Envío Digital
 

Revista Envío
Edificio Nitlapán,
2do. piso
Universidad Centroamericana
UCA

Apartado A-194
Managua, Nicaragua

Teléfono:
(505) 22782557

Fax:
(505) 22781402

Email:
info@envio.org.ni

Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 280 | Julio 2005
Inicio Escribanos Archivo Suscribase

Anuncio

América Latina

Construir ciudadanía: un reto de la comunicación

La construcción de ciudadanía es una opción indispensable para garantizar la democracia y asegurar el desarrollo. Es una tarea de los medios de comunicación, de la radio, que sigue siendo el más popular de los medios. ¿Cuáles son los valores ciudadanos? ¿Cuáles los principales déficits que tenemos si aceptamos este reto?

José Ignacio López Vigil

Fue en Londres, durante una reunión del Consejo de Administración Internacional de AMARC, cuando utilizamos abiertamente y por primera vez el concepto de radio ciudadana.

—¿Usted quiere cambiar el nombre de nuestra organización? -se consternó la Presidenta-. Nosotros nos llamamos Asociación Mundial de Radios Comunitarias.
—Pero con la misma C de comunitarias -traté de seducir- podemos escribir ciudadanas.
—Eso de ciudadanas... -decía un directivo anglosajón- suena a citizen band, los canales de onda corta de la llamada banda ciudadana.
—Nada de eso. Nos referimos a una concepción nueva, no a un soporte técnico.
—Lo que pasa es que ustedes, los latinoamericanos, siempre andan buscando cinco pies al gato.
—Lo que pasa es que las palabras -insistí con terquedad de neoconverso- se gastan como las monedas. Se devalúan. Así ha pasado, al menos en nuestro continente, con los diferentes adjetivos empleados para caracterizar a las radios “de servicio al público” en este medio siglo de experiencias.

Con Radio Sutatenza se estrenó el concepto de radio educativa. Luego, al calor de las ideas de Paulo Freire, se posicionó el de radio popular. En Bolivia, se habían desarrollado las radios sindicales, sostenidas por los trabajadores mineros. Corrieron los años y nacieron, en una matriz laica y gracias a la baratura de los equipos de FM, otras radios en el paisaje latinoamericano. En Brasil, se llamaron radios libres, subrayando que no se sometían a la mordaza de la dictadura militar. En Centroamérica, después de ser rebeldes y enmontañadas, prefirieron denominarse participativas, cansadas de tantas décadas de autoritarismo y silencio. En el Cono Sur comenzaron a conocerse como radios comunitarias, tal vez para conjurar el anonimato de las grandes ciudades o la falta de otros referentes colectivos. No faltó un teórico listo que quiso sintetizar estos conceptos en uno solo: radios alternativas, aquellas que quieren una comunicación diferente.

RADIOS EDUCATIVAS, POPULARES,
PARTICIPATIVAS, LIBRES, COMUNITARIAS...

Todas estas denominaciones fueron y son adecuadas, porque bajo diferentes acentos aparece el mismo compromiso de poner las ondas de radio al servicio de la gente, el desafío de democratizar la palabra para democratizar la sociedad. Pero también es cierto que estas nobles palabras se han ido gastando. Por ejemplo, ¿qué suena en su oreja si yo le invito a escuchar un programa educativo? Seguramente, piensa en maestros y pupitres, y sospecha que se aburrirá. Y sin embargo, este espacio debería ser tan alegre y sensual como cualquier otro de simple entretenimiento. La palabra educativa es válida si se entiende bien. Pero es muy probable que los oyentes no la capten como nosotros quisiéramos.

¿Y radio popular? Sagrada es la palabra pueblo, tanto que los antiguos filósofos hacían equivalente la voz del pueblo a la de Dios. A pesar de ello, y a la luz de los muros caídos, lo popular tiene hoy un tinte ideológico inseparable. Tiene algo más: ¿qué piensa usted si la invito a comer en un comedor popular o le regalo unos zapatos populares? Lo popular, desgraciadamente, se ha ido equiparando con lo de segunda clase, lo de mala calidad.

¿Y radio comunitaria? Construir comunidad, superar el egoísmo, ¿qué propósito más humano que éste? Comunicación y comunitario tienen la misma generosa raíz. Pero en muchos de nuestros países, comunitario se limita a lo campesino, a lo rural. Y resulta que 7 de cada 10 latinoamericanos y latinoamericanas viven hoy en ciudades. Comunitario
-especialmente en las cabezas de empresarios con hambre monopólica- sugiere lo pequeño, hasta lo marginal. Por eso, las leyes de telecomunicaciones ofrecen potencias mínimas a las emisoras privadas sin fines de lucro. Que se conformen con eso, dicen, puesto que son comunitarias.

¿Y qué pasa con lo de radios libres? Nada más adecuado por su referencia a la libertad de expresión. Pero la palabra también se exageró y hoy, en muchas mentes, sugiere anarquía y libertinaje en el dial.

¿Y alternativas? Bien comprendida, esta palabra propone romper la rutina de tantas radios convertidas en simples repetidoras de las cadenas informativas o de las casas disqueras. Pero algunas prácticas elitistas la han traducido como un modelo de comunicación distante de los gustos masivos. Conocí una emisora alternativa que programaba ópera en medio de la selva amazónica -tal vez imitando a Caruso en Manaus- por aquello de ser diferentes. Tanto se desgastó la palabra alternativa que en su discurso durante la V Asamblea Mundial de AMARC en Oaxtepec, México (1992), el comunicador peruano Rafael Roncagliolo prefirió jugar con ella y hablar de radios alterativas, porque de zarandear injusticias se trata.

