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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 301 | Abril 2007
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América Latina

Fuera de los pobres no hay salvación

“Fuera de la Iglesia no hay salvación” ha afirmado durante siglos y hasta hoy la jerarquía eclesiástica. “Fuera del mundo no hay salvación” fue lo que dijo el Concilio Vaticano II en los años 60, cuando por fin se abrieron las ventanas de la Iglesia al mundo moderno. “Fuera de los pobres no hay salvación” asevera y propone, desde la teología de la liberación, Jon Sobrino, orgullo de Centroamérica y de la Iglesia universal, en vísperas de la reunión de los obispos latinoamericanos en Aparecida, Brasil.

Jon Sobrino, sj.

Pablo exclamaba: “¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?” Los tiempos no están para ese tipo de preguntas, pero el espanto que produce el injusto mundo en que hoy vivimos, la grave enfermedad de la civilización que hoy padecemos -una civilización del capital, que produce empobrecidos y excluídos, vencedores y vencidos, una civilización no sólo enferma, sino “amenazada de muerte”, en palabras de Jean Zingler- nos lleva a una pregunta semejante: ¿Qué nos librará de este mundo inhumano y cruel?

Ante la inmensidad del problema, la respuesta sólo puede ser modesta, obviamente, pero intentamos ofrecer un principio de respuesta. Consiste en poner la salvación en relación con los pobres. Ver en los pobres un lugar y un potencial de salvación. Y aunque suene desafiante, también es modesta la formulación extra pauperes nulla salus (fuera de los pobres no hay salvación). No decimos, estrictamente hablando, que con ellos ya hay, automáticamente, salvación, sino que sin ellos no la hay, aunque sí presuponemos que en los pobres siempre hay “algo” de salvación. Lo que pretendemos, en último término, es, a pesar de todo, ofrecer esperanza. Del mundo de los pobres y las víctimas pueden venir sanación a una civilización gravemente enferma.

UNA FÓRMULA LÍMITE Y DESAFIANTE,
NOVEDOSA Y LLENA DE OBSTÁCULOS

Intentaremos introducirnos en un misterio que nos sobrepasa. Nos sobrepasa qué es ser humano a cabalidad, y por ello, también nos sobrepasa qué es salvación -aunque algunos de sus elementos no sean nada misteriosos, la erradicación del hambre, por ejemplo. Y nos sobrepasa la misma fórmula: extra pauperes nulla salus. Para introducir en el misterio no son superfluos conceptos y raciocinios, por supuesto, pero no bastan. Hay que tener en cuenta -y hacer que converjan con ellos- sabiduría, reflexiones, testimonios, experiencias, y en este caso, ciertamente, se necesita el espíritu de fineza, de que habla Pascal.

La fórmula desafía a la razón instrumental, y la hybris se rebela contra ella. Por ello, que yo sepa, no aparece en tex¬tos de la modernidad ni de la postmodernidad, pues no es fácil de aceptar que de lo no-ilustrado provenga salvación. Sí está presente de alguna forma en Marx: la salvación proviene de una clase social del abajo de la historia. Pero el marxismo no ve potencial salvífico en el lumpen. A mi entender, tampoco la filosofía social, sobre la que está basada la democracia, se pregunta por ello. Haría de los pobres, a lo sumo, ciudadanos con los mismos derechos que los demás, pero no los pone, ni en la teoría, ni en la práctica, en el centro de la sociedad, ni hace de ellos, por serlo, portadores específicos de salvación. Tampoco lo hace la Iglesia, ni en su teoría, ni en su práctica. Impera siempre y en todos lados el axioma metafísico: salvados o condenados, “lo real somos nosotros”.

Es también una afirmación límite, por lo cual sólo adquiere sentido tras analizar los diversos aportes de los pobres a la salvación. Y en definitiva, es una formulación negativa, lo cual no le quita importancia, sino más bien la aumenta, pues nos parece que, cuanto más importantes son las cosas, más exigen ser formuladas de manera negativa. En esto insistía Przywara. La realidad siempre es más grande que nuestras ideas. Cuando mayor sea la realidad, tanto más respetuosas deben ser las ideas. La vía negativa no tiene por qué ser expresión de desconocimiento de la realidad, sino que puede ser expresión de respeto y humildad ante ella. Y de conocimiento más profundo.

Pero aun con todas esas dificultades, la mantenemos, pues es una formulación vigorosa, apta para romper -al menos en el concepto- la lógica de la civilización de la riqueza.

QUÉ PODEMOS SABER, ESPERAR,
CELEBRAR Y RECIBIR DE LOS POBRES

Hay otras dificultades para aceptar la fórmula. Para unos, la fundamental será la incapacidad de los pobres para producir bienes masivamente. En lo personal, la mayor dificultad está en que también en el mundo de los pobres campea el mysteriun iniquitatis. Vienen a la mente los males que vemos a diario entre ellos, y nos lo recuerdan quienes viven y trabajan directamente con ellos.

De una u otra forma, nos preguntan si no estamos idealizándolos o cayendo en “el mito del buen salvaje”, como escuché en España durante el Quinto Centenario. Y no es fácil dar una respuesta que sosiegue el ánimo. Una cosa es ver a los pobres en comunidades de base, generosos, comprometidos con la liberación, la suya y la de otros, bajo la animación de un Monseñor Romero, y otra es verlos desencantados, estropeados por el mundo de abundancia y sus ofertas, luchando unos contra otros por sobrevivir. Y también los horrores de los Grandes Lagos o los doce asesinatos diarios en El Salvador. Todo eso ocurre en lugares de pobres, aunque la responsabilidad inmediata no es sólo de ellos, ni siempre de ellos. No lo es, pensamos, la responsabilidad principal. Y también hay que tener en cuenta que su realidad varía, según épocas y lugares.

