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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 313 | Abril 2008
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Nicaragua

La “nueva” Chureca: de la basura a la dignidad humana

Durante el conflicto social y político estallado en La Chureca de Managua en marzo, y yendo más allá de él, un joven estudiante se asoma por primera vez al hediondo basurero de la capital... ¿Qué ve? ¿Qué escucha? ¿Qué aprende y descubre allí, entre los cerros de desperdicios?

William Grigsby Vergara

Existe desde 1973. Más de 30 años después, en diciembre de 2007, se ganó un lugar entre “Los 20 Horro-res del Mundo Actual” en un concurso organizado por la revista española Interviú. Son 42 hectáreas ocupadas por infinitos estratos de basura en la zona occidental de Managua. Es La Chureca, uno de los botaderos de basura a cielo abierto más grandes de América Latina.

ANTE UN PAISAJE DANTESCO

La Chureca es el paraíso de los zopilotes, buitres carroñeros que deambulan en una zona que parece de guerra, un mini-mundo de pestilencia, enorme asidero de moscas, microbios, comida descompuesta, chatarra quemada y centenares de bolsas plásticas que vuelan entre niños cargando sacos hediondos y jóvenes hurgando entre harapos sucios, sobras y nubes de polvo. La vi desde el barrio Rafael Ángel Ríos. Este basurero parece no acabar nunca y ante mis ojos se despliega como una montaña de colores desteñidos, donde el humo tóxico crece con el calor del día y parece tomar fuego hasta convertir el paisaje en el mismísimo infierno.

Día a día, continuamente, entran allí grandes camiones repletos de desperdicios: hules, harapos, vidrios y metales sarrosos. Mil doscientas toneladas de basura diarias produce Managua. Intoxican el contiguo barrio Acahualinca, que termina casi a las orillas del lago de Managua, el Xolotlán, altamente contaminado desde hace décadas. A la par de los camiones entran en La Chureca niños, niñas, jóvenes, adolescentes, hombres y mujeres, que caminan con sus caras cubiertas con trapos, cundidos de tierra y suciedad, usando gorras de lodoso camuflaje, armados de unos improvisados arpones hechos con varillas de hierro puntiagudas. Les sirven para escarbar en la basura y seleccionarla. Los brazos quemados por el sol incandescente, los pies descalzos y rotos, la mirada perdida en el caos común que comparten. El olor a pega de zapato, a plomo, a excrementos, resulta insoportable. Pero no es un paisaje sacado de la Divina Comedia, ni propio de la literatura de ficción. Es el hogar y el centro de trabajo de muchas familias de “churequeros”.

LAS HUELLAS DE AYER Y LAS DE HOY

La Chureca está a la par del museo que guarda las huellas humanas y animales más antiguas que se conservan en el continente americano, las famosas Huellas de Acahualinca, con unos seis mil años de antigüedad. ¿Es natural ver tanta basura a la par de un museo? ¿No resulta terriblemente irónico que niños y niñas escarbando basuras vivan tan cerca de este tesoro arqueológico? ¿No es inmensamente contradictorio que el registro del principio de nuestra civilización se encuentre justo al lado de este inmenso vertedero de basura, que coincidan tan cercanos este apocalipsis del género humano con el génesis de nuestros antepasados?

Las huellas de Acahualinca, impresas en una tierra maleable que el tiempo guardó, quedaron conservadas tras la erupción de un volcán cercano a las antiguas comunidades indígenas de la zona occidental de la capital, y son hoy vecinas de otras huellas más recientes, las de niños y niñas descendientes de aquella cultura nahuatl, descalzos por razones diferentes a las de sus antepasados. Por las de la precariedad. Los niños descalzos de hoy son víctimas de otra erupción, aún más temible, la de un volcán social: la extrema pobreza.

UNA VENTANA A LA ESPERANZA

Para recuperar a estos niños y a sus familias un grupo de ONG y la cooperación internacional se han proyectado desde hace años en La Chureca buscando rescatar la dignidad de sus habitantes, en medio de un mar de dificultades. La mayor, la inercia de una cultura en que miseria y basura se combinan con el abandono social para crecer al ritmo de las promesas incumplidas de un gobierno tras otro.

