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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 280 | Julio 2005
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Nicaragua

26 años después de aquel 19 de julio: La solidaridad en la memoria

El internacionalismo fue una apuesta incondicional y gratuita con la Nicaragua sandinista en revolución. ¿Qué queda de esta forma de compromiso en el mundo globalizado de hoy? ¿Tiene aquella masiva solidaridad con Nicaragua algo que enseñar al actual movimiento altermundialista?

Iosu Perales

Un mediodía de diciembre de 1986 circulaba lentamente con mi modesta Suzuki por la avenida Bolívar de Managua, en dirección a la vieja catedral, cuando a la altura de unos magníficos murales de vivos colores que representaban momentos de la historia de América Latina observé a un grupo de cinco o seis personas rodeando a un policía de tráfico que, no sé por qué razón, me pareció en dificultades. Paré y me acerqué al grupo que enseguida supe que era italiano. Preguntaban al policía por un determinado lugar, y tal vez debido a que no era managua él, no estaba muy seguro en la respuesta. Pude ayudarles. Nos dieron las gracias y reanudaron su camino ayudándose de sus bastones. Sólo uno de ellos tenía visión y al parecer no completa. Los otros eran ciegos. Comenzaron a caminar con voces animadas mientras el policía y yo les observábamos sumidos en la confusión. Luego nos miramos. El policía estaba conmovido y a mí me bajaba una lágrima por el rostro. Jamás olvidaré aquella escena.

ESA PORCIÓN GENEROSA
DEL PUEBLO DE ESTADOS UNIDOS

Un grupo de italianos ciegos visitando Nicaragua no era sin embargo tanta novedad. Al país llegaban en aquellos años lisiados de todo tipo como parte de una oleada de solidarios de todas partes del planeta. Un alto porcentaje procedía de Estados Unidos. Eran hombres y mujeres de distintas iglesias, laicos, reverendos, religiosas, sindicalistas, ecologistas, feministas, veteranos de guerra. Eran personas muy valientes que se desplazaban a las zonas de guerra donde actuaba la Contra, tal vez empujadas por un sentido multiplicado de la responsabilidad, contestatarios como eran del gobierno de Ronald Reagan. La familia Linder, tras el asesinato de Benjamín, se comprometió para siempre con el pueblo nicaragüense, al igual que su novia Alison Quam. Su hermano John, con el apoyo del actor Kris Kristofferson, al que vimos cantar el 19 de julio de 1987 en Matagalpa, inició un despliegue de denuncias en las que acusó a la Casa Blanca de apoyar a un ejército de asesinos.

El atentado, en su propio país, contra el veterano del Vietnam Brian Wilson, también tuvo mucho eco. Ocurrió que un grupo de pacifistas entre los que estaba Wilson quiso detener un tren cargado de armamento que se dirigía el puerto de San Francisco. Las armas estaban destinadas a Centroamérica. El convoy no paró y Wilson fue el último en escabullirse de las vías dejando sus dos piernas amputadas como cuota a su protesta. Wilson era conocido en Nicaragua por sus estancias siempre en zonas de guerra denunciando el apoyo que el gobierno de Estados Unidos daba a los contras. Recuerdo el emotivo acto de solidaridad con Wilson que realizó en Managua el colectivo de discapacitados, cientos en sillas de ruedas dando las gracias al norteamericano que trató de detener una nueva ayuda a la contrarrevolución. El gobierno le concedió la Orden Augusto C. Sandino.

Son incontables los hechos que demuestran la generosidad de esa parte del pueblo norteamericano que aterrizaba en Nicaragua en misiones casi siempre muy bien organizadas y sin necesidad de visa, pues el gobierno nicaragüense la había suprimido para contrarrestar la posición hostil del gobierno norteamericano. No muy politizados, pero cargados de un sentido radical de la justicia, hombres y mujeres volaban desde Miami a un pobrecito y digno país cuyo nombre pronunciaban arrastrando la erre.

Los veías delante de su embajada armados de carteles y pancartas; los encontrabas en los barrios populares y en zonas rurales haciendo ayunos; construyendo clínicas y escuelas; recolectando café y algodón; entregando manifiestos a los medios de comunicación y haciendo ruedas de prensa; eran como hormigas con sus caras generalmente chelitas y tocadas con sombreros de paja o gorras de béisbol. Particular importancia tuvo el colectivo Veteranos por la Paz, constituido por ex-soldados de las guerras de Corea y Vietnam. Recorrió Matagalpa y Jinotega desafiando las emboscadas de la Contra, renunciando a toda protección militar y confiando en sus camisetas blancas. Dormían en escuelitas y casas comunales y más de una vez arribaban a un poblado poco después de un ataque de la Contra. El día que entraron en Wiwilí, cerca de la frontera con Honduras, cientos de habitantes salieron a darles la bienvenida como si fuera un Domingo de Ramos, portando palmas.

