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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 309 | Diciembre 2007
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América Latina

El silencio de Chávez

Chávez: “Ayer lo dije y lo repito: ese señor Aznar es un fascista…” Zapatero: “Quiero expresar al Presidente Hugo Chávez que en una mesa en la que hay gobiernos democráticos que representan a sus ciudadanos, en una comunidad iberoamericana que tiene como principios esenciales el respeto… Chávez: “Aznar es un fascista y un racista…” Zapatero: “Se puede estar en las antípodas de una posición ideológica y no seré yo el que esté cerca de las ideas de Aznar, pero el ex-Presidente fue elegido por los españoles y exijo respeto…” Chávez: “Una serpiente es más humana que un fascista o un racista; un tigre es más humano que un fascista o un racista…” Juan Carlos: “¡Por qué no te callas!”

Andrés Pérez Baltodano

Se ha hablado hasta la saciedad de todo lo que dijo el Presidente Hugo Chávez en su desencuentro con el Presidente español José Luis Rodríguez Zapatero y el Rey Juan Carlos en la XVII Cumbre Iberoamericana celebrada en Santiago de Chile, a inicios de noviembre. Pero nada se ha dicho sobre su deslumbrante silencio después que el Rey lo conminara a callarse. En el video de la reunión se observa a Chávez hostigando e interrumpiendo a Rodríguez Zapatero. Luego aparece Juan Carlos moviendo la mano agresivamente contra Chávez y, segundos más tarde, su ya famoso: ¡Por qué no te callas! Chávez ha dicho que él no escuchó el regaño de Juan Carlos, algo que claramente desmiente el video que recoge la confrontación entre el español y el venezolano.

DESPUÉS DEL REGAÑO, SILENCIO

Después del exabrupto de Juan Carlos, Chávez se calló. Y como niño regañado, escuchó en un incómodo silencio el final de la lección de urbanidad que le dictó un furioso Rodríguez Zapatero, y el aplauso condenatorio a Chávez con que lo respaldaron muchos de sus colegas. ¿Por qué no se atrevió Chávez a contestarle al Rey y decirle algunas de las cosas que el coronel bolivariano ha expresado hasta después de la borrasca: Será Rey, pero no me puede hacer callar o ¡Ni mil reyes me callan!?

No se necesitaron mil reyes, ni dos reyes, para desinflar a Chávez. Un descompuesto y callejero Juan Carlos fue suficiente. Trompada contra trompada, como le gusta a Chávez. Un ganador, un perdedor. Chávez derrotado en el juego que a él más le gusta: el de la agresión verbal y la improvisación.

ENTRE LA AGRESIVIDAD Y LA SUMISIÓN

El apabullamiento de Chávez después del regaño de Juan Carlos contrasta con el aplomo y la seguridad con que minutos antes había despotricado contra los males de todos los tiempos y los imperialismos de todas las latitudes. Contrasta con la energía con la que, después de la reunión, ha respondido a la grosería del rey. Contrasta, sobre todo, con la exuberancia de sus intervenciones en sus discursos de plaza pública y en los interminables Aló Presidente con los que tortura a sus adversarios en Venezuela.

El contraste entre la agresividad de Chávez y su silencio después del regaño de Juan Carlos es sintomático de uno de los grandes problemas que padecen muchos líderes latinoamericanos cuando se relacionan con el poder y, especialmente, con el poder de Europa y los Estados Unidos: Oscilan entre la exagerada agresividad y la patética sumisión sin ser capaces de encontrar el punto medio desde dónde podrían defender la posición de nuestros países con inteligencia y, sobre todo, con efectividad.

En este sentido, a los Chávez de nuestro sufrido continente se aplica aquello que dijera el nicaragüense Santiago Argüello en 1929: Nos disparamos solos. Somos catapultas o besos; pero, para amar o para aborrecer, para censurar o para sublimar, es siempre con explosión de Santa Bárbara. Nunca somos ecuánimes. Extremismos de polo, sin zona ecuatorial. El inglés guarda la carta que le enoja, y la contesta cuando ya su mente está serena. Nosotros, al revés, la contestamos en seguida; y, si nos pasa el enojo, ya no la contestamos.

UN EJEMPLO DE SENCILLEZ Y DIGNIDAD

¿Será que nuestros dignatarios no están convencidos de que, desde las posiciones que ocupan, pueden relacionarse con los dignatarios de otros países -incluyendo aquellos de países más poderosos que los nuestros- en un plano de igualdad formal? Pareciera que no. También pareciera que no están convencidos de su capacidad para debatir y exponer sus razones con ecuanimidad; es decir, sin recurrir a las frases comunes y al grito. Parecieran dudar de su propia legitimidad.

Por eso en una ocasión escribí, y ahora lo repito -a riesgo de que me llamen admirador de la infinitamente elástica “oligarquía” que han inventado algunos desde el partido pandilla en el gobierno para encontrarle un enemigo al Estado Mara que están ayudando a construir-, que el ejemplo de la Presidenta Violeta Barrios de Chamorro, en sus relaciones con los poderosos del mundo, fue un ejemplo de sencillez y dignidad que los nicaragüenses y los latinoamericanos deberíamos estudiar con atención. Esa mujer mostró las posibilidades que ofrece una mente no colonizada. Y vale la pena aclarar: el caso de Violeta Barrios de Chamorro no se explica por su posición de clase, porque la clase a la que ella pertenece ha generado un sinnúmero de dirigentes bipolares que se mueven entre la sumisión y la agresividad frente al poder.