Es también dificultad la novedad teológica de la fórmula. Siempre ha existido algún tipo de relación entre pobres y fe cristiana. Desde la fe los pobres mueven a indignación irrecuperable, a compasión sin límites, e incluso a conversión radical, la cual puede llevar a la “opción por los pobres” y a vivir en obediencia a “la autoridad de los que sufren”, como decía Metz. Los pobres pueden cuestionar con ultimidad si creemos en Dios y por qué creemos en Dios, cuando parece que o no puede o no quiere eliminar los horro¬res de nuestro mundo.

Según sea nuestra actitud ante ellos, de los pobres depende nuestra salvación o condenación: “Vengan benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me dieron de comer. Lejos de mí, malditos…” Finalmente, como los creyentes somos “sacramentos”, y por ello, “presencia” -o “ausencia” de Dios-, según actuemos con ellos, de una u otra manera, podremos escuchar lo que denuncia la Escritura, al repetir cinco veces -tres refiriéndose a Dios y dos a Cristo- que “por causa de ustedes se blasfema el nombre de Dios entre las naciones”. O haremos real lo que nos pide Jesús de Nazaret: “Brille su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre de ustedes que está en los cielos”.

La Conferencia de obispos latinoamericanos de Medellín otorgó especial importancia a la “opción por los pobres”. Pero ahora damos un paso más, y más novedoso. Se trata de “la opción a dejar que de los pobres venga salvación”. Aceptarlo no es fácil, y se necesita una nueva lógica.

Ésta no es un añadido categorial a un modo de pensar ya constituido, sino que es producto de una actitud fundamental globalizante, con un corte, con una cesura constitutiva: no sólo hay que ser y actuar en su favor (qué tengo que hacer, como pregunta Kant), sino qué puedo saber y qué puedo esperar (las otras dos preguntas kantianas), a las que añadimos qué puedo celebrar y qué puedo recibir. Y todo ello “desde los pobres”. Si en la respuesta a estas preguntas se hace central al pobre, entonces, el modo de pensar puede estar movido por una lógica distinta. Y puede ser razonable la aceptación y comprensión delextra pauperes nulla salus. No es fácil, pero, en cualquier caso, el plus de la nueva lógica es necesario.

Es lo que intentamos ofrecer en este modesto ensayo. En ello nos guía la intuición poético-creadora-profética del obispo Pedro Casaldáliga y la intuición y análisis de Ignacio Ellacuría. El lector notará también el forcejeo del pensamiento ante la complejidad e incertidumbre, al abordar el tema. El ánimo proviene del “así no puede ser” y de unas palabras de don Pedro Casaldáliga, quien tuvo la gentileza de escribirme: “Dices muy bien y hay que repetirlo a la saciedad: fuera de los pobres no hay salvación, fuera de los pobres no hay Iglesia, fuera de los pobres no hay Evangelio”. Y se comprenderá que tengamos la esperanza de que otros corregirán, mejorarán y completarán lo que vamos a decir.

EL MUNDO DE LOS POBRES
VISTO DESDE DENTRO

Es una experiencia repetida muchas veces que quienes llegan de lugares de abundancia encuentran entre los pobres y las víctimas “algo” nuevo e inesperado. Esto ocurre ciertamente en el ámbito de la fe: unos fortalecen su fe, otros la recuperan y algunos la descubren. Pero ocurre también en el ámbito de lo humano: ahora saben mejor qué es el mundo y qué son ellos, qué deben hacer y qué pueden esperar. En definitiva, en el mundo de los pobres han encontrado “algo” bueno, positivo. Han encontrado “salvación”. Desde Brasil, escribe José Comblin: “En los medios de comunicación se habla de los pobres siempre de forma negativa, como los que no tienen bienes, los que no tienen cultura, los que no tienen para comer. Visto desde fuera, el mundo de los pobres es todo negatividad. Sin embargo visto desde dentro, el mundo de los pobres tiene vitalidad, luchan para sobrevivir, inventan trabajos informales y construyen una civilización distinta de solidaridad, de personas que se reconocen iguales, con formas de expresión propias, incluidos el arte y la poesía”.

Estas palabras afirman que en el mundo de los pobres hay valores importantes y que, además, construyen una civilización de solidaridad. Y no es una opinión aislada, sino repetida. Muchos buscan hoy una humanidad humana -y lo decimos sin caer en redundancia-, así como Lutero buscaba a un Dios benévolo. Y no la encuentran en sociedades de abundancia, ni en la globalización, ni siquiera en ordenamientos democráticos. Sí encuentran elementos importantes de ella en el mundo de los pobres: alegría, creatividad, paciencia, arte y cultura, esperanza, solidaridad. Esta experiencia es dialéctica, pues han encontrado vida humana en el “reverso del mundo de los ricos”. Es salvífica, pues genera esperanza de un mundo más humano. Y es experiencia de gracia, pues surge donde menos lo esperan.

Algo parecido dice desde Chile Ronaldo Muñoz, ante el informe laudatorio del PNUD de 2005. Atempera el entusiasmo del informe y recuerda los graves males, que todavía abaten a las mayorías. Pero insiste, sobre todo, en un modo diferente de ver las cosas, desde una perspectiva distinta: “Más bien, tendríamos que asombrarnos por el aguante y el desarrollo personal y social de las mujeres; asombrarnos por la solidaridad espontánea de tantos pobres, con vecinos y compañeros más desvalidos; por las nuevas agrupaciones de adultos y jóvenes, que siguen levantándose contra viento y marea, para compartir la vida, para trabajar y festejar juntos; asombrarnos por la nueva dignidad y la lucha reivindicativa del pueblo mapuche; por las pequeñas comunidades cristianas, católicas y evangélicas, que siguen brotando, y dando frutos de hermandad y esperanza”.

