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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 328 | Julio 2009

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Nicaragua

Las diez fotografías que estremecieron los años 80

Pudiéramos haber elegido diecinueve fotos. O treinta u ochenta… No menos de diez. Y aquí están: diez instantáneas de diez momentos de la revolución sandinista, que quedaron en la historia y persisten en nuestra memoria. Es nuestro homenaje a la revolución, en la que participamos y a la que contribuimos.

José Luis Rocha

¿Habrá otro hecho histórico que haya dividido tanto la opinión pública nicaragüense como la revolución sandinista? Las bifurcaciones ideológicas y biográficas -que determinó siendo por ellas determinada- persisten incrustadas en la piel, nervios e hígado de quienes las experimentaron con entusiasmo febril o las padecieron como trágico sino. Para la revolución sandinista -acaso para toda revolución- no hay medias tintas. Las más célebres metáforas la presentaron como “la noche oscura” o el “amanecer que dejó de ser una tentación”. El parteaguas de 1979 disparó la migración internacional y escindió las percepciones de lo que estaba sucediendo en los dos colores de la bandera sandinista: el rojo del proyecto socialista y el negro de la noche oscura.

Unos asocian el sandinismo con cadáveres, largas filas, racionamiento, represión política, mediocridad académica, anarquía financiera, colapso económico, big crunch de la empresa privada, totalitarismo y sometimiento servil al bloque soviético. Otros lo asocian a caudalosos ríos de leche y miel, jóvenes heroicos martirizados por una causa justa, distribución equitativa, sana aunque deficiente fiscalización estatal, expansión de los servicios sociales, estudiantes notables becados en países socialistas, atención médica más que calificada en Alemania y Cuba, poder popular, reducción del analfabetismo y lucha de un diminuto pero astuto David contra un fiero e inmisericorde Goliat imperial.

NO HAY AÚN UN BALANCE,
PERO SÍ HAY ESCENAS Y PUEDE HABER REFLEXIÓN


Muy pocos ensayan un balance entre las dos visiones, con sus caleidoscópicos millares de combinaciones y permu¬taciones. ¿Será posible ese balance del mejor y el peor de los tiempos, de la época de la sabiduría y de la bobería, del período de la fe y la incredulidad, de la era de la luz y las tinieblas, de la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación? ¿Hemos alcanzado la suficiente distancia para analizar en frío y ponderar efectos de largo plazo? Las perspectivas de los intereses desiguales tiñen de ambigüedad muchos hechos. Muchos hablan del legado del sandinismo y se esfuerzan en amasar evidencias de los cambios persistentes, pero tropiezan con hechos tan desalentadores como el siguiente: el gobierno revolucionario no cambió una coma al Código del Trabajo que el viejo Somoza hizo aprobar en 1944. Tropiezan también con las transformaciones de los 90: El huracán “Violeta”, con el beneplácito y lucro de muchos miembros de la cúpula sandinista, sirvió a los nuevos y antiguos corbatudos con la cuchara grande, bajo la cobertura procedimental e ideológica de la privatización, el fundamentalismo del mercado y un abanico de valores que hacen sonar como trasnochadas las antes sagrada palabras “solidaridad”, “autodeterminación”, “anti-imperialismo” y “lucha de clases”.

Antes que recoger fragmentos de un legado por esclarecer, prefiero recordar que la historia no es tan lineal y evolutiva como quisiéramos, sino que se compone de pellizcos al infinito que unen lo trivial a lo sublime, como pudo captar el poeta español José María Valverde en una fiesta patronal nicaragüense en la que participó durante los años 80 en San Carlos:

tras los figurones danzantes, iban carros
de bueyes con letreros; y uno, “Peor es nada”,
me dio la metafísica de la revolución.


Con el aperitivo de 10 fotografías, en lugar de balance y fragmentos de un legado, ofrezco un recuento de ciertos hechos y algunas reflexiones que buscan reproducir algo del indefinible sabor de la época, una pizca de la autenticidad de aquella revolución, sin ocultar que la Nicaragua sandinista también incluía una Nicaragua crecientemente anti-sandinista. Las fotografías elegidas y las reflexiones muestran sólo algunos hechos -compuestos de muchos olvidos y pocas remembranzas- que señalan hitos en la ruta que hicimos y seguimos, pero que en todo caso nos llevó hasta aquí, hasta ahora, hasta lo que somos.

PRIMERA FOTO: DERRIBANDO LA ESTATUA ECUESTRE

No hay foto que exprese de forma más sintética la ruptura de la barrera del tiempo histórico que la destrucción del monumento ecuestre que el General Anastasio Somoza García se erigió a sí mismo en 1954. Estaba emplazado en el estadio nacional, que se llamaba Estadio Somoza. Enfrente estaba la Colonia Somoza. Somoza junto a Somoza sobre Somoza frente a Somoza bajo Somoza ante Somoza. Somoza y más Somoza.

Todo en Nicaragua se había ido somoceando en 43 años de dictadura dinástica. Cada día llovían sobre la estatua las inocuas saetas de miles de miradas preñadas del odio de todas y de todos los que en sus alrededores deambulaban. Pero parecía quedar tan firme e inamovible como el régimen que simbolizaba. Muchos habían decidido convivir con ambos. Y así el país se pobló de sapos y zancudos. Los zancudos simulaban una disidencia que hacía el juego -e inyectaba una desteñida legitimación- al régimen. Los sapos delataban a los disidentes verdaderos.

Y TODO FUE REBAUTIZADO

Sin embargo, como advirtió Sergio Ramírez, aun cuando “el de Somoza era un descomunal y brioso corcel, de anchas nalgas y copiosas crines, tal como quedó plasmado en la estatua ecuestre que el pueblo derribó un buen día, jinete y caballo resultaron ser huecos, como se vio por los pedazos de la estatua. El dictador montaba con garbo, agarrando las riendas como agarró siempre las del país, al que, como sabemos, mantuvo siempre a mecate corto, y nunca a rienda suelta”.

Pocos barruntaron la fragilidad de la estatua y del régimen. Quizás tuvo más que un atisbo de ello Ernesto Cardenal cuando profetizó su destrucción en uno de sus más certeros epigramas, donde pergeña un presunto discurso del dictador Somoza, inusitadamente lúcido:

No es que yo crea
que el pueblo
me erigió esta estatua

Porque yo sé mejor
que vosotros
que la ordené yo mismo

ni tampoco
que pretenda pasar
con ella a la posteridad
Porque yo sé que
el pueblo la derribará
un día


El terremoto de 1972 apenas quebró una pata del caballo. El pueblo la descoyuntó todita el mero 19 de julio de 1979. Defenestró al tirano y empezó a triturar los fragmentos del Ancient Régime. Y, como en la revolución francesa, madre y maestra de las revoluciones de la modernidad -para bien y para mal-, desde el caos primigenio empezó a renombrarlo todo: los lugares “Somoza” se trocaron en “Sandino” para exorcizarlos rebautizando cada locus. Los guerrilleros convertidos en nuevos militares eran los “compas” con los que el pueblo de a pie departía sin aprensión. El anquilosado periódico oficial Novedades (“No-verdades”, decíamos) fue sustituido por un dinámico Barricada (“Barri-K-G-B”, dijeron después). La antigua “chanchera” (Asamblea Nacional) con su cohorte de diputados sapos y zancudos fue sustituida por un Consejo de Estado, donde estaban representadas, por primera vez en la historia, las organizaciones de base antes fieramente perseguidas. Las propiedades de los Somoza y sus allegados fueron convertidas en Área Propiedad del Pueblo. Los almidonados protocolos del Estado fueron reemplazados por una espontánea camaradería. El frac y la corbata del alto funcionario por el uniforme verde-olivo de los comandantes y las guayaberas de los demás. La autocracia por un gobierno colegiado, entre otras muchas transformaciones:

yo nunca había visto la cara de los pobres
con fulgor de esperanza,
en luchas tras las muertes;
no les había oído conquistar un lenguaje
como a tientas, probándose altos vocabularios
de nuevas entidades, decisiones, ideas,


escribió profundamente admirado tras su visita a la Nicaragua en revolución José María Valverde.

“YA TODO ES DE OTRO MODO”

Junto a la estatua derribada se hizo añicos el tiempo de “la magnífica”, ese carnet de militantes del liberalismo somocista que garantizaba beneficios y servía de salvoconducto ante los siempre acerados colmillos de la Guardia Nacional. Se acabaron con ella los sapos y los zancudos que pululaban en las fétidas aguas de coimas, nepotismo, servilismo y calumnias. Se acabaron los jueces de mesta, ejecutores de sus propias e improvisadas leyes, lugartenientes rurales del régimen, a los que no faltaba ni el derecho de pernada.

Se acabaron “los orejas”, vivientes audífonos ocultos de un espionaje sin reposo. Se acabó la EEBI: Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería, donde se preparaba a las tropas élite de la Guardia Nacional bajo el mando directo del “Chigüín”, el tercer Anastasio, futuro heredero de esta finca familiar de los Somoza llamada Nicaragua. Se acabaron los nacatamales y bolis de guaro para pagar manifestantes y sedar al pobretariado. Se acabó la Nicolasa Sevilla y sus turbas represoras de todas las manifestaciones de oposición, cuyas huestes mercenarias eran presentadas como explosiones espontáneas de la furia popular. José Coronel Urtecho escribió en la alborada revolucionaria:

No volverá el pasado
Ya todo es de otro modo
Todo de otra manera
Ni siquiera lo que era es ya como era
Ya nada de lo que es será como era
Ya es otra cosa
Es otra era


LA SOMBRA DE LA ESTATUA
ERA ALARGADA

¿Se acabó en verdad con todo ese pasado? Derribar una estatua no fue suficiente para liquidar el pasado. Lo podemos inferir a la vista de los cerdos orwellianos que ahora imitan y se esfuerzan en superar los ardides, codicia, encono y arbitrariedades de sus antiguos amos.

