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  Número 269 | Agosto 2004
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Nicaragua

“No hay tarea más urgente hoy en Nicaragua que la de transformar la idea de Dios”

Andrés Pérez-Baltodano, un nicaragüense que enseña Ciencias Políticas en Canadá y piensa a Nicaragua, compartió con Envío algunas ideas de su libro “Del Estado Conquistador al Estado Nación”, donde analiza el desarrollo político nicaragüense desde la Conquista hasta hoy, en una charla que transcribimos.

Andrés Pérez Baltodano

Una socióloga canadiense dice que cuando tiene una pregunta que la agobia y para la cual no encuentra respuestas satisfactorias escribe un libro. La pregunta que a mí me motivó a escribir este libro es la que a menudo nos hacemos los nicaragüenses: cómo explicamos el profundo atraso de nuestro país, cómo explicamos el que hoy seamos el país más desnutrido del continente americano y uno de los más corruptos de América Latina y del mundo. Por qué estamos como estamos y por qué somos como somos: ésa es la pregunta que me impulsó a la exploración que concluyó en este libro. ¿Por qué estamos hoy, en el año 2004, más cerca de la condición que heredamos de la Colonia que del modelo de Estado Nación que adoptaron los líderes de la independencia como patrón para organizar el desarrollo político de nuestro país? El bajísimo grado de penetración territorial que ha alcanzado nuestro Estado, el aislamiento de la Costa Caribe y la falta de puertos en el Atlántico después de casi 200 años de vida independiente son realidades escandalosas. Igualmente escandalosos son los pobres niveles de legitimidad de nuestras instituciones públicas, y nuestros niveles de pobreza y desnutrición. Lo más grave es que nos hemos acostumbrado a convivir con estos escándalos.

La pregunta que angustia es cómo se explica este atraso brutal, que desnutre, que mata, que prostituye a tantos y a tantas nicaragüenses. Para responder a esta pregunta hay que mencionar los obstáculos objetivos que han condicionado y retrasado el desarrollo de Nicaragua. Uno podría mencionar el brutal choque de civilizaciones que se dio en 1492; las divisiones étnicas y raciales heredadas de la Colonia; la pobreza de la región centroamericana dentro del esquema colonial español en América y la especial pobreza de Nicaragua dentro de Centroamérica; el papel jugado por Nicaragua como exportadora de esclavos durante la consolidación del poder de España en América; las relaciones de dependencia dentro de las cuales se constituyó el Estado nacional nicaragüense una vez que alcanzamos la independencia de España. Y uno podría hablar también de las intervenciones de los Estados Unidos y del fenómeno del imperialismo.

Ciertamente, todos estos factores objetivos tienen que tenerse en cuenta para explicarnos por qué estamos como estamos y por qué somos como somos. Sin embargo, el atraso brutal que padecemos, y al que nos hemos acostumbrado, no puede explicarse simplemente, solamente, a partir de estos obstáculos objetivos. También el desarrollo de Europa enfrentó obstáculos objetivos de gran envergadura y allí la modernidad surgió precisamente de una gran crisis, la del siglo XVI, en la que se conjugaron una cantidad enorme de problemas objetivos, concretos. En aquel momento, cuando se desbordan los espacios territoriales de la Edad Media, fluyen y circulan ideas y gentes, se inicia una revolución científica y las creencias se derrumban con la Reforma protestante, es cuando surge lo que conocemos como la modernidad, el pensamiento político moderno. Surgen entonces los fundamentos de lo que sería el Estado Nación. El ordenamiento de la modernidad europea no nace de un momento de paz, sino de una gran crisis. Y es en esa crisis cuando surge un pensamiento político, una visión del poder y de la historia, que logra desarrollar la capacidad para condicionar los efectos generados por todos esos obstáculos objetivos y los logra organizar. Y el resultado de esa organización es la democracia, son los derechos ciudadanos. Es muy importante considerar que en ese momento de re-pensar la historia, de re-pensar el poder y de buscar la forma de enfrentar las crisis que afectaban a las sociedades, un elemento básico es la reconceptualización de la idea de Dios.

