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  Número 307 | Octubre 2007
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América Latina

Socialismo del Siglo XXI y a la venezolana: cinco problemitas

¿Es creíble, sostenible, viable, el Socialismo del Siglo XXI en Venezuela? ¿Lo es en otros países de América Latina? ¿Tiene sentido hablar del modelo venezolano de Socialismo del Siglo XXI para Nicaragua? Los cinco “problemitas” que aquí se señalan son colosales problemas, en los que hay que reflexionar antes de aplaudir, ponderar, predicar... o copiar.

Raúl González Fabre, sj

Hugo Chávez fue reelegido en diciembre de 2006con más del 60% de los votos. Durante la campaña y después, aseguró que votar por él era apoyar un Socialismo del Siglo XXI de contornos imprecisos. Al mismo tiempo, el núcleo de su campaña consistió en una expansión del gasto público que dio lugar a una fenomenal piñata populista, con el dinero y las importaciones corriendo con una abundancia que recordaba el primer período de su archirrival Carlos Andrés Pérez.

PRIMER PROBLEMA: ¿UN SOCIALISMO RENTISTA?

Hay un primer problema. Ni siquiera el comandante Chávez puede engañarse al respecto: recibir renta del Estado a cambio básicamente del voto, por un lado, y producir al máximo de la propia capacidad sin espíritu de lucro para el beneficio de la colectividad, por otro lado, son movimientos opuestos del alma humana. Si se reclutan los partidarios y votantes por el primer procedimiento, va a ser verdaderamente difícil ponerlos a funcionar en la segunda dirección.

De hecho, ya Adam Smith notó que la actitud de la clase rentista, acostumbrada a recibir sin trabajo ni cuidado, es contraria, tanto a la iniciativa empresarial basada en el propio interés de la clase capitalista, como al esfuerzo por la supervivencia y el ascenso social de los trabajadores asalariados. Nadie se mete en las complicaciones y los riesgos de la inversión, o en los sudores de un empleo productivo, si puede resolver su problema económico con renta de la tierra, del Estado, o de quien sea.

Por ello, Asdrúdal Baptista ha insistido en que el gran proyecto económico del siglo XX venezolano, consistente en utilizar la renta petrolera para realizar la primera acumulación de un sistema capitalista moderno, era internamente contradictorio. Tiene toda la razón. El empresario puesto a régimen de renta petrolera (protección, contratos, incentivos, sobreprecios, dólares preferenciales, préstamos sin retorno) ya tiene la ganancia hecha: no necesita ni desea salir a competir en mercados inciertos con colombianos de cuchillo en boca, o con chinos que trabajan 16 horas al día. La renta que iba a alimentar nuestro capitalismo endógeno, lo pasmó después del empujón inicial. Cuando llegó la hora de la verdad y disminuyó seriamente la renta, no había empresa privada competitiva, capaz de concurrir a mercados abiertos sin apoyo del Estado, donde apalancar el desarrollo.

El rentismo paralizó al capitalismo, con el que al menos compartía la búsqueda del propio interés como motivación fundamental. Ahora, el socialismo a la venezolana pretende convertir al rentista que él mismo cultiva con sus dádivas, campañas y misiones, en un socialista capaz no sólo de producir eficientemente sino hacerlo persiguiendo el interés comunitario, tanto al menos como el suyo propio. Donde el capitalismo rentista fue imposible por internamente contradictorio, el socialismo rentista fracasará con más razón. No habrá socialismo en Venezuela, sino otra gargan¬tuesca dis¬tribución de renta a través de esquemas todavía me¬nos productivos y capaces de crear modernidad económica que los del capitalismo rentista.

SEGUNDO PROBLEMA: ESTATIZANDO
CON UN ESTADO QUE NO FUNCIONA

Chávez no echó a perder el Estado venezolano, sino que llegó al poder precisamente porque el Estado venezolano estaba echado a perder. De ser el instrumento de la sociedad para su modernización, nuestro Estado se convirtió en el principal obstáculo para esa modernización: un aparato grande, costoso, ineficiente. No sólo torpe sino también entorpecedor de las iniciativas sociales, cada vez más fracasado en sus responsabilidades básicas de garantizar seguridad, educación, salud e infraestructura.

El Estado venezolano del siglo XX se comprendía a sí mismo como distribuidor/inversor de renta petrolera con un propósito modernizador sobre el país. El Estado falló, no tanto por el mal diseño de los sucesivos proyectos modernizadores, sino por la existencia de un criterio de distribución subyacente, siempre el mismo, siempre distinto al que cada proyecto modernizador proponía. Ese criterio sigue siendo: la renta se distribuye según la conexión del que recibe con el que reparte. Esa conexión puede ser personal, de negocios o política, con frecuencia todo ello a la vez. Nuestro Estado venezolano es capaz de convertir cualquier plan modernizador en un festín de renta petrolera repartida según redes de vínculos particulares.