El retorno del pago de manifestantes, de los funcionarios públicos amenazados con el despido si no concurren a la plaza para ovacionar al líder en cada pausa de sus soporíferos y estereotipados discursos, el reclutamiento de turbas -mecanismos para que los jóvenes desempleados de los barrios populares actúen como un ejército barato represor- y la venta al por mayor de carnets de militantes del FSLN -la nueva magnífica-, tienden a dividir una vez más al país entre los comemierda y los comedores de mierda, según la expresiva tipología política que acuñó el poeta Luis Rocha en 1971: los que no tenemos -por el momento- otra alternativa que hacerlo- y aquéllos que con alternativa lo hacen con mucho gusto.

Ahí están esos hechos para mostrarnos que la sombra de la estatua resultó muy alargada. Pero ahí está también, para siempre, esa foto: la cuerda tensada por la grúa, el pueblo expectante alzando sus brazos jubilosos, la base del monumento saturada de pintas “FSLN” y “Patria libre o morir”, las camisas floreadas de jóvenes que hoy tienen más de 60 años, caballo y jinete en el aire y a un segundo de estrellarse contra el suelo. Ahí está para siempre ese momento épico. Ahí estará para recordarnos todo aquello con lo que quisimos romper.

SEGUNDA FOTO: APRENDIENDO A LEER EN UN RANCHO

Aquí no elegí una foto apoteósica. No es la foto de los alfabetizadores ingresando victoriosos a Managua después de cinco meses de lucha contra la ignorancia, “convirtiendo la oscurana en claridad”. Ni la de la plaza de Managua llena a reventar de brigadistas, de alfabetizados y sus familiares, que celebraron el fin de la Cruzada de Alfabetización. Es la foto de un salón amplio con paredes hechas a base de reglones de madera. Una imagen captada por una pareja de fotógrafos italianos con la fuerza y especial atmósfera del blanco y negro. La foto está tomada desde un extremo de la caseta y por eso se puede ver todo el largo espacio vacío, salvo por un bulto desaliñado de ropa, tres cuadernos, un casco y dos hombres jóvenes junto a un pizarrón. Uno de ellos muestra su perfil y el otro, de espaldas, ha escrito Managua, la Rosa y mamá.

El que escribe calza botas de hule. Acaso viene de trabajar. Acaso es un vaquero o un peón agrícola que ensaya sus primeras letras. El otro hombre observa. Viste atuendo citadino, pero tiene un rostro montuno, cincelado por el sol y azotado por el zacate. Botas de hule y tambo anuncian lluvia y lodo en los caminos. Tal vez hay charcos y los zancudos pertinaces se regalan un banquete durante la clase. Pero la clase continúa y quedó congelada para que recordemos la insurrección cultural, con barricadas de cuadernos y pizarras -como cantó Carlos Mejía Godoy en el himno del Ejército Popular de Alfabetización (EPA)-, y con una masiva aproximación entre el campo y la ciudad y entre pobres y acomodados.

METAMORFOSIS PROFUNDAS

Datos sobre la proeza de la Cruzada hay muchos. El censo de 1971 mostraba un 42% de analfabetismo, pero en 1979 se descubrió que era el 51%. 722 mil 431 personas, no sabían leer ni escribir ni las operaciones básicas de las matemáticas. Más de 100 mil brigadistas constituyeron el Ejército Popular de Alfabetización: 60 mil de ellos y ellas fueron alfabetizadores en la montaña, como el que aparece en la fotografía. La Cruzada Nacional de Alfabetización se convirtió en un curso intensivo de cinco meses: del 23 de marzo al 23 de agosto de 1980. Tiempo récord para reducir el analfabetismo del 51% al 12.9%. El camino estuvo erizado de obstáculos. Hubo 59 muertos, amenazas, presiones para que se regresaran los brigadistas y el temor de que todo se desgranara. Las cifras no son más que un opaco y distante reflejo de transformaciones variopintas y cargadas de emotividad. Hablar de la alfabetización es hablar de tantas vidas transformadas por el poder de las letras. Tantas vidas literaturizadas. Es hablar de la ruptura de la distancia campo-ciudad y de trayectorias biográficas que experimentaron giros inusitados. Algunos alfabetizados llegaron a estudiar postgrados y emprendieron carreras profesionales muy exitosas. El sentido que transmite la palabra escrita operó metamorfosis profundas incluso en quienes aparentemente no cambiaron su estilo de vida. La transformación colectiva no se reduce a la suma de cambios individuales. ¿Cuánto debemos a la Cruzada de Alfabetización el hecho de que las distancias sociales no sean tan lacerantes en Nicaragua como en sus vecinos centroamericanos?

LA EDUCACIÓN YA NO ES PRIORIDAD

Sin embargo, el pasado volvió a tender su larga sombra. El analfabetismo volvió a expandirse y la educación dejó de ser una prioridad de las políticas públicas en las últimas dos décadas. Y aun en este gobierno, que dice ser “la segunda etapa de la revolución”, no se invierte en educación más del 3.7% del PIB. El 54% de los centros educativos carece de agua potable. Existe un déficit de 20 mil aulas.

Según la experta en pedagogía Josefina Vijil, harían falta por lo menos 54 millones de dólares en inversión en infraestructura solamente para construir las aulas faltantes, sin incluir sillas y pupitres. El 50% de los maestros de secundaria son empíricos: no tienen formación específica como maestros. Saldo: en primer grado hay aulas donde se juntan niños de 6 a 12 años. Saldo: cerca del 40% del alumnado está en extra-edad: tiene más años de los que corresponden al nivel que cursa. Saldo: 21 de cada 100 niños desertan en el primer grado. Saldo: apenas 35 de cada 100 niños y niñas tienen acceso al primer nivel de preescolar. Saldo: según cifras oficiales del Ministerio de Educación hay 500 mil niños fuera del sistema escolar. Saldo: solamente el 50% de quienes empiezan primaria logran terminarla. Saldo: en todo el país sólo hay 17 mil estudiantes de educación técnica.

La Cruzada de Alfabetización le valió a Nicaragua el premio de Naciones Unidas Nadiezhda Krupskaya. ¿Estuvo muy bien ganado y concedido? Ahí están esos dos campesinos anónimos para decirnos que sí. Ahí quedaron congelados en una dimensión de Nicaragua que hoy puede parecer utópica. Ahí quedan para recordarnos que se pudo y que la vida de decenas de miles de nicaragüenses fue transformada para siempre.

TERCERA FOTO:
CORTANDO CAFÉ POR SOLIDARIDAD INTERNACIONAL

La fotografía muestra dos hombres y dos mujeres en un cafetal. Cuatro daneses con canastos, miembros de las brigadas de internacionalistas que visitaron Nicaragua para conocer la revolución y colaborar en los cortes de café. Desde las frías tierras escandinavas vinieron a trabajar tan humildemente como no lo habían hecho nunca antes. Éstos no eran “cheles” de camionetonas como los que abundan ahora, sino de lodazal y callos en las manos. Leonardo Barreto captó el instante. Quizás están en la sobremesa, luego de devorar con apetito los frijoles en bala (cocidos) y el long play (la gigantesca tortilla típica de hacienda).

¿Dónde estarán ahora? ¿Serán directores de alguna agencia internacional especializada en el medio ambiente? ¿O sesudos académicos de sofisticadas disquisiciones sobre el desarrollo rural? ¿Ocuparán un cargo en el gobierno danés y desde ahí buscarán cómo priorizar fondos hacia Nicaragua, este país tan mimado por la cooperación internacional?

SOLIDARIDAD MULTIMILLONARIA,
TAMBIÉN DE BULGARIA

La solidaridad es la ternura de los pueblos, escribió Pablo Neruda. Nicaragua recibió mucha ternura en variadas especies. Recibió cooperantes de las repúblicas democrática y federal alemanas. La Alemania dividida se unió en su abrazo a Nicaragua. Suecia donó un total de 300 millones de dólares entre 1979-1993 (a precios de 1985), la mayor parte en los años 80. En los primeros años de la revolución, la Unión Soviética y sus aliados suministraron al gobierno sandinista entre 500 y 600 millones de dólares en bienes, sin contar armas ni municiones. Algunos calculan que el monto de la cooperación externa total recibida por Nicaragua entre 1980 y 1987 fue de 5 mil 500 millones de dólares, de los cuales 2 mil millones provinieron de la URSS -excluyendo ayuda militar- y otro tanto del extinto CAME, el Consejo de Ayuda Mutua Económica, sobre todo de Cuba, la RDA y Bulgaria.

Entre todos los aliados de la revolución sandinista, y quizás entre todos los internacionalistas, los búlgaros son los que unen el hecho de haber sido los más notorios y comentados en los años 80 y actualmente los más olvidados. Se atribuía a los búlgaros el proyecto de construcción de un puerto de aguas profundas en la costa caribeña -supuesto a convertirse en el más grande de Centroamérica-, la comercialización del tabaco nicaragüense en mercados internacionales y el desarrollo de minas de cobre, plomo y zinc. También una fábrica de refrescos embotellados, los “Freskitos”, hechos con pura pulpa de mango, papaya, guaya¬ba… El comercio entre Nicaragua y Bulgaria alcanzó los 65 millones de dólares anuales. Los supermercados y pulperías nicaragüenses ofrecían una gama inmensa de embutidos búlgaros: desde pasta de tomate -la famosa marca “Perla”- hasta fresas, frambuesas, ciruelas e higos, pasando por los “gerbers”, nombre que recibieron también los alimentos para bebé en ausencia de los famosos Gerber Products Co., de Fremont, Michigan. Todo aquel que hizo su servicio militar pudo degustar el omnipresente y delicioso pollo a la jardinera búlgaro.

