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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 266 | Mayo 2004
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América Latina

Del Estado Conquistador al Estado Nación: de la resignación a la ciudadanía

Partiendo de la historia de Nicaragua, podemos reflexionar sobre la historia de América Latina. Descubriremos la fuerza paralizante que aún tiene en nuestros países el providencialismo, heredado de la Conquista, de la Colonia y de la Religión y generador de un pragmatismo resignado, característico de nuestra cultura política. Esto también explica nuestro subdesarrollo.

Andrés Pérez Baltodano

En Nicaragua nuestro presente histórico puede calificarse como un presente largo, casi un presente retardado en relación al ritmo de nuestra época, puesto que abarca, por lo menos, desde la independencia hasta nosotros sin modificaciones sustanciales. Toda su actividad parece haberse reducido a violentas acciones y reacciones alrededor de un mismo punto... No han faltado, está claro, nuevos aportes y nuevas condiciones, casi todos debidos al impacto del mundo moderno, especialmente de los Estados Unidos en la vida nicaragüense, pero aún siguen vigentes, casi en la misma forma, y desde luego sin resolver, la mayoría de los problemas planteados por la independencia. Son palabras del poeta José Coronel Urtecho.

LA HISTORIA: UN ROMPECABEZAS

Coronel Urtecho compara la historia de Nicaragua con un rompecabezas de datos, nombres, fechas históricas, eventos y contraeventos. De este rompecabezas, señala, nos faltan todavía la mayor parte de las piezas. Y agrega: Claro está que el diseño de este rompecabezas, si acaso existe, solamente nos es conocido de una manera vaga y convencional, cuando no meramente arbitraria. Ni siquiera tenemos idea del número de sus piezas, en realidad inagotable. Se trata de un diseño que en cierto modo es necesario adivinar o inventar por anticipado, para poder armar el rompecabezas con las escasas piezas que tenemos a mano, en forma tal que reproduzca, y al mismo tiempo nos revele, la realidad que desconocemos. Este planteamiento resulta complejo y controversial. Más aún, puede parecer contradictorio, si se asume que el sentido de la historia se puede esclarecer y reconstituir de la misma manera que se rehace el esqueleto de un dinosaurio. Su argumento puede lucir ilógico, si se asume que la historia es tiempo muerto y que la función del pensamiento es simplemente descubrir y reconstruir sus hechos y su cronología.

En congruencia con la perspectiva construccionista de Coronel Urtecho, he buscado ordenar algunas de las piezas de la “retahíla” de nuestra historia nacional, a partir de una visión crítica del presente y de un deseo: contribuir a la construcción de un Estado Nación moderno y democrático en Nicaragua. Porque es una realidad que a comienzos del siglo XXI Nicaragua se encuentra más cerca del Estado Conquistador, heredado de la Colonia que del Estado Nación. Estudio el desarrollo y la naturaleza del Estado Conquistador nicaragüense, que reproduce la pobreza y la miseria de nuestro país, tratando de encontrar las razones de su persistencia a través de más de un siglo y medio de vida independiente. Lo estudio para después preguntar: ¿Es pertinente aspirar a la construcción de un Estado Nación moderno en el marco del mundo globalizado y postmoderno de hoy?

LOS AVANCES HACIA EL ESTADO NACIÓN
VARÍAN DE PAÍS A PAÍS

El principal modelo de Estado, que orientó el proceso de gestación y desarrollo de las sociedades políticas post-coloniales de América Latina, fue el Estado Nacional europeo. El Estado Nacional fue adoptado por las élites que lideraron la fase inicial del proceso de formación y desarrollo de los países independientes de América Latina como un modelo normativo para la organización del desarrollo histórico de estos países. El concepto de Estado Nacional expresa el modelo de organización política surgido en Europa a partir del siglo XVI y consolidado entre finales del siglo XIX y comienzos del XX.

La característica fundamental de este tipo de Estado es su tendencia a organizar las demandas y aspiraciones de la población que habita su base territorial dentro de un sentido de identidad colectiva fundamentado en una estructura común de derechos y obligaciones. En este sentido, el concepto de Estado Nación refleja el resultado de esta tendencia y expresa la consolidación de una sociedad nacional que comparte un conjunto de derechos y obligaciones ciudadanas y de un Estado que, en su estructura y funcionamiento, responde a estos derechos y obligaciones.

Para hacer efectiva la aspiración del Estado Nacional adoptado por las élites latinoamericanas, América Latina tenía que superar la situación en que vivía en los inicios del siglo XIX: una realidad condicionada por la historia pre-colombina, la Conquista y la experiencia colonial. Después de la independencia, los diferentes países de la región iniciaron -con diferentes grados de convicción y capacidad política- procesos de construcción y consolidación de Estados Nacionales. Los avances logrados en esta dirección varían de país a país. En términos generales, la mayoría de las sociedades políticas de América Latina se encuentran hoy en diferentes puntos de desarrollo entre el Estado Conquistador -el modelo de organización social heredado de la experiencia colonial-, y el Estado Nación -la expresión más avanzada del Estado Nacional, adoptado como modelo normativo por los líderes de la América Latina independiente.

ESTADO CONQUISTADOR: DE ESPALDAS
A LA SOCIEDAD Y POR ENCIMA DE LA LEY

El Estado Conquistador es una estructura de poder que funciona dentro de un modelo de autoridad tradicional y dentro de un marco de valores patrimoniales. Al igual que las autoridades coloniales, que dependían del rey y, como representantes de la Corona, contaban con un gran poder discrecional para interpretar la ley y para distribuir los beneficios de la vida en sociedad, los individuos y los gobiernos que controlan el Estado Conquistador actúan discrecional y arbitrariamente. Después de la independencia, el patrimonialismo del Estado Colonial degeneró muchas veces en sultanismo, una estructura de dominación caracterizada por la personalización del poder y por la arbitrariedad.

