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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 190 | Enero 1998
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América Latina

Radios comunitarias: ¡libertad de antena!

Por toda América Latina, centenares de radios comunitarias, ciudadanas, educativas, participativas lo de menos es el apellido luchan porque el derecho a la libertad de expresión vaya de la mano con el derecho a la libertad de antena. Estos son los planteamientos de este amplio, estratégico y democrático movimiento social.

José Ignacio López Vigil

Cuando un periodista joven te hace una entrevista, nunca falta la pregunta de cajón: "y la radio... ¿todavía tiene futuro? ¿Cómo se defiende frente a la televisión?" Me hace gracia esta sospecha de los días de radio llegando a su fin. En una edición internacional de Radio World leo: "Un estudio realizado por la Pontificia Universidad Católica de Chile, una de las entidades de educación superior más respetadas del país, ha dejado a la radio en muy buen pie: el estudio demostró que la radio concentra niveles superiores de recepción que la televisión, en ambos sexos y en todos los sectores socioeconómicos. El 62.1% de los chilenos dedica más horas a escuchar radio que a ver televisión. Además, el estudio mostró que el público asigna mayor credibilidad a la radio".

Las cifras de la investigación, realizada en 1996, son elocuentes: en promedio, los chilenos escuchan cerca de cuatro horas radiales en el hogar, una hora y media en el trabajo y casi media hora en automóvil o en transporte colectivo. El 97% de la población oye radio, el 84.1% lo hace a diario y sólo el 2.9% asegura no escucharla. En cuanto a los programas preferidos, la música ocupó el primer lugar con el 98%. Las noticias recibieron el 75.1% superando al deporte, que recibió el 43.5%. Los espacios con animador en vivo recibieron el 51.7%.

Latinoamericanos: radioescuchas

Si se hiciera la misma investigación en otros países latinoamericanos, sospecho que obtendríamos resultados similares. Además, a los agoreros hay que mostrarles las cifras: nunca estuvieron más saturados los diales, nunca hubo más estaciones y receptores de radio en nuestros países. Ecuador, con 12 millones de habitantes, cuenta con 700 emisoras de radio. El número de FMs creció en 1996 en un 345% respecto a la cifra de 1994. Ningún medio de comunicación tiene tanta penetración como la radio, alcanzando prácticamente a toda la población latinoamericana y caribeña. El inventario de medios de comunicación realizado por CIESPAL en 1993 da cuenta de 315 aparatos receptores de radio y 142 de televisión por cada mil habitantes de América Latina. Estas cifras ya han aumentado.

equivale a campesino. Hay, pues, que redimensionar el concepto y entenderlo más como intereses comunes que como límites geográficos. Por ejemplo, si en México, la ciudad más poblada del mundo, las mujeres deciden tener una radio propia y ojalá lo hicieran , estaríamos ante una comunidad de intereses que toca a diez millones de mujeres.

Cuando un grupo de vecinos decide emprender un proyecto radiofónico, lo que importa no son los linderos del barrio, sino las preocupaciones comunes, los retos compartidos para mejorar la calidad de vida de los pobladores. Cuando una nacionalidad indígena piensa en tener una emisora, quiere llegar con ella, por señal directa o por enlaces, a sus coterráneos y también a los que han emigrado a la ciudad. Los familiares que están lejos, los jóvenes que estudian en otras lenguas, deben informarse en la propia y contar con una memoria pública de sus tradiciones. La tierra los une, la cultura los reúne.

Pienso en los reclusos de la Cárcel de Olmos, en Buenos Aires. Cuentan con su emisora interna y a través de sus programas, comparten forzosos intereses comunes y también sueños, que trascienden los barrotes. Conclusión: radio local no equivale a radio comunitaria. Esta no se define por los territorios que se cubren, sino por los intereses que se apuestan. Por eso, se habla de la Comunidad Europea o de la comunidad económica internacional.

¿Determinadas frecuencias?

Lo comunitario tampoco se define por el lugar que una emisora ocupa en el espectro radioeléctrico. Muchos proyectos comunitarios han usado la banda de FM por la sola razón de que los equipos y antenas de transmisión resultan más económicos. Pero la comunicación social se puede realizar desde cualquier frecuencia, incluidas las numéricas a las que la sociedad civil tiene todo el derecho de acceder, esté o no previsto en la agenda de la UIT.

