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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 294 | Septiembre 2006
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Guatemala

Ser Joven y pobre: De matanzas, territorios, violencias y silencios

“Antes me decía mi mamá que ser joven era tuanis porque podías andar en la calle llevando lo que querías, pero ahora ser joven ya no es lo mismo. Ser joven es tener miedo o estar en maras. O no estar en maras y tener miedo a que te asalten o que te lleguen a matar. Ya no es salir a divertirte o vestirte como querrás, sino vestirte como las maras quieren. Te vestís flojo y ya la policía te confunde y te golpean porque andás con maras. Y si te vestís formal te asaltan. ¡No hay forma de cómo estar en la vida, pues!”

Diana García

Ester es una mujer Kaqchikel, de una de las aldeas de Chimaltenango más próximas a la capital. Tiene ocho hijos, en su mayoría adolescentes. Dos son mujeres. Una, la sustituye en gran parte de los quehaceres de la casa, mientras la pequeña comienza a crecer y ella sale a trabajar. Otro ha hecho su hogar y el que le sigue estuvo en una mara durante un tiempo. Otro ha comenzado a “andar de noche”, y los demás continúan creciendo en medio de las oportunidades de vida que su comunidad les ofrece.

Ester sabe que su lugar no ha dejado de cambiar. Hace unos diez años llegaron las maquilas. Con ellas, bastante gente. Muchos ladinos, “fueranos de tierra caliente”, de la Costa o de Jutiapa, de Honduras o de Nicaragua. Gente “extraña”. La cotidianidad de Ester y de su familia, se enriquece de múltiples maneras, pero la intensidad de la violencia, los ha ido progresivamente ensordeciendo. Sus bocas enmudecen y sus cuerpos van poco a poco aceptando la experiencia del “encierro”.

Ella recuerda que en 2002 y 2003 “fue lo más duro” y por eso se iniciaron “las rondas”, una forma de organización vecinal para enfrentar la violencia ante el incumplimiento de esta responsabilidad por el Estado. En ese tiempo mataron
a dos hijos de una de sus vecinas y a una pareja que estaba sentada en la calle le pasaron disparando. Unos meses más tarde, desde un carro polarizado, mataron a otro muchacho y dejaron a otros dos bastante graves. En una noche de ésas, el hijo de su primo, 18 años, recibió una llamada. Le pedían que saliera a la carretera. Al llegar, en un carro con vidrios polarizados lo estaban esperando sólo para matarlo. Al poco tiempo también machetearon a otro patojo “por confusión” cerca de la escuela. Era al nieto de la tía de Ester, “a quien tenían que matar”. En ese tiempo, la gente llamó a la policía por “los mareros”, pero después vinieron “los drogados”. Las amenazas y las extorsiones acompañaban el silencio de todo “lo que no se quiere, ni hay que hablar”. Al año siguiente “la ronda agarró al líder del narco torturando a un muchacho”. Ester recuerda que “cuando él llegó de la cabecera municipal, en la aldea se reforzaron las maras”, pero fue hasta esa noche cuando la gente se enojó. Él se burlaba “porque la policía lo iba a soltar”, se quitó sus cosas y se las dio a su esposa. Unas horas después lo quemaron vivo y murió. Ese año “la feria no tuvo gente”. Se corrió el rumor, y hasta desde la iglesia, el pastor “avisaba” que para la fiesta patronal iban a matar a 30 o a 32 jóvenes.
No sucedió, pero para la gente “las matanzas” continuaron.

Antes de que finalizara el año asesinaron a uno de los sobrinos de Ester cuando regresaba del instituto, mataron a tiros al hijo de otra sobrina en la sastrería donde trabajaba, y desde otro carro polarizado balearon a un patojo de 11 años también de su familia. En esos meses también mataron al hijo de unos conocidos cuando salía de la maquila donde trabajaba, y a los dos únicos hijos de otra vecina los asesinaron con sólo nueve días de diferencia. El papá y la mamá se enferman cada vez más, y de tanto dolor han ido a parar ya al hospital. Éstos son sólo los casos que Ester conoce de cerca, aunque escuchó de otros.

DE LAS MASACRES EN LA GUERRA
A LAS MATANZAS EN LA PAZ

Ya en 2005, unos hombres entraron a la casa de otros vecinos, mataron a un joven y a una niña de cinco años. Poco tiempo después desaparecía la hija de su cuñada, 20 años, de la que hasta hoy todavía no se sabe nada. A una de sus primas más cercanas también la mataron. Fue torturada, asesinada, y abandonada en el barranco de un pueblo vecino. Una pareja joven que no era de la aldea también apareció muerta en la carretera, y al poco tiempo machetearon en su trabajadero a un vecino, por defender a una muchacha a la que unos hombres estaban violando. Lo último que pasó antes de que acabara el año fue la muerte del hijo de la prima de su ex-esposo. El muchacho apareció en un costal atado de pies y manos, y tirado frente a su propia casa.

En la aldea, Ester ya no se atreve a preguntar. Salen cada vez menos y no siempre van a los funerales, para no involucrarse. Según ella, en algunos de los municipios vecinos se viven experiencias similares y muchos conocidos, familiares y compañeros de sus hijos “ya no están, ya se han ido”. La “red del temor” se sigue tejiendo y a ella la sigue invadiendo el sentimiento de que “ya no tiene gracia la vida, si es que ya sólo con miedo nos pasamos”, mientras se da cuenta, sin saber bien qué hacer, que “de esto no se investiga”.

En la mañana en que ella y yo decidimos “juntar las palabras”, aparecía un insistente por qué, por qué y un quiénes fueron. Por momentos, Ester parecía quererse desprender de lo que sabe. Pero aunque le costara, ella ha abierto esta ventana de su propia vida con el único propósito de que todas y todos “empecemos ya a hablar de esto” y comencemos a pensar qué vamos a hacer en esta Guatemala, que ha pasado de las masacres del tiempo de la guerra a las matanzas de estos tiempos de paz.

