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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 332 | Noviembre 2009
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Nicaragua

SOS por el cambio climático: ¿Qué haremos los jóvenes?

¿Están las autoridades y la población conscientes de que ya en Nicaragua se sienten los efectos del cambio climático? ¿Está ya en marcha algo que se parezca a un diálogo nacional sobre esta gravísima problemática? Es tiempo de actuar. Teniendo en cuenta lo que sentencia un viejo dicho: “Dios perdona siempre, los seres humanos perdonamos algunas veces, pero la Naturaleza no perdona nunca”.

William Grigsby Vergara

Estamos ya ante las evidencias de la crisis medioambiental, que afecta más a quienes vivimos en el subsuelo del mundo, en los países menos avanzados. ¿Cuánto aportamos nosotros en Nicaragua al cambio climático, si es que aportamos? ¿Cuál es nuestro futuro de aquí a diez, veinte o treinta años, según los pronósticos de los expertos? ¿Qué podemos hacer los jóvenes para cerrar las venas abiertas de una América Latina, que se desertiza desde México y se deshiela hasta la Patagonia, pasando por una Amazonia masivamente deforestada?

CON BUEN MARCO LEGAL, SIN VOLUNTAD POLÍTICA

Hace unos meses, en una charla con Envío, escuché al diputado del Movimiento Renovador Sandinista (MRS), Víctor Hugo Tinoco, hacer este comentario cuando le preguntaron sobre la situación medioambiental en Nicaragua: “Más que leyes nuevas para transformaciones profundas, lo importante es aplicar las leyes que ya tenemos. Un avance muy importante y reciente fue la Ley de Aguas, que establece la nueva Autoridad del Agua. Pero en Nicaragua después que aprobamos una ley, no la cumplimos. Tenemos muchas leyes buenas, pero se ignoran y se actúa por la vía de hecho. En este campo, como en otros, lo que falta es voluntad política. La problemática del país, incluida la problemática ambiental, requiere de un cambio de visión en el gobierno”.

Mijail Pérez, biomatemático y biogeógrafo de origen cubano, director científico de la Asociación Gaia en Nicaragua, coincide con Tinoco: “Efectivamente, tenemos un marco legal realmente bueno. Aquí está normado cuánto bosque se puede cortar de la ribera de un río para adentro, está la nueva ley de delito ambiental -un marco legal tan avanzado que parece europeo-, ya esta tipificada la contaminación por ruido en los barrios y se pueden poner denuncias… Sí, el marco legal es bueno, pero ¿se cumple? Lo que no se ha logrado desarrollar en Nicaragua es la voluntad política: la interacción y la sinergia entre las instituciones”.

Voluntad política no es sólo hacer algo, dar respuestas ante una problemática social. Es cómo hacerlo. En Nicaragua existe el Ministerio del Ambiente y los Recursos Naturales (MARENA), que actúa en áreas protegidas, pero si no trabaja con el Ministerio Agropecuario y Forestal (MAGFOR), el sistema de áreas protegidas de las que MARENA tiene más datos se reduce a un conjunto de “islas”. Mijail es incisivo con las autoridades responsables: “Yo trato de transmitirles siempre que hay que cambiar los modelos de producción. De lo contrario, este país ¡se va a la porra! Tenemos un 17% de áreas protegidas contra casi 50% de áreas productivas, y si no ponemos interés en la conservación del sistema productivo, no estamos haciendo nada. Hay que revisar esa relación. Revisarla es lo que significa voluntad política”.

Para el también licenciado en biología por la Universidad de La Habana y doctor en Ciencias por la Universidad del País Vasco, voluntad política significa trabajar en conjunto. Destaca, por eso, el acierto del actual gobierno del FSLN al crear el Sector Público Agropecuario y Rural (SPAR), para que todas las instituciones trabajen en equipo en las áreas más remotas del país. Y echa de menos que se hayan descontinuado otras buenas iniciativas de gobiernos anteriores. Dar continuidad a las iniciativas es lo que permite manejar proyectos de largo plazo de forma exitosa. Y eso también es “voluntad política”.

