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  Número 315 | Junio 2008
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Nicaragua

Ante el cambio climático: “Ya estamos viendo señales, ya hacemos previsiones

Antonio Mijail Pérez, Doctor en ciencias biológicas y Director científico de la Asociación Gaia, compartió informaciones sobre los efectos, visibles y esperables, del cambio climático en Nicaragua, en una charla con Envío que transcribimos.

Antonio Mijail Pérez

En el mundo, y en Nicaragua, es indudable que ya estamos viendo y sintiendo el cambio climático. Aunque también vemos y sentimos afectaciones que todavía no sabemos bien si obedecen al cambio climático o a ciclos climáticos no suficientemente estudiados. Algunas de estas afectaciones tienen que ver con los fenómenos de El Niño o de La Niña,
que son eventos naturales. Lo que sí parece cierto es que el cambio climático ya en curso ha ido acentuando el efecto
de estos fenómenos: sequías severas y lluvias desmesuradas en lugares y momentos no habituales.

En Nicaragua hay ya afectaciones serias en el clima, derivadas de una transformación intensiva y extensiva del uso de los suelos iniciada a partir de 1990. Antes de esa fecha nos benefició lo que se llama “conservación por guerra”. Como el país estaba en guerra, era muy poca la gente que intervenía en las zonas más conservadas del país. La guerra nos salvó de la deforestación que en esos mismos años sufrieron los países vecinos. Pero una vez que se pacificó el país, inició un proceso de intervención que en muchas ocasiones corrió paralelo al proceso de desminado. En las zonas en donde el Estado y la OEA entraban a desminar, detrás iban las compañías madereras a talar el bosque.

En Nicaragua hay bastantes y buenos marcos legales. El problema es que no se cumplen. Hay lugares con cuotas de corte de madera demasiado desproporcionadas y hay lugares con extracciones que no se sabe quién las autorizó. El resultado final es una gran deforestación y una brutal transformación del uso del suelo. Esto trae consigo graves efectos secundarios. Entre ellos, alteraciones en la fauna autóctona que vive en los ecosistemas deforestados. Con estos cambios, invaden el ecosistema alterado otras especies, que suelen ser mucho más competitivas.

A finales de noviembre de 2007 vimos cómo se reactivaba en Nicaragua una epidemia de leptospirosis. Tuvo que ver con estos cambios. Las ratas son los vectores de esta enfermedad a través de sus orines. Pero para contagiar a los humanos las ratas tienen que convivir con los humanos. En Nicaragua, la especie de rata endémica, la rata “campesina”, la rata arrocera de El Rama (Oryzomis dimidiatus) vive en los bosques y es herbívora.

No convive con los humanos. ¿Qué pasa ahora con ellas? Que están siendo desplazadas -y hasta podrían llegar a desaparecer- por la invasión de las ratas “urbanas”, que son dos especies de ratas que llegaron a Nicaragua hace quinientos años en los barcos españoles. Una de estas dos especies es la responsable de las epidemias de peste bubónica que asolaron Europa en siglos pasados.

Cuando los ecosistemas primarios son alterados, especies no autóctonas y más competitivas comienzan a entrar en estos hábitats. No es que las ratas urbanas se coman a las ratas campesinas, sino que tienen una tolerancia más amplia a condiciones diversas que las ratas locales. Cuando el bosque es alterado, las ratas campesinas se reproducen menos, tienen menos alimentos y comienzan a declinar. Y como las otras ratas son omnívoras, comen cualquier cosa y viven en cualquier parte -en el asfalto, en el concreto, en los desagües, en los cielos rasos, en las alcantarillas- se reproducen más y desplazan a las ratas locales. Con mayor capacidad de adaptación, compiten con éxito con las ratas autóctonas. Y como conviven con los humanos aumenta el peligro de contagiarlos con la enfermedad.

