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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 308 | Noviembre 2007
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Nicaragua

Ticaragüenses: identidades binacionales en la frontera líquida

Los odres viejos de las naciones son ya incapaces de contener el vino nuevo de las dinámicas poblacionales, los flujos de información y las estrategias sociales. Quienes viven en las fronteras viven la vida a medias en ambos países. Son enlaces y puentes que tejen lazos de unión. Todo esto ocurre en Nicaragua en las orillas del río San Juan, ombligo de la nicaraguanidad, objeto de rivalidades absurdas, pero también espacio donde están naciendo identidades binacionales y con más tiempo y voluntad, ciudadanías binacionales.

José Luis Rocha

Corren los pies cruzando la raya. No hay motivo para temer su rumor. ¿Qué llevan, qué traen? No sé. Lo importante es que lleven y traigan. Que mezclen. Que cambien. Que no se detenga el movimiento del mundo. Se los dice un viejo mudo e inmóvil. Pero no ciego. Que mezclen. Que cambien. Eso es lo que defendí. El derecho a cambiar. Traía algo que no podía darse sólo en uno u otro lado de la frontera, sino en ambos lados. Ésas eran cosas difíciles de entender en los dos lados. (Carlos Fuentes, “La frontera de cristal”).

2007: DE NUEVO EL FUROR PATRIÓTICO

Repentinamente, en Nicaragua este octubre 2007 dejamos de ser un país fragmentado por el “sálvese quien pueda” y nos convertimos en una nación compacta que conoce y defiende sus intereses. El consenso mediáticamente fabricado sobre el fallo de la Corte internacional de La Haya en relación a los límites marítimos Honduras-Nicaragua fue la ocasión. Este consenso fue cosechado por tres líderes políticos rivales: Alemán que interpuso la demanda en 1999, Bolaños que la sostuvo a lo largo de su tambaleante administración y Ortega que aplaude el fallo con furor. Los tres deponen sus agrias diferencias para saludar un veredicto en el que culminaron ocho años de deliberaciones. La derecha neosomocista, la élite tradicional y una izquierda sandinista de apariencia se funden en una trenza que exhibe la sicodélica cabellera de la patria y celebra la gesta nacionalista. El talento derrochado, los esfuerzos consumidos y los impuestos drenados -todos dignos de mejores causas- escapan a la severa balanza del cálculo costo-beneficio. La patria -como metáfora de la madre- se merece todo.

Desde sus coloridas primeras planas y sus estridentes y obsesivamente reiterados “última hora”, los medios nos dijeron que se trata de un asunto de capital importancia para el país. Para disipar dudas, las élites políticas hablaron al unísono como filarmónicos heraldos de un sentir nacional. Nadie menciona cuánto costaron ocho años de negociaciones en La Haya y cuáles son los beneficios reales -fuera de poner fin a una disputa bizantina- porque se oculta que las élites inventan fiebres que los de abajo sudan y pagan. ¿Qué hechiceros hilos tiene esa valla imaginaria para conseguir que aplaudan más de cinco millones de nicaragüenses? ¿Y qué tiene que ver ese hechizo con las migraciones? ¿Y qué dice de la posibilidad o imposibilidad de que se construyan ciudadanías que trasciendan las fronteras?

LA CONSTRUCCIÓN DE NACIONES Y FRONTERAS
EN EUROPA Y EN AMÉRICA

Las fronteras, esos muros imaginarios, delimitan naciones. Las naciones son unidades administrativas. Son la forma que el Estado adopta en las llamadas sociedades modernas. Pero también son sustratos espaciales de los que el hambre de identidad se sirve para activar esa relación autoconstituyente sí mismo/otros. El historiador británico Benedict Anderson se ocupó del surgimiento de las naciones y el nacionalismo en “Comunidades imaginadas”, un clásico sobre la sensación personal y cultural de pertenecer a una nación, es decir, sobre ese dispositivo que hace que, independientemente de la desigualdad y la explotación que en efecto puedan prevalecer en cada caso, la nación se concibe siempre como un compañerismo profundo, horizontal. Según Anderson, en última instancia, es esta fraternidad la que ha permitido, durante los últimos dos siglos, que tantos millones de personas maten y, sobre todo, estén dispuestas a morir por imaginaciones tan limitadas.

Las comunidades nacionales europeas hunden sus raíces en la interacción semifortuita de diferentes factores: el desarrollo de nuevas ideas de cómo organizarse, la emergencia de un nuevo sistema de producción, la diversidad lingüística y las nuevas tecnologías de la comunicación. La Ilustración y su secularismo racionalista quebraron el sentimiento de comunidad religiosa y las bases de los reinos dinásticos, sentimientos y bases que eran globales en la imaginación y localizados en los aspectos prácticos cotidianos. Los sucedieron entidades territorializadas que a veces coincidieron con el predominio de ciertas lenguas. Adoptando algunas de éstas como oficiales y excluyendo otras, las administraciones estatales emprendieron un proceso de selección que significó el triunfo de unas lenguas sobre otras: el inglés sobre el gaélico, el francés sobre el bretón, el castellano sobre el catalán.

Los periódicos y libros reforzaron este proceso. Los periódicos crearon comunidades imaginarias de lectores a quienes interesaban ciertos barcos, bodas, obispos y precios. Los periódicos lograron que, lectores que no se conocían directamente unos a otros, se sintieran parte de una colectividad con cierto rango de intereses en común. Y fue así como la imprenta y los aparatos estatales crearon comunidades lingüísticas que dotaron de sentido a las delimitaciones político-administrativas.

En América, y luego en África y Asia, las unidades administrativas coloniales -arbitrarias y fortuitas, por cuanto a menudo señalaban los límites espaciales de conquistas militares particulares- fueron el germen de realidades que, con el tiempo y bajo la influencia de factores geográficos, políticos y económicos, adquirieron firmeza. La diversidad de suelos y climas, y las dificultades de comunicación en la época pre-industrial, sentaron las bases de una creciente autonomía a la que las potencias colonizadoras dieron pábulo estableciendo normas económicas que reforzaron el carácter autónomo de los fragmentos administrativos: en América, las entidades administrativas de la gran Colonia española no podían comerciar entre sí, sino únicamente con la metrópoli.

A esta autonomía se agregó la dualidad del servicio a la Corona. El reino, el virreinato y la capitanía ofrecían a los españoles una carrera profesional de amplia movilidad: podían trabajar en Perú, luego en Guatemala y más tarde en Florida. Pero los funcionarios criollos, constreñidos a una pequeña región, desarrollaron un sentido de identidad limitado a las divisiones administrativas que demarcaban los límites de su carrera profesional. En ellos se fue generando un sentimiento grupal-espacial que hoy coincide con las naciones. Las divisiones coloniales tendieron una sombra alargada, como después han demostrado los reiterados y fallidos intentos de integración centroamericana. Las iniciativas integracionistas que logran cierta duración son aquellas que multiplican los cargos honoríficos y abren las puertas a jugosas remuneraciones para las élites, como el Parlamento Centroamericano y el Sistema de Integración Centroamericana, el PARLACEN y el SICA.

