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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 197 | Agosto 1998
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Internacional

Mujeres: la otra gramática del poder

La presencia de las mujeres en cargos políticos no es un asunto cuantitativo de cuotas más o menos generosas. Tampoco es la vía para hacer presentes "los problemas de las mujeres" y luchar por ellos. Es la presencia de "lo diferente", la irrupción de los valores privados en el ámbito de lo público. Cuando así sea, la política se humanizará y la democracia revelará su sentido.

Victoria Camps

Que el siglo XXI será un siglo femenino es una profecía razonable. La presencia de la mujer en los pues tos de responsabilidad ha sido difícil y está siendo lenta, pero es imparable. En cuanto a su presencia en los puestos de rango medio, es ya un hecho. La pregunta ya no es tanto cómo acceder, sino qué significado tendrá ese acceso. ¿Qué consecuencias tendrá para el futuro de todos, hombres y mujeres, para el futuro de la sociedad? ¿Habrá simplemente en el futuro más mujeres en todas partes? ¿O el cambio femenino será un cambio cualitativo, además de cuantitativo? ¿Podrá distinguirse la política feminista de izquierda de la de derecha, ahora que la derecha ha acabado por incorporar a sus programas políticos el núcleo de unas reivindicaciones, que en un comienzo fueron progresistas?

¿Quiénes nos representan?

En el ámbito de la política, las reivindicaciones feministas se traducen en políticas públicas. Y es ahí donde hace falta que una opción de izquierdas sea innovadora. En estos momentos, la política feminista muestra dos objetivos claros: aumentar el número de mujeres entre la clase dirigente y reivindicar progreso en cuestiones tradicionalmente feministas: aborto, programas de formación para las mujeres, prestaciones sociales que descarguen del trabajo doméstico, etc. En resumen: un mayor número de mujeres para resolver los problemas de las mujeres.

En el libro The Politics of Presence, la filósofa Anne Phillips habla de ese primer objetivo más mujeres al poder calificándolo de "política de la presencia". Y examina los pros y los contras de la sustitución de la tradicional política de ideas por esa política de la presencia. Afirma que se trata de un cambio que afectaría no sólo a las mujeres sino, en general, a todos los sectores sociales minoritarios o excluidos, no sólo del reparto de los bienes básicos, sino también de la posibilidad de fijar criterios y de tomar decisiones precisamente para hacer más equitativo ese reparto.

El cambio significaría una innovación en el modo de entender la representación política. La política de ideas movida por los partidos políticos, base de la democracia representativa se basa en la presentación de un programa. El electorado no se fija tanto en quién lo representa, sino en qué hacen sus representantes. Especialmente ocurre así cuando en el sistema electoral se emplean listas cerradas de candidatos, donde no se vota por personas sino por programas. Y ni siquiera por programas: se vota por partidos, método que es más intelectual y menos afectivo y que quizá resulte el más adecuado en democracias ya maduras y, sobre todo, prolíficas en ideas, y en ideas nuevas.

Llamar política de ideas a la política actual es, como poco, un eufemismo, puro wishful thinking, pues las plataformas ideológicas se caracterizan hoy precisamente por su sequedad ideológica. Los programas de los partidos son más abstractos que los textos de los filósofos. Se nutren de generalidades, lo que hace que todos parezcan el mismo programa. Y así, es difícil pedir cuentas de algo que no llega a concretarse y que tiene, a la vez, la excusa de la ambigüedad. Más allá de la esterilidad ideológica, es cierto que los sistemas electorales favorecen la regla de las mayorías, pero lo hacen con el peligro de que el sentir y el pensar de las minorías sea cual sea el número de quienes las componen quede siempre fuera de consideración en la toma de decisiones.

Se trata de un sistema de representación obviamente injusto y parcial, en tanto no exista una equidad real en las posibilidades de acceder al cargo de representantes. Cuando varios sectores no se ven reflejados en la mayoría que sustenta la representación, es muy difícil que el sentimiento, la percepción o la experiencia "diferentes" de tales sectores se vean representados y, en consecuencia, sean tenidos en cuenta por los políticos electos. Esta es la razón por la que la insistencia en aumentar el número de mujeres en el poder parece plenamente justificada. Nadie puede hablar por otro si ese otro y esa otra viven unos problemas y conflictos que sólo él o ella pueden conocer o expresar por haberlos vivido.

