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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 285 | Diciembre 2005
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Nicaragua

Un retrato de los partidos políticos (3) La izquierda se moderniza y la derecha se estanca

En un país como Nicaragua, la justicia social debe convertirse en una obsesión nacional. La izquierda lo ha entendido y se está modernizando para enarbolar con inteligencia esta bandera. Mientras, la derecha permanece estancada. Para modernizarse, la izquierda tiene ante sí la tarea de resolver sus “malas relaciones” con la democracia, con los derechos individuales y con el mercado. Y, por absurdo que parezca, modernizar a la derecha es también una tarea de la izquierda.

Andrés Pérez Baltodano

Si bien es cierto que el concepto político de izquierdaha perdido claridad programática, también es cierto que esa falta de claridad no debe empujarnos a desechar el sentido ético-político que tiene la izquierda y, mucho menos, a aceptar como inevitable lo que el poder del capital nos impone hoy como realidad. En un país de pobres y excluidos como Nicaragua, la justicia social -principal bandera de la izquierda- debe convertirse en una obsesión nacional.

LA IZQUIERDA Y SUS TRES TAREAS,
LA IZQUIERDA Y SUS TRES DEMONIOS

El pensamiento político y la propuesta de gobierno de un movimiento nicaragüense de izquierda moderno y renovado tienen que cumplir con tres tareas fundamentales. Defender nuestra soberanía, entendiéndola como una capacidad social que le permita a los nicaragüenses determinar su destino como Nación. Promover la construcción activa de ciudadanía, dándole al pueblo la capacidad política para condicionar la acción del Estado. Y facilitar por todos los medios que en nuestra sociedad se desarrolle una visión moderna de la historia que nos permita superar el providencialismo y el pragmatismo-resignado que nos ahoga.

La articulación de un pensamiento y un programa de izquierda para Nicaragua, no implica, simplemente, redactar un nuevo “ideario político” y una nueva “plataforma de gobierno”. Para modernizarse, la izquierda nicaragüense tiene que enfrentar sus propios demonios históricos. Y si son tres las tareas, tres son esos demonios. Su actitud frente a los derechos y libertades individuales. Su visión del mercado. Y su valoración del autoritarismo y la coerción como medios para el mantenimiento del orden. Una izquierda moderna y democrática tendría que luchar por los más débiles dentro de un marco de valores que reconozca los derechos de todos los seres humanos a la justicia y a la libertad. “Todos” incluye a los sectores de derecha. “Todos” incluye a los capitalistas. “Todos” incluye a los adversarios. Porque se puede ser de izquierda y demócrata. Y se puede ser de izquierda y totalitario.

¿SE HA MODERNIZADO Y DEMOCRATIZADO
LA IZQUIERDA NICARAGÜENSE?

La respuesta a esta pregunta es un contundente SÍ. La crisis del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) así lo demuestra. El estancamiento y retroceso político, ético e ideológico de la cúpula del FSLN ha sido acompañado por la germinación y consolidación de una corriente de izquierda moderna y democrática que hoy comienza a aglutinarse alrededor de la candidatura de Herty Lewites.

Dentro de la izquierda moderna nicaragüense militan hombres y mujeres que han vivido para la justicia social y que están dispuestos a seguir luchando por ese valor dentro de un marco democrático. La visión renovada y pluralista de este grupo la expresa, por ejemplo, la Comandante Dora María Téllez, una de las principales figuras en el Movimiento de Rescate del Sandinismo en palabras que recoge este mismo número de Envío. Dice Dora María: Para mí, una de las virtudes de Herty Lewites es que se preocupa por los pobres y no es enemigo de los ricos. Porque lo que hay que plantearle a los ricos de este país, como decía el empresario Manuel Ignacio Lacayo, es que tienen que aportar para reducir la pobreza de los nicaragüenses y pagar la deuda social que tienen con la mayoría de nuestra población. El empresariado nacional tiene que aportar de fondo para resolver los problemas de la pobreza, tiene que asumir una responsabilidad social.

El planteamiento de Dora María representa un reto fundamental a la visión tradicional de la izquierda con relación a los derechos y a las libertades individuales, la democracia, y el mercado. Esta visión acepta la existencia del mercado dentro de una sociedad que lucha por la justicia social y la libertad de todos. Dentro de un programa basado en una visión como ésta, se espera que la empresa privada compita eficientemente, pero con un sentido de responsabilidad social.

LA BANDERA DE LA JUSTICIA SOCIAL RELEGÓ
LA BANDERA DE LOS DERECHOS INDIVIDUALES

Más allá de las diferencias que han dividido a las fuerzas de izquierda de Nicaragua y del resto del mundo, la lucha por la justicia social ha sido el común denominador que ha marcado la visión y la práctica política de este movimiento. Sin embargo, al levantar la bandera de la justicia social, la izquierda ha relegado a un segundo plano, o ha rechazado, el principio de las libertades y los derechos individuales que, junto con el de los derechos colectivos y la justicia social, constituyen los elementos indispensables de un humanismo integral.

Si la defensa de la justicia social ha sido la principal fortaleza de la izquierda latinoamericana, su resistencia a aceptar el principio de las libertades y los derechos individuales como elementos fundamentales de la condición humana, ha sido su principal debilidad. Y esta debilidad, además, ha sido la principal causa de sus fracasos cuando ha alcanzado el poder.

La izquierda ha preferido pensar la sociedad desde una perspectiva reduccionista que asume que la promoción del binomio derechos colectivos-justicia social es la variable independiente a la cuál deben subordinarse -a cualquier costo- las libertades y los derechos individuales. Este reduccionismo se ha elevado con frecuencia a la categoría de dogma y ha terminado en la violación de los derechos de millones de seres humanos en la China de Mao, en la Unión Soviética de Stalin y en la Camboya de Pol Pot, para citar algunos ejemplos.

Cuba no registra el nivel de violaciones de derechos humanos que se registran en estas tres experiencias, pero la Revolución Cubana también ha mostrado que sus enormes y admirables logros han tenido como precio el sacrificio de los derechos individuales de los hombres y las mujeres de Cuba para asociarse políticamente, para expresarse con libertad y para condicionar -mejorándola- la acción del Estado.

Lo que muestra el experimento cubano y la experiencia del fenecido socialismo real es que el socialismo ha sido incapaz de institucionalizarse en libertad. En otras palabras, ha sido incapaz de desarrollar el nivel de legitimidad democrática que se requiere para que el mantenimiento del orden no descanse en el uso de la coerción. En este sentido, las experiencias socialistas del siglo XX han confirmado lo que Jean Jacques Rousseau señaló hace más de dos siglos: para lograr su verdadera institucionalización, los modelos de organización social deben ser capaces de transformar el poder en autoridad y la obediencia en un sentido de obligación ciudadana.

¿POR QUÉ NO HEMOS CONOCIDO
UNA VERDADERA DEMOCRACIA SOCIALISTA?

Las razones por las cuales el socialismo ha sido incapaz de mantenerse en el poder sin el recurso de la fuerza no deben trivializarse. La ausencia en la historia del siglo XX de una verdadera democracia socialista que promueva la justicia social dentro de un marco de derechos y libertades individuales no pueden atribuirse, simplemente, a la “amenaza del capitalismo”. Tampoco al tiempo que supuestamente se requiere para consolidar y legitimar un sistema político.

