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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 273 | Diciembre 2004
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Nicaragua

El Dios de Estados Unidos, el Dios de Bush, el Dios de Nicaragua: precisando fronteras

¿Se decidió la reelección de George W. Bush por motivaciones religiosas? ¿Significa esto que la cultura política laica de Estados Unidos está desapareciendo? Y el Dios de los votantes estadounidenses, ¿se parece al Dios de nosotros, los nicaragüenses?

Andrés Pérez Baltodano

La reelección de George W. Bush puso de manifiesto las profundas tensiones político-culturales que han marcado el desarrollo histórico de los Estados Unidos y, más concretamente, la gran influencia de importantes corrientes religiosas en un país que goza de un ordenamiento jurídico y político laico. ¿Cómo se explica esta paradoja? ¿Cómo se explica el peso determinante que tuvieron los sectores cristianos conservadores en los resultados de las elecciones del 2 de noviembre de 2004 en un país que desde sus inicios, y para utilizar las palabras de Thomas Jefferson, levantó una “pared entre la Iglesia y el Estado”? ¿Cómo se explica que la población de uno de los países más modernos del mundo elija, en pleno siglo XXI, a un candidato que en sus discursos invoca a la Divina Providencia para justificar sus guerras? ¿Sufren los Estados Unidos la misma plaga que hemos identificado en la cultura nicaragüense?

¿PROVIDENCIALISMO EN LOS ESTADOS UNIDOS?

El providencialismo constituye una de las raíces que alimenta la cultura política pre-moderna y pragmática-resignada que impera en Nicaragua y en la mayoría de los países de América Latina. El pragmatismo-resignado es una forma de pensar la realidad que empuja a los miembros de una comunidad a asumir que lo políticamente deseable debe subordinarse siempre a lo circunstancialmente posible. Esta perspectiva nos invita a asumir que los límites que nos impone la realidad existente son el horizonte de nuestras aspiraciones. Nos impide soñar con un futuro mejor. Nos fuerza a aceptar la historia como un proceso que nosotros no controlamos.

Las expresiones políticas del pragmatismo-resignado varían según sea el poder de los grupos que conforman la sociedad. En los grupos dominantes se expresa en una actitud de indiferencia ante la pobreza y la marginalidad de la mayoría. En los grupos marginales se expresa en las actitudes fatalistas con las que entienden y aceptan su propia miseria.

¿Puede coexistir el providencialismo con la modernidad? ¿Cómo explicar que en Estados Unidos, un país tan avanzado, con tantos adelantos económicos, científicos y tecnológicos, puedan convivir visiones providencialistas de Dios, como las que han estado presentes en esta ocasión en muchos de los votantes y en el votado, tanto en muchos de los que reeligieron a George W. Bush como en el Presidente reelecto?

LIBRES Y CO-PARTICÍPES
O DEPENDIENTES, ENTRE ÁNGELES Y DEMONIOS

El providencialismo ve la historia como un proceso gobernado por Dios, por sus planes y propósitos, por “su voluntad”. Esta visión se encuentra presente en casi todas las doctrinas y prácticas religiosas del mundo. A pesar de su persistencia, la modernización de las sociedades más avanzadas ha ido matizando y problematizando el sentido de esta idea de Dios y de las ideas que relacionan a Dios con la historia humana.

La teología distingue dos tipos de providencialismo: el general y el meticuloso. En el providencialismo general Dios es visto como una influencia que establece un amplio marco de limitaciones y posibilidades históricas para la humanidad, pero no como una fuerza que supervisa, regula y administra el sentido, la forma y la naturaleza de cada uno de los hechos y las circunstancias que marcan el paso del tiempo. El providencialismo general asume que la humanidad cuenta con la libertad de acción, y hasta con la obligación, de construir su destino dentro de ese amplio marco de posibilidades determinado por Dios. El providencialismo general entiende que Dios le ha dado a la humanidad la capacidad de funcionar como co-partícipe en el proceso de creación y transformación de la historia.

A través de una visión providencialista general se puede llegar fácilmente al deísmo, una doctrina que forma parte del espíritu racionalista que surgió en Europa en el siglo XVIII. Los deístas reconocen a Dios como el Creador del universo, pero no aceptan ni dogmas religiosos ni la idea de un Dios que interviene en la historia para ajustarla a sus propósitos. Desde una perspectiva deísta, la historia es responsabilidad exclusiva de la humanidad.

El providencialismo meticuloso es otra cosa muy diferente. Percibe a Dios como una influencia constante que determina todos y cada uno de los vaivenes de la historia del mundo, el desarrollo de las sociedades y cada momento de la vida de los individuos. Para este providencialismo el mundo está poblado, además, de ángeles, demonios, espíritus, santos y santas, a través de los cuales se manifiesta el poder y la presencia de Dios en la tierra.

¿RELIGIÓN O LOCURA?

El providencialismo que ha dominado la cultura religiosa estadounidense es un providencialismogeneral. Y siempre ha coexistido con el providencialismo meticuloso que defienden y promueven grupos religiosos que emplean una terminología cristiana y que perciben la historia como un proceso determinado por la voluntad de Dios hasta en sus más mínimos detalles. En algunos casos, el providencialismo de estos grupos raya en la locura. El periódico británico The Guardian informaba hace unos meses que millones de estadounidenses aceptan hoy la interpretación caprichosa de pasajes de las Escrituras hecha por un predicador del siglo XIX, para “demostrar” que el futuro de la historia de la humanidad ha sido ya decidido por Dios y está anunciado en la Biblia.

El guión de esta película es el siguiente: Jesús regresará a la Tierra cuando se hayan cumplido tres precondiciones. Primera, el establecimiento del Estado de Israel. Segunda, la ocupación por Israel de sus “tierras bíblicas”. Y tercera, la construcción del Tercer Templo en el lugar que hoy ocupan la Mezquita de la Roca y la Mezquita de Al-Aqsa, dos de los principales lugares sagrados del Islam. Cuando se cumpla el tercer requisito, los ejércitos del Anticristo atacarán a Israel. Será una guerra que culminará con una batalla final en el valle de Armagedón. En esa conflagración, los judíos perecerán o se convertirán al Cristianismo. Entonces, Jesús regresará a la Tierra. Según The Guardian, algunos encuestas señalan que entre un 15% y un 18% de los votantes estadounidenses pertenecen a iglesias o grupos que aceptan esta interpretación como revelación divina. Un 33% de los votantes republicanos registrados la considera válida.

