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  Número 328 | Julio 2009
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Nicaragua

30 años después por el túnel del tiempo

El FSLN llega al 30 aniversario de la revolución que encabezó cuando Centroamérica vuelve a estar bajo la lupa internacional por el golpe militar en Honduras. Y cuando Nicaragua llora la muerte, por años, de la gloria nacional de la música nicaragüense, Camilo Zapata y llora también la inesperada muerte, por un tiro al corazón, de la gloria nacional del deporte nacional, Alexis Argüello.

Equipo Nitlápan-Envío

El lunes 29 de junio, Managua se convirtió en epicentro político continental. En tres sucesivas cumbres (ALBA, SICA, Grupo de Río), con participación de la OEA y de UNASUR, una docena de Presidentes daban su total respaldo al presidente hondureño Manuel Zelaya y repudiaban el golpe militar. Los discursos de todos los presentes relevaron la necesidad de consolidar la institucionalidad y la democracia.

NI GOLPES NI FRAUDES

Desde Nicaragua nos toca señalar la principal contradicción del anfitrión de las cumbres, el Presidente Daniel Ortega. Porque, si el pueblo soberano legitimó a Manuel Zelaya con sus votos como Presidente de Honduras, y esa elección hay que respetarla y defenderla en las calles, los votos de los nicaragüenses legitimaron al menos a 40 alcaldes que no ocupan hoy sus cargos, porque el 9 de noviembre Ortega decidió que serían los candidatos del FSLN quienes los ocuparían. Y en aquellos días la defensa del voto popular en las calles de Managua y otras ciudades fue objeto de una encarnizada represión de grupos de choque armados por el gobierno de Ortega.

Si los golpes militares son, eran ya, deben ser, escenas del pasado centroamericano, igual deben serlo los fraudes electorales. Ambos abusos de poder han traído mucho dolor y sangre a nuestros pueblos. Si fueron grotescos y primitivos los procedimientos que siguieron los militares para sacar a Zelaya del gobierno, también lo fueron los métodos con los que se fraguó el fraude electoral en Nicaragua. Golpes y fraudes nos regresan por el túnel del tiempo a etapas que ya creíamos superadas.

POR EL TÚNEL DEL TIEMPO

¿Es posible viajar a través del tiempo? Mientras los científicos resuelven el desafío, en Nicaragua es necesario hacerlo para reflexionar en algunas de las características de la revolución que triunfó hace 30 años, en contraste con algunos de los comportamientos del actual gobierno, que repite a diario que estamos viviendo la “segunda etapa” de aquella revolución. Vayamos por ese túnel del entonces al ahora, del ahora al entonces, para analizar, aunque sea someramente, algo de lo que fue y algo de lo que ya no es.

¿UNA DICTADURA?

La revolución triunfante hace 30 años quitó las bases a la arcaica institucionalidad somocista y desde el gobierno comenzó a construir un nuevo Estado. A pesar de que la revolución siempre se identificó como “la ley”, se dieron en aquellos años pasos incipientes, primeros pasos, hacia la institucionalidad. Muy pronto la guerra los distorsionaría, pero aun así dejaron huellas después que la revolución fue derrotada electoralmente en 1990.

Desde hace un año es habitual en el lenguaje de la oposición al actual gobierno de Daniel Ortega -incluida la oposición desde el Sandinismo- calificarlo de “dictadura institucional” o más suavemente, de gobierno “con tendencias dictatoriales”. O aún más suavemente, de “populismo autoritario”. Más allá de la precisión jurídica o política del concepto o de lo adelantado o frenado que esté el proceso dictatorial o autoritario, no deja de tener algo de sobrecogedor que el túnel del tiempo nos conduzca a tener que plantearnos esa reflexión: ¿quienes derrocaron una dictadura han terminado pretendiendo instaurar otra?