Las mercancías de la solidaridad no siempre eran recibidas eufóricamente, incluso por los paladares más pro-gubernamentales. Los gigantescos cepillos de dientes checos eran apenas aptos para dentaduras equinas y algunos embutidos parecían albergar contenidos apócrifos. A veces los reparos eran injustos y altamente ideologizados, como el rechazo a los frijoles negros cubanos, y a otros que venían de la isla, muy parecidos a las fabes, a los que con frecuencia se atribuían persistentes flatulencias imposibles de disimular. No se escaparon de ser vilipendiados los Lada soviéticos.

¿CÓMO AGRADECERLES?

Más importantes que los productos fue la donación viva, los internacionalistas, que a veces llevaron la donación hasta una total entrega de la vida. A esta generosidad viva también contribuyeron países latinoamericanos: argentinos, chilenos, uruguayos… encontraron una esperanza que alentó sus pasos: ¡Si Nicaragua venció, el Uruguay vencerá!, decían, cantaban, soñaban. Entre ellos estuvo casi toda la década el ahora prestigioso intelectual Carlos Vilas. También estuvieron, y se quedaron, Claribel Alegría y su esposo Bob Flakoll.

¿Cómo olvidar a los centenares de médicos y maestros cubanos que por aquí pasaron a lo largo de diez años? Muchos internacionalistas dieron su vida por la revolución. Uno de ellos, el estadounidense Benjamin Linder, vino a Nicaragua a los 24 años. Se había graduado en la Universidad de Washington en 1983 como ingeniero mecánico y dejó su casa en Oregon para trabajar en Managua y luego en El Cuá, que por entonces era uno de los pueblos más afectados por la guerra. Linder y dos nicaragüenses -Sergio Hernández y Pablo Rosales- fueron emboscados y asesinados por la Contra cuando trabajaban en la construcción de una presa hidroeléctrica en las proximidades de San José de Bocay. Linder fue alcanzado por una granada y luego recibió un tiro de gracia en la cabeza.

Aun después de muerto, Linder -quien además de ingeniero también tenía vocación de payaso e hizo reir a muchos niños- rindió un enorme servicio a Nicaragua. Su asesinato ocupó primeras planas en los noticieros de todo el globo y generó rechazo al financiamiento que el gobierno estadounidense daba a la contrarrevolución. Como Linder, muchos otros dieron su tiempo, sus ideas, su juventud y hasta su vida. Hasta donde estén ahora, que los alcance nuestro agradecimiento.

AHORA INSULTADOS Y NINGUNEADOS

Ahora “la segunda etapa de la revolución” rechaza a los internacionalistas. Eva Zetterberg, embajadora de Suecia, fue insultada de manera pública por altos funcionarios del gobierno orteguista. La ex-embajadora de la Unión Europea, Francesca Mosca, con una posición cautamente crítica, tuvo que escuchar histéricas diatribas contra el colonialismo europeo y sufrir un retórico rechazo a las “migajas” donadas por los gobiernos de Europa. En un terreno más llano, muchos internacionalistas de los 80 han sido insultados, amenazados o ninguneados. Pero persisten. Siguen ahí como “los cheles” de la fotografía, mostrando que la mano que da también recibe y que las dos manos pueden estrecharse en un mismo nivel fraternal y sororal.

CUARTA FOTO: CANTANDO Y CONTANDO LA REVOLUCIÓN

Esta es la foto de una sala con once artistas. Unos de pie y otros sentados, todas y todos amigos, camaradas: José Coronel Urtecho, Daisy Zamora, Luis Rocha, Ernesto Cardenal, Armando Morales, Carlos Mejía Godoy, Vidaluz Meneses, Sergio Ramírez, Ernesto Mejía Sánchez, Lisandro Chávez Alfaro y Carlos Martínez Rivas. Salvo el pintor Armando Morales y el cantautor Carlos Mejía, todos son escritores. Hay poetas, ensayistas y narradores, y algunos que son varias de estas cosas a la vez. Y uno que hasta incursiona en la escultura: Ernesto Cardenal. Cuatro han muerto ya. Todos fueron artistas inventores de la revolución.

UN HURACÁN CULTURAL

Las revoluciones no las hacen sólo las balas. En todo caso, las hacen las balas con alma, como las llamó Salomón de la Selva. Sólo existe la revolución que podemos leer, observar y cantar a través de las creaciones de estos y muchos otros alquimistas de la palabra, el color y las melodías. ¿Qué sería de la revolución sin No volverá el pasado y Paneles de infierno de Coronel Urtecho? ¿Qué sería sin Guitarra Armada, la Misa Campesina Nicaragüense, el Canto Épico al FSLN y las tonadas con las que acompañaron la alfabetización los Mejía Godoy? ¿O sin la Virgen pájara María entonada por la exquisita voz de Norma Elena Gadea? ¿O sin la recopilación del Pensamiento Vivo de Sandino que realizó Sergio Ramírez? La revolución sacó de su torre de marfil a Carlos Martínez Rivas para arrancarle una espléndida Proposición teológica a un prelado de parte de un feligrés.

La revolución fue un huracán cultural. No es uno de los menores símbolos el hecho de que el Ministerio de Cultura, la sede oficial de la cultura, estuviera en el otrora reducto íntimo del poder: la casa de Somoza. El de Cultura fue un ministerio locamente promotor de la pintura primitivista nicaragüense -que alcanzó renombre mundial- y de los talleres de poesía, donde soldados y campesinos aprendían a escribir poemas exterioristas. Menuda contradicción: ¡militares y policías poetas!

Fue un ministerio que también se dio al rescate de las Prosas políticas de Rubén Darío para superar la imagen, cultivada por el mismo Darío, de “un artista instalado en la evasión, el desarraigo y la apoliticidad”. El Darío anti-imperialista y diplomático liberal que desentelarañó Julio Valle-Castillo fue una revelación alentadora. Los aniversarios del natalicio del egregio vate eran celebrados con una suerte de carnaval de poesía donde los mejores literatos nicaragüenses se congregaban, acompañados por muchos otros escritores y poetas latinoamericanos y de más lejanas latitudes.

A la Nicaragua de los 80 acudieron en romería poetas, narradores y ensayistas de fama mundial: Graham Greene, Gabriel García Márquez, Paulo Freire, Eliseo Diego, Fina García Marruz, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Mario Benedetti, Margaret Randall, Augusto Monterroso, Luis Cardoza y Aragón, Noam Chomsky, Salman Rushdie, Francisco Umbral, Allen Ginsberg, Evgeni Evtushenko, Jean Ziegler y muchos, muchísimos más.

También llegaron cantantes no menos ilustres: Joan Báez, Amparo Ochoa, Aníbal Sampayo, Silvio Rodríguez, Alí Primera, Mercedes Sosa, Joan Manuel Serrat, Daniel Viglietti, cuyo A desalambrar cantado en Managua en 1983 puede escucharse en YouTube. Todas y todos regalaron sus conciertos, sus voces y su tiempo. También lo hizo el cineasta chileno Miguel Litín para filmar una vida de Sandino y presentar sus aleccionadores documentales sobre el Chile de Allende y su caída. Los artistas no sólo se presentaron en el entonces muy accesible teatro Rubén Darío y las salas de cines populares. Al mercado Roberto Huembes podíamos ir para escuchar los cuentos de Fernando Silva, los versos de Michelle Najlis y las canciones de Mercedes Sosa entre cestos de aguacates, baldes de mondongo y cajones rebosantes de artesanías. Sus creaciones nos acompañaban a los sitios más hostiles al arte, podríamos decir parafraseando a Joyce.

No podemos olvidar que el humor fue también una trinchera ideológica contundente. La Semana Cómica recibió, desde un comprensible anonimato, las contribuciones de las más afiladas y diestras plumas del país. También las de Róger Sánchez, un humorista gráfico digno de figurar en las mejores antologías mundiales. Desde sus páginas se fustigaba con sátira a “los reaccionarios” del momento, término genérico que incluía a escritores, periodistas, políticos, empresarios, presuntos agentes de la CIA y diplomáticos adversos a la revolución. No es descabellado suponer que algunos escritores conocidos alcanzaron su cúspide literaria en el jocoso semanario.

A PESAR DE USTED...

La confrontación entre el Ministerio de Cultura y la Asociación Sandinista de Trabajadores de la Cultura (ASTC), eco de la confrontación de sus dos cabecillas institucionales -Ernesto Cardenal y Rosario Murillo- tiñó de bilis la producción cultural y las relaciones entre no pocos artistas. Murillo nunca pudo colmar sus aspiraciones de gran Diva de la cultura ni siquiera cuando, por fin, en el contexto de la compactación estatal, consiguió que cerraran el Ministerio de Cultura. Calculó que entonces quedaba despejado el monopolio cultural de la ASTC, pero pocos días después el fracaso electoral del FSLN tiró por tierra su estrategia y mucho más que eso.