Por supuesto que la fuerza del capitalismo ha atentado y atentará siempre contra el socialismo. Por supuesto que los Estados Unidos -como sociedad abanderada del capitalismo- han conspirado y lo seguirán haciendo contra cualquier modelo que intente competir con su propio modelo económico. Y por supuesto que la consolidación de cualquier sistema complejo de organización social y su legitimación son procesos de larga duración. Pero hay algo más que debemos reconocer en las experiencias del socialismo del siglo pasado y en el socialismo cubano. El rechazo del socialismo al valor del individuo y sus derechos es el germen de su propia incapacidad para consolidarse democráticamente en el poder. El reconocimiento de este problema es una de las tareas que la izquierda nicaragüense y mundial tienen que enfrentar para superarlo.

¿QUÉ PENSABA MARX
DE LOS DERECHOS INDIVIDUALES?

La filosofía y las ciencias sociales marxistas tendieron casi siempre a ignorar o a minimizar el valor de la razón individual y asumieron que la razón es una facultad colectiva e histórica que trasciende la capacidad de comprensión del ser humano concreto e individual. Desde esta perspectiva, la Historia, así con mayúscula, es vista como un movimiento universal que, con vida y lógica propia, encarna una razón universal que sobrepasa el poder de la razón individual. La razón de esa Historia se encarna colectivamente en la clase trabajadora. En la práctica socialista del siglo XX, los individuos de carne y hueso tenían que rendirse frente a esas abstracciones o arriesgarse a ser aplastados por los que gobernaban en su nombre.

Los teóricos del marxismo seguirán debatiendo si la izquierda interpretó correcta o incorrectamente la posición de Marx frente a los derechos individuales. Para algunos de ellos -Steven Lukes por ejemplo- Marx rechazó estos derechos por considerarlos “imaginarios” dentro de sociedades divididas entre una clase que posee los medios de producción y otra que tiene que vender su trabajo para sobrevivir. Para estos mismos teóricos, además, Marx los despreció por constituir expresiones del modelo de vida social burgués y, por lo tanto, por ser contrarios a las formas de solidaridad que demanda el socialismo.

Otros estudiosos del marxismo, sin embargo, argumentan que Marx reconoció que ciertos derechos ciudadanos eran compatibles con el socialismo. Jeremy Waldron, por ejemplo, sugiere que es importante separar la visión de Marx con relación a los “derechos del hombre” y su visión sobre los “derechos ciudadanos” en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano que proclamó la Revolución Francesa en 1789.

Los “derechos del hombre” fueron vistos por Marx como la legalización del “egoísmo”. Los “derechos ciudadanos” los percibió como fuerzas positivas para la construcción del sentido colectivo de la vida en sociedad. El artículo XI de la Declaración de 1789, por ejemplo, establece el derecho a la libertad de comunicación, que es indispensable para la construcción de aspiraciones y memorias sociales: Puesto que la comunicación sin trabas de los pensamientos y opiniones es uno de los más valiosos derechos del hombre, todo ciudadano puede hablar, escribir y publicar libremente, teniendo en cuenta que es responsable de los abusos de esta libertad en los casos determinados por la ley.

DEL “HÁGASE TU VOLUNTAD”
AL “¡DIRECCIÓN NACIONAL, ORDENE!”

Independientemente de lo que Marx quiso decir o pensó -el tema de los derechos humanos no es central en su obra y prácticamente desaparece de sus escritos entre 1844, cuando publica La Cuestión Judía, y su muerte en 1883-, las experiencias socialistas que han utilizado el Marxismo como su justificación doctrinaria han rechazado y sacrificado los derechos individuales en nombre de la justicia social.

Para Stalin, no hay actividad consciente de los trabajadores fuera de la influencia del Partido. Vale la pena señalar que esta visión totalitaria de la sociedad forma parte también de la experiencia fascista. Para Mussolini, el Estado encarna la conciencia y la voluntad universal del hombre en su existencia histórica. Y aseguraba: Fuera del Estado no existen ni los individuos ni las asociaciones de individuos.

La elevación de lo colectivo sobre lo individual, y de la Historia sobre la vida y el desarrollo de la conciencia de hombres y mujeres concretas tuvo un eco especial en Nicaragua durante el experimento revolucionario de los años 80, por nuestra tradición política autoritaria, por la ausencia en nuestro país de ciudadanos dotados de derechos reales y efectivos, y por el peso del providencialismo religioso, que nos empuja a asumir nuestro desarrollo individual y el de la sociedad como procesos que nosotros no controlamos, como “un destino”.

El providencialismo religioso nos había preparado desde hacía 500 años para aceptar que la Razón de la Revolución Sandinista residía en la Historia y en el proletariado y campesinado nicaragüense, como abstracciones que sobrepasaban la capacidad de visión y acción del individuo. Por esta vía, la “Historia” se convirtió en un sinónimo de “Dios”. Pero como esa Historia no hablaba ni se dejaba ver -tampoco Dios-, necesitábamos del Partido y de la Dirección Nacional para entender su significado. Así pues, habiendo repetido por cinco siglos hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo, nos fue fácil gritar: ¡Dirección Nacional ordene!

EL FETICHISMO RELIGIOSO,
RAÍZ DEL CAUDILLISMO POLÍTICO

En Nicaragua, el providencialismo religioso ha degenerado en fetichismo, es decir, en una tendencia cultural que se manifiesta en nuestra disposición a venerar objetos o personas a las que atribuimos poderes sobrenaturales o especiales. En este sentido, el fetichismo es una forma de desvaloración del individuo, de su razón y de su voluntad.

Escuchemos las sabias palabras de Santiago Argüello y su interpretación de las raíces religiosas del fetichismo nicaragüense, en 1935: Nuestras masas jamás propenden a elevar su yo interno en alas de la meditación o la oración; ni a normar sus vidas en un alto dechado de perfectibilidad educadora y moral; ni a despertar entre sus pechos la chispa latente de lo Excelso. Todo redúcese a desgranar rosarios, en un andar de máquina engrasada de sueño, en una actividad de labios y en un letargo de fervor, sin más propósito que el de hacer propicio al santo que eligieron como abogado celestial. ¡He ahí el fetiche! No pudiendo elevarnos, buscamos quien baje hasta nosotros. Rezamos ante el icono, no por devoto apego de almas, sino para pedirle ayuda en las empresas, auxilio en los apuros, y medios prácticos en las necesidades y deseos. Es una compraventa de rezos maquinales por bienes terrenales.

Para Argüello, el fetichismo religioso es el fundamento de nuestro fetichismo político. Es decir, de nuestra tendencia a negar nuestra propia individualidad para convertirnos en masas resignadas y obedientes. Y en Nicaragua hemos sido masas todos: tanto las élites ramplonas y mal educadas que nos han gobernado como el pueblo.

El fetichismo político es, para Argüello, una necesidad indispensable en aquellos que, no sabiendo andar por sí solos, les es preciso que los anden. Un Enrique Bolaños necesita de un Colin Powell para andar y un Eduardo Montealegre necesita de la Embajada de los Estados Unidos para caminar. ¿Y cuántos sandinistas necesitan aún de Daniel Ortega para reclamar?

Y agregaba Argüello: De la impotencia para construirse un ideal, que es ceguera de espíritus, nace la necesidad que tiene todo ciego: la del lazarillo. De ahí que nuestros pueblos anden siempre en busca de alguien a quien subordinarse. De ahí que, no pudiendo substantivar en ellos la abstracción, personifiquen sus anhelos en lo concreto de un fetiche.

