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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 307 | Octubre 2007
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Guatemala

Sobrevivir a las elecciones

Hemos sobrevivido a la primera vuelta electoral del 9 de septiembre, que arrojó resultados en el Legislativo y en las Alcaldías que merece la pena analizar. Nos preparamos para la segunda vuelta, donde decidiremos quién presidirá el país. Las diferencias entre la opción militar y la opción civil, entre la “mano dura” y el compromiso de “la esperanza” entre Álvaro Colom y Otto Perez Molina, son importantes. Sea cual sea el resultado, nos tocará sobrevivir a este segundo momento.

Juan Hernández Pico, SJ

El título es y quiere ser provocativo. Puede sugerir que las elecciones en este país son como una de las catástrofes socio-naturales que lo asolan periódicamente: terremotos, huracanes, erupciones volcánicas, desprendimientos de tierras o sequías, tejidas con construcciones estructuralmente deficientes, barreras forestales desmontadas, ríos y barras mal dragados y, sobre todo, insuficiente organización social y política para la prevención de desastres.

¿LAS ELECCIONES
NOS DEMOCRATIZAN?

Es ya habitual que los medios hablen de las elecciones como de una gran “fiesta cívica”. Para un país que, desde que se emancipó del Imperio español colonial, ha vivido alrededor de 150 de sus 186 años de existencia en régimen de caudillismo o dictadura militar, la sexta elección presidencial consecutiva en los últimos 22 años y la décima en toda su historia, debería ser celebrada como un acontecimiento venturoso. Significa una cierta expresión de la voluntad popular y un cierto respeto a ella, manifestada en el voto generalmente pacífico y cada vez más accesible a la gente, y en su recuento habitualmente no fraudulento.

Sin embargo, mi tesis es que, hasta el momento, en este país la celebración de elecciones cumplimenta las reglas de la democracia formal sin hacernos avanzar en la solución de los problemas políticos que están planteados: la consolidación de partidos políticos ideológicos, programáticos, consistentes, duraderos y vinculados dialécticamente con diversas organizaciones de la sociedad civil; la conformación progresiva de una maquinaria estatal básicamente confiable, burocráticamente ágil y permanente, profesionalmente competente y financieramente capaz de confrontar procesualmente las necesidades más sentidas de la población mayoritaria menos afortunada, desligándose así poco a poco de los compromisos y deudas con los segmentos minoritarios más afortunados; la construcción procesual de un cuerpo relativamente incorruptible de seguridad ciudadana y de ejercicio fiscal y judicial, y de unas políticas de seguridad y justicia que tejan la investigación con la firmeza y ambas con un insobornable respeto a los derechos humanos, entre ellos la rehabilitación de los reos; y finalmente, la ubicación del gobierno en unas alianzas internacionales que nos permitan navegar con ágil inteligencia en las aguas tormentosas de la globalización.

Pudiera parecer un baremo muy alto para medir la democracia, pero ¿se puede democratizar un país sin herramientas políticas partidarias adecuadas, sin un Estado fuerte, con una justicia asaltada por la corrupción y la impunidad y con una dependencia comercial y política de los Estados Unidos, desbalanceada por falta de una política migratoria activa y de una lucha seria en la Organización Mundial del Comercio? Sin avances en todos estos capítulos, las elecciones en Guatemala seguirán devorando las promesas de la democracia. No llegaremos a saber cuándo habremos terminado de vivir políticamente de los intereses democráticos y cuándo, poseídos por el desencanto de los resultados, habremos empezado a comernos el mismo capital político de la democracia. Ya en esta última elección, un enorme problema de seguridad ciudadana con tasas anuales de homicidios y feminicidios más altas que en los largos años del conflicto armado interno, ha provocado tal desencanto con la etapa democrática, que ha llevado a una parte importante de la ciudadanía a votar a favor de un antiguo general del ejército y de su programa autoritario y militarista, sin reflexionar en que una de las razones históricas del proceso de democratización que empezó hace 22 años fue precisamente empezar a ser gobernados por gobernantes y procedimientos civiles y respetuosos de las libertades ciudadanas.

¿SE CONSOLIDA LA DEMOCRACIA?

Mi tesis no es compartida por otros analistas. Edelberto Torres-Rivas, científico social de fama merecida en Centroamérica y uno de los representantes más paradigmáticos de la izquierda política guatemalteca, piensa de otro modo. “El Periódico” publicó el 26 de agosto, dos semanas antes de las elecciones del 9 de septiembre, una entrevista donde Torres-Rivas afirmaba que “si todo se procesa como en las cinco anteriores elecciones, aunque les pese a los pesimistas, la democracia guatemalteca se consolida.” El resto de su entrevista matiza bastante esta tersa afirmación inicial. Dice, por ejemplo, que la democracia que tenemos todavía “necesitamos perfeccionarla mucho, pues venimos de una pesada herencia autoritaria; (necesitamos) hacer una democracia de ciudadanos y también una democracia de partidos.” Su visión es optimista, principalmente por el desenvolvimiento de las generaciones que “no vivieron el conflicto ni la dictadura militar”, tal vez “un 60 por ciento de los guatemaltecos”. Lo principal, para Edelberto, es resolver “los problemas que tenemos hoy con más democracia, no con menos”. Y como es optimista, pero no ciego, añade: “Alguna oferta por ahí propone ordenar el país con métodos que no son democráticos, y eso me asusta mucho.”