En la IV Asamblea Mundial de AMARC, celebrada en 1990 en Dublín , un grupo de radicales quería descalificar a Radio Peace International, con sede en Costa Rica, porque transmiten en onda corta. ¿Y qué importancia tiene eso? ¿No vivimos en una aldea global, no se nos ha vuelto pequeño el planeta y omnipresente el ciberespacio? En cualquier onda pueden viajar mensajes democráticos. Si algún día captásemos una señal radioastronómica, una comunicación extraterrestre, no tendríamos por qué desconfiar de sus intenciones comunitarias.

Sucede que en América Latina, además de centenares de radios comunitarias, hay una cantidad impresionante de programas comunitarios ubicados en emisoras comerciales. Y otro tanto de centros de producción audiovisual que ofrecen excelentes series de reportajes y dramatizados, así como material informativo con una perspectiva democrática. Estas experiencias tienen igual derecho que una emisora a considerarse comunitarias. ¿Y qué decir de las bocinas, que juegan un papel tan movilizador en mercados y ferias, os altofalantes ubicados en los campamentos dos Sem Terra del Brasil? Toda voz, independientemente del soporte por el que se distribuya, puede enriquecer la opinión pública y construir ciudadanía.

¿Con licencia, sin licencia?

La frontera de lo comunitario tampoco pasa por contar o no con la licencia para transmitir. Ciertamente, estas radios no tienen vocación de clandestinas ni gustan de andar en los tribunales acusadas de atentar contra el orden público. ¿Por qué excluir, entonces, del movimiento comunitario a centenares de experiencias de radiodifusión que no han recibido el permiso aunque han tramitado el expediente? O que ni siquiera han presentado este último por lo caro que resulta o por las "propinas" que implica.

Dicen que son radios ilegales. ¿De dónde sacaron eso? Ilegal es quien se pone al margen de la ley. O contra la ley. Pero resulta que en las Cartas Magnas de nuestros países se reconoce la libertad de expresión y el derecho de todo ciudadano a difundir sus ideas, sin limitación de fronteras, a través de cualquier medio de comunicación. Ésa es la primera ley. Más bien, los ilegales, los inconstitucionales, son aquellos que no conceden frecuencias a las organizaciones civiles cuando éstas las solicitan.
Dicen que son radios piratas. ¿Piratas de qué? Pirata es quien se lanza al abordaje para apropiarse de un tesoro que no es suyo. El espectro radioeléctrico es un tesoro, sí. A través de sus ondas nos comunicamos a la distancia. Un tesoro valiosísimo pero colectivo, patrimonio de la humanidad. Por serlo, no puede quedar en un cofre cerrado con llave sólo para unos cuantos. Piratas y corsarios son los gobernantes que reparten frecuencias entre sus amigos políticos y los funcionarios que las licitan y adjudican al mejor postor.

¿Qué es, en realidad, el régimen de licitaciones? Al menos, tal como se aplica en nuestros países, no otra cosa que entregar las frecuencias de radio y televisión a la empresa que ofrezca más dinero por ellas. ¿Quién da más? La libertad de expresión se subasta como si fuera un mueble de época o una pintura famosa. Pero el derecho universal a la palabra pública no puede depender de intereses políticos ni posibilidades económicas. En vez de andar de cazafantasmas contra los medios comunitarios, mejor harían nuestros gobiernos revisando los marcos jurídicos actuales, obsoletos y discriminadores, para que todos tengamos iguales oportunidades en el dial. Modernizar las leyes de telecomunicaciones, como se ha hecho en Canadá, en Francia, Australia, Holanda, Suecia, en los países más desarrollados.

¿Artesanos o profesionales?

Alguno ya estará pensando que la diferencia entre unas radios y otras estriba en el modo de producción. Lo comunitario sería lo artesanal, lo espontáneo, la radio de aficionados, frente a las otras emisoras profesionales y de alta calidad técnica. Esta concepción, bastante superada, representa un suicidio anunciado. Esquivando la competencia, las radios comunitarias se saldrían de la cancha. Y así, más a la corta que a la larga, quedarían reducidas a la marginalidad. Tal vez por falta de recursos, tendremos que arrancar con equipos de segunda mano y locutores improvisados. Pero no hagamos de la carencia virtud. Poco a poco, si el proyecto está bien encaminado, iremos consolidando la empresa, mejorando la producción y los productores.