“ESE IMPULSIVISMO PASIONAL,
ESA HOJARASCA DE PALABRAS”

No tenemos que aceptar cada palabra de Argüello para reconocer que en su explicación del fetichismo aparecen reflejadas muchas de las prácticas y vicios culturales de nuestras élites y de nuestro pueblo. Prácticas y vicios que la Revolución Sandinista no combatió sino que más bien cultivó durante la década de los 80; prácticas y vicios que a pesar de sus innumerables desmanes y fechorías, continúan cultivando con éxito un Daniel Ortega y un Arnoldo Alemán. Entre esos vicios, Argüello resalta el impulsivismo pasional, el apego a la tribuna de la frase, más que a la cátedra de las ideas; y la propensión a la argucia, a estampillar con etiquetas virtuosas los actos en que el vicio se embotella por dentro: esa viveza criolla, que enreda y enturbia con fin deliberado, y que encubre con una hojarasca de palabras la víbora de la intención.

El retrato que pinta Argüello de nuestras emociones es el mismo que recogió en sus memorias el periodista vasco Iosu Perales, un amigo de Nicaragua y de la izquierda nicaragüense: Con frecuencia he asistido a actos multitudinarios en los que miembros de la Dirección Nacional del FSLN han hecho discursos para una audiencia entregada incondicionalmente a los vítores y los aplausos. He evocado el entusiasmo de la gente sandinista viendo al presidente Chávez en la televisión tras el triunfo en el referéndum revocatorio. Cuando desde el balcón de la casa presidencial, Chávez levantó la voz para decir: “Vamos a asegurar la estabilidad de los mercados petrolíferos!”, y el gentío respondió con vivas, me pareció asistir a un acto surrealista. En ese momento los chavistas podían haber aplaudido con fervor cualquier pronunciamiento del presidente en pro de la estabilidad de la Bolsa de Nueva York o de la afirmación que la Tierra es redonda. Algo así pasaba en la Nicaragua de los ochenta. La voz de los dirigentes era suficiente, tal era la decisión del pueblo sandinista de seguir las indicaciones de su identificada vanguardia. Y ese hecho, positivo en tiempo de guerra, contenía implícitamente un valor negativo: el seguidismo acrítico.

Es lo que Santiago Argüello llamaría el fetichismo de la sociedad de masas, de la sociedad sin individuos.

LOS DERECHOS COLECTIVOS:
UNA EXTENSIÓN DE LOS DERECHOS INDIVIDUALES

No cabe duda que la relación entre los derechos colectivos y sociales -indispensables para alcanzar las metas de justicia que orientan la visión de la izquierda- y los derechos individuales -indispensables para la legitimación democrática del poder- es tensa y hasta contradictoria. Esto hace que teóricos como el filósofo español Fernando Savater desconfíen de los derechos colectivos y piensen que los esfuerzos por promoverlos son una manera de “desactivar” los derechos individuales de la manera más honorable y discreta posible.

El temor de Savater, sin embargo, no tiene sentido si entendemos los derechos colectivos como una extensión de los individuales. Así lo explica Gurutz Jáuregui cuando señala que el propósito de los derechos colectivos no fue otro que el de complementar y perfeccionar los derechos individuales en su contexto social. Los derechos colectivos permitieron pasar de la defensa del ser humano genérico o abstracto al ser humano en la especificidad o en la concreción de sus diversas maneras de estar en la sociedad (como niño, como viejo, como enfermo, como trabajador, como inmigrante, como miembro de una familia, de una minoría... y así sucesivamente).

Y puntualiza más: El sistema liberal tuvo la gran virtud de crear y establecer normas dirigidas a proclamar y promover la autonomía de las personas otorgándoles, a través de la ciudadanía, la titularidad y el ejercicio de derechos subjetivos. Pero ello resultaba insuficiente. Las personas no eran ni son átomos aislados, sino que deben individuarse por vía de socialización. De ahí la necesidad de estructurar, junto a los derechos individuales, una serie de derechos colectivos. Primero fueron los derechos sociales y económicos gracias a la presión de la clase trabajadora; posteriormente, los derechos culturales; más recientemente, los llamados derechos de la tercera generación (derecho al desarrollo, etcétera).

NO HAY DIVORCIO
ENTRE DERECHOS INDIVIDUALES Y COLECTIVOS

Sin los derechos colectivos, los derechos humanos se congelan y la sociedad se estanca. Peor aún, sin los derechos colectivos, la sociedad sacrifica a todos aquellos hombres y mujeres que no cuentan con la capacidad real para hacer valer su individualidad. En un país de pobres y excluidos como Nicaragua, los derechos individuales -el derecho al voto, por ejemplo- son, como Marx decía y como lo diría el mismo Jesús, fantasmagorías.

Al mismo tiempo, sin derechos individuales, los derechos sociales carecen de una fundamentación democrática y, por lo tanto, promueven el fetichismo, el caudillismo, el autoritarismo, el totalitarismo, el vanguardismo y todas esas aberraciones políticas que rechazan a la persona humana concreta como la legítima fuente de derecho y de razón en la historia. Sin derechos individuales los derechos sociales son, en el mejor de los casos, asistencialismo, “compensación social”, caridad estatal.

En ausencia de una estructura de derechos individuales, el Estado, la revolución, los líderes revolucionarios, o los comités centrales, se convierten en los fetiches a los cuales el pueblo tiene que rendir pleitesía para sobrevivir en un mundo en donde todo -la vida y la muerte, la pobreza y el bienestar- depende de una voluntad externa a nosotros mismos. En esas condiciones, el Estado, la Historia, o la Revolución, se convierten en versiones seculares de la idea del Dios providencial, del Dios fetiche al que nos han acostumbrado las iglesias en nuestro país.

¿SE PUEDE ESTAR PREOCUPADO
POR LOS POBRES Y POR LA INVERSIÓN?

El rechazo tradicional de la izquierda a los derechos individuales ha puesto un sello a su visión del mercado, llevándola a asumir que la existencia del mercado y el derecho a la propiedad privada implican necesariamente aceptar la lógica del capital como la racionalidad orientadora de la vida social. En este sentido, la izquierda ha mitificado la idea del mercado y ha asumido que éste es necesariamente incompatible con un modelo de sociedad organizado para expandir los derechos y la justicia para todos. Es esa mitificación lo que llevaba al Che Guevara -como lo cuenta Eduardo Galeano y lo repite Iosu Perales- a agitarse cuando se encontraba con un vendedor de fresco en las calles de La Habana, porque al verlo le recordaba la presencia latente del espíritu capitalista.

El mercado es una estructura de relaciones, transacciones, acuerdos e intercambios de bienes y servicios entre compradores y vendedores. La competencia que alimenta la producción y el comercio se organiza mediante normas y regulaciones que deben promover la eficiencia y proteger un bien común articulado política y democráticamente. El mercado, así concebido, es compatible con un modelo de organización social humanista y cristiano. Más aún, un mercado competitivo y eficiente es compatible con la promoción de la justicia social.

Esta visión se materializa en las palabras de Dora María Téllez, durante una entrevista radial con William Grigsby: Mi opinión personal es que se presenta ahora una excelente oportunidad para el sandinismo y para el país de tener un gobierno que puede encabezar Herty Lewites, que pueda conciliar una política que el país necesita. Es decir, que pueda juntar la preocupación por los pobres con la preocupación por la inversión. Para decírtelo en dos platos, fácil: que no haya dicotomía entre “estoy preocupado por los inversionistas y me olvido de los pobres”. O “estoy preocupado por los pobres y me olvido de los inversionistas”. Yo creo que el país necesita preocuparse por salir de la pobreza, por darles mejores condiciones, por prestarle oportunidades a la gente para que pueda salir adelante. Pero también necesitamos preocuparnos por los procesos de inversión.