De no haberse levantado ellas mismas para protestar y quejarse de su situación de dominadas, la emancipación de las mujeres no hubiera sido reivindicada nunca por nadie. Pocos fueron los hombres que vieron esta realidad, pocos los que a lo largo de la historia del pensamiento o de la historia política reclamaron. Y en los casos en que lo hicieron, cabe manifestar serias dudas sobre la autenticidad de sus intenciones.

"Política de presencia": inconvenientes

La política de la presencia puede tener sus inconvenientes. Anne Phillips señala tres:

-Una política dividida en sectores puede conducir a la "balcanización": a hacer inviable la cooperación intergrupal, a la pérdida de la cohesión social.

-Hacer la representación política dependiente de características de grupo mina las bases de la responsabilidad (accountability), que obliga al representante del pueblo a responder por lo que hace. Se puede pedir cuentas por un programa, pero no por la presencia de unas mujeres que están ahí sólo por el hecho de ser mujeres.

-Se podría dificultar la atención de cuestiones de interés común, dado que los intereses que los grupos defiende son, por definición, intereses sectoriales, no comunes.

Qué es la política, qué es la democracia

Nadie pone en duda la necesidad de defender con más vigor y empeño a los grupos menos aventajados. Sin embargo, en el caso de las mujeres y en países avanzados donde se han quemado ya varias etapas en el camino hacia la emancipación de la mujer hay que preguntarse si la lucha cuantitativa en favor de una mayor presencia numérica de mujeres es suficiente y satisfactoria. Si debe ir por ahí y sólo por ahí la política feminista. O si a las mujeres que ya tenemos nuestra cuota de poder no nos correspondería empezar a liderar otras cosas. Liderar, por ejemplo, un cambio en la manera de hacer política: en los modos, en el lenguaje, en las prioridades.

Las dudas de Anne Phillips sobre las consecuencias de una política de la presencia lo que ponen realmente de manifiesto es que una mayor presencia de mujeres ha de ser un medio para un fin y nunca un fin en sí mismo.Y ya ha llegado el momento de que empecemos a preguntarnos cuál es el fin al que debe servir ese medio.

Anne Phillips responde proponiendo como complemento a una política de mayor número de mujeres el afianzamiento de lo que llama "democracia comunicativa o deliberativa". Hay que huir del esencialismo propio de los grupos cerrados y también evitar exclusiones políticas. Para que no peligre la cohesión social ni los intereses comunes, para que sea posible dar cuenta de lo que se ha hecho, hay que partir de la base de que la democracia es un proceso de comunicación y deliberación donde nadie lleva la voz cantante ni nadie tiene, en principio, más razón que otro. La política es un procedimiento exploratorio cuyo fin es ir acercando posiciones y consensos convenientes para todos.

Si entendemos la política como un simple agregado de intereses, la regla de la mayoría es la única solución: los intereses dominantes son los que vencen. Pero, de lo que se trata es de hacer una política con clara voluntad de integrar a sectores excluidos, de identificar áreas nuevas de interés común. El interés común no es algo que esté ahí afuera, a la espera de ser reconocido e identificado, sino algo que debemos ir descubriendo a través de un diálogo lo más democrático posible. Hace falta, pues, que todos participen, que nadie quede fuera. Pero hace falta asimismo que esa participación se proponga como una meta por parte también de todos: no barrer simplemente hacia dentro, no hacerse portavoz de los intereses exclusivos del grupo al que represento, sino descubrir los intereses comunes.

El imperialismo cultural masculino

La política de la presencia es más una condición y un punto de partida que un punto de llegada. La diferencia es condición necesaria para que la deliberación no sea pura fórmula. "La deliberación importa porque la diferencia existe", escribe Phillips. Importa y es imprescin dible, no sólo para ir acercando puntos de vista, sino para transformarlos: la función de la discusión observa Phillips citando a Iris Young es "transformar las preferencias de la gente".
Precisamente, lo que hay que resaltar de la presencia de la mujer en la política es que sea capaz de expresar otros problemas, que esté situada en puntos de vista distintos y no sea víctima del "imperialismo cultural masculino". Pues "si las nuevas representantes no pueden expresar nada distinto de las políticas de partido existentes, su inclusión se convierte en meramente simbólica".