LOS ORGANIZADOS DE LAS DOS ALEMANIAS
Y LOS CREATIVOS ITALIANOS

Nicaragua era el punto de encuentro de todas las solidaridades. La alemana, perfectamente diseñada, muy bien articulada con los comités de base de su propio país. Tuvo en Bernd Koberstein a su propio mártir, asesinado el 28 de julio de 1986 precisamente en las proximidades de Wiwilí, pueblo hermanado con Friburgo, que era la ciudad de Koberstein. Los mártires alemanes pudieron ser más, pues ocho de ellos fueron secuestrados durante veinticuatro días de marchas forzadas por la selva. Los liberaron cuando Helmut Köhl se comunicó directamente con el presidente Reagan.

La alemana era una solidaridad muy eficaz, tanto la procedente de la Federal como la que llegaba de la República Democrática. De la RDA arribaron a Nicaragua muchos profesionales, médicos, enfermeras, técnicos de todo tipo. Los sindicatos de la RDA construyeron un avanzado y amplio hospital en la carretera norte de Managua, al que pusieron el nombre de Carlos Marx. Las mujeres y hombres internacionalistas provenientes de la Federal eran un mosaico: libertarios, espartaquistas, comunistas, socialdemócratas, gays, ecologistas, feministas, pacifistas, luteranos, católicos, todo un despliegue que tenía su cuartel general, creo recordar, en el barrio Primero de Mayo de Managua, no lejos del famoso mercado Roberto Huembes, que en tiempos de Somoza era Mercado Central. Los alemanes de la Federal fueron los primeros, o al menos los más eficientes, en levantar en su propio país una red de tiendas para comercializar el café nicaragüense.

Otra cosa era la solidaridad italiana. Latina como la del Estado español, carecía de la organización de la alemana pero era campeona en inventiva y era enorme en cuanto a recursos humanos. En realidad, italianas e italianos son la alegría de cualquier evento internacional, también hoy en día. No hay más que acercarse al Foro Social Mundial. En la Nicaragua de los 80 su solidaridad era poderosa y estaba formada por todo tipo de gentes, desde muy jóvenes hasta ancianas partisanas. Sólo la Asociación italo-nicaragüense tenía más 3 mil miembros organizados en 150 círculos y no paraban de inventar actividades por toda Italia. Asociaciones gremiales, católicas, políticas, universitarias, organizaban actos culturales para recaudar fondos y presionaban a su propio gobierno para que aumentara las ayudas al desarrollo de Nicaragua por la vía bilateral y de las ONG. Con los grupos de la solidaridad italiana era fácil conectar y hacer amistades. Todos hablábamos alto y sabíamos las mismas canciones.

NÓRDICOS, SUIZOS, FRANCESES...

Había una solidaridad nórdica, callada, reservada, pero potente en recursos económicos. Finlandeses, noruegos, daneses y suecos construían. Eran capaces de levantar por completo una ebanistería en Chontales, una escuela perfectamente dotada en Carazo, cincuenta viviendas en Río San Juan, un reglamentario campo de béisbol en Chinandega o una fábrica de cemento en la vieja carretera a León. Parecía que no estaban pero estaban en lo suyo. Quiero decir están. Tal vez la solidaridad nórdica, principalmente la de los sindicatos, es de las que mejor han resistido las derrotas políticas. A lo mejor es un asunto de carácter. Puede ser que los nórdicos no hicieran la misma lectura que otros hicimos acerca de las expectativas revolucionarias y que fuesen más prudentes. El caso es que ellos han perseverado y el secreto puede estar en que nunca confundieron al pueblo sandinista con el gobierno y la directiva del partido en el poder. Es un asunto para indagar.

