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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 288 | Marzo 2006
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Centroamérica

La cooperación solidaria en los tiempos del mercado

La cooperación solidaria ha hecho aportes importantes a Centroamérica, pero también ha mostrado incongruencias y se ha extraviado en algunos caminos. En estos tiempos de la empresa y del dinero, debemos resistir en los principios e innovar en los métodos, debemos ser capaces de decir NO y de bajar la puntería. Y si perdemos espacios en el mercado, los recuperaremos en la solidaridad.

Néstor Napal

Julio es un campesino nicaragüense de Las Segovias. Clara, su compañera, él y sus cinco hijos, viven ahora de cuatro manzanas de tierra en las que todos trabajan. Se levanta en la reunión en que se está evaluando el trabajo que su organización campesina ha hecho en el último año para de decir: “Nosotros ya sabemos que no podemos contar con el Estado. Aquí lo que hemos avanzado se lo debemos a la cooperación solidaria”.

Clara y Julio han sido pilares de esta organización campesina desde hace muchos años. Han aceptado diferentes responsabilidades y participado en numerosos debates, tienen capacidad y experiencia para darle el lugar central que merece a la organización que han ayudado a forjar, para exigir lo que le corresponde al Estado y para no sobrevalorar la importancia de la ayuda económica que viene de afuera ¿Por qué han llegado a pensar así? ¿Qué tanta responsabilidad tiene la propia cooperación en que piensen así?

25 AÑOS DE CAMBIOS

Las organizaciones no gubernamentales (ONG) y otras organizaciones de la sociedad civil del Norte, las que integran la llamada “cooperación solidaria” se han distinguido históricamente por un énfasis en el contacto entre pueblos y por la solidaridad política con las luchas y los movimientos del Sur. Con esta visión, pretenden apuntar a las causas y no sólo a los estragos de la injusticia y la pobreza. Su práctica evita su propio protagonismo y busca fortalecer a los sujetos locales. Sin embargo, los profundos cambios que han sacudido a América Latina y al mundo en los últimos veinticinco años tienen reflejos en toda la ayuda al desarrollo y han empujado también a la cooperación solidaria hacia el dinero y hacia el mercado.

Reflexionando sobre la evolución de este tipo de cooperación y de su práctica reciente en los países de Centroamérica, podemos identificar aportes. Pero también extravíos e incongruencias, de los que hablamos menos desde “nuestro” campo, tal vez para evitar hacerle el juego a quienes quieren vaciar a la cooperación solidaria de contenido o hasta eliminarla. Pero, ¿no se defiende mejor la vigencia de la solidaridad si debatimos sus dilemas y desafíos?

UNA RELACIÓN DE PODER

Cuando se dice “la cooperación”, quienes tienen alguna relación con la “ayuda internacional” -destinatarios, funcionarios, intermediarios, analistas-suelen pensar en sujetos: “la cooperación” se asocia con las embajadas de los países del Norte, el Banco Mundial, las ONG europeas o norteamericanas, las “chelas”, los “cheles”. Sujetos todos ubicados en la misma acera de una relación que tiene por lo menos dos. La cooperación expresa una relación, pero se la asocia solamente con quienes tienen la plata. Y aunque abundan los discursos sobre la equidad, siendo la cooperación una relación social con recursos de por medio, es también de una relación de poder.

¿CUÁNTO COOPERA LA COOPERACIÓN?

¿Cómo están hoy esos recursos, los montos para la ayuda al desarrollo a nivel mundial? La ayuda oficial entregada por los principales países del Norte -los 23 países que integran el Comité de Ayuda al Desarrollo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE)- alcanzó un promedio anual de 58 mil 300 millones de dólares en los últimos cinco años (OCDE, 2005). Dos tercios de esa ayuda se canalizaron bilateralmente, de país a país, y un tercio fueron aportes a instituciones multilaterales (organismos de Naciones Unidas, Banco Mundial, BID, etc). Si a este monto se le suman los fondos privados, el total de la cooperación para el desarrollo del Norte al Sur, ha sido en los últimos cinco años, y según cifras de OCDE, de 66 mil 600 millones de dólares anuales aproximadamente.

