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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 280 | Julio 2005
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Nicaragua

El traido: clave de la continuidad de las pandillas

El traido es rivalidad, una inquina a muerte entre individuos o grupos. Funciona activamente en nuestra política y entre nuestros políticos. Entre las pandillas, permite entender el por qué de su continuidad en el tiempo y también los excesos de su violencia.

José Luis Rocha

En la novela de Anthony Burguess titulada “La naranja mecánica”, base literaria de la célebre película del mismo nombre dirigida por Stanley Kubrick, el protagonista es Alex, joven de 15 años y líder de un grupito de muchachos que siembran el terror en las calles de un Londres intemporal donde a veces y para la guerra nocturna las pandillas se juntaban, formando ejércitos malencos. Alex habla una mezcla de inglés y de nadsat, la jerga de estas pandillas juveniles.

Él y sus drugos (amigos) se enfrentan a otras pandillas, consumen galones de leche adobada con drogas, visten a la última moda, asaltan y tolchocan (golpean) salvajemente a los viejos, se regocijan haciendo manar el crobo (sangre) de sus víctimas y se entregan sin reservas a un hedonismo primitivo y sin límites.

EL PANDILLERO
TRANSFORMADO EN NARANJA MECÁNICA

Escrita hace más de cuatro décadas, esta novela refleja con fidelidad inaudita el mundo de las pandillas de la Nicaragua de hoy: derroche de violencia, robos, drogas, uso de un argot particular, afición desmedida por la ropa “original” y por los tatuajes.

En uno de sus pasajes, Burguess pone en boca del joven Alex la siguiente anécdota: Cerca de la central eléctrica municipal nos topamos con BillyBoy y sus cinco drugos. Ahora bien, en esos tiempos, hermanos míos, los grupos eran de cuatro o cinco: cuatro, un número cómodo para ir en auto; y seis, el límite máximo de una pandilla. A veces las pandillas se juntaban, formando ejércitos malencos para la guerra nocturna, pero en general era mejor moverse por ahí con poca gente.

Nada más que verle el litso gordo y sonriente a BillyBoy me enfermaba, y siempre despedía ese vaho de aceite muy rancio que se ha usado para freír una y otra vez, y olía así aunque estuviera vestido con sus mejores platis, como ahora. Nos videaron al mismo tiempo que nosotros a ellos, y ahora nos medíamos en completo silencio. Esto sería la cosa verdadera y real, usaríamos el nocho, el usy y la britba, no sólo los puños y las botas.

La Policía acaba capturando a Alex, condenándolo y ulteriormente conmutando su sentencia de ocho años de prisión por un novedoso tratamiento de corte pavloviano que le hace sentir náuseas frente a la más nimia manifestación de violencia. Su nueva condición pone a Alex a merced de todas sus anteriores víctimas. Se ha convertido en una naranja mecánica, cuyo jugo vital está al servicio de dispositivos que lo obligan a una conducta socialmente aceptable. No importa suprimir el libre albedrío. El objetivo perfectamente legítimo de acabar con la delincuencia justifica cualquier medio. Al final, el tratamiento pierde su efecto y Alex vuelve a su anterior estilo de vida.

Ayer y hoy, en ese inefable lugar de “La naranja mecánica” y el grupito de Alex, o en esta Nicaragua de “Los Comemuertos” y “Los Cancheros”, las pandillas se enfren-tan. En grupos de cinco o de veinte. Forman ejércitos para la guerra nocturna y se golpean no sólo con los puños y las botas, sino con objetos más letales.

En “La naranja mecánica”, los expertos en criminalística inventan un método para transformar al joven Alex. En Nicaragua, el primer Vicepresidente de la Asamblea Nacional, en mayo de 2004, presentó una iniciativa de ley titulada, “Ley que regula los delitos y faltas cometidas por las pandillas”, con la que pretendía eliminar las pandillas juveniles condenando a prisión a todos sus miembros. Otra mecanización de la cura.

