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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 184 | Julio 1997
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Nicaragua

El antropólogo se hizo pandillero para conocer desde dentro algo de la lógica del centenar de pandillas que operan en los más de 400 barrios de la capital nicaragüense. Estos son los primeros apuntes de esta interesante experiencia.

Dennis Rodgers

La violencia y la inseguridad crecen a diario en Centroamérica. También en Nicaragua. Uno de los rostros de esta realidad es el de las pandillas, bandas de jóvenes que andan por los barrios molestando, robando, golpeando y a veces, hasta matando. ¿Qué son estas pandillas: grupos pasajeros o instituciones con una lógica propia? ¿Por qué los jóvenes se unen en pandillas? ¿Qué motiva la violencia que les caracteriza?

Como antropólogo quise encontrar alguna respuesta a éstas y a otras preguntas. Y me puse a buscarla. Quiero agradecer el financiamiento del Royal Anthropological Institute de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Sin él, esta búsqueda, esta investigación no hubiera sido posible. Para obtener datos, la metodología antropológica depende, en gran medida de la "observación participativa". Por eso, como antropólogo decidí hacerme pandillero. Para estudiar y entender lo que es un pandillero, el antropólogo debe asumir el rol social que estudia y debe participar en las realidades sociales que investiga. Eso hice. La gran fuerza de este método de investigación es que permite, no sólo observar cómo actúan las personas, sino cómo entienden y experimentan sus acciones.

Es primordial que el antropólogo pandillero viva en esa doble realidad durante un tiempo prolongado, para que lo cotidiano se haga explícito y para que lo que la gente dice que está haciendo se ponga a prueba en la vida diaria con lo que realmente está haciendo. Este contraste, importante para entender la organización de las vidas de los pandilleros, requiere de tiempo. Y requiere de inmersión en otro papel social. Inmersión, no conversión. En todos los momentos de la vida, todos jugamos varios papeles sociales, y un antropólogo, en el curso de sus investigaciones, tal vez juega más papeles aún. No deja de ser antropólogo cuando es pandillero ni tampoco se hace un pandillero exactamente como lo son los demás.

El único pandillero chele

Las mías no fueron necesariamente desventajas. La distancia ayuda a veces al análisis. Tampoco se puede argüir que el doble papel distorsiona la investigación. Al menos, no la distorsiona más que una encuesta. La introducción de una variable externa dentro de una determinada situación social puede precipitar condiciones útiles para una mejor comprensión del fenómeno. Todo eso lo comprobé al asumir el papel de pandillero en un barrio popular de la zona oriental de Managua, en donde viví con una familia desde octubre de 1996 hasta julio de 1997.

El hecho de ser un pandillero chele (blanco, rubio) fue obviamente atípico, especialmente en el contexto social de un barrio donde era el único chele que vivía allí. Esto distorsionó la situación, pero no de un modo escandaloso, y las ventajas fueron más que las distorsiones. Como miembro de la pandilla, he sido considerado como un "broder tuani", y los pandilleros hablaron conmigo sin miedo y sin reticencias de sus actividades delictivas. El hecho de tener un estatus atípico me permitió entender algunas cosas sobre las pandillas. Las hubiera descubierto también siendo un pandillero típico, pero tal vez el proceso de aprendizaje hubiera sido más lento.

Lógica de los pleitos entre pandillas

La reputación de una pandilla depende en parte de las características de su barrio de origen. Depende también de las características de los miembros de la pandilla. Una de las razones para que los pandilleros del barrio donde viví me admitieran en su grupo fue el "toque especial" que mi pertenencia daba a la pandilla. Estoy seguro de que en Managua no hay muchas pandillas con chele incluido. Otros miembros aumentan la reputación o notoriedad de la pandilla por su coraje, su violencia o su locura. Yo la prestigié por mis orígenes.

Este estatus atípico me permitió descubrir algo de la lógica que tienen los pleitos entre pandillas. "Lógica", porque estas frecuentes confrontaciones no se desarrollan así porque sí. En gran medida, los pleitos entre pandillas se orientan a dañar a los miembros notorios de la pandilla adversa. Yo, como el pandillero chele de mi barrio, fui un objetivo de primera importancia.