¿Con qué apellido nos quedaremos, entonces? Con todos. Todos ellos muestran aspectos valiosos del quehacer radiofónico. Todas las palabras, como en un calidoscopio, ofrecen brillos complementarios. Aprovechemos todas ellas según el contexto en el que trabajamos y según la oportunidad para establecer alianzas. Y añadamos una más, un adjetivo que aparece con fuerza en nuestro horizonte comunicacional: radios ciudadanas.

Argumenté todo esto en Londres. Pero de nada valió. La discusión seguía.
—Eso de Radios Ciudadanas no sirve -esgrimió una directiva suiza-. Deja fuera a los migrantes.
—No, estás confundiendo las cosas. Nosotros hablamos de una ciudadanía global.
—No se cambia -sentenció la Presidenta-. Nos llamamos como nos llamamos. Y sigamos con la agenda.

Ante la negativa del Consejo de Administración, en América Latina adoptamos la solución salomónica de seguir trabajando con los dos nombres: comunitarias y ciudadanas.

¿Que el hábito no hace al monje ni el apellido a la radio? De acuerdo. No vamos a pelear por palabras porque, al final y al principio, lo que cuenta es la programación que ofrezca la emisora. Aunque, a veces, estrenar lenguaje estimula nuevas ideas y recarga el entusiasmo. Como cuando la persona amada te llama “amor mío” por primera vez y te sientes renacer.

CIUDADANÍA: UN TRIPLE ERROR

Hablar de radios ciudadanas puede llevar a varias confusiones. La primera, pensar en radios urbanas, emisoras instaladas en ciudades. De esta manera, estaríamos excluyendo al campesinado. Es cierto que la ciudadanía es un concepto construido en la ciudad. Pero la condición ciudadana no depende del lugar donde vivas, sea en “el interior” o en la urbe, sea en tierra firme o en alta mar. Tan ciudadanos son los campesinos como los citadinos, quienes viven en un barrio marginal o en el centro de la gran metrópolis.

Otro error frecuente es vincular ciudadanía con edad. En algunos países, te dan la cédula de identidad a los 18 años. Como ya eres mayor de edad, puedes elegir y ser elegido. Pero una ficha emplasticada no hace la ciudadanía, entre otras razones, porque mucha gente no tiene siquiera ese certificado. En Perú, fruto de la exclusión, la mitad de las mujeres rurales no dispone de documento de identidad. La condición ciudadana no pasa por la edad. Los niños y niñas son tan ciudadanos como los adultos. Muchas Constituciones latinoamericanas ya reconocen expresamente la ciudadanía infantil. Y una radio de audiencia abierta tiene que tomar en cuenta todas las edades, desde los chiquitos hasta los adultos mayores.

La tercera y más peligrosa confusión es limitar el significado de ciudadanía a las fronteras nacionales. Si nazco en México soy ciudadana mexicana. Y si nazco en Chile, chileno. Me caso con un sueco y me hago ciudadana sueca. Me voy a vivir al Perú y como soy español saco la doble nacionalidad. Conozco un amigo que colecciona pasaportes, como postalitas. Ya tiene de cinco países.

En realidad, el concepto de ciudadanía se ha ido ensanchando a lo largo del tiempo y el espacio. Los griegos hablaban de la polis y los latinos de la cívitas. Ambos términos significan ciudad. Pero esa ciudad, más que el territorio físico donde estaban construidas las casas privadas y los edificios públicos de Atenas o de Roma, se refería a un estatus, una categoría social de la que gozaban determinadas personas, los habitantes “por derecho” de la ciudad.

Con la formación de los Estados modernos, este primer significado de ciudadanía se amplió. Los hombres y mujeres dejaron de ser ciudadanos de una ciudad y pasaron a ser ciudadanos de un Estado-nación. Transitaron de la ciudadanía citadina a la ciudadanía nacional. Se es ciudadano de un país, no de una urbe. De esta manera, la palabra ciudadanía se ha vuelto sinónima de nacionalidad. Estoy inscrito en un Estado, tengo un documento que lo acredita, tengo un pasaporte que lo garantiza cuando viajo o me instalo en otra nación. Las fronteras nacionales marcan los límites de la ciudadanía.

UNA CIUDADANÍA GLOBAL:
ES HORA DE CUESTIONAR LOS MAPAS POLÍTICOS

La Enciclopedia Británica define la ciudadanía como la relación entre un individuo y el Estado del que es miembro, definida por la ley de ese Estado, con los correspondientes derechos y obligaciones. La ciudadanía es, pues, el vínculo jurídico que liga a un individuo con el Estado del que es miembro y, por tanto, la condición jurídica que le habilita para participar plenamente en sus decisiones, a través del derecho de voto y de la posibilidad de ser elegido para cargos públicos. En ésta su más básica definición, ciudadanía es prácticamente equivalente a nacionalidad. De hecho, en algunos países ambas condiciones se expresan con un mismo término: citizenship. Así, ciudadano es prácticamente sinónimo de nacional.

Pero el concepto de Estado-nación está hecho pedazos. ¿Qué significa pertenecer a la República Dominicana si la segunda ciudad de este país, después de Santo Domingo, es New York? En estos últimos años ha migrado a España un millón de ecuatorianos y ecuatorianas. Trabajan, comen y procrean en suelo español. ¿De qué nación son, que himno deben cantar? En estos tiempos transnacionales, Microsoft o Nestlé manejan más presupuesto y deciden más políticas que el gobierno de Guatemala o de Ecuador. En el futuro, ¿seremos ciudadanos de la Nestlé? ¿Juraremos ante la bandera virtual de Bill Gates?