La solidaridad suiza fue siempre muy firme en sus convicciones. Yo, pobre ignorante, creía que Suiza era un país de gente que se dedicaba a esquiar y a disfrutar de su buen nivel de vida. En El Salvador conocí a mujeres y hombres suizos trabajando como médicos en las zonas guerrilleras mientras capeaban como podían los bombardeos. En Nicaragua pagaron también un precio doloroso por sus ideales. Sólo en 1986 fueron asesinados en sendas emboscadas el agrónomo Maurice Demierre y el cooperante Ivam Leyvraz, que viajaba con el alemán Koberstein. A Maurice le conoció Maribel Wolf, una amiga mía veterana de la solidaridad que hoy trabaja en Terre des Hommes: “Recuerdo a Maurice una noche en las ruinas del Gran Hotel, disfrutando del ballet de Nicaragua bajo las estrellas. Luego supe de su muerte y aún lo evoco cuando veo las estrellas”.

Pocos años después de la derrota electoral de 1990 comités suizos decidieron dar su apoyo a la Izquierda Democrática Sandinista, sobreponiéndose a la depresión política y revelando que para ellos la lucha está lejos de haber terminado. Dieter Drussel, un viejo amigo de Zurich, me explicó qué era esa corriente política y me animó a tomar contacto con sus miembros. Maribel Wolf me habla de la solidaridad francesa: “Eramos de distintas ideologías y creencias religiosas, pero todos éramos sandinistas”. Ella me recuerda la muerte de Joel Fieux, hijo de Bernadette, una amiga suya. “Lo mató la Contra cuando regresaba de una misión arreglando radios en las cooperativas amenazadas. Lo hirieron y lo remataron en el suelo. Joel era insumiso y había salido de Francia por negarse a hacer el servicio militar. Su madre no la había visto en cinco años cuando él fue a recibirla al aeropuerto. Le dijo que estaría de regreso en unos días y pasarían juntos una semana de vacaciones, pero murió asesinado y Bernadette tuvo que asistir sola a su entierro. Nadie de la embajada de Francia acudió porque era objetor de conciencia”.

¿CÓMO VALORAR TANTOS ACTOS DE AMOR?

No es mi propósito hacer un repaso prolijo de aquellas solidaridades. Los países eran muchos y las organizaciones y el número de brigadistas incontables. Enumerar los actos de abnegación, los hechos y los éxitos, las anécdotas significativas, sería una empresa de largo aliento. Pero lógicamente debo escribir unas notas sobre nuestra solidaridad, la de las mujeres y hombres del Estado español. ¡Qué decir! ¿Cómo valorar tantos actos de amor? Bastantes vendieron sus autos u otras pertenencias para pagarse el viaje y permanecer un tiempo en Nicaragua. Un gran número puso un paréntesis a sus noviazgos y/o a sus matrimonios porque había que estar en Nicaragua. Otros dejaron el trabajo, los estudios. Muchos recolectaron dinero en pueblos pequeños y grandes de nuestra geografía, vendiendo calendarios, haciendo rifas o lo que fuera para que las brigadas pudieran viajar a Nicaragua. Unos iban, otros venían y otros terceros preparaban con ilusión su oportunidad. Cada brigada sembraba un surco y el fruto de la esperanza se multiplicaba en los barrios, universidades, centros de trabajo, asociaciones y comités de solidaridad. Era una fiesta. No había fin de semana que no hubiera un acto para defender Nicaragua: en Zaragoza o en Talavera de la Reina, en Oviedo o en Bilbao, en Barcelona o en Madrid, en San Sebastián o en Granada, en Marinaleda, en Santa Coloma, en Alcorcón, en Vigo, en Gijón, en Canarias, en todas partes sonaba la música de Carlos Mejía Godoy y lucían las banderas rojinegras.

En Managua se abrió la sede general en el barrio 14 de Septiembre con el nombre de Ambrosio Mogorrón. Pero la solidaridad vasca contaba a su vez con dos sedes acordes con distintas sensibilidades políticas: una en el barrio Pancasán, en la casa de Mertxe Brosa, mujer solidaria afincada hace mucho años en Malpaisillo, donde vive para sus ideales; y la otra en Linda Vista. Era una división motivada por el conflicto político de nuestro propio país, pero en Nicaragua estábamos juntos allá donde había que estar. La solidaridad del Estado español en su conjunto lo fue todo: entregada, valiente, convencida, generosa, alegre, coherente, radical, movilizadora, persistente, ingeniosa, una enorme familia que se conocía en los aviones, en las concentraciones grandes y pequeñas, en la recogida de cosechas, en los festivales de La Piñata en Managua, en las salas de baile, en los cafetines de León, en la isla de Ometepe haciendo un poco de turismo, ascendiendo volcanes, en el mar y en las lagunas, una gran familia unida por su decisión de dar apoyo a la revolución popular sandinista. No éramos, sin embargo, diferentes de las brigadas solidarias de otros países.

