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  Número 272 | Noviembre 2004
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Nicaragua

Pandillas: de la violencia social a la violencia económica

Hace cinco años desataban guerras y defendían su barrio. Ahora, venden crack y acumulan capital, olvidando su originario “amor” al barrio. La evolución de las pandillas refleja la evolución reciente de Nicaragua: de los proyectos colectivos a los intereses individuales.

Dennis Rodgers

Entre 1996 y 1997 viví en un barrio pobre de Managua investigando de cerca la vida y actividades de la pandilla del barrio. Incluso, me hice “pandillero” con ellos. Algunos de mis hallazgos preliminares fueron publicados en las páginas de Envío en julio de 1997. En febrero de 2002 regresé al mismo barrio y viví allí durante un mes y medio. Me interesaba indagar sobre la evolución de aquella pandilla. Hice nuevos hallazgos. Algunos de ellos los compartí en estas mismas páginas hace tres meses. Éstas son algunas conclusiones.

¿PROTAGONISTAS DE LA DELINCUENCIA?

Desde que hace ya más de una década terminó en Nicaragua la guerra entre sandinistas y contrarrevolucionarios, la delincuencia común y las formas cotidianas del delito se incrementaron. Según estadísticas de la Policía Nacional, en 1990 se cometieron 28 mil delitos. En 2003 ya eran 97 mil 500. Y aunque el gobierno insiste en que Nicaragua es “el país más seguro de Centroamérica”, y hasta vende esta idea en el exterior buscando atraer inversionistas, muchos nicaragüenses consideran que la inseguridad provocada por la delincuencia es uno los principales problemas para el país y también para sus propias vidas. Así lo demostró un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) citando los resultados de una encuesta hecha en 1999 por la ONG Ética y Transparencia. En esta encuesta las pandillas y los pandilleros eran vistas como los más frecuentes protagonistas de delitos. Y aunque no son los pandilleros los únicos responsables de la delincuencia en ascenso, sí son los más visibles: deambulan abiertamente por las calles de las ciudades robando, amedrentando, algunas veces agrediendo y hasta matando.

UNA CONSECUENCIA DE LA PAZ
Y LA “ADICCIÓN” A LA GUERRA

Siguiendo el rastro de los antecedentes de las pandillas en Nicaragua podemos llegar hasta los años 40, cuando eran una realidad relativamente pequeña. El desarrollo expansivo hay que situarlo a partir de los años 90, porque en los años 80 casi desaparecieron, como resultado del servicio militar obligatorio y de la vigilancia que el gobierno sandinista estableció organizando a los vecinos de los barrios urbanos. El fin de la guerra en 1990 las vio resurgir. Y aunque alguien podría argumentar que este resurgimiento se debió a las secuelas de la guerra, parece ser al revés: fue una consecuencia de la paz. Porque la mayoría de estos pandilleros emergentes eran jóvenes de 16-20 años de edad que fueron desmovilizados del Ejército Popular Sandinista o del ejército de “la Contra” cuando se firmó la paz.

En las entrevistas que hice en 1996-97 con muchachos que integraron las pandillas en aquellos primeros años de postguerra siempre mencionaron dos razones para andar empandillados. Primera: el cambio de gobierno de 1990 había devaluado su estatus social, muy alto en los años previos, bien porque habían sido soldados que defendían la soberanía nacional o “luchadores por la libertad” en el ejército rival. Integrar una pandilla era una manera de reafirmarse ante una sociedad que, de la noche a la mañana, parecía decidida a “olvidarse” de ellos.

Segunda razón: en la pandilla recuperaban algo de las experiencias de la guerra, que habían asimilado casi de forma adictiva. El diario peligro de muerte y las descargas de adrenalina con las que habían enfrentado situaciones extremadamente dramáticas, los habían marcado. Y no sólo los riesgos. La camaradería y la solidaridad en las que habían vivido como soldados o guerrilleros también habían impreso sus huellas. Todas estas emociones empezaron a escasear muy aceleradamente en la Nicaragua de postguerra, cada vez más polarizada y empobrecida.