La globalización ha relativizado los nacionalismos y quizás esto nos ayude a ampliar el concepto de ciudadanía. ¿Cómo se decidieron las fronteras de los actuales Estados? ¿Quién le arrebató a México la mitad de su territorio? ¿A qué nación pertenecen Texas, California, Colorado, Arizona, Utah, Nevada y el estado al que, irónicamente, siguen llamando Nuevo México? ¿Cuándo se establecieron los actuales límites del territorio panameño? ¿Por qué Bolivia se quedó sin mar? Y Puerto Rico, ¿qué soberanía tiene? Fijémonos en las fronteras de los países africanos. Son líneas trazadas con escuadra en los escritorios de las naciones coloniales. Y yendo un poco más atrás, ¿no fue el Papa Alejandro VI quien marcó una raya imaginaria y dividió la América recién conquistada como quien parte un pollo, oriente para Portugal, occidente para España? Por aquella arbitrariedad, ¿nos consideraremos ciudadanos de Brasil o de los otros países de América Latina?

Es hora de cuestionar los mapas políticos, los que dibujan con distintos colores a los distintos países, y soñar una ciudadanía planetaria. Una ciudadanía que trascienda las cambiantes y tantas veces indignantes fronteras que sólo han servido para dividir a los pueblos. Hayas nacido donde hayas nacido y vivas donde vivas, eres ciudadano y ciudadana del Planeta Tierra.

Esta visión universalista, internacionalista, se aplica también a las emisoras. Una radio con vocación ciudadana tomará tan en cuenta a los nacionales como a los extranjeros y migrantes, a los que no son de aquí ni son de allá, como dice la canción. Lo contrario promovería un peligroso chauvinismo.
En resumen, las radios ciudadanas no se definen por el lugar donde están instalados sus equipos y sus cabinas. Ni por la edad de sus públicos. Ni por una visión nacionalista estrecha. Estas emisoras asumen un concepto amplio, revolucionario, indispensable, de ciudadanía global.

LA LIBERTAD, QUE SE ESCRIBE EN PLURAL

¿Qué es, en definitiva, la ciudadanía? La mejor definición la encontraremos en el artículo primero de la Declaración Universal de Derechos Humanos: Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derecho y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros. Este texto debería escribirse con letras de oro en los juzgados y en las oficinas públicas, en los cuarteles y en las iglesias, en los parques, hasta en la puerta de los dormitorios. Y también en las emisoras.

Ciudadanía es libertad. Ciudadanía es un estatus de mujeres y hombres libres. Es un rango, un sello indeleble, un atributo, una esencia.

¿En qué nos diferenciamos de los animales? También ellos tienen emociones, se aman, se comunican, viven en grupo y cooperan. Los animales son sabios, cada uno en su especie. La diferencia con ellos está en nuestra conciencia, ese desdoblamiento conseguido en el cerebro nuevo, el neocórtex, que posibilita el conocimiento subjetivo, trascendiendo el instinto, y que nos hace libres. Por eso, nuestra especie duplica su nombre y somos Homo sapiens sapiens: quienes saben que saben.

La libertad es la máxima conquista del ser humano a través de milenios de evolución. Hicieron falta casi cuatro millones de años, desde aquellas huellas impresas sobre las cenizas volcánicas de Laetoli, para emanciparnos de la tiranía de los genes y alcanzar la capacidad de tomar decisiones libres.

Nacemos libres. Esta libertad no la concede el Estado ni es regalo de nuestros padres. Somos libres. Intrínsecamente libres. La prerrogativa de la libertad es lo más humano de lo humano. Todo lo que se diga sobre ciudadanía es consecuencia de este supremo valor. Ahora bien, para que no quede como un nombre “escrito en las paredes de mi ciudad”, debemos concretar el contenido de eso que llamamos libertad.

La libertad se escribe en plural, se traduce en libertades. Sin pretender definiciones académicas, la libertad consiste en el disfrute a plenitud de todos los derechos humanos. ¿Cuáles son esos derechos? En la Declaración Universal aparecen 30 básicos. Por suerte, el sociólogo británico T. S. Marshall, allá por los años 50, abrió el concepto de ciudadanía y englobó en ella tres familias de derechos: los civiles, decisivos para el ejercicio de las libertades individuales; los políticos, indispensables para la plena participación en los asuntos públicos; y los socio-económicos, relacionados con el bienestar y la seguridad de la vida. Todos estos derechos, individuales y colectivos, así como los culturales, están recogidos en la Carta Internacional de los Derechos Humanos.

LIBERTADES QUE SON DERECHOS

Después de la Declaración Universal, se firmó el Pacto Internacional sobre Derechos Civiles y Políticos (libertad de circulación, la igualdad ante la ley, derecho a un juicio imparcial y la presunción de inocencia, libertad de pensamiento, conciencia, religión, expresión y opinión, derecho de reunión pacífica, libertad de asociación y de participación en la vida pública, en las elecciones, protección de los derechos de las minorías, prohibición de la privación arbitraria de la vida, las torturas y los tratos o penas crueles o degradantes, la esclavitud o el trabajo forzado, el arresto o detención arbitrarios y la injerencia arbitraria en la vida privada, la propaganda bélica y la instigación al odio racial o religioso) y el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (derecho al trabajo en condiciones justas y favorables, derecho a la seguridad social, a un nivel de vida adecuado y a los niveles más altos posibles de bienestar físico y mental, derecho a la educación y el disfrute de los beneficios de la libertad cultural y el progreso científico). Todos estos documentos y sus protocolos opcionales conforman la Carta Internacional de los Derechos Humanos. Estos Pactos fueron establecidos el 16 de diciembre de 1966 e imparten obligatoriedad jurídica a los derechos proclamados por la Declaración.

