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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 189 | Diciembre 1997
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El Salvador

La revolución salvadoreña en el ya inminente siglo XXI debe ser una revolución ecológica, una revolución ambiental que revierta con audacia y a profundidad una larga historia de codicia. Si no se actúa con urgencia el país se extinguirá.

Ismael Moreno

Tenemos derecho a vivir en un país limpio. A vivir en un país con bosques frondosos, ríos y lagos claros. Tenemos derecho a poseer playas limpias, aire puro, aguas marinas pobladas de peces y mariscos abundantes. Tenemos derecho al espacio y a la recreación sana, a la vivienda y al trabajo. Tenemos derecho a procrear niños que sean sanos y felices y a tener nietos que hereden un país sano, justo y sabio". Así rezaba hace ya unas tres décadas el Credo de los Derechos Biológicos de los Salvadoreños, elaborado por el Departamento de Biología de la Universidad de El Salvador.

Una bomba de tiempo

Este diminuto país, con sus hijos trotamundos y "hacelotodo", que transforman cualquier espacio del planeta en donde caen en un lugar creativo y productivo, que andan con la pupusa a cuestas desde el Río Bravo a la Patagonia, desde donde sale el sol hasta su ocaso; este paisito que en las últimas décadas dio la vuelta al mundo con su terca lucha por convertirse en un país más compartido; este pulgarcito de América es hoy una preciada especie continental en peligro de extinción. "La tierra de riquezas", el Cuscatlán de la abundancia de otros siglos, se ha esfumado y continúa esfumándose como se esfuma la vida de la mayoría de sus habitantes.

Ya en 1977, los salvadoreños preocupados por el futuro del país, en un ambiente de crecientes conflictos sociopolíticos, estaban alarmados por el desastre del ecosistema nacional. Comenzó desde entonces a arraigar el convencimiento de que la destrucción del medio ambiente estaba profundamente vinculada con el creciente malestar social de los salvadoreños.

En esos años se habló ya de que el país había llegado al límite de su resistencia ambiental, puesto que la pequeñez de su territorio, la alta densidad de su población, la desigual distribución de la tierra y el creciente deterioro ecológico eran factores estrechamente conjuntados y ya en una situación límite. Esta realidad aparecía ya entonces como una bomba de tiempo.

Hace 500 años...

El desequilibrio ecológico comenzó justamente allí donde comenzó la raíz de muchos de nuestros males: con la conquista de los españoles y su inagotable modelo de rapiña. Primero fueron las haciendas de los invasores, que acapararon las tierras de los indígenas en el norte del país. Casi de inmediato, se inició el cultivo a gran escala del añil, nuestro primer producto de exportación, que convirtió a la abundante población nativa en fuerza de trabajo esclava. El añil llenó los cerros del norte, especialmente en Chalatenango, Cabañas, San Vicente y Zacatecoluca. Para su cultivo, los españoles primero, y los criollos después, promovieron la deforestación a gran escala de los bosques que colindaban con los bosques de Honduras y con los del centro del país. En 1783, El Salvador había alcanzado el primer lugar en Centroamérica como país exportador de añil. Logró el récord a un costo ecológico irreversible: los cerros del norte estaban pelados y los deslaves de tierras ya no dejaron de producirse nunca, y así siguen, hasta el sol de ahora.

Del añil al café

Estaba sembrada ya la codicia en Cuscatlán, la "tierra de riquezas". Hacia 1850, el precio del añil cayó en picada con el descubrimiento de los colorantes sintéticos, y el país experimentó su primera gran convulsión económica, política y social, que inauguró la cadena de crisis y conflictos que culminarían en la reciente guerra civil, apenas concluida.

En 1833, los indios de la zona norte y central del país, dirigidos por Anastasio Aquino, realizaron importantes levantamientos de protesta como respuesta al despojo de tierras al que eran sometidos y a la miseria a la que les orillaba el creciente desempleo causado por la crisis comercial del añil.

Las revueltas indígenas y la crisis añilera empujaron a los criollos a buscar una producción alternativa. La producción del café se inició en 1856. La expansión del cultivo requirió de medidas estatales orientadas a abolir el sistema de propiedad comunal y ejidal de la tierra que tenían los indígenas. La avalancha del café y los cambios en la tenencia de la tierra provocaron la tala de las selvas, especialmente las de los altos volcanes de la cordillera central, que sobrepasan los 500 metros sobre el nivel del mar. A la par, se inició el proceso de concentración gradual de la tierra en manos de pocas familias poderosas, hasta configurarse la legendaria estructura de "las catorce familias".