El Estado Conquistador cuenta con una serie de características estructurales y objetivas que lo diferencian del Estado Nacional. Las principales son: su escasa capacidad de regulación social, la fragmentación social y territorial de su base espacial, su alta dependencia externa, y un gran nivel de autonomía con relación a la sociedad. Hablar de la capacidad de regulación social del Estado es hablar de su capacidad para organizar e institucionalizar condiciones de orden social. La baja capacidad de regulación social del Estado Conquistador impide el establecimiento de un sistema nacional de normas legales y facilita la fragmentación territorial del poder y también su personalización. Al mismo tiempo, la alta dependencia externa del Estado y su autonomía con relación a la sociedad otorgan a los gobernantes la capacidad de actuar de espaldas a la sociedad y por encima de la ley.

ESTADO NACIONAL:
RACIONALIDAD, LEGALIDAD Y DERECHOS

El Estado Nación funciona dentro de una racionalidad formal-legal y de una estructura de valores que trascienden y superan el poder y la voluntad personal de los gobernantes, condicionando su voluntad. El Estado de Derecho -la despersonalización del poder y el establecimiento de normas abstractas que regulan el funcionamiento de la vida en sociedad- es el producto histórico más importante de esta racionalidad.

Las características estructurales y objetivas del Estado Nacional son: su alta capacidad de regulación social, la integración social y territorial de su base espacial, su soberanía externa, y su dependencia de una sociedad civil que funciona dentro de una estructura de derechos ciudadanos. La alta capacidad de regulación social del Estado Nacional facilita la institucionalización de normas abstractas que no dependen ni de la voluntad ni de la presencia física de los gobernantes. Al mismo tiempo, la dependencia del Estado con relación a la sociedad obliga a los gobiernos que lo controlan a funcionar dentro de un marco legal que, en condiciones democráticas, representa una visión dominante del “bien común”. La racionalidad legal-formal, que sustenta al Estado Nacional democrático, y el desarrollo de sus capacidades estructurales se nutren de un pensamiento político moderno: una capacidad mental para articular visiones del poder, del orden social y de la historia, como procesos y condiciones determinados por la acción humana. El predominio de la ley, que es una de las principales dimensiones de este modelo de Estado, sólo puede alcanzarse cuando el ordenamiento institucional de la sociedad expresa la capacidad de ésta para condicionar su historia.

LOS OBSTÁCULOS OBJETIVOS Y ESTRUCTURALES
Y EL FRENO DEL PENSAMIENTO POLÍTICO

Al iniciar el siglo XXI, Nicaragua se encuentra más cerca del Estado Conquistador, heredado de la Colonia, que del Estado Nación, la expresión más avanzada del Estado Nacional. Muchas de las características del Estado nicaragüense ni siquiera corresponden a la condición de un Estado con la capacidad y el potencial para constituir una Nación. ¿Cómo se explica la persistencia del Estado Conquistador en Nicaragua? ¿Cómo se explica el largo presente histórico que mantiene a los nicaragüenses entrampados en muchos de los mismos problemas que enfrentaron sus antepasados de la primera mitad del siglo XIX?

Para responder a estas preguntas es necesario tomar en consideración la presencia de obstáculos objetivos que han retardado la construcción de un Estado moderno. Las divisiones sociales, étnicas y raciales heredadas de la Colonia, el marco económico internacional dentro del que surgió Nicaragua en el siglo XIX, y las intervenciones extranjeras son algunos de los obstáculos más obvios enfrentados en el desarrollo político-institucional nicaragüense. No es accidental que en su mayoría las interpretaciones articuladas sobre este desarrollo, enfaticen precisamente estos obstáculos.

Sin embargo, la persistencia del Estado Conquistador en Nicaragua no puede explicarse simplemente como el resultado de la existencia de obstáculos objetivos y estructurales que impiden su transformación. Después de todo, los procesos de construcción del Estado Nacional -en Europa y en otras partes del mundo- encontraron grandes resistencias objetivas y estructurales. La consolidación del Estado Nacional en Europa enfrentó el poder de la Iglesia Católica, el surgimiento de proyectos políticos imperiales, la existencia de poderosos intereses locales opuestos a cualquier forma de integración “nacional”, y las múltiples tensiones y contradicciones de clase generadas por el capitalismo. En Europa, la superación de estos obstáculos fue facilitada por el desarrollo de una capacidad política reflexiva para enfrentar, organizar y orientar el sentido de la historia. Contradecir este argumento sería proponer que los éxitos de la civilización occidental europea han sido productos históricos inevitables o accidentales, sería manifestar que ni el pensamiento político ni la voluntad humana han participado en la construcción de la democracia y los derechos ciudadanos. Destacar el papel del pensamiento político, como una fuerza constitutiva del desarrollo histórico europeo, no es proponer que la formación del Estado en Europa haya sido determinada por las ideas políticas de los actores de este proceso.

Rechazamos las interpretaciones subjetivistas que ignoran los condicionamientos y limitaciones que impone la realidad material sobre el desarrollo histórico de las sociedades. Pero también desechamos las interpretaciones materialistas que minimizan o ignoran la participación del pensamiento y las ideas en el desarrollo histórico de la humanidad. Si aceptamos que el pensamiento político es una fuerza constitutiva de la historia, también debemos aceptar que una interpretación de la persistencia del Estado Conquistador en Nicaragua debe incluir una explicación del papel que han jugado la capacidad reflexiva y el pensamiento político de las élites que han liderado el desarrollo nacional.

CUANDO LA VERDAD DE LA RAZÓN
Y LA VERDAD DE LA FE MARCARON SUS LÍMITES

En Europa, la consolidación del pensamiento político moderno tuvo lugar cuando el desarrollo de un pensamiento humanista desplazó el pensamiento mítico y religioso dentro del que las sociedades de la Edad Media explicaban su existencia. Con el desplazamiento del orden cosmológico teocéntrico del medioevo, la naturaleza del orden social y la seguridad dejaron de ser percibidos como productos de la voluntad de un Dios providencial y empezaron a ser pensados y tratados como construcciones sociales. El surgimiento de una visión moderna del poder y de la historia se expresó institucionalmente en el desarrollo y consolidación del Estado Nacional. En este sentido, el Leviatán de Hobbes expresa la demarcación del campo de la política como un campo de acción separado de Dios. Esta separación dio lugar a la consolidación de una visión de la historia como una construcción social que desembocó en la institucionalización de los derechos ciudadanos, en la institucionalización del Estado de Derecho y en la democratización del poder del Estado.