NO HAY UN MERCADO, HAY MERCADOS

Crear las condiciones que nos permitan encontrar el modelo de sociedad que necesitamos pasa por reconocer que no existe “El Mercado” sino diferentes modelos de relaciones entre Estado, mercado y sociedad. Esto se demuestra, por ejemplo, en las importantes diferencias que existen entre los modelos de relación entre el mercado, el Estado y la sociedad canadiense, la europea y la estadounidense. También en las diferencias que encontramos entre la función social del mercado en países como Costa Rica, Guatemala o Nicaragua. La diferencia entre todos estos modelos está determinada por el desarrollo de los derechos ciudadanos en cada una de estas sociedades.

En Nicaragua, un programa de izquierda tendría que promover la organización política de nuestra población para generar un poder social con la capacidad de democratizar el poder del Estado y, a través del Estado, del mercado. Esto significa que la democracia nicaragüense tiene que dejar de ser un simple ejercicio electoral para transformarse en un proceso permanente de construcción de aspiraciones colectivas. De este proceso surgiría el verdadero consenso social que necesita Nicaragua: un consenso que trascienda las visiones elitistas de los grupos que hoy controlan el poder y que no comparten el drama existencial que significa ser pobre en Nicaragua.

La izquierda nicaragüense debe enfrentar las tensiones y contradicciones que son evidentes e inevitables entre la libertad de mercado y la justicia social. Enfrentar estas tensiones es aceptar el reto fundamental de la democracia. No hacerlo, es sucumbir a la tentación del purismo político, que es el aliado natural de la coerción. Escuchemos de nuevo a Dora María Téllez: A la izquierda le ha faltado valor para abordar estos temas. Y agrega: Por eso mucha izquierda prefiere no trabajar programas sino mantener discursos. Y discursos fuertes, radicales, un discurso “revolucionarista” -como decía Lenin-, porque en estos tiempos escuchar esos discursos reconforta (Envío, enero-febrero 2005).

LOS LÍMITES DEL MERCADO
LOS TIENE QUE ESTABLECER EL BIEN COMÚN

El pensamiento político democrático ha sido un intento permanente por integrar y balancear la racionalidad instrumental capitalista con la racionalidad sustantiva que la democracia derivó de la ética social cristiana. En su expresión más concreta, este intento trata de establecer un balance adecuado entre el principio de las libertades individuales -incluyendo las que requiere el capitalista para operar dentro del mercado- y el principio de la justicia social que promueve el respeto a la dignidad humana como un principio absoluto.

De ahí que el pensamiento democrático sea, fundamentalmente, un pensamiento que promueve las libertades individuales dentro del marco de un contrato social. En este sentido, el pensamiento democrático es un intento de promover la libertad de mercado dentro de límites diseñados para proteger el bien común.

En Nicaragua, el segundo país más pobre y desnutrido del continente americano, la definición del bien común tiene, necesariamente, que tener como objetivo principal la resolución del problema de la pobreza. Y para eso, el mercado y la libertad de mercado tienen que enmarcarse dentro de condicionantes éticos que faciliten la organización de una “economía de guerra” para combatir el hambre. Porque la libertad de mercado no puede concebirse como una libertad irrestricta. El mercado -lo señalan la enorme mayoría de los teóricos liberales del Occidente- no genera los valores que han hecho posible la convivencia democrática y el desarrollo y la consolidación de los derechos ciudadanos.

EL PND: UN EJEMPLO
DE MERCADO SIN LÍMITES

La visión económica de la izquierda es radicalmente diferente a la visión neoliberal de la derecha nicaragüense. El neoliberalismo defiende la racionalidad instrumental del mercado como la lógica que debe definir la organización de la sociedad. Esa racionalidad es ciega ante la injusticia social, la degradación del ambiente y la pérdida de la dignidad humana.

Un ejemplo de la visión neoliberal lo constituye el fracasado Plan Nacional de Desarrollo, articulado por el gobierno de Enrique Bolaños con la activa participación del candidato neoliberal Eduardo Montealegre. El argumento central del Plan Nacional de Desarrollo (PND) es que la promoción de la competitividad empresarial debe ser la variable independiente a la que deben ajustarse todos los elementos que forman parte de la ecuación social nicaragüense. Así, la justicia social, el desempleo, la distribución del ingreso, el desarrollo local y la organización del territorio nacional, son tratados en ese Plan como las variables dependientes que deben responder a la lógica mercadocéntrica que lo orienta. Hasta el futuro de la pequeña y la mediana producción, rural o urbana dependen, en el PND, de la capacidad de esos sectores para posicionarse como componentes de las “aglomeraciones” (clusters) organizadas por los sectores empresariales con mayor capacidad transnacional.

NI LAS IDEAS DE MILTON FRIEDMAN
NI EL PND DE BOLAÑOS SON CRISTIANOS

La ética humanista que orienta a la izquierda debe basarse en una racionalidad “sustantiva”, fundada en principios sociales y humanistas que deben ser articulados y promovidos democráticamente. Desde una perspectiva sustantiva, la bondad o maldad de una acción no se mide por sus resultados materiales, ni por su mayor o menor eficiencia, sino por su apego a principios fundamentales como la solidaridad, la justicia social y la dignidad humana.

La racionalidad de la izquierda no es diferente a la ética cristiana. El catecismo de la Iglesia Católica, por ejemplo, señala en su apartado 1931: El respeto a la persona humana pasa por el respeto del principio: Que cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como otro yo, cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente.

Mientras que dentro del marco de una racionalidad instrumental la posibilidad de una vida digna depende de la capacidad del individuo para operar con éxito dentro del mercado, la racionalidad que debe sustentar el pensamiento humanista de la izquierda establece que la dignidad de las personas es la variable independiente a la cual debe adaptarse la organización de la economía y la sociedad. Las coincidencias entre el cristianismo y el pensamiento progresista de la izquierda son claras.

En el apartado 1881 del Catecismo encontramos esto: Cada comunidad se define por su fin y obedece en consecuencia a reglas específicas, pero el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana. Desde esta perspectiva, los modelos económicos deben formularse en función de la dignidad humana, y no como lo propone el gurú del neoliberalismo Milton Friedman o los autores del Plan Nacional de Desarrollo del gobierno Bolaños. Para Friedman y para la tecnocracia bolañista, la sociedad y sus necesidades deben ajustarse a la lógica de los modelos que garantizan la reproducción del capital.

EN TODAS LAS RELIGIONES DEL MUNDO

Es importante aclarar que no sólo los valores cristianos, sino los de todas las religiones del mundo, ofrecen puntos de referencia que pueden servir para crear alternativas frente al neoliberalismo. En la actualidad se desarrollan importantes esfuerzos por articular una “ética global” alternativa a la ética neoliberal, fundamentada en los principios básicos de las grandes religiones del mundo. Dentro de estos esfuerzos se destaca la resolución aprobada por el Parlamento de las Religiones del Mundo en 1993. Esta resolución, titulada Hacia una Ética Global, fue redactada por el teólogo católico disidente Hans Küng, quien preside la Fundación para una Ética Global.

Nota:Inicio | Contactenos | Archivo | Suscripciones En palabras de Küng, esa propuesta no pretende convertirse en una nueva ideología o “superestructura”. La propuesta simplemente enlaza entre sí los recursos religioso?filosóficos comunes ya existentes de la humanidad para ofrecerle al mundo una racionalidad que nos permita entender y definir el sentido de nuestra existencia.

¿SACRIFICAMOS LA JUSTICIA
O SACRIFICAMOS LA LIBERTAD?

Sería absurdo proponer que el pensamiento político democrático y las experiencias que se sustentan sobre ese pensamiento hayan logrado establecer una formula ideal y universal que reconcilie las tensiones y contradicciones que inevitablemente surgen de cualquier intento de balancear las libertades individuales y el mercado con los principios de la justicia social.

