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  Número 314 | Mayo 2008
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Honduras

Gobierno Formal / Gobierno Real ¿Qué movimiento social frente a esta contradicción?

El modelo de democracia hondureña está secuestrado por el bipartidismo, se agota en formalidades y profundiza la inequidad social. Hasta ahora, el movimiento social y popular permanece atrapado entre la nostalgia de un pasado de luchas y la dispersión de un presente incierto, mientras en las comunidades y en los territorios algo empieza a moverse. ¿Qué movimiento social será capaz de enfrentar la contradicción entre el gobierno formal y el gobierno real?

Ismael Moreno, SJ

Gobierno formal y gobierno real: parece un juego de palabras. Pero son realidades hondureñas. Una cosa es el gobierno con sus tres poderes del Estado, y otra es cómo se gobierna el país y quiénes de verdad gobiernan el país, mucho más allá de las formalidades de esos tres poderes del Estado. El Estado de Derecho que rige nuestra democracia nos dice en su formalidad que quien manda no son las personas, sino las leyes, y que ninguna persona está por encima de la Ley.

Conforme a esos principios, la legislación hondureña establece que al gobierno lo elige formalmente la ciudadanía en procesos electorales. Cada cuatro años la sociedad entera es convocada para que por voto secreto elija a las autoridades locales, departamentales y nacionales. Así ha sido a lo largo de 27 años ininterrumpidos. Y a lo largo de este período de democracia representativa se han hecho reformas para garantizar que la población que cumple con los requisitos pueda ejercer su derecho al sufragio. De igual manera, se han hecho esfuerzos para que el Tribunal Supremo Electoral garantice la voluntad popular evitando que alguno de los partidos políticos perpetre un fraude.

Sin embargo, del dicho al hecho existe un gran trecho, que tiene nombre y apellido: el bipartidismo, que se nutre al tiempo que alimenta la cultura patrimonial, madre de los caudillos y de todas las prácticas personalistas y arbitrarias que impiden que aflore con toda su riqueza la institucionalidad democrática y el Estado de Derecho.

¿ESTADO DE DERECHO?

Siguiendo la formalidad de la democracia hondureña, elegimos a un Presidente de la República, a un Vicepresidente, a 128 diputados con igual número de suplentes y a 298 alcaldes con sus respectivos vicealcaldes y regidores. Se han hecho reformas para que el Congreso Nacional elija -en elecciones de segundo grado- a 15 magistrados de la Corte Suprema de Justicia tras recibir y analizar una nómina de 45 candidatos postulados por diversos sectores de la sociedad hondureña. De esta manera, el Congreso Nacional elige al Comisionado Nacional de los Derechos Humanos, al Fiscal General de la República, a los miembros del Tribunal Supremo Electoral, a los miembros del Tribunal Superior de Cuentas y a los tres Comisionados del Instituto de Acceso a la Información Pública.

Las elecciones democráticas de todas las autoridades públicas constituyen un rasgo esencial del Estado
de Derecho. Sin embargo, desde la dinámica interna del gobierno “real”, se violenta el derecho ciudadano a elegir libremente a sus autoridades y se socavan las bases mismas de ese Estado de Derecho. A lo largo de estos 27 años, la comunidad internacional, ha influido en reformas destinadas a perfeccionar mecanismos o instancias que consoliden en Honduras el Estado de Derecho. En los últimos quince años muchas de las reformas institucionales impulsadas para responder a las exigencias y desafíos del mundo actual surgieron de esa presión internacional.

BIPARTIDISMO: TOTAL CONTROL

Todas estas reformas para la consolidación del Estado de Derecho han sido adulteradas o manipuladas por las mismas autoridades responsables de cumplirlas. Porque estas autoridades están subordinadas al sistema de partidos políticos tradicionales, amañadas a procesos y mecanismos que niegan en los hechos la democracia que dicen defender y representar. Los dos partidos tradicionales han cogobernado en los 27 años que llevamos de democracia, y así como las elecciones han sido el vehículo para que ambos partidos se repartan los tres poderes del Estado, las reformas políticas para modernizar el Estado de Derecho se han convertido en instrumentos para fortalecer y consolidar el control que liberales y nacionales tienen del Estado de Derecho.