La erosión causada por la fiebre cafetalera resultó peor que la provocada por el añil en el norte, ya que la deforestación afectaba superficies más inclinadas. Las plantaciones de café se extendieron muy rápidamente a las mejores tierras del país. Por suerte para la Naturaleza, el cultivo del café requería de sombra, lo que evitó que las mejores tierras nacionales terminaran en el fondo del mar. Esa sombra necesaria salvó al país de una prematura hecatombe ecológica. Pero no la pudo salvar de otra hecatombe: el despojo y el desplazamiento de enormes contingentes humanos hacia corredores del territorio donde les esperaba el empobrecimiento y la marginación.

1932: punto de no retorno

La codicia estructural siguió actuando. Las variaciones y desequilibrios en el precio internacional del café, tras la depresión económica que abatió al sistema capitalista mundial en las primeras décadas del siglo, llevaron a la oligarquía salvadoreña a buscar alternativas al cultivo del café cuando ya los campesinos comenzaban a padecer el desempleo e iniciaban movilizaciones en demanda de respeto a sus derechos. Un siglo después del levantamiento de Aquino y sus aguerridos nonualcos, se dio el levantamiento campesino de 1932, sofocado a sangre y fuego por el régimen militar del dictador Maximiliano Hernández Martínez. Sobre los cadáveres de 30 mil salvadoreños se inauguró el poder de las familias agroexportadoras en contubernio con los militares.

Algodón y veneno

Los sucesos de 1932 sentarían las bases del futuro ecológico del país. Se definió entonces el control absoluto de una minoría sobre la tierra, las aguas, la flora y la fauna. Los planes, políticas, visiones y actuaciones de esa minoritaria y poderosa estructura oligárquico-militar lo decidieron todo.

En los años 50 se establece definitivamente el algodón como cultivo alternativo o complementario al café. Las únicas selvas de las costas salvadoreñas, en el Pacífico sur, quedaron arrasadas. El cultivo del algodón exigía grandes cantidades de insecticidas, lo que aceleró el daño del ecosistema, alterando dramáticamente el control biológico natural de las tierras de la costa y provocando la intoxicación de centenares de personas, la muerte masiva de animales domésticos y el aniquilamiento de la fauna silvestre. El envenenamiento de la aguas del mar afectó también gravemente su fauna.

Cambios tan bruscos en el ecosistema de la costa sur tuvieron efectos directos en la vida de la población que habitaba en las zonas algodoneras. En vez de aumentar el empleo, la industria del algodón lo redujo. La mayoría sólo trabajaba los tres o cuatro meses que duraba la cosecha. Y para entonces, la mayoría se había visto obligada a vender sus tierras. Los desplazamientos fueron imparables y masivos. Los campesinos iban hacia cualquier lugar. Cualquier lugar era mejor que quedarse a morir de hambre o envenenados en la tierra que les vio nacer.


Se cierra el ciclo

Estos desplazamientos fueron el detonante de otro desastre ecológico: la superpoblación de las ciudades, y especialmente de los municipios del Gran San Salvador, convertidos desde entonces en zonas marginales, expresión estructural de un modelo de exclusión.

Se completó así el ciclo de la tragedia. Comenzó en el norte, en los cerros de Chalatenango, Cabañas y San Vicente, cruzó los corredores de la cordillera central, arrasó con las costas, contaminó el único mar -donde ya habían ido a parar miles de toneladas de riquísimos suelos cuscatlecos-, y provocó masivas concentraciones de población en tugurios, mesones y barrancos de la capital. Han sido cinco siglos de desastre protagonizado por los abuelos y los padres de quienes hoy se lavan las manos plantando simbólicamente árboles en cualquier avenida. Durante estos cinco siglos la lógica siempre fue idéntica: la máxima ganancia en el mínimo tiempo posible, sin que importara para nada el futuro.

Indicadores dramáticos

Estos son algunos indicadores del desastre actual:

- Un país con una densidad humana que lo convierte en uno de los más sobrepoblados del mundo, con el agravante de ser el que tiene, en todo el continente, menor espacio territorial.