La sustitución entre las especies de ratas -con las consecuencias que esto tiene para la salud- está asociada a cambios en el clima por la desaparición de los bosques. Con menos bosques se alteran los procesos de evaporación, las lluvias se hacen menos abundantes y con menor volumen de lluvias las épocas de precipitaciones se atrasan o se adelantan. Estas alteraciones del clima ya se están viendo en Nicaragua desde hace algunos años.

Tenemos que entender la deforestación con una visión amplia: la deforestación en Nicaragua, la de la región centroamericana y la que se está produciendo en la Amazonia, que es uno de los pulmones del planeta. Nuestra región centroamericana es pequeña y, a escala, la región amazónica nos resulta muy cercana, de tal manera que todo lo que pasa allí influye acá en los ciclos de aguas y de vientos.

Actualmente, para poder estudiar lo que tenemos y prever lo que tendremos se espera que emprendamos un proyecto llamado Análisis de Vacíos de Conservación. Es un estudio para, eventualmente, declarar nuevas Zonas Protegidas.
Este estudio se considera la primera línea de base de la biodiversidad de Nicaragua. Es un estudio que ya hicieron todos los países centroamericanos. El Análisis de Vacíos debió haber comenzado a hacerse en febrero-marzo
de 2007 pero quedó prácticamente detenido con la llegada del nuevo gobierno. Y aún entonces ya estaba desfasado con respecto a los de los otros países centroamericanos, que lo tuvieron listo en diciembre de 2006. Tenemos un retraso enorme en el compromiso internacional con la Convención de Diversidad Biológica y hemos tenido que intervenir desde la sociedad civil y desde la cooperación internacional para impulsarlo.

En 1992 Nicaragua firmó en la Cumbre de Río uno de los convenios más importantes de su historia en lo relacionado con el medioambiente: la Convención de Diversidad Biológica. Esto comprometía a Nicaragua a una serie de medidas para la conservación y uso sostenible de su biodiversidad: a identificar y monitorear especies, a conservarlas en su lugar en áreas protegidas, a conservarlas fuera de su lugar con bancos de semillas y criaderos de especies clave, a fomentar la investigación y la capacitación, a evaluar los impactos ambientales, a disponer recursos para hacer realidad todo esto…Pero el cumplimiento de todos estos compromisos ha sido muy relativo y en algunos casos hay serios incumplimientos.

Trabajamos también en el montaje de la Red Nicaragüense de Biodiversidad, un proyecto que inició en el año 2000, que tratamos de incluir en la Universidad y que ahora retomamos desde la sociedad civil, aglutinando a centros, ONG y personas que trabajan en algún proyecto relacionado con la biodiversidad. En Nicaragua, donde no hay un Instituto
de Biodiversidad ni una Academia de Ciencias, éste es un proyecto importante.

En Nicaragua lo único que tenemos es una Sociedad Científica, pero con un propósito muy amplio, muy general: promover la Ciencia y los conceptos científicos. No se ocupa de temas más específicos como es el de la biodiversidad.
Hasta ahora una reflexiónde cómo educar en un pensamiento científico desde la escuela, desde la educación primaria, no se ha hecho. No veo señales ni interés sobre esta necesaria reflexión. No aprecio planteamientos sobre esta urgente necesidad.

Volvamos al cambio climático. Otra señal que tenemos ya es ésta: los modelos de predicción de los huracanes están fallando. El huracán Félix, que devastó el Caribe Norte en septiembre de 2007, nos lo demostró. Desconcertó a todo el mundo. En este terreno se detectan ya cambios que escapan al control de los modelos que habían funcionado hasta ahora. Los modelos funcionan siempre con soportes estadísticos que son probabilísticos. Desde hace menos de un siglo tenemos datos cuantitativos que nos permiten hacer proyecciones. Pero cuando hay cambios tan grandes estos modelos ya no funcionan.

El cambio climático se está abordando en la actualidad desde dos grandes universos. El puramente climático, en el que trabajan los meteorólogos y los climatólogos. Y un universo más biológico, en donde trabajamos los biólogos, los geógrafos y otros científicos. Los climatólogos están elaborando escenarios de cambio con modelos matemáticos.