Pero estas pequeñas reyertas no marchitaron, sino que abonaron a la frondosidad de las ofertas culturales. La competencia entre “chayistas” y “cardenalistas” dio por resultado un frenesí por sacar nuevos títulos entre la Editorial Nueva Nicaragua, la Editorial Vanguardia y las ediciones del Ministerio de Cultura. Los nicaragüenses se convirtieron en unos privilegiados que tenían libros y que podían leer los textos que en otras latitudes eran perseguidos. En esa época, como recuerda el periodista polaco Ryszard Kapuscinski, uno podría pasar una maleta llena de cocaína con la sola condición de llevarla tapada con un libro. La cocaína no despertaría ni el más mínimo interés. Los aduaneros, como un solo hombre, se abalanzarían sobre el libro.

UNA REAL REVOLUCIÓN INVENTADA

Hoy, la represión orteguista ha conseguido que los libros, las noticias, las canciones y las caricaturas políticas sean nuevamente objeto de persecución. Les elevaron su estatus en el ranking del protagonismo social y político. Por sus críticas sin mordaza al pacto PLC-FSLN y a la corrupción de la cúpula sandinista, al poeta Ernesto Cardenal le fueron congeladas sus cuentas bancarias y resucitada una vieja causa -cosa ya juzgada y de espurios fundamentos- por injurias y calumnias. A Sergio Ramírez le fue bloqueado un prólogo a la poesía de Carlos Martínez Rivas.

Carlos Fernando Chamorro y Sofía Montenegro fueron el objetivo de una granizada de calumnias urdidas por los plumíferos más ligeros de escrúpulos y ética del régimen, y a la ONG que dirigen le fueron decomisados sus archivos escritos y audiovisuales, incluyendo los CPU de las computadoras. Muchos artistas han sido objeto de pequeños y cobardes actos de sabotaje e intimidación: llantas de sus vehículos infladas hasta la deformación, amenazas anónimas escritas o telefónicas… Carlos Mejía Godoy, lejos de amedrentarse, clamó así, al término de una manifestación callejera: “Pido a Dios que me dé vida para ver caer también esta dictadura”.

Tanta saña sólo vaticina que a la próxima revolución también contribuirán los poetas y narradores. Como lo hicieron a la anterior Edwin Castro (padre), Ernesto Castillo Salaverri, Arlen Siu, Leonel Rugama y el mismísimo Rigoberto López Pérez, poetas-insurgentes que cayeron por la causa. Ellas y ellos ayudaron a inventar la revolución. ¿Quién deslinda ahora la revolución inventada de la real? Fue una real revolución inventada. Con el peligro de que a veces fue mucha más la retórica que la realidad. Por las páginas del Nuevo Amanecer Cultural nos asomábamos cada semana a ver la revolución que se iba inventando, frecuentemente más diáfana, y ahora vemos que más permanente que la de la calle, las trincheras y la burocracia estatal. Ahí queda, como quedan esos cofrades en la foto y como queda la contribución imperecedera de Sergio Ramírez al rescate de la figura de Sandino. Ya nadie escribe un texto como ‘Un muchacho de Niquinohomo’, me decía hace unos días un amigo e historiador alemán. Quizás tiene razón. Tal vez pronto será desmentido.

QUINTA FOTO:
BLANDIENDO EL DEDO PAPAL CONTRA EL POETA


Karol Wojtyla convertido en Juan Pablo II visitó Nicaragua en 1983. En el aeropuerto, apenas se apeó del avión, el gabinete sandinista entero se alineó para estrechar su mano. Al llegarle su turno, el Ministro de Cultura, Ernesto Cardenal, hizo una genuflexión y el Papa blandió un dedo conminatorio. La cámara de Mario Tapia, reportero gráfico de Barricada, captó el instante: la sonrisa güegüensesca de Cardenal, el índice pontifical erguido y las banderas rojinegras al fondo, todo bajo el inclemente sol de marzo. Sobre ese instante, Heinrich Böll escribió:

Y una foto tuya tengo
Cuando te arrodillas
Risueño
Ante el dedo amenazante de Karol Wojtyla
Tú, maligno revolucionario
Y sigues llamándote
Sacerdote y católico
Tú, malvado!
Yo no sé
Si ustedes todavía pueden sonreír
Bajo el puño amenazante de Reagan
No sé
Si ustedes
Con los escasos centavos de su pobreza
Pueden hacer perseverar
La monstruosa energía de la miseria
Contra la estupidez de la riqueza


UN CARDENALATO GRACIAS A LA REVOLUCIÓN

La jerarquía católica nicaragüense había cerrado filas contra lo bueno, lo malo, lo feo y lo simpático de la revolución sandinista. No hubo concesiones. Los tres ministros sacerdotes eran una afrenta para la posición política de la Conferencia Episcopal. Con ellos en el gabinete, no había manera de que el mundo creyera que los sandinistas querían acabar con la fe e imitar el anticlericalismo de las revoluciones francesa, soviética y cubana.

La revolución le valió el cardenalato al arzobispo de Managua Miguel Obando y Bravo. En aquella década, Centroamérica tenía tres arzobispos que por virtud y letras eran centenares de veces más cardenalables que el ladino y oportunista salesiano. Próspero Penados en Guatemala, Marcos Gregorio McGrath en Panamá y Arturo Rivera y Damas en El Salvador eran los elegibles. La notable participación de McGrath en el Concilio Vaticano II y la preeminencia política de Rivera y Damas los hacían acreedores indiscutibles de la púrpura cardenalicia. ¿La curia vaticana católica tenía acaso mejor manera de dar una bofetada a la represión militar que ahogaba en sangre al pueblo salvadoreño que distinguir al sucesor del martirizado Monseñor Romero con semejante nombramiento? No. Pero esa represión le tenía sin cuidado comparada con el andariego fantasma del comunismo que había saltado de Europa oriental primero a la mayor de las Antillas y después al centro del continente americano. El papa polaco vio en Obando un colega de infortunios, un perseguido por la tenaza comunista. Lo eligió, lo adoptó, sentando las bases de una de las carreras eclesiásticas más borgianamente corruptas del istmo.

ENTRE CRISTIANISMO Y REVOLUCIÓN...

Los obispos nicaragüenses bombardearon el Vaticano con histéricos SOS. Encendieron la cabeza de Wojtyla, que no requería mucho carbón para que lanzara chispazos anticomunistas. Y así llegó a Nicaragua: predispuesto contra un gobierno totalitario, ateo, marxista y belicoso. La visita del Papa fue una excelente movida en el ajedrez anticomunista de Reagan. Las madres de los mártires llegaron a la plaza donde el Papa ofreció una misa campal que acabó convertida en una confrontación feroz: las madres clamaban una oración por sus hijos muertos y el Papa gritaba ¡Silencio! ofuscado por la testaruda insistencia de las matronas que le impedían continuar con la eucaristía.

El poeta Julio Valle-Castillo rindió su versión de los hechos:
Vi un altar sin Pan circundado de hombres
con roquetes, estolas, manípulos y albas
(¿una Eucaristía campal?)
sordos a una muchedumbre que pegaba alaridos
de parto y que se revolvía con mantas y pancartas,
con banderas azules, rojas y negras,
amarillas y blancas.
Y vi entonces que Karol Wojtyla (Juan Pablo II)
se dirigió a la multitud, ceñido de tiara
y casulla de fuego y alzó la hermosa voz autoritaria
como el brazo con el hacha para cercenar la cabeza
y lanzar el cuerpo al suelo.
Y oí y vi que Karol Wojtyla erguido contra el atardecer,
seguía hablando con nadie.


Éste fue sólo uno de los muchos episodios en los que cristianos sandinistas y el antisandinismo jerárquico se enfrentaron. Se necesitan muchas fotos y culebrones de celuloide para dar cuenta de los encuentros y desencuentros del cristianismo y la revolución. Tendría que incluir las imágenes de las fotonovelas de El Tayacán, una formidable herramienta de educación popular -pulcra, entusiasta y también crítica- que los cristianos revolucionarios pensaban, escribían, dibujaban y distribuían.

Tendría que incluir las fotografías de tantos sacerdotes que se las jugaban todas por el proyecto revolucionario: entre otros, los claretianos Teófilo Cabestrero y Maximino Cerezo, el josefino Gabriel Rodríguez, los dominicos de Monseñor Lezcano -cuya parroquia sirvió de sede al ayuno por la paz del canciller Miguel D’Escoto-, el monseñor de los pobres José Arias Caldera, el legendario padre Toñito Castro -párroco de Larreynaga-, los jesuitas Arnaldo Zenteno y Joe Mulligan con su labor en las Comunidades Eclesiales de Base, una labor que hasta ahora continúan, expandiéndola a áreas insospechadas: las ollas de soya y la atención a trabajadoras de la calle. Los libros de Teófilo Cabestrero sobre cristianos en la revolución -el ex-seminarista Leonel Rugama, los tres ministros-sacerdotes y el martirizado matrimonio de Felipe y Mery Barreda- nutrieron los sueños revolucionarios de muchos adolescentes. Su amigo y compañero de congregación, el poeta y obispo Pedro Casaldáliga, visitó Nicaragua en varias ocasiones y clamó contra los enemigos de la revolución: Se pasarán de pútridos / recontando sus dólares de muerte.

