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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 275 | Febrero 2005
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Nicaragua

Dora María Téllez: "Esta crisis revela nuestra cultura política"

Dora María Téllez, presidenta del Movimiento de Renovación Sandinista, partido en alianza con el FSLN dentro de la Convergencia Nacional, analizó la actual crisis política y comentó algunos de sus aspectos, relativizándola y dando algunas pistas para entenderla y sobrellevarla, en una charla que transcribimos.

Dora María Téllez

La cultura de arreglos políticos, pactos y repactos es ya una dinámica tan frecuente en Nicaragua que podríamos pensar que ya es la dinámica misma de nuestra vida política.

Lo primero que hay que aceptar es que en Nicaragua los partidos políticos no son partidos programáticos.
Ése es el gran problema de los dos grandes partidos presentes en esta crisis: son partidos que ya no tienen programa. Lo han ido perdiendo en el camino.

El programa del sandinismo, que era un programa para construir una sociedad justa, era mucho más sencillo en el momento del triunfo de la revolución porque las cosas estaban más claras. Era fácil saber que había que hacer un ejército nuevo, una reforma agraria, una reforma urbana... Al comenzar la revolución, el programa era bastante claro y bastante sencillo. Pero en los años 90, con la crisis del socialismo, con la crisis de los paradigmas, la izquierda se queda sin referente claro y enfrentada a la globalización, al poder del mercado, a la ideología neoliberal y conservadora. Se queda buscando un programa. Y metida en un gran debate: ¿cuál debe ser el papel del mercado en la plataforma de un partido de izquierda y cuál debe ser el papel del Estado? ¿De qué democracia estamos hablando cuando ya no vamos a hablar de la democracia burguesa y la democracia popular?

La izquierda ha transitado todos estos años tratando de encontrar un rumbo. Y dando bandazos. En Europa, vemos a la izquierda británica, a los laboristas, alineados con Estados Unidos en la guerra de Irak. Desde el punto de vista de sus planteamientos de política internacional -planteamientos clave en tiempos de globalización- esta izquierda está a la derecha, aliada a la extrema derecha representada por el grupo de Bush. En Alemania la izquierda tiene problemas nuevos. También los tiene la izquierda re-emergente en España. Todas estas izquierdas tienen que enfrentar los retos de lo que significa gobernar en el complejo mundo actual.

La izquierda latinoamericana es aún más variopinta. Una izquierda que va desde Tabaré Vásquez en Uruguay
-quien tiene trayectoria desde los años 60, con una consistencia como líder político, con la gran virtud de construir partido, de construir alianzas, de establecer un programa para el Uruguay de ahora, que ha estado en la administración pública cuando fue alcalde de Montevideo, actuando con transparencia, con calidad humana, con vínculo con la gente- hasta Lula, uno de los símbolos más fuertes de la izquierda latinoamericana, al que hoy le toca gobernar un país complejísimo como es Brasil, donde no hay lugar para estar jugando mucho. Tiene que actuar con una gran responsabilidad y tiene ese gran reto de la izquierda: no gobernar solamente para cuatro o cinco años, sino durar más en el gobierno. Porque para cambiar las cosas no es suficiente gobernar unos pocos años y ser desalojado después del poder para ver venir el péndulo de regreso.

Las izquierdas que ha habido y hay en América Latina tienen hoy dificultades para encontrar su programa. Y una de esas dificultades es que hacer un programa de izquierda en esta época tan incierta requiere de valor. ¿Qué papel darle al mercado en nuestras sociedades? Para alguna gente de izquierda, sólo mentar al mercado es ser capitalista y no ser de izquierda. Falta valor en la izquierda para abordar a fondo estos temas, y por eso mucha izquierda prefiere no trabajar programas sino mantener discursos. Y discursos fuertes, radicales, un discurso “revolucionarista” -como decía Lenin-, porque en estos tiempos escuchar esos discursos reconforta.