El chavismo parece estar consciente de esto. Por ello no utiliza, sino más bien duplica el Estado, en los diversos planes y misiones, tomando prestada capacidad organizacional de la Fuerza Armada y del Estado cubano. Pese a este reconocimiento práctico de la ineficiencia del Estado venezolano, el diseño económico del Socialismo del Siglo XXI tiene como eje la re-estatización de las columnas vertebrales de la economía: comunicaciones, energía, minas e hidrocarburos, quizás más tarde también alimentación, turismo, banca, educación... declarándolas “estratégicas”, “de seguridad nacional” o semejantes.

Esto no deja de sorprender. Un gobierno que no sabe qué hacer con las funciones sociales básicas del Estado venezolano y anda subarrendándolas a militares y cubanos, pretende asumir con el mismo Estado disfuncional operaciones económicas de gran calado que el sector privado está realizando razonablemente bien, con mayor o menor beneficio para sus accionistas, pero sin costo para el sector público.

Lo que vendrá después de la nacionalización, en el término de pocos años, ya lo sabemos porque lo hemos vivido. Basta rebobinar la película al período del doctor Lusinchi, quien también era como tú. Las industrias estatizadas irán saliendo de la lógica empresarial de negocios, por la que se sostienen sobre sus propios pies.

Gerentes, empleados, clientes, contratistas y proveedores, todos entenderán que la empresa ha cambiado de naturaleza: ya no está para producir beneficio a sus accionistas, sino para distribuir renta petrolera entre los allí conectados. Cada uno intentará sacar su tajada: los gerentes engordarán sus cuentas afuera y cultivarán clientelas políticas; los clientes buscarán tarifas ‘sociales’ congeladas; los empleados presionarán por blindaje sindical para sus puestos de trabajo y colocarán a sus familiares en la empresa; los proveedores venderán con sobreprecios de escándalo; y los contratistas se aliarán con quien haga falta adentro para obtener el negocio. La inversión y la productividad decaerán. Las relaciones particulares, sean familiares, económicas o políticas, pronto predominarán sobre las reglas más o menos racionales que el Estado-propietario pretenda imponer.

Las empresas públicas y los entes descentralizados fueron decisivos en la quiebra económica de la llamada IV República, precisamente porque al ser parte de un Estado distribuidor de renta, resultaron incapaces de concebirse a sí mismos como negocios de largo plazo. Asombra que se replique un modelo económico que fracasó estruendosamente en mejores condiciones institucionales y de capacidad profesional que las que este régimen puede conseguir.

Dada su peculiar estructura política, el chavismo sólo puede obtener capacidad profesional para gerenciar esas empresas pagándola a precio de oro, sea de la clase media, a la que odia y que le odia, o sea de Cuba, si es que allí la hay y el gobierno quiere seguir con la extranjerización del Estado. Y sólo puede responder a las expectativas rentistas de su base social respecto a las industrias nacionalizadas, destruyendo el modelo de negocios de éstas y convirtiendo lo que era fuente de beneficios para sus dueños -y de impuestos para el Estado- en sumideros del petróleo, que ya se pierde abundantemente por numerosos canales internos y externos, sin dejar apenas capitalización ninguna para el país.

TERCER PROBLEMA:
EMPRESAS SIN EMPRESARIOS...

Si la columna vertebral del socialismo del siglo XXI va a ser un manojo de grandes empresas estatales, en torno a ellas y también a los ministerios, alcaldías, misiones, etc., se espera que florezcan todo tipo de ‘empresas sociales’, como proveedores, contratistas y subcontratistas suyos. No hay un solo modelo privilegiado, sino que conforme se ensaya y fracasa uno, se intenta otro.

Cooperativas, empresas cogestionadas, empresas mixtas Estado-trabajadores, microempresas varias, comunas, “empresas de producción social”, “productores independientes”, han sido ya implementados en mayor o menor escala, con fracasos espectaculares en algunos casos y básicamente sin éxitos replicables dignos de mención. Esclarecidas viudas de todos los socialismos dignos del nombre nos llegan continuamente con nuevas ideas bajo el brazo, buscando captar la atención del Comandante para hacer aquí su experimento social, con carne y dinero del pueblo venezolano. Por supuesto, también quedarán empresas privadas, sobre todo si son de ‘no firmantes’, quizás modificadas por ley para introducir un comisario político junto al director gerente, o un soviet de obreros, campesinos y soldados -sobre todo soldados- en la junta directiva. Quién sabe.