En la página web de IPCC (Intergovernmental Panel for Climate Change), una institución global donde todo el mundo contribuye, se puede ver en un mapa cómo estará la zona donde vives o tu país con el cambio de temperatura que tú mismo le pones: un grado, dos grados, tres grados de aumento de la temperatura. Al aumentar tres o cuatro grados, hay zonas del planeta que prácticamente desaparecerán. Por la subida de los mares o porque la temperatura va a extinguir muchas especies.

En ese mapa, al cambiar los valores, podemos ver cómo cambiará cualquier lugar del planeta en el año 2020,
en el 2050 o en el 2080 que son los tres grandes momentos para los que se están formulando estos escenarios de futuro. 2020, 2050 y 2080 son las tres fechas de referencia. Más allá de ellas, todo resulta muy difícil de predecir. Por acuerdos entre los científicos, se habla de estos tres horizontes temporales y casi todo lo que hay está pensado para entonces. Naturalmente, algunos modelos afinan más sus pronósticos en dependencia de los datos de base
con los que trabajan. Y hay zonas del planeta que tienen muchísima información y zonas que tienen menos
o muy poca.

Los que trabajamos en el bando de los seres vivos -plantas, animales, hongos y otros-, queremos saber lo que está pasando ya y lo que pasará en estos escenarios futuros de cambio climático con las faunas y con las floras.

Ya contamos con herramientas para saber. En Nicaragua hemos comenzado con la etapa básica: elaborar los mapas de nichos potenciales. Nicho es todo aquello que hace a una especie. Es el lugar donde una especie vive, es la temperatura o las fluctuaciones de temperatura en donde una especie puede vivir, es lo que come, quiénes se la comen, el tiempo en que se reproduce, la cantidad en la que se reproduce, etc. Lo que tratan de simular estos mapas -y por eso se llaman de nichos potenciales- es dónde puede encontrarse una especie en base a ciertas variables. No es exactamente su distribución, sino dónde aguanta estar y vivir esa especie.

Estos modelos son sumamente interesantes porque en todos los países de la región centroamericana -tal vez con la excepción de Costa Rica- los datos de la biodiversidad no son de ámbito nacional. No contamos con mapas completos de distribución nacional de las especies. Lo que tenemos son mapas de algunas áreas protegidas o de algunos puntos concretos de la región que se han trabajado por alguna razón. Pero mapas completos de cobertura nacional son prácticamente inexistentes en toda la región. Y esto porque no hay investigadores y no hay recursos y, por tanto, no hay posibilidades.

En un país como Nicaragua -con tantas urgencias y emergencias- los donantes sólo apoyan proyectos relacionados con la solución de los problemas y con frecuencia se olvida que el desarrollo pasa por la inversión en educación y en generación de investigación “fundamental”. Resulta revelador, y también estremecedor, el dato que prorpocionan Spellerberg y Sawyer, dos expertos norteamericanos, cuando hablan sobre los estudiosos de la biodiversidad, que son los taxónomos: afirman que sólo un 6% de los taxónomos en activo del mundo viven en los países subdesarrollados, precisamente donde se encuentra la mayor proporción de biodiversidad del planeta.

Volvamos a los modelos que nos ayudan a conocer la biodiversidad y prevenir su futuro. Al acudir a un modelo de éstos, y al introducirle ciertas variables, vamos a saber, por ejemplo, si una especie de flora o de fauna que hemos encontrado en siete u ocho zonas del país tiene probabilidad de estar en otras zonas que compartan esas variables: precipitaciones, elevaciones, tipos de suelos, etc. Nosotros trabajamos estos modelos con base en información de Nicaragua y en información regional. Para escalas más locales se requiere de un tipo de variables y para escalas
más amplias de otro tipo. La variable suelo responde bien en escalas locales y de país, pero para escalas regionales y otras más grandes se suelen utilizar variables como temperatura y precipitaciones y combinaciones de ambas. Hasta ahora hemos estado jugando con ambos universos de variables para construir mapas de nichos potenciales de especies de flora y de fauna para la región centroamericana y para Nicaragua.

