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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 324 | Marzo 2009
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Internacional

La crisis de la religión en la Cristiandad

¿Tiene futuro la religión? El cambio cultural radical que está viviendo la humanidad nos indica que las religiones cristianas que conocemos hoy en día no tienen ya futuro. Sólo después de varios siglos podremos y sabremos ver la nueva religión que habrá nacido del evangelio de Jesús de Nazaret.

José Comblin

Dentro de la Cristiandad la crisis de la religión está llegando a su punto culminante en Europa, y ya alcanzó un nivel bien alto en América. Esta crisis tiene raíces muy antiguas.

Con el triunfo de la escolástica en el siglo XIII era posible pensar que la Cristiandad estaba establecida sobre fundamentos muy firmes. Había eliminado la amenaza de Joaquim de Fiori y había reprimido a sangre y a fuego la herejía albigense. La ortodoxia reinaba. Es verdad que los mismos actores que crearon esa escolástica no se sentían tan seguros, porque tuvieron que luchar contra fuerzas más conservadoras. Pero estaban animados por un optimismo muy grande. Con el descubrimiento de la filosofía griega, tenían la impresión de haber redescubierto el mundo y de haber colocado ese mundo dentro de un sistema cristiano. Animados por ese optimismo pudieron crear una obra capaz de resistir durante siglos. De hecho, proporcionó a la Iglesia romana un sistema intelectual y social completo con el cual esa Iglesia se hallaba capaz de gobernar el mundo entero.

LA RELIGIÓN: UN FACTOR DE GUERRA

Desde el siglo XIV aparecen las primeras fisuras, las primeras dudas y las primeras contestaciones. Los primeros autores contestatarios fueron los místicos y las místicas y los espirituales franciscanos. Roma reaccionó. La Curia romana sentía que sin la escolástica estaría perdiendo el sistema que le permitía gobernar el mundo o, por lo menos, la Iglesia. Comenzó entonces una era de sospechas de herejías y de condenaciones que hizo de la Curia romana el centro de una Inquisición vigilante que persiste hasta hoy, a pesar de los deseos del Papa Juan XXIII.

Todos los que ponían en duda el sistema elaborado intelectualmente por la escolástica fueron tratados como sospechosos o sencillamente como herejes. Durante 200 años estos “herejes” fueron pocos y débiles y fue posible reprimir el movimiento de contestación. Pero, aunque los herejes de los siglos XIV y XV eran todavía débiles y no creaban ningún peligro para el sistema, anunciaban crisis mucho más fuertes a largo plazo.

A principios del siglo XVI se dio la explosión del protestantismo que comenzó a convencer rápidamente al público letrado de las ciudades. El partido humanista y erasmiano pensaba que se podía rehacer la unidad de la Cristiandad mediante concesiones sobre las posiciones más duras de los “protestantes”. Pero los Papas y los jesuitas pensaban que era posible reconquistar toda la Cristiandad por medio de las misiones y, sobre todo, por medio de los ejércitos católicos de España y del Imperio de los Habsburgos. En lugar de un concilio de Reforma hubo un concilio de Contrarreforma: el Concilio de Trento. Fue el Concilio de la ruptura, de las condenaciones y del rechazo a todos los pedidos de los reformadores. La aplicación de Trento fue más agresiva todavía y cortó toda posibilidad de diálogo.

La estrategia de Trento fracasó, en cuanto que no se logró reconquistar la mitad perdida de Europa. En lugar de la unidad, cada mitad de la Cristiandad se transformó en una máquina de guerra contra la otra mitad. Fue más de un siglo de guerras de religión. Estas terribles guerras de religión del siglo XVII tuvieron un fin imprevisto, aunque previsible a la luz de la historia. Desembocaron en una crisis general de la Cristiandad. En las élites intelectuales se fue implantando de modo cada vez más firme la convicción de que la religión era factor de guerra y que no podía proporcionar el fundamento de una sociedad pacífica. Era necesario expulsar la religión de la vida pública y contenerla dentro de la vida privada de cada individuo.

200 AÑOS DE COEXISTENCIA AGRESIVA
ENTRE CRISTIANDAD Y MODERNIDAD

La Cristiandad estaba virtualmente muerta, pero la jerarquía católica no aceptó la nueva situación. En los siglos XVIII y XIX la mayoría de la población era todavía rural y fiel a su catolicismo tradicional, sometido completamente al poder del clero. Los campesinos iban a proporcionar al clero las tropas necesarias para que el clero defendiera un lugar importante en la vida pública. La Iglesia sería el partido “conservador” que trataría de frenar el movimiento de secularización de la sociedad y su propia expulsión de la vida pública. Fueron 200 años de batallas todas perdidas finalmente. La modernidad racionalista prevaleció y quedó en la base de una sospecha generalizada contra la Iglesia: se sospechaba que la Iglesia quería reconquistar el poder perdido.

Durante 200 años Occidente vivió una coexistencia bastante agresiva entre, por un lado, los restos de la Cristiandad, que trataba de salvar su pasado gracias a su implantación en el mundo rural y, por otro lado, un nuevo tipo de sociedad, que recibió el nombre de “modernidad”, implantado en la clase intelectual y en la nueva industria. Cada sector formaba una nación separada. Había una nación rural y conservadora frente a una nación urbana y republicana.

EL CONCILIO VATICANO II,
EL MAYO FRANCÉS Y LA REVOLUCIÓN FEMINISTA

Después de la Segunda Guerra Mundial se desarrolló una época de convivencia más pacífica entre la religión -cada vez más contenida en la vida privada- y una modernidad más tolerante. El Concilio Vaticano II fue el reflejo de esa época, que daba la impresión de ser el comienzo de una era pacífica. Durante el Vaticano II nadie podía adivinar que, tan sólo dos años después de concluido éste, sucedería una inmensa revolución cultural que haría obsoletas todas las doctrinas conquistadas con tantos esfuerzos. Cuando en el Concilio la Iglesia católica llegó a un virtual acuerdo con la república, la democracia y la modernidad, ya estaba lista en la mente de la juventud una revolución que esperaba por su oportunidad histórica.

La década de los 70 fue anunciada por las revoluciones estudiantiles de 1967 y 1968 (¡Mayo de París!). Aquello fue el estallido de una revolución cultural radical. En gran medida, fue una revolución liderada por las mujeres, porque tuvo como primera expresión la gran revolución feminista, con el rechazo del patriarcalismo tradicional y las luchas de las mujeres por la igualdad con los hombres en la vida pública y en la familia. Las mujeres querían definir su vida en completa libertad y no depender de los hombres y mostraron los lazos íntimos entre el patriarcalismo y las grandes instituciones de la modernidad, que reproducían la desigualdad en la antigua Cristiandad. Quitando legitimidad a las instituciones republicanas, contribuyeron eficazmente a provocar el derrumbe de la sociedad moderna.

