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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 164 | Octubre 1995
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Internacional

El futuro de la humanidad lo decidimos hoy

A la era de la información en la que estamos viviendo ya le hemos puesto nombre: era postmoderna. Pero a los retos que este cambio de época nos plantea no sabemos aún cómo responder. Nos falta imaginación, sabiduría y esperanza.

José Antonio Blanco

El final simultáneo del segundo milenio y del Siglo XX invita a una reflexión sobre el momento que vive hoy la humanidad y su nave espacial: este planeta llamado Tierra. La humanidad apenas tiene algunos cientos de miles de años de historia, el planeta unos cuantos miles de millones. Durante más de 400 mil años la humanidad transitó de caverna en caverna y nuestro generoso planeta respondió a sus crecientes necesidades de caza, pesca y recolección de alimentos. Antes de iniciarse las civilizaciones agrícolas, 10 mil años antes de nuestra era, apenas había 4 millones de nosotros sobre la tierra. En los albores de la civilización industrial, a fines del siglo XVIII, esa cifra era ya de unos 700 millones. En 200 años de industrialización y modernidad pasaremos ya a los 6 mil millones en 1997. Al ritmo actual de crecimiento demográfico estamos añadiendo al planeta cada dos años y medio el equivalente de la población estadounidense.

Recursos que se acaban población que crece

Esta expansión demográfica se ha ido apoyando en el desarrollo de tecnologías diseñadas para una conquista y explotación depredadora y contaminante de la naturaleza. Si las tendencias de crecimiento poblacional se mantienen, podría esperarse que la población mundial en el año 2050 sea de unos 10 mil a 12 mil millones de personas. El nivel de consumo y contaminación que esa población representaría de mantenerse los actuales criterios de consumo y las tecnologías contaminadoras del ecosistema sería ya insostenible.

Alrededor de 4 mil 500 millones de habitantes era la población
mundial de 1980. Si el estimado demográfico para el 2025 se verificase, el significado inmediato sería que en el transcurso de unas décadas habríamos incorporado al planeta el equivalente a la población total que en 1980 se valía de él para su sustento.

Un primer elemento para la reflexión es que el siglo XX concluye con una creciente tensión entre los recursos limitados del planeta y el número creciente de sus habitantes. El criterio moderno de la viabilidad de la conquista y dominio de la naturaleza por la Razón humana a través de tecnologías diseñadas para ese fin partió del axioma de la ilimitada capacidad del planeta para proveer recursos y reciclar desperdicios.

La experiencia de 200 años de civilización industrial indica, sin embargo, que las tecnologías y patrones culturales asociados a ellas han generado, en ese breve espacio de dos siglos y muy particularmente en el siglo que ahora finaliza una crisis de sostenibilidad de la biosfera a escala mundial. La civilización industrial no sólo consume recursos renovables y no renovables a un ritmo mayor que el que requiere el planeta para su natural reposición, sino que también genera desperdicios a un nivel superior del que se precisa para su natural reciclaje. Pero esto no revela aún el drama en su conjunto. La civilización industrial ha creado también tecnologías capaces de manufacturar productos no degradables y tóxicos para el medio ambiente. Cientos de millones de libras de estas sustancias son producidas anualmente en forma de refrigerantes, pesticidas y otros, sin que puedan ser asimiladas por el ciclo de vida de ningún organismo vivo. Sólo pueden acumularse y contaminar la tierra, las aguas, el aire y, por tanto, la cadena de alimentos: flora fauna seres humanos.

El segundo elemento que debe llamar nuestra atención en el preludio del Tercer Milenio es que el ecosistema que hizo posible el origen y desarrollo humano en un largo proceso de millones de años ha sido brutalmente acosado en el transcurso de apenas dos siglos por la civilización industrial.

El creciente agujero en la capa de ozono, el calentamiento global y los cambios climáticos a él aparejados, la contaminación tóxica de la biosfera y el consumo anárquico y creciente de los recursos naturales renovables y no renovables, son fenómenos y tendencias que emergieron asociadas al industrialismo y que hasta el presente no se logran detener ni revertir.

