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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 292 | Julio 2006
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Centroamérica

Un éxodo, un tren, un horizonte inalcanzable

En Arriaga, frontera calurosa y peligrosa, se descubre el éxodo masivo del pueblo centroamericano. Emigrantes de todas partes esperan el tren que, sorteando peligros, los llevará al Norte. En el horizonte de todos los rostros, un sueño lejano: tierra y libertad.

José Luis González sj.

Arriaga es un pueblo de Chiapas conocido por su fenomenal desfile, por su marcha extraordinaria. En Arriaga se puede ver en vivo y en directo la peregrinación del pueblo centroamericano. Hagamos algunas fotografías instantáneas de los peregrinos de esta marcha, en este relato, que es también la crónica de una indignación.

¿CUÁNDO FUE
EL PRIMER ASALTO?

En una procesión diaria, cientos de migrantes llegan caminando desde Tapachula, en la frontera entre Guatemala y México. Antes del huracán Stan, salía desde Tapachula el famoso “tren de los migrantes”. Hoy este tren sale de Arriaga, 270 kilómetros más al norte, porque el huracán dejó inutilizados algunos puentes. Es esa línea férrea la que emplean los centroamericanos para llegar caminando hasta Arriaga para de Arriaga brincar a ese tren de carga, agarrados de cualquier manera al tren y al sueño americano.

Para alcanzar ese sueño caminan sobre los “durmientes” del ferrocarril. Entran en Arriaga cruzando un puente de hierro. Para entonces ya les han asaltado varias veces. Es difícil recordar cuándo fue el primer asalto. ¿Cuando los mareros los pararon en la Arrocera? ¿Cuando la Policía Federal les exigió dinero? ¿Cuando unos soldados les obligaron a tragarse aquel champú sólo para burlarse de ellos? ¿Cuando aquel patrón les ofreció trabajo y luego no les pagó? ¿O fue “más antes”? ¿Tal vez el primer “asalto” fue cuando cerró la fábrica de maquila y no les pagaron lo que les debían? ¿O fue de niños, cuando no pudieron pasar a la secundaria porque el gobierno no invierte en educación? No es fácil recordar el primer robo. Incluso el más antiguo es el de un padre desconocido que los dejó sin futuro seguro, sin apellido y sin confianza en sí mismos. Cada paso del pueblo centroamericano, cada estación de su viacrucis, expresa una rabia sin arrebato, una cólera reprimida que le hace caminar, con firmeza, hacia el horizonte en el que parecen juntarse las vías, siempre más allá.

No todos los que llegan saben que en Arriaga, este pueblo caluroso, cercano al mar, en la costa del Pacífico, hay una Casa del Migrante. El párroco, el padre Heyman, la construyó y se encarga de la Pastoral de Migrantes de la diócesis. Con él me contactó el Servicio Jesuita a Migrantes.

NICAS, SALVADOREÑOS,
INDÍGENAS GUATEMALTECOS...

Desde esa Casa del Migrante he visto la procesión del pueblo centroamericano. Y el haber vivido, como jesuita, en los cuatro países de donde provienen los migrantes, provocó un brillo de confianza en sus ojos cuando coincidía que conocía los lugares de los que venían, los lugares de los que me hablaban.

En esta manifestación silenciosa pasó en esos días un grupo de nicas de Acahualinca, dejando aquí sus huellas, como las que hace miles de años quedaron petrificadas a orillas del lago de Managua, en su mismo barrio.Siguen huyendo de una vulnerabilidad prehistórica. Vienen en grupo, hombres y mujeres ya casados. Otros vienen de Somotillo, Matagalpa y Chinandega. Hasta un finquero al que su finca de frijol ya no le produce y en la que trabajaban muchos jornaleros en el oriente de Chinandega.