Es ese imperialismo cultural del político varón el que está definiendo una forma de hacer política, plasmada hoy en todas las dimensiones del discurso público. Sin embargo, no hay que caer en catastrofismos poco o mal argumentados y afirmar que el modelo en su totalidad es malo y desechable. La democracia tiene disfunciones, pero también ha materializado un progreso. No todo debe tirarse por la borda. Entre otras razones, porque hay que partir de lo que hay para transformarlo: no es posible volver a empezar. Debemos conservar lo bueno adquirido, los valores que hemos ido pergeñando, y descartar lo que no vale para afianzar la democracia y no para deteriorarla, enrarecerla o restarle credibilidad.

Encerradas en el ghetto mujeril

En estos momentos, los objetivos del feminismo político son dos. Uno, cuantitativo: más mujeres en el poder. Otro, tradicional: reivindicar cuestiones de mujeres. El objetivo cuantitativo es más una condición que un objetivo final. Lo que hace falta ahora es avanzar en el segundo terreno, en el de los objetivos a medio y largo plazo.

Pero también este segundo objetivo ha sido hasta ahora demasiado monotemático. Ha ido dirigido a mejorar la situación de la mujer en general una situación que necesita todavía de bastantes mejoras . Este objetivo, propuesto así, en seco, abiertamente, tiene varios inconvenientes. Al hacerlo suyo, las mujeres acotan sin proponérselo su campo de acción y se ven excluidas de otros ámbitos y cometidos. Se las relega a un coto cerrado que, aparentemente, discurre aparte de problemas más generales.

Aparentemente: porque no es cierto que los problemas relativos a la mujer sean problemas aparte. Deberían ser vistos como problemas de interés general. Pero, como no es así, como los problemas de las mujeres no merecen esta consideración, es preciso que las mujeres dejen de hacer exclusivamente una "política de emancipación feminista". Deben seguir haciéndola, pero indirectamente, metiéndose más de lleno en la política general y evitando la impresión de querer sustituir "el imperialismo cultural masculino" por un "imperialismo cultural femenino". Se trata, en primer lugar, de una cuestión de estrategia, para no verse encerradas en el guetto mujeril. Y, en segundo lugar, deben hacerlo para que se extienda el convencimiento de que no existen problemas exclusivos ni de mujeres ni de hombres, sino que en todos los problemas sociales relevantes, en todas las grandes cuestiones que hoy nos preocupan convergen mujeres y hombres.

Más participación y más publicidad

De todas las cuestiones de interés general, una debería llamar la atención: la de evitar todo aquello que está perjudicando a la democracia, la de mejorar todo lo que frena su desarrollo y desprestigia a la política.

La democracia debería centrarse en dos objetivos básicos: más participación y más publicidad. No tiene mucho sentido ni merece mucha credibilidad una democracia donde el único acto participativo sea el de votar acto en el que, además, la abstención lleva trazas no de disminuir sino de seguir aumentando . En cuanto a la publicidad, desde Kant sabemos que es la condición sin la cual toda decisión pública se hace sospechosa. Las decisiones democráticas deben ser públicas de verdad, deben tener publicidad, que es lo que determina, en definitiva, que sean democráticas.

Diferencias aceptadas y compartidas

Hannah Arendt, una filósofa poco querida por el feminismo, pero muy lúcida en sus análisis de la vida política, decía que lo específico de la vida pública, de la vida en común, no es el trabajo en su doble acepción de labor y work: The labor of our body or the work of our hands (El funcionamiento de nuestro cuerpo y la obra de nuestras manos) . Lo específico es la acción, la vita activa o sencillamente, política.

