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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 317 | Agosto 2008
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América Latina

Izquierda y derechos humanos: notas para un debate

La liberación de Ingrid Betancourt y de otros 14 secuestrados de las FARC y la situación actual de esta guerrilla han motivado un intenso debate en nuestro continente. En Nicaragua, el Presidente Daniel Ortega llama insistentemente “hermanos” a los guerrilleros de las FARC, defiende sus métodos de lucha y se propone unilateralmente como mediador para alcanzar la paz en Colombia. En Nicaragua, estas notas para este debate resultan más pertinentes que en ningún otro lugar de América Latina.

Iosu Perales

Fidel Castro escribió en Granma el 3 de julio: “Por elemental sentimiento de humanidad, nos alegró la noticia de que Ingrid Betancourt, tres ciudadanos norteamericanos y otros cautivos habían sido liberados. Nunca debieron ser secuestrados los civiles, ni mantenidos como prisioneros los militares en las condiciones de la selva. Eran hechos objetivamente crueles. Ningún propósito revolucionario lo podía justificar”.

Cinco días después volvió a escribir: “Critiqué con energía y franqueza los métodos objetivamente crueles del secuestro y la retención de prisioneros en las condiciones de la selva. Pero no estoy sugiriendo a nadie que deponga las armas, si en los últimos 50 años los que lo hicieron no sobrevivieron a la paz. Si algo me atrevo a sugerir a los guerrilleros de las FARC es simplemente que declaren por cualquier vía a la Cruz Roja Internacional la disposición de poner en libertad a los secuestrados y prisioneros que aún estén en su poder, sin condición alguna. No pretendo que se me escuche; cumplo el deber de expresar lo que pienso. Cualquier otra conducta serviría solo para premiar la deslealtad y la traición”.

Por su parte, Hugo Chávez ha ido más lejos al afirmar públicamente que no es tiempo de lucha armada sino de lucha política y de ganar gobiernos en las urnas.

UN DEBATE NECESARIO

No deseo utilizar los nombres de Fidel y de Chávez para apoyar mis reflexiones, que tal vez ellos no compartan. Tan sólo hago referencia a las declaraciones de ambos líderes de la izquierda latinoamericana porque de manera consciente o no han abierto un debate. Tampoco es que necesitáramos el permiso de ambos líderes para iniciar una discusión necesaria. Pero es obvio que ambas intervenciones tienen a mi juicio la virtud de haber roto una inercia muy extendida en la izquierda, consistente en callar abusos y graves errores de las guerrillas o partidos que ocupan el mismo campo político bajo el pretexto de no dar oxígeno al enemigo. Esa dialéctica perversa nos ha llevado con frecuencia a hacer dejación de un pensamiento libre que no negocia con la doble moral.

Es significativa la forma de posicionarse de una parte de la izquierda que, ante la liberación de Ingrid Betancourt y los otros 14 rehenes, se ha pronunciado de esta manera: “Ella es una burguesa, los tres norteamericanos son mercenarios y los otros once son militares”. Tratan de quitarse de encima de este modo lo que debe ser una reflexión ética y política acerca del procedimiento del secuestro, bien como instrumento recaudatorio, bien como estrategia político-militar. No resulta nada sorprendente afirmar que entre la izquierda y los derechos humanos hay algunos problemas que son históricos. La derecha los tiene mayores, pero ésa no es mi preocupación al escribir estas notas.

UN RELATIVISMO NO INOCENTE

Decir que la izquierda ha -hemos- llegado tarde a los derechos humanos, al haberlos encuadrado durante décadas en tanto que derechos individuales como una herramienta de la burguesía, no es afirmar nada extraño. Quienes nos identificábamos como leninistas, no suscribíamos el principio de universalidad de los derechos individuales. Por el contrario, admitíamos la discriminación y desigualdad entre los sujetos de esos derechos, y así es como entendíamos que para que el pueblo pudiera actuar a favor de sus intereses era preciso retirarle a la burguesía sus derechos políticos.