UNA NACIÓN: UNA COMUNIDAD IMAGINADA

Basado en sus pesquisas históricas, Anderson propone la siguiente definición de nación: una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana. Es imaginada porque aun los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión. Las naciones son delimitaciones territoriales que parecen cobrar vida propia. Pese a sus orígenes, a veces nítidamente rastreables, las naciones presumen de tener un pasado inmemorial y miran hacia un futuro ilimitado. El nacionalismo convierte el azar en destino. Los ciudadanos suponen que el fragmento de mundo en que nacieron les estaba reservado desde el big bang. Y de esta posición no toman mucha distancia ni siquiera los escépticos cosmopolitas, como Regis Debray, que llegó a reconocer: Sí, es enteramente accidental que yo haya nacido francés; pero después de todo Francia es eterna. Las divisiones administrativas convencionales se naturalizan para perpetuarse porque constituyen instrumentos para los grupos dominantes.

¿Cómo lograr que muchos se sientan parte de una unidad? ¿Cómo lograr que muchos asuman que comparten ciertos rasgos e intereses en común? ¿Cómo embutir acontecimientos desbocados en un trozo de tierra, de modo que se produzca una selección de las narrativas canónicas y grupos heterogéneos asuman ciertas experiencias como vida en común?

La construcción de la historia -ese pasado que se construye desde el presente- como un camino hecho por una colectividad claramente identificable es un trabajo arduo. Se realiza en parte de manera espontánea, pero también tiene sus momentos “oficiales” y su casta sacerdotal. La confección de la memoria colectiva a cargo de los historiadores es un momento clave. Ciertos autores y versiones son descartados y sólo un grupo muy selecto consigue un asomo de eternidad en las biblias nacionales.

BIBLIAS NACIONALES, LEYENDAS HEROICAS
¡Y EL RÍO SAN JUAN!

Consagrados por las ediciones de entidades financieras y por los autores de libros de texto en Nicaragua han quedado la “Historia de Nicaragua” y la “Historia moderna de Nicaragua” de José Dolores Gámez, las “Obras históricas completas” de Jerónimo Pérez, los tres tomos de la “Historia de Nicaragua” de Tomás Ayón, y las obras de Pío Bolaños y Carlos Cuadra Pasos. La mayoría de estos textos fueron escritos por disposición de presidentes o a favor de ellos y su proyecto de nación.

Algunos acontecimientos permitieron a estos autores la confección de las leyendas heroicas nacionales y las bofetadas al ego nacionalista: la fugaz aventura y Presidencia del filibustero William Walker, la piedra con la que el peón de hacienda Andrés Castro derribó a un bien entrenado y mejor armado soldado estadounidense, el río San Juan como emplazamiento idóneo para un canal interoceánico, y muchas más. En la relación con Costa Rica, la pérdida del territorio de Guanacaste fue y sigue siendo un hito, una herida que no cicatriza y aún sangra por el río San Juan. Las disputas con Costa Rica en relación a la posesión y uso de ese río son la pesadilla recurrente del colectivo nicaragüense. Su reaparición convoca, disuelve las diferencias de clase, rompe barreras ideológicas, allana las rutas comunes, hilvana iniciativas dispersas y que mal se avienen, desprecia consideraciones económicas y anula la fraternidad entre naciones. Vimos la puesta en escena de todo esto cuando en septiembre de 2005 se fabricó un sorprendente consenso en relación a las coces chauvinistas que lanzó contra el gobierno costarricense el Canciller de un gobierno con tan escaso control del aparato estatal y mínimo juego político como el de Enrique Bolaños.

Los tratados, laudos y convenios sobre el río San Juan han sido tan obsesivamente glosados en todas las épocas de la historia nicaragüense que podrían presentarse como nuestra propia Torá y sus comentarios como nuestro Talmud. La profusión de calcomanías que rezan El río San Juan es nica y las reediciones de dichos tratados evidencian que el ombligo del nacionalismo nicaragüense está en el río San Juan.

Además de los avatares del río San Juan, existen otros eventos, rutinas, hábitos, textos, ritos y tradiciones que fundan nacionalidad. La Purísima como fiesta de los valores redistributivos de la sociedad nicaragüense es una caracterizadora de cierta ética nacional: religiosa, gregaria y hospitalaria. Los maestros han sido los intelectuales orgánicos más machaconamente fieles al nacionalismo con su voluntad de convertir las fiestas patrias y toda su simbología nacionalista-castrense en el núcleo de la formación cívica de sus pupilos. En un país donde impera la improvisación, los tamborileros patrios y las palillonas en minifalda entrenan casi seis meses antes del rito anualmente repetido. El Güegüence -ahora convertido por la UNESCO en patrimonio cultural de la humanidad- es frecuentemente presentado como un compendio de las virtudes y vicios del nicaragüense: embauca al opresor y es pícaro, afrentador y guatusero.

EN 1980 IMAGINAMOS POR PRIMERA VEZ LA NACIÓN

La Cruzada Nacional de Alfabetización de 1980 fue un instrumento al servicio de un programa ideológico cuyo alcance trascendió la mera reducción de la tasa de analfabetismo e incluso el proceso de concientización que la pedagogía a lo Paulo Freire se propone. Así lo analiza Luciano Baracco en un interesante artículo que presenta esa movilización masiva como un proyecto de construcción de la nación.

Fue la primera vez en la historia del país en que emisarios del aparato estatal llegaron hasta el último rincón del territorio nacional con una misión de beneficio público. Y no se trataba de una misión coercitiva. Generalmente los cuerpos policiales y militares son las ramas más visibles y omnipresentes del Estado. En la Cruzada se habló de un ejército educativo, siguiendo la propensión de entonces por las metáforas militares, pero sus logros fueron más que educativos. La Cruzada hizo posible imaginar una nación, no sólo en términos de una comunidad delimitada, sino también como una comunidad política con una identidad definida. Si Anderson identificó la diseminación del capitalismo impreso como un mecanismo esencial para vincular significativamente como una comunidad nacional a personas dispersas sobre un territorio dado, Baracco encuentra que, en un contexto de debilidad del Estado y escaso desarrollo de las relaciones capitalistas, este rol lo desempeñó la Cruzada de Alfabetización porque la participación masiva en un evento generó un sentido de coincidencia temporal que nunca antes había existido.

En 1980 imaginamos la nación. Es decir, imaginamos eventos simultáneos contenidos en un territorio. Periódicos, programas radiales y el boletín quincenal del Ministerio de Educación “La Cruzada en marcha” fueron instrumentos para crear ese tiempo único. La radio -en un país de analfabetos- jugó el papel que Anderson atribuye a la imprenta en los países europeos: creó el sentimiento de pertenencia a un lugar. Las cartillas de la alfabetización -instructivos de la historia nacional- generaron una nueva conciencia cultural. Y de hecho, la alfabetización misma sentó las bases para que los periódicos pudieran ser un medio para relatar la experiencia colectiva que funda la nación. El intercambio entre habitantes del campo y la ciudad, y el contacto entre grupos sociales de distintos niveles de ingresos, cultivaron un conocimiento de los “otros” para crear una comunidad nacional cuyo discurso hegemónico proclamaba una sociedad incluyente.

