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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 292 | Julio 2006
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Centroamérica

Los ladrillos ideológicos del muro anti-inmigrantes

¿Cuál es la identidad de un país que se rodea de muros y se atrinchera tras leyes paranoicas? Las propuestas centroamericanas y latinoamericanas sobre nuestros emigrantes deben tener presente cómo se piensan a sí mismos los estadounidenses, con qué ladrillos ideológicos construyen sus muros.

José Luis Rocha

El 6 de agosto de 1890, William Kemmler, un inmigrante alemán, fue el primero en estrenar la silla eléctrica en la prisión de Auburn en Nueva York. Un inmigrante tunecino residente en Francia fue el último en padecer la guillotina en 1977.

Los inmigrantes jamás han sido the cup of tea de las sociedades que con escaso tino y justicia suelen ser llamadas “de acogida”. El historiador estadounidense Arthur Meier Schlesinger sostuvo que en los Estados Unidos los hombres de más antiguo linaje colonial vieron a los recién llegados con una especie de alarma que activó cada nueva generación. Los inmigrantes caucásicos -los rubios de ojos azules de las zonas más occidentales de Europa- no han sido la excepción. También suscitaron temor y desprecio. Benjamín Franklin escribió que los inmigrantes alemanes derramados sobre Pennsylvania eran generalmente los más estúpidos de su propia nación: no estando habituados a la libertad, ignoran cómo hacer un recatado uso de la misma.

Según Schlesinger, las objeciones más manidas contra la inmigración, las que apelan a la no asimilabilidad, al pauperismo y a la criminalidad, se originaron durante esos tempranos años, dejando para los años posteriores, aún más congestionados de inmigrantes, el desarrollo de argumentos derivados del miedo a la competencia económica.

LA LEY SENSENBRENNER:
MUROS, MULTAS, CONTROL, PERSECUCIÓN...

Cuando el terror y el rechazo ante los inmigrantes brotan con renovados bríos, se multiplican las políticas, los mecanis¬mos, los discursos y los recursos para controlar, expulsar y criminalizar. Construir un enemigo aglutina y forma parte de la estrategia demagógica de los partidos de derecha para cosechar votos. George W. Bush construyó un enemigo afuera los musulmanes- y un enemigo adentro: los inmigrantes. La tensión es evidente: los políticos quieren rechazarlos, los empresarios necesitan contratarlos. La contradicción es aparente y se disuelve mostrando que el costo de la mano de obra es inversamente proporcional a la cantidad y efectividad de las medidas que restringen el ingreso de inmigrantes. Es decir, que “a mayor irregularidad, mayor rentabilidad”. Las medidas restrictivas redistribuyen los costos de la presencia de los inmigrantes: los contribuyentes financian la construcción de la irregularidad y los empresarios la capitalizan.

Para engrasar este lucrativo sistema -máquina que produce votos y dólares- en los últimos seis meses se han dado pasos que expresan hasta qué punto ha subido la temperatura de las políticas hacia los inmigrantes. El 16 de diciembre de 2005 la Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobó el proyecto de ley HR 4437 (Ley de 2005 para la Protección Fronteriza, Antiterrorismo y Control de la Inmigración Ilegal), mejor conocida como Ley Sensenbrenner, por su promotor, el representante republicano de Wisconsin, James Sensenbrenner. Entre otras cosas, este proyecto propone la construcción de un muro de 1,120 kilómetros a lo largo de la frontera de Estados Unidos con México en los puntos con mayor cruce de inmigrantes indocumentados; la entrega al gobierno federal en custodia de los illegal aliens -extranjeros ilegales- detenidos por autoridades locales, para evitar que sean liberados sin ser procesados por carencia de recursos; la obligación de los empleadores de verificar el estatus legal de sus trabajadores a través de medios electrónicos; el envío al Congreso de informes que aseguren que esas verificaciones están siendo realizadas; la eliminación de las concesiones al gobierno federal o a los gobiernos estatales y locales para aplicar una política de “santuario” -ciudades como Chicago o New York han tenido este tipo de políticas, que hacen caso omiso de disposiciones restrictivas-; la incorporación de las comunicaciones satelitales entre oficiales de inmigración.

La Ley requiere que todos los uniformes de las patrullas fronterizas sean hechos en Estados Unidos para evitar falsificaciones; requiere que el Departamento de Seguridad Nacional (Department of Homeland Security (DHS)) reporte al Congreso el número de OTMs -Other Than Mexicans, los no mexicanos- aprehendidos y deportados y el número de quienes provienen de países que promueven el terror; obliga a todos los indocumentados a pagar, antes de su deportación, 3 mil dólares si están de acuerdo en salir voluntariamente, pero no se adhieren a los términos del acuerdo; establece un período de gracia de 60 días para la salida voluntaria; requiere el estudio sobre un posible muro fronterizo con Canadá; sitúa en 10 años la sentencia mínima por portación de documentos falsos; requiere un récord criminal -con garantía de estar fuera de la lista de terroristas- a cualquier extranjero que solicite la concesión del estatus legal; y establece una pena no menor a tres años de cárcel para quienes hospeden a indocumentados.

Además, la Ley añade los delitos de trata y tráfico al estatus de lavado de dinero; incrementa las penas por emplear a extranjeros indocumentados a 7 mil 500 dólares en el caso de la primera denuncia, a 15 mil en la segunda y a 40 mil en las subsecuentes; prohíbe prestar ayuda a los indocumentados y aplica, a quienes conscientemente desobedezcan este mandato y ayuden al reingreso de un indocumentado, la misma pena de cárcel que le corresponde a ese inmigrante. Y aunque esta última disposición apunta hacia los traficantes, tal y como está redactada en la Ley, también afecta a las iglesias a instituciones de caridad y a vecinos que ayudan a los indocumentados proporcionándoles comida, ropa y refugio.

El Comité Judicial del Senado aprobó posteriormente otro proyecto de ley, que intenta incorporar tanto medidas de seguridad como algunos mecanismos para regularizar la presencia de algunos indocumentados, además de un programa para trabajadores huéspedes. Pero ese proyecto debía compatibilizarse con lo establecido en la Ley Sensenbrenner, tarea en extremo espinosa, más aún con las señales que el gobierno estadounidense emitió en respuesta a las multitudinarias manifestaciones de protesta de los inmigrantes, acompañados de los grupos que les brindan solidaridad.

VALLAS, BARRERAS, BLOQUEOS
Y MUY POCAS VOCES DISCORDANTES

El contragolpe del gobierno de Estados Unidos, tras las manifestaciones de millones de inmigrantes, llegó en varias formas. Entre las medidas de aplicación inmediata, no faltó la represión. Así lo denunció el sociólogo James Petras: La policía de inmigración ha aumentado las detenciones masivas en los lugares de trabajo, intentando provocar un clima de intimidación. Durante la semana del 21 al 28 de abril, el jefe de la Homeland Security Agency, Michael Chertoff, dirigió la detención de 1,100 trabajadores indocumentados en 26 estados.

Posteriormente, el 15 de mayo el Presidente Bush ordenó el despliegue de 6 mil efectivos del ejército sobre la frontera con México para reforzar a las patrullas fronterizas en su persecución de indocumentados. Dos días después, con 83 votos a favor y solamente 16 votos en contra, el Senado aprobó la construcción de una barrera de tres vallas a lo largo de 595 kilómetros de la frontera y una barrera de 804 kilómetros para bloquear el tránsito de vehículos entre ambos países. También aprobó una enmienda, que excluye de un eventual programa de legalización a los extranjeros indocumentados con antecedentes criminales, considerando entre éstos a quienes han cometido tanto un delito grave como tres delitos menores.

El vecino del sur, el gobierno mexicano comandado por Vicente Fox, justificó el muro y el despliegue militar como una medida que brinda seguridad a los migrantes. Seguramente Fox pensaría en los migrantes de cuello blanco. Pocas voces discreparon. Pocas se dejaron oír. Y algunas lo hicieron con argumentos de doble filo. Incluso cuando un pensador como Jorge G. Castañeda señaló la inutilidad de la construcción de un muro en la frontera México-Estados Unidos, planteó los conflictos alrededor de la migración de latinoamericanos hacia el Norte principalmente en términos de las relaciones de México con Estados Unidos -excluyendo de un rol protagónico a otros países latinoamericanos- y abogó por políticas que restrinjan el tráfico de migrantes. Dice Castañeda: México debe asumir la responsabilidad de regular ese tráfico, lo que significa algo más que sellar su frontera sur. El gobierno podría, por ejemplo, duplicar los pagos de seguridad social a los hogares donde sea el hombre quien se queda en casa, amenazar con revocar los derechos de reforma agraria después de años de ausencia de las comunidades rurales y establecer puntos de estrangulamiento en las carreteras en el istmo de Tehuantepec. En la versión de Castañeda, el muro físico debe sustituirse por una barrera que combine políticas de “palo y zanahoria” con operativos policiales.