El MARENA necesita aproximadamente unos 12 millones de dólares para funcionar adecuadamente en las áreas protegidas y los problemas del gobierno con la cooperación internacional dificultan las cosas para futuros proyectos con los que enfrentar el cambio climático. Mijail enfatiza en esto, aunque responsabiliza de concretar proyectos no sólo al gobierno, también a los donantes y a la empresa privada: “Se trata de elaborar un mapa y preguntar a todos estos actores dónde quieren invertir, sin que eso signifique descuidar las zonas protegidas. Tenemos que empezar a ser mejores gerentes de nuestro país. Costa Rica, con mucho menos recursos que Nicaragua, ha explotado mejor sus ecosistemas, a pesar de que Nicaragua tiene mucho más que ofrecer”.

¿CON QUÉ CONTRIBUYE NICARAGUA
AL EFECTO INVERNADERO?

Aunque Centroamérica, por su tamaño, no contribuye prácticamente a los efectos del cambio climático global, Mijail Pérez piensa que, a lo largo y ancho de Centroamérica, se podrían tomar medidas radicales para mejorar a microescala algunas de sus consecuencias, como las lluvias. A escala global, el enfrentamiento al cambio climático se tiene que dar en las grandes superficies continentales, donde se presentan los problemas más graves: en África y América del Sur por unas razones, en América del Norte, Europa, parte de Asia y China por los históricos y hoy acelerados niveles de industrialización.

El protocolo de Kioto para la mitigación de los efectos de los gases contaminantes ha sido una de las iniciativas con más acogida a nivel global. Sin embargo, Estados Unidos -uno de los grandes contribuyentes al efecto invernadero que causan estos gases- no lo ha firmado. En Nicaragua, estos gases ya han comenzado a ser un problema. Hace unos años el parque vehicular era reducido, pero las deficiencias del transporte público, y la cultura del uso continuo de un vehículo propio -o a veces, más de uno por familia-, han cambiado el panorama y actualmente las emisiones de CO2 en Managua comienzan a ser significativas, con efectos a mediano y largo plazo.

Pero el mayor aporte de Nicaragua al efecto invernadero y a su propio cambio de clima es el avance de la frontera agrícola en beneficio de una ganadería extensiva. Nicaragua dejó de ser un país sumidero de gases contaminantes para convertirse en un país emisor desde el año 2003 y esto, fundamentalmente, por el avance de la frontera agrícola. Una práctica tradicional e irracional ha ido convirtiendo los bosques en pastizales para ganado. Además, el ganado, por su metabolismo, emite grandes cantidades de CO2 y metano a la atmósfera y esos gases son mucho más tóxicos si el ganado se alimenta de pasturas naturales y no de pasturas mejoradas, que tienen mucho más contenido nutricional y menos capacidad de contaminación.

BOSAWÁS:
UN MINI-PAÍS EN PELIGRO

En Nicaragua, hablar de deforestación a gran escala es hablar de Bosawás, un mini-país de 8 mil kilómetros cuadrados de bosque en la frontera con Honduras. Esta reserva natural está hoy en manos de colonos mestizos que provienen del Pacífico y de indígenas nativos que sobreviven de la Naturaleza con prácticas tradicionales de caza y pesca, sin destruir los recursos y sin agruparse demográficamente como una amenaza para el ecosistema, a diferencia de los mestizos, que han venido avanzando desde el este y el oeste causando graves daños.

En septiembre de 2007 el huracán Félix arrasó el Caribe Norte afectando también a Bosawás. Sin embargo, su ecosistema es muy agradecido y se ha recuperado rápidamente. Apenas se ven ya los efectos devastadores del Félix. Los árboles quedaron doblados pero siguen vivos, y aunque desde lo alto se aprecian claros, todo el banco de semillas quedó allí y ha revivido con las lluvias y la luz del sol. Es un proceso de resurrección biológica que se llama resiliencia: la potencialidad que tienen los ecosistemas naturales de reaccionar ante efectos tan destructivos como los de un poderoso huracán.

