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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 270 | Septiembre 2004
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Internacional

¿Pobres o empobrecidos? ¿Y cómo los empobrecemos?

Estrategias de combate contra la pobreza en todos nuestros países y exclusión, menosprecio y desconfianza en los pobres por todo el mundo caracterizan la cultura económica de nuestro tiempo, que fabrica pobres. Una reflexión cada vez más actual, cada vez más urgente.

José Owen

Las culturas que nos envuelven tienden a hacernos pensar que hay pobres y empobrecidos por una de estas dos razones: por su culpa, porque son vagos, porque no supieron elegir de acuerdo con las leyes naturales -y supremas- del mercado; o por designio de la naturaleza, porque ésta ha hecho a algunos seres humanos libres y poderosos y a otros débiles y esclavos. Por lo general, cuando queremos rehuir o combatir una de estas dos explicaciones, caemos de bruces en la otra.

LOS POBRES SON UNA OBRA DE LOS SERES HUMANOS

Estas explicaciones no son sólo específicas de nuestra cultura, sino que la humanidad ha hecho uso de ellas, a lo largo de toda su historia. Por ejemplo, en el antiguo Israel, muchos enfermos eran declarados religiosamente “impuros”. Esto obligaba a apartarlos de la sociedad para que no contaminaran, facilitándose de este modo el desentenderse de ellos. En la India, los miembros de las castas inferiores nacieron en ellas como castigo por una mala vida anterior, fundamentándose así, religiosamente, la separación de castas. En el sistema capitalista -según la versión de Max Weber, que lo hace derivar del calvinismo-, los ricos tienen en su riqueza una señal de que están predestinados por Dios a la salvación eterna, mientras que los pobres parecen destinados al castigo eterno.

No necesitamos más ejemplos, sino añadir que lo propio de nuestra cultura es el dar a estar explicaciones tan antiguas una versión laica, que las reviste de un aparato científico, económico y sociológico, en lugar de su viejo revestimiento religioso.

Frente a estas explicaciones dominantes hay otra corriente que atraviesa también la historia de la humanidad, como una especie de “negaentropía” o antientropía. En su versión religiosa, proclama que “Dios no quiere que haya pobres” y se concentra en la Biblia judeocristiana. En su versión no religiosa, esta corriente se encarna, sobre todo, en la tradición marxista, que afirma con igual rotundidad que la naturaleza no hizo a los pobres. Más aún, proclama que la plena realización de la naturaleza implicará la desaparición de los pobres y la igualdad entre los seres humanos.

En ambas versiones el balance es el mismo: los pobres son obra del ser humano. Y por tanto, los pobres son, en su inmensa mayoría, empobrecidos, oprimidos. No se niegan casos particulares -cuya frecuencia puede discutirse y puede variar-, en los cuales el pobre es el hijo de su propia libertad o de alguna anomalía de la naturaleza. Pero esos casos particulares no se consideran la ley dominante, que afirma que existen pobres porque el género humano los produce, bien sea de modo inmediato o, mas frecuentemente, de manera mediata o indirecta.

¿Por qué esta actuación empobrecedora del género humano? Sin pretensiones de exhaustividad, la examinaré en tres tesis, que se enfrentan con la teoría política dominante, que suele calificarse como “el individualismo posesivo”. La primera tesis ataca al adjetivo, la segunda al sustantivo. Y la tercera, nuestra actitud global ante ambas tesis.

PRIMERA TESIS: HAY POBRES PORQUE SIEMPRE QUEREMOS MÁS

Según la primera tesis, hay pobres porque los humanos somos una insaciable voluntad de “más”. Esta voluntad equivale a voluntad de poder más para ser más. Esta voluntad de más es lo que, en la tradición cristiana, se llama “pecado original”, y en otras tradiciones no religiosas ha sido detectada y calificada de otras maneras: “mal radical”, “caída”. Es, en este sentido, como un no creyente, Max Horkheimer, puede afirmar: El pecado original me parece evidente. Los seres humanos tendemos a creer que el camino para la consecución de ese “ser-más” es el tener más. Nuestra voluntad de tener más, hace, necesariamente, que otros tengan menos, dado que los bienes de la naturaleza no son inagotables.