En este sentido, el valor del pensamiento político democrático no radica en su capacidad para ponerle fin a estas tensiones y contradicciones sino, sencillamente, en su disposición a aceptar el reto de entenderlas y reconciliarlas. En la otra acera, el totalitarismo y el neoliberalismo constituyen estrategias sociales que pretenden resolver, de manera definitiva, las tensiones y contradicciones que generan la combinación de estos principios.

Los resultados de este absolutismo reduccionista han sido siempre nefastos: el pensamiento totalitario “resuelve” las tensiones entre la libertad individual y la justicia social sacrificando la libertad. Y el pensamiento neoliberal lo hace sacrificando la justicia. El pensamiento político democrático debe ser capaz de asumir el reto de posicionar el mercado dentro del marco de un contrato social que refleje, con justicia, las obligaciones y derechos de todos los nicaragüenses. Desarrollar este pensamiento implica trascender las reducciones materialistas que, con signos opuestos, establece el totalitarismo disfrazado de socialismo y el neoliberalismo. Significa desarrollar la capacidad para evitar la política de la convicción y promoverla política de la responsabilidad.

LA ÉTICA DE LA CONVICCIÓN:
FE ABSOLUTA, DOGMAS Y COERCIÓN

En su famoso ensayo La Política como Vocación, Max Weber identifica dos tipos de ética o racionalidad que pueden servir para orientar la acción política y la función de gobierno: la ética de la convicción, que se expresa en la defensa inflexible e incondicional de valores y principios absolutos; y la ética de la responsabilidad, que combina elementos de convicción con la flexibilidad que se requiere para alcanzar posiciones de consenso democrático.

La ética de la convicción no es una ética democrática. La democracia requiere de una ética de responsabilidad. Desde esta perspectiva, el Estado democrático no es aquel que impone de cualquier forma una posición ética determinada. El Estado democrático es aquel que opera en función de valores sustantivos -como la justicia social- pero que, al mismo tiempo, reconoce la necesidad de defender y promover esos valores respetando los derechos individuales de todos. Desde esta perspectiva, un gobierno de izquierda democrático es aquel que intenta y logra desarrollar la capacidad para alcanzar resultados sociales justos y adecuados a través del reconocimiento, el balance y la conciliación de intereses y posiciones en conflicto.

La ética de la convicción -propia de organizaciones políticas totalitarias y de organizaciones religiosas que funcionan sobre la base de principios dogmáticos- es una ética absoluta que no admite divergencias. Se cree o no se cree. Se es o no se es. Esta ética justificó la muerte en la hoguera y la tortura de miles de herejes, de personas que profesaban o divulgaban doctrinas contrarias a los dogmas de la Iglesia Católica. Esa misma ética justificó las violaciones a los derechos humanos que ocurrieron durante la Revolución Sandinista.

LA ÉTICA DE LA RESPONSABILIDAD:
VALORES Y FLEXIBILIDAD

La ética de la responsabilidad es una ética que se nutre de convicciones y de valores, pero esas convicciones están abiertas a todas aquellas posiciones y propuestas que se articulan y expresan dentro de los procesos de participación política democráticos establecidos por la ley. Al Estado le corresponde tomar en consideración estas posiciones y balancearlas en función de un bien común articulado democráticamente.

El bien común no puede construirse como un reflejo de la visión ética y social de un partido político, o de una iglesia, o de un grupo de interés en particular. En condiciones democráticas, el bien común es la expresión de la voluntad popular, condicionada, ordenada y limitada por los valores y principios que conforman la tradición democrática, humanista y cristiana que permitió el reemplazamiento de la autoridad divina de los reyes de la Europa medieval por el principio moderno de la soberanía popular.

LA RECETA ENVENENADA DE LA DEMOCRACIA ELECTORAL SIN CONSENSO SOCIAL

La articulación de un pensamiento político moderno capaz de crear y consolidar un futuro nacional compartido debe verse como un esfuerzo para crear una visión contractualista moderna y democrática de la política que supere el uso de la coerción -el principal instrumento de los gobiernos y grupos que actúan de acuerdo a la ética de la convicción- y el pactismo, como tecnología política propia del pensamiento y la cultura pragmática, resignada y oportunista, que es la que prevalece en nuestro país.

Este contractualismo constituye un mecanismo para la integración de los intereses y las aspiraciones de los diferentes sectores de la sociedad nicaragüense. No se trata de un pacto de cúpulas, ni de centrismos amañados. Se trata de un esfuerzo por lograr una verdadera representación de los derechos y las obligaciones de los grupos sociales que componen nuestra Nación potencial, para traducirlos en un modelo de Estado, mercado y sociedad que nos proporcione a los nicaragüenses un horizonte y un destino compartidos. La construcción de ese consenso es el antídoto para trascender la democracia electoral sin consenso social, esa receta envenenada que analizamos en la primera entrega de esta serie.

Señalábamos entonces: La eficacia de la democracia, como un mecanismo electoral para la resolución de conflictos, depende de la existencia previa de un consenso social mínimo con relación al papel del Estado y a las relaciones entre éste, el mercado y la sociedad. A su vez, la legitimidad de este consenso depende de su capacidad de integrar, con justicia, los intereses y las aspiraciones de los diferentes sectores de la sociedad.

En Nicaragua, la articulación de un verdadero consenso nacional necesita de un movimiento de izquierda que, con fuerza y legitimidad, defienda democráticamente -es decir, a través del diálogo, el debate y los procesos democráticos del país- los derechos de los sectores pobres y vulnerables. Para lograr este objetivo es indispensable que la izquierda democrática gane las próximas elecciones, o que por lo menos obtenga una representación en la Asamblea Nacional con fuerza suficiente para promover la rearticulación de nuestro modelo de sociedad.

UNA DERECHA SIN VISIÓN
Y SIN PENSAMIENTO

Una posición de izquierda, orientada a defender los intereses de los sectores más débiles de la sociedad, tendría que ser capaz de lograr y mantener el apoyo democrático de la enorme mayoría de la población nicaragüense, porque nuestro país es una sociedad de pobres y excluidos. Más difícil, mucho más difícil que obtener el respaldo del pueblo nicaragüense, sería convencer a las élites del país a participar en el sacrificio colectivo que necesitamos hacer todos -los nicaragüenses que viven en Nicaragua y los que forman parte de la diáspora nicaragüense- para sacar al país de su miseria.

La derecha nicaragüense es uno de los sectores políticos más atrasados de América Latina. Su visión es nula y su pensamiento inexistente. Esto explica que no haya sido capaz de entender que la protección de sus propios intereses exige un esfuerzo y un sacrificio para salvar al país y a los pobres del país de su miseria.

Ni el conservatismo ni el liberalismo nicaragüense lograron sobrevivir el siglo XX. El primero desapareció bajo el peso de su propia incapacidad para generar una visión y un pensamiento para Nicaragua. Por su parte, el liberalismo degeneró, a pesar de su legalidad formal, en una asociación ilegítima para delinquir. Ambos grupos abandonaron las aspiraciones doctrinarias que facilitaron su surgimiento después de la Independencia y dejaron de pensar para convertirse en lo que, ya en 1867, Enrique Guzmán llamó “partidos-pandillas”, es decir, organizaciones que no tienen otro común denominador que su ciega adhesión a un caudillejo cualquiera o a mezquinos intereses de campanario.