La acción hace trascendente la vida humana, que no es sólo trabajo biológico ni "fabricación". La acción implica pluralidad. Es la acción de seres que "se reúnen y actúan concertadamente". Y así, "la pluralidad es la condición de la acción humana, porque todos somos lo mismo, es decir, humanos, aunque nadie es nunca el mismo que cualquier otro que haya vivido, o vive o vaya a vivir en el futuro". La pluralidad es la política de las diferencias aceptadas y compartidas.

Este poner en común las diferencias las de género y otras es lo que la mujer debería conseguir de la política y en la política, rompiendo el imperialismo cultural masculino que la política está padeciendo. La mujer debería hacer coincidir la teoría feminista de la emancipación política con la teoría de la renovación o profundización en la democracia. Y para ello, lo primero es conocer aquellos vicios que impiden que se dé el pluralismo en la política de nuestro tiempo.

Primer rasgo: la partitocracia

Es más fácil decir qué no está funcionando en la democracia que indicar cuál debería ser el buen funcionamiento. ¿Qué impide que la participación y la publicidad sean, como debieran, constantes de la vida democrática? Sin ánimo de ser exhaustiva, creo posible señalar, por lo menos, tres rasgos fundamentales que, hoy por hoy, están siendo obstáculos para una mayor apertura y pluralidad política: el "organizacionismo" de los partidos y las agrupaciones políticas, el formalismo y la media verdad.

El organizacionismo no es otra cosa que lo que se ha dado en llamar "partitocracia": partidos convertidos en pura organización burocrática, con fines electorales y con tal cantidad de rencillas internas que a sus dirigentes les resulta prácticamente imposible dedicarse a otras cosas. El perderse en la organización que es una forma de perderse en el mando es algo inherente a la cultura masculina y es concomitante con el poco sentido de la realidad de que suele adolecer la tal cultura. No ocurre lo mismo con las mujeres, quienes siempre han sido víctimas de su torpeza organizativa.

No se trata, por supuesto, de prescindir de una organización necesaria, pero sí de trivializarla, de abandonar esos "aparatos" que se muestran erróneamente como imprescindibles para la vida política, pues de ellos derivan la disciplina impuesta a toda costa y el rechazo de la discrepancia. Los partidos y los grupos políticos deberían ser más abiertos y más flexibles, más dispuestos a escuchar que a hablar. Sobre todo, cuando es obvio que no tienen grandes cosas que decir.

Segundo rasgo: la palabra vacía

El segundo defecto es el formalismo, el discurso hueco, esa habilidad que consiste en un puro hablar sin decir nada, en pergeñar discursos y parlamentos sin contenido ninguno. Defenderse únicamente atacando sin proponer nada a cambio. El formalismo pone de manifiesto el vacío de propuestas y de ideas. Un vacío del que hay que culpar más a los varones, por haber sido ellos quienes históricamente han sido los encargados de crear opinión, hacer doctrina, elaborar teorías y escribir tratados.

También somos formalistas las mujeres. La diferencia entre los unos y las otras está en que a la mujer le cuesta más producir un discurso sin contenido. La mujer es más práctica no le ha quedado otro remedio y tiende a ir más directamente al grano; consigue, sin rodeos, llegar antes al mismo sitio. El discurso feminista es más concreto. Al estar más en contacto con la cotidianidad y con problemas que hay que resolver cada día y como sea, porque no pueden esperar, las mujeres practican una economía del lenguaje más a ras de suelo, pero también más eficaz.

Esto deriva ciertamente de la inseguridad que les da su falta de poder. En público, la mujer se muestra discreta y comedida. El miedo al ridículo de quien no ha sido nunca escuchada ni tenida en cuenta o de quien no siente ninguna afinidad con los discursos habituales, la lleva a medir más sus palabras y a pensar más en lo que dice. Es esa reflexión aún cuando sea fruto de la inseguridad la que hoy está siendo más que necesaria.