NO VALEN NI LAS RECETAS
NI LOS MÉTODOS REPRESIVOS

¿Es posible tratar a los pandilleros para transformarlos en naranjas mecánicas? No, no valen las recetas ni los métodos represivos. Ni las leyes ni los condicionamientos de Pavlov. Lo han demostrado diversos estudios.

Hasta hoy, con distintas fotografías en el tiempo, los diagnósticos coinciden en elementos que son básicos: las pandillas fueron inicialmente articuladas por sus integrantes como agrupaciones juveniles que proporcionaban identidad, respeto y domino de un territorio. El talante violento y el amor al barrio fueron los orígenes esenciales de los que se nutrió la “onda” pandilleril. Sin embargo, con el tiempo y circunstancias económicas y sociales de todo tipo comenzaron a captarse ya algunas diferencias. Las más significativas son la progresiva tendencia de las pandillas hacia la anarquía y el papel protagónico que adquieren en ellas los circuitos de la droga.

Actualicemos más -aunque de forma incompleta- el estado actual de las pandillas en Nicaragua con datos generales, cifras de la delincuencia juvenil, situación específica de las pandillas en el Reparto Schick de Managua y con un acercamiento más minucioso a un resorte clave para entender la continuidad de las pandillas y sus excesos de violencia: el traido. En Nicaragua, traido es la rivalidad, la inquina a muerte entre individuos o grupos. Es una enemistad profunda que desde el pasado ensombrece la relación en el presente. Es un dispositivo que prolonga en el triunfo la sombra de la pandilla.

EN LOS DATOS DE LA POLICÍA:
¿DELINCUENCIA=PANDILLA?

La Policía Nacional sostiene que gran parte de la delincuencia juvenil está asociada a la existencia de las pandillas y por eso procura llevar registros concienzudos de su número, ubicación y actividades. En 2003, en los departamentos de Jinotega, Matagalpa, Estelí, Chinandega, Managua, Masaya y Granada, contabilizaba 174 pandillas y 2,685 pandilleros, careciendo de datos estadísticos en el resto de los departamentos. La mayor densidad de pandilleros por grupo la presentaba Masaya, con 21.25 miembros promedio por pandilla. Las cifras revelaron un crecimiento notable de las pandillas en los departamentos no capitalinos, pasando de ser no más de media docena en 1997 a casi 60 en el 2003.

En enero de 2003 la Policía Nacional contabilizó 117 pandillas y 2,139 pandilleros en Managua. Un mes después, registraba el mismo número de pandillas, pero un contingente de pandilleros mayor: 2,171. Unos 18 pandilleros por grupo, cifra similar al de las pandillas (o parches) colombianas en 1997. De ser ciertas estas cifras, se habría dado una considerable reducción del número de jóvenes en cada pandilla. En 1999, en un momento de auge, la Policía registró 110 pandillas y 8,500 jóvenes pandilleros en Managua (77.27 por pandilla), cifra ligeramente más alta que la declarada por los pandilleros durante un estudio anterior ese mismo año.

TODOS LOS NOMBRES:
LOS REGISTRADOS Y LOS QUE FALTAN

Es muy probable que la Policía estuviera -y aún hoy esté- desestimando las diversas formas de militancia que ofrecen las pandillas, considerando desactivados a pandilleros que sólo han variado el perfil de su participación. Éste no es el único factor que la Policía pasa por alto. En el distrito V de Managua, la Policía registró ese año la existencia de 12 pandillas con 158 pandilleros: Los Raperos, Los Rampleros, Los Cancheros, Los 165, Los Pablos, Los Comemuertos, Los Bloqueros, Los Nanciteros, Los Power Rangers, Los Plos, Los Cholos y Los Diablitos. Pero en este conteo sólo aparecían pandillas del Reparto Schick y estaban ausentes otros barrios del distrito con conocida actividad pandilleril.