“PAQUETES IDEOLÓGICOS” NACIONALISTAS:
XENOFOBIA, RIVALIDAD, EXCLUSIÓN...

Los contenidos de la nacionalidad pueden ser muy variados. En su imprescindible libro “Otros amenazantes”, el investigador costarricense Carlos Sandoval afirma que el nacionalismo y las identidades nacionales pueden asumir diversas manifestaciones; en ocasiones pueden ser parte de luchas anti-imperialistas y anticoloniales, pero también pueden ser fuente de exclusión y racialización.

No podemos valorar con el mismo rasero la narrativa de la nacionalidad que presenta la exclusividad de una nación sobre la base de ser un paraíso ecológico la que apela a una presunta pureza racial. Prefiero hablar de paquetes ideológicos, donde las narrativas de nacionalidad pueden estar asociadas a diversos contenidos que no le son intrínsecos y que pueden tener mayor o menor perfil. La Cruzada Nacional de Alfabetización -como instrumento de nacionalidad- fue un intento de construir una nación incluyente y abierta a la diversidad cultural. Del proceso de concientización debían surgir un hombre y mujer nuevos. Pero no todos los paquetes ideológicos que tienen instrumentos y contenidos de nacionalidad resultan ser tan socialmente terapéuticos.

La mayoría de los paquetes ideológicos con altos contenidos de nacionalidad fomentan la rivalidad, la competencia y la exclusión de los “otros”. Deforman la realidad. Atizan la xenofobia. Son excluyentes de ciertos grupos sociales y étnicos -son totalitarismos étnicos-, y construyen una falsa comunidad de intereses que sirven de cortina de humo a la opresión de unos grupos por otros. Muchos instrumentos del nacionalismo sirven a aviesas intenciones y entrañan peligros. A la postre, los grupos dominantes logran extraer el mayor provecho de los consensos nacionalistas.

NACIONALISMO: CON LA FUERZA DE LO RELIGIOSO

Los mitos, ritos, prácticas y textos de la nacionalidad hacen uso de ciertas técnicas literarias y figuras retóricas. Se valen de instrumentos que también podríamos considerar como mecanismos freudianos de defensa de ese narcisista “yo” nacional. El uso y el abuso de estos mecanismos devienen sentido común, tal y como lo entendió Gramsci: concepciones populares tradicionales propias del hombre medio, filosofía espontánea impuesta por el medio ambiente y configurada por la absorción acrítica de residuos de múltiples corrientes culturales precedentes. Es la ideología de las masas, configurada por las condiciones culturales y caracterizada por ser ingenua, desarticulada, dogmática, conservadora y por favorecer la pasividad y la aceptación del orden social existente. Son percepciones que asumen la granítica, compacta y fanática fuerza de creencias populares.

Pierre Bourdieu diría que se convierten no sólo en pensamiento, sino que son las mismas categorías de lo pensable. Se enquistan como triquinas culturales. Y se diseminan. Se reproducen con las pláticas cotidianas. Se sacralizan en proverbios. Se fosilizan en etiquetas. Y vacunan a sus portadores contra el disenso. Los impermeabilizan a las brisas de pensamiento autónomo.

El nacionalismo y sus instrumentos participan de todas estas características. Por eso el nacionalismo tiene la fuerza de lo religioso. Gramsci observó que las ideologías que tienen arrastre entre las masas son como una fe, y son aceptadas y reproducidas porque refuerzan la cohesión del grupo y expresan sus experiencias.

El evento centroamericano más dramático -que ejemplifica una cortina de humo nacionalista y un arrastre comparable a la religión- donde las masas asumieron los intereses nacionalistas de las élites convertidos en sentido común fue la llamada Guerra del Fútbol de 1969 entre Honduras y El Salvador. El malestar social disfrazó su verdadera naturaleza para adquirir una formulación nacionalista y estallar durante un juego de fútbol. Las élites de ambos países lograron que la convulsión social identificara un “otro” extranjero -una nación entera- como chivo expiatorio de todas sus dolencias. En Honduras, la falta de disponibilidad de tierra no fue achacada a la geofagia de los latifundistas nativos, sino a los minifundistas salvadoreños. Los hijos de Morazán no distinguieron entre distintas clases de salvadoreños. Los enemigos no fueron los prósperos industriales salvadoreños que supieron sacar el mejor partido del Mercado Común Centroamericano, aventajando con creces a la poco industrializada Honduras, sino los campesinos que habían migrado a ese país en busca de la tierra que en el suyo les negaban.

Gramsci concluyó que la producción del sentido común estaba a cargo de los intelectuales ligados a las clases dominantes, quienes asumen la tarea de lograr que la ideología de los poderosos se convierta en un artefacto cultural popular, común y evidente, asumido acrítica y mecánicamente por las masas.

LOS MECANISMOS QUE USA “EL NICARAGÜENSE” DE PABLO ANTONIO CUADRA

La primera edición de “El costarricense”, de Constantino Láscaris, apareció en 1962. Cinco años después, en el centenario del natalicio de Rubén Darío -fecha emblemática para el nacionalismo nicaragüense, si las hay- vio la luz la primera de muchas versiones de “El nicaragüense” de Pablo Antonio Cuadra, un intelectual de la aristocracia granadina. Su libro recoge artículos previamente publicados en las páginas de “La Prensa”.

Cinco años de diferencia entre uno y otro. ¿Una causa tácita común? Ambos surgieron durante el apogeo del Mercado Común Centroamericano. Quizás para elucidar quién ponía qué en ese mercado. O para enfatizar que ni la costarriqueneidad ni la nicaraguanidad podían ser anuladas o diluidas en la centroamericanidad. O acaso para explicar los desacuerdos, cuellos de botella y oportunismos de ese mercado -que hundían sus raíces en los desarrollos desiguales de las industrias nacionales- como destinos manifiestos de la heterogeneidad cultural embutida en tan minúscula región.

Las dos obras, como muchas otras -literarias, musicales, plásticas, del sentido común, etc.- son -y a su vez hacen uso de- mecanismos de construcción de la identidad nacional. Para evidenciar el uso de ciertos mecanismos resulta ideal “El nicaragüense” de Pablo Antonio Cuadra, no por ser el único ni el más agresivo exponente de nuestra nacionalidad, sino porque su título, la manera atractiva de presentar sus argumentos y la prominencia que su autor ha tenido en la literatura nacional -y nacionalista- lo convierten en un caso emblemático.