Una anécdota revela mi "importancia". Siendo ya pandillero, un día no había agua en mi barrio y decidí irme a duchar a la casa de una hija de la familia con quien vivo, en un barrio vecino. Pero "mi" familia no quería dejarme ir solo. A pesar de la hora del día, las 6.30 de la mañana, consideraban que era un riesgo que me adentrara en aquel otro barrio porque la pandilla de allí, enemiga de la de mi barrio, podría atacarme, no sólo como miembro de la pandilla rival sino, sobre todo, como miembro con características tan especiales. Finalmente, después de sopesar el riesgo, el querido de la dueña de mi casa, que es taxista, y que estaba durmiendo en la casa ese día, me llevó en su taxi, esperó a que me duchara y después me regresó a la casa. Nunca en mi vida tomar una ducha me resultó tan peligroso...

Sub pandillas dentro de la pandilla

La pandilla tiene una estructura bien definida, con subgrupos de edad. Todo pandillero empieza siempre en el nivel más bajo, en la pandillita de los de menos de 13 años. Pasa después al grupo de los que tienen 13 17 años y finalmente, al de los que tienen más de 18. No se trata nunca de "diferentes" pandillas, sino de "sub pandillas".

La pandilla de mi barrio está subdividida de dos maneras: por edades y por la geografía del barrio: los de arriba, los de abajo, y los del centro. "Los dragones" son los de arriba, "Los cancheros" los de abajo, y "Los de la calle ocho" por un billar del barrio que se llama así son los del centro. Estos subgrupos de la pandilla operan generalmente por separado, pero jamás pelean entre sí, y se juntan todos cuando el barrio está en peligro cuando es atacado por la pandilla de otro barrio o para molestar a la gente durante fiestas populares como las de Santo Domingo.

La incorporación escalonada a la pandilla se practica con los jóvenes de las familias establecidas en el barrio. En los primeros años 90 hubo una masiva inmigración de nuevas familias más o menos la mitad de la población actual del barrio y puede suponerse que en aquellos años se desarrollaron varios mecanismos para integrar a la pandilla a los jóvenes de las familias que llegaban.

Mi rito de iniciación: un puñal y un robo

Creo que por mi estatus especial mi chelitud, mi origen social y también mi edad: a los 23 años, soy el más viejo del grupo el rito de iniciación por el que pasé para ingresar en la pandilla no fue el habitual. Pero, como desde mi llegada al barrio no ha llegado ningún otro joven, no he podido asistir a otra iniciación para salir de dudas. Algunos pandilleros me han dicho que la mía no fue tan diferente a otras.

El rito fue informal y tuvo dos momentos. Primeramente, una tarde unos pandilleros intentaron asustarme con un cuchillo cuando estábamos hablando en la calle. Era un cuchillo suizo, más grande que los que se encuentran usualmente en el comercio, el que los militares suizos utilizan para el combate mano a mano. Tuve suerte. Crecí en Suiza y empecé a jugar con cuchillos suizos desde los ocho años. Por eso, después de lograr controlar no sin dificultad el miedo que sentí, les pedí el cuchillo y les enseñé a hacer con él algunos trucos que no conocían.

El segundo momento del rito consistió en ir al cercano mercado Roberto Huembes con otros pandilleros para robar. En el mercado, y con mi cooperación, me utilizaron como señuelo para distraer al dueño de un tramo de ropa mientras ellos se robaban varios calzones de mujer. Después, yo debía venderlos en el barrio. De casa en casa, y utilizando mis limitadas redes sociales hacía solamente dos semanas que vivía allí , logré vender los ocho calzones por 43 córdobas. Se venden a 20 córdobas cada uno en el mercado, pero esas "rebajas" son lo normal en el mundo de estos "bisnes".

Como la antropología propone la inmersión y no la conversión, traté de comunicarles esta diferencia a los pandilleros. Una vez que me iniciaron en la pandilla, les dije que no participaría ni en asaltos ni en robos con ellos, ni tampoco en pleitos de pandillas que ocurrieran fuera de los límites del barrio. Les dije que, esencialmente, sería un miembro observador. Los pandilleros me aceptaron sin problemas estas condiciones, conscientes de que por antropólogo y extranjero además de por consideraciones éticas no podía involucrarme a fondo en actividades de ese tipo.