UNA COEXISTENCIA HISTÓRICA

En Estados Unidos, grupos como éstos, que esperan con entusiasmo la victoria de Dios sobre el Anticristo, o que defienden la posición “creacionista” en contra de la “evolucionista”, enfrentando al Génesis con Darwin, o que asumen que la “ley de Dios” tal y como ellos la interpretan debería ser la “ley de los Estados Unidos”, o que asumen que la Divina Providencia guía la política exterior de Washington y las guerras de George W. Bush, han coexistido, y coexisten, con grupos deístas, ateos, agnósticos y, sobre todo, con otros que funcionan dentro de una visión providencialista general.

Todos estos grupos modernos han sido responsables del desarrollo del pensamiento feminista estadounidense, del colosal desarrollo del arte, la ciencia y la tecnología en ese país y de las impresionantes contribuciones de la práctica y del pensamiento legal estadounidense a la teoría y a la práctica del derecho moderno.

Al peso que todos estos grupos progresistas han logrado tener y mantener a través del desarrollo histórico de Estados Unidos se debe la institucionalidad política y legal laica de ese país. De estos grupos ha surgido lo más avanzado y esperanzador de Estados Unidos: Benjamin Franklin, Thomas Jefferson, Eleanor Roosevelt, Ernest Hemingway, Jackson Pollock, Steven Spielberg, Gloria Steinem y tantos más en una larga lista, ignorada por nuestras élites ramplonas, para quienes los Estados Unidos son, simplemente, el lugar ideal para comer hamburguesas y comprar.

“A LA BUENA DE DIOS”

A diferencia del providencialismo general que impera en Estados Unidos, el providencialismo que domina la cultura nicaragüense y la latinoamericana es un providencialismo meticuloso que cree que “nada se mueve si no es por la voluntad de Dios”.

El peso que tiene en Nicaragua esta visión de la relación entre Dios, la naturaleza y la historia se refleja dramáticamente en una de las respuestas de una encuesta nacional realizada en el año 2002. Un 79% de las personas encuestadas dijeron que Dios, y no su propia voluntad como individuos, era la fuerza que determinaba el rumbo de sus vidas. Sólo un 9% dijo que eran ellos mismos los responsables de su propio destino. El restante 12% consideró que el poder divino y el humano se combinaban para determinar su futuro y el de la humanidad. El diario La Prensa sintetizaba así su análisis de este punto en la encuesta: “‘A la buena de Dios’ dejan su destino muchos nicaragüenses, que creen que su vida es un guión hecho por un poder sobrehumano. Esta visión, por una parte, es un consuelo ante las adversidades, pero también deriva en conformismo y resignación”. No hay duda que el providencialismo meticuloso que predomina en Nicaragua es paralizante, y tiende a generar una cultura política que he llamado pragmática-resignada.

PRAGMATISMO: VALE TODO

Pragmatismo: ¿cuáles son las raíces de este concepto? El pragmatismo fue la corriente filosófica más influyente en Estados Unidos durante las primeras décadas del siglo XX. La característica principal de esta filosofía es su aceptación del marco de limitaciones y posibilidades ofrecidas por la realidad tangible como punto de referencia para la acción humana. Para el pragmático, es la realidad -y no los valores y los principios “fundacionales” discutidos por la filosofía tradicional- la que establece el marco que debe orientar y determinar lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo posible y lo imposible, lo justo y lo injusto.

El pragmatismo minimiza la importancia que juegan los valores como fuerzas constitutivas de la historia y como fuerzas capaces de recrear el marco de lo posible y los límites de la realidad. “La verdad -decía William James, uno de los principales proponentes del pragmatismo- se construye con los hechos”...Y por supuesto, el país que cuenta con el poderío económico y militar para construir los hechos -en Grenada, en Nicaragua o en Irak- tiene poder para definir su verdad y para imponerla a los demás.

El pragmatismo constituye un intento por presentar la verdad y lo posible como condiciones relativas, contextualizadas y determinadas por una realidad exterior y circunstancial que se presenta como el punto de referencia fundamental para la acción humana. A partir del marco de posibilidades que ofrece la realidad existente, el pragmático define sus objetivos y su conducta. Desde esta perspectiva, la validez del pensamiento pragmático, no está determinada por una racionalidad ética o moral, sino por su operacionalidad. “Vale todo”, incluyendo en ese “todo” el vivir como el camaleón, “cambiando de color según la ocasión”.

Para el pragmático, señala Eric MacGilvray, el valor de las ideas es validado por la práctica y la experiencia y no al revés. Y para Richard Rorty, “lo conveniente” constituye el principal criterio de “aprobación epistemológica”. No debe sorprender, entonces, que el pragmatismo haya sido criticado por muchos como amoral. Bertrand Russell señalaba que no es una filosofía sino una manera de vivir sin una filosofía.

HAY PRAGMÁTICOS RESIGNADOS
Y HAY PRAGMÁTICOS OPTIMISTAS

Existen profundas diferencias entre el pragmatismo estadounidense y el latinoamericano-nicaragüense. En términos generales, el pragmatismo estadounidense es transformador. El nuestro es resignado. Esta diferencia está en gran parte determinada por la cultura religiosa que pesa sobre Estados Unidos y la que pesa sobre América Latina. Los alimentan dos tipos de providencialismo. El providencialismo meticuloso ha generado entre los latinoamericanos, entre los nicaragüenses, conformismo, fatalismo, inmovilismo, irresponsabilidad, insensibilidad. El providencialismo general ha propiciado en Estados Unidos las condiciones para el desarrollo de un pensamiento y una práctica pragmática capaz de transformar la realidad.

Al igual que en su versión estadounidense, el pragmatismo latinoamericano asume que la verdad está determinada por el marco de posibilidades que ofrece la realidad. En este sentido, tanto aquí como allá se prescinde de los principios y de los valores políticos como fuerzas constitutivas de la historia. Para ambos pragmatismos, lo socialmente deseable está determinado por lo circunstancialmente posible. Sin embargo, para el pragmático estadounidense la realidad histórica y tangible utilizada como punto de referencia que debe regir su conducta política es una realidad plástica, moldeable, que puede ser transformada aplicándole el pensamiento instrumental y la voluntad humana. Es por esto que este pragmatismo debe verse como una extensión del pensam-iento moderno, que percibe la realidad existente como punto de apoyo para la realización de nuevas posibilidades históricas.

El pragmático estadounidense es optimista y el latinoamericano en general, y el nicaragüense muy en particular, es fatalista. Para el pragmático estadounidense la realidad existente invita a la acción, al cambio. Para el pragmático latinoamericano, la realidad existente establece los límites de lo posible. El pragmático latinoamericano concibe la política como la capacidad para adaptarse, acomodarse, atemperarse, a las circunstancias, no para trascenderlas.