De El Salvador pasó gente tan diversa como un grupo de pescadores de la Costa del Sol y otros de La Libertad, y un chofer de los buses de la 101B, de los que nos llevaban a la casa de “Teclita” (Alpes Suizos). Pasaron chavos de El Paraíso (Chalatenango) que ya terminaron de hacer la “plaza” en el ejército y un marero de Soyapango que huye de su propia mara. José Mauricio llora al contar que a su padre lo mataron los soldados en la guerra. Creció con su abuela. Ya grande supo de su mamá. Se fue a vivir con ella, pero su madre “no le paró bola”. Entonces se fue al ejército dos años. Luego se metió en la Mara 18. Ahora tiene una esposa y dos niñas, a las que quiere mucho. Tiene problemas mentales. Va con un machete escondido en la pierna y una poco discreta llave de cruz de las de sacar las tuercas de las llantas, dispuesto a “quebrarle la madre en el tren al primer hijueputa asaltante”.

Los guatemaltecos no llaman la atención: un indígena quiché que apenas habla porque le da vergüenza no hablar bien castellano, un joven mam de San Marcos que ya quiere regresarse porque unos asaltantes lo dejaron sin nada, y algunos orientales de Jalapa y Chiquimula.

HONDUREÑOS: LA MAYORÍA

La mayoría de los que pasan son de Honduras. Pasaron garífunas de La Ceiba y Santa Rosa de Aguán. Uno de ellos había hablado con aquella maestra que se hizo famosa durante el huracán Mitch, porque agarrada a unas tablas sobrevivió varios días flotando mar adentro. La voz recia de los garífunas llama la atención entre las conversaciones que velan en la noche junto a las vías. Pasan otros hondureños: cheles de Santa Bárbara y Lempira, trigueñas de Cortés que se quedaron sin príncipe azul al cerrarse las maquilas, campesinos de Olancho que se ríen cuando en la fila de la comida digo en voz alta que nadie se meta con ellos por la cuenta que nos trae a todos. Y varios de mi querido Yoro: uno de Toyós, asombrado de que yo conociera el hospital Asturias; otros de Victoria, pasmados de que les hablara de mi amigo Wil de Las Vegas; y progreseños que no daban crédito a que alguien que les recibe en México conociera los barrios y rincones de la Perla del Ulúa.

Me impresionó la decisión de una hondureña de más de 50 años, doña Albertina, con su hijo de 24 años que “no es completo” -dice ella- por el que tanto ya ha luchado. Tiene mucho miedo al tren, pues teme que no va a aguantar tanto tiempo agarrada a un hierro y su hijo puede despistarse en cualquier momento. Pidió que le buscáramos trabajo en una tortillería para así quedarse en Arriaga. Trabajó un día, pero al día siguiente pasó un tren y desapareció con su hijo.

No todos emigran directamente por la situación económica. Algunos huyen de la violencia o de amenazas concretas. Un trabajador bancario guatemalteco con su esposa y dos hijos está amenazado de muerte “por causa de su trabajo”, sin quererme aclarar más. Un chavo de Villanueva (Cortés) al que le mataron un familiar en una borrachera. Me cuenta que planeó la venganza y consiguió tres fusiles AK, pero antes de que pudiera hacer nada, rafaguearon un día su carro cuando no iba él sino un amigo al que se lo prestó. Murió su amigo y a él no le queda otra salida que huir al Norte.

PERFIL POR EDAD, PAÍS,
RELIGIÓN Y ESCOLARIDAD

Para tener un perfil sobre los migrantes, saqué información de una muestra de 200 que pasaron por la Casa del Migrante entre el 16 y el 19 de marzo del año 2006:

Países: 45% de Honduras, 29% de El Salvador, 14% de Guatemala, 11.5% de Nicaragua y 0.5% de Panamá (un chiricano de Puerto Arnuelles). Según el párroco responsable de la Casa, excepcionalmente han llegado bolivianos, ecuatorianos y de otros países del Sur. Sexo: 89.5% varones y 10.5% mujeres.

Religión: 58% católicos, 26% evangélicos, 16% responde que no tiene religión. Hay que contar con que la mayoría sabe que la Casa es de la Iglesia católica, y podrían responder “católico” para quedar bien. Sin embargo, ha habido casos en que no saben bien diferenciar. “¿No es lo mismo?”, preguntan. Platicando con los que dicen no tener ninguna religión, se ve que son tanto católicos bautizados que no “participan”, como evangélicos que “aceptaron”, pero que después ya no se “congregan” en ninguna iglesia.