¿Mucho? Para responder, hay que comparar esta corriente de fondos con otras en sentido contrario. Los países
del Sur en su conjunto enviaron al Norte, sólo en el año 2001 y sólo como pago de deuda externa, 382 mil millones de dólares. (Observatorio de la Deuda Externa, 2003), cinco veces más de lo que llegó como ayuda. También son corrientes de fondos del Sur al Norte la repatriación de utilidades de las transnacionales y la fuga de capitales.

Hace ya 35 años que el Norte desarrollado se comprometió en Naciones Unidas a destinar el 0.7% del producto nacional bruto de cada país a ayuda para el desarrollo. Lejos de eso, la tendencia ha sido a la reducción. Actualmente, sólo cinco países cumplen este compromiso. En conjunto, las naciones del Norte aportan apenas el 0.25%.

COSTADOS OSCUROS DE LA AYUDA OFICIAL

Hay muchos costados de la ayuda oficial para el desarrollo que poco tienen que ver con los intereses del Sur.
Es conocido el papel que juegan las instituciones financieras internacionales -alimentadas también con fondos
de la cooperación del Norte- para dirigir la política de los Estados del Sur con los mandamientos del ajuste estructural. También ha venido aumentando la “ayuda” en forma de créditos y condicionada a la compra de bienes y servicios al donante. Esta “ayuda” representó, por ejemplo, el 13% del total de la ayuda oficial española en 2003. Curioso y triste: la totalidad de los créditos de este tipo que España destinó como ayuda a Nicaragua tras el huracán Mitch se dedicó a financiar la carretera Managua-Masaya-Granada, muy lejos de las zonas afectadas (Intermon, 2004).

LA “AYUDA MILITAR”

Es también relevante reflexionar en a dónde va hoy la ayuda oficial y a qué prioridades responde. El énfasis definido en los últimos años como “combate a la pobreza” ha venido siendo desplazado por los intereses geopolíticos y de mercados. En particular, Estados Unidos ha arrastrado su cooperación oficial y la de otros donantes principales a reconstruir los países que su ejército destruye. La ayuda mundial para el desarrollo de Afganistán e Irak -no incluye la militar- fue de 218 millones de dólares en 1999 y en 2003 era ya de 3 mil 800 millones, más del doble de la que en ese año recibió Centroamérica. También la “ayuda” militar está desplazando a la económica y social. Si, como promedio, en la segunda mitad del siglo XX, la ayuda militar estadounidense a América Latina equivalía a la mitad de su ayuda económica y social, en 2004 ya la había igualado. Y en el caso de Colombia, fue cuatro veces mayor (ALOP, 2004).

LO NO GUBERNAMENTAL: TRIGO Y CIZAÑA

La cooperación no gubernamental -entendida como la que incluye fondos privados y usualmente también co-financiamiento oficial -tiene un peso creciente en el conjunto de la ayuda al desarrollo. Según la OCDE, en los últimos cinco años las ONG del Norte aportaron fondos recogidos por su propia cuenta por valor de 8 mil 300 millones de dólares, un 12% del total de la cooperación.

La cooperación no gubernamental como categoría es ya muy poco útil, por lo heterogénea. El trigo crece junto a la cizaña. Durante los últimos veinticinco años, mientras la ayuda para el Sur se define cada vez más en un mercado competitivo y poco politizado, las diferencias dentro de lo no gubernamental se han profundizado mucho. Hoy son ONG organizaciones de todo tamaño: desde grupos pequeños que apoyan un único proyecto en el Sur, basados en trabajo voluntario, hasta instituciones con decenas de miles de empleados, “corpooeneges trasnacionales”, surgidas sobre todo a partir de los 80, en atención a emergencias humanitarias, que manejan presupuestos de varios centenares de millones de dólares. Son no gubernamentales tanto las organizaciones solidarias que pretenden mantener un enfoque político de organización popular y transformación social, las instituciones que hacen un enorme trabajo humanitario en el Africa subsahariana o en América Latina con enfoques asistencialistas, como los “tanques pensantes” que financian en el Sur la propagación del modelo hegemónico de democracia más mercado.