La secularización de la sociedad europea no puso fin a la influencia de la religión en el pensamiento y la conducta humana. Más bien, delimitó su espacio de acción y creó un universo concebido y explicado por “dos verdades”: la verdad de la razón y la de la fe. Este proceso, como lo señala Kenneth D. Wald, se expresa en cuatro dimensiones. Primera, la diferenciación de la religión como una institución que opera dentro de una racionalidad y un ámbito de acción autocontenido. La separación Iglesia-Estado es la expresión más común y más importante de este proceso. Segunda, la privatización del fenómeno religioso, que representa un proceso de “secularización interna” mediante el cual el creyente asume la fe como un asunto íntimo y relativamente separado de lo social. Tercera, la desacralización de los fenómenos naturales y sociales, que dejan de ser explicados como el resultado de fuerzas sobrenaturales y pasan a ser interpretados como el producto de condiciones y fuerzas materiales. Finalmente, la liberalización de las doctrinas religiosas, que se expresa en “la relajación de la ortodoxia” y en la tendencia de las organizaciones religiosas a comunicarse entre ellas. En cualquier sociedad moderna, estas dimensiones aparecen combinadas y sobrepuestas.

EUROPA Y ESTADOS UNIDOS:
DOS PROCESOS DIFERENTES DE SECULARIZACIÓN

En el caso “clásico” de Europa, se puede argumentar que la secularización tuvo como su base de apoyo inicial el proceso de diferenciación derivado del surgimiento y consolidación del Estado Moderno, como un ámbito de acción, que funciona dentro de una racionalidad propia, separada de la racionalidad religiosa que servía de sustento a las estructuras de poder medieval. Al mismo tiempo, la secularización de la sociedad europea se alimentó de las transformaciones culturales, económicas y científicas iniciadas con el Renacimiento y materializadas con la Ilustración. Estas transformaciones tuvieron como resultado la desacralización de las explicaciones de los fenómenos sociales y naturales que formaban parte del desarrollo histórico de Europa.

La historia de la secularización de los Estados Unidos tiene sus raíces en el proceso de diferenciación que, desde el inicio del desarrollo republicano de ese país, y por razones fundamentalmente políticas, estableció una separación entre Iglesia y Estado. El pluralismo religioso, que caracterizó la experiencia colonial en los Estados Unidos, y la necesidad de establecer un marco institucional que redujera las múltiples tensiones y contradicciones que podían derivarse de esta pluralidad, contribuyeron al desarrollo de una visión del orden social, del poder y de la historia como procesos y condiciones sujetas a la acción reflexiva de la humanidad. El proceso de diferenciación en los Estados Unidos se vio, además, acompañado de un impresionante desarrollo científico, político y económico, que contribuyó a la desacralización de las explicaciones de los fenómenos sociales y naturales.

La profundidad de este proceso fue menor que en Europa y, por lo tanto, la secularización de la sociedad estadounidense tiene como su principal sustento la necesidad política de separar los ámbitos de acción del Estado y las iglesias en un contexto marcado por el pluralismo religioso. Esta necesidad ayuda a explicar que las referencias a Dios en el discurso político de los Estados Unidos sean casi siempre genéricas y ceremoniales. Compárese, por ejemplo, la brevedad y generalidad del God bless America, utilizado por Ronald Reagan y otros presidentes estadounidenses, con la intensidad y el particularismo católico de la referencia a Dios y a la Virgen María hechas por el presidente nicaragüense Enrique Bolaños en su primer Mensaje a la Nación: Hemos ganado, Nicaragua ha hablado, y ha hablado con claridad y con contundencia, y nos ha honrado con su voto. Siempre tuve mi fe puesta en la voluntad de Dios nuestro Señor y nuestra Madre la Santísima Virgen que nos protegieron y nos guiaron en esta campaña.

De los procesos de diferenciación y desacralización de Europa y los Estados Unidos se han derivado importantes procesos de privatización y liberalización religiosa. En el caso europeo, la fe religiosa ha sufrido un proceso de “secularización personal”, que ha facilitado la consolidación del Estado como un ámbito de acción social independiente de las instituciones religiosas. Esto ha facilitado la interacción y el diálogo entre los miembros y las autoridades de estas instituciones. El proceso de privatización en los Estados Unidos ha sido menos profundo que en Europa. Así lo demuestra la influencia significativa que tienen los grupos religiosos organizados de ese país en la formulación de políticas públicas. Sin embargo, la liberalización religiosa es fuerte dentro del contexto pluralista religioso estadounidense.

CHILE: EL PAÍS AVANZA
AL INCORPORAR LA IDEA DE “PROGRESO”

En términos generales, el desarrollo histórico de América Latina muestra un nivel de secularización significativamente menor que el de Europa y los Estados Unidos. Sin embargo, dentro del contexto latinoamericano existen diferencias significativas y conviene identificarlas para apreciar mejor el caso nicaragüense. En Chile, para citar un ejemplo de secularización avanzada dentro de América Latina, el peso de las cosmovisiones religiosas del poder y de la historia y, en particular, del providencialismo se ha visto contrarrestado por el relativamente alto nivel de desarrollo económico y cultural de ese país. Este desarrollo tuvo como una de sus consecuencias la modernización del discurso y la práctica política chilena y, más concretamente, el desarrollo ideológico e institucional de sus partidos. Ni la brutal dictadura de Augusto Pinochet logró destruir la estructura partidaria de Chile.

Durante las primeras décadas del siglo XIX, el Partido Conservador chileno compartió con los conservadores nicaragüenses el providencialismo y el desprecio por el pensamiento teórico. En 1851, en un lenguaje similar al utilizado por los conservadores nicaragüenses de esa época, un manifiesto del Partido Conservador de Chile señalaba que el Partido Conservador no necesita de programas que den a conocer su espíritu. El país lo ha visto marchar durante veinte años imperturbable ante las tempestades de la anarquía. Durante la segunda mitad del siglo XIX, sin embargo, el Partido Conservador fue desarrollando su cuerpo de doctrina y haciendo explícitas las premisas de su pensamiento. Este desarrollo tuvo como fundamento el pensamiento de “conservadores liberales” que incorporaron la idea del “progreso”. Así pues, ya para 1901, el Partido Conservador chileno había incorporado el principio del orden social cristiano en su programa. En Nicaragua, para ofrecer una perspectiva comparativa, este principio continuó siendo controversial entre los conservadores, aún durante la segunda mitad del siglo XX.