- Un país que ocupa primeros puestos mundiales en la aplicación indiscriminada de pesticidas que afectan de manera permanente el ambiente y en el empleo de agroquímicos por unidad de área de cultivo.

- Un país con las tres cuartas partes de su territorio en severas condiciones de erosión -lo que disminuye drásticamente la productividad de la tierra- y algunas regiones que ya experimentan irreversibles procesos de desertificación.

- Un país con más del 60% de sus ríos "muertos" o con un elevado nivel de contaminación.

- Un país que, en el continente, conserva el menor porcentaje de bosques originales en relación a su territorio. Cada año desaparecen 4 mil 500 hectáreas de bosques por la urbanización y la tala de árboles con fines comerciales. Menos del 60% de la reforestación -de 560 hectáreas anuales- resulta exitosa. El 67% de la deforestación nacional ha ocurrido en apenas 40 años. A este ritmo, en ocho años desaparecerán todos los bosques, y antes del año 2020 se habrán agotado todos los mantos acuíferos.

El agua en crisis

Esta historia de deforestación, contaminación y erosión ha repercutido en la población salvadoreña. La emigración sin control a los centros urbanos ha afectado recursos tan vitales como el agua y el aire. Los desechos tóxicos de las fábricas, los amontonamientos de basura y la proliferación de vehículos sin control han contaminado severamente el aire y las aguas de la capital.

-De acuerdo a una publicación ambientalista del país, tres de los factores que más han incidido en la crisis del agua son:

- Dramáticos cambios en los patrones de asentamiento humano en el territorio expresados en una creciente concentración de población, y en una desordenada y masiva urbanización, sobre todo en el área metropolitana de San Salvador y sus alrededores.

- Auge de una economía urbana basada en la industria, el comercio y los servicios, y estimulada por la abundancia de divisas y las políticas económicas de los años 90.

- Crisis de la economía rural desde los años 80, con el consiguiente colapso de los medios de vida rurales tradicionales y nuevas estrategias de sobrevivencia de los pobres del campo.

Los nuevos asentamientos urbanos no han tenido otro plan que la improvisación y la sobrevivencia. Hoy, la acelerada urbanización y la creciente concentración poblacional se está dando sobre las últimas áreas con significativa cobertura forestal -principalmente fincas de café de sombra- o cerca de ellas. Siendo estos cafetales un sustituto de los bosques tropicales -porque contribuyen a retener las aguas- su rápida desaparición está limitando severamente las fuentes subterráneas de agua.

Montones de basura

La zona del Gran San Salvador reúne a la población más seriamente afectada por el desastre ambiental. Y el desorden urbanístico contribuye a empeorar la situación. Además de los graves problemas de agua y además de la contaminación causada por las fábricas, está el problema de la basura. Los niveles de desechos sobrepasan la capacidad de recolección en todos los municipios de la capital. Un ejemplo: en San Martín y Ciudad Delgado -dos populosos municipios del área metropolitana- se recolectó en 1995 sólo el 7 y el 10% de todos los desechos generados. Si a esto se añade que, de los aproximadamente 160 mil automóviles que circulan en el área metropolitana, unos 65 mil deberían estar fuera de circulación por no reunir ni los mínimos requisitos de seguridad e higiene, se puede concluir que San Salvador es, sin duda, la capital más sucia y desordenada de Centroamérica.


La industria o la vida

Un proyecto de Ley sobre el Medio Ambiente ha estado empantanado por mucho tiempo. Esta ley regularía la actividad industrial, regulación a la que se han opuesto siempre y tenazmente los grandes empresarios salvadoreños. Los legisladores, muy ligados a ellos, han ido posponiendo la aprobación de la ley con tácticas dilatorias y retorcidas y con el falso argumento de que la ley ha de incentivar la inversión industrial sin aumentar exageradamente sus costos y debe también armonizar la conservación del medio ambiente con el progreso industrial. Es obvio que el dramático panorama del deterioro ambiental desequilibra cualquier posible armonía. No hay medias tintas: o los industriales o la vida.

A estas alturas, el "equilibrio" puede redundar en un mayor y más acelerado desastre. Para que sean justas, las leyes ambientales han de incluir drásticas medidas de control industrial. La industria nacional, y especialmente la ubicada en el Gran San Salvador, sigue siendo un factor contaminante. Si las leyes ambientales priorizaran los intereses de los industriales -que no dudan en envenenar las pocas aguas de los ríos arrojando diariamente en ellos incontables desechos químicos- se legislaría a favor de una catástrofe anunciada.