También hay una subestimación del número de pandillas por barrios. En el barrio Grenada mencionan únicamente la pandilla de Los Diablitos, pero los habitantes de ese barrio hablan de otras dos pandillas, Los Crazy y Los Colchoneros.
De ese registro estaban también ausentes Los Mataperros, Los Churros, Los Billareros, Los Placeños, Los Búfalos (ahora Roba Patos), Los Aceiteros y Los Puenteros, entre otras pandillas de vigorosa actividad en el Reparto Schick. Los Puenteros están presentes de forma consuetudinaria en los periódicos, identificados como los autores de varios asesinatos. Hay ausencias notables también en otros distritos de la capital: Los Parrilleros y Los Tomateros son algunos de los referentes pandilleriles de mayor recurrencia en conversaciones con pandilleros del Reparto Schick y no figuran en los registros de la Policía.

Todo apunta a una subestimación del volumen de las pandillas y del número de sus integrantes. ¿Desinformación o intento de dorar la píldora? La Policía Nacional puede estar interesada en que sus reportes reduzcan a su mínima expresión el volumen de pandillas como una forma de tranquilizar a un gobierno que tiene como objetivo prioritario atraer inversionistas a Nicaragua, “el país con menos violencia de Centroamérica”, como repite el discurso oficial.

PANDILLAS CENTROAMERICANAS:
NUTRIDAS POR MIGRANTES DEPORTADOS

Las pandillas en Nicaragua son menos violentas y más anárquicas que las de sus vecinos del norte en el istmo centroamericano. En Guatemala, Honduras y El Salvador existen dos grandes conglomerados de pandillas: la Mara 13 y la Mara 18, que reciben su nombre, financiamiento y algunos reglamentos de dos grandes pandillas de Los Ángeles, California. La influencia de las pandillas de Estados Unidos ha viajado con los deportados de los países centroamericanos, que exportan y globalizan la onda de esas dos grandes transnacionales de jóvenes pandilleros. En muchos barrios y pandillas de Tegucigalpa, San Salvador y Guatemala, abundan los migrantes que fueron deportados de los Estados Unidos.

En Tegucigalpa las pandillas se han nutrido a base de deportados, como bien lo describe un reportaje de “Los Angeles Times”: Cerca de allí queda el barrio llamado El Infiernito, controlado por la pandilla Mara Salvatrucha (MS). Algunos de estos pandilleros eran residentes de Estados Unidos y vivieron en Los Angeles hasta 1996, cuando entró en vigor una ley federal que dispuso su deportación por delitos graves. Ahora andan sueltos por México y Centroamérica. Aquí en El Infiernito cargan chimbas, que son armas de fuego confeccionadas con tubos de plomería, y beben “charamila”, hecha con alcohol metílico diluido. Se suben a los autobuses para asaltar a los pasajeros.

Los deportados definen en gran medida los niveles de influencia: Con la migración abierta hacia Estados Unidos por efecto de las guerras refluyen ideas y agentes organizativos (los deportados) de las maras, dice el antropólogo guatemalteco Ricardo Falla. A Nicaragua no ha llegado la onda de la Mara 13 y la Mara 18 porque los migrantes nicas han sido sustancialmente menos afectados por las deportaciones. Mientras en el lapso de 1992 a 1996, Nicaragua recibió 3 deportados por cada 10 mil habitantes, a Guatemala, Honduras y El Salvador llegaron, respectivamente en esos años 6.55, 15 y 15.75 deportados por cada 10 mil habitantes.

Muchos inmigrantes nicaragüenses pudieron adquirir durante los años 80 el estatus de refugiados políticos, posición desde la que saltaron a la de residentes y ciudadanos más fácilmente que otros centroamericanos, y ese tratamiento preferencial menguó el volumen de los deportados. Esta tendencia continuó en los años 90.

Según las estadísticas del Servicio de Inmigración y Naturalización de los Estados Unidos, entre 1992 y 1996 los nicaragüenses fueron mucho más beneficiados por las naturalizaciones y menos perjudicados por las deportaciones que el resto de centroamericanos. En ese período, el volumen de los deportados nicaragüenses representaba apenas el 8% del número de los naturalizados, en contraste con el 17% en el caso de los salvadoreños, el 30% en el de los guatemaltecos y el 61% en el de los hondureños.