EL FIN DEL REINO DE LA RAZÓN

No importa el nombre que se pueda dar a la nueva época. La palabra neo-modernidad tuvo bastante éxito en Europa. No importan los nombres, los hechos hablan por sí mismos. En primer lugar, estalló la crisis del racionalismo de la modernidad. Fue el fin de los grandes sistemas racionales que tenían la misma pretensión que tuvo la teología en la Cristiandad: ser una explicación universal. Fue el fin de las ideologías, de las ortodoxias y el comienzo del “pensamiento débil” de Gianni Vattimo.

La ciencia racionalista tenía la pretensión de ofrecer el verdadero conocimiento de la realidad. Las nuevas críticas de las ciencias mostraron la relatividad de todos los conceptos científicos, que no pueden decir lo que la realidad es, pero proporcionan la capacidad de producir efectos nuevos con los elementos que están a nuestra disposición. La ciencia fue funcional y ya no metafísica. No nos revela la realidad del mundo, sea el mundo de la materia, sea el mundo humano. La ciencia sólo tiene un valor simplemente operacional, lo que significa que puede intervenir en los procesos de la materia o de la mente para producir efectos nuevos, más útiles para el género humano.

Con esta evolución restrictiva de la ciencia cayó la metafísica racionalista, la pretensión de conocer la realidad por métodos científicos. Conocer la “esencia” era ahora algo inútil. Lo que se busca es la manera de manejar las fuerzas identificadas para producir los efectos prácticos deseados. Con esta evolución de la ciencia, la República perdió su fundamento metafísico: no tenía cómo establecer el reino de la razón, ya que la razón como sistema para explicar el mundo estaba desapareciendo.

RECHAZO AL ESTADO REPUBLICANO,
A SUS INSTITUCIONES Y SUS SÍMBOLOS

La primera consecuencia que apareció claramente en mayo de 1968 fue la deslegitimación de la Universidad y del sistema de enseñaza en general. La tarea de la Universidad era divulgar la modernidad, el racionalismo moderno y proporcionar al Estado republicano los colaboradores que necesitaba. Trataba de divulgar la ideología de la modernidad. La Universidad no enseñaba solamente las ciencias, sino, en primer lugar, la ideología del cientismo, la ideología del racionalismo científico. Todavía hoy día en muchos lugares la Universidad continúa en la misma línea, como si ignorase lo que sucedió en el mundo en los últimos 40 años. No es tanto por convicción, cuanto por falta de otra ideología que la pueda reemplazar. Por eso actúa sin convicción, siguiendo un ritual en el que nadie cree.

La gran víctima de la revolución cultural fue el Estado republicano. El Estado había asumido la tarea de organizar una sociedad justa y pacífica y de ser la expresión de la voluntad de los ciudadanos. El Estado era como el sucesor de la Iglesia, era la Iglesia laica, emancipada, libre, fundada en el derecho y la libertad. El Estado debía ser el gran educador. Los dirigentes del Estado, de los tres poderes de la sociedad democrática, eran como los sacerdotes de la nueva Iglesia laica. Basta con evocar este pasado para darnos cuenta de que es realmente pasado. Basta comparar esa ideología -que fue realmente vivida- con lo que nuestros contemporáneos piensan hoy de los políticos, para darnos cuenta de que es realmente pasado.

La crítica denunció que el Estado era una pura máquina burocrática, irracional, despótica, autoritaria, arbitraria, y en último término ineficiente. El Estado sabía organizar las funciones básicas de la sociedad de manera suficiente para que la economía funcionara, pero no tenía nada que ver con una sociedad justa o democrática. La crítica que se aplica al Estado en general se aplica también a cada una de sus instituciones, denunciándolas por su irracionalidad y arbitrariedad, destruyendo al ser humano, tratado como objeto anónimo. En la revolución cultural quedan desprestigiados el Ejército, la gloria del Estado republicano, la escuela de la ciudadanía, la policía -queda reducida a la condición de un cuerpo represivo, agresivo, destinado a reprimir la juventud- y la cárcel, que debía servir a la recuperación del delincuente y que en realidad es una escuela del crimen, destructora de las personas.

Todo lo que fueron símbolos religiosos de la nueva religión laica están por tierra, rechazados, insultados, objeto de irrisión y de menosprecio. Los símbolos de la República son tratados como fueron tratados antes los símbolos de la Cristiandad.

HOY: MUCHO MÁS LEJOS
DE LA MORAL DE LA CRISTIANDAD

Algunos pensaron que la ruina del ideal republicano iba a ser la señal de un retorno a la Cristiandad. El fin del racionalismo republicano sería puerta de entrada a la antigua religión. La sociedad que estaba rechazando la herencia liberal estaría volviendo a la religión. La muerte de la ideología racionalista permitiría el renacimiento de la Cristiandad. Algunos anunciaban el retorno a la religión y mostraban algunos fenómenos que les parecían señales de ese retorno. Decían que el siglo XXI sería un siglo religioso y anunciaban tiempos de gloria para la Iglesia.

La ilusión no duró mucho. Las nuevas generaciones de la postmodernidad no están volviendo a la religión de sus antepasados, sencillamente la ignoran. No fueron educados en ella y perdieron el conocimiento y el sentido de sus símbolos. Hasta el Padrenuestro es un misterio para ellos y de las imágenes religiosas de nuestros templos no entienden nada. Lejos de traer el fin de la crisis de la religión, la postmodernidad la profundizó. En este momento la crisis de la religión es mucho más radical que en 1970. No sólo en Brasil o en América Latina, sino en todos los territorios de la antigua Cristiandad.

Lejos de retornar a la antigua religión, la revolución postmoderna evacúa lo que todavía había de herencia cristiana en la República, que quiso ser un sustituto de la Iglesia. Pero nadie quiere un sustituto de la Iglesia, porque este concepto desapareció. No se quiere ninguna Iglesia, de ningún tipo. La República estaba fundada en un “gran relato”, semejante a una teología, fue como una teología laica. Hoy en día todo gran discurso es imposible, incomprensible. La República tenía su liturgia propia, copiada de la liturgia cristiana laicizada. La nueva sociedad no quiere liturgia ninguna y no acepta ningún símbolo. Sus héroes son los campeones deportivos, las estrellas de la canción o del cine, las reinas de belleza. Nada de eso evoca la religión.