En primer lugar, tenemos el mecanismo de “generalización reductora”. Consiste en atribuir a toda la población los rasgos de un grupo específico, despreciando las diferencias de clase, etnia, género y religión, entre otras. Sandoval apunta que aquellas diferencias entre miembros de la misma categoría son minimizadas y las diferencias entre categorías son exageradas. Con este mecanismo se destila un promedio, un prototipo del nicaragüense. Cuadra confiesa ese propósito de dar con la media cultural: Yo no trato de encontrar el término medio fisionómico del nicaragüense, sino su tipo cultural. Pero quizás sea aconsejable seguir un proceso análogo al de Frobenius: tomar placas de su personalidad colectiva, montarlas, y ver al cabo qué rasgos se dibujan de esa fisonomía en la que todos participamos.

RESULTADO DE LA GENERALIZACIÓN: TOTALITARISMO ÉTNICO

El nicaragüense de Cuadra es ante todo masculino y reside en el Pacífico, primordialmente en Granada y León: Nicaragua -dice- es tres países geográfica y poblacionalmente distintos: el país del Pacífico (que ha sido el país rector, el que ha dado su tónica a nuestra nacionalidad), el país del Norte y el país del Atlántico. El país del Atlántico cuenta como una región cuyas riquezas deben ser conquistadas: Somos la nación de América que puede meterse el Atlántico en el bolsillo. Esa riqueza -con ser tan enorme- constantemente la hemos olvidado o echado a perder. Según Cuadra, el Caribe no es el nicho de culturas con las que debemos dialogar y con las que hemos sostenido un intercambio, las más de las veces pernicioso para ellas y muy ventajoso para el Pacífico.

Para generalizar, se reduce. Se constriñe la riqueza. Se cercenan regiones y grupos. Sandoval nos muestra cómo las narrativas de la nacionalidad expulsan de la nación ideal regiones del país que no coinciden con la representación deseada de la patria. En Cuadra, León y Granada son todo. Son oriente y occidente, son el norte y el sur. Las casas descritas y sus materiales son los del Pacífico, de hecho característicos de ciertas zonas y clase sociales. Para él, Nicaragua es un país de mestizos y la Nicaragua indígena es relegada al pasado remoto y se compone únicamente de maribios, chorotegas, nahuas y aztecas. No hay mayangnas ni garífunas.

Las diferencias de clase las explica como diferencias de tiempo: Nicaragua es un encuentro de edades distintas. Si las culturas del Caribe son expulsadas de la geografía ideal, los pobres son expulsados del presente. Los pobres no son un grupo o grupos que luchan en el presente contra su explotación: el pobre vive en una Nicaragua atrasada, vive en un ayer cultural junto a porciones que viven el hoy y viene -según sea la profundidad de su distancia cultural- del tiempo de la Colonia, o del siglo pasado. La explotación es la consecuencia inevitable del encuentro entre el “atrasado” -ingenuo y confiado, hecho a un ritmo más lento- y el “evolucionado”, adiestrado en la agresividad comercial moderna.

Para los constructores de homogeneidad es preferible hablar de convivencia de edades que de divergencia de intereses. El lector se pregunta: ¿Quién es ese nicaragüense? ¿Los mayangnas? ¿Los garífunas? ¿Los habitantes del Open 3, hoy Ciudad Sandino?

El arquitecto de la nacionalidad disfraza la heterogeneidad de homogeneidad para que emerja lo común y la comunidad. El resultado es un totalitarismo étnico. Y mucho más. Porque la generalización reductora no sólo es una especie de mecanismo literario o recurso retórico. Cuaja en una estrategia política y socioeconómica con concreciones objetivas excluyentes.

LOS RASGOS, LA GEOGRAFÍA, LA HISTORIA:
SOMOS “ÚNICOS”, SOMOS EXCLUSIVOS

Un segundo mecanismo consiste en la presunción del monopolio de ciertos rasgos: se presentan como exclusivos los rasgos que los pobladores de una nación a menudo comparten con los de otras naciones. Sandoval observa que las imágenes de ser ‘único’ son una de las narrativas más frecuentes en narrativas de nacionalidad. Cuadra, como muchos otros nacionfílicos, empieza por asentar las particularidades culturales -para que parezcan más sólidas y naturales- sobre presuntas excepcionalidades geográficas: La misma formación geológica de Nicaragua ya nos advierte que el futuro habitante de tal lugar será un hombre transeúnte.

Y luego señala otro rasgo único: Nicaragua es descubierta y formada, ya no entre las dos Américas como en tiempos prehistóricos, sino entre los dos mares. Pero, ¿no comparten este rasgo el resto de países centroamericanos, salvo El Salvador y Belice? Alimentando el mito del Estrecho dudoso, la construcción del canal por Panamá aparece como un desafortunado albur histórico que arrebató a Nicaragua su destino natural.

Las particularidades se explican a partir del clima y la geografía: Somos un país de sólo dos estaciones:
invierno -reino del fango- y verano, reino del polvo. Escenario dual que se agrava por un paisaje de lagos y volcanes, y que engendra un hombre dual. Las particularidades del entorno moldean al carácter: El nicaragüense nace en el ángulo de una Y griega, en un vértice mediterráneo que obliga a la incesante empresa de unir, fusionar y dialogar.

Después de la geografía, la historia es el otro factor determinante: en Nicaragua se juntaron dos corrientes colonizadoras del norte y del sur, produciendo el fenómeno bastante original en la historia de América, de un país bajo la rectoría bicéfala de dos ciudades. Como señala Sandoval, es frecuente presentar las identidades como profundamente enraizadas en el pasado colonial. Pero en esa apelación al pasado hay una selección de hitos históricos, determinantes, constitutivos y fundacionales de la esencia nacional.

USANDO DESMESURADAS
EXAGERACIONES LÍRICAS

Estos condicionantes se supone que dieron origen a rasgos únicos, que no tienen nada de tales: la sucesiva refundación de una ciudad en distintas ubicaciones, el carácter aventurero, el nicaragüense como hombre de esposas ilegítimas, como campesino de machete siempre desenfundado y como tipo imaginativo, fantasioso, que con mucha frecuencia llega a la extravagancia barroca o a la fanfarronería. ¿Sólo el nicaragüense es así? Otro tanto ocurre con su reclamo de que los nicaragüenses son llamados los chinos de Centroamérica y los judíos del istmo, una observación que recuerda el Poema de amor de Roque Dalton, donde los migrantes salvadoreños, diseminados por doquier, son los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo...

Para que resalte lo propio, lo característico, lo que hace de cada nación algo único, el narrador de nacionalidad no vacila en monopolizar rasgos latinoamericanos e incluso universales, y confiscar características que otras naciones han desplegado con mayor notoriedad. ¿Podemos competir con los salvadoreños por el epíteto de ser “los chinos de Centroamérica”, cuando en la década de los sesenta ya los teníamos por miles como cortadores de naranja en Nicaragua y pasando por hondureños en Honduras?