ESE “ALGO“ QUE HAY ENTRE LOS POBRES
ES UN “ALGO “ HUMANIZANTE

Ante lo ocurrido durante el tsunami en Asia en 2005, Félix Wilfred escribe desde India lo positivo y lo negativo que ocurrió en el mundo de los pobres. Y concluye: “El afrontamiento del sufrimiento humano y la respuesta en términos de compasión ha desarrollado en las víctimas algunos de los valores que necesitamos para apoyar un mundo diferente: la solidaridad, la humanidad, el espíritu de compartir, la técnica de la supervivencia, la preparación para asumir riesgos, la resistencia y la férrea determinación en medio de las adversidades. En el mundo de las víctimas, a diferencia del mundo del imperio y la globalización, el bien no se identifica con el “éxito”. Lo bueno y lo justo son ideales que el mundo necesita para esforzarse por conseguir algo de forma implacable. Sus recursos culturales, que reflejan los valores e ideales de un mundo futuro, les ayudan a afrontar su vida con coraje, tanto individual como colectivamente”.

Basten estas palabras, que son realmente notables. De ellas no se puede sacar una tesis, evidentemente, pero expresan algo fundamental: existe un “algo” que se encuentra en el mundo de los pobres. Ellos, los que mueren antes de tiempo, los que tienen a casi todos los poderes del mundo en su contra, poseen “algo” que les hace vivir a ellos y que ofrecen a todos. Y ese “algo”, más que de bienes materiales, está hecho de bienes humanos, y por ello es un “algo” humanizante. Esos bienes son los que no se encuentran, o se encuentran con mayor dificultad, en el mundo de los no-pobres.

Los “pobres”, con la variedad de matices de la pobreza que analizaremos -los “pobres con espíritu”, sobre todo, como los llama Ellacuría, unificando las tradiciones lucana y mateana de las bienaventuranzas- son los que humanizan y ofrecen salvación, los que pueden inspirar y animar a configurar una civilización de solidaridad, no del egoísmo. Por esa razón, hablaba Ellacuría de “la inmensa riqueza espiritual y humana de los pobres y los pueblos del Tercer Mundo”. Cuánto hay de esos pobres en la realidad varía, según tiempos y lugares. Evidentemente no todos son así. En su mundo, coexisten con frecuencia, sobre todo en tiempos de grandes crisis, bondad y maldad. Pero por lo que toca a la sanación de una sociedad gravemente enferma, creo que hay “más que suficientes”. El problema está en tenerlos en cuenta.

Y lo más importante. En el mundo de los pobres se genera una lógica que permite ver la realidad de otra manera. Permite ver que salvación no es adecuadamente idéntica a progreso y desarrollo, distinción que nos parece muy importante. Y permite ver que de los pobres puede venir salvación. Para los no-pobres es la experiencia de gracia. La opción por los pobres no versa ya sólo sobre dar a ellos, sino sobre recibir de ellos.

“SALVACIÓN” ES VIDA, DIGNIDAD, FRATERNIDAD, HONRADEZ, TODO LO QUE HUMANIZA

Si en el mundo de los pobres hay un “algo” salvífico, que no se encuentra con facilidad en otros mundos, hay que determinar qué entendemos por “salvación” y por “pobres”.

La salvación de los seres humanos, y su necesidad, aparece en diversos ámbitos de la realidad. Hay salvación personal y social, histórica y transcendente, aunque no siempre puedan separarse con total nitidez. Aquí nos concentramos en la salvación histórico-social de esta sociedad gravemente enferma como la que hoy vivimos, deshumanizada por el descomunal agravio entre una mayoría de lázaros y minorías de espulones. Hay que distinguir también entre la salvación como estado de cosas positivo y el proceso para llegar a ese estado. En ambos casos, la salvación es dialéctica y, a veces, duélica. Acaece en oposición a otras realidades y procesos, e incluso en lucha contra ellos.

En cuanto estado de cosas, la salvación acaece de diversas formas. Dejándonos guiar sub specie contrarii por la falta de vida y por la deshumanización instalada por el capitalismo, podemos decir esto: salvación es vida (superación de las carencias básicas), en contra de pobreza, enfermedad, muerte; es dignidad (respeto a las personas y sus derechos) en contra de irreconocimiento y desprecio; es libertad, en contra de opresión; salvación es fraternidad entre los seres humanos, configurados como familia, lo que se opone a comprenderlos, darwinistamente, como mera especie; salvación es aire puro, que pueda respirar el espíritu para moverse hacia lo que humaniza (honradez, compasión, solidaridad, apertura a alguna forma de trascendencia), en contra de lo que deshumaniza (egoísmo, crueldad, individualismo, arrogancia, romo positivismo).

EL “LUGAR” DE LA SALVACIÓN:
LA APUESTA DE LA TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN

La salvación es concreta. Hay que recordarlo ante el peligro de “universalizar” a-históricamente el concepto de salvación y el de realidades que, por afirmación y negación, la acompañan, como son pobreza y desarrollo, por ejemplo. Así lo hace el PNUD. Tiene sus ventajas, pero qué sea salvación será comprendido de manera diferente en barrios residenciales de París e informes del Banco Mundial, y en los refugios africanos de los Grandes Lagos y en testimonios de comunidades populares. Desde Brasil, don Pedro Casaldáliga escribía que “la libertad sin justicia es como una flor sobre un cadáver”. “Libertad” y “justicia” son, ambas, expresiones de salvación, pero no se puede presuponer que, desde un lugar supuestamente universal, se las puede comprender de forma adecuada y jerarquizar su necesidad y urgencia.

Esto lleva a la pregunta por el lugar en que se teoriza la salvación, tarea hoy importante, pues la globalización, en cuanto ideología, busca llevar a pensar que la realidad del mundo es sustancialmente homogénea, y que, por lo tanto, no es necesario preguntarse por el lugar “más adecuado” para saber qué es salvación ni para saber qué es ser humano, qué es esperanza, qué es pecado, qué es Dios. No procede así la teología de la liberación, que da la máxima importancia a determinar el lugar adecuado que lleva a conocer la verdad de las cosas. Ese lugar es el mundo de los pobres. Y por ello, la teología de la liberación, y no otras, ha podido formular, aun en su forma negativa, el lugar de la salvación: extra pauperes nulla salus.

