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  Número 307 | Octubre 2007
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Nicaragua

Un mes después del huracán: "Lo peor está por venir"

Las tragedias causadas por el huracán “Félix” en una muy extensa zona del Caribe Norte tienen ribetes distintos en Bilwi, en Las Minas, en el Litoral, en el Río Coco… Ésta es tan sólo una mirada posible a lo ocurrido en el primer mes después del huracán especialmente en tres comunidades del Llano Norte: Sangnilaya, Iltara y Butku.

Salvador García Babini

Los vientos del huracán Félix empezaron a llegar poco a poco en la madrugada del martes 4 de septiembre. La amenaza se fue convirtiendo en realidad. Recién a esa hora la mayoría de los habitantes de Puerto Cabezas (Bilwi) y las comunidades aledañas fueron transformando la incredulidad, y la confianza en que una vez más nada pasaría, en carreras apresuradas hacia escuelas, iglesias, casas de cemento o espacios descampados donde no pudiera caerles encima ningún árbol.

Tan sólo hasta las 4 de la tarde del día anterior al desastre se dio la primera reunión en la sede del Consejo Regional con algunas de las principales instituciones que trabajan en la región. Nadie sabía muy bien qué comunidades se debían evacuar, cómo trasladarlas ni dónde ubicarlas. Todavía no había un clima de emergencia.

La burocracia y la falta de coordinación mantenían a todos ocupados en la eterna formación de comisiones de trabajo, mientras afuera de aquel edificio la vida transcurría normalmente. Sumado a esto, la crónica falta de energía eléctrica impidió la transmisión de información por radio o televisión. Las autoridades de gobierno dieron la alerta roja a las 12 de la noche del lunes, apenas seis horas antes del desastre. Quienes conocen la zona, dirían que todo sucedió a “ritmo costeño”…

DÍA A DÍA MÁS MUERTOS
Y MÁS CONCIENCIA DEL DESASTRE

La historia de huracanes que constantemente han amenazado el Caribe Norte jugó en esta ocasión una trampa. En otras temporadas ciclónicas, muchos huracanes se habían acercado a Bilwi, pero ninguno la había tocado. Según los entendidos, la poca profundidad de la plataforma marítima que está frente a la zona actúa como barrera ante los vientos y los hace perder velocidad al acercarse a tierra firme desviándolos más al norte. Esta vez esa teoría falló. El huracán Félix, de categoría 5 (vientos de 260 kilómetros), entró violentamente por Pahara, una comunidad ubicada a 15 kilómetros de Bilwi.

Desde Managua, los noticieros dieron las primeras informaciones: algunos muertos en Bilwi. Las crónicas llegaban vía telefónica. Entrevistaban a periodistas, trabajadores de diferentes instituciones y a cualquiera que tuviera un celular a mano y se animara a contar su propia experiencia. Pero en el primer momento nadie sabía a ciencia cierta cuáles eran los verdaderos daños que había provocado el huracán, ni siquiera qué trayectoria había seguido. La información iría llegando después y muy lentamente hasta construir la enorme dimensión del desastre. Durante todo el martes, los canales de televisión sólo mostraban la imagen satelital de una espiral de colores sobre un mapa de Nicaragua. Pronto supimos que la ciudad de Bilwi estaba sin luz y sin teléfono debido a la gran cantidad de árboles caídos.

De los Cayos Mískitos, donde trabajan cientos de capitanes de navío, cayuqueros, acopiadores de langosta, vendedoras de crack y marihuana, buzos, pikineras, cocineras y prostitutas, pronto empezaron a llegar los muertos. Día tras día se escuchaba: “Ayer a la noche trajeron 19 muertos al muelle... Hace un rato trajeron 25 muertos al muelle”... Las cifras siguieron subiendo día a día. Una señora que sobrevivió y vino de los Cayos informó que allí murieron unas 120 mujeres. Quizás ésta y otras cifras se confirmen algún día. La realidad y la falta de censos creíbles superan los niveles de organización y la capacidad de dar datos definitivos.