LES DÁBAMOS Y NOS DABAN:
LO MUCHO QUE APRENDIMOS

¿Cuál era realmente el cemento, las ideas-fuerza que unían las piezas del gigantesco puzzle de la solidaridad? El internacionalismo fue una apuesta incondicional y gratuita para con Nicaragua. Por eso era auténtica y no mera proyección de intereses personales o de grupo. Comportaba una relación interhumana, una relación social con una doble dimensión: el quehacer objetivo expresado en innumerables realizaciones concretas; y el mundo subjetivo que era projimidad, humanidad, pasión, ternura, contacto de rostros y de manos. En la simultaneidad de ambas dimensiones se mostraba la aproximación al sufrimiento, la interiorización de las ideas, la ejemplaridad. Esa forma altruista de solidaridad arraigaba en la personalidad humana más genuina. No era un cálculo, no era instrumental, era la humanidad misma representada en sus mejores valores, la otra cara de la insolidaridad, de la indiferencia, que también son parte de lo humano. Era una solidaridad con convicciones, que defendía y atacaba, que amaba y odiaba. Aquella solidaridad colectiva fue aprendiendo, dotando a los ideales, a los sentimientos y a los talantes genéricos de un conocimiento acumulado, de una visión cada vez más compleja de la realidad. Y fue aprendiendo, codo con codo con los organismos gubernamentales nicaragüenses a ser más práctica y eficaz en las realizaciones. Se fue organizando mejor y articulando con mayor fluidez lo que se hacía en el terreno con toda la extensa retaguardia de la solidaridad activa en ciudades y pueblos regados por el mapamundi.

El escenario conflictivo, de riesgo, nos ayudó a percibir que la solidaridad se construye en lucha, que la justicia se edifica contra fuerzas muy poderosas que actúan en todos los frentes. Y que semejante batalla exigía comenzar a recorrer el camino de la integralidad, pues el futuro estaba en todas las trincheras, no sólo en las políticas, también en la cultura, en los estilos de vida, haciéndonos cargo de la realidad toda, cargando también con ella como lo hacía el sandinismo.

No bastaba con ser políticamente firmes, debíamos ser y muchos los fueron, personas dignas que supieron sellar amistades y lealtades profundas, dispuestas a lo que hiciera falta, con humildad en la forma y el fondo y una forma de vivir austera. La solidaridad así expresada era más que un movimiento para un proyecto futuro: era presente y revelaba que se podían afrontar las cosas más difíciles desde la fuerza de la pasión, de la voluntad, del “yo no me rindo”. Era presente y además circular, pues Nicaragua, sus gentes, los sandinistas, devolvían lo que recibían y nos enseñaban a “necesitar” del otro y de los otros. Lo devolvían de acuerdo con sus posibilidades y sus destrezas: nos daban poesía, literatura, hospitalidad y alojamiento, comida, afecto, acogida, historias, consejos, medicinas caseras, cantos, risas, motivos para llorar, amistad, una forma de mirar el mundo, solidaridad política cuando la necesitábamos. Era por consiguiente una solidaridad dialógica, de ida y vuelta, altamente ética, fieramente enraizada en la vida.

AL DEFENDER A NICARAGUA
DEFENDÍAMOS UNA NUEVA CULTURA HUMANISTA

La solidaridad tenía en su origen muchas lecturas políticas. Quiero decir que si bien su destino era el pueblo de Nicaragua, y él era el punto de partida y llegada, el internacionalismo tenía en París o en Madrid, en Bruselas o en Bilbao, fuentes ideológicas variadas. Con frecuencia la solidaridad era la expresión de muchas derrotas políticas. Mayo del 68 había quedado atrás como un recuerdo, una nostalgia vivida con sabor a impotencia. El Che había caído. Nos llegaban noticias de los horrores de los países del llamado socialismo real. A Salvador Allende le dieron un golpe de estado y cientos de miles de chilenos huyeron a Europa. En nuestro país, la muerte de Franco no había dado lugar a la esperada ruptura política: todo estaba atado. Vivíamos una época con escaso optimismo cuando el sandinismo derrocó a Somoza. Y todo empezó a ser distinto. Un poco de luz asomando por entre las nubes. Y ello hizo que miles de hombres y mujeres, influidos por los mismos acontecimientos pero de ideas y creencias diferentes, se unieran en una empresa común. Había algo que los unía además de la defensa política de la revolución sandinista: el humanismo. Una solidaridad radicalmente humanista como lo era la propia revolución sandinista en sus raíces filosófico morales. El afán por lo justo no puede realizarse en el individuo, sino sólo en la comunidad humana, dejó escrito Martín Buber.