EL “KNOW HOW”
QUE QUEDÓ DE LAS GUERRAS

La evolución del perfil y funcionamiento de las pandillas nicaragüenses y centroamericanas en los últimos años ha sido notoria. Las motivaciones, procedimientos y énfasis en las actividades han cambiado. Las pandillas y otros grupos armados, se multiplicaron inicialmente con la paz en todos los países centroamericanos.

Según Ricardo Falla, con la paz sucede como con el auge de las nacionalidades, la estructura de enfrentamiento bipolar cede, y afloran las tensiones internas a los países. Después de las guerras quedó violencia en el ambiente, quedó un “know how” de manejo de armas y fabricación de armas caseras y quedaron grupos de crimen organizado, que aunque distintos de las maras juveniles, parece que las fortalecen directamente, utilizándolas, o indirectamente.
En un barrio de la ciudad de Managua muy próximo al Reparto Schick, el antropólogo británico Dennis Rodgers encontró que las pandillas hacían gala de auténticas estrategias militares bien planificadas y batallas ritualizadas, con una gradual escalada en el uso de armas cada vez más peligrosas. Tenían una estructura bien definida y cierto dominio de tácticas militares porque algunos de sus primeros miembros habían prestado el servicio militar en el Ejército sandinista durante los últimos años de la década de los 80. Todo ello estaba al servicio de ese naciente sectarismo semántico y normativo con base territorial que arrastraba la onda de las pandillas.

UNA ESPECIE DE CORPORATIVISMO
Y UNA FORMA DE TRABAJO

Así como en Europa Oriental tras la caída del socialismo real y en otras regiones se desataron los nacionalismos, la construcción de paraísos comunales y la búsqueda de una identidad territorial -reacciones focalizadas en dirección opuesta a la globalización-, en Nicaragua, con el fin de la guerra de los 80 y del proyecto revolucionario se desató una especie de corporativismo. Una segmentación por grupos de intereses sobre bases ideológicas, gremiales o territoriales.

Hoy, el análisis de la actuación de los políticos de Nicaragua puede también hacerse en términos de pandillas, poniendo en evidencia su forma de operar sobre el tejido de un estrecho grupo de amigos. El estilo pandilleril de la clase política nicaragüense fue propuesto como categoría de interpretación por la ex-guerrillera sandinista y presidenta del Movimiento Renovador Sandinista, Dora María Téllez cuando, en el año 2000 se fraguó el pacto entre Ortega y Alemán.

Ese corporativismo también tuvo su expresión en los barrios: los jóvenes, como los diversos gremios de burócratas, intelectuales, tecnócratas, buscaron un grupo protector frente al resto de la colectividad. En los barrios populares la pandilla era una familia y una forma de trabajo. La pandilla se desarrolla en la calle entre gente que no tiene trabajo. Se convierte en una forma de trabajo, dice Falla. La pandilla proporcionaba seguridad porque cada miembro se sentía acuerpado por el grupo y prestaba un servicio comunitario: la defensa de un territorio y de los ciudadanos que lo habitan contra recurrentes ataques de las pandillas enemigas.
Con el tiempo se fueron produciendo cambios. Uno de ellos, el rango de edad de los pandilleros. Sus edades descendiendo. Muchos de los cabecillas y miembros de mayor edad estaban en prisión. Acercarse a la mayoría de edad, y por tanto, salir de la cobertura protectora del Código de la Niñez y Adolescencia, opera también como un desincentivo de las actividades pandilleriles. Es como si ponderaran que al pasar a la mayoría de edad “la cosa va en serio”. Algunos de ellos derivaron entonces hacia otras actividades. Ser “mulero” o poner un expendio de droga era una forma muchas veces menos peligrosa y casi siempre menos visible de delinquir, además de ofrecer ventajas pecuniarias. Incluso era una forma en la que más fácilmente podían lograr arreglos con la Policía.