Nuevos derechos, los llamados de la tercera generación, se fueron reconociendo después. El derecho al desarrollo y a la autodeterminación. El derecho a un ambiente sano y a la paz. Y otros, más novedosos todavía, se suman a la lista. Los derechos de los pueblos indígenas. Los derechos de los consumidores. Los derechos sexuales y los derechos reproductivos de mujeres y hombres y los derechos de los homosexuales. El acceso a las nuevas tecnologías de información y comunicación, “el derecho universal a internet”. Y también, un derecho que suena raro y que hoy se ha vuelto apremiante: la democratización del espectro electromagnético de manera que todos los sectores de la sociedad civil -no solamente las empresas con fines de lucro- administren canales de radio y de televisión.

LA IGUALDAD:
¿CUÁNTAS DISCRIMINACIONES PERSISTEN?

La ciudadanía es ese estatus de libertad, de libertades. ¿Quiénes lo poseen? ¿Quiénes son los titulares de los derechos mencionados? Los seres humanos, todas y todos. La ciudadanía es tan universal como la misma Humanidad.

Esta universalidad ha sido una conquista larga, difícil y abonada con ríos de sangre. La Revolución Francesa proclamó Los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Cuando un grupo de mujeres valientes se atrevió a exigir igualdad de derechos, los ilustres revolucionarios se alarmaron. ¿No había explicado el filósofo Rousseau que las tareas de la mujer se reducen a la esfera doméstica? Son de él estas palabras:

La educación de la mujer habrá de ser organizada con relación al hombre. Para ser agradable a su vista, para conquistar su respeto y amor, para educarlo durante su infancia, cuidarlo durante su madurez, aconsejarle y consolarle, hacer su vida agradable y feliz; tales son los deberes de la mujer en todo momento, y esto es lo que hay que enseñarle cuando es joven.

En 1793, Olympe de Gouges, en el colmo de la osadía, redactó Los Derechos de la Mujer y la Ciudadana. La hicieron subir al cadalso acusada de sabotear a la naciente República. El mismo año, Jean Marie Roland, otra revolucionaria feminista, corrió la misma suerte. Antes de que le cortaran la cabeza, dijo su famosa frase: Libertad, ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!

Para los revolucionarios franceses, las mujeres, los esclavos y los negros no tenían derechos ni carta de ciudadanía. Otro tanto había ocurrido en la democrática Grecia y en la leguleya Roma. No todos los habitantes de la ciudad eran ciudadanos. Ese estatus estaba limitado a los varones propietarios. Solamente éstos tenían derecho a participar en “la cosa pública” dado que eran ellos quienes la sostenían, económica o militarmente. Extranjeros, mujeres, niños y niñas, sirvientes y esclavos, no calificaban como ciudadanos.

¿Y ahora, en los albores del siglo 21? Hoy en día, al menos teóricamente, estas discriminaciones absurdas se han superado. Se afirma que todo ser humano es titular de la totalidad de los derechos. Éstos se llaman humanos, precisamente, porque toda persona, por el sólo hecho de haber nacido, debe disfrutar de los mismos.

En la práctica, estamos a años luz de lograr tal igualdad. El mundo en que vivimos es insultantemente injusto. 447 multimillonarios acumulan una fortuna mayor que el ingreso anual de la mitad de la Humanidad. Tres de cada cuatro seres humanos viven en países “en vías de subdesarrollo”. La mayoría de ellos, carece de agua potable, de viviendas adecuadas, de hospitales, de escuelas. Subsisten con dos dólares diarios, con un dólar diario. ¿Ciudadanos de tercera clase? Ni siquiera eso. Excluidos y excluidas. No están abajo. Están fuera, que es peor.

Quien pasa hambre no es libre. A los desempleados, a las sin techo, a los sin tierra, los ninguneados de siempre, las humilladas, los silenciados, los indocumentados, las invisibles, les han arrebatado la ciudadanía. Porque como bien explica el investigador peruano Sinesio López, un derecho existe en la medida en que el Estado lo garantiza.

LA FRATERNIDAD,
QUE ES CÁLIDA, COMO LA SANGRE

Nacemos libres en una comunidad de mujeres y hombres libres. Pertenecemos a esa comunidad. Una comunidad que, como las ondas del lago, se va agrandando de la familia al barrio, del barrio a la ciudad, a la nación y al mundo. Una comunidad fraterna (o sorora, si preferimos el término femenino) porque sus miembros comparten la misma dignidad como personas es una comunidad política. Es decir, organizada a través de leyes e instituciones para garantizar los derechos de todos sus miembros. Una comunidad que funciona porque hay un pacto social, un compromiso colectivo para respetar ese ordenamiento jurídico.

Ciudadanía es pertenecer por derecho a esa comunidad de derechos. Ahora bien, como éstos son universales, no pueden ser ilimitados. Mi derecho termina donde comienza el de la otra persona.

Ciudadanía es ser sujeto de derechos y también de obligaciones. Éstos y éstas son dos caras de la misma moneda, no pueden concebirse por separado. El derecho de Juan es la obligación de Juana, el derecho de Juana es la obligación de Juan. Para armonizar los intereses de la comunidad y sus naturales conflictos nos hemos dado una estructura -el Estado- que favorece las relaciones entre todos los integrantes y protege a los más débiles. La misión del Estado y de quienes lo administran se resume en llevar a la práctica el principio de la igualdad radical de todos los seres humanos. Esto es lo que se llama el bien común. Ahora se habla mucho de tolerancia. En un mundo tan violento como el que estamos viviendo, ya es un gran paso el respeto mutuo entre los miembros de una comunidad política. Benito Juárez decía, con razón, que ese respeto del derecho ajeno garantiza la paz.