No fueron pocos los que conocían de alguna manera a la Compañía de Jesús. Salía el tema indirectamente, o bien al enterarse ellos que yo era jesuita. Desde beneficiarios de obras como el Instituto Juan XIII de Nicaragua, a fieles de alguna parroquia, pasando por simples “admiradores” de algún jesuita “famoso” como Fernando Cardenal o Chema Tojeira. Un ex-secretario general de SITRATERCO, de La Lima, recuerda cursos de capacitación con los jesuitas en los años 80. Y uno de Boaco me dijo con agradecimiento: “Yo estoy camino del Norte gracias a los jesuitas”. Y aclaró: “No tenía dinero para este viaje, y gracias al FDL, un cuñado pidió un crédito para compra de ganado. Engañamos a FDL, porque mi cuñado ya tenía ese ganado”.

Estado civil: 24% casados, 35% acompañados, 36% solteros -la tercera parte de éstos con hijos-. Escolaridad: la mayoría sólo tiene sexto grado o menos, aunque hay casos de universitarios. Llama la atención que los nicaragüenses suelen tener mayor nivel de estudios. Los que menos nivel tienen son los de Honduras.

ASALTOS, EXTORSIONES,
VIOLACIONES, VEJACIONES

Más de la mitad de ellos han sido asaltados en el camino una o más veces, a lo largo de la línea férrea que viene desde Tapachula. Otros cuentan de asaltos más adelante, pues es segunda o tercera vez que intentan pasar. Además de enfrentar a mareros y a delincuentes, hay extorsiones de alguno de los numerosos Cuerpos de Seguridad de México: Policía Federal Preventiva, Federal de Caminos, Policía de Caminos, Municipal, Auxiliar, Sectorial, Judicial, Ejército y la “Migra” o Policía de Migración. También son frecuentes las violaciones. Un migrante contó que a su novia la dejaron en un retén del Ejército y a él le dijeron que se fuera, después de pagarles 50 dólares. Ahora está con mala conciencia por no haberla defendido, sobre todo porque les vio intenciones de violarla. Una semana antes pasó por Arriaga una muchacha que pidió que la lleváramos al médico porque en la vía unos asaltantes la violaron y quería saber si estaba embarazada. Ese mismo día un grupo de nicaragüenses informó que uno que venía con ellos fue violado por unos delincuentes por no tener dinero.

También son objeto de burlas, ofensas y vejaciones. Un olanchano me contó llorando de sus fracasos para sacar de la miseria a sus cinco hijos. Venía solo, le asaltaron, lo dejaron en calzoncillos y no contentos con eso, lo arrastraron entre las piedras, dejándole heridas en el cuerpo y en la cara. Afortunadamente lo curaron en el hospital de Escuintla (México), donde estuvo tres días ingresado. A un muchacho los soldados le hicieron tragarse el contenido de un frasco de champú.

TODA UNA INDUSTRIA
PARA ESTAFARLOS

En la mayoría de asaltos les quitan no sólo el dinero, también zapatos, cincho, camisa y pantalón, según les parezcan nuevos. Alguno contaba cómo después del asalto le costó encontrar cartones o bolsas para ponérselos en las plantas de los pies y poder caminar sobre la tierra caliente.

También padecen las estafas de algunos mexicanos sin escrúpulos que se aprovechan de los migrantes. Unas nicaragüenses trabajaron planchando todo el día para una señora y después les pagó apenas “10 pesitos”. Otros se quejan de que les ofrecieron trabajo en un rancho para unos pocos días, y al final no les pagaron ni mucho ni poco: nada. “¡Y acuérdense que no están en su país!”, les dijeron cuando se fueron. Otros son estafados por conductores, especialmente de las “combis” que circulan por entre estos pueblos de la costa. Les piden grandes cantidades de dinero a cambio de no entregarlos a un puesto de policía o de migración o les cobran el viaje a un precio desorbitado.