CON UNA DINÁMICA TERRITORIAL

En Nicaragua, las pandillas proliferaron de forma casi explosiva en los años que siguieron al fin de la guerra. Ser miembro de una pandilla, como sucede en la mayoría de otras agrupaciones juveniles en todo el mundo, es un estatus social efímero, y a partir de los 18 años los muchachos empiezan a madurar y abandonan el grupo. A mediados de los años 90 los pandilleros nicas no eran ya aquellos jóvenes que las iniciaron, afectados por su participación en la guerra, y aparecieron pandillas por toda Managua, indicando que el fenómeno tiene un buen grado de autonomía institucional.

En su sentido más básico, una pandilla representa un tipo de institución social local. En Nicaragua consisten generalmente, en un grupo de tamaño variable de varones jóvenes en su mayoría entre 7 y 23 años, dedicados a actividades ilícitas y violentas -aunque no todas sus actividades sean ilícitas y violentas- dentro de una dinámica fundamentalmente territorial. La mayoría de las pandillas tiende a identificarse con un barrio urbano, aunque los barrios más grandes suelen tener más de una pandilla. No todos los barrios tienen pandilla por diversas razones, que van desde el nivel de fragmentación social del barrio, el número de jóvenes que en él viven y las oportunidades que el barrio les ofrece, hasta factores económicos -más rico es un barrio, menos probabilidad de tener una pandilla-. En 1999, la Policía Nacional de Nicaragua calculaba unas 110 pandillas en las que estaban integrados casi 8 mil 500 jóvenes, sólo en Managua, donde hay unos 600 barrios y asentamientos espontáneos. Cifras probablemente conservadoras y que no reflejaban el hecho de que ya entonces las pandillas eran una realidad cambiante, lo que pude comprobar en mi visita a un barrio pobre de la zona oriental de Managua, primeramente en 1996-97 y después en 2002.

LA PANDILLA EN 1996-97: AQUELLA VIOLENCIA

En 1996-97, en la pandilla que conocí participaban unos cien jóvenes, todos varones, de entre 7 y 22 años. La pandilla estaba divida en subgrupos, por edad y por geografía. Un grupo con los de 7-12 años, otro con los de 13-17 y un tercero con los de 18 años o más. Había también tres subgrupos geográficos: los del área central del barrio, los de “abajo” (oeste) y los de “arriba” (este) del barrio. Aunque todos se consideraban miembros de una única pandilla, los subgrupos solían operar por separado, salvo cuando se desataba una guerra con pandillas de otro barrio. Entonces todos se unían o para defender su propio barrio o para atacar el de la pandilla rival.

Aunque no todos los comportamientos de la pandilla incluían violencia, muchas de sus actividades sí eran violentas y la violencia era un rasgo de identificación que los distinguía de otros grupos juveniles. En aquellos años la violencia de la pandilla se expresaba mayoritariamente en delitos de pequeña escala: robo de carteras, hurtos a personas y a pequeños comercios, aunque buena parte de las actividades de los de más edad eran también más violentas: atracos a mano armada, violaciones e incluso homicidios. “Reglas de oro” de todos los pandilleros eran no afectar nunca a los habitantes del barrio y comprometerse a defenderlos de los delincuentes de otros barrios.

La violencia más notable en aquellos años eran las guerras entre pandillas, que transformaron en cuasi-territorios bélicos algunas zonas de Managua, donde los pandilleros peleaban armados con palos, piedras, navajas y hasta AK-47, granadas de fragmentación y morteros, con consecuencias a menudo trágicas para los pandilleros y para los pobladores de los barrios donde ocurrían estas refriegas. Aunque para un ojo externo estas guerras parecían caóticas y anárquicas, estaban muy bien organizadas y se apreciaban en ellas pautas y patrones regulares. Y aunque indudablemente resultaban muy negativas para los habitantes del barrio, también tenían aspectos positivos.