HASTA VÍRGENES APARECIERON

Se echa de menos aquí una foto de los murales de Sergio Michelini en la Iglesia del barrio Riguero y del ex-franciscano Uriel Molina, entonces párroco de esa parroquia y fundador del Centro Antonio Valdivieso, en cuyos salones -genuinos recintos universitarios, si los hay- disertaron innumerables vacas y toros sagrados de la teología latinoamericana y mundial: Elsa Támez, Giulio Girardi, Pablo Richard, Pedro Casaldáliga, Enrique Dussel, y muchos más. Faltan fotos de cristianos notables, como Teódulo Báez Cabezas
-alias Cara de Triángulo- cuyos incisivos artículos contra la jerarquía católica marcaron una ruta que siguió ni corto ni perezoso el valiente jesuita Luis Medrano. El ejercicio de los ministerios sacerdotales de muchos como él los terminó bloqueando el Cardenal Obando y Bravo.

Faltan también más fotos del conflicto. Habrá que rebuscar en los archivos periodísticos de la época para dar con la mil veces fotografiada Virgen que suda, una novelesca creación de un par de pícaros -dignos cofrades del Lazarillo de Tormes y otros de semejante ralea- que por la noche sumergían una imagen de yeso de la virgen María en agua, la metían en un congelador para que al mediodía siguiente el fulminante sol de Managua la hiciera rezumar un líquido de dudosa composición. La iglesia, con el marianólogo Obando a la testa testaruda, se apresuró a confirmar el milagro, calculando que un espectáculo mágico sería un golpe mandrakiano contra el gobierno. Falta la foto de la virgen de Cuapa, que le ganó a su vidente, Bernardo de Cuapa, la deseada estola sacerdotal, y que, como otras vírgenes aparecidas, nos previno contra el peligro del comunismo. No podemos tener la foto del árbol donde se posó, pues fue pellizcado por los devotos hasta hacerlo desaparecer.

La colección estaría incompleta sin la secuencia del padre Bismarck Carballo, vocero de la curia arzobispal, corriendo desnudo ante las cámaras de televisión mientras un falso esposo de fresca cornamenta le intentaba dar alcance luego de sacarlo encañonado del lecho donde ese padre Amaro no pudo consumar su crimen porque todo fue un montaje de la Seguridad del Estado para poner en evidencia sus consuetudinarias actividades extracurriculares y asestar así un mazazo a la reputación de la jerarquía católica. Craso error. Falta también la foto del padre Peña, pescado in fraganti casi con las manos en las armas que un falso militante de la contrarrevolución le mercó. Otro embuste -esta vez certero- de la Seguridad del Estado.

Que no se nos quede en el bolsillo la foto de Monseñor Pablo Antonio Vega, cuyo comentario de supina estulticia fue inmortalizado por los versos de Carlos Martínez Rivas, que arranca comparándolo con uno de los borrachos del famoso cuadro de Velásquez. Cuando en diciembre de 1982 al entonces obispo de Juigalpa le pidieron que se pronunciara sobre la muerte de los 75 niños que murieron al ser derribado por la contrarrevolución el helicóptero del ejército en el que estaban siendo evacuados de San Andrés de Bocay, una zona de guerra, el obispo no quiso dar su brazo a torcer y torció el colmillo para decir Es peor matar el alma que el cuerpo, y se quedó tan ancho… y tan poco Sancho, porque ayuno estuvo del sano sentido común del fiel escudero.

EN OTRO REINO MESIÁNICO

Si los caminos del Señor son inescrutables, los de Satanás deben ser muy retorcidos, impredecibles y aún más insondables. La de los 80 fue la era de la fusión de hecho -y la elaboración ideológica- de cristianismo y revolución. La teología de la liberación fue respetada, difundida y hasta adoptada por los líderes revolucionarios latinoamericanos más agnósticos y ateos. Varios comandantes sandinistas confesaron haber sido catequizados en esa teología por sacerdotes o laicos “de avanzada”. Hoy la cúpula orteguista abjuró de esa corriente teológica para abrazar un verdadero “chacuatol” religioso en el que se mezclan oraciones católicas y citas bíblicas con cultos esotéricos, supersticiones sobre mantras, colores y flores a los que se atribuyen poderes mágicos, adhesión al gurú indio Sathya Sai Baba -acusado de estafas y pedofilia-, ritos evangélicos en jornadas de milagros y el catolicismo más conservador.

El deseo de la pareja presidencial de ganarse a la jerarquía católica los llevó a liderar la criminal penalización del aborto terapéutico. Ahora Ortega y Murillo se sienten ungidos y comisionados a ejecutar una misión especial, no importando si los presuntos beneficiarios la deseamos o no. Posesos de un mesianismo sicodélico, colocan vírgenes en las rotondas, financian a rezadores “contra el odio” -a los que luego no pagan- y alientan un milenarismo socialista. ¿El dedo de Karol Wojtyla señaló el rumbo de la historia?

SEXTA FOTO:
RECIBIENDO LA TIERRA TRABAJADA Y MERECIDA


Es enero de 1984. Un grupo de campesinos recibe sus títulos de propiedad en Palacagüina. Todos están alineados mirando hacia el frente. El primero embiste con una sonrisa amplia y desdentada. Es un hombre alto y luce orgulloso un sombrero de ala ancha. El segundo viste de camuflado. ¿Viene acaso de prestar su servicio militar? ¿Su jefe de pelotón le dio un permiso temporal? El cuarto está perplejo. Como a muchos otros, le cuesta creer que ahora es suya la parcela que cultiva. El quinto lleva gorra, camiseta y bluyin. A juzgar por el atuendo, está muy urbanizado. Al fondo hay una manta. La letra es muy diminuta. Quiero pensar que dice Que si las manos son nuestras, es nuestro lo que nos den o Esta tierra es de nosotros y no del que tenga más. Como ésta, hay muchas fotos. Muchas entregas de títulos de una reforma agraria que benefició a más de 112 mil familias con tres millones de manzanas de tierra.

A REGAÑADIENTES Y BAJO PRESIONES

La reforma agraria se hizo en parte a regañadientes. En los primeros años el gobierno sandinista hizo todo lo posible por retener una gran parte de la tierra en empresas agropecuarias estatales dentro del Área Propiedad del Pueblo, equivalente a los sovjozes soviéticos: grandes fincas del Estado, que poseen la tierra, el material y las rentas y entregan un salario a cada trabajador. Se concedía al pueblo una propiedad nominal, retórica, dentro de un capitalismo burocrático disfrazado de socialismo. Los Coronel, los Wheelock y otros pasaron de administrar sus fincas -o de trabajar como lacayos de la familia Pellas- a administrar casi la mitad de las explotaciones agropecuarias. Y todo con el beneficio de unos trabajadores siempre sumisos. ¿Qué sentido tenían los sindicatos en un país donde el pueblo era el propietario de más del 80% de las empresas? Los gremios y sindicatos no desaparecieron, pero se desvirtuó su función. En lugar de defender los derechos clásicos de los trabajadores -salarios, seguridad social, protección contra accidentes laborales-, los sindicatos debían supeditar estas demandas a las tareas de la revolución… con cuyos intereses debían identificarse contra viento, marea, sentido común y allanamiento de su pan de cada día. La contrarrevolución fue un trabajo a dúo: el gobierno estadounidense puso los dólares y el gobierno sandinista generó la base social con políticas negligentes, monopolio estatal, desaciertos y represión.

Bajo muchas presiones, el gobierno empezó a conceder títulos a propietarios que ya lo eran de hecho -los muchos precaristas que constituían un eslabón en el sistema agroexportador- y a cooperativas sandinistas, equivalentes a los koljozes de la Unión Soviética: conglomerados de explotaciones colectivas. El Estado adelantaba las simientes y el material y a cambio se reservaba una parte de la recolección. El resto se distribuía entre los koljozianos. En Nicaragua el sistema era menos transparente, pues obraba a través de créditos bancarios, donación de insumos, condonación de deudas y comercialización estatal, pero el resultado era el mismo.

Con el tiempo, los gremios ejercieron presión para acelerar las entregas de tierras. La Unión Nacional de Agricultores y Ganaderos, por aquel entonces con una beligerante autonomía que fue perdiendo hasta convertirse en un anexo deshuesado del FSLN, aceleró las entregas de tierras y argumentó a favor de los minifundios y mesofundios como unidades económicas más eficientes que la gran hacienda, un tema espinoso y controversial que enfrentó en agria polémica al Ministro de Planificación y al de Reforma Agraria, siendo éste, irónicamente, el fervoroso partidario de las grandes empresas. La reforma agraria terminó alcanzando aún mayores proporciones por razones militares: se entregaron tierras a campesinos para que sirvieran de muro de contención al avance de las escuadras contrarrevolucionarias y de zona de refrescamiento a los efectivos militares sandinistas. Esa tierra costó muy cara. Muchos pagaron con su vida por ella, porque se convirtieron en blanco recurrente de emboscadas, sabotajes y minas anti-personales.

CONTRA TODAS LAS RESISTENCIAS

La lentitud de la reforma agraria resulta evidente: del total de beneficiarios, el 75% lo fue en la segunda mitad de la década de los 80. Pero dejó su impronta.

Entre 1979 y 1981 fueron confiscadas alrededor de 1.6 millones de manzanas de tierra, el 20% del área cultivada, que habían pertenecido a la familia Somoza, altos militares y funcionarios del régimen. Estas propiedades, donde laboraban miles de obreros agrícolas, pasaron a conformar el núcleo inicial del sector estatal en la producción agropecuaria.