Por último, también hay que tener en cuenta las diversas formas que toma el proceso de salvación. Éste, normalmente, acaece en contra de estructuras de opresión, y por ello, la salvación toma la forma de liberación: hay que liberar de... Más aún, muchas veces no sólo hay que luchar contra los productos negativos que generan las estructuras, sino que hay que arrancar sus raíces, y entonces la salvación se torna en redención. Y según la tradición bíblico-cristiana, para ello hay que cargar con el pecado. A la redención le es inherente, entonces, la lucha contra el mal, no sólo desde fuera, sino también desde dentro, cargando con él.

¿QUÉNES SON LOS POBRES?
¿POR QUÉ NOS SALVAN?

También hay que determinar las diversas dimensiones del ser-pobre, pues según sea la forma en que viven la pobreza, así será su aporte a la salvación. Antes de tipificarlos en detalle es importante recordar la distinción fundamental que hacen los documentos de los obispos latinoamericanos en Puebla (1979), al tratar la dimensión soteriológica de los pobres. En primer lugar, por lo que son, independientemente de “su situación moral o personal”, “interpelan a la Iglesia constantemente llamándola a la conversión”. Y llamar a conversión es un gran bien. En segundo lugar, los pobres evangelizan, salvan, “por cuanto muchos de ellos realizan en su vida los valores evangélicos de solidaridad, servicio, sencillez y disponibilidad para acoger el don de Dios”. Es decir, salvan por el espíritu con que viven su pobreza.

¿Quiénes son esos pobres? En primer lugar, pobres son los materialmente pobres, los que no dan la vida por supuesta, aquellos para quienes vivir es su máxima tarea y la cercanía a la muerte, o a algún tipo de muerte -de su dignidad, de su cultura-, es su destino normal. Es la acepción económica de pobres, en el sentido primordial: en ellos el oikos, el núcleo mínimo de vida, está amenazado. Pobres son “los que mueren antes de tiempo”.

En segundo lugar, son los dialécticamente pobres, empobrecidos y oprimidos, no los carentes porque la naturaleza no da para más. Están desposeídos del fruto de su trabajo, y, cada vez más, están excluidos del trabajo mismo. Igualmente, están privados del poder social y político, por quienes, con ese despojo, se han enriquecido y se han tomado el poder. Es la acepción sociológica de pobre: se les niega su ser “socios”, “compañeros”. Además, por lo general son ignorados y despreciados. Son tenidos como inexistentes. No tienen nombre, ni en vida ni en muerte.

En tercer lugar, son los conscientemente pobres, los que han llevado a cabo una toma de conciencia, individual y colectiva, sobre el hecho mismo de la pobreza material y sus causas. Han despertado del sueño dogmático que les ha sido inducido: que su pobreza es natural e inevitable, a veces incluso querida por Dios.

En cuarto lugar, son los liberadoramente pobres, los que convierten esa toma de conciencia en organización popular y en praxis de liberación solidaria. Han tomado conciencia de su capacidad y de su responsabilidad hacia todos los pobres. Salen de sus propios grupos y comunidades para liberar a otros.

En quinto lugar, son los espiritualmente pobres, entendiendo aquí espiritualidad en sentido preciso: los que viven su materialidad, su toma de conciencia y su praxis con gratuidad, con esperanza, con misericordia, con fortaleza en la persecución, con amor y con el mayor amor de dar la vida por la liberación de las mayorías pobres. Y la viven, además, con confianza y disponibilidad, en un Padre-Dios, Padre en quien confían y descansan, y Dios ante quien están disponibles y quien no los deja descansar. Ésos son los pobres con espíritu.

Por último, vista la realidad de los pobres desde la fe cristiana, su pobreza posee una dimensión teologal: la predilección de Dios por ellos; y una dimensión cristológica: la presencia de Cristo en ellos. Y esto -al menos, en la medida en que los creyentes ven así a los pobres- hace que su interpelación y su oferta de salvación a los no-pobres sean más radicales.

Las diversas dimensiones de la realidad de los pobres -dependiendo de épocas y lugares- producirán unos u otros frutos de salvación. Dicho en forma de síntesis, por su cruda realidad pueden producir conversión y compasión, y también verdad y praxis de justicia. Y por su espíritu, multiforme, pueden humanizar de varias formas el aire impuro que respira el espíritu. No es fácil determinar la salvación que viene del mundo de los pobres. Podemos pensarla de tres formas: nos ofrecen una superación de la deshumanización, nos brindan elementos positivos de humanización y nos invitan a la solidaridad universal.

CUANDO EL MAL ES ESTRUCTURAL
HAY QUE “REDIMIRLO”

Históricamente los pobres son víctimas, y por serlo, también configuran el proceso de liberación en forma de redención. Monseñor Romero, sin ningún intento de precisión teológica, dijo con certera intuición en su homilía del 24 de diciembre de 1978: “Entre los pobres quiso poner Cristo su cátedra de redención”. En lo que sigue, no vamos a usar el término redención en su significado teológico habitual, sino como ingrediente de la liberación histórica.

El término redención es hoy ignorado, como si no esclareciese nada importante para sanar un mundo enfermo, pero sí esclarece. En el proceso de salvación hay que eliminar muchos males, y hay que luchar contra las estructuras que los producen. Pero, cuando el mal es profundo, duradero y estructural, para sanar de verdad, hay que erradicar sus raíces.