GUERRAS ENTRE PANDILLAS:
TÁCTICA, ESTRATEGIA, ESCALADA Y RITO

El hecho que provocaba la guerra entre pandillas podía ser el ataque que sufría algún miembro de la pandilla o la “invasión del territorio” por una pandilla rival. Pero, en definitiva, todas las guerras giraban en torno al ataque o a la defensa de un barrio, centrándose la batalla en provocar daños a los habitantes del otro barrio o a su infraestructura y en tratar de minimizar los daños propios.

Para estas guerras, las pandillas se organizaban en “compañías” que operaban estratégicamente: una cubría a la otra en sus avances y en sus repliegues. Generalmente había una “fuerza de reserva” y, a pesar de que las armas eran propiedad privada de cada miembro de la pandilla, los pandilleros eran asignados de una a otra compañía para equilibrar la potencia de fuego, salvo en los momentos en que un “comando de ataque” de gran potencia era requerido para un propósito táctico específico.

Los combates estaban muy regulados y hasta tenían una dimensión ritual. La primera batalla se hacía siempre con piedras y a golpe limpio con las manos. Y, como en un rito, en cada nueva batalla las armas empleadas iban en escalada. De las piedras y los golpes pasaban a los palos y garrotes, después a las botellas quebradas y navajas, luego empleaban morteros y finalmente, pistolas, AK-47 y granadas de fragmentación. Aunque el ritmo de la escalada podía variar, nunca una pandilla inició sus guerras con armas de fuego. Las batallas mostraban también patrones de comportamiento específicos, vinculados íntimamente con el concepto de los pandilleros de “vivir a la sombra de la muerte”, o como ellos lo dicen: Somos muerte arriba.

“SOMOS MUERTE ARRIBA”

La expresión ser muerte arriba refleja la cercanía permanente al peligro -vivir en riesgo era una dimensión vital, necesaria para entender cómo se relacionaban los pandilleros entre sí y con la sociedad-, un estado existencial que explicaba sus actitudes y sus prácticas. Para ellos, ser muerte arriba significaba patrones de comportamiento: desafiar el peligro y exponerse intencionalmente a él para provocar al enemigo durante las batallas. Con esta mística, las batallas se convertían en una especia de ballet ritual en el que los pandilleros corrían, se desplazaban a toda velocidad, tiraban piedras o balas con estilo, provocando continuamente, exponiéndose, arriesgándose, fueran cuales fueran las oportunidades y las consecuencias.

Ser muerte arriba implicaba correr peligros, andar fachenteando de violentos, no preguntar por los riesgos ni calcularlos, sólo actuar, retando a la muerte a ver si la muerte los sorprendía. Significaba ser violento y exponerse a la violencia, pero haciéndolo con gusto, de una forma exuberante, convirtiendo esta actitud casi en una expresión estética. Entre los pandilleros la violencia era más que una práctica, era una forma de vida, un proceso cotidiano, permanente, materia prima en la construcción del ser de cada uno de ellos y un aporte a la construcción del grupo. Las guerras entre pandillas contribuían a la reafirmación del colectivo y enfatizaban la distinción primordial entre “nosotros” y “ellos”.

UNA VIOLENCIA CON DIMENSIÓN SOCIAL

Esta violencia significaba algo más. Se trataba también de una pieza en un proceso más amplio de estructuración social. Los pandilleros justificaban su violencia y sus peleas con otras pandillas motivándolas fundamentalmente en su “amor” al barrio. Mostrás que querés al barrio poniéndote en peligro por la gente, protegiéndola de otras pandillas. Cuidás al barrio así, lo ayudás: me lo expresaba de esta forma Julio, un pandillero.

A pesar de las consecuencias muchas veces negativas de las guerras entre pandillas para los habitantes del barrio, había en estos conflictos algunos matices positivos. Desde varias perspectivas, se pueden entender como una especie de mecanismo de contención. La escalada en el uso de las armas indica que en cada etapa se requiere una mayor intensidad de acción, lo que supone un mayor control de parte de los actores del conflicto. Igualmente, el escalar las guerras también ofrecía a la población del barrio algo así como un sistema de alerta temprana, un marco en el cual organizar la vida.