La República enseñaba una moral, que era prácticamente la moral tradicional de la Cristiandad. La diferencia estaba en que la Iglesia daba a su moral un fundamento revelado y la República le daba como fundamento la naturaleza humana y la conciencia. En la práctica, fueron pocos los cambios. La nueva sociedad postmoderna rechaza todo el sistema moral antiguo y rechaza las normas universales considerándolas formas de represión del individuo. Estamos ahora mucho más lejos de la moral de la Cristiandad. En cuanto a la organización eclesiástica, lejos de recuperar su antiguo prestigio, el clero se siente marginado. La disminución de la participación en las ceremonias religiosas muestra el declive del poder del clero.

La crisis de la religión existe y no está en vías de solución. El proyecto de restauración de la religión tradicional de la Cristiandad mediante algunas reformas superficiales es una pura ilusión. La solución no vendrá de arriba hacia abajo. No será una doctrina intelectual. No será un descubrimiento intelectual. Será un nuevo modo de vivir el evangelio, inventado por los laicos, en primer lugar por los laicos del mundo popular, porque los otros tienen poco interés. Podemos tener la seguridad de que las raíces de ese nuevo modo ya están presentes y que el modo adecuado de ser cristiano en la nueva sociedad ya está presente. Nosotros no vemos esas raíces y ese nuevo modo porque no estamos realmente en medio del mundo actual y no lo entendemos.

EL VACÍO DE LA RELIGIÓN
LO HA LLENADO LA ECONOMÍA

Las crisis de la religión clerical de la Cristiandad y de la religión racionalista y laica de la República dejaron en la sociedad un vacío inmenso. Este espacio fue ocupado por la economía. Hay una coincidencia histórica entre la crisis de la modernidad y el advenimiento de la sociedad neoliberal. Podemos preguntarnos si el advenimiento del nuevo capitalismo puro actuó primero y provocó o ayudó a la ruina de la modernidad y de todas sus instituciones, o si fue la crisis de la modernidad lo que permitió el advenimiento del capitalismo en su forma radical, tal como lo conocemos hoy.

Naturalmente, la crítica al Estado favoreció la sociedad neoliberal, que quiere un Estado débil, incapaz de controlar la economía. Pero también es cierto que el sistema neoliberal triunfó porque fue adoptado e impuesto por Estados Unidos, con bastante independencia de la crisis de la modernidad. Sin embargo, Estados Unidos tal vez no habría podido conquistar toda la economía mundial si no se hubiera encontrado con una crítica universal del Estado y con el gran relato social europeo. No importa mucho. Lo que sí está claro es que el lugar ocupado en el pasado por la religión está actualmente ocupado por la economía. La economía define la finalidad de la vida humana, define sus valores, su contenido, sus obligaciones y define también la estructura social.

EL MOTOR DE LA ECONOMÍA:
CONSUMO Y PROPAGANDA

No se trata de la economía en abstracto, sino del sistema económico que conocemos y se presenta como globalización, basada en la producción de productos cada vez más sofisticados y más caros. La evolución de la tecnología ofrece productos siempre más caros y al alcance de quienes necesitan siempre más dinero. El progreso de la ciencia y de la tecnología consiste en descubrir nuevos bienes y nuevas satisfacciones para una élite que pueda pagarlos. Esta dinámica exige una concentración de la riqueza. El motor de la economía son los ricos, que desean siempre más bienes y más sofisticados. A partir de la satisfacción de esos deseos, el precio de esos bienes va bajando y las clases medias tienen acceso a ellos. El motor de la economía está en los ricos y, al final, algunas migajas llegan también a los pobres. La economía actual tiene una dinámica que necesita de la desigualdad y de la concentración de la riqueza. Y son muchos los economistas que dicen que no hay otro camino y que no es posible ninguna otra fórmula económica.

¿Qué es lo que ofrece la nueva economía? Un sentido de la vida: el consumo. Vivir es consumir. Es necesario despertar siempre nuevos deseos para poder producir nuevos bienes dando nuevas satisfacciones. Consumir produce la felicidad, el bienestar, el sentimiento de vivir plenamente. Para la economía, la felicidad consiste en la sensación de estar bien, pudiendo dar satisfacción a todos los deseos que aparecen. Este ideal está sólo al alcance de pocos y esos pocos son los nuevos héroes. En el mundo actual los héroes son los ricos, quienes pueden satisfacer todos sus deseos. Conseguir hacer realidad todos los deseos es el valor final de la vida.

La actual sociedad, la actual economía necesitan de una propaganda permanente. Los medios de comunicación se encargan de garantizarla. Todos los medios de comunicación dependen de la publicidad y todos son mensajeros del consumismo. La publicidad es la nueva evangelización dentro de una sociedad dirigida por un cierto modelo de economía.

¿SERÁ ESTO EL SENTIDO DE LA VIDA?

Todo esto nos es muy conocido, pertenece a nuestras experiencias de cada día. ¿Serán estos valores suficientes para lograr una vida realmente feliz y plenamente vivida? No lo sabemos, porque en nuestra sociedad subsisten fragmentos de las antiguas sociedades y podríamos suponer que la humanidad todavía vive porque todavía conserva una parte de la herencia acumulada durante los milenios anteriores.

El sistema económico actual destruye las familias. Pero todavía subsisten familias y restos de familias. Hay muchas familias fragmentadas en las que falta un padre o una madre. Aun así, todos tratan de mantener algunos lazos. Cuando faltan todos los lazos de familia, la vida se hace insoportable. Los pobres subsisten porque hay todavía gratuidad entre ellos: saben ayudarse gratuitamente. Practican la amistad y forman grupos de amigos. No es la totalidad de su vida la que se integra en la lógica de la nueva economía. Hay sectores de su vida todavía preservados, lo que es más difícil de encontrar en las clases más altas.

¿Si la economía y el consumismo fueran la norma universal y total de la vida, la vida sería todavía soportable? ¿Todavía conservaría su sentido? ¿El individualismo radical, inculcado por la economía actual, sería viable? ¿Una vez que todos tengan las máquinas actuales (celular, carro, computador…) esto será suficiente para darle sentido y valor a sus vidas? Son preguntas que los economistas no se hacen. Hasta el momento el engranaje funciona y eso les basta. Lo que le puede pasar a la humanidad no les importa porque eso no se puede medir en dólares y no puede ser trasformado en capital.

Todo esto lo estamos reflexionando con dos hipótesis: que la sociedad actual no puede vivir puramente de los restos del pasado que van desapareciendo con la muerte de sus depositarios y que tampoco podrá vivir con lo que hoy le ofrece el sistema económico mundial.