“NO EN EL ARREBATO DEL ENTUSIASMO
SINO EN EL PRINCIPIO DE LA UTILIDAD PROPIA”

Hay que señalar, sin embargo, que en la historia nicaragüense han existido intelectuales y políticos de derecha que han sido capaces de elevar su mirada más allá de sus intereses inmediatos. En el siglo XIX, y desde una perspectiva elitista, conservadora y utilitaria, Pedro Francisco de la Rocha logró articular una crítica contundente contra el idealismo de los liberales de su época y proponer un orden social sustentado en un consenso de intereses entre las clases dominantes, que tuviese en cuenta la necesidad de promover el desarrollo de las clases populares.

Decía: Hasta tanto que en la República se logre la combinación de sus respectivos intereses, y se pongan en equilibrio los varios elementos que entran en la composición de un Estado, es imposible que recobre su aplomo. Y, para apoyar su argumento, citaba a un autor que señalaba: Los intereses reales de la sociedad son el centro común al que deben encaminarse todas las combinaciones políticas; y si llegan afortunadamente a concurrir en este punto, se ha conseguido el fin de los legisladores; sus leyes afianzarán la certeza de su duración, no en el apoyo moral de los juramentos, ni en los esfuerzos de la virtud, ni en el arrebato del entusiasmo; sino en el principio natural, sencillo, permanente, de la utilidad propia.

De la Rocha expresaba un pensamiento mucho más sofisticado que el de la gran mayoría de los políticos e intelectuales de su época. Sus planteamientos son conservadores, ya que su visión del orden se orientaba fundamentalmente hacia la preservación y defensa de los intereses de las clases dominantes, a quienes el autor atribuye cualidades que, en realidad, ese sector social nunca demostró poseer. Pero su pensamiento contenía la fórmula que generó las condiciones para la consolidación del orden en países como Argentina, Costa Rica y Chile en el siglo XIX: la articulación de una “unidad armónica”, basada en un balance de intereses de los “diferentes elementos sociales” que componen la sociedad y no en “los juramentos”, y los valores abstractos y declamatorios que habían enarbolado las élites liberales nicaragüenses después de la Independencia.

NO POR AMOR AL PRÓJIMO,
SINO POR EL BIENESTAR DEL PAÍS

Por su visión contractualista de la política, el pensamiento de De la Rocha, a pesar de su esencia elitista, reconocía la necesidad de integrar a las clases populares dentro de una estructura nacional de intereses y aspiraciones. Para él, la construcción de una verdadera sociedad nacional hacía imprescindible que el Estado pusiese atención a la educación y al progreso material de las “clases ínfimas”. Desde su perspectiva elitista y utilitaria, esta tarea debía hacerse, no por un abstracto sentimiento humanitario de solidaridad y amor al prójimo, sino porque así lo demandaba la preservación del orden y el bienestar del país. Su conservatismo propugnaba por el mejoramiento de las condiciones de las clases marginadas como una medida práctica e indispensable para el desarrollo del Estado, de la nación nicaragüense y de los mismos intereses de las clases dominantes que él representaba.

En el siglo XX, el pensamiento de Carlos Cuadra Pasos, representa otro ejemplo de una visión elitista y conservadora que es capaz de compatibilizar el progreso y bienestar de la Nación con los intereses de las clases dominantes. La visión política contractualista de Cuadra estaba en directa contraposición con el “espíritu de secta”, que orientaba la acción política de Emiliano Chamorro.

Una lectura cuidadosa del discurso pronunciado por Cuadra Pasos, el día de la inauguración de la presidencia de Emiliano Chamorro, muestra las diferentes visiones políticas de los dos líderes conservadores: Me ha cabido en esta ocasión trascendental el alto honor de tomaros (la referencia es a Chamorro), en nombre de la República, la promesa constitucional y solemnísima que os obliga a dedicar todas las actividades de vuestro espíritu al servicio de la nación; y en cumplimiento del ceremonial de costumbre, por mis manos han sido impuestos sobre vuestro pecho los colores de la patria, estrechados en el símbolo de la suprema autoridad, cuyo ejercicio dificilísimo os ha de poner en el trance de perseguir ese equilibrio delicado, entre el dominio imperioso de la fuerza que conquista el respeto, y las flexibilidades del carácter necesarias para ganar el amor, que también es fuerza, porque como ha dicho un gran pensador, en estos tiempos modernos de la democracia, gobernar no es solo imperar, gobernar es convencer, empapar de la propia convicción al espíritu general, procurando que la adhesión de los más haga fuerte y resistente la acción del que dirige.

La posición expresada por Cuadra Pasos en su discurso, se enmarcaba dentro de un pensamiento moderno que reconocía que la construcción del orden social requería transformar, “el poder en derecho y la obediencia en autoridad”. Cuadra Pasos entendía el orden como un balance de intereses que se legitimaba democráticamente mediante la articulación de un consenso social. En cambio, para Emiliano Chamorro, el poder se derivaba de la fuerza de las armas, o de la fuerza política que nace de la capacidad de manipular a las masas o al sistema político imperante.

EL PESO DE LA INTERVENCIÓN
DE ESTADOS UNIDOS

La intervención militar estadounidense que se inició con el derrocamiento de José Santos Zelaya y que desembocó en el somocismo, anuló la voluntad política de los partidos nicaragüenses y sus débiles bases filosóficas y doctrinarias. Con la intervención, la política nicaragüense se convirtió en una disputa partidaria orientada a obtener el apoyo de los Estados Unidos para alcanzar el poder. En esas condiciones, la función de los partidos políticos se limitó a interpretar la voluntad de los gobiernos de Washington y a defender intereses particulares dentro del limitado marco de acción impuesto por los Estados Unidos.
El somocismo aprovechó la esterilización política de la estructura partidaria nicaragüense y la relación de dependencia creada por la intervención para organizar un régimen fundamentado en su capacidad de adaptación -pragmática, resignada y oportunista- al marco de acción impuesto por la política exterior estadounidense en América Latina.

MILITARIZACIÓN, COMERCIALIZACIÓN,
VACÍO Y DESCONCIERTO

En sus 3 Conferencias a la Empresa Privada, José Coronel Urtecho resaltó la involución política y doctrinaria de los partidos nicaragüenses, al señalar que desde la llegada de Moncada al poder -elegido en 1928, y en la Presidencia desde 1929-, pero especialmente a partir del ascenso al poder de Somoza García en 1937, Nicaragua había vivido un proceso de militarización y comercialización Las consecuencias de este doble proceso -señalaba- habían sido la casi total desintelectualización y aun desculturización de la política y de la misma vida nicaragüense. Efectivamente, con el surgimiento y la consolidación del régimen de los Somoza, el Partido Liberal abandonó completamente sus pretensiones doctrinarias hasta convertirse -como lo señala Edgardo Buitrago- en una praxis, una manera de gobernar y de administrar.

La despolitización del Partido Liberal fue reconocida por algunos de los seguidores de Somoza. Gerardo Suárez López destacaba la pobreza ideológica, filosófica y doctrinaria del liberalismo somocista en un artículo publicado por el diario oficialista “Novedades”: La doctrina es la base de todo partido político dentro y fuera del poder. Y, cuando en el segundo caso, tiene sus responsabilidades gubernamentales, es cuando se hace más urgente la relación ideológica sobre la masa, sobre los cuadros que responden al llamado de la organización disciplinada y consecuente con su poder de mayoría. El liberalismo nicaragüense necesita de una relación más intelectual y doctrinaria entre los cuadros intermedios y el pueblo. Y tanto urge esta relación y conocimiento, que la juventud está orientándose hacia otros sistemas y doctrinas políticas, porque nosotros hemos dejado un vacío y producido un desconcierto en el elemento joven que milita sin tener una consistente base de su fundamento doctrinario y filosófico.