JUVENTUD EN UN MEDIO HOSTIL

Guatemala cuenta con la fortaleza de tener, después de Honduras y El Salvador, la mayor población juvenil de la región centromericana. El 55% de la población guatemalteca está integrada por niñas, niños y adolescentes entre 0 y 19 años.
De ellos, una proporción cada vez mayor vive en distintas áreas urbanas precarizadas y se incorpora sin garantías desde muy temprana edad a la fuerza laboral del país. La juventud entre 15 y 29 años representa cerca del 40% de la PEA. Recientemente, FLACSO-Guatemala no ha podido sino constatar que la mayor parte de la juventud guatemalteca vive en un estado de “escasez integral”. Sobre todo para quienes habitan en las áreas urbanas, las ciudades se convierten cada vez más en espacios de vida segregados, segmentados y fragmentados, donde casi se desconocen.

La juventud de la clase trabajadora guatemalteca, principalmente la de origen indígena, despierta cada día
-sin entender muchas veces por qué- “sumida en un medio hostil” que la priva de opciones no sólo de desarrollo sino también de sobrevivencia. A la par, y como reflejo de la era tecnológica en la que le ha tocado vivir, esta juventud también se enfrenta a una vertiginosa y sin precedentes aceleración del cambio social, y se ve constantemente estimulada a entenderse a sí misma desde un limitado acceso al conocimiento de su historia o a marcos de interpretación que no sean los del “pensamiento único”. La gran mayoría de esta juventud se alimenta hoy de las migajas dejadas por el olvido y la desmemoria, mientras continúa creciendo en medio de la carencia de referentes alternativos capaces de canalizar el malestar social que tan fuertemente experimenta.

Manuel Castells plantea que gran parte del sufrimiento humano que en esta etapa estamos presenciando
es resultado de la lógica del proceso de reestructuración del capitalismo. Desde la Universidad de Buenos Aires Hugo Calello nos recuerda que en el contexto actual, en el que las relaciones con el empleador son cada vez menos directas, más abstractas y mediatizadas, prevaleciendo la informalización de la economía, la clase trabajadora -y en este caso su juventud- va disminuyendo sus posibilidades no sólo de tomar conciencia del valor de su trabajo sino de la sumisión
a la que se le somete, viéndose significativamente diluida así su propia potencialidad de cambio.

Calello señala también que para garantizar en América Latina “un orden relativo en términos de gobernabilidad”, la generación de un discurso político hegemónico sobre la sociedad resulta fundamental. “Mantener vigente el equívoco” y “la enredadera de palabras vacías”, sobre todo en el lenguaje político, resultan muy efectivas para generar un consenso, siempre de carácter pasivo, sumiso y rutinario.

Para Calello una clave del mecanismo actual de la dominación radica en que el discurso opere a través de una “seducción diferenciada” sobre cada una de las franjas del conjunto de la sociedad. Para la franja de la pobreza y la marginalidad, los mensajes hablan del éxito de los grandes corruptos y de los poderosos, y de formas de vida y de placer de las cuales “están proscritos los perdedores, los tímidos y los débiles”. Este discurso los induce permanentemente a la ilusión de “alcanzar lo inalcanzable”. Mientras, se les satura con la crónica amarilla de la violencia cotidiana.

Así, según Calello, el habitante de la marginalidad va siendo “desterrado de su realidad” y se le va impidiendo que tome conciencia sobre los márgenes reales del espacio de vida al cual ha sido “condenado”, en donde va desarrollando “formas de violencia contra el otro cada vez más extensas y profundas”, dependiendo de su propia distancia con el extremo de la sociedad plenamente consumista. Los fragmentos se van progresivamente re-fragmentando, excluyéndose entre sí como diversos y enemigos, y volcándose el uno contra el otro.

EN UN PAÍS VIOLENTO Y DESIGUAL

Como producto de la irresponsabilidad del Estado y de la aplicación interna de un paradigma de “seguridad nacional” que privilegia a toda costa proteger los bienes y la vida de aquellos que los tienen, también en Guatemala la violencia se ha agudizado cada vez más.Los diferentes informes sobre muertes violentas ocurridas en los últimos años coinciden en que la juventud es el grupo de edad que está siendo más afectado, y aunque se habla de juventud, tardíamente se comienza ya a reconocer que muchas de las víctimas son también niños, niñas y adolescentes.

El informe “Muertes violentas de niñez, adolescencia y juventud y propuestas para su prevención”, elaborado por la Procuraduría de Derechos Humanos, a partir de datos propios y del Instituto Nacional de Estadística (INE), muestra cómo en 2002 y 2003, el 63.6% de las víctimas de asesinato eran menores de 30 años de edad, siendo el 25.4% del total menores de 18 años. En 2004, la ODHAG informó, a partir de fuentes hemerográficas que, al menos el 64% de las y los jóvenes muertos de manera violenta tenían entre 15 y 17 años. Los seguían un 17% de adolescentes de 10-14 años. En ese mismo año, el INE informaba que de las 418 muertes de menores de edad registradas con causas conocidas, del total de las 918 ocurridas, el 75.8% correspondía a muertes por homicidio y sólo 14.8% fueron por accidente.

CONTRA LAS MUJERES,
LOS JÓVENES Y LOS MÁS POBRES

En números absolutos, la cantidad de mujeres de diferentes edades asesinadas entre 2001-2005 se ha más que duplicado, llegando a 665 muertes sólo en 2005. La violencia contra las mujeres es un caso especial por la lógica patriarcal de la que nace, que inferioriza, cosifica y somete lo femenino. En muchos casos, esta violencia se ensaña en la sexualidad de la mujer.Guatemala es hoy el país de Centroamérica con el número más alto de mujeres muertas como producto de la violencia y con el más alto nivel de impunidad como respuesta. A nivel mundial tenemos uno de los índices más altos de homicidios de mujeres en términos proporcionales a nuestra población: 40 por cada 100 mil personas. El promedio mundial, según la OMS, es 10 por 100 mil.

Tal y como sucede en otros contextos, “la pobreza vulnera”. De ahí que casi todas las mujeres de distintas edades que durante los últimos años perdieron la vida de manera violenta, eran pobladoras de barrios, asentamientos o colonias pobres. También en el caso de Ciudad Juárez, la socióloga mexicana Julia Monárrez ha dado cuenta de cómo las mujeres pobres -las que viven en zonas urbanas marginalizadas- pueden tener hasta un 80% mayor de probabilidades de ser asesinadas, que las que viven en los sectores residenciales de altos ingresos.