¿POR QUÉ UN MENOR ABSTENCIONISMO?

En este panorama ocurrieron las elecciones del 9 de septiembre, unos dos meses antes de las fechas en las que estábamos acostumbrados a votar en primera vuelta, como consecuencia de las reformas a la Ley Electoral. Elecciones para Presidente y Vicepresidente de la República, para el Congreso unicameral (158 curules) y para Alcaldes (332 municipios). Contado el 99.51% de las actas correspondientes a Juntas Receptoras de Votos, se emitieron 3.621,852 votos, equivalentes a un 60.46% de los 5.990,029 ciudadanas y ciudadanos empadronados.

La población guatemalteca de 18 años y más era de 5.735,207 según el censo de 2002. Esto nos indica que, teniendo en cuenta el alto crecimiento vegetativo anual del país (3.7% promedio anual entre 1994, año del anterior censo poblacional y 2002, año del último censo), aún resulta notablemente alta la proporción de empadronamiento de la ciudadanía, a no ser que el padrón electoral no haya restado -”rasurado” se dice aquí- en los últimos años a las personas ya fallecidas.

Estas elecciones fueron las que menos porcentaje de abstencionismo presentaron en la primera vuelta, con la excepción de las primeras del proceso de democratización, en 1985, hace 22 años. Así, se mantiene el descenso del abstencionismo en tres elecciones consecutivas. Probablemente el factor más importante para explicarlo es la descentralización de las Juntas Receptoras de Votos contenida en la nueva Ley Electoral y de Partidos Políticos votada por el actual Congreso (2004), que permite instalar una junta para cada conjunto poblacional de 500 personas. Para los hogares de las zonas rurales y de los asentamientos urbanos esto supuso un notable acercamiento al lugar donde había que votar. Otra hipótesis, difícil de comprobar, es que en el área rural sobre todo cada vez se gasta más en propaganda, incluso en regalos como láminas de zinc para techar las viviendas.

COLOM Y PÉREZ MOLINA:
LOS DOS PUNTEROS

Los resultados electorales mostraron la elección más dispersa de todas las que han tenido lugar en el país. Las dos candidaturas más votadas fueron la del ingeniero Alvaro Colom Caballeros (926,244 votos, 28.23% del total de los votos emitidos) y la del ex-general Otto Pérez Molina (771,175 votos, 23.51%).

La separación entre ambos fue de un 4.72%. Colom es el candidato del Partido Unidad Nacional de la Esperanza (UNE), fundado por él en el año 2000, que él mismo denomina como de orientación socialdemócrata y que pretende inscribir en la Internacional Socialista. Lo acompaña como candidato a Vicepresidente Rafael Espada, cirujano cardiovascular de fama internacional con ejercicio profesional en Estados Unidos.

Pérez Molina es el candidato del Partido Patriota (PP), fundado por él en el año 2001, y que él ubica como de centro derecha. Su compañero es Ricardo Castillo Sinibaldi, de familia de industriales y banqueros, empresario de exitosos Parques de recreación para trabajadores y fundador del Partido de la Solidaridad.

Ambos partidos acudieron a las elecciones de 2003 promoviendo la candidatura del binomio Berger-Stein en coalición con el partido Gran Alianza Nacional (GANA), del cual se separaron luego sus bancadas en el Congreso. La UNE de Colom ganó en 18 de los 22 departamentos del país, pero quedó tercera en el Departamento de Guatemala, después del PP y la GANA. El PP de Pérez Molina ganó en 3 departamentos, incluido el de Guatemala. Otro partido, la Unión del Cambio Nacionalista (UCN) ganó en el Departamento de Jalapa.



Entre los dos partidos punteros que van a segunda vuelta el 4 de noviembre, no llegan al 52% de los votos emitidos. Alejandro Giammatei Falla, médico y ex-director del sistema penitenciario, candidato de la GANA, obtuvo 565,270 votos (17.23%). El físico-matemático Eduardo Suger Montano, con tendencias autoritarias, que algunos calificaron como fascistas -candidato del centro de Acción Social (CASA)-, consiguió una votación sorpresiva de 244,448 votos (7.45%). Su votación pudo estar concentrada en una proporción grande de votantes jóvenes de la capital, que se inclinaron por una persona inteligente, director de un Instituto prestigioso y rector de una Universidad. Cercano a él se ubicó Luis Rabbé, dos veces ex-candidato perdedor a la alcaldía de Guatemala y primer ministro de comunicaciones del ex-Presidente Portillo (2000-2004). Candidato esta vez a la Presidencia por el FRG, consiguió 239,208 votos (7.29%). Entre los tres alcanzaron casi un 32% del total. La UCN con Mario Estrada llegó en sexto lugar con 103,606 votos (3.16%).

Rigoberta Menchú Tum, Premio Nóbel de la Paz, candidata del Partido Encuentro por Guatemala (EG) consiguió 101,316 votos (3.09%). Con estos resultados, la primera candidatura de una persona indígena que llegó hasta el día de la votación -Rigoberto Quemé Chay, ex-alcalde por dos períodos de Quetzaltenango, se retiró en 2003 antes del final de la campaña- experimentó un fracaso notable. Los candidatos a diputados por el partido EG, encabezados por Nineth Montenegro, electa por cuarta vez consecutiva, la sobrepasaron en número de votos.