El impacto de la degradación de la biosfera sobre las especies más débiles se verifica en las estadísticas: el ritmo de extinción de especies de aves y mamíferos que existieron entre los siglos XVII y XVIII fue duplicado en la primera mitad del siglo XIX y duplicado nuevamente en su segunda mitad. Hoy es ya más de 5 veces el ritmo de entonces. Por otro lado, el consumo creciente de recursos naturales no está asociado a un reparto equitativo de ellos. El 20% de la población mundial que habita los países industrialmente avanzados consume el 80% de los recursos mundiales. El ciudadano medio norteamericano consume 50 veces más acero, 56 veces más energía, 170 veces más papel periódico, 250 veces más combustible y 300 veces más plástico que el ciudadano medio de la India. Tampoco el aporte a la contaminación del planeta resulta equitativo: los 57.5 millones de personas que se añadirán a la población de los países desarrollados a lo largo de la presente década contaminarán el planeta dos o tres veces más que los 911 millones que se espera se agreguen a la población de los países en vías de desarrollo en ese mismo período.

Toda "victoria" es un suicidio

La posibilidad y la conveniencia de elevar a los países en vías de desarrollo al nivel de consumo estadounidense resultan dudosas. Desarrollarlos hasta alcanzar en el siglo XXI el "sueño americano" podría resultar la pesadilla final de la humanidad. Si en el año 2050 se arribase sólo a una población de unos 11 mil 500 millones de habitantes y el mundo se hubiese elevado al standard de consumo de los Estados Unidos en 1988, las reservas de petróleo se agotarían en 7 años, las de aluminio en 18 años, las de cobre en 4, las de zinc en 3 y las de carbón en 34, por aludir sólo a algunas de las reservas minerales del planeta. Pero, además del agotamiento de los recursos, el más grave problema sería la casi cuadruplicación del ritmo de contaminación mundial del medio ambiente.

Un tercer y evidente elemento de reflexión en la encrucijada humana de fines de siglo es, por tanto, el abismo de desigualdad que existe entre el 20% y el 80% de la población mundial en la distribución de riquezas y consumo de recursos naturales, así como lo inviable e indeseable que resulta la perspectiva de que los más pobres alcancen los niveles de consumo de los más ricos como salida a esta situación. Lo que ocurra en los próximos 50 años determinará ya de modo irreversible el futuro de la humanidad e incluso su propia supervivencia como especie.

Una combinación del crecimiento demográfico con la prolongación de riquezas en el límite mismo de los recursos planetarios puede, ciertamente, traer una catástrofe ecológica y social de implicaciones incalculables. Mucho más probables y cercanos serán los conflictos locales, regionales y mundiales, en los que se hará uso de los mortíferos armamentos modernos por uno y otro bando, cuando millones de personas bajo cualquier comprensión ideológica, decidan acudir a la violencia para disputar los cada vez más menguados recursos y reclamar aquella porción de riquezas a la que consideran tener derecho.

En esta nave que es nuestro planeta, ya no pueden consumirse de modo anárquico y acelerado los recursos disponibles para la travesía, ni emplearse armas contra motines a bordo que pongan en peligro la nave. Estamos llegando al punto en que toda supuesta victoria de una minoría, a expensas de los recursos disponibles para los restantes pasajeros o de la seguridad física del vehículo espacial en que viajamos, no resulta sino un suicidio.

Lo occidental, lo racional, lo burgués

La modernidad no es la mera suma de las radicales transformaciones tecnológicas, económicas, políticas, militares y sociales que acompañaron el revolucionario ascenso en el viejo continente del mundo burgués. La subversión cultural del medioevo que precedió esos procesos, más que dar un impulso al desarrollo científico y técnico, propuso a la humanidad una nueva conciencia del significado de su existencia, de su entorno natural y del modo de hacer su historia. El aserto bíblico "Conocerás la verdad y la verdad te hará libre" fue situado en el centro de la nueva era histórica que se iniciaba. La fascinación con el conocimiento científico de la naturaleza y la sociedad, el ilimitado optimismo en la capacidad alcanzada para descubrir, paso a paso, la verdad sobre el universo se asoció más o menos rápidamente a la comprensión de que el conocimiento implicaba poder: poder para someter a la naturaleza, poder para controlar y dirigir los procesos sociales.

La así llamada Era de la Razón sería la de la conquista y dominio acelerado e ilimitado de las fuerzas naturales y sociales. Razón, racionalidad y racionalización son conceptos que quedaron indisolublemente vinculados al ejercicio del poder científico, tanto como conquista y dominio de una naturaleza considerada "inferior" por no tener uso de la Razón, como de otras civilizaciones, consideradas "salvajes" por no compartir o carecer del sentido occidental, burgués y moderno de la Razón. La modernidad, iniciada en Europa, coincide en términos históricos con la segunda gran revolución del género humano: el tránsito de la civilización agrícola a la industrial. Desde entonces hasta nuestros días la modernidad se identifica con los procesos civilizatorios industriales y las culturas asociadas a ellos.