LAS CASAS DE LA COMUNIDAD:
COMO BARCOS ENCALLADOS

Desde enero de este año 2007 he estado visitando tres comunidades mískitas del Llano Norte ubicadas a 40 kilómetros de Bilwi: Sangnilaya, Iltara y Butku. Apenas pude, viajé a esa zona para ver cómo estaba mi gente. El viernes 7 de septiembre en la mañana salí de Bilwi con una camioneta rumbo al Llano Norte. A medida que nos íbamos alejando de la ciudad fui comprobando la gravedad de lo ocurrido. No podía creer lo que veía. Sisin, Santa Marta, Auhia Pihni…no estaban. Es decir, estaban ahí pero ya no había ninguna referencia de la comunidad. Faltaban los grandes árboles que uno veía de lejos, sólo unos cascarones de cemento daban fe de que allí hubo una iglesia y una escuela, trozos de zinc en las copas de los pinos que quedaron en pie, las casas en el piso o a medio caer, cortadas a la mitad, inclinadas hacia un costado como naufragando, un montón de tablas amontonadas desordenadamente…La vida había mutado. Tres días después del paso del huracán, el desastre parecía reciente.

Las comunidades se transformaron en campos de refugiados. En Sangnilaya, de las 67 casas, sólo 10 quedaron en pie. En Iltara y Butku, con 19 y 28 casas respectivamente, ninguna quedó entera. Saludar a los amigos, ir escuchando las historias, recorrer la comunidad casa por casa para ver de cerca cómo estaban, dónde estaban durmiendo, dónde estaban cocinando, qué había pasado con la gente que vive en las fincas, allá arriba en las montañas… Era increíble.

Fui directo a la casa de doña Ángela Moody, ex-wihta (jueza) de la comunidad donde siempre me quedo a dormir. Su casa, o lo que quedaba de ella, daba la impresión de ser un viejo barco encallado. De la cocina que había tardado cuatro meses en construir y que aún no estaba terminada, sólo quedaba una parte del piso.

Las familias mískitas no viven hacinadas por una cuestión “cultural”, sino por los costos económicos que implica construir una casa. Tengo los datos: si van a usar zinc -generalmente lo hacen-, necesitan 20 láminas. Para aserrar los 3 mil 300 pies de madera que requieren, necesitan 20 galones de gasolina, 6 de aceite 40, 4 litros de aceite 50-1. Para armar luego la casa, necesitan 2 libras de clavos de 2 pulgadas, 3 libras de clavos de 5 pulgadas, 12 libras de clavos de 3 y media, y 15 libras de clavos de 2 y media. A esto hay que sumarle el alquiler de la motosierra y el salario de quien la opera. El esfuerzo puede prolongarse muchos meses, incluso años. Cuando se sabe esto, se entiende mejor la dimensión de este desastre y la impotencia que produce ver caer en horas lo que costó tanto esfuerzo.

DOÑA SEGUNDINA, DOÑA VALERIA, DOÑA REINA...
¿CUÁNTAS MÁS?

Doña Ángela me contó que murieron tres niños, hijos de la Segundina, quienes vivían en la casa más alejada, al otro lado del campo de beisbol. Como muchas otras familias de la comunidad, Segundina se negó a moverse hacia la escuela o hacia la iglesia en la víspera, por la noche, en parte por incredulidad respecto a las consecuencias del huracán, pero sobre todo por temor a dejar sus cosas abandonadas durante tantas horas con el peligro de que se las robaran. Cuando los vientos se incrementaron a las 6 de la mañana, Segundina y sus hijos ya no pudieron llegar a ningún refugio. Salieron del interior del hogar y se metieron abajo del tambo -ese espacio de un metro que hay entre el piso de la casa y la tierra, tan característico de las viviendas mískitas y mayangnas-, pero la casa no soportó mucho tiempo y se derrumbó sobre ellos. Segundina quedó con fractura de cadera y fue trasladada a un hospital de Bilwi. Sus tres hijos fueron enterrados en la comunidad.