La Asociación Sonrisa y Esperanza de los Niñ@s, presidida por Justina Cháves y fundada por el sociólogo Jimmy Chavarría, ha logrado reunir a 18 promotores voluntarios que apoyan a niños y niñas que viven en los barrios Los Martínez y Rafael Ángel Ríos, cercanos a La Chureca.

Esta pequeña asociación surgió para dar clases de pintura y flauta a los niños de estos dos barrios, pero después sus familias se animaron con el proyecto y empezaron a apoyar voluntariamente el trabajo. Se construyeron casas-bases con salones y hasta una biblioteca comunitaria, donde hoy se dan clases de matemáticas, hay lectura de cuentos, se imparten talleres de pintura y se juega ajedrez. La casa-biblioteca es pequeña, pero cuenta con bastantes libros, usados y nuevos, y con archivos y muebles que facilitan a los niños la aventura de leer. Alumnos del Colegio Centroamérica llegan los viernes a apoyar a los chavalos en sus estudios. La ASSEN ha establecido también conexiones con trabajadores de empresas privadas, que colaboran mes a mes con un aporte de 50 córdobas para financiar como “padrinos” las tareas escolares.

“Hacemos muchos esfuerzos, pero es imposible retener a los niños cuando acaban la primaria. Después ya empiezan a trabajar como recolectores y vendedores de basura. Imposible que estudien a la vez”, confiesa Justina Cháves. Otra gran dificultad es que estas niñas y niños se “casan” rápido: a los 13 y 14 años. Hay mucha violencia en estas jóvenes familias, que viven de “pepenar” en la basura plásticos, metales y otros desechos reciclables. A pesar de todo, tras seis años presente en La Chureca, ASSEN representa una de las células de apoyo más importantes para los niños que viven aquí. Les ha abierto una ventana por donde se asoman a la esperanza.

EL MEGAPROYECTO ESPAÑOL

Actualmente hay más esperanzas, porque hay cambios más radicales en marcha. En una gira por Centroamérica y América del Sur en agosto de 2007, la vicepresidenta del gobierno español, María Teresa Fernández de la Vega, visitó Nicaragua cuando la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI) estudiaba la posibilidad de hacer un proyecto en conjunto con la Alcaldía de Managua para mejorar la vida de las zonas urbanas más marginadas de la capital. Fernández de la Vega visitó La Chureca y quedó sobrecogida. A partir de entonces el futuro del basurero dio un giro. La vicepresidenta del gobierno socialista del PSOE se comprometió personalmente a hacer realidad una transición de la basura a la dignidad.

Según Elena Montobbio, Coordinadora General de AECI en Nicaragua, el proyecto español en La Chureca contempla tres ejes. Primeramente, el “cierre técnico” del basurero: el vertedero actual quedará sellado, lo que se hará de forma programada. Después se creará una nueva industria alternativa de reciclaje para la selección de los residuos. Y finalmente se buscarán alternativas de vivienda y de inserción social para quienes trabajan en el basurero y sus alrededores.

El gobierno de España se ha comprometido a destinar 30 millones de euros (45 millones de dólares) para este proyecto, considerado el mayor de los emprendidos por la cooperación española en Nicaragua. Hasta ahora ningún proyecto de ningún país cooperando con Nicaragua había tenido un tan amplio horizonte inicial de impacto. “Hasta ahora hemos trabajado normalmente con cantidades más modestas -dice Montobbio- y este proyecto rompe esquemas por su integralidad, por la aportación económica y por la combinación de distintos instrumentos de cooperación. No es un presupuesto que viene de un solo cajón, sino que vamos a combinar distintos instrumentos: sistemas de microcrédito y fondos de multilaterales. Por eso resulta un proyecto tan complejo en su contenido y también será compleja su gestión”.