La existencia de obstáculos objetivos no puede ser utilizada como explicación de nuestro atraso porque todas las sociedades del mundo, incluyendo las más exitosas actualmente, han enfrentado sus propios obstáculos objetivos.
La respuesta a la pregunta de por qué somos como somos y por qué estamos como estamos tiene que incluir también un análisis sobre la manera en que nosotros los nicaragüenses hemos enfrentado los obstáculos que la historia nos ha planteado, sobre cómo hemos pensado el poder, la historia y nuestro papel en la historia. Tenemos que incluir una explicación del papel que el pensamiento de los nicaragüenses ha jugado en la constitución de nuestra historia. Esto no quiere decir que las ideas determinan la historia, que la historia sea el producto de las ideas. Las ideas no son la única fuerza que crea, articula u organiza la realidad. Pero las ideas, el pensamiento, juegan un papel fundamental en la organización de la realidad. Y, sin caer en un subjetivismo, no debemos tampoco caer en algo en lo que caímos en los 80: en un materialismo mecánico, grosero, que descartaba el valor de las ideas, de los valores, del pensamiento, de las creencias, creyendo que la organización económica de la sociedad es lo que determina la manera como pensamos y como hablamos y las ideas que tenemos sobre la historia y sobre Dios.

¿Cómo hemos pensado los nicaragüenses a través de nuestra historia el fenómeno del poder? ¿Cuál ha sido la naturaleza del pensamiento político de los nicaragüenses, ese pensamiento con el que hemos enfrentado los obstáculos objetivos que nos ha planteado la historia? En el libro se argumenta que el pensamiento político nicaragüense, a través de toda su historia, puede caracterizarse como un pensamiento “pragmático resignado”. Los conceptos tratan de sintetizar fenómenos complejos. El “pragmatismo resignado” es un concepto que hace referencia a un pensamiento que nos lleva a aceptar la realidad como dada, que nos empuja a adaptarnos a la realidad. Es un pensamiento que no tiene voluntad transformadora, que no se escandaliza ante la realidad que ve para transformarla y hacer algo nuevo.

Sencillamente, la ve y se acomoda. En Nicaragua, la norma histórica, la tendencia histórica de larga duración, se puede sintetizar en ese concepto: pragmatismo resignado.
Si revisamos los discursos de las élites en Nicaragua -y ésa es la principal contribución del libro: recopilar las voces de los actores nicaragüenses a lo largo de nuestra historia- vemos cuál ha sido su cosmovisión y cómo han usado y manipulado el poder. Vemos que ese pensamiento político nos empuja a aceptar la realidad como dada y, más aún, a adaptarnos a esa realidad, a hacer lo que proponía Pedro Joaquín Chamorro Alfaro, uno de los gobernantes del período de los Treinta Años de gobiernos conservadores en la segunda mitad del siglo XIX, quien lo sintetizó mejor que nadie. Él decía: “El buen político es aquel que sabe atemperarse a las circunstancias”. Nicaragua entera ha vivido atemperada a cualquier circunstancia que surge, sobre todo a las que surgen en su contexto internacional.

Ese pensamiento tiene plena continuidad en los discursos del Presidente Bolaños, tan satisfechos y tan ajenos al desastre nacional.

Tras caracterizar nuestro pensamiento político, viene otra pregunta, aún más importante: ¿y por qué nuestro pensamiento es pragmático resignado? ¿De dónde surge esa manera de pensar el poder y la historia? La respuesta que ofrece el libro es que ese pragmatismo resignado -que cubre no sólo a Nicaragua, sino a toda América Latina- tiene sus raíces en el providencialismo que ha dominado la cultura religiosa nicaragüense. Por más que busco y busco, no encuentro otra raíz. En el discurso político de las élites encuentro evidencias importantes que muestran que esa manera de ver el poder y la historia, esa manera nuestra de atemperarnos a las circunstancias, tiene que ver con el providencialismo.