Por ser intrínsecamente antidemocrático, el sistema de partidos políticos, en su expresión predominante de bipartidismo, convierte en antidemocráticos todos los instrumentos orientados a fortalecer la democracia hondureña. A pesar de todos los esfuerzos nacionales e internacionales, los líderes partidarios y las autoridades públicas vuelven siempre sobre sus propios pasos: acaban creyendo, y así lo hacen sentir, que por tener un puesto público
están por encima de los demás.

¿QUIÉNES ELIGEN
A QUIENES ELEGIMOS?

¿Quiénes eligen a los candidatos que la ciudadanía elige en las elecciones generales? Formalmente los eligen sus partidos en elecciones en donde participan diversas corrientes internas. ¿Y quiénes eligen a los candidatos dentro de cada una de las corrientes internas? ¿Hay elecciones al interior de cada corriente, en donde los delegados de comunidades, municipios y departamentos elijan a sus candidatos?

Normalmente las corrientes son dependientes de líderes políticos, quienes son algo así como los propietarios de dichas corrientes. Estos líderes-propietarios nombran de dedo o con su aval a quienes participarán como candidatos
de su corriente. Nadie que no cuente con el visto bueno del líder-propietario de la corriente podría, en ningún caso
y bajo ninguna circunstancia, ser candidato. En la mayoría de los casos quien es propietario de la corriente es también el candidato.

Para el caso, un señor llamado Porfirio Lobo es líder de su propia corriente dentro del Partido Nacional, uno de los dos partidos mayoritarios, entre los cinco partidos legalmente reconocidos en la actual democracia hondureña. Cuando sean las elecciones internas, Porfirio Lobo será el candidato de su corriente ante las corrientes, por ejemplo, de Mario Canahuati, líder de otra corriente del mismo Partido Nacional. Cualquiera de ellos dos contará, sin duda, con el visto bueno de Rafael Callejas, uno de los líderes con mayor peso en el Partido Nacional.

En el Partido Liberal -el otro partido político tradicional- pasa algo parecido, aunque con variantes. El propietario de la corriente más poderosa del liberalismo se llama Carlos Flores Facussé, ex-Presidente de la República en los últimos cuatro años del siglo veinte. Nadie que no cuente con el respaldo de Carlos Flores se podría lanzar como candidato de esa corriente. Flores no se lanza de candidato porque todavía no le ha llegado el tiempo de reformar la Constitución, que hasta hoy prohíbe la reelección de quienes hayan sido Presidentes y Vicepresidentes. Por eso, Flores ha empujado y apoyado para candidato a Roberto Micheletti -actual Presidente del Congreso Nacional-, quien deberá ser fiel
a su padrino. Sólo así logrará ir a las elecciones internas para disputar la candidatura a la presidencia por el Partido Liberal.

CON SU VISTO BUENO

Normalmente los puestos más importantes del gobierno cuentan no sólo con el aval de los principales líderes-propietarios de los partidos políticos, sino también con el aval de los grandes líderes de la empresa privada y con el visto bueno de la embajada de Estados Unidos. Jamás un ciudadano o ciudadana llegará a ser candidato a la Presidencia de la República sin haber pasado por todos estos filtros. Todo esto mismo se puede decir de la persona que sea nombrada como Comisionado de los Derechos Humanos, Presidente de la Corte Suprema de Justicia, miembros del Tribunal Superior de Cuentas, miembros del Tribunal Supremo Electoral o Fiscal General de la República. Las personas o grupos de poder canalizan su beneplácito o su veto hacia los candidatos a elección popular a través de sus grandes medios de comunicación. Jorge Canahuati, Jaime Rosenthal, Carlos Roberto Flores Facussé, Miguel Facussé, Freddy Nasser, Miguel Andonie, Rafael Ferrari y Rafael Callejas son algunos de los nombres de políticos y grandes empresarios privados cuya palabra tiene un peso decisivo al momento de la elección de todos los altos cargos
en la administración pública del país.