Mientras la violencia más cruel es experimentada de manera directa, sobre todo por los sectores populares, las reacciones ante la inseguridad y las interpretaciones de ésta provienen sobre todo de las capas medias y en alguna medida altas. Muchas veces se relacionan con el ejercicio irresponsable de bastantes medios de comunicación, que vuelven cada vez más prevalecientes la zozobra y el temor. Es frente a esto que Enrique Marí -desde el Cono Sur- plantea que, cuando la inseguridad “se apodera” de una sociedad y “el temor desborda las fronteras de la reflexión”, se disminuye la capacidad de diferenciar entre las características reales de los fenómenos y su utilización para justificar determinadas medidas e intereses. Así, las creencias e ideas dominantes logran llegar a desvincular “la inseguridad de la desigualdad”, siendo éste un mecanismo impulsado justamente por los sectores que se benefician tanto de la inequidad como del miedo.

SABEMOS DE SUS MUERTES
¿CONOCEMOS SUS VIDAS?

Las jóvenes y los jóvenes guatemaltecos son sistemáticamente estigmatizados, criminalizados y muchas veces constituidos en el principal objeto de las políticas represivas por parte del Estado de la manera más burda posible. Diversos sectores sociales dan cuenta de las políticas de “limpieza social” en marcha. Cotidianamente, los “patojos” de los barrios y las colonias populares son presentados, a través de distintos medios, como quienes delinquen, transgreden y a quienes hay que temer. Las jóvenes de esas áreas aparecen normalmente como prostituidas o sólo como víctimas mortales de la violencia brutal. Gran parte de esa juventud sólo es escuchada desde las cárceles o lugares de detención. Convertida impunemente en el sustrato idóneo para protagonizar por sí misma la violencia, en un instrumento para el beneficio de los intereses de unos cuantos, la juventud de las clases populares continúa siendo extremadamente postergada, mientras que el profundo vacío de conocimiento sobre sus vidas, contrasta enormemente con el énfasis que hoy se pone sobre sus muertes. ¿Conocemos la manera en que las jóvenes y los jóvenes de las áreas populares viven la embestida actual de violencia y cómo en sus múltiples formas ésta ha llegado a ser parte ineludible de su cotidianidad? ¿Comprendemos cómo esa juventud entiende la violencia?

En octubre de 2005 nos acercamos a conversar individual, y sobre todo colectivamente, con más de 100 jóvenes, mujeres y hombres, de entre 11 y 22 años de edad. Estudian, trabajan y son pobladores de las zonas 6 y 18 de ciudad Guatemala. Casi la quinta parte de ellos aportó su percepción desde su vivencia de la violencia en otros barrios y colonias del área metropolitana o en municipios aledaños a la ciudad capital, donde crecieron.

Aceptaron el desafío de dar cuenta con sus propias palabras sobre cómo viven la violencia, cómo la experimentan cotidianamente, quiénes, hasta qué punto y dónde se les agrede con más frecuencia. También hablaron de las alternativas que ven o están construyendo. Sólo con algunas excepciones, la juventud que compartió sus experiencias no ha “andado en las maras” y casi todos participan de algún esfuerzo de construcción de alternativas para no llegar a hacerlo. La recuperación de sus voces puede permitirnos llegar a comprender el enorme desafío que significa ser joven hoy en Guatemala, enfrentándose, día tras día y sin descanso, a la violencia, mientras construyen, quieren y sueñan desde las zonas populares de nuestro país.

¿EN DÓNDE HAY LUGAR “SEGURO”?

La vida cotidiana de esta juventud se desarrolla en medio del caos en el que les ha tocado vivir. Palabras como muerte, abuso, silencio y abandono están en todos sus relatos. Y son los lugares y las intensidades los que perfilan la manera diferente que tienen de vivir la violencia las mujeres jóvenes, en contraste con las vivencias de los hombres jóvenes. Para ambos, llegar a definir un lugar “seguro” implica una tarea no siempre fácil. Para muchos, analizar sus propias respuestas podría significar tomar conciencia del grado de abandono e indefensión al que se enfrentan: “El lugar más seguro es la calle donde más gente transita”, “En los campos: ahí es seguro porque ahí hay mareros, pero son seguros”, “Donde hay más riesgo para las patojas y los patojos es en la casa y en el instituto, más que en la calle. Lo que pasa es que de lo de la casa no se habla”, “Para mí en todas partes es seguro”, “El único lugar seguro es nuestra casa”, “La iglesia es seguro”, “Ahí es seguro media vez uno no se meta con ellos”, “Una en la calle no anda tranquila, pero en la colonia sí porque ahí te conocen”, “Para mí todos los lugares son peligrosos, estando uno donde esté es peligroso. Un lugar seguro, tal vez, sólo es adentro de mi casa”, “Cuando no está él, me siento calidad en mi casa, porque no tengo ese temor”.

“VIVIMOS ASALTOS Y MATANZAS”

Aunque “la calle” no significa lo mismo para todos, si el grupo es mixto o sólo de hombres, los golpes que en la calle se reciben con más frecuencia son los insultos y la violencia “callejera”. Los nombran sin excepción: “Entra un grupo bien engazado, y aunque sean personas inocentes, ya sin decir nada a tirarle y a patearlo a uno de una vez”. Experiencias como ésta les han pasado “varias veces” al menos a la cuarta parte de los entrevistados. Asaltos, a la mayoría.

Para esta juventud la frontera entre unas y otras formas de violencia es cada vez menor y la relación directa con la muerte se vuelve en algunos casos hasta cotidiana: “Vivimos asaltos, vivimos matanzas”, “Allá asaltan y si no les dan lo que ellos quieren se mueren también”, “El hijo de esa señora apareció sin cabeza porque era Mara 18, y son tres hijos, y ahora el de 15 años se metió a la mara”, “Antes siempre en las noches había más de un muerto, ahora ya no”.

Las jóvenes y los jóvenes se sienten permanentemente acosados y discriminados: “Si uno es joven y le pasa algo, aunque no haga nada, pues que se joda”. El grado de control sobre sus vidas incluye lo que hacen, lo que escuchan y hasta cómo se visten: “Ahí en la colonia siempre andan vigilando a todos, ‘los chequeo’. Ellos son los que saben todo lo que los otros hacen, y de ahí te califican”, “Una ya no puede usar lo que le gusta. Una gorra, unos tenis y ya rápido te dicen que ésos son zapatos que usan los mareros. Yo me los pongo porque se que no soy nada, pero ya no puede uno usarlos tranquila”, “Nos discriminan por la forma cómo nos vestimos. A mí me gusta vestirme así, y la mayoría de mareros así se visten. Y la policía me queda viendo y sin decirme nada, sólo me tiran a la pared. Y ya me ha pasado muchas veces”.