El “tener menos” lo ponen de relieve algunas cifras conocidas. Según los informes del PNUD, tres individuos, los tres más ricos del mundo, poseen una riqueza equivalente a la de 2 mil millones de personas. Y unas 325 personas poseen el equivalente al PIB de 45 países.

En el país más rico del mundo, Estados Unidos, 20 millones de hogares no llegan al tercio del ingreso medio y, de ellos, 8 millones ingresan sólo la quinta parte del ingreso medio (9 mil 200 dólares anuales, sobre 55 mil). En total, unos 60 millones de personas están oficialmente por debajo de la línea de la pobreza y dos tercios de la población no llega al nivel de lo que se considera como ingreso medio, mientras que el 10% de la población duplica el ingreso medio. Y entre ellos, la mitad casi lo triplica y el 1% lo multiplica casi por seis. En Estados Unidos, 172 mil individuos ganan un millón de dólares al año, unos pocos miles ganan 10 millones, 250 llegan a los 50 millones y un pequeño grupo -que no sé si llega al centenar- supera los 100 millones de dólares anuales. Estamos hablando sólo de ingresos, al margen del patrimonio de cada cual.

En un país tan trabajador es imposible que esas enormes diferencias sean fruto de la pereza. Más aún, la obsesión o la necesidad por trabajar al precio que sea ha hecho que aparezca allí una enfermedad, la adicción al trabajo (workadiction), y está llevando también a lo que un estudio sociológico sobre Estados Unidos titula la corrosión del carácter, debida a las continuas amenazas de perderlo, los cambios de residencia, etc.

Unas últimas cifras son las de esa “historia” que lo explica así: si la Tierra fuese una pequeña aldea de 100 habitantes, de ellos 57 serían asiáticos, 14 occidentales, 8 africanos, 70 no serían blancos... Y sigue: 6 personas poseerían el 59% de toda la riqueza del mundo, y serían norteamericanos, 80 vivirían en chabolas, 70 no sabrían leer, 50 sufrirían malnutrición y sólo una tendría computadora.

EL DIOS DE ESTA SOCIEDAD LAICA: LA PROPIEDAD, EL DINERO

En la zona judía de Toledo hay una calle dedicada a un tal Mateo Leví, del que cuenta una vieja leyenda que prefirió morir torturado antes de declarar dónde tenía sus riquezas. Sea cierta o no, es una buena parábola de la condición de los muy ricos. Nos enseña hasta qué punto los seres humanos podemos adorar lo que tenemos: preferimos morir antes que compartirlo. Y esta idolatría crece más cuanto más tenemos.

Empleo las palabras adorar e idolatría. Nos llevan a otra reflexión, que resulta fundamental. Se dice que vivimos en una sociedad laica y estamos muy orgullosos de ello. Me permito dudar de ese aserto: creo que más bien vivimos en una sociedad teocrática, pero dominada por un determinado dios falso. Ese dios de nuestra sociedad es la propiedad. Y su decálogo -promulgado no en el Sinaí, sino, por ejemplo, en los libros de Locke- es el derecho de propiedad. Se trata de un derecho, que, en sí mismo, es válido, pero que debe ser limitado y muy matizado. Pero en nuestra sociedad es un derecho absoluto y casi único.

Por eso, según Locke, el hombre tiene derecho a matar para defender su propiedad. De tal manera, que mi propiedad vale más que una vida humana, “ley” que sólo podría emanar, por supuesto, de un dios falso. Por eso escribía Charles Péguy que la libreta de ahorros es como el evangelio, libro y compendio del pensamiento moderno, y afirmaba que ese “libro” es el único suficientemente fuerte para resistir los embates del evangelio cristiano.

Se puede comentar que esta idolatría es bastante comprensible desde nuestra condición humana. A pesar de que riqueza e importancia son, en abstracto, palabras con significados distintos, el dinero da, además, seguridad y eficacia. Estas cuatro esquinas, tan fundamentales para nuestra vida, son las que hicieron siempre que los seres humanos necesitaran y buscaran a los dioses. ¿Es nominal o verdaderamente laica nuestra sociedad, que adora al dinero buscando todo eso en este dios?