En 1979, de los 8 millones de manzanas bajo explotación agropecuaria, casi 3 millones, el 36%, estaban repartidas en propiedades superiores a las 500 manzanas. Las finquitas de menos de 50 manzanas sólo representaban el 17.5% de la tierra en explotación. En 1988, dos años antes de la derrota electoral del FSLN, de esas 8 millones de manzanas, el 48% integraba ya el sector reformado, el sector privado se había reducido a 3.7 millones de manzanas, y las grandes propiedades de más de 500 manzanas abarcaban solamente medio millón de manzanas (6.4%). Contra la resistencia de grandes hacendados y la de sovietófilos estalinistas, la reforma agraria fue avasalladora. Por eso, ahí estará ese primero de la fila siempre sonriéndonos desde esa fotografía, acaso oliéndose cuánta picardía había en ese giro copernicano.

AÑOS DE CONTRARREFORMA AGRARIA

Otro giro lo siguió al doblar la esquina de la década. La privatización de los 90, las indemnizaciones a los confiscados y la vigorización de un mercado de tierras que se alimentaba de los embargos bancarios a cooperativistas y beneficiarios individuales incapaces de pagar sus créditos o de producir porque los nuevos bancos privados les negaban nuevos financiamientos fue un mazazo al sector reformado.

A precio de guate mojado se remataron las mejores fincas de la reforma agraria, un banquete en el que los dirigentes sandinistas -orgullosos de su nueva condición de empresarios- se sirvieron con cuchara sopera. Un análisis sanamente malicioso y trotskista diría que habían dejado la puerta abierta a esa posibilidad al no inscribir en el registro civil los títulos de reforma agraria y dejar que la espada de Damocles de futuros reclamos y reyertas produjera en muchos beneficiarios un sentimiento de incertidumbre que los indujo a vender.

También ocurrió que muchas haciendas, tractores, despulpadoras y miles de cabezas de ganado fueron directamente asignadas a altos funcionarios estatales como parte de la “piñata” sandinista de 1990. A inicios de aquellos años era común escuchar sobre esos premiados: ¿De quién es ese ganado?, me dicen. No es ganado, les digo: es robado. Ojalá ese sombrerudo de la foto o sus descendientes vuelvan a lanzarnos su sonrisa pícara cuando la tortilla se vuelva otra vez.

SÉPTIMA FOTO:
SOBREVIVIENDO EN EL CHACUATOL ECONÓMICO


Esta no es una foto. Es un collage. Caben aquí mil fotografías en abigarrado desorden. En revuelto chacuatol. Una fila de gente que lleva ocho horas de pie junto a una tienda para conseguir una bombona de gas o un pollo. Una página rota de El País, que por su suavidad vino a ser apreciado como el mejor papel higiénico. La matanza clandestina de una vaca para distribuir carne a escondidas de la omnipresente Empresa Nacional de Abastecimiento (ENABAS). Una gigantesca fábrica de jugo de tomate que nunca funcionó. Un niño de ocho años junto a su madre, capturados por llevar un saco de frijoles al mercado Oriental, de nuevo evadiendo a ENABAS. Una leche malteada que se corta como queso. Un dólar de propina que puede alimentar a la familia del mesero por más de una semana cuando en el mercado paralelo se convierte en miles de córdobas. Un rótulo que muy digno denuncia: Las Coca-Colas son las aguas negras del imperialismo. Un grupo de obreros en interminables reuniones, pegando afiches, evaluando las elecciones, recibiendo instrucción militar, alfabetizando… y muy de vez en cuando cultivando la tierra o procesando queso.

La economía fue el talón de Aquiles de la revolución. Si el imperialismo estadounidense ganó la guerra en algún sitio, lo hizo en los supermercados y pulperías, no en las montañas ni en los foros internacionales, donde sufrió contundentes derrotas. Entre el desgaste de la guerra, la desorganización y las “vacaciones históricas” que se tomó el proletariado relajando al máximo la disciplina laboral, la economía se fue a pique.

DÉFICIT FISCAL, SUPERÁVIT DE LEGITIMIDAD

ENABAS captaba el 80% de la producción comercializable y ejercía una tiranía sobre los precios en beneficio de la ciudad y perjuicio del campo. Las inmensas filas acabaron con la poquísima estima que la administración del tiempo suscita en la cultura nicaragüense. Pero no todo era pura negatividad. Muchos males trajeron bienes aparejados, confirmando aquello de que “no hay mal que por bien no venga”. La guerra posibilitó imperiosamente una mayor integración de las mujeres al mercado laboral: estudios de la Asociación de Trabajadores del Campo (ATC) señalan que en 1988 las mujeres representaban más del 70% de la mano de obra en la cosecha de tabaco, más del 80% en la de café y 60% en la de algodón.

La falta de mano de obra en las cosechas abrió las puertas a un nuevo género laboral: los cortadores voluntarios, que fueron un desastre para los cafetos, debido a la impericia con la que los detrozaban en su lucha frenética por convertirse en cortadores “vanguardia” del día, pero que también fueron una oportunidad educativa para internacionalistas y estudiantes nacionales. Las finanzas del Estado marcaban chispeantes número rojos, pero esa misma quiebra permanente incitó estrategias de trueque de servicios que enfatizaban la construcción colectiva y consciente del bien común: las jornadas de limpieza en los “domingos rojinegros”, las brigadas populares de salud y los educadores de adultos incrementaron la oferta de servicios públicos sin aumentar el déficit fiscal. El Estado no tenía liquidez, pero tenía un superávit de legitimidad para reclamar un aporte voluntario de servicios que sin duda representó una porción significativa y no contabilizada de un PIB total.

IMÁGENES DE AQUEL TIEMPO

Lamentablemente, todas estas bondades no pudieron contra el caos y la escasez. Nicaragua no sólo era un escenario de la solidaridad y del trueque de servicios sociales. Seguía siendo un Estado-nación que requería estabilidad económica, un balance comercial no deficitario, una balanza de pagos solvente y mucho más. La inflación galopante tuvo el efecto de colapsar el sistema financiero, toda vez que un crédito para comprar un tractor se podía pagar al cabo de un año con el costo de un cerdo. Las oscilaciones de la moneda podemos seguirlas en las portadas de El Nuevo Diario, que exhiben un precio por ejemplar de 2 córdobas en 1983, 3 córdobas en 1984, 5 córdobas en 1985, 30 córdobas en 1986, 500 córdobas en 1987, 20 y 80 córdobas en agosto y octubre de 1988 (tras el cambio de moneda), 2 mil córdobas en 1989, y 10 mil, 500 mil y hasta un millón de córdobas en 1990. Antes de la revolución el precio de una piña era de 50 centavos de córdoba. En febrero de 1988 se cotizaba en 20 mil córdobas.

Para terminar este collage de la economía en los 80, hay que echar un vistazo a las imágenes que plasmó Forrest D. Colburn, profesor del INCAE y último viajero de la estirpe de aquellos que en el siglo XIX hicieron agudas descripciones de Nicaragua, en Mi carro de Nicaragua: “El gobierno ofrece comestibles en forma intermitente por medio de los comités de defensa barriales. Las cantidades son limitadas, pero los precios son bajos. Asimismo, la burocracia gubernamental y las empresas ofrecen a veces artículos por nada o por casi nada. Los trabajadores de la inmensa finca lechera ‘Chiltepe’, por ejemplo, reciben un litro de leche diariamente. Con la nacionalización de los supermercados más grandes del país, éstos se convirtieron en los instrumentos idóneos del gobierno para ‘ayudar al pueblo con precios populares”.

EPISODIOS DE MCDONALD’S

Sigue Colburn: “Los estantes fueron literalmente vaciados, no sólo para surtir las alacenas sino que también para la reventa en otro lado. Los vaivenes de su oferta de bienes importados, que aparecen y desaparecen con la misma celeridad, hacen únicos a los supermercados. Durante cierto tiempo se podía encontrar unas sabrosas sardinas soviéticas enlatadas. Pero también había latas de carne y salchichas procedentes de algún lugar de Europa oriental que permanecieron en los estantes hasta que los burgueses descubrieron cuán bien aceptadas eran por sus mascotas. Otros bienes que aparecen intermitentemente en los estantes van del ron cubano a las salsas para hamburguesas canadienses, del jamón italiano a las barras de chocolate chinas. Tal vez no haya queso pero sí se dedica todo un pasillo a los ralladores de queso”.

La herética necesidad producía las mezclas más inopinadas en el Centro Comercial Managua: “Se puede comprar la revista soviética STP (que son las siglas de Socialismo, Teoría y Práctica), y hojearla mientras se disfruta de un sorbete de coco en el Pops”. El sitio más recurrido era el Mercado Oriental, el más grande de todos los mercados del país: “Ahí es posible encontrar cualquier cosa, hasta, según me dijeron una vez, ‘un helicóptero nuclear’.” Las vendedoras del Mercado Oriental fueron por aquella época apodadas “la burguesía de delantal” por las fortunas que manejaban en alianza con los buhoneros que introducían los bienes más escasos evadiendo los controles aduaneros. En otro extremo estaba la Diplotienda, regentada por el gobierno para captar divisas y de la que eran asiduos clientes los comandantes sandinistas y altos funcionarios gubernamentales que en sus discursos encomiaban a las humildes mujeres del pueblo, en camisetas con consignas y sin maquillaje, mientras enviaban a las suyas a ataviarse con las Chemise Lacost, Rai Ban, Reebok, Max Factor y Revlon. ¿Qué revolución vieron desde las tarimas en la plaza y las vitrinas de la Diplo? ¿Cómo se miraría a través de unos relucientes Rai Ban las masas de crédulos coreando ¡Dirección Nacional, ordene!?

Según Colburn, la Diplo ofrecía mercancías que “no pueden encontrase ni siquiera en los recovecos secretos del Mercado Oriental: refrigeradoras Whirlpool, aspiradoras Hoover, libros de colorear Mother Goose, perfumes Christian Dior, salsa picante Old El Paso y detergente Fab de potencia máxima. El único producto nicaragüense es el café; la única mercancía de origen soviético es el vodka Stolichnaya”.