¿QUIÉNES SOMOS?
LA IDENTIDAD ESTADOUNIDENSE AMENAZADA

Un país que se rodea de murallas y se atrinchera tras medidas paranoicas no parece muy en consonancia con su auto¬proclamada devoción por la libertad. El discurso y las políticas migratorias estadounidenses han descrito un giro notorio, en el que coinciden con muchos otros países desarrollados receptores de migrantes. El sociólogo estadounidense Immanuel Wallerstein comenta este giro: Cuando la Unión Soviética no permitía a sus habitantes emigrar libremente, se le acusaba con indignación de violar los derechos humanos. Pero cuando los regímenes postcomunistas permiten a la gente emigrar sin restricciones, inmediatamente los países más ricos imponen barreras a su entrada.

Se resucitan y se ondean entonces todas las maledicencias sobre los inmigrantes. Wallerstein las agrupa en dos bloques: 1) Que reducen los niveles de ingreso de los nacionales al trabajar en empleos poco remunerados y obtener beneficios de los programas de asistencia del Estado, 2) Que representan un “problema” social, ya sea porque son una carga para los demás, porque son más propensos al crimen o porque insisten en conservar sus costumbres y no logran “asimilarse” a los países receptores.

Esas percepciones y quejas son el ante-proyecto del kilo¬métrico muro que se va a construir. Las murallas físicas necesitan murallas ideológicas. Explotando la fama adquirida con The Clash of Civilizations and the Remaking of the World Order, hace poco más de un año el profesor de Harvard Samuel P. Huntington lanzó al público otro libro, Who are we? The challenges to America’s National Identity, una extensa disquisición sobre la identidad estadounidense y sobre cómo se encuentra amenazada por los masivos flujos migratorios de latinos. Digamos que es la versión culta y la cristalización en forma de argumentos de los temores suscitados por la avalancha de latinos. Tiene la virtud de ser una presentación condensada de las objeciones a la migración de latinoamericanos. Por ello, merecen ser consideradas atentamente por quienes en nuestros países -emisores de migrantes- están elaborando propuestas de políticas y de cabildeo. Esas propuestas deben tener presente cómo piensan los estadounidenses sobre su identidad, sobre las migraciones en general, y particularmente sobre las migraciones de latinos.

TESIS 1: UNA IDENTIDAD QUE HA VARIADO

Huntington sostiene tres tesis. Empieza reconociendo que el interés por la identidad estadounidense ha variado a lo largo de la historia. Sólo tardíamente, en el siglo XVII, los colonos británicos se identificaron a sí mismos no únicamente como residentes de sus colonias individuales, sino también como americanos. Después de la independencia, la idea de una nación estadounidense se fue imponiendo gradualmente. En el siglo XIX, la identidad nacional fue preeminente, comparada con otras identidades, tras la Guerra Civil, y el nacionalismo estadounidense floreció durante el siguiente siglo. En los años 60, sin embargo, las identidades subnacionales, binacionales y transnacionales comenzaron a rivalizar y a erosionar la preponderancia de la identidad nacional. Los trágicos eventos del 11 de septiembre trajeron de regreso la identidad nacional al proscenio: cuando los estadounidenses sienten que su país está en peligro son más propensos a identificarse con su país.

TESIS 2: EL CREDO ESTADOUNIDENSE

A lo largo de los siglos -continúa Huntington, como segunda tesis-, los estadounidenses han definido la sustancia de su identidad en términos de raza, etnicidad, ideología y cultura. Ahora, raza y etnicidad son ampliamente eliminadas: los estadounidenses ven su país como una sociedad multirracial. El credo estadounidense, formulado por Thomas Jefferson y elaborado por muchos otros, es mayoritariamente visto como el elemento crucial que define la identidad estadounidense. Este credo, sin embargo, fue el producto distintivo de una cultura anglo-protestante de los colonos que llegaron a América en los siglos XVII y XVIII.

Los elementos clave de esa cultura incluyen la lengua inglesa, el cristianismo, el compromiso religioso, los conceptos ingleses del Estado de derecho, la responsabilidad de los gobernantes y los derechos individuales, así como los valores protestantes del individualismo, la ética del trabajo y la convicción de que los seres humanos tienen la capacidad y el deber de crear un paraíso en la tierra. Históricamente, millones de inmigrantes fueron atraídos a Estados Unidos por el imán de esta cultura y por las oportunidades económicas que construye. Así, Estados Unidos no es una nación de migrantes, sino de colonos que llegaron a construir el Reino de los Cielos en esa tierra.

TESIS 3: LA CULTURA ANGLO-PROTESTANTE

La tercera tesis sostiene que la cultura anglo-protestante ha sido central para la identidad de los estadounidenses a lo largo de tres siglos. Según innumerables observadores han reconocido, ésa es la base común que distingue a los estadounidenses de otros pueblos. A finales del siglo XX, la importancia y la sustancia de esta cultura fueron retadas por una nueva ola inmigratoria proveniente de América Latina y Asia, por la popularidad en círculos intelectuales y políticos del multiculturalismo y la diversidad, por la diseminación del español como segunda lengua estadounidense y las tendencias hispanoamericanas de la sociedad estadounidense, por la afirmación de identidades grupales basadas en raza, etnicidad y género, por el impacto de las diásporas y de los gobiernos de sus países de origen; y por el creciente interés de las élites por las identidades cosmopolitas y transnacionales.

Todas estas tendencias constituyen un reto para el idioma inglés y para el credo y el núcleo cultural estadounidense. Son retos a la identidad. Los latinos son particularmente peligrosos porque son demasiados, son católicos y mantienen su lengua y porque sus matrimonios endógenos y otros rasgos no se propician su asimilación al credo estadounidense y a la cultura anglo-protestante. Son una perturbación cultural que podría deformar el ethos que hizo de Estados Unidos la gran nación que actualmente es.

En respuesta a estos retos, la identidad estadounidense podría orientarse hacia: 1) unos Estados Unidos basados en el credo estadounidense, carente de un núcleo cultural his¬tórico y unido sólo por el compromiso con ese credo; 2) unos Estados Unidos bifurcados, con dos lenguas, español e inglés, y dos culturas, la anglo-protestante y la hispana; 3) una nación exclusivista, nuevamente definida por raza y etnicidad, que excluye o subordina a quienes no son blancos y europeos; 4) unos Estados Unidos revitalizados que reafirman su histórica cultura anglo-protestante, su compromiso y valores religiosos, y se enfrentan a un mundo nada amistoso; y 5) una combinación de éstas y otras posibilidades.

UN LADRILLO IDEOLÓGICO PARA EL MURO

Huntington no ha sido el primero en destacar el papel determinante del credo fundacional y de los primeros colonos. Uno de los máximos contribuyentes a la leyenda rosa del sistema estadounidense, Alexis de Tocqueville, llegó al extremo de afirmar: Creo que puedo ver todo el destino de América contenido en los primeros puritanos que desembarcaron en estas costas.

¿Es posible determinar la veracidad de esta afirmación? ¿Podemos describir de modo concluyente la identidad de un pueblo? El problema de las identidades -dice el analista Fernando Escalante Gozalbo- siempre será un tema confuso, discutido, difícil de manejar, no porque sea en sí mismo más complejo que otros, sino porque las identidades son por definición imaginarias y pueden construirse echando mano de cualquier cosa. El problema puede resumirse en una frase: hablar sobre la identidad es hacer política. Algunos han mencionado que las reacciones huntingtonianas son un desplazamiento hacia el plano cultural -más susceptible de manipulación sentimental alrededor de nostalgias y temores al otro- de problemas económicos que se evaden.

En cualquier caso, es razonable tomar el escrito de Huntington como una manifestación sintomática de cierto sector político -el sector que aprobó la Ley Sensenbrenner nada en el mismo caldo-, como una elaboración ideológica al servicio de las posiciones menos amistosas hacia los migrantes, como la cristalización verbal de una emotividad a veces altamente perniciosa. En definitiva, como un ladrillo ideológico del muro con el que algunos legisladores aspiran a sellar la frontera con México. Se trata de una elaboración con la que hay que discutir y que debe ser tenida en cuenta por las estrategias de cabildeo porque es la formulación académica de un rechazo que en otros ámbitos se expresa en redadas policiales o en hostigamiento racial. Las tesis de Huntington merecen ser tenidas en cuenta en el diseño de políticas y operaciones de cabildeo de los países latinoamericanos.

¿SOMOS UNA AMENAZA
PORQUE SOMOS DEMASIADOS?

Respondámosle a Huntington. Para empezar, revisemos los numeritos. A Huntington le parece que somos demasiados. Es cierto que los latinos hemos ido aumentando hasta constituir la mayor minoría étnica en Estados Unidos. Éramos apenas 1.7 millones en 1970. Pasamos a 4.39 millones en 1980 y a 8.37 millones en 1990. Y en 2000, los casi 16 millones de nacidos en América Latina que viven en Estados Uni¬dos son la mayoría de los extranjeros en ese país: 51.7% sobre un total de 31 millones 107 mil 889.

El 36% de ellos son centroamericanos y mexicanos. En Arizona, Flo¬rida y Texas el peso de los latinoamericanos entre los na¬cidos en el extranjero supera el 70%. Y en algunos estados los latinos son más notorios, considerando inclu¬so la po¬blación total, como ocurre en los estados que pertenecieron a México: Texas tiene 32% de población latina, Nuevo México 42%, California 32.4% y Arizona 25.3%. Creo que hay razones obvias para que se realice otro “destino manifiesto”.