LA ARMAZÓN DEL PACTO

El control a medias de las instituciones del Estado que el FSLN se agenció tras pactar en 1998 con el entonces Presidente Arnoldo Alemán permitió a Ortega pasar de “gobernar desde abajo” -como proclamó al ser derrotado electoralmente- a gobernar “desde al lado­”. Con los años, Alemán cayó en la “cárcel” por su voraz corrupción y eso lo colocó en calidad de socio minoritario del pacto. Hoy ya no hay poder a medias. El FSLN gobierna “desde arriba”, y su control es casi total en el Poder Judicial, total en el Poder Electoral y casi total en la Contraloría y en la Fiscalía.

La falta de contrapesos institucionales es la armazón a partir de la cual se construye una dictadura. El pacto de Ortega con Alemán, el acuerdo del FSLN con el PLC alemanista, ha destruido la institucionalidad que la revolución comenzó a construir y que, pese a todo, siguió construyéndose en los años siguientes. Un enfrentamiento de las instituciones, ley en mano, con Ortega, similar al que se desarrolló en Honduras antes del golpe, es hoy impensable, porque ya todas las instituciones funcionan al servicio de los intereses de Ortega.

Los sandinistas que respaldan al actual gobierno no dejan de tener reservas ante la vía -la del pacto con el archicorrupto Alemán- elegida por el FSLN para regresar al gobierno y mantenerse en él.

Tienen también reservas sobre cómo el FSLN ejerció sus cuotas de poder durante los 16 años que estuvo fuera del gobierno, años en los cuales los diputados del FSLN respaldaron todas las privatizaciones y medidas económicas neoliberales y el propio Daniel Ortega activaba, y desactivaba después, las protestas de las organizaciones populares nacidas en la revolución a la medida de sus intereses, manteniendo siempre la retórica revolucionaria. Este comportamiento dual es lo que permitió un avance rápido y sin límites del proyecto neoliberal en Nicaragua.

Estos sandinistas encarnan, como consigna, lo de “el fin justifica los medios: lo único que importa hoy no es cómo el FSLN regresó al gobierno, sino que regresó, y por eso lo apoyan.

PROYECTO PENDIENTE

Este mes, el proyecto estratégico de Daniel Ortega -reformar la Constitución para poder reelegirse en las elecciones de 2011 y/o transformar el sistema presidencialista en sistema parlamentario y así, seguir gobernando- continuó encontrando límites. No logra aún el FSLN los 56 votos necesarios en el Parlamento para estas reformas, cuyo contenido detalla ampliamente en páginas siguientes el jurista Gabriel Álvarez.

A diferencia de Zelaya, Ortega ni habla siquiera de consultarle en ninguna urna a la población si quiere o no las reformas que conducen a su reelección. También para él, el fin justifica los medios: busca conseguir los votos que necesita para hacer realidad su proyecto con ofertas a los legisladores vulnerables a venderlo.

Y profundizando la división en las filas liberales: reedita nuevos capítulos del pacto con Alemán mientras acosa a Eduardo Montealegre con el habitual mecanismo­ de judicializar la política: fiscales y jueces del FSLN abrieron el juicio por la emisión de los bonos bancarios CENI(ver Envío de marzo 2008), que el aparato de poder de Ortega atribuye a Montealegre para sacarlo del juego político y fortalecer a Alemán. Se trata de un juicio en donde el gobierno no busca hallar responsables sino pasar facturas políticas.

UN PODER UNIPERSONAL

En los primeros años revolucionarios el gobierno fue conducido colectivamente. Ésa fue una de las novedades de la revolución sandinista que más llamaron la atención del mundo, dado el tradicional caudillismo de la historia política latinoamericana. Cada uno de los nueve comandantes tenía su “feudo” y aunque esto tenía serios inconvenientes, obligaba también a consensos y a debates.

En 1984, Daniel Ortega fue electo Presidente de la República, pero la dirección colectiva se mantuvo y Ortega siguió siendo “uno más” entre los nueve. El Vicepresidente Sergio Ramírez jugaba un papel fundamental en el gobierno. Gobernaba, administraba. El poder estaba compartido, descentralizado, y los ministerios eran espacios donde se tomaban decisiones y se desarrollaban iniciativas. Había un pluralismo creativo en los mandos nacionales con los que enfrentar los muchos problemas del país.