Un tercer mecanismo, estrechamente ligado al anterior, es el uso de la hipérbole: se exageran ciertos rasgos hasta producir un caricaturesco superdotado prototipo nacional. Cuadra alaba al extremo la profusa labia del nicaragüense: Si le dan la palabra o le aproximan el micrófono nos cubrirá con una frondosa y exuberante oratoria.

Celebra sin mesura el ingenio artesanal: Los artesanos son admirables para solucionar cualquier problema o reparar cualquier artefacto descompuesto con los recursos más inauditos. No se mide en elogios desproporcionados ante la cocina nacional: Repasemos la cantidad de platos que el nicaragüense elabora a base de maíz y nos encontraremos que, en sólo ese renglón, nuestra cocina es tan amplia y tan fantasiosa como la mexicana. (Me fascina el indio viejo, pero jamás tendrá la sofisticación gourmet y exuberancia pictórica de un buen mole poblano). Cuando quiere realzar la sobriedad de la vivienda nicaragüense, tampoco repara en dibujar un escenario espartano: Su cocina son los tres tenamastes paleolíticos. Su silla es el taburete, el cajón, o la pata de gallina: esquemas de silla. Y al mismo tiempo declara que Nicaragua tiene los mejores y más naturales puertos de Centroamérica. No hay límites al afán de construir un tipo único que destaque en el entorno centro y latinoamericano. El hacedor del imaginario de nación se deja llevar por un arrebato lírico desmedido.

EL COSTARRICENSE:
ANTÍPODA DEL NICARAGÜENSE

Finalmente, tenemos el mecanismo del ostracismo y proyección de lo abyecto, que consiste en expulsar los rasgos indeseados y proyectarlos sobre “el otro”. Cuadra habla de la introversión del costarricense contrapuesta a la sociabilidad nicaragüense. Caracteriza al introvertido como un tipo reservado, amoroso con su mundo ambiente o enraizado en él; un tipo que construye para permanecer y cuyo carácter suele ser hosco para con el extranjero, localista, tendiente a la impermeabilidad, y poco comunicativo por índole natural. Y luego advierte que el nicaragüense es el tipo contrario -el extra-vertido-, comunicativo, efusivo, que construye y vive de paso o como transeúnte, que fácilmente reacciona con hosquedad a lo suyo propio. El costarricense dice “Pura vida”, mientras el nicaragüense exclama “¡Este país de mierda!”

Siempre con los costarricenses como antípodas del nicaragüense, Cuadra asegura que éste exalta la sobriedad y rechaza el adorno: En Costa Rica, a pocos pasos de nosotros, se encala el piso cuando es de tierra, se pinta el rancho o la casita de madera, se adorna hasta la coquetería el hogar. En cambio el nicaragüense mantiene su casa o su rancho -hablo de la mayoría- en su desnudez estructural.

Todos estos mecanismos producen significados, como señala Sandoval, que no son naturales, pero pueden ser socialmente ‘naturalizados’ y asumidos como dados, pues son imaginados por grupos sociales específicos a través de diversas prácticas. Son significados que suscitan el sentimiento de excepcionalidad para construir comunidad.

En un país donde los partidos y los políticos no presentan programas sustancialmente distintos unos de otros, la ideología nacionalista se presenta como el factor cultural hegemónico, el único vértice al que todo confluye y al que todos apelan para unificar la voluntad popular. El nacionalismo es la única ideología laica de monumental arrastre que se ha vestido con variados ropajes y que ha tenido y tiene un papel muy pernicioso en las relaciones entre Costa Rica y Nicaragua, abortando interesantes iniciativas de mutuo beneficio.

A ORILLAS DEL RÍO SAN JUAN:
OMBLIGO NACIONAL, FRONTERA LÍQUIDA

Muy lejos de todas las fiebres nacionalistas, entre gamalotes, gaspares, nutrias y cuajipales, la población nicaragüense que habita en las márgenes del río San Juan resuelve su cotidianidad en una tónica muy distinta. Viven en la frontera líquida, una demarcación que establece un límite jurídico y político. Pero ¿funciona también como un límite socio-cultural? ¿Qué dice la gente que vive sobre el límite? ¿Cómo imaginan su país los habitantes del río San Juan? ¿Qué significa ser nicaragüense y relacionarse con Costa Rica para quienes viven la periferia geográfica de la nacionalidad? Sandoval insiste en que la historia de los límites es un componente clave en las imaginaciones geopolíticas. No hay duda de que lo es para los habitantes del Pacífico y el centro del país. ¿Lo es en la misma medida para los pobladores fronterizos?

La convivencia y pláticas cotidianas con habitantes de la frontera son un ejercicio continuo de lo que Sandoval llama contestación a las narrativas de nacionalidad. Los nicaragüenses fronterizos viven en contacto con costarricenses también fronterizos y eso conduce a dos experiencias. Por un lado, como señala Sandoval sobre la convivencia de nicaragüenses y costarricenses en barrios de San José, ocurre que la proximidad parece ser una fuente de representaciones positivas o, al menos, tiende a neutralizar imágenes negativas. Y por otro lado, puesto que los fronterizos tienen muchos intereses en común, articulan su identidad no en base a la pertenencia a una nación, sino a cualquier otro dispositivo identitario: género, religión, clase social, aficiones culturales y, frecuentemente, grupo étnico.

LOS NICARAGÜENSES DE BARTOLA
Y DE SAN JUAN DEL NORTE

La contestación al nacionalismo se alimenta de cierta historia. Las personas que hoy habitan Bartola, una comarca del municipio de El Castillo, situada en la zona de amortiguamiento de la reserva Indio-Maíz, salieron de Nueva Guinea cuando la guerra de los 80 y vivieron como refugiados entre seis y nueve años en Costa Rica. En Costa Rica nacieron muchos de sus hijos y nietos.

Allá consiguieron una residencia que se cuidan de renovar anualmente para seguir accediendo a los excelentes servicios de salud costarricenses. Allá estudian algunos de sus hijos e hijas. Allá van a trabajar: unos por tres meses, otros por seis, y algunos sólo vienen de cuando en cuando a echarle un ojo a su finca. En los meses de ciertas cosechas -naranjas, banano, café-, Bartola está casi desierta. No hay bartoleño que hable mal de Costa Rica y mucho menos de sus habitantes.

En el otro extremo de la reserva Indio-Maíz está San Juan del Norte, rebautizado por Arnoldo Alemán con su nombre colonial San Juan de Nicaragua, pero cuyos habitantes no pierden ocasión de llamar Greytown, así bautizado por un rey mosco para adular a Sir Charles Edgard Grey, gobernador británico de Jamaica de 1847 a 1853. El viejo San Juan del Norte tenía otra ubicación en las inmediaciones de la laguna de río Indio. Fue destruido el 13 de julio de 1854 por la marina estadounidense y de nuevo y definitivamente a mediados de los años 80 por el enfrentamiento entre sandinistas y contras. Actualmente quedan algunos pivotes de las antiguas viviendas y los cuatro cementerios históricos: el español, el británico, el de los criollos y el masón.