Aun así, podemos decirle a Míster Huntington: “No es para tanto; los blancos siguen imponiéndose.” Echando una rápida ojeada sobre las estadísticas podemos comprobar que, por ejemplo, en 1890 y 1910 el peso porcentual de los nacidos en el extranjero -14.7% de la población total- estuvo varios punto porcentuales por encima del peso actual. La población nativa sigue siendo muy mayoritaria.

Aunque los Estados Unidos, con su 11.1% de migrantes -la CEPAL habla de 12.9%- está muy por encima del 2.9% del promedio mundial, también está muy por debajo del 18.8% de Oceanía. No es la región con más inmigrantes. Tampoco es la zona donde más ha crecido la relación migrantes/población total, cuya proporción pasó en ese país de 6.1 a 12.9% entre 1960 y 2000. Mucho más espectacular fue el salto que en ese mismo período dio la ex-Unión Soviética, desde 1.4 hasta 10.2% o el de 3.4 a 8.7% experimentado en el conjunto de naciones desarrolladas. Según la CEPAL, toda América del Norte acoge -de muy mala gana, las más de las veces- al 23.3% de los migrantes del mundo, mientras que los llamados países en desarrollo -pese a su menor atractivo- han recibido al 36.9% de los migrantes. En América Latina, la población de las Antillas Neerlandesas presenta un 25.6% de inmigrantes. En Guadalupe, Martinica y Puerto Rico, 19.4, 14 y 10% de los habitantes tienen esa categoría. Está claro que muchos países enfrentan situaciones más llamativas que los Estados Unidos. Aunque no es remoto que en esos países muchos de los inmigrantes sean bonachones y prósperos jubilados, y no pobretones y amenazantes latinos.



¿TEMEN LA DISOLUCIÓN DE LO WASP
AUNQUE TODAVÍA SON TAN BLANCOS?

En Estados Unidos, un país cuya extensión territorial se aproxima a la de toda Europa, con un PIB per cápita anual de más de 40 mil dólares y una densidad poblacional de 29 habitantes por kilómetro cuadrado, las migraciones no pueden tener el mismo impacto y significado que en Bélgica (337 habitantes por kilómetro cuadrado), en Alemania (233), en el Reino Unido (244), Dinamarca (125), Italia (192), Suiza (177), Francia (109) o España (79). Posiblemente la densidad poblacional no es el factor más decisivo. En cualquier caso, no es el único entre los factores políticos y económicos para definir lo indefinible y mensurar lo que se resiste a las medidas debido a la multiplicidad de elementos en juego: la capacidad de absorción de inmigrantes que tiene cada sociedad. Factores políticos, demográficos y económicos hay muchos: la gobernabilidad y todas sus herramientas tributarias, los mercados laborales y el reclutamiento más o menos agresivo de los empleadores, las tasas de crecimiento poblacional, etc. Si bien ninguna sociedad tiene una ilimitada capacidad de absorción y es imposible definir cuál es ésta -aunque quizás una despenalización de los flujos nos ayudaría a conocerla-, no deben ser las barreras culturales, edificadas por políticos y pensadores xenófobos, las que determinen el volumen de migrantes socialmente aceptable.

¿Qué es lo que preocupa a Huntington y a muchos otros? ¿La pérdida de la blancura? ¿La disolución de lo WASP -White Anglo-Saxon Protestant- en un mar de migrantes? Después de tantas olas de migrantes irlandeses, italianos, polacos, checos y de otros países de Europa Oriental, ¿se puede seguir hablando de que los Estados Unidos están habitados por ingleses con valores presbiteranos? Ciertamente, Estados Unidos se mantiene todavía como territorio de los caras pálidas. Es un país con 281 millones de población total, de los cuales 211 millones son exclusivamente blancos (75%), 5.5 millones blancos con alguna combinación (2%) y apenas 64 millones no blancos (23%). Si a los exclusivamente blancos se les restan los latinos blancos, tenemos más de 194 millones de blancos, el 69.1% de la población.

LA HUÍDA BLANCA ANTE LA AVANZADA LATINA

Como suele ocurrir con frecuencia, lo macro y lo micro no coinciden, especialmente cuando lo macro es sólo un promedio que no refleja las situaciones particulares. La gradual coloración de la blancura estadounidense adquiere otras dimensiones a nivel local. La transformación de los patrones habitacionales de los espacios micro es muy alarmante para los amantes de la blancura sin mácula. Ciertos barrios, zonas de la ciudad, escuelas y parques se van llenando de inmigrantes. Muchos de ellos son latinos. Algunos barrios de Miami se fueron cubanizando. Nació la Little Havana. Después, como unas olas de inmigrantes empujan a otras y los últimos en llegar siempre se asientan en las zonas más marginadas, parte de la Little Havana se convirtió en Little Managua. Una trayectoria semejante ha tenido el barrio Pilsen de Chicago. A mediados del siglo XIX fue habitado por alemanes e irlandeses, quienes fueron reemplazados por inmigrantes checos -que convirtieron ese barrio en la segunda ciudad más grande de lo que ahora llamamos República Checa- y quienes empezaron a ser sustituidos desde mediados del siglo XX por mexicanos. En la actualidad, casi el 90% de sus habitantes son latinos. El pánico se expande y la blancura está saliendo de muchos barrios. Ese éxodo tiene un nombre: en Estados Unidos la expresión white flight (huida blanca) alude al progresivo abandono por parte de las familias blancas de barrios o poblaciones con creciente presencia de otros grupos étnicos o con escuelas que son objeto de programas de integración racial.

De acuerdo al periodista Eric Schlosser, entre 1990 y 1995, casi un millón de personas dejaron el sur de California, muchas de ellas para dirigirse a los Estados montañosos. William H. Frey, antiguo profesor de demografía en la Universidad de Michigan, ha denominado a esta emigración la nueva huida blanca. En 1998, la población blanca de California cayó por debajo del 50% por primera vez desde la fiebre del oro. El éxodo de blancos ha modificado además la ecuación política de California, convirtiendo el lugar de nacimiento de la denominada ‘revolución Reagan’ en uno de los estados más sólidamente demócratas del país.

XENOFOBIA: CRÍMENES RACIALES
Y SEGREGACIÓN RESIDENCIAL

La estampida blanca no ha sido la única ni la más ominosa de las reacciones ante la presencia de inmigrantes. A medida que en los Estados Unidos se fue imponiendo la noción de “blancura” -glorificada como garantía de superioridad física, moral e intelectual-, los no-blancos han sido los objetivos predilectos de la discriminación. En 1986 un grupo de veinte blancos atacaron a tres hombres negros en Brooklyn. Desde entonces hasta 1995, Brooklyn fue testigo de 300 crímenes de motivación racial dirigidos contra negros, 84 dirigidos contra latinos y 78 dirigidos contra asiáticos. Los blancos, amos y señores del lugar, sobresalen entre los perpetradores de crímenes raciales. Entre 1987 y 1995, los blancos cometieron en la ciudad de Nueva York, el 31.4% de los crímenes raciales cuyas víctimas fueron latinos y el 18.9% de crímenes con asiáticos como víctimas. En contraste, los latinos fueron victimarios del 8.3% de los asiáticos y del 2.6% de los negros. Los asiáticos no cometieron crímenes contra latinos ni contra blancos. Apenas fueron responsables del 0.1% de crímenes contra negros.

La segregación residencial ha afectado más a los latinos que a los asiáticos. En las décadas de los 70 y 80 se detectó un incremento sustancial de la segregación residencial de los latinos en áreas urbanas con mucha inmigración latina y aumento poblacional. La segregación de los latinos está altamente vinculada al estatus socio-económico, a la aculturación y la suburbanización.

La huída blanca, y los crímenes de motivación racial son expresión y muestras de xenofobia, de la dificultad que ciertos grupos tienen para aceptar una gradual integración de otros grupos étnicos. ¿Será un indicio de esa nación bifurcada que Huntington consigna como una de las posibles orientaciones de Estados Unidos? ¿O de la nación exclusivista definida por etnicidad, que excluye o subordina a quienes no son blancos? En cuanto reacción social, representa un hecho que debe ser incluido en los programas de cabildeo. Pero también representa una oportunidad política en los Estados donde la presencia latina cambia la composición electoral y abre posibilidades de trocar las políticas represivas en legislación favorable a la integración. Aunque crecientemente explotables, durante mucho tiempo estas posibilidades estarán microlocalizadas. Pero paso a paso se irán multiplicando las posibilidades en algunos Estados.

CENTROAMÉRICA EN ESTADOS UNIDOS:
YA SOMOS POST-NACIONALES

Los centroamericanos no pintamos tanto. Según la clasificación por raza del último censo estadounidense, en Estados Unidos habitan 34.6 millones de afroamericanos (12.3% de la población), 10.2 millones de asiáticos (3.6%) y 35.3 millones de latinos (12.5%). Dentro de ese grupo de latinos, los centroamericanos representamos sólo el 4.8%, cifra más bien magra y que refleja poco el peso real de los centroamericanos, porque el dato de 1.6 millones de centroamericanos que registra el censo difícilmente da cuenta de la presencia real.