UN BARCO CON TIMÓN Y TIMONELES
Y EL OTRO A MERCED DE LOS VIENTOS

La fuerza transformadora del pragmatismo optimista estadounidense se debe, en gran medida, a que éste no es simplemente una actitud sino también una racionalización teórica de la vida y de la historia. Por lo tanto, está impregnada de propósito y de direccionalidad. Hay voluntad y hay objetivos.

El papel de la teoría social es hacer explícita la realidad. Al explicar la realidad, la teoría y el pensamiento social se convierten en fuerzas constitutivas de la historia. Esto es lo que ha sucedido en Estados Unidos: la teoría ha hecho práctica. Contradecir este argumento sería proponer que ni el pensamiento ni la voluntad humana han participa-do en la construcción de la democracia, el Estado, la Sociedad Civil y los Derechos ciudadanos. Sería proponer que estos logros han sido productos históricos inevitables o accidentales.

El pragmatismo-resignado latinoamericano no es una teoría. Sólo puede definirse como una actitud, como una posición intuitiva y preteórica ante la realidad. Esta forma de ver y de vivir la vida ha mantenido a las sociedades de nuestra región expuestas a la influencia de “la fortuna”, de “la buena suerte” al peso de las circunstancias y al ritmo de accidentes de la historia que casi siempre han terminado imponiéndose sobre la acción y la voluntad política de las élites de la región.

Hemos sido como un barco sin timón, expuesto a los vientos de la historia, que con frecuencia interpretamos co-mo soplos de Dios que “nos ayuda” o que “nos pone a prueba”. Hoy, muchos de nuestros gobiernos se santiguan resignados ante la borrasca neoliberal y caminan hacia el abismo esperanzados en que la suerte o las inversiones gringas o las donaciones europeas o los regalitos de Taiwan los salvarán de la muerte.

AVANCES QUE DEPENDEN DE LA IDEA DE DIOS

Destacar el papel de las cosmovisiones religiosas, como fuerzas constitutivas de la cultura política y del desarrollo histórico de Estados Unidos y de América Latina no es proponer un determinismo. No es decir que la formación de estos Estados y estas sociedades hayan sido, o puedan ser, determinadas exclusivamente por la ideas religiosas. Las interpretaciones históricas subjetivistas que ignoran los condicionamientos y limitaciones impuestas por la realidad material sobre el desarrollo histórico de las sociedades, son inadecuadas. Igualmente inadecuadas son las interpretaciones materialistas de la historia, que minimizan o ignoran la participación del pensamiento y de las ideas en el desarrollo histórico de la humanidad.

Es una realidad comprobable que el desarrollo histórico de los Estados Unidos ha sido condicionado por una cultura política pragmática-transformadora, alimentada por visiones modernas de la idea de Dios y de la relación entre Dios y la historia. La cultura política que han generado estas visiones ha sido compatible con la democracia liberal y con el capitalismo.

Tan real y comprobable como esto es que el desarrollo social de Nicaragua y de América Latina ha sido condicionado por una cultura política pragmática-resignada, nutrida por una visión de la historia como un proceso regulado por Dios hasta en sus más mínimos detalles y por una idea de Dios pre-moderna. Esta cultura ha demostrado ser incompatible con el capitalismo, con el socialismo, con la democracia, con el desarrollo, con la ciudadanía o con cualquier otro proyecto social, político o económico moderno.

En Nicaragua, la cultura política pragmática-resignada ha sido reforzada por el papel preponderante que ha jugado el gobierno de Estados Unidos en nuestro desarrollo histórico. Los nicaragüenses han trasladado su dependencia mental de un Dios omnipotente y providencial a su percepción del poder transnacional de Estados Unidos. Ahora, en esta era de la globalización, lo trasladan también a las fuerzas que dominan el orden político y económico mundial, incluida “la cooperación internacional”.

EL MÁS RELIGIOSO Y EL MÁS LAICO DE LOS PAÍSES

El desarrollo cultural de los Estados Unidos ha sido marcado por la difícil coexistencia de corrientes laicas y religiosas. El teólogo estadounidense Reinhold Nebuhr se refería a esta dualidad cuando hablaba de la presencia de “lo sagrado” y “lo profano” en la cultura de su país. Y el historiador Michael Kammen caracteriza a los Estados Unidos como “un pueblo paradójico”, precisamente por ser a la vez religioso y laico.

En realidad, los Estados Unidos son, a la vez, el más religioso y el más laico de los países capitalistas avanzados. Las tensiones que se derivan de esta dualidad se manifestaron claramente desde la fundación de esta nación. De una cultura marcada a fuego por el puritanismo religioso surgió, después de la Revolución Americana, una Constitución y un modelo de Estado laico y moderno. Ya en 1791, la primera enmienda a la Constitución estableció: “El Congreso no promulgará ninguna ley con respecto a establecer una religión, ni prohibirá el libre ejercicio de la misma”.

HIJOS DE LA REFORMA
O DE LA CONTRARREFORMA: UNA CLAVE

Para entender la condición paradójica que genera la dualidad laicismo-religiosidad en los Estados Unidos es necesario, en primer lugar, tomar en consideración los gérmenes modernizantes que contenía la cultura religiosa puritana en las Trece Colonias.

El cristianismo que marcó la formación de la Nueva Inglaterra fue una extensión cultural de la Europa protestante y de su historia. El cristianismo fundacional en los Estados Unidos el cristianismo de la Reforma, que al rechazar la idea de las mediaciones institucionales entre Dios y la humanidad -la rebelión de Lutero ante la institucionalidad divina del Papa- promovía la responsabilidad individual en el ordenamiento de la relación entre Dios y los seres humanos.

Más aún, el protestantismo puritano impulsaba a los creyentes a encontrar en el éxito de su trabajo y en sus acciones aquí en la tierra las señales y la confirmación de una vida virtuosa y agradable a los ojos de Dios. Del individualismo, de la visión del trabajo como el medio para alcanzar a Dios y de la idea de la salvación como algo que no depende ni de rezos ni de perdones e indulgencias institucionales se deriva la famosa “ética de trabajo protestante” que, para Max Weber, constituyó una fuerza determinante en el surgimiento del capitalismo.

El desarrollo del capitalismo, a su vez, facilitó la consolidación de una cultura utilitarista y pragmática que se orientó a transformar la realidad dentro de una cosmovisión religiosa en la que la idea de Dios se fue haciendo cada vez más compatible con la activa participación de la humanidad en la construcción de la historia. Todo esto vivido dentro de un marco social de relativa igualdad de derechos para los europeos que colonizaban las nuevas tierras de América y para sus descendientes.