Hoy, todos los hilos del gobierno están manejados por una sola persona: Daniel Ortega. Y por su familia
-esposa e hijos- y un círculo cada vez más estrecho de allegados íntimos. Los ministros viven temerosos, pendientes de la voluntad de Ortega para decidir, y hasta para hablar. Daniel Ortega ha sido el único secretario general que ha tenido el FSLN, ha sido el único candidato presidencial que ha tenido el FSLN -en cuatro ocasiones- y actualmente acceder a cualquier espacio de poder en el FSLN requiere de incondicionalidad con la figura de Daniel Ortega y ya no del compromiso con el programa histórico del FSLN.

LA VETA DE LA MADERA

La lealtad incondicional a los dirigentes como sello de pertenencia al FSLN se puede explicar por el origen militar de esta agrupación política, por su histórica cultura organizacional, más parecida a la de un ejército que a la de un partido político. Sin olvidar que al pequeño núcleo militar-clandestino que componía el FSLN hace 30 años, al derrocar el somocismo, se unieron en los años 80 unas 200 mil personas que combatieron en la guerra y que trasladaron a las estructuras partidarias los estilos militares. Se reforzó así aún más el estilo militar de la identidad de “ser sandinista”.

Los sandinistas que respaldan hoy al FSLN justifican el liderazgo unipersonal de Ortega no por su carisma -muy gris en los años 80, aun siendo Presidente- sino porque en los años 90, después de la derrota electoral, fue el único “que se puso al frente”, que “no abandonó el barco”, que le “costó la causa”, que “voló verga”. En el FSLN siempre ha pesado mucho la trayectoria: haber sido clandestino, haber estado preso, haber combatido. Pesa menos el profesionalismo, el conocimiento, la capacidad de argumentación. Desde hace años fue pesando cada vez menos la ética.

Daniel Ortega era de los que tenía trayectoria y en los 90 fue hábil y tenaz para acumular y centralizar poder. Un poder que es hoy tan incuestionable como cuestionable: el necesario debate autocrítico que debió seguir a la derrota electoral nunca se promovió en el FSLN y hoy se muestra una de las vetas de la verdadera madera de Daniel Ortega: la del tradicional caudillo latinoamericano.

EL CARNET, UN TESORO

Ciertamente, al FSLN no se le puede analizar con los parámetros de los partidos clásicos. Al derrocamiento de la dictadura, los sandinistas eran apenas un minoritario conjunto de células clandestinas militarizadas.

Menos de un año antes, en la ofensiva de octubre de 1978, y según testimonio de la comandante Dora María Téllez, eran sólo 67 personas las que se batían en los frentes de guerra en todo el territorio contra la Guardia Nacional somocista. Lo increíble y magnífico fue cómo aquella minoría logró movilizar e inspirar a una mayoría del pueblo nicaragüense hasta triunfar militar y políticamente en 1979. Después de 1979, el FSLN dio un salto gigantesco: pasó de ser células a ser un organismo entero, pasó a ser gobierno, a dirigir y a representar a un Estado. Durante los primeros años, la pertenencia al “partido” FSLN siguió siendo muy limitada. En la “primera promoción”, militantes del partido fueron apenas los dirigentes máximos de la revolución triunfante. Para la “segunda promoción” se amplió un poco el número, aunque los procedimientos estaban llenos de requisitos difíciles de cumplir: trayectoria probada y reconocida por dirigentes, cartas de referencia, seminarios, lecturas marxistas…

El carnet de militante que se recibía tras aquel camino lleno de obstáculos -no todos los propuestos los superaban- se conservaba como un tesoro. Las siguientes promociones tuvieron ya menos requisitos y procedimientos más expeditos, pero no era cualquiera quien recibía el carnet de militante.