Desde que la vicepresidenta española se animó a transformar el basurero más grande de América Latina en otra cosa, la AECI ha enviado comisiones técnicas para dialogar y discutir con las ONG que trabajan en La Chureca, con los pobladores, con los empresarios del reciclaje, con las instituciones públicas y con la municipalidad de Managua, haciendo análisis exhaustivos de la problemática desde sus diferentes aristas.

Desde el inicio, Dos Generaciones -ONG con más influencia en la zona- incluyó en el proyecto la educación, la salud, la protección y la seguridad económica de los churequeros. En torno a esta propuesta se deben reunir todos los ONG en un plan único de intervención en La Chureca y sus barrios aledaños. Hay 13 ONG trabajando en la zona, forman una alianza y la AECI avanza con ellos, y con la Alcaldía de Managua, contraparte natural del proyecto.

El paisaje final que tendrá este gran proyecto todavía se desconoce. La AECI está en proceso de formulación y no sabe todavía si habrá una planta de procesamiento o si habrá cooperativas de explotación de la basura en lo que será la nueva Chureca. Todavía no han concluido los diálogos con los churequeros y con los intermediarios de las cadenas de reciclaje.

MILES DE PERSONAS DEPENDIENTES
DE MILES DE RESIDUOS DESAPROVECHADOS

Se calcula que son 3 mil las familias que viven de la venta y recolección de basura en La Chureca. “Son cadenas laborales: uno recoge el vidrio, el otro lo limpia, el otro lo machaca y lo recicla, y luego lo venden a su acopiador. Muchos intermediarios ya tienen sus proveedores.

La idea es dignificar a la actual generación para que trabaje en otras condiciones y así cambiar el futuro de las nuevas generaciones”, explica Montobbio. Y añade: “Si el vertedero queda sellado, la imagen de la nueva Chureca sería un espacio público y lúdico. Pero aún esta idea está muy tierna y falta estudiarla. Habrá posiblemente una planta generadora de energía a partir de los residuos orgánicos. Y un parque para los niños. Todavía no sabemos. Se están analizando los pros y los contras de cada elemento del proyecto”.

La AECI pretende concluir este proyecto en cuatro años. La población meta se inscribe en círculos concéntricos: son casi 18 mil las personas que circulan en torno a La Chureca. Los que viven dentro, los que viven en los barrios cercanos, los que llegan diariamente al basurero. La población de La Chureca es bastante movible y no todas las fuentes de información registran la misma cantidad de habitantes.

“Se prevé que en el primer semestre de este año 2008 empiecen algunas actividades de carácter social. Aún no está definido dónde vamos a construir, pero sí que haremos alcantarillado, alumbrado y todo lo necesario para lograr una transformación integral y profunda en La Chureca”, me dice Elena Montobbio, soñando ya con la metamorfosis.

El proyecto de la AECI incluye generar energía a partir del gas que producen los residuos acumulados durante décadas en La Chureca, hasta ahora sólo descomponiéndose, sin ninguna otra utilidad. Miguel Torres, director del proyecto de AECI y experto en medioambiente, nos dice: “Hay una potencialidad en la basura acumulada y en la que está llegando: generar gas metano, el que se obtiene por la descomposición de la materia orgánica. Pero aún no conocemos bien cuáles serían los rendimientos de ese ciclo biológico. ¿Será rentable esta generación de energía? Hay que estudiarlo”.

Explica Torres: “No sabemos si es viable económicamente montar una planta de producción de energía ni cuanto produciría esa planta. Depende mucho de hasta qué punto esté degradada la materia orgánica que en La Chureca se ha ido acumulando. Este basurero tiene décadas y mucha de la basura orgánica depositada allí ya está totalmente mineralizada, inerte. Ya no es materia orgánica, es tierra. Aun así, suponemos que sí hay una cantidad de energía factible. Se ha hablado de una planta que produzca de 5 a 8 megavatios. No es mucho, pero ya es algo, si se logra inyectar esa energía en la propia planta. Lo que es incierto es el rendimiento del gas metano. Si la cantidad de gas metano es insuficiente, simplemente se recoge y se quema”.