Las nuevas formas empresariales del Socialismo del Siglo XXI comparten tres características principales: dependen de financiamiento estatal o bancario, forzado por el Estado, para su formación; dependen de contratos del Estado o de empresas públicas para su sobrevivencia; y no se desea que tengan empresario en el sentido capitalista de la palabra, esto es, un sujeto con iniciativa y capacidad de riesgo que coordina los factores de producción y promueve como suyo el éxito de la empresa en el mercado, porque va a lucrarse de él. Se prefiere algún tipo de gestión asambleística de la unidad de producción, lo que cualquiera con mínima experiencia sabe que resulta mucho más complicado que la gestión empresarial ordinaria. Claro está, si la gestión asambleística falla, como es de temer, siempre cabrá sustituirla por la gestión burocrática directa a cargo de funcionarios del Estado, igual que en Cuba, probablemente con los mismos espléndidos resultados.

Por otra parte, hay que decir que en cuanto modelo productivo, estas nuevas posibilidades no han sido acogidas con gran entusiasmo por la base trabajadora que ya tiene empleo formal. Con cierta razón, los trabajadores ven más posibilidades de que se les respeten sus derechos y estabilidad laboral (Ley Caldera) si son directamente empleados por el Estado, que si pertenecen a una cooperativa contratista de una alcaldía o una empresa pública. Por ello piden que en caso de nacionalizar, se les estatice por completo. Otra cosa son los desempleados, quienes probablemente prefieran algún apoyo laboral del Estado a ninguno, y estén mejor dispuestos a integrar estos ensayos empresariales. Dado que en Venezuela ya hay serios problemas para mantener la disciplina laboral en empresas convencionales, las dificultades pueden ser mayores en estas nuevas unidades con mecanismos más complicados de decisión y sanción, pobladas además con trabajadores poco acostumbrados al empleo formal.

Estas empresas hiperdependientes del Estado, sin una verdadera vocación empresarial detrás, difícilmente alcanzarán competitividad como para valerse por sí mismas en mercados abiertos. En realidad, la competencia en que deberán participar será de tipo político por contratos con entes públicos de diversa naturaleza, algo muy parecido a las empresas privadas del antiguo ‘capitalismo rentista’. Tales contratos serán otorgados como siempre, por conexiones familiares, políticas o por ‘participación’ económica del funcionario otorgante. Faltando esos contratos, las empresas quedarán después de haber consumido el crédito inicial o el aporte del ministerio, como ya ha pasado con muchas cooperativas y con alguna empresa cogestionada. Más que sencillamente disolverse, si no tienen cosa mejor que hacer, los involucrados plantearán un problema social exigiendo su derecho socialista fundamental a que el gobierno les mantenga.

...Y MERCADOS SIN MERCADERES

El Socialismo del Siglo XXI, sin embargo, no se agota en guindarse del Estado. También cabe que las nuevas unidades económicas no estatales, o sólo parcialmente estatales produzcan directamente para el mercado. Será principalmente un mercado interno bien protegido por el gobierno, porque sin una decidida visión empresarial en completo control de la empresa, no hay manera de alcanzar la competitividad internacional que otros sí están logrando en América Latina.

Al igual que la figura del empresario, el mercado también disgusta al Socialismo del Siglo XXI. Lo atestiguan los controles de divisas y precios, inspirados posiblemente en Lusinchi, que ya empiezan a dar sus frutos de desabestecimiento y severos problemas para los productores. Ahora bien, los controles entorpecen el mercado. Más ambiciosa es la idea de reemplazarlo con trueque en base a fichas que sólo valdran para ciertos tiempos y lugares, retrotrayéndonos así a una experiencia -la de una moneda de cuero distinta en cada aldea- que Occidente dejó atrás hace mil años, cuando se reabrieron los caminos al final de la Edad Oscura y volvieron a circular los metales.

Como cualquier estudiante de primero de economía aprende, los mercados son tanto más eficientes en coordinar a los agentes económicos cuanto más abiertos, competitivos y fluídos resulten. Por eso Europa une sus economías en un solo gran mercado, y sus monedas en el euro. El Socialismo del Siglo XXI promete lo contrario: fragmentar el mercado y la moneda hasta el nivel local.