Valeria Manuel no salió de su casa hasta el último momento. Una vez afuera, se refugió con su familia bajo el tambo, pero alcanzaron a darse cuenta que los pilares no iban a soportar mucho tiempo la embestida. Apenas salieron, la casa se derrumbó. Valeria piensa que Dios estuvo sosteniendo su casa. Ya en la intemperie, metió a sus dos hijas en una estructura de cemento con forma de barril que iban a utilizar para un pozo y que estaba a un costado de la casa. El resto de la familia hizo una cadena humana y se amarraron a un palo de coco grueso de los que no crecen mucho. Así resistieron.

Doña Reina tampoco pudo llegar a un albergue. Junto a su familia salió corriendo rumbo al llano donde no había peligro de que un árbol les cayera encima. Hicieron un círculo y entre todos sujetaron con todas sus fuerzas un plástico que los cubría. Tuvieron suerte que ninguna de las láminas de zinc que volaban como papeles les hicieran daño.

DEL OTRO LADO DEL RÍO WAWA:
INCOMUNICACIÓN, DEVASTACIÓN Y HAMBRE

Sábado 8 de septiembre. Un grupo de hombres está dedicado a construir una casa comunal aprovechando una vieja estructura de cemento de lo que nunca llegó a ser un puesto de salud y parte del machimbre -largas tablas de pino que se usan como paredes o techos- de la escuela que el viento echó abajo. Alrededor de ellos, otro grupo de hombres comenta los últimos acontecimientos, intercambian la información escuchada en la radio sobre la situación en otras comunidades. Entre ellos reconozco a Emilio Taylor, que tiene casa en Sangnilaya, pero vive en su finca, ubicada en Kukas Kiam, una de las montañas del otro lado del río Wawa, donde muchos siembran los productos que semana a semana comercializan -o comercializaban- en el mercado de Bilwi.

El día del desastre, a mediodía, después que se calmaran los vientos, Emilio emprendió el regreso a la comunidad para saber de sus familiares y amigos. Debía caminar hasta el Wawa y de ahí bajar en cayuco. Llegar hasta el río, lo que generalmente le supone dos horas caminando, le tomó esta vez casi dos días, por la cantidad de árboles caídos que le entorpecían el paso. Escuchándolo empecé a entender la dimensión del desastre: 400 mil hectáreas de bosque devastadas. Y la yuca, el arroz, los plátanos, el pijibay, los frutales... todo derribado, casi todo echado a perder. Los animales seguramente muertos y los que sobrevivieron, al garete, sin su hábitat.

¿Qué van a comer en estas semanas, en los próximos meses, el año que viene? ¿Qué van a vender, con qué van a comprar la sal, el aceite, el jabón, la ropa, los medicamentos? ¿Cómo van a pagar la colegiatura de los muchachos que estudian en la ciudad? Desde el punto de vista de la reproducción social, el huracán Félix destruyó el equilibrio económico entre las necesidades de la comunidad, los recursos del bosque y la relación que hay entre ambos, traducido después en los bienes materiales y simbólicos que obtienen en la ciudad de Bilwi. Del futuro incierto nadie se atreve a hablar. Las principales preocupaciones están todavía en el presente.

El bosque caído no sólo ha bloqueado la entrada a las parcelas. Cientos de familias que se fueron de una u otra comunidad del llano a vivir a las montañas Tungla, Kukas Kiam, Wiwas y Likus siguen incomunicadas. Corren un grave peligro, pues no cuentan con alimento y además casi nadie ha podido comunicarse con ellas. Digo casi nadie, porque desde las comunidades han mandado expediciones para llevarles provisiones y en algunos casos han podido traer de regreso a cierta cantidad de gente. Los viajes pueden durar entre seis horas y dos días, en dependencia de la distancia o de si alguien ya abrió antes una trocha para atravesar la maraña de árboles y malezas.