Desde esta óptica, las guerras entre pandillas pueden verse como actuaciones dentro de un guión, proporcionando a quienes participan en el conflicto o lo padecen una forma de ponerle límites a lo que Hannah Arendt llama la incertidumbre e impredecibilidad total (all-pervading unpredictability) de la violencia. Aunque tenían efectos indirectos muy negativos sobre la población de los barrios, la verdad es que las pandillas nunca hostigaron ni atacaron a la gente de su propio barrio de manera directa y siempre intentaron protegerla durante el desarrollo de estas guerras. La población del barrio se veía afectada por las “otras” pandillas, con las que se combatía siempre en la forma prescrita, precisamente para limitar el alcance de la violencia en el propio barrio, creando así una especie de “asilo seguro” y predecible a sus habitantes.

En un contexto más amplio de violencia e inseguridad crónicas, que era el de la ciudad en general, esto resultaba positivo, aunque no siempre efectivo. Y a pesar de que los espectadores de las guerras resultaban frecuentemente heridos y a veces hasta muertos en el fuego cruzado, la población del barrio reconocía lo positivo del actuar pandillero. Así me lo explicó don Sergio: La pandilla representa al barrio y jode a los otros. A nosotros nos protege y nos permite sentirnos un poco más seguros, un poco más calmos.

La pandilla no sólo ofreció esta seguridad a los vecinos del barrio. También se convirtió en un símbolo de la identidad de la comunidad, ya que su “cuido” contrastaba en gran medida con el contexto más amplio de fragmentación y de descomposición que caracterizó la Nicaragua de aquellos años. Y así, pude observar entre los pobladores una identificación con la pandilla del barrio, convertida en punto de referencia de una identidad colectiva para una comunidad muy desintegrada. Desde este punto de vista, la pandilla y sus patrones de comportamiento servían a la organización colectiva de aquel barrio, aunque de forma más paliativa que instrumental. Tan singular orden local no podía ser ni viable ni sostenible. Cuando regresé al barrio cinco años después, en 2002, lo comprobé. Habían ocurrido cambios radicales tanto en la pandilla como en el barrio.

2002: TODO CAMBIÓ
CON LA OMNIPRESENCIA DEL CRACK

En el año 2002 la pandilla ya era más pequeña. De participar en ella originalmente unos cien muchachos de 7 a 22 años, con subgrupos por edad y geografía, se había convertido en un único grupo de dieciocho muchachos de 17 a 23 años. Nuevas actividades violentas e ilícitas habían reemplazado a las que yo había conocido hacía cinco años. Las guerras entre pandillas habían terminado, la delincuencia individual había crecido y los niveles de brutalidad se habían incrementado. Lo más dramático era que la ética de “querer al barrio” había desaparecido. A los pandilleros ya no les interesaba la comunidad y ahora se aprovechaban de su población. Como me dijo Roger, un pandillero: Ya no cuidamos a la gente del barrio. Si les roban, si tienen un problema, ¿qué nos vale a nosotros? No levantamos ni un dedo para ayudarlos. Sólo nos reímos, hasta aplaudimos a los majes que les roban. Ahora no les hacemos caso, nos vale verga.

Una variedad de factores contribuyeron al cambio en la dinámica de las pandillas. Quizás el más importante fue la aparición de las drogas duras, especialmente de la cocaína en forma de piedra de crack. Aunque hacía cinco años se podían obtener cantidades pequeñas de crack en el barrio y en Nicaragua, el crack no había consolidado su imperio en el país. Cinco años antes la droga más habitual era la marihuana y el pegamento de zapatos para inhalar, ambas drogas producidas en el país y vendidas en escalas relativamente pequeñas. Pero, desde mediados de los 90 el crack empezó a reemplazar a la marihuana como droga preferida y cuando yo llegué en 2002 ya era omnipresente.