DE TIRAR PIEDRAS A FUMAR PIEDRAS,
DE DEFENSORES A DELICUENTES

El mayor cambio que se produjo, del que se desprenden otros, puede ser sintetizado diciendo que los pandilleros pasaron de lanzar piedras a fumar piedras (crack), de tener los pies en la tierra -en el territorio del barrio que defendían- a tener la mente en el espacio por efecto de la droga. Esto no significa que anteriormente los pandilleros no se drogaran con “piedra”, marihuana, pegamento o cocaína, pero sí expresa un cambio en el énfasis de sus actividades. El consumo y comercio de droga ha pasado a ocupar un lugar central, desplazando enteramente la tarea de la defensa del barrio. Hoy, los pandilleros más activos se muestran más renuentes a ofrecer información sobre sus actividades. No sólo deben protegerse a sí mismos, sino a toda la compleja red en la que están insertos: los capos que los abastecen y colman de obsequios, los clientes que demandan sigilo, los vecinos que los encubren y los policías que les venden caro su silencio y colaboración.

Esta transformación puede ser, al menos en parte, efecto de la “universidad” de los pandilleros: Si la calle es la escuela de la pandilla, la cárcel es la universidad, asegura Falla. Algunos pandilleros que entrevisté durante una investigación llevada a cabo en 1999, se vincularon a lo largo de su estadía en la Cárcel Modelo de Managua a bandas y a circuitos más profesionales de la droga.

El progresivo consumo de droga requiere crecientes ingresos. Los pandilleros deben optar por drogas legales y más baratas -como las bebidas alcohólicas- para desprenderse del estigma de delincuentes -y sólo ser considerados como “pirucas” (borrachos habituales)- o cargar con ese estigma y tener siempre dinero disponible para la droga, obtenido mediante atracos y robos a mano armada. Una cosa lleva a la otra, la droga empuja hacia los robos. Los menos atrevidos se convierten en “roba ropa mojada”: entran a los patios de sus vecinos a robar la ropa que, recién lavada, cuelga de los tendederos.

El pandillero dejó así de ser un defensor del barrio para aparecer, ante todo, como un delincuente. Los efectos de la droga misma relajan cláusulas del código antes sagradas, como la de no robar a los vecinos. La vulnerabilidad del vecindario ha devenido en un deterioro del capital social de los pandilleros y del barrio. Se ha perdido cohesión interna, lo cual, en un contexto de pocas conexiones externas, colocaría al barrio en la ruta que va del familiarismo amoral a la anomia.

IMPONEN SUS NORMAS
Y SON “BRÓDERES” DE LOS JÓVENES “SANOS”

¿Este cambio de rol implica otra forma de legitimarse o una pérdida de legitimidad? La pandilla es una de las formas en que un grupo social participa en los procesos de producción de normas, si bien en un ámbito local e informal. La pandilla no puede definir lo que es ilegal, pero sí lo que es permitido o no, las conductas viables o imposibles. En momentos de desorden causados por los compromisos no creíbles, se multiplican las instancias de autoridad y se agudiza la competencia entre diversas normas para imponerse. Surgen multitud de grupos que reclaman para sí el derecho de legislar e imponer sus normas a otros, que se arrogan la facultad de catalogar las conductas en permitidas o prohibidas.

La moneda que se paga al pandillero por atravesar su barrio y él hace posta en una esquina es un impuesto socialmente aceptado. Es una transacción por la que el transeúnte compra un derecho de peaje. En los barrios, los jóvenes “sanos” han crecido con los pandilleros como compañeros de juegos y tienen muchas transacciones e intereses en común. Pueden colocar la etiqueta de “dañinos” a algunos de los “vagos” -como de hecho hacen ellos mismos- y temerlos cuando están bajo los efectos de la droga, pero su relación habitual es fluida, tolerante y, a veces, justifican plenamente a la pandilla y a los pandilleros: Para esos majes yo soy de los “bonitos” -me dice Roberto Tapia- porque tengo buena casa y estoy en la universidad. Pero son tranquilos conmigo. Algunos son bróderes. Si me piden un peso, se lo doy. ¿Yo qué pierdo? Ellos tienen sus clavos.