Precisamente por ser comunitarias por aquello de "para el pueblo lo mejor" nos desafiaremos a ser tanto o más profesionales que las radios comerciales. Y a pagar buenos salarios, incluso mejores que los de ellos. Muchas emisoras comunitarias trabajan franjas más o menos amplias de su programación con personal voluntario. Esto muestra la convocatoria del medio y la vocación de servicio de muchos compañeros y compañeras. Pero no garantiza la calidad de la programación. Ingenuidades a un lado: tan necesaria es la opción como la técnica, tan importante es el querer hacer como el saber hacer. Tanto a los remunerados como a los voluntarios, la dirección de la radio debe exigirles buena preparación y realización de los programas, profesionalismo.

Sobra y no sobra la aclaración: profesional no es lo mismo que egresado de la universidad. En cuestiones de periodismo y comunicación, se puede llegar a ser un brillante profesional con o sin título académico. Porque buen albañil es quien levanta las paredes rectas, no quien exhibe un diploma de estudios de albañilería. La profesionalidad radiofónica se consigue con mucha práctica bien evaluada.

¿Y la propiedad del medio?

He escuchado con frecuencia esta afirmación: "Las radios estatales no clasifican como comunitarias". O también: "Una emisora privada, con licencia comercial, que pertenezca a la asociación de empresarios, no puede ser admitida en una red de radios comunitarias". Me pregunto si este tipo de planteamientos, aparentemente coherentes, no sitúa a quienes los hacen como jueces de vivos y muertos. ¿Quién puede arrogarse la potestad de separar puros e impuros? Pensando bien las cosas, en estos tiempos obsesivamente privatizadores, una institución estatal o municipal puede resultar alternativa. Además, si excluimos a las radios estatales, ¿no tendríamos que dejar fuera a las de la Iglesia Católica que también responden a un Estado, el Vaticano? Y en cuanto a las radios de régimen comercial, toca ver primero el tipo de trabajo que realizan. Hay emisoras comerciales, especialmente en provincias, que abren sus micrófonos al pueblo, colaboran en campañas cívicas, tienen espacios educativos, servicios sociales, defienden los intereses de la comunidad.

Prefiero la sabiduría de los chinos: "No importa el color del gato con tal que cace ratones". Quiénes sean los dueños de la emisora condicionará más o menos el proyecto, en eso no hay que ser candorosos. Pero ninguna fórmula de propiedad debe descalificarse a priori. Tan comunitarias pueden ser las radios privadas como las públicas, las religiosas como las laicas, las universitarias, las sindicales, las de propiedad cooperativa, de organizaciones populares, de ONGs, o hasta la de tres muchachos locos que se juntaron para fabricar su propio transmisor e ingresar a la economía informal con su emisorita de barrio. Cualquiera sea la propiedad, lo decisivo es que su periodismo sea independiente y no vocero de un partido o gobierno.

Que el dinero no condicione la libertad de expresión ni el pluralismo de las ideas. Que la programación sea democrática y democratizadora. Lo comunitario no es un título de propiedad ni un certificado de buena conducta. Personalmente, no he conocido hasta ahora ninguna emisora que pueda considerarse cien por ciento comunitaria. A veces, la propiedad es muy cooperativa, pero la programación es un panfleto en alta voz. Otras veces, los programas son tan participativos como autoritaria la gestión. La radio que no cojea de una pata, cojea de las dos. Y es natural que así sea, porque la construcción de un proyecto comunitario es un proceso arduo, de lenta maduración, zigzagueante, que dura toda la vida. Dejemos los maniqueísmos a un lado y trabajemos con una definición mucho más flexible y realista. Y quien esté libre de contradicciones, que tire la primera piedra.

Más que la propiedad, me parece importante la apropiación que hace o no la audiencia de una determinada emisora. ¿La sienten como suya, participan en ella, tienen voz y voto para orientar la programación, se ven representados en sus mensajes? Si cuando hay problemas los oyentes salen a defenderla, ésa es la mejor prueba de que la radio se ha hecho carne y sangre en la vida de la gente. Que está cumpliendo su misión, que ha dado en el blanco. A una flecha no le pregunto de qué arco salió: me fijo si da en la diana.

¿Y la publicidad comercial?