EL LIBERALISMO CHILENO
APRENDIÓ A CUESTIONAR AL CATOLICISMO

La secularización de la sociedad chilena también se vio facilitada por el papel intelectual jugado por muchos religiosos que, con una sólida formación teológica, impulsaron la modernización del pensamiento católico. Teresa Pereira menciona a monseñor Crescente Errázuriz, arzobispo de Santiago entre 1918-1931, quien impulsó la separación entre la Iglesia Católica y el Partido Conservador y luchó por imponer el concepto de que la Iglesia no debe intervenir en la política contingente. En los 1930s, se destacaron también los sacerdotes jesuitas Fernando Vives Solar y Jorge Fernández Pradel, participantes activos en la elaboración doctrinaria del socialcristianismo. Es importante destacar, como señala Iván de la Nuez, que el trabajo de estos sacerdotes no fue simplemente político sino ideológico y teórico, pues el interés del sacerdocio, que los auspiciaba, era la formación de una élite intelectual de sólidos conocimientos teológicos y filosóficos que hiciera eco del desarrollo doctrinario de la Iglesia, sobre la base de las orientaciones de las encíclicas Rerum Novarum y Quadragesimo Anno.

Durante este mismo período, intelectuales como Manuel Garretón y Eduardo Frei entraron en contacto con Jacques Maritain, el gran filósofo del socialcristianismo. La modernización del pensamiento eclesiástico chileno también se vio impulsada por el reto que representó para la Iglesia el desarrollo del pensamiento liberal de ese país. El liberalismo chileno -a diferencia del nicaragüense- no se opuso simplemente al poder político-institucional de las autoridades de la Iglesia Católica, sino que criticó los fundamentos filosóficos y teológicos de esta organización. Una de sus corrientes -organizada en el Partido Radical- impulsó, en la segunda mitad del siglo XIX una crítica contra la doctrina y los dogmas católicos. Cientos de libros, folletos y propagandistas surgieron en la segunda mitad del siglo XIX para cuestionar los fundamentos teológicos del catolicismo.

EL DESARROLLO CULTURAL
Y LOS IDEALES DE LA EDUCACIÓN LAICA

El desarrollo político y cultural de Chile también se vio acompañado y favorecido por un relativamente alto desarrollo económico que promovió la formación de una amplia clase obrera y media. Basta señalar que, al entrar al siglo XX y como consecuencia del desarrollo de la industria minera, Chile contaba con el ingreso per cápita más alto de América Latina. La presencia de una clase obrera en Chile permitió que el contenido y el lenguaje de la encíclica Rerum Novarum fuesen socialmente significativos. Así se desprende de la pastoral firmada por el arzobispo Mariano Casanova para introducir esta encíclica de León XIII en 1891: El Papa, interponiéndose como mediador entre los capitalistas y los obreros, pide a los primeros que, moderando su sed de riquezas, no arrebaten al obrero la justa remuneración de su trabajo, ni le impongan mayor carga que la que pueden soportar sus fuerzas; al mismo tiempo recuerda al proletario la dignidad altísima del pobre a los ojos del Evangelio y el ejemplo del Salvador del mundo que, por amor a la pobreza, pudiendo ser el rey más opulento de la tierra, fue el obrero más humilde de Nazaret.

En Nicaragua, la Rerum Novarum no tuvo ningún impacto significativo. No lo podía tener en un país eminentemente campesino y con un clero carente de la capacidad reflexiva para contextualizar la esencia de su mensaje. Hay que señalar también que el desarrollo cultural chileno se vio favorecido por una masiva inmigración inglesa, alemana y francesa, que trajo los ideales de la educación laica y positivista. Esta inmigración, así como el desarrollo económico y cultural de Chile, promovieron la diferenciación de facto de los ámbitos de acción de la Iglesia y del Estado y la modernización del pensamiento de la Iglesia Católica chilena.

COSTA RICA: LA EDUCACIÓN,
BASE DE SU CULTURA POLÍTICA MODERNA

Dentro de la región centroamericana, el caso de Costa Rica representa un caso de secularización sin diferenciación formal, que ayuda a comprender la especificidad del caso nicaragüense y las posibilidades existentes en Nicaragua para impulsar la superación de su cultura providencialista y pragmática-resignada. El Estado costarricense es un Estado confesional. El artículo 75 de la constitución de 1949, aún vigente, establece que el Estado asume como propia la religión católica. No obstante, el mayor desarrollo cultural de Costa Rica -comparado con el del resto de la región centroamericana- ha generado visiones políticas modernas del poder y de la historia.
Este proceso ha contribuido a consolidar una diferenciación de hecho entre los ámbitos de la Iglesia Católica y el Estado. Dagoberto Campos Salas señala la existencia en ese país de numerosas disposiciones legales y ejecutivas-administrativas que bien podrían ser interpretadas como contrarias a la confesionalidad, por cuanto no están apegadas al precepto constitucional, sino que responden más a una mentalidad laicista en algunos casos y al derecho a la libertad religiosa que la Iglesia promueve actualmente, entre otros.
La base de la cultura política secular costarricense es la educación. Ya desde el siglo XIX, Costa Rica logró articular un discurso educativo que, resumido en el lema más maestros que soldados, logró traducirse en acciones y políticas públicas mucho más efectivas que las de los otros países de la región centroamericana. La reforma educativa de 1886, por ejemplo, tuvo como sustento una asignación del 15% del presupuesto nacional. Esta reforma facilitó la articulación de la identidad costarricense y contribuyó al desarrollo de un consenso nacional que sirvió de base a la democracia de ese país.
Así pues, el desarrollo de la educación y la democracia en Costa Rica facilitó la institucionalización de una cultura política que, a pesar de la condición legal confesional del Estado costarricense, opera sobre la base de valores seculares y modernos en los que predomina claramente una visión no providencialista del poder, de la historia y de la sociedad.