El providencialismo es una visión de la historia que nos empuja a creer que Dios es el que organiza cada movimiento de cada uno de nosotros, que Dios es el responsable de lo que le sucede a mi tío, a mí o a Nicaragua como sociedad y también de todo lo que sucede en Irak y en el resto del mundo. En esa visión de la historia Dios es el regulador, el administrador, el auditor de todo lo que pasa en el mundo. Así lo decía Pedro Ximena, en el siglo XVIII, en los tiempos de la Colonia, hablando de un Dios que “encadena los siglos y los sucesos, tiene en su mano la suerte y destino de sus criaturas... previendo en la inmensa sucesión de los días los acontecimientos que han de hermosear los anales de los tiempos y combinando todos los hechos”. Ximena llama “sistema blasfemo y abominable” el que cuestiona esta idea de Dios.

Los ejemplos abundan a lo largo de toda nuestra historia. Después del terremoto de 1931, que destruyó Managua, el presidente José María Moncada, hablando ante el Congreso Nacional les dice a los congresistas: “Os pido la cooperación más sincera y patriótica. No es hora de pasiones, es de meditación y recogimiento. Nos ha herido la Naturaleza, no hay críticas que hacer, porque equivaldría a hacérselas a Dios”. Es la élite hablándole a las élites. Y no sería válido afirmar que las élites manipulan a las masas con el providencialismo. La realidad es que las élites están tan imbuidas de providencialismo como las masas y simplemente tienen estilos diferentes de manifestarlo.

En el año 2002 se publicó en Nicaragua una encuesta que mostró que un 97.1% de quienes la respondieron aceptaban la frase: “Dios es el juez supremo, de él dependemos y nos juzgará”. Y son muchos quienes hoy achacan a una voluntad divina los 25 muertos en el reciente deslave del Musún, cuando aceptan, sin reflexionar, que quienes quedaron vivos lo están “por la voluntad de Dios”. Y no olvidemos que un elemento central de la política agropecuaria de Nicaragua durante este gobierno, por ridículo que parezca, es introducir en el calendario una jornada anual para orar a Dios que nos envíe la lluvia.

En el libro se argumenta que el providencialismo y el pragmatismo resignado han sido reforzados por el papel que ha jugado Estados Unidos en nuestra historia. Y se afirma que los nicaragüenses hemos trasladado nuestra dependencia mental de un Dios providencial al papel que juega Estados Unidos en nuestra historia. Hoy también hemos trasladado esta visión providencialista de Dios al papel que juega la cooperación externa. Nuestros gobernantes le reclaman, le exigen, a la cooperación externa que resuelva nuestros problemas. Asumimos que la cooperación externa es quien debe combatir nuestra pobreza. Esto refleja la profunda irresponsabilidad ante la historia que acompaña a las élites y también a las masas nicaragüenses, que se resignan a su miseria. No somos nosotros, siempre son otros los culpables o los benefactores. Esta forma de pensar y de actuar tiene conexiones profundas con esa raíz providencialista que nutre el pragmatismo resignado que orienta nuestra cultura política.

El intento del libro es hacer una caracterización y establecer tendencias. Y al establecerlas, se señalan momentos de ruptura. Fundamentalmente dos: la revolución de 1979 y la revolución de Zelaya, la etapa de 1893 a 1909. Dos momentos en que uno ve surgir una llama que lucha por superar los límites de la realidad y expandir el horizonte de lo posible. Sin embargo, reconociendo este esfuerzo debe reconocerse también que, en ambos casos, las fuerzas que promovieron estos cambios radicales, o sectores importantes dentro de estas fuerzas, terminaron también atemperándose. El caso del Frente Sandinista de Liberación Nacional oficial hoy y el caso concreto de Daniel Ortega son un buen ejemplo. Esto nos lleva a pensar que las transformaciones promovidas no fueron profundas, fueron sólo reacciones ante la realidad. En el caso de la revolución del 79 da la impresión de que hizo falta un pensamiento diferente, un nuevo pensamiento capaz de trascender el providencialismo y el pragmatismo resignado y por eso, al final, ha terminado predominando el atemperamiento a lo posible.