Con 95,743 votos (2.94%) concluyó su segundo intento como candidato por el Partido Unionista (PU) del ex-Presidente Alvaro Arzú, el ingeniero Fritz García-Gallont, quien quedó en octavo lugar. Oscar Castañeda, candidato del Partido de Avanzada Nacional (PAN), terminó con 83,826 votos (2.56%). Así, los dos partidos que son o fueron de Arzú consiguieron en conjunto un 5.5% del total de votos. Los dos salvaron su existencia como partidos porque consiguieron algunos diputados.

La Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) se presentó en coalición con el Movimiento Amplio de Izquierda (MAIZ). Su candidato presidencial, Miguel Angel Sandoval, antiguo miembro del equipo de negociadores de la paz por parte de la URNG, consiguió 70,080 votos (2.14%). No desapareció su partido porque obtuvo un diputado por lista nacional y otro en el Departamento de Huehuetenango. Estos resultados son exactamente iguales a los de 2003.Desapareció uno de los pocos partidos históricos que quedaba, la Democracia Cristiana Guatemalteca (DCG). Su candidato, Marco Vinicio Cerezo Blandón, hijo del ex-presidente Marco Vinicio Cerezo Arévalo (1986-91), sólo consiguió 16,529 votos (0.5%) y su papá dejó de ser electo diputado por la lista nacional. Este partido consiguió únicamente una alcaldía. Desaparecieron también la Alianza Nueva Nación (ANN), que llevaba como candidato al ex comandante guerrillero “Pablo Monsanto”. Y Desarrollo Integral Auténtico (DIA) con 18,636 votos (0.5%).

Tanta dispersión se debió tal vez al hecho de que ninguno de los candidatos con más recursos brilló por su carisma o por un programa adecuado a las grandes necesidades de las mayorías del país.

UN CONGRESO DISPERSO

Los resultados cambiaron en las curules para el Congreso. La UNE conservó el primer lugar con 52 diputaciones, lejos de la mayoría absoluta de 80 y mucho más lejos de la mayoría cualificada de 105. La GANA del actual Presidente Berger, quedó en segundo lugar con 37. El PP pasó del segundo lugar al tercero en el Congreso, con 29. En cuarto lugar se ubicó el FRG con 14. En quinto, el PU de Arzú con 6. En quinto, el CASA de Suger y la Unión del Cambio Nacionalista (UCN), con 3. Detrás, encuentro por Guatemala (EG), con 4; Partido de Avanzada Nacional (PAN), con 3. URNG-MAIZ consiguió 2 y la Unión Democrática (UD) quedó en último lugar con 1 diputado, lo que salvó a su partido de la desaparición.

Fueron reelectos 67 diputados -el 42.40%-, que ocupaban escaños en el actual Congreso. Resultó reelecto
el ex-general Efraín Ríos Montt, que ocupó escaños en Congresos anteriores al actual. 90 personas -el 56.96%- fueron electas por primera vez para un escaño en el próximo Congreso. Son caras nuevas, ojalá que en busca de depuración de otras corruptas o incompetentes. De los 158 escaños, sólo 16 serán ocupados por mujeres, poco más del 10%, contribuyendo así a la enorme tasa de hombres que conforman los organismos del Estado en América Latina.

Fueron releectas dos mujeres representativas de dos corrientes opuestas: la hija del ex-general Ríos Montt, Zuri Ríos Sosa, del FRG y Nineth Montenegro, de Encuentro por Guatemala (EG), fundadora del Grupo de Apoyo Mutuo (GAM) para la búsqueda de personas desaparecidas por el Estado y experta desde el Congreso en vigilar de cerca la ejecución del presupuesto del Estado. No logró reelegirse por Chiquimula Obdulio Chinchilla, con fama de corrupto, postulado esta vez por el Desarrollo Integral Auténtico (DIA), que perdió su inscripción como partido. Fue electa diputada por EG Otilia Lux de Cotí, de la etnia maya quiché, natural de Quetzaltenango, ex-comisionada para el esclarecimiento Histórico (CEH) y ex-ministra de cultura. Fue la única diputada electa del movimiento Winaq. Pero 11 diputados -4 de ellas mujeres- con apellidos mayas y de diversas etnias, fueron electos al Congreso (7%).

Estas cifras no indican necesariamente que los votantes castigaron con la no reelección a diputados del Congreso actual, ya que no pocos de los electos por vez primera fueron fruto de las listas renovadas por los propios partidos. Lo que sí es cierto es que la colocación en primer lugar de la lista nacional del FRG del ex-general Ríos Montt apunta a tratar de envolverlo nuevamente con el manto de la inmunidad parlamentaria, de manera que para procesarlo por presuntos crímenes resulte necesario ganar antes un antejuicio en el Congreso y en la Corte Suprema. Sin embargo, expertos en jurisprudencia aseguran que el ex-general no quedará inmune de procesamiento en procesos incoados por crímenes de lesa humanidad, tanto en la Audiencia Nacional de España como en Guatemala.

¿QUÉ ESPERANZA DE VIDA
TIENEN NUESTROS PARTIDOS?