Llegamos, por fin, a los anuncios. Si una radio comunitaria vende publicidad comercial, ¿se ha comercializado? Algunos precipitan este juicio: radio comercial es aquella que pasa anuncios publicitarios. Dada esta premisa, se concluye la inversa: radio comunitaria es la que no los pasa. Con tal esquematismo, ¿no estaremos cortando el futuro a las radios comunitarias? ¿De qué van a vivir, con qué van a pagar la luz y los discos y los salarios? ¿Con los subsidios de las agencias de cooperación? ¿Y hasta cuándo? El reflujo de las ayudas internacionales indica que la era de los proyectos está llegando a su fin. Y aunque así no fuera, ¿no es tiempo ya de producir, al menos, el dinero que necesitamos? ¿No seremos capaces de cubrir con buenas iniciativas económicas los gastos operacionales de nuestra empresa? Como dice astutamente Mariano Valderrama, director del CEPES, "una cosa es sin fines de lucro y otra con fines de quiebra".

Resulta injustificable que algunos gobiernos latinoamericanos prohiban a las radios comunitarias pasar publicidad comercial. Sostienen que nuestras empresas son "sin fines de lucro". Pero el concepto de "lucro" no es equivalente al de "apropiación privada de los beneficios". Una empresa social puede y debe tener "logros", generar ingresos, ser rentable. La diferencia consiste en que esos excedentes no van a parar a bolsillos privados, sino que se reinvierten en su totalidad para mejorar el mismo medio de comunicación.

La posibilidad de obtener ingresos no se agota en los anuncios comerciales. En nuestros países, la televisión se lleva la gran tajada y las radios tienen que disputarse pequeños porcentajes. A pesar de esto, y sin excluir otros negocios paralelos que completen el presupuesto, los anuncios y auspicios siguen representando una entrada económica significativa. Una radio comunitaria puede sin por ello corromperse ni prostituirse captar publicidad comercial y transmitirla. No es vampiro quien necesita sangre, sino quien vive para ella.

Tres lógicas de funcionamiento

En definitiva, ¿cuándo se puede decir que una radio es comunitaria? La respuesta no es muy compleja: basta mirar los objetivos de esa radio. ¿Qué busca, cuáles son sus fines? Rafael Roncagliolo habla de tres lógicas de funcionamiento que marcan la verdadera diferencia entre los medios de comunicación masiva:

* La lógica de la rentabilidad económica, propia de los medios comerciales.

* La lógica de la rentabilidad política, que preside las radios estatales o partidarias.

* Una tercera lógica, de rentabilidad sociocultural, que define a los medios comunitarios.

Las radios comerciales se definen como instituciones con fines de lucro. Su objetivo, su primera finalidad, es ganar dinero. Como medios de comunicación, deberán asumir la responsabilidad social y cultural de todo buen periodismo, deberán orientar su programación al servicio y desarrollo de la sociedad. Pero en caso de conflicto, cuando hay que escoger entre Dios y el Becerro de Oro, los empresarios suelen inclinarse por éste último.

Las radios estatales no deberían hacerlo, pero muchas veces trabajan como aparatos de propaganda del gobierno de turno. Buscan ganar votos, persuadir a los futuros electores y tranquilizar a los presentes detractores. En esta misma lógica de ganar adeptos se suelen encuadrar las emisoras pertenecientes a un partido político o a una religión proselitista.

La opción de una radio comunitaria es muy distinta. Y en ella encontramos la perla preciosa, la característica innegociable de estos proyectos: el servicio a la comunidad, los objetivos sociales por los que luchamos. Ahí está la esencia de lo comunitario. Cuando una radio promueve la participación de los ciudadanos y defiende sus intereses; cuando responde a los gustos de la mayoría y hace del buen humor y la esperanza su primera propuesta; cuando informa verazmente; cuando ayuda a resolver los mil y un problemas de la vida cotidiana; cuando en sus programas se debaten todas las ideas y se respetan todas las opiniones; cuando se estimula la diversidad cultural y no la homogenización mercantil; cuando la mujer protagoniza la comunicación y no es una simple voz decorativa o un reclamo publicitario; cuando no se tolera ninguna dictadura, ni siquiera la musical impuesta por las disqueras; cuando la palabra de todos vuela sin discriminaciones ni censuras, ésa es una radio comunitaria.