EL FIN DE LAS GUERRAS
Y UNA DIARIA VIOLENCIA IMPREDECIBLE

La pandilla del barrio era un lugar privilegiado para consumir el crack, y a la vez, la pandilla era la institución que controlaba su venta. Comparando la nueva situación con lo que había conocido cinco años atrás, cuando el consumo de drogas, especialmente el de marihuana, era ya una señal de identidad de la pandilla, pude observar que el consumo se había disparado y que lo consumido, el crack, tenía efectos muy negativos, el más notable el incremento de la agresividad. Así lo reconocía “Chucki”, un pandillero: Es esta droga, el crack, que te pone muy violento. Cuando fumo y alguien me insulta, sólo tengo ganas de matarlo, buscar un machete y palmar al hijueputa. No lo voy a pensar, no le voy a decir nada al maje. Es como que lo desconozco, ¿entendés? Sólo quiero matarlo al hijo de las cien mil putas. Es la droga, te digo, la violencia viene de ella.

Observé en el barrio muchos más actos de violencia espontáneos e impredecibles que cinco años atrás, y muchos de ellos había que vincularlos al consumo de crack. Sin embargo, la gente no se quejaba tanto de estos actos individuales de violencia, sino de un generalizado sentimiento de inseguridad, que ahora marcaba la vida del barrio.

El nuevo patrón de violencia espontánea e impredecible contrastaba con las guerras rituales de años antes, que desarrollándose dentro de patrones fijos circunscribían la violencia y permitían a los pobladores prever, pronosticar los potenciales estallidos y organizarse en función de ellos. Ahora, no sólo las guerras entre pandillas habían desaparecido por completo. Peor aún, la pandilla del barrio no funcionaba ya como muralla protectora contra la delincuencia extendida en toda Managua. Los pandilleros se aprovechaban ahora habitualmente de la población y amenazaban con represalias a cualquiera que se atreviera a denunciarlos.

CONVERTIDAS EN INSTITUCIÓN
PARA EL TRÁFICO DE DROGAS

Si este nuevo patrón de comportamiento debía vincularse al incremento del consumo de droga, especialmente el crack, fue también el resultado de la conversión de la pandilla en una institución dedicada al tráfico de drogas. En Nicaragua, las drogas se mueven desde la Costa Caribe -hasta allí llegan por mar desde Colombia- hacia Managua, pasan después por la Carretera Panamericana hacia Honduras y de ahí hacia Estados Unidos y Canadá. Quienes facilitan el transporte hacia Honduras sacan siempre un poco de las cargas que reciben como “salario” y lo distribuyen en los barrios, obteniendo buenas ganancias. Así ha florecido por todo el país en los últimos años una economía de la droga, especialmente en la capital, donde los pandilleros de los barrios son quienes compran al por mayor a los grandes traficantes para después vender minoristamente como “muleros” en las esquinas de su barrio.

En el año 2002 los pandilleros obtenían muy buenos ingresos por la venta de crack. En promedio, sacaban mensualmente entre 5 mil y 8 mil 500 córdobas (unos 350-600 dólares), más del triple del salario promedio de entonces en Nicaragua. Tan alta recompensa por una actividad delictiva contrastaba con lo que ocurría cinco años atrás, cuando ganaban apenas unos 450 córdobas (unos 50 dólares de aquel tiempo) con sus actos delictivos. En aquellos años, la mayoría gastaba estas ganancias en mercancía de gratificación instantánea: licor, pegamento para inhalar o marihuana; o en cierta ostentación: una gorra o unos zapatos Nike. Ahora, aunque una porción significativa de los ingresos por la venta de drogas la gastaban siempre en artículos asociados a la ostentación -cadenas y relojes de oro, por ejemplo-, la mayor porción la ocupaban en mejorar las condiciones materiales de sus casas y las de sus familias y también la reinvertían en mejorar el negocio de drogas.