Desde una interpretación sicológica o antropológica, que cabría en la letra de aquella canción que decía “Todos queremos más”, apreciamos que esto es cierto para todos, aunque busquemos el “más” en campos diversos. Y el que se priva de algo en un campo busca más en otro. O busca reconocimiento por haberse privado.

Según Jean Paul Sartre, el hombre es una pasión de divinidad, de absolutez, de totalidad, de “más”. Por eso -decía- los otros estorban, quitan espacio, son el infierno. Esto que dice el filósofo ateo tiene también una lectura creyente. Los cristianos dicen que Dios, el Absoluto, el Infinito, no podría crear nada fuera de sí, si antes no hubiera decidido “retraerse y limitarse” para que pudieran aparecer seres finitos y el tiempo y el espacio. Simone Weil afirmaba que Dios creó el universo como el mar se retira para que aparezcan las costas. Pues bien, el hombre no es Dios, pero sí una pretensión de divinidad, de absolutez. Si esa pretensión de absoluto no se retira, no se “limita”, no podrán aparecer los otros como iguales a mí. Aparecerán a lo sumo como inferiores a mí, empobrecidos, infrahumanos.

A la luz de estas reflexiones, y si queremos ser honrados, no es difícil comprender por qué hay pobres. Hay pobres por causa nuestra.

SEGUNDA TESIS: HAY POBRES PORQUE LOS HACEMOS NOSOTROS

Los humanos somos seres enormemente interconectados, mucho menos aislados de lo que cree y profesa el individualismo cultural, nacido, en buena parte, como la ideología defensora del absoluto de la propiedad. Todos nuestros actos repercuten en el todo social y estructuran bondad o maldad, igualdad o desigualdad, riqueza o pobreza. Estructuran también sistemas en que los ricos son cada vez más ricos, a costa de que los pobres sean cada vez más pobres. Nos cuesta aceptar esto porque el individualismo que domina en nuestro ambiente piensa y enseña que lo que yo hago me afecta sólo a mí y no toca para nada a los demás.

Pensar así no es más que una puesta en juego de esa pretensión de absoluto o pretensión de divinidad, que anida en todos nosotros. La tesis que contraponemos a esta visión individualista podría visibilizarse con una expresión técnica de la ciencia moderna, que ha logrado cierta vulgarización -hasta fue tema de alguna película-, el llamado “efecto mariposa”. Hemos aprendido que algo tan leve y tan imperceptible como es el batir de alas de una mariposa en Londres puede llegar a tener sus repercusiones en Australia.

Dicho de manera un poco más técnica: en los niveles últimos de la constitución de nuestra realidad material, las que se llaman partículas elementales, ya no es posible concebirlas como unidades cerradas y determinadas, al modo de la atomística antigua. Ya se las concibe siempre y sólo al interior de un sistema de relaciones y de interacciones, con márgenes de indeterminación.

Por tanto, el individualismo económico -el norteamericano sobre todo- traduce a niveles antropológicos y sociológicos una cosmología y una física newtonianas, ya superadas. Este individualismo no ha pasado por las revoluciones de la mecánica cuántica ni por la ecuación de indeterminación.

EL DIOS DE LA ECONOMÍA GLOBAL: LAS MARCAS

Dejemos las analogías físicas y hagamos una rápida descripción económica. Una multinacional potente (Nike, Coca Cola, Reebok) suele terminar el año anunciando un aumento sustancial de beneficios. Sorprendentemente, y poco después de ese anuncio triunfal, la multinacional anuncia que va a cerrar sus fábricas en Estados Unidos, en Alemania o en España y se va a trasladar a México, a Filipinas, a Birmania. Y cuando se le pregunta por qué obra así, después de un balance tan positivo, la respuesta infalible es que hay que ser competitivos (We must be competitive). Así lo reflejaba una espléndida película norteamericana, titulada, significativamente I am the one.

Se expresa así el afán de “más”. Sus consecuencias: las multinacionales abren empresas en un país con la condición de no quedar sujetas a las leyes locales o medioambientales de ese país... si las hay. Si el país no acepta esa condición siempre tienen la posibilidad de marcharse a otro sitio -de Birmania a China, por ejemplo-, a donde irán a “aportar capital y a crear puestos de trabajo”.