POR UNA CULTURA DEL AHORRO
CONTRA UNA INCULTURA DEL DESPERDICIO

Al adentrarme en estos temas, como alguien que vivirá en Nicaragua en los próximos treinta o cuarenta años, me interesaba qué podemos hacer los más jóvenes...

Mijail Pérez hace énfasis en el ahorro de energía eléctrica y de agua potable, con medidas que se toman cada vez más en serio en los países ricos y sobre las que crece la conciencia de la juventud de esos países. “Vos vas a una universidad en España -comenta- y ves detalles: en los baños los lavamanos tienen todos un dispensador de agua a presión que se cierra automáticamente. El agua no se derrocha. Este mini-sistema implica una inversión porque las llaves de este tipo son más caras, pero a la larga supone un tremendo ahorro de agua, especialmente donde existe una cultura de higiene generalizada. En cambio, en las universidades nicaragüenses te seguís encontrando continuamente con llaves de mariposa abiertas todo el día, desperdiciando agua en grandes cantidades. Sólo ver eso es un mal ejemplo, eso deseduca a la juventud”.

La tecnología debería concientizar a la gente joven. Si la juventud de Nicaragua conociera de estas tecnologías, tal vez presionaría a las autoridades escolares, y después a las universitarias, para que asumieran proyectos de este tipo. Lograr cambios en la juventud es más difícil cuando la gente joven está rodeada por la incultura adulta del desperdicio. Las formas y las horas de regar en las universidades y en los espacios públicos no son tampoco muy buen ejemplo. Se desperdicia mucha agua. A Mijail Pérez le preocupa la falta de conciencia que existe en Nicaragua sobre el valor del agua. “¿Cómo es posible que sea tan generalizada la costumbre urbana de refrescar aceras y calles en las tardes de los días soleados manguereándolas? O lavar los carros con manguera, en vez de usar baldes de agua...”

MUCHOS RECURSOS, POCA CONCIENCIA

Otro ejemplo de cómo ahorrar energía eléctrica, esta vez en edificios públicos de otros países: “Tienen luces con receptores de tacto: tocas el switch, la luz se enciende y al ratito se apaga. La inversión es alta, como con los dispensadores de agua a presión, pero se ahorra muchísimo. Yo pienso -me dice Mijail- que si los chavalos nicas empezaran a ver y a usar estas tecnologías desde la escuela, con eso ya iniciaría un cambio. No se trata de ser pinche, se trata de crear una cultura del ahorro bien entendida. Y donde más pega toda nueva cultura es en las mentes más frescas, en las de la gente joven”.

Nicaragua es un país que tiene demasiados recursos naturales. Y por irónico que suene, esto representa un gran problema, porque eso nos dificulta el tener conciencia de que debemos cuidarlos. Bosawás es una mina y el lago Cocibolca también, pero lo estamos contaminando. La ciudad de Granada no tiene todavía un sistema de tratamiento de aguas residuales y los granadinos están destruyendo su recurso más preciado. Pero no todo está perdido: “El Cocibolca es salvable”, sostiene Mijail Pérez.

Otra zona de importancia clave, vital, que hay que rescatar para preservar nuestro medioambiente es Tisma, zona de humedales bajos que hace un gran aporte al manto freático que conecta nuestros dos lagos, el Cocibolca y el Xolotlán. Sin embargo, los productores que trabajan en las costas siguen contaminando las aguas con agroquímicos, el transporte fluvial también contamina y la gente que navega echa todo tipo de basuras al agua sin reparar en que ensucia una fuente de agua semipotable.

¿Y LA JUVENTUD RURAL?

Frente a tan palpable problemática ambiental, ¿qué puede hacer la juventud rural para evitar ser la más afectada? ¿Qué tan informada está sobre el cambio climático y sus efectos? ¿Cómo insertarla en algunas de las actividades ecológicas que ya emprende cierto sector de la juventud urbana?

Mijail Pérez piensa que, a causa del analfabetismo que impera en el campo -alfabetizarse no es sólo leer y escribir lo más básico-, sumado a la falta de acceso a instrumentos tan valiosos como la televisión por cable o Internet, la información de la que dispone la juventud rural es muy limitada, muy escasa.