CONSERVATISMO:
TAMBIÉN SIN VALORES Y SIN FILOSOFÍA

El Partido Conservador, por su parte, se transformó durante todo este período en una agrupación colaboracionista y desprovista de valores políticos y de filosofía. Así lo confirmaba Carlos Cuadra Pasos al señalar que, en su pelear constante y afanoso, el Partido Conservador se había convertido en una agrupación de puros hechos, con gran coraje en sus movimientos, pero de estrechos horizontes en sus rutas. Se ha movido y se mueve en estímulo de las cosas inmediatas, y se exterioriza en acciones vacías de trascendencia histórica e ingrávidas de pensamiento.

Enrique Alvarado Martínez, otra destacada figura conservadora, confirmó las aseveraciones de Cuadra Pasos al señalar que, durante el somocismo, el conservatismo como doctrina existía en pocos hombres, intelectuales de alguna profundidad ideológica que, con frecuencia, barajaban discursos sobre el significado del famoso triángulo conservador: Dios, Orden, Justicia. La militancia conservadora durante el somocismo -continúa señalando Alvarado Martínez- estaba determinada por factores emocionales de repudio al régimen de Somoza. Los estatutos y postulados del partido -agrega este autor- eran desconocidos por los militantes y aún por aquellos que ocupaban posiciones directivas dentro de la organización. Y puntualiza: Por tanto, simple y cómodamente se admitía (dentro del partido) a aquel que de su boca salía el ‘yo soy conservador’.

“SÓLO RUIDO, OCURRENCIAS
Y FECUNDIDAD VERBAL”

Con la llegada al poder de Anastasio Somoza García se asentó en Nicaragua la dictadura y lo que Leonardo Argüello -uno de los últimos liberales ilustrados-, llamó un régimen “imaginativo-instintivo”. Bajo este régimen -señalaba Argüello, en palabras que nos recuerdan la explicación del fetichismo de Santiago Argüello-, afirmaríase el afán por lo improvisado, por la finalidad egoísta y anti-social, por lo fortuito, por las creaciones de aluvión, por la violencia en formas inauditas, por todo cuanto empobrece la conciencia de los hombres, hasta considerar al Estado como un recurso de solvencia; anhelos de tipo inferior o infantil en que predomina una psiquis resaltantemente sensitiva más que pensadora.

Y puntualizaba: Es el predominio de la fantasía, la escasa concentración cerebral, lo que dificulta en determinado medio la forja de un tipo moderno de investigador de causas, de estadista instruido en negocios de Estado, de título contemporáneo. Sujeto que penetre el fondo de las cosas, que es descubrir la ley y por tanto conocer su vida.

Y suplicaba: Es hora de que aprovechemos nuestra vitalidad. Poner punto a la dilatada edad adolescente, declamatoria y jactanciosa, que presume de erudita con escaso auxilio informativo y que levanta cátedra, de la que no surge nada hondo ni positivo: ruido y ocurrencias bizarras de enfermiza fecundidad verbal. No ser por más tiempo el ‘hombre temperamento’, sino el ‘hombre juicio’ para no ofrecer a cada paso una contradicción, un contraste entre la teoría sentada y la actitud cumplida.

PASAR DEL REINO DE LAS PASIONES
AL REINO DE LOS INTERESES

En la actualidad, la derecha nicaragüense no tiene pensadores de la talla de un De la Rocha, de un Cuadra Pasos o de un Leonardo Argüello. La derecha en el poder está saturada de “vivísimos” operadores políticos como René Herrera y Enrique Quiñonez, de corruptos “hombres-temperamento” como Arnoldo Alemán y de entreguistas sin alma nacional como Enrique Bolaños. Y la derecha que hoy aspira al poder está compuesta por neoliberales confesos y sin imaginación como Eduardo Montealegre y de silenciosos, ultracuidadosos y esquivos personajes como José Rizo y José Antonio Alvarado.

Para modernizarse, la derecha nicaragüense tiene que convertir la defensa pasional y religiosa de su visión del mundo en una articulación intelectual y política de sus intereses económicos y sociales. El tránsito del reino de las pasiones al reino de los intereses constituyó, de acuerdo al brillante análisis de Albert Hirschman, un momento fundamental en el desarrollo del capitalismo. El capitalismo no pudo haberse desarrollado, señala Hirschman, sin que las pasiones de la ambición y la avaricia se transformaran en lo que hoy conocemos como la política y el comercio, respectivamente.

La elevación de las pasiones a la categoría de legítimos intereses políticos y comerciales hizo posible la consolidación del capitalismo a partir de mediados del siglo XVI, cosa que nunca hubiese sucedido dentro del esquema de valores religiosos medievales que condenaban la codicia por las posesiones materiales como un grave pecado.

En Nicaragua, la derecha nunca logró transformar su instintiva y pasional defensa del poder en una racionalidad y justificación política moderna para la protección de sus intereses. De la Rocha y Cuadra fueron golondrinas solitarias que habitaban un mundo dominado por la coerción y una religiosidad fetichista y medieval a la que la derecha acudía con frecuencia para defender sus privilegios en el nombre de Dios.

LA BANCARROTA IDEOLÓGICA DE LA DERECHA:
UN PROBLEMA DE LA IZQUIERDA

El mundo de De la Rocha fue descrito vívidamente en la carta que recibiera Ephraim George Squier de un nicaragüense, después de su visita a Nicaragua, en 1849: Los llamados hombres cultos (en Nicaragua) son junto con la parte más ignorante de la población, un producto natural del ambiente y de sus propios impulsos, y por tanto veleidosos. Con tan magra educación llegan al poder capacitados sólo para hacer daño en vez de desempeñar aquellas funciones que son el lógico producto de la cultura, del raciocinio.

Por su parte, Cuadro Pasos vivió en un ambiente marcado por el visceral anti-intelectualismo del líder conservador Emiliano Chamorro. Para adquirir una idea del desarrollo cultural de Chamorro, basta mencionar que el caudillo utilizaba la palabra “teoría” como sinónimo de “equivocado”. En su discurso de inauguración del gobierno en 1926, por ejemplo, Chamorro lamentaba que los Estados Unidos hubiesen condenado la revuelta que lo había llevado al poder. Y señalaba que la oposición de ese país a su “movimiento popular” se debía a “apreciaciones teóricas de los tratados de Washington”.

Por no haber logrado asimilar la visión conservadora contractualista propuesta por ideólogos como De la Rocha y Cuadra Pasos, la derecha nicaragüense es hoy lo que es: una clase que se mantiene políticamente a la deriva; una clase incapaz de competir en el juego capitalista con sus equivalentes dentro de la misma región centroamericana; una clase que, para sobrevivir, depende de su capacidad de entrega sumisa a los Estados Unidos, de su subordinación al capital transnacional, y de su habilidad para mal traducir del inglés las recetas económicas y sociales que se generan en los organismos financieros internacionales.

Hay que decir, entonces, lo que puede parecer una locura: la modernización de la izquierda requiere de la modernización de la derecha. Encontrar dentro de la derecha interlocutores capaces de pensar nacionalmente como una manera de proteger sus propios intereses de clase, es -absurdo o no- una tarea que la izquierda debe emprender en nuestra absurda realidad política nacional para poder construir un proyecto de justicia social.

NI CAPITALISMO NI INDIVIDUALISMO
NI CENTRISMO

La modernización de la izquierda debe verse como un esfuerzo por desarrollar una visión integral de la sociedad que permita la conciliación de los intereses y las aspiraciones de los diferentes sectores de nuestra comunidad nacional. Esta visión debe incluir una definición de la relación que en nuestro país debe existir entre los valores de la justicia social, los derechos y libertades individuales, la democracia y el mercado.