OTRO “PARTIDO”:
EL CRIMEN ORGANIZADO

Existe aún otro factor que participa, cada vez con mayor fuerza, en la elección de los candidatos a ocupar los puestos de mayor relevancia en el gobierno. Se suele llamar con el genérico nombre de Crimen Organizado. Fuentes de todo crédito sostienen que las diversas mafias del crimen organizado circulan como Pedro
por su casa por los diversos corredores de la política tradicional y del capital de los más importantes grupos económicos de la empresa privada. Cuando un candidato habla con plena seguridad de que llegará a ocupar un alto cargo público, su respaldo no le viene tanto del apoyo popular que tenga, sino del apoyo financiero y político de algunas de las mafias que hoy ocupan el territorio nacional.

Aumentan los rumores de la participación del crimen organizado en los dineros que las corrientes de los partidos políticos tradicionales utilizan para promover y elevar el perfil de sus líderes y para organizar actividades proselitistas. Si el crimen organizado, presente en las bandas de robacarros, de tráfico de armas y de personas, de tráfico de drogas y secuestros, traslada fuertes cantidades de dinero hacia líderes y corrientes políticas de los partidos políticos tradicionales, es porque la política se ha convertido en una gran inversión y en un espacio para el lavado de dinero. En cabeza de playa para ejercer y extender su poder y control sobre la sociedad hondureña.

ASÍ FUNCIONA ESTO

Así funciona la democracia hondureña. Cuando la gente sencilla va por montones a depositar su voto, los candidatos y candidatas ya han sido elegidos por quienes de verdad, y sin necesidad de elecciones, toman las decisiones más importantes para el país. ¿Para qué sirven entonces las elecciones? Son un ejercicio que permite a la población sentir la responsabilidad de elegir a sus autoridades y así ejercer uno de los derechos que le garantiza la Constitución de la República. Sin embargo, con un control tan férreo de los grupos de poder sobre los mecanismos de la democracia hondureña, el voto de la población acaba legitimando a unas autoridades públicas negativas que siempre administrarán los recursos del país, aprobarán leyes y las aplicarán según sus intereses.

Así, quienes sostienen y mueven la democracia y el Estado de Derecho son los grupos del gobierno real. Lo hacen nombrando y avalando a quienes serán elegidos para el gobierno formal. El gobierno real es el que de verdad decide y manda, el que funciona por encima y más allá del ciclo político de cada cuatro años. Utiliza la democracia y todos sus mecanismos para legitimar sus decisiones, proteger sus intereses y actuar, casi siempre, a espaldas de la gente pobre.

ESPERANDO
OTRA HUELGA COMO AQUELLA

En el movimiento social hondureño va creciendo la tendencia de situar su mirada y su quehacer en la construcción de una democracia participativa desde la organización de las comunidades. Propiamente, a partir de la apuesta por el Movimiento Comunitario Territorial.

El movimiento social hondureño tuvo mucha vida y fuerza a mediados del siglo 20, y la célebre huelga bananera de 1954 es sin duda el referente de lucha emblemático más importante en su historia. Muchas represiones, corrupciones, entregas generosas y traiciones han llovido desde entonces y hoy el movimiento social no acaba de contar con capacidad para conducir propuestas que cuestionen el actual modelo de democracia representativa, excluyente y no participativa.

En conjunto, el movimiento social y popular se sitúa a la zaga de las propuestas y dinámicas de los grupos de poder dominantes, y aunque en los últimos años se han puesto en marcha experiencias de articulación como la Coordinadora Nacional de Resistencia Popular, ésta no ha logrado constituirse en una instancia popular con propuestas coherentes frente al modelo de bipartidismo, de democracia formal y de inequidad social.

El movimiento popular hondureño sigue en una suerte de espera mesiánica, aguardando a que de alguna parte le caiga otra huelga como la de 1954. Así lo corean los cantos populares -que venga otra huelga- y la esperan como si de pronto caerá del cielo. Y en esa espera, la dirigencia del movimiento social y popular permanece atrapada entre la nostalgia desmovilizadora del pasado y un presente de descontentos y de dispersiones que le incapacita para plantarse con creatividad ante los desafíos de la inseguridad y las incertidumbres de la población, que sigue tan pobre o peor que hace cincuenta años y ante la acelerada dinámica de la globalización con sus transformaciones tecnológicas y culturales.