Sin embargo, es la juventud rural la que conoce más de cerca los efectos del cambio climático aunque no les haya puesto la etiqueta específica. “Hay niños y niñas en Boaco -relata-, en la zona de san José de los Remates, que tienen que caminar muchísimo para conseguir agua. En verano, esta zona se pone sumamente seca. Estos niños están clarísimos de que hay que hacer algo. Lo ideal es ofrecerles una solución para que entiendan que pueden comer sin necesidad de cortar árboles, porque si cortás uno, cortás el siguiente y así empiezan los procesos de desertificación. El joven finquero ve también los problemas de la falta de agua, ve que el pasto para dar de comer a las vacas no crece”.

“Un drama infantil rural que me estremece -dice- es el de los niños concheros, que tienen que meter las manos en las raíces de los mangles para arrancar las conchas que crecen abajo. Se les revientan los dedos, los zancudos los devoran y si la panga que los va a buscar no los encuentra fuera del agua, se pasan la noche entera en el manglar. La madre de un niño conchero te dice que no quiere ese trabajo para su hijo, te dice que es un trabajo para animales...”

OBLIGADOS POR FUERZA A ADAPTARNOS

Para conocer más del cambio climático y de las alternativas con las que los jóvenes podríamos enfrentarlo, me acerqué al científico -también de origen cubano- Antonio Milán, consultor del MARENA y arquitecto por la Universidad de La Habana.

Para Milán, son muchas las cosas que se pueden hacer en el corto, en el mediano y en el largo plazo. Lo primero es tomar conciencia del problema y de su magnitud para ir creando una voluntad internacional que comience con el cumplimiento del protocolo de Kioto para la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. Actualmente, la reducción prevista hace diez años ya es insuficiente y debería ser, como mínimo, del 20% para el año 2020 y del 60% para el 2050. De lo contrario, no seremos capaces de estabilizar las concentraciones de CO2 por debajo de las 400 partes por millón, que es lo aceptable.

Tomar conciencia es entender la paradoja de que mientras los países desarrollados emiten CO2 para enriquecerse, nosotros deforestamos y emitimos CO2 para empobrecernos. Las emisiones de Nicaragua apenas representan la insignificante cifra del 0.03 % de las emisiones mundiales. La responsabilidad principal de la juventud nicaragüense sería contribuir a crear conciencia y sumar esa conciencia a la que ya tiene mucha juventud mundial, cerrando filas con ella.

Según Milán, Nicaragua está obligada a una adaptación forzosa, a asumir responsablemente sus riesgos porque vivimos en una zona vulnerable y en un país pobre, dos características más que suficientes para que los desastres naturales nos causen mayor daño. Esto nos exige entrenarnos en sistemas de alerta temprana para evacuar poblaciones de lugares peligrosos. “Si nos adaptamos a una sequía anunciada, si utilizamos los métodos tradicionales de buen uso del agua, si manejamos sosteniblemente los suelos para impedir su degradación, si evitamos la quema de suelos, si no contaminamos nuestras fuentes de agua potable, si las políticas públicas tienen como meta cuidar los recursos naturales, estaremos adaptándonos y actuando responsablemente”, dice Milán.

“EL VACÍO QUE TENEMOS”

En los últimos años se ha visto un proceso lento pero importante, aunque no masivo, de toma de conciencia de la juventud nicaragüense. Universidades como la UNI, la UAM, la Univalle, entre otras, se han sumado a esfuerzos que también comparte la Universidad Centroamericana (UCA) para empezar por algo tan sencillo como clasificar la basura en desperdicios orgánicos e inorgánicos. La UCA también ha ubicado en todo el recinto universitario mensajes que convocan a cuidar el ecosistema. También se han hecho esfuerzos por crear ecoclubes y editar boletines sobre el cambio climático y otros temas “verdes”.

