En el frontispicio del socialismo del siglo XXI está la satisfacción de estos bienes, que serán considerados bienes públicos y cuya satisfacción es un compromiso del que debe responder toda la comunidad.

Para conseguir esto hay muchas fórmulas, sin olvidar que antes de que llegue el socialismo, hay que sentar las bases para la transición al socialismo. En esa transición, es esencial un buen sistema fiscal que permita la redistribución de los recursos a través de los impuestos. Igualmente, es obligatorio que el Estado controle los principales recursos energéticos y que garantice el suministro de los bienes públicos, con propiedad estatal o social de los medios de producción, con el fomento de la economía social y con redes internacionales complementarias tipo ALBA.

QUÉ TIPO DE VIOLENCIA

El socialismo del siglo XXI es violentamente pacífico.
El socialismo es pacífico porque la violencia va contra el sentido de la vida. La violencia -pensada y usada tradicionalmente desde la izquierda en oposición a la violencia estructural del Estado- debe ser replanteada, tanto por ética como por su utilidad o inutilidad histórica. Es más propio vencer convenciendo, construyendo hegemonía (Gramsci) y utilizando herramientas más humanas que desborden la violencia de los poderosos (Gandhi). Es más propia del socialismo en el siglo XXI la desobediencia civil que la lucha armada.

Un análisis riguroso de los conflictos bélicos durante los últimos dos siglos demuestra que, salvo excepciones en donde la población legitima esa resistencia de manera amplia, el recurso a las armas genera una espiral que sólo construye odio y más violencia. La experiencia del siglo XX ha demostrado que la fuerza siempre es la última razón del capitalismo en crisis. El socialismo del siglo XXI apuesta por la paz y entrega la responsabilidad de la solución de conflictos a los organismos de unas Naciones Unidas reestructuradas.

La violencia es un último recurso, pero en ocasiones también es un recurso. “Prefiero la violencia a la indiferencia”, dijo Gandhi. Nos repugna el uso de la fuerza, pero nos repugna aún más que una minoría con acceso a la fuerza robe la felicidad a los demás. La democracia debe defenderse y, aún más, debe dejar claro, como fórmula preventiva, que tiene la posibilidad de defenderse. Por eso es violentamente pacífica.

Nadie debe tener la posibilidad de abusar de los pueblos pacíficos. Por eso se arman también las democracias. Pero todo conflicto, toda guerra, toda agresión, sea ofensiva o defensiva, es un fracaso del socialismo del siglo XXI. Al igual que la buena medicina debe ser preventiva, la mejor violencia es la que nunca se usa. Por eso es importante todo el esfuerzo que se haga para prevenir conflictos, así como para reconstruir las Naciones Unidas como una organización capaz de luchar y de usar la violencia en nombre de la paz y la democracia. Para eso, es necesaria una reforma integral de la Organización de Naciones Unidas, el replanteamiento de la carrera armamentista -verdadera responsable del auge de las guerras-, del negocio de la guerra y de la existencia de países convertidos en gendarmes mundiales que actúan como bomberos pirómanos.

El papel de los militares está, por definición, dentro de los cuarteles. La lógica militar no es igual que la lógica civil, y siempre es mejor, desde una perspectiva democrática, civilizar a la milicia que militarizar a la sociedad. Como criterio general, aplicable siempre, la mejor arma es la que no existe, la mejor de las que existen es la que no se usa, y la mejor de las que se usan es la que limita al máximo el daño para conseguir el único fin que las legitima: la defensa frente a quienes quieren asentar sus privilegios sobre las espaldas de los demás.

