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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 272 | Noviembre 2004
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México

Penal Islas Marías: una cárcel con muros de agua

“No son ni tumbas ni infiernos, son tierras del trópico de lujuriosa vegetación”, dijeron de estas islas. Son una cárcel. El penal más humano del mundo, en donde se apuesta a la rehabilitación y no al castigo.

Francisco Ornelas, sj

En el Archipiélago de las Marías, en el Pacífico mexicano, funciona un penal singular. En los cien años que tiene, estamos ya por llegar al preso número 29 mil. En un tiempo, más de 5 mil internos vivieron aquí con sus familiares. Ésa es una de sus singularidades: su capacidad. Sumándoles a los empleados, han llegado a vivir aquí hasta 10 mil personas. El año 2004 lo empezamos con sólo 200 presos comunes y 779 federales. Ya nos quedan grandes estas instalaciones...

Alguien que participó en Rusia en un encuentro internacional de pastoral penitenciaria me confirmó que este penal es considerado una experiencia única en el mundo, por ser la única colonia penal que ofrece, por su misma estructura, oportunidades objetivas para la rehabilitación social. Por ser la única en la que el énfasis está auténticamente puesto en la rehabilitación y no en el castigo.

Soy capellán del penal desde hace casi un año. Muy pronto recorrí todos los campamentos de los internos en la isla María Madre, de 140 kilómetros cuadrados. Desde los campamentos emplazados al sur-suroeste de la isla
se ve, casi al alcance de la mano, la isla María Magdalena, de 84 kilómetros cuadrados. Cuando está claro aparece, algo más al sur, la sombra de la pequeña isla María Cleofás, de menos de 30 kilómetros cuadrados. También hubo internos en María Magdalena, pero desde hace veinte años están todos reunidos en María Madre, la mayor de las cuatro islas del archipiélago. Se rumora -y aquí los rumores son una profesión- que algunos desaparecidos están enterrados en las otras tres islas, ahora desiertas y refugio de pescadores furtivos y de narcotraficantes.

MÉXICO: TERCER LUGAR EN NÚMERO DE PRESOS

El Instituto de Formación Profesional, de la Procuraduría de Justicia del DF -donde se gradúan cada año 300 policías- publicó en diciembre 2003 el estudio Población Penitenciaria. ¿Qué lugar ocupan México y el DF en el mundo? Lo promovió su director José Luis Pérez Canchola. Son 17 páginas, con gráficas y cuadros y un brevísimo y contundente texto.

El informe resume datos sobre los casi 9 millones de presos que existen hoy en el mundo. Entre países con más de 100 millones de habitantes, México ocupa ya el tercer lugar en número de presos por cada 100 mil habitantes, pisándole los talones -¿a quién más?- a Estados Unidos y a Rusia, que suman entre ambos 3 millones de presos. En Estados Unidos hay 701 presos por cada 100 mil habitantes. En Rusia, 606. En Brasil 140 y en China 117. México, con un total de 162 mil 372 presos, tiene 155 por cada 100 mil habitantes. La India, mucho más poblada, tiene 304 mil presos, pero sólo 29 por cada 100 mil. Durante el gobierno de Zedillo la población penitenciaria mexicana crecía un 10% cada año. Con Fox ha sido un poco menos: 7.5% anual. Según el informe, la colonia penal Islas Marías acoge al 0.14% de la población penal mundial

¿MÁS DELITOS, MÁS PRESOS?

Leo en el informe referencias a este penal: “Una posibilidad de reducir el ciclo -más delitos, mayor endurecimiento de leyes penales, más población penitenciaria- es el modelo que aplica el gobierno de la ciudad de México: con la intervención del Estado, busca garantizar la justicia social e impulsar el crecimiento económico y la generación de empleos. Se trata de una estrategia más social que penal, que busca a mediano y a largo plazo reducir los índices delictivos y estabilizar el número de presos”.

“En el otro extremo tenemos el ejemplo de Estados Unidos, que al inicio de los años 90 desatendió los programas sociales dirigidos a la población vulnerable y se orientó por la opción de reformas radicales en su sistema penal, con lo que al comenzar 2003 alcanzó el mayor número de presos de toda su historia: 2 millones 33 mil en cárceles federales, estatales y locales, el 23% de todos los presos del mundo. 523 mil personas trabajan en los distintos niveles de la administración penitenciaria. Sólo la General Motors emplea a más gente”.