Milán considera insuficiente todo esto y considera que es necesario plantear estos problemas a la juventud de forma sistemática. Actualmente, no son parte de ningún pensum y sólo existe una especie de currículo para primaria elaborado por el MARENA. “Es algo muy elemental -dice-, que no llena el vacío que tenemos”. Además, estos temas se tocan a menudo desde la óptica de la confrontación política y no desde la óptica educativa. Los medios de comunicación, escritos, radiales y televisivos, tienen aún mucho que hacer.

Además de señalar la falta de voluntad política y el incumplimiento de las leyes que ya existen, Milán enfatiza lo financiero: “Los recursos que destina el gobierno al sector ambiental son los más bajos. El inspector ambiental -el que tiene como función hacer cumplir la ley en un departamento- cobra 2,500 córdobas mensuales (($125). El MARENA es el ministerio que menos recursos recibe en el presupuesto nacional. El 80% de ese Ministerio vive de la cooperación externa”.

UNA TAREA PARA LA JUVENTUD UNIVERSITARIA

A pesar de todo, cierta parte de la juventud urbana ya está informada sobre lo que nos espera en un mediano plazo. Pero, ¿y esa juventud rural que vive en los hondos valles, en los bosques y selvas tropicales del norte, que cobijan las barbas espesas de árboles enramados llenos de animales exóticos? Ese mar de chavalos y chavalas campesinas desconectados del Internet, la televisión y los libros, ¿conoce el peligro al que se enfrentan, están preparados para hacerle frente al cambio climático? ¿Cómo capacitarlos?

Milán considera que la juventud campesina no sabe de las amenazas del cambio climático y mucho menos tienen conciencia de esta amenaza las comunidades indígenas más remotas. La estructura de nuestras comunidades indígenas se ha basado tradicionalmente en la autoridad del Consejo de Ancianos. Mucha de esa autoridad la han cimentado a lo largo del tiempo en el conocimiento del clima, en la experiencia de saber cuándo lloverá o habrá sequía, cuándo sembrar y cómo hacerlo. Hoy, cuando el clima es cada vez más inestable y menos predecible, esos ancianos están perdiendo autoridad. En opinión de Milán, la confusión que genera el cambio climático puede estar produciendo descomposición social en las comunidades más tradicionales.

“Va a hacer falta una campaña de alfabetización en estos temas -dice-, pero nada se está haciendo para capacitar a las comunidades rurales, que es a donde tiene que llegar la información. Yo siento que sería la juventud urbana universitaria la que mejor podría desarrollar campañas de este tipo. Yo sería un entusiasta en brindarle conocimientos a la gente joven si se decidiera a viajar a los departamentos para dedicar tiempo a sus compatriotas campesinos informándolos de estos temas. Tres, cuatro, cinco días serían suficientes para comunicarles lo esencial y alertarles sobre el peligro que implica el cambio climático. Y después, dejarles una cartilla sobre cómo luchar contra la sequía, ante un huracán, cómo emplear sistemas de alerta temprana… Mecanismos de capacitación sencillos serían eficaces para entender y reaccionar”.

OPTIMISMOS, PESIMISMOS...

A pesar de todo, Milán es optimista: con buenas inversiones, en unos años Nicaragua no tendría necesidad de consumir combustibles fósiles para generar energía. El potencial hídrico, eólico y geotérmico del país puede producir el doble de lo que hoy consumimos en hidrocarburos. No cree necesario que tengamos que acudir a los biocombustibles: “Tenemos una población de menos de 6 millones de habitantes y apenas el 10-15% tiene vehículo propio”.

Pero también está muy preocupado con el avance de la frontera agrícola, la deforestación y la devastación de zonas ecológicamente vitales como Bosawás y Muzún. Actualmente está en marcha una campaña nacional de reforestación de zonas del Pacífico afectadas por el avance de la frontera agrícola y la quema de suelos. La nueva vegetación fijaría carbono y el proceso de contaminación se revertiría en unos quince años. “El principal aporte de Nicaragua para frenar el calentamiento global es reducir drásticamente la defo¬resta¬ción en la que hemos estado históricaemnte empeñados”, dice Milán.