INFUNDEN MIEDO
Y TEJEN UNA RED COMUNITARIA

Pese a su menor aceptación en la actualidad, la pandilla se impone a base de infundir el temor y de prestar ciertos servicios. Si los acusamos nos vienen a apedrear la casa, dicen algunos de quienes no simpatizan con las pandillas. Falla observó que la policía es inoperante o da palos de ciego. La gente victimizada no denuncia por miedo. La pandilla ejerce miedo sobre las víctimas para que guarden silencio. Recuerda “el Biberón”: Les tirábamos pedradas a los buses. Pero los mismos cobradores y choferes no ponían la denuncia porque sabían que harían el mismo recorrido al día siguiente. Sabían que estaba fija otra apedreada del bus.

La colaboración con los vecinos también mejora las credenciales de algunos pandilleros. El barrio Walter Ferreti de Managua padece una escasez crónica de agua. Los pandilleros del barrio vecino Augusto César Sandino, trabajan acarreando agua a un costo de diez córdobas el barril y basura a cinco córdobas el barril.

Un habitante del barrio no olvida que los de la pandilla hicieron la casa de mi mamá por nada... Bueno, por dos litros de guaro.Con estos favores tejen una red comunitaria de obligaciones mutuas basada en una ética de elemental reciprocidad. “Las Gárgolas” construyeron la iglesia de su calle, aunque jamás van al culto. Pero están seguros de que ésa es la bendición que tenemos nosotros. Por eso no nos han matado.

TESTIGOS QUE NO LLEGAN
Y POLICÍAS QUE APOYAN O SE DESAHOGAN

La nueva legislación penal -tanto la de adolescentes como la de adultos– demanda más que nunca la presentación de pruebas y testigos. Sin embargo, cuando se trata de pandilleros pocas veces aparecen testigos. La simpatía o el temor los frenan. Enfrentarse a un pandillero es enfrentarse a un grupo. De hecho, es enfrentarse a un grupo de familias. La muerte social, e incluso física, es una constante amenaza. La participación de la comunidad que en sus proyectos de redención de los pandilleros busca la Policía Nacional tropieza siempre con el código pandilleril y barrial que penaliza a los “bombines” (soplones, delatores).

Los pandilleros también tienen simpatizantes, incluso entre los adultos. Algunos de ellos confiesan haber participado en las “cateaderas” cuando el barrio se vio amenazado. Otros facilitaron armas. La mayoría, cierra la boca. También los policías pueden colaborar eventualmente. Los policías que viven en el Reparto Schick están muchas veces cercanamente emparentados con los pandilleros. Son familiares suyos, amigos suyos. “El Pelón”, pandillero muchas veces maltratado por otros policías, reconoce el distinto talante de los policías de su barrio: Aquí viven policías. Son tuanis con nosotros. Sólo nos piden que los respetemos. Si hay una cateadera ni se meten ni llaman a los otros policías. Hasta nos vendían tiros de pistola y regalaban balas de AK-47.

Sobre otros policías hay una visión muy distinta: Nos dan catos (golpes) y nos dicen que somos basura, bacterias, lacra. Nos dicen: Si ustedes se mueren, son una bacteria menos para la sociedad. Cuando estamos presos en la estación, se roban la comida que nos llevan y dejan que otros nos roben la ropa que llevamos puesta. Pero en esos casos existe otro tipo de intercambio: los policías se desahogan golpeando a los pandilleros y, a cambio de su silencio, los pandilleros presos obtienen libertad inmediata. A los que han sido golpeados y les han quedado señales del maltrato, los sueltan para no ser denunciados ante la Procuraduría. Muchos policías optan por este desahogo sabiendo de antemano de la posible impunidad, propiciada por un sistema sin personal para recabar pruebas ni voluntad de los testigos de presentarse a declarar.