Grandes o pequeños en Estados Unidos, esos volúmenes de migrantes son importantes para los países emisores. Entrando al siglo XXI, varios Estados y ciudades de Estados Unidos alojan a más ciudadanos centroamericanos que muchos departamentos y ciudades del istmo. Sólo en la ciudad de Los Ángeles, donde viven 368 mil 416 salvadoreños, se encuentran más personas de esa nacionalidad que en cada uno de los departamentos de Ahuachapán, Chalatenango, Cuscatlán, La Paz, Cabañas, San Vicente, Usulután, Morazán y La Unión. Los 516 mil 859 salvadoreños que habitan en California superan en número a la población de cada departamento de El Salvador, exceptuando San Salvador, La Libertad y Santa Ana. Hay más guatemal¬tecos en California (290 mil 827) que en Baja Verapaz o El Progreso. En la famosa ciudad de Cobán vive menos de la mitad de los guatemaltecos que residen en Los Ángeles. La ciudad de Granada apenas tiene 30 mil nicaragüenses más que Miami. Los nicas que residen en Miami (79 mil 896) superan con cre¬ces la población de la mayoría de las ciudades nicaragüenses.

Este hecho demográfico, unido al peso económico de las remesas familiares y a la inversión de los migrantes en viajes turísticos, comunicaciones y proyectos locales, constituyen un reto para las políticas de los Estados centroamericanos. El texto El potencial de la comunidad de “allá” para despolarizar la política de “acá” (Envío, marzo 2003) muestra la capacidad de las asociaciones de migrantes salvadoreños de invertir en proyectos e inclinar la balanza en las elecciones municipales, un indicio inequívoco de que la comunidad salvadoreña trasciende los límites territoriales de El Salvador.

Los gobiernos de algunos países diseñan sus campañas de cabildeo ante el gobierno estadounidense inspirados en este post-nacionalismo. Desafortunadamente, no todos los gobiernos centroamericanos son igualmente beligerantes en esta tarea y, habitualmente, trabajan por separado, ajenos a los intereses que tienen en común y a los potenciales beneficios de sumar fuerzas. Los vínculos de Centroamérica con Estados Unidos convierten la política hacia nuestros emigrantes en un tema más de la política exterior estadounidense. Y viceversa: el aparato estatal de Estados Unidos no sólo administra capital y servicios para millones de extranjeros que habitan en su territorio, también aplica una política exterior en función de esos extranjeros. Todos estos rasgos de la geopolítica han sido pobremente aprovechados. Fueron los grandes ausentes en las negociaciones de los tratados de libre comercio. Excepto en el caso salvadoreño, las élites políticas centroamericanas -ni siquiera por la cuenta que les tiene- parecen coincidir con Huntington en su ignorancia de este post–nacionalismo.

SOMOS UN MERCADO:
EL TRASERO DE JENNIFER LÓPEZ

En el marco de las negociaciones con el gobierno estadounidense existen diversos puntos de apoyo para la “amenaza latina”. Puntos muy sensibles para la población nativa y para el funcionamiento del sistema estadounidense. En primer lugar, hay que recordarle Huntington, y a sus seguidores o impulsores, que los latinos residentes en los Estados Unidos somos un importante mercado de consumidores, lo que ha tenido y seguirá teniendo consecuencias para el estatus de los latinos, como subraya la académica Frances Negrón-Muntaner: Nadie lo sabía entonces, pero la nueva onda cultural latina comenzó en 1995, cuando la cantante Selena Quintanilla fue asesinada por Yolanda Saldívar, la presidenta de su club de fans. A pesar de lo trágico -en el sentido clásico- del episodio, la explosión de visibilidad que siguió les dio un nuevo sentido de optimismo, posibilidad y autoestima a muchos latinos. El editor de la revista “People”, por ejemplo, llegó a degustar ese vasto apetito de ciudadanía cultural de más de 30 millones de latinos (y sus 190 mil millones de dólares de poder adquisitivo), cuando en 24 horas vendió cerca de un millón de copias de la edición especial dedicada a Selena. En ese instante, las miradas del capital y los anhelos de reconocimiento de los latinos se unieron en un largo beso de posibilidades, y ‘explotó’ el boom cultural actual.

Negrón-Muntaner, en su desenfadado y agudo artículo El trasero de Jennifer López, explica cómo el cuerpo y especialmente el muy latino trasero de la famosa -considerada por muchos la mujer más bella del planeta- cantante portorriqueña-estadounidense se convirtió en un objeto emblemático para imponer el gusto latino: las nalgas de dimensiones latinas, símbolo sexual y supuesta manifestación de una dieta nada anglo-protestante, entraron a los cánones de belleza estadounidenses y ahora definen el gusto. La puerta del mercado es una de las rutas culturales que los latinos seguirán explotando. El boicot contra el republicano James Sensenbrenner, accionista de la empresa Kimberly Clark -que lanza al mercado las marcas Little Swimmers, Kleenex, Scott, Huggies, Pull-Ups, Kotex Poise, Viva, Cottonelle and Depend-, es uno de los mecanismos de presión y ejercicios de ciudadanía a los cuales los latinos recurrieron y podrán seguir recurriendo. Aunque existan otras expresiones de la ciudadanía que seguirán siendo importantes y laboriosamente trabajadas.

SOMOS UNA OFERTA DE MANO DE OBRA:
LAS FRUTAS DE CALIFORNIA

También está la ciudadanía laboral: somos una oferta de mano de obra de la que Estados Unidos no puede prescindir, aunque quiera exprimir al más bajo precio. En relación al incontenible flujo de migrantes y a los Estados que los atraen, Wallerstein sostiene: Deben desempeñar alguna función para ellos. Están dispuestos a tomar empleos que los habitantes locales rehúsan considerar. Son necesarios para el funcionamiento de la economía. Más aun, dado que la mayoría de los países ricos tienen tasas de crecimiento demográficas descendentes (el porcentaje de personas mayores de 65 años sigue creciendo), los nacionales no podrían beneficiarse de las pensiones de las que actualmente gozan si no fuera por los inmigrantes (entre 18 y 65 años de edad), que expanden la base de contribuciones que permite financiarlas. Sabemos que en los próximos 25 años, si es que el número anual de inmigrantes no se cuadruplica, habrá recortes presupuestarios drásticos hacia 2025. “The New York Times” ha difundido datos sobre el significativo aporte de los inmigrantes a la seguridad social.

En Estados Unidos existen importantes industrias que dependen de la mano de obra inmigrante. En algunos estados esa dependencia es una constante histórica. El potencial agrario de California era inmenso: suelo rico, clima privilegiado y abundante agua para riego. Pero carecía de la mano de obra necesaria para cosechar manzanas, melones, naranjas y dátiles. Primero los inmigrantes chinos, después los japoneses, luego los mexicanos y finalmente otros latinoamericanos han solucionado la escasez de mano de obra agrícola en California. Los mexicanos eran la mejor solución, pues se suponía que no solamente trabajarían duro por un bajo salario, sino que retornarían a casa cuando no se los necesitara. Por eso hubo una completa libertad de movimiento entre California y México hasta 1929, inicio de la gran depresión y año en que la migración clandestina al territorio estadounidense fue declarada delito menor.

En ese momento, entre el 70 y el 80% de los trabajadores inmigrantes de California eran mexicanos. Según Eric Schlosser, la agricultura sigue siendo la principal industria de California: Desde finales de la década de 1940 es este Estado el que realiza la mayor aportación a la producción agrícola estadounidense, y en la actualidad produce más de la mitad de la fruta, los frutos secos y las hortalizas que se consumen en Estados Unidos.

LOS INMIGRANTES ALIMENTAN AL PAÍS
Y SUBVENCIONAN LA ECONOMÍA

La próspera agricultura californiana tiene problemas. El valor real de su producción anual ha descendido en 14% en las dos últimas décadas. Las urbanizaciones se tragaron 120 mil hectáreas de tierras agrícolas entre 1982 y 1997. Las ciudades compiten por el agua con los cultivos. La solución descansa en los migrantes. El permanente flujo de inmigrantes ha posibilitado la expansión de las áreas de cultivo en ciertas zonas. La fresa es uno de los rubros más beneficiados por la importación de mano de obra. A principios de la década de 1970, había en el Valle de Santa María 240 hectáreas. Actualmente esa cifra se ha multiplicado por seis. California no siempre ha dominado la producción de fresas en Estados Unidos. A principios de los años 50, ese Estado producía únicamente la tercera parte de las fresas del país. En la actualidad, California produce el 80 % de las fresas estadounidenses, un volumen que genera 840 millones de dólares al año. Los rendimientos por hectárea de la fresa pueden ser superiores a los de cualquier otro cultivo, excepto la marihuana.

Las utopías de los tecnócratas -para otros, profecías apocalípticas- no se realizaron: no todos los procesos agrícolas pueden ser mecanizados. Muchos no se mecanizaron, sino que se mexicanizaron y ahora se latinoamericanizan. La mano de obra es la clave para reducir los costos y garantizar frutas de calidad: Casi todas las frutas y verduras que integran la dieta de los consumidores mínimamente preocupados por su salud, a menudo personas de nobles ideales, se siguen recolectando a mano: cada corazón de lechuga, cada racimo de uva, cada aguacate, melocotón o ciruela. Y en la medida en que aumenta la demanda de esos alimentos, también lo hace el número de trabajadores necesarios para su recolección. De los emigrantes que alberga California en la actualidad, entre el 30 y el 60% -en función del cultivo de que se trate- son clandestinos.