Pero, cuando mi barrio fue atacado por una pandilla enemiga, en noviembre de 1996, los pandilleros del barrio se convirtieron en los observadores de mi actuación. En aquella ocasión, participé en la defensa del barrio, me peleé a palos con los que llegaron y tiré piedras. Para mí se trató de un caso de defensa propia. "Ahora sos uno de nosotros, ya vimos que tenés la onda, ya miramos que querés al barrio y que estás dispuesto a defenderlo", me dijeron varios pandilleros después del pleito. Aceptando que tengo un papel especial dentro de la pandilla, los pandilleros consideran que, a pesar de todo, necesito "tener la onda": estar siempre dispuesto a defender al barrio para que no sea invadido, no mostrar miedo ni a ser herido ni a participar en robos, fumar marihuana...

Campaña policial de enero 97

Ser pandillero y ser residente en un hogar del barrio me fue bastante útil para entender las actitudes de los pandilleros y de sus familias ante la campaña represiva del nuevo gobierno liberal en contra de las pandillas. A fines de enero de 1997, recién asumido el poder Arnoldo Alemán, la Policía Nacional inició una campaña de patrullaje en los barrios de Managua denominados "calientes" para detener a pandilleros. Después de varios años de presencia casi inexistente en estos barrios, la Policía aparecía en ellos rápidamente a cualquier hora del día o de la noche, cuando los llamaba la gente o cuando ellos decidían. Cada fin de semana llegaban varias patrullas a llevarse a borrachos y a pandilleros del barrio.

En el estilo de actuación de los pandilleros es muy característico el salir a enfrentar el peligro, lo que encaja dentro de la arraigada cultura machista, que idealiza el correr riesgos y el demostrar coraje públicamente y ante cualquiera. Cuando llegaba la Policía, todos los pandilleros salían gritando a su encuentro, tirando piedras y corriendo por todos lados. Las madres de los muchachos también salían, gritando y corriendo, pero no en contra de la Policía, sino tratando de detener a sus hijos pandilleros para encerrarlos dentro de sus casas.

No era sólo por el instinto maternal de protegerlos. Un pandillero capturado por la policía no sale de la cárcel antes de una, dos o tres semanas. Las madres deben llevarles a la prisión la comida y de lo que llevan, los policías siempre se quedan con una porción. A las madres de los pandilleros el apresamiento de sus hijos les sale demasiado caro: pierden tiempo, gastan en comida y gastan en transporte más o menos según en donde los metan presos . La familia puede también pagar una multa, que de 105 córdobas subió en este tiempo hasta 210, y con la que el pandillero queda libre en sólo tres días. Esta especie de fianza resulta muy cara a familias que sólo ingresan mensualmente como promedio unos 600 800 córdobas.

Ciertamente, el incremento de la presencia policial y el aumento de la multa han hecho que muchas familias tomen medidas con sus hijos pandilleros. Muchas familias los encierran con llave durante varios días para que no salgan. También los pandilleros dijeron haber reducido sus actividades a causa de la campaña policial. Sin embargo, después de varias semanas de inactividad relativa, la actividad delictiva de las pandillas comenzó de nuevo a recrudecer con ocasión de la Semana Santa. Los pandilleros tenían que conseguir dinero para pagar los tradicionales paseos a las playas.

Pronto se demostró que una campaña policial de este tipo puede tal vez resolver las cosas, pero sólo a corto plazo y no por mucho tiempo. La represión policial refuerza el ciclo de la violencia del que las pandillas son una pieza más. Las pandillas y la violencia que generan tienen un origen y motivaciones bien definidas, y mientras esto no se tome en cuenta, cualquier estrategia en contra del fenómeno de las pandillas estará destinada al fracaso.

Una organización casi militar

Tener una relación tan estrecha con una pandilla me permitió aprender mucho sobre las tácticas que asumen, lo que también ilumina aspectos importantes de sus raíces y de su durabilidad. Cuando se pelean, las pandillas actúan, esencialmente, con una organización casi militar en todos sus detalles. Se organizan en "compañías" que se protegen mutuamente, existe una reserva, se traza generalmente un plan de batalla con una estrategia, y los repliegues se desarrollan de manera muy ordenada. Las armas que lleva al combate cada individuo son suyas, pero los individuos armados son distribuidos dentro de las distintas compañías en función de su armamento, para equilibrar a todas las compañías, excepto cuando se necesita organizar un "comando de asalto" así lo llaman , con mucho poder de fuego y para un objetivo específico, como, por ejemplo, el de dañar al jefe de la pandilla enemiga.