QUÉ FRONTERAS

El socialismo del siglo XXI debe reconstruir y reinventar las fronteras territoriales, políticas y culturales, propugnando un nuevo orden internacional.
La globalización neoliberal es la utopía del capitalismo. Un mundo sin fronteras, una jungla sin reglas para beneficio del más fuerte. La gran mentira del capitalismo es decir que todo puede expresarse en forma de mercancías y que el mercado es capaz, autorregulándose, de organizar la sociedad mundial. El capitalismo neoliberal -como cualquier variante del capitalismo- necesita abolir las fronteras, las leyes laborales, la propiedad comunal, cualquier cosa que ponga freno a su deseo de individualizar, de transformar el mundo y todo lo que lo habita en meras mercancías que puedan venderse y comprarse. Pero la ineficiencia y la desigualdad que construye el mercado autorregulado son proverbiales. De ahí que sean esenciales las alianzas supranacionales basadas en la complementariedad y la solidaridad.

Como dijo Rousseau, ninguna democracia existe cuando un ser humano es lo suficientemente pobre como para venderse o suficientemente rico como para comprar a otro hombre. El capitalismo sin fronteras es el territorio ideal de los asaltadores de caminos, de bancos, de personas y de la naturaleza: roban aquí y allá y huyen sin moverse de sus sillones.

Las fronteras del Estado nacional han sido superadas por el desarrollo tecnológico, la complejidad social y la globalización. El Estado nacional ha sido sobrepasado en no pocos aspectos por abajo y por arriba. De ese Estado nacional hay que mantener algunas cosas, rechazar otras e ir más allá en otras. Proclamar el fin del Estado es una novedosa mentira del capitalismo cuando el Estado, convertido en Estado social y democrático de derecho, suponía un freno para la expansión del capital y el aumento del beneficio.

EL ESTADO NACIONAL HA SIDO SOBREPASADO

El Estado ha sido sobrepasado por abajo porque los ámbitos locales pueden desarrollar mejor determinadas tareas al estar más cerca de la gente. En la globalización, cuando las decisiones se alejan de la ciudadanía, hay que recuperar en todo su rigor el principio de subsidiariedad: lo que pueda hacer el nivel inferior que no lo haga el superior, garantizándose siempre que, cuando el nivel inferior no pueda cubrir algún aspecto, siempre estará atento el nivel superior para cubrirlo. En aspectos de gran relevancia, a menudo abandonados por la izquierda, el ámbito local es esencial, por ejemplo en la lucha contra el narcotráfico o la corrupción. Es en ese nivel de cercanía donde resulta más eficiente combatir las redes de corrupción que afectan a los propios cuerpos del Estado -funcionarios, policías, políticos-, pues el grado de información es mucho más alto. Igual ocurre con la planificación de la educación y la salud, incluso del empleo.

Por arriba, la superación del Estado tiene que ver con determinados asuntos que ya no pueden solventarse en el breve espacio de un Estado. Pero ahí coincide el desarrollo político con los deseos de los capitales internacionales. La teoría de las ventajas comparativas neoclásica dejaba de lado muchas cosas, principalmente las necesidades internas de los pueblos. Producir sólo para exportar no desemboca necesariamente en un mayor bienestar nacional. Crea élites exportadoras que condenan a los pueblos al hambre y al atraso. Por eso, hay que reconstruir las fronteras del siglo XXI, que necesariamente van a ser regionales. Esas nuevas fronteras deben ir por encima de las tradicionales fronteras políticas nacionales. Europa vio facilitada esa tarea debido a una terrible guerra que asoló el continente. En América Latina hace falta un ejercicio de humildad para entender la necesidad de rebajar el nacionalismo al tiempo que se ensalza y se respeta la nación. Se está más cerca de quienes trabajan por la emancipación en otro país que de quienes siendo nacionales luchan contra ella. Por eso hacen falta conexiones supranacionales y liderazgos supranacionales compartidos. La democracia en un solo país no es factible, y los países latinoamericanos sólo serán democráticos en tanto en cuanto sean un polo de poder basado en sus alianzas.

Hay que reconstruir nuevas identidades que integren más acá y más allá de lo que englobaban los Estados nacionales. La construcción de los Estados homogenizó y sometió a pueblos, razas y lenguas y las obligó a una única identidad. Y los Estados nacionales sobrevivieron alimentando las diferencias con los Estados más cercanos. El socialismo del siglo XXI debe superar esas diferencias basadas en intereses de particulares y encontrar los elementos comunes de zonas geográficas. Debe prestar especial atención a lo que puede sumar cuando sumar emancipe, y debe prestar atención a las diferencias cuando igualar reste identidad.