Con el arribo de la modernidad, la verdad teológica fue sustituida por la verdad científica, tan intolerante hacia cualquier otra pretendida verdad como la propia religión que desplazaba. La verdad científica sobre la naturaleza y la sociedad nacía junto a la incipiente civilización industrial , como un monopolio de Europa, región que entregándose al cientificismo con el mismo fervor que profesó al cristianismo, se sintió llamada a ser el sujeto único del devenir histórico y no vaciló en emplear sus nuevos conocimientos para ejercer su conquista y dominio sobre otras culturas aún inmersas en procesos civilizatorios agrícolas. Europa decidió que su ascenso a la civilización industrial le otorgaba, por derecho propio, el mandato de unificar el quehacer histórico universal, hasta entonces plural y disperso.

Modernidad: una historia "universal"

Desde 1492 la modernidad vino al mundo como un proyecto totalitario, ensoberbecido en su Razón. La intolerancia típica de quien se cree poseedor de la verdad, sumada a la evidencia incuestionable de la superioridad militar europea, la condujo a la supresión de todos los otros procesos civilizatorios y culturales existentes en Africa, Asia y América para dar paso a una sola manera de entender y practicar la civilización. En Europa, la llegada de la modernidad no resultó mucho más tolerante. Los campesinos que por decenas de miles fueron expulsados en Inglaterra de sus tierras y concentrados en las nuevas urbes industriales sentían que eran víctimas de excesos insólitos, pero no eran conscientes de ser los primeros actores de la civilización industrial.

La nueva civilización barría, paso a paso, con las formas culturales que caracterizaron al mundo que la precedió. La burguesía, agente industrializador principal, supo sacar partido de todas las formas de explotación laboral incluso, y en gran medida, de las formas de esclavitud que pudieran contribuir a la explotación de las nuevas colonias. Y arremetió contra toda jerarquía, estratificación social, valores, estructura familiar, costumbres, sexualidad, formas de convivencia, etc., que distinguían a las culturas agrícolas que sometió a su dominio.

Aún cuando por conveniencia del modo capitalista mundial de explotación económica con su centro en Europa y en proceso de expansión colonial resultaba necesario que "la periferia" continuase centrando su actividad en la agricultura, aquellas sociedades quedaron uncidas al proyecto "modernizador" occidental. Las nuevas colonias y luego las neocolonias podrían continuar siendo sociedades eminentemente rurales y agrícolas pero, en lo esencial, formaban ya parte del proceso civilizatorio industrial moderno que tenía lugar a escala planetaria, en la medida en que las colonias eran un engranaje central del proceso de acumulación de capital de los países centrales.

Sus culturas precoloniales se transformaron, gradual o abruptamente según el caso, en culturas modernas. Su modernización fue el proceso de cambio civilizatorio y cultural que las integró en funciones subalternas y dependientes al sistema capitalista mundial. Consideraciones morales aparte sobre la inhumanidad despiadada y el carácter totalitario del proyecto moderno, resulta incuestionable que ha sido uno de los procesos más abarcadores, integrales y radicalmente revolucionarios de la historia humana.

Un mundo mecánico, de máquinas

Con la modernidad se inicia un proceso de historia universal que reconocerá un solo proceso civilizatorio: el tránsito a la sociedad industrial y una sola cultura: la capitalista, promovida por un solo actor: la burguesía. Paso a paso, la civilización agrícola fue cediendo lugar a la industrial.

La subversión intelectual burguesa del mundo medieval requería el preludio racionalista e iluminista de los siglos XVII y XVIII para expresarse ya como ideario coherente, en un contexto político, tecnológico y económico que fue cambiado en el siguiente siglo y medio. Los arquitectos del paradigma moderno fueron pensadores excepcionales. Entre otros, Bacon, Descartes, Newton, Locke, Rousseau, Adam Smith y Darwin. Durante más de tres siglos la nueva visión del mundo que éstos y otros pensadores contribuyeron a forjar subyace detrás de cada discurso político, científico o económico.

Los procesos materiales de cambio que acompañaron la revolución intelectual moderna fueron no menos impresionantes: la transición a una economía basada en energía fósil no renovable, el surgimiento de la producción en masa, la aparición de grandes concentraciones urbanas en torno a la industria, el paso de la familia extendida de varias descendencias a la nuclear (de padres e hijos exclusivamente) y la separación de estos hijos al desaparecer las empresas familiares para integrarse a diversas faenas en busca del sustento, la masificación de las comunicaciones, la universalización de la educación básica, la transición del poder económico basado en la propiedad sobre la tierra al poder definido por el control del capital, las materias primas, la energía y la fuerza laboral.