SÓLO EN ELECCIONES

Durante los años 90, el FSLN fue derivando de un partido que perdió el gobierno a un partido reducido a una estructura exclusivamente electoral. Según la comandante Mónica Baltodano declaró a Envío, en los años 90, el FSLN era “unos 30 mil fiscales, miembros de las mesas de votación, estructuras organizadas exclusivamente para la defensa del voto en momentos electorales y subordinadas al secretario de organización, Lenín Cerna”.

Ya en 1996 había desaparecido la relativa “vida partidaria” que hubo en los años 80, se diluyó la escasa organicidad e institucionalidad conseguidas hasta entonces, se canceló el debate y el proyecto fue únicamente el del propio Ortega: regresar al gobierno. Todos los esfuerzos del partido se reservaban para los eventos electorales, para garantizar el “voto duro”. Así sucedió en 1996 y en 2001, hasta que en 2006, con apenas el 38% de los votos, por fin Daniel Ortega logró regresar al gobierno.

Hoy el FSLN reparte carnets de militantes como quien reparte caramelos en una fiesta. En una total simbiosis Estado-partido, desde hace unos meses, todos los empleados públicos son convocados a solicitar “voluntariamente” su militancia en el FSLN. Aun a los que no lo solicitan se lo dan. También por los barrios se reparten carnets y a todo el que lo pida se lo entregan. Basta llenar una simple hoja con datos básicos y dar una foto para empezar a “militar” y, naturalmente, a cotizar. No cuentan ni trayectoria ni referencias.

¿CARNETS QUE SERÁN VOTOS?

Con la campaña “Somos millones”, el FSLN ha querido llegar al 30 aniversario de la revolución con más de un millón de afiliados carnetizados. La excusa ideológica es que el partido debe ser “incluyente”. El temor entre los empleados del Estado es que quien no se incluya puede perder el empleo. La estrategia es que los carnets se traduzcan en votos: preparar y justificar de previo el triunfo del FSLN en las elecciones de 2011 con un millonario electorado. Tiene lógica matemática: el “techo” que nunca ha superado el FSLN es 900 mil votos

La ventaja del carnet del FSLN es similar a la que en tiempos de Somoza daba “la magnífica”: el carnet de afiliación al liberalismo somocista, que protegía, abría puertas y garantizaba algunos beneficios. Por el túnel del tiempo, la historia se ha repetido: quienes hicieron trizas el poder de aquel carnet han creado hoy una especie de equivalente.

Los que hoy apoyan al FSLN y vienen de más antigua y probada militancia en sus filas no dejan de mostrar inconformidad por esta “ideología incluyente” que ha desvalorizado la pertenencia al FSLN y no dejan de reconocer que esta masividad, unida al liderazgo unipersonal y centralizador de Ortega, ha acabado con los pocos espacios orgánicos de participación que aún quedaban en el partido.

DRACONIANA LEY ELECTORAL

La revolución sandinista abrió las puertas a la democracia electoral en Nicaragua. Las elecciones amañadas, previsibles y espurias que jalonaron los largos años de somocismo quedaron atrás. Durante los años revolucionarios se construyó un prestigioso Consejo Supremo Electoral, se elaboró una pluralista Ley Electoral y se celebraron las transparentes elecciones de 1984 y de 1990: en unas ganó el FSLN, en otras perdió.

Unos años después, el pacto de Ortega con Alemán comenzó a cerrar las puertas de la democracia electoral, dejando apenas algunos postigos. Uno de los productos más importantes del pacto fue en el año 2000 una nueva Ley Electoral, la vigente actualmente.

Es una ley draconiana que encorseta la política nicaragüense para que se mueva en un perpetuo bipartidismo. La ley redujo el pluralismo político -una de las señas de identidad de la revolución de 1979- a pluripartidismo, al suprimir la posibilidad de candidaturas municipales fuera de los partidos políticos. La ley fija la elección de diputados por listas cerradas que elaboran los partidos.