Pero la tolerancia es fría. Yo cumplo mis obligaciones y espero que el otro haga lo mismo. No discrimino, pero tampoco me involucro en las necesidades del prójimo. No comprometo mi subjetividad, no me duelen las entrañas, como dirían los profetas bíblicos, viendo los desequilibrios del mundo. La tolerancia es pasiva. A nivel intelectual, estoy en contra del hambre y la guerra. Pero no hago nada para cambiar esta situación. Ése no es mi problema.

La fraternidad es otra cosa. La hermandad entre los seres humanos va mucho más allá de la tolerancia. La fraternidad es caliente como la sangre. Es activa, proactiva, se compromete no sólo a cumplir sino a hacer cumplir, no sólo a respetar sino a luchar para que los Derechos Humanos no sean privilegio de un puñadito, sino una conquista disfrutada por toda la Humanidad. El Che alentaba a sus hijos a sentir como propia cualquier injusticia que se cometa contra cualquier ser humano en cualquier parte del mundo.

MÁS QUE DE DEBERES,
HABLEMOS DE RESPONSABILIDADES

La solidaridad es un apodo de esa fraternidad universal a la que se refiere el artículo primero de la Declaración. Es hermosa la etimología de esta palabra: viene de sólido, de suelo, de apegado a la tierra. La solidaridad no es un compromiso volátil ni se desmorona ante las adversidades. Los miembros de la comunidad están fuertemente ligados, se dan la mano porque comparten un destino común, se mancomunan.

Tal vez, más que de deberes u obligaciones, deberíamos hablar de responsabilidades. Si tú eres mi hermana, si de veras te siento como mi hermano, yo respondo por ti. Tengo una responsabilidad hacia ti. Y confío en que tú también saques la cara por mí cuando sea necesario. Si los seres humanos formamos una única familia, somos responsables todos de todos. La solidaridad es global o no es.

Derechos y responsabilidades compartidos, en eso radica la visión ciudadana. Promoverla, desarrollar esta cultura de la fraternidad, es el desafío más alto de cualquier proceso educativo. Y la exigencia más básica de todo medio de comunicación social.

DIEZ FORMAS DE DISCRIMINAR:
SOMOS “ALTEROFÓBICOS”

Si en el artículo 1 de la Declaración Universal aparecen los tres grandes valores -libertad, igualdad y fraternidad- que deben regir la vida humana y orientar la programación de una radio ciudadana, en el artículo 2 se reitera la universalidad de los derechos que emanan de dichos principios y se especifican las más frecuentes discriminaciones que atentan contra ellos: Toda persona tiene los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de etnia, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento u otra condición.

La verdad es que somos alterofóbicos. Esto significa que, en vez de gustarnos, nos espantan las diferencias. Sentimos rechazo ante quienes no son iguales que nosotros. Nos crean inseguridad, nos dan miedo. Y el miedo, con frecuencia, se traduce en odio y agresión.

No hay que olvidar que los sapiens -es decir, nosotros y nosotras- somos parientes de primates sumamente jerárquicos y violentos. Entre el ADN de un humano y el de un chimpancé las coincidencias llegan al 99.6 por ciento. Naturalmente, las actitudes discriminatorias hunden sus raíces en los instintos animales todavía poco superados por nuestra especie.

Vale la pena repasar diez discriminaciones -por sexo, por el color de la piel, por edad, por la orientación sexual, por las distintas capacidades, por el lugar donde nacimos, por la clase social y el dinero que tenemos, por las creencias religiosas, por las ideologías políticas, también por ese antropocentrismo que nos hace creer los reyes y reinas de la Naturaleza, que son el pan amargo de cada día para la mayoría de los seres humanos. E imaginar, desde nuestra práctica de radialistas, cómo podemos contribuir a superarlas.

En la programación de la radio debemos de desmenuzar con creatividad estas diez grandes discriminaciones básicas que se dan entre los seres humanos. Podríamos apuntar diez más, porque el afán de inventar rangos y categorías de nuestra especie no tiene límites. Quien tiene un título de alcurnia -aunque sea un ridículo Marquesado de Peralta, como el que se compró a buen precio el “santo” José María Escrivá- se siente superior a los demás mortales. Quien tiene un diploma académico -aunque se lo hayan falsificado en la calle Azángaro de Lima, donde venden títulos de cualquier carrera y de cualquier universidad peruana- muestra ínfulas de grandeza. Bachilleres, licenciadas, doctores, santos padres y madres superioras, generales y generalísimos, damas de alta cuna y baja cama, honorables diputados y reputados... Todos son atuendos que inventamos para sentirnos más importantes que los demás. Pero más allá de la pomposidad de los uniformes y las coronas, resulta que el rey está desnudo, como reveló el niño inocente del cuento de Andersen.

EL PRIMER TERRITORIO A CIUDADANIZAR:
NUESTRO CEREBRO

Si quisiéramos resumir en un par de palabras la misión de una radio y, en general, de un medio de comunicación, no dudaríamos en hacerlo refiriéndonos a la construcción de ciudadanía. Construcción sugiere proceso, avances y retrocesos. Y ciudadanía, como el Jesús de Arjona, es verbo y no sustantivo.

Lo primero que hay que ciudadanizar es la cabeza. En el llamado complejo R -el cerebro más antiguo que tenemos los humanos- se inscriben los instintos primarios de conservación y reproducción. Ese estrato primitivo que compartimos con los reptiles juega un papel decisivo en el establecimiento de las jerarquías y en la obediencia ciega al líder. La manada sigue al jefe. La bandada sigue al pájaro guía. Y con preocupante frecuencia, la sociedad humana sigue al caudillo. Siempre es más cómodo hipotecar la libertad y dejar que otra persona decida por nosotros.