El paradigma moderno que propiciaba esos procesos se delineaba cada vez más como una visión mecánica de la naturaleza y la sociedad. El universo natural y humano estaba constituido por máquinas que podían ser estudiadas y conocidas por pedazos, así como podían desentrañarse las leyes que regían su funcionamiento como un todo. Tanto la naturaleza como la sociedad podían ser conocidas y de ese modo conquistadas y sometidas por la Razón humana que, convertida en su amo absoluto, las controlaría y dirigiría racionalmente en beneficio propio.

Jeremy Rifkin lo expresa así: "La Era Moderna es la Era de la Máquina. Los valores primarios son la precisión, la velocidad y la exactitud. Regulamos nuestra rutina diaria por una máquina: el reloj. Nos comunicamos por una máquina: el teléfono. Aprendemos a través de máquinas: la calculadora, la computadora, el televisor. Viajamos por máquinas: el auto, el avión. Incluso vemos por una máquina: la luz eléctrica. La máquina es nuestra forma de vida y nuestra visión del mundo a la misma vez. La historia es para nosotros un permanente ejercicio de ingeniería".

Modernidad: sus cinco bases en crisis

El hombre moderno expulsó a Dios enviándolo de regreso a su reino celestial, mientras imbuido de su ciencia como novísima religión, decidía conquistar, dominar, controlar y dirigir a su antojo el mundo natural y social en la Tierra.

A fines del siglo XX, en el umbral del Tercer Milenio, la humanidad, ciertamente, se ha acercado a los poderes divinos pero no a la sabiduría de su Amor. La energía nuclear, la revolución genética y la informática otorgan a la humanidad el poder de crear nuevas formas de vida o de destruir todas las ya existentes, así como de manipular el pensamiento y la conducta humana. La destrucción ecológica, las guerras fratricidas e intervencionistas, la depauperación creciente de la población mundial, parecen indicar que el progreso tecnológico ha llegado a un punto en que sólo puede expresarse como barbarie dentro del ya agotado esquema cultural del paradigma moderno. La Razón se divorció de la emoción humana. El ingeniero de MIT que calcula cuántos kilos de napalm se requieren para barrer con eficiencia una aldea vietnamita deberá guiarse por la Razón y no por "primitivos" instintos humanos.

La esencia del paradigma moderno, la noción de que la ciencia nos hará libres y por tanto felices al conquistar y someter la naturaleza y la sociedad a la Razón humana, constituye el cimiento intelectual de las dos principales culturas alternativas de la modernidad: el capitalismo y el socialismo real surgidos en Europa. Hoy, al desmoronarse el socialismo real, las sociedades del capitalismo real corren el peligro de soslayar, en su temporal momento de triunfo, la grave crisis que atraviesa el conjunto del proceso civilizatorio y cultural que pusieron en marcha hace ya cinco siglos.

Podría escapárseles el dato de que la crisis del socialismo real no es la consolidación de un fin de la historia en su favor, sino apenas una expresión parcial e incipiente de la crisis universal de la modernidad a la que pertenece también la propia crisis del capitalismo real. Lo que está terminando no es la historia sino la modernidad. Pero, si no se entiende así y no se pone en marcha la radical revolución intelectual que esta crisis reclama, bien podríamos estarnos acercando, a la deriva, no sólo al fin de la historia sino al fin de la humanidad y del ecosistema que la ha sostenido por decenas de millones de años.

Esta revolución intelectual requiere adicionalmente la denuncia de los axiomas sobre los que se erige el paradigma moderno y de los mitos que han hecho crisis en el siglo XX. La creencia de que la humanidad encontraría la libertad y la felicidad a través de la Razón configuró el paradigma central de la modernidad. Esta "verdad" demostró su eficacia a lo largo de casi cinco siglos en que propició la radical transformación mundial que implicó el advenimiento de la civilización industrial. Sin embargo, los propios procesos que facilitaron su surgimiento y fueron a la vez promovidos por esa transformación se han tornado obsoletos y por tanto, falsos los axiomas sobre los cuales, como criterios indiscutibles, se erigió el paradigma moderno.

Cinco asertos principales sirvieron de cimiento a la visión del universo moderno:

- El ecosistema es inagotable y tiene una capacidad ilimitada para reciclar de manera natural los desechos de la sociedad.

- El progreso tecnológico trae el progreso social.

- La humanidad puede alcanzar la felicidad si somete la naturaleza y su propia conducta a la Razón.