Para ubicar estos datos con un sentido histórico y entender la afirmación de que en Guatemala no tenemos hoy partidos políticos ideológicos, programáticos, consistentes, duraderos y vinculados dialécticamente con diversas organizaciones de la sociedad civil, presento un cuadro que sigue el recorrido histórico de algunos de estos partidos desde cuando llegaron a su apogeo y a través de su progresivo descenso. Son partidos levantados por una persona y de estilos caudillistas. Los partidos que sí tuvieron ideología, programas y consistencia, además de fuertes vinculaciones con algún segmento de la sociedad civil, desaparecieron ya o acaban de ser enterrados, al menos provisionalmente. Desaparecieron hace años el Movimiento de Liberación Nacional (MLN), abanderado de la contrarrevolución de 1954; también el Partido Institucional Democrático (PID), tras del que se parapetaban los intereses económicos y políticos del Ejército; desapareció también el Partido Revolucionario (PR), el último de los que intentó hacer perdurar, si bien en forma aguada, el legado de la Revolución democrática de 1944 a 1954. Y antes habían desaparecido el Partido Conservador y el Partido Liberal, tradicionales durante el siglo XIX y hasta la revolución del 44 en el siglo XX.

Al hablar del proceso de democratización en la entrevista mencionada, Edelberto Torres-Rivas afirma que “la democracia es un proceso de aprendizaje muy lento para nosotros. Pero ya hay partidos cada vez más implantados y seguramente varios de ellos sobrevivirán”. Sin embargo, las cifras del cuadro no apoyan la sobrevivencia de los partidos políticos.

En Honduras sobrevive el bipartidismo histórico: los azules conservadores del Partido Nacional y los rojos del Partido Liberal, con otros tres partidos pequeños que nunca amenazan la hegemonía de los dos tradicionales. En Costa Rica sobreviven el Partido Social Cristiano conservador y el Partido Liberal socialdemócrata, con dos recientes novedades partidarias que se sitúan una más a la derecha y otra más a la izquierda. En Nicaragua sobrevive el tradicional Partido Liberal, ahora Liberal Constitucionalista para contradistinguirse del Liberal somocista, y el Frente Sandinista de Liberación Nacional, con 23 años en política electoral. Ambos han tenido disidencias internas que se han separado de sus troncos y compiten como nuevos partidos. En El Salvador la derecha ha configurado un partido (ARENA), modernización de los conservadores oligarcas y liberales, que compite hace 25 años en la política electoral y que ha ganado cuatro elecciones consecutivas, las últimas tres enfrentando al Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, de izquierda socialista, a un centro derecha -originalmente de la Fuerza Armada- que ha durado 46 años (PCN), que gobernó 17 años y ahora es bascular en el Congreso, y a pequeños partidos intermedios: la DC de centro, y un centro izquierda con 12 años, Convergencia Democrática (CD).

No quiere significar esto que la permanencia de los partidos sea en sí misma siempre un bien incontestable. No poca gente en Honduras vería con gusto que se quebrara la hegemonía del bipartidismo histórico que conduce al inmovilismo y la corrupción. Y en Nicaragua también mucha gente vería con alegría el fin del pactismo bipartidista entre liberales y sandinistas, que pretende el poder por el poder y recicla el caudillismo de otros tiempos. Lo que sí se quiere decir es que sin partidos duraderos, la gente tiene que optar prácticamente por personas sin que importen mucho los programas.

UN BAILE DE DISFRACES

En Centroamérica, sólo en Guatemala los partidos históricos han desaparecido, y el PAN y el FRG, los más antiguos (22 y 18 años respectivamente), están de capa caída. Y los que van ganando las elecciones en la etapa de democratización -sin que ninguno de ellos haya conseguido reelegir a sus candidatos presidenciales- son siempre partidos muy nuevos. Comienzan con alta representación en el Congreso hasta que ganan la Presidencia y luego van descendiendo hasta que algunos desaparecen o amenazan con desaparecer.

El PAN no ha podido mantener su fuerza tras la enfermedad irreversible de López Rodas, quien se lo arrebató
a Arzú. ¿Qué ocurrirá con el PU si Arzú, amenazado por el cáncer, desaparece? ¿Qué destino le espera al FRG
cuando muera Ríos Montt, con más de 80 años? La política en la Guatemala actual parece más bien un baile
de disfraces donde sólo cambian las máscaras, perdurando las más creativas y con mayor chispa imaginativa.

Pero no cambian quienes dan el alma a los disfraces: los capitales tradicionales, los capitales emergentes -no pocos de ellos delincuenciales- y los cuerpos de seguridad del Estado en los que no dejan de estar mezclados los militares y también los capitales delincuenciales (contrabando, narcotráfico y todos los demás tráficos prohibidos). Es cierto, sin embargo, que a nivel local, en las municipalidades, son otros intereses más cercanos a la gente los que mandan.



UN CONGRESO CONDENADO
A LAS ALIANZAS

El Congreso ha tomado fuerza en el período que termina, donde ningún partido -y tal vez el gobernante menos que ninguno- tenían una influencia determinante. Menos de la mitad de los presidentes del proceso de democratización -Cerezo, Arzú y Portillo- tuvieron Congresos con mayorías absolutas de su propio partido. Más de la mitad -Serrano, De León Carpio, Berger y quien ahora sea su sucesor- no han conseguido esas mayorías llamadas “aplanadoras”.

Acabamos de elegir otro Congreso con la misma característica de la dispersión de bancadas y, por tanto, continuará el reino de las alianzas, santas y no tan santas, y el movimiento de diputadas y diputados tránsfugas. La incapacidad del Presidente actual, y del que lo suceda, de arrastrar tras de sí a mayorías de diputados le da al mismo Congreso un poder singular, aunque ese poder puede ser usado para legislar por soborno y por chantaje, vendiéndose al mejor postor, en lugar de usarlo para legislar democráticamente afrontando las necesidades de las mayorías, que deben ser prioridad entre las necesidades nacionales.