En América Latina contamos con tres grupos trabajando en este proyecto: un grupo (Ecosur) que está en México, en el Colegio de la Frontera Sur, otro grupo (Ecociencia) que está en Ecuador, y nosotros, la Asociación Gaia, en Nicaragua.
Los compañeros de Ecosur están bastante avanzados porque llevan años trabajando estos temas. Trabajan en una Universidad seria y con un buen equipo de informática. Este trabajo es siempre trabajo de equipo. Lo hacemos los biólogos con informáticos, porque requiere de un aparataje importante.

No obstante, ya estamos comenzando a trabajar los escenarios de futuro para Nicaragua. Y ya tenemos varios escenarios de futuro para la región. Escenarios construidos con el aumento de un grado de temperatura y de dos grados. Lo que resulta más interesante es relacionar los cambios climáticos con las especies reales. Hay zonas del Pacífico de Nicaragua, como la península de Cosigüina, en donde con la subida de un grado o dos de temperatura, hay especies que ya no estarán. Porque morirán. Si se trata de aves u otros animales vertebrados grandes, porque se irán a vivir a otros lugares. Los moluscos y otros invertebrados, que son especies de escaso movimiento, morirán.

Estos escenarios son mapas probabilísticos, donde se marcan con colores las probabilidades de presencia de especies desde el uno hasta el cero. La probabilidad de presencia aparece en color rojo y la de ausencia en color azul pasando por el amarillo intermedio. Un dato que consideramos importante es que la zona continental aledaña al Golfo de Fonseca, fronteriza entre Nicaragua, Honduras y El Salvador, presenta color amarillo ante un escenario de cambio moderado (dos grados de aumento). Esto quiere decir que hay especies que comienzan a desaparecer. Y ésa es una zona de interés para los tres países involucrados, desde el punto de vista turístico y económico: hay manglares en la zona donde se encuentran las conchas negras, tan apetecidas en toda Centro América, y es también zona donde se cultivan camarones. Ambos rubros generan importantes ingresos a los empresarios y a las comunidades locales.

Nosotros estamos trabajando en modelos basados en datos de árboles, aves y moluscos. Tenemos información de estos tres grupos y la combinación de su presencia o de su desaparición revela diferentes aspectos del problema. Son tres grupos con características biológicas diferentes y hacen posible una aproximación diferente al mismo problema.
Estos modelos podrían indicarnos, por ejemplo, en dónde estarán las ratas transmisoras de la leptospirosis. Con las coordenadas que tenemos podemos ver con qué probabilidades las podemos encontrar y en qué lugares. Esto es lo que se llama modelos de nichos potenciales. La proyección a futuro nos va a indicar dónde qué especies, buenas o malas, van a desaparecer. Ya tenemos resultados en ambos modelos. También podemos hacer predicciones para otros temas más gratos como es el café: cuáles serán las zonas más adecuadas para su cultivo en un escenario de cambio moderado: aumento de dos grados de temperatura. Se trata de una investigación fundamental y muy útil,
tanto que puede ser aplicada al día siguiente.

Aunque el futuro se anuncia grave, yo intento siempre no ser catastrofista y me muevo pensando sólo en el aumento de unos dos grados, que es lo más realista. A partir de ese realismo -un grado o dos de mayor calor- podemos conocer cuáles son las áreas en las que debemos hacer más esfuerzos de conservación.

Hay financiadores a quienes les interesan mucho estos estudios para saber dónde invertir para obtener resultados eficaces en la conservación de ciertas especies en el corto plazo. Por ejemplo, si quieren invertir en conservar el quetzal o el águila arpía, que son especies emblemáticas, especies-bandera. Para conservarlas hay que conservar determinadas especies de árboles de los que ellas dependen. Estos financiadores -no son instituciones mercantiles, sino medioambientales y donantes individuales, incluso gobiernos- se interesan en especies y, por extensión, en ecosistemas. Porque las especies suelen vivir en ecosistemas. Y salvando la especie, salvamos el ecosistema. Y salvamos también un sistema biológico en un sentido más amplio, porque puede estar también asociado a un sistema de producción.