- El crecimiento económico a expensas de la naturaleza no tiene límites y permite expandir infinitamente el consumo humano generando felicidad.

- La familia basada en el esquema patriarcal, monógamo y heterosexual es el modo superior y final de organización antropológica.

Sobre esta plataforma axiomática común se constituyeron y organizaron las dos grandes culturas de la modernidad capitalismo y socialismo real , estructuradas en torno a los tres grandes mitos de la modernidad: el mercado, la democracia liberal y el Estado burocrático, como instrumentos de la Razón en favor del bienestar común. Después de cinco siglos orientados por estos axiomas y mitos, el esquema de desarrollo por ellos trazado ha llegado a un punto crítico: la civilización moderna pone hoy en peligro a la naturaleza y la cultura moderna amenaza al humanismo milenario que la ayudó a nacer.

Postmodernidad: ¿es ése su nombre?

A mediados del siglo XX la humanidad alcanzó un nuevo estadio en el desarrollo de su conocimiento científico. La irrupción conjugada de la ingeniería genética, la microelectrónica y la física nuclear abrieron una nueva Era y proceso civilizatorio, como ocurrió en su momento con la agricultura o con la invención de la máquina.

El impacto cualitativo sobre las dos principales culturas modernas capitalismo y socialismo real de las tecnologías asociadas a uno solo de estos logros científicos la revolución en las telecomunicaciones como resultado de la microelectrónica , sólo es comparable al que tuvieron las técnicas agrícolas hace diez mil años o la física mecánica hace unos siglos sobre el modo de entender el mundo y organizarse para vivir en él.

El progreso científico y tecnológico humano puede resultar acumulativo en determinado período de tiempo. Así ocurrió en el marco evolutivo de las civilizaciones agrícolas e industriales. Pero, al encontrar nuevos paradigmas revolucionarios en su desarrollo, éstos pueden dar lugar a un nuevo proceso civilizatorio y a un nuevo estadio histórico, que reclamarán la aparición de nuevas culturas, portadoras dentro de su diversidad de la nueva visión del mundo.

Hoy, el mundo es testigo de uno de esos momentos de crisis, ruptura y transición civilizatoria. La civilización industrial característica de la Era Moderna está cediendo el paso, en algunos puntos del planeta, a la civilización de la información, que nos conduce a un nuevo estadio histórico: a una Era a la que hasta ahora se le llama postmoderna a falta aún de un nombre propio de consenso universal.

Civilización agrícola e industrial

Las culturas industriales modernas, que tan eficazmente permitieron el desarrollo de los procesos civilizatorios industriales, son hoy crecientemente obsoletas para hacer frente a la dinámica de los procesos económicos, sociales, culturales, políticos y militares puestos en marcha por el advenimiento de la nueva civilización tecnológica. Lo mismo ocurrió hace un par de siglos al emerger la civilización industrial.

La industria, la imprenta, los medios de comunicación y transporte, las grandes ciudades cambiaron entonces el paisaje geográfico y material de la civilización agrícola, mientras que la estructura familiar, la división del trabajo, la organización política, económica y jurídica, dentro de los Estados Nación emergentes trastocaban los valores, hábitos, creencias, costumbres, sentido común y lenguaje de sus culturas.

La civilización industrial sonaba y olía incluso de manera diferente a las civilizaciones agrícolas. Si bien no resulta difícil imaginar el contraste de sonidos entre las bucólicas civilizaciones agrarias y el chirriar de las máquinas de todo tipo que acompañaban el emerger de la Era industrial, particularmente interesante es el contraste de olores que puede llegar a identificar un estadio de desarrollo histórico. "En la época que nos ocupa (siglo XVIII) reinaba en las ciudades un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y excrementos de rata; las cocinas a coles podridas y grasa de carnero; los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales. Las chimeneas apestaban a azufre; las curtidurías, a lejías cáusticas; los mataderos, a sangre coagulada. Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas, apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos. Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraba por igual bajo los puentes y en los palacios. El campesino apestaba como el clérigo; el oficial de artesano, como la esposa del maestro; apestaban la nobleza entera e incluso el rey apestaba como un animal carnicero y la reina como una cabra vieja, tanto en verano como en invierno, porque en el siglo XVIII aún no se había atajado la actividad corrosiva de las bacterias y por consiguiente, no había ninguna acción humana, ni creadora ni destructora, ninguna manifestación de vida incipiente o en decadencia que no fuera acompañada de algún hedor". (Patrick Süskind, "El Perfume").