Esa tarea es tan difícil que siempre se ha intuido que es necesario un esfuerzo extra-ordinario, fuera de lo normal. En lenguaje metafórico eso se ha expresado diciendo que, para sanar un mundo empecatado, hay que “pagar un precio”, que es lo que etimológicamente significa redención, redemptio. En otras palabras, a los trabajos y sufrimientos normales en la producción de bienes hay que “añadir” algo oneroso. En lenguaje más histórico, podemos decir que, para erradicar sus raíces, hay que luchar contra el mal, no sólo desde fuera, sino desde dentro, dispuestos a que el mal nos triture. Aparece aquí el “plus” de sufrimiento que en la historia siempre se relaciona con redención.

En El Salvador hemos dicho esto muchas veces en presencia de la violencia en sus distintas y dramáticas expresiones. La violencia debe ser combatida de diversas formas: desde fuera, por así decirlo, con ideas, negociaciones, incluso, trágicamente y, en situaciones límite, con otras violencias, haciendo uso de ellas de la forma más humana posible. Pero para redimirla, hay que combatirla también desde dentro, es decir, dispuestos a cargar con ella. De ello dan testimonio los mártires de la justicia, Gandhi, Martin Luther King, Monseñor Romero…

Así lo dijo Ignacio Ellacuría premonitoriamente el 19 de septiembre de 1989, dos meses antes de caer él mismo víctima de la violencia, en un discurso muy político, para hacer avanzar las negociaciones, en presencia de los presidentes Oscar Arias de Costa Rica y Alfredo Cristiani de El Salvador, y en apariencia, sin añadir a sus palabras ningún matiz religioso: “Mucho ha sido el dolor y la sangre derramada, pero ya el clásico teologumenon nulla redemptio sine efussione sanguinis nos viene a recordar que la salvación y la liberación de los pueblos pasa por muy dolorosos sacrificios”.

NO EL SUFRIMIENTO, SINO QUIENES SUFREN

Esta tesis hay que entenderla bien. No defendemos ningún anselmianismo, como si el sufrimiento fuera necesario -y eficaz- para aplacar la ira de la divinidad y lograr salvación. Para salvar, Dios no exige sacrificio que dé muerte a sus criaturas, y por lo tanto, no hay que buscar por ahí la excelencia de las víctimas. Ésta consiste en que, por su naturaleza, su sufrimiento puede “desarmar”, no de forma mágica, sino histórica, el poder del mal. Es ésta una forma de intentar explicar conceptualmente lo salvífico que hay en el sufrimiento de Cristo en la cruz: el pecado ha descargado toda su fuerza contra él, pero, al hacerlo, el mismo pecado ha quedado sin fuerza. No es, pues, que el sufrimiento aplaca a Dios y lo torna benévolo, sino que desarma el mal.

Tampoco defendemos ningún sacrificialismo, como si el sufrimiento, en sí mismo, fuese algo bueno para los seres humanos. Sí insistimos en la veneración ante las víctimas que sufren, pues en ellas hay mucho del misterio fascinans et tremens. También insistimos en el agradecimiento, pues muchas veces ese sufrimiento acompaña a o es consecuencia de gran generosidad y del amor mayor. Veneramos y agradecemos una realidad primigenia positiva: en este mundo cruel, y contra él, ha aparecido verdadero amor.

La redención sigue siendo mysterium magnum, pero, a veces, ocurre el milagro y el misterio aparece visiblemente como mysterium salutis. De esto sólo se puede hablar con temor y temblor. Y sobre todo, sólo se debe hablar con la decisión de dar vida a las víctimas y empeñar en ello la propia. Las víctimas inocentes nos salvan moviéndonos a conversión, a honradez con la realidad, a tener esperanza, a practicar solidaridad. Y a veces, entre horrores, de forma milagrosa, producen frutos inmediatos y tangibles de salvación, como levadura que humaniza la masa. Es el milagro de una redención ofrecida y recibida.

DESPUÉS DE AUSCHWITZ...

Dice Carlos Díaz: “En Auschwitz preso niega a preso, pero el padre Kolbe rompe esa norma: preso ofrece su vida por otro preso, para él desconocido. Aunque a la Ilustración -tan racionalista y racionista ella- no le quepa en la cabeza, hasta en Auschwitz se puede vivir desde la gracia amorosa en diálogo con la luz, alentar la esperanza y evitar la desesperación de los otros condenados en la celda de castigo”.

“Después de Auschwitz nosotros podemos seguir rezando porque en Auschwitz también se rezó”, afirma lapidariamente J. B. Metz, nada dado a una ingenua teodicea. Y Etty Hillesum dejó escrito qué sentía en Auschwitz: “ayudar a Dios tanto como sea posible”. Aquí, el sufrimiento ha operado redención.

Los Grandes Lagos son el Auschwitz de hoy, y también en ellos se ha generado increíble humanidad. Como recuerda una religiosa misionera que ha pasado años en esa zona de África: “No es difícil alabar y cantar con todo asegurado. La maravilla es que los presos de Kigali que recibirán hoy visitas de familiares y con mil sudores les podrán llevar algo de comer, bendicen y dan gracias a Dios. ¡Cómo no van a ser los predilectos y de los que hemos de aprender la gratuidad! Hoy he recibido carta de ellos. Tal vez no se dan cuenta de cuánto recibimos de ellos y cómo nos salvan”.

LOS MÁRTIRES DE NUESTRO TIEMPO:
LOS ANÓNIMOS Y LOS CONOCIDOS

En El Salvador, cuando se firmaron los Acuerdos de Paz en 1992, se insistió en que la paz era logro de mártires y caídos. Pero más allá de la gran verdad, tantas veces manoseada, de estas palabras, también, como en Auschwitz y en los Grandes Lagos, el “plus” de sufrimiento de las víctimas generó redención, oferta de humanización. En un refugio salvadoreño, en tiempos de guerra, el día de difuntos unos campesinos oraron por sus familiares asesinados y también por sus asesinos.