En la terminal de buses de Arriaga los de boletería de la empresa “Cristóbal Colon” marcan ocultamente los boletos de los migrantes para que a la salida de Arriaga la Judicial pare el bus y bajen a los de boletos marcados. Entonces les roban su dinero, amenazándolos si denuncian algo.

Es toda una industria la que se ha montado sobre la ruta de los migrantes y en ella participan autoridades, cuerpos de seguridad, empresarios, transportistas, mareros y hasta gente sencilla que se aprovecha de la tan repetida amenaza: “Mejor cálmese, porque usted no está en su país”.

PLAYERAS, TENIS,
COMIDA, TELÉFONO, MAPAS...

Uno de los trabajos de la Casa es recibir a los migrantes y apuntarlos en un libro de registro, con sus datos: nombre y apellidos, edad, país y dirección de donde viene, estado civil y número de hijos, grado de escolaridad, oficio, religión, y problemas que trae: robos o asaltos en el camino, enfermedades, etc. Son pocos datos pero dan mucha información para hacer una interesante investigación. Lo de más interés es cuando surge la plática y comienzan a contar otras cosas: cómo se sienten, qué expectativas llevan, qué les ocurrió en el camino... Ya con más confianza, algunos enseñan emocionados la foto de sus hijos.

La Casa les da a todos una playera, para que se cambien de ropa mientras lavan la que traen. También les dan algunas medicinas útiles: antiinflamatorios, pomadas para las llagas y los hongos en los pies, analgésicos. Les dan tres tiempos de comida, y a veces ropa donada en buen estado. La necesidad de zapatos y zapatillas tenis es enorme. También buscan chamarras para el frío, porque el tren pasa en la noche por lugares de altura como Orizaba y Córdoba. En la Casa hay baños, aunque con mucho problema de abastecimiento suficiente de agua, sobre todo en los servicios. Para bañarse hay un río a una cuadra de la Casa, que les gusta más que las duchas.

Hay un teléfono. Eso es clave en una Casa de Migrantes, pues muchos necesitan llamar a sus familiares para que les manden dinero por Western Union. Lo reparte Elías, responsable de la Casa, que trabaja por convicción cristiana, con mucha dedicación y mística. Los mapas de México son muy importantes. Los consultan una y otra vez y se dan consejos unos a otros sobre las rutas más fáciles.

Otra ayuda se da a los que quieren regresarse y no tienen dinero. No se le da dinero a nadie, pero sí se les contacta con Grupo Beta, para que los regresen o se buscan otros medios. Un restaurante de carretera cercano se ofrece a la Casa para pedirles a los camioneros que lleven a unos de regreso a Guatemala. O a veces se avisa a doña Olga de Tapachula y viene ella a llevárselos. Doña Olga es una señora católica de Tapachula que ha hecho ella misma una Casa de Migrantes por propia iniciativa.

A algunos de los que llegan se les pide colaboración para hacer la comida y para lavar los platos después de comer. A veces cuesta encontrar voluntarios y Elías se enoja y con razón.

La mayor necesidad en la Casa es la de un licenciado o asistente legal para acostumbrarlos a poner denuncias de los asaltos y corrupciones de la policía. Los migrantes tienen derechos, pero ellos creen que no los tienen. Y sobre ellos pesa mucho y puede mucho la amenaza de la deportación.

LA “PASTORAL DE LA VÍA”
ESPERANDO EL TREN

Lo que más me gustó fue la “pastoral de la vía”: acompañarlos a las vías a esperar al tren. Como son trenes de carga, nadie sabe el día ni la hora en que van a pasar. Estaban saliendo trenes cada dos o tres días. Hay que “velarlos” cerca de la estación. Se forman grupos, primero pequeños y luego se van haciendo más grandes. Algunos días hemos visto unos 400 o 500 migrantes cerca de las vías. Y más allá, por el cementerio, hay escondidos muchos más. Se quedan en la noche, pues en varias ocasiones ha salido el tren a horas inesperadas. Los que han pasado por la Casa suelen formar el grupo “hegemónico”, llamémosle así. Y hasta se les distingue por las playeras blancas que les dieron en la Casa.