Un aspecto concomitante al formalismo lingüístico es el exhibicionismo público inherente a la política. Hay un despilfarro del tiempo público que el ciudadano advierte perfectamente y que parece pasar inadvertido al político. Esa actitud y la ceguera respecto a ella tienen algo que ver con la dedicación profesional del varón. El hombre vive con menos esquizofrenia su vida profesional. Siempre se ha identificado con su profesión y ha pensado poco o nada en repartir el tiempo entre la vida privada y la pública. Para ellos, lo público siempre es prioritario, todo lo público está bien, no es preciso ahorrar tiempo en ese terreno. De ahí las reuniones interminables, la sucesión de actos inútiles y la necesidad de estarse exhibiendo a todas horas. Todo esto forma parte de las obligaciones profesionales. Así, lo formal acaba anteponiéndose a lo sustantivo, que debería ser lo esencial.

Tercer rasgo: la media verdad


La opacidad de la democracia se refugia en un tercer rasgo defectuoso de la política actual: la verdad a medias. La media verdad es un artificio utilizado desde antiguo por el dominador y el poderoso. Platón ya dice en Las leyes que la legislación debe ir precedida de un preámbulo que trate de persuadir sobre la conveniencia de la ley. No importa añade que el alegato sea falso. En cualquier caso, será "la mentira mejor empleada". Es cierto que, a veces, es legítimo mentir o no decir toda la verdad. No obstante, el procedimiento ha llegado a ser tan habitual en política que, con él, la misma política se ha ganado a pulso su propio descrédito. No es que las mujeres no sean tan proclives a la mentira y al engaño como los hombre. Pero lo que sí es cierto es que la mujer ha sido siempre la principal engañada en su relación con el hombre. Sea como sea, el poderoso tiene más facilidades para engañar que el subordinado o dominado. Por lo menos, al acceder al poder sería bueno pedirle a la mujer que no haga suyos los vicios que ese poder siempre ha tenido.

Los tres defectos señalados podrían resumirse en uno solo: la arrogancia. ¿Y quién negará que la arrogancia es un atributo típicamente masculino? El arrogante sabe que está por encima, y por lo tanto, no le importa engañar ni perderse en discursos formales y ampulosos pero vacíos, porque el otro, el que sólo escucha, no es realmente muy capaz de entenderlos. El arrogante crea organizaciones fuertes para protegerse en ellas. Y desdeña al otro, hasta el punto de engañarlo y darle gato por liebre utilizando un lenguaje ambiguo, enigmático y crítico para que no se le entienda. La arrogancia deriva de una "profesionalidad" mal llevada y mal entendida. Esto se hace aún más claro cuando proponemos que la política se desprofesionalice. Desprofesionalizarse es penetrar en la ciudadanía a fin de que ésta se sienta más escuchada y con mayores ganas de participar, de asumir el papel que le corresponde.

Mezclar lo privado y lo público



¿Por qué la mujer puede liderar un cambio en estos terrenos y erigirse en portavoz de una visión transformadora de la política? Precisamente, porque aún contempla la política con cierta distancia y eso le permite tener más condiciones objetivas que el varón para ver con los ojos de la inteligencia todo lo que hace falta y aportarlo.

Hace falta que la mujer y los demás sectores históricamente excluidos entren en la vida pública. Para esto es preciso asimismo que, desde lo público, se reconozca la importancia y el valor de lo que siempre fue privado y, por tanto, dominio femenino. Como ha escrito Hanna Pitkin, "las mujeres deberían ser tan libres como los hombres para actuar públicamente y los hombres deberían ser tan libres como las mujeres para criar a los hijos. Una vida confinada enteramente a menesteres personales y domésticos parece absurda y pobre, y lo mismo ocurre con una vida tan pública o abstracta que ha perdido el contacto con las actividades prácticas y cotidianas que la sustentan".

Sólo el intercambio de papeles, la mezcla y el mutuo reconocimiento de dos ámbitos que hasta ahora han permanecido separados el público y el privado consegui rían la revitalización de la política. La "ética del ciudadano", propia de la vida privada, puede ejercer una crítica poderosa a la arrogancia masculina y, a su vez, ser complemento de una justicia excesivamente abstraída de los problemas reales y cotidianos. La voz diferente de la mujer y la de los demás sectores discriminados puede enriquecer una interacción comunicativa en la política, que hoy suele parecerse más al monólogo que a un auténtico diálogo.