En la industria de la manzana esta necesidad -dice Schlosser- tiene sus consecuencias demográficas y culturales: hay pequeños poblados que se están llenando de latinos. En 1960 el 18% de la población de Guadalupe eran latinos. Hoy los latinos son el 85% de los habitantes. La respuesta ha sido la huida blanca y la construcción de muros y condominios que aíslan a los caucásicos. El problema es que sin esa mano de obra y su disposición a trabajar largas jornadas y a aceptar bajos salarios, la mayoría de las granjas californianas desaparecerían. Schlosser concluye: Los inmigrantes clandestinos, generalmente vilipendiados y a menudo acusados de aprovecharse de la asistencia social, están sub¬vencionando de hecho al sector más importante de la economía californiana.

¿PUEDEN PRESCINDIR DE NOSOTROS?


Los inmigrantes aumentan y los salarios disminuyen. Los salarios por hora de algunos trabajadores agrícolas californianos, ajustados según la inflación, han descendido más de un 50% desde 1980, según Schlosser. Su condición de indocumentados les priva de buenos salarios y de otros beneficios: Los cultivadores estadounidenses suelen estar obligados a pagar tasas de desempleo y seguros de accidentes por cada uno de sus empleados, además de las cotizaciones correspondientes a la seguridad social y al seguro médico. Pagar en metálico a un ‘trabajador invisible’ reduce los costes de dichos trabajadores como mínimo en un 20%. Saltarse las leyes californianas sobre horas extra reduce de hecho los salarios en un 50%.

Las condiciones de empleo se establecen diariamente. Si los latinos siguen siendo absorbidos por el mercado laboral estadounidense, el principal problema es el marco jurídico de los Estados Unidos y sus contradicciones con el sistema económico. ¿Es que ahora Estados Unidos puede prescindir de esta mano de obra? ¿Cuál es la incomodidad? Las cosas no funcionaron mal mientras California absorbió el excedente de mano de obra mexicana y México asumió la educación, asistencia médica y jubilación de esa mano de obra. Pero con migrantes que llegan a establecerse y a demandar servicios del Estado de Bienestar estadounidense, la historia es distinta. Sin embargo, la solución no está tan lejos del bolsillo: mantener el actual nivel de pobreza entre los trabajadores agrícolas emigrantes ahorra a la familia norteamericana media la insignificante suma de unos 50 dólares al año. El problema es que el marco jurídico está siendo instrumentalizado. La abundancia de mano de obra indocumentada es una bendición para los empleadores inescrupulosos.

SON NECESARIOS,
PERO ESTÁN NECESITADOS

Otro tanto ocurre en la industria de la comida rápida. De acuerdo a Schlosser, en la medida en que, superado el “baby boom”, el número de adolescentes declinó, las cadenas de comida rápida empezaron a contratar a otros trabajadores marginados: inmigrantes recién llegados... En la actualidad el inglés no es más que la segunda lengua de al menos una sexta parte de todos los empleados de restaurantes de Estados Unidos, y casi una tercera parte de dicho grupo no habla inglés en absoluto. Si nos ceñimos estrictamente a los restaurantes de comida rápida, la proporción de trabajadores que no habla inglés es aún mayor. Muchos de ellos sólo conocen de dicha lengua los nombres de los artículos del menú: hablan ‘inglés McDonald’s’. El debilitamiento de los sindicatos -declive de sus afiliados y de su capacidad de negociación- parece situarnos lejos de una solución: los latinos son necesarios, pero también necesitados y, por ello, fáciles presa de la explotación.

Aquí hay un reto para las iniciativas de cabildeo: no hay que pensar únicamente en las remesas, sino también en los remesantes y en qué condiciones generan esas remesas. Aquí también hay una oportunidad: los inmigrantes latinos son imprescindibles para el mercado estadounidense y su mano de obra puede tener voz y conquistar otras formas de ciudadanía.

SOMOS UN MOVIMIENTO:
LOS MIGRANTES PASAN A LA OFENSIVA

En cualquier época de la historia, la política es una lucha, una medición de fuerzas. Un grupo no tiene la garantía de someter por los siglos de los siglos al resto de la población apelando únicamente a que sus ancestros fueron los fundadores del país que controla. Impone quien tenga más peso y sepa hacer valer sus derechos.

La inusitada reacción de los inmigrantes ante las legislaciones que criminalizan la migración ha sido una muestra de su capacidad de presión. En poco más de un mes, entre el 26 de marzo y el 1 de mayo, cerca de cinco millones de trabajadores inmigrantes y ciudadanos solidarios se manifestaron en las calles de más de un centenar de ciudades en los Estados Unidos. Hubo manifestaciones masivas en Washington, Boston, Detroit, Dallas, Houston, Oakland, San Francisco, Salt Lake City, Utah, Columbus, Wilmington y muchas otras ciudades. Los trabajadores inmigrantes establecieron una marca a la que ni siquiera la confederación estadounidense de sindicatos AFL-CIO ha llegado en sus 50 años de historia. Algunas manifestaciones dejaron un mojón histórico.

En Washington, decenas de líderes religiosos apoyados por más de mil 500 activistas e inmigrantes -entre ellos el organismo Mexicanos Sin Fronteras- realizaron un servicio ecuménico frente al Capitolio, mientras el Comité Judicial debatía su proyecto sobre migración.

El primero de marzo, desafiando el proyecto de Ley Sensenbrenner, que criminaliza a 12 millones de indocumentados y propone construir el colosal muro fronterizo, organismos religiosos encabezados por el cardenal Theodore E. McCarrick, arzobispo de Washington, pidieron al gobierno una reforma migratoria integral que fuera respetuosa de los derechos humanos. Estamos dando instrucciones a los párrocos para que sigan ayudando a la gente que no están legalizada, afirmó el arzobispo McCarrick. Las leyes nunca pueden prohibirnos que se le preste ayuda a la gente buena.

McCarrick llamó a derrotar el proyecto de ley respaldado por Sensenbrenner, porque cambiaría fundamentalmente la herencia de nuestra nación como una sociedad abierta, compasiva y que da la bienvenida. El sábado 25 de marzo, medio millón de personas marcharon en las calles de Los Ángeles. Entre los manifestantes estaba el alcalde de Los Ángeles, Antonio Villaraigosa y el cardenal Roger Mahoney, quien instruyó a los fieles de su diócesis a desobedecer toda ley que criminalice a quienes brinden ayuda a los indocumentados. La iglesia católica se convirtió así en promotora de la delincuencia, tal y como la definía la Ley Sensenbrenner.

DE CHIVOS EXPIATORIOS
A AGENTES DE CAMBIO

Nosotros construimos tus escuelas. Cocinamos tu comida. Somos el motor de este país, pero la gente no nos ve. Los negros y los blancos tuvieron su revolución, ahora nos toca a nosotros, declaró el rapero Jorge Ruiz durante una manifestación en Dallas, donde se congregaron unas mil 500 personas. El gobernador de Illinois, Rob Blagojevich, también participó en las protestas. El trabajo de los migrantes es lo que ha hecho grandes a Illinois y a Estados Unidos,dijo.

Los diversos clubes y asociaciones de inmigrantes están rindiendo fruto. Hay una masa crítica de latinoamericanos en ciertas escuelas de barrios, estaciones de radio y periódicos latinoamericanos que urden una red de actividades y concien¬tización.

Algunas pancartas de los manifestantes rezaban: No somos terroristas, somos trabajadores y No soy terrorista, soy lavaplatos. Ahora existe un movimiento que combina demandas de grupo étnico y clase y que demanda: Queremos legalizarnos para vivir permanentemente en éste país y queremos un trato justo. Mexicanos, centroamericanos, caribeños, gente de la India y de China, de Filipinas y de países árabes, y algunos irlandeses e italianos, marcharon juntos, mano a mano. Hace algunos años pude constatar que la mayoría de los centroamericanos y colombianos que participaron en la huelga de los janitors (afanadores) en Boston no tenían experiencia previa en sus países de origen de sindicalización y menos aún de organizar revueltas. Éstas son nuevas habilidades adquiridas y serán para todos, para todas, un precedente imborrable. Los migrantes están metaformoseándose de chivos expiatorios en agentes de cambio.

¿Qué significa esto para los gobiernos que tratan de incidir en las políticas estadounidenses? Por supuesto, los gobiernos no pueden hacer cabildeo amenazando con revueltas de sus emigrantes, pero conviene que negocien sabiendo que los migrantes no están de brazos cruzados y que la presencia persuasiva del movimiento pro-derechos de los inmigrantes ha dado un giro a lo que puede exigirse. Hay que buscar puntos de coincidencia con grupos numerosos y de influencia para romper con el rol pasivo que se impone a los migrantes. Tarea de los gobiernos centroamericanos: mantener contacto, fomentar las asociaciones de migrantes.

¿CUÁL IDENTIDAD VAMOS A ACENTUAR?