Impedir la acción empresarial, segmentar los mercados en unidades locales para el intercambio de topochos por alpargatas de esparto, formar pseudoempresas sociales a las que otorgar contratos por criterios políticos, y demás iniciativas macroeconómicas del Socialismo del Siglo XXI, tendrá consecuencias. Por una parte, estas medidas reducirán el poder y la libertad de acción económica de todos los agentes no estatales, incluidos los pobres. Por tanto, darán mayor control de la sociedad al gobierno, de forma que prácticamente nadie pueda sobrevivir sin su aprobación. Por otra parte, incrementarán más aún la ineficiencia del sistema de producción-distribución, lo que será encubierto con renta petrolera para financiar importaciones masivas con que mantener el consumo y contentar a las bases sociales del régimen, mientras se pueda. Después, probablemente vendrá la represión.

CUARTO PROBLEMA:
EL FANTASMA DEL HOMBRE NUEVO

La respuesta del régimen a estas obviedades es denunciar que semejante pronóstico se hace desde una mentalidad capitalista neoliberal, y que la educación socialista nos traerá el Hombre Nuevo, capaz de trabajar solidariamente por el colectivo, con independencia de lo que le toque en el reparto del producto. De cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad, según dijo Marx el barbado.

Hay varios problemas aquí. Uno primero es que no aparecerá ese Hombre Nuevo al mismo tiempo laborioso y solidario, ni con la educación socialista ni con ninguna otra. La existencia humana adulta transcurre en medio de algunas tensiones constitutivas, que pueden ser vividas como creadoras o destructivas. La tensión entre individualidad y comunidad es una de ellas. La educación puede ayudar al joven a plantear tales tensiones de manera constructiva, pero no puede resolverlas por él. Ésa es la tarea de la vida moral entera de cada persona. El Estado no puede sustituir en ello a la gente sin debilitar la sociedad en su mismo núcleo: la persona como sujeto moral que hace proyectos para sí y para el mundo. Si lo intentara, el resultado no sería la solidaridad, sino la parálisis social.

Esto viene confirmado por la experiencia histórica. El socialismo lleva 90 años gobernando países y construyendo el Hombre Nuevo desde el monopolio de la educación, la propaganda, los medios y la represión. Raymond Barre notaba en los años 70 que el 3% de la tierra cultivada de la URSS, que se dedicaba a huertos familiares, producía tanto como el otro 97% de las explotaciones colectivas en koljoses y sovjoses. Una vez desaparecido el régimen soviético, lo que había debajo resultó ser no el Hombre Nuevo sino la mafia del vodka. En China, el Gran Salto Adelante mató de hambre a unos 30 millones de Hombres Nuevos, debidamente encuadrados en comunas populares. Por el contrario, el actual despegue económico comenzó a mediados de los 70 con la reforma que permitió volver a la propiedad privada de la tierra. Hoy, tres cuartos del producto chino es generado en el sector privado. Más cerca de nosotros, Cuba ofrece otro ejemplo interesante: casi cincuenta años guiados por el Hombre Nuevo en persona, y no se ha conseguido el pleno abastecimiento de papel higiénico.

Construir un modelo socioeconómico sobre ficciones antropológicas resulta extraordinariamente costoso en tiempo, dinero, sangre y dignidad. Lo razonable es tomar a las personas como ellas son en promedio, sin suponer que desde el poder político se pueden provocar extraordinarios cambios morales o culturales rápidamente. A partir de ahí, la sociedad debe organizarse de manera que unos con otros se inhiban las tendencias negativas y se refuercen las positivas.

YA SABEMOS CÓMO SE HACE

El siglo XX ha mostrado claramente cómo se hace esto: hay que distribuir el poder tanto como sea funcional en el Estado y la sociedad, de manera que el tono de la vida política venga dado por la negociación civilizada, el control mutuo y el respeto a las reglas acordadas.

Y hay que establecer economías mixtas en que aproximadamente el 60% del producto se gestione en mercados libres, abiertos y competitivos de bienes privados, y en torno al 40% sea gestionado a través de un gobierno democrático con fuertes controles políticos, legales, judiciales y periodísticos, para la producción de bienes públicos, la conservación de recursos comunes, y cierta igualación de oportunidades.

Los detalles hay que adaptarlos a cada país, pero esa fórmula general ha sido probada con éxito en contextos europeos, americanos, latinos y asiáticos, en países muy distintos formados por personas normales, con las motivaciones y calidades morales usuales.

En Venezuela vamos a hacer precisamente lo contrario -concentrar el poder y cegar los precarios mercados existentes-, lo cual como es obvio no puede tener éxito con el venezolano normal, sino que se precisa uno novedosísimo, que actúe por motivaciones justamente opuestas a las que mueven a tanta gente ordinaria a votar por Chávez.