El nuevo San Juan del Norte nació con el establecimiento en 1990 de treinta familias a 15 minutos en panga al sureste de su emplazamiento original. La mayoría de sus habitantes -especialmente los fundadores- vivieron en Costa Rica por varios años. Allá quedaron muchos de sus familiares, con los que mantienen vivos y activos vínculos. El municipio de San Juan del Norte tiene 1,762 kilómetros cuadrados y apenas 1,307 habitantes, siendo el de menor población absoluta y relativa del país: menos de un habitante por kilómetro cuadrado. Pero su diversidad cultural es impresionante: una no siempre discernible mezcla de costarricenses, mestizos nicaragüenses, creoles y mískitos y hasta un importante grupo de ramas.

LAS COSTUMBRES, LAS PALABRAS, LA MONEDA SON COSTARRICENSES

La vida de esta gente y su discurso son una permanente contestación a las narrativas de nacionalidad. En primer lugar, por la espontánea adopción de costumbres: palabras, comida y moneda. Desde poco después de Boca de Sábalos hasta San Juan del Norte -más de tres cuartas partes del río San Juan- circula más el colón que el córdoba. Todos los precios están en colones costarricenses. Es más que razonable: el intercambio comercial más vigoroso se sostiene con Puerto Viejo de Sarapiquí y Barra del Colorado y con algunas tiendas fronterizas de la margen costarricense del río San Juan.

Desde San Juan del Norte, viajar a esos poblados puede tomar una hora o poco más. Viajar a San Carlos -la ciudad nicaragüense más próxima- cuesta doce horas en panga. Y mucho dinero. De hecho, es más fácil viajar desde Managua a San Juan del Norte por Costa Rica que por Nicaragua. La ruta nicaragüense es compleja: una hora a Granada y doce en barco hasta San Carlos -o nueve en vehículo- y luego doce horas en panga. Se puede reducir considerablemente este tiempo tomando una avioneta: una hora entre Managua y San Carlos. Pero hay que dormir una noche en San Carlos y tragarse las doce horas en panga. La ruta costarricense supone siete horas de Managua a San José, dos a Sarapiquí y una hora hasta San Juan del Norte. Y todo en un mismo día.

EL SUSTO PATRIÓTICO
DE UN MINISTRO EN EL ZAPOTAL

El aislamiento nacional es un síntoma del grotesco significado que tiene en Nicaragua hablar de soberanía nacional. ¿Cómo reclamar la soberanía sobre lo que apenas se alcanza? ¿O cómo reclamarla sobre lo que apenas se conoce? En una reciente conferencia ofrecida en la Universidad Centroamericana de Managua, el doctor Jaime Incer Barquero observó lo muy poco que conocemos de la estructuración geológica de nuestro país, de sus suelos, de su biodiversidad y del potencial de sus cuencas y lagos.

La evidencia más escandalosa de esta microsapiencia fue el “descubrimiento” del cañón de Somoto por parte de un equipo de geólogos checos en el año 2004. ¡El cañón está situado a menos de 15 kilómetros de la ciudad de Somoto! Se supone que ahí ha estado durante millones de años. Sin embargo, unos geólogos tuvieron que recorrer medio planeta en el siglo XXI para descubrir una maravilla que no podía pasar desapercibida y que el delegado departamental del Ministerio de Recursos Naturales y del Ambiente (MARE¬NA) tenía a 15 kilómetros de su oficina y los estudiosos del Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales (INETER) a sólo 230 de la suya. ¡Y luego van a pelear con Honduras por estelas en la mar!

El nacionalismo también es contestado –para muchos, herido de forma salaz y desleal- con el uso de expresiones y palabras que son consideradas como propias del habla costarricense. Por los andenes de San Juan del Norte resuenan los ¡Pura vida!, maje, esa vara, carajillo y muchas más. Se habla de patacones y no de tostones, de pipas y no de cocos. Se sintonizan estaciones de radio y canales de televisión costarricenses. Es imposible captar los de Nicaragua. Las costumbres de esos presuntos “otros” calan por todo los flancos. Especialmente en la institución oficialmente transmisora de cultura: los escolares de muchos poblados fronterizos asisten a escuelas costarricenses, y sus madres están muy orgullosas de la educación bilingüe español -inglés que allá reciben.

La escuela de El Zapotal es reciente. El acto inaugural fue presidido por un Ministro. No saben si era el de Educación o el de Defensa. Les da igual. El acto debía dar inicio -como Dios y la nación mandan- entonando las notas del sagrado himno nacional. Así fueron instruidos los infantes que debían cantarlo. Al Ministro se le desencajó la quijada cuando los niños al unísono cantaron: Noble patria, tu hermosa bandera / expresión de tu vida nos da/bajo el límpido azul de tu cielo / blanca y pura descansa la paz... ¡Era el himno nacional de Costa Rica!

Para los sanjuaneños esos “otros” y esas costumbres no son otros. Esos niños y niñas habían asistido a clases en la escuela costarricense de El Jobo y, por añadidura, se levantaban todas las mañanas escuchando “Panorama”, un programa de radio que inicia con las patrióticas notas del himno costarricense. Cantarlo en la inauguración de la escuela fue una de las formas más armónicas, espontáneas y consistentes de dar un mentís a la hipocresía nacionalista de las élites que detentan el control del Estado en Nicaragua. Y ahora, para que se le pase el susto, venga y tómese un agua dulce, señor Ministro.

“MI MADRE ES NICARAGUA
Y MI MADRE ADOPTIVA, COSTA RICA”

La contestación a las narrativas de nacionalidad tiene sus narrativas, sus racionalizaciones y mecanismos. Destaca la construcción de un dualismo, una especie de solución de compromiso que formuló sucintamente un miembro de la comunidad rama, retomando la metáfora favorita del nacionalismo: Nicaragua es nuestra madre y Costa Rica es nuestra madre adoptiva.

Pronto se descubre lo que estos constructores de binacionalidad esconden tras el dualismo maternal. El propietario de un agradable hotel de San Juan, Enrique Gutiérrez, glosa la sentencia del rama: Nuestra madre es Nicaragua, y por eso nos pone las leyes y dice lo que no debemos hacer. Pero sólo nos dice ‘no hagás’, y no nos da para vivir. Una ministra dijo: Ayudar a San Juan sería como ayudarle al narcotráfico. Al Alcalde no le hacen caso en Managua. Dicen: ‘¿Para qué, si es de San Juan? Aquí no hay fomento de nada. Quien nos da para vivir es Costa Rica. De allá viene todo. Es nuestra madre adoptiva porque de allá viene carne, salchichas, café, leche, arroz, frijoles, y todos los turistas que aquí logran llegar… Todo lo que yo tengo es de Costa Rica. Toda la vida de este pueblo ha dependido de Costa Rica. Acto seguido me informa que el juego de sillones sobre el que estamos sentados le costó el equivalente de 5 mil 600 córdobas en Costa Rica. En Nicaragua me pedían 14 mil córdobas, y 4 mil córdobas por este televisor que compré a menos de dos mil córdobas en Costa Rica.