“La mayoría de los estudios especializados en esta materia indican que la incidencia criminal no explica por sí sola el crecimiento en el número de presos a nivel mundial o nacional…Los gobiernos parecen concentrarse en acciones de emergencia, promoviendo leyes más estrictas para contrarrestar la pérdida de confianza en los sistemas de justicia y atacar la creciente sensación de inseguridad en la población... Una política de más presos con sentencias más largas complace a una sociedad alarmada por la inseguridad, pero poco tiene que ver con las causas del delito y la violencia”.

Y arguye finalmente el informe: “Ante la injusta distribución de la riqueza, lo que procede es una redistribución del ingreso público, a partir de ahorros en el gasto corriente del gobierno y un manejo honesto de las finanzas públicas... Esta acción, democrática y humanista, ataca la causa originaria del problema de la marginalidad: la injusta distribución de la riqueza”.

ISLA DE GATOS, RESERVA DE LA BIOSFERA

En Londres se precian de una Isla de los Perros. Ésta podría ser la de los gatos. Aquí sólo hay dos perros -los que husmean maletas en busca de drogas- y hay todos los gatos del mundo, corriendo por las colonias y por el monte. ¿Se volverán monteses? Y muchos burros. Ya hubo que exportar 300, dizque para alimento de fieras en zoológicos del país. Y hay caballos semisalvajes fácilmente asignables -dicen- a quien los solicite... y los dome. También hay chivos salvajes en la montaña. En la geografía, hay llanos donde se siembra sorgo y jamaica -antes, henequén-, pero la mayor parte de la superficie es montaña, la más alta de 600 metros.

La deficiente administración y la corrupción, aunadas a nuestra ubicación geográfica -sobre la ruta marítima de la droga- han corroído la calidad real de este presidio modelo. Desde un principio se planteó como una condición esencial para la rehabilitación y readaptación que los familiares de los presos vivieran aquí con ellos. Aquí los internos viven no en celdas sino en albergues y casas, construidas por el gobierno y agrupadas hasta hace tres meses en once “campamentos” o grupos de albergues.

En un último acto de gobierno del presidente Zedillo, las islas fueron declaradas “área natural protegida, con el carácter de reserva de la biosfera”, lo que hasta hace muy poco se había entendido en el sentido de que cesaría de existir como penal. Después de cuatro años de incertidumbres, en una visita relámpago de altos funcionarios de la Secretaría de Seguridad Pública se dio a conocer la decisión de “retomar el proyecto de colonia penal federal, que no se contrapone con la preservación ecológica de la isla, sino que, por el contrario, los reos ayudarán a preservar el lugar”.

UNA COSTOSA INVERSIÓN

Aparte de perder la marca mundial que esta fórmula penitenciaria representa para México, cerrar este penal sería desperdiciar tanta inversión casi centenaria: la costosa infraestructura en casas de habitación hasta para 5 mil internos en 12 campamentos, con comedores, hospital gratis para todos con 6 médicos y 5 enfermeros, talleres, escuelas, campos de juego, instalaciones para explotar la sal, la cal, la madera, el henequén, el sorgo para alimento del ganado, pozos y aljibes, la red eléctrica y las antenas.

De 1 mil 329 internos -entre ellos sólo 50 mujeres- que había en septiembre de 2003, cuando llegué aquí como capellán, hoy quedan 560 -sólo 18 mujeres-, muchos de ellos todavía en espera de beneficios que les recorten la condena y les permitan la pre-liberación. La población total, incluyendo familiares y empleados, apenas pasa ahora de 900 personas. Y pronto podría reducirse el número en unos 200, entre quienes compurguen su sentencia “de punta a cola”, como dicen aquí, y los beneficiados. Por eso, en junio se cerraron cinco campamentos y los internos fueron reubicados en una franja de cuatro kilómetros, del muelle a la pista de aterrizaje.

UNA JAULA PRIVILEGIADA

En 1857 el gobierno mexicano ya hablaba de abrir aquí un presidio. Fue el dictador Porfirio Díaz, en 1905, quien finalmente destinó los 273 kilómetros cuadrados de las cuatro islas para penal federal. El penal empezó a funcionar en 1908, especialmente para presos políticos -los trabajadores de Río Blanco y Cananea, en huelga- y también los presos de la revolución de 1910, de la guerra cristera y de la década de los 30.

Algunas condiciones específicas del penal estuvieron presentes desde el principio, lo que resulta sorprendente conociendo el odio y la desesperación del dictador contra los obreros en huelga que lo inauguraron. Otras condiciones -no usar uniforme a rayas, moverse libremente, aunque casi siempre con permiso, por toda la isla, subir cerros, pescar, cazar conejos, iguanas, chivos salvajes, allegarse materiales para las artesanías-souvenirs que venden a visitantes... hacer de su capa un sayo fuera de las dos o tres horas que a la mayoría de los internos les toma realizar su trabajo penitenciario- se fueron estableciendo poco a poco, exigidas por la lógica de esta peculiar prisión.