NO BASTA CON QUE VAYAN A LA ESCUELA

Desde 1992 Dos Generaciones (DG) inició un proyecto de intervención social en La Chureca. Un proyecto muy ambicioso. Pretendía erradicar el trabajo infantil en el basurero y lograr que niñas y niños churequeros entraran a la escuela y permanecieran en ella. Además, pretendía mejorar las relaciones familiares. Muchas familias tienen al frente a mujeres solas, con muchos hijos y con compañeros eventuales que las maltratan. Muy pronto DG se dio cuenta de las dificultades: si los niños no iban a rebuscar al basurero disminuían los ingresos familiares y si iban a la escuela aumentaban los gastos para uniformes, lápices, cuadernos... DG trató de trabajar con las familias buscando asegurar que no sacaran a los niños de las escuelas y habló con los maestros para que aceptaran a los niños aunque llegaran sucios y a veces con comportamientos difíciles hacia sus compañeros de aula. Eran niños habituados a un trabajo muy violento y muy competitivo: expertos en la guerra por apropiarse del mejor material reciclable.

Poco a poco DG asumió que no estaba haciendo mucho. La situación de los niños, de sus familias y del barrio en general era mucho más compleja de lo que habían calculado. Mario Chamorro, coordinador de DG, lo recuerda: “Nosotros sólo estábamos poniendo un parche que detenía los defectos de esa situación, pero para resolver el problema de los niños teníamos que resolver antes el profundo problema de las familias y tratar de mejorar las condiciones de la comunidad”.

Con el convencimiento de que el basurero era una fuente de trabajo indispensable para los pobladores de Acahualinca, su recurso económico, DG se replanteó todo su trabajo. Hoy, la propuesta de DG ha variado mucho. “Entendimos que no basta enfocarnos en el niño y la niña trabajadores. Nos interesa su desarrollo integral. No basta con que vayan a la escuela, hay que prevenir la violencia, hay que atender su salud y hay que garantizar alternativas económicas para quienes trabajan en la basura”, dice Chamorro.

EL MAYOR LOGRO EN LOS ADULTOS

DG cree que para lograr profundos cambios en los niños y niñas para que logren asumir un trabajo digno y acepten estudiar y aspiren a superarse, tiene que haber una intervención sostenida que los desarrolle integralmente. Uno de los obstáculos es la “cultura juvenil” de La Chureca y sus barrios aledaños, donde los adolescentes se emparejan muy pronto, comienzan a tener hijos frenéticamente y abandonan la escuela. Los embarazos prematuros y las relaciones sexuales a temprana edad son un grave problema.

Sin embargo, hay logros. Hay jóvenes de la primera camada con la que trabajó DG que ya son profesionales. Con Dos Generaciones trabajan cinco de ellos, tres estudiando Comunicación Social, uno estudiando Derecho y otro ya es sociólogo. Otros jóvenes no terminaron la educación formal, pero sí recibieron capacitación laboral y abandonaron La Chureca para entrar a otros trabajos. “El más importante logro es que ya no quieren que sus hijos sigan trabajando en la basura. Lograron desarrollar una conciencia de superación personal muy grande, muy destacada, cambiaron”, subraya Chamorro.

A otro grupo importante de jóvenes, los que decidieron emparejarse y tener hijos, les ha costado más salir adelante. Pero son poquísimos quienes trabajaron con DG y siguen vinculados a la basura. Asegura Chamorro: “El 90 por ciento de ellos han logrado ser microempresarios, llegaron a niveles de educación técnica, trabajan en el comercio formal y lo más importante: crearon conciencia y convicción para evitar que sus hijos trabajen en el negocio de la basura”.

LA PEOR HUELLA EN LOS NIÑOS

Dos Generaciones trabaja con niños y niñas que clasifican la basura en centros de acopio, con quienes trabajan lavando botellas, vidrios y plásticos, con quienes trabajan vendiendo la basura, y también con niñas y niños que trabajan en siembras cercanas al lago Xolotlán -donde la gente aprovecha sus aguas para producir hortalizas, frutas y verduras- y con niños que trabajan pescando en el lago y con niñas que trabajan como empleadas domésticas.