¿Estas revueltas nos llevarán a la nación bifurcada? ¿Son un síntoma de que los latinos somos irremediablemente no asimilables? Los latinoamericanos ya no somos tan aplastantemente católicos. Multitud de denominaciones y sectas evangélicas nos han invadido. Tampoco somos tan ajenos a la cultura estadounidense como Huntington supone. No somos impermeables al influjo de las transnacionales, los viajes, las remesas culturales y la producción de Hollywood. Por otro lado, la identidad puede basarse en la cultura laboral, la religión, la lengua, el estrato social, la posición política... ¿Cuáles de estos rasgos vamos a enfatizar los latinos, y en particular los centroamericanos? ¿Las que más nos alejan o las que más nos hacen calzar con las identidades predominantes? ¿O buscaremos una identidad panlatinoamericanista? Las identidades se moldean, se les baja el perfil, y no tienen fronteras bien definidas.

El problema -señala Escalante Gozalbo- es pensar en identidades que se refieren -se supone- a rasgos fundamentales e inmodificables que constituyen un modo de vida, un modo de ser. Identidades deificadas, pensadas como una cosa sólida, de fronteras perfectamente claras, con una existencia objetiva e indiscutible. A diferencia de Huntington, el filósofo estadounidense John Dewey no daba la identidad estadounidense como un hecho consumado de una vez para siempre e incluso, no estando seguro de que existiera tal cosa, sostuvo que merece la pena preguntarse si el tipo americano, presumiendo que realmente existe tal cosa, ha adoptado ya una forma definitiva.

De hecho, Dewey encontró terribles contradicciones en la cultura estadounidense que Huntington estima tan monolítica, tan sin fisuras y tan comprometida con el credo fundacional y con la religión. Dewey decía que el estadounidense encubre su materialismo y ansia de dinero en un idealismo y altruísmo y denunció otras contradicciones: Al lado de la desaparición del hogar y el aumento de los divorcios en un seiscientos por ciento en una sola generación, encontramos la glorificación del carácter sagrado del hogar y las maravillas del amor eterno más extendidas y sentimentales que la historia ha recogido jamás.

NI ASIMILADOS NI EXOFÓBICOS

Las identidades, latinoamericanas o estadounidenses, enfrentan contradicciones, no son tan fácilmente definibles y no están construidas para siempre. Los estadounidenses contribuirán a la cultura de los inmigrantes latinoamericanos e indirectamente, a la de las familias de éstos. Y los inmi¬grantes latinoamericanos contribuirán a la cultura estadounidense. Los latinoamericanos debemos ponernos al margen del supuesto choque de civilizaciones y no caer en la trampa de argumentar cuán superior es nuestra cultura. Hay y seguirá habiendo un diálogo cultural. Pero el diálogo será más próspero si los inmigrantes no son forzados a la asimilación -o aculturación, como desea Huntington- ni se encierran en sus ghettos como reacción exofóbica.

La “exofobia” -según Lelio Mármora- no es específicamente sobre la inmigración, sino en muchos casos, de los inmigrantes mismos sobre el contexto que los rodea. Se desarrolla a través del prejuicio que desde las minorías se siente frente a la sociedad global en que están insertas... Para los enclaves cerrados de extranjeros, esta exofobia constituye un mecanismo de mantenimiento de la ‘pureza’ de su cultura, religión o ‘raza’.

El trabajo con los migrantes debe tener presente el peligro de la exofobia, a veces suscitado o alimentado por la xenofobia de la sociedad de destino. ¿Nuestra inmersión social será competitiva o colaborativa? Para que exista un diálogo fecundo entre la cultura estadounidense y la latina, debe eliminarse el peligro del aislamiento de ambas partes. Sólo buscando el diálogo y la vulnerabilidad cultural se podrá mejorar la posición política y la producción discursiva de los movimientos de inmigrantes y debatir con Huntington y sus seguidores, y con interlocutores más amistosos.

CONOCER LA HISTORIA OFICIAL Y LA REAL
PARA DISOLVER LOS LADRILLOS IDEOLÓGICOS

Necesitamos conocer más y mejor la historia de Estados Unidos. Una historia de la que los latinos hemos sido y somos parte a veces forzada. Debemos conocer especialmente la historia de las distintas olas de inmigrantes y su papel en la construcción de ese inmenso país. La lucha por los derechos de los migrantes se libra en las calles, en los despachos gubernamentales, en las cámaras de representantes y en las plataformas partidarias. Pero también en los medios de comunicación y en el debate académico. Y en muchos otros ámbitos. Esa lucha no puede reducirse a una mera sumatoria de firmas y peticiones. Debe extenderse a la producción de un efecto más ambicioso: un cambio de concepciones, el rediseño de una visión, la cirugía en una córnea perturbada por el temor al otro y por la veneración supersticiosa del principio de territorialidad. Se impone la necesidad de disolver los muy visibles y densos ladrillos ideológicos del muro.

Hay que rescatar las historias que no comulgan con la leyenda rosa de un grupo de colonos puritanos que vinieron a construir un mundo promisorio. De esta forma se podrá eliminar la tesis de Huntington de que las recientes olas migratorias son radicalmente distintas de las de los primeros migrantes que en el siglo XVII llegaron de Inglaterra. Aun cuando, sin duda, en muchos aspectos lo son, porque no se apropian de los bienes de los nativos ni pretenden exterminarlos.

Los primeros inmigrantes, autoconcebidos como peregrinos, cultivaron el mito de la mano de Dios que los conducía a la tierra prometida. Nada como la predestinación divina para justificar la colonización de un territorio parcialmente ocupado por otros. Los migrantes actuales no han logrado diseminar un mito de arrastre semejante. El propósito de mejorar las condiciones de vida aparece como banal frente a la sagrada misión de fundar un nuevo mundo. Los advenedizos de hoy aparecen como arrimados que buscan disfrutar -y quizás destruir- lo que otros trabajosamente edificaron.

Huntington hace eco de la leyenda rosa que reflejó Tocqueville, sobre ese grupo de peregrinos que se establecieron en Nueva Inglaterra: No era la necesidad lo que les obligaba a abandonar su país, puesto que en él dejaban una posición social estimable y medio de vida seguros. Tampoco marchaban al Nuevo Mundo afanosos de mejorar su situación o de aumentar sus riquezas. Estos seres renunciaban a las dulzuras de la patria obedeciendo a una necesidad puramente intelectual, exponiéndose a los rigores inevitables del exilio, lo que perseguían era el triunfo de una “idea”. Tocqueville, quien visitó Estados Unidos en la primera mitad del siglo XIX, asegura que todos los inmigrantes hablaban inglés y que llegaban a un territorio que los indígenas no habían sabido aprovechar por haber sido puestos ahí como esperando la llegada de quienes vendrían a construir una gran nación.

La historia real es muy distinta. Estados Unidos y el resto de América fueron por muchos años, para las aglomeradas poblaciones de Europa, una oportunidad de huir de la pobreza y la opresión. Así lo reconoció el historiador estadounidense Arthur Meier Schlesinger en 1921. En The Significance of Immigration in American History, Schlesinger nos recuerda que los constantes flujos migratorios han tenido un rol protagónico y fructífero en los eventos más señeros de la historia de Estados Unidos. En un sentido amplio, la historia entera de Estados Unidos es, en el fondo, la historia de las sucesivas olas migratorias y de la adaptación de los recién llegados y sus descendientes al nuevo entorno ofrecido por el hemisferio occidental. La influencia de esas oleadas migratorias puede ser rastreada en los sistemas legales, costumbres e instituciones de muchas zonas de Estados Unidos.

CON MOTIVOS ECONÓMICOS Y POLÍTICOS

Los motivos de los migrantes fueron muy variados, aunque ahora algunos quieran expresarlos en uno solo: la construcción del paraíso terrenal. Schlesinger reconoce que mientras la motivación religiosa ha sido enfatizada en la historia de la colonización, no debería pasarse por alto que el impulso económico, operando de forma independiente o reforzando la convicción religiosa, impulsó a decenas de miles a huir hacia las costas americanas. La posición de Huntington no es nueva. Por eso Schlesinger se vio en la necesidad de advertir que los migrantes de ayer tuvieron los mismos motivos que los de hoy: escapar de la opresión política o religiosa y el deseo de mejorar sus condiciones de vida.

Hubo mucho impulso mundano. También las grandes empresas ganaron con los flujos migratorios y por eso fueron sus activas promotoras. Hubo compañías privadas que pretendieron controlar y explotar el movimiento migratorio para su propio beneficio. Ya en 1553 un grupo de comerciantes londinenses formó la Compañía Moscovia para organizar el comercio de pieles en Rusia a través del puerto ártico de Arjánguelsk. En 1600 se formó la Compañía de las Indias Orientales para explotar el comercio con el Lejano Oriente. Si esas empresas eran lucrativas, también podría serlo una empresa colonizadora.

El 10 de abril de 1606, dos grupos de ingleses, representando a la Compañía de Londres y a la Compañía de Plymouth, obtuvieron permiso oficial para colonizar la costa oriental de América del Norte entre los paralelos 34° y 45° de latitud Norte, o sea, desde la costa de lo que ahora es Carolina del Norte hasta Maine. El más antiguo grupo de colonos británicos, ubicado en Jamestown, fue establecido el 13 de mayo de 1607 por la Compañía de Londres, una corporación comercial interesada primariamente en el lucro de sus accionistas a costa de la diligencia de los colonos.