Leo Cárceles, la entrevista de 133 páginas que Sherer le hizo al Dr. Tornero, comisionado del gobierno para los centros de rehabilitación social, hace seis años y que Alfaguara le publicó: “Abomino de las prisiones -dice el responsable de ellas-, instituciones contra natura. Ahí están, aplastantes. Yo las llamo como lo que son: jaulas. Y las jaulas son para las bestias. Me lastiman como un dolor, víctimas los internos de sus propios crímenes y victimados por una sociedad que ve el castigo como una purificación. Es la sociedad que establece categorías: los buenos y los malos. Y malos, perversos, podemos ser todos”.

Ciertamente, “aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión”, pero es innegable y unánime que en medio
de las limitaciones materiales y del distanciamiento de la “vida normal en el continente”, es un alivio estar aquí y no en cualquier otro reclusorio mexicano o extranjero -tenemos aquí algunos internos de Centroamérica, de América del Sur y de Estados Unidos-.

“NI TUMBAS NI INFIERNOS”

Todavía en agosto pasado, un grupo de personas del estado de Guerrero, traído por la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado, nos visitó en busca de víctimas de una de las tantas “guerras sucias” de nuestra historia reciente, en las que hubo desaparecidos de las guerrillas rurales y urbanas de los 70.

Hasta 1970 el Ejército fue el responsable de la seguridad del penal. Desde entonces es la Armada de México la que envía aquí marinos en turnos mensuales de 40 elementos. Son los únicos que están armados en la isla. El medio centenar de “custodios” -responsables del orden y vigilantes de la “melga”, el trabajo penitenciario-, sólo portan un tolete.

El Instituto Mexicano del Seguro Social se encarga de la salud de los habitantes en un hospital rural muy bien montado y equipado para ofrecer un servicio de calidad y por supuesto gratuito. Los casos que no se pueden tratar aquí son “externados” a algún hospital de la costa cercana. Los programas de educación para niños y para adultos corren también por cuenta del gobierno.

Los trabajos más agotadores y absorbentes -en las cegadoras caleras y en las salinas, o arrancando a pico y pala piedra de las canteras para las construcciones y los cultivos de henequén, jamaica, sorgo- son ya cosa del pasado.

Un famoso novelista, preso político en este penal en 1930, José Revueltas, escribió Los muros de agua. Y no hay de otros, excepto dentro de la cárcel, donde encierran hasta por meses a los que delinquen aquí mismo -embriaguez y pleitos-. El sinaloense Carlos H. de la Peña escribió Nosotros los muertos, tras una visita que hizo al penal en 1949,
en línea con Miguel Gil, que en 1931 tituló la reseña de su visita como La tumba del Pacífico. También Antonio Marcué R. describió en 1973 sus “años perdidos en las Islas Marías“ como Un infierno en el Pacífico, aunque Djed Bórquez decía en 1937: “No son ni tumbas ni infiernos: se trata de tierras del trópico de lujuriosa vegetación, montañas cubiertas de maderas preciosas y plantas medicinales”.

JESUITAS: PARTE DEL PAISAJE

Los jesuitas mexicanos han sido capellanes en el penal de las Islas Marías desde 1943 y son ya parte de este escenario. Durante 60 años han estado en la isla un centenar de jesuitas: estudiantes, hermanos y sacerdotes, que en una u otra etapa de su formación han sido enviados o han pedido venir a apoyar a los titulares, a ofrecer algún curso o a permitir que los que están de planta salgan al continente. A veces han llegado en visitas anuales con grupos de alumnos que conviven con los presos, comparten el trabajo penitenciario y hasta el comedor de la prisión.

El primer capellán fue Samuel Ginori (1943-53). Le siguió Juan Manuel Martínez Macías, fecundo en triquiñuelas y por eso más conocido como “el padre Trampitas”. Fue responsable durante 37 años y es el único capellán enterrado aquí, por cierto al lado de la tumba de “El Sapo“, famoso asesino que alguna vez planeó matar al sacerdote y acabó siendo conquistado por su genuinidad. Ramón J. Torres, ya nonagenario, brindó servicio unos 22 años (1956-2003), cuando su estado de salud, notoriamente buena, representó una molestia para el director del penal. Desde 1989 decidió, con un pequeño grupo de internos -y otro más pequeño de bienhechores-, levantar en una cumbre de 300 metros de altura una estatua de Cristo Rey, a punto ya de terminarse. En alguna ocasión, el gobierno ha recurrido al capellán en turno para reclutar en los presidios de México voluntarios para venir a este penal.