LA VIOLENCIA SEXUAL
SIEMPRE PRESENTE

El acoso y el hostigamiento relacionado con la sexualidad se torna más continuo para las mujeres: “Nos dicen barbaridades”, “Ahora ya no son sólo los piropos sino la mano”, “No se puede vestir como uno quiera porque te roban o los hombres ya te andan manoseando”. La calle se va progresivamente convirtiendo en un espacio más de la dominación sexual, física y simbólica de los hombres hacia las mujeres: “Si somos bastantes mujeres y pasamos por ahí, y solo es él, no nos respeta. Pero si fuera una mujer y a la par un sólo hombre, entonces sí nos respetaría”, “Hay una patoja que pasa ahí con pantalones apretados y con esas blusas cortas, y los patojos que están ahí, cuando pasa le tocan atrás, y la muchacha no puede hacer nada”, “En la calle a veces no las violan pero sí les meten la mano por todas partes”. También los niños pequeños y sufren acosos en los espacios públicos: “Hay hombres, pero más los bolos, que asustan a los niños diciéndoles que los van a tocar ahí en la calle”.

Ellas y ellos van expresando desde un inicio lo que quieren que se sepa “para que ya no pase más”. Otros construyen el vacío de un silencio que no hace más que gritar, en tanto que otras se van permitiendo hablar porque “de todos modos ya todos lo sabemos”.

Para las mujeres, “no es acoso ni un tocar eventual” lo que hablan. Para ellas, se trata de violación. Pasa “en la calle, en las casas, en todos lados”. Los espacios públicos son riesgosos. “El parqueo es peligroso, hay hombres o los mismos choferes que se esconden y te jalan”, “A una amiga mía la violaron y la gente se dio cuenta y no hizo nada. Ella gritaba y nada. Eso fue en la tarde, ella fue a dejarle almuerzo a su mamá que vende en el mercado y venía de regreso y unos hombres la jalaron ahí en el parqueo y la violaron”, “Allá a otra patoja la policía la violó en una panel”.

La mayor parte de las jóvenes y los jóvenes cuestionan el estereotipo de que la violencia sexual en la calle es ejercida exclusivamente por las pandillas: “Los mareros lo hacen, pero no sólo ellos, otros hombres también le andan haciendo daño a las personas”, “Noooo, son los mismos de aquí, es la gente como nosotros. No son los mareros, pero eso no sale en los periódicos. Ahí los únicos malos son las maras, como si lo que nos pasara no fuera todos los días, en la casa y en la calle”.

Es intenso este problema en estos barrios y colonias: al menos el 50% de las jóvenes y el 25% de los muchachos se han enfrentado en algún momento a la experiencia de la violación: “No sólo a las mujeres violan, a los hombres también y en las dos partes: en la calle y en la casa”, “De diez amigos, como a cuatro les pasó”, “No sólo los hombres violan. También las mujeres: las tías, las señoras que los cuidan”, “Tal vez a los hombres les pasa más en la casa, pero menos que a las mujeres”, “Allá abortan, no sólo por las violaciones sino porque quedaron embarazadas sin querer”.

“A ELLOS LOS HAN ENSEÑADO
A CALLAR”

La violencia sexual ejercida en sus casas, sobre todo en contra de las mujeres, ha sido muy silenciada: “Yo pienso que hay más violaciones en la casa, porque por miedo uno no dice”, “Ponete que tu papá te amenace que no vas a decir, porque si no, mata a tu mamá o hace algo. A una le da miedo, entonces una no habla, y eso sigue pasando”, “Si lo dicen no le creen, por eso tienen más confianza de contárselo a los amigos”, “En la de la calle nos damos cuenta, en la de la casa no”.

Tal y como las jóvenes denuncian, papás, hermanos, tíos, primos, abuelos y padrastros, han sido agresores y cómplices de una violencia sexual con la que reafirman su poder y que se nutre de las prácticas cotidianas de dominación: “Los hombres se quieren posesionar de sus hermanas, como si fueran de su propiedad, y la familia lo único que hace es seguirlos motivando cuando les dan más autoridad, hasta el punto que cuando una está durmiendo se le meten en la cama”.

Con un frecuente “ellos no hablan y ellas lo dicen todo”, mujeres y hombres, por diferentes razones, parecieran querer minimizar la violencia sexual que ellas viven tan intensamente. Les cuesta encontrar la manera de comenzar a decir lo que tanto ellas como ellos consideran también oculto: la violencia sexual que los hombres desde muy pequeños experimentan: “Con los hombres es más peor, porque a ellos les han enseñado que los hombres no lloran”.

Mientras que para ambos el abuso sexual se va constituyendo en una forma de violencia cada vez más presente, son las jóvenes las que parecieran reconocer más claramente los vínculos entre sus propias vivencias y la opresión experimentada por sus madres: “Las mamás no dicen nada, por el miedo a estar solas, a que el hombre se vaya”, “A ellas quizá les pasó y ellas se callaron y lo que pasó con las mamás quieren que pase con nosotras”, “Yo no creo que les pasó, porque si ellas lo hubieran vivido apoyarían de otra manera a sus hijas cuando lo necesitan”.

“TE ACOSTUMBRÁS A SÓLO PELEAR”

La manera en que sus familias están conformadas, la forma de relacionarse, los gritos y el maltrato que reciben, ejercen, o tienen que presenciar, dan cuenta de cómo entre la violencia que viven en la calle y la que experimentan en la casa, no hay sino un continuo, no fácil para ellos de entender ni de romper.