Las contestaciones a la nacionalidad retoman sus recursos y conceptos para dotarlos de nuevos y desafiantes contenidos. Con ese afán, don Enrique me repite lo que le dijo a la comisión de la ruta del agua: ¿Soberanía nacional? La soberanía de un pueblo no se defiende con el ejército, sino fomentando la economía de estos sitios que para ustedes son alejados. ¿Alejados de qué? ¿De quién? Estamos alejados desde el punto de vista de Managua.

Y finalmente remata disolviendo la otredad de los costarricenses: Mi primo, tío, tía y abuela viven en la Barra del Colorado. Somos los mismos. Aquí no vivimos esos pleitos. Aquí decimos ¡Vivan Nicaragua y Costa Rica! o ¡Soy puro tico-nica!. Aquí es como si la gente primero pensara en costarricense y luego tradujera al nicaragüense. Don Enrique supera así la tentación nacionalista omnipresente de dibujar un mapa con diferencias estáticas. La identidad fronteriza se despliega en identidad binacional, sin complejos y sin culpas.

TICARAGÜENSES HIJOS DE NICARRICENSES

No podría ser de otra forma. Y no será de otra forma. La siguiente generación será más binacional, con papeles y todo. Los hijos y las hijas de los sanjuaneños tienen que nacer en el hospital de Guápiles. El hospital más cercano en Nicaragua está en San Carlos, a doce horas en una panga cuyo precio deja exhaustos a bolsillos abultados.

Nacen en Guápiles los ticaragüenses hijos de los nicarricenses sanjuaneños. Esos infantes vienen vacunados contra el más descomunal y pernicioso narcisismo colectivo: el nacionalismo. Así se van gestando los mecanismos cotidianos de contestación al nacionalismo ortodoxo y sus estereotipos xenófobos: la abuela orgullosa de su nieto que aprendió inglés gracias al sistema de educación pública bilingüe de Costa Rica, los migrantes que han estado en Costa Rica y valoran su experiencia haciendo añicos los lentes de los estereotipos, y los habitantes fronterizos que viven su ticaraguanidad y concluyen, como Marta Obregón, reconocida como la mejor cuchara de todo el departamento: Aquí desde una aguja hasta una barra son ticas. Y la moneda que circula es el colón. El día en que Costa Rica no nos deje pasar, nos morimos de hambre.

MISIÓN DE LOS BINACIONALES: ENLAZAR

El escritor libanés Amin Maalouf en su libro “Identidades-asesinas” se refiere a las personas fronterizas -las de identidades binacionales o transnacionales, biculturales o multiculturales- como personas atravesadas por unas líneas de fractura étnicas, religiosas o de otro tipo. Debido precisamente a esta situación, que no me atrevo a llamar “privilegiada”, tienen una misión: tejer lazos de unión, disipar malentendidos, hacer entrar en razón a unos, moderar a otros, allanar, reconciliar… Su vocación es ser enlaces, puentes, mediadores entre las diversas comunidades y las diversas culturas. Y es justamente por eso por lo que su dilema está cargado de significado: si esas personas no pueden asumir por sí mismas sus múltiples pertenencias, si se las insta continuamente a que elijan un bando u otro, si se las conmina a reintegrarse en las filas de su tribu, entonces es lícito que nos inquietemos por el funcionamiento de su mundo.

LOS ESTADOS-NACIÓN SE ACABAN

Quizás este sano juicio de los habitantes de la frontera sea el inicio de un proceso reconfigurador que actualiza la forma en que se hicieron nuestros países, fruto del mestizaje, el sincretismo y otros revoltijos. En otras regiones se están reconstruyendo identidades transnacionales. El spanglish -en el que ‘enchilada’ es inglés y ‘software’ es español, en el que se canta Today you tell me something y mañana otra cosa- es una entre cientos de evidencias de las mixturas que rompen los odres nacionales y anuncian un mundo donde la formación política llamada Estado-nación es insuficiente para lidiar con el mundo globalizado. Los viejos odres del nacionalismo están por reventar, incapaces de contener el vino nuevo de las identidades binacionales o transnacionales, los imaginarios globales, las macro-fusiones de empresas y muchas otras evidencias de la transnacionalidad.

El antropólogo indio Arjun Appadurai sostiene que el guión del Estado-nación está deteriorado y que el Estado-nación como una forma política de la modernidad está dando sus últimos pasos. Los Estados-nación tienen sentido como partes de un sistema. Este sistema -incluso cuando es visto como un sistema de diferencias porque hay una enorme brecha entre el Estado de Sri Lanka y el de Gran Bretaña- aparece pobremente equipado para tratar con la intervinculada diáspora de personas e imágenes que marcan el aquí y el ahora. Los Estados-nación, como unidades de un complejo sistema interactivo, no serán muy probablemente los árbitros de largo plazo de la relación entre globalidad y modernidad. La modernidad está en el límite, como reza el título de la famosa obra de Appadurai.

CIUDADANÍAS BINACIONALES: ¿UNA UTOPÍA?

En el caso de los habitantes de la frontera Costa Rica-Nicaragua hablamos de lo binacional, un fenómeno que aún camina en los canales de la nacionalidad, si bien cuartea sus dogmas, pulveriza sus certezas y pone sordina a sus estribillos. El siguiente paso sería construir una ciudadanía binacional que corresponda a esa identidad binacional. Las políticas pueden lograr que esas identidades binacionales tengan una expresión formal en ciudadanías binacionales.

El sociólogo alemán Georg Simmel escribió que la frontera no es un hecho de espacio con efectos sociológicos, sino un hecho sociológico que se forma en el espacio. Puesto que la experiencia de ser binacional es ya un hecho sociológico -aún no un derecho- en San Juan del Norte y otros poblados fronterizos, podríamos preguntarnos: ¿Lograrán los habitantes de la frontera que las transformaciones culturales, sociales y económicas de su pequeña sociedad impacten en la concepción política del espacio al punto de relativizar la frontera y conseguir un reconocimiento de los Estados-nación de Costa Rica y Nicaragua de esa condición de enlaces y tejedores de redes que Maalouf les adjudica?

Es difícil imaginar una ciudadanía dual cuando nos referimos a nicaragüenses que están dentro de un país, pero fuera de las dos naciones. Que viven de contrabando en la nación nicaragüense y entran de contrabando en la nación costarricense. Que no han ejercido su ciudadanía nicaragüense. Por poner sólo un par de ejemplos: no cotizaban en el Seguro Social ni acuden jamás al Ministerio del Trabajo. Las condiciones en Nicaragua los han acostumbrado a no ejercer sus derechos.