CUANDO DESCUBRIMOS
QUE EN EL CIELO NO ESTÁ DIOS...

Hay elementos de la religión antigua que ya no son asimila¬bles. El primero es la cosmología subyacente a la religión tradicional, compartida durante milenios, tal vez desde los orígenes de la humanidad. En esta visión, el mundo aparece dividido en tres niveles. En el de arriba está el cielo. En el cielo está Dios. Dios es representado como patriarca o como rey-emperador, dependiendo de la estructura social de los pueblos. Según la cosmología tradicional, todo lo que sucede en la tierra fue decidido en el cielo. Dios gobierna toda la vida terrestre según normas que sólo él conoce y Dios no está sometido a ninguna norma. Puede cambiar cuando quiere y, por eso, la oración puede ser eficaz, pero siempre que sea fuerte y perseverante.

En las sociedades dominadas por un rey o un emperador que ejerce todos los poderes soberanamente el rey y el emperador son la imagen de Dios y a veces se identifican con Dios. En las sociedades de tipo tribal, entre Dios y la tierra hay una multitud de entes intermediarios que ejercen el poder de Dios en los diversos sectores de la vida. Son ángeles, santos, espíritus, orixás, dioses inferiores... En cada tribu reciben nombres diferentes. En el politeísmo Dios toma las grandes decisiones, pero en la vida de cada día hay que invocar a esas divinidades inferiores. Si hay sociedades en conflicto, cada cual tiene que invocar a su Dios con más fuerza y también recurrir a sus divinidades protectoras inferiores y se verá quién es más fuerte, si Dios o Satanás, si los ángeles o los demonios. En tiempos de guerra todos los santos son necesarios y hasta el siglo XXI las teologías siguen enseñando que en la guerra es Dios quien da la victoria, y, por tanto, las oraciones son más importantes que los ejércitos.

Desde el siglo XVIII millones de jóvenes cristianos abandonaron la religión a los 14-15 años, cuando descubrieron que esa cosmología era pura ilusión y no tenía ningún valor de realidad. En pleno siglo XX, la famosa declaración del astronauta ruso Yuri Gagarin, que hizo el primer vuelo espacial y volvió diciendo que no había visto a nadie en el cielo, ni a Dios ni a sus ángeles, y que en el cielo no había nada salvo otras estrellas, resultó simbólica. Las masas populares descubrieron lo que los letrados sabían desde hacía dos siglos: que el cielo estaba vacío y que la cosmología religiosa tradicional -la bíblica también- era una ilusión sin fundamento en la realidad.

En América Latina la vieja cosmología todavía permanece en muchos sectores populares, pero en los adolescentes que empiezan a estudiar se provoca la misma crisis religiosa. La escuela es el primer factor de secularización y de destrucción de la cosmología religiosa tradicional. Los alumnos descubren que en el cielo no hay Dios.

CUANDO DESCUBRIMOS
QUE SOMOS DUEÑOS DE NUESTRAS VIDAS...

En la cosmología tradicional hay también un nivel inferior: debajo de la tierra está el infierno. En el infierno residen entes destructores de la vida, opuestos a Dios y al mundo celestial. El infierno está poblado por una colección diferenciada de entidades que varían según las culturas, que son fuente de las tentaciones y quieren apartar a los seres humanos de Dios. Los demonios son inteligentes, astutos, peligrosos y mortíferos. En la Cristiandad la visión del infierno ha ocupado un lugar importante.

En medio, entre el cielo y el infierno, está la tierra en la que estamos nosotros. La tierra es el lugar del conflicto permanente entre las potencias del cielo y las potencias del infierno. Los apocalipsis judaicos y el Apocalipsis de Juan ofrecen descripciones perfectas de esta situación de la humanidad. Las potencias celestiales e infernales están en un combate permanente queriendo ambos conquistar la humanidad. Ese combate tiene lugar también dentro de cada persona: el combate espiritual fue tema constante de la espiritualidad medieval. El combate tiene lugar también entre grupos humanos representativos de las fuerzas del cielo y del infierno. Cada grupo humano cree que sus enemigos son los ejércitos de Satanás y que combate en nombre de Dios con las fuerzas celestiales.

La vida es vivida así como un combate permanente contra las fuerzas del infierno, que nos quieren atraer hacia el pecado, que es el rechazo de Dios. La vida es una lucha para evitar el pecado y practicar la virtud, para adorar a Dios y no a Satanás. La vida humana es una tensión permanente entre dos fuerzas exteriores al ser humano, es el terreno de un combate entre dos adversarios irreductibles. La vida no la organiza el ser humano, sino que está dominada por fuerzas exteriores.

Desde el Renacimiento fue quedando cada vez más claro que el ser humano es quien hace su vida y que los combates que los seres humanos sienten en sí mismos o en la humanidad no son combates de fuerzas sobrenaturales, sino combates personales, sociales, entre tendencias diversas. Fue el descubrimiento de que cada cual tiene la responsabilidad de organizar su vida con autonomía, conquistando siempre más libertad sin estar sometido a fuerzas sobrenaturales, buenas o malas.

Ése es el mismo descubrimiento que hacen los adolescentes desde hace siglos. Hoy, ese descubrimiento se está generalizando, también por influjo de la escolarización. El joven aprende a hacer su vida sin preocuparse por las fuerzas celestiales o infernales y aunque todavía hay restos de esta mentalidad rural arcaica, son cada vez menos operantes.

En la religión tradicional de las masas esta cosmología tenía un papel importante. Era como el fundamento intelectual de la religión. Era lo que justificaba todas las prácticas de la vida religiosa cristiana, como justificó también las antiguas religiones paganas. Una vez que se produjo la ruina de esa cosmología, los jóvenes tuvieron la convicción de que la religión no tenía fundamentos intelectuales y era pura imaginación sin relación con la realidad.

LA EXITOSA PASTORAL
DEL MIEDO A DIOS Y A SUS CASTIGOS

Otro elemento básico de la religión tradicional es el miedo. O, como decía un historiador, la pastoral del miedo. Mircea Elíade decía que los pueblos primitivos no creen en sus divinidades, pero les tienen miedo. De hecho, el miedo ha sido durante milenios una gran fuerza que sustentó las religiones. Dentro de una cosmología que enseña que la vida humana está determinada por fuerzas sobrenaturales del cielo o del infierno, los seres humanos tienen una conciencia de gran debilidad. Sienten que su vida depende a cada momento de la voluntad de entes sobrenaturales, que no dominan su vida, que está siempre amenazada. Viven con miedo.