Lo privado es político

Citemos sólo uno de los problemas graves de nuestro tiempo. Uno de los retos de la crisis laboral que padecemos es el cambio en la concepción y el sentido del trabajo o de la ocupación profesional. Tendrá que haber se nos dice una nueva distribución del trabajo. Esto significa una ordenación de la vida menos centrada en el trabajo y más repartida entre otros menesteres, como el ocio y los asuntos domésticos y privados.

Si esto es así, la mujer tiene un papel importantísimo que realizar en ese orden nuevo. La forma en que la mujer ha accedido al trabajo con sus limitaciones, sus reticencias, incluso con sus inseguridades parece que será el modelo generalizado del trabajo del futuro. A todos, hombres y mujeres, se les pedirá que repartan más sus tiempos y que den menos importancia al trabajo productivo en favor del trabajo reproductivo. La ya vieja propuesta de una "ley de tiempos" tal vez empiece a hacerse realidad de la mano de la crisis laboral y de unas mujeres conscientes de que el trabajo debe empezar a ser entendido de otra manera.

Esto quiere decir, ni más ni menos, que es imprescindible que lo público y lo privado dejen de ser dos dominios diferenciados en cuanto al género y a la importancia social. La invasión, por parte de las mujeres, de la vida pública tiene que verse complementada con una invasión similar, por parte de los hombres, de la vida privada. Sin cambio en la vida personal y doméstica, no podrá haber cambios en la vida política, escribe Carole Pateman. Hay que entender que lo privado es político y que lo político es impensable separado de la vida personal y doméstica.

Cuando las mujeres reclaman

Esta es una idea que tiene dos dimensiones. La más obvia la desarrollada por Pateman es que los problemas de la vida privada de las mujeres son también problemas políticos. Pero no sólo porque las reivindicaciones femeninas se hayan convertido en un elemento desestabilizador de la sociedad y de sus estructuras sino, sobre todo, porque lo que la mujer reclama apunta a un determinado modelo de sociedad.

Cuando la mujer exige guarderías para sus hijos o prestaciones por maternidad, está diciendo que no quiere renunciar a tener hijos, pero que quiere tenerlos en unas condiciones que no la discriminen. Cuando la mujer pide más formación para las mujeres sin trabajo, está pidiendo una igualdad de oportunidades más real. Cuando la mujer lucha por la despenalización del aborto, no está pidiendo abortar, sino ser ella quien decida prioritariamente si el aborto está justificado. Cuando la mujer solicita protección para las familias monoparentales, está diciendo que la familia cumple una función y no debe desaparecer, aunque tenga que revestirse de formas distintas.

No atender políticamente a los problemas tradicionales de las mujeres o de la vida doméstica significa abandonar a la sociedad a un destino basado sólo en el egoísmo y la insolidaridad. Qué sería ésta sociedad se vería claramente si, por ejemplo, las mujeres se negaran a seguir prestando los servicios que han venido prestando gratuitamente ellas solas durante siglos.

Este es el primer sentido en el que lo personal y lo doméstico tienen una dimensión política. Pero hay otro. La vida privada y la pública no pueden tener reglas y formas de vida radicalmente opuestas. No en una democracia. La cercanía entre las personas en la vida privada hace más fácil las relaciones, permite que haya menos reglas y más libertad, fomenta la cooperación y la participación en torno a problemas y proyectos comunes.

En la vida privada dice Michael Walzer no cabe el concepto de justicia, porque no es necesario. La justicia es un valor público, no privado. Pero aunque así sea, aunque cada ámbito deba tener sus propios valores, también es cierto que la vida pública y la democracia en ella se ha ido deshumanizando o atomizando hasta extremos incoherentes con los ideales que se persiguen y se buscan. La ética de la justicia, fría e imparcial, necesita del complemento aunque no de la sustitución de la "ética del cuidado", como dice Carole Gilligan. En estos momentos, lo que se echa de menos en la vida pública es, precisamente, la incapacidad de unos y otros para cooperar en torno a unos proyectos comunes, o para convivir con una mínima dignidad y buen sentido. La hiper regulación a la que se tiende es un síntoma de la falta de principios comunes. El resultado es una democracia decadente e insatisfactoria.