Ésa era precisamente la gran tarea del “ejército de cheles” en su misión de acompañamiento al proceso revolucionario: soldar una alianza entre seres humanos separados por la geografía y las latitudes, por la economía, el desarrollo y las culturas, para hacer juntos la obra de otra humanidad. Ese afán, esa avidez por una humanidad nueva, también estaba en el internacionalismo. Y aun cuando fuimos partícipes de los enfoques erróneos de la dirigencia revolucionaria, la misión de humanizarlo todo era una pretensión loable. De hecho, al desplegar en nuestras propias sociedades actividades en pro de Nicaragua y contra el imperialismo estábamos empeñados en cambiar los valores imperantes. En la práctica íbamos difundiendo esa buena nueva que late en el núcleo humanista: la idea de que la felicidad es derecho de todos, incluso de un pequeño y pobre país. Así era como regábamos el jardín de los valores universales, concibiendo el mundo como el lugar de una suerte común del género humano. Al defender a Nicaragua defendíamos el universalismo como nuevo mundo sentimental, nueva cultura y nueva civilización, el bosquejo fundacional de una nueva realidad humana.

HUBO ERRORES, PERO HUBO MÁS ACIERTOS
Y EL ACIERTO MAYOR FUE ESTAR ALLÍ

El movimiento de la solidaridad con Nicaragua fue el más grande desde la guerra de Vietnam. En tamaño fue seguramente menor, pero incorporó al mundo religioso, al académico y a las incipientes ONG. Dio impulso a una globalización nueva, solidaria, en unos años de auge del neoliberalismo, que ya entonces difundía una cultura cargada de contravalores y dificultaba la autonomía de los pueblos. El fenómeno solidario se expresó como la invasión pacífica de un pequeño país que convocaba a la lucha contra el imperio y en defensa de los humildes. La solidaridad era también política y centraba sus afanes en la resistencia frente al imperialismo norteamericano y el derecho a la autodeterminación de un país pequeño. Era por eso que el “ejército de cheles” cantaba con ímpetu esa estrofa del himno sandinista que dice Luchamos contra el yanki, enemigo de la humanidad. Era la sociedad civil que se levantaba frente a las estructuras de poder, contra sus propios gobiernos que no hacían lo necesario para defender el derecho de Nicaragua a vivir libremente y lanzaba un grito moral. La nueva globalización construía una interdependencia de actores sociales, una alianza de valores, de luchas y de propuestas. Se erigió consecuentemente en una plataforma de pensamiento global, pero también de lazos sentimentales poderosos.

Este movimiento cometió errores: en ocasiones quiso empujar la realidad de Nicaragua hacia sus propios modelos. No lo consiguió y además siempre tuvo que rectificar. Por lo demás, si alguna critica global puede y debe hacerse al internacionalismo que pobló y amó Nicaragua deberíamos fijarnos en el ámbito del pensamiento y de las conductas a él vinculadas: fuimos poco críticos. Excesivamente complacientes con aquello que no nos gustaba. Fuimos sumisos, leales, incondicionales, creyentes, seguidistas. Todos ellos eran síntomas de una enfermedad infantil, pero también la expresión, se quiera o no, de una generosidad total, completa.

Hoy, mirando hacia atrás sólo se me ocurre decir que esos errores fueron poca cosa comparados con los aciertos. Y el gran acierto fue estar allí.

LO QUE PASA HOY EN NICARAGUA
NOS CONCIERNE A NOSOTROS

Mi crítica -que es también autocrítica- al movimiento de solidaridad con Nicaragua no mira a los 80, mira a los 90. La derrota electoral nos dejó fuera de combate, mucho más de lo que hemos sido capaces de aceptar. De la confusión inicial pasamos progresivamente al alejamiento, cuando no a la censura global contra el sandinismo, en una especie de catarsis que recuperaba el tiempo de la crítica no realizada. Del idealismo tal vez extremo pasamos al pesimismo desenfrenado.