La verdad de esa noble pretensión son unas condiciones laborales inimaginables e infrahumanas para las gentes del país anfitrión: trabajo infantil, horarios de 12 a 14 horas, salarios hasta 18-20 veces más bajos que en el país de origen, falta de permisos hasta para ir al baño, nula protección ante los riesgos laborales, accidentes o radiaciones cancerígenas... Condiciones tan brutales que nos las cuentan y no nos las creemos porque nos parecen imposibles.

Los inmensos beneficios que salen de estas empresas van haciendo ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres. No se revierten en quienes han producido los bienes, los trabajadores del país empresarialmente invadido. Se invierten, en cantidades enormes, en propaganda y en crear estructuras -a veces incluso de beneficencia- en las cuales la marca lo ocupa todo, hasta convertirse en una especie de dios, en una entidad que ya no tiene valor por la calidad del producto, sino por el nombre que lleva y porque la identificación con él da identidad a quienes sienten no tener ninguna.

Los ejemplos son el pan nuestro de cada día: niños de muchas familias que rechazan unas zapatillas de tenis tan buenas o mejores que las Nike, porque si no llevan Nike, aunque caminen mejor, no serán nadie ante sus amiguitos. La resistencia de muchos adultos ante los medicamentos genéricos viene de esa misma veneración por la marca, al margen de la mejor o igual calidad del producto. Un niño de una favela de São Paulo llegará a matar a un compañero de infancia ¡por unas Nike usadas! Sabe que Ronaldo calza y anuncia las Nike y ponérselas permitirá a ese pobre muchacho, al que se está haciendo crecer sin identidad, identificarse un poco con el futbolista.

Son casos extremos y las cosas no son siempre tan radicales. Pero el análisis de los casos más puros nos permite conocer mejor cuáles son las bacterias y los gérmenes patógenos que actúan en un organismo enfermo. También ha ocurrido que algunas de estas firmas acaban muriendo por la locura de su velocidad enriquecedora, por huelgas de consumidores cuando se conocen sus métodos o por otras razones. Pero si mueren, serán sustituidas por otras.

CONSUMO, LUEGO EXISTO

Estos modos de proceder buscan una sanción y un refrendo en supuestos acuerdos o decisiones de la comunidad humana -mejor sería decir de los únicos que tienen voz en ella y que son los menos-: en las normas que dicta el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial del Comercio o en aquel AMI (Acuerdo Multilateral de Inversiones), que se logró frenar. De momento.

De esta situación se sigue como mínimo, la necesidad de una ética seria y radical -de mínimos, pero también de máximos- relativa a nuestro consumo y al uso de nuestro dinero. Si la propiedad no es un dios -y una sociedad laica no debe tener dioses-, ya no puede ser definida al modo romano como un derecho a usar y a abusar de lo mío (ius utendi et abutendi). Cuando era joven, la clásica tesis de la doctrina social católica de que la propiedad tiene “una función social” -o mejor, “una hipoteca” social- nos parecía insuficiente. Hoy, ya ni se habla de aquella tesis que, en nuestros días, resulta subversiva.

Esta situación nos exige una reflexión sobre nuestra resistencia al consumismo como definidor de nuestra identidad -Consumo, luego existo, se leía aún no hace mucho, en unos almacenes de Barcelona-. Esta reflexión sería absolutamente fundamental para evitar ese empobrecimiento estructural que hemos esbozado. Nos exige dejar de creer -según la mentalidad del individualismo posesivo- que el que yo consuma más o menos no afecta para nada a los demás.

TERCERA TESIS: HAY POBRES PORQUE NO ACEPTAMOS NUESTRA RESPONSABILIDAD

La tercera tesis dice que existen empobrecidos porque los seres humanos nos negamos a reconocer las dos tesis anteriores. Nuestra negativa a reconocerlas no se hace -o no se hace todavía- de manera clara y abierta. Mucha gente piensa que Nietzsche es el autor que formuló de manera más descarada y cínica las verdades de las que vive hoy nuestra cultura, sin atreverse a reconocerlo. Mientras Charles Péguy escribía que los ricos llegan a creer que la pobreza ha dejado de existir una vez que han logrado rodearla oportunamente de silencio -es lo que hace la sociedad de consumo para nosotros-, Nietzsche iba mucho más allá: Lo esencial de una aristocracia buena y sana es que acepta con buena conciencia el sacrificio de un sinnúmero de seres humanos, los cuales, por su bien, deben ser rebajados y reducidos a seres defectuosos, a cadáveres e instrumentos. Esa “aristocracia sana”, liberada de toda compasión decadente ante los débiles, capaz de pensar en profundidad y defenderse de toda debilidad sentimental sabe que la vida es esencialmente apropiación, herir y avasallar lo extraño, lo débil, opresión, dureza.... y por lo menos explotación.