La nueva civilización industrial compartía un sello común con su predecesora, la civilización agrícola: ambas estaban signadas por el espíritu de conquista y dominación sobre la naturaleza y la sociedad. Si una ejercía ese axioma de un modo y la otra de manera diferente, el dato básico permanecía inalterable: el progreso del proceso civilizacional basado en el desarrollo de la ciencia y la tecnología no se encaminaba a la preservación del ecosistema y a la liberación de los seres humanos, sino a nuevas formas de dominación organizadas culturalmente. Civilizaciones y culturas basadas en el concepto de dominación fuese a partir de la voluntad de Dios o de la realización de la Razón , no podían sino convertir, gradualmente , cada progreso tecnológico en un grado mayor de barbarie social.

Genética, informática y nuclear

La civilización ese proceso de acumulación creciente de poderes divinos por vía tecnológica no se había apropiado aún en el pasado de la capacidad material para crear las bases económicas de una cultura de liberación humana. Hoy sí, hoy ya ha reunido los medios técnicos para liberar al mundo de hambrunas, enfermedades e ignorancia. Las posibilidades tecnológicas alcanzadas en el siglo XX, que nos sitúan en el umbral de una nueva era y proceso civilizatorio son potencialmente capaces de liberar a la especie humana del desamparo y la pobreza. Sin embargo, de no emerger en esta Era de la Información culturas de naturaleza liberadora o de surgir como se pretende una nueva cultura de dominación postmoderna, la humanidad y el planeta que habitamos podría llegar a perecer. Existe un consenso, más o menos extendido: las tecnologías actualmente disponibles permiten superar cualquier escasez salvo dos: el tiempo y la sabiduría que no equivale a información .

El empleo de las nuevas tecnologías genéticas, informáticas y nucleares, en funciones de dominación de la naturaleza y de la sociedad, terminaría posiblemente aniquilando al ecosistema y a la humanidad misma, de manera gradual o abrupta. Un accidente genético o una guerra nuclear podrían provocar en un momento una catástrofe similar a la que provocará la paulatina erosión de la capa de ozono. Para que el desarrollo científico y tecnológico tenga un auténtico sentido progresista habrá que enmarcar el nuevo proceso civilizatorio de la Era de la Información dentro de culturas postmodernas de liberación y no de dominación. Sólo una cultura de liberación podría propiciar un proceso civilizatorio liberador y, por eso, progresista. La civilización industrial y sus culturas han conducido a la humanidad a un punto en el que ya el progreso tecnológico no resulta posible sin insertarlas en un contexto de progreso social. Hoy, cada avance tecnológico conduce a un mayor grado de salvajismo contra el ecosistema y la propia humanidad. Sólo la instauración de culturas realmente progresistas en lo social podrá devolver al avance tecnológico su signo de auténtico progreso.

Liberar, no dominar

El error principal en el que se ven atrapados hoy no pocos movimientos ecologistas y filosóficos críticos del "progreso" es el de no establecer esta conexión clave entre procesos tecnológicos (civilizatorios) y procesos sociales (culturales). El avance tecnológico no podrá constituirse en progreso humano mientras esté al servicio de la dominación. No se trata de detener el avance de la ciencia y la tecnología, sino de crear una cultura cualitativamente nueva en que la que ciencia y tecnología sirvan al progreso humano.

Una relación humana con la naturaleza, basada en sistemas tecnológicos dirigidos no a su "conquista" sino a integrar armónicamente la sociedad al ecosistema, sería la esencia de un proceso civilizatorio liberador. Sin embargo, sólo cuando la humanidad convierta en prehistoria las culturas de dominación y, por tanto, prescinda del empleo de la tecnología en función del dominio social podrán crearse las bases de un proceso civilizatorio progresista. Sin una cultura de liberación no podrá instalarse un proceso civilizatorio liberador. Sólo una cultura dedicada a liberar no a dominar a la humanidad podrá desarrollar una civilización ecológicamente responsable. Civilización de liberación o de dominio. Culturas de liberación o de dominio. Progreso o barbarie. Estas son las disyuntivas de la humanidad en el umbral del Tercer Milenio.

Redefinir qué es lo racional

El desarrollo tecnológico ha tornado obsoletos los axiomas que sustentaban el paradigma moderno: Dado el ritmo de contaminación del ecosistema y la capacidad de las nuevas tecnologías para su explotación, ha dejado de ser cierto que el ecosistema tiene la capacidad de absorber y reciclar de modo natural los desechos y la devastación de nuestras sociedades.