Chile y Costa Rica son dos países latinoamericanos que ilustran la profunda relación existente entre la modernización cultural y la modernización del Estado y la sociedad. Más concretamente, estas experiencias sugieren que la transformación del Estado Conquistador requiere de un pensamiento político moderno capaz de superar las visiones providencialista y pragmática-resignada de la historia, que han dominado en Nicaragua el desarrollo nacional.

LA CULTURA POLÍTICA NICARAGÜENSE:
EL PRAGMATISMO RESIGNADO

La persistencia en Nicaragua del Estado Conquistador -y el fracaso del Estado Nación- se debe, en gran medida, a la forma en que las élites nicaragüenses han “pensado” el desarrollo histórico del país. Una explicación de la persistencia del Estado Conquistador -y del fracaso del Estado Nación- tiene que incluir una evaluación del pensamiento político que ha informado la participación de estas élites en el desarrollo histórico nacional. La práctica política nicaragüense se ha orientado casi siempre dentro de una perspectiva pragmática-resignada. Con contadas excepciones, las élites gobernantes se han adaptado a la realidad interna del país y a los condicionamientos externos que han operado sobre esta realidad. Más aún, la historia de Nicaragua ha sido percibida por las élites nacionales como un proceso determinado por fuerzas que los nicaragüenses no controlan.

IRRESPONSABLES ANTE LA HISTORIA:
O POR INDIFERENCIA O POR FATALISMO

El marco cultural pragmático-resignado, condicionante de la acción política de las élites nicaragüenses, constituye uno de los principales elementos responsables de nuestro atraso en todas las áreas.

El pragmatismo-resignado constituye una forma de pensar la realidad que empuja a los miembros de una comunidad a asumir que lo políticamente deseable debe subordinarse siempre a lo circunstancialmente posible. Las expresiones políticas del pragmatismo-resignado varían en función del poder de los grupos que conforman la sociedad nacional. En los grupos dominantes, se expresa en una actitud de indiferencia ante el fenómeno de la pobreza y la marginalidad social de las masas. Y en los grupos marginales, se manifiesta en las actitudes fatalistas adoptadas con relación a su propia miseria. Tanto la indiferencia de las élites como el fatalismo de las masas expresan un sentido de irresponsabilidad ante la historia.

Ambas actitudes asumen que el poder y la pobreza son condiciones sociales determinadas por fuerzas que los nicaragüenses no controlan. Desde esta perspectiva, las limitaciones históricas impuestas por la realidad del momento se aceptan como el marco de referencia fundamental para la acción humana. A su vez, esta realidad se percibe como una condición histórica determinada por fuerzas ajenas al pensamiento y a la acción social organizada. Así, desde una perspectiva pragmática-resignada, la política se concibe como la capacidad para ajustarse a la realidad del poder constituido y, de manera especial, al poder de las fuerzas internacionales que condicionan la realidad nacional.

LA RAÍZ: EL PROVIDENCIALISMO
Y UNA DETERMINADA IDEA DE DIOS

Ese pragmatismo-resignado encuentra una de sus principales raíces en la cosmovisión providencialista reproducida por la Iglesia Católica desde la Conquista. El providencialismo expresa una visión de la historia como un proceso gobernado por Dios, en concordancia con sus planes y propósitos.
Esta visión se encuentra presente en casi todas las expresiones institucionales religiosas del mundo. Con importantes variaciones, el providencialismo se ha mantenido como uno de los principales ejes doctrinales del catolicismo, desde el período patrístico de la historia de la Iglesia Católica hasta el presente. A pesar de su persistencia, sin embargo, la teología católica se ha visto obligada -por la misma modernización de las sociedades más avanzadas del mundo- a matizar y problematizar las articulaciones discursivas de esta doctrina.

Algunas interpretaciones contemporáneas del providencialismo hacen referencia a Dios como una influencia histórica general y no como la fuerza que regula y administra el sentido, la forma y la naturaleza de cada uno de los hechos y las circunstancias que marcan el paso del tiempo. Pero aún en sus articulaciones más problematizadas, la esencia del providencialismo se mantiene invariable: Dios es la fuerza y la inteligencia suprema que gobierna el destino de los individuos, de las naciones y del mundo. La persistencia de este principio fundamental es comprensible, ya que una re-interpretación sustancial del providencialismo podría fácilmente remover las bases que sostienen el poder de la Iglesia Católica.

EL CULTO A LOS SANTOS: UN RASGO CULTURAL
CON CONSECUENCIAS POLÍTICAS

La Iglesia Católica reproduce los elementos esenciales de su doctrina providencialista a través del lenguaje escrito y oral. Su discurso también incluye representaciones simbólicas, que expresan una visión del mundo como un espacio gobernado por Dios; y de la historia de los individuos y de las naciones como procesos determinados por fuerzas sobrenaturales. Una de las más importantes de estas representaciones simbólicas la constituye la figura de los santos y las santas de la Iglesia.
El proceso de canonización de los santos y de las santas se inicia con el reconocimiento de una persona que la Iglesia considera especialmente virtuosa y termina cuando, de acuerdo a las autoridades eclesiásticas, se ha confirmado que esta persona ha hecho, por lo menos, dos milagros, es decir, ha realizado dos actos sobrenaturales de origen divino. De esta manera, la elevación de una persona a la categoría de santo o de santa supone una confirmación de la presencia en el mundo de un Dios providencial, que ejerce su función de administrador de la historia, a través de personas santas, dotadas de poderes sobrenaturales por Él conferidos. Una vez canonizadas, estas personas continúan ejecutando milagros e interviniendo en la historia para orientarla en concordancia con los objetivos de un plan determinado por Dios.

En Nicaragua, el culto a los santos forma parte del “sentido mágico de la vida” que, de acuerdo a Emilio Alvarez Montalván, forma parte de la cultura política del país. Para los nicaragüenses -apunta- los fenómenos naturales y los hechos sociales y humanos tienen un origen misterioso, impenetrable, producto de fuerzas extraordinarias. En la política, este rasgo cultural se expresa en la tendencia de los nicaragüenses a depositar su fe en los poderes del caudillo de turno. Y agrega: Esa permanente expectación de sujetar la vida a un ser providencial es, sin duda, de tipo religioso pues en ella el tipo de relación es la fe ciega, la entrega total del devoto a su santo patrono sin poner ninguna condición.