La ley cambió la matemática electoral para favorecer inequitativamente a los dos partidos que ocupen primero y segundo lugar. La ley establece condiciones que dificultan al extremo la vigencia de otros partidos, la creación de nuevos partidos y la formación de alianzas entre partidos. La ley busca polarizar por siempre al electorado entre el PLC de Alemán y el FSLN de Ortega.

UN FRAUDE COMPARTIDO

Los últimos postigos quedaron definitivamente clausurados en las elecciones municipales de noviembre 2008, cuando el FSLN en el gobierno evaluó que prefería pagar el costo de robar votos que perder alcaldías importantes y organizó un fraude electoral para “ganar” 105 de las 142 alcaldías en juego en esos comicios, en los que, para cubrirse, prohibió la presencia de observadores nacionales e impidió la de observadores internacionales.

Este fraude se hizo con la complicidad de Arnoldo Alemán y de las estructuras más cercanas a Alemán en el PLC. Finalmente, este mes el asesor económico de Ortega, Bayardo Arce, así lo reconoció. Por el túnel del tiempo vemos que quienes denunciaban los fraudes somocistas como burla al pueblo han repetido la historia.

MILLONES EN RECURSOS

Hace 30 años, la revolución sandinista atrajo la solidaridad del mundo e hizo de Nicaragua una meca. En aquel mundo de entonces, fracturado por el eje Este-Oeste, Nicaragua se convirtió en una especie de ruleta ideológico-política en la que muchos pueblos y gobiernos decidieron apostar a la justicia, al cambio y también al anti-imperialismo. La revolución sandinista sedujo a millones. Gobiernos, cooperantes, brigadas de “internacionalistas” de todas partes fueron seducidos y se dieron cita aquí.

Tanto amor se tradujo en una ola de recursos humanos, materiales y financieros. La guerra se comió muchos de esos recursos. En los años 90, Nicaragua fue uno de los países del mundo que recibió más asistencia internacional per cápita. Para proyectos de desarrollo. Y para pagar deuda. Hoy es uno de los países más dependientes de préstamos y donaciones de la cooperación internacional. Hoy las brechas sociales que existen en Nicaragua y el empobrecimiento de una mayoría nos indican que el desarrollo no es cuestión de dinero sino de la cultura política, social, económica, y hasta de la cultura religiosa, de quienes reciben, administran, distribuyen y rentabilizan ese dinero.

FRAUDE: COSTO ECONÓMICO

El fraude electoral ha tenido costos económicos para Nicaragua y alto costo político internacional para el FSLN, que ya desde antes venía menospreciando, y hasta insultando, a la cooperación internacional, al “imperialismo yanki y al colonialismo europeo” por ponerle “condiciones” a la ayuda que dan a Nicaragua.

Este mes siguieron las conversaciones del gobierno con los representantes de la Unión Europea que cooperan con millonarias donaciones a sostener el presupuesto nacional y financian proyectos y programas sociales y de inversión pública y que, a consecuencia del fraude, han decidido retener, reducir o cortar esa ayuda.

La falta de credibilidad electoral de Nicaragua ha centrado los planteamientos de los países cooperantes no en revertir el fraude, sino en garantizar que las elecciones presidenciales de 2011 no sean como las de 2008. Para eso, sugirieron al gobierno en estas rondas, entre otras cosas, que sea obligada la presencia de observadores nacionales e internacionales.

Será en septiembre cuando el Grupo de Apoyo Presupuestario tome su decisión definitiva. En una primera respuesta, el gobierno aceptó a los observadores internacionales, pero no a los nacionales, sabiendo todos que son éstos los que, “conociendo el patio”, más pueden certificar la transparencia. Voceros del gobierno argumentan que los observadores nacionales no son admisibles porque no son independientes por tener “un sesgo partidario”, aunque siempre ha defendido que es totalmente admisible que magistrados electorales y judiciales tengan sesgos partidarios.