LA NUBE DE ABOGADOS
Y LA AUSENCIA DEL ESTADO

En otra esquina está la cohorte de abogados de la que se dispone en esos barrios, dispuestos a cualquier cosa para ganarse un jugoso estipendio. Las familias de los hechores siempre son más propensas a invertir que las familias de las víctimas. Falla encontró, para el caso hondureño, que el proceso no camina a favor de las víctimas a no ser que éstas tengan tiempo para estar jodiendo y jodiendo y yendo diarina a la Policía.
Además, siempre está a la mano el recurso de hacerse pasar por menor de edad. Así lo recuerda “el Biberón”: Me ponía menor de edad. Esa estrategia también tenía yo. Cuando me agarraban preso yo comenzaba a pensar: ¿Qué edad tenés vos, chavalo? Diecisiete. Pero ahí nomás le preguntan a uno que en qué año naciste. Entonces ya llevaba estudiado yo: nací en 1985. Ah, sí, hombre, entonces me llevaban al juzgado de menores. Por eso es que dice la gente que ahora con esa nueva ley que hay, de la niñez y la juventud, y lo digo yo, que los jóvenes se están aprovechando.

Tanto la Procuraduría Especial de la Niñez -en 2002 con un solo Juzgado para adolescentes en toda Managua y un raquítico equipo de ocho abogados-, como la Secretaría de la Juventud y el Ministerio de la Familia -totalmente ausentes del Reparto Schick- suenan en estos barrios a entidades remotas, casi exóticas producciones estatales. El Código de la Niñez y la Adolescencia siempre se puede esgrimir como amenaza ante los policías. Sin embargo, eso no incrementa el contacto con la Procuraduría Especial de la Niñez y la Adolescencia. Ni pandilleros ni pastores evangélicos ni profesionales ni otros habitantes del Reparto Schick conocen ni una sola actividad en este barrio de la Secretaría de la Juventud o del Ministerio de la Familia.

EL TRAIDO: UNA ENEMISTAD ETERNA

"Tres ojos”, así llamado por tener el tatuaje de un ojo en la frente, había asesinado a un miembro de una pandilla enemiga macheteándolo por la espalda. Después de un intento fallido por presentarse como menor de edad para acceder a una pena leve, pasó a guardar prisión en la Cárcel Modelo. Pero sus traidos, los enemigos jurados, aguardaban con paciencia oriental su salida. Un grupo de jóvenes de la pandilla agredida se paseaba por el barrio exhibiendo un tridente en cuyo mango llevaba escrita la leyenda “Sólo para Tres Ojos”.

El traido es la enemistad -a veces a muerte- que se cosecha durante la militancia en las pandillas. Se trata con frecuencia de una enemistad perpetua. En México se llama traido a una enemistad eterna y se dice que, cuando se encuentran dos personas que tienen un traido, luchan a muerte. El vocablo traido tiene viejas raíces en Centroamérica. Más de medio siglo atrás, la novela Prisión verde, del hondureño Ramón Amaya Amador, da noticia de ese término y lo aplica al rival que lleva las de perder en el juego de azar. Es posible que ese término -como ocurre con coima, que significa soborno- se haya acuñado en los casinos y en las cantinas y que de ahí haya saltado a la calle.

EL TRAIDO: EL BARROTE MÁS GRUESO
DE ESTA CÁRCEL CULTURAL

El traido es un fenómeno de prolongada resonancia y funciona como un dispositivo que perpetúa las pandillas más allá de sus otras funciones: generar identidad y proteger el barrio. La leña de las viejas rivalidades enciende rápido el horno de nuevas peleas. El traido es el barrote más grueso, inoxidable y resistente de la cárcel cultural que retiene al pandillero. Es como una norma que se impone a los sujetos que ejecutan la violencia y sobre los que recae. Las venganzas pendientes los amarran.
Los traidos hacen que los ciclos del rencor y las vendettas sean de larga duración. Por ejemplo, “el Biberón”, después de cuatro años de haber abandonado la pandilla, no puede siquiera pasar por la Duya Mágica, punto de congregación para muchos habitantes del Reparto Schick, pero enteramente bajo control de sus traidos del Urbina. Los “Tamales del Urbina” son una de las pandillas más temidas y afamadas. El Ministerio de Salud tiene un Rincón del Adolescente en el Centro de Salud Leonel Rugama. No obstante, los pandilleros de otros barrios no pueden visitarlo porque está en territorio de Los Comemuertos, que tienen traido con todas las pandillas.
Muchos pandilleros habrían dejado de serlo si no existieran los traidos. “El Chapulín”, ex-miembro de la pandilla Los Búfalos, después de concluir que la pandilla es un feeling que no te lleva a nada, dice: Nosotros damos ánimo a la cuadra sin buscar pleito con nadie. Pero vienen Los Cancheros y Los Puenteros a piropear chavalas. Todos los sábados entran a provocar con AK, machetes y piedras. Aunque uno no se meta en nada, otros lo buscan.