¿CÓMO QUEDARON
LOS PODERES MUNICIPALES?

La descentralización del país, contenida de alguna manera en las leyes de autonomía municipal y profundizada en las de los Consejos de Desarrollo, departamentales y municipales -promulgadas las últimas por el Congreso de mayoría FRG durante la presidencia de Portillo-, así como el ascenso al poder de las etnias indígenas en los municipios donde son mayoritarias, hace cada vez más importante los resultados de las elecciones para las alcaldías.

Algunos detalles cualitativos. Fue electo en la alcaldía de la cabecera departamental de Jutiapa Manuel Castillo Medrano (“Manolito”), diputado expulsado de la UNE por la sospecha de cooperación con el narconegocio y luego involucrado en sospechas sobre presunta participación en los asesinatos de los diputados salvadoreños. Su elección fue impugnada. Un hermano suyo fue reelecto en San José Acatempa (Jutiapa) y otro amigo suyo en El Progreso (Jutiapa). De modo que a este nivel no se escuchó la petición de la Conferencia Episcopal Guatemalteca (CEG) y del Foro Guatemala de que los votantes excluyeran de sus opciones políticas a políticos sospechosos de narcotráfico. En cambio, no logró reelegirse como alcalde de Santa Rosa Pedro García Arredondo, ex-jefe de la tenebrosa Policía Judicial en tiempos de Lucas García (1978-82) y procesado por la Audiencia Nacional de España bajo acusación de la Fundación Rigoberta Menchú.

Con las cifras más provisionales que en otros recuentos a causa de una docena de impugnaciones, la UNE alcanza el mayor número con 99 alcaldías, comparadas con las 39 de 2003. Le sigue, como en el Congreso, la GANA, con 77 alcaldías, la misma cifra que alcanzó en 2003. Viene después el PP con 39. Continúa el PU con 22 (10 en 2003).

Y aquí entra el factor más desequilibrante de todos: la alcaldía de la Ciudad Capital de Guatemala fue ganada por tercera vez (segunda consecutiva) por el ex-presidente Alvaro Arzú, que aumentó su porcentaje de votos de 37 a 55% del electorado capitalino con 220,325 votos sobre los 118,364 de Roberto González, de la GANA -ex-gerente poco exitoso de la reconstrucción después del STAN-.

El FRG obtuvo 21 alcaldías, un enorme descenso desde las 118 que ganó en 2003. El PAN ganó 12, la UCN 10 y la URNG-MAIZ 6 (en 2003 había ganado 8). Otros partidos ganaron entre 4 y 1 para un total de 14. Entre estos últimos, la DCG, un partido ahora extinto que había gozado en otros tiempos de gran fuerza a nivel de municipios -todavía en 2003 consiguió 7 alcaldías- obtuvo sólo una.

Este cómputo provisional arroja un total de 300 alcaldías, faltando aún, cuando escribimos, 32 por contar. Sólo 8 mujeres (2.4%) empuñarán la vara de alcaldesas, aunque se presentaron 106 candidatas.

En términos de cabeceras departamentales, el PU obtuvo 1 (Guatemala), el PP 4 (Escuintla, Salamá, Guastatoya y Zacapa), la UNE 3 (Antigua, Retalhuleu y Flores), el FRG 3 (Cobán, Quiché y Totonicapán), la UCN 3 (Jalapa, Chiquimula y Puerto Barrios), la GANA 2 (Quetzaltenango y San Marcos), la URNG-MAIZ 1 (Sololá), y varios Comités Cívicos 5 (Jutiapa, Cuilapa, Chimaltenango, Huehuetenango y Mazatenango).

En términos de municipios más poblados, el PU ganó 3 (Guatemala, Villanueva y San Juan Chamelco), el FRG ganó 2 (Cobán y San Pedro Carchá), el PP ganó 2 (Mixco y Escuintla), la GANA ganó 2 (Quetzaltenango y San Marcos) y un comité cívico ganó 1 (Huehuetenango). Finalmente, según datos de la Asociación Guatemalteca de Alcaldes y Autoridades Indígenas, alrededor de 129 ciudadanos indígenas ganaron una alcaldía (casi el 39% del total de 332). Sin embargo, sólo un candidato de EG -el partido por el que corrió Rigoberta Menchú para la presidencia- obtuvo una alcaldía, la de San Cristóbal Cucho en el departamento de San Marcos.

¿POR QUÉ SE LANZÓ RIGOBERTA?

Rigoberta Menchú y su compañero de fórmula, el empresario cafetalero Fernando Montenegro, consiguieron únicamente 101,316 votos (3.09%), quedando en séptimo lugar. En las votaciones para el Congreso, EG obtuvo más votos que los que obtuvo el binomio presidenciable. ¿Qué ocurrió con esta candidatura, que según las encuestas de opinión a medio año 2007 ocupaba el cuarto lugar con casi un 7% de la intención de voto, porcentaje que incluso superaba todavía en agosto, según Vox Latina?

Dos años antes de las elecciones, le oíamos afirmar con aplomo a Rigoberta que no había perspectiva para que personas indígenas intentasen una candidatura presidencial en 2007 porque aún hacía falta formar muchos cuadros intermedios para poder configurar un equipo de gobierno. Precisamente por eso, ponía ella tantas esperanzas en la Universidad Maya, que aún no ha despegado. Incluso le oímos decir que 2012 -año en que asumiría la Presidencia quien gane en 2011- sería tal vez un año propicio porque en ese año termina, según él calendario maya un “katun”, un período de la historia.