Según estudios de la Facultad de Medicina de la UNAN-Managua y de la Universidad de Suecia, hay altos niveles de mercurio y de plomo en la sangre de los niños de La Chureca por los tóxicos que emanan del basurero y porque consumen pescados del lago, contaminados con estos metales. Se calcula que al menos el 30% de los 240 niños que fueron investigados padecen esta grave contaminación. Aunque DG trabaja para sacarlos de las fuentes de contaminación, lo más grave es que estas intoxicaciones son de por vida y no existe tratamiento eficaz para curarse. “La urgencia ahora es evitar que sean más los que se contaminen con estas sustancias”, dice Mario Chamorro. La AECI planea un apoyo especial para niños y jóvenes intoxicados con plomo y también con DDT.

MARTILLANDO ALUMINIO
Y LAVANDO ENVASES PARA CHILEROS

La institución de microcrédito Fondo de Desarrollo Local (FDL) -que tiene una cartera de más de mil millones de córdobas colocados en todo el país, con más de 73 mil clientes, 63% créditos agropecuarios y 64% clientes mujeres- también tiene abiertas sus puertas financieras a los churequeros.

Desde su pequeño taller, descamisado y sudoroso después de tanto martillar aluminio, José Dolores Ortega nos cuenta que tiene cuarenta años de fabricar y vender estufas. Desde hace tres años recibe préstamos del FDL. Con el préstamo compra el material que sale de La Chureca y que le venden por montón las chatarreras, que también compran metales en el basurero. Este chichigalpino vende sus estufas artesanales en el Mercado Oriental de Managua. Precios: desde 45 hasta 300 córdobas, según el tamaño. Con 57 años encima, don José empieza a trabajar diariamente desde las siete de la mañana hasta las seis de la tarde, cuando el sol cae amargamente sobre La Chureca, su paisaje habitual. “Mi familia vive en el barrio La Costa del Lago, allí hay como 400 casas. Yo trabajo para darle de comer a mis hijos”. A veces logra fabricar hasta una docena de estufas por día. Algo heroico. “Antes de tener préstamos sólo hacía tres o cuatro al día, ahora puedo más”. Don José paga quincenalmente su préstamo al FDL y confiesa no haber quedado mal nunca. El último préstamo que recibió fue de 10,500 córdobas.

Liseth del Carmen Sequeira, 29 años, habla con cierta rudeza, luce un poco estresada y responde rápidamente a las preguntas que le hago. Nació en el barrio Acahualinca y desde hace quince años trabaja acopiando en los alrededores de La Chureca, donde compra envases de cristal, de aluminio, de plástico, de lo que sea, para después venderlos para hacer chileros. Su casa parece una bóveda oscura, un mini-almacén donde se amontonan bolsas de basura llenas de los envases que son su material de trabajo. Liseth gana unos 2 mil córdobas a la semana vendiendo sacos de envases a 300 córdobas el saco en el Mercado Oriental y el Mercado de Mayoreo. Logró un préstamo de 1,500 córdobas en el FDL. En siete meses y medio deberá pagarlo. Tiene cuatro hijos, vive con su esposo, su mamá y sus hermanos. Todos trabajan en el peligroso Mercado Oriental y también la ayudan a lavar los envases que Liseth compra en puestos de los camiones recolectores de basura de la Alcaldía de Managua. “Desde hace tres años me dan préstamos en el FDL. Invierto, voy pagando, tengo bastante mercadería y gracias al banco la he ido aumentando”, me dice. Y continúa en su trabajo sin levantar la vista.