Más de cincuenta años atrás, nuestra clase trabajadora impulsó una grandiosa rebelión y resistencia al imperio bananero, articulando la lucha gremial con la política, y de ahí surgió el movimiento popular gremial que condujo las luchas del movimiento social a lo largo de medio siglo. Pero el movimiento gremial ha dejado de ser lo que fue en el siglo pasado. Sin embargo, la mirada tradicional de los principales dirigentes populares sigue confiando en que será un destacamento del movimiento obrero y gremial, conducido políticamente por un partido de izquierda, el que salvará a la sociedad hondureña de todas sus penurias e inequidades. Es una falacia.

En la actualidad, el gremialismo tiene muy poco que ver con estos sueños, casi dogmáticos, de nuestra dirigencia popular, y cuenta con muy poca vinculación con la realidad tan plural de la población empobrecida del país. No obstante, el movimiento popular gremial con tan poca articulación real con otras expresiones organizativas que han ido surgiendo a lo largo de los últimos quince años, sigue conduciendo y condicionando las principales demandas y movilizaciones.

MOVIMIENTO TRADICIONAL:
FUERTE Y FRÁGIL

Actualmente, en el movimiento social se pueden identificar cinco expresiones. Algunas se vinculan e identifican entre sí complementándose y otras tienden a repelerse y a descalificarse. Cada una desde su especificidad contribuye a buscar y a proponer un nuevo paradigma alternativo al que propone el neoliberalismo, que antepone el capital y el individualismo a la persona y a la comunidad.

Veamos algunas pistas para identificar a cada una de estas cinco expresiones.

Movimiento popular tradicional. Su identidad la define la organización y demandas gremiales. Casi siempre ha sido expoliado por alguno de los partidos políticos, sean los de la derecha tradicional o los de la muy reducida y casi insignificante izquierda política oficial y no oficial. Y como todos los caminos llevan Roma, todos los sindicatos llevan a una de las tres centrales obreras existentes: la Central de Trabajadores de Honduras (CTH), la Central General de Trabajadores (CGT) y la Central Unitaria de Trabajadores de Honduras (CUTH). La dirigencia de estas centrales es reconocida como interlocutora ante el Estado y la gran empresa privada.

Dos veces al año se escuchan las voces de los dirigentes del movimiento popular tradicional inserto en las centrales obreras: cuando negocian el salario mínimo con el gobierno y los empresarios y en las marchas del Primero de Mayo. Ante otras demandas, lo normal es su silencio. En las campañas políticas saben frecuentar las sedes de los altos dirigentes de las corrientes más fuertes de los partidos tradicionales. No existe cohesión entre las centrales, aunque coinciden en sus vacilaciones ante las denuncias y atropellos a los derechos de la clase trabajadora y en sus tímidas voces ante atropellos a la soberanía nacional o ante leyes o decisiones que ponen en peligro los recursos naturales y el ambiente.

La vida de este movimiento popular tradicional gira en torno a la defensa de los intereses gremiales. Tratan de arrastrar a todos los pobres hacia sus demandas, como si sus demandas sectoriales fuesen demandas nacionales. Es el caso de los gremios magisteriales, poderosos en la defensa del Estatuto del Docente, con capacidad de constituirse como un verdadero gobierno paralelo, pero débiles y ausentes en la lucha por la demandas de los sectores sumergidos en la economía informal, que no pueden ni tienen capacidad de organizarse en gremios y que ya constituyen la mitad
de la población económicamente activa del país.

El movimiento popular tradicional es muy fuerte cuando lucha por sus demandas gremiales y muy frágil y casi inexistente cuando la lucha es por los intereses de los sectores más empobrecidos del país.