¿Por qué, un año y medio después, la misma Rigoberta cambió de opinión y realizó las conversaciones que le llevaron a aliar a su incipiente movimiento político Winaq (“gente” o “personas” en quiché) con Nineth Montenegro y a ser proclamada candidata a la presidencia por EG?

Rigoberta no se ha expresado sobre los motivos o razones que la llevaron a este cambio de opinión y a esta decisión. Puede ser que haya visto su candidatura como un globo sonda con el que palpar el alcance de su fuerza política con vistas a las próximas elecciones de 2011 o a otras aún más lejanas. Puede ser que el triunfo de Evo Morales en 2006 le hiciera calibrar de otra manera la probabilidad del seguimiento de la población indígena a una candidatura también indígena. Puede ser que haya calculado mal, tanto la capacidad de movilización de Winaq como su propio atractivo para conseguir recursos financieros. En un viaje por la carretera panamericana desde Guatemala a los departamentos de Quetzaltenango y Totonicapán sólo pude mirar una valla de propaganda suya, una muestra de la escasez de recursos con la que ha competido EG y Rigoberta.

¿LA HIZO FRACASAR
EL RACISMO?

Puede ser que Rigoberta haya pensado que el enorme reconocimiento de su persona entre la población de Guatemala y la excelente opinión mayoritaria que de ella se expresaba en las encuestas de los años precedentes podían traducirse sin más en capital político. Puede ser que haya pagado el precio de haberse hecho presente más en las causas indígenas globales que en las de su propio país y en las de la Guatemala profunda. El voto de la población maya se ha dispersado hacia varios partidos políticos, tal vez con una cierta preferencia por la UNE, sobre todo en la mayoría del altiplano occidental. Puede ser que su rechazo a ser también candidata de URNG-MAIZ, habiendo sido en otros tiempos militante de una de sus organizaciones, le haya dado una imagen de inestabilidad política o incluso de maquiavelismo ideológico.

Y también puede ser que el racismo y el machismo guatemaltecos hayan jugado en su contra y pesado demasiado, al menos en algunos lugares cruciales del país. De lo contrario, es difícil explicar que haya sido en la Capital donde no haya llegado más que a 12 mil votos. La Capital es el lugar de mayor desarrollo educativo del país. Pero, como escribe Bryce Courtenay, novelista sudafricano blanco, “el racismo no disminuye con la inteligencia. Es una enfermedad, una locura; puede incubarse en la ignorancia, pero no desaparece necesariamente con el avance del conocimiento.” Y periodistas estadounidenses (“Detroit Free Press”) que comentan su novela “The Power of one” (1989), la alaban por poner al descubierto “la ridiculez del odio racial”.

La frase de Fernando Montenegro, citada por Torres-Rivas, dice más que muchas reflexiones sobre el racismo: “Me siento bien. Lo único malo es que mis amigos ya no me hablan”. Obviamente, no es el racismo lo que llevó a votar por otras opciones a mujeres y hombres indígenas de la Capital y del interior del país. Aunque sí puede haber sido influyente el patriarcalismo de la cultura indígena maya.

Mi impresión sigue siendo que Rigoberta Menchú, con todo y el probable destino perdedor de su proyecto político por el momento, lanzó, como ha dicho Edelberto Torres-Rivas, un desafío serio al sistema político de Guatemala por ser mujer, indígena, y de origen rural pobre. Lo cual no impide reconocer que por ahora las personas de raigambre maya en Guatemala participan en la política guatemalteca desde el frágil y caleidoscópico cascarón de los partidos políticos, desde donde han ganado muchas alcaldías, pocas diputaciones, algunos pocos ministerios o viceministerios, dos o tres opciones a la Vicepresidencia (en el FDNG y la URNG) y ninguna opción a la Presidencia, excepto la de la misma Rigoberta.

El desafío de Rigoberta puede llegar a convertirse en competencia divisiva, porque más y más partidos se sentirán inclinados a incluir indígenas como candidatos para dividir su fuerza o, si no para dividirla, al menos con ese resultado.

IZQUIERDA: ¿PEQUEÑA O ENANA?

Al final, Rigoberta Menchú compartió, al igual que la izquierda guatemalteca, una derrota singular en votos presidenciables. Pablo Monsanto -cuyo partido, ANN desapareció del mapa- parece haber afirmado que la izquierda nunca es derrotada, sólo pierde batallas. Miguel Angel Sandoval declaró que fue un éxito “haber posicionado” ante la opinión pública “un discurso y una agenda de izquierda que estaba difuminado”. Y que “nuestras curules y nuestras alcaldías son un resultado de dignidad”. Terminó considerando bueno el resultado, dados los escasos recursos con que compitió.

Torres-Rivas piensa que “el ‘Zurdo’ Sandoval es el que ha planteado las cosas más seriamente”, es decir lo que su entrevistador llamó “la contradicción ideológica que persiste en la sociedad guatemalteca” y que “los partidos políticos no capturan”. De hecho, es cierto que sólo Sandoval propugnó por una reforma agraria y por una reforma tributaria serias.