Reconocer el valor fundamental que tienen los derechos y las libertades individuales, como base indispensable de cualquier tipo de derecho social o colectivo, no es proponer el individualismo como una filosofía de vida para nuestra sociedad. Todo lo contrario. Lo que debemos proponernos es utilizar los derechos individuales como una base para edificar una sociedad justa, para trascender los límites sociales que impone la democracia liberal y el neoliberalismo.

De igual forma, reconocer la importancia del mercado y la legitimidad de la libertad de mercado no es proponer el capitalismo como racionalidad para orientar la organización de nuestro Estado y de nuestra sociedad. El mercado puede funcionar dentro de una sociedad y un Estado organizado para trascender los límites de la democracia liberal y para combatir el capitalismo salvaje que promueve el neoliberalismo.

La propuesta que aquí hemos hecho tampoco debe confundirse con eso que algunos llaman “el centrismo”. Este concepto ha generado una “hojarasca de palabras” en nuestro país. Humberto Ortega propone el centrismo para encontrar posiciones centradas. Por su parte, Edén Pastora dice que el centro es Dios. ¡Pero es que el centrismo no existe!-entra al debate Ricardo Coronel Kautz- porque el Centro es igual a cero. En esta grandísima confusión, no sabemos si Coronel Kautz se refiere al número o al comandante Pastora...

ESTE “CENTRISMO”,
¿A DÓNDE NOS LLEVA?

El centrismo, tal y como lo propone Humberto Ortega, no es un concepto con valor teórico o filosófico. Es, simplemente, un eslogan que invita a la sociedad nicaragüense a ocupar un punto medio entre las dos fuerzas políticas dominantes en el país. Es, en otras palabras, pactismo con otro nombre. Y es pragmatismo crudo y relativismo descarnado, porque la propuesta por el centrismo no establece -y ni siquiera menciona- los valores que la sustentan.

El centrismo de Ortega simplemente propone un equilibrio entre “las fuerzas políticas e ideológicas” de nuestra sociedad, lo que puede traducirse en casi cualquier barbaridad: un punto intermedio entre la corrupción de Arnoldo Alemán y el hiper-pragmatismo de Daniel Ortega. O un punto medio entre los valores éticos de un Byron Jerez y el respeto por los derechos humanos de los nicaragüenses de un Lenín Cerna. O un punto de balance entre el atraso político del PLC y el del FSLN para terminar, no sabemos, dónde, si en un medio atraso o en un atraso doble.

Intente el lector o lectora descifrar la posición normativa y los valores del centrismo en la descripción que Humberto Ortega hace de su propuesta: Propongo el Centrismo como un eje de acción y conducta para manejar mejor las profundas diferencias y contradicciones existentes en nuestra sociedad, incluyendo las antagónicas entre las fuerzas políticas e ideológicas y otras en el seno de ellas. El centrismo como un medio civilizado de conducta política que facilite encontrar posiciones centradas desde la derecha o la izquierda, producir el programa de Nación para profundizar nuestro actual proceso democrático en diálogo transparente y permanente, para consensos y acuerdos políticos que se instrumenten en armonía entre los poderes, unos de alcances lejanos y otros para hoy, en el marco del estado de derecho. El centrismo que se conduzca con ética y humanismo, fortaleciendo el modernismo con sensibilidad ética y estética, autorealizándonos espiritualmente sin reducir lo moderno a la importancia de lo técnico, ni el mercado al egoísta monopolio, ni el Estado al dañino paternalismo, ni lo político a la inmoral politiquería.

UN SOCIALISMO EN LIBERTAD,
¿HASTA DÓNDE?

La modernización de la izquierda no se traduce en una aceptación del capitalismo, ni en una celebración del individualismo, ni en una confusión mental como el centrismo. La modernización de la izquierda representa un esfuerzo por reformular el sentido político y estratégico de este concepto, democratizando su contenido y adaptándolo a los retos que enfrenta hoy Nicaragua, sin modificar su posición ética frente al poder y la pobreza. Así pues, la modernización de la izquierda no es ni pragmatismo ni resignación porque la izquierda debe mantener la ampliación de la justicia social, como su objetivo fundamental. Pero para consolidar la verdadera justicia, es necesario aceptar el reto de reconciliar ese valor con la libertad y los derechos individuales.

Solamente así podrá consolidarse un socialismo en libertad que deberá promover, legítima y democráticamente, los derechos de la humanidad. ¿Hasta dónde? Hasta donde el desarrollo ético de la humanidad, nuestra inteligencia, y la complejidad de la vida biológica y de la vida social nos lo permitan.

PEDACITO A PEDACITO,
CON GRAN HUMILDAD Y PACIENCIA

Para avanzar en este proceso, para poder apreciar lúcidamente el “hasta dónde”, la izquierda nicaragüense debe unirse. Y debe abrirse a todas aquellas personas que por socialistas, o por cristianas, o por budistas, o por humanistas, o por lo que sea, rechacen el egoísmo capitalista como una condición natural del ser humano. La izquierda debe abrirse a la juventud nicaragüense, con sus nuevos problemas y con sus propias maneras de expresar su descontento por el reino de la corrupción y la injusticia que heredaron. Abrirse para evitar hacer de la izquierda una cofradía, una congregación de diablos disfrazados de santos y de devotos despersonalizados. Abrirse para evitar que la identidad de izquierda se confunda con el tatuaje indeleble que se adquiere en la juventud… y para toda la vida.

La apertura y reunificación de la izquierda nicaragüense, y especialmente del sandinismo, debe lograrse bajo el signo de la democracia interna. No más fetiches, no más ídolos de papel, no más uniformes que aplasten la conciencia de la gente.

Dice Dora María Téllez, en las páginas de este número de Envío: ¿Cómo se van a unir tantos pedazos del sandinismo disperso? Nuestro desafío es hacer un trabajo como el de las indígenas guatemaltecas cuando confeccionan esos cobertores que hacen con pedacitos de todos los colores. Hay que ir uniendo pedacito por pedacito, entendiendo que lo que va a salir es un mosaico que hace un todo único. Lo primero es reconocer con gran humildad que son pedazos y pedazos y pedazos los que han ido quedando por todas partes. Tenemos que reconocerlo para ir hilándolos.

No es nada fácil. Porque todos venimos de la escuela de los últimos años del sandinismo: venimos del autoritarismo, del sectarismo, de la exclusión, del caudillismo, vicios que no sólo estaban y están arriba, sino que los hemos tenido todos. Ahora, tenemos que pasar por un proceso de reencuentro y de reflexión. Ojalá tengamos la sabiduría para poder hilar todos los pedazos y hacer un todo único y plural. Toda pretensión hegemonista en este momento destruirá este trabajo. Lo que veo es la posibilidad de reunificar al sandinismo. Y desde una opción verdaderamente sandinista. Estamos viviendo un reencuentro. Por eso, ésta es una oportunidad de oro. Y o nosotros la trabajamos bien o si no, seremos responsables de lo que perderá Nicaragua.


Nicaragua, la historia reciente de Nicaragua nos muestra, desdichadamente, que se puede ser de izquierda hoy y de derecha mañana. Se puede ser héroe hoy y vulgar oportunista mañana. Porque la izquierda no es una marca adquirida; es una actitud ante la vida y ante el poder, que se forma, que se forja, que se construye, que se hila día a día, con voluntad, con humildad, con valores y con inteligencia.


CATEDRÁTICO DE CIENCIAS POLÍTICAS EN CANADÁ. COLABORADOR DE ENVÍO.

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