Teniendo en cuenta todo esto, las primeras ayudas no fueron suficientes. Por ejemplo, el sábado 8, cuando llegó el concejal Garbash, don Apolinar Taylor le planteó que necesitaba gasolina y aceite para avanzar con una motosierra en el rescate de su familia que aún estaba en la finca. Le entregaron diez galones de combustible y dos litros de aceite. Según don Apolinar, con esa cantidad no avanzaría más de 300 metros. Finalmente, no usaron el combustible y mandaron a cinco hombres con machetes para abrirse paso.

LAS PRIMERAS AYUDAS
EN UN MUNDO EN MOVIMIENTO

Negrito, actual vice-wihta de Sangnilaya y vocal dentro del gobierno territorial de diez comunidades, estaba en Bilwi durante el huracán. Durante todo el nefasto martes 4 de septiembre trató en vano de encontrar algún transporte. El miércoles contactó a dos de los concejales -Garbash y Harold-, que representan a ese territorio (circunscripción 7). En medio del caos, de la burocracia y desafiando la orden de que nada saldría sin la firma del Gobernador, partieron hacía Sangnilaya con doce sacos de arroz, cuatro de frijoles, cuatro de cereales, cuatro galones de aceite, setenta unidades de jabón y ciento treinta libras de sal. Era la primera ayuda que les llegaba.

El jueves 6 de septiembre pasaron por allí AIKUKIWAL y PANA PANA y el viernes le tocó el turno a MASANGNI, una ONG que da acompañamiento técnico a las comunidades en el aprovechamiento forestal de la madera. Hasta la fecha, todas la instituciones que trabajan con el tema forestal siguen afinando los mecanismos que se van a utilizar para aprovechar la biomasa derribada. Este tema se proyecta como uno de los más polémicos en los próximos meses y hasta años y veremos intervenir a organismos e instituciones de todos los niveles, desde el Banco Mundial, el gobierno nacional, el regional, las ONG, los gobiernos territoriales, los líderes comunitarios…

Todas las instituciones que pasaron dejaron algunos sacos de alimento para las tres comunidades y evaluaron los daños. El sábado llegaron tres personas de la Alcaldía de Puerto Cabezas con personal del central Fondo de Inversión Social FISE. Objetivo: evaluar los daños. Ese día volvieron los dos concejales y dejaron un rollo de plástico negro que alcanzó sólo para la mitad de la población. Un par de horas más tarde llegó personal del Instituto de Desarrollo Rural (IDR), del Instituto Nacional Forestal (INAFOR) y de la oficina de recursos naturales del Consejo Regional. Objetivo: evaluar los daños.

Durante todo el día se instaló una brigada de tres médicos cubanos y una de Bilwi. El domingo apareció la Cruz Roja y luego la Iglesia Morava. Ambas entregaron medicamentos y evaluaron daños. Ese mismo día aterrizó un helicóptero y le entregó a cada familia una lona de 20 por 20 metros para cubrirse de la lluvia. Sobre la superficie, la lona traía estampado el logo: USAID, from the american people. Sangnilaya, Iltara y Buku nunca fueron tan visitadas en tan poco tiempo.

La cantidad de ayuda que fue llegando, las estrategias de sobrevivencia y la movilidad social -un verdadero desafío para cualquier estadística, dada la inestabilidad- ha generado una serie de debates internos alrededor de la elaboración del censo oficial que presentan hacia afuera los líderes de la comunidad. Desde que pasó el huracán hasta la fecha la respuesta a “cuántos somos” fue cambiando según pasaban los días. Por ejemplo, en Sagnilaya la lista pasó de 814 habitantes a 544.

Las tan variables estadísticas tienen, al menos, dos explicaciones. En primer lugar, los líderes comunitarios piensan que si registran a más personas van a recibir más productos. Y al comienzo fue así. Aunque resulte increíble, de todas las instituciones que trabajan en la zona, incluyendo la Alcaldía y el Gobierno Regional, solo la Iglesia Católica tenía un censo de la comunidad. Al final, el excedente que quedó resultó ser un eje de tensiones: ¿repartirlo o que quedara en pocas manos? Cuando hay recursos en juego, campea la desconfianza.