Le tienen miedo a Dios porque Dios puede castigar. Dios es exigente y quiere que los seres humanos se sometan a su dominación. Los nombres de Dios son nombres de poder. También en la Biblia. Si bien es verdad que a Moisés Dios le declara que no tiene nombre, sino que existe sencillamente, en la práctica de la vida de Israel, Dios siempre es el Señor, el poder, el dominio, y los seres humanos son sus servidores, sus seguidores fieles y obedientes. Dios es autor de una ley, quiere la obediencia a la ley y quien no obedece es castigado en este mundo o después de esta vida. Dios es un juez severo que no se deja engañar. Esta idea se encuentra de varias formas en todas las religiones.

El miedo al poder de Dios es el fundamento del culto. Para conquistar la indulgencia de Dios, su perdón, su paciencia, para pedirle lo necesario para la vida, o la salud, o la paz en la familia, el clan, la tribu, o la victoria en las guerras, es necesario ofrecerle oraciones, expresiones de sumisión, súplicas. Es necesario hacerle promesas. Es necesario ofrecerle sacrificios. Todo eso es necesario para conquistar los bienes deseados.

En muchas religiones nació un extenso culto a partir del miedo. En la Cristiandad el culto se desarrolló extraordinariamente y necesitó un clero abundante y muchos templos para poder celebrarlo. Muchos textos litúrgicos que nos vienen de la Edad Media todavía conservan esa ideología del miedo, del poder, del castigo. Está también el miedo a las potencias del infierno, que tienen un gran poder de seducción y de engaño. Hay que desconfiar siempre y luchar contra las tentaciones de los demonios con muchísimos gestos religiosos. Para el clero, la pastoral del miedo era la mejor publicidad. Los sacerdotes podían luchar más eficientemente contra los demonios y acercarse a Dios y a sus santos para conseguir bienes y favores. No es extraño que la pastoral del miedo haya tenido tanto éxito.

CUANDO PERDEMOS ESE MIEDO...

Desde la modernidad los seres humanos han descubierto que su vida no está dirigida por fuerzas sobrenaturales, que son dueños de sus vidas. Las amenazas, los peligros, los males de sus vidas no se deben a fuerzas sobrenaturales, sino a factores naturales y a decisiones tomadas por los mismos seres humanos. La enfermedad no es castigo del pecado. La victoria no la da Dios. La paz es efecto de la acción humana... A partir de este descubrimiento los seres humanos han perdido el miedo. Ya no temen ni a Dios ni a los demonios. Asumen su vida con sus límites y sus posibilidades. Aprenden a conocer mejor la Naturaleza y sus propias capacidades para producir ellos mismos los efectos deseados. No piden a Dios lo que ellos tienen que hacer. Tratan de hacerlo ellos mismos.

Toda esta evolución es irreversible. Nadie que piense así podrá retornar a una conciencia religiosa del pasado. La cosmología y la antropología nacidas en la modernidad y desarrolladas desde entonces son definitivas. Habrá siempre algunos supervivientes de las épocas anteriores, pero ya desde ahora gran parte del culto católico no es más que espectáculo para los turistas. Los turistas no entienden nada, pero les gusta el museo antropológico que son las religiones en la actualidad. Las catedrales seguirán siendo visitadas y las misas pontificales seguirán siendo difundidas por la televisión, pero nada más.

LA PERSISTENTE ILUSIÓN VATICANA:
RESTAURAR LA CRISTIANDAD

Hasta la Revolución Francesa la Iglesia pensó que las monarquías católicas podrían impedir la expansión de la modernidad. Después de la Revolución, la Iglesia confió en la Santa Alianza, que trató de restaurar la Cristiandad. En 1848 las diversas revoluciones europeas mostraron que era imposible retornar al pasado. Sin embargo, pocos años después comenzaba el largo pontificado de Pío IX, que sería una tentativa prolongada y radical de inmovilizar a la Iglesia en su tradición tridentina, condenando todas las “herejías” de la modernidad y excluyendo cualquier tipo de relación con ellas.

La Iglesia buscó refugio en los restos de la aristocracia y en la clase campesina. Creó la neo-escolástica, el neo-gótico, el rigor de la liturgia, la centralización romana radical, que no dejaba ninguna capacidad de iniciativa a los obispos, transformados en puros funcionarios de la Curia romana. Pío IX logró aislar completamente a los católicos del mundo nuevo que se estaba construyendo. Creía que la sociedad moderna no era viable e iba a caer. Lo importante era aguantar firmemente a la espera de la caída. Y la caída no vino. Todos los católicos que trataban de buscar un diálogo con los diversos sectores de la nueva sociedad fueron condenados e inhabilitados. Una vez condenado, el hereje ya no tenía ningún contacto con los que fueron sus colegas o sus alumnos, porque era tenido por una emanación del infierno.

León XIII abrió un poco las puertas y las ventanas y aceptó reconocer la legitimidad de la República. Con él se pensó que la Iglesia sería capaz de encontrar un lugar en la sociedad al hacer las concesiones inevitables. Luego llegó Pío X, que retomó la política de condenación de la modernidad. Cientos de teólogos fueron condenados y todos los movimientos católicos que querían buscar un diálogo con los nuevos movimientos sociales fueron desautorizados. Pío X pensaba que era posible rehacer la Cristiandad y que la Iglesia tenía fuerza para ello. Todo lo demás era “modernismo”. La caza del modernismo no acabó con él, sino que en varios países continuó hasta la muerte de Pío XII. Este Papa también vivía de la ilusión de una Cristiandad restaurada. Creía que una mayor centralización romana, una disciplina más rígida, un aislamiento mayor del mundo, podrían preparar a la Iglesia para el día del retorno. Pío XII vivía fuera del mundo, en un mundo irreal.

Después del Concilio Vaticano II algunos creyeron que el proyecto de restauración de la Cristiandad estaba abandonado. Pero no lo estaba: en la misma Curia el proyecto subsistía, y fue retomado por el Papa Juan Pablo II.

LA RESISTENCIA AL MODELO ROMANO

Se comprende muy bien que la Curia romana haya reaccionado negativamente ante cada nuevo paso de erosión de la Cristiandad. Defiende su poder. El poder que pierde en la sociedad, trata de aumentarlo en la misma Iglesia. Siendo la víctima de la evolución histórica, no podía dejar de reaccionar negativamente. El siglo XIII fue el siglo del apogeo de la Cristiandad y es normal que ese momento histórico permanezca como una referencia insuperable y que toda la estrategia consista en salvar por lo menos porciones de la Cristiandad del siglo XIII.