EL COSTO DEL FRAUDE
LO PAGARÁ VENEZUELA

También por razones de falta de gobernabilidad democrática y de transparencia, expresadas en el fraude, este mes el gobierno de Estados Unidos decidió suspender definitivamente el desembolso de los últimos 62 millones de dólares correspondientes a proyectos pendientes de la Cuenta Reto del Milenio (CRM), con la que miles de pobladores del Occidente se beneficiaban desde hace cinco años con resultados exitosos: carreteras y caminos, proyectos productivos, titulación de propiedades…

Unos días después de cortada la CRM, Daniel Ortega dio por zanjado el problema que crea este nuevo agujero en la economía nacional anunciando que el gobierno de Chávez dará a Nicaragua 50 millones de dólares en una nueva cuenta de ayuda venezolana llamada “Alba Solidaria” que, como mucha otra cooperación venezolana, irá a nutrir una nueva “empresa privada”, según declaraciones que inmediatamente hizo el presidente del Banco Central, Antenor Rosales, del bloque de empresarios del FSLN. Estas empresas privadas están vinculadas al partido y al círculo íntimo de la familia gobernante.

Mientras el FSLN sigue pagando costo internacional por el fraude y Ortega se exhibe hoy entre los gobernantes que pertenecen al ALBA como el único dirigente “revolucionario” sin legitimidad electoral, parte del costo económico del fraude va a cubrirlo Venezuela.

Sin embargo, después de las reuniones de Managua en apoyo a Zelaya la legitimación que se dio a las sanciones económicas para presionar por la gobernabilidad democrática y el respeto a la institucionalidad, le ha quitado a Daniel Ortega su principal argumento contra la cooperación internacional que lo ha “castigado” por el antidemocrático fraude electoral y que condicionan hoy el restablecimiento de la ayuda a que se garantice la credibilidad electoral y, con ella, la gobernabilidad democrática.

UNA REFLEXIÓN NECESARIA

¿Cubre realmente Venezuela el costo económico de la antidemocrática operación del fraude electoral del 9 de noviembre? ¿Sustituyen los fondos de Chávez los fondos de Estados Unidos? ¿Es tan simple y automática la solución: un dinero por otro dinero?

Al calor de las consecuencias del fin de la CRM, el economista Horacio Rose, en mensaje al programa de TV “Esta semana”, que abordó ampliamente el tema, comentó: “La gobernabilidad democrática y el funcionamiento de las instituciones del Estado de Derecho, el respeto a la ley, el cumplimiento de las normas establecidas, que incluyen el respeto a la propiedad privada, los contratos y las reglas para elegir y ser electo, tienen mucho que ver con el desarrollo económico”.

“La incertidumbre que genera un Estado que se gobierna bajo reglas autoritarias, al margen del Estado de Derecho, es de tal magnitud, que ningún programa o fondo puede contrarrestarla y esto es válido para las inversiones de la CRM, de la cooperación occidental, de los préstamos del Banco Mundial y de cualquier inversión... Si no se entiende esto y se continúa pensando que es un asunto de fondos, en el corto plazo pocos podrán ganar mucho por poco tiempo, pero en el largo plazo todos perderemos mucho por mucho tiempo”.

ESTADO-BOTÍN E IMPUNIDAD

El gobierno somocista se caracterizó por institucionalizar la corrupción. Consolidó los dos pilares en los que se ha asentado siempre la cultura política de Nicaragua: la concepción del Estado como un botín personal para quienes acceden a gobernar y la impunidad para quienes sacan provecho del botín.

La revolución sandinista tuvo como uno de sus ejes centrales la transformación de la concepción patrimonialista del Estado y la promoción del sentido del “servicio público”. Y lo consiguió. Y en los primeros años, cuando la dirigencia de la revolución estaba entregada por completo a poner las bases de un nuevo Estado, hubo importantes cambios y señales para cimbrear estos dos pilares. Hubo verdaderos servidores públicos.

Sin embargo, este proceso no logró institucionalizarse porque nunca hubo en el FSLN un proceso auténtico de democratización interna que permitiera ejercer controles sobre la dirigencia.