No se someten a la lógica del dinero ni de la propaganda las emisoras que así se denominan. Su finalidad es distinta, sus mejores energías están puestas al servicio de la sociedad civil. Un servicio, por supuesto, altamente político: se trata de influir en la opinión pública, de inconformar, de crear consensos, de ampliar la democracia. En definitiva y por ello, el nombre de construir comunidad.

¿Por qué hablamos de sociedad civil?

Decimos que las radios comunitarias están al servicio de la sociedad civil. Para entender este concepto no hace falta remontarse a Hegel o Gramsci ni echar mano de muchos libros sociológicos. Digamos que la sociedad civil la componen los ciudadanos comunes y corrientes, los que no forman parte del poder establecido. Mejor en plural, de los poderes. ¿Cuáles son éstos? Cuatro tienen larga trayectoria: el económico, el político, el militar y el religioso. Y uno más: el de los grandes medios de comunicación social.

La sociedad civil no participa en el poder constituido, pero tiene mucho poder. Un poder disperso que coyunturalmente se aglutina en torno a causas nobles. Un poder que se canaliza, más o menos orgánicamente, a través de los llamados movimientos sociales con reivindicaciones ecológicas, de género, derechos humanos, nacionalidad indígena, calidad de vida y de consumo. ¿Por qué no hablar, directamente, de sectores populares? Porque la mayoría de las radios comunitarias trabajan con audiencias mixtas, donde hay también clases medias, estudiantes, profesionales, pequeños empresarios, ciudadanos con mayores ingresos, aunque no forman parte de los grupos de poder. Firmado y sellado: no somos neutrales. La prioridad y el sentido de nuestro trabajo lo determinan las mayorías marginadas y empobrecidas de nuestros países. Pero necesitamos sumar y sumarnos a todos los sectores de la sociedad civil en un gran proyecto nacional.

¿Somos de izquierda o de derecha? Rotos tantos paradigmas, la misma pregunta ya no la respuesta resulta difícil de entender. ¿No habrá que aplicar aquí, como en el mundo subatómico, el principio de la incertidumbre quántica? ¿Partícula u onda, spin a derecha o spin a izquierda? Depende de la posición del observador. ¿Dónde queda la izquierda en el Perú de hoy, en Colombia, en tantos de nuestros países latinoamericanos? ¿Era izquierda lo de Europa del Este? Tal vez sea más claro decir que las radios comunitarias han sido y seguirán siendo de oposición a cualquier sistema que ponga los haberes sobre los seres, que discrimine a las personas por miopías de raza, sexo o credos, que permita que a unos pocos les sobre lo que a tantos les falta. Aunque parezca obsoleto en tiempos postmodernos, queremos seguir sintiendo nuestra como decía bíblicamente el Che cualquier injusticia que se cometa contra cualquier ser humano en cualquier parte del mundo.

El público nos hace comunitarios

Como el amor a las personas, los objetivos transforman a las instituciones. Una emisora que se entrega a la comunidad, se populariza más tarde o más temprano. Las actitudes elitistas o ideologizadas de algunos comunicadores sólo reflejan insensibilidad y desembocan en radios hechas a imagen y semejanza de ellos, con programaciones al gusto de ellos, no del gran público.

Por el contrario, si te abres a los oyentes reales, si te haces vulnerable a la audiencia, ésta te flechará, te seducirá. En un proceso de doble vía entre emisores y receptores, iremos modelando el perfil de radio que queremos y necesitamos. Y en ese intercambio, es el público, a fin de cuentas, quien va haciéndonos sentir sus gustos, dándonos a conocer sus expectativas y urgencias, marcando sus horarios preferidos, enseñándonos a hablar su lenguaje, educando a directivos y productores, haciendo comunitaria a una radio que, tal vez, se inició como una microempresa de unos cuantos desempleados, o como un sueño apostólico en la cabeza de unos misioneros, o como un experimento novelero de un grupo de jóvenes insatisfechos. Incluso si comenzó como un proyecto claramente comunitario, la misma comunidad irá descubriendo, poco a poco, las potencialidades y limitaciones del medio radio.

Lo comunitario no es una declaración de principios que se firma el primer día de emisiones y luego se guarda en una gaveta. Es un estilo de vivir, de pensar, de relacionarse con el público. Una escala de valores. Los que trabajan en una radio comunitaria tienen que responder con la mano en la Biblia, en el Corán, en el Capital o en el retrato de su mamá: ¿trabajo prioritariamente para mi propio beneficio o para ayudar a mejorar la calidad de vida de mis congéneres? Ésa es la pregunta que les debe quemar el alma.