EMERGENTES Y COMUNITARIOS


Movimiento popular emergente. Su identidad estaría definida por temáticas específicas y por su articulación con las ONG canalizadoras de recursos de la cooperación internacional. Se ha venido desarrollando a partir de la década de los 90 y emergió ante la fuerza arrolladora del neoliberalismo, que amenazaba los recursos y la vida de comunidades indígenas y negras y también los bosques, las aguas y la cultura. Canalizan demandas de sectores que emergen con su conciencia de género y su identidad de grupos excluidos. Aquí encontramos organizados a indígenas, garífunas, mujeres, jóvenes, ambientalistas, gay...

Movimiento de organizaciones comunitarias territoriales.
Su identidad la define el lugar o la región en donde tienen su sede y su campo de acción. Luchan por temáticas diversas y vinculadas al territorio. Los más antiguos y los permanentemente cooptados por los partidos políticos
son los Patronatos Comunales. En los últimos años han surgido Patronatos que articulan diversas organizaciones comunitarias con demandas locales, insertados en luchas independientes de intereses partidarios. Por ejemplo,
el Patronato Regional de Occidente (PRO), que agrupa a unos 200 patronatos comunitarios, a algunas mancomunidades de Occidente en los departamentos de Lempira e Intibucá, al Foro Social del Valle de Sula, a los Pobladores de Zacate Grande en el sur del país, al Movimiento Ambientalista de Olancho (MAO) y a las organizaciones comunitarias de la margen derecha de la cuenca baja del río Ulúa organizadas en lo que se llama la Asociación Intermunicipal de Desarrollo y Vigilancia Social de Honduras (AISDEVISH). El territorio es lo que define su identidad y el entronque con la comunidad es lo que le da coherencia a sus luchas y a sus articulaciones con otros sectores.

LA INCIDENCIA
Y LOS FRENTES DE LUCHA

Organismos de incidencia.
Su identidad nace de los fondos que reciben de la cooperación internacional para dedicarse a incidir en el gobierno o en la sociedad a través de temáticas específicas. Son estrictamente hablando ONG y OPD (Organismos Privados de Desarrollo). Representan el fenómeno social de mayor relevancia en el movimiento social hondureño, con una amplia gama de organismos, desde los que defienden intereses del Estado y de la empresa privada, hasta los que brindan fondos para apoyar las movilizaciones contestatarias de los sectores populares.

Frentes de lucha política. Su identidad les viene de una lucha política contestataria aglutinando a organizaciones de las cuatro expresiones anteriores. Hay Frentes regionales y nacionales, como el Bloque Popular, cuya sede principal está en Tegucigalpa y es liderado por una de las federaciones sindicales de la izquierda tradicional, a la que se remiten algunos gremios magisteriales, la COPA (Coordinadora de Organizaciones Populares del Aguán) y la APP (Asamblea Popular Permanente de El Progreso, Yoro). El Frente de lucha de mayor alcance nacional es sin duda la Coordinadora Nacional de Resistencia Popular, que aglutina a estos tres Frentes mencionados y a otros sectores que cruzan algunas de las otras cuatro expresiones.

ALIANZAS Y RECHAZOS

Todas estas diversas expresiones no están separadas. Son como los municipios y los departamentos, que comparten cordilleras, ríos o carreteras que los unen. Las dos expresiones que menos articulaciones tienen entre sí son los Frentes de lucha política y los Organismos de incidencia. Muchas veces se repelen y se acusan mutuamente. Los Frentes de lucha reciben su mayor influencia del Movimiento popular tradicional y, por eso los Organismos de incidencia tienen una casi nula o muy poca vinculación con estas dos expresiones, al tiempo que nutren o tratan de nutrir y de influir con sus fondos y con su pensamiento tanto al movimiento popular emergente
como a las Organizaciones comunitarias territoriales.

ALEJADOS DE LA GENTE

La población de las comunidades no sólo legitima el ciclo electoral como instrumento de esta democracia y de este Estado de Derecho, al servicio de los grupos de poder. También tiende a estar fuera de los planes e intereses de las dirigencias de las organizaciones populares tradicionales.

La experiencia nos va diciendo que la vida y los discursos de las dirigencias de las organizaciones gremiales y tradicionales están muy distantes de la vida cotidiana de la gente sencilla. A menudo, las luchas de los gremios
y de los dirigentes reconocidos del llamado movimiento popular van por un lado y los intereses y el sentir de las comunidades van por otro lado. Acortar esta distancia es uno de los desafíos de la lucha por el desarrollo de la organización y de la participación popular.