EL TRAIDO: UN COMBUSTIBLE
QUE PERPETÚA EN EL TIEMPO LAS PANDILLAS

El traido es el combustible por cuyo efecto siguen existiendo las pandillas. Los pandilleros jubilados o dados de baja suelen decir que abandonaron la pandilla, pero que el grupo se reactiva cuando entran los traidos a atacar el barrio o cuando uno de sus miembros es agredido por los traidos en alguna de sus incursiones en otros barrios para abastecerse de droga. De ahí la frase clásica de “Caifanes”: No quiero problemas, pero el que me busca, me encuentra.
El traido es un estigma invisible, pero registrado en el no escrito expediente que toda pandilla lleva de los actos de sus enemigos, y muy especialmente de aquellos que les han ocasionado daños notorios. Don Julio Peña, carpintero, recuerda: Machetearon a mi hijo ya sin ser pandillero. La broma le costó 32 puntadas. Aquí nos atacan los del Pomares, los Búfalos y los de la Zona 6.

Según quien fuera hasta este año Procurador Especial de la Niñez y la Adolescencia, Carlos Emilio López, los medios de comunicación, en un prurito por vender más ejemplares, contagian el estigma: lo expanden a toda la familia, muchas veces violando el Código de la Niñez y la Adolescencia, que prohibe publicitar los casos de los menores detenidos. La Procuraduría se considera impotente para detener a los medios de comunicación. Cualquier ataque de la Procuraduría contra los medios podría significar el hundimiento de la imagen de la institución y de su directiva.

En el contexto de un débil aparato estatal, como bien dijo “el Biberón”, la comunidad toma la venganza con su propia mano. La cultura del traido se encuentra en abierta oposición a la cultura del imperio de la ley o a la cultura de la legalidad que pretenden implantar la Policía Nacional y el Ministerio de Gobernación. Pero tiene una superior capacidad de imponerse, de dar múltiples retoños y de resistir a los tratamientos represivos.

EL TRAIDO: UNA FUERZA RESISTENTE
EN LA MEMORIA COLECTIVA DE LOS BARRIOS

Así como se ha comprobado que el capital social es la única forma de capital que no disminuye ni se agota con su uso, sino que él mismo abona a su crecimiento, se hace evidente que el traido, como uno de los mecanismos, expresiones, dispositivos de ese capital social de las pandillas, se perpetúa y multiplica a sí mismo mediante las mismas acciones que provoca. El asociacionismo de las pandillas y su sentido de cuerpo están al servicio del traido, lo multiplican y lo reac-tivan.

Aunque el Ministerio de Gobernación y la Policía Nacional se proponen, mediante la participación activa de las instancias comunitarias, difundir formas no violentas de interacción y la desestigmatización de los adolescentes y jóvenes recuperados, el traido tiene tal fuerza que resiste a todos los intentos de ‘borrón y cuenta nueva’ porque fractura la confianza de manera casi definitiva, y la desconfianza que genera no sólo tiene costos sociales y económicos, sino que también puede marcar el futuro de personas y grupos por una larga temporada. La comunidad participa manteniendo un expediente, de todos los traidos, y así el estigma vive en la memoria colectiva de los barrios.

INVESTIGADOR DE NITLAPÁN-UCA. MIEMBRO DEL CONSEJO EDITORIAL DE ENVÍO.

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