Ahí en la vía, con ellos, voy reconociendo el hablado y la forma de ser de nuestros países centroamericanos. Es puro pueblo con la pura chispa popular: chistes, política, fútbol, supersticiones… Y como estoy ahí y soy “el padre”, se animan a preguntar cosas de religión. Me da pena ser centro de atención y tener que contestar a tantos tópicos. Pero voy sorteando las inquietudes de la religiosidad “de base”, en un auditorio mezclado de evangélicos y católicos. ¿Es verdad lo del Código da Vinci? ¿Usted sabe hacer exorcismos? ¿Ha visto usted alguna vez el cuello dando vueltas como en la película El Exorcista? Yo soy evangélico pero esta cruz que tengo en la pulsera es más poderosa que esa cruz que usted lleva en el cuello. ¿Por qué los Padres no se casan? ¿Verdad que el Papa Juan Pablo II era como un Dios? ¿Usted cree que el agua bendita tiene poder?... y así una lluvia de preguntas.

COMPARTIR EL PAN,
LA PALABRA Y LA AMISTAD

Al final intento ir llevándolos a lo que yo creo es central: a Cristo y al Reino, a la necesidad de unión y solidaridad, a seguir a Cristo recordando que fue migrante nada más nacer, a que aprovechemos la migración para cambiar no sólo de país sino de corazón para que arda como el de los discípulos de Emaús al encontrarse en el camino con Cristo. Un evangélico de Guatemala cuenta que “un pastor famoso de la capital está enriqueciéndose y no le gusta platicar con la gente porque hieden, mientras que usted está aquí con nosotros, aquí sentado escuchándonos”. Otro evangélico dijo que es la primera vez que ve a “un padre” así de cerca y me da las gracias emocionado.

Por un lado me da mucha vergüenza que sólo por estar con ellos digan esas cosas, pero por otro me parece que es un servicio y que les ayuda. Algunos prometen que cuando lleguen a Estados Unidos van a mandar ayudas para esta Casa del Migrante.

La verdad es que esta Casa les hace un gran servicio. Y el mayor de todos no es la comida, la dormida, el baño o las medicinas. El mayor es descubrir que se puede compartir el pan, la palabra y la amistad. Casi todas las tardes hay oración o celebración de la Palabra en la Casa. Se encargan de prepararla, por turnos, las diversas pastorales de la parroquia.

PELIGROS: CAERSE DEL TREN,
LA MIGRA, LAS MARAS...

Una vez que logran subirse al tren, hay un largo listado de peligros. El primero, es caerse del tren por descuido, al subirse, o bien ya arriba, por dormirse. Julio Palencia, de Tegucigalpa, vive en la casa desde hace un mes. Al intentar subirse al tren se cayó y la rueda le pasó por encima de la punta del tenis. No le dio tiempo a sentir nada, sólo vio la sangradera que chorreaba del tenis. Al quitárselo tuvieron que llevarlo al hospital. Le amputaron el dedo gordo y está esperando que se le cure para volver a intentarlo. Hace unos días, en la noche, él mismo se arrancó el último pedazo de hueso que le salía y le molestaba y me pidió que le hiciera unas fotos del pie para mandárselas por Internet a su familia, que piensan que la cosa fue peor.

Otro peligro son las extorsiones de los “garroteros” que cuidan el tren, o los de la Seguridad Privada de la empresa de ferrocarriles. Vienen después los retenes de la policía y de la “migra”. Unos hondureños que salieron de la casa regresaron a los tres días contando cómo unos que iban vestidos de policías “azules” -así viste la Sectorial, Municipal y Auxiliar- pararon el tren y fueron sacándolos a todos a unos matorrales para robarles todo.

Las maras son el mayor peligro. A veces se sube un gran número de mareros de la MS (Mara Salvatrucha) y consiguen controlar todo el tren. Para ellos la violencia no tiene límite. El salvadoreño que fue chofer de la línea 101B cuenta, con gesto de no querer recordarlo, que en un intento anterior, estando varios agarrados entre dos vagones, los de la mara tiraron a uno desde arriba. “Viera cómo al pasarle las ruedas por encima lo reventó y nos salpicó de sangre a todos los que estábamos agarrados”.