Las lecturas individuales y las “culpas” de las madres y de los padres se reafirman, mientras las responsabilidades de la sociedad y del Estado se van diluyendo cada vez más: “Donde vivimos hay menos papás que padrastros, porque ahora los hombres ya sólo quieren a la mujer para un rato y la mayoría ya sólo quieren satisfacerse, o tal vez por drogas violan a una mujer y ya se queda embarazada”, “A veces el papá no vive contigo y la gente te pregunta, pero si tú le preguntás a tu mamá, ella se enoja y te pega por preguntar por tu papá”, “Los papás y las mamás maltratan, y a veces al revés: los hijos ya grandes les pegan a los papás”, “A veces no te pegan, pero te humillan, y eso duele más”, “De tanto grito que reciben en la casa ya se quedan como tímidos, se quedan como si no se van a poder defender, quedan así como traumados”, “Si tus papás comienzan a pelear eso te afecta, porque oís sólo pleitos y por eso en la calle sos una persona que ya estás acostumbrada a sólo pelear”, “Yo tengo papá y mamá, pero uno a veces piensa que es mejor no tener. A veces uno se desespera y ya piensa en buscar a las maras, el licor o las drogas. ¿De qué te sirve tener un papá que sólo malos tratos te da o que te trata como quiere”, “En la casa no te ponen atención, en la calle sí”, “Yo no tengo ni papá ni mamá. Mi mamá sí vive pero nunca se preocupó por nosotras y mi papá ya está muerto. Vivimos con una tía. A pesar de eso, yo sólo pienso en superarme”.

“TAMBIÉN EN LA ESCUELA PASA”

Desde la cotidianidad en la colonia o el asentamiento esta juventud se percata de otro conjunto de relaciones violentas. Les va quedando claro que “ya no se juega por diversión” y que “aunque sea un poco”, el consumo de drogas
y alcohol se va haciendo cada vez más común en todos los espacios. El maltrato en los buses o en los mercados, las humillaciones a los ancianos y la discriminación étnica son realidades que algunos no experimentan y que no saben bien cómo enfrentar.

Es en muchos de estos barrios en los que el tráfico de niñas y niños se concreta: “Cuando roban a los niños para irlos a vender, se los arrebatan y no se dan ni cuenta. Y uno se va al periódico y no hacen nada y ahí se queda todo”. Más de una de las jóvenes ha sido testiga de cómo a las mujeres las convierten en mercancía: “A una que yo conozco la vendió su padrastro, la dio a cambio de otra”.

Una problemática que estuvo siempre presente en todos los grupos es el suicidio, y aunque las percepciones variaran considerablemente y las razones que se expresaron fueran diversas, la mayoría coincidió en que son niñas y niños “como de 8 a 12 años” los que se suicidan.

Tarde o temprano salta “la pobreza” a secas como una forma de violencia más que se ven forzados a vivir. Un poco después sale “la explotación”: “Te exigen lo máximo en el trabajo y no te pagan bien, y como son empresas grandes uno no puede decir que te paguen más porque sos menor”, “En el trabajo se viven insultos, humillaciones y despidos por cosas que no han ni pasado”, “En la maquila hay unos trabajadores que se aprovechan y la tratan de besar a uno. Los mismos compañeros también lo hacen”. La pobreza implica aprender que “siempre hay unos que se la quieren llevar más que los otros”. A otros la desigualdad de oportunidades les resulta claramente injusta: “Yo tenía cuatro años de no estudiar porque no podía y cuando veía a otras que tenían la oportunidad y no la aprovechaban, me enojaba”.

También en la escuela hay violencia: “En la escuela entre los mismos compañeros se pelean”, “La envidia y la rivalidad entre nosotros eso también es violencia”, “Hay pleitos, chismes: que ella dijo, que él dijo, se meten en todo y eso me cansa”, “También los maestros son acosadores, te dicen que hagás lo que ellos quieren”, “A una mi amiga le pasó y ella ahora se siente muy mal, pero no lo dice. Y en el colegio ha pasado todos los años”, “Donde yo estudio algo tan directo no hay, pero roces sí, algo raro que no me gusta”. “En el instituto hay hasta violaciones. Ahí se organizan, pero lo hacen afuera”.

El instituto, el colegio o la escuela han dejado también de ser espacios en los que es posible socializarse y vivir en seguridad. “Donde yo estudiaba andaban buscando patojos para que sean mareros, y como hay gente que se quiere superar, entonces caen, pero ninguno que pudo elegir se quedó con la mara”, “Los mareros también entran a la escuela a pedir el impuesto y la renta”, “Ellos ponen uno del mismo instituto a estar cobrando, porque de cada clase piden como 25 ó 50 quetzales semanales. Llegan a molestar a las chavas y a hablar”, “Allá tenían atemorizados a todos los del instituto. Llegaba la policía pero no hacían nada”.

APRENDER A VIVIR ENTRE MARAS

Dependiendo de sus propias historias personales, de las características del barrio o de las mismas pandillas que tengan el control del “territorio” en ese momento, puede haber diferencias importantes entre cuánto conocen y hasta qué punto han aprendido o no a relacionarse estas muchachas o muchachos con las maras. Pero siempre las presiones son generalmente fuertes: “Si vivís en la colonia y le estás hablando a un 13, ‘¿qué onda?’, te dicen, ‘¿qué te pasa?’ y ya te están amenazando”, “Hay uno que me dice que me meta con ellos, porque dicen que hay que defender el lugar donde vivimos, pero yo no quiero”, “Allá hay una mara, antes había dos. Hace como dos años se mataron, pero ahora es peor porque ellos huevean parejo, ya no están viendo a quién. Antes los de la 18 cuidaban. En cambio, ahora ellos entran y hacen lo que quieren”.

Más de un joven dijo haber “andado en la mara” en busca de protección. Fueron pocos los que reconocieron tener a algún miembro de su familia dentro de la mara, entendiéndolo como una fuente de dificultades: “Tener un hermano pandillero eso sí afecta mucho. Yo ya no podía ni siquiera ir a la casa de otro amigo, porque era hermano de él y él tenía problema con las demás maras”.

Sin embargo, algunas jóvenes ven en los miembros de las pandillas cualidades no fáciles de encontrar en otras relaciones: “La verdad es que como amigos son bien buena onda. Son personas a veces mejores que los que dicen ser tus amigos”. Otras muchachas pueden llegar hasta a protegerlos de la policía. Otros van aprendiendo poco a poco
a relacionarse con ellos: “No es que uno se meta a la mara pues, pero si uno no se mete con ellos y sabe saludarlos a ley, está bien, porque todos merecemos respeto, hagamos lo que hagamos”.