En cualquier caso, parece importante que la izquierda política partidaria guatemalteca entre a un período de reflexión profunda sin concesiones. Que se pregunte por qué las opciones de izquierda en los otros dos países donde hubo conflicto interno -El Salvador y Nicaragua- siguen siendo vigentes y viables -aun a pesar de no haber acometido los relevos generacionales imprescindibles- y la izquierda guatemalteca no sólo sufre escisiones, como en los otros países vecinos, sino que se precipita en un torbellino de enanismo.

¿REFUNDAR LA IZQUIERDA?

Para que la pequeñez no equivalga a la irrelevancia, ¿no tendrá la izquierda guatemalteca que aprovechar sus curules para levantar con fuerza la tarea de cumplir con los Acuerdos de Paz como política de Estado? Algunos analistas van más lejos: ¿No haría mejor la URNG disolviéndose, como sal en el agua, para que su valiosa gente se inserte en movimientos sociales sin ese cascarón que le impide irradiación y que aleja? “Si la sal pierde su sabor, ¿para qué servirá?”

¿No será la izquierda guatemalteca el grupo político de Guatemala que más necesita refundarse? Ya lo decía el antiguo dicho: “renovarse o morir”. Norberto Bobbio ha dicho lapidariamente que la izquierda se distingue de la derecha por la preocupación por la igualdad o, desde el otro lado, por el dolor ante la desigualdad.

Con Brasil y Sudáfrica, Guatemala es el país del mundo más inequitativamente desigual. Pero si quienes se dicen de izquierda reflexionan en los cafés y no acompañan en la cotidianidad de la vida en sus lugares de sufrimiento a la gente que en este país padece la desigualdad, como lo hicieron sus predecesores, ¿para qué quiere Guatemala una izquierda que no pocos de sus líderes cultivan sobre todo en oficinas burocráticas o en salones sociales?

LOS DESAFÍOS DE AMBOS
SON ENORMES

La Presidencia y Vicepresidencia de Guatemala se definirán en segunda vuelta el 4 de noviembre. Si no hay un cambio grande con respecto a elecciones anteriores -algún cambio puede ser probable por el acercamiento de las Juntas Receptoras de Votos a los hogares-, el abstencionismo será bastante mayor.

Los dos candidatos tienen desafíos enormes: Colom, avanzar en la Capital -donde llegó la UNE en cuarto lugar-, y Pérez Molina en el interior de la República, sobre todo en Occidente y en el Norte. Los dos visitaron al Alcalde Arzú y al presidente Berger. Los dos intentan congraciarse con el mayor número de alcaldes que no votaron por su candidatura. Y los dos cortejan a sus inmediatos seguidores, Giammatei y Suger. Suger ha pedido a los dos contendientes que le entreguen sus programas de gobierno, dispuesto a estudiarlos y a pronunciarse después. La GANA, en cambio, ha decidido no apoyar oficialmente a ninguno de los dos contendientes, y ha dejado a Giammatei fuera de esa decisión.

Giammatei parece haberse quedado vestido y sin novia y, después de haber declarado que no estaba por una vuelta al pasado militar del país, parece estar en tratos con el Partido Patriota, del cual fue miembro y dirigente en 2002. Se reunió con Otto Pérez Molina en la semana del 16 al 23 de septiembre. La decisión de la GANA no quiere decir que los diputados electos o los actuales no vayan a tomar partido por uno de los dos contendientes en forma más o menos pública. Aunque es bien dudoso que la población votante por uno u otro partido no ganador, por uno u otro de los diputados o diputadas de una lista, por uno u otro alcalde ganador, se parezca a un cheque endosable con certeza de cobro en las urnas.

Lo que sí indican estos dimes y diretes, una vez más, es lo que ya hemos afirmado: los partidos políticos guatemaltecos, son personalistas, sus programas no valen el precio de los asesores que los elaboran ni del papel en que se imprimen. Son otras las fuerzas que mueven los hilos del teatro callejero, del baile de máscaras.

PÉREZ MOLINA: “MANO DURA”

Entre los dos contendientes hay una diferencia importante. Uno de ellos es un militar retirado, con espíritu y carácter militar, que ha escogido para su campaña el significativo lema de “mano dura”, queriendo así proyectar en las mentes guatemaltecas que la seguridad ciudadana sólo se conseguirá con disciplina y fuerza militar. Además de simplista, su propuesta es tentadora, tal vez incluso seductora. Pero es, sobre todo, una vuelta al pasado.

No quiere decir que un militar no pueda ser demócrata. Lo han sido en otros países. Lo fue en la década democrática de Guatemala el Coronel Arbenz. Lo fueron también -tal vez los ejemplos más interesantes- el General Cárdenas en México (1934-40), el General Eisenhower en Estados Unidos (1952-60, aunque demócrata sólo para Estados Unidos) y el General De Gaulle en Francia (1958-68). Pero en Guatemala, con el terrible pasado militar con el que estamos lastrados, la carga de probar que un militar es demócrata está sobre los hombros del ex-general Otto Pérez Molina.

Y eso, a pesar de que fue una fuerza de las que impidieron el éxito del Serranazo en 1993 y uno de los negociadores de la paz en la última etapa. Pero también tuvo mando militar en Nebaj (Quiché) -como él mismo escribió en “Prensa Libre”, en una columna titulada “Memorias”- en los primeros años 80, zona que presenció la política de masacre y tierra arrasada del Ejército. Aunque, como ha recordado Edelberto Torres-Rivas, el gran problema es que el 60% de la ciudadanía actual en este país es tan joven que no vivió ni la dictadura militar ni el conflicto armado interno.