El contraste con la formación original de las sociedades latinoamericanas, extensiones de los dos países que en Europa encabezaban la Contrarreforma antiluterana, es dramático. España y Portugal trasladaron a sus colonias de América un catolicismo autoritario, hiper-providencialista, supersticioso, machista y pre-moderno.

Las prácticas políticas verticalistas que se derivan de esta cosmovisión religiosa se impusieron sobre sociedades étnica y socialmente fragmentadas facilitando la esclavitud y la explotación de las poblaciones indígenas y su exclusión, que hasta el día de hoy permanece vigente en “la patria del criollo”. Además, el catolicismo supersticioso impuesto por la Conquista contribuyó a alimentar las visiones religiosas mágicas de estas poblaciones, convertidas por la fuerza al Cristianismo.

LOS TEÍSTAS, LOS DEÍSTAS
Y LOS LIBERALES CRIOLLOS

Como fragmento de la Europa moderna, la cultura religiosa de Estados Unidos se vio impregnada, además, desde mucho antes de la independencia de Inglaterra, de influyentes visiones y posiciones teológicas y filosóficas que problematizaban la idea del papel de Dios en la historia. De esta manera, el deísmo de importantes líderes de la sociedad estadounidense, como Benjamin Franklin, llegó a legitimarse y a coexistir con el teísmo de los puritanos.

La presencia de importantes intelectuales deístas, como Thomas Paine y el mismo Thomas Jefferson, contribuyeron a la modernización de la cultura estadounidense y al éxito de la Revolución Americana. Como lo apunta Daniel Boorstin, el espíritu deísta de Jefferson impulsó a los revolucionarios a entender la idea de Dios como una fuerza que debe estar al servicio de la humanidad y no al revés. El espíritu racionalista de Jefferson lo llevó a la audaz iniciativa de publicar una versión del Nuevo Testamento en la que se omiten los milagros de Jesús para destacar el valor moral de sus enseñanzas y la necesidad de acercarse a ellas a través de la razón.

En la mayoría de los países de América Latina, por el contrario, el catolicismo pre-moderno impuesto por España y Portugal nunca enfrentó la crítica de un movimiento intelectual de envergadura. El liberalismo latinoamericano fue, casi siempre, un movimiento que luchó contra el poder político de la Iglesia católica, pero sin rebatir la teología ultra-providencialista que servía de fundamento a ese poder.

En Nicaragua, la Revolución Sandinista se enfrentó a los jerarcas de la Iglesia católica, pero dejó intacta la cosmovisión religiosa de un pueblo acostumbrado a pensar que “Papachú lo decide todo”.

Muchos esfuerzos orientados a establecer el Estado laico en los países más atrasados de América Latina se orientan a lograr una división legal entre la Iglesia y el Estado, sin prestarle atención a la necesidad de separar, en la mente de los hombres y las mujeres de nuestras sociedades, el espacio de lo sagrado y el de lo terrenal.

PROVIDENCIALISTAS Y DEÍSTAS: POR ESPACIOS
URBANOS Y RURALES, POR CLASES SOCIALES

La convivencia del espíritu laico dentro de Estados Unidos se manifestó en las personalidades de sus primeros Presidentes. A George Washington y a John Adams -los dos primeros en el país- se les conoce por su espíritu religioso. Thomas Jefferson y James Madison, tercero y cuarto presidente, eran deístas.

El deísmo y las visiones modernas de Dios se concentraron en las principales zonas urbanas y en las clases más educadas. Las visiones religiosas más providencialistas se atrincheraron en las zonas rurales, en las zonas urbanas de los Estados interiores, y en los sectores con los niveles de educación más bajos. En términos generales, esta correlación entre cultura religiosa y clase social se ha mantenido vigente a través del desarrollo histórico estadounidense hasta hoy.

Otro factor que contribuyó a la institucionalización de un Estado laico en los Estados Unidos fue el pluralismo religioso que marcó el desarrollo histórico de ese país desde sus inicios. La existencia de múltiples denominaciones religiosas entre los primeros pobladores de las colonias inglesas hizo políticamente necesaria la creación de un Estado no confesional que se limitara a garantizar la libertad de credo sin favorecer a ningún grupo religioso en particular.

Muchos señalan que la historia de la secularización de Estados Unidos tiene sus raíces precisamente en el proceso de diferenciación que, desde el inicio del desarrollo republicano de ese país, estableció una separación real y efectiva entre Iglesia y Estado. La Constitución de los Estados Unidos fue capaz de reconocer la pluralidad religiosa de ese país y de establecer una fórmula legal que permitió la coexistencia de toda forma de religiosidad o de irreligiosidad dentro de un marco político y económico laico. Este marco se fue institucionalizando hasta convertirse en un molde forjador de la identidad estadounidense.

NICARAGUA: “EN EL SÓTANO DE LA CULTURA”

Durante el siglo XIX se consolidó en Estados Unidos una “religión civil”, que lograría integrar y trascender las identidades religiosas de esa sociedad. El desarrollo de las fuerzas productivas y el desarrollo de la ciencia y la tecnología promoverían la desacralización de las explicaciones de los fenómenos naturales y sociales y, con ello, el predominio de visiones religiosas dentro del providencialismo general, que coexistirían con el deísmo, con el ateísmo y con otras interpretaciones modernas de la idea de Dios.

Países como Nicaragua no tuvieron nunca la posibilidad de experimentar el efecto modernizante de las tensiones entre el pensamiento científico y el religioso. Así lo entendió el gran educador Mariano Fiallos Gil a mediados del siglo XX, cuando señaló que en Nicaragua no existían las condiciones para promover un debate serio sobre los principios teológicos católicos: “Si tuviéramos un centro de investigación en ciencias naturales, biología, o más específicamente antropología, y se discutieran los problemas de la evolución y algún profesor enseñara que la vida no es más que una forma refinada de la organización de la materia; o que preconizara la necesidad de la eutanasia, la inseminación artificial humana, la esterilización u otra forma de control de nacimiento, todos ellos problemas científicos conectados con los morales y metafísicos, tal vez la Iglesia Católica u otra Iglesia protestaría dogmáticamente, o tal vez entraría, con pleno derecho, a discutir su doctrina, lo cual derivaría en saludable dialéctica, jamás vista en nuestros centros de estudios. Pero hoy por hoy no existe esa posibilidad, pues nos hallamos muy en el sótano de la cultura, y, por lo tanto, todo conflicto religioso queda, de hecho abolido”.