Es verdad que las noticias relacionadas con la “piñata” eran de suficiente calado como para invitar al movimiento de solidaridad con Nicaragua al repliegue. Si nos fallaban aquellos en los que tanto creímos ¿no era mejor abandonar discretamente? Sin embargo, estaba la gente, el pueblo llano con el que moralmente nos habíamos juramentado. La gente ahora sin guerra pero sometida a un proceso de acoso por parte de las nuevas fuerzas neoliberales en el poder y de los deseos de revancha de la derecha somocista. Estaban también expresiones organizadas de base, de mujeres, de campesinos, de jóvenes, que pronto se dispusieron a resistir los embates de la violencia jurídica que pisoteaba derechos y de las nuevas políticas gubernamentales. Estaban también sandinistas históricos que con el paso del tiempo han ido ensayando formas de agrupamiento y que siguen, pacientes, esperando su hora, la hora del sandinismo popular. Sin embargo, nos falló la vanguardia histórica y nos alejamos de Nicaragua.

Después de 1990 la solidaridad con Nicaragua casi desapareció. En todo caso perdió su carácter libre, popular, y comenzó a quedar mediatizada por las agencias de financiamiento de proyectos de desarrollo. Las ONG sustituyeron en buena parte a las redes solidarias anteriores y todo se hizo más espeso, más calculador, menos generoso. Pero la responsabilidad no es de las ONG que hacen lo que pueden, lo es de quienes no pudimos sobreponernos al declive de un movimiento. Los veteranos de la solidaridad hemos asistido al transcurrir del tiempo, callados, sin levantar la voz ante hechos que conciernen gravemente al pueblo de Nicaragua, y si fue verdad que nos creímos fusionados con ese pueblo y parte de ese pueblo, también nos conciernen a nosotros. Estoy pensando en las políticas de restauración de los tres gobiernos liberales que han atacado gravemente las conquistas de la revolución.

Bastan dos ejemplos: el analfabetismo drásticamente reducido durante los 80 galopa otra vez sin freno y el sistema de salud ha dejado de ser universal y lo es para quienes lo pueden pagar. Pero también estoy pensando en la política del FSLN, particularmente en el pacto con el gobierno de Arnoldo Alemán en ese capítulo que son los tribunales de justicia. La marcha al bipartidismo es negativa, pero más aún lo es el pacto que reparte el poder judicial entre los dos partidos para protegerse de la corrupción. ¿Por qué el FSLN dirigido por Daniel Ortega buscó y logró que la justicia esté en manos de dos partidos políticos? ¿Se han parado a pensar los dirigentes del sandinismo oficial cuánto ha dañado a la democracia la falta de división de poderes? ¿Cuánto lesiona la legitimidad del Estado que jueces sandinistas protejan actos delictivos de sandinistas, y jueces liberales hagan lo mismo con sus correligionarios? Eso es lo que está pasando.

AQUELLOS AÑOS 80 NO VOLVERÁN

Mis amigos del sandinismo crítico me dicen que hace falta paciencia. Esperan el momento en que sea posible una regeneración del movimiento y del partido. Doctores tiene la iglesia. Pero a veces pienso que de todos modos no hay tiempo que perder, pues los cambios requieren ser empujados, y me pregunto qué papel tiene que jugar la solidaridad.

Es absurdo pensar que aquella solidaridad puede volver. Lo sabe muy bien el Comité de Solidaridad de Zaragoza que, como los suizos, nunca ha dejado de estar presente en Nicaragua. También lo saben esos solidarios de Catalunya -entre los que se encuentran los infatigables Pablo Otero, Joan Palomés, Sonia Potoy, que es natural de la isla de Ometepe-, que apoyan sin complejos las propuestas ligadas a la corriente de izquierda del sandinismo.

Ningún viento sopla igual ni en fuerza ni en intensidad. Aquellos años 80 simplemente no volverán y ahora las urgencias solidarias tienen tareas urgentes en Palestina, contra las guerras y por la paz. El nuevo internacionalismo apunta hacia causas globales y señala a los poderosos de la Tierra. Tiene la virtud de una visión holística, transnacional, capaz de capturar la relación entre lo global y lo local. Ello constituye un paso de calidad, pues nos acerca al empoderamiento de una propuesta civilizatoria, cuya dejación en el pasado dio lugar al empobrecimiento de la izquierda. Una de sus dimensiones es precisamente la globalización de la solidaridad, propuesta que no pretende situarse en las llamadas coordenadas del progreso, como si éste fuera un aliado cómplice y seguro de las aspiraciones de liberación, sino que surge teniendo como compañía la incertidumbre, el no saber apenas nada de cómo será el futuro, teniendo como compañía una cierta conciencia trágica.

Este nuevo internacionalismo se ha alejado con razón de los grandes relatos y de sus utopías acabadas, pero no de la utopía comprendida como tensión, como camino, como lucha permanente por lo que no es y queremos que sea. En el pasado, la creencia de que los hechos y la historia acabarían por darnos la razón nos otorgaba una seguridad pero también una soberbia ideológica que era la palanca del dogmatismo y del sectarismo; todo cuanto hacíamos, cada acto, tenía ese telón de fondo que concibe el movimiento de la historia de un modo simple y unilateral, desplegándose ascendente según la dialéctica de Hegel y de Marx en la dirección correcta. Ahora, el nuevo internacionalismo cree menos en la historia y más en lo que puede hacer a cada momento. Es el presente y la fuerza real social lo que cuenta. Por eso mismo nos movemos en la inseguridad y somos más prudentes. Pero la misma idea de que el futuro es inseguro, no comprobable y que, lejos de cerrar el círculo de los asuntos a debate, hay que abrirlo ya que no existen esquemas preestablecidos que enseñen el camino, nos hace más revolucionarios.

Ya la transformación no puede ser decretada siquiera por la autoridad de la historia. Es la hora de desarrollar una fuerza intelectual, espiritual y práctica, una potencia crítica a todo lo existente, una actitud de investigación, a sabiendas de que el añorado Cambio Social no es inevitable ni resultado seguro de las contradicciones que vive el capitalismo. El postcapitalismo al que aspiran los nuevos movimientos internacionalistas surge como lo deseable en medio de la amenaza del neoliberalismo y también como ejercicio de la razón crítica.

HAY QUE LUCHAR SIN SABER
CUÁNTO PODREMOS LOGRAR

Puede parecer que propongo sustituir una concepción optimista de la historia por otra pesimista de igual peso. No, en absoluto. De lo que se trata es de concebir la vida como una batalla permanente superando todo pensamiento complaciente con el llamado progreso. Ahora sabemos que el movimiento de la historia no es una rueda de luces en expansión jubilosa hacia el futuro. En realidad, en la literatura y en las proclamas de la izquierda social y política había mucho conservadurismo agazapado que confiaba en la famosa revolución por etapas. Lo decía Rosa Luxemburgo: “Sólo la vida, en su efervescencia, sin obstáculos, es capaz de producir miles de formas nuevas de vida, de improvisar, de hacer surgir fuerzas creativas y de corregir ella misma todos los intentos equivocados”. Si esto es así, los determinismos históricos ya no tienen lugar en lo que debe ser un nuevo mundo subjetivo de la izquierda social y política. Luchar por la igualdad y la justicia sin saber cuánto podremos lograr, constituye una aventura moral de inspiración netamente humanista, radical.

Estos objetivos dan una idea de la dirección, pero no pueden resolver cómo tomarán cuerpo institucional. La sustitución de una visión armoniosa por utopías más modestas, lejos de ser un factor desmovilizador debe motivar exactamente lo opuesto: una rebelión cotidiana frente al espanto. Lo que debilitó a la izquierda fue el creerse poseedora del futuro y conocedora de todas las soluciones. Esta creencia fue doblemente dañina: en primer lugar por ilusoria, y en segundo término porque desconsideró profundizar sobre problemas de los que, en realidad, sólo sabíamos el enunciado. Así pues tenemos motivos para ver en los nuevos movimientos un aire fresco inspirador del Otro mundo posible.

LOS CAMBIOS GLOBALES
NECESITAN DE CAMBIOS LOCALES

Hay en el movimiento altermundialista algunos puntos débiles. Rescato dos por su relación con Nicaragua. Uno tiene que ver con la brecha entre el impacto mediático global del movimiento y su frágil arraigo local. Pienso que se ha dado un desplazamiento, un bandazo unilateral, desde un internacionalismo localizado e identificado con luchas concretas hacia un internacionalismo que plantea batallas globales. La oposición global es muy necesaria y permite tener una visión del mundo, una vigilancia sobre los poderes en la sombra, una mirada crítica sobre las relaciones internacionales, un diagnóstico del capitalismo deslocalizado y desregulado, pero tiene la dificultad de que las batallas son saltos calendarizados en una agenda global de movilizaciones y reuniones continentales y mundiales. Hay poco arraigo local, concretado en agendas que puedan incorporar a mayor número de gentes alrededor de objetivos más tangibles.