Dijeron: “¿Sabe?, creímos que también ellos, los enemigos, debían estar en el altar. Son nuestros hermanos a pesar de que nos matan y asesinan. Ya sabe usted que la Biblia dice: es fácil amar a los nuestros, pero Dios pide también que amemos a los que nos persiguen”. No sabemos si los verdugos llegaron a recibir, alguna vez, esa oferta de salvación que les hacían las víctimas, y si la aceptaron. Pero el mundo, con esta oración a favor de los verdugos y con otras muestras de amor de las víctimas, quedó impregnado de humanidad, un capital que no debiera ser dilapidado, sino puesto a producir como gran tesoro.

Ese tesoro es la gracia. Y si alguien se pregunta por qué mencionarla al hablar de la salvación de una sociedad enferma, no ha entendido a Jesús de Nazaret, ni al ser humano, ni a la sociedad en que vivimos, llena de pecado, pero transida también de la gracia de las víctimas. Llegamos a ser humanos no sólo haciéndonos nosotros a nosotros mismos -muchas veces prometeicamente-, sino dejándonos hacer humanos por los demás. Es la dimensión de don que tiene la salvación.

Los tiempos no parecen estar para hablar así. El ideal-comprensible, pero peligroso- es salvar sólo produciendo bienes, como si los males irían desapareciendo por sí solos, sin dejar cicatrices y sin que actúe ese dinamismo específico del pecado a “regresar”, a volver a producir muerte e inhumanidad. Por ello, no es posible hablar de salvación sin tener presente la necesidad histórica de redención.

Esto aparece con toda claridad cuando se analiza lo que generan los mártires de nuestro tiempo. Tomados a una, los mártires jesuánicos -los que viven y mueren como Jesús- a quienes llamamos mártires activos, y los que padecen muerte lentamente por la injusta pobreza o violentamente en ma¬sacres, mártires anónimos, grupos, colectividades, son hoy los grandes gestores de la redención. Y en sentido estricto, más lo son los anónimos que los conocidos, aunque a veces no haya una clara línea divisoria entre ellos. Cargan con el pecado del mundo, y debilitan -aunque nunca lleguen a erradicarlas- las raíces del mal. Así operan la salvación.

ESE “ALGO” DE HUMANIDAD
QUE NOS SALVA

Para ver las cosas de esta manera, como en el caso del siervo sufriente de Yahvé, se necesita fe. A veces, también ocurre de forma verificable. El caso de Monseñor Romero es paradigmático. Un obispo, perseguido por los poderosos locales de todo tipo, asesinado inocente e indefensamente, por mercenarios en connivencia con el imperio, produjo una esperanza, propició un compromiso y convocó a una solidaridad universal sin precedentes. Y Monseñor Romero no fue sólo una persona individual, sino -creo que bien se puede decir- fue la cabeza más visible de todo un pueblo, que luchaba contra el pecado del mundo y cargaba con él.

Sin trivializar el problema de la teodicea por una parte, y sin caer en el victimismo por otra, creemos que en el inmenso dolor de las víctimas hay un “algo” que puede sanar a nuestro mundo. Aprobamos el gesto de Iván Karamazov: devolver la entrada a un cielo, al que habría que ascender para recuperar la armonía perdida. Pero aceptamos la entrada a una tierra destrozada, a la que hay que descender para encontrar un “algo” de humanidad. Buscar el sufrimiento para encontrar salvación sería blasfemia. Pero ante el sufrimiento de las víctimas, es arrogancia no abrirse a su potencial salvífico y dejarse acoger por ellas.

Hay que escuchar aquí la crítica de Moltmann: “Me parece -dice- que no es correcto hablar del ‘pueblo crucificado’ que ‘quita el pecado del mundo’ y, de ese modo, ‘redime al mundo’. Con ello no se hace más que glorificar y eternizar religiosamente el sufrimiento del pueblo. El pueblo no quiere salvar al mundo con su sufrimiento, sino ser finalmente redimido de su sufrimiento y llevar una vida humanamente digna”.
La última frase nos parece correcta, pero no falsifica necesariamente que los pobres, por serlo, no introduzcan salvación en la historia. En lo que sí estaría de acuerdo con Moltmann es en rechazar una relación mecánica entre sufrimiento y salvación.

La redención es necesaria. “Vincular el futuro de la humanidad al destino de los pobres se ha hecho una necesidad histórica. Solamente las víctimas pueden redimirlo”. Y es posible. Como en la cruz de Cristo, también en la historia se puede unificar sufrimiento y amor total. Y entonces el amor salva. Como dice Nelly Sachs, “amaron tanto que hicieron saltar, hecho pedazos, el granito de la noche”.

HA SIDO UN PROCESO: FUERA DE LA IGLESIA,
FUERA DEL MUNDO, FUERA DE LOS POBRES

Pudiéramos haber escrito todo lo anterior sin mencionar para nada la fórmula extra pauperes nulla salus. Esta, además, no aparece en la teología al uso, tampoco en la progresista, ni incluso, en cuanto formulación, en la teología de la liberación, aunque es coherente con ella. La usamos porque, en cuanto fórmula, tiene raigambre teológica que se remonta al extra ecclesiam nulla salus de Orígenes y Cipria¬no, y porque plantea con radicalidad el problema del lugar como requisito para encontrar salvación.

Después del Vaticano II, Edward Schillebeeckx escribió: extra mundum nulla salus, fuera del mundo no hay salvación, que venía a reformular la fórmula tradicional. Con ello quería decir que “el mundo y la historia humana en que Dios quiere operar la salvación, son las bases de toda la realidad de la fe. En el mundo, en primer lugar, se alcanza la salvación o se consuma la perdición. En este sentido, es verdad que extra mundum nulla salus. De esta manera, el teólogo holandés hizo productiva, en el análisis del lugar de salvación, el corte, la fractura, que había operado el Concilio. La nueva fórmula superaba la interpretación rigorista. Implica que también el mundo es lugar de salvación. Implica que la salvación no es sólo religiosa, sino que tiene también una dimensión histórica y social.