Toda la plática sobre el Hombre Nuevo denota que este proyecto lleva el fracaso económico construido dentro: veremos a Chávez una y otra vez luchando con ese fantasma, protestando porque su misma gente no actúa como se necesita para el Socialismo del Siglo XXI, exigiendo a un venezolano inexistente para el Estado que él quiere, en vez de preguntarse cómo ajustar el Estado que tiene al venezolano que hay, para hacer más funcionales a ambos. Al final concluirá, como Adolf, que no le entendimos y no le merecíamos.

QUINTO PROBLEMA:
GOBERNANDO POR OCURRENCIAS

El problema central de la economía política probablemente sea cómo coordinar la acción de los innumerables agentes de una sociedad compleja, para que resulte en una gestión eficiente de los bienes escasos. En el capitalismo, esa coordinación ocurre por la iniciativa descentralizada de los agentes económicos, guiados por los precios que se forman impersonalmente en mercados abiertos y competitivos. En la teoría estándar del socialismo, el Estado asume sobre sí la tarea de coordinar a los agentes a través de una planificación centralizada: fija precios y cuotas de producción de muchos bienes y servicios, y asigna qué agentes deben producir y cuáles deben recibir cada cosa. Los mercados son marginales, y la planificación estatal se vuelve la clave de la economía.

Buena parte del fracaso del socialismo real estriba en que en sociedades complejas como las contemporáneas, con subjetividades individuales y colectivas bien desarrolladas, donde la creación cultural y la innovación tecnológica son decisivas para la generación de valor económico, la información precisa para realizar eficientemente esa planificación no está al alcance del Estado. No lo está, primero porque el grueso de tal información es subjetiva; por tanto sólo cada agente conoce la suya propia. Además, la invasión de la economía por la lógica burocrática distorsiona continuamente la generación y transmisión de información, falseándola en cada nivel. Mienten los ciudadanos, mienten los políticos, cada uno según sus propósitos, sin controles horizontales eficaces como en las sociedades abiertas. Estos problemas son comunes a todos los sistemas de planificación central, pero en el caso del socialismo real demostraron ser fatales.

La planificación nunca ha sido una especialidad criolla, así que podríamos temer que lo que fracasó en la Alemania Oriental falle aquí con más razón. Felizmente no vamos a tener ese problema, porque el Socialismo del Siglo XXI no consiste en la planificación central de la economía sino en el gobierno por ocurrencias del Caudillo. Su eslogan no es ‘poder de los soviets y electrificación de Rusia, como en Lenin, sino más bien: ‘Comandante ordene, nosotros obedecemos’, como en el Teresa Carreño. Ésa es la técnica de coordinación económica del socialismo a la venezolana, muy semejante por cierto a la de los faraones de la VI dinastía, también del siglo XXI, pero antes de Cristo. Así que aquí no hace falta otra información económica sino la que el Comandante quiera darnos en cada momento con su gran pedagogía. ¿Pa’qué más?

El Comandante es hombre ocurrente, por lo que ordena esto y lo otro, según se va inspirando: hoy palma africana, mañana gallineros verticales; aquí huertos hidropónicos, allá búfalos indios; primero cooperativas, luego empresas cogestionadas; con este me haces una empresa mixta así asao, pero el 1 de mayo me rompes el contrato; aquí que no hay nadie ponme una ciudad federal, y allí que hay gente bastante por qué no han hecho viviendas. Los ministros se enteran de muchas iniciativas que deben ejecutar en el mismo acto en que se anuncian al país, así que todavía con las manos calientes de aplaudir tienen que salir de urgencia a averiguar con qué se come eso. En la mayor parte de los casos no se come, y el resultado en materia económica es un cementerio de proyectos anunciados solemnemente, fallidos y abandonados un par de años después, tras haber enterrado en ellos algunos millarcitos.

El Socialismo del Siglo XXI será, en resumidas cuentas, algo verdaderamente novedoso: economía estatizada sobre un Estado en derrumbe; empresas sin empresarios y mercados sin mercaderes para una economía de importaciones o anaqueles vacíos; inspirada improvisación del Caudillo en lugar de coordinación por el mercado o planificación central; y sobre todo, distribución de renta petrolera a cambio de obediencia política, dinero rodando sin esfuerzo ni riesgo para que el pueblo y los vividores del caso sigan siendo de Chávez. Para este viaje, es verdad, no necesitamos más Hombre Nuevo que aquel venezolano que votó a Lusinchi porque “los adecos roban y dejan robar”.

INGENIERO Y FILÓSOFO.
TEXTO APARECIDO EN LA REVISTA “SIC”, MARZO 2007.

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