Ese discurso es el que alimenta a un segmento amplio del electorado nicaragüense de izquierda. Igual pasa con el electorado de derecha: lo alimenta un discurso sin programa, el discurso antisandinista. La derecha nicaragüense tuvo como programa la lucha contra la revolución, y cuando el sandinismo salió del poder se quedó sólo con un programa neoliberal y ahora, cuando el neoliberalismo ha colapsado como alternativa en Nicaragua, también se ha quedado sin programa. ¿Cuál es el programa del Partido Liberal? Nadie sabe. ¿Qué plantean respecto a los derechos laborales, a la seguridad social? No lo sabemos. Pero tampoco sabemos lo que plantea un sandinista, dos sandinistas, cinco sandinistas sobre estos temas. Pueden plantear cosas distintas.
¿Y cuál es la identidad del sandinismo? ¿Qué es lo que cada quien cree cuando dice “soy sandinista”? Algunos dirán que están defendiendo la soberanía nacional, pero a la pregunta siguiente, qué significa eso en tiempos de globalización, no responderán nada. Y si hablamos de soberanía nacional, ¿qué significará la unión aduanera? ¿Y la integración económica y el libre comercio?

¿Y cuando hablamos de justicia social, de qué estamos hablando? Es una pregunta fundamental ahora, cuando todo el mundo habla de los pobres: el gobierno, los organismos internacionales, el Banco Mundial, el Fondo Monetario... Hace 20 años hablar de los pobres era ser radical y subversivo. Ahora, cuando uno habla bien de los pobres... ¡puede agarrar una consultoría! Ya la pobreza no es un asunto político. La pobreza es una razón estadística, dejó de ser una razón política. Ahora todo el mundo habla de los pobres y hay oficinas para los pobres, secretarías de los pobres, estrategias para los pobres, metas del milenio para reducir la cantidad de pobres...

En este contexto, hoy Nicaragua vuelve a estar en crisis. Otra crisis, que ha desembocado de nuevo en un diálogo de cúpulas. El caudillismo sigue expresándose en esta crisis. El PLC está en el diálogo tripartito para conseguir la libertad de Alemán. Los liberales analizan su derrota en las elecciones municipales de noviembre achacándola a que Alemán estaba ausente, a que “sacaron la procesión sin el santo” y sin el “santo” los “procesionistas” se dispersaron, se dividieron, no funcionó la organización. No dejan de tener razón: porque si caudillistas son los caudillos, caudillista es la gente. Y porque el caudillismo, como fenómeno político, tiene ese gran defecto: elimina los espacios y las instituciones en los cuales una fuerza política o un grupo social dirime los conflictos y establece los consensos. El caudillismo elimina los mecanismos de resolución de conflictos. Cuando el caudillo no está, no existen mecanismos para resolver ningún conflicto. Y eso trae la dispersión: no hay reconocimiento de los liderazgos, no hay estructuración de acuerdos, no hay concesiones entre los dirigentes a favor de una política determinada, no hay arbitraje en las fuerzas que se organizan. La falta del caudillo dispersa a los líderes y a las bases. Y eso es lo que se observa en el PLC desde que Alemán cayó preso.

El primer gran problema de los acuerdos que condujeron al diálogo tripartito es ése: son acuerdos de cúpula, decisiones que acuerdan los tres grupos de poder sobre temas que son fundamentales para todos nosotros, para todo el país. Acuerdos que irán y vendrán, porque en Nicaragua no todos estamos de acuerdo con el sistema político actual. El problema no es que el sistema cambie. El problema es que cambie como producto de acuerdos de cúpula. Esto no contribuye a desarrollar la cultura democrática de los nicaragüenses. Un debate sobre un tema clave como es el sistema político tendría que haber sido abierto, transparente, tendría que haberse desarrollado con tiempo y en una discusión lo suficientemente amplia como para que pudiera producir frutos en la conciencia de la población, en la cultura política.