Algunos llaman “la bestia” a este tren. Los vagones están pintados con grafitis. En uno de ellos aparece pintado en grande el “número de la bestia”: 666.

LA SOLIDARIDAD
QUE LOS ACOMPAÑA

También hay muchos signos de esperanza que iluminan esta masiva peregrinación. La solidaridad entre centroamericanos. En algunos casos, los migrantes llegan solos, pero lo normal es que lleguen en grupos. A veces son grupos que se formaron por el camino, o que se crean en la misma Casa del Migrante. Se van mezclados hondureños, salvadoreños y guatemaltecos. Los nicas suelen venir en grupo desde Nicaragua, aunque los que vienen solos se meten fácilmente en cualquier grupo. Se prestan dinero para hacer una llamada, prometen defenderse como grupo ante los mareros o hacen planes juntos sobre el mapa de México.

La solidaridad de los mexicanos. La Casa del Migrante recibe donativos de la gente de Arriaga y la parroquia hace campañas entre los feligreses. Me tocó ver cómo en las casas cercanas a las vías del tren les dan agua siempre que les piden, y a veces comida. Alguna vez aparecía un carro junto a la vía, sacaban una olla de café y lo repartían entre los grupos. Más adelante, por Córdoba, son famosas las mujeres del pueblo “La Patrona”, que preparan sandwiches y al pasar el tren se los dan a los migrantes.

El acompañamiento de la Iglesia. Las Casas del Migrante que hay a lo largo del camino suelen ser de la Iglesia católica: una en Tecún Umán, dos en Tapachula, ésta de Arriaga, Oaxaca, Acayucan, Orizaba -ésta ya se cerró-, San Luis Potosí… Además, algunas parroquias les abren el templo para dejarles dormir dentro. También hay quienes hablan mal de los párrocos de algunos pueblos, que no quieren saber nada de ellos y les han hecho sentirse despreciados con sus comentarios.

Más adelante hay más Casas del Migrante en la frontera Norte: Mexicali, Monterrey, Ciudad Juárez, Tijuana... Unas son de los religiosos escalabrinianos y otras son diocesanas o parroquiales, como ésta de Arriaga. En Tapachula una de las dos que hay es la de doña Olga.

Algunos se quejan de las normas tan estrictas que hay en otras casas, especialmente en la de Tecún Umán. Una vez dentro del cuarto ya no pueden andar saliendo. Están muy contentos con la de Arriaga, en la que se puede salir a la calle e incluso caminar por el pueblo y sienten mucha libertad. Además, el padre Heyman ha exigido a la Migración que no molesten a los migrantes en la calle de la Casa, y al alcalde le pidió que la policía municipal los respete. En otros municipios la policía municipal aprovecha para pedirles dinero y amenazarlos con denunciarlos a “la migra”.

QUINCE CASAS EN UNA VIDA

“Tierra y Libertad” se llama la colonia que se formó como una invasión a orillas del mar en Ciudad del Carmen (Campeche). Hasta allí llegó José Juárez con su familia. Es un catequista q’anjob’al, originario de Santa Eulalia (Huehuetenango), que trabajó con el asesinado P. Stanley Rotter en Santiago Atitlán. Bajó después a Ixcán en 1975, donde trabajó con el P. Guillermo Woods, derribado de su avioneta por el ejército en 1976. Se refugió en 1982 en Chiapas y Campeche por la guerra, retornó a Ixcán con la paz y en 1997, en los días de disturbios en Pueblo Nuevo por la desmovilización de la guerrilla, nos defendió ante los violentos a mí y a otros dos jesuitas. Pero ya la tierra no produce y los problemas familiares, de salud y económicos le hicieron formar parte de los “arrepentidos” que en los últimos años están regresando de Guatemala a México. Una de sus hijas es la protagonista del último libro de Ricardo Falla, “Historia de Alicia”.