Tanto las organizaciones gremiales como las organizaciones comunitarias deben reconocer que nadie tiene la verdad
y que todos nos necesitamos. Las dirigencias de las actuales organizaciones populares deberían reconocer que muchas veces su lenguaje y sus ideas están distantes de la gente humilde de las comunidades. Mientras la organización popular no se llene de ese pueblo sencillo -con frecuencia confundido y atrapado en colores políticos tradicionales- los dirigentes seguirán diciendo cosas bonitas, y seguramente ciertas, pero seguirán siendo pocos. Muy iluminados, pero dramáticamente alejados del “pueblo municipal y espeso”.

CON OTRAS BANDERAS

Es cierto que en Honduras ha aumentado el ausentismo electoral, que llegó a casi el 50% de la población con derecho a ejercer el sufragio en las últimas elecciones. Sin embargo, los partidos políticos tradicionales tienen sus banderas bien ancladas en los horcones de la vida del pueblo sencillo. Las banderas azules y coloradas flamean en las casas de tierra y de manaca de nuestras aldeas, y la influencia de los caudillos sigue amargamente presente en las aldeas y barrios marginales de nuestros centros urbanos. Los caudillos y sus partidos siguen teniendo poder.

La lucha política del movimiento social debe ser independiente de cualquier filiación política partidista. Las banderas de los partidos políticos, de cualquier color que sean, no se deben confundir con las banderas políticas del movimiento social y popular. Un partido político propugna y debe propugnar por la toma del poder político, mientras los objetivos del movimiento social exigen al Estado y a los partidos políticos que canalicen y respondan a las demandas populares. Un partido político puede estar hoy en la oposición, pero mañana podrá estar conduciendo el poder del Estado. Un movimiento social estará siempre fuera del Estado, puesto que su función es la de empujar las demandas desde abajo,
desde los sin poder.

Lo peor que le puede ocurrir a un movimiento social es que al interior de sus luchas se levanten banderas de filiación partidarias o religiosas. La identidad y riqueza política del movimiento social descansan en su autonomía e independencia de cualquier partido político y de cualquier credo religioso. Mal haría un partido político en utilizar la lucha y la estructura del movimiento social para intereses estrictamente partidarios. Y un daño enorme haría una denominación religiosa al querer llevar la lucha del pueblo hacia una determinada confesión, creencia o práctica religiosa.

AGENDA DEL MOVIMIENTO SOCIAL

¿Qué debe tener entre manos el movimiento social y popular en Honduras? Debe cuestionar el crecimiento de una economía sana para los ricos y transnacionales y enferma para el resto de la sociedad. No basta el crecimiento macroeconómico, es necesario romper con la inequidad. Debe cuestionar un modelo que se sustenta en la producción social de riqueza, crecientemente apropiada por cada vez menos grupos y personas.

Debe apostar porque las instituciones funcionen por encima de las arbitrariedades de las personas y grupos políticos y económicos. La debilidad o ausencia de las instituciones debilita la democracia y cierra las puertas a la gobernanza, al tiempo que fortalece a los grupos de poder tradicionales y a los poderes ocultos que circulan por los corredores subterráneos del poder.

Debe fortalecer el movimiento social articulando las demandas que surgen de las organizaciones comunitarias territoriales. El camino tiene su punto de partida en la vida y realidad de las comunidades y sus territorios. La construcción de la democracia participativa es impensable sin tejidos sociales, económicos y culturales desde las experiencias democráticas en las propias comunidades.

Debe lograr la vigilancia social desde los municipios y desde ahí cuestionar la utilización de las instituciones públicas
si fortalecen el poder de caudillos y grupos de poder que actúan a espaldas y en contra de la población.

Debe, finalmente, abrir espacios para el desarrollo de una estrategia de comunicación alternativa, que rompa con el monopolio de la información y el control de la opinión pública, hoy en manos de un reducido grupo de empresarios y políticos.

CORRESPONSAL DE ENVÍO EN HONDURAS.

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