En segundo lugar, muchas familias en Sangnilaya, Iltara y Butku -así como otras del Llano Norte- tienen algún pariente viviendo en las montañas. Después del huracán, algunas de estas familias salieron del monte y se instalaron en la comunidad. Otras, más indecisas, han rotado de una comunidad a otra, visitando a varios parientes para ir viendo dónde tienen mejores opciones. Algunos que vivían en Bilwi han llegado a instalarse a la comunidad y otros permanecen en la ciudad, sobre todo, jóvenes que estudian la secundaria, pero los padres quieren incluirlos en el censo y en parte tienen razón, pues antes la familia les mandaba provisiones para ayudarlos a terminar los estudios.

LA VIDA TIENE QUE CONTINUAR

Domingo 9 de septiembre. Las familias que crecieron y se multiplicaron en matrimonios ocupando diferentes casas (kiamka), se volvieron a encontrar en pocas horas en un mismo espacio. Madres, yernos, hijos, nietos, todos viviendo juntos. La gente no se ha quedado con los brazos cruzados. Improvisa pequeños ranchitos con las láminas de zinc, las tablas y los clavos que pudieron salvar y allí duermen, cocinan, comen y guardan las pocas cosas que no se llevó el huracán. Más de diez familias que no pudieron recuperar nada permanecen aún bajo el techo de la escuela.

Más allá del impacto que causó el huracán en la vida de Sangnilaya, la vida sigue y los roles se mantienen. A la mañana, como desde siempre, las mujeres encienden el fuego y ponen a cocinar yuca, arroz o tortillas de harina. La abuela, centro de la familia, organiza la alimentación. Ella administra las porciones, manda a conseguir el aceite que hace falta, autoriza a darle un poco de azúcar a los vecinos. Primero ella y sus hijas mayores cocinan para la prole de línea materna. Luego viene el turno de las nueras y sus familias. Mientras, los niños más pequeños que todavía no caminan son cuidados por los hermanitos dos o tres años más grandes. Niños cuidando niños. Aparentemente ninguno tendrá clases hasta el año que viene. El Ministerio de Educación se comprometió a rehabilitar las escuelas lo más rápido posible. Los profesores necesitan material de apoyo para dar las clases. Y los alumnos, cuadernos y lápices para recibirlas. La vida requiere de un equilibrio.

Un grupo de jóvenes juega dominó sobre la lona que donaron los gringos. Por cada partida apuestan un peso. Algunos jóvenes reparan sus bicicletas, otros acompañan a sus padres o tíos a buscar algún racimo de pijibay o de plátano que se pueda recuperar de los terrenos próximos al río. No todos tienen suerte en la búsqueda de frutos. Me invitan a comer y me dicen orgullosos: “Este plátano lo recuperamos hoy, es de los últimos”. Urge empezar a limpiar el camino a las milpas y pensar dónde conseguir las semillas para sembrar. Enero, que es cuando empieza el ciclo, está a la vuelta de la esquina.

“SI NO SEMBRAMOS, NO VAMOS A COMER”

Son las 7 de la noche de un 15 de septiembre y las formalidades de las fiestas patrias quedan aquí muy lejanas. Las familias en Sangnilaya, Iltara y Butku están preocupadas por cosas más concretas: ir armando sus propios espacios para dejar de estar hacinados, labor que requiere de mucho esfuerzo y creatividad. Hay que enderezar clavos, serruchar las tablas para salvar las que no partió el viento, enderezar láminas de zinc, cortar plástico y amarrar la lona a los extremos de la “nueva casa” para tener un techo. Es un hogar provisorio, más precario que el anterior, pero es lo que tienen y saben por experiencia propia que con promesas no le darán abrigo a sus hijos. ¿Quién puede asegurar cuándo llegarán nuevos materiales para construir casas dignas?