DE LA ORIENTACIÓN SOCIAL
AL NEGOCIO Y AL COMERCIO

No debe sorprender que la pandilla se haya posicionado en el comercio de drogas. Como institución violenta dominante en el barrio ocupaba un espacio ideal para apropiarse de este lucrativo negocio. Por las mismas características del tráfico de drogas, esta economía no puede contar con los mecanismos clásicos de regulación y de respeto a los contratos. Como no puede contar con la ley, la alternativa para regular las transacciones comerciales no es otra que la violencia, que es por cierto el elemento implícito sobre el que descansa toda ley.

Aunque los pandilleros realizan la compra y venta de forma individual, la pandilla en su conjunto actúa como un grupo con intereses colectivos para garantizar el funcionamiento de la economía y protegerla a nivel barrial. Tampoco debe sorprender que los medios empleados sean extremadamente brutales. En 2001, por ejemplo, unos “muleros” de un barrio aledaño al barrio en que viví se apropiaron de una de las entradas del barrio para interceptar a los clientes de crack de ese barrio. La reacción no fue ya la histórica guerra de pandillas. Simplemente, la pandilla del barrio atacó a sus rivales con pistolas, matando a dos e hiriendo gravemente a tres.

Eran casi inevitables estos giros en la dinámica pandillera. Las pandillas han evolucionado de instituciones de orientación social a instituciones de orientación económica. Esto los desmotiva a participar en actividades como las guerras entre pandillas. ¿Qué consecuencias tendría ahora esta forma de violencia? Disuadir a los clientes potenciales de crack en su barrio. Ahora, la violencia se orienta exclusivamente a defender y a conservar sus transacciones comerciales y a garantizar una ininterrumpida acumulación de capital.

LA PANDILLA EVOLUCIONÓ
COMO EVOLUCIONÓ NICARAGUA

Aunque a primera vista la pandilla de 1996-97 y la de 2002 parecen dos grupos con orientaciones distintas, son, hasta cierto punto, la misma pandilla. La pandilla de 2002 estaba conformada por los mismos dieciocho jóvenes que formaban parte de uno de los subgrupos de la pandilla de 1996-97, los que tenían entonces 13-17 años y vivían en el lado de arriba del barrio, ya familiarizados con comportamientos violentos.

No se trata de dos grupos diferentes sino de una evolución significativa en un mismo grupo. Y hay que situar esta evolución en el contexto más amplio de la evolución de Nicaragua. Los caminos posibles de las transformaciones sociales nunca son ni obvios ni seguros. Responden a una gama de factores de la economía política más amplia. Y así, el incremento del tráfico de drogas en Nicaragua y sus efectos en las pandillas y en sus formas de violencia, son resultado de la naturaleza de la actual economía globalizada y del lugar que Nicaragua ocupa dentro de ella.

Nicaragua está hoy atrapada en una crisis de consecuencias despiadadas para la población y en una vertiginosa descomposición social. La violencia, la pobreza crónica y lo que el politólogo norteamericano William I. Robinson ha llamado el maldesarrollo mantienen al país en un laberinto. Pocas cosas alientan el optimismo nacionalmente, considerando la venalidad y la corrupción en función de los intereses puramente personales que caracterizan a la clase política. Tampoco internacionalmente, considerando que toda ayuda o préstamo internacional están condicionados a la obediencia a las desacreditadas recetas neoliberales del FMI. En este contexto, la economía nicaragüense está afectada por severos y crecientes desequilibrios y es cada vez menos competitiva en la economía globalizada.

UNA FORMA TAN DESESPERADA
COMO INESTABLE

En 1996-97 la pandilla representaba una forma desesperada de estructuración social, el intento de crear un orden social colectivo y local por medios violentos para hacer frente a un proceso más amplio de desintegración social que tenía elementos de violencia y de inseguridad estructurales. La pandilla era radical, era una morfología social emergente que trataba de ocupar los vacíos que provocaba la crisis nacional y la nueva descomposición social de múltiples niveles -el del individuo, el del grupo y el de la comunidad- y desplegaba una forma de violencia socialmente orientada.