Lo que nos falta por hacer como grupo -ya lo están haciendo otros grupos- es la integración territorial y la predicción a nivel de territorio, considerando ya no sólo las especies, sino los grupos de especies. Esto requiere de un proceso matemático más complejo. Cuando ponemos las especies en el territorio, ya podemos saber lo que se llaman tasas de cambio en el tiempo. Podríamos saber cuántas especies se ganarán en el año 2050 y cuántas se perderán y cómo interactuarán entre ellas... Porque podemos calcular, a una escala territorial, en las cuadrículas de un mapa, cuántas especies que no estaban antes estarán allí en el futuro y cuántas se han perdido de las especies que había allí originalmente. Así podemos calcular las tasas de cambio de especies y de grupos de especies y podemos hacer promedios territoriales.

En este momento -y habitualmente- las especies más vulnerables en Nicaragua y en general ante el cambio climático son las que llamamos indicadoras, las más asociadas a los bosques primarios, a los bosques originales, sean bosques secos o húmedos. De bosque seco sólo quedan en Nicaragua parches pequeños en el Pacífico: algunos por Nandaime, unos parchecitos en la zona de Cosigüina y en Somotillo y otros parches en Ometepe, Carazo y Rivas. Las especies de animales o de plantas asociadas a zonas originales bastante conservadas -que son habitualmente especies raras y poco abundantes- son las que van a desaparecer primero. El quetzal, por ejemplo, está en grave peligro de extinción. Como esta ave necesita bosques extensos, cada vez la vemos menos, cada vez está más recluida en zonas del norte de Nicaragua. Igual el águila arpía, que también necesita bosques altos y extensos y se ha recluido hoy en parches de bosques del norte del país.

En el Pacífico los ejemplos de animales más vulnerables al cambio climático que me vienen a la mente son pequeños. Pienso en un molusco asociado a bosques primarios, el Orthalicus princeps, la especie más emblemática de molusco continental. Es un caracol que llega a tener 60-70 milímetros de longitud. Prácticamente ya no lo vemos. Encontramos algunas poblaciones en Ometepe y en zonas muy puntuales, por ejemplo en el entorno de la laguna de Apoyo. Y no ha desparecido por cambios en la temperatura, sino por la deforestación. Cada vez hay menos zonas de bosque que generen las condiciones de humedad que necesitan estos caracoles. También se extinguen por la deforestación las mariposas del género Morpho o Caligo, que son indicadoras de un buen grado de conservación.

Algunos dirán que no importa, que para qué sirven los caracoles. No saben, tal vez, que todos los invertebrados son importantísimos en las tramas básicas de todos los ecosistemas. Los caracoles, que tienen una biomasa alta, son muy importantes como alimento de muchísimos otros animales más grandes. Este caracol que está desapareciendo es arborícola, pero hay otros caracoles que juegan también un papel sumamente importante, junto con los llamados milpiés y con las lombrices de tierra, en la formación de los suelos. Todos están integrados en esa tarea trascendental.

Incluso gente que trabaja en ámbitos de la Ciencia se pregunta por la importancia de los caracoles o de otros invertebrados. Desconocen que el bosque no podría existir sin estos pequeños animales formadores de suelo
y sin los animales polinizadores. Los animales que no vemos son los que mantienen con vida al bosque que vemos.
Hay un entomólogo, Terry Erwin, que habla de la metáfora del bosque muerto: si a un bosque verde y florecido le quitan la fauna de los polinizadores y los formadores de suelos, el bosque morirá. Sin trabajadores del suelo, el suelo del bosque se compactaría, no tendría aireación, y sin quienes trasladan el polen de un árbol a otro, ya no nacerían más árboles. Sería un bosque muerto.