Las armas que utilizan los pandilleros van desde sus propias manos desnudas y listas para el ataque hasta fusiles AK 47 y granadas de fragmentación. Generalmente, utilizan piedras, palos, tubos, puñales y morteros. Las armas de fuego ametralladoras o pistolas no son las más usuales en los pleitos entre pandillas y las utilizan sobre todo para asaltos o robos, a menos de que se trate de un pleito prolongado en el que cada enfrentamiento requiera de una escalada en el armamento que emplean ambos bandos, hasta que llegan al uso de armas de máxima potencialidad.

No es sólo por el desempleo

Las pandillas son un fenómeno social que se reproduce en el tiempo. En Nicaragua, empezaron a aparecer en torno a 1990. Sus integrantes eran jóvenes que habían participado en la guerra de los 80, que terminó aquel año, y todos conocían el uso de las armas por haber hecho el servicio militar. Pero los pandilleros de aquellas primeras pandillas de inicios de los 90 no son los pandilleros de hoy.

En mi barrio, cuando los pandilleros llegan a los 22 24 años, tienen dos alternativas. La primera es muy frecuente: "por accidente" fundan una familia y, para demostrar que son responsables, dejan de ser pandilleros. A partir de entonces, la mayoría de ellos viven habitualmente como desempleados. La segunda es entrar al mundo de la criminalidad "dura". La mayoría de los pandilleros sigue la primera ruta, pero un porcentaje significativo elige la segunda. En mi barrio, un 15 20% pasan a ser delincuentes de profesión. En estos años se ha demostrado que, de generación en generación de pandilleros, se ha dado un proceso de transmisión de conocimientos en la manipulación de armas, en las estrategias de combate y en el conocimiento militar.

Es importante entender esto, porque demuestra que las pandillas son mucho más que una respuesta al estímulo estructural que representa el extendido desempleo que padece Nicaragua. Naturalmente, el desempleo y la falta de oportunidades son factores importantes para explicar el fenómeno de las pandillas. Pero no basta esta explicación. Las pandillas son instituciones que tienen en cierta medida autonomía socio cultural y una capacidad de reproducción no ligada únicamente al contexto económico social. Y sus motivaciones van más allá que el ser espacios donde los jóvenes superan el aburrimiento de no tener nada mejor que hacer que provocar, molestar y atacar a los demás.

Los primeros pandilleros de los años 90, jóvenes que habían conocido la guerra, el peligro, la muerte y tantas otras formas de violencia, dicen que, después de las dramáticas experiencias que vivieron en las montañas, querían repetirlas de nuevo. Y sobre todo, querían readquirir el estatus social que les dio el ser militares aguerridos que, llenos de orgullo, estaban sirviendo a la patria.

Los pandilleros de hoy no conocieron la guerra ni hicieron el servicio militar. Pero coinciden con los de ayer en el deseo de alcanzar un estatus social de prestigio, en el marco de una situación nacional en la que se sienten como una generación perdida. Ellos mismos afirman que no tienen futuro, como tampoco tiene futuro Nicaragua. Sin trabajo, sin posibilidades de estudiar a pesar de lo que dice y ordena el gobierno, en nombre de la "autonomía escolar" las escuelas siguen exigiendo el pago obligatorio de mensualidades supuestamente voluntarias que no están al alcance de la mayoría de las familias , sin respetabilidad social, la única opción que tienen estos jóvenes para crearse su propio papel social es afirmar su presencia a través de una pandilla que asalta, pelea y ejerce la violencia. Ese es su papel y su misión: ellos se ven a sí mismos como los defensores de su barrio, y ese deber les da derecho a atacar a los de afuera que se atrevan a penetrar en su barrio.

La identidad está en el barrio

Durante esta década, el sentimiento de identidad se ha localizado mucho. La pandilla de mi barrio se identifica bastante con el barrio de los años del somocismo, cuando el barrio de sus padres era un barrio marginal y sumamente peligroso. "Los que vivían aquí antes sí que eran dañinos. Se les tenía respeto. Nadie entraba aquí, nadie. Vos entrabas de pie por un lado y salías por el otro lado en un cajón. Antes, hasta la Guardia tenía miedo de entrar aquí", me dijo una vez uno de mis amigos pandilleros. El barrio fue teatro de enfrentamientos muy violentos durante la insurrección antisomocista y la aviación de la Guardia lo bombardeó varias veces. Hoy, este barrio no tiene nada de especial y es uno más entre cientos de otros barrios similares en Managua.