El segundo gran problema es que, como consecuencia de estos acuerdos, Arnoldo Alemán puede salir libre. Ese hecho será una gravísima derrota en la lucha contra la corrupción. Alemán podría salir por razones políticas. Y ciertamente llegó a la cárcel por razones políticas. Cometió delitos, pero hay otros que cometieron delitos y no han estado presos. Alemán cayó preso por su enfrentamiento con el gobierno de Bolaños. Nuestra derrota como sociedad es que no logramos convertir las razones políticas en justicia duradera. La sentencia y encarcelamiento de Alemán no logró sedimentarse como un acto de justicia y no ha sido luchado como un acto de justicia por todos nosotros. Y naturalmente, tampoco sedimentó en la cúpula como un acto de justicia porque, desde el principio, nunca estuvo planteado en la cúpula como un acto de justicia. Bolaños se lanzó contra Alemán por razones de orden político. Si no, lo hubiera señalado de corrupción desde que era su Vicepresidente. Para Bolaños el tema no era la corrupción, el tema era político. Y para todos los de su entorno el tema era político. Tenemos que reconocer que en Nicaragua en la lucha contra la corrupción estamos apenas comenzando. Existe un sustrato social genuino que demanda esa lucha y demanda justicia, pero esto no cala todavía en el aparato político.

El costo para quienes decidan finalmente la salida de Alemán será altísimo desde el punto de vista ético. Y altísimo desde el punto de vista político. Porque la figura emblemática por excelencia de la corrupción después de Somoza ha sido Arnoldo Alemán. Alemán hizo flotar la corrupción en todo el país y mucha gente que parecía no ser vendible, se reveló como quien tenía un precio. Ésa fue la victoria de Alemán: contaminarlo todo.

Lo que la población organizada y los sectores sociales tienen que ver es si este diálogo surgido de la crisis lo pueden aprovechar para resolver algunos de los problemas que tiene nuestra sociedad. Aprovecharlo va a depender mucho de cómo las organizaciones de la sociedad civil se reagrupen para plantear sus demandas, poniendo contra la pared a los tres del diálogo tripartito. Creo que un error de las organizaciones sería querer meterse a participar en el diálogo, porque entonces estarían obligadas a hacer concesiones al mismo ritmo de los partidos políticos. Lo que sí pueden y deben hacer es llevar al diálogo temas clave que no están resueltos y que deben ser debatidos: la seguridad social, la producción agropecuaria, el financiamiento a la salud y a la educación...

Si el diálogo abre esta oportunidad, esto también pone a prueba nuestra cultura política. Aprovecharla va a depender del comportamiento de la sociedad civil, que debería estar organizada y agrupada en torno a los problemas y no en torno a una de las tres partes del diálogo. Aquí también tenemos deficiencias: las organizaciones de la sociedad civil o los sectores sociales toma enseguida partido por uno de los tres. Su posición debe ser firme, nunca dependiendo de dónde se colocan y no colocándose en torno a un polo o a otro. Debe ser coherente: la lucha contra la corrupción sin matices, sin los matices que le ponen los partidos políticos; la reforma del sistema político, pero exigiendo cambios que sean democráticos y que aporten a la construcción de la participación ciudadana.

Yo creo que del diálogo tripartito pueden salir algunas leyes necesarias para la población, algunos acuerdos positivos para la sociedad. Aunque por distintas razones, las tres partes en el diálogo van a mantenerse sentadas ahí. En eso coinciden los tres. Del diálogo puede salir un banco para los pequeños productores, un arreglo que le garantice a los productores cafetaleros que no se hundan el próximo año, un incremento para los trabajadores de salud y de educación... Yo le estaba proponiendo al diputado Agustín Jarquín, de la Convergencia, que ahora era la oportunidad para meter en la Asamblea un proyecto de ley prohibiendo la importación de harina de maíz. Porque si en nuestras ciudades la gente sigue consumiendo la harina del maíz que importamos masivamente, en diez años nuestros productores no tendrán a quién venderle el maíz que producen. Yo creo que es un momento ideal para proyectos de ley como éste, razonable y estratégico desde el punto de vista económico para el campesinado. Otro tema, el de impedir la privatización del agua, es uno que tiene ahora una excelente oportunidad para avanzar. Pero hay que moverlo, no se mueve solo. Nada se mueve solo. Para conseguir algunos cambios y ajustes en la política económica y en los planes de inversión, hay ahora una mayoría muy peculiar en la Asamblea Nacional y es difícil para el gobierno negarse a proyectos que sean populares.