COHESIÓN SOCIAL: UN CONCEPTO VACÍO

La inseguridad de nuestros gobernantes es una desgracia para los países que representan. Por esa inseguridad -que ni el hiperbólico discurso de Chávez logra esconder-, Venezuela y América Latina perdieron la oportunidad que ofreció la Cumbre Iberoamericana de Santiago para discutir temas tan importantes como el de la cohesión social, el tópico central de esa reunión. Perdimos, porque algunas de las quejas mal articuladas de Chávez contra ese concepto son válidas. La cohesión social es una idea propagada por los gobiernos europeos para facilitar la integración de las sociedades latinoamericanas dentro de los marcos comerciales que hoy promueven. Ese concepto no fue pensado para enfrentar el problema que para nosotros significa la integración transnacional de sociedades desintegradas por la desigualdad social, las disparidades territoriales, el racismo, y las desigualdades de género.

Chávez fue incapaz de tratar esos problemas con inteligencia y con seriedad. Cualquiera que tenga el tiempo para leer el texto de su intervención en la cumbre de Santiago, se dará cuenta de que el mandatario venezolano los abordó con una superficialidad que raya en la irresponsabilidad.

LA SOFLAMA DE DANIEL ORTEGA

Al igual que Chávez, Daniel Ortega oscila entre la agresividad y la sumisión en sus relaciones con el poder y los poderosos. Durante la campaña electoral pasada, por ejemplo, coqueteó en forma vergonzante con Washington. Todos recordamos la foto en la que aparece haciendo su entrada a la Plaza de la Fe, flanqueado por una bandera de Nicaragua y otra de los Estados Unidos.

Ignorado por Washington, Ortega reaccionó como un novio despreciado, denunciando a los Estados Unidos en los foros internacionales en los que participa, con un discurso cansado y falto de imaginación. ¿Y qué decir del contraste entre sus incesantes condenas contra el capitalismo global y su sonrisa de quinceañera enamorada frente a Carlos Slim, una de las mejores encarnaciones del más salvaje de los capitalismos: el del capital construido mediante el ordeño del Estado?

YA LO ADVERTÍA CAMILO TORRES

No hubo ganadores en los desordenados enfrentamientos provocados por Hugo Chávez durante la sesión de clausura de la Cumbre Iberoamericana de Santiago. Perdió la Presidenta Bachelet, como anfitriona de una reunión que será recordada por el ambiente de cantina que dominó su clausura. Perdió el Rey Juan Carlos, quien terminó desbordado como niño pendenciero frente a las provocaciones de Chávez. Perdió el Presidente venezolano porque mostró nuevamente que el disfraz de Bolívar que gusta vestir, le queda inmensa y ridículamente grande. Perdimos los nicaragüenses, representados ahora por un mandatario que nos hace aparecer como un país de chiste y anacrónico.

Perdió América Latina, porque la simple presencia de Chávez y Ortega, como presidentes electos democráticamente por sus propios pueblos, muestra que los latinoamericanos todavía somos arrastrados por políticos expertos en lo que Camilo Torres llamaba los fuegos fatuos de la elocuencia tropicalista. Esos fuegos, decía el sacerdote-guerrillero, hacen recordar, dentro de un cuadro cultural distinto, aquellas Cortes decadentes del Renacimiento, donde los dirigentes realizaban juegos florales, charadas y pantomimas, mientras el pueblo se debatía en la miseria. Cuando despertaron de ese marasmo irresponsable, se encontraron ante el cadalso.

El cadalso, afortunadamente, ya no se usa. Pero la advertencia de Camilo Torres es, de todas maneras, válida. Con su conducta, Hugo Chávez y Daniel Ortega siembran su propia desgracia. Crean tantos enemigos y alienan a tanta gente que, para sobrevivir, necesitan eternizarse en el poder. Pero es imposible mantener el poder indefinidamente por aquello de que no hay mal que dure cien años ni cuerpo ni pueblo que lo resista, especialmente en América Latina, donde los pueblos -al igual que sus gobernantes- oscilan entre la sumisión y la violencia frente al poder.

LA LECCIÓN DE VENEZUELA:
UN LIDERAZGO QUE PROMUEVA CONSENSOS

Los resultados del referéndum sobre las reformas constitucionales en Venezuela, celebrado tan sólo tres semanas después de la Cumbre chilena, deberían conducir, tanto a Chávez como a Ortega, a recapacitar y a darse cuenta de que la estabilidad del orden social depende de la capacidad que un régimen político tiene para transformar su poder en autoridad.

Esa transformación solamente puede darse mediante un liderazgo que entienda que la democracia, en sociedades socialmente fragmentadas como Venezuela y Nicaragua, significa promover y facilitar la construcción de consensos sociales que integren con justicia los derechos y las obligaciones de todos los sectores de la sociedad. Yendo en sentido contrario, Chávez y Ortega han mostrado ser expertos en el arte de la polarización política que se nutre de las profundas desigualdades que sufren nuestros países latinoamericanos. La reflexión que nos ofrece Camilo Torres advierte que en más de una ocasión esa polarización ha terminado devorando a los que la alientan.

CATEDRÁTICO DE CIENCIAS POLÍTICAS EN CANADÁ. MIEMBRO DEL CONSEJO EDITORIAL DE ENVÍO.

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