Recientemente, de la mano del despliegue militar norteamericano, ha surgido una nueva modalidad, que vincula directamente a ONG con las tropas de ocupación. El secuestro de cooperantes en Irak proyectó este modelo en los medios de comunicación. La administración Bush ha promovido un diseño que asigna a algunas ONG el papel de complemento humanitario de la política gubernamental, encargada de hacer la limpieza y atender los daños después de las invasiones. La receta se complementa con la persecución de aquellas ONG que, con gran valentía, denuncian la política guerrerista y cuestionan su consenso.

ONG DEL SUR: UN BOSQUE MUY POBLADO

Esta heterogeneidad tiene su correlato en el Sur. El mundo de las organizaciones locales que están vinculadas financieramente con ONG del Norte es cada vez más poblado y más diversificado. Y numerosas comunidades presencian el desembarco de instituciones no gubernamentales norteamericanas o europeas que hacen por su cuenta, o mediante “intermediarios” locales, el trabajo al que renunció el Estado. En el 2000, dos años después del huracán Mitch, en una comunidad hondureña del departamento de Colón nueve ONG desarrollaban proyectos comunitarios de todo tipo: organizaban comisiones, promovían encuentros, generaban empleos, reactivaban la economía y la vida local. Cinco años después, todas se habían ido. El Estado, en cambio, mantuvo una conducta más estable: ninguna presencia en la comunidad, ni antes ni durante ni después del huracán.

Quienes mantienen opiniones más ácidas respecto al papel de las ONG suelen repetir un chiste cruel: la primera ONG del continente americano la dirigió Cristóbal Colón: el tipo no sabía a dónde iba, nunca supo a dónde llegó, y aun así consiguió financiamiento para tres viajes más…

COOPERACIÓN SOLIDARIA: PÁGINAS HERMOSAS

No hay fronteras precisas que separen la cooperación solidaria del resto de la que compone el amplio abanico no gubernamental. Hoy las hay menos que nunca. Muchas de las organizaciones solidarias surgieron en la primera mitad del siglo pasado, antes del auge de la ayuda oficial que siguió a la Segunda Guerra Mundial. En su mayoría, se formaron entre sectores pobres y medios de Europa y América del Norte. La relación con el Sur comenzó con frecuencia como una extensión natural del trabajo con su población. Nacidas de la membresía de iglesias, sindicatos, cooperativas, supieron combinar gradualmente el trabajo de sensibilización y concientización en sus países, con el acompañamiento y la ayuda económica a movimientos sociales en el Sur, aportando fondos recogidos directamente entre su gente. La sensibilidad social fue el principal criterio de reclutamiento de su personal y de sus activistas voluntarios.

Estas organizaciones protagonizaron una lucha común Norte-Sur a partir de una visión compartida sobre la necesidad de cambios estructurales. Han escrito páginas hermosas de solidaridad junto a sus compañeros del Sur: movimientos africanos de liberación nacional y contra el apartheid, luchadores por la causa palestina en Medio Oriente, resistencia frente a las dictaduras y colaboración con experiencias de cambio social en América Latina. Participaron activamente en la larga lucha de las mujeres, contribuyeron a desarrollar conciencia contra las guerras y sobre los enormes desafíos ambientales

UN TERREMOTO: LA LÓGICA DEL DINERO

La impronta solidaria Norte-Sur de estas organizaciones se forjó esencialmente en los treinta años de la postguerra, marcados por la Guerra Fría y por el paradigma del progreso. Pasaron por diversas etapas. A partir de los 80, esta realidad comenzó a cambiar dramáticamente. Y cambió para atrás. En este último cuarto de siglo presenciamos la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista como contrapoder; la imposición del neoliberalismo que aniquila el papel social del Estado y acelera el dominio mundial de las transnacionales y del capital financiero.

En América Latina, asistimos a la derrota de proyectos revolucionarios nacionales. Cambios políticos y económicos
tan profundos propiciaron también, en una sola generación, una profunda transformación cultural en las poblaciones del Norte y en las del Sur.