El primer territorio a ser liberado son los mil cuatrocientos centímetros cúbicos de tu cerebro. La ciudadanización tiene que ver con las capas superiores donde residen las funciones cognoscitivas, las que nos permitieron trascender los impulsos irracionales. ¿Cómo se logra esto? ¿Cómo se desarrolla esa conciencia personal y esa responsabilidad por los demás? ¿Por qué camino nos apropiamos de valores altruistas como la solidaridad? La respuesta no es otra que la educación.

¿Qué es educar? El vocablo viene del latín educare, que a su vez se formó a partir del verbo educere. Este verbo está compuesto por el prefijo ex, que significa afuera, y la raíz indoeuropea duc que significa llevar, guiar. Así pues, según su etimología, educar significa llevar hacia afuera, extraer. A Sócrates le encantaba este verbo. Y lo relacionaba con el oficio de su madre, que era comadrona. Es lo mismo que hacer parir -decía el sabio griego-, pero no a los cuerpos, sino a las almas. Sócrates llamó mayéutica -arte de comadronas- a su método filosófico de investigación y aprendizaje. Se trataba de descubrir, a base de preguntas bien orientadas y ejerciendo el raciocinio propio, la verdad que está dormida en la mente de cada persona. Igual que la partera educe y saca a la luz a la nueva criatura, quien educa también ayuda a extraer las ideas más honestas, los mejores conceptos, de otras personas. En esta óptica, educar sería facilitar el pensamiento propio. Más que imbuir de conocimientos, la pedagogía socrática apunta a desarrollar la personalidad, desenvolver, desplegar las potencialidades del ser humano.

SENTIRNOS NO MÁS QUE NADIE
NI MENOS QUE NADIE

Igual que la vida, también la educación será un proceso continuo, permanente. La formación del hombre y de la mujer no acaba nunca. Somos perfectibles. Si el camino de la ciencia es inagotable, el de la conciencia lo es aún más. Otro asunto es la instrucción, los conocimientos que recibimos en la escuela, la docencia. Para comprenderlo, rebusquemos también en la etimología de esta palabra. Docencia viene del verbo latino docere y éste del griego dokein. La raíz doc es la que da origen a doctor, la persona que enseña. Del mismo vocablo vienen palabras como doctrina, documento, ortodoxia, dogma. De la misma raíz proviene didáctica, la ciencia de enseñar y aprender.

Están bastante claras las dos opciones. ¿Educere o docere? ¿Duc o doc? Aunque las palabras se parecen, los sentidos son bien distintos. En el primer caso estamos hablando de educar en valores. En el segundo, de instruir, de transmitir conocimientos. Por supuesto, ambos verbos no tienen por qué pelearse. Al contrario, pueden y deben complementarse. Pero una cosa es una cosa y otra es otra, como dice la sabiduría popular.

Cuando hablamos de democratizar la cabeza, nos referimos, claro está, a la educación en valores. En los tres valores fundacionales de la concepción ciudadana -libertad, igualdad y fraternidad- que nos permitirán asumir una actitud nueva ante la vida, una manera desprejuiciada de relacionarnos con los demás.

El día en que mires de frente y a los ojos a cualquier persona y sientas que no vales más ni menos que ella por el color de tu piel ni por tu sexo ni por ninguna otra diferencia biológica o social, habrás ciudadanizado el pequeño territorio gris de tu cerebro. Serás a child of the univers, como soñaba Max Ehrmann -aquel poeta de Indiana que escribió Desiderata-, un hijo del universo, una mujer cosmopolita, un joven con mentalidad moderna, una chica ecológica que sólo alza una bandera, la de la Humanidad. Mirarás a los diversos como iguales. Y no solamente tolerarás sus diferencias, sino que disfrutarás con ellas. Ni más ni menos que nadie: ésa es la consigna.

A partir de esta ciudadanía subjetiva (sabernos y sentirnos iguales), diseñaremos la programación de la emisora para compartir esos mismos valores con la audiencia. Todos los formatos sugeridos anteriormente apuntan en esa dirección. Y el periodismo de intermediación -que desarrollaremos en la segunda parte- será el motor más formidable, el género más exitoso, para cumplir la misión de nuestra radio. Pero antes, tenemos que ciudadanizar el ámbito objetivo, el de las relaciones sociales. Vamos a ello.

CASI CON LAS RESPUESTAS,
NOS CAMBIARON LAS PREGUNTAS

El año 1989 fue una bisagra de la historia. El 9 de noviembre cayó el muro de Berlín. Una semana después, los militares salvadoreños asesinaron a los jesuitas de la UCA. A los pocos días, Estados Unidos invadió Panamá. A las pocas semanas, el Frente Sandinista perdió las elecciones en Nicaragua, vencido tras una guerra de alta intensidad made in USA. Por entonces yo estaba viviendo en Managua y recibí una invitación de los compañeros de Radio Venceremos para darles un taller de producción radiofónica. Estaban preparando la segunda ofensiva a San Salvador.

—¡El día de la victoria se acerca vertiginosamente! -vibraba la voz de Santiago, el legendario locutor de la emisora guerrillera.


Fue una capacitación especial, naturalmente. Tuve que pasar varios controles militares hasta llegar a Morazán. Hice noche en Perquín y desde allí, con ayuda de un baqueano, alcancé el campamento clandestino de la Venceremos. Leti era la directora de la radio. Me presentó a todo el equipo y comenzamos las prácticas. Las hacíamos a veces al aire libre. Otras veces dentro del buzón, como cusucos, porque en cualquier momento rugían los aviones bombarderos. Fue un taller subterráneo, el micrófono en una mano y el fusil en la otra. Cuando nos fuimos a bañar al río, una muchacha muy joven, que andaba enmontañada desde cipotilla, se acercó y me preguntó:

—¿Le puedo hacer una pregunta?
—Dime.
—Usted que viene de fuera, tal vez me sepa responder. ¿Cuándo vamos a ganar esta guerra?
—La victoria está muy cerca -respondí yo, repitiendo las palabras de Santiago.