La democracia participativa por la que Daniel Ortega clamaba en las reuniones de Managua en ocasión del golpe a Zelaya nunca se desarrolló al interior del FSLN. Hoy, con el FSLN en el gobierno, es una “especie” totalmente extinguida.

La derrota electoral del FSLN en 1990 fue totalmente inesperada. Lo imprevisto aceleró la voracidad antiética de un sector de la dirigencia del FSLN. La transición que precedió al gobierno de doña Violeta fue signada por “la piñata”, proceso de corrupción masivo en el que dirigentes altos y medios del sandinismo hicieron de las propiedades del Estado su botín: casas, terrenos, fincas, empresas. Inicialmente, dijeron que eran bienes del Estado que pasaban a ser bienes del partido, y así seguirían siendo bienes “del pueblo”. Muy pronto se vio la falacia.

EMPRESARIOS
REVOLUCIONARIOS

Todo eso quedó en la impunidad. Al final del gobierno sandinista en 1990 muchos de sus dirigentes estaban convertidos en propietarios y empresarios. “La piñata” es el punto de partida más visible en la ruta de deterioro moral del FSLN.

Quienes hoy respaldan al FSLN tienen que reconocer el importante lobby que dentro del partido y del gobierno tiene hoy el grupo de empresarios, que hicieron su acumulación originaria en “la piñata” y en lo que siguió después.

Menos reconocen que, a partir del pacto, nacieron nuevos negocios entre allegados de Ortega y de Alemán, jugando ambos grupos con ventaja en los procesos de privatización, en las quiebras bancarias, en millonarias indemnizaciones, siempre bajo la lógica económica del pacto: “Yo te doy, vos me das”.

¿Y qué porción de los 457 millones de dólares de la cooperación venezolana que recibió Nicaragua en 2008 -según las cifras del Banco Central recién publicadas, por fin, por presiones del FMI- ha servido para capitalizar empresas de altos funcionarios del partido y para la familia gobernante? Como la cooperación venezolana no se refleja en el presupuesto nacional, escapa a todo control y se presta a un uso discrecional. Y facilita la corrupción.

Por el túnel del tiempo vemos que el FSLN ha re-editado la tradicional concepción del botín estatal, garantizada con impunidad, que caracterizó al somocismo.

¿UNA REVOLUCIÓN?

Hace 30 años la revolución sandinista apostó a cambiar las estructuras injustas sobre las que se venía construyendo Nicaragua desde la independencia de España.

La reforma agraria cambió la estructura de la propiedad rural, la reforma urbana avanzó en esa dirección en las ciudades. La ciudad se encontró con el campo en la Cruzada de Alfabetización y el analfabetismo se redujo drásticamente. La salud dio un salto de calidad erradicando enfermedades endémicas. La estatización de las propiedades somocistas le dio al gobierno revolucionario posibilidades de acción social insólitas hasta entonces. La guerra afectó muy pronto todos estos cambios estructurales.

Hoy, ya en paz, y en la que llama “segunda etapa de la revolución”, el gobierno de Daniel Ortega no altera, ni siquiera toca, las estructuras injustas que desde 1990 volvieron a restablecerse. No hay voluntad de redistribución ni del ingreso, ni de las riquezas, ni de las tierras.

No ha habido reforma fiscal: no se ha reformado el inequitativo esquema de impuestos del país, uno de los más desiguales del mundo. Los siempre privilegiados siguen siéndolo. El presupuesto sigue estando diseñado con criterios neoliberales. La educación no es prioridad -esto hipoteca el futuro- y las maestras y maestros nicaragüenses son los peor pagados de Centroamérica. La prioridad del presupuesto sigue siendo pagar la deuda interna a la banca privada, una deuda derivada de las quiebras bancarias, en las que danielistas y alemanistas tuvieron responsabilidades.

¿REDUCEN LA POBREZA?

Aunque la sensibilidad social de muchos funcionarios del actual gobierno es patente en comparación a la de los funcionarios del gobierno de Bolaños, ni en el presupuesto se refleja esa sensibilidad ni las prioridades públicas se corresponden con ella.