Están ahí las dos actitudes que describen nuestro modo de reaccionar ante los pobres, luego de haber contribuido a producirlos: el olvido, el silencio, la ignorancia y -cuando esto ya no es posible- la justificación abierta de nuestra conducta, apelando a “valores” superiores de aristocracia o de nuestra propia superioridad.

La actitud que propone Nietzche es tan cruel que muchos seres humanos no se atreverían a aceptarla. Probablemente la aceptan sin rubor quienes mueven los hilos económicos y militares de nuestro sistema de convivencia. Su problema es cómo venderle esos contravalores a las gentes que todavía no son capaces de “liberarse de esa debilidad de la compasión” ni de reconocerse a sí mismos en esas actitudes.

LA CRUELDAD REVESTIDA DE NECESIDAD

El consumo es la clave de bóveda de todo nuestro sistema económico. En nuestra aceptación de los contravalores del sistema juega un enorme papel el consumismo y la creación de necesidades falsas que revisten de auténtica necesidad nuestra crueldad. Voltaire decía: Nada más necesario que lo superfluo. No demos a esta frase un sentido sólo individual. Cuando nuestras superfluidades actúan al interior de un determinado sistema de conductas, no podemos prescindir de ellas, no sólo por nuestra debilidad personal, sino porque nos las imponen todo un conjunto de pautas establecido.

Más de dos millones de seres humanos sobreviven con dos dólares diarios o menos. Nosotros abrimos el carro con un mando a distancia, mientras los pobres de la tierra apenas pueden cerrar sus casas -y, si una vez pudieron, la cerradura rota perdura para siempre sin reparar-. Nosotros tenemos noticias y televisores en las estaciones de los metros, mientras los pobres carecen de acceso a cualquier información. Nuestros carros pueden rodar a 200 kilómetros por hora -aunque tengamos prohibido pasar de 120-, mientras los pobres caminan varios kilómetros para llegar al lugar de trabajo -¡de explotación!- o a la escuela. Nosotros podemos oír música estereofónica en nuestros carros, mientras los pobres apenan conocen la música. Nosotros podemos despedir aromas seductores, mientras los pobres con frecuencia han de oler mal. Nosotros añadimos a nuestras comidas aperitivos que servirían de comida a muchos hambrientos de la tierra. Nosotros gastamos para alimentar a nuestros equipos ídolos de fútbol cantidades que equivalen al PIB de un país pequeño. Nosotros gastamos en armas para matar -que queremos no tener que usar- lo que a ellos les permitiría vivir...

Y en contraste, ante las demandas de destinar sólo el 0.7% de nuestro PIB para ayuda al exterior, respondemos que eso “no es todavía posible. La “gracia” está en ese “posible” tranquilizador. Y si destinamos a la ayuda externa unos céntimos suele ser con la condición de que los inviertan en comprar productos nuestros, que no siempre necesitan. Ésa es la necesidad de todas nuestras superfluidades. Si después vamos un día al Matto Grosso o a Calcuta y nos damos cuenta que todas esas cosas no eran necesarias, abrimos unos ojos como platos. Pero, al regresar a casa, volvemos a experimentar su necesidad.

QUÉ NOS DICEN QUIENES MUEVEN LOS HILOS DEL SISTEMA

El gran ídolo de nuestro mundo, por su poder y por nuestra dependencia de él, es la energía. En estos días vuelve a estar dolorosamente de moda. Muchas de nuestras superfluidades requieren de un gran gasto de energía. La energía nos es tan necesaria que siempre andamos calculando nuestras reservas y buscando acceso a nuevos yacimientos de petróleo. Todo el mundo sabe que, detrás de la guerra de Irak, casi no ha habido más que, por un lado, la alarma de Estados Unidos ante el crecimiento de su gasto energético y el cálculo de cuánto les durará lo que tienen; y por el otro lado, en los países que se opusieron (Francia, Rusia, China), los precontratos que tenían para el petróleo de Irak en cuanto se levantara el embargo.