Menos comprensible sería que las Iglesias locales no hubieran entendido las señales de los tiempos y que no hubieran tratado de adaptarse a la evolución de la humanidad, sin querer imponer el cuadro del siglo XIII como la norma de toda evangelización. De hecho, en las Iglesias locales hubo muchos movimientos en este sentido, incluso en los episcopados. La Curia percibió este peligro e impidió que los episcopados locales tomaran iniciativas locales, sometiéndolos a la estricta observancia de la estrategia política de la Santa Sede. Los Papas lograron reservarse los nombramientos episcopales. Lograron garantizar que los obispos fueran fieles agentes ejecutivos de la estrategia romana. Con eso cerraron puertas.

A pesar de esto, hubo y hay grupos de laicos que mantienen contactos y quieren dar un testimonio cristiano en medio del mundo postmoderno. Tienen la impresión de formar una Iglesia paralela, porque su proyecto no coincide con la estrategia romana. Hoy la resistencia a la estrategia romana es obra de los laicos. Se multiplican pequeños grupos que van a producir una convergencia. Son los fundadores de un nuevo modo de presencia de la Iglesia en el mundo. Un día, carente de alternativa, la jerarquía tendrá que seguir este movimiento.

Un día se escribirá la historia de las relaciones entre Roma y el episcopado brasileño entre 1970 y 1994. Será un perfecto ejemplo del antagonismo entre dos visiones de la historia. El caso de Brasil fue ejemplar porque tuvo un episcopado excepcional, producto en gran parte del nuncio Lombardi. Por el momento los documentos están escondidos, y nos tenemos que contentar con testimonios orales. Un día se escribirá la historia de la Iglesia en América Latina en la segunda mitad del siglo XX. Todavía no se dan las condiciones necesarias y los documentos no son accesibles. Cuando se conozca esta historia, muchos ojos van a abrirse.

¿NUEVOS “MOVIMIENTOS” CRISTIANOS?

La Curia romana, la más antigua burocracia del mundo, sabe juntar a su proyecto de restauración un oportunismo sin falla. Pensaba -y a lo mejor todavía piensa- que tiene una alternativa en los nuevos “movimientos”: Opus Dei, Focolares, Comunión y Liberación, Neocatecumenado, movimiento de Schönstatt, Legionarios de Cristo... y muchos otros con menor difusión. El Papa los proclamó un día los agentes de la “nueva evangelización”. Sin embargo, su programa es de restauración de la Cristiandad, lo que los aparta cada vez más de la sociedad contemporánea y hace imposible cualquier evangelización. Para ellos la evangelización es el reclutamiento de nuevos miembros, lo que hacen con todas las astucias que la sicología o las ciencias de la comunicación ponen a su disposición.

Estos movimientos son típicos de la clase media, que no es la clase que busca una nueva cultura, sino una adaptación de la religión a su cultura. La clase media quiere una religión burguesa que le muestre que puede muy bien adorar a Dios y al dinero al mismo tiempo. La palabra la tienen hoy los laicos. No hay que ofrecerles un programa, el programa lo harán ellos. Reaccionarán con su conciencia cristiana en medio del sector de mundo que ocupan.

EL DESAFÍO PENTECOSTAL:
UN MOVIMIENTO DE POBRES URBANOS

El siglo XX será conocido como el siglo del pentecostalismo, un gran movimiento religioso que envolvió poco a poco al mundo entero y a todas las Iglesias y denominaciones cristianas, un movimiento al que se convirtieron cientos de millones de cristianos. Hay sociólogos que han estudiado el fenómeno, pero si no son al mismo tiempo teólogos, no pueden entender el fenómeno desde adentro. Lo asimilan a otros movimientos culturales, sin observar lo que significa para la historia del cristianismo.

Ante todo, el pentecostalismo fue y todavía es principalmente un movimiento de los pobres. Hubo en él una convergencia de dos movimientos históricos. En primer lugar, las Iglesias no lograron acompañar la explosión demográfica de una humanidad que en sólo un siglo, el siglo XX, pasó de 1 mil millones de habitantes a 6 mil millones. Esta explosión demográfica fue acompañada de una inmensa migración de cientos de millones de campesinos del campo a la ciudad, en donde perdían poco a poco su religión tradicional. Las Iglesias no pudieron o no quisieron tener las estructuras necesarias para acoger a estas masas humanas. Apareció así el universo de los pobres de las ciudades, abandonado por las Iglesias tradicionales y nacieron nuevas comunidades dentro del mismo pueblo de los pobres.

Al mismo tiempo, se produjo una evolución cultural en esas masas de ex-campesinos que migraron a las ciudades. La escolarización les abrió la inteligencia. Adquirieron algunos elementos de la racionalidad moderna. Empezaron a descubrir que no todo venía de Dios y que la oración no era el único recurso. Aprendieron que los seres humanos tienen capacidades, posibilidades de lograr efectos, cambiar algo sus condiciones de vida. Dejaron de creer en los santos, dejaron de creer que los santos regían sus vidas, supieron que los santitos eran de madera o de yeso y su pensamiento se liberó. Fue una gran ruptura. Aprendieron a pensar por sí mismos, a definir por sí mismos su vida, rompiendo la dependencia del clero.

Llegando a la ciudad no sólo descubrieron que su Iglesia estaba ausente, sino que el mensaje de la Iglesia no daba respuesta a su nueva situación. Sin clero, tuvieron que buscar por sí mismos una nueva religión. Y aparecieron los pentecostales. La experiencia histórica muestra que la gran crisis de la modernización se produce en la enseñaza secundaria, alrededor de los 15 años. La inmensa mayoría de los pobres no llega hasta ahí, salvo en pocos países. Un día llegará en que los pobres entrarán en la escuela secundaria y pasarán por la misma crisis, y las Iglesias pentecostales ya no les ofrecerán tanto atractivo.

EMANCIPADOS DEL CLERO
Y LIBERADOS DE LOS SANTOS

Los pentecostales conservan la cosmología religiosa tradicional: Dios y Satanás, el cielo, la tierra y el infierno, el pecado y los castigos divinos, las tentaciones de Satanás, el problema de la salvación como problema básico de la religión. Pero los pentecostales abandonan el culto a los santos. Para ellos hay un solo Santo, un solo Salvador, que es Jesucristo. Jesucristo soluciona todos los problemas. Ya no se necesitan los santos para solucionar los problemas de la vida: Jesús todo lo soluciona. Recurrir a los santos es una ilusión. De esta forma, los pentecostales tienen conciencia de ser intelectualmente más desarrollados. Han descubierto que las fuerzas sobrenaturales de los santos no existen y que sólo existe Jesús.