CREAR UNA OPINIÓN PÚBLICA REGIONAL

La construcción de nuevas identidades debe hacerse de manera participada y para ello es de gran relevancia la posibilidad de armar una “opinión pública regional”, algo más sencillo cuando se comparte el mismo idioma. En esta dirección, debe ir pensándose en la creación de redes regionales que compartan objetivos. América Latina debiera ir construyendo formas de encuentro entre partidos que puedan representar esa nueva opinión pública regional, partidos políticos que pertenezcan a una misma línea ideológica pero que operan en diferentes Estados. La posibilidad de crear una opinión pública regional pasa por crear medios de comunicación regionales.

Las nuevas fronteras deben protegerse de los ataques de quienes, en nombre del libre comercio, amenazan la industria, el campo y los servicios nacionales. No se trata de construir ninguna forma de autarquía, sino de entender, frente a la gran mentira de la apertura de fronteras -algo que nunca han hecho los países ricos-, que determinadas formas de protección interna son una garantía de bienestar.

Dentro de esta reconstrucción de las fronteras políticas, la democracia local es uno de los elementos sociales donde debe reinventarse una nueva alianza entre formas representativas y formas de democracia participativa. Los presupuestos participativos son una fórmula avanzada en esa dirección. En sociedades complejas -sociedades donde cada persona es un mundo que merece ser reconocido como tal- las respuestas de la administración no pueden ser “simplificadoras”.

El socialismo del siglo XXI da respuestas complejizadoras a problemas complejos. Simplificar significa, en este caso, ignorar que cada persona tiene una horma particular. Complejizar -lo que también “complica” y dificulta la tarea política- es entender que no puede meterse a toda la población en la misma horma, en el mismo saco, por mucho que eso facilite la tarea a los responsables políticos.

Es obligatorio también terminar con esos lugares “sin fronteras” que condenan a tantos países a la pobreza: los paraísos fiscales y las empresas transnacionales. Al tiempo que se postula desde el neoliberalismo un mundo sin fronteras, se crean reinos feudales protegidos por nuevos castillos y enormes fosos: los entramados jurídico-financieros, cuya entrada está vedada a los pueblos. Al igual que los derechos humanos dejaron de ser considerados como “asuntos particulares” de los Estados, los asuntos financieros, que condenan a la pobreza a continentes enteros, deben dejar de ser asuntos propios de empresas, organismos internacionales o Estados que reclaman su dominio para mantener sus privilegios.

CON UN TRIBUNAL INTERNACIONAL

El socialismo del siglo XXI tiene que reconceptualizar la riqueza y la pobreza, creando un Tribunal Internacional.
El nuevo orden internacional condena a la miseria a tres cuartas partes del planeta. A la manera del Tribunal Russell, que investigó los crímenes de la guerra de Vietnam, hacen falta tribunales internacionales que expliquen cómo la existencia de países pobres está íntimamente ligada a la existencia de países empobrecedores. Estos tribunales deben evaluar, con todas las partes, el costo del colonialismo, de las invasiones, del robo de materias primas, de la esclavitud, del comercio desigual, de la exportación de desechos tóxicos, del fomento de guerras y dictaduras.

Con urgencia debe enfrentarse el tema de la deuda externa y de la deuda ecológica. Sin un replanteamiento de esta desigualdad histórica, que aún hoy sigue lastrando en forma de deuda social el posible avance de los países empobrecidos es imposible pensar formas de socialismo para el siglo XXI. La pobreza y la miseria que ha creado y crea la deuda la hacen rea de un delito continuado de genocidio. El pago de la varias veces pagada, “inmoral y odiosa” deuda externa evita sembrar las bases y el mínimo de suministro de bienes básicos sobre los que sustentar la puesta en marcha del nuevo socialismo.