El crecimiento económico está enfrentando una crisis derivada del patrón industrializador y del patrón de consumo en los que está basado. La depauperación de la mayoría de la población mundial a la que ha conducido el esquema de explotación de la periferia por los países desarrollados, que contrae el poder adquisitivo del mercado, revela esta crisis. l progreso tecnológico, lejos de traer el progreso social, ha sido puesto al servicio ya de dos guerras mundiales y de una secuela de dramáticos conflictos y ha colocado a la humanidad pendiente del frágil hilo de un accidente genético o nuclear.

El creciente consumo tampoco ha traído una vida más feliz al minoritario sector de la humanidad que lo ejerce a expensas de la mayoría de los habitantes de nuestro planeta. Su vida es cada vez más miserable y más infeliz. La noción de que "no sólo de pan vive el hombre" cobra fuerza en sociedades de alto desarrollo tecnológico sumidas en una creciente alienación, así como en las culturas socialistas que basaron su estabilidad política en la satisfacción de las necesidades humanas básicas sin atender las necesidades espirituales del ser humano.

La Razón moderna, instrumentada por el mito del mercado y la democracia liberal o por el mito del Estado paternalista burocrático, no ha materializado aquel reino de libertad, igualdad y fraternidad que prometió al poner fin al mundo que la precedió.

El destino del ecosistema y de la humanidad está hoy "fuera de todo control racional" precisamente por el empeño en continuar aplicando los conceptos de la Razón moderna a un mundo que ya ha sido cambiado radicalmente por esa misma Razón.

El modelo de familia patriarcal, monógama y heterosexual ha sido puesto en crisis en sus funciones económicas y socializadoras por la propia dinámica social, económica y cultural que traen aparejadas las nuevas tecnologías de la Era de la Información. Ya a mediados del siglo XX el paradigma moderno la creencia en el valor supremo del conocimiento racional como vehículo del progreso y la felicidad por vía de la dominación racionalizadora de los procesos naturales y sociales daba señales de agotamiento. La nueva era histórica en la que nos adentramos reclama una redefinición de lo que hemos venido entendiendo por racionalidad y por Razón. Reclama la redefinición de su función dentro del quehacer universal e individual.

Cuba: base para una alternativa

La humanidad vive un momento crucial de su historia. De su capacidad para rediseñar socialmente su modo de vida dependerá que pueda sobrevivir como especie en el planeta. Rediseñar las sociedades humanas implica asentarlas en axiomas y principios diferentes a los de la civilización industrial. Se requiere de sistemas políticos participativos, de economías democráticas e inclusivas, de culturas ecuménicas y holísticas, de tecnologías reciclables, de estilos de vida sostenibles y de una ética solidaria.

Si el socialismo real demostró su incapacidad para aportar esa nueva cultura civilizatoria, no puede concluirse de esto que el capitalismo real será capaz de proveer esa nueva cultura. La búsqueda imaginativa y audaz de un nuevo paradigma, alternativo al capitalismo y al fenecido socialismo real, es el reto principal que enfrenta hoy la humanidad, si es que el fascinante mundo tecnológico creado por ella ha de servirle para transitar hacia la libertad material y espiritual en el próximo milenio. Capitular ante ese nuevo reto que se plantea a la imaginación humana equivaldría a aceptar un desenlace fatal inevitable.

En países con revoluciones autóctonas y con una tradición enmarcada en el humanismo, como son Cuba y Vietnam, podría ensayarse una tercera salida de naturaleza popular: la rectificación del mimetismo y la búsqueda de un proyecto alternativo al capitalismo y al socialismo real acorde con la realidad e historia nacionales. En el caso de Cuba, no sólo este país tiene la excepcional ventaja de contar con una tradición patriótica, intelectual y espiritual, que orientó a la nación desde su nacimiento hacia una república independiente con justicia social. ("con todos y para el bien de todos", decía Martí), sino que se nutre de las raíces humanistas de la cultura latinoamericana desde las que se resiste y rechaza hoy el discurso ideológico postmoderno de egoísmo, desmovilización y ausencia de toda esperanza. No sólo alientan al cubano los escritos de sus propios próceres e intelectuales sino los de aquellos que desde el siglo pasado hicieron del humanismo y la utopía redentora una corriente de resistencia que las fuerzas de la dominación no han llegado nunca a suprimir.

Quebrado el mito del socialismo real como cultura alternativa para transitar hacia el porvenir, resurge ahora el fervor fundamentalista que convierte los mitos del mercado y de la democracia liberal en única receta fiable. Pero ambos mitos son parte de una civilización industrial en crisis.