Los acontecimientos internacionales se precipitaron. En agosto de 1990, Irak invadió Kuwait y al año siguiente Estados Unidos invadió Irak. La Unión Soviética se desintegró. Las revoluciones centroamericanas, una tras otra, fueron arriando sus banderas. No es una época de cambios, sino un cambio de época, como decía, siempre optimista, el jesuita Xabier Gorostiaga. Sí, pero, ¿a dónde va esta época? ¿Por dónde seguimos? Como dijo mordazmente un grafitero quiteño: Cuando casi teníamos las respuestas, nos cambiaron las preguntas.

¿Estaban mal enfocados nuestros objetivos justicieros? No, desde luego. Porque hoy el mundo está más desequilibrado que cuando en 1968 los obispos progresistas de América Latina firmaron los Documentos de Medellín. O cuando el Che, un año antes, murió peleando en las selvas de Bolivia. ¿Tal vez no erramos la meta pero sí el camino para alcanzarla? Puede ser. Si algo hemos aprendido en estos tiempos es que el poder no se toma, sino que se construye. Igual que la ciudadanía.

EL PAPEL DE LAS MUJERES
Y EL VALOR DE LO FEMENINO

Las hembras de chimpancés tienen mucho que enseñarnos. Sin haber asistido a cursos de resolución de conflictos, son expertas en la materia. ¿Cómo se comportan? Estalla una trifulca entre los machos. ¿Por qué pelean? Por comida, bebida y cogida. Por todo. Por pelear. Incluso otros machos que no tienen arte ni parte en el lío, se entrometen y animan a los luchadores para que se peguen más duro. Si las cosas se complican, el macho alfa toma la iniciativa y los disuelve a empellones.

¿Y las hembras? Cuando los machos se han retirado, unos envanecidos y otros humillados, las chimpancés comienzan su labor de mediación. Una va y se sienta junto a un macho derrotado. Lo mira, le hace muecas, le toca el pelo, comienza a espulgarlo. Lo anima para que él haga lo mismo con ella. Después, le enseña las nalgas. No busca sexo. Es una treta para que él la siga mientras ella se aproxima al adversario. Ya tiene a los dos un poco más cerca. Ahora se sienta junto al segundo y repite las miradas, las payasadas y el espulgo. Vuelve al primero. Más nalgas y más cercanía. Y así, del uno al otro, del otro al uno, hasta que los peleones se encuentran frente a frente. La mona hace una última monada y los dos machos se perdonan, hasta se besan y comienzan a acicalarse mutuamente.

Las hembras, especialmente las más adultas, conocen muchas dinámicas de grupo y de reconciliación. Cuando riñen los jóvenes, una chimpancé mayor se mete en medio y comienza a manotear. Aúlla, brinca, agita las manos. Arma tanto alboroto que los pendencieros se desaniman y se van por donde vinieron. Otras veces, las chimpancés pacificadoras arrastran por la mano a un enemigo y lo sientan junto al otro. O rascan al vencedor en las costillas y su insistencia es tanta que éste acaba acercándose al vencido para hacer las paces.

¿A qué vienen estos cuentos de monos? Resulta que los chimpancés son nuestros parientes más próximos, nuestros primos hermanos. Tuvimos un antepasado común hace apenas cinco millones de años, un lapso de tiempo que en el reloj biológico es como decir anteayer. En el libro de instrucciones de la vida, el ADN, tenemos demasiadas páginas en común.

Estos arrebatos de violencia, tan frecuentes en monos como en humanos, se deben, en buena medida, a las hormonas. La agresividad tiene relación con la testosterona. Y los hombres poseen, por lo menos, siete veces más cantidad de testosterona que las mujeres.

Este sustrato biológico se refuerza enormemente con el estilo de crianza y de educación. Los padres que incitan a sus hijos varones a demostrar que tienen bien puestos los huevos cuando en la escuela les hacen cualquier ofensa. La prohibición de llorar. La homofobia. El castigo frente a cualquier aproximación del niño al “mundo femenino”, desde jugar con una muñeca hasta besar a otro compañerito. La agresividad nace y se hace.

Mezcla de genes y de género, el caso es que el varón es mal negociador. Su forma más habitual de resolver los conflictos es a puñetazos. Así le enseñaron en la casa y en la calle. Así lo ha visto y confirmado en la televisión. Se calcula que cada tres minutos hay una escena violenta en la pantalla chica, un balazo, un asesinato, una explosión.

SI QUIERES LA PAZ, PREPARA LA PAZ

Las niñas también reciben el impacto de estos programas. También quedan tentadas por la violencia como el camino más rápido para resolver los problemas cotidianos. Pero no ceden tan fácilmente a ella. Las mujeres tienen una gran ventaja biológica y una enorme reserva cultural. Son ellas quienes dan a luz. Son ellas quienes crean la vida. Los varones inseminan, pero no crean nada. Por su mayor fuerza física, se orientaron a la caza mayor y después, para defender los excedentes de la agricultura, a la guerra mayor. Los varones han sido los fabricadores de prácticamente todas los conflictos armados padecidos en este planeta. Mientras las mujeres estaban dando vida, los varones estaban quitándola.

¿Significa esto que todas las mujeres son pacíficas y todos los hombres son violentos? Nada de eso. Basta con recordar la dulce sonrisa de Gandhi y la odiosa mirada de Condolezza Rice -a pesar del “dulce” significado de su nombre-. Hablamos de promedios. ¿Significa que todas las mujeres saben negociar y ningún hombre es diplomático? En lo absoluto. Basta con escuchar los gritos de mi vecina y la franciscana actitud de su marido. Hablamos, repito, de mayorías y minorías, de porcentajes.