Esto hay que reconocerlo, aunque estemos incondicionalmente en el lado de quienes se opusieron. El resto ha sido un esfuerzo descomunal por convencer a las diversas opiniones de que esta guerra era necesaria, unas veces manipulando nuestro miedo al terrorismo, otras esgrimiendo argumentos seudoéticos sobre la autoridad de Naciones Unidas o sobre la necesidad de obedecer a decretos que son constantemente desobedecidos sin esas consecuencias -casos de Israel y Turquía, entre otros-, otras argumentando con la necesidad de desarmar a quienes están mucho menos armados que nosotros.

Los resultados de nuestras falsas necesidades son conductas crueles. Quienes mueven los hilos del sistema se liberan de sus escrúpulos y lo formulan claramente: los seres humanos no tienen la dignidad que pretendemos asignarles, la igualdad entre los seres humanos es una gran mentira, es falso que los seres humanos no puedan ser tratados como instrumentos. Son ésas las mentalidades que nuestro sistema genera, y que producen pobres. Quienes mueven los hilos del sistema las formulan así, pero procuran que nosotros no las veamos así ni las aceptemos así ni las sintamos así y las enmascaran para que podamos matar más tranquilos.

EL TERRORISMO: UN CRIMEN QUE ES TAMBIÉN UN SÍNTOMA

Aunque he procurado reflexionar de una manera no confesional y válida para todos, a la hora de concluir no tengo por qué ocultar que mi inspiración viene de la tradición cristiana de la que provengo. Y sobre todo, de un punto fundamental de esa tradición, que, en parte, recogió también la tradición marxista, y que brilla totalmente por su ausencia en la tradición que llamaríamos liberal. Se trata de la íntima relación -casi identidad- entre justicia y paz.

Según el profeta Isaías, la paz es fruto de la justicia. Es una frase más o menos bonita que implica cosas muy serias. Tan serias como, por ejemplo, que un acto terrorista será siempre inmoral o criminal, pero además de ser un crimen, es posible que muchas veces sea también un síntoma. La tradición liberal occidental se niega siempre a admitir eso: afirma que el terrorismo es sólo inmoralidad y nunca síntoma. Y por tanto, deduce -e impone- que la manera de combatirlo nunca puede ser algún cambio nuestro, sino sólo la eliminación de ellos. Ni la Biblia ni la tradición marxista pensarían así.

POR LA PAZ A LA JUSTICIA

La tradición cristiana hace también otra vinculación parecida entre la paz y la justicia, no sólo a niveles sociales, sino a niveles personales, particulares. El Dios bíblico es un Dios de la justicia y no otra cosa, aunque esto moleste mucho a las iglesias, porque si así fuera ellas estarían sólo para servir a Dios y no para que los hombres se sometan a ellas en nombre de Dios. Pero si el Dios bíblico es un Dios de la justicia, el don mayor de ese Dios es la paz.

Jesús de Nazaret solía repetir: La paz les dejo, mi paz les doy. Y años después, Pablo de Tarso escribió a una de sus comunidades una de las frases que más aprecio en toda la Biblia: Que esa paz de Dios que supera toda comprensión ilumine sus corazones y sus pensamientos. La experiencia de esa paz individual y su capacidad iluminadora ha sido compartida por muchos seres humanos. Y el camino hacia ella lo marcan otras palabras de Jesús: Aprendan a ser mansos y humildes de corazón, y hallarán paz en sus almas. Esa paz que buscamos con mil técnicas, farmacológicas, de autoestima, de exotismos varios, viene de ser “mansos y humildes de corazón”. Y eso significa la única manera en que ese afán de querer más no se posesione de nosotros y nos haga actuar individualistamente. La fuente de nuestra propia paz sería así la causa de un mundo menos injusto y, por consiguiente, un mundo con menos empobrecidos.


Teólogo. texto editado por envío De una charla en barcelona. Marzo 2003.

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