EL “NICARAGÜENSE” Y SU PAPA-CHÚ

En su libro El Nicaragüense, Pablo Antonio Cuadra confirmó -y alabó- la visión providencialista de la historia que domina toda la cultura nicaragüense: En Nicaragua no existe la blasfemia. Con Dios la lengua del nica está en constante referencia de respetuosa dependencia. El “Dios mediante” y el “Si Dios quiere” no faltan nunca en sus frases. El nicaragüense tiene en su haber una de las expresiones providencialistas más hermosas del castellano: “¡Dios Primero!”.

Para Cuadra, la imagen de Cristo en el nicaragüense es, fundamentalmente, la de un padre providencial. Con penetrante agudeza, señala: De hecho nuestro lenguaje religioso más familiar está matizado de expresiones infantiles: ¡la Mama-Virgen o el “Papa-Chú” de toda la infancia nicaragüense! Ésta ha ido trabajando una nota filial muy aguda en nuestra imagen de Cristo. Del “Papa Chú” infantil se pasa a “mi Padre Jesús”, que es el más general y reverente nombre que nuestro pueblo da a Cristo... Debajo del tratamiento de “Padre” se hospeda un confiado providencialismo.

EL PROVIDENCIALISMO IMPIDE IDENTIFICAR
LOS OBSTÁCULOS AL DESARROLLO

Desde su profundo catolicismo tradicionalista, Pablo Antonio Cuadra admira el providencialismo de las masas populares. Sin embargo, creemos que el providencialismo, dominante en las visiones de la historia y del poder de las élites nicaragüenses, ha contribuido al desarrollo de un pensamiento y una cultura política pragmática-resignada, que ha limitado la capacidad de acción política requerida para identificar los obstáculos objetivo-estructurales del desarrollo nacional, y para articular las visiones colectivas y las estrategias necesarias para superarlos. En tal sentido, el pragmatismo-resignado constituye la derivación política de la cosmovisión religiosa expresada en el providencialismo.

La consolidación del pragmatismo-resignado y su reproducción a través de la historia nicaragüense no ha dependido exclusivamente de los condicionamientos subjetivos impuestos por la doctrina providencialista difundida por la Iglesia Católica y las iglesias protestantes a través de nuestra historia. También los condicionamientos materiales, impuestos por la influencia de los Estados Unidos, han contribuido a perpetuar la visión providencialista de la historia como un proceso determinado por fuerzas incontroladas por los nicaragüenses.

La influencia del providencialismo y del pensamiento pragmático-resignado se ha visto interrumpida en más de una oportunidad por movimientos y gobiernos reformistas o revolucionarios que han intentado ampliar los límites de la realidad nicaragüense. Estos movimientos y gobiernos han adoptado posiciones fundamentalmente voluntaristas, incapaces de reconocer los obstáculos estructurales que condicionan la libertad humana. Ninguno de ellos logró desarrollar la capacidad reflexiva para identificar el marco de limitaciones y posibilidades históricas dentro del que operaba la sociedad. Quiero advertir, al intentar ofrecer una relectura responsable del discurso político nicaragüense, que soy un cristiano católico nicaragüense y, como tal, formo parte del marco cultural que trato de analizar.

CONSERVADORES, LIBERALES, SOCIALISTAS:
PENSAMIENTOS PRE-MODERNOS

El pensamiento pragmático-resignado dominante en el desarrollo político nicaragüense es un pensamiento esencialmente pre-moderno. La modernidad es una actitud sustentada en un pensamiento político que expresa la confianza, la capacidad y la voluntad de la sociedad para erigirse en “arquitecta de su propio destino”.

El pensamiento político pragmático-resignado del conservatismo nicaragüense ha expresado simplemente una actitud instintiva para la defensa de un “orden” fundamentado en intereses tradicionales particulares. El voluntarismo normativo del liberalismo nicaragüense ha expresado una posición anti-oligárquica, pero no ha sido capaz de articular un pensamiento democrático que exprese e integre los intereses y las aspiraciones de los diferentes sectores de la sociedad nicaragüense.

El socialismo revolucionario nicaragüense ha intentado representar los intereses de las masas, sin lograr articular un pensamiento que haga explícitos los valores que unen a los diversos grupos sociales, étnicos y culturales, componentes de la sociedad marginal de este país.

Tanto el conservatismo como el liberalismo y el socialismo nicaragüenses han adoptado, superficial y acríticamente, los principios y el vocabulario conceptual articulados por el pensamiento político europeo. Las expresiones discursivas de este pensamiento importado no constituyen una representación auténtica del sentir y pensar de los nicaragüenses, sino su falsificación. Esta ha sido una de las razones que han contribuido a que los esfuerzos reformistas y revolucionarios, que han formado parte de la historia de Nicaragua, hayan terminado siendo aplastados por el peso de una realidad que, al permanecer pre-teorizada, se mantiene independiente de la voluntad política de los nicaragüenses.

LAS TENSIONES ENTERRADAS
EN EL IMAGINARIO MÍTICO-RELIGIOSO

La construcción de una identidad y de un Estado moderno implica la articulación de un consenso social de intereses y aspiraciones, que se articula políticamente y que se reproduce a través de la acción político-reflexiva de la sociedad. El pensamiento político nicaragüense, imitativo y superficial, ni siquiera ha logrado explicitar las tensiones sociales primarias que se derivan de las distintas identificaciones sociales, raciales, religiosas y de género de los miembros de la sociedad. Estas tensiones alimentan el conflicto político del país mientras su significado permanece enterrado en el imaginario mítico-religioso de nuestra sociedad.

El racismo de los nicaragüenses, con relación a la población de origen africano, se ignora como realidad. Los efectos de la “pringa africana” en la composición racial y social de Nicaragua permanecen ignorados por nuestras ciencias sociales. El desprecio a lo indígena, que se expresa en el “¡Sos un indio!” como insulto, también se mantiene latente, sin las adecuadas expresiones analíticas que permitan su crítica y análisis. Las tensiones religiosas entre católicos y protestantes se expresan a un nivel de prejuicios y se alimentan de la ausencia de un diálogo enriquecedor entre ambos grupos religiosos. Al mismo tiempo, la dimensión sexual de la vida social mantiene su condición de tabú o se expresa humorísticamente, como si fuese motivo de risa el “reino del desamor” dentro del que nacen y crecen los nicaragüenses.