Las novedosas tecnologías, que han abierto la posibilidad de un nuevo proceso civilizatorio pueden traernos el futuro de Huxley y Orwell o la Utopía de Moro, resoñada y edificada de múltiples maneras. Pero nuestro ejercicio intelectual no puede ser ya el de los socialistas utópicos del pasado siglo ni el de los cartistas reformistas, aunque los socialistas nos mostraron el valor normativo de la imaginación utópica y los cartistas, la utilidad de su enfoque político en ciertas coyunturas históricas.

Nuestro deber es alertar a opresores y oprimidos que nuestro tiempo termina en el próximo siglo. La proyección de las tendencias demográficas actuales augura que en el año 2050 el planeta tendrá casi el doble de habitantes que hoy, gentes que competirán por recursos mucho más escasos que los disponibles hoy, cuando la pobreza alcanza ya a la mitad de los seres humanos; gentes que vivirán en un planeta mucho más contaminado que el de hoy. ¿Podrán convivir pacíficamente tantos seres humanos con nuestras actuales tecnologías, depredadoras y tóxicas, y con los polarizados esquemas sociales que hoy rigen el mundo?

Navegamos por el espacio en este cada vez más diminuto planeta de limitados recursos que consumimos y contaminamos a un ritmo mucho mayor que su natural capacidad de reciclarlos. Estamos consumiendo el futuro que heredarán nuestros hijos. ¿Cuál será la envergadura de la crisis ecológica y social a la que tendrán que enfrentarse nuestros hijos y nietos? ¿Se resignará para entonces el 80 o 90% de la población mundial a contemplar desde su escasez el hedonismo de las sociedades opulentas? ¿Intentará un país como China reproducir el "sueño americano" provocando una catástrofe ecológica irreparable?

En este mundo en crisis y en esta convulsionada e incierta transición al futuro, ¿qué significado puede tener si es que alguno nuestra existencia como especie y como individuos en la infinitud del universo? ¿Por qué y para qué si es que "para algo" estamos aquí y qué significado si es que de hecho se carece de él podríamos darle a nuestra existencia en un mundo que reduce a unos a la desesperanza y a otros a la condición de dóciles consumidores? En este planeta de tanta abundancia y tantas carencias, los tres elementos más deficitarios al cerrar el milenio son la esperanza, la imaginación y la sabiduría.

La verdadera sabiduría no se mide por la cantidad y la calidad de conocimientos acumulados, sino por el uso prudente que hagamos de ellos. La imaginación es la llave que puede abrirnos la puerta de escape en un recinto de ideas rebasadas ya por la realidad de fin de siglo. La esperanza en la posibilidad de construirnos un futuro alternativo al que ya empieza a cercarnos, es el espíritu que puede sostenernos en la lucha por él cuando aún no se vislumbra una luz en el oscuro túnel del presente.

Nuestra propuesta es que hagamos de este fin de milenio un segundo histórico de reflexión que nos permita reapropiarnos de la sabiduría, de la imaginación y de la esperanza imprescindibles para que nuestra especie sobreviva. Para que nuestra especie logre adaptarse a las circunstancias que ella misma ha creado en los últimos doscientos años del medio millón en que viene habitando la Tierra.

El homo sapiens sobrevivió en lucha contra otras especies hostiles, los cambios climáticos, las pestes y los desastres naturales, pero hoy enfrenta retos que pudieran resultarle mortales: la contaminación y agotamiento de la biosfera y sus recursos por una parte y los conflictos sociales por otra. Al acercarnos a los poderes divinos creación y destrucción de las distintas formas de la vida , los humanos perdimos la necesaria humildad ante las otras especies y ante la naturaleza. Nos hemos hecho cada vez más poderosos y menos sabios. Ahí radica nuestra mayor vulnerabilidad a la hora de enfrentar este nuevo y quizás último reto de adaptación planetaria.

Nuestra adecuación al presente reto evolutivo no se resolverá por vía genética sino cultural. ¿Será la humanidad capaz de trascender la estrecha visión de los conflictos de intereses y asomarse a la realidad de que si no reorganiza su cultura y civilización sobre nuevas bases no será capaz de superar este nuevo reto de adaptación? ¿Será posible que el homo sapiens logre comprender la novedosa naturaleza del reto que hoy enfrenta con tiempo suficiente para reaccionar exitosamente ante él? A cinco años de finalizar el segundo milenio, la respuesta a ambas interrogantes hay que elaborarla desde un legítimo escepticismo. Sean estas palabras una humilde contribución a trascender el realismo de nuestro actual pesimismo.

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