No fue el caso durante el sandinismo, cuando el barrio se benefició del programa urbano que el gobierno revolucionario organizó a inicios de los años 80. El barrio fue reconstruido totalmente. Y nadie en el barrio me permite olvidar estos hechos, que lamentablemente fueron logros de corto plazo. Desde mediados de los años 80 el barrio quedó sin mantenimiento y hoy funciona una sola luz en las calles, los espacios públicos se han convertido en basureros y las casas se están derrumbando. Al mismo tiempo, como los ingresos de todas las familias han caído drásticamente, la mayoría de las familias tampoco puede dar mantenimiento a lo suyo.

Desde 1984 85, la historia del barrio ha sido la de un lento fracaso, la de una agonía prolongada. Los pandilleros de hoy sueñan con épocas pasadas, cuando a su barrio se le tenía respeto. Por todos lados, dentro y fuera del barrio, aparecen pintas (graffitis) con el nombre pre revolucionario que tuvo el barrio. Esta anhelante búsqueda de identidad está íntimamente ligada con el vacío de otros papeles sociales significativos y permite suponer que si uno pudiera canalizar las energías y los sueños de los pandilleros hacia otras actividades, tal vez lograrían encontrar lo que están buscando.

¿Qué quisieran hacer?

Cuando pregunté a los pandilleros qué tipo de actividades les parecerían de interés y utilidad, me contestaron que quisieran hacer algo concreto, de beneficio para ellos y para su barrio, algo en lo que trabajar juntos. Construir, por ejemplo, un parqueo con una cancha de baloncesto, que después ellos mismos se encargarían de cuidar. Quieren algo con lo que poder identificarse y donde trabajar colectivamente.

Esta respuesta refleja algo importante a tener en cuenta cuando se analiza el fenómeno social de las pandillas. Estas deben de ser consideradas como colectivos, como comunidades, y no solamente como agrupaciones yuxtapuestas sin orden ni concierto. Dentro de mi barrio, se puede afirmar que la pandilla es el único ejemplo de organización de solidaridad cooperativa, porque aun las familias están muy fragmentadas. La familia con la que vivo, por ejemplo, está dividida en tres grupos distintos, que sobreviven con ingresos diferentes, que nunca comparten entre ellos.

Los pandilleros subrayan la importancia de la solidaridad dentro de la pandilla con la misma fuerza con la que lamentan la atomización de la comunidad. Señalan que un pandillero tiene responsabilidades. Una de ellas resulta obvia a cualquier observador: una pandilla nunca deja a uno de sus miembros en el "campo de batalla". Sea cual sea el peligro, si hay un pandillero herido, otros lo rescatarán antes de replegarse. Naturalmente, esto ocurre por la lógica que tienen los pleitos, en que el objetivo es capturar a los miembros con características especiales de la pandilla adversa, pero resulta también un signo de la actitud solidaria que se genera entre los pandilleros.

¿Solidaridad heredada del sandinismo?

Los pandilleros de mi barrio afirman que esa solidaridad con la que se ayudan entre ellos y con la que cuidan a su barrio viene del sandinismo. Se ven a sí mismos como los herederos del sandinismo y de sus valores de solidaridad y de trabajo colectivo. Durante las elecciones de octubre de 1996, los pandilleros distribuyeron propaganda del FSLN por el barrio y colocaron banderas y afiches rojinegros por las calles cuando se anunció que Daniel Ortega, candidato presidencial del FSLN, iba a llegar.

Un 100% de los pandilleros de mi barrio son sandinistas. Ciertamente, esto influye en su ideología solidaria. Sin embargo, los recuerdos que la mayoría de estos pandilleros conservan de la época sandinista son muy imprecisos, porque eran muy jóvenes en aquellos años. Es probable que su sandinismo lo hayan recibido en herencia de la primera generación de pandilleros, que hicieron el servicio militar.