Pero esta forma de ordenamiento social que proponía la pandilla no era sólo desesperada, era también muy inestable. Y por eso, no es extraño que en 2002 las pandillas se convirtieran en una institución clave dentro del narcotráfico emergente en Nicaragua y que dirigieran su violencia a garantizar la operatividad de este mercado, olvidándose de la defensa y de la protección de sus barrios.

UNA MISMA HISTORIA EN DOS MITADES

Esta evolución revela una misma historia en dos mitades, una historia que es reflejo, a su vez, de la evolución experimentada por Nicaragua en la última década. La primera mitad de esta historia, que culminó alrededor de 1998, fue una historia de desesperación en una Nicaragua que se fragmentaba y perdía soberanía. La pandilla era un intento de unidad, de identidad dentro del imaginario social, de soberanía local. El intento no fue viable, no era sostenible. Se construyó sobre los últimos vestigios del espíritu desatado en los embriagadores años de las transformaciones revolucionarias. La segunda mitad de la historia se ubicó en el otro extremo: un rechazo total de lo social para construir un proyecto individual aprovechando la oportunidad de mejorar la vida a partir del ilícito comercio de las drogas.

Estas dos historias no son contradictorias. Una es continuidad natural de la otra, la segunda se ha ido construyendo sobre los escombros de la primera. Ambas hay que situarlas en un cuadro más amplio: el de cómo sobrevivir en los barrios pobres de Managua, el de la violencia, la pobreza y la erosión de las esperanzas, que han convertido en pandilleros empresarios privados a quienes años antes se organizaron como colectivo defensor de un barrio. Se trata del deslizamiento social desde el colectivo hacia el individuo. Esa evolución es la que ha vivido toda Nicaragua en su historia reciente, deslizándose desde el proyecto nacional y colectivo que fue la revolución hacia las ideas neoliberales y sus conceptos, asociados al individualismo y a la libertad de mercado.

¿ACUMULACIÓN ORIGINARIA DE CAPITAL?
CÓMO INTERPRETAR ESTA EVOLUCIÓN

¿Interpretamos este proceso, de lo colectivo a lo individual, como una regresión? También puede interpretarse de otra forma. Usando una idea de Karl Marx, la progresión de las pandillas desde organizaciones con un enfoque social a organizaciones con un enfoque económico podría interpretarse como el tránsito de una especie de “socialismo primitivo” empobrecido a procesos locales de “acumulación originaria”.

De varias maneras, lo emblemático de la evolución de las pandillas nicaragüenses está en que rompen con el relativo igualitarismo económico de los años 80 y también con la inequidad económica de los años 90. El narcotráfico ha transformado significativamente la vida en el barrio en donde viví y en todos los barrios populares de Managua y de Nicaragua, creando condiciones para que los pandilleros se conviertan en una especie de élite empresarial local. Para Marx, un proceso de diferenciación socioeconómica de este tipo fue el primer paso, el paso imprescindible, en el desarrollo económico del capitalismo.

La evolución que seguirá nos mostrará si es así o si no es así. Nos dirá si hay elementos positivos en la historia en dos mitades de las pandillas o si esta evolución augura algo aún más negativo para Nicaragua. De momento, lo cierto es que todo esto ha sucedido en el contexto más amplio de un país en donde son escasísimas las vías para lograr desarrollo económico. En la peor de las interpretaciones, hay que ver a los pandilleros como los precursores de una sociedad del gatillo, estilo Hobbes, donde rige la ley de los más violentos y la vida es corta, cruel y salvaje. En la mejor de las versiones, y apoyándonos en la idea de Marx, los pandilleros estarían sembrando las semillas de futuros y más profundos conflictos de clase.


ANTROPÓLOGO DEL DEVELOPMENT STUDIES INSTITUTE. LONDON SCHOOL OF ECONOMICS, GRAN BRETAÑA. COLABORADOR DE ENVÍO.

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