Y considerábamos burgueses no sólo a quienes pertenecían a una determinada clase social, sino también a quienes “pensaban de forma burguesa”, de modo que gozábamos de una amplia capacidad para clasificar a personas y colectivos. No digo nada nuevo al recordar que nuestra visión de la democracia popular o socialista adolecía de insuficiencias en el terreno de las libertades individuales y de los derechos políticos. De este modo, la defensa de los derechos humanos no era una cuestión indiscutible sino que dependía del régimen del que estuviéramos hablando. Lo que resultaba intolerable en el Chile de Pinochet o en la Argentina de los militares no lo era necesariamente en otros escenarios. ¿Nos hemos preguntado, desde la izquierda, cómo una vez superado o desconsiderado el principio de universalidad de los derechos quedaba la puerta abierta a todo tipo de restricciones? ¿De dónde viene este relativismo, que no es inocente?

Una izquierda conservadora, atada al utilitarismo, en su teoría de la revolución coloca a la moral en un lugar derivado, subproducto de la actividad política; presenta la valoración moral como basada en el fundamento del conocimiento de leyes históricas, lo que dicho en castellano quiere decir que los medios quedan justificados por los fines. Pero resulta que hay medios que pervierten los fines hasta hacerlos irreconocibles.

Así es como esta izquierda llega a pensar: Cualquiera que sea el valor subjetivo de la moral, del progreso y de otros grandes principios, esta hermosa fraseología no influye para nada en las fluctuaciones de las sociedades humanas; por sí misma es impotente para lograr el menor cambio. El cambio sólo vendrá de la acumulación de fuerzas que no puede reparar en aspectos morales, del mismo modo que el humanismo es un asunto que no debe estar en el puesto de mando de la lucha.

Esta izquierda considera que las evoluciones sociales las determinan otras consideraciones menos sentimentales. Sus causas se encuentran en la estructura económica, en el modo de producción y de cambio que preside la distribución de las riquezas y, por consiguiente, la formación de las clases y su jerarquía. Y cuando estas evoluciones se producen no sucede esto porque obedezcan a un ideal elevado de justicia, sino porque se ajustan al orden económico del momento y a la lucha de clases. En su visión del curso ascendente de la historia, ésta se encuentra siempre por encima de consideraciones éticas y morales.

EL HUMANISMO FRENTE
A “LO HISTÓRICAMENTE NECESARIO”

Cuando discuto de estas cosas -no lo hago ahora sobre la pertinencia o no de la lucha armada, sino sobre la violación de los derechos humanos por las guerrillas colombianas y a propósito de los secuestros- suelo encontrarme con quien me dice: “Pero es que el enemigo hace barbaridades mayores” Mi respuesta es: No queremos ser como el enemigo, ni parecernos, ni aún en la guerra. De lo contrario, ¿qué sociedad construiremos? ¿Cómo podremos proponer una sociedad justa, igualitaria, libre?

Es sabido que todavía hay sectores de la izquierda, portadores de un marxismo conservador, sumamente complacientes con las prácticas armadas de las FARC, aunque no necesariamente satisfechas con ellos, conscientes ya de su impopularidad creciente. Pero, se puede ser rebelde y a la vez ser crítico de las FARC. Tratar de hacer ver que ser rebelde va unido a ser acrítico con las FARC es un error y tratar de unir las dos palabras “rebelde” y “FARC” como sinónimas es sencillamente un error tremendo.

La asunción de los grandes objetivos sociales ha tenido siempre una dosis elevada de politicismo, frente al que el humanismo aparecía como una idea etérea o un sentimiento débil. El humanismo como filosofía era, además, un cierto estorbo para el marxismo militante, que no debía reparar en medios con tal de alcanzar los fines. Sin embargo, el idealismo, el riesgo y la abnegación, han sido siempre móviles de una cultura de la izquierda conectada con la misión revolucionaria.

El humanismo radical se rebela contra el destino fatal de lo históricamente necesario, que ha sido fuente de esquematismos y hacía de las personas meros miembros de organismos depositarios más o menos clónicos de ideales generales y normas de conducta establecidas, revolucionariamente correctas. No debe haber ninguna misión sagrada, ningún mandato redentor que gobierne nuestros actos fuera de nuestra voluntad. Somos nosotros mismos los que decidimos lo deseable y la bondad de la sociedad por la que luchamos. Es esto lo que nos hace seres críticos, capaces de mirarnos a nosotros mismos de manera autocrítica, sin complejos, sin autocensuras derivadas del temor a “dar razones al enemigo”. Es por esto que no podemos aceptar la permanencia de los 700 secuestrados de las FARC y de los cerca de 300 de la otra guerrilla colombiana, el ELN, como una realidad inevitable, como un destino fatal frente al que sólo cabe aceptar, resignarse y callar.