QUÉ DERECHOS HUMANOS

El socialismo del siglo XXI tiene que reconstruir la idea de los derechos humanos sobre la base del respeto a todas las culturas.
Occidente ha sido siempre una fuerza colonial imposibilitada, desde su razón moderna, para comprenderse, humildemente, como lo que es: sólo una expresión de la verdad humana. La forma de pensar de Occidente -la modernidad- le ha llevado a que, incluso cuando ha propuesto valores de carácter universal, haya impuesto directa o indirectamente sus valores propios, a partir del siglo XVIII, contaminados, además, de capitalismo voraz y estatismo homogenizador.

Los derechos humanos no son los derechos individuales del liberalismo que terminan, en nombre de una buena causa, siendo otro instrumento de opresión de unos países sobre otros o de unas ideologías sobre otras. Los derechos humanos deben reconstruirse como un diálogo entre los diferentes pueblos y culturas, entre las diferentes opciones políticas y las diferentes religiones.

Frente a propuestas de choque de civilizaciones, basadas en la supuesta incompatibilidad de valores y derechos humanos, el socialismo del siglo XXI debe hacer un esfuerzo por un diálogo de civilizaciones, que reconozca la inter¬culturalidad y la más eficaz construcción de la emancipación desde diferentes perspectivas que comparten, pese a los distintos presupuestos, un compromiso con una globalización alternativa. Frente a la mercantilización del mundo de la vida puesto en marcha por la globalización neoliberal, existe una rica variedad de respuestas, provenientes de culturas indígenas, de otras religiones, de distintas sensibilidades sexuales, que deben sumarse para recuperar ese amplio espacio humano hurtado por la mercantilización neoliberal.

Estos nuevos derechos humanos deben tener como orientación compartida la recuperación de un aspecto dejado de lado por la concepción liberal occidental de los derechos humanos: el derecho a la propia alimentación. El derecho a la vida se conculca de manera aberrante cuando tres cuartas partes de la humanidad no pueden alimentarse. De poco sirve el reconocimiento formal de la libertad cuando esa libertad no puede ejercerse porque faltan el alimento y la instrucción necesarios para construir una vida digna. De igual manera, el libre acceso a los medicamentos necesarios debe formar parte de una concepción de los derechos humanos que sea defendida por la ONU.

QUÉ MEDIOS DE COMUNICACIÓN

El socialismo del siglo XXI necesita articular sus propios medios de comunicación, orientados por los valores que deben sostenerlo.
Las alternativas durante el último tercio del siglo XX han sido, básicamente, o la indiferencia o la militancia total. La derrota de prácticamente todos los intentos de transformación radical del capitalismo y de la democracia representativa han polarizado a las sociedades entre amplias masas conformistas y pequeños núcleos concienciados a los que les corresponde la carga total del discurso y la práctica transformadoras. Esto, a menudo, lleva a que esas minorías que sostienen todo el peso de la propuesta emancipadora terminen sin fuerzas, ingresando finalmente en las filas del desánimo o construyendo pequeñas islas donde escaparse de la hegemonía neoliberal. La emancipación o se sostiene por amplios sectores de la población o se convierte en una tarea “ciclópea”, sólo asumible por heroicos gigantes que pueden terminar perdiendo su condición humana.

Para evitar esto, hay que masificar las propuestas socialistas. Y para eso es fundamental el papel de los medios de comunicación. Desde los años 30 del siglo XX, los medios de comunicación masivos -inicialmente la radio- se convirtieron en elementos esenciales tanto de propuestas reaccionarias -el nazismo fue experto en su uso- como de propuestas con rasgos emancipadores: los inicios del New Deal de Roosevelt tuvieron como principal vocero las “charlas al calor de la lumbre” que dictaba semanalmente el Presidente de Estados Unidos. En los años 60 y 70 los medios se pusieron de manera general al servicio del sostenimiento de la sociedad capitalista y de su constante necesidad de incrementar la demanda, en camino a lo que hoy son las sociedades de consumo.