En Nicaragua no colaboramos tanto al calentamiento global por nuestro parque industrial, porque apenas tenemos industrias. A menudo consideramos que son los gases que emiten autos, buses y camiones, nuestro aporte al calentamiento del clima. No es así. En Nicaragua sobre todo es el abundante hato ganadero el principal responsable.
Los gases que provocan las reses al rumiar el pasto y los pedos que lanzan a la atmósfera constituyen una impresionante cantidad de gas metano, que es muy contaminante. Por las dos vías el ganado contribuye
al calentamiento del clima. En el MARENA hay una oficina de cambio climático en la que tienen algunos datos cuantitativos del volumen de esta contaminación. En esa oficina contabilizan los gases invernadero de nuestro país porque ése es uno de los compromisos que tiene Nicaragua ante las instituciones globales. Según los datos de estos colegas Nicaragua ha pasado en los últimos años de ser un país sumidero a ser un país emisor de gases.

Valorando el aporte contaminante del ganado, estamos evolucionando cada vez más hacia la introducción de pastos mejorados para la cría de ganado. El pasto mejorado es más nutritivo, alimenta mejor al ganado, produce una carne mejor y permite más cantidad de cabezas por área. Otra ventaja es que permite tener árboles en los potreros, con lo
que el ganado pasta a la sombra. Además, el pasto mejorado reduce el gas metano que el ganado genera. Esto ya se está teniendo en cuenta como una de las estrategias para que Nicaragua aporte al freno del cambio climático. Además, nos permite avanzar en la conservación del suelo y de las fincas.

Los modelos que nos permiten prever el futuro se aplican también a los cuerpos de agua. Hay modelos para simular
el futuro del Lago Cocibolca, uno de los grandes lagos de Nicaragua. Nos indican cuántos contaminantes entran a sus aguas, por dónde, qué tipo de contaminantes, qué medidas de mitigación…En mi opinión, los estudios sobre la conservación de los dos grandes lagos de Nicaragua van demasiado lentos. Hace demasiado tiempo que venimos advirtiendo que el transporte fluvial en el lago Cocibolca está mal regulado, que hay muchos vertidos -todas las arroceras y todas las fincas echan todo tipo de contaminantes en todo el lago-, Granada contamina diariamente el lago…

¿Estamos a tiempo de salvar el Cocibolca? Creo que sí. El caso del Xolotlán es bastante más grave. Tiene la suerte este lago de tener un sistema de vientos que es sumamente provechoso para la oxigenación de sus aguas. Ha habido algunos intentos para detener la contaminación en el Xolotlán, pero salvar este lago requiere de mucha intervención
y de más beligerancia. Siguen vertiéndose aguas servidas en el lago. Lo primero es detener estos vertidos. Llama la atención el continuo interés en la recuperación del Xolotlán y el que no acabe nunca de cristalizar el proyecto.
Y ese lago limpio sería una fuente de ingresos, no sólo por el agua que se podría aprovechar sino por el turismo: deportes, valor escénico, comercio en el malecón... Un potencial enorme que Managua está desaprovechando.

Cada vez hay en el mundo más sensibilidad medioambiental. Por muchos medios se ha conseguido sensibilizar a mucha gente. Incluso en Nicaragua, a pesar de todos los fatalismos que existen, hay más sensibilidad. Ya comenzamos a tener una preocupación generalizada porque la gente ve que las lluvias llegan antes de tiempo o que tardan en llegar o que pasan días y días lloviendo… El documental de Al Gore ha divulgado masivamente conocimientos importantes. Lo que nosotros los científicos no hubiéramos logrado nunca, lo ha logrado él porque fue Vicepresidente de Estados Unidos y candidato a la Presidencia y el mundo entero lo conoce. Él no descubrió nada, sólo expuso ante la gente informaciones que ya conocíamos los expertos sumándolas, integrándolas en un único documental. La cantidad de datos y de ejemplos que concentró en hora y media y en una sola película dan una visión catastrofista. Si toda esa información la viéramos dispersa no sentiríamos tan fuertemente la alarma. Además, la película llegó cuando ya hay una toma de conciencia planetaria sobre los estragos del cambio climático.