También los pentecostales se emancipan del clero. Los pastores son mensajeros del evangelio, consejeros, profetas que exhortan, pero no tienen autoridad sobre las personas, pues cada una se relaciona directamente con Jesucristo. Hay una emancipación del sujeto humano. Los convertidos al pentecostalismo se sienten más libres, más fuertes, más capacitados y más responsables. Se sienten más armados para enfrentar la dura vida de los pobres en la ciudad.

Hubo y hay varias tentativas de adaptar el esquema pentecostal a un público letrado de clase media, que insisten en la experiencia del Espíritu Santo y la conciencia de ser sujeto aumenta. Hay movimientos católicos y protestantes influidos también por esta idea.

Los pastores u orientadores pentecostales aprenden cada vez más las técnicas de la comunicación y del show, que enseñan a despertar y a orientar emociones colectivas. Los movimientos pentecostales pueden provocar fenómenos neuróticos graves. En algunos grupos los líderes controlan las emociones para evitar que se produzcan situaciones de perturbación síquica intensa. En Estados Unidos estos movimientos se desarrollaron sobre todo desde los años 70 y lograron una gran penetración en el público más conservador. Forman un grupo importante en el Partido Republicano y se sintieron liderados por el Presidente George W. Bush.

En general, los pentecostales tradicionales y populares no aceptan y no reconocen como cristianas organizaciones como la “Iglesia universal del Reino de Dios” o la “Iglesia internacional de la Gracia de Dios”, que desde Brasil se han difundido por el mundo entero, usando técnicas de comunicación que permiten dudar de la sinceridad de su fe. En casos como el de estas dos Iglesias neo-pentecostales se juntan las nuevas formas religiosas nacidas en el contexto estadounidense, que forman parte de la nueva cultura del sistema neoliberal dominante.

El pentecostalismo puede crecer más, sobre todo si las Iglesias históricas no logran penetrar en el mundo popular. No podrá ser algo permanente, porque poco a poco las clases pobres que lo han asumido estarán cada vez más esco¬la¬rizadas y entrarán en los mismos problemas religiosos de la modernidad y la postmodernidad. Esta evolución va a depender de la evolución social. El sistema actual de exclusión todavía puede durar algunos años: diez, veinte, cincuenta, según la resistencia de la nueva burguesía capitalista y su capacidad para mantener su dominio sobre la sociedad. Las profecías históricas se realizan muchas veces con muchos años de retraso.

NO ES EL EVANGELIO EL QUE ESTÁ EN CRISIS

La gran crisis cultural de los años 70 afectó profundamente la religión tradicional de la Cristiandad y probablemente todas las religiones. Pero no afecta el evangelio. En la ruina de la religión tradicional y el advenimiento de una nueva sociedad no hay nada que pueda afectar al evangelio. Conserva todo su valor, no fue atacado. Tampoco fue atacado nunca durante las fases de la modernidad. Por el contrario, todos los nuevos movimientos querían realizar el evangelio y todos denunciaban que la Iglesia no anunciaba el evangelio.

La estructura eclesiástica incluye el evangelio dentro de su sistema religioso. Pero, desde afuera, las personas no descubren tan fácilmente el mensaje del evangelio en la Iglesia. Quien tiene suerte, lo descubre en tal obispo, en tal sacerdote, en tal monja o religioso, en tal laico, pero no en la institución. Ni en la Iglesia universal ni en las instituciones locales de la Iglesia, porque en ellas el sistema religioso ocupa todo el espacio visible.

Mientras el evangelio envía a los cristianos al mundo, la religión convoca a los cristianos a participar del culto. El evangelio anuncia que el reino de Dios ya está presente, ya está actuando en este mundo y no solamente en el cielo. El portador del evangelio es la persona que vive una vida común y corriente en medio de personas iguales, mostrándoles el camino de Jesús como proyecto de vida que conduce a la felicidad, no sólo en el cielo, sino también en esta tierra. Al contrario, la religión ofrece una participación en el culto celestial. El culto separa a la gente de este mundo para darles entrada en el mundo del cielo, para que participen de la liturgia de los santos y de los ángeles. La religión es el dominio del clero como clase sagrada y reservada el culto.

NO NECESITAMOS INSTITUCIONES ETERNAS

Desde mediados del siglo XIX aparecen laicos que son realmente portadores del evangelio. Forman grupos y asociaciones. Fueron frecuentemente censurados por la jerarquía. Este movimiento desembocó en el siglo XX en la Acción Católica. Ya es hora de resucitar algo semejante a la Acción Católica, dándole más espacio que el que tuvo en el siglo XX. La Acción Católica finalmente fracasó y desapareció porque no le dejaron suficiente libertad. Los movimientos laicos fueron subordinados al clero y a instituciones tradicionales como las parroquias. Sus actividades estuvieron muy supeditadas a las de las parroquias y a las de otras instituciones católicas. Al final, nadie encontró en estos movimientos orientación para una vida cristiana en medio del mundo y aquellos laicos y laicas abandonaron la Iglesia en manos de un clero cada vez menos numeroso y menos interesado por el mundo.

Hoy, este mundo siente la necesidad de aquellos movimientos, con libertad plena para realizar en el mundo las actividades que encuentren más adecuadas al evangelio. No se trata de fundar instituciones nuevas, universales o eternas. Lo más necesario son instituciones que no permanezcan, sino que duren una generación y dejen espacio libre para las novedades, o sea, para la generación siguiente.

¿TIENE FUTURO LA RELIGIÓN?

La religión pertenece a la condición humana. Hay personas que pueden vivir sin religión, así como hay personas que no saben practicar ningún instrumento musical, que no viajan, que no aprenden idiomas, pero todas estas carencias disminuyen su ser humano, su humanidad. Por eso, en cualquier cultura existe la religión y, si la cultura cambia, la religión cambiará también y otra religión aparecerá. Estamos en un momento crucial de la historia por el cambio radical de la cultura.

La religión tiene futuro, pero no necesariamente lo tienen las religiones que conocemos hoy día. La religión tradicional de la Cristiandad no tiene mucho futuro porque resulta ya incomprensible y la nueva cultura quiere comprender. La fundación de una nueva religión puede durar siglos, pero desde antes de que surja ya aparecen algunas señales. Muchos grupos y muchas instituciones van a aparecer y desaparecer en estos años. En medio de todo, hay algo que se está buscando.