EL “DEDO DE DIOS”
SE INTEGRA A “LA MANO DEL MERCADO”

Kenneth Wald señala que de los procesos de diferenciación y desacralización en los Estados Unidos se derivaron importantes procesos de privatización religiosa. La fe religiosa sufrió un proceso de “secularización personal” y esto facilitó la consolidación del Estado, de la ley y de la política, como instituciones y procesos que operan dentro de un ámbito de acción social independiente de las instituciones religiosas y de cualquier interpretación particular de la idea de Dios.

Las relaciones entre Estado y sociedad terminaron organizándose dentro de un consenso social que es fundamentalmente laico, pero no anti-religioso. La expresión objetiva más importante de este consenso es el binomio democracia liberal-capitalismo. No es una exageración decir que la democracia liberal y el capitalismo constituyen las principales formas institucionales en las que se ha objetivado la cultura “paradójica” estadounidense. El digitus Dei (dedo de Dios) que al inicio de la formación de los Estados Unidos orientaba la conducta de los puritanos pasó a integrarse en la mano invisible del mercado.

En estas circunstancias, lo religioso pasó a desarrollar una función social esencialmente simbólica, que casi siempre sirvió para justificar la riqueza y el éxito en la sociedad estadounidense. Aún en la actualidad, algunos académicos providencialistas y pro-capitalistas -Robin Klay y Jonh Lunn, entre otros - racionalizan la ley de la oferta y la demanda del mercado como una manifestación “del espíritu de Dios”.

La “religión civil” estadounidense mantuvo su legitimidad durante la primera mitad del siglo XX. Durante este período, la membresía de los diferentes grupos religiosos creció como resultado del incremento de la población del país, triplicada en esos años. Se calcula que 42 millones de personas asistían a servicios religiosos en 1916, ya eran 55 millones en 1926 y llegaron a 72 millones en 1942. Barry A Kosmin y Seymour Lachman señalan que durante este periodo, los ritos y hasta los estilos arquitécnicos empleados en la construcción de los templos de las diferentes denominaciones establecidas en Estados Unidos empezaron a converger, a parecerse, confirmando la fusión de identidades, ese melting pot (crisol de culturas) racial, étnico y religioso, esencial en la experiencia histórica estadounidense.

LA DÉCADA DE LOS AÑOS 70:
LA “REVANCHA” DE DIOS

Todo esto empezó a cambiar en la década de los años 70. Muchos estudiosos de la cultura religiosa de los Estados Unidos y de otros países han señalado que esa década estuvo marcada por una revitalización religiosa en todo el mundo. En su libro La Revancha de Dios, Gilles Kepel señala cómo las tres religiones monoteístas y abrahámicas -el Cristianismo, el Judaísmo y el Islam- vivieron en los 70 un proceso de redescubrimiento y revaloración de sus raíces teológicas más conservadoras.

Este proceso tuvo consecuencias y expresiones políticas por todo el planeta. En 1977 Israel eligió al gobierno ultraconservador de Menahem Begin, quien contó con el apoyo decisivo de los movimientos religiosos sionistas de ese país. El Partido Laborista, de tendencia laica, sufrió su primera derrota electoral desde la creación del Estado de Israel en 1948.

En 1978, el Cardenal polaco Karol Wojtyla fue electo Papa. Juan Pablo II inició una reversión sistemática de las tendencias progresistas presentes en la Iglesia católica desde el Concilio Ecuménico Vaticano II iniciado en 1961, durante el breve Papado de Juan XXIII. Juan Pablo II hizo todo lo posible por extinguir el aliento transformador en América Latina de la teología de la liberación e impulsó, también, un proyecto para la resacralización del catolicismo empleando, entre sus más singulares instrumentos, un escandaloso proceso de beatificaciones y canonizaciones.

En 1979 el mundo asistió con sorpresa al triunfo de una revolución islámica en Irán que, en gran medida, surgió como una reacción a los procesos de modernización y occidentalización impulsados por el gobierno pro-estadounidense del Sha Reza Pahlevi. La revolución iraní, más que cualquier otro evento del siglo XX, mostró que la secularización del mundo, considerada por muchos como inevitable, era en realidad, reversible. ¿La revancha de Dios? Pero, ¿de qué Dios?

En la década de los 70, Estados Unidos vivió su propia versión del resurgimiento religioso, posiblemente como una reacción a la crisis generada por el escándalo del Watergate y la guerra de Vietnam.

Algunos señalan la elección del Presidente Jimmy Carter en 1976 como muestra del nuevo espíritu de religiosidad que marca esos años. Carter fue el primer presidente born again christian (cristiano renacido) en la historia de Estados Unidos. Su candidatura fue apoyada por amplios sectores religiosos, aunque no con la misma intensidad ni con los mismos objetivos con que algunos de esos sectores apoyaron ahora a Bush. Vale la pena aclarar, además, que con todo y su religiosidad, Carter fue un político respetuoso de la separación entre la Iglesia y el Estado.

BUSH: UN “RENACIDO CON MISIÓN DIVINA”

Los vaivenes e incertidumbres creados por la globalización del capital, y la reorganización de la economía estadounidense iniciada por Ronald Reagan, generaron en Estados Unidos una crisis de seguridad que siguió alimentando el incremento de la religiosidad durante la década de los 80 y de los 90. La globalización redujo la seguridad ontológica que generaban las estructuras sociales de los países desarrollados y facilitó el resurgimiento de la idea de Dios y de la religiosidad como fuerzas que compensaban los efectos de la certidumbre perdida.

Pero nada superaría los niveles de inseguridad que Estados Unidos experimentaría a partir del 11 de septiembre de 2001. Por primera vez en su historia el país sufría un ataque militar de envergadura en su propio territorio. Una sociedad acostumbrada a la fuerza estabilizadora de sus instituciones, vio derrumbarse, momentáneamente, el orden que algunos de sus ideólogos habían calificado como la representación más auténtica de la última estación a la que llegaría el tren de la historia después de la Guerra Fría.

En estudios realizados poco después de los ataques terroristas, el 78% de la población estadounidense señaló que la influencia de la religión estaba creciendo. Meses antes de los ataques, apenas un 37% percibía ese crecimiento. Pero ya en marzo de 2002 el porcentaje que daba a la religión tanta influencia había vuelto al 37% previo al 11-S.

La “brecha religiosa” que tradicionalmente había separado al Partido Demócrata del Partido Republicano se agrandó a partir del 11 de septiembre. George W. Bush encontró en el terrorismo internacional la razón de ser de su Presidencia y la vía para reafirmar al Partido Republicano como el partido de quienes creen en Dios y en la defensa de los intereses y la seguridad de los Estados Unidos. El fanatismo religioso que alimenta al terrorismo islámico se enfrentaría a un Presidente, también fanático, que después de su “renacimiento cristiano” a los 40 años, cree hoy firmemente que Dios le ha asignado a él y a los Estados Unidos una misión histórica en la lucha por la libertad en el mundo.