Prioritariamente. Hay que ser realistas. La opción comunitaria es generosa, pero no angelical. Hasta San Pablo enseñaba que quien predica, viva de su prédica. También los radioapasionados y radioapasionadas han de aprender a vivir de su emisora. Obtendrán buenos ingresos como cualquier empresa bien administrada para reinvertir y hacer crecer la radio. Lo comunitario no quita lo rentable. No conspira contra los objetivos sociales cobrar salarios dignos por el trabajo realizado.

Sin embargo y aquí está el hoyo del meollo, como dicen los nicas , no es por los billetes que andamos en esta runga. Muchos, tal vez la mayoría de nuestros colegas de emisoras comunitarias, podrían estar ganando mucho más en otros puestos de trabajo. Ganando más y afanándose menos. Pero ahí están, en sus trincheras radiofónicas, defendiendo la palabra popular, arriesgando comodidades, ayudando a construir ciudadanía.

Antes que profesión, la comunicación comunitaria es una vocación social. No hacemos este tipo de radio para experimentar un nuevo modelo emirec ni para ensayar determinados formatos ni para pasarla bien en cabina aunque la pasemos bacán haciendo radio . Si nos hemos metido en este lío de lo comunitario es para contribuir al desarrollo de nuestra gente. Nuestros medios de comunicación conciben la comunicación como un medio. La sociedad y su mejoramiento es el fin.

Hablar de objetivos sociales puede resultar muy etéreo. ¿Qué pretendemos concretamente con el acceso de la ciudadanía a una palabra pública y propia? ¿Para qué estamos empeñados en la democratización del espectro radioeléctrico? Concretemos, al menos en cuatro, los compromisos del movimiento de radios comunitarias.

Contribuir al desarrollo

Hay dos conceptos indisociables, inseparables como el alma y el cuerpo: comunicación y desarrollo. Todavía mejor, comunicación para el desarrollo. Una comunicación no concebida como una labor meramente técnica o de difusión, sino como un espacio de diálogo, de interacción entre sujetos. Y un desarrollo que no se mide solamente por el nivel de ingreso económico de la población, sino por cuánto ha mejorado su calidad de vida.

¿En qué contribuye la comunicación al desarrollo? La comunicación aporta el elemento subjetivo. Supongamos una campaña de vacunación. ¿Qué necesitamos para implementarla? Vacunas, agujas, postas médicas, enfermeras, movilidad... y niños que vengan a vacunarse. Esto último se resuelve con unos cuantos avisos a través de la radio local diciendo cuándo comienza la campaña y a dónde tienen que llevar las mamás a sus hijos. Para lograr un buen impacto, dicen algunos entendidos, las cuñas se repetirán 15 veces durante 15 días.

Cuántos proyectos de salud, de control natal, de conservación de suelos, de limpieza ambiental, no se han planeado así. Los resultados, generalmente, son frustrantes. La gente no se mueve. Las mamás no llevan a sus niños al centro de vacunación. Las mujeres no toman las pastillas anticonceptivas. Los agricultores siguen tumbando el bosque y los transeúntes continúan ensuciando las calles. ¿Qué está fallando? Lo subjetivo, la motivación de las personas. Ningún proyecto de desarrollo tendrá éxito mientras los destinatarios no se apropien de él.

Se necesitan cuñas, ciertamente, y bien grabadas. Pero también se necesita investigar las costumbres, los prejuicios, entablar un diálogo con los oyentes para que éstos comprendan la conveniencia del proyecto. Muchos factores culturales entran en juego. El primero de todos, que a nadie le gusta que lo empujen a hacer las cosas ni sentirse cobaya de laboratorio. Falló la campaña, no logró el impacto deseado. Esta palabrita, tomada de la balística, tal vez nos brinde la pista del fracaso. Durante la guerra, en Nicaragua, se comparaba la radio con la artillería que ablanda las posiciones del enemigo. Tal concepción, a más de monstruosa, resulta ineficaz. Porque la guerra se gana a plomazos. En la guerra se vence. Pero en la batalla de las conciencias se convence. El único desarrollo válido, a la larga, es el autodesarrollo. Estamos hablando del protagonismo de los ciudadanos en los planes de desarrollo. Fortalecerlo, es la mejor contribución que podemos hacer desde nuestras radios comunitarias.