La esquizofrenia de las mujeres

Corregir los rasgos sobresalientes que han modelado la "democracia masculina" significa, de algún modo, introducir en la vida pública modelos y actitudes de la vida privada. El pragmatismo, la sinceridad y la transparencia, la desburocratización y la flexibilidad o apertura organizativa son maneras de hacer más familiares para la mujer. No desprenderse de esas formas al acceder a la vida pública es una forma de acercar lo público y lo privado y de beneficiar a la política en general.

Y no sólo porque así se corregirían defectos ya inaguantables, sino porque es preciso que cambie la forma de hacer política si queremos que el trabajo productivo y el reproductivo se equiparen más de lo que ahora están equiparados. Hoy por hoy, por ejemplo, la dedicación política que exigen los cargos de responsabilidad es totalmente incompatible con una dedicación privada. A los hombres nunca les importó que así fuera, porque la vida privada no les pertenecía ni les importaba. Pero si esa vida privada debe estar igualmente repartida entre hombres y mujeres, hay dos opciones: o bien las mujeres políticas renuncian también a tener vida privada, o bien los hombres hacen suya la vida privada y uno y otro ámbito se reparten equitativamente. Ahora bien, ese reparto lleva necesariamente a una modificación de la política, pues la super profesionalización es incompatible con cualquier forma de vida privada.

La mujer es víctima de una esquizofrenia: la que deriva de la necesidad de vivir en dos mundos que se rigen por normas y patrones opuestos. La dedicación a las personas y el cultivo de los sentimientos choca brutalmente con los imperativos de una vida despersonalizada y volcada hacia el exterior. El varón, salvo raras excepciones, no ha intentado hacer compatibles ambos mundos: ha prescindido del privado cuando le estorbaba demasiado para su dedicación profesional. Pero ambos mundos deben coexistir porque ambos son necesarios.

Una vida profesional menos arrogante y pagada de sí misma, una política más modesta y más humilde, son condición imprescindible para que la vida pública sea compatible con la vida privada. Cuando ambos mundos se vean más mezclados, dejarán de existir problemas exclusivos de mujeres. Y la política ganará prestigio porque se humanizará.

La presencia de una cultura "diferente"

Una política de la presencia como estrategia feminista debe significar algo más que la presencia material de más mujeres en el poder, incluso en altos cargos de poder y en cargos de responsabilidad. Debería significar la presencia de una cultura, de un hacer no exactamente "femenino" sino diverso, diferente que haga más compatibles la vida privada y la pública y a la vez, que impregne a la vida pública de los valores de la vida privada.

Si la política de la presencia no significa sólo presencia cuantitativa de mujeres o de cualquier otro sector discriminado podrán salvarse los inconvenientes que Anne Phillips considera en su libro.

La presencia cualitativa y no sólo cuantitativa de la mujer en la política no podrá desligarse de un programa y de unos contenidos. No bastará entonces que en el programa general exista un capítulo dedicado a la necesidad electoralista de una presencia mayor de mujeres. Esa presencia se hará real en la medida en que las mujeres seamos capaces de liderar propuestas programáticas concretas.

El inconveniente de la sectorialización se evitará en cuanto la mujer no acuda a la política con un lenguaje y un cúmulo de problemas erróneamente considerados como propios, sino con el empeño por hacer ver que lo que está en juego en la emancipación de la mujer es tanto un cierto modelo de sociedad como cuestiones de interés común: el futuro de la familia, el de la natalidad, el de la tercera edad, la concepción del trabajo o la del Estado de bienestar.

Y la temida "balcanización" no se producirá si conseguimos que se entienda la democracia como ese proceso de comunicación y deliberación en el cual las diferencias enriquecen en lugar de dividir y separar. Un elemento que está haciendo difícil esa concepción de la democracia es, precisamente, la política de partidos, barriendo cada uno de ellos hacia dentro y con una incapacidad total y absoluta para ver algo distinto a los intereses del propio grupo. Mientras esta actitud persista, mientras no sea posible corregirla, la política no se recuperará del descrédito que se ha ganado.

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