Los más sabrosos episodios se produjeron con la forzosa nicaraguanización de McDonalds, una genuina glocali¬zación avant la lettre. La casa matriz de McDonalds y su franquicia en Managua empezaron a tener problemas desde el triunfo de la revolución, cuando a la sucursal de Managua le fue imposible cumplir con los estándares de calidad de la transnacionalmente homogénea compañía de fast food. Una primera carta advirtió a los franquiciados que no vendieran cheeseburgers a no ser que contuvieran queso. Para los propietarios de McDonalds en Managua era una proeza mantener operando su establecimiento en medio de una escasez de divisas que puso fin a la importación de pepinitos encurtidos y de los envoltorios “oficiales” de McDonalds con el estúpido rostro de Ronald McDonald a modo de logo. Como también la obtención de bienes nacionales era una pesadilla, la gerencia tuvo que ingeniárselas para acopiar e insertar en las hamburguesas los sustitutos más razonables: queso blanco en lugar del queso amarillo fundido, repollo en lugar de lechuga, pitahaya en lugar de Cocacola y yuca frita en lugar de las frenchfries.

Ideas quiere la guerra. En el colmo de la herejía llegaron a utilizar papel de envolver soviético. McDonald’s de Managua finalmente tuvo que convertirse en Donald´s para evitar que los problemas con la casa matriz subieran de tono. Y sus hamburguesas siguieron siendo bien cotizadas porque Sandy’s, su rival más próximo en calidad, vendía hamburguesas sin carne.

HOY NOS FALTA Y HOY NOS SOBRA

En la nueva era post-revolucionaria carecemos de lo que antes nos abundaba y nos sobra lo que antes era escaso o inexistente. Tenemos tecnología desplazadora de mano de obra, armas sin utopía, pan sin dignidad, sueño americano sin vigilia revolucionaria, libros de autoayuda para necesidades creadas, disenso sin coraje, consenso sin fraternidad, Cocacola sin salud, Toyotas sin rumbo, McDonalds sin conexión al mercado local, balas sin alma... protestas sin propuestas, propuestas sin protestas, como diría Xabier Gorostiaga... Otro collage.

OCTAVA FOTO: CAPTURANDO A HASENFUS


El mercenario estadounidense Eugene Hasenfus fue capturado por un enjuto campesino vestido del verde olivo militar. Lo lleva maniatado de un cordel que va tilinte mientras caminan en medio de la selva. El campesino tiene más pelo que carne. El uniforme le queda ancho. Sobre el pecho lleva una camándula que quizás su madre le dio a modo de amuleto protector. Hasenfus parece sumido en sombríos pensamientos. Carlos Durán tomó esta foto y el diario Barricada la publicó en su edición del 8 de octubre de 1986. El magro soldado no parece más épico que un campesino regresando a casa con un garrobo bien atado. ¿Se habrá dado cuenta que entró a la historia colectiva? Hasenfus, como soldado en Vietnam hasta 1972, habrá visto peligro. Pero aún debía estar pensando en la muerte del resto de tripulantes del helicóptero en que viajaba. La Fuerza Aérea Salvadoreña le había extendido un documento que lo identificaba como asesor militar y él debía sentirse como un miembro del equipo de Misión Imposible.

No hubo tregua para Nicaragua. La guerra contrarrevolucionaria empalmó la insurrección antisomocista con la guerra civil antisandinista. El embrión fueron los remanentes de la Guardia Nacional a los que el gobierno de reconstrucción nacional trató con una misericordia inusitada en las victorias revolucionarias. Implacables en el combate, generosos en la victoria, rezaba un eslogan muy repetido. También hubo grupos antisomocistas que se volvieron contra su cuestionada vanguardia. Primero aparecieron los MILPAS (Milicias Populares Anti-Sandinistas) y luego se formó la Fuerza Democrática Nicaragüense. En 1987 todos los grupos contrarrevolucionarios se agruparon en la Resistencia Nicaragüense. Fue una guerra también de metáforas: los Cachorros de Sandino versus los Paladines de la Libertad: los muchachos del Servicio Militar sandinista versus los muchachos de la Contra. Unos 150 mil jóvenes en armas en un país de poco más de 2.5 millones de habitantes. Uno de ellos, el de la fotografía, lleva sereno su botín.

LA INTERVENCIÓN QUE NO LLEGÓ

En el terreno de la diplomacia, propaganda y legislación internacional, el FSLN y sus aliados ocasionales, tácticos y estratégicos anotaron muchos goles. Los Angeles Times denunció que los ex-guardias somocistas y los exilados cubanos tenían campamentos de entrenamiento militar en los estados de California y Florida, donde contaban con el asesoramiento directo de la CIA y de veteranos de guerra del Vietnam. La CBS reveló cómo Reagan obtuvo fondos adicionales del narcotráfico para equipar a los contras. La base militar de Palmerola en Honduras fue denunciada incluso por funcionarios del Estado hondureño.

Para el gobierno estadounidense, toda la década fue una fallida preparación de la opinión pública doméstica y mundial para la intervención militar directa. Por fortuna para la caperucita rojinegra, el feroz lobo imperialista tenía muchos y muy diligentes enemigos internos. Los internacionalistas solidarios jugaron un papel encomiable para evitar la intervención y transmitir información verídica. Desmintieron el Informe Kissinger, ahíto de falsedades. Y apoyaron las maniobras diplomáticas de Nicaragua. Cierto es también que los seudónimos de los cabecillas contrarrevolucionarios facilitaron sobremanera su labor. ¿Quién esperaba un trato amable o una liberación si trataba con Chacal, Suicida, Pantera o Coral?

DONDE SE PERDIÓ LA GUERRA

Tras arduas gestiones, la Corte Internacional de Justicia de La Haya condenó la colocación de minas próximas a puertos nicaragüenses y admitió la demanda por agresión presentada por el gobierno sandinista en 1984, y finalmente falló en junio de 1986 a favor de Nicaragua, sentenciando al gobierno de Estados Unidos a pagar los daños causados con su política de terrorismo de Estado.

Pero al interior de Nicaragua la legitimidad del gobierno sandinista se iba descascarando. Los gastos militares eran una rémora para las finanzas estatales. El Estado era el mayor empleador del país. Pero en 1988 su mano dadivosa quedó casi vacía y una compactación estatal lanzó a la calle a miles de empleados públicos, profundamente decepcionados del proyecto revolucionario.

Es difícil ser militante sin un pan sobre la mesa familiar. Miles de madres estaban descontentas, angustiadas y hasta abiertamente hostiles al reclutamiento militar forzoso. ¿Hasta cuando iba a durar aquel baño de sangre que estaba diezmando a la juventud? El Servicio Militar Patriótico y las milicias populares se estaban tragando a una nueva generación. La Seguridad del Estado -en algunos aspectos efectiva, en muchos represiva- había abortado innumerables actos de sabotaje, pero también había perpetrado abusos y amenazaba con irse moldeando a imagen y semejanza de la KGB y la Stasi. Su afán por hacer de la conspiración un deporte en olímpica impunidad erosionaba el pluralismo político prometido como uno de los pilares de la revolución.

En la acera contraria, la de la contrarrevolución armada, el conflicto bélico incluyó vergonzosos episodios que algunos quieren lanzar al cesto de la amnesia histórica. Seis niños fueron asesinados por fuerzas de la contrarrevolución armada, en El Jícaro, Nueva Segovia, mientras Arturo Cruz, padre de nuestro último ex-embajador en Washington al servicio de Ortega -aunque usted no lo crea-, decía que los contras son nuestros estimados conciudadanos que eligieron la vía de la guerra.

TANTOS DUELOS NO LLORADOS
Y UNA UTOPÍA JUBILADA

De ahí venimos. Estos retazos no explican todo, pero explican mucho de lo que somos: unas feroces ganas de sobrevivir con dignidad, un manojo de oportunistas, una utopía jubilada. Una encuesta de los 80 realizada por la UCA reveló que el 27% de los nicaragüenses tenía parientes que habían muerto o fueron heridos durante la revolución o la contrarrevolución. Eso nos da una idea del saldo en duelos no llorados, traumas mal manejados, hombres haciendo gárgaras con la violencia.

El saldo del oportunismo es la imagen de Humberto Ortega Saavedra y Adolfo Calero Portocarrero charlando codo a codo mientras menean sus vasos de güisqui en la embajada de México. Los dos estrategas, ahora hermanados por las fortunas que hicieron a uno y otro lado de la delgada línea rojinegra. Adolfo Calero, el hombre que brincó de gerenciar la Cocacola en Nicaragua al más lucrativo oficio de gerenciar una guerra. Y Humberto Ortega, su contraparte, que dijo al acabar la guerra que en la paz no todos podían “estar en palco”, sólo reservado a los más selectos. Ambos abandonaron a su suerte a los soldados que rifaron su pellejo y que sin saberlo los enriquecieron. Pequeñas piezas en su mortífero partido, quedaron perdidos en el terreno de juego después de que poderes invisibles cambiaron las reglas del juego, el rayado del cuadro y hasta los jugadores.

Nuestra dignidad la rescatan los cientos de lisiados de guerra. Y otros héroes anónimos, y no tan anónimos, como ese escuchimizado campesino que sin esposas y sin grandes bazucas, sólo con su pequeño fusil y un cordel, lleva el botín de guerra -el forzudo y bien maiciado Hasenfus- a la frágil vitrina de la historia.