CON COYOTES Y CON DELINCUENTES

William Penn fue un cuákero que, después que tuvieron lugar los primeros asentamientos en sus dominios de Pennsylvania, no perdió oportunidad de estimular artificial¬mente la inmigración porque la resultante mejora del valor de los terrenos supuso un incremento de sus ingresos. Penn publicitó sus tierras por toda Europa, ofreciendo enormes extensiones a precios nominales y describiendo las ventajas políticas y religiosas de vivir bajo su gobierno. Anticipándose a prácticas ulteriores, mantuvo agentes pagados en el valle del Rin -coyotes, polleros, traficantes, los llamaríamos ahora-, cuyo éxito quedó registrado en el hecho de que por muchos años los inmigrantes alemanes representaron casi la mitad de la población.

Otra fuente de “inmigración asistida” fue la costumbre de vaciar las cárceles de las naciones europeas en sus colonias. Se estima que 50 mil criminales fueron enviados a las trece colonias por Gran Bretaña. En su descargo debe reconocerse que el código penal condenaba a muerte por sólo robar un trozo de carne que no valía más que un chelín. Muchos de estos presos estaban cumpliendo penas por deudas no honradas, como ocurrió con los mil 400 colonos que en 1749 fundaron Halifax, ciudad convertida en centro del gobierno colonial británico y desde entonces capital de Nueva Escocia. También las mujeres “de conducta irregular” fueron deportadas a América en el siglo XVIII. Prisiones y hospitales como la Salpêtriere en Francia fueron la antesala de la deportación a América.

¿RAZA PURA O MEZCLAS RACIALES?

No siempre se entiende que incluso la población de las 13 colonias inglesas fue una mezcla de tipos raciales. En Nueva Inglaterra, la mayoría de los primeros pobladores fueron ingleses, debido a la política puritana de exclusividad religiosa. Pero en las otras colonias británicas que dieron origen a los Estados Unidos, llegó gran número de pobladores con diversos orígenes raciales y dejaron su impronta sobre la cultura nativa y, en menor medida, sobre el lenguaje. De ahí que Schlesinger encuentre instructivo recordar que el gran flujo de puritanos ingleses no excedió de 20 mil migrantes, mientras más de 150 mil presbiterianos escoceses e irlandeses se asentaron en las colonias durante el siglo XVIII. Puesto que las ciudades costeras habían sido rellenadas con población inglesa, los nuevos grupos se asentaron en los valles del interior, donde ocuparon tierras fértiles y actuaron como amortiguadores contra las incursiones indias hacia los viejos asentamientos. Rápidamente desarrollaron una conciencia de grupo debido a los organizados esfuerzos de las minorías anglo-americanas de la línea costera para minimizar la influencia de la población fronteriza en los tribunales y legislaturas coloniales, y no faltaron ocasiones para que hicieran valer sus intereses.

Cuando la ruptura con Gran Bretaña se aproximó, los grupos no ingleses de las zonas rurales, menos proclives a la lealtad con la Corona inglesa, imprimieron una fuerza propulsora al movimiento independentista. Fueron factores decisivos en Pennsylvania y Carolina del Sur, donde los lazos de lealtad eran especialmente fuertes. Un contribuyente clave a la causa independentista fue Haym Solomon, uno de los miles de judíos que vivían en Estados Unidos, nacido en Polonia. Adelantó al Ejército Continental 700 mil dólares que jamás recuperó.

Ocho de los más prominentes hombres de la temprana historia de Nueva York no fueron ingleses, sino escoceses, ale¬manes, prusianos, franceses, holandeses y suecos. De los 56 valientes que suscribieron la Declaración de Independencia, 18 no tenían origen inglés. En 1779, Joseph Galloway, de Pennsylvania, quien luchó del lado de la Corona, declaró ante la Casa de los Comunes que en el ejército patriota había escasamente un cuarto de na¬ti¬vos americanos, un cuarto de ingleses y escoceses, y dos cuartos de irlandeses.

TRECE NACIONES EN DIÁLOGO,
EN FEROCES DISCUSIONES Y EN REYERTAS

El flujo de migrantes también fue decisivo en la Guerra Civil. Schlesinger estima que fue de vital importancia para el futuro de la Unión el que en la década previa a la Guerra Civil la población extranjera se elevara en un 84%. Alemanes e irlandeses suministraron más tropas a los ejércitos federales en proporción al total de su población que los nativos.

La Declaración de Independencia de los Estados Unidos no fundó una nación nueva e independiente, sino trece naciones nuevas, independientes, de fronteras inciertas y con mucha hostilidad entre ellas. La leyenda rosa y glorifi¬cadoras del anglo-protestantismo tiene muchas fisuras. Los Estados Unidos son producto de un diálogo. A veces de feroces discusiones.

En esas discusiones, los migrantes y el tema migratorio tuvieron un rol beligerante. La inmigración, especialmente la de origen francés, recibió un agrio reconocimiento como impulsora de la democracia en su rechazo por parte del Partido Federalista, dominado por políticos de tendencia aristocrática, decidido a extinguir la herejía conocida como “democracia” o “mobocracia” (el gobierno de la plebe). Según Isaac Asimov, los conservadores americanos (como casi siempre desde entonces) recelaron de los ‘agitadores extranjeros’ y los ultrafederalistas vieron en ello la oportunidad para con¬solidar su dominio del país y convertirlo en una república¬ aristocrática, como una especie de Gran Bretaña sin rey. Ése fue el propósito de las leyes sobre Extranjeros y Sedición.

En 1798 el Congreso aprobó una ley que aumentó el re¬quisito para la naturalización de 5 a 14 años y otra ley que daba al Presidente el derecho de expulsar a extranjeros del país cuando los considerase peligrosos o sospechosos de realizar una traición. En conjunto, ambas leyes abrían la posibilidad de que el Presidente expulsara a cualquier extranjero durante los catorce años posteriores a su ingreso a los Estados Unidos.

La argumentación de Huntington y las políticas xenófobas no son novedosas. En 1850 las grandes corporaciones reclutaban fuerza laboral migrante para mortificación de los nativos y migrantes no recientes, quienes clamaban que los bajos estándares de vida de los extranjeros hacían imposible que los nativos compitieran con ellos. Ese argumento, unido a la preponderancia del catolicismo entre los inmigrantes irlandeses, condujo a un movimiento anti-inmigratorio sin paralelos en la historia de Estados Unidos hasta 1920. La misma reacción, con idénticos argumentos, se repi¬te ahora: los desordenados, pobretones y católicos latinos, contentos con los salarios mínimos, están robando los empleos de los ciudadanos estadounidenses y amenazan con destruir el orden que los valores protestantes diseñaron y mantienen.

Hay que conocer la historia para disolver la leyenda rosa WASP y elaborar proyecciones relativas a los cambios que cabe esperar de la masiva y creciente inmigración de los latinos. Hay que conocer la historia para entender el significado que los inmigrantes han tenido y pueden seguir teniendo en la historia de Estados Unidos, un país construido en diálogo, debate y a veces reyerta cultural. Pero siempre capaz de incorporar otras tradiciones.

COMIDAS, LENGUAS, MÚSICA, TOPONIMIAS:
LAS HUELLAS DE MUCHAS CULTURAS

La cocina es uno de los indicadores del sincretismo cul¬tural de Estados Unidos: hamburguesas alemanas, pizza, omelets, french fries y muchos platillos de New Orleans, enchiladas mexicanas… El lenguaje también lo es: en 1643 un sacerdote jesuita que visitó Nueva Amsterdam -luego convertida en New York Ci¬ty- contó dieciocho lenguas. En la actualidad, el derecho a la educación bilingüe está ganando terreno en muchos Estados. La música también lo es: desde los cantos espirituales y los blues hasta el hip hop, los afroamericanos han sido conspicuos contribuyentes a la riqueza musical de los Estados Unidos. Las toponimias también lo son y dan cuenta de huellas muy variopintas. Nueva Jersey fue nombrada así por la isla anglo de Jersey. La dominación francesa dejó Louisiana, Mobile, Natchez, New Orleans, Vincennes, Port Royal, Carolina del Norte y del Sur, que fue originalmente Carolana, por el rey francés Carlos. Staten Island, así llamada por los Estados Generales, la legislatura de los Países Bajos.

El Bronx, así llamado por el inmigrante danés Jonas Bronck. Rensselaer, por el comerciante en diamantes Kiliaen Van Rensselaer. Yonkers, por un colono neerlandés con el título de jonker, equivalente del bunker prusiano. Florida, Los Ángeles, San Diego, San Francisco, vestigios de la colonización española. Massachussets, aunque bautizada así por un cartógrafo británico en 1614, es una expresión india que significa “cerca de la gran colina”. Y muchos otros nombres indígenas: Mississippi -gran río-, Connecticut -junto al largo río en el que penetran las mareas-, Manhattan -nombre de la tribu que habitaba esa isla a la llegada de los neerlandeses-, y muchos más.