Ampliar la democracia

¿A qué se reduce la participación de la inmensa mayoría de los ciudadanos en la vida política de su país? Cada cuatro o cinco años echan su papeleta en una urna electoral. ¿Y después? A esperar otros cuatro o cinco años más. Entre votación y votación, los políticos gobiernan. ¿Y quién gobierna a los políticos? ¿Quién controla si hacen lo que no deben, si no hacen lo que prometieron? Hace falta un mecanismo de fiscalización permanente, el cuarto poder del periodismo que contrapesa a los otros tres poderes. Pero un periodismo ejercido por todos, un espacio público donde la sociedad civil pueda consentir o disentir de las voces oficiales.

Nuestras emisoras, independientes de intereses políticos y comerciales, pueden y deben asumirse como parlamentos al aire libre, como ágoras de ciudadanía. Una radio comunitaria vive en estado de elecciones. A través de ella, la gente de la calle opinará sobre la gestión de sus gobernantes, sumará y restará apoyos, cuestionará, exigirá transparencia política y económica. Se trata de tomar en serio la democracia, la soberanía que reside en el pueblo.

Democracia, no gobernabilidad. Ése es el gato por liebre que quieren meternos ahora, la consigna política para contener la situación explosiva que viven nuestros países. Nos dicen y repiten que "estamos mal, pero vamos bien". En realidad, vamos peor. La brecha entre enriquecidos y empobrecidos se agranda aceleradamente: en la década de los 60, la desigualdad entre el 20% pudiente y el 20% pauperizado de la población del planeta era de 30 a 1. Hoy es de 60 a 1. Y si consideramos las diferencias sociales internas de los países, el abismo es de 150 a 1. Esta distancia también se refiere a la concentración de conocimientos: los inforicos y los infopobres.

Este es el mundo gobernable, según ellos. Un mundo avaro donde el 80% de la población se reparte apenas el 6% de los ingresos. Una humanidad con mil millones de analfabetos y otros mil millones que sobreviven con un miserable dólar al día. Un mundo absurdo que ha sabido captar el rumor imperceptible del big bang, sucedido hace 15 mil millones de años, pero no es capaz de escuchar el grito desesperado de los 40 mil niños que a diario mueren de hambre. Frente a un panorama tan injusto, ninguna persona sensible, con entrañas, puede permanecer indiferente. Las radios comunitarias tampoco. Es hora de poner todos nuestros esfuerzos, toda nuestra creatividad, para ayudar a cambiar esta situación. Nos han llamado, a veces, medios alternativos. Preferimos alterativos.

Defender los derechos humanos

Necesitamos tribunas para ampliar la democracia. Necesitamos también tribunales para defender los derechos humanos, a donde pueda recurrir la sociedad civil para denunciar las mil y una violaciones que a diario se cometen. Tanto los formatos de litigio como el periodismo de investigación nos permitirán hacer causa común con los oyentes que llaman para contar los abusos de que han sido víctimas, para plantear una denuncia o solicitar apoyo. Las emisoras con espíritu justiciero pueden jugar un papel decisivo si actúan como intermediarias en estas difíciles situaciones.

Intermediar. El verbo admite dos sentidos. Actuar como árbitros, a solicitud de las partes, para negociar un arreglo amistoso. Y actuar como padrinos, metidos en el medio, haciendo pesar nuestra influencia para defender al débil y apoyar su causa. Ambas funciones son válidas, ambas son responsabilidades periodísticas que nos competen.

La agenda, desgraciadamente, es muy amplia: los derechos de la Declaración Universal, tanto individuales como sociales; los derechos laborales y los derechos del consumidor; los derechos de las mujeres frente a maridos machistas y otros especímenes que andan sueltos por las calles; los derechos de niños y niñas, que incluyen todos los otros derechos, más el de jugar; los derechos de ancianos y jubilados; los derechos de las nacionalidades indígenas y las poblaciones negras; el derecho a la preferencia sexual; el derecho inaplazable de la Naturaleza, herida de muerte por ambiciones cortoplacistas. Todo lo que empeora la calidad de vida de ciudadanas y ciudadanos entra aquí, incluido el derecho a la comunicación, y a instalar radios comunitarias.