¿Qué podemos hacer en Nicaragua frente al cambio climático? Managua es una ciudad verde, una ciudad que desde el avión parece un mar verde. Tal vez otras ciudades de Nicaragua tendrían que tomar ejemplo de Managua, tratando de tener más vegetación. Aunque siempre teniendo en cuenta que el exceso de árboles en una ciudad puede causar daños en las redes de alcantarillado. Hay especies más adecuadas para una ciudad por la estructura de sus raíces. Los arquitectos las conocen.

Algo que hay que hacer, que ya se empieza a hacer y que genera un impacto positivo es el cambio de la luz incandescente a la luz fluorescente. Tenemos que educar en una cultura del ahorro de luz. Actualmente, son los gobiernos de los países más ricos del mundo los que más ahorran, con una serie de medidas. A todo lo largo y ancho
de Europa existen ya temporizadores de luz en los pasillos, en las escaleras de edificios públicos, de hoteles, de hogares. Porque a la gente se le olvida apagar la luz y con un temporizador la luz se apaga sola. El gobierno de Nicaragua tendría que invertir en eso, al menos en las instituciones públicas. También hay que invertir en temporizadores de agua en los baños. Son caros, pero ahorran una cantidad enorme de agua. Hay que tener también en cuenta la mejor hora para regar. Durante el día es contraproducente. Hay que regar en la mañana muy temprano o al caer la tarde. Hay que evolucionar hacia modelos de riego por goteo, un método que ha sido sumamente exitoso en Israel, un país que ha conquistado el desierto. En Cuba también se emplea, con tecnología israelí. También en otros países.

El reciclaje es también un camino importante. Hay que invertir en reciclaje. Hace algunos años la gente guardaba la botella de cristal de cocacola para que no se la cobraran, pero ahora todas las botellas son de plástico. Habría que volver “atrás”, a la botella de cristal. El cristal no contamina, porque la botella de cristal se muele y se recicla para otras cosas.

Es increíble cuánto se ahorra con el reciclaje del papel. En Nicaragua se hace algún reciclaje de papel y de plásticos. El problema es que todavía mucha gente ve todo esto como un gasto y no como una inversión. Si lo vemos como gasto, nunca lo vamos a hacer.

Orlando Núñez quería instalar biodigestores de gas por todo el país para la generación de energía alternativa. Es una idea interesante a escala de hogar y de comunidad pequeña, pero no a gran escala. Para la instalación de las plantas de biogás se requiere básicamente de un sistema de alcantarillas o conductos que lleven las heces fecales o los desechos, aguas mieles y otros, de la población hasta un punto donde se procesan. En una ciudad grande esto no se puede hacer. Yo pienso que hay que adaptar cada energía alternativa al contexto social.

La más costosa de todas las energías es la energía solar. Requiere de una inversión grande, pero en cinco años esa inversión se recupera. En países de Europa y en Estados Unidos hay subsidios para quienes quieran instalar este tipo de energía. La energía nuclear es muy limpia y con muchísimo poder. Pero si no se maneja con suma cautela puede causar efectos devastadores. Como país volcánico, Nicaragua debería aprovechar mucho más la energía geotérmica. La energía eólica tiene un gran potencial en Nicaragua. En Dinamarca y España -países punteros en energía eólica en el planeta- los biólogos están bastante en contra porque los molinos que generan esa energía afean estéticamente el paisaje y matan a las aves, que no conocen el peligro que para ellas representan y tampoco tienen tiempo
de aprenderlo... Pero si se tiene el cuidado de sacar los molinos de las rutas de las aves migratorias la energía eólica es muy positiva. En Nicaragua ya tenemos estudios de cuáles son los lugares en los que la energía eólica causaría menor impacto y ya tenemos capacidad para saber cómo hacerlo.