UNA REFLEXIÓN NECESARIA
MIRANDO A NICARAGUA

En este punto, carecen de fundamento las palabras de la diputada del FSLN Alba Palacios, voz nicaragüense y autorizada del sandinismo en el gobierno, cuando afirma: “Los secuestros, en este caso los de las FARC, tienen razones sociales y políticas, son una medida de presión que ellos han usado para poder sacar de las cárceles a otros hermanos colombianos que han sido apresados por el Ejército colombiano desde hace muchos años”.

En primer lugar, el 95% de las personas que permanecen secuestradas por las FARC y el ELN lo son para cobrar un rescate económico. Y en segundo lugar, entre la minoría de rehenes canjeables por presos hay una buena cantidad de civiles que, de acuerdo a las convenciones internacionales y al derecho humanitario, ni pueden ni deben ser objetivos militares.

¿Cómo nos vamos a callar ante cientos de secuestros de personas del pueblo, muchos de los cuales lo están porque sus familiares no pueden reunir ochocientos o mil euros para pagar a la guerrilla su rescate? Éstos son los secuestrados invisibles, los que no gozan de la atención del gobierno colombiano ni de ningún organismo internacional. En sus declaraciones, la diputada Palacios muestra o bien irresponsabilidad política o bien valores inhumanos que no podemos admitir. Si el silencio frente a quienes violan los derechos humanos no debe ser una práctica de las izquierdas, la justificación es aún peor. Es connivencia. Está claro que el FSLN no parece tener los derechos humanos como bandera y los derechos civiles como santo y seña de su gobierno. La reciente cancelación de dos partidos políticos despide el mismo tufo que su posición ante las prácticas de las FARC: poco apego a las libertades de la gente, a los derechos ciudadanos.

¿Ha pensado alguna vez la izquierda, absolutamente conservadora, que hoy se expresa en Nicaragua y en el FSLN, que la libertad, siendo para todas y todos, lo es de manera singular para quien piensa distinto? Es un pensamiento de Rosa Luxemburgo, nada más y nada menos. Esto me lleva a pensar que en la izquierda vivimos una crisis de preguntas, algo que nos hace deficitarios para tener respuestas. Claro que abrir el armario de las preguntas puede ser un acto de subversión contra una visión que ya tiene en su poder todas las respuestas de una vez y para siempre. ¿Dudar? ¿Quién quiere dudar? Más sencillo es afirmar que hay que eliminar de un plumazo a todos los partidos que responden “a los intereses de la oligarquía y del imperialismo”, a los “peleles vendepatria”, a los “traidores”, como repite el mandatario nicaragüense.

Lo cierto es que el pueblo de Nicaragua, con el concurso decisivo de la izquierda, trajo la democracia en 1979, pero después de tantos años una parte de esa misma izquierda está tardando en entender que la libertad, la democracia y los derechos humanos son valores por sí mismos y no solamente instrumentos. Valores que la izquierda no puede ni debe relativizar, pues cuanto más lo hace más se desnaturaliza a sí misma.

Es ciertamente dramático que en un pasado reciente, durante la Guerra Fría, una buena parte de la izquierda, en su cosmovisión, situara los derechos humanos y la democracia del lado del llamado “mundo libre” enfrentado al campo socialista. Pero ahora ya es patético que un sector de la izquierda de Nicaragua no se haya movido de esta posición. Con ello hacen un favor inmenso a la derecha, pues abandonan en su campo banderas que debieran ser propias de quienes desean cambiar el mundo para hacerlo mejor.

LA MORAL COMO PRINCIPIO IRRENUNCIABLE

Hay que afirmarlo y claramente: la moral se refiere a los valores que deben inspirar el comportamiento y la naturaleza de los objetivos. El socialismo como meta tiene mucho más que ver con la moral que con la ciencia. En realidad, la ciencia no tiene nada que decirle al socialismo, puesto que se mueve en otro ámbito. La misma fórmula “socialismo científico” refleja la confusión entre las proposiciones científicas y las proposiciones normativas, las referidas a las conductas que se consideran valiosas desde el punto de vista ético.