Los hombres, por serlo, no son agresivos ni las mujeres, por no serlo, son apacibles. El comportamiento humano no es tan simple ni automático. Gracias a la cultura de muchísimas generaciones, fuimos domesticando nuestros instintos. El equipaje hormonal con el que llegamos al mundo impulsa, pero no condiciona, las relaciones interpersonales.

—¡Usted equipara a las mujeres con las monas! -replicaba de forma muy poco pacífica una colega radialista.
—Primero, que no es un insulto -intenté tranquilizarla-. Roberto Carlos -el cantante, no el futbolista- aspiraba a ser civilizado como los animales. Y segundo, que los humanos no somos ángeles llegados a este planeta en naves espirituales. Somos animales evolucionados. Somos una inestable mezcla de raíces materiales y de ramas que buscan trascenderse. Para complejizar aún más las cosas, digamos que no existen los sexos puros. Todos los seres humanos, mujeres y hombres, tenemos hormonas de uno y otro bando, un combinado de testosterona masculina y de estrógenos femeninos.

Ahora bien, aun con todas estas salvedades, los varones no se salvan. No cabe duda de que la agresividad innata y cultivada de éstos ha provocado la mayoría de los problemas de convivencia social. No es casual que la población carcelaria en todos los países del mundo sea mayoritariamente masculina. La proporción es de cinco hombres por cada mujer internada.

Si quieres la paz prepara la guerra, decían los belicosos romanos. Las chimpancés y las mujeres nos enseñan otro camino, el de la maña frente a la fuerza. El de la negociación frente a la violencia. Dialogar, razonar, ceder un poco de ambas partes, aproximar posiciones.

NO DARLE LA VUELTA A LA TORTILLA,
SINO COCINARLA JUNTOS

¿Erramos el camino para nuestras metas de justicia? Tal vez el mayor error fue de protagonismos. En esta nueva etapa del mundo, saturados ya de las guerras que provocan los terrorismos y de los terrorismos que desencadenan nuevas guerras, necesitamos pedir ayuda profesional a quienes saben darla, es decir, a las mujeres. Necesitamos -los varones- reeducarnos, reconstruirnos, ser y vivir de otra manera. Necesitamos -con urgencia- aprender a compartir el poder.

Ciudadanizar las relaciones sociales significa renunciar a la agresión como método de solucionar los conflictos y experimentar la fraternidad como una mejor y más eficaz alternativa. Significa ir construyendo poder desde abajo, como los árboles. Ciudadanía subjetiva y objetiva.

Nuestro reto: ciudadanizar la programación de la emisora. ¿En qué consistirá esto? En experimentar programas que aborden y cuestionen las diez discriminaciones que nos hacen “alterofóbicos”. Y en algo todavía más integral, más holístico: pensar toda la propuesta radiofónica desde una perspectiva de intermediación social.

En esta tarea, las compañeras están llamadas a ser protagonistas. Nosotros también, en la medida en que controlemos la testosterona.

—¡El colmo! -me enfrentó un periodista defensor de su género durante un taller en la capital paraguaya-. ¿Qué quiere usted? ¿Qué ellas gobiernen la radio, darle la vuelta a la tortilla?
—No, colega -recordé una lúcida frase de una lúcida feminista-. No es cuestión de voltear la tortilla, sino de cocinarla juntos.

Necesitamos de hombres y mujeres en las emisoras ciudadanas. Ambos sexos, cada uno desde sus mejores aptitudes, aportará aspectos indispensables para el proyecto radiofónico. La testosterona, bien encauzada, se traduce en audacia. Y necesitamos iniciativas intrépidas en el diseño de la programación. ¿Quieres hacer la guerra, indómito varón? Hazla contra la rutina, la peor enemiga de la pasión y de la radio. Declara una batalla sin cuartel a la monotonía, a los programas predecibles. Emplea tu efervescencia hormonal y tu sentido de orientación -bien masculino, por cierto- para hacer cacería de burócratas y corruptos. Aprovecha tu fortaleza física -un veinte por ciento más que en la mujer- para enfrentar a los violadores de los Derechos Humanos.

Necesitamos las dos alas extendidas -la masculina y la femenina- para volar alto y seguro, como el albatros, sobre los grandes acantilados y las tormentas que se desatarán si tomamos en serio el compromiso de construir ciudadanía. Con las dos alas equilibradas, con el mismo respeto y las mismas oportunidades para ellos y ellas, podremos cumplir a cabalidad nuestra misión.

COMUNICADOR. CO-DIRECTOR DE RADIALISTAS APASIONADAS Y APASIONADOS. (www.radialistas.net)

FRAGMENTOS DE SU LIBRO “CIUDADANA RADIO” (LÍNEA Y PUNTO. LIMA, 2004).

Imprimir texto   

Enviar texto

Arriba
 
 
<< Nro. anterior   Nro. siguiente >>

En este mismo numero:

Nicaragua
Golpes y contragolpes, propuestas y contrapropuestas

Nicaragua
Victor Hugo Tinoco: "Esta crisis empezó hace siete años en el FSLN con un pacto contra la democracia y sin ética"

Nicaragua
¿Por qué hay tan poca movilización social?

Nicaragua
26 años después de aquel 19 de julio: La solidaridad en la memoria

Nicaragua
El traido: clave de la continuidad de las pandillas

América Latina
Construir ciudadanía: un reto de la comunicación

Nicaragua
Noticias del mes
Envío Revista mensual de análisis de Nicaragua y Centroamérica
GüeGüe: Hospedaje y Desarrollo Web