En todas las casas se ve el fuego de la cocina, que anuncia la alegría del alimento. Me quedo a cenar en casa de Roberto Sosa. Mientras comemos, me cuenta cómo vivió el huracán allá en la montaña y cómo él y su familia tardaron dos días en volver a la comunidad. “Lo peor está por venir
-me dice preocupado-, nosotros somos campesinos y si no empezamos a sembrar no vamos a comer”. Sabe que lo más grave no es limpiar el camino a las parcelas, tarea que puede durar más de una semana. Lo grave es que no tienen semillas para empezar el ciclo productivo. La yuca se pudrió, los plátanos se cayeron, el arroz y el maíz se lo llevó el viento o se lo comieron los pocos animales que quedaron vivos. Con un bosque devastado, más que nunca sus vidas dependen de limpiar el camino hasta sus huertas, de conseguir semillas, de sembrarlo de nuevo todo y de evitar lo que sería un segunda tragedia: la propagación de un incendio en el período de quemas, cuando termine la temporada de lluvias.

EN BUSCA DE LA CARNE PERDIDA

Las comunidades del Llano Norte se alimentan principalmente de yuca, plátano y arroz durante todo el año, y de pijibay y algunas pocas frutas durante diferentes temporadas. Pero el alimento más importante, tanto por su nivel nutricional como por su valor simbólico, es la carne: una comida sin carne es una comida pobre. Pasará algún tiempo ¿cuánto? para que puedan montear de nuevo y traerles a sus hijos un venado, una guatusa, una guardiola, un cusuco. El exceso de materia orgánica en el río Wawa ha contaminado a millones de peces. De todas formas, cuando el río recupere su estabilidad orgánico-química, no podrá proveer de suficientes peces para alimentar a tantas comunidades. Debido a la presión demográfica que desde hace años ejercen las poblaciones sobre el río, la pesca venía siendo ya una fuente inestable y reducida para obtener proteínas.

Para colmo, por la misma pérdida de las cosechas, carecen de alimentos para darle de comer a los cerdos y gallinas que sobrevivieron al huracán. Un duro golpe para la economía del hogar, ya que los animales domésticos constituyen una fuente de ahorro: sólo una pequeña parte se deja para el consumo interno de la familia, el resto se destina a la venta. En algunos casos, monos, loras y tucanes están empezando a ser una alternativa, pero éstos no durarán mucho. ¿Qué va a pasar? Es de sobra conocido que en un hábitat alimentario con poca variedad de proteínas y vitaminas, si falta la proteína animal la anemia aparece casi inevitablemente.

PRODUCTORES, CONSUMIDORES, INTERMEDIARIOS: TODOS AFECTADOS

Históricamente, el bastimento -yuca y plátano- ha sido uno de las principales fuentes económicas, tanto para las comunidades del Llano de Puerto Cabezas y Waspam, como para muchos comerciantes que revenden estos productos en los mercados y pulperías de Bilwi. Este circuito está ahora amenazado y ya se empiezan a ver las consecuencias en la economía de cada casa: si antes te daban entre seis y diez plátanos por diez córdobas, según la cantidad de producto que entraba, en estos días no te dan más de tres plátanos por esos diez pesos. En esta crisis, tanto consumidores, como productores e intermediarios están sufriendo las consecuencias. ¿Qué pasara en los próximos meses, cómo se regularán los precios, de dónde traerán los productos?

Hasta ahora lo único que está saliendo de las comunidades hacia la ciudad de Bilwi es carbón y, de vez en cuando, carne de cerdo o res, pero obviamente estos productos no son suficientes para devolver un mínimo de estabilidad económica a las familias. Por un lado, los pocos animales que existen en las comunidades sólo se destazan ocasionalmente para pagar una emergencia y por otro lado, una sobreoferta de carbón tendería naturalmente a reducir su precio y, en consecuencia, las ganancias de su venta. ¿Cuáles serán las opciones productivas? ¿Existen planes serios y que involucren a las comunidades en la reactivación de su sistema económico?

LAS RUTAS DE LA AYUDA
¿QUIÉN SE LLEVARÁ LOS “CRÉDITOS”?