En las organizaciones de izquierda siempre hay una vertiente moral implícita. La lucha tiene siempre un impulso que va más allá de la satisfacción de saber que se camina, supuestamente, a favor de la historia. Otra cosa es en qué medida se asumen como tales los valores morales. El ámbito de estos valores no ha tenido un lugar importante en los estudios y las discusiones entre las fuerzas revolucionarias. No es arriesgado decir que las militancias que confesaban espiritualidad y móviles humanistas eran vistas con signos de debilidad por buena parte del resto. Vertiente moral implícita y desconsideración explícita de lo moral es lo que hace que la izquierda se desenvuelva de manera esquizofrénica ante los derechos humanos. Sin embargo, para la izquierda los Derechos Humanos han de ser innegociables. Y es en este punto donde está la prueba del nueve. Por ello no puedo estar de acuerdo con el lema de un ilustre pensador marxista del siglo XIX: “Todo medio me parece bueno, el más violento y el más suave, para alcanzar el fin”.

El humanismo revolucionario propone poner patas arriba algunas concepciones clásicas de la izquierda. Entre ellas, la que considera que el comunismo es el reino de la libertad y el fin de las contradicciones. Es imposible como sistema y como categoría que pone fin a la historia, y supone que la humanidad ha vencido por fin a la naturaleza y a sí misma. Es más interesante contemplarlo como una inspiración en favor de una mayor igualdad, de un nuevo mundo, de una justicia en constante perfección, todo lo cual conecta con los sufrimientos de los vencidos en la versión del gran Walter Benjamin.

El humanismo expresado como crítica y construcción sólo puede desarrollarse desde la radicalidad e inflexibilidad frente a toda opresión, venga de donde venga. En el núcleo humanista late el deseo de felicidad. Toda la lucha revolucionaria busca el fin de la infelicidad en la esfera de lo posible. Y ello significa humanizar la sociedad deshumanizada, humanizar la política, humanizar unilateralmente la violencia, cuando los oprimidos se ven obligados a ejercerla. Significa tolerancia cero con la violación de los derechos humanos, sea quien sea el responsable.

LA VANGUARDIA COMO PROBLEMA

Si las FARC conciben Colombia como el lugar de una suerte común de todas y todos los colombianos, y se indignan por las injusticias, por todo tipo de injusticias que asolan su país; si viven el destino del pueblo con la intensidad de quien se considera parte de él; si piensan el bosquejo fundacional de una nueva realidad colombiana, ¿cómo es posible que hagan del secuestro, indiscriminado, y del sufrimiento que genera, un método para su lucha? ¿O será que ya no representan la esperanza de una Colombia liberada?

Me temo que de fondo lo que aquí se expresa es el famoso problema de la vanguardia autosuficiente. Es decir, no se trata de un grupo de gente malvada con la etiqueta FARC, sino de una organización que, siguiendo las pautas de la cultura leninista, se considera a sí misma la encarnación de los intereses de la clase obrera y del pueblo colombiano, la intérprete reconocida de un sujeto previamente convertido en una entelequia para obrar en su nombre. Las FARC se autoconsideran una vanguardia que, lejos de equivocarse, conoce los intereses últimos, reales, de la sociedad, y se ve obligada a actuar de una determinada manera, siendo los secuestros una manera necesaria. En palabras del pensador español Eugenio del Río: Sólo me queda decir que ésta es una visión pre-moderna, impropia del siglo que vivimos: tal noción de vanguardia (superior) implica la de una sociedad inferior.

ÁLVARO URIBE Y SU POLÍTICA DE SEGURIDAD:
CRIMEN DE ESTADO

Hablar de secuestros es hablar sobre los derechos humanos. Y en este asunto no debe haber impunidad. Taparse los ojos cuando la reponsabilidad recae sobre las guerrillas, desautoriza para denunciar al gobierno y a los paramilitares. Y, creo que somos muchos quienes queremos seguir diciendo muy alto, con legitimidad, que el presidente Uribe y su política de “seguridad democrática” practican el crimen de Estado.

Sólo unos datos. La Comisión Colombiana de Juristas y el CINEP señalan que entre julio de 2002 y junio de 2007 fueron registradas 12 mil 547 víctimas de ejecuciones extrajudiciales, homicidios políticos y desapariciones forzadas, de las que en 7 mil 183 casos se conoce la autoría, siendo de responsabilidad de los grupos guerrilleros la muerte de 1 mil 819 personas, de los grupos paramilitares 4 mil 174 y 1 mil 190 del ejército y la policía. Muy pocos responsables de desapariciones forzadas han sido sancionados penalmente y los cadáveres de muy pocas víctimas han sido encontradas.

El Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado habla de al menos 15 mil desaparecidos por los grupos paramilitares. La guerra tiene otra vertiente igualmente violatoria de los derechos humanos: el desplazamiento forzoso. En 2006, Walter Kälin, representante del Secretario General de Naciones Unidas para los derechos humanos de las personas desplazadas, estimó en más de 3 millones el número de desplazados internos en Colombia.

UNA PAZ CON DERECHOS HUMANOS

Creo firmemente en una solución negociada en el marco de una regionalización de la paz, en la que el diálogo y la negociación están llamados a ocupar el papel estelar. Ojalá que la propia Ingrid Betancourt se consagre a ello.

Hoy la percepción general es que Colombia vive una guerra envilecida, en un túnel o en un laberinto del que sólo podrá salir si cambia radicalmente el escenario político. Es necesario sustituir la falsa expectativa de que la guerra se va a resolver por vías militares y represivas, o lo que es lo mismo: que va a resolverse sin diálogo, negando las vías del diálogo. En otro sentido, quienes todavía piensen que la lucha armada es el camino del futuro colombiano y prefieren seguir instalados en el status quo también se equivocan. Frente a estas tesis deseamos un nuevo escenario, irreversible, que sea un tiempo de diálogo para la paz, en el que las partes se comprometan al respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales de todas las personas, poniendo fin al sufrimiento humano producto de la guerra. Un tiempo para la paz, de diálogo y soluciones justas, porque estamos convencidos que las vías políticas y democráticas, deben ser los canales para poner fin al conflicto. Un tiempo para la paz porque la gente de hoy y las nuevas generaciones exigen una oportunidad para la convivencia y el gobierno de los derechos humanos.

CUATRO PUNTOS CARDINALES

Para ir hacia ese nuevo escenario visualizamos cuatro puntos cardinales: lo inmediato, lo necesario, lo democrático y lo esperanzador.
- Lo inmediato. Es la humanización del conflicto y el respeto a los derechos humanos. La principal derrota que puede infligirnos el conflicto es la deshumanización. Es esencial que, por razones éticas, morales, políticas, se defienda con claridad y firmeza la cultura y la práctica de los derechos humanos. Se trata de defenderlos como un absoluto ético.
- Lo necesario. Es el diálogo sin exclusiones. Un diálogo que aborde los problemas sociales y políticos de la sociedad colombiana, comprometiendo a las partes a nuevas políticas reparadoras de la injusticia, de la opresión y de la explotación.
- Lo democrático. Es escuchar al pueblo y hacerle caso. Hacer que la sociedad civil y sus organizaciones participen activamente en las decisiones sobre los problemas estructurales del país y en las soluciones.
- Lo esperanzador. Es atender a lo que tiene carácter constructivo. Significa desconfiar de las políticas que se apoyan en el autoritarismo y el militarismo, y que sólo producen prolongación del conflicto, crispación, miedo, terror institucional, destrucción.

NECESITAMOS UNA NUEVA IZQUIERDA

Avanzar en la dirección de estos cuatro puntos cardinales requiere crear espacios de oportunidad para el impulso de proyectos democráticos concretos que desarrollen la voluntad social mayoritaria que demanda la paz. Ojalá que el Polo Democrático Alternativo sea ese revulsivo político que puede contribuir a la elaboración ética del conflicto, dando impulso al diálogo desde una nueva visión que quiere hacer de Colombia un nuevo país, más justo, más democrático y viviendo un tiempo de paz.

Para ello será necesario dar impulso a estrategias para incrementar el número de actores implicados en la construcción de paz: a través de movilizaciones ciudadanas o identificando y comprometiendo a actores que, por una o varias razones, son clave: comunidades étnicas, personas cercanas al pensamiento de los actores armados, organizaciones sindicales, movimientos de mujeres... Y desde luego, la comunidad internacional. Necesitamos una nueva esperanza para un nuevo tiempo. Necesitamos una nueva izquierda para construir ese nuevo tiempo.

POLITÓLOGO. TRABAJADOR DE LA ONG DE DESARROLLO “PAZ Y TERCER MUNDO”.

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