Jesús no fundó ninguna religión. Dejó la puerta abierta para que sus discípulos crearan la religión más adaptada a su cultura. Y eso fue lo que inconscientemente hicieron. Nadie sabía que estaba construyendo una nueva religión. La religión que hoy conocemos y practicamos se formó dentro del Imperio romano y fue eso: una posibilidad histórica. En las actuales posibilidades históricas otras religiones pueden aparecer. Estamos al comienzo de la historia de un mundo y de una evangelización. Hasta ahora el cristianismo -con dos variantes- sólo penetró en una sola cultura a partir de lo que había en el Imperio romano. Fue sólo un comienzo, una primera etapa. Lo más probable es que al surgir algo nuevo no habrá una ruptura fuerte, sino una evolución progresiva. Ciertas instituciones o prácticas van a desaparecer y otras van a aparecer. Y sólo después de varios siglos podremos saber que nació algo nuevo.

CUATRO SEÑALES
DE LA RELIGIÓN CRISTIANA DEL FUTURO

Desde ahora podemos constatar ya algunas orientaciones hacia lo nuevo. Tratándose del porvenir, son posibles muchas opiniones, pero eso no impide que cada cual proponga cómo ve esta evolución.

En primer lugar, es probable que la religión del futuro sea más mística que cultual. Dará más importancia a la escucha de la palabra de Dios que al culto. Se practicará una oración más de escucha y acogida que una oración de petición o de adoración. El culto será mucho menos la celebración del poder de Dios y más la celebración de su presencia discreta y humilde en nuestro mundo.

En segundo lugar, la religión del porvenir dará menos importancia a los objetos religiosos y mucho más a los sujetos. Dará menos importancia a la literalidad de los dogmas y más calor a la vivencia personal del seguimiento de Jesús. Habrá menos necesidad de objetivar la religión, separando claramente los objetos religiosos de las fuerzas del universo. La Biblia tenía mucho miedo de la naturaleza material del universo porque vivía en medio de religiones que identificaban la divinidad con fenómenos naturales. Quería hacer una distinción entre Dios y las fuerzas naturales. Esta visión nos distanció demasiado de la Naturaleza y de sus dinámicas. Faltó la integración de la religión en la vida del universo, que no es un conjunto de objetos inertes. Hoy sabemos que la Tierra vive, cambia, produce, sabemos que siente las heridas que una civilización excesivamente destructiva le ha inflingido.

En tercer lugar, en la religión del futuro será central el diálogo, las relaciones humanas. Sabemos que el sujeto nace por medio del diálogo con otro sujeto, por la relación recíproca con otros sujetos. La religión tradicional proporciona a las personas un mundo religioso completo, donde la comunicación consiste en la transmisión del mundo religioso exterior -dogmas, ritos, preceptos, instituciones- a las personas. Todo indica que ese mundo de objetos religiosos va a tener que ceder el lugar a la relación viva entre personas iguales. El estatus sacerdotal impide una relación sencillamente humana y es muy difícil prescindir del carácter sagrado del sacerdote. Por eso, en la religión del porvenir la casta sacerdotal irá desapareciendo progresivamente, con todas las marcas de lo sagrado que le atribuyeron en el transcurso de los siglos.

En cuarto lugar, los cristianos de mañana necesitarán de comunidades pequeñas en las que las relaciones sean de fraternidad. La familia está perdiendo su importancia porque los hijos hacen su vida y la vida los lleva a lugares muy distantes. Las relaciones de vecindad están desapareciendo también. Se harán necesarias comunidades de personas que participen de la misma religión, la misma finalidad, los mismos valores.

JESÚS SERÁ LIBERADO
DEL APARATO RELIGIOSO

Pasó la época de la caza de herejías y ya no hay necesidad de un clero que vigile constantemente el rebaño para que no caiga en una herejía. En la religión que viene, aunque todavía habrá condenaciones, ya no serán tomadas en serio, cosa que ya está sucediendo. A pesar de la resistencia de la jerarquía, la verticalidad en la Iglesia ya no tiene mucho futuro. En una Iglesia de liberación de los laicos, la creatividad va a reaparecer en todos los aspectos de la vida. Los clérigos ya no tendrán la responsabilidad de inventarlo todo y habrá en el pueblo cristiano muchas iniciativas y muchas novedades que no podemos ni imaginar en este momento.

En este momento lo que debemos hacer es mostrar el evangelio, la buena nueva de Jesucristo, tal como fue en los orígenes, libre de todo el aparato religioso con que la cubrieron durante los siglos hasta el punto de hacerla desaparecer debajo de un manto multicultural. Basta evocar las representaciones artísticas tradicionales, la literatura piadosa de siglos, las devociones populares o menos populares: todo eso oculta el verdadero rostro de Jesucristo. La religión cristiana ha reemplazado la presencia de Jesucristo, lo que de todos modos era inevitable: Jesús tenía que desaparecer de este mundo para ser conocido en el mundo entero y fue su presentación a los diversos pueblos lo que engendró la religión cristiana que conocemos.

En los años de gloria de la Iglesia en América Latina, entre 1960 y 1985 más o menos, aparecieron señales de la Iglesia del porvenir. Provocaron susto y finalmente fueron rechazadas, pero serán modelos para las generaciones futuras, una vez terminada la época actual, llena de intentos de restauración de la antigua Cristiandad, una solución imposible que perderá cada vez más credibilidad. Yo mismo he presentado a Dom Helder Cámara como la prefiguración del obispo de mañana. En Roma lo tenían por loco y a monseñor Leónidas Proaño, obispo de Riobamba, lo acusaban de tener “la manía de los indios”, pensando que el servicio de los indígenas sólo podría ser efecto de una deformación sicológica.

PERCIBIR LO QUE ESTÁ PASANDO

Una religión es necesaria. Pero nada exige que sea la misma en Occidente, en África, en la India, en China o en Japón. En esos países hay mucha simpatía por el cristianismo, pero poca simpatía por las Iglesias. Es una señal del futuro. Las minorías que permanecen fieles a las prácticas de la antigua religión de la Cristiandad son las que menos pueden percibir lo que pasa en el mundo. No sienten ninguna necesidad de cambio y se asustan ante cualquier sugerencia de cambio. De igual manera, el clero, por estar al servicio de esas minorías, no tiene ninguna posibilidad de percibir lo que está pasando. Solamente personas marginadas por la institución están entendiendo el presente. Y preparando el porvenir.

SACERDOTE. NACIDO EN BÉLGICA (1923). EN AMÉRICA LATINA (ECUADOR, CHILE, BRASIL) DESDE 1958.

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