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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 262 | Enero 2004
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Costa Rica

¿Somos excepcionales los costarricenses?

En Centroamérica, Costa Rica es siempre vista como “excepcional”. Costa Rica es un país que se imagina a sí mismo único, democrático, especial. Hoy, está dejando de ser excepcional y presenta facetas sombrías. La numerosa presencia de nicaragüenses en Costa Rica abre un debate sobre la identidad nacional en Costa Rica y desafía el narcisismo nacional.

Carlos Sandoval García

Las relaciones entre los costarricenses y los nicaragüenses en Costa Rica configuran hoy una trama en tres actos. Primer acto. Algunos intelectuales postulan que la inmigración -especialmente la más numerosa, la de nicaragüenses- representa una amenaza para la identidad nacional costarricense. Figuras públicas afines a la socialdemocracia o a la izquierda se sitúan hoy como intelectuales orgánicos de una política hostil hacia los migrantes, voceros de un populismo intelectual que identifica sociedad con nación. Segundo acto. Obras de ficción en que se representa a la comunidad nicaragüense en Costa Rica tienen gran aceptación. Y mientras la retórica es la herramienta predilecta de los intelectuales -lo que a menudo implica la exclusión de visiones alternativas para tratar los temas en discusión-, la ficción está abierta a la escucha de voces diversas. Tercer acto. Algunas políticas públicas relativas a la inmigración, en particular recientes propuestas para modificar la Ley de Migración y Extranjería, plantean cambios.

NUESTRA IDENTIDAD NACIONAL:
UN DEBATE ABIERTO

Las identidades nacionales son a menudo materia de disputa. Aunque la mayoría de las naciones son relativamente recientes, la nacionalidad está asociada con un sentido de “pasado”, está ligada al tiempo, a la continuidad. De manera semejante, pese a que la mayoría de las naciones son el resultado de un encuentro de personas de distintos orígenes, las naciones se representan a sí mismas como “únicas”, viendo en las fronteras geográficas limites simbólicos, y en quienes las transgreden una amenaza al “orgullo nacional”. “Globalización”, la palabra quizá más citada por políticos e intelectuales, no parece estar significando un debilitamiento del sentimiento de pertenencia nacional. De hecho, la nacionalidad es frecuentemente globalizada a través de actividades como el deporte o el turismo, al tiempo que la globalización es nacionalizada, como a menudo hacen las cadenas de comidas rápidas, las cuales nos ofrecen hasta McPinto, al tiempo que la Coca-Cola se convierte en el patrocinador oficial de la Selección nacional de fútbol masculino de Costa Rica.

¿Tenemos en Costa Rica un imaginario tan claro y tan compartido de quiénes suponemos que somos? El debate está abierto. Uno de los últimos giros en este debate sobre identidad y nación lo provocó la decisión del Ministerio de Cultura de que la novela corta “Cocorí” no sea ya lectura obligatoria en la educación formal.

Las identidades se ponen en discusión cuando están en transformación, en crisis, cuando no parece haber condiciones institucionales ni imaginarios que las unifiquen con legitimidad. Actualmente, en Costa Rica habría un vacío propositivo en términos de proyecto de nación, de formas de representación y de plataformas políticas y ciudadanas desde donde elaborar estos retos. Hace veinte años, el Estado Benefactor perdió legitimidad y todavía no hay propuestas emergentes. Las políticas neoliberales han profundizado las inequidades a lo largo y ancho de América Latina, pero a las protestas no se les suman muchas propuestas. La hostilidad anti-inmigrante pretende contener, pretende volver llevadera, la ansiedad generada por la incertidumbre de esta época.

POPULISMO INTELECTUAL: ARTICULADOR DE XENOFOBIA

La comunidad nicaragüense en Costa Rica es tema de innumerables comentarios en los medios de comunicación y en las conversaciones diarias ¿Se convertirán los nicas en mayoría? ¿Impondrán los nicaragüenses sus costumbres? ¿Desplazarán los nicas de sus empleos a los nacionales? ¿Son los nicaragüenses responsables del deterioro de los servicios públicos? Preguntas recurrentes, las mismas que se escuchan en Estados Unidos y Europa en relación a otros inmigrantes. Los personajes cambian, las tramas permanecen.