Represas: un fracaso

En marzo, el semanario Proceso, que edita la Universidad Centroamericana de San Salvador, al analizar los resultados de las represas de agua que se han construido en el país desde hace unas décadas, afirma que, en vez de ser una respuesta eficaz a la necesidad de agua y energía de las comunidades rurales, han supuesto el desplazamiento masivo de la población, la pérdida de tierra productiva y de infraestructura y un alarmante daño a los recursos naturales. Las represas y otras grandes obras de infraestructura se realizan siempre sin tomar en cuenta el impacto ambiental.


El peor de todos: el Acelhuate

El río Acelhuate nace unos metros al sur del Zoológico Nacional, en San Salvador, haciendo un recorrido de sur a norte hasta ir a desembocar en el río Lempa. En su camino recoge cuanto le tiran a su paso a lo largo de sus aproximadamente 62 kilómetros de largo. Su cuenca ocupa apenas el 3.5% del territorio nacional, pero en torno a ella se aglomera más del 30% de los salvadoreños, unos 2 millones de personas de 18 municipios de San Salvador, Cuscatlán y La Libertad. Esta población deposita a diario en la cuenca del Acelhuate unas mil 600 toneladas de desechos fecales. Aunque su nombre en náhuatl significa "agua de riego" y "río abundante en lilas", desde hace muchos años el Acelhuate dejó de ser río -por no canalizar corriente de agua continua- para convertirse en una cloaca, a la que también llegan masivos residuos industriales y enormes cantidades de sedimentos, provenientes de la erosión causada por la urbanización.

Estudios realizados en los últimos años concluyen que por ninguno de los ríos salvadoreños corre ya agua potable. Sus aguas sólo pueden clasificarse entre "mediocres" y "pésimas". Para el Acelhuate no hay clasificación posible. Su cauce recoge cualquier podredumbre menos agua. De 40 ríos que examinó la Secretaría del Medio Ambiente en 1993, el Acelhuate resultó el peor de todos. Según los entendidos, al menos un tercio del agua que utilizan los habitantes del Gran San Salvador proviene de las reservas subterráneas ubicadas en el área de influencia de esta inmundicia en la que ha acabado convirtiéndose el "río abundante en lilas".

De acuerdo al censo de 1994, son 255 las industrias que producen desechos líquidos que son vertidos en la cuenca del Acelhuate sin tratamiento alguno: soda cáustica, detergentes, resinas, sulfuros, cromo, taninos, fosfatos, etc. El río recibe además dos grandes descargas de aguas residuales. La primera le llega de los municipios orientales y la segunda, del mero San Salvador. Estas dos descargas, junto a otras 125 descargas no reconocidas, depositan en él cerca de 15 barriles de suciedad por segundo.

El drama se convierte en tragedia si se tiene en cuenta que en el nauseabundo cauce del Acelhuate, y amontonadas entre sus barrancos, viven incontables personas hacinadas en ranchos, ocultas para los que circulan por las avenidas iluminadas del Gran San Salvador. En ese cauce juegan decenas de miles de niños y niñas, descendientes de los perdedores de una larga historia de desastre humano y ecológico

Una apuesta contra el tiempo

El prolongado y creciente proceso de destrucción de los bosques, la erosión permanente de los suelos, la alarmante contaminación de las aguas y del aire, la extinción de toda clase de especies de la flora y de la fauna, la disminución en el rendimiento de las cosechas y los incontables problemas de salud derivados de condiciones ambientales negativas, hacen del ecosistema salvadoreño un desastre estructural que ya presenta varios síntomas irreversibles. Cualquier medida del gobierno o del sector privado o de la sociedad en favor del medio ambiente es hoy una apuesta contra el tiempo.

Sólo con la conciencia de que hay que actuar, pero de que ya es demasiado tarde, se podrán asegurar actuaciones urgentes, profundas, radicales y audaces. Siempre se estará a contracorriente para una reparación total de lo destruido, pero de continuar en la misma lógica y apatía, el despeñadero parece inminente. La revolución salvadoreña del siglo XXI debe ser una revolución ecológica, que sea capaz de subvertir el desastre y de revertir tan larga historia de codicia. Algunos pasos revolucionarios se han dado. De ellos hablaremos en la próxima entrega.

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