¿Es la intención de las tres partes en el diálogo el beneficio económico y social de la población? Yo creo que en política las intenciones de los protagonistas son lo menos importante. Lo más importante en política es lo que están obligados a hacer los políticos. Al final, los políticos hacen lo que están obligados a hacer, no lo que tenían la intención de hacer. ¿Qué están obligados a hacer ahorita en el diálogo los tres? A presentarse con una cara de preocupación por los problemas nacionales. El Presidente Bolaños ya demostró que lo que le interesa es que lo dejen terminar su período. Los otros lo que quieren es sacar a Alemán. Y los otros fortalecer sus cuotas de poder. Los tres están interesados en mejorar imagen, no importa cuál sea la intención de cada uno. Lo que interesa es que en el momento político en el que están los tres hay una buena oportunidad para impulsar determinadas reivindicaciones sociales. ¿La intención de los tres es otra? No importa. La intención de los políticos siempre es el poder. Y en Nicaragua es... ¡el requetepoder! El político nicaragüense tiene obsesión por el poder y tiene también un instinto formidable para guiarse en el camino al poder.

Así es la cultura política nicaragüense: lo programático ya no es importante para los políticos. Tampoco lo es para la mayoría de la gente. Ya hay mucha gente, por ejemplo, que anda diciendo que una fórmula Herty Lewites - Eduardo Montealegre sería “buena”. ¿Buena para qué? Sería un arroz con mango. ¿Cómo se come a un Montealegre, representante de la oligarquía financiera, con Herty Lewites? Pero mucha gente dice: “sería bueno”. Decir eso ya demuestra el punto en el que estamos, con un gran retraso político, que tendremos que ir resolviendo con formación y con educación.

El concepto de ciudadanía es en Nicaragua un concepto reciente. Tan reciente que los líderes mayores y menores de los partidos políticos no lo tienen claro. Tenemos que aprender muchos conceptos nuevos de las democracias nuevas. Todavía muchos políticos nicaragüenses creen que la democracia es la democracia de las mayorías. Y la democracia moderna es la de las minorías. La democracia del siglo XIX y de gran parte del siglo XX era, ciertamente, la de las mayorías. Era que la mayoría se impusiera a la minoría. Ahora no: la democracia es que las minorías conserven sus derechos. Ésa es la democracia del siglo XXI. Pero estos partidos políticos que tenemos funcionan con la democracia de las mayorías y por eso insisten siempre en que son mayoría, en que tienen la mayoría de los votos y en que como mayoría harán esto o lo otro. Pero hay una minoría que se tiene que expresar. Que el derecho de las mayorías no se imponga sobre el derecho de las minorías, sino que conviva con ellas: ésa es la democracia moderna.

El mismo hecho de que podamos pensar que si Alemán sale libre y va de candidato por el PLC puede ganar las elecciones expresa el grado de retraso en el que estamos hoy en Nicaragua. La sola posibilidad de que Alemán pueda sacar votos, aunque no gane, evidencia que nuestro atraso político es todavía considerable. Está preparado el PLC para decirle a Alemán: no, no seás candidato? No está preparado. ¿Está preparado el FSLN para decirle a Daniel lo mismo? ¿Para decirle: vos sos mi líder, quedate de líder pero no seás candidato? No está preparado. ¿Están preparados los líderes de los partidos para ser líderes sin ser candidatos? ¿Hay algún presidente de alguna ONG que no sea director ejecutivo a la vez? En Nicaragua es muy difícil resolver esta contradicción. Así es nuestra cultura política. Entonces, ¿está en nosotros el caudillismo o está en los caudillos? Está en ambos.

Lo mejor que le puede pasar a Nicaragua es que los partidos políticos se vayan democratizando, que sean partidos que tengan límites en el ejercicio de su poder, que aprendan a cultivar el trabajo con sus bases sociales, que sean menos clientelistas, que sean menos autoritarios, que estén menos dominados por el caudillismo. Si el PLC se democratiza es bueno para el país, si el FSLN se democratiza es bueno para el país. No podemos llegar a la conclusión de que si mi adversario se democratiza es malo para mí, que si mi adversario mejora eso es malo. ¡Eso es bueno! Porque es bueno para el país. Sería ideal que los partidos políticos se pelearan por erradicar la pobreza, que compitieran por erradicar la pobreza. ¿Cómo va a ser un problema para mí, si soy de izquierda, que los liberales erradiquen la pobreza? Mejor, ya inventaré otra reivindicación como bandera.

No podemos llegar a la conclusión de que lo bueno es malo. Si vemos malo lo bueno porque lo hace el adversario, no tenemos salida como país. Tenemos que llegar a la conclusión de que lo bueno es bueno y no me importa si lo hace Juan o lo hace Pedro o si lo hace en nombre de Dios o en nombre de quien lo haga. Pero que lo haga. Porque el problema es que en este país el 70% vive con menos de dos dólares al día y esto genera problemas absolutamente dramáticos que tenemos que resolver. En Nicaragua tenemos que superar el ánimo destructivo al que nos lleva la política. Es una rabia que nos destruye, porque así funcionamos: “¡No importa que me lleve en el saco a mí misma con tal de rempujarte a vos! ¡Antes de que me quiebren a mí, me lo llevo en el saco a éste!” El ánimo de hacerle daño al contrario nos lleva a nuestro propio daño.

En la última encuesta que hace Latinobarómetro, el 70% de los nicaragüenses dice que estaría dispuesto a aceptar un gobierno de facto siempre que resolviera la crisis económica y el 69% dice que estaría dispuesto a entregarle el gobierno a la empresa privada con tal de que resuelva los problemas económicos. Esto indica que estamos en el punto de la desesperación. Además de esto, los conceptos sobre la democracia que tenemos los nicaragüenses son indicativos de que nuestra cultura política está aún muy atrasada. El 70% está de acuerdo en que la democracia es la mejor forma de gobierno, pero el 50% dice que no le gusta que haya tanta discusión política.

¡Pero si esa discusión política es la democracia! Tenemos una des-educación. No queremos que haya crisis. Pero la democracia es un debate permanente. Y tenemos que habituarnos a que la democracia sea el debate. No habría debate si todos quisiéramos exactamente lo mismo. Pero como no todos queremos lo mismo, hay que estar permanentemente discutiendo, debatiendo, metiendo conflicto, haciendo crisis... Si la gente no hace crisis en relación a la privatización del agua... ¡se privatiza el agua!

La crisis no es mala, es buena. Los maestros dicen que van a la huelga si no les aumentan el salario. ¿Es mala esa crisis? Es buena. Las crisis son expresión de que la sociedad está viva, de que está luchando por sus intereses, de que los grupos sociales pelean por sus intereses. Y los grupos políticos también los pelean. Y a lo que tenemos que aspirar es a que estos conflictos se produzcan transparentemente. Y a que cada vez más haya desde la ciudadanía una intervención en estos conflictos. Que cada vez menos los conflictos se resuelvan como arreglos de cúpula y que cada vez más los conflictos estén vinculados a las realidades concretas de la población.

En lo que no debemos caer es en la trampa de dramatizar la crisis. Ni ésta ni ninguna. Menos cuando son crisis de cúpula. Porque en el drama está el poder de los políticos. Los políticos viven de meter crisis en la cabeza de la gente. En Nicaragua, los políticos buscan hablar del caos para aparecer después como salvadores. En una situación económica tan difícil como la nuestra, los márgenes de solución que puede tener uno u otro no son significativos. Como lo saben, entonces tienen que meter el factor miedo. El poder de los políticos está en su capacidad para manipular nuestras emociones. No dejemos que lo hagan. ¿Hacen crisis? ¡Que hagan crisis! Igual a como la hacen, la deshacen. ¿Esta crisis va a llevar a una guerra? ¡Qué va a ser! ¿Y acaso todos los que están metidos en esta crisis no son mayores de 40 años? ¡A ver quién de ellos se irá a tutear ni una mochila! Y los que son menores de 40 años no tienen poder para hacer crisis. Así que sin dramatismos: que los que comienzan la crisis terminarán la crisis sentados.

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