EL QUE FABRICA VELADORAS,
LA QUE EVOLUCIONÓ DE LA PEPENA AL ACOPIO

Domingo de los Ángeles Díaz saca muy amablemente sus sillas de plástico para atender a sus visitantes en su pequeño “cuchitril”. Así llama él a su casita de aluminio y madera, que se mantiene en pie a la orilla de un enorme cauce donde día y noche fluyen corrientes de basura. Se anima a responder cualquier pregunta y parece disfrutar cuando habla de sus negocios con la basura, con la que ha logrado sacar adelante a su familia. Don Domingo, 36 años, es candelero: hace artesanalmente veladoras. Sólo desde finales de 2007 empezó a recibir préstamos del FDL. El primero, de 5 mil córdobas. Lleva once años fabricando las velas con que los devotos expresarán su fe en dioses y santos. Don Domingo compra sacos de esperma en La Chureca y en las Catedrales de Managua y de Granada, a donde llega todos los jueves y domingos de la semana. Acopia y compra también mechas, vasos de vidrio y colorantes. Con tres o cuatro cajas en donde da forma a la esperma y con gas keroseno, saca unas 50-70 veladoras. Vive con su esposa y tres hijos, que van a la escuela más cercana, a unas cinco cuadras de su cuchitril, y que son sus socios en el mismo negocio.

A pocos metros de la casa de don Domingo vive hacinada doña Johanna Mercedes Tapia, con un racimo de siete niños. Luce desconfiada. Sus pequeños andan sucios y semidesnudos. Ruidosos rodean a su madre, buscando afecto y raspando la tierra con sus pies descalzos. Como la interrumpen en su tequiosa labor, los regaña. Cae la tarde en La Chureca. Johanna recopila plástico, hierro, aluminio, bronce, cobre, botellas y pichingas. Se las venden desde la Chureca. Confiesa que con los préstamos del FDL empezó a evolucionar: “Ahora, en vez de ir a rebuscar en la basura, yo la compro y luego la vendo por libras. Comencé con 1,500 córdobas de préstamo en el 2007, luego nos subieron a 3 mil y ahora me dieron 5 mil”, cuenta agradecida. Originaria de Niquinohomo, 39 años, fue criada en el Mercado Oriental de Managua, del cual se separó para trabajar en un mejor lugar, La Chureca, donde conoció a su esposo.

UNA GUERRA DE POBRES CONTRA POBRES

A lo largo de todo el mes de marzo los medios de comunicación nacional se ocuparon prioritariamente de una compleja crisis en el atormentado basurero de La Chureca. Habitantes y trabajadores del basurero bloqueaban la entrada al botadero de los camiones recolectores de basura de la Alcaldía de Managua, amenazando con quemarlos si entraban. Respondían así a lo que consideraban una injusticia: los camiones se estaban quedando con la “basura buena” (aluminio, hierro, cobre, bronce, papel, cartón) y sólo estaban dejándole a los churequeros la basura peor: desechos orgánicos, plásticos y vidrios, los materiales de menor precio en el negocio del reciclaje, afectando así los ingresos de cientos de familias que viven de la basura.

El reclamo explosivo de los churequeros inició con una silenciosa ola de quejas nacida en el seno del barrio Acahualinca, cuando los centros de acopio de basura “de calidad” empezaron a perder dinero, hasta terminar estallando en las narices del edil capitalino. Los churequeros acusan a los trabajadores de la Alcaldía de estar en complicidad con las empresas que se lucran del reciclaje de la basura y la compran ya seleccionada. Después de los primeros quince días de la crisis, con cerros de basura en las calles de Managua, la Alcaldía capitalina decidió limpiar Managua e ir a depositar sus toneladas de basura a vertederos alternativos en Nindirí y Tipitapa, lo que fue celebrado por los churequeros de estas dos ciudades, que empezaron a acopiar más y mejor basura.

Lo más grave en esta guerra de pobres contra pobres por las mejores basuras es que el conflicto retrase los proyectos que esperan hacer de La Chureca un mundo aún con basura, pero más digno y habitable. Porque, como me dijo Mario Chamorro, “trabajar en el reciclaje de basura es un trabajo digno en cualquier parte del mundo. Lo que hace indigna a La Chureca son las condiciones de insalubridad, de contaminación y de riesgo con que la gente trabaja aquí. Aquí se pierde la dignidad”.

¿SERÁN SÓLO PROMESAS?

El paisaje dantesco que vi por primera vez desde el barrio Rafael Ángel Ríos golpeó mis sentidos. Golpea a cualquiera que lo vea, a cualquiera que intercambie palabras con quienes allí viven y trabajan.