¿VOTARON POR “VALORES MORALES”?

Los analistas políticos que cubrieron las elecciones presidenciales del 2 de noviembre en Estados Unidos destacaron la fuerza determinante que habrían tenido los “valores morales” de los estadounidenses en su voto. Muchos desagregaron la categoría de “valores morales” para identificar posiciones personales con relación al aborto, al matrimonio de homosexuales y lesbianas y a otros temas controversiales. Estas posiciones fueron generalmente interpretadas como “religiosas” y esto llevó a muchos a concluir que en las elecciones se había roto el balance histórico entre laicismo y religiosidad que ha marcado la historia de los Estados Unidos. Algunos hasta llegaron a señalar que las elecciones eran un hito en el surgimiento del Partido Republicano como un partido “cuasi-clerical”.

Encuestas realizadas después, con más distancia del día de las elecciones, mostraron que la cultura política estadounidense sigue siendo “paradójica” y que el balance entre laicismo y religiosidad, aunque es hoy más tenso y conflictivo que nunca, no se ha roto. Una encuesta señaló que un 33% de los votantes identificó “la avaricia y el materialismo” como el problema moral más urgente en la sociedad estadounidense. Un 31% dijo que “la pobreza y la justicia económica” eran los más importantes problemas. Por debajo de estos dos “valores”, un 16% citó el aborto y un 12% identificó el matrimonio entre homosexuales y lesbianas como los principales problemas “morales” que desafían a los Estados Unidos.

Cuando esta misma encuesta preguntó a los entrevistados cuál era el “asunto moral” que más había influido en su decisión de voto, un 42% respondió que la guerra en Irak, un 13% citó el aborto y un 9% el matrimonio entre gays. Aun así, la encuesta confirmó la existencia de un 22% de votantes que enfatizaban su preocupación ante el aborto y los matrimonios gay por razones fundamentalmente religiosas.

Otra encuesta realizada después de las elecciones mostró que un 27% de los encuestados selecciónó la categoría “valores morales” cuando le pidieron escoger cuál era “el tema más importante en las elecciones” entre una lista de siete temas. Un 22% eligió “la guerra en Irak” y un 21% “la economía y el empleo”. Un 14% escogió “el terrorismo”, un 8% “salud y educación” y un 3% “impuestos”. Es interesante que cuando la misma encuesta preguntó a otro grupo lo mismo, pero sin ofrecerle la lista de categorías, los resultados fueron significativamente diferentes. “La guerra en Irak” fue el tema más mencionado (25%). Un 9% respondió “valores morales”, un 3% “el aborto” y “los matrimonios entre personas del mismo sexo” y un 2% identificó “la moralidad de los candidatos”.

LA DERECHA RELIGIOSA DECIDIÓ LA REELECCIÓN

Las evidencias que muestran la presencia de firmes valores laicos en la cultura política estadounidense no deben llevarnos a pensar que el futuro de la “religión civil” de ese país está asegurado. Las elecciones de 2004 mostraron un poder de movilización sin precedentes de la derecha religiosa estadounidense y la posibilidad real que este sector tiene para romper el balance entre las corrientes laicas y las religiosas, que hasta hoy han operado dentro de un consenso social no religioso.

Orientados desde la Casa Blanca por Karl Rove -el principal asesor político de George W. Bush-, los sectores religiosos de derecha decidieron, en la práctica, los resultados electorales. La estrategia de Rove fue sencilla: capitalizar la afinidad cultural entre el candidato republicano y la derecha religiosa estadounidense para obtener 4 millones de votos adicionales a los obtenidos de este sector religioso en las elecciones del 2000.

El esfuerzo fue extraordinario y el éxito rotundo. Según informes periodísticos, un 71% de los votantes fue contactado por la derecha religiosa y apenas un 38% fue contactado por los grupos religiosos liberales. Algunas iglesias evangélicas entregaron a la Casa Blanca directorios de sus miembros para facilitar el trabajo proselitista de los republicanos. Un grupo asociado con el predicador Pat Robertson asesoró a 45 mil iglesias sobre cómo trabajar a favor de Bush sin violar las leyes que prohiben el uso de las iglesias para hacer proselitismo político. El trabajo de organización y movilización de las iglesias fue definitivo en los resultados electorales de estados clave como Florida, Iowa y Ohio.

A los protestantes de derecha se agregaron grupos católicos conservadores opuestos a la legalización del matrimonio entre homosexuales y lesbianas y al aborto. Y algunos obispos católicos, como Raymond Burke, de St. Louis y Michael Sheridan, de Colorado -seguidores de la línea dura del Cardenal Ratzinger, figura de gran poder en el Vaticano- criticaron abiertamente al candidato demócrata y católico John Kerry por su posición a favor de la libertad, la autoridad y la responsabilidad de las mujeres para decidir sobre el aborto. Hablaron de negarle la comunión. Y católicos fundamentalistas como Deal Hudson, editor de la revista católica Crisis, demandaron su excomunión.

¿SE ROMPIÓ EL BALANCE LAICO-RELIGIOSO?

La influencia religiosa en la reelección de George W. Bush no fue simplemente el resultado de un eficiente trabajo de organización y de movilización política. Las elecciones de 2004 forman parte de una tendencia cultural que tiende a dislocar el crítico balance entre religiosidad y laicismo que ha sostenido el desarrollo político-institucional y legal en Estados Unidos.

Algunas expresiones de esta tendencia son: las posiciones comunes adoptadas por las iglesias protestantes y católica en relación al aborto y al matrimonio entre personas del mismo sexo; el nivel de legitimación sin precedentes alcanzado por grupos y líderes religiosos que participaron en el proceso electoral con un discurso y una racionalidad abiertamente teísta; y el discurso providencialista utilizado por el Presidente Bush en sus discursos.

Mientras el Partido Demócrata se ha debilitado como un mecanismo de agregación de demandas y aspiraciones sociales, las iglesias parecen haber desarrollado la capacidad de aglutinar a quienes se sienten culturalmente amenazados por las posiciones políticas de los sectores laicos y modernos de la sociedad estadounidense. El discurso político de los sectores progresistas ha perdido su capacidad para enfrentar las preocupaciones de una buena cantidad de estadounidenses. Las iglesias, por el contrario, han logrado legitimar su discurso como una vara con la que definir el bien y el mal en aspectos que, en una sociedad moderna, tendrían que resolverse legal y políticamente.

Al discurso bíblico de la derecha se enfrenta hoy un discurso de “derechos” que, para ser efectivo, necesita de una audiencia que acepte eso que Thomas Jefferson identificó como el requisito fundamental para el éxito del sistema estadounidense: una población capaz de practicar la política como un ejercicio laico fundamentado en “la reflexión y la elección”. En las elecciones de 2004 este principio jeffersoniano se violó repetidamente. Las iglesias hicieron labor de proselitismo político. Aún más, muchas defendieron, y continúan defendiendo, como legítimo el derecho a participar en política electoral utilizando plataformas institucionales religiosas y discursos religiosos.

Peor aún, muchos líderes políticos que participaron en el proceso electoral usaron la idea de Dios para legitimar sus visiones y posiciones políticas. Y aunque el uso de símbolos y referencias religiosas no es nada nuevo en la práctica política estadounidense, la forma en que el discurso religioso impregnó el discurso político durante las elecciones pasadas, fue diferente... y preocupante.

“DIOS QUISO QUE YO FUERA PRESIDENTE”

Una práctica política exitosa en Estados Unidos no puede ignorar el peso que tienen los valores religiosos en la cultura de ese país. Ningún Presidente de Estados Unidos ha dejado de hacer uso de símbolos y referencias religiosas para legitimarse. Este uso, sin embargo, se ha mantenido casi siempre dentro de los límites que establece el marco laico que se expresa en la Constitución y en la organización del Estado. Jimmy Carter hizo un uso simbólico de la Biblia durante su discurso de toma de posesión.

La simbología religiosa adquirió un carácter ceremonial en el God bless America utilizado en sus discursos por Ronald Reagan y su sucesor George H.W. Bush. Con sentido laico, Bill Clinton hizo referencia a Dios cuando en las celebraciones del 4 de julio de 1996, señaló: “Con visión y coraje, nuestros Padres Fundadores señalaron inequívocamente: ‘que todos los hombres han sido creados iguales’. Y estos hombres ‘recibieron de su Creador ciertos derechos inalienables, entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad’”.

Dentro de esta relativa sobriedad, resulta sorprendente y alarmante la introducción de un lenguaje religioso providencialista en el discurso político de George W. Bush. Sólo un ejemplo entre muchos: en su mensaje sobre el Estado de la Unión del 28 de enero de 2003, poco antes de la invasión a Irak, Bush dijo: “Los norteamericanos tenemos fe en nosotros mismos, pero no en nosotros únicamente. No decimos que conocemos todos los caminos de la Providencia, pero confiamos en ellos, poniendo nuestra confianza en Dios que nos ama, en toda la vida y toda la historia. Que Dios nos guíe ahora, y que Dios siga bendiciendo a los Estados Unidos de América”.

Bush ya había declarado que “Dios quiso que yo fuera Presidente”. Y que Dios le ha asignado a los Estados Unidos una misión histórica en la historia de la humanidad. ¿Cómo olvidar su respuesta en el debate entre los aspirantes a la candidatura republicana para las elecciones del año 2000? En aquella ocasión, los pre-candidatos fueron invitados a identificar al filósofo que más había influido más en sus vidas. Steve Forbes seleccionó a John Locke. Cuando el turno le correspondió a Bush, eligió a Jesús.

TRES “ALERTAS ROJAS”
EN EL HORIZONTE DE ESTADOS UNIDOS

El discurso providencialista de George W. Bush, la galvanización religiosa que han generado los temas del aborto y el matrimonio entre homosexuales y lesbianas y la consciente violación de la separación entre Iglesia y Estado por algunas iglesias en estas elecciones presidenciales forman parte de una tendencia que puede terminar rompiendo el crítico balance entre laicismo y religiosidad en los Estados Unidos. Varias condiciones permitirían la des-secularización de la cultura política estadounidense.

La primera, la casi segura decisión del Partido Republicano de continuar explotando la religiosidad de los sectores de derecha, intensificándose de esta manera las tensiones y contradicciones que Schama señala entre la wordly America (América profana) -de orientación tradicionalmente demócrata- y la godly America (América sagrada) -de orientación republicana-.

La segunda, la decisión del Partido Demócrata de competir por el voto religioso de derecha, acentuando el uso de símbolos y alusiones religiosas en su discurso político y presentándose como un partido que también forma parte de la América sagrada. Desdichadamente, algunos líderes demócratas han recomendado esta estrategia para asegurar un triunfo en las elecciones presidenciales de 2008.

Y la tercera, la exacerbación de la crisis de seguridad si se repiten actos terroristas contra Estados Unidos. El debilitamiento de las instituciones en las que se materializa el marco político y económico laico dentro del que ha funcionado Estados Unidos puede empujar a los sectores más vulnerables culturalmente a buscar en la idea de un Dios Providencial la seguridad perdida. O a encontrar en la religión la manera de justificar y legitimar la lucha contra el terrorismo, incluida la agresividad y las guerras contra cualquier grupo o país al que Estados Unidos considere enemigo o aliado de sus enemigos.

CIENCIAS POLÍTICAS Y SOCIALES:
COMO EL AVESTRUZ

Para evitar el peligroso escenario de un pragmatismo transformador alimentado por el miedo, justificado por Dios y apoyado en las fuerzas armadas más poderosas del planeta, es necesario que las fuerzas laicas de Estados Unidos articulen posiciones, estrategias y discursos capaces de modernizar la mentalidad de los sectores religiosos conservadores de ese país. De esto depende la posibilidad de que Estados Unidos sea capaz de articular un diálogo con los sectores culturalmente modernos del mundo islámico para evitar que el “choque de civilizaciones” anunciado por el intelectual conservador Samuel Huntington se transforme en una trágica realidad.

Tal como lo ha señalado el historiador David A. Hollinger, los sectores laicos progresistas estadounidenses tienen que recuperar la tradición de los intelectuales laicos progresistas de los siglos XVIII y XIX, que entendían la necesidad de acompañar la lucha política por el voto popular con una lucha ideológica y teológica para ganar las mentes y los corazones de sus conciudadanos. Esta tradición ha sido abandonada por los intelectuales laicos estadounidenses durante los últimos setenta años.

La intelectualidad progresista estadounidense ha asumido que la “religión civil” de su país se ha institucionalizado ya y de forma permanente y que, por lo tanto, el debate ideológico y teológico para contrarrestar el providencialismo meticuloso ha dejado de ser necesario. La evidencia más palpable de esta actitud es el completo abandono en el que las ciencias sociales de Estados Unidos -igual las del resto del mundo occidental- mantienen el tema de la relación entre la idea de Dios y la historia.

La ciencia política -para citar sólo uno de los ejemplos más patéticos y palpables- asume simplistamente que la organización y el uso del poder en las sociedades que estudia funcionan dentro de un espacio laico separado de la idea de Dios y, por lo tanto, inmune a la influencia de principios, doctrinas y creencias religiosas, incluso de supersticiones seudoreligiosas. Irónicamente, para la ciencia política y para el resto de las ciencias sociales la secularización de las sociedades que éstas estudian se acepta como un dogma. La idea de Dios no forma parte del estudio de la cultura política de las sociedades modernas, ni del análisis de la naturaleza y usos del poder, ni de la institucionalidad democrática, ni de los actuales procesos de cambio político en el mundo. Viviendo como un avestruz que intenta ignorar la idea de Dios, se encontró la ciencia política con la realidad de un 11-S o con el peso de lo religioso en las elecciones presidenciales del 2 de noviembre.

DIOS ¿AL SERVICIO DE QUÉ?

La lucha por la definición de la idea de Dios y su relación con la historia y con la humanidad es una tarea de primera importancia para evitar el pragmatismo-resignado que hoy mantiene a América Latina en la miseria. De primera importancia lo es también para evitar que el pragmatismo-transformador, activado por el poderío económico y militar de Estados Unidos, convierta a ese país en un “castigo divino” para el resto de la humanidad. La transformación de la idea de Dios, la modernización de la idea de Dios, constituye una tarea urgente tanto para un país tan empobrecido como Nicaragua como para un país que cuenta con el poderío económico, político, científico y tecnológico de los Estados Unidos.

No se trata de rechazar a Dios, sino de reconceptualizar la relación entre Dios, la historia y la humanidad. Se trata de que la humanidad asuma su responsabilidad moral por el destino del mundo y de que ningún presidente o líder político pueda actuar, irresponsable y criminalmente, argumentando que ejecuta la voluntad de Dios. Se trata de que los ricos no puedan ser ajenos a la miseria de los pobres, amparados en la idea de un Dios que lo decide todo. Y se trata de que los pobres reconozcan sus derechos como seres humanos y como ciudadanos, así como su responsabilidad de alcanzar la dignidad que les corresponde como hijos e hijas de Dios. Se trata de que el tema del aborto y el del matrimonio entre homosexuales y lesbianas se discuta con responsabilidad y con argumentos y categorías que faciliten el desarrollo democrático de los derechos ciudadanos. No se trata de matar la idea de Dios en la humanidad. Se trata, como lo sugirió el patriota Thomas Jeffferson, de ponerla al servicio de la humanidad.

¿UN PRAGMATISMO BUENO Y OTRO MALO?

Cuando de estas cosas se habla o se escribe siempre es necesario hacer aclaraciones, precisar fronteras. Al principio. Y también al final. La primera es que, a menudo, el concepto de pragmatismo ha adquirido una connotación positiva y se confunde con la idea de “realismo”, de “conocimiento de la realidad”. Se le entiende como una forma de reconocer los límites que la realidad impone. Un pragmático transformador es quien, a partir de ese conocimiento y ese reconocimiento, intenta ampliar esos límites. Pero, ¿para hacer qué? ¿Cualquier cosa? Y ahí viene la aclaración fundamental. No existe un pragmatismo bueno y otro malo. Cualquier actitud ante la vida que asume que la verdad se deriva de los hechos, y no de los valores y aspiraciones que deben servir para domesticar la realidad, es dañina. A los nicaragüenses, esa actitud nos condena a vivir en el inmundo pantano de nuestra realidad actual.

Existe un pragmatismo malo y otro peor. El lector o la lectora de estas reflexiones puede escoger cuál es cuál. El pragmatismo transformador es ventajoso para quienes tienen suficiente poder económico y militar para definir la verdad. En el caso de los Estados Unidos, ese pragmatismo ha sido de mucha utilidad para los que aspiran a consolidar la identidad imperial de ese país. Los Estados Unidos pueden ser pragmáticos porque, además, les conviene. ¿Para qué valores, principios, derecho internacional? Es mejor “hacer la verdad” por la fuerza, en el terreno de los hechos.

Bush es un pragmático transformador. Jesús, Gandhi, Mandela reconocieron los obstáculos que impone la realidad, los brincaron, pero no para hacer lo que les convenía sino para hacer lo que era justo. La justicia es un valor. Los pragmáticos, de cualquier tipo, rechazan los valores.

Si el pragmatismo transformador actúa a favor del poder, el pragmatismo resignado también. Resulta muy útil para quienes descargan en Dios la responsabilidad de la miseria que sufren los pobres. En el caso de Nicaragua, ha sido provechoso para quienes pueden vivir su “cristianismo” sin ningún compromiso social. Para quienes van a misa los domingos y son usureros el resto de la semana. Para quienes van al cine a sufrir por “La Pasión de Cristo”, sin inmutarse por el drama de los niños y las niñas que les cuidan sus lujosas camionetonas mientras ellos lloran “cristianamente” en tanda de siete a nueve. Ese pragmatismo los hace sentirse bien y neutraliza la rabia de los desgraciados.

El pragmatismo-transformador lo sufren los países débiles de la tierra que enfrentan el poder de países como Estados Unidos. Lo sufre hoy Irak. El pragmatismo-resignado lo sufren quienes aceptan su miseria como una voluntad divina. Lo sufren los 450 mil niños desnutridos que apenas sobreviven en nuestro país.

OTRO DIOS ES POSIBLE

El antídoto contra el pragmatismo -transformador o resignado-, son los valores. Son las ideas de justicia y de libertad que pueden y deben condicionar el ejercicio del poder y la conducta de la humanidad. Estas ideas son el fundamento del mensaje de Jesús, quien nunca aceptó la injusticia y la opresión como designios de Dios. Si el pragmatismo -como lo señaló Bertrand Russell- es una manera de vivir sin principios, el cristianismo, como se desprende de las enseñanzas del Nazareno, ofrece una idea de Dios y una filosofía de vida para cambiar las cosas, para transformar la historia. Ser cristiano es seguir el ejemplo de Jesús para terminar de construir el Dios posible, el Dios que no espera que la humanidad se arrodille ni frente a Él ni frente al poder ni frente a los vaivenes de la suerte. El Dios que se pone al servicio de la humanidad para construir el cielo en la tierra. O, al menos, para evitar que el poder construya para los pobres y los más débiles el infierno en la tierra.

CATEDRÁTICO DE CIENCIAS POLÍTICAS EN CANADÁ.
COLABORADOR DE ENVÍO.

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