Hoy, reconocidos intelectuales han empezado a articular un discurso xenófobo. La constante es la tesis de que la identidad nacional se está viendo afectada por la llegada de inmigrantes y por quienes propugnan por un trato digno a los recién llegados. Rodolfo Cerdas, profesor universitario y otrora miembro del parlamento costarricense representando a un partido de izquierda, escribió en La Nación, en noviembre 2002: “Últimamente se ha puesto de moda criticar a Costa Rica, como si aquí nada fuera de valor y solo tuviéramos defectos. Para repudiar el rechazo xenofóbico a la inmigración, especialmente la nicaragüense -repudio que, en todo caso, es conveniente y necesario-, se tienden a perpetrar tres yerros inadmisibles: primero, denigrar, en general, a todo el pueblo costarricense, devaluando lo mucho y bueno que hemos conquistado. Segundo, obviar los problemas reales que acarrean las migraciones. Y tercero, atribuir toda clase de virtudes y ventajas a los inmigrantes, sin reconocer sus desventajas educativas, de salud y de adaptación social en las que llegan. Así como la autocomplacencia falsea la democracia, un enfoque falsamente progresista como ése, que sustituye la objetividad por la autoflagelación y la autoculpabilidad, tampoco ayuda al inmigrante, impide entender sus problemas y hace imposible educar al pueblo”.

EL ICONO NACIONAL ESTÁ EN CRISIS

Más que autoflagelación, lo que parece animar este debate sobre identidades en Costa Rica es que el mismo sentido de la identidad nacional está en crisis, tanto institucional como simbólicamente. Las elecciones generales en 1998 y en 2002, por ejemplo, reportaron el más alto grado de abstencionismo desde las elecciones generales de 1953. La imagen de una nación de clase media, icono habitual de la nacionalidad en Costa Rica, también ha venido erosionándose después de veinte años de programas de ajuste estructural y otras políticas macroeconómicas. Según el Informe del PNUD de 2002, entre 1996-99, se ensanchó la brecha entre el 20% de la población con más altos ingresos y el 20% de la población con más bajos ingresos. Desde hace veinte años, el Estado de bienestar viene perdiendo legitimidad y no emergen nuevas propuestas. Hay una ausencia de alternativas tanto en términos de políticas inclusivas como en términos de formas de representación de la nacionalidad.

A lo que Cerdas no se refiere es al porqué la identidad nacional y las actitudes de los costarricenses hacia los nicaragüenses se han convertido en temas de debate y de controversia. Además de la crisis de una institucionalidad en Costa Rica, la incertidumbre en torno a la identidad ha surgido de un importante giro en la investigación académica sobre identidades nacionales y nacionalismos, que en el caso de Costa Rica inició, sobre todo, a partir de la década de 1990, con las investigaciones históricas de Steven Palmer. Los debates actuales no procuran “descubrir” “el ser costarricense”, pero sí deconstruir los modos a través de los cuales fue constituyéndose el “excepcionalismo costarricense”, cargado de una buena dosis de narcisismo.

LA LUCHA CONTRA “EL CAOS”

En el coloquio “Costas Ricas: todos sus nombres”, organizado por el Centro Cultural Español en San José en noviembre de 2002, Juan José Sobrado, abogado, profesor universitario y comentarista habitual del periódico
La Nación, hizo una inolvidable intervención argumentando que los inmigrantes nicaragüenses plantean una amenaza a la identidad costarricense. Si continuáramos recibiendo inmigrantes “volveremos a San José una Calcuta”, dijo Sobrado. Muchos de sus comentarios construyeron significados de identidad por referencia a espacio, y si Calcuta fue asociada con caos, Londres se asoció al lugar ideal y ejemplar, ilustrando así cómo el imaginario postcolonial de ciudades localizadas bastante lejos de Centroamérica articula un discurso racializado sobre la inmigración.

Las referencias de espacio como significante de identidad fueron acompañadas de otras imágenes. Según Sobrado, la inmigración es una amenaza comparable a “un tumor canceroso” y al sida. El cuerpo es empleado metafóricamente para nombrar la nación. Y la inmigración es la enfermedad del cuerpo y, en consecuencia, de la nación. José Luis Vega, sociólogo y columnista del diario Al Día, -propiedad del grupo editorial La Nación- escribió también, en enero 2003, sobre el “caos” en migración y aduanas, animando así al gobierno de Abel Pacheco a entablar una “lucha contra el caos”: “¿Por qué no empezar una lucha contra el caos y la desintegración nacional a las puertas del país, en puntos donde ingresan las personas y las mercaderías? ¿Por qué no empezar a desterrar desde allí la anarquía que amenaza a nuestro sistema social, resquebraja nuestