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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 199 | Octubre 1998
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Nicaragua

Hacia dónde va la ganadería nicaragüense? ¿Hacia la potrerización de los bosques produciendo, a pesar de este desastre, insuficiente leche y carne y un cuero de baja calidad? ¿Este es el único camino o existe otro que supere los errores del pasado y garantice el futuro?

Ner Artola

Hace cuatro siglos, la ganadería llegó a Nicaragua de la mano de los conquistadores españoles. Desde muy pronto, penetró la economía y la cultura nicaragüense. En Nicaragua, pobres y ricos comparten algunos sueños. Uno de ellos, el tener una finca con ganado. Pero los sueños de ambos grupos tienen dos lógicas muy distintas. El campesino pobre desea tener sus "vaquitas" para vender la leche y sacar la cuajada del día. Los finqueros sueñan con ver las lomas "blanquear" de ganado brahman y con vender los novillos "cuarentones" y "cincuentones", como llaman a los animales que entregan a los mataderos según sea su tamaño y su peso. De los 8 millones de manzanas en finca que existen en Nicaragua apenas el 15-18 % está bajo un continuo uso agrícola. Todo el resto permanece cubierto, en gran parte, de potreros. Unas 130-150 mil familias -predominantemente de la pequeña y mediana empresa rural- participan en las diferentes actividades de producción, procesamiento y comercialización de los productos y subproductos ganaderos.


12 mil millones habitan el planeta

En todo el planeta se cría ganado vacuno. Pero el significado que este ganado tiene en la vida de la gente cambia mucho de país a país. En muchísimos lugares, la leche y la carne vacuna son las principales fuentes de proteína y de grasa. De los mil millones de cabezas de ganado que hay en el mundo la mitad vive en África y en Asia. Pero no todos ese ganado se cría para alimento. En China, el país más poblado de la tierra, la soya sustituye a la leche de vaca y el ganado ha sido empleado primordialmente y durante siglos como máquina de trabajo en la agricultura. En la India, las tradiciones religiosas han transformado a las vacas en animales sagrados.
En 1995, la oferta mundial de carne fue de unos 53 millones de toneladas. La de leche, de 465.7 millones. Las regiones más industrializadas de Norteamérica y de Europa producen el 30% de la carne y el 50% de la leche que se consume en el mundo. Lo más destacable es que tan abundante producción se logra sin arrasar ni un solo bosque para convertirlo en potrero, sin tocar un solo árbol. Mientras esta situación ideal se da en una zona del mundo, el 70% de la carne y el 50% de la leche que consume el planeta se producen fundamentalmente en los países tropicales menos desarrollados, donde la actividad ganadera ha estado siempre estrechamente vinculada a la deforestación y a la erosión de los suelos. Según Naciones Unidas, una sexta parte de la superficie terrestre -casi 2 mil millones de hectáreas- se ha degradado por prácticas agrícolas y ganaderas inadecuadas, pero a pesar de tanta tierra a disposición de las vacas, una quinta parte de los habitantes del planeta no tienen suficientes proteínas en su dieta.


Una actividad estancada

En Nicaragua, la ganadería tiene hoy indicadores que no alcanzan los de los mejores años de las décadas de los 60 y 70. Según datos de la FAO, en 1997 había en el país 1 millón 710 mil cabezas de ganado, sólo un 60% de las que había veinte años atrás, en 1978. La producción actual de leche y de carne representa el 45% y el 65% de lo que se producía en aquellos años.
La guerra de los años 80 tuvo un impacto muy negativo en la ganadería. El hato ganadero fue diezmado por el abigeato. Miles de cabezas fueron robadas y trasladadas a Honduras y Costa Rica y las principales zonas ganaderas del país se convirtieron en principales escenarios del conflicto militar. Pero no todo fue negativo. Al bloquearse prácticamente todas las actividades económicas en estas zonas, se posibilitó la regeneración natural de los bosques.
En los años 90, con el gradual proceso de pacificación y de apertura de los mercados, empezaron a aparecer señales de recuperación de la ganadería. Amplias zonas de la frontera agrícola -donde están los bosques que aún le quedan al país- se abrieron nuevamente a la actividad ganadera. Los viejos ganaderos recuperaron sus antiguas fincas o compraron otras, mientras aparecían en el negocio actores nuevos -desmovilizados, queseros salvadoreños-, y se firmaban acuerdos comerciales con México para la exportación de ganado en pie, leche en polvo y queso. La crisis del algodón en el Pacífico seco, que impulsó el cultivo del sorgo en las tierras algodoneras, trajo al ganado junto con el sorgo. Para completar el nuevo paisaje, en el entorno de las principales ciudades empezaron a surgir medianas y pequeñas lecherías.
"La ganadería anda mal": así resume la situación el Ministro Agrícola y Forestal, Mario de Franco, que a los ganaderos que demandan financiamiento para que ande mejor les ha expresado que es "una irresponsabilidad dar crédito a quienes producen sólo tres litros de leche por vaca". La mayoría de los productores ganaderos nicaragüenses es eso lo que produce. Según De Franco, "el problema de la ganadería es tecnológico, de baja poductividad, y no de crédito". La inauguración hecha por el Presidente Arnoldo Alemán del Centro Genético de Ticuantepe -donado por los japoneses- y las ferias ganaderas EXPICA -iniciadas durante el gobierno Chamorro- parecen ser las mejores expresiones de la política de desarrollo ganadero que propone el actual gobierno. Junto a ferias y centros de alta tecnología coexisten otras iniciativas: programas y proyectos impulsados a nivel nacional por el Programa Nacional de Desarrollo Rural -hoy Instituto de Desarrollo Rural-, en Boaco por FINNIDA y en Río Blanco por PRODERBO .

Después de ocho años de finalizada la guerra y de casi diez años de ajuste estructural, la producción ganadera nacional se mantiene estancada, a la vez que continúa siendo motor de altas tasas de erosión de suelos y de deforestación de bosques. El financiamiento de largo plazo para la compra de vacas aptas para la reproducción es escaso y aunque el número de animales o la proporción de hembras que se sacrifican ha venido descendiendo algo, siempre se mantiene alta: un 40%. El cambio climático empeora las cosas. En estos últimos tres años, los pequeños ganaderos de las zonas secas, que también cultivan granos básicos, tuvieron que deshacerse de parte de su hato para lograr subsistir en medio de una tenaz sequía.
Si la oferta está en problemas, también está variando la demanda de los países industrializados, que son nuestro mercado. Aumenta el número de quienes, por razones de salud o de precios, reducen el consumo de carne roja -de res y de cerdo- y aumentan el de carne blanca -pescado, pollo, pato, conejo-. En los lácteos cada vez se demanda mayor variedad y calidad: leche saborizada, leche con menos grasa, diversidad de quesos y yogures.


Niños desnutridos rechazan la leche

Hay crisis de demanda también en Nicaragua, aunque por otras razones. El consumo nacional de carne ha sido patrimonio de las clases medias y altas, aunque durante los años de revolución se generalizó bastante el consumo de carne. La leche y sus derivados -queso seco, otros quesos, cuajada-, acompañantes infaltables del gallo pinto diario, han sido patrimonio de todas las clases sociales, pero se han ido volviendo cada vez menos accesibles para la mayoría de pobladores del campo y de la ciudad, tanto por el aumento continuo de sus precios, como por su escasez. Una libra de queso seco llegó a valer en el verano de 1998 hasta 20 córdobas -dos dólares-, lo mismo que costaba una libra de carne en esas fechas y el doble del precio que tenía el queso seco hace cinco años.
Diversos estudios internacionales sobre la pobreza muestran que la población pobre gasta el 60-70% de sus ingresos en alimentarse y que el incremento del precio de los alimentos básicos está afectando cada vez más sus niveles de nutrición. Cada vez comen menos y cada vez comen peor. En Nicaragua, donde un 44% de personas vive en extrema pobreza, la dieta se ha reducido a un plato no muy abundante de arroz y de frijoles una vez al día y cuando se puede. En ese plato ya no aparecen nunca ni el queso seco ni la tradicional cuajada. Los niños ya no toman su vaso de leche diario, se conforman con una bolsita de gluglú, agua coloreada y endulzada. Como resultado, empieza a abundar el fenómeno del rechazo a la leche: cuando los padres logran ofrecerles ese vaso de leche tan apreciado, el organismo infantil lo rechaza, por no tener desarrollada la lactosa, una enzima que el cuerpo produce, estimulado precisamente por el consumo habitual de leche. Esta enzima que hoy falta a los niños es la que facilita la digestión de un producto cada vez más escaso en un país que se precia de su tradición ganadera.


El costoso modelo europeo

Los europeos y los estadounidenses garantizan con sus hatos ganaderos las necesidades alimenticias de su población, exportan productos ganaderos a muy buenos precios y no deterioran sus bosques. Nicaragua no logra con su ganado ninguno de esos tres objetivos. La primera clave está, naturalmente, en la historia. Imperios y colonias parten de puntos muy diferentes cuando corren hacia cualquier meta. Más allá de la historia, hay que tener en cuenta otra clave fundamental: los modelos de desarrollo ganadero.

El modelo europeo es costoso, consigue una alta productividad y no produce ninguna deforestación. Al término de la Segunda Guerra Mundial se inició en Norteamérica y en Europa una carrera -aún no detenida- para incrementar la productividad en la producción de cereales y de otros alimentos. En la carrera, la ganadería no fue excepción. En el modelo europeo, siempre hay buen alimento para los animales: en los establos durante los fríos inviernos y en los veranos, combinando el establo con el pastoreo en praderas naturales, en las que crecen no sólo gramíneas sino leguminosas, que contienen proteínas, claves para aumentar la producción de leche e indispensables para conservar la fertilidad del suelo. A la vez, el potencial genético del ganado se aprovechó para especializar a unas razas en leche y a otras en carne o para hacer cruces con objetivos muy definidos.
En Francia se ha logrado que una sola vaca rinda anualmente 5 mil 500 kilogramos de leche. En Alemania llegan a los 6 mil y en Estados Unidos producen 7 mil 400. En carne, los animales que se sacrifican en estos países pesan hasta 300 kilogramos. Estos niveles de desarrollo garantizan grados de autosuficiencia alimentaria muy altos.
Este desarrollo sólo fue posible como resultado de políticas y programas gubernamentales basados en apoyos, medidas proteccionistas, subsidios, precios de garantía. Durante muchos años los ganaderos europeos y norteamericanos fueron subvencionados. Hoy, la protección a los productos lácteos y a la carne vacuna representa el 30% de los gastos agrarios de la Unión Europea. Para valorar mejor este apoyo hay que tener en cuenta que en estos países los costos de producción de una libra de carne y de un litro de leche son muy altos, por los altos costos de la mano de obra, el extendido uso de maquinaria y de petróleo en todo el proceso y las costosas instalaciones para mantener a los animales. La alimentación del ganado representa en los países desarrollados más del 50% en los costos totales de la producción ganadera.


El secreto europeo: cuidar el bosque

La calidad del ganado de estos países se ha enriquecido notablemente con los progresos de la ingeniería genética y la biotecnología aplicada a la reproducción. La inseminación artificial -desarrollada a partir de las técnicas de congelación del semen de sementales seleccionados- ha favorecido el nacimiento anual en Europa de 100 millones de terneros y un incremento sistemático de la producción de leche. En la industria de la inseminación artificial se mueven 2 mil millones de dólares anuales, según datos de la FAO.
Con estas tecnologías se han logrado colosales excedentes de leche que, transformada en leche en polvo, han sido utilizados tanto para la exportación como para enviar donaciones a los países del Sur. Los imparables avances de la biotecnología permiten prever nuevos avances en la producción ganadera, aunque también son previsibles nuevos debates, al no ser aún bien conocidos los efectos que sobre la salud humana pueda llegar a tener la manipulación genética de los animales y el empleo de químicos y de hormonas para acelerar su crecimiento o estimular la producción de leche.
La producción ganadera en Europa ha alcanzado tales niveles que los gobiernos europeos han llegado a acuerdos regionales para regular la sobreproducción. A mediados de los años 80 se establecieron cuotas en base a la producción histórica de cada país. Italia, por ejemplo, con potencial para autoabastecerse y para exportar, debe producir el 90% de su consumo nacional y el restante 10% debe importarlo de países que al momento de la reglamentación eran exportadores netos.
En cualquiera de las etapas y en cualquiera de los casos, el desarrollo de la ganadería no se ha traducido en el Norte en el arrasamiento de bosques, como sucede en los países del Sur. No se ha traducido el incremento de la producción en una extensión de las áreas dedicadas a la ganadería, sino más bien éstas áreas se han ido reduciendo continuamente desde los años 50. Esto se explica por varias razones. El notable incremento de la productividad permitió más demanda de alimentos con cada vez menos tierra. Una segunda razón es que el desarrollo de la industria y de los servicios han dado más valor a los productos y subproductos de la ganadería y una buena parte de la mano de obra rural ha sido liberada con el uso de equipos modernos en la actividad ganadera -ordeñadoras mecánicas, cosechadoras y embaladoras de forraje- y ha ido a trabajar por otros sectores de la economía. Se explica también porque las sociedades más desarrolladas ven en los bosques tanto un potencial económico como un privilegiado lugar para el esparcimiento. La población urbana, cada vez más aturdida por el ruido y el estrés del trabajo, ama los árboles, los necesita y conoce bien su valor material y espiritual.



El arrasador modelo nicaragüense

A partir de los años 50, la ganadería tuvo en Nicaragua una gran expansión. Extensas tierras cubiertas de bosques se dedicaron a pastos para alimentar ganado. En los años 60 y 70 fue cuando más creció la ganadería nacional. El sacrificio de ganado se incrementó en aquellos años en un 250%, pasando de 133 mil 500 cabezas sacrificadas en 1960 a 465 mil 500 en 1979. En esos mismos años, las exportaciones pasaron de representar 3 millones de dólares a ser de 94 millones. La producción nacional de leche también aumentó en ese período de 228 a 480 millones de litros. Organismos internacionales como el Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco Mundial apoyaron financieramente esta expansión y el gobierno impulsó programas de fomento tanto para que el hato nacional y sus áreas de pasto crecieran como para que se desarrollara la agroindustria de los productos ganaderos.
Esta expansión tuvo un altísimo costo. La banca estatal de fomento daba crédito a los ganaderos siempre y cuando tuvieran "mejoras" en sus fincas. Mejorar significaba derribar árboles y quemar bosques para destinar esas tierras a pastos. En este modelo de desarrollo, los grandes ganaderos encontraron sumamente rentable producir carne con un costo mínimo de capital en grandes extensiones de tierra. Así, fueron expandiendo la ganadería a todo lo largo de la frontera agrícola, erosionando el suelo y deforestando sin piedad. La relativa estabilidad social de aquellos años permitió a los ganaderos más poderosos ingresar con cuadrillas de mozos o colonos a fincas de mil o dos mil manzanas en las zonas más húmedas del Atlántico. Allí recuperaban áreas de potreros, sembraban granos básicos con la técnica de roza y quema, y convertían áreas de bosque cerrado en áreas de pasto. Hubo ganaderos -y aún los hay- que llegaron a deforestar ellos solos unas 100-200 manzanas al año.

La gran mayoría de los pequeños y medianos ganaderos, poco vinculados a la agroindustria de la carne y de la leche, y con escaso acceso a crédito o asistencia técnica, participaron también en esta dinámica de acumulación de tierras y de ganado tan poco respetuosa de los bosques. Provenientes de diversas zonas de Nicaragua, principalmente de las más secas, comenzaron a introducirse en las zonas más incomunicadas y montañosas del centro del país y del Atlántico. Esta tendencia, iniciada masivamente en los años 50, tuvo un paréntesis en la guerra de los años 80, pero no ha cesado hasta el día de hoy.


El proceso de "botar montaña"

Un caso bien frecuente y actual es el de Tomás Aguinaga, un campesino ganadero que llegó en 1980 a Kepí, a 5-6 horas a pie del "puerto de montaña" de Mulukukú. Allí adquirió 200 manzanas. Cuenta Aguinaga que llegaba allí desde un recóndito lugar de Matiguás, en donde con sus 30 manzanas de terreno estaba ya "topado", con una tierra cansada y empotrerada que ya no producía y que resultaba pequeña para que su ganado, que venía creciendo, pastara a gusto. Una mañana se dijo sonriendo: "Por allá hay bastante montaña para hacer una buena finca". Por "allá" la tierra es poco fértil pero es abundante y es barata -200 córdobas la manzana-. Cubierta de bosques, esta tierra parece no tener dueño. Y para "allá" se fue Tomás.

El mayor problema que tienen los campesinos pobres para hacerse con un pedazo de tierra por "allá", en la montaña, es la dureza con que la naturaleza y la sociedad los reciben: clima muy caliente y muy húmedo, culebras venenosas a cada paso, enfermedades, falta de escuela y de puestos de salud. El trabajo al que les desafía la montaña es precisamente ése: "botar la montaña", despalarla. Lo van haciendo poco a poco según sea el área de granos -maíz, frijol, arroz- que van cultivando por dos o tres años consecutivos y en rotación. Posteriormente, siembran pasto en estas tierras. Al final del proceso, hermosos y tupidos bosques han sido transformados en potreros para ganado. Cada año y con ayuda de sus hijos, Tomás botó de 15 a 20 manzanas de bosque. Los más pobres, los que tienen menos capacidad para "botar montaña" deforestan menos: 5-10 manzanas por año. Pero como los pobres son muchos, la destrucción no deja de ser notable.
Con este tipo de "mejoras" en sus fincas, los campesinos pueden venderla ya -muchas veces por presión- a un ganadero más fuerte que quiere extenderse y que, para hacerlo, necesita dar tres pasos: justificar ante el banco su proyecto y así obtener financiamiento, ampliar su área de pastos, y conseguir en una zona más húmeda otra finca que le permita mover a su ganado durante el seco verano. Vendiendo fincas con "mejoras", los campesinos pueden comprar ganado o irse a buscar otras tierras ubicadas más adentro en la montaña virgen.
Hoy ya no sabemos si toda la familia de Tomás está aún en Kepí. Tal vez uno de sus hijos mayores se haya adentrado ya en zonas cercanas a Bosawás, por Siuna o Rosita, buscando hacer su propia finca, tal como lo aprendió de su padre. Cuando ya se haya asentado en un lugar fijo con cierta cantidad de tierra y ganado su "esperanza" será ver llegar a algún poderoso maderero capaz de abrir en el bosque una trocha que le facilite algo el arduo trabajo de transportar sus productos a los llamados "puertos de mon- taña", a donde periódicamente llega la gente de la zona a comprar y a vender.
El proceso para hacerse de una finca propia es largo y es duro. Los que no están dispuestos a recorrerlo tienen otras muy duras opciones: irse a las ciudades a trabajar en lo que sea -aunque sea vendiendo agua en los semáforos- o irse para no encontrar trabajo, incrementando el número de desempleados, indigentes o delincuentes; unirse a las bandas armadas de delincuentes rurales que viven del secuestro o la extorsión; o emigrar a Costa Rica a trabajar como peones en las bananeras o en los ingenios azucareros. No existe en Nicaragua ningún espacio institucional que esté hoy dando respuesta a los problemas de subsistencia de esta gente. La mayoría de los proyectos de desarrollo estatales o de ONGs sólo trabajan ya con los "rentables", siguiendo "la nueva onda" de los 90: apoyar sólo a quienes son sostenibles financieramente.



"Las vacas se bañan ya en el Atlántico"

El modelo de desarrollo ganadero que hemos conocido en Nicaragua ha ido erosionando seriamente el potencial económico y ecológico de amplísimas zonas del país. Hace cuatro décadas casi la mitad del territorio nacional estaba cubierta por bosque tropical originario. Hoy, sólo queda en pie menos del 50% de estos valiosos bosques, unos 40 mil kilómetros cuadrados. El potencial forestal y de biodiversidad que contenían los bosques de Nicaragua -mayoritariamente de maderas duras- fue arrasado sin obtener beneficio alguno y la poca madera aprovechada económicamente fue extraida por grandes empresas que exportaron la madera en rollo sin dejarle muchas riquezas al país. La ganadería extensiva ha tenido un alto costo y lo sigue teniendo. La situación no ha cambiado mucho. Sólo ha empeorado y hoy "ya las vacas se están bañando en las aguas del Atlántico", como advirtió preocupado el especialista en el medio ambiente y ex-Ministro de Recursos Naturales Jaime Incer Barquero.

La ganadería extensiva en condiciones tropicales húmedas ha ido también mermando la capacidad productiva de la tierra, incluso para producir pastos. En Nicaragua, los pastos son sólo de gramíneas y tienen apenas un 15-20% de área útil. No existen pastos de leguminosas, como los de Europa, la limpia de los potreros es inapropidada, no se fertilizan los suelos y quemar los poterros es lo habitual. En suelos tan frágiles es muy difícil conservar la fertilidad. Precipitaciones por encima de los 2 mil milímetros cayendo directamente sobre estos suelos han ido arrastrando la tierra buena de las zonas más altas e inclinadas hacia las zonas más bajas o hacia los ríos. La producción de granos se ve afectada. También la de leche y la de carne. En Nicaragua una vaca produce solamente el 10% de la leche que produce una de sus colegas en los Estados Unidos o en Europa. Una vaca sacrificada aquí pesa el 45% de lo que pesa la que es sacrificada allá.

Crisis en todos los frentes

La agroindustria nacional ha contribuido a fortalecer tan errado modelo de desarrollo ganadero. Los siete mataderos del país, instalados para procesar la carne y exportarla al creciente mercado de fast food de Estados Unidos, se vincularon verticalmente a los grandes ganaderos por medio de créditos, asistencia técnica y participación en sus empresas. La actividad de engorde adquirió mucha importancia y la intermediación de los terneros ya destetados, producidos por los pequeños y medianos ganaderos, se volvió un negocio interesante para los gran- des comerciantes de ganado, muy bien relacionados con los mataderos. Además de pagarles precios bajos a los criadores de ganado, estos grandes comerciantes se han beneficiado con el cuero de los animales sacrificados en los mataderos.
La crisis es general y en todos los frentes. Actualmente, la mayor parte de los mataderos agroindustriales están ociosos por la débil capacidad reproductora del hato para producir terneros para desarrollo y engorde, porque los precios que pagan los exportadores de ganado en pie son más atractivos que los precios de la carne de exportación. Por otra parte, la mitad del cuero que se obtiene en los mataderos resulta inservible por la enfermedad del tórzalo, por los rayones del alambre de púas que cerca los corrales y potreros y hiere al ganado o por el fierro con el que indiscriminadamente se marca al animal por todo el cuerpo. No existe ningún incentivo para proteger el cuero ni tampoco existe en las fincas la costumbre de mejorar su calidad. Una pequeña parte del cuero que sirve va a parar a tenerías que procesan esta materia prima con bajo valor agregado, mientras la pequeña industria del calzado consume principalmente cuero importado.
Tradicionalmente, la industria láctea nacional ha estado articulada con las lecherías especializadas de unas cuantas grandes fincas del Pacífico, que han utilizado técnicas de riego. Esto no varió durante los años 80, cuando dos o tres empresas estatales y la leche en polvo importada abastecían a las plantas procesadoras. Según cifras del Banco Central, en 1996 el 25-30% de toda la producción nacional de leche era ya captada por un oligopolio integrado por dos plantas: PROLACSA , de la multinacional Nestlé, y La Perfecta. Una tercera planta, El Eskimo, se abastecía de materia prima importada. El resto de la leche que se produce en el interior y en la zona central del país es vendida a una gran cantidad de pequeñas empresas artesanales o a manteros, que transforman la leche en queso, crema o cuajada. La gran mayoría de estas unidades elaboran productos en poca cantidad y de baja calidad porque cuentan con escaso capital, con tecnología obsoleta y carecen de un buen mercado.


Oportunidades desaprovechadas

Durante los últimos 40 años de expansión de la actividad ganadera no todo ha sido negativo. También han existido experiencias respetuosas de los recursos naturales. En zonas más accesibles, existen grupos de pequeños y medianos productores campesinos que han logrado estabilizar su sistema productivo gracias a una mejor vinculación con los mercados. La creación de PROLACSA con el apoyo del INFONAC -el instituto de fomento creado por Somoza-, llevó a algunas zonas ganaderas caminos de penetración y créditos en forma de alambres, recipientes o medicina veterinaria, que los productores podían pagar con la entrega de la leche que producían. Y aunque en los años 70 PROLACSA no fue el ideal por causa del precio que pagaba a los productores de la cuenca lechera de Muy-Muy-Matiguás-Río Blanco, sí fue un buen ejemplo de cómo un cierto aumento en la demanda de la leche significa un estímulo para que los ganaderos opten por modelos algo distintos a los de una ganadería extremadamente extensiva y muy orientada a la producción de carne para la exportación.
Articular a los productores campesinos con un determinado mercado para la venta de sus productos es funda- mental para crear expectativas positivas y de futuro. Cuando es esto lo que se promueve, se posibilita mayor estabilidad en las zonas ganaderas y el asentamiento permanente de las familias en fincas en las que se hacen auténticas mejoras. En esta situación, y con estas esperanzas, la opción de ir a botar montaña en busca de más tierras empieza a quedar descartada.
En los últimos cuatro años, una de las realidades más nuevas en la ganadería nacional es la diversificación del mercado de la leche con la participación de nuevos comerciantes vinculados principalmente al mercado salvadoreño y a nuevos nichos del mercado nacional. En las principales cuencas lecheras de Nicaragua, los queseros salvadoreños han instalado plantas semi-artesanales que producen el queso moralique, muy apreciado en tierras salvadoreñas. El precio de una libra de este queso es mayor en El Salvador que en Nicaragua. Los salvadoreños, vinculados al mercado de su país, más atractivo y con mayor capacidad financiera para el acopio de leche y comercialización del queso, compiten con los nicaragüenses pagándole a los productores de leche por cada litro 5-10 córdobas más de lo que les pagan La Perfecta y PROLACSA .
A la par de esta novedad, está surgiendo un pequeño sector nacional de queserías semi-industriales de carácter asociativo o privado apoyadas por proyectos internacionales de desarrollo (FINNIDA, PMA, ONUDI) o que aparecen por iniciativa propia. La competencia entre las plantas nacionales y los queseros ha mejorado el precio de la leche al productor. Todos estos cambios en el mercado de lácteos están estimulando a un sector de ganaderos a hacer cambios en sus fincas: aumento de vacas en ordeño, selección de las mejores vacas lecheras, mejoras en el alimento del ganado en verano, etc.


Otro modelo para la gran mayoría

El fin de la guerra incrementó la entrega de tierras a desmovilizados de la Resistencia y del Ejército Popular Sandinista en zonas de la frontera agrícola. La gran mayo- ría de los más pobres de estos ex-militares de ambos bandos se ha dedicado a partir de entonces a botar montaña para sembrar granos y como no han tenido fi- nanciamiento favorable de mediano y de largo plazo para construir una finca, esto les ha impedido vincularse a un mercado más o menos estable. Durante los años del go- bierno Chamorro el financiamiento para la actividad ganadera que otorgó el ahora extinto Banco Nacional de Desarrollo se concentró en los grandes ganaderos allegados al gobierno.
El escándalo de la deuda millonaria del ex-Ministro de Agricultura y Ganadería y después director del Programa Nacional de Desarrollo Rural del gobierno Chamorro, Roberto Rondón -dueño de grandes extensiones de tierras ganaderas en Chontales- fue una de las más claras evidencias de cuál es la distribución que se hace en Nicaragua de los recursos financieros. Los bancos comerciales privados que florecieron en los años 90 al privatizarse la banca estatal no han querido saber nada de los ganaderos o buscan sólo a los que son de "medianones" para arriba. Tratar con el gran número de ganaderos que busca créditos pequeños les significa altos costos de operación en la recuperación de los préstamos. Y el Fondo de Crédito Rural creado por el actual gobierno y previsto para cubrir la demanda de dinero de los más pobres, todavía no es un instrumento de desarrollo por las altas tasas de interés del capital que quieren intermediar y por el clientelismo político con que previsiblemente funcionará esta institución. Su capacidad está también mermada porque su personal más técnico y experimentado ha sido sustituido por otro, sesgado hacia la política del partido liberal.
La gran mayoría de los ganaderos nicaragüenses -que son pequeños y medianos-, con su ganado "machín", mal alimentado y lleno de tantos parásitos que le impiden crecer, tiene escasos vínculos institucionales con los mercados de capital, carece de tecnología y no está en condiciones de fortalecer un sistema ganadero sostenible. ¿Tendrán que seguir internándose más y más en la frontera agrícola, donde quedan las dos últimas reservas de bosque tropical primario de Nicaragua, Bosawás e Indio-Maíz?