Da la sensación que la revolución no llegó al poder con el conocimiento necesario de la realidad cultural y de la realidad religiosa del pueblo nicaragüense, esa realidad de la que el Frente Sandinista también formaba parte. La revolución no llegó al poder con una nueva visión del cristianismo y de Dios, llegó imbuida de providencialismo. Llegó con una visión determinista, materialista, increíblemente mecánica, que se desmoronó en cuanto la realidad se impuso sobre la debilidad del pensamiento de las élites sandinistas. Y cuando eso sucedió, se atemperaron a las circunstancias. ¡Y ahora organizan misas para celebrar el 19 de julio!

La revolución representó un cambio en la dirección del pensamiento político nicaragüense. Pero la oportunidad se perdió. Por muchas razones. Pienso que una razón es que la revolución no contaba con la teología, con la cristología necesarias para desmontar el providencialismo. Trasladamos el providencialismo religioso a un providencialismo histórico. En aquellos años era la Historia, ya no Dios, la que se iba a encargar de los cambios. Y si uno expresaba preguntas, dudas, le respondían: “¡Lo que pasa, compañero, es que usted no entiende la historia!” ¡Tampoco te la explicaban! El dogma era “creer en la historia”. Era una visión providencialista también de la historia. Y por eso, al momento en que la realidad aplasta el pensamiento con el que se construía ese sandinismo, surge de nuevo el pragmatismo resignado y el providencialismo. Esto no significa que en Nicaragua todos vivamos hoy aplastados bajo la losa del providencialismo y del pragmatismo resignado. Estamos hablando de tendencias. Cuando más de un 90% de la gente admite hoy creer que todo en su vida lo regula Dios hablamos de una tendencia. Creo que esa misma pregunta, hecha en 1985, en plena revolución, habría arrojado resultados diferentes.

El pragmatismo resignado constituye una manera de pensar la realidad que nos empuja a asumir que lo políticamente deseable debe subordinarse siempre a lo circunstancialmente posible. En los grupos dominantes el pragmatismo resignado se expresa en una actitud de indiferencia ante el fenómeno de la pobreza y la marginalidad social de las masas. En los grupos marginales, el pragmatismo resignado se manifiesta en las actitudes fatalistas que nuestros pobres adoptan en relación a su propia miseria. Tanto la indiferencia de las élites como el fatalismo de las masas expresan un sentido de irresponsabilidad ante la historia. El pensamiento moderno y la modernidad fue, sobre todo, la expresión de una nueva fe en la capacidad de los individuos, de los hombres y de las mujeres, para construir la historia.

Es muy importante señalar que el pensamiento político moderno no necesariamente negó ni niega la existencia de Dios. Sencillamente, elevó a la humanidad al papel de copartícipe en el eterno acto de la creación. Y esto debe haber alegrado a Dios. Porque es mejor ser Creador de gente pensante que actúa en la historia que ser Creador de una manada de borregos que está esperando lo que Dios decida. Ser moderno no significa abandonar la idea de Dios, pero sí significa reconceptualizar la relación entre Dios, la historia y la humanidad. Y los europeos lo hicieron. Pensaron. Y reconceptualizaron esa relación enfrentando el poder de la Iglesia, que se negaba a aceptar esa nueva manera de entender el mundo. Y pensaron y siguieron pensando y pensando encontraron a Dios en la dignidad de cada ciudadano.

En Nicaragua tenemos un gran problema: no somos responsables de nuestra historia. Las élites no asumen responsabilidad por la condición de los pobres y los pobres sienten que su pobreza es un designio divino. El actual Plan Nacional de Desarrollo es un muestrario del pensamiento pragmático resignado, que acepta la realidad como dada y que nos hace pensar que la historia nuestra no es más que el resultado de los condicionantes que se articulan y surgen en el contexto internacional en el que nos movemos.