Y en ese contexto de olvido o ignorancia, no se ha hecho del Informe de la Comisión de Esclarecimiento Histórico
o de los Acuerdos de Paz y de su Ley Marco parte del pensum de la educación primaria y secundaria de este país. Habría que preguntarle a Otto Pérez Molina si quiere desligarse de la estrategia de tierra arrasada y masacres, plenamente documentada como estrategia del Ejército para ganar en el conflicto armado interno en los años 80. Habría que preguntarle si pedirá perdón al pueblo victimado por su participación en aquella estrategia.

COLOM: “TU ESPERANZA”

El lema de Colom -”tu esperanza es mi compromiso”- es vago y no tiene agarre en una necesidad sentida, como lo tiene el de “mano dura” con la necesidad de seguridad ciudadana.

También hay militares en las filas de la UNE. Uno de ellos, el ex-general Sergio Camargo, no ha sido reelecto al Congreso por la UNE e incluso se habla de él como posible Ministro de Gobernación. Ya hemos hablado de al menos un sospechoso de narcotráfico -Manuel Castillo-, que fue diputado uneísta, aunque resultó expulsado del partido. Muchos otros rumores sobre vinculaciones con el crimen organizado u otros poderes ocultos se difunden, además, alrededor de algunos hechos de sangre que han segado la vida de un diputado y de otros miembros de la UNE y también de un atentado intimidante contra el estratega de su campaña. Pero ni Colom mismo ni su vicepresidenciable, Rafael Espada, son militares ni militaristas. La debilidad que se le señala a Colom no sería buena para un Presidente, aunque tal vez sea mejor que una fuerza sin escrúpulos.

Lo menos que necesitamos en este país, tan tierno e imperfecto democráticamente, es una vuelta a métodos autoritarios no democráticos. Por eso la ciudadanía tiene ante sí una verdadera opción para sobrevivir a estas elecciones y seguir construyendo desde abajo una sociedad mejor capaz de exigir y vigilar representativamente las tareas de Gobierno.

¿Y LOS VERDADEROS
PROBLEMAS DEL PAÍS?

Es una desgracia ilimitada que ninguno de los dos contendientes punteros se haya atrevido a poner en su programa algunos de los grandes problemas de Guatemala: el pacto fiscal que hace falta para dotar al Estado de la capacidad de responder con un gasto social adecuado a la enorme deuda social en salud, educación y vivienda y evitar que el Estado dependa del endeudamiento interno de los bancos alimentados por el capital tradicional, emergente y delincuencial y, por tanto obedezca a sus intereses. La aplicación del resto de los Acuerdos de Paz, empezando por la reforma de la propiedad, de la tecnología, del crédito y de la diversificación de la producción agraria y el aumento de su productividad. La impostergable realización de la ley del Catastro y el regreso al Estado de los latifundios malhabidos durante los gobiernos militares. La conversión de Guatemala en un estado verdaderamente civil y la profesionalización y limpieza de los cuerpos de seguridad y penitenciarios, junto con el aumento justo de sus salarios. Y las pocas reformas constitucionales necesarias para cumplir con los Acuerdos de Paz, y tal vez para fundar una nueva República, donde la multiculturalidad y la interculturalidad superen el racismo y el machismo patriarcal sea confrontado por una legislación y unas políticas públicas de equidad de género.

No se puede aceptar el grito de la derecha más fanática de que ya el pueblo de Guatemala habló en contra de esas reformas en un referendo, cuando en aquella ocasión votó sólo un 18% de la población y en un ambiente de enorme miedo racista, atizado sobre todo por políticos que eran derechistas y fundamentalistas religiosos.

ANÁLISIS
AÚN MÁS PESIMISTAS

No quiero terminar sin reconocer con lucidez que existen otros análisis que destacan la visión del pueblo rural o de los asentamientos urbanos marginados de Guatemala que consideran la política un negocio: “Te doy mi voto, si me das algo”. Se vuelven así las elecciones una de las bases de la corrupción. Destacan también estos análisis, con pesimismo o con realismo, la imposibilidad actual de grandes y radicales cambios. Una cosa es que se enumeren esos cambios y se luche por ellos y otra que haya ambiente y oportunidad histórica para ellos en el mundo actual. Esta imposibilidad -dicen- la huele el pueblo, la gente, y por eso la democracia electoral se vuelve un juego de a ver quién gana más, una oportunidad de empleo y de conseguir algo, como si cada cuatro años se abrieran las bolsas y se repartiera dinero.

¿QUIÉN VIGILARÁ
A LOS VIGILANTES?

Los dirigentes de los partidos políticos tienen ante sí la tarea de refundarlos programática e ideológicamente para que puedan ser herramientas que se pongan a la obra de ir construyendo una Guatemala menos autoritaria y caudillistamente personalista, menos machista y crípticamente racista.

Eso no será posible mientras no haya movimientos sociales y organizaciones de todo tipo que vertebren una sociedad civil interesada en lo político, volcada hacia lo público, venciendo la inercia de la privacidad y del “sálvese quien pueda”. Sin muchos grupos sociales solidarios, desde muy variados intereses, “nadie vigilará a los vigilantes” y los funcionarios del Estado camparán a sus anchas en la tierra de nadie.

La política y la sociedad civil son directamente proporcionales y sin una ciudadanía activa y participativa en la sociedad civil no habrá en Guatemala ni en ningún otro país una política responsable.

CORRESPONSAL DE ENVÍO EN GUATEMALA.

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