El internacionalismo localizado en la solidaridad con pueblos concretos tiene la ventaja de poner toda la fuerza en la consecución de metas cercanas, como puede ser el apoyo a una comunidad campesina, a una municipalidad que empuja el presupuesto participativo, a un movimiento social y sus luchas, a una corriente política que se propone liderar un proyecto de sociedad... Los grupos solidarios que aún son fieles al pueblo nicaragüense participan en el movimiento altermundialista pero simultáneamente dan apoyo y acompañan esfuerzos concretos de resistencia y luchas por la transformación social y política en un país concreto. El altermundialismo debe aterrizar en procesos sociales muy localizados so pena de quedar encerrado en una dimensión discursiva e ideológica. Los cambios globales necesitan de cambios locales pues sin estos últimos los primeros no son posibles. Otra cosa es que sin cambio global lo logrado localmente es siempre vulnerable.

LA IZQUIERDA: ¿SIEMPRE EN LA OPOSICIÓN?

Un segundo asunto que me preocupa es la cuestión política del poder. Ahora está de moda en algunos segmentos de la solidaridad la idea de que el poder no es importante, ya que lo que cuenta es la fiscalización del poder existente desde la llamada sociedad civil. Esto me recuerda la consigna de Daniel Ortega de gobernar desde abajo, algo que en la práctica se demostró inviable. Gobierna quien tiene el gobierno y ejerce el poder quien tiene el poder.

Cosa diferente es que debemos cuestionar la concepción verticalista que considera que para la transformación de la sociedad lo que cuenta esencialmente es la conquista del Estado siendo todo lo demás, incluido el papel de la sociedad y de sus movimientos, factores subordinados. Una larga experiencia revela que este enfoque es fuente de un poder burocrático, autoritario y conservador. Rescatar el protagonismo central de la sociedad, de sus organizaciones, es básico para la realización de una democracia económica, social y política. Pero creer que la función histórica de la izquierda social y política es la de ocupar permanentemente el lugar de la oposición para así preservar mejor la pureza de sus conductas es un error.

Por otra parte, abogar por la centralidad de los movimientos sociales sin considerar muy sinceramente sus límites y sus propias desviaciones es adoptar también una posición errática. Volviendo siempre a Nicaragua, es una necesidad derrotar a la derecha en sus distintas versiones y recuperar para una izquierda renovada, regenerada, el poder político. Objetivo que para ser posible requiere del ejercicio previo de una revolución interna que desplace la hegemonía orteguista por una dirección democrática y fiel a los fundamentos históricos del sandinismo. Y si no es desde dentro habrá de ser desde fuera. Claro que para ello es decisiva la existencia de un poderoso movimiento social, independiente de las fuerzas políticas y capaz de avanzar con su propia agenda. Un movimiento que desde la soberanía pueda concertar con los espacios políticos ocupados por un nuevo sandinismo.

VOLVER A LAS MONTAÑAS

Ambos asuntos: la necesidad de hacer solidaridad con procesos sociales y políticos concretos, sea en Nicaragua, en Chiapas, en Bolivia, en Venezuela o en Brasil, así como la recuperación del sentido de la política en su integralidad, me hacen pensar que sí es importante regresar al país que en los años 80 nos hizo vivir buenos años. No se trata de una invitación a lo imposible. El asunto es sencillo: ¿no es hora que las fuerzas solidarias todavía sensibles para con Nicaragua localicen sus apoyos en sectores políticos que antes o después deberán encabezar la recuperación del compromiso sandinista?

Es legítimo ignorar la pregunta. Pero pienso que es también una obligación moral de toda una generación no olvidar lo que vivimos y, sobre todo, oponernos a la liquidación de aquellos logros que beneficiaron a las mayorías. No me parece, por otra parte, que la indiferencia o la “neutralidad” hacia lo que sucede en el sandinismo se corresponda con la actitud colectiva de implicación y entrega del internacionalismo de los 80. Es posible que las tentativas de los críticos, de los disidentes, de los que crean opinión desde varios espacios, tengan por delante una larga travesía y sus éxitos no sean seguros en el futuro. Pero tal vez merezca la pena apostar por aquellos hombres y mujeres que de una manera metafórica han vuelto a las montañas.

RESPONSABLE DE ESTADÍSTICAS EN LA ONG DE DESARROLLO “PAZ Y TERCER MUNDO”. EL TEXTO ES EL CAPÍTULO “LA TERNURA DE LOS PUEBLOS Y EL EJÉRCITO CHELE” DE SU LIBRO “NICARAGUA EN LA MEMORIA” (EDITORIAL ICARIA, BARCELONA, 2005).

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