TIENEN ANSIA DE SER OÍDOS

Como capellán, desarrollo, principalmente, el arte de acompañar. Yo hablo mucho, pero ellos hablan más: casi tienen prisa de ser oídos. Cuentan una historia que por primera vez revisan con los ojos de este interlocutor, y que seguro se la han contado a sí mismos muchas veces. Con casi nomás la atención absorta ya contribuyes, el resto lo hacen ellos. No adviertes ni sombra de cinismo ni de ostentación en lo que cuentan, sólo una íntima necesidad de hablar de esas etapas de su vida, no como declaración arreglada para la policía o el juez, sino como natural confidencia, como otros hablamos de haber visto tal película o leído tal libro.

Y me cuentan cosas así: “No, padre, ¿se imagina? ¡Un extranjero diciéndome que me salga de su playa porque es su propiedad privada! Tuve que matarlo. Nomás a él quería, pero la mala suerte hizo que saliera la esposa a averiguar y yo estaba tan perdidamente drogado que también a ella le tocó morir”.

Son historias increíbles. En abril salió libre Henry Mendoza. Tiene el don de la voz y toca todo tipo de instrumentos.
En sus tiempos levantó coros en varias parroquias de Chicago, pero no quiere ni volver a pasar por allí, donde sus antiguas maras lo reclamarían hasta hacerle problema, tanto si rehusa como si acepta regresar con ellos. Ahora sale con el firme propósito de no reincidir. Piensa quedarse un tiempo en Guadalajara y ya consiguió trabajo con un mariachi en Cincinnatti.

ENTRAN, SALEN, SALEN, ENTRAN

Roberto Palomera está ahora en Morelos. Allí lo fui a ver. En junio pasado le hicieron los estudios y le ordenaron examen siquiátrico. Pero como no hay ni han traído al profesional que le haga esos estudios, Palomera no sale. Y así, cien de los presos federales: los que fueron arrestados transportando más de mil kilos de “mota”. “¡Uy, yo traía mil ochocientos cuando caí: unos dos millones de dólares al menudeo”, me cuenta “El Trailer”, un gigante gritón. Encuentra lógico lo que dice Palomera: los que transportan más de mil kilos han de ser de más carácter y de mayor proyección, de mucho potencial. Sigo preguntando y descubro que hay quienes llevaban, cuando cayeron, hasta veinte toneladas de mariguana y ni presumen.

Leonardo -un colega jesuita uruguayo que vino a terminar en México su formación- me cuenta consternado cómo abundan los que, a querer o no, ante la ausencia de alternativas, se “resignan” a seguir de malandrines. Han salido ya otras veces con los mejores propósitos y empiezan rehusándose a volver a esa mafia, pero... “Bueno, aquí te dejo un regalito mientras te decides”, les dicen al tiempo que les deslizan uno o varios billetes de cien dólares, como quien dice, nomás para darle un quemón. “No hay quien resista eso, padre”, le confiesan a Leonardo.

SERGIO: “YA APRENDÍ”

La Hermana Martha me cuenta de Sergio, que entró aquí de 14 años. ¿Cómo, a los catorce? “A la autoridad le vale: cuando te quiere encerrar, te encierra”. Sí, aun a menores de edad. La mamá de Sergio los había dejado en manos del papá, por ir a cuidar a la abuela, que vivía en Estados Unidos. Pero el papá murió dos años después y Sergio fue acogido en una banda que lo entrenó a la perfección. A los trece, muy desarrollado para su edad, mató de un balazo al chofer de un autobús urbano en la colonia Roma del DF porque se negó a llevarlo en las fachas en que andaba. El chofer le cerró la puerta sin prisas, con lo que Sergio alcanzó a matarlo de un balazo.

Ante el pánico del pasaje, anunció que a nadie haría ningún daño, pues sólo tenía prisa de salir de esa colonia. Manejó él mismo el autobús y diez minutos más tarde, cuando vio el modo de escabullirse, paró el vehículo y desapareció. Cuando poco después fue aprehendido y al cabo de un mes traído a este penal, no por el homicidio, que no se lo atribuyeron, sino por pandillismo y asaltos, dice que se fijaba cuando los custodios cobraban sus sueldos y luego se los robaba. Mataba vacas y vendía la carne para comprar droga. Así fue acumulando penas hasta completar los 21 años que lleva preso. Sergio reconoce que ha cambiado mucho y que ya entró en razón y que cuando salga -en siete meses completa la suma de sentencias- hasta irá a buscar a su mamá a Estados Unidos. Dice que ya ha aprendido a vivir en orden.