Este quiebre fue una novedad epocal, sólo comparable a la del Concilio -mejor, asamblea- de Jerusalén en el siglo I, donde se proclamó que la salvación es posible para todos los seres humanos, sin tener que pasar por el judaísmo, lo que entonces significó el fin del exclusivismo religioso judío. Con razón dijo Karl Rahner que el Vaticano II había sido el concilio más importante de toda la historia de la Iglesia desde el concilio de Jerusalén.

Pero poco después, alrededor de Medellín, ocurrió otra caesura todavía mayor, un corte que afectó también la comprensión de la salvación y su lugar. Medellín fue fruto del Concilio, y uno de los más importantes, sino el que más, pero fue también su superación. El avance fundamental consistió en que remitió la fe y la Iglesia no ya al mundo, sino a los pobres. Y lo mismo hizo con la teología. Como quehacer intelectual, concedió a los pobres el privilegio hermenéutico, es decir, la capacidad de comprender, desde ellos, realidades y textos. Eso es lo que hizo la teología de la liberación. Y por lo que toca a los contenidos, los puso en relación con los po¬bres.

UNA FÓRMULA TEOLÓGICA CONTRACULTURAL

La Conferencia de obispos latinoamericanos en Medellín proclamó “la Iglesia de los pobres”, lo que en el Concilio Vaticano II sólo había quedado incoado, tras los intentos, sin éxito, de Juan XXIII, el cardenal Lercaro, Monseñor Himmer, obispo de Tournai (primus locus in Ecclesia pauperibus reservandus est). Y en el momento cumbre para la teología, Monseñor Romero reformuló la sentencia de Ireneo: Gloria Dei vivens pauper (La gloria de Dios es que el pobre viva). Desde los pobres, Monseñor Romero reformuló el misterio de Dios. Y pienso que todavía no hemos asimilado tal novedad y audacia, relegando sus palabras a recurso retórico embellecedor. Cuando la teología se preguntó también con toda radicalidad por el lugar de encontrar a Dios, Porfirio Miranda respondió, “la cuestión no está en si alguien busca a Dios o no, sino en si lo busca donde él mismo dijo que estaba”. En los pobres de este mundo.

Es una fórmula contracultural, pues el mundo de la riqueza piensa que ya posee “salvación” y los medios que conducen a ella, precisamente por no-ser mundo de los pobres. No se le ocurre, al mundo de la riqueza que la “salvación” pueda venir de fuera y menos de los pobres. Salvados o condenados, dice, “lo real somos nosotros”.

Es también una fórmula indefensa ante las objeciones que presentan la historia y la razón, pero es necesaria, al menos como revulsivo ante una sociedad que sufre un “fracaso humanista y moral”. Y no hay que desacreditarla porque el mysterium iniquitatis también está presente entre los pobres. También de la Iglesia decían los padres casta meretrix, casta prostituta. La lglesia no es, pues, lugar de salvación porque en ella no haya pecado, sino por la presencia en ella de Cristo y de su espíritu, que siempre producirá vida y santidad -lo cual es una forma operativa de expresar la fe. Algo, de alguna manera parecido, puede decirse del mundo de los pobres -aunque también aquí la fe se hace análoga. Además de su cruda realidad, en ellos siempre habrá algo de espíritu. Y lo que ya no es sólo posibilidad, sino afirmación¬ esencial, en ellos siempre habrá algo de Cristo.

EL “MYSTERIUM INIQUITATIS”:
EL MAL Y LA MALDAD

Ante todo -y para evitar acusaciones de ingenuidad-, reconocemos el mysterium iniquitatis, presente en el mundo de los pobres: carencias que refuerzan el egoísmo de todo ser humano, contaminación de la imaginación con las ofertas que viene del Norte -aunque los pobres disfruten con todo derecho de los bienes civilizatorios a su alcance-, y maldad: abusos, violaciones, burdo machismo, engaños, mutilaciones, matanzas… A veces, auténticas catástrofes humanas.

En épocas recientes, pobres eran entre nosotros los miembros de cuerpos de seguridad y de organizaciones populares, y Monseñor Romero se lamentaba amargamente de que lo mismo que los unía, la necesidad de sobrevivir, los separaba, hasta matarse unos a otros. Y esto mismo ocurre ahora con pandillas juveniles en grado espeluznante de aberración: gente pobre, en lo fundamental, que se dan muerte unos a otros. Catorce años después de los Acuerdos de Paz, en un país de unos seis millones de habitantes, hay un promedio de doce homicidios al día.

Mysterium iniquitatis es la tragedia de Rwanda y los Grandes Lagos, con la responsabilidad secular adquirida por parte del Norte y su insensibilidad actual, pero también con la responsabilidad de los pueblos africanos. Melquisedek Sikuli, obispo congoleño, lo reconoce después de enumerar los inmensos problemas que asolan a su país: miseria, injusticia, desplazados, mujeres violadas y aldeas saqueadas, en el transfondo del pecado del colonialismo. Pero no disimula los males propios, lo que ilustra con el drama de los niños-soldados, aunque la compasión ante tanto sufrimiento lo mueve a buscar algún tipo de explicación. Cita, indefensamente, unas palabras de Kouroma, en su libro Allah no está contento: “Cuando no se tiene a nadie en el mundo, ni padre, ni madre, ni hermana, y se es todavía un niño, en un país arruinado y bárbaro, en donde todos se matan, ¿qué se hace? Se empieza a ser niño soldado para comer y matar: es todo lo que nos queda”.

Nada, pues, de idealizaciones, pero tampoco nada de hipocresía cuando el mundo de abundancia recuerda -hasta con mal disimulado aire de superioridad- los horrores del mundo de los pobres, en el fondo, para no tomar en serio sus propias atrocidades: Auschwitz, Hiroshima, Goulag, Viet¬nam, Irak, regímenes de seguridad nacional... Lo que ciertamente queda es la pregunta: “¿por qué, Señor, por qué?”.