¿Hacia dónde nos puede llevar esta forma de pensar a Dios, la historia y la relación entre Dios, la historia y la humanidad? ¿En qué puede desembocar el providencialismo y el pragmatismo resignado que ha dominado la cultura religiosa y la cultura política de los nicaragüenses? Sería un error pensar que podemos seguir así por los siglos de los siglos, que ya tocamos el fondo del barril y que somos como somos y ya sabemos cómo vamos a vivir. Eso sería un error fatal, porque el mundo cambia aceleradamente.

El concepto que sintetiza mejor los cambios que experimenta la humanidad en este incierto siglo XXI es ése tan usado y abusado, pero que captura de alguna manera la complejidad de los fenómenos que vivimos actualmente: la globalización. El siglo XXI está dominado por ese concepto, por esa idea, por ese proceso. Y por la ideología que acompaña ese concepto.
La globalización es el nombre que utilizamos para hacer referencia a las tendencias que muestran las estructuras políticas, económicas, sociales y culturales nacionales a integrarse alrededor de ejes de poder transnacional.

Eso es lo que significa la globalización: una tendencia en la que todo lo nacional empieza a articularse en torno a ejes de poder transnacionales. El tipo de poder que se consolida con la globalización tiende a ser des-territorializado. Por eso un sociólogo sudamericano, García Canclini, al referirse a la complejidad con la que se enfrentan los movimientos de protesta antiglobalización afirma: “En estos tiempos David no encuentra a Goliat.”

La globalización no es simplemente la constitución de estructuras de poder material des-territorializadas ni son solamente los tratados de libre comercio o los nuevos acuerdos internacionales. Ésas son solamente las expresiones concretas y materiales de algo más profundo. La globalización también es una manera de ver el mundo, una re-definición radical de lo bueno y lo malo, de lo justo y lo injusto. La globalización es también una racionalidad. Y en el siglo XXI, el siglo de la globalización, no sólo vamos a ver más tratados de libre comercio, sino, sobre todo, vamos a sentir -porque la racionalidad no se ve- el peso de una nueva racionalidad: la racionalidad instrumental del mercado, que se consolida cada día más.

Hablar de la racionalidad instrumental del mercado es hablar de una manera específica de ver y entender la realidad, una manera específica de definir lo que es bueno y lo que es malo, lo que es justo y lo que es injusto. Y últimamente, lo que es legal y lo que es ilegal. La globalización institucionaliza una nueva manera de ver la realidad. Ésa es la tendencia. Lo bueno y lo malo va a ser definido, o se va a establecer, de acuerdo a los valores y vaivenes del mercado. El Plan Nacional de Desarrollo y la Agenda Centroamericana para el Siglo XXI formulada por el INCAE con el apoyo de Harvard expresan con muchísima claridad esta nueva racionalidad. El PND habla de identificar polos de desarrollo en Nicaragua para que el Estado concentre allí sus escasos recursos. Y a la gran pregunta por lo que pasará con la gente de las zonas más pobres, los funcionarios responden: esa gente se va a tener que mover hacia otras zonas, donde el mercado tenga éxito. La política social pierde el sentido cristiano que se expresa en la idea de una solidaridad social y en la responsabilidad social del Estado para con los pobres. Ya en el PND y en la Agenda Centroamericana se determina que lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo legal y lo ilegal va a ser determinado por los vaivenes y valores del mercado. Y esto es tan sólo una expresión minúscula, microscópica, de algo gigantesco y más profundo que está sucediendo a nivel mundial.

A este siglo y a esta lógica entramos los nicaragüenses armados con una visión pragmática resignada y providencialista del poder y de la historia. Una visión que a mi juicio es reforzada cada día más por el Vaticano. El providencialismo que hoy promueve el Vaticano se expresa, por ejemplo, en el escandaloso número de santos y santas canonizados por el Papa actual, que supera el número de todos los canonizados en los últimos 500 años. Ya hoy son 482, incluyéndose la reciente canonización en mayo 2004 de la italiana Gianna Beretta Molla. Después que los médicos le advirtieron que corría peligro su vida por un tumor intrauterino y teniendo dos meses de embarazo decidió seguir con el embarazo y murió, dejando viudo a su esposo y a tres hijos en la orfandad. Su muerte ocurrió en 1962. Juan Pablo II habló de “su sacrificio extremo” y la alabó por responder “al llamado divino”. Y al canonizarla, dijo que su “valiente decisión” es un modelo para todas las mujeres.