¿CÓMO SERÁ NUESTRO MAPA?

¿Qué será de Nicaragua si seguimos despalando bosques? ¿Qué rostro tendrá nuestro mapa en un futuro no muy lejano? Según Milán, hay escenarios optimistas y pesimistas. Si en los próximos veinte años no hay un cambio drástico a nivel global, estaríamos en el peor de los escenarios y Nicaragua podría registrar a finales del siglo 21 un incremento de temperatura de hasta 5 grados centígrados.

Las consecuencias serían desastrosas. Muchos territorios se convertirían en desiertos, habría sequías colosales, pérdida sistemática de biodiversidad, emigración de especies animales y de seres humanos -refugiados climáticos- y graves conflictos sociales por el acceso al agua en regiones totalmente desertificadas. Con una temperatura así aumentada, desde Nagarote hasta Chinandega se convertiría en un espacio semidesértico y los cultivos padecerían de una gran escasez de agua. La población emigraría hacia los lagos del Pacífico en busca de agua.

Existe también un escenario B, si hay una rectificación global a tiempo y si se priorizan en todo el mundo formas de desarrollo sostenible. Si en los próximos diez años se lograra la reducción del 60% de las contaminantes emisiones actuales, a finales de este siglo el cambio climático no sería más peligroso de lo que ya lo es hoy. Milán advierte que, aun en este mejor escenario, ya estamos sufriendo un fenómeno que se llama inercia térmica, que afecta a todo el planeta y hace irreversible el actual calentamiento de los océanos, la elevación del nivel del mar y el deshielo de los polos.

POCA VOLUNTAD, POCA INVERSIÓN EN EDUCACIÓN

Un futuro mejor debemos materializarlo nosotros los jóvenes. Para entender si estamos tomando esto en serio, me acerqué al Club de Jóvenes Ambientalistas (CJA), una ONG que nació en 1996 y que lleva trece años trabajando directamente con jóvenes en educación ambiental, participación ciudadana y denuncias ambientales, tanto en cumbres internacionales como en foros regionales.

El director ejecutivo del CJA es Raomir Manzanares, extensionista agrario por la Universidad Nacional Agraria, técnico en agronomía, activista social y secretario general del MARENA en 2007, un hombre con una gran fe en los ecoclubes, que integran ya a 1,580 jóvenes de diversas zonas del país, que están siendo capacitados en conciencia ambiental.

Manzanares coincide en la falta de voluntad política que existe en el país para enfrentar la crisis ecológica: “Esta voluntad no se consigue de forma rápida cuando no han existido procesos de verdadera concertación”. En la formulación y aprobación de la Ley de Aguas influyó el movimiento de ambientalistas, en conjunto con cooperativas de mujeres y con asociaciones diversas de las áreas protegidas. Después de lograr la ley, el CJA dejó en claro que los retos que plantea son urgentes, si no queremos que, como otras leyes, se quede empolvada en el olvido. Para que esta ley funcione es crucial el nombramiento de la Autoridad Nacional del Agua. Sin embargo, hasta la fecha los diputados sólo entrevistaron a tres candidatos, sin elegir a ninguno.

El gobierno invierte muy poco en divulgación de temas ambientales y, específicamente, en alertar sobre la amenaza del cambio climático. Quienes han respondido a este desafío han sido las ONG respaldadas por la cooperación internacional y la sociedad civil organizada, sectores de la población con las que el gobierno actual nunca se sienta a hablar.

El movimiento de jóvenes ambientalistas y sus principales líderes trabajan en casi toda la franja del Pacífico y en cuatro municipios del norte, desarrollando alianzas para dar a conocer la problemática del cambio climático en las zonas rurales. “No bastan jornadas, debe ser un proceso permanente que asuma el ministerio de educación -subraya Raomir-. Ya se habla del cambio climático en las escuelas secundarias de los colegios públicos, pero es necesario ir más allá y lograr un trabajo interinstitucional con todos los ministerios”. Nicaragua tiene otro vacío por la ausencia de la Comisión Nacional de Educación Ambiental (CNEA), diseñada en la Ley general del medioambiente para orientar y asesorar a las instituciones estatales en programas de educación ambiental. Pero aún no ha sido conformada.