Podrían tener una ciudadanía binacional, pero están desarrollando antes la ciudadanía costarricense que la nicaragüense. La incipiente ciudadanía binacional -de contrabando en ambos países- es frenada en Nicaragua. El Consejo Supremo Electoral tiene una pereza innata a emitir cédulas de identidad y mantiene a muchos “nicaragüenses” en el limbo legal. Por otra parte, el gobierno nicaragüense ha frenado interesantes iniciativas, según recuerda una avispada sanjuaneña: Íbamos a conectar la luz con Costa Rica, el ISE nos lo había ofrecido, pero la Cancillería nicaragüense dijo que no. Ya tendríamos luz y buena luz, en vez de estar gastando tanta gasolina en las plantas particulares. Mejor nos anexamos a Costa Rica. ¿Qué tiene de malo? De este lugar olvidado nunca se acuerdan los políticos de Nicaragua. Sólo vienen a comer y a gastar, y nunca solucionan nada.

“QUEREMOS SER DE COSTA RICA”

Muchos habitantes de Papaturro dicen: Nosotros queremos ser de Costa Rica. La Alcaldía no hace nada por Nicaragua. Si no son capaces aquí, que hagan acuerdos con el otro lado. Porque la pobre gente de aquí no tiene nada. El casi hermanamiento con el municipio costarricense de Upala los salvó de que los estudiantes perdieran este año escolar. Upala los quiere conectar a su tendido eléctrico. Upala les lleva odontólogos con medicamentos gratuitos. Por eso es comprensible que una madre en Papaturro proteste: Cómo vamos a creer que nos consideran parte del país si nos quitaron al médico y al profesor, que además se pasaba el tiempo en San Carlos. Ahora nuestros niños van a ir a Costa Rica y nunca más vamos a volver a matricularlos en una escuela nicaragüense. Sólo cuando hay campaña electoral nos utilizan y el resto del tiempo nos tienen olvidados.

Quizás un referéndum en la zona dejaría el río San Juan entero y amplios márgenes del territorio nicaragüense del lado de Costa Rica. Allá Daniel Ortega no es más que una cara sonriente desde un afiche, pendiendo de un poste sin luz. El Ortega original aplazó repentinamente su única visita a San Carlos programada para el sábado 13 de octubre.

LA NUEVA CIUDADANÍA DEL MUNDO

Desde hace 10 años el filósofo alemán Habermas apostaba por ciudadanías más abarcadoras: Sólo una ciudadanía democrática que no se cierre en términos particularistas puede, por lo demás, preparar el camino para un “status de ciudadano del mundo” o una “cosmociudadanía”, que hoy empieza a cobrar ya forma en comunicaciones políticas que tienen un alcance mundial. El Estado cosmopolita ya ha dejado de ser un puro fantasma, aun cuando nos encontremos todavía bien lejos de él. El ser ciudadano de un Estado y el ser ciudadano del mundo constituyen un “continuum” cuyos perfiles empiezan ya al menos a dibujarse.

En Nicaragua existe la figura del mancomunamiento de municipios. También se podría pensar en establecer mancomunidades entre los municipios fronterizos de Nicaragua y Costa Rica, o incluso entre municipios receptores y emisores de migrantes, basados en diversas áreas de intereses comunes: protección del medio ambiente, establecimiento de una zona de desarrollo binacional con un mercado laboral transfronterizo, etc. En este aspecto, los municipios de ambos países podrían ser un valioso punto de apoyo para los Ministerios del Trabajo en la ejecución y monitoreo de programas de migración laboral temporal. Una tarea elemental que se les presenta es la oferta de información útil sobre consecuencias, riesgos y derechos de los migrantes y sobre instituciones a las que pueden acudir en caso de atropello a sus derechos. ¿Cuál será el destino de Greytown, Papaturro, El Zapotal? ¿Avanzarán en esta dirección?

LA FRONTERA ES DE CRISTAL

Benedict Anderson explicó cómo se imaginan las comunidades nacionales. En estas páginas he intentado explicar cómo la gente de la frontera se imaginan su comunidad binacional o su identidad binacional. Tienen muchos elementos de los que echar mano. Los flujos de personas y las familias mixtas son lo que Appadurai llama un paisaje étnico, que en este caso es marcadamente binacional. La moneda, las mercancías y el lenguaje van tejiendo una cotidianidad binacional. La radio y televisión van dibujando paisajes mediáticos binacionales.

Pero se trata de una binacionalidad conflictiva. Está erizada de obstáculos y castigada por tensiones. La posibilidad de sustituir la energía que no llega del INE por la del ISE, revela la crisis del Estado-nacional. La obtención de documentos de identidad en ambos países es una doble nacionalidad negada por la ley pero contrabandeada por la necesidad. La vida vivida a medias en ambos países exhibe su condición de enlace, de personas que tienen algo que sólo puede darse en ambos lados de la frontera. Todo esto muestra que los odres viejos de las naciones son incapaces de contener el vino nuevo de las dinámicas poblacionales, los flujos de información y las estrategias sociales.

Las narrativas binacionales tienen un trovador colectivo, no tan conspicuo como Pablo Antonio Cuadra, pero más descarnado, realista y efectivo. Es un trovador turbador, iconoclasta del nacionalimo, que no vacila en retomar las imágenes clásicas del mismo y evaluarlas a la luz de las experiencias personales demoledoras. Nos anima a pensar binacionalmente, que todavía es pensar teniendo la nación como un marco político de referencia. Pensar postnacio¬nalmente va más allá. Eso queda para otro día.

Y como es muy probable que no tengamos aún los conceptos adecuados para explicar lo que está ocurriendo, recurro a la literatura, a un texto de Carlos Fuentes en “La frontera de cristal” tan lleno de significado sobre la reificación de la frontera: Veo una raya a mis pies. Una raya luminosa, pintada con un color fosforescente. Brilla en la noche. Es lo único que brilla. ¿Qué es? ¿Qué separa? ¿Qué divide? No tengo más señas para orientarme que esa raya. Y sin embargo, no sé qué significa. La raya fluorescente se ríe de mí. Ella le impide a la tierra ser tierra. La tierra no tiene divisiones. La raya dice que sí. La raya dice que la tierra se ha dividido. La raya hace de la tierra otra cosa. ¿Qué cosa? Se volvió mundo. Fui sacado de la tierra y puesto en el mundo. El mundo me convocó. El mundo me quiso. Pero ahora me rechaza. Me abandona. Me olvida. Me arroja de vuelta a la tierra. Pero la tierra tampoco me quiere. En vez de abrirse en un abismo protector me planta en una raya. Por lo menos el abismo me abrazaría. Entraría a la oscuridad verdadera, total, sin principio ni fin. Ahora miro la tierra y una raya indecente la divide. La raya posee su propia luz. Una luz pintada, obscena. Totalmente indiferente a mi presencia...

INVESTIGADOR DEL SERVICIO JESUITA PARA MIGRANTES DE CENTROAMÉRICA (SJM). MIEMBRO DEL CONSEJO EDITORIAL DE ENVÍO.

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