Como a todos los que trabajan por un mundo más justo, este largo terremoto le ha movido el piso a estas organizaciones. ¿Cómo mantener una práctica consistente de solidaridad internacional en las nuevas condiciones mundiales? Es evidente que en las relaciones de la cooperación solidaria la transferencia de dinero ocupa hoy un lugar mucho más central que hace veinte años. La combinación concientización en el Norte–fondos para el Sur, que marcó la historia de estas relaciones, es ahora menos balanceada. Hay menos audiencia en los países desarrollados para quienes hablan de desarrollo. Con honrosas excepciones, las organizaciones tienen menor autonomía porque recaudan menos fondos entre la población y porque dependen en mayor proporción de donantes gubernamentales o de empresas, lo que les exige un discurso compatible con ellos y pruebas más tangibles y de los resultados alcanzados.

La lógica empresarial y de mercado, estimulada por la dependencia económica, se filtra en la terminología, en los métodos de gestión, en las escalas salariales y en los criterios para el reclutamiento de personal. Como la ropa en la lógica del consumo, los temas prioritarios se hacen pronto obsoletos y surgen periódicamente nuevas modas. El trabajo voluntario en el Norte que habla del Sur con una visión política, aún presente y más valioso que nunca, es cada vez menos frecuente.

HEMOS LEGITIMADO EL ESTADO EMPRESARIAL

En la relación con los procesos y actores del Sur, la cooperación solidaria, vista desde Centroamérica, no es totalmente inocente del engrosamiento de una capa de organizaciones locales intermediarias, que aprendieron esta cambiante terminología, que disputan líderes y protagonismo a los movimientos sociales y que sirven como amortiguadores de las demandas de cambios radicales. La deserción del Estado de sus responsabilidades con la población está ya tan integrada al paisaje en Centroamérica que muchas organizaciones actúan como olvidando que el Estado existe.

La participación en la legitimación de un Estado abiertamente empresarial, de espaldas a la mayorías, es uno de los roles más negativos de los que ha jugado la cooperación. En muchos casos, de forma más sofisticada, la cooperación solidaria lo ha jugado también. En los últimos años se ha abusado de la famosa expresión “incidencia política”. Y aunque ha habido, ciertamente, algunos procesos relevantes y educativos, con frecuencia la incidencia se orienta a obtener de los gobiernos concesiones menores y acaba reproduciendo en la gente una visión fatalista sobre la imposibilidad de transformar en serio el Estado.

EL INVENTARIO POSITIVO

Junto a este inventario de limitaciones y retrocesos, mirando desde Centroamérica pueden identificarse también, en los últimos años, aportes positivos de la cooperación solidaria hacia un cambio social progresista. Aunque su contribución política, en una situación como la actual, es seguramente más modesta que lo que suelen proclamar sus documentos, mediante el apoyo a organizaciones y grupos locales, esta cooperación ha contribuido al desarrollo de la conciencia crítica de numerosos sectores de la población, a promover su organización, y a poner en contacto a actores y a experiencias que son alternativos a la autopista hegemónica. Todas estas contribuciones positivas, pueden -y deben- ser matizadas por muchas preguntas.

¿CAMBIOS EN LAS PERSONAS Y EN SUS ACTITUDES?

En general, los procesos que desarrollan organizaciones locales apoyadas por la cooperación solidaria dejan huella en la forma en que ven la vida sus protagonistas, contribuyen a que cuestionen en alguna medida la pasividad y el fatalismo y crean conciencia política. Han ayudado a que mujeres y hombres que el sistema ha excluido descubran sus fortalezas y dejen de verse a sí mismos como eternos perdedores.

Pero, inevitablemente, el efecto real de estos procesos será siempre controversial. Aunque logren sembrar cuestionamiento y conciencia crítica, ¿qué tanto pesará esa influencia positiva frente a otros valores que transmite
el entorno, en sentido contrario, los que vienen de la televisión consumista, de la mala escuela, de la iglesia de la resignación, agentes poderosos que son también “sociedad civil”? Y más: ¿qué responsabilidad tiene la cooperación en que muchas personas piensen que, aunque hayan crecido, no podrán seguir luchando sin la ayuda que viene de fuera?

Aun con esas dudas, y aunque se use a menudo el argumento de que no se puede dar prioridad a la reflexión y a la formación de una conciencia crítica cuando la gente no tiene ni para comer, muchas organizaciones locales apoyadas
por amigos solidarios han actuado convencidas de que no habrá cambio social que no pase por cuestionar las ideas y valores de quienes deben empujarlos.