EL “MYSTERIUM SALUTIS”:
LA SANTIDAD PRIMORDIAL

Pero también es verdad que en los pobres, que tanto han sufrido bajo la opresión y represión, en nuestro país, en Asia central, en los Grandes Lagos, hay madres que, tras una catástrofe, con niños agarrados de la mano y con todo lo que les ha quedado sobre la cabeza, buscan refugio, en larguísimas caravanas, caminando cientos de kilómetros. Hay enfermos de sida que quieren morir con dignidad. Otros luchan contra la opresión de diversas formas. Son capaces de resistir y de celebrar.

Sobre cárceles y campos de refugiados hay relatos de crueldad y miseria. Lo increíble es que también haya relatos de amor, esperanza, anhelo de vivir y de ayudarse, organización popular, religiosa y civil, para decir su palabra y mantener su dignidad. Teresa Florensa, una religiosa que ha trabajado en los Grandes Lagos, escribe: “Estos seres humanos siguen siendo el desecho de la humanidad. Son millones de personas que sobran en nuestro mundo. Nadie sabe qué hacer con ellos, y son conscientes de que no cuentan para nadie. Llevan pegada a su piel toda una historia de sufrimiento, humillación, terror, hambre y muerte. Están heridos en su dignidad Pero este trabajo con los refugiados de los Grandes Lagos es también una invitación a confiar en el ser humano, en su capacidad de superarse en las peores condiciones”.

Para los no-pobres del mundo de la abundancia, esto puede suponer una sacudida: “¿Qué has hecho de tu hermano?” Todavía más debe producir respeto y veneración. A ese anhelo de sobrevivir -y a ese convivir unos con otros-, en medio de grandes sufrimientos, a los trabajos para lograrlo con creatividad, dignidad, resistencia y fortaleza sin límites, desafiando inmensos obstáculos, lo hemos llamamos la santidad primordial. Comparada con la oficial, de esa santidad no se dice lo que en ella hay de libertad o necesidad, de virtud u obligación, de gracia o mérito. No tiene por qué ir acompañada de virtudes heroicas, pero se expresa en una vida toda ella heroica. Esa santidad primordial invita a dar unos a otros, a recibir unos de otros, y a celebrar unos con otros el gozo de ser humanos.

Me he preguntado si esa maldad y esa santidad son como las del mundo de la riqueza, y pienso que hay diferencias, al menos tal como a mí me afectan personalmente. La maldad del mundo de los pobres parece “menos” maldad, pues a ella empuja la necesidad de sobrevivir y la desesperación de una vida en miseria crónica. Siempre queda la libertad, o migajas de ella, se podrá decir, pero ésta existe en medio de la indefensión, la debilidad, la opresión de parte de la sociedad y de sus instituciones. Los pobres son los que tienen a (casi) todos los poderes de este mundo en su contra. Por eso, no me es fácil aceptar una simetría histórica total entre pobres y no-pobres.

Y la santidad de abajo parece “más” santidad. Parafraseando con libertad unas palabras de Kant en La metafísica de las costumbres, en que distingue “precio” y “dignidad”, pienso que en el mundo de la riqueza, aun con dignidad, tiende a imponerse la cultura del “precio”, mientras que en el de la pobreza predomina la “dignidad”. Jesús decía que la viuda pobre había dado más que todos los demás, pues había dado desde su pobreza. Lo había dado todo. La diferencia no es de cantidad, sino de calidad. Los pobres no tienen dinero, y con mayor connaturalidad pueden darse a sí mismos.

LOS POBRES SALVARÁN AL MUNDO

Y en los pobres se avizora a Dios. Digámoslo en palabras muy queridas para Gustavo Gutiérrez. “En medio del sufrimiento del inocente, el teólogo peruano se pregunta “cómo hablar de Dios desde Ayacucho”, ciudad que en quechua significa “rincón de los muertos”. Están preguntando por Dios Job, Iván Karamazov y Jesús en la cruz. Y en medio de los pobres, Gutiérrez responde con los conocidos versos del poeta César Vallejo: “El suertero que grita ‘La de a mil’ contiene no sé qué fondo de Dios”. Está respondiendo el centurión romano al pie de la cruz: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”. Ha encontrado a Dios. Los pobres remiten a Dios, porque Dios está en ellos, a la vez escondido y manifiesto. Y los pobres son “los vicarios de Cristo”.

En vísperas de la V Conferencia en Aparecida, termino ofreciendo un texto de Ignacio Ellacuría, que ilumina lo que debe ser el ser y hacer de las iglesias latinoamericanas. Es un texto de la opción por los pobres. Y es también un texto de la opción a dejarnos salvar por ellos. “La gran tarea salvífica es evangelizar a los pobres para que desde su pobreza material alcancen la conciencia y el espíritu necesario, primero para salir de su indigencia y opresión, segundo para terminar con las estructuras opresoras, y tercero para instalar unos cielos y una tierra nueva, donde el compartir prime sobre el acumular, donde haya tiempo para escuchar y gozar la voz de Dios en el corazón del mundo material y en el corazón de la historia humana. Los pobres salvarán al mundo, lo están salvando ya, aunque todavía no. Buscar la salvación por otro camino es error dogmático e histórico. Si esto implica esperar contra toda esperanza, es en definitiva una confianza segura en que todo ello se logrará un día. Los pobres siguen siendo la gran reserva de la esperanza y de la espiritualidad humana”.

FRAGMENTOS DE SU TEXTO “`EXTRA PAUPERES NULLA SALUS´. PEQUEÑO ENSAYO UTÓPICO-PROFÉTICO”, APARECIDO EN VERSIÓN ÍNTEGRA EN LA REVISTA LATINOAMERICANA DE TEOLOGÍA
DE LA UCA DE SAN SALVADOR, EN SU EDICIÓN DE SEPTIEMBRE-DICIEMBRE 2006.


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