Vacas, créditos y ferias regionales

No hay en Nicaragua las condiciones humanas, técnicas, económicas o climáticas que han hecho posible los colosales niveles productivos de la ganadería europea en más de cuatro décadas. Pero tampoco es posible seguir con el modelo actual. ¿Es posible un modelo de desarrollo ganadero más "chapiollo", de "moderada" productividad, que contribuya a cambiar las tendencias actuales y que responda a los intereses de la gran masa de ganaderos nacionales?
Un modelo alternativo debe basarse en dos principios. En cuanto a la finca, en el incremento del valor de la pro- ducción por unidad de superficie. Esto significa sistemas ganaderos más intensivos en trabajo y fincas ganaderas con mayor diversidad (animales + árboles + cultivos). En cuanto a los vínculos del ganadero con el mercado, significa que el productor ganadero cuente con eficientes cadenas de procesamiento y comercialización de los productos y subproductos que obtiene de su ganado.
Existe en Nicaragua una gran cantidad de áreas de potreros o pastos que permanecen ociosas por la escasez de ganado. Importar unas 10 mil vacas reproductoras de Honduras o de otro país centroamericano, aunque no tengan más que una aceptable calidad genética, podría ser una alternativa viable para la recuperación del muy diezmado hato nacional. Si la compra de una de estas vacas cuesta unos 400 dólares, el costo total de esta operación sería sólo de unos 4 millones de dólares. La introducción de estos animales en los territorios podría ir acompañada de la organización de ferias ganaderas regionales en dos o tres importantes zonas ganaderas, que permitirían aumentar la oferta de vacas -un capital tan fundamental como escaso-, comprar y vender ganado a precios favorables y crear un espacio de intercambio de experiencias técnicas con el contacto entre los ganaderos "chapiollos" más avanzados y los que están más atrasados.
Estas ferias podrían vincularse a paquetes de crédito ágiles y sencillos en sus trámites y más favorables de los que la banca comercial ofrece en plazos y en tasas de interés. A estas ferias se podría invitar a pequeños y medianos ganaderos hondureños. Para organizarlas sería necesario, naturalmente, el apoyo de una institución o proyecto de desarrollo. La gran feria ganadera que se realiza cada año en Managua debería ser sólo un complemento de las ferias en los territorios. En la feria EXPICA, el ganado que se expone tiene características genéticas de alta calidad, pero resulta sumamente costoso. Una vaca reproductora puede costar unos mil o mil 500 dólares y un toro mucho más. EXPICA es una opción sólo para la élite ganadera del país.


Una tecnología poco costosa

Nicaragua, un país con una economía tan pequeña y tan débil, no se puede dar el lujo de aislarse de los avances tecnológicos. Pero los avances que aplique deben ser adecuados a su realidad. La inseminación artificial ha sido clave para mejorar la calidad del ganado en países que cuentan con un hato más o menos homogéneo genéticamente y manejado en condiciones muy similares, países que cuentan con técnicos veterinarios muy costosos y que apenas tienen problemas de acceso a las vacas porque éstas viven en establos. En Nicaragua, el hato reproductor es muy heterogéneo, está muy disperso y permanece la mayor parte del tiempo pastando. La realidad muestra que existe una amplia brecha entre la tecnología de la inseminación artificial -nacida en países industrializados- y su eficaz aplicación en un país como el nuestro.
En el corto y en el mediano plazo incrementar la eficiencia de la ganadería no requiere de grandes inversiones en capital y en tecnología costosa. Ya en Nicaragua como en otros países tropicales existen algunos sectores ganaderos que, con prácticas muy sencillas en la gestión del hato y de los pastos, han logrado mejores rendimientos de leche y carne por unidad de superficie. ¿Qué han hecho? Proporcionar sales minerales a los animales estresados de zonas semihúmedas para conservarlos mejor alimentados. Desinfectar el ombligo a los terneros recién nacidos para reducir su mortalidad. Construir en zonas secas pozos o algún sistema de riego barato con el que garantizar agua al ganado todo el año. Mejorar la rotación de los potreros organizando mejor el pastoreo. Buscar alternativas en el forraje: pasto de corte para verano, leguminosas, madero negro. Construir instalaciones básicas para mejorar el ordeño y la calidad de la leche y para proteger a los terneros del frío y de la lluvia. Em- plear otro tipo de cercas en los corrales, que no sean las habituales de alambre de púas. Controlar el parásito de tórzalo, para que no se le arruine la piel al ganado.