Y hay quienes, aun sin ser miembros, asumen las lógicas de control que una determinada mara puede llegar a imponer sobre el barrio: “La mayoría de mara es de ahí y a uno ya lo conocen. La onda es que dicen que es peligroso porque las señoras o chavos que miran cosas luego andan contando o andan discutiéndoles a los de la mara. Y a ley, eso no les gusta a la mara, y ahí es donde les hacen ondas, o chavas que hablan cosas de más, y ahí es donde las violan”.

EN TERRITORIOS INSEGUROS

Las colonias, barrios o asentamientos tienen historias propias que las hacen diferentes. Han pasado por varias etapas, y han sido objeto, en mayor o menor medida, de las intervenciones y medidas represivas del Estado, produciendo cambios sensibles en la cotidianidad de la juventud: “En marzo de este año comenzaron a matarlos”, “Vaya ahora y ya ha cambiado bastante. Ahora ya no hay muertos”, “Hace como seis años sí era bien peligroso porque si se iba uno a meter a otro sector no salía vivo. Ahora ya no, porque se volvió sólo una mara. Los más pequeños se fueron de ahí, a otros los mataron y otros quedaron en sillas de ruedas”, “Cuando era pequeño había como cinco maras y siempre había problemas, pero ahora ya están casados y se fueron saliendo, se murieron o se los llevaron presos”, “En el último año como a tres o a cinco mataron. El año pasado, más, como a ocho”, “Antes había más de veinte asesinatos en el año, ahora poco, sólo como dos o tres”, “Antes había mucha violencia, pero un día entraron, ya no me recuerdo como se llaman esos del ejército, limpiaron, y ya casi no hay”, “Hace cinco años puyaban a la gente, ahora la matan”.

Los barrios y colonias también tienen una vida propia y una diversidad interna que, a partir de los distintos estratos, configura la manera en que la juventud experimenta la violencia. Vivir cerca “del campo”, de “la escuela”, de “las esquinas” no siempre es fácil. Son lugares donde la violencia está mucho más presente. También hay áreas o sectores enteros dentro de un mismo barrio en los que la violencia se vive con mayor intensidad: “Ahí están los más masacres de las maras, ésa es su área, su territorio, lo tienen controlado y a todos los tienen atemorizados”. En estos espacios, el tiempo también cambia: “Ahora es los sábados y domingos, antes todos los días”, “Cuando la gente sale bien temprano a trabajar es peligroso”.

Los barrios, asentamientos o colonias, están plenamente vinculados a los códigos y dinámicas de quienes mantienen mayor o menor control sobre el lugar: “Donde yo vivo, antes sólo 18 vivían, y ahora sólo MS, y no se llevan con nosotros. Tal vez hay el peligro que un día nos pasen tirando un par de bombazos”, “Hay grupitos que se están formando como maras, están pequeños, los adultos ya no están”, “Los ‘bichos’ empiezan, son niños, tienen diez, doce quince años. A los que acaban de matar son líderes, eran de más de veinte, ésos ya eran grandes. “Aquí había mara de mujeres, yo las conocí”, “Ahora hay sólo una, pero hace por todas, la MS es la que hay”, “Allá hay como seis maras, nadie se lleva con nadie, y hay veces que van juntos sólo para derrotar a otra mara”, “Hace unos años, cuando era pequeño, habían muchas maras, y no podía caminar más que tres cuadras a la redonda, era lo más lejos que podía ir para no estar donde los de la otra. Ahorita ya sólo hay una, sólo de patojos, sólo ellos quedaron”.

POLICÍA: ¿MÁS VIOLENCIA?

Además de las maras o pandillas son fuente de violencia otros actores cotidianos, generalmente invisibilizados: “Las pandillas sí, pero otras personas también abusan de uno. Si uno no les hace el favor que te piden, ya se te quieren dejar ir encima”, “Yo hubo un tiempo que caminé con las maras por protección, pero de ahí me di cuenta que fue peor. Antes de caminar con ellos tampoco me daba el gusto de andar en cualquier lugar. Ahora sí, sólo que con el temor de que me asalten, pero ésos ya son otros”.

La falta de responsabilidad de las autoridades civiles estuvo siempre presente en las discusiones, variando la percepción dependiendo de la comisaría. Pocas cosas parecen indignarlos tanto como cuando es la misma “seguridad” la que les violenta: “La policía nada hace, si ahí enfrente está cuando le pasa a uno, y nada”, “La policía inventa cosas, y no hace ni mierda”, “La policía crea violencia también, lo registran a uno, y no le preguntan nada, sino lo tiran a la pared de una vez”, “Los policías te huevean, te registran, son un problema porque no hacen nada, no ayudan”, “Por una cosita te llevan, te agarran, te empiezan a pegar, o quieren que siempre les des un impuesto, y a los que sí hacen barbaridades no les dicen nada”, “Los policías también violan”, “Eso lo hemos vivido nosotros, no puedo creer hasta dónde llega la bajeza de los policías, de estar en servicio y ebrios”, “Si son la ley, hay que respetar y todo, pero ellos se pasan porque van ebrios en la patrulla y en veces hay quienes no son pandilleros y ellos los tratan como si fueran. El otro día, sólo por llevar tatuajes, a un chavo lo comenzaron a llamar y a golpear entre dos policías y a plena luz del día, no era de noche, pero nadie dijo nada. Todo mundo se quedó callado, sólo vieron cómo golpearon al muchacho”. A la mitad de estos jóvenes les han robado o golpeado las maras y a la otra mitad la policía.

De lo que menos se animan a hablar es de la violencia “por el narco”. En sus palabras, los actores se comienzan a mezclar: mareros, narcos, “la seguridad”... Son fronteras muchas veces difíciles de distinguir y de nombrar. Para algunos, la impunidad prevalece: “A los mareros Cobras se los llevó la policía, pero a los dos días ya estaban de regreso”. Para otros es la misma Policía la que “forma parte de eso”: “Ellos mismos la rolan”, “Nosotros nos dábamos cuenta que la policía andaba con ellos. Los mareros les daban las bolsitas blancas y la policía les daban unos rollos de dinero”.

ESTIGMA: VIVIR EN “ZONA ROJA”

“Acá es una zona roja y yo pienso que la sociedad ha formado como divisiones, a unos nos ha puesto unos límites, y a otros que están un poquito más arriba, les ha puesto otro límite, y cuando sos una patoja de aquí ya no te tratan ni te respetan igual”. Así, los estigmas que la sociedad construye con relación a los espacios de vida lleva a muchos de estos jóvenes a verse en la necesidad de ocultar y falsear su identidad para poder conseguir un trabajo.