Son dos los programas “estrella” del gobierno, los que el gobierno presenta como continuidad de la revolución de los 80, Hambre Cero y Usura Cero, programas para la “reducción de la pobreza”. Hambre Cero ha tenido, sin duda, un impacto en garantizar la seguridad alimentaria a miles de familias rurales y de las periferias urbanas. Son miles de bocas las que hoy comen más y mejor. Usura Cero es otra cosa: está en saldos rojos.

A pesar de la buena voluntad que acompaña estos programas, no logran reducir la pobreza y terminan siendo de asistencia. Porque no existe en las mujeres beneficiarias -que son mayoría- capacidades organizativas para devolver los créditos que reciben ni para multiplicar y rentabilizar todo lo que incluye el bono productivo de Hambre Cero y terminan empleándolo para la subsistencia a corto plazo.

NO HAY LIDERAZGOS

Quienes apoyan al FSLN sostienen que, a pesar del pacto, del fraude, del enriquecimiento de la familia gobernante, el gobierno está “resolviéndole la vida” a la gente más empobrecida. Y que eso es precisamente la “revolución”. Y que son sólo quienes no tienen hambre quienes tachan de asistencialismo el bono productivo de Hambre Cero o los microcréditos de Usura Cero y reclaman la institucionalidad democrática que el pacto destruyó y el actual gobierno no respeta.

Pero, a la vez que sostienen esto, saben que el FSLN ya no es un “partido revolucionario” y por eso, admiten que no ha tenido capacidad para acompañar a la gente a la que le “resuelven la vida” con donaciones para que evolucione, tome conciencia, se organice y deje de ser objeto de ayudas y empiece a ser sujeto de cambios, para que de verdad ejerza esa “democracia participativa” por la que toda América Latina apostó en Managua en ocasión del golpe en Honduras.

Saben también -y lo admiten- que es la falta de liderazgo y de protagonismo social que casi desapareció en las estructuras partidarias que hoy ha activado el gobierno con el nombre de CPC (Consejos del Poder Ciudadano) o de CLS (Consejos de Liderazgo Sandinista) lo que explica por qué esta “revolución” de hoy tenga que imponerse de la forma que lo hace a una sociedad tan distinta a la que recibió en julio de 1979 aquella otra revolución.

¿SIN LÍMITES?

Hace 30 años, cuando Nicaragua dejó de ser “la finca de Somoza” y pasó a ser “centro del mundo” gracias a la revolución sandinista, era un país con 2 millones y medio de habitantes. Hoy somos 5 millones y medio. Más de la mitad de la población actual no conoció la revolución y las tres cuartas partes no conocieron el somocismo. Casi un millón de nicaragüenses viven, emigrantes, en Estados Unidos y en Costa Rica, y sostienen a sus familias y al país con remesas.

La revolución, los años que siguieron a la revolución, y los acelerados cambios que ha vivido el mundo en 30 años nos han cambiado mucho. Una dictadura es un gobierno que no conoce límites. Y que no los encuentra en su camino. En los cambios profundos que ha experimentado Nicaragua en estos 30 años están algunos de los límites que nos anuncian salidas, aunque no a corto plazo.

LO QUE CELEBRAMOS

En medio de muchas contradicciones llegamos al 30 aniversario de la revolución. ¿Qué queda de ella? Un sabio viajero inglés de hace más de un siglo, John Ruskin, decía: Las naciones escriben sus autobiografías en tres manuscritos: el libro de sus hechos, el libro de sus palabras y el libro de su arte. De los tres, el único digno de confianza es el del arte.

Muchos hechos han quedado desmentidos. Otros ahí están. Muchas palabras han sido borradas por el tiempo, algunas aún resuenan. El arte que produjo la revolución -música, canciones, poemas- permanece. Lo que pervive con más fuerza es esa artesanía de dignidad humana labrada entonces y que anida en el corazón de tantísima gente anónima. Es eso lo que seguimos celebrando.

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