Predomina en los actuales pandilleros una idealización y una mitificación del pasado, incluida la glorificación de la historia del barrio antes de que fuera reconstruido por el gobierno sandinista, a pesar de que en aquel entonces el barrio era uno de los asentamientos más míseros de Managua. Y es que las pandillas se caracterizan por su sentido de territorialidad. Cada pandilla se identifica con su barrio y lo ve como su territorio. Operan también en otros barrios, pero no tienen la misma actitud con relación a esos barrios que la que mantienen con su barrio de origen. Se puede decir que, al menos con su barrio, los pandilleros tienen una conciencia o sentimiento de responsabilidad social.

Durante una "guerra" contra la pandilla de un barrio vecino, mis amigos organizaron una tregua "para las casas", que estaban sufriendo bastante por el cruce de morterazos entre ambos bandos. Las dos pandillas llegaron a un arreglo y trasladaron su guerra a un terreno neutral entre los dos barrios, lejano a las casas. Un sentido de cooperación así, entre pandillas supuestamente enemigas, no debe sorprender. Muchas veces, las mismas pandillas que se peleaban ayer se juntan hoy para atacar a otra pandilla y, aunque se trata de alianzas efímeras, no dejan de ser significativas.

Pandilleros: los que "tienen la onda"

En mi barrio hay más o menos cien pandilleros. Todos son varones en varias pandillas de Managua también hay mujeres . Entre 1990 y 1995, el número de pandilleros creció año tras año, pero desde entonces no ha crecido ni ha menguado. No todos los jóvenes de un barrio se meten dentro de la pandilla. En mi barrio viven unas 3 mil personas unos 750 son jóvenes varones y 100 de ellos son pandilleros.

¿Por qué algunos jóvenes se hacen pandilleros y otros no? La explicación que dan los pandilleros es que unos "tienen la onda" y otros no la tienen. La "onda" es el puro gusto, la atracción por la delincuencia, un estilo al vestirse ponerse las camisetas al revés, por ejemplo o un estilo al hablar hablar pronunciando las palabras con las sílabas al revés, con lo que uno es "nitua" en vez de "tuani" ... "Tener la onda" es también una actitud, un sentido del humor, como lo demuestra un asalto que realizaron los pandilleros de mi barrio. Un diplomático los pandilleros de mi barrio lo reconocieron por las placas de su auto llegó al barrio vecino a comprar drogas en una calle muy conocida por esa venta. Al salir, los pandilleros lo estaban esperando con AK 47. Le robaron su dinero 200 dólares , sus anillos, su reloj, su camisa y sus zapatos. Pero decidieron respetarlo dejándole "lo mejor": su carro y sus drogas...

"Tener la onda" es más que robar, drogarse o andar de vago... Es también tener una "nota": sentir la pertenencia al barrio y la identificación con los demás pandilleros. Los pandilleros no sólo se ayudan mutuamente, sino que confían mucho unos en otros, confianza que es un valor, por ser cada vez más escasa en el contexto de crisis de la Nicaragua de hoy. En parte, esta confianza y esta lealtad son una reacción a la estigmatización social que sufre el pandillero. Aunque en mi barrio, este estigma es ambiguo, porque los habitantes del barrio aunque critican a los pandilleros, no dejan de reconocer que son ellos quienes protegen y cuidan al barrio.

¿Quiénes se hacen pandilleros?

No existe una clara correlación entre la situación socioeconómica de las familias de los pandilleros y su pertenencia a la pandilla. A pesar de que existe bastante diferenciación social dentro del barrio, los pandilleros no son mecánicamente los jóvenes de los estratos más pobres, a pesar de que el motivo económico es siempre una motivación importante para hacerse pandillero.

Con sus asaltos, sus robos y sus "bisnes", los pandilleros pueden obtener mucho dinero. Lo utilizan para comprar pega para inhalar, marihuana para fumar, licor para emborracharse y cargas para su mortero o balas para su arma, puñales y ropa especialmente zapatos o gorras Nike . También comida. El promedio mensual de gastos de un pandillero ronda entre 200 y 400 córdobas. (20 40 dólares). Nunca ahorran dinero. Lo buscan cuando lo necesitan. No lo comparten con su familia, pero a veces sí con sus compañeros de pandilla.