NOVENA FOTO: JUANA INUNDANDO A CIUDAD RAMA


Juana visitó Nicaragua en octubre de 1988. Arrasó unos 500 kilómetros cuadrados de bosque tropical, causó la muerte a 148 personas y dejó sin vivienda a 80 mil costeños. El río Escondido creció 15 metros por encima de su nivel normal, dejando porciones de Ciudad Rama bajo seis metros de agua. La fotografía que tomó William Frank Gentile muestra a Ciudad Rama sumergida en un espeso líquido color mostaza. Sobresalen unos pocos techos de zinc y muchas palmeras. La torre de la iglesia católica se yergue sobre el desastre. No circula un solo bote. Nadie intenta rescatar sus pertenencias. La ciudad entera fue evacuada por la Defensa Civil con salomónica previsión y estudiada precisión. Los 80 fueron una década de caos económico y escasez de medios, pero también de un tendido organizacional sumamente efectivo para ciertas tareas.

EL PACÍFICO:
UN DESASTRE PARA EL ATLÁNTICO

Bluefields también fue afectada. En los últimos 130 años, esa ciudad y sus alrededores han sido golpeados por 13 tormentas tropicales o huracanes. Sólo en las últimas tres décadas se cuentan cuatro huracanes: en 1971 fue Irene, en 1988 Juana, en 1996 César y en 2007 Félix.

Bluefields, que en 1988 celebró los 200 años de haber sido fundada, fue prácticamente arrasada por el huracán Juana, que destruyó el 98% de las casas y edificios -6 mil, en su mayoría de madera- y dejó a 71 mil personas damnificadas. Los esfuerzos de prevención evitaron mayores daños: sólo hubo 18 muertos en 12 horas de vientos que alcanzaron los 260 kilómetros por hora. Envío dijo entonces: Blufileños que conocieron el terremoto de 1972 en Managua afirmaron que ‘Juana’ fue como 20 terremotos juntos y que la ciudad criolla parecía en la mañana del 23 de octubre la Managua terremoteada.

¿Por qué asociar la Costa Atlántica con un desastre en este álbum de los 80? Hubo otros en el Pacífico. En mayo de 1982 las inundaciones hicieron colapsar Chinandega. Hubo 75 muertos, un hospital hundido, 75 muertos, 60 mil damnificados y 150 millones de dólares en pérdidas materiales. Pero entre la actitud del Estado hacia el Pacífico y el Atlántico ha existido una diferencia radical, por lo menos desde que el presidente José Santos Zelaya tuvo la ocurrencia de reincorporar “la Mosquitia”, el reino de los mískitos, que solía ser un protectorado británico con una legislación y culturas muy distintas a las predominantes en la otra costa. El Pacífico ha vivido de espaldas al Atlántico, salvo cuando se trata de explotar sus abundantes recursos pesqueros, mineros y forestales. O de contaminar sus tierras y aguas.

El Pacífico ha sido el mayor desastre que el Atlántico ha tenido que soportar. La administración sandinista no fue la excepción. Recurrentemente envió a la Costa Atlántica a los médicos, militares, policías y demás funcionarios públicos a quienes quería castigar por sus pésimos comportamientos. “La Costa” era la Siberia nicaragüense. En lugar de tundra y temperaturas gélidas, tenía pantanos, mosquitos y una población comprensiblemente temerosa de los “españoles”, nombre que daban y siguen dando a los advenedizos del Pacífico. Lo que hacía más penosa esa experiencia de destierro eran los prejuicios sobre las culturas del Atlántico que los “españoles” cultivaban con deleite. En miles de anécdotas, chistes y cuentos de horror, los costeños eran pintados como brujos, brutos y descendientes de antropófagos africanos o de aborígenes oportunistas, aficionados a cambiarse de nombre cada cierto tiempo y adoptar los más excéntricos: Alka-Seltzer, General Electric y otras marcas, nombres de ciudades o siglas institucionales.

UNA AUTONOMÍA TARDÍA

Los malos tratos hacia los nativos costeños fueron una predecible y poco mitigada constante. La presuntamente halagüeña consigna Un gigante que despierta es la Costa no pudo ser más desafortunada. ¿Cuándo hemos estados dormidos?, replicaron con acritud quienes en el Caribe se sintieron aludidos. Del malestar nació el movimiento armado Misurasata y luego el partido Yátama. Un buen día Monseñor Salvador Schaeffler, obispo de la Costa Atlántica, desapareció sin dejar rastro. Los medios de comunicación oficiales acusaron a la contrarrevolución de haberlo secuestrado. Para sorpresa de muchos sandinistas, el obispo apareció días después en Honduras, acompañado de unos 300 mískitos. Aun cuando aquel “éxodo” fue una manipulación del gobierno de Estados Unidos, las declaraciones de Schaeffler nos dejaron atónitos.

En los últimos años el gobierno sandinista intentó corregir sus desmanes en el Caribe. La Ley de Autonomía fue el más ímprobo intento de propósito de enmienda, pero llegó tardía, incompleta y cuestionada como papel inocuo. Llegó al humo de las velas del proceso revolucionario.

Años después, los desastres naturales y los desastres políticos continuaron. El huracán Félix, que en 2007 afectó más al Caribe norte, fue un test de la relación entre un inoperante Sistema Nacional para la Prevención, Mitigación y Atención de Desastres y los damnificados. El Pacífico no puso el Sistema -al menos no de forma efectiva- al servicio del Atlántico, pero sí utilizó el huracán como excusa para cancelar las elecciones municipales en los municipios afectados, dándose un margen de tiempo para orquestar un golpe de mano contra las disidentes fuerzas políticas locales.

DÉCIMA FOTO: LOS MUROS TIENEN LA PALABRA


Con la cámara más puntual para los momentos memorables, Susan Meiselas captó el instante en que el muralista da las últimas pinceladas a su obra. El muro tiene más de tres metros de altura y está coronado por unas enormes púas que parecen parte de la imagen en la que aparece un gigantesco guerrillero con boina y el rostro cubierto por una pañoleta mitad roja y mitad negra. Carga un fusil. ¿Un AK-47, de esos que tanto abundaron en los 80?

Es uno de los primeros murales. Quizás es muy pronto para un AK. No sabemos si es la carabina que dispara auroras, a la que Carlos Mejía Godoy alude en la canción a Carlos Fonseca Amador, pero queremos creer que lo es porque al guerrillero lo envuelven atmósferas anaranjadas y blancas que parecen irrumpir en la oscuridad.

ALEMÁN: BORRAR LA MEMORIA

Éste es uno de los panfletos gráficos de los que se poblaron los muros de Managua durante los 80. Contaban la historia. Eran sociología plástica. Eran una catequesis visual. Para que no olvidáramos. Para que, aunque ya nadie vivía como los santos, recordáramos que los hubo. Una caminata por Managua garantizaba un baño de cultura. Hubo murales colectivos e individuales. Hubo murales de amateurs y de virtuosos. Todos hablaban de lo que pasó y estaba ocurriendo.

Managua, la capital más espantosa de Centroamérica, se había convertido en una inmensa pinacoteca. Hasta que Arnoldo Alemán, desde su puesto de alcalde de Managua, fue el Savonarola de todo ese arte: ordenó sumergir los murales bajo una capa de pintura negra. Negro para olvidar. En el brevísimo cortometraje que narra el tránsito de un sistema de planificación estatal a un sistema de mercado, un fundido en negro se tragó remembranzas conmovedoras de esta historia. Quiso Alemán borrar la memoria -cierta memoria- para instaurar el olvido, cierto olvido. La perspectiva actual, un vistazo a lo ocurrido en los últimos 18 años, permite inferir que Alemán quiso acabar con lo mejor de la revolución y terminó casándose con lo peor.

Fueron sepultados en negro los deslumbrantes murales de Leonel Serrato, Hilda Vogl, Julie Aguirre, Manuel García y Alejandro Canales, entre otros. Hoy los muros de Managua contienen fantasmas que quieren emerger. Los murales eran archivos a la vista de todo público. Eran los archivos más accesibles, los retablos seculares de la revolución. Eran una espléndida contribución a la memoria colectiva. Cada muro era una trinchera de lucha ideológica que hacía pertinentes las preguntas del filósofo francés Paul Ricoeur: “¿de qué hay recuerdo?, ¿de quién es la memoria?”

¿QUÉ FUE LO QUE SOÑAMOS?

Para recuperar la memoria, hay en Managua muros que hoy gritan ¡Rigoberto, vuelve! La lucha sigue. No nos dejemos arrebatar la memoria y sigámonos preguntando: ¿Existió la revolución? ¿Qué fue lo que existió? ¿Qué fue lo que soñamos? ¿Quién sostiene la balanza para medir lo real y lo soñado? La memoria también se compone de sueños y pesadillas. No podemos separar lo que somos de lo que soñamos y de lo que tenemos nostalgia (tampoco de lo que aborrecemos). Eso nos enseña el bello poema de Daisy Zamora que cristalizó en un mural en San Francisco:

Cuando regresemos a nuestra antigua tierra
Que nunca conocimos
Y platiquemos de todas esas cosas
Que nunca han sucedido
Caminaremos llevando de la mano niños
Que nunca han existido
Escucharemos sus voces y viviremos
Esa vida de la que tanto hablamos
Y nunca hemos vivido.


INVESTIGADOR DEL SERVICIO JESUITA PARA MIGRANTES DE CENTROAMÉRICA (SJM). MIEMBRO DEL CONSEJO EDITORIAL DE ENVÍO.

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