La publicidad, como artífice de la sociedad de consumo, así como el resto de producciones audiovisuales, han ayudado sobremanera a construir un mundo individualista, centrado en la distracción, consumista, conformista y desarmado intelectualmente para enfrentar el esfuerzo de la transformación. El silencio de los medios sobre los estragos causados por el capitalismo, así como el ocultamiento de las protestas frente al capitalismo debilitan el nacimiento de otras resistencias.

Sólo con espejos del nuevo socialismo se podrán reflejar los nuevos valores, que deberán ser sostenidos por el conjunto de la sociedad y no por una minoría consciente, aunque, mientras tanto, le corresponda a esa minoría trabajar de más para extender esos valores. Sólo con medios de comunicación ajenos a los grandes entramados empresariales-financieros-políticos puede explicarse, proponerse, defenderse el nuevo socialismo. Sólo con medios que compartan los nuevos valores puede educarse a la ciudadanía en la defensa colectiva del nuevo socialismo. La información no puede consistir en el consumo pasivo de mensajes e imágenes provenientes de un único proveedor. Es un diálogo de ida y vuelta donde deben incrementarse los emisores, al igual que son plurales los receptores.

Los medios alternativos, locales, descentralizados y el libre acceso son requisitos para que el nuevo socialismo no caiga en el adoctrinamiento dirigido por una élite. Sólo una relación dialéctica entre lo local, lo nacional y lo global puede construir una ciudadanía que no caiga en la fragmentación y que evite también el error común de la homogenización y la negación de las identidades. Sólo con medios de comunicación ajenos a los intereses particulares podrán construirse opiniones públicas regionales -latinoamericanas, africanas, europeas, mediterráneas- que construyan la globalización alternativa, que provoquen la transformación.

Es en el ámbito cultural donde el ser humano despliega su máxima humanidad. De ahí que sea necesario romper con la cadena de amortiguamiento del dolor propia de la sociedad del espectáculo. La ecuación “doler-saber-querer-poder-hacer” debe transitarse para que exista transformación. Sin dolor ante el hecho social, ¿qué razones habría para el cambio? Por el contrario, cuando el dolor se conceptualiza, se convierte en saber y deja de entenderse como algo natural y necesario. El dolor se hace conocimiento, saber, y se percibe como algo enemigo de la vida digna. Una vez pensado el dolor y convertido en conocimiento, nace la voluntad, un querer acabar con el dolor, identificado en su fuente. Pero no basta desearlo. Surge así el momento político: el del poder y el del hacer. Para cambiar la lógica del dolor, repetida y enraizada en las instituciones sociales hace falta “poder” cambiarlas. Una vez que se tiene ese poder viene la transformación.

CON MÁS PARTICIPACIÓN POPULAR

El socialismo del siglo XXI sabe que a mayor participación popular, menor poder particular.
La democracia representativa ha construido entramados alejados de la ciudadanía. La ausencia de formas de democracia directa ha enfriado la democracia hasta convertirla en un procedimiento que termina ignorando su condición de gobierno “por el pueblo” y “para el pueblo”.

El reforzamiento de la democracia local devuelve a un nivel práctico la gestión de la política, hurtada por el Estado central, que es el que hace y deshace en los organismos financieros internacionales. Conforme se aleja el centro de toma de decisiones, más se debilita la democracia. La mayor información concreta siempre está abajo. La labor de coordinación del Estado, que es necesaria, tiene que articularse desde el principio de la subsidiariedad, de manera que las instituciones centrales sirvan como garantes -y tengan recursos- para poder cubrir lo que resulte insuficiente en el ámbito local.