El Vaticano está haciendo esfuerzos por re-sacralizar el mundo desde una idea providencialista, porque sólo canoniza a personas que “hacen milagros”, es decir que confirman la directa actuación del Dios providencial en la historia humana. Para mantener su poder, la iglesia ha decidido, lamentablemente, la re-sacralización del mundo, la re-institucionalización del providencialismo. Ha decidido que su poder es más fácilmente reproducible a través de la regeneración del providencialismo. Y esto coincide, de una manera perversa, con el accionar del mercado global.
La iglesia católica perdió instrumentos para presentarle batalla al capitalismo salvaje, para ir más allá de una simple denuncia y para enfrentar el mercado global, con el ataque frontal que lanzó el Vaticano contra la teología de la liberación, condenando la idea del pecado estructural, reconstituyendo la idea del pecado como un hecho individual. Combatiendo las visiones estructurales articuladas por la teología de la liberación, la iglesia quedó sin los instrumentos que necesitaba para hacerle frente al capitalismo salvaje. Ahora, esta tarea la iglesia no la puede afrontar “convirtiendo” a los Bill Gates y a los banqueros del mundo. Y aun cuando los convierta, esto no va a reducir las consecuencias del capitalismo. La iglesia no tiene hoy ni instrumentos ni lenguaje para enfrentar las estructuras de poder que se están consolidando. Los tenía en la teología de la liberación, pero la atacó y la destruyó.

Si uno piensa en el futuro, vemos la racionalidad instrumental del mercado consolidándose todos los días. Tanto, que nuestros tecnócratas y nuestros políticos nos hablan de un plan “para desarrollar el país” cuyos frutos se verán en 25 años y afirman que la gente tendrá que moverse a otros lugares sabiendo que muchos morirán. Está pesando tanto esta racionalidad que después que nos dicen esto se van tan tranquilos a misa. Y si alguien dice: tendría que hacerse otra cosa, responden con su sonrisa satisfecha: ¿y qué otra cosa se puede hacer? Porque lo posible es sólo lo que hoy existe. Eso es “atemperarse a las circunstancias”. Pedro Joaquín Chamorro Alfaro está vivo en la mente de los tecnócratas y políticos nicaragüenses del año 2004. Pero ellos afirman que esto que hacen es la modernidad. No es maldad, es una inocencia perversa. No se dan cuenta, no nos damos cuenta, que la modernidad no se imita.

La modernidad fue un espíritu creativo, rebelde ante una realidad. Y la realidad en la Nicaragua de hoy invita a hacer algo creativo y rebelde, y a hacerlo desesperadamente rápido, ¡porque la gente se está muriendo! ¿Esperar para dentro de 25 años? Es inaudito que el Plan Nacional de Desarrollo no se plantee como un plan de emergencia. Es inaudito que no vivamos a Nicaragua como una emergencia. Cuando hay una guerra, hay que hacer una economía de guerra. Cuando hay un país hambriento, hay que hacer una economía para superar el hambre. Pero eso no sucede en Nicaragua y si dijéramos algo así en la casa de gobierno, sonaría ridículo tan sólo el plantearlo. Hay algo profundo que nos hace ser como somos. Algo que nos ha habituado a ver la historia como algo que nosotros no controlamos.

La racionalidad instrumental del mercado se institucionaliza por todas partes y se re-providencializa aceleradamente el mundo desde el Vaticano. Eso es lo que estamos viendo. Los mismos cambios demográficos que experimenta el planeta van a contribuir a la re-sacralización del mundo. Porque ya algunos señalan que en el año 2050 las principales concentraciones de población católica van a estar en África y en América Latina. Y según la tendencia que vemos, el catolicismo que va a prevalecer es el catolicismo providencialista que predomina ya hoy en estos dos continentes.