Tampoco se puede afirmar que los pandilleros provengan de familias con historiales problemáticos fragmentadas con escenas de violencia doméstica, etc. . El único indicador sistemático que he podido observar es que la inmensa mayoría de los jóvenes que provienen de familias evangélicas no se integran a las pandillas.

Esto puede deberse a la ideología evangélica, opuesta a algunas de las actividades de los pandilleros: beber o fumar. También puede ser porque las iglesias evangélicas, tan organizadas, juegan un papel social comparable al de las pandillas: ambas son instituciones de referencia que ofrecen a los individuos códigos de conducta grupales y sólidos dentro de un contexto nacional donde muchas de las referencias sociales se han transformado o han desaparecido. Dentro de un contexto de cambio, de inseguridad generalizada, lleno de referentes efímeros, tanto las pandillas como las iglesias evangélicas, representan un esfuerzo para construir un espacio social con reglas definidas, donde los jóvenes puedan sentirse parte de un grupo con identidad social.

Este contexto de inseguridad y de precariedad característico de la situación de Nicaragua es el espacio social donde se ubican los pandilleros. Las pandillas son socialmente estructurantes y estructuradas. Aunque dentro del espacio social que ellas constituyen emergen nuevos valores, nuevas significaciones, nuevas prácticas, nuevas relaciones y tipos de relaciones, esas pandillas están ubicadas, y de manera subordinada, en un espacio social más amplio, que también marca la identidad de los pandilleros. Este espacio más amplio es el espacio nacional, en crisis. Los pandilleros tienen que edificar su identidad en ambos espacios. Y por eso, todas sus acciones reflejan, tanto el orden ya establecido, como el orden que ellos logran establecer en su pandilla.

Expresión de una cultura machista

En un contexto social en el que la violencia es la norma, ¿puede sorprender que los pandilleros se caractericen por acentuar ese rasgo social? En un contexto donde la fuerza es la que da estatus, la manera de superar a los más fuertes es procurarse un arma. La vía violenta que siguen los pandilleros no puede sorprender en un país donde existe una cultura de violencia. Es indudable que la historia de Nicaragua está impregnada de violencia. Desde la conquista española, la violencia ha estado omnipresente en Nicaragua y esto ha afectado todas las formas de organización de la vida.

Los niveles de violencia dentro del hogar son también muy altos y la violencia resulta la vía privilegiada para resolver todo tipo de conflictos en un marco cultural machista. Las pandillas se pueden analizar también como una cristalización del machismo nicaragüense, por la actitud que tienen los pandilleros ante el peligro, porque privilegian la violencia como expresión social, por el componente casi exclusivamente varonil de la pandilla, por su manera de relacionarse con las mujeres... Las pandillas y su violencia no son fenómenos en el aire. Tienen una lógica dentro de su propio espacio social y dentro del espacio social que constituye la sociedad nicaragüense. Son la forma que adoptan los jóvenes para imponerse a una sociedad que los excluye.

Una lógica incierta y cambiante

A pesar de todo, no debe buscarse en las pandillas una lógica perfecta. La explicación convencional del comportamiento individual sea en la economía, la sociología o en otras disciplinas de las ciencias sociales se funda alrededor del concepto de que las acciones humanas son el producto de una racionalidad basada en la consideración que hacen los individuos de los distintos medios, fines y causalidades que tienen a mano y que conducen de uno a otra. Pero muchas veces no es tan fácil identificar estas piezas porque las opciones que uno tiene a mano son opacas e indeterminadas.

La ambigüedad inherente a la condición humana incrementada en el contexto caótico y anárquico de la Nicaragua de hoy provoca que la gente tal vez no sepa lo que está haciendo o no sepa quizás el efecto que tendrá lo que está haciendo. No se trata de que las acciones de la gente no sean racionales, pero su lógica no llega a ser nunca una lógica sistemática. La gente no está tan segura ni de sí misma ni del mundo dentro del que está viviendo, como las ciencias sociales sostienen con frecuencia.

El mundo no es inmóvil, siempre está cambiando, y por eso la vida de la gente se debe considerar siempre como un proceso anárquico en cambio. La interacción humana, que ya es ambigua por el hecho de que la comunicación entre humanos pivote de la interacción social es ambigua en cualquiera de sus manifestaciones, necesita de una permanente interpretación. Y es por eso que serán necesarias muchas más experiencias y mucho más tiempo para que el antropólogo entienda al pandillero.

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