Fincas con árboles, verdaderas mejoras

La mayor parte del territorio nacional cubierto de pastos no es de vocación agropecuaria sino de vocación forestal. Un modelo de desarrollo ganadero que aumente la productividad por unidad de superficie forrajera tendría una gran ventaja: liberar áreas de pastos para otros usos que diversifiquen la finca ganadera: frutales, hortalizas, granos, madera.
Las extensas áreas empotreradas de bajo rendimiento -las partes más altas y con pendientes pronunciadas-, manejadas por ganaderos con suficiente ganado podrían ser aprovechadas más eficientemente si se fomentara en ellas el sistema silvopastoril (pasto + árbol + cultivo + cercas vivas), asociado con el pastoreo de novillos para la producción de carne y con una baja densidad de animal por manzana.
El ganado demanda sombra y alimento de los árboles que crecen silvestres o que han sido sembrados por los ganaderos. Y los árboles ayudan a mejorar la fertilidad del suelo con sus residuos y los protegen de la erosión. Suelos más fértiles significan mejores y mayores pastos, lo que permite mantener más animales por manzana y mejorar su peso.
Con un manejo adecuado, la madera que necesita la industria nacional podría ser producida en las fincas ganaderas. El interés en arborizar sus fincas depende de que los ganaderos capten el beneficio económico que obtendrían con esa madera. También tendrían interés en arborizar quienes combinan la ganadería con café y con cacao, cultivos que requieren sombra y un microclima particular. Es necesario también mejorar las técnicas de procesamiento de los productos ganaderos. Valorizarlos mejor permitirá obtener ingresos complementarios y mejor coordinación entre los ganaderos y los procesadores de la materia prima. Con el suero que le regresan los queseros a los ganaderos, éstos podrían engordar cerdos, y si los mataderos y las tenerías reconocieran el valor del cuero, los ganaderos manejarían mejor su ganado.
Una oferta mayor y diversa de productos ganaderos tendría efectos positivos sobre otros sectores de la economía. Incrementar la producción de productos lácteos pondría en la mesa de los pobres rurales y urbanos cantidades de queso y de cuajada que garantizarían una mejor nutrición. Aumentando la oferta y aumentando la demanda, la calidad de estos productos aumentaría. Hoy, la mayoría de los queseros no pasteurizan la leche porque el costo de este proceso no lo compensa un mercado nacional de tan bajos ingresos. Sin embargo, en el futuro, quien no pasteurice la leche no podrá exportar leche. Actualmente, Nicaragua tiene una cuota de exportación a México de 500 toneladas de queso y de 5 mil toneladas de leche en polvo, pero no la está cubriendo por la débil capacidad tecnológica que tienen aún las pequeñas empresas lácteas. Hay mucho por hacer y por rectificar.



"Ganado es ganado"

En un país de tradición ganadera y con tan gran cantidad de territorio convertido en potreros, la reactivación de la ganadería es clave para la economía nacional. Erasmo González, con casi 20 años de vivir en la comunidad de San Ignacio, Matiguás, en la zona central del país, dice quitándose el sombrero y con una serena convicción: "Antes, ahora y siempre, el ganado es ganado". En Nicaragua tener ganado es sinónimo de tener ganancia, de contar con qué defenderse en la vida. Erasmo tiene casi 70 manzanas de tierra y ordeña de 20 a 25 vacas de las que saca dos pichingas (40 litros) de leche diarias, que entrega a los queseros a un precio promedio de 100 córdobas cada una. Vende anualmente de 10 a 15 terneros y engorda a cuatro cerdos con el suero que le devuelven los queseros. En un cálculo muy general, el ingreso bruto de Erasmo puede andar por el equivalente a unos 7 mil 500 dólares anuales, un ingreso 18 veces mayor que el ingreso per cápita del promedio de la mayoría de los nicaragüenses, que es menos de 400 dólares al año. Naturalmente, este ganadero es sólo un caso dentro de otros miles de pequeños ganaderos que se baten para no tener que deshacerse de su ganado vendiéndolo para autofinanciar la vida de su finca y la vida de su familia. Pero es un caso que podría generalizarse si se aplican políticas adecuadas.

A pesar de que la ganadería es en Nicaragua una actividad antigua en términos históricos, apenas ha experimentado cambios en su gestión técnica o económica. Es necesario, es urgente, introducir cambios si queremos salvar el bosque que aún nos queda y multiplicar a los Erasmos que ya existen.

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