¿Qué puede suceder en Nicaragua con esta terrible combinación del utilitarismo instrumental promovido por el mercado y el providencialismo? De no hacer nada, se hará realidad lo que narra Gioconda Belli en “Waslala”, una novela sociológica, que pinta la posible Nicaragua del siglo XXI, cuando ya hemos desaparecido como país y el nombre Nicaragua no tiene ya ninguna connotación ni política ni moral y somos sólo un territorio utilizado por los países más desarrollados como un depósito de desperdicios radioactivos y como un centro de operaciones por todo tipo de contrabandistas. Al leer esta novela uno como que ya huele todo eso, con la extendida presencia del narcotráfico y con la desaparición de la voluntad del Estado para hacer de Nicaragua una nación.

Si trasladamos nuestra visión providencial de Dios al papel de los Estados Unidos, no se necesita ser mago para pensar que vamos a trasladar esta visión a eso que llamamos globalización. De hecho, nuestros políticos ya lo están haciendo y hablan de la globalización como una reencarnación del Dios medieval: “No podemos hacer esto por la globalización, tenemos que hacer esto por la globalización...”

La globalización -nos dicen- es un hecho. Pero no es un hecho, es un proceso histórico, cuyas consecuencias van a estar determinadas por quienes empujan la globalización, pero también por quienes luchan por otra forma de globalizar el mundo. Y ciertamente, las consecuencias de la globalización van a estar condicionadas por el espíritu de quienes nos resignemos a ella tal como se nos presenta.
La institucionalización de la racionalidad instrumental del mercado requiere de la destrucción o de la falsificación total del cristianismo. Porque estas dos racionalidades, la del cristianismo y la del mercado, no pueden coexistir. Realmente,
no pueden coexistir. Para que el mercado global se institucionalice, para que la racionalidad instrumental del mercado impere sobre el mundo -y ése es un proyecto, eso no está sucediendo por casualidad, sino que hay fuerzas enormes que empujan en esa dirección-, para que lo bueno y lo malo sea determinado por el mercado y no por ideas de justicia que tengan que ver con el bien y el mal en relación con nuestras tradiciones religiosas, para que el mercado regule no sólo los mercados laborales sino quién vive y quién muere, quién es un país pobre y quién es un país rico, para eso el mercado necesita destruir o terminar de falsificar el cristianismo. Porque la racionalidad del cristianismo, que es una racionalidad sustantiva, fundamentada en principios que tienen un valor absoluto -”no matarás” ¡punto!, “no robarás” ¡punto!- no puede coexistir con una racionalidad instrumental que necesita institucionalizar los valores utilitaristas del mercado como los reguladores de la vida y de la historia.
La manera en que estas dos racionalidades intrínsecamente incompatibles -la del capitalismo y la generada por el cristianismo-, lograron armonizarse, en el caso de Europa, tiene que ver con la democracia. La democracia, el pensamiento democrático, fue un intento por reconciliar la racionalidad instrumental del mercado con la racionalidad sustantiva que generó el cristianismo. El elemento fundamental del desarrollo de la democracia es el desarrollo y consolidación de los derechos ciudadanos, que sirvió para contrarrestar las desigualdades que naturalmente genera el mercado. Hoy la democracia está en crisis en todo el mundo, hoy los derechos ciudadanos están sufriendo ataques sin precedentes. Pensemos en los derechos sociales, institucionalizados en el siglo XX, y en la idea del Estado de Bienestar: son ideas que están bajo ataque constante en todos los países del mundo. La democracia que sirvió para lograr una reconciliación más o menos adecuada entre la racionalidad del mercado y la racionalidad de la tradición cristiana está en crisis hoy. ¡Y en Nicaragua no existe! Vivimos sólo la teatralidad de la democracia.

¿Qué orden impondrá la racionalidad del mercado en un mundo tan desigual como el que estamos viviendo, donde más de la mitad de los seres humanos viven con menos de un dólar al día? El providencialismo podría ser el opio para imponer un orden, para mantenernos contentos. También podemos asistir a nuevas formas de militarismo.