El principal error del socialismo del siglo XX fue no confiar en la participación popular, asumiendo el Estado toda la responsabilidad. El Estado se creyó con legitimidad como para declarar enemigo del pueblo a todos los que fueran enemigos de ese Estado, que copió muchos errores del Estado burgués del que procedía. Compensar ese defecto de participación es el camino más seguro para evitar los errores que la lucha por la emancipación cometió en el pasado. Si la derecha orientó su política a acabar con lo que denominaron “exceso de participación”, la izquierda debe armar su propuesta guiándose por superar el déficit de participación en parlamentos, empresas, hospitales, administraciones, escuelas, universidades, organismos financieros, medios de comunicación, cualquier lugar donde la ley, el conocimiento, la fuerza o la tradición crean situaciones de poder y dominación.

CON REFORMAS, CON REVOLUCIÓN, CON REBELDÍA

El socialismo del siglo XXI debe saber conjugar reforma, revolución y rebeldía.
El viejo paradigma del capitalismo neoliberal está en crisis, pero el nuevo paradigma del socialismo aún no ha llegado. Habrá zonas en donde nos situemos con fuerza en la lógica del nuevo paradigma, pero también habrá situaciones en donde nos ubicaremos en la zona de transición.

Ante las enormes distancias entre los diferentes grupos de la izquierda, más atentos a lo que les separa y, por tanto, en constante debilidad frente a los sectores privilegiados, el socialismo del siglo XXI debe esforzarse por encontrar aquello que une a quienes luchan por la emancipación. Cada grupo debe traducir a los demás grupos en qué consiste su emancipación concreta, debe hacer comprensible a los demás el porqué su estrategia ayuda a mejorar el mundo. En vez de la crítica y el enfrentamiento entre supuestos intérpretes canónicos de la verdad, hacen falta gentes más humildes dispuestas no a hacerse fuertes en sus diferencias sino cooperativos en lo que comparten. Así hay grandes posibilidades de que se den saltos y de que esos grupos que hacen esa tarea de traducción construyan síntesis que superen tanto el problema como las diferencias que tienen entre ellos. La existencia del Foro Social Mundial, a diferencia de la proliferación de Internacionales Socialistas con sus diferentes credos e identidades, es un ejemplo de reconstrucción del socialismo del siglo XXI.

NI VOLUNTARISTAS NI CRISTALIZADOS

Pero ni se puede cambiar todo ni es necesario reinventarlo todo. Las sociedades llevan siglos luchando, con mayor o menor fortuna, y siempre existen aspectos que forman parte de sus victorias. Renunciar a esos aspectos es entregar fortalezas que nunca fueron rendidas. Por eso hacen falta dosis de reformismo, de gestión cotidiana de lo ya logrado. El ser humano no puede reinventarse todo todos los días. Un voluntarismo excesivo conduce a la frustración. Hay cambios sociales que sólo serán posibles en dos o tres generaciones.

Pero gestionar solamente una suerte de equilibrio total conduce a la cristalización. Como enseña la segunda ley de la termodinámica, todos los cuerpos vivos pierden constantemente energía, pero obtienen a cambio información y el cuerpo que no recibe información de que hace frío, calor, sensación de hambre, sed, peligro, termina muriendo pues no recibe estímulos para renovar la energía que siempre pierde. La clave de los cuerpos vivos es mantenerse siempre no “cristalizados”, en un equilibrio inestable, en constante interacción con su entorno. Los valores sociales deben encargarse de que la gestión de los logros no se revierta, pero hay espacios que no pueden estar en constante lucha. Son logros sociales que deben compartirse y cuidarse, pues pretender cambiarlos constantemente conduce a un gasto de energía muy alto.

Pero el reformismo sin revolución no vale. Una revolución es un programa de máximos, es el cambio profundo y urgente de aquello que frena la emancipación, el faro que orienta el trabajo diario, aun sabiendo que ese cambio no va a llegar de inmediato. Revolución es la utopía máxima, pero necesita anclarse en lo real para que pueda hacerse concreta. Ambos, reforma y revolución, separados durante todo el siglo XX, deben unirse ahora aprovechando la experiencia de los errores de su divorcio durante el siglo que acaba de marcharse.