El paisaje ya no luce tan desolador, al menos en la mesa de planes de la AECI. El dinero español ya está aprobado y todos los organismos que aquí conocí -Dos Generaciones, FDL, ASSEN- y tantos otros que aquí trabajan, están en camino para resolver de una vez las tragedias sociales, laborales, sanitarias y humanas de este rincón de Managua. El mayor desafío estará en convencer a la gente que vive aquí de que puede cambiar. Confiar en el nuevo proyecto y apoyarse entre ellos mismos: ése será el gran desafío. Abandonar las formas en que hasta ahora se ganaron la vida, asumir un cambio tan drástico en su modo de vivir y de trabajar supondrá un esfuerzo de concientización hasta lograr cambiar el imaginario de los pobres de Acahualinca.

Algunos esperan que por fin ahora las promesas no sean sólo promesas, que ya no se retrase más el calendario del traslado y la capacitación laboral que prometen los ONG. Esperan que no sean ciertas las palabras de Payo, un churequero que llega todos los domingos a recolectar pichingas: “Aquí se habla de cambios desde hace diez años que vengo aquí, pero nunca cambia nada, nunca cumplen”. O las de Víctor Manuel, otro joven recolector de basura: “Eso de los cambios son puros cuentos de la cripta. Desde hace un año vienen diciendo que nos van a mover…y nada”.

Maria Auxiliadora Martínez tiene su casa sobre enormes capas de tierra y basuras descompuestas, en medio de un paisaje putrefacto. Las paredes de su vivienda están peligrosamente inclinadas y su vida parece convidada al desmantelamiento. Aunque su casa pende de un hilo por la deformidad del terreno, sus hijos juegan entre los montículos de basura. Son su único “parque de diversiones”. Ella también se queja de que se vienen retrasando las fechas del traslado y de la construcción de viviendas nuevas: “Sí, vino un español a darnos una charla y nos dijo que primero iban a construir una planta, pero lo que esperamos ahora son las casas que nos prometieron”, dice resignada.

Verónica Hernández, cubierta la cabeza con un trapo y una gorra y enfundadas sus manos en guantes, reúne pichingas en la tina de una vieja camioneta y se queja rotundamente: “Ojalá sea cierto lo que se escucha ahora. Aquí nos viven diciendo que van a cambiar las cosas, pero nosotros seguimos en las mismas penurias”.

“DE ELLOS SERÁ LA LUNA”

Hace más de treinta años, Leonel Rugama soñaba con el cambio en este dantesco paisaje de tantas penurias. Ya entonces el joven poeta de Estelí alistaba sus versos sobre el dolor de Acahualinca en uno de sus más famosos poemas, “La tierra es un satélite de la Luna”, en donde dice: Los abuelos de la gente de Acahualinca tenían menos hambre que los padres / Los abuelos murieron de hambre. Rugama imaginó ya entonces a esta generación de churequeros sin horizontes, miembros de un trágico y extenso árbol genealógico de gente hambrienta: Los padres de la gente de Acahualinca tenían menos hambre que los hijos de la gente de allí / Los padres se murieron de hambre.

Ahora parece haber llegado por fin la hora de una nueva esperanza. Esperamos que el dinero español se invierta en algo seguro, que se resuelva la crisis por la basura “de calidad” y que por fin todos los comprometidos emprendan una acción común que termine con la oscura manera de vivir en La Chureca. Entonces, los versos de Rugama -denuncia lírica frente a una realidad desgarradora- tendrán eco y trascendencia.

A pesar de lo siniestro del paisaje, desde cierto punto, pude ver algo increíblemente paradójico: a la par del desconcierto de la basura acumulada, varias garzas blancas volaban sobre una laguna que riega una siembra de hortalizas. Viéndolas volar con su belleza en lo alto, evoqué a Rugama: Los hijos de la gente de Acahualinca no nacen por hambre / y tienen hambre de nacer para morirse de hambre / Bienaventurados los pobres porque de ellos será la Luna.

ESTUDIANTE DE DISEÑO GRÁFICO.

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