El capitalismo no necesita de la democracia, sólo necesita del orden, y a lo largo de la historia ha demostrado que tiene la capacidad de coexistir con diferentes formas de orden: con el democrático, con el fascista, con el militar.
Éste es el mundo incierto al que entramos. ¿Con qué herramientas mentales, culturales, entramos los nicaragüenses a este siglo XXI? Podríamos terminar viviendo la novela “Waslala”, arrodillados frente a un Dios providencial, sin saber que ese Dios no es más que el disfraz utilizado por la mano invisible del mercado. Ése puede ser el triste futuro de nuestro país. Un país regulado por los vaivenes del mercado y en nuestras mentes un mundo regulado por la idea de un Dios administrador, auditor y gerente.

La otra posibilidad, la más difícil, la más necesaria, es la que nos obligaría a empujar la historia por otro camino para transformar nuestra idea de Dios, para buscar y encontrar al otro Dios posible. En ese camino transformaríamos nuestra cultura religiosa y transformaríamos nuestro pensamiento político para salir de la miseria en que vivimos. Porque no puede existir un Estado moderno dentro de una cultura religiosa premoderna. No puede existir la democracia dentro de una cultura religiosa providencialista. Y no puede existir un Estado de derecho o un Estado laico dentro de un marco de valores religiosos que nos empuja a pensar que Dios es el que lo determina todo.

En este sentido es importante señalar que cuando en un país como Nicaragua se asume que el Estado laico se logra cuando se separan las esferas de poder político del Estado y de la Iglesia se puede estar cayendo en un grave error. Es importante luchar para detener la imposición de las autoridades religiosas que defienden políticas públicas en función de sus intereses, especialmente en las referidas a la salud reproductiva y a la educación. Esta lucha política es importante. Pero no es suficiente. De nuevo: un estado laico no puede existir dentro de una cultura religiosa providencialista y premoderna.

Si la lucha por el Estado laico evita el terreno ideológico evita lo central. Esto significa que quien luche por modernizar el Estado nicaragüense tiene que meterse en el terreno de la teología y de la doctrina cristiana: en sus interpretaciones y en sus manipulaciones. Tiene que desempolvar verdades y valores religiosos ocultos tras dogmas y ritos vacíos. Ignorar el profundo providencialismo religioso que condiciona el comportamiento de las élites y de las masas nicaragüenses hace frágil la lucha por el Estado laico tal como se ha venido planteando. También la hace minoritaria. Tratar de imponer un Estado laico sobre una población que vive sumergida en un mundo dominado por las interpretaciones más mágicas y retrógradas del cristianismo no es viable. “Sacar a Dios” del juego no es el camino. Estado laico es aquel que encuentra “el lugar de Dios” en una sociedad plural, democrática, moderna.
La educación es clave para enfrentar con éxito el providencialismo. En Nicaragua hablamos de reforma educativa todos los días. Y nunca pensamos -y el Estado no tiene la capacidad de hacerlo- en los programas de educación que se implementan en los seminarios de nuestro país, donde se forman los sacerdotes que se pararán después en los púlpitos para “formatear” la mente de los niños en un marco de valores que con los años va a ser más importante que cualquier ideología liberal, conservadora o socialista que decidamos defender. Porque cualquier pensamiento político en Nicaragua es como una nata delgada que se mueve precariamente sobre un océano de providencialismo y de pragmatismo resignado.

Es fundamental rearticular una nueva visión de Dios. También existe la opción de dejar de pensar en Dios. Es una opción válida. Yo, como creyente, no la planteo, no la veo necesaria. No veo ninguna contradicción entre Dios y la democracia, entre Dios y la modernidad. Hay congruencias muy grandes entre ciertas ideas de Dios y la justicia social y la solidaridad, que tanta falta le hacen al mundo. De lo que sí estoy convencido es de que cómo pensemos a Dios y cómo pensemos el papel de Dios en la historia pueden depender nuevas oportunidades de vida para países como Nicaragua. Y por eso, considero que no hay en Nicaragua hoy una tarea más urgente que ésta: transformar la idea de Dios.

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