LA REBELDÍA: UN ALMA DE LA IZQUIERDA

Pero reforma y revolución deben entender que hay una tercera alma de la izquierda que también deben incorporar: rebeldía. Esa alma libertaria que siempre genera preguntas incómodas y cuestiona cualquier conformismo. Frente a la reforma y la revolución, la rebeldía es el impulso espontáneo, sin jerarquías, atento a las identidades, irreverente, propio de movimientos sociales que nacen y desaparecen con la misma rapidez, una vez cumplida su función.

Rebeldía es la lucha perdida por Bakunin frente a Marx, por Rosa Luxemburgo frente a Lenin, por Trotsky o Gramsci frente a Stalin, por Roque Dalton frente al FMLN, por la poesía frente al catecismo. Es la aportación rescatada por el zapatismo, el “mandar obedeciendo”, es la desconfianza respecto de las estructuras, la apuesta por la asamblea, por la participación de todos, por el absoluto poder popular, por el control social que frene la corrupción, una de las principales lacras de la democracia en el siglo XXI. Rebeldía no es quitar una silla para sentarse otro, sino poner más sillas en la mesa.

Pero la rebeldía también tiene que aprender de la reforma y de la revolución, de la necesidad de estructuras, de partidos y sindicatos, de la necesidad de la gestión de sociedades complejas, de un orden internacional que no puede ahormarse en zapatilla de cristal alguna, de las dificultades de lograr una total politización de toda la ciudadanía todo el tiempo, de la necesidad de técnicos que orienten la realidad, de conjugar intereses globales, de la necesidad de articular el bosque una vez que ya existe quien cuide de cada árbol, de la obligación de contar simultáneamente con formas de democracia representativa y con elecciones, del rescate de aquellos elementos de la democracia liberal que no pueden dejarse como patrimonio de los poderosos porque fueron también los pueblos los que los lograron: los derechos civiles, políticos y sociales, la división de poderes, las libertades individuales y la justicia social.

COMO UN PUZZLE

Lejos de vanguardias y doctrinarismos, el socialismo del siglo XXI tendrá que defender las reformas y ralentizar en ocasiones su paso. Tendrá que orientarse por la revolución y acelerar la marcha cuando las circunstancias lo pidan, tendrá que entenderse rebelde cuando las frases hechas de la vieja gramática política frenen la emancipación.

No se trata de eclecticismo, se trata de dialéctica. ¿No es el reformismo el enemigo de la revolución? ¿Y no es la revolución el enemigo de la rebeldía libertaria? El socialismo del siglo XX estuvo lleno de etiquetas que impidieron la discusión. Nadie tiene el monopolio de lo que signifique revolución, rebeldía ni reformismo. Por eso el socialismo del siglo XXI se armará y desarmará, como un puzzle cambiante, de manera permanente. Sólo así crecerá más allá de los errores y los fracasos del siglo XX. Sólo así podrá ser cierta la promesa de emancipación que sembró el pensamiento ilustrado y que aún no ha sido cumplida.


PROFESOR DE CIENCIAS POLÍTICAS EN LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID. ASESOR DEL CENTRO INTERNACIONAL MIRANDA DE VENEZUELA.

ESTE TEXTO, EDITADO POR ENVÍO, COMBINA TRES DE SUS APORTES: EL TEXTO “EL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI: MODELO PARA ARMAR Y DESARMAR”, EL TEXTO APARECIDO EN LA REVISTA VENEZOLANA “SIC” DE OCTUBRE DE 2009, CON EL TÍTULO: “EL GRAN DEBATE DE LA VENEZUELA DE HOY – UTOPÍAS CON LOS PIES EN EL SUELO”, Y EL TEXTO “HACIA UNA FILOSOFÍA POLÍTICA DEL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI – NOTAS DESDE EL CASO VENEZOLANO”, QUE RECOGE REFLEXIONES DISCUTIDAS EN AGOSTO DE 2007 EN QUITO EN UN SEMINARIO INTERNACIONAL SOBRE EL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI.

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