Esta juventud también se va percatando de cómo la imagen sobre el lugar en que viven se puede ir “limpiando”, lo que no necesariamente significa que los problemas que diariamente enfrentan lleguen a resolverse: “Antes aquí le decían zona roja. Ahora ya no, pero hay muertos casi a diario, y golpeados hay hasta por molestar. Ahora ya no le dicen así, ¡pero es igual!”.

¿CÓMO LO INTERPRETAN?

La violencia que experimentan queda también impune por la falta de una sanción social. Ante la violencia sexual que las mujeres tan cotidianamente enfrentan, el mecanismo de la revictimización es muy claro: “Lo que sucede es que a las patojas les gusta”, “También es que las mujeres usan las falditas así bien cortas, y los hombres de verlas así se calientan, y yo pienso que los hombres ya grandes tal vez por eso las violan, por su forma de vestir”, “Si de repente en el bus un hombre que no sé qué piensa comienza a tocarnos, la sociedad lo que hace es señalarnos y decirnos: no te vistás así”.

De las interpretaciones depende muchas veces la decisión de optar o no por la vida. Las lecturas que inferiorizan a quienes son agredidos son también inconscientemente internalizadas por ellos mismos: “Si yo fuera ella, sentiría que me quiero quitar la vida, o tirarme a prostituta, porque sentiría que ya no sirvo. La mayoría de jóvenes, hombres y mujeres, quieren casarse y encontrar una mujer que sea pura, y si les ha pasado algo así, y peor aún si les queda SIDA, así sólo les queda esperar o quitarse la vida de una vez”, “Hay algunas que cuando las violan dicen: no sirvo para nada. Algunas se ahorcan o de un puente se tiran”.

En ese mismo sentido la mayoría se explicó la pertenencia a las pandillas solamente como un producto de los problemas familiares, por la falta de atención en sus casas o como una manera de desahogar el enojo que sienten por el maltrato que reciben, por el deseo de venganza, o como resultado de una decisión supuestamente libre asociada a sus muy particulares maneras de ser: “Quieren ser importantes”, “Es autoritario”, “Busca las salidas más fáciles”. Fueron menos quienes, más allá del deseo de “venganza”, identificaron también las necesidades de “protección” y los anhelos de “superación”: “Unos por necesidad lo hacen, otros porque quieren”. Muy pocos llegaron a establecer la relación entre sus condiciones de vida y la realidad socioeconómica y política imperante: “Yo pienso que todo esto pasa porque el presidente no atiende los problemas”, “Como están escasos los trabajos y no hay empleo...”

Aunque nunca se les hizo la pregunta, tanto las jóvenes como los muchachos fueron mostrando a lo largo de las conversaciones cómo, en medio de la maraña en que la violencia diariamente los enreda, se van construyendo a sí mismas como mujeres y como hombres y también como esa nueva juventud de la clase subalterna. Expresiones como “ahora ya no se puede confiar en nadie” se suman a otras que ponen de manifiesto la indefensión que sienten al constatar la impunidad y la complicidad con que las cosas pasan: “La gente ahora sólo mira y no se mete por miedo”, “La policía nada hace”, “Al ver ondas así, mejor no decir nada y bajar la cara, porque uno no puede hacer nada ni cambiar eso, porque hasta la policía está con ellos. Y como la policía supuestamente es la que nos tendría que dar seguridad y no hace nada…”

CONVIVIENDO CON EL MIEDO

Es el miedo el que va determinando las opciones que toman y a través de las cuales aprenden a vivir: “Vivís con ese miedo de que no vas a salir”, “Cuando salgo siento miedo que me van a agarrar por atrás o que me van a hacer algo”, “Tenés miedo de salir de tu casa porque es muy arriesgado”. Pocos son los que cuentan con algún recurso de protección: “Cuando voy a la tienda y me molestan sale mi hermano y ya me dejan”. Para la mayoría su principal reto es llegar a controlar el miedo y a “no demostrarlo”. Frente a ese desafío, la nebulosa de la participación religiosa y sobre todo, el apoyo y las orientaciones de sus madres destacan significativamente: “Antes vivíamos atemorizados, pero ahora como mi mamá está en los caminos de Dios, nos dice que no les tengamos miedo, que nosotros no nos metemos con ellos y ellos no se pueden meter con nosotros”. Aún así, hay una tarea que queda sólo para ellas y ellos mismos: “Es un miedo que no sos capaz de vencer hasta que no te ponés un alto a ti misma”, “No hay que demostrarles miedo, porque entonces ellos hacen hasta más cosas”.

No todas ni todos los jóvenes, aún los de un mismo barrio, dijeron vivir con temor. Algunos han llegado inconscientemente a negociar, a cambio de no sentir miedo, su propia libertad: “No me da miedo porque casi no salgo”, “No me da miedo porque cuando salgo voy con mi mamá”. Otras y otros sienten la pérdida de los espacios públicos como una imposición: “Por temor no salimos”. “Yo no salgo de mi casa”, “Lo más seguro es no salir y no salgo”, “A mí no me dan permiso de salir a ningún lado, no me dejan”.

Y sin embargo, aún el encerrarse es una estrategia que no les resuelve, viéndose muchas veces forzados a huir: “Y ni en su casa está seguro uno, porque a la par de mi casa viven unos que son mareros, desde el más chiquito hasta el más grande, y el papá vende droga. Ellos han violado, y yo ya tengo temor porque pienso que algún día me van a hacer algo”, “Hay familias que no dicen y se van a otro lado”.

El recurso al encierro deja al descubierto la disociación con la que buena parte viven, ya que esto les lleva al encuentro de otro conjunto de agresiones en la casa frente a las que la opción de “la calle” siempre fue la alternativa.

APRENDER A “NO DECIR”,
Y A SOBREVIVIR CON EL SILENCIO

Resultó paradójico cómo estando tan rodeadas de ruidos, bullicio y en muchos casos gritos, las jóvenes hayan sido tan contundentes al decir: “¡Aquí el silencio es bastante!”. Ese silencio se ha ido convirtiendo en el único refugio seguro. Desde muy chicos, mujeres y hombres aprenden a callar y hay quienes pueden llegar hasta perder literalmente la voz: “Ellos también se quedan callados por miedo, o se hacen gays”.