El providencialismo debe ser identificado como una estructura de valores religiosos que ha dificultado la articulación de un consenso social de intereses y aspiraciones. El providencialismo ha contribuido al retraso del pensamiento político nicaragüense y, más concretamente, a la reproducción de las visiones pre-moderna y pragmática-resignada que han dominado el desarrollo político-institucional del país. Con una breve interrupción, que abarca la segunda mitad de los 1970s y los primeros años de los 1980s, la Iglesia Católica nicaragüense ha mantenido un discurso esencialmente providencialista que ha contribuido a legitimar y a reproducir el pragmatismo-resignado dominante en la cultura política nacional.

Las visiones providencialista y pragmática-resignada han sido reforzadas por el papel preponderante que ha jugado el poder de los Estados Unidos en el desarrollo histórico nacional. Los nicaragüenses han trasladado su dependencia mental con relación a un Dios omnipotente y providencial, a su percepción de las fuerzas que dominan el orden político y económico mundial, y en especial, al poder transnacional de los Estados Unidos.

EN LOS TIEMPOS DE LA GLOBALIZACIÓN:
UN CÍRCULO VICIOSO Y PARALIZANTE

La globalización representa una transformación radical de la relación entre espacio-territorial y tiempo-histórico sobre la que se consolidó el Estado Moderno. Aun para las sociedades que lograron desarrollar la capacidad de traducir el principio de la soberanía en una capacidad real para crear y reproducir su propia historia, la globalización representa un reto sin precedentes. La transnacionalización del capital y de los aparatos de administración estatal tienden a reducir la capacidad del Estado moderno para crear y reproducir identidades, comunidades e historias nacionales espacialmente contenidas.

La transnacionalización del capital limita la capacidad del Estado para organizar el funcionamiento de la vida económica nacional en función de las necesidades nacionales. Las estructuras organizativas y administrativas estatales -que en la experiencia de los países liberales democráticos del Occidente jugaron el papel de circuitos de comunicación entre el Estado y la sociedad civil- juegan, cada vez más, el papel de correas de transmisión entre presiones globales y estructuras domésticas.

La creciente interpenetración entre los aparatos administrativos nacionales y el sistema económico mundial y sus instituciones reduce la capacidad de estos aparatos administrativos para responder a las necesidades y presiones nacionales que se contraponen con la lógica del mercado mundial. En estas condiciones, la idea de la democracia, que facilitó el desarrollo de historias nacionales basadas en “memorias y aspiraciones colectivas”, se devalúa en la medida en que la sociedad pierde la capacidad para condicionar las funciones y prioridades del Estado. Para Nicaragua, el reto de la globalización es aún más grande ya que intensifica las características estructurales del Estado Conquistador y el marco cultural dentro del que éste se ha reproducido. La globalización tiende a reducir el poder de regulación social del Estado nicaragüense y a ampliar la brecha que tradicionalmente ha separado a éste de la sociedad. El sentido de impotencia, generado por este proceso, alimenta el providencialismo y el pensamiento pragmático-resignado que forma parte de la cultura política nicaragüense, formándose así un círculo vicioso y potencialmente paralizante.

Peor aún, la globalización tiende a devaluar el Estado Nacional como el modelo de organización social que sirvió de referencia al desarrollo de los países de América Latina en el siglo XIX y durante la mayor parte del siglo XX. A partir de las últimas décadas del siglo XX, la idea del Estado Nacional como una entidad soberana dentro de la que se espacializa una historia y una identidad nacional, ha empezado a ser desplazada por modelos de organización transnacionales. La integración de zonas de libre mercado, es una de las expresiones más concreta de esta tendencia. En estas condiciones cabe preguntar: ¿Podrá el pensamiento y la voluntad política organizada de los nicaragüenses trascender los límites históricos que impone el Estado Conquistador y enfrentar con éxito los enormes desafíos del siglo XXI?

LA HISTORIA: UN PROCESO EN TENSIÓN
ENTRE POSIBILIDADES Y DECISIONES

Las perspectivas deterministas de la historia asumen que las relaciones sociales institucionalizadas y las transformaciones estructurales que sufre la sociedad, como producto de la globalización, son las fuerzas que inevitablemente determinarán el futuro de Nicaragua. En este sentido, el determinismo es congruente con las visiones pragmática-resignadas de la historia, las que asumen que el papel social de los individuos se limita a actuar y decidir dentro de los límites impuestos por una lógica histórica trascendente a la voluntad y la acción política organizada.

Las perspectivas históricas voluntaristas, en cambio, responden a esta pregunta privilegiando el papel que juegan la voluntad y las acciones humanas en la construcción de la historia. El voluntarismo no reconoce los límites estructurales, que condicionan y limitan la libertad.

Una tercera posición es la que acepta la existencia de límites objetivos a la acción humana pero que admite también la existencia de oportunidades para transformar y ampliar los límites de lo posible. Esta tercera posición nos permite recurrir a una visión de la historia como un proceso que es el resultado de una tensión permanente entre posibilidades objetivas y decisiones humanas. Desde esta perspectiva, el rumbo de la historia nicaragüense estaría condicionado por las estructuras de poder nacionales y por las estructuras de poder internacionales que organizan el desarrollo de la globalización, sin que con esto se ignore que son actores sociales con capacidad de reflexión y acción quienes constituyen y reproducen estas estructuras.

Así, es posible asumir que, a partir de la comprensión de los marcos de limitaciones y posibilidades históricas dentro de los que opera el país, los nicaragüenses podemos ampliar los límites de la realidad social y las fronteras de lo políticamente posible. Esta visión de la relación entre el individuo y su realidad estructural rescata el papel que las ideas y el pensamiento político juegan en la constitución de la sociedad y de la historia.