A través del SINAPRED (Sistema Nacional para la Prevención de Desastres), el Gobierno Regional ha hecho una serie de esfuerzos por concentrar toda la información sobre la cantidad y el destino de la ayuda que viene llegando. Durante las primeras semanas del desastre, el Gobierno Regional -via SINAPRED- no dio mucho espacio a las ONG locales para participar en la coordinación de la emergencia. Ayudar da proyección pública y en la alianza YATAMA-FSLN querían tener los créditos de la película. Las ONG actuaron como siempre lo han hecho: con aciones directas en las comunidades. La desconfianza entre Gobierno y ONG es un tema previo al huracán y se enmarca en las disputas por controlar información y recursos en un mismo territorio, en un contexto político local muy reducido, donde cada quien conoce la historia personal y profesional de los otros.

Se calcula que más del 60% de la alimentación que ha llegado la ha puesto el Programa Mundial de Alimentos (PMA). Entre otras instituciones grandes que están ayudando están Plan Internacional, Acción Médica Cristiana, CRS (Catholic Relief Service), Cruz Roja y las iglesias Morava, Católica y Bautista. Aparte de estas instituciones -con gran capacidad de recaudación y logística-, la solidaridad ha tenido otros orígenes, quizás menos visibles en los medios de comunicación y las estadísticas oficiales, pero igual de importante e incluso a veces más rápida: radios de Bilwi, ONG con presencia local, pequeños Comités de solidaridad organizados aceleradamente en ciudades de Europa, Estados Unidos y Canadá, Universidades nacionales, comunidades del Caribe Sur y un sinnúmero de personas que a título personal, desde Nicaragua o desde fuera del país, han demostrado que la cooperación es uno de los instintos humanos más viejos y lindos que tenemos como especie.

Pero hasta ahora, viendo todo el mapa de la emergencia, y exceptuando el esfuerzo del PMA por llevar alimentos a todas las comunidades afectadas, la ayuda ha seguido y sigue la ruta de las instituciones que ya trabajaban en sus territorios. Cada uno con “su grupo meta”. Porque sigue siendo parte de su trabajo de proyección y porque siempre hay un mayor compromiso con quienes ya existen vínculos laborales y afectivos. En ese sentido, las comunidades menos atendidas antes del huracán, lo siguen estando.

LOS ÚLTIMOS SERÁN LOS ÚLTIMOS

Cuando un huracán pasa y destruye un territorio pone en jaque la seguridad de las comunidades. Más aún, cuando en estas comunidades el Estado es una leyenda y las ONG no tienen presencia. En ese sentido, los más vulnerables en la actual emergencia en salud y alimentación son los “colonos mestizos” que quedaron en medio. Migrantes de Waslala, Matagalpa o Siuna: muchas veces sus comunidades ni siquiera aparecen en los mapas oficiales. Ubicadas cerca de los ríos Akawas, Kukalaya, Siksikwas y Wawa entre otros, estas poblaciones mestizas suelen estar aisladas a dos, cinco o siete horas a pie de la carretera más cercana.

Son campesinos que fueron expulsados por el hambre de sus lugares de origen. Son minorías políticas en una región en donde el gobierno y las decisiones centrales tienen una fuerte inclinación hacia lo indígena. Aunque Brooklyn Rivera y otras figuras costeñas quisieran la Costa -ese espacio indefinido- sólo para los costeños -ese concepto indefinido-, la realidad es mucho más compleja y menos dicotómica de lo que algunos quisieran. Invito a cualquiera a que vaya a estas comunidades olvidadas de los colonos mestizos para comprobar las históricas alianzas económicas y de parentesco que ponen en cuarentena categorías como “indígena” y “no indígena”.

MÁS AYUDA, MENOS AYUDA...
¿VOLUNTAD, CAPACIDAD, DERECHO?

Martes 18 de septiembre. Estoy en Sangnilaya hablando con Félix Labonte, juez (wihta) de la comunidad, sobre los problemas que ha tenido para hacer un censo definitivo, cuando escuchamos el ruido de un motor. “Parece que viene un camión -me dice-, vamos a ver”. En efecto, aparece un camión con la bandera del CRS. El juez se presenta y rápidamente un grupo de hombres empiezan a descargar: bidones, ollas, cucharones, clavos, palas, martillos, piochas, barras de metal, frazadas y cloro.