Es claro que muchas historias se resguardaron y no las contaron: “Es que no lo puedo contar”. De hecho, el haber aceptado hablar, nombrar, decir lo que viven y lo que piensan fue ir en dirección contraria al silencio que la vida se ha encargado de enseñarles: “Hay un lugarcito donde nos ponemos a jugar, y yo, al menos, soy uno que mire lo que mire ahí queda y no pasó nada”, “Si te golpean y te asaltan aunque estés tranquilo y sin hacer nada, tenés que quedarte igual, bajar la cara y quedarte tranquilo. No se puede hacer nada porque si uno habla se muere y a los tres, cuatro días amanece a saber dónde. Tiene que aguantarse uno, porque ahora no puede uno hablar, porque por hablar hay muchos bajo tierra.”

Esta juventud, en la que tantas formas e intensidades de la violencia se cristalizan, ya sea en la esfera pública como en la privada, van poco a poco naturalizando muchos de los hechos que les suceden para protegerse: “Yo vivo en una colonia donde no bajan carros ni nada. Lo único inseguro es que los mareros a veces se ponen a disparar los viernes y sábados, pero eso es cosa normal”. Otros los llegan a justificar: “Yo me he dado cuenta que si a uno le piden dinero y uno les dice que no tiene, a ellos les molesta, porque dicen: Si les robo a la fuerza es porque es a la fuerza, pero si uno les pide con amabilidad no quieren, ¿entonces qué quieren? Y es la mera verdad porque a todos nos aprieta”, “Si yo no me meto en los pedos de ellos a mí no me va a pasar nada. Ahora, si ando de chismoso y en esa onda de decirle a los policías en dónde se juntan o dónde se reúnen, es otra cosa. Por eso es que a mucha gente la han matado, por chismosos”.

Ante esta violencia “pública”, unos optan por administrar los espacios y las relaciones: “Si le hablo a un Guaipense, ya no puedo hablarle a un Breakero ni a un 18. Entonces, mejor ya no hablarle a ninguno”, “Casi uno no se ve con los cuates de ahí por el miedo”.

QUÉ ALTERNATIVAS ENCUENTRAN

Tratar de pensar alternativas frente a lo que viven, a algunos les parece casi imposible: “Para mí, frente a todo eso, no hay alternativa”, “Casi no tenemos alternativas para defendernos”. Otros ven como único recurso el que tienen a su alcance: ejercer más violencia: “A veces le dan ganas a uno de tomar la justicia por la propia mano”.Hay quienes se plantean distintas formas de escapar: “Irse de ahí, pero eso no siempre se puede porque no se tiene dinero para comprar un terreno”, “Fumar marihuana”, “No meterse con ellos y evitar salir”, “Mantenernos bien ocupados en el trabajo”.

Inhibirse y dejar de expresarse resulta ser también una opción a través de la cual muchos sobreviven a la violencia: “Por eso uno se limita para salir, y los amigos se hacen en donde una estudia o donde trabaja”, “No hablarle a ninguno, porque se podría decir que todos tienen más de algún problema o están metidos en algo. Yo ahí no tengo ningún amigo”, “Vestirte, con falda larga o con pantalones”, “No andar sola”, “Del colegio a la casa y ya está, sólo saludarlos y ya”, “No estar muy tarde, y no ir a lugares por donde no tenés que pasar”.

Para quienes aún pueden, buscar protección es todavía una alternativa: “Simplemente ir acompañada de un hombre”, “Si andás con tu mamá no te pueden hablar, pero si te ven andar sola ahí sí te agarran”. Saber qué decir y en dónde es un recurso que algunos se plantean: “Si no te dejan pasar y si te preguntan, decirles lo que ellos quieran”, “Si la policía nos quiere obligar a hacer algo que no queremos, denunciarlos con la ORP, donde investigan a la policía si hay corruptos o no”.

NO BASTA CON EVITAR
QUE SEAN MAREROS

Algunos pudieron verse, aunque no siempre con esperanza en el presente, sí frente a un largo camino, por recorrer: “Yo no creo que a las personas adultas uno los vaya a hacer cambiar. Por eso, cuando uno crezca y tenga sus hijos, mejor empezar con nuestra familia”, “Contarnos entre las mujeres lo que nos pasa, y darnos cuenta que entonces no me pasa sólo a mí, ni pasa sólo aquí”.

“Jóvenes en riesgo”: así definen a estos jóvenes y a estas muchachas hacia quienes algunas valiosas iniciativas en función de prevenir que “lleguen a entrar a las maras” están dirigidas. A menudo, es con ese objetivo que ellos mismos también las entienden: “Muchos de nosotros, si no hubiera esto estaríamos en las maras o en los vicios”, “Si yo no hubiera conocido aquí, creo que no habría salida, sólo sería de salir a la calle y a la suerte, salir cada día a lo que te toca. Si ese día te toca que te maten. De por sí, salimos así cada día, pero por lo menos ya aquí es otra alternativa. Salgo igual a la calle teniendo el miedo de que pueda que me maten o que me asalten, pero por lo menos si ya van viendo que no sos marero, ya te tienen un poquito más de respeto en la calle, y tal vez son menos los riesgos que se corren”, “Lo que tenemos es valioso, y yo me siento muy agradecido, y por eso es que a mí no me importa ofrecer mi voluntariado las veinticuatro horas del día, porque sé que así como a mí me sirvió, les va a servir a muchos más.”

Sin embargo, ellas y ellos mismos también se dan cuenta de la insuficiencia y de los límites reales de estas iniciativas ante las dimensiones de la problemática que viven: “Aquí es una alternativa, pero es una alternativa que no todos toman en cuenta, porque si no, esto estuviera lleno y habría montón de patojos aquí”.

Entrar o no a las maras es, sin duda, una respuesta, pero no da completa cuenta del caos en el que la juventud guatemalteca de las áreas populares vive cotidianamente la violencia. No basta esta prevención ante las responsabilidades que al Estado y a la sociedad nos corresponden. No sirve sólo este objetivo para cerrar la profunda brecha que existe para que estas chavas y chavos, más que ser beneficiarios, puedan descubrirse a sí mismos como sujetos y personas plenas de derechos.

SICÓLOGA SOCIAL. MILITANTE DEL MOVIMIENTO DE MUJERES DEL CAMPO.

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