La energía hidroeléctrica tiene también un gran potencial en Nicaragua.Hay zonas del norte del país en donde todavía hay mucha agua. Esta energía, aunque puede afectar a la fauna del río o de la fuente de agua donde se instale, es en principio muy conservadora del ambiente. Naturalmente, si se trata de presas pequeñas que den energía a pequeñas comunidades, promoviendo así su desarrollo. Las pequeñas presas son alternativas ideales de generación alternativa. Las megapresas no. Cualquier megaproyecto resulta siempre un riesgo y suele tener efectos medioambientales
negativos.

¿Estamos preparándonos para el cambio climático en Nicaragua? Tenemos que cambiar mucho: menos derroche y depredación de los recursos naturales, más ahorro de energía, menos contaminación de las aguas, más reciclaje... No estamos haciendo esto. Un escenario muy pesimista lo ofrece hoy, por ejemplo, el lago Aral, un lago enorme que hubo en Rusia y que ya desapareció. No tiene recuperación. Ese lago murió y hoy es sólo un charco. El espectáculo actual es dantesco. Da una tristeza enorme. Es la tragedia más grande que le puede pasar a un cuerpo de agua. Eso podría pasar en Nicaragua con el lago Xolotlán.

¿Catastrofismo? Yo creo que el catastrofismo moderado ayuda. El catastrofismo exagerado no, porque genera el efecto contrario: la gente piensa que ya no podemos hacer nada. El catastrofismo moderado ayuda porque genera preocupación y la convicción de que se puede hacer algo. El planeta es tan agradecido que eso nos da optimismo. Cuando uno deja un pastizal, un potrero, en recuperación, en dos o tres años ya tiene de nuevo allí un bosque naciendo. La capacidad de recuperación, sobre todo en los ecosistemas tropicales, es enorme. Sin olvidar que hay puntos de no retorno, hay situaciones irreversibles. Y ya las tenemos en Nicaragua en zonas de Chontales y de Boaco.

El biólogo inglés John Lovelock ve una situación irreversible para Gaia, tanto la hemos destruido. Yo creo que aún estamos a tiempo. Creo que hay estructuras en Gaia que posiblemente nunca se van a recuperar. La Tierra, Gaia, es un cuerpo vivo, y como en un cuerpo humano, hay zonas que después de una enfermedad quedan insensibles y zonas que hay que amputar. Eso ya está pasando. El desierto del Sahara ha aumentado de extensión muchísimo en estos últimos 50 años. Gaia ha perdido mucho. Pero también ha recuperado mucho. En Europa ha habido una recuperación en reforestación, se han revertido procesos de desertificación y se han recuperado humedales y zonas costeras.

En Nicaragua empiezo a ver conciencias menos cerradas. Creo que en el año 2007 tocamos fondo con tan prolongados cortes de luz y esto provocó un clic colectivo. Económicamente, sicológicamente, fueron insoportables los apagones del año 2007. Creo que eso nos hizo reflexionar en la necesidad de hacer cambios, entendiéndolos no como gasto sino como inversión.

¿Tenemos ya en Nicaragua una masa crítica con conciencia medioambiental? Creo que ya la hay entre los productores. Un proyecto que hicimos para criar ganado en pastos bajo árboles nos dio resultados muy interesantes: un 20-30% de los productores quedaron sensibilizados hacia esta alternativa, aun después de acabar el proyecto. Una cantidad así empieza ya a ser una masa crítica. Los productores comienzan a inquietarse y a cambiar. Ya entienden mejor las ventajas de la conservación medioambiental por razones económicas, de rentabilidad. Cuando esto sucede, ellos mismos expanden estos conocimientos mediante el “boca a boca” y se produce un efecto “bola de nieve” muy beneficioso.

Donde no veo masa crítica es entre los políticos. Entre los políticos, con contadas excepciones, no hay conciencia social ni medioambiental. Están muy concentrados en su agenda política. Los políticos deberían buscar a la comunidad científica para aprender. El cambio climático coloca a Nicaragua ante retos nuevos, insospechados hasta hace muy poco. Los cambios que necesitamos requieren de una clase política más responsable, bastante diferente a la que hoy tenemos.

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