Tenemos que librar las batallas ideológicas enfatizando que no hay tal choque cultural. Siguen siendo válidas las palabras de Schlesinger en 1921: Lo que sea la historia que pueda ser hecha en el futuro en esas partes del país -con masiva presencia de migrantes- no será el resultado primariamente de una herencia anglosajona, sino el producto de la interacción entre los más recientes elementos raciales y su reacción articulada al escenario estadounidense.

UNA DELGADA LÍNEA ROJA

Huntington alcanzó celebridad con su The Clash of Civilizations and the Remaking of the World Order, que interpreta los conflictos internacionales en términos del enfrentamiento de la cosmovisión oriental-musulmana y la cosmovisión occidental-cristiana. El eje bipolar USA-URSS, articulado sobre dos macroproyectos políticos, fue sustituido por un eje bipolar de corte religioso.

La debilidad de la clave interpretativa de Huntington ha sido destacada por varios autores mediante dos observaciones elementales: ni los orientales son tan extremadamente distintos de los occidentales -los procesos globalizadores no ocurren en vano- ni los orientales son tan semejantes entre sí como para presentarse en bloque con una postura única y compacta ante la civilización occidental. Huntington alienta una intolerancia que brota de la selectiva construcción de las identidades. Escalante Gozalbo explica el carácter truculento y peligroso de esta manipulación: Se escoge un conjunto de rasgos culturales, los de un momento histórico o los que imagina la nostalgia, da lo mismo, y se les confiere un valor absoluto para definir la “verdadera identidad” del grupo que sea. Con eso se tiene una justificación trascendente e indiscutible del poder político. La vaguedad de la cultura como derecho individual adquiere así una forma rígida, fronteras, enemigos.

Huntington hace caso omiso de las convergencias Oriente-Occidente y de las divergencias en Oriente. En Who are we? incurre de nuevo en la falacia homogeneizadora. También selecciona ciertos rasgos y excluye otros para demarcar fronteras entre lo auténticamente estadounidense y lo espurio. Pero hay un peligro en este oficio de trazador de fronteras: la delgada línea entre la glorificación de lo WASP y el racismo, entre la reificación de una identidad cultural -presentada como objetiva e inmutable- y la creencia en identidades raciales científicamente demostrables por medio de la biología. Y puede ser una delgada línea roja, con el tinto de la sangre. Ojo: algunos salen a la calle a apalear migrantes, otros inventan mitos sobre las identidades.

LA NARIZ DE JACKSON, LA RIQUEZA DE LAS HILTON Y LAS NALGAS DE JENNIFER LÓPEZ

Esta línea imagina más bipolaridad entre los segmentos y más homogeneidades al interior de los mismos de las que realmente existen. Incluso entre los estadounidenses que mejor encajan en el molde WASP existe una heterogeneidad que ha beneficiado y seguirá beneficiando a los inmigrantes latinos. El cabildeo también tiene que apelar y propiciar el rescate de esa heterogeneidad, ostensible incluso en los más arraigados en el anglo-protestantismo. No existe una verdadera y única identidad estadounidense, cuyos límites, según aspiraría Huntington, podría coincidir con las fronteras políticas de los Estados Unidos.

¿Cuál es la esencia de lo estadounidense? ¿El modelo jeffersoniano o el hamiltoniano? ¿Quién se aproxima más al prototipo del estadounidense: George W. Bush o Michael Moore? En el pasado las ideas y acciones de Monroe, de Rockefeller o del Comodoro Vanderbilt fueron el rostro más conocido en América Latina de Estados Unidos. En nuestros días, la mil veces metamorfoseada nariz de Michael Jackson, la glorificación de la riqueza de las hermanas Hilton y las nalgas de Jennifer López son más decisivas, más decidoras y mejor expresión de las coordenadas culturales estadounidenses que cualquier mitología producida por un profesor de Harvard.

La nariz de Michael Jackson, metáfora viviente y caricatura de la asimilación a lo WASP. El colmo de la asimilación: un monstruo. La veneración de las Hilton es la concreción del culto al dinero sin talento que lo produzca, una ideología que John Dewey estimó vigorosa, pero solapada ya en los años veinte: En lugar del desarrollo de aquellas individualidades que profetizaba, lo que se da es una perversión del ideal entero de individualismo para ajustarse a las costumbres de una cultura del dinero. Nada tan opuesto a la moral presbiterana y del self-made man o woman que Paris Hilton. Y sin embargo, pocas tan idolatradas como ella. Jennifer López: un trasero latino, cuán ancho es, se hizo un lugar en el mercado cultural más lucrativo del mundo.

El mensaje es nítido: si venden, si compran, los culos latinos serán bienvenidos, en lugar de ser pateados. Y conste que, en realidad, incluso sin fines de lucro, los latinos han tenido muchos intentos exitosos de abrirse espacio en la cultura estadounidense. Para muestra, un botón: los murales de centroamericanos en San Francisco, California.

ENTRE ROCKEFELLER Y WALT WHITMAN

Hace un par de décadas, un grupo de científicos sociales dirigidos por Robert N. Bellah realizó una investigación muy minuciosa y rigurosa sobre la cultura, valores y rasgos de la identidad estadounidense. Bellah y su grupo se preguntaron cuáles son las creencias y prácticas que modelan el carácter de los estadounidenses y dan forma a su orden social. El resultado de la investigación fue el libro Hábitos del corazón.

Entre otros rasgos, estos investigadores encontraron dos que destacan y muestran cierto grado de oposición: el individualismo utilitarista y el individualismo expresivo. El primero enfatiza el esfuerzo individual orientado hacia la acumulación de riquezas materiales y el sacrificio de todo por el éxito profesional o empresarial. El individualismo expresivo se encarna en el disfrute inmediato de la vida, una vida llena de experiencias, abierta a toda clase de personas, exuberante tanto en el aspecto sensual como en el intelectual; una vida con sentimientos fuertes. Un yo identificado con otras personas y lugares, con la Naturaleza y, en última instancia, con el universo.

Mostraré estos componentes culturales, generadores de identidad, de manera gráfica mediante una matriz donde las distintas combinaciones de individualismo utilitarista e individualismo expresivo -según su dotación sea alta o baja- permiten clasificar a figuras emblemáticas de la cultura estadounidense. Obviamente, las zonas sombreadas del recuadro, donde ambos tipos de individualismos tienen baja dotación no aplicaría a ningún miembro de esta cultura.

El poeta Walt Whitman, enteramente dedicado a la devoción a la Naturaleza y a una vida plena de experiencias es la muestra más extrema del individualismo expresivo. John D. Rockefeller es quizás el personaje que, a lo largo de toda la historia estadounidense, mejor ha encarnado el afán de lucro como motivación de una vida. Walt Disney quizás quiso ser una combinación de ambas tradiciones. ¿Quién podría decir que cada uno de ellos no manifiesta la identidad estadounidense? Tal vez hoy hablaríamos del movimiento hippie o de ciertos ecologistas como exponentes de los individualistas expresivos: buscan el reverdecer del yo. Donald Trump sería la caricatura del prurito del lucro. Y Madonna es híbrido: el express yourself más rentable.



En este ejemplo apenas he combinando dos variables. Podríamos incluir más rasgos para obtener una matriz enormemente compleja y variada: el puritanismo utópico de John Winthrop, el republicanismo igualitarista de Thomas Jefferson, la fe en el progreso impulsada por iniciativas individuales de Benjamín Franklin, el cultivo profundo del yo de Emerson y Hawthorne, la desobediencia civil de Thoureau, etc. Nadie podrá tener todos los rasgos, porque no se trata de crear un Frankenstein cultural, sino de mantener vivo el diálogo cultural.

¿Podemos los latinos contribuir a ese diálogo? Bellah aboga por los diálogos culturales que mantienen vivas las tradiciones: Mientras vive, la tradición cultural de un pueblo -sus símbolos, ideales y modos de sentir- constituye siempre un debate sobre el significado del destino común. Las culturas son diálogos dramáticos sobre temas de importancia para los participantes y la cultura norteamericana no constituye una excepción... La cultura americana sigue viva, siempre que el diálogo continúe y la discusión sea apasionada.

MÁS ESPECIAS EN LA CACEROLA

¿Por qué no introducir nuevos y variopintos interlocutores para animar el diálogo? Estados Unidos fue bañado por millones de anárquicos italianos y de pobretones irlandeses. Y Huntington piensa que no constituyeron una amenaza para los valores protestantes porque pudieron ser asimilados. ¿Tan difíciles son de asimilar los latinos? ¿Tan resistentes a la asimilación? A más diferencia, más animado el diálogo. Ya lo decía Wallerstein: Todos los países se caracterizan por su diversidad, lo cual es una virtud, no un defecto. Un poco más de especias en la cacerola daría más gusto a las cosas.

Hagamos un diálogo y una alianza con la vertiente expresiva de los estadounidenses. Démosle más gusto al melting pot. Conspiremos con Walt Whitman y sus seguidores y celebrémonos. Las manifestaciones contra la Ley Sensenbrenner mostraron que son muchos los nativos solidarios, probablemente amamantados en tradiciones del individualismo expresivo, el puritanismo utópico, el republicanismo igualitarista, el cultivo profundo del yo y la desobediencia civil.

INVESTIGADOR DE LA UCA.
MIEMBRO DEL CONSEJO EDITORIAL DE ENVÍO.

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