Proteger la diversidad cultural

Asistimos a un proceso acelerado de globalización. La economía de las grandes corporaciones no respeta la política de los pequeños estados. Al mismo tiempo, nunca como ahora afloraron tantos afanes separatistas. Europa y Asia se dividen y subdividen. Los editores de mapas están en quiebra.

En realidad, no le incomoda al sistema neoliberal este rebrote de nacionalismos. A serbios y a croatas se les puede vender la misma cocacola. A ucranianos y a rusos se les puede hacer masticar la misma hamburguesa. Y en las calurosas calles de Asunción, guaraníes y castellanos se enfundan las mismas adidas que sancochan los pies, porque así manda la moda de los países fríos.

No preocupan las fronteras nacionales porque el mercado es transnacional. El problema consiste en las fronteras culturales, los gustos distintos, que ponen en peligro las ventas. ¿Cómo aumentar la producción de bluyines si las cholitas insisten en vestirse con polleras? ¿Cómo resolver la sobreproducción de la Columbia y la Warner Bross si los europeos se obstinan en ver su propio cine? El mercado se ha constituido en dios. Y tiene un único mandamiento: hacer dinero por sobre todas las cosas. Para cumplirlo, las empresas trasnacionales necesitan igualar las preferencias de consumo de los ciudadanos. De la misma manera que con la naturaleza, intentan arrasar la biodiversidad cultural de nuestros pueblos. Homogenizar los gustos a través de la presión publicitaria, de eso se trata. Homogenizar para vender más y para tener más control político. Aunque parezca trabalenguas, homogenizar para hegemonizar.

¿No le ha pasado a usted que empieza a ver una película y le parece repetida, que ya la ha visto antes? Las escenas son demasiado semejantes: la frenética carrera de automóviles, la víctima en la ducha, el policía y el sicópata peleando a muerte en la cornisa de un rascacielos... Hasta los títulos son intercambiables: atracción fatal, seducción mortal, obsesión total. Formas parecidas, contenidos idénticos. En la industria cultural, se exaltan los valores del poder violento, del placer individual, de la silueta perfecta, del dinero fácil. Es el pragmatismo que torturaba a los personajes de Dostoyevski: "no triunfa quien tiene la razón; tiene la razón quien triunfa".

Frente a este proceso uniformizador que acabará arrasando nuestras identidades, los Ministerios de Telecomunicaciones deberán diseñar y hacer cumplir políticas nacionales de comunicación. No bastan dos disposiciones aisladas respecto a las películas porno o la demasiada sangre en horarios infantiles. Se requiere una normativa que incentive la producción propia de cada país y frene la invasión cultural extranjera. Estas regulaciones no atentan contra la libertad de expresión. Por el contrario, la garantizan. Donde no hay leyes, sólo se cumple una, la de la selva.

Complementarios a esta responsablidad de los gobiernos, los medios comunitarios se constituyen en reserva de valores propios, bosques de nacionalismo. Lo primero a proteger son los idiomas: en nuestros micrófonos se habla en castellano y en quechua, en mixteco y guaraní, en mískito y en quiché, en todas las lenguas de nuestra tierra Abya Yala. Desde la medicina natural hasta las recetas de cocina, desde las fiestas tradicionales de nuestros abuelos hasta la música de los jóvenes que no clasifica en la OTI y las noticias que no aparecen en la CNN, las radios comunitarias promueven el derecho a ser diferentes.

A pensar con cabeza propia. Y a gustar con paladar propio. Toborm Krogh, Presidente de la Conferencia General de la UNESCO, envió un significativo mensaje al seminario "Democratizar el espectro radioeléctrico", organizado por el alternativo y comunitario Grupo de los Ocho y celebrado en Caracas en noviembre de 1996: "Los medios comunitarios son la base de una participación democrática, de la creación de un discurso multilateral en el que todos tienen espacio y al mismo tiempo constituyen el soporte técnico ideal para hacer llegar las opiniones de los sectores más diversos. De hecho, a través de las radios comunitarias se gestan los nexos para una sociedad interactiva y responsabilizada de su propia representación".

Decretos del gobierno colombiano de 1995 clasifican las radios comunitarias como Clase D. Si lo hicieron solamente pa' ofender, como el Moralito de la Gota Fría, nos han honrado. Con la misma letra D empiezan palabras tan significativas como Desarrollo, Democracia, Derechos humanos y Diversidad cultural, que son los cuatro objetivos estratégicos de nuestras emisoras.

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