UNA ÉTICA DE LA RESPONSABILIDAD
QUE SUPERE LA COERCIÓN Y EL PACTISMO

Para ampliar los límites de la realidad nicaragüense, el pensamiento político debe nutrirse de una visión del futuro nacional que organice la energía y las aspiraciones de la sociedad. El Estado Conquistador, que se quiere superar, debe reconstruirse en función del Estado Nación, moderno y democrático, que se quiere alcanzar. Este objetivo no puede construirse dentro de una perspectiva utópica que no tome en cuenta las limitaciones históricas dentro de las que se desarrolla la realidad de un país como Nicaragua. Pero tampoco puede ser construido dentro de una orientación pragmática-resignada que acepta la historia como un proceso ajeno a la voluntad de los que la viven y constituyen.

Entre la utopía y el pragmatismo-resignado existe el mundo de la realidad, que se construye socialmente mediante la modificación mental y práctica del marco de limitaciones históricas que definen los límites temporales de lo posible. Éste es el mundo de la acción reflexiva o de la acción orientada por un pensamiento político, que se nutre de la realidad para trascenderla.

La articulación de un pensamiento político moderno capaz de crear y consolidar un futuro nacional compartido, debe verse como un esfuerzo para crear una visión contractualista y democrática de la política que supere el uso de la coerción -el principal instrumento del pensamiento voluntarista y excluyente que ha formado parte de la experiencia histórica nicaragüense-, y el pactismo, como la tecnología política propia del pensamiento y la cultura pragmática-resignada.

La coerción y el pactismo se alimentan de dos marcos valorativos: la ética de la convicción, propia de la acción política voluntarista; y la ética instrumental, propia de la acción pragmática-resignada. La ética de la convicción se expresa en la defensa inflexible e incondicional de valores absolutos. Ésta es la ética que dominó la función de gobierno durante las dictaduras de Zelaya y del FSLN.

La ética instrumental se expresa en una visión relativista y pragmática de la política. Dentro de esta visión, lo bueno es cualquier cosa que resulte “conveniente”. Esta ética dominó la práctica política de las élites nicaragüenses durante los Treinta Años, el período de la intervención y el somocismo. Y es la misma que ha dominado la práctica política durante el período neoliberal iniciado en 1990.

La ética de gobierno que es congruente con el pensamiento moderno, contractualista y democrático, que Nicaragua requiere para superar los límites de la política normativa y de la política pragmática-resignada, es lo que Weber llama la ética de la responsabilidad, una ética que intenta armonizar las tensiones y contradicciones que surgen de los múltiples intereses, derechos y aspiraciones que coexisten dentro de la realidad social nicaragüense.

UNA CULTURA POLÍTICA MODERNA Y HUMANISTA
ES COMPATIBLE CON DIOS Y CON LA FE

La institucionalización de un sistema político contractualista en Nicaragua, fundamentado en la ética de la responsabilidad, requiere de la modernización del pensamiento y de la cultura política nicaragüense. Este proceso tiene que concebirse como un esfuerzo para desarrollar la capacidad de los nicaragüenses para controlar su propio destino. Y traducirse en una visión humanista -no providencialista- del poder y de la historia. Esta visión no es anti-cristiana o anti-religiosa. Una cultura política moderna y humanista no es incompatible con la idea de Dios ni con la fe. Simplemente, expresa una reconceptualización de la relación entre Dios y la humanidad.

Las iglesias cristianas, especialmente la católica, están llamadas a jugar un papel crucial en la modernización del pensamiento y de la cultura política de Nicaragua. Las iglesias funcionan como mecanismos de socialización. El providencialismo que reproducen, constituye la representación conceptual del conjunto de reglas anónimas que condicionan y regulan la manera en que los nicaragüenses visualizan -casi siempre inconscientemente-, el poder y la historia. El providencialismo, en otras palabras, es un modelo teológico que, mediante el uso de conceptos y metáforas, induce a los nicaragüenses a percibir la historia como un proceso que ellos no controlan.

El ¡Dios primero!, frase utilizada con frecuencia por el pueblo nicaragüense, y las referencias a la Providencia articuladas por los mandatarios del país en discursos y documentos son construcciones lingüísticas cuyo contenido semántico debe ser deconstruido, teorizado y reconstruido. Estas expresiones forman parte del “sentido común” que orienta la conducta de los nicaragüenses y que contribuye a la legitimación y reproducción de las estructuras de poder y del orden social que hoy generan pobreza y desigualdad.

Esto no significa que la modernización del pensamiento y la cultura política nicaragüense sea un problema estrictamente religioso. Es obvio que estamos frente a un desafío que demanda la participación consciente de los mecanismos de educación formal a todos sus niveles. Y es obvio, también, que el papel educativo de los medios de comunicación se hace crucial en un país en donde la educación formal se mueve en un ámbito territorial y social sumamente limitado.

Es evidente, además, que los partidos políticos y las organizaciones de la sociedad civil nicaragüense tienen no sólo la posibilidad, sino también la responsabilidad de iniciar una discusión sobre los fundamentos y las premisas de su práctica y de su pensamiento político. El Estado de Nicaragua, por su parte, debe contribuir -mediante sus políticas y programas- a elevar la participación del pueblo en la construcción de su propia historia. Podría, por ejemplo, promover el desarrollo de experimentos sociales contraculturales que en la práctica demuestren que podemos elevar nuestra capacidad para controlar nuestro destino.

ES POSIBLE INICIAR EL QUIEBRE CULTURAL

Si resulta evidente que todos estos actores e instituciones tienen la responsabilidad y la posibilidad de iniciar el quiebre cultural, tan necesitado en Nicaragua para superar su miseria y para sobrevivir en el agitado mundo de hoy, también resulta evidente que nada es más difícil que iniciar un cambio cultural, a partir del mismo marco de valores que se trata de transformar. Nada es más difícil que cambiar ese “sentido común”, que es el que precisamente nos impide ver la necesidad del cambio.

Difícil pero no imposible. La historia muestra que las sociedades pueden crear nuevos marcos valorativos con la capacidad de generar nuevas realidades. La historia también muestra que la teoría social puede contribuir a la construcción de capacidades para elucidar y condicionar el desarrollo de la historia. Con esa esperanza se escriben muchos libros. Con esa esperanza se escribió éste.

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