Veinte minutos más tarde aparecen dos camiones más. Son del Ejército de Nicaragua y traen comida que manda el PMA: 71 sacos de arroz y 19 de arvejas. Apenas se fueron los tres camiones, llega una camioneta. Es Walter Treminio, de Radio La Porteñísima. Trae sacos con ropa y comida, recolectadas por la emisora durante un hablatón en Bilwi. La comunidad aplaude el esfuerzo. El día anterior había llegado Plan Internacional con comida, plásticos, chinelas, colchonetas y focos, que repartieron directamente los funcionarios. Mañana van a repartir lo que acaba de entrar, a todos por igual. En las comunidades mískitas, al menos cuando se dan cosas públicamente, prima la lógica de la igualdad por sobre la equidad. Es un regulador interno de conflictos.

Sábado 22 de septiembre. Llego a Bilwi y llamo a mi madre en Managua para que organice otra colecta con los amigos y compre más mosquiteros. Los primeros 73 que mandó no fueron suficientes para las tres comunidades. Para ponerme al día sobre el ritmo de la ayuda, me voy al Gobierno Regional y allí me encuentro con cuatro campesinos mestizos. Dos son de Wakanbay y los otros de Guásimo y Salpaka, dos comunidades totalmente alejadas de la carretera o de algún centro urbano. Leónidas González -de Salpaka- está en Bilwi desde hace cinco días. Ha caminado de institución en institución. Su misión: buscar rollos de plástico para llevar a su pueblo, que duerme al raso, sin techos. Nadie le ha dado una respuesta. Me dice que al menos espera que alguien le pague lo que gastó durante su estadía. Los otros dos, que vienen por lo mismo, lo escuchan callados. Me cuentan que desde que pasó el desastre sólo una vez han llegado a dejarles medicamentos, un poco de agua y comida para tres días.

Me pregunto quién controla esto. ¿Hasta qué punto la ayuda es pública o es privada? ¿El Gobierno Regional, máxima autoridad local, no debería intervenir en la atención, en pos de asegurar el beneficio de todos los afectados de la RAAN? ¿Es un tema de voluntad, capacidad o de derecho? No sé, pero en los próximos meses la atención en salud y alimentación de todos estos poblados va suponer un reto enorme para la logística y va a requerir una alta dosis de solidaridad bajo la lógica de la equidad.

¿SERÁ UN NUEVO COMIENZO?

Uno de los mayores retos con los que se enfrentan las instituciones que van a trabajar en la zona afectada -tal vez la mayor contradicción- es lograr que tarde o temprano las comunidades restablezcan una mínima autonomía económica para que se vaya rompiendo la cadena asistencialista, tan cómoda para ciertas instituciones, pero tan cara para el futuro de las comunidades.

En países como Nicaragua, con índices tan altos de pobreza, con mayorías atrapadas entre la corrupción y la falta de oportunidades, los desastres naturales tienen al menos dos consecuencias que pueden llegar a complementarse positivamente. Por un lado, se visibilizan de una manera más cruda las condiciones sociales que estructuran la vida de la gente: sus debilidades y sus fortalezas, y sobre todo las injusticias que los empobrecen. Por otro lado, se movilizan recursos, organismos y proyectos destinados a la reconstrucción de las poblaciones afectadas.

No pretendo ser original al afirmar que, de la forma en que sean tomadas en cuenta las comunidades para participar en el proceso de su reconstrucción dependerá la calidad y la sostenibilidad de lo que podría ser un “nuevo comienzo’. Todo esto es lo que he visto y lo que pienso hasta hoy, 27 de septiembre, dos docenas de días después del paso del huracán.

ESTUDIANTE DE ANTROPOLOGÍA, REALIZA SU TRABAJO DE CAMPO PARA LICENCIATURA EN EL CARIBE NORTE.

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