¿MÁS Y MEJOR ORGANIZACIÓN?

La cooperación solidaria ha mantenido una línea consistente en cuanto a quiénes son los protagonistas de las posibles transformaciones sociales en el Sur. Ésta es una de las diferencias importantes con las ONG asistencialistas y las “corpooeneges” transnacionales que tanto se han extendido en Centroamérica, colocando cartelitos con sus logotipos en tantas comunidades.

Frente a un interés cada vez más concentrado en qué se financia, las organizaciones solidarias han mantenido la mirada en quién se fortalece con la relación y han apoyado el papel a largo plazo de los actores locales. Este tipo de apoyo ha contribuido a que sobrevivan y se fortalezcan en la región miles de organizaciones sociales, ONG y grupos de todo tipo y tamaño, que juegan un crucial papel en la resistencia y en la exploración de caminos nuevos. Organizaciones de defensa de derechos humanos, de educación, de investigación, comprometidas con los excluidos, no habrían sobrevivido sin este apoyo.

Pero también en la dimensión organizativa, los “daños colaterales” pueden convertirse en los efectos principales. ¿Qué tanto hemos favorecido una nueva forma de dependencia? ¿Qué tan frecuente es que los grupos y organizaciones del país puedan negociar de verdad el uso del dinero desde sus prioridades, y no desde el menú que los amigos del Norte les presentan? ¿En qué medida el subsidio generalizado a organizaciones sociales, que deberían vivir principalmente del esfuerzo de sus bases, ha creado distorsiones, corrupción y ha frenado los cambios necesarios?

En la Nicaragua de los 80, las principales organizaciones contaban con apoyo estatal o con una legislación favorable que les garantizaba un ingreso básico. Cuando eso acabó bruscamente en 1990, algunas organizaciones, desorientadas en el nuevo contexto, se volvieron hacia amigos de la cooperación solidaria para que asumieran el relevo. Parece lógico el apoyo externo para capacitación, divulgación o inversiones. Pero si una organización gremial o comunitaria no puede alcanzar siquiera un funcionamiento básico sin subsidio, ¿no sería más sano que se ajustara a sus posibilidades o, en última instancia, que desapareciera? Muchas organizaciones y grupos locales, conscientes de estos riesgos, asumen como regla que su desempeño básico dependerá de esfuerzos y recursos propios. Y en el proceso que ha llevado a muchos otros a un funcionamiento subsidiado, la cooperación -incluso la solidaria- ha tenido parte de la responsabilidad.

EXPERIENCIAS, CONTACTOS, MEMORIAS

También la cooperación solidaria ha contribuido a fortalecer y a conectar numerosos grupos y procesos, que son ladrillos para la construcción de un mundo alternativo. Hay un enorme acumulado de pequeñas experiencias que muestran otras formas de organización del trabajo, de relaciones de género, de educación, de interacción con la naturaleza; formas más humanizadas y menos mercantiles. Ante el frecuente aislamiento de estos procesos, las organizaciones solidarias suelen aportar el conocimiento de otra gente trabajando con perspectivas similares, facilitan contactos.

También contacto con el pasado, recuperación de la memoria, frente a un poder dominante que fragmenta e impide acumular experiencias. Y es indispensable no olvidar. Gran parte de los jóvenes nicaragüenses interesados hoy en alfabetizar o en vacunar en sus barrios desconocen las excelentes experiencias comunitarias de educación y salud que hace sólo veinte años protagonizó la generación de sus padres.

¿SÓLO EN LOS MÁRGENES Y SÓLO ENREDADOS?

El interés genuino por ese otro mundo posible, y ya presente en pequeña escala, conduce a parte de la cooperación progresista a un atrincheramiento en los márgenes, apoyando grupos y experiencias estimulantes pero excepcionales, que pueden convivir largamente con el sistema hegemónico sin cuestionarlo. La promoción de contactos, el trabajo de redes -machaconamente reivindicado en la jerga de la cooperación- puede promover también la esterilidad política, cuando fomenta la fragmentación de la población en múltiples identidades diferenciadas. O evolucionar hacia el absurdo, cuando organizaciones solidarias, por ansiedad o por presiones para visualizar su trabajo, promueven “sus” redes, donde el principal asunto en común entre los participantes es la pertenencia a la misma lista de contrapartes.