En la noche del 16 de abril, domingo de resurrección, hablando en su casa hasta bien entrada la noche, le pedí a José que nos contara cuántas casas había construido en su vida para su familia. Contó quince. Quince casas.

Y ahora ésta, la última, a 40 metros de la orilla del mar, en una costa de huracanes, hecha de láminas y restos de tablas, con la necesidad de comprar agua a un camión cisterna que llega algunos días a la semana. Ésta, la número quince, es un símbolo de cómo la vida le fue arrinconando hasta encontrar ahora por fin “Tierra y Libertad”… pero sólo de nombre, pues ni el piso de la casa es de tierra, sino de arena de la playa, por donde a veces se meten los cangrejos dentro de casa, y sin libertad, pues para conseguir trabajo presenta un acta de nacimiento falsa que dice que es mexicano. Después de toda una vida luchando por su familia, sigue esperando descansar en una tierra suya, y al salir de casa poder levantar la vista con libertad hacia ese horizonte en el que en los atardeceres ve volar las gaviotas sobre el mar.

A UNOS LES VA MAL
A OTROS, BIEN

Después de estar con los migrantes de Arriaga, estuve tres semanas visitando a los ex-refugiados guatemaltecos de Campeche y Quintana Roo. Lo más sorprendente fue la cantidad de gente de Ixcán que en los últimos años han regresado a México. A algunos les va bien. A otros muy mal. En Cancún visitamos en el Hogar de la Mujer a una muchacha de Ixcán de 15 años. Tuvo que trabajar en la prostitución. Un cliente se la llevó a vivir con él, pero a los dos meses, al quedar embarazada, la puso literalmente en la calle. Ahora le quedan pocos meses para tener su niño y tuvo la suerte de encontrar este Hogar, que llevan unas religiosas.

Supimos de otras muchachas de Ixcán, menores de edad, que trabajan en las cantinas. Visitamos en la cárcel a un joven de Pueblo Nuevo. Hasta hace pocos días eran cinco los que estaban presos injustamente, acusados de saquear las tiendas cuando el huracán de noviembre. Visitamos en los suburbios de Cancún a alguna familia de Ixcán viviendo en un cuarto estrecho.

A otros les va muy bien. En los campamentos de Quintana Roo (Maya Balam, Kuchumatán y La Laguna) hay tierras cultivadas con técnicas de regadío. En los de Campeche (Quetzal Edná, Laureles, Maya Tecún) hay tierras muy productivas y cultivos no tradicionales con muy buen mercado (pepitoria, cacahuate) y también mucha producción de miel. La “chamba” en el campo se paga a 100 pesos el día.

Lo más ventajoso es la cercanía a las “chambas” periódicas en la construcción en las zonas turísticas de Cancún y la Riviera Maya (Majahual, Playa del Carmen, Cozumel, Xcaret), así como el menor gasto que desde aquí se hace para irse al Norte. En varios de los campamentos han construido su iglesia con recursos propios. Los campamentos están recibiendo todavía nuevos guatemaltecos. Laureles está ampliando la lotificación urbana a 700 nuevos lotes.

EL HORIZONTE INALCANZABLE

Y es que siguen llegando en busca de tierra y libertad. Para los pobres, ése es un horizonte que parece inalcanzable, como el del mar. Mientras, el horizonte es hoy el de las vías del tren por donde van los migrantes, esos dos raíles que parecen juntarse a lo lejos.

Mientras llega la hora de esa tierra y esa libertad, esos raíles ya están unidos por los durmientes, por los soñadores que luchan, como José Juárez. Antes de irme, pidió que hiciéramos una oración y bendijera su casa número quince.
La Palabra de Dios nos decía: “¿Quién nos apartará del amor de Dios? ¿La aflicción, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?”. Era la mañana del lunes de Pascua. Arrinconados como los israelitas frente al mar Rojo, esperando que Dios haga su parte y abra un nuevo camino hacia la tierra prometida y la libertad, escuchábamos el murmullo de las olas del mar y del viento que aleteaba sobre las aguas.

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