“ÉSTE NO ES UN TEMA SECUNDARIO”

Raomir Manzanares señala con preocupación la emigración de la juventud de las zonas rurales por falta de alternativas. Es el caso de los jóvenes zafreros, que ya están sufriendo las consecuencias del cambio climático, por la inestabilidad en la producción y en las cosechas. La mayoría de los cortadores de caña no tienen más de 20 años. Desertan de sus familias y se van a la zafra de El Salvador o de Costa Rica en busca de mejores oportunidades. Considera que la población campesina sí está informada sobre el cambio climático y sus consecuencias, pero no está siendo capacitada para enfrentarlas. El gobierno propone a los Gabinetes del Poder Ciudadano para “dar respuestas”, pero los jóvenes rurales desconfían de las propuestas politizadas. “El joven campesino puede ser ingenuo, pero no es tonto, sabe cuándo la política se mete en los asuntos cotidianos y lo mira peligroso, entonces prefiere tomar distancia”, comenta Raomir.

Para él, la mejor alternativa que ofrece el CJA es el proyecto “Buscar un pacto por la vida”. El medioambiente no se puede ver únicamente como un tema social secundario que depende de la responsabilidad social corporativa de una empresa o que ocupa el número siete u ocho de la propuesta de un partido.

“¿Cuánto le da anualmente el gobierno al MARENA? Una miseria poco divulgada”, advierte Raomir. El MARENA debe ser priorizado como entidad reguladora de las actividades económicas. Hay que ponerlo en el centro. De lo contrario, “ésta es una lucha entre tigre suelto y burro amarrado: vos estás buscando cómo proteger el mañana y el sector económico te lo va comiendo hoy”. El medio¬ambiente debe ser prioridad en la agenda de todos los sectores de la sociedad. El “pacto por la vida” trata de hacerlo, colocando el estado de nuestro planeta en el centro de las preocupaciones de la juventud.

NOS TOCA A LA GENTE JOVEN

La juventud urbana y la juventud rural viven formas de vida muy distintas y, por eso, perciben la problemática medio¬ambiental de maneras también muy diferentes. Según Raomir, el joven rural es mucho más sensible, es más receptivo y rápido de movilizar, mientras que el urbano es más cuestionador y difícil de liderar, no le gusta subordinarse a nadie y prefiere organizarse por su cuenta. “La gente joven de la ciudad decide limpiar la laguna de Xiloá y hace todo un plan, pero no quiere a nadie al frente del proceso. La gente joven en el campo es diferente, respeta mucho las jerarquías sociales. El joven urbano es más rebelde, más exigente, rechaza el protagonismo de los adultos, no le gusta recibir cátedras científicas y prefiere informarse por sí mismo. Es autosuficiente”. Resulta muy complejo unir a ambas juventudes para que trabajen juntas.

Y tendremos que trabajar juntos todos, jóvenes y no tan jóvenes. La ONU concluyó el 23 de septiembre una cumbre de un día sobre el cambio climático. Unos cien jefes de Estado y de gobierno en la reunión más numerosa de la historia reflexionaron sobre esta amenaza global. El secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, urgió a los líderes mundiales a actuar con urgencia para garantizar el éxito de la aún más trascendental conferencia de la ONU sobre el clima mundial que se celebra en Copenhague en este diciembre.

La urgencia no es de los líderes, es de todos. Los jóvenes debemos hacer algo por el planeta. ¿Repetiremos la historia de los dinosaurios? A diferencia de ellos, desaparecidos hace 65 millones de años, nosotros estamos dotados de una inteligencia que nos puede salvar a tiempo. Los jóvenes debemos hacer algo por Nicaragua, favorecida con un ecosistema riquísimo que no hemos sabido cuidar. ¿Nos tocará sobrevivir en un triángulo desértico en la geografía de un planeta alterado irreversiblemente?

ESTUDIANTE DE DISEÑO GRÁFICO.

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