En los procesos del Sur en los que ha contribuido positivamente, la cooperación solidaria es un actor acompañante: los protagonistas principales -organizaciones y personas- tienen que ser del país. Tampoco aquí la validez de los procesos se mide por su pervivencia: no pocos se derrumban por el peso excesivo del entorno adverso. Otros, porque el apoyo externo que facilitó su desarrollo se interrumpe demasiado temprano y sin aviso, o porque las personas que los protagonizan se cansan o se pierden.

RESISTIR EN LOS PRINCIPIOS, INNOVAR EN LOS MÉTODOS

Para no traicionarse ni morir, la cooperación solidaria parece obligada a resistir en los principios y a innovar en los métodos. Su papel básico ha sido la comunicación entre pueblos del Sur y del Norte, entre organizaciones y grupos que buscan cambios profundos a nivel local y global. Esa comunicación, el trabajo de educación en el Norte y el apoyo en el Sur a organizaciones que concientizan, fortalecen organización y experimentan otro desarrollo, siguen siendo su misión principal, aunque no esté de moda. Es una misión que requiere, más que hace veinticinco años, ganar conciencias y cambiar valores, explorando caminos nuevos.

Un ejemplo de lo mucho que tenemos por andar: es paradójico lo poco atractivo que aún resulta el apoyo a la generación y divulgación de ideas propias, distintas. Mientras las maquinarias de ideología del capitalismo disfrutan de millonarios subsidios en las metrópolis para pensar en nuestro nombre desde allá, aquí en Centroamérica, a cualquier organización comunitaria le resulta arduo encontrar quién le financie encuentros con intelectuales locales, para pensar desde acá.

EL SUR DE AMÉRICA NOS SEÑALA UN CAMINO

Mientras avanza el militarismo y el capital financiero, avanza también, poco a poco, la otra globalización, la interrelación de un mundo alternativo que muestra que sí son posibles relaciones sociales diferentes. En este inicio de siglo y en esta parte del mundo, por ahora es el Sur de América el que señala un camino que cuestiona la hegemonía imperial desde los pueblos, con varios Estados nacionales recuperando dignidad y proponiendo otras formas de integración.

La cooperación solidaria tiene en el apoyo a esa otra globalización un apasionante desafío y la oportunidad de innovar estrategias: su amplia experiencia en varios continentes con actores del mundo alternativo es especialmente útil en esta hora latinoamericana. El acompañamiento a organizaciones locales puede ensancharse procurando menos aislamiento, facilitando más alianzas.

Mantiene plena vigencia la lucha por más y mejor ayuda para el desarrollo, que contribuya a ampliar en el Sur la educación y la salud, a recuperar el papel social del Estado. Sin embargo, es probable que para América Latina la ayuda siga reduciéndose, al menos en términos relativos, y parece justo que se reoriente hacia el interminable drama africano. Estando en la región del mundo con la inequidad más extrema del planeta, con la más injusta distribución del ingreso y de la riqueza, la reducción de recursos externos puede tener su lado positivo en América Latina, estimulando luchas nacionales por una más justa redistribución.

BAJEMOS LA PUNTERÍA

En estos tiempos difíciles, es necesario que la cooperación solidaria reconozca más claramente sus límites y baje la puntería, renunciando a presentar objetivos grandilocuentes de su trabajo y admitiendo su reducida capacidad de influencia en cambios estructurales. Para mantener los principios, es también importante atreverse a decir NO a las ofertas que le alejan de sus valores básicos, a los patrocinios gubernamentales o empresariales con fuertes condicionamientos políticos. Aunque todo eso signifique no crecer en términos económicos o achicarse.

Probablemente las organizaciones de la cooperación solidaria tengan que perder espacio en el mercado para recuperarlo en la solidaridad. Porque, al menos en América Latina, no es con más dinero de afuera que cambiaremos la realidad. Creo que después de una buena conversación, Julio y Clara, los campesinos segovianos, estarían de acuerdo.

ECONOMISTA. TRABAJA EN LA COOPERACIÓN SOLIDARIA EN CENTROAMÉRICA Y CUBA.

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