EL FUTURO EX-PRESO

El Hermano Juan Gómez Vergara, con más de catorce años en esta capellanía, dirige una escuela de máquinas y herramientas, incorporada a Educación Pública de Mazatlán, en la costa más cercana, a 110 kilómetros de la isla. Por esa escuela han pasado doce generaciones de internos. José Luis Gómez Gallegos, capellán de 1988 a 1994, consiguió equipar y echar a andar una escuela de computación que pronto asumió el gobierno. Los graduados son ya varios centenares.

Tratando de acompañar a una población tan enfocada ahora a salir, hemos estado editando un pequeño boletín para los que salen pre-liberados. Se llama “El ex-preso de Balleto”, que es el nombre del poblado principal de la isla. La composición del nuevo boletín reunió a varios expertos en manejar la computadora. El subtítulo de la publicación es “Ecos del ventanazo” y tiene secciones como “Las iguanas informan”, “Las últimas del sorgo” y “El borrego veraz”, alusiones a la jerga local. Estamos por abrir una página web interactiva para estar ofreciendo bolsa de trabajo e intercambiando noticias con los “ex-presos”. Cuando se interrumpieron las pre-liberaciones semanales, publicamos “El Futuro Ex-preso”, con sugerencias de reflexión sobre los graves problemas que les acechan al salir, no el menor de los cuales ha sido para varios la muerte súbita en los ajustes de cuentas, a manos de los parientes de sus víctimas o de las bandas, cuando los que se salen se rehusan a reintegrarse a ellas. Reflexionemos también sobre el problema de la nueva situación familiar que se encuentran, cuando la esposa y los hijos han tenido que bandeárselas por años sin el esposo-padre o cuando la compañera, dejada atrás por tantos años, ha rehecho su vida con otra persona.

Llama la atención -y enternece- el amor leal y resuelto de un buen número de esposas que escogen venir a vivir en la isla con los hijos más pequeños para acompañar durante años al jefe de la familia preso.

HASTA TALLERES DE LITERATURA

Como sólo un 20% de la población participa en los actos de culto, son muy importantes los otros apoyos que podamos ofrecerles: asesorías legales y de derechos humanos, redactarles peticiones de revisión de sentencia, de protesta por violación de sus derechos, consultar por ellos a legistas y sicólogos, hacerles llamadas telefónicas y hasta proveerlos de lentes para lectura.

Hay algunos servicios peculiares. Por ejemplo, el taller que tuvimos en mayo. Pasando por encima de los peores obstáculos burocráticos, llegaron a la isla dos “damas de las letras”, que mañana y tarde ofrecieron a unos treinta internos ávidos de saber un taller de literatura de la más alta calidad. No daban crédito a sus oídos los participantes ante el nivel profesional y la dedicación con que estas señoronas les compartieron su singular sabiduría. Hay tantas historias aquí que en el taller se revelaron varios Paulos Coelho en ciernes, el ahora célebre novelista que estuvo tres veces en la cárcel y otras tantas en manicomios antes de llegar a los 30 millones de obras suyas hoy en circulación.

EL CURSO DE LA VIDA

La vida en la isla sigue su curso anual. El calor seco arrecia antes de julio, cuando a veces hay algunas semanas de lluvia. Para esas fechas, los mangos en torno a la casa tienen guías cargadas de fruta a punto de cambiar el monótono verde por el tecnicolor de la madurez. Y los diminutos colibríes, desde la tecnología avanzada de sus autogiros, liban de todo. Y los canarios, calandrias y cardenales, presintiendo que vienen las lluvias, manchan de alegría el gris de la seca maraña y ya no bajan en parvada a picotear las bolitas de masa que les comparten los internos. Andan ocupados construyendo sus grandes nidos meteorológicos, suspendidos de amarres más o menos largos, según los vientos que vayan a soportar. Esos nidos son señales: si los hacen pegados a la rama es que habrá huracán.

Los burros siguen serruchando el paisaje, sin respeto a ningún horario los muy asnos, convencidos de que son parte del carácter de esta isla. Los pelícanos retienen, aun frente a la reñida competencia de los internos, el campeonato de pesca, abusando de la ventaja que les da su vigilancia aérea. Y casi en cualquier puesto encuentras diario el caldo de iguana o la sopa de langosta, caracoles empanizados y almejas. ¿Ustedes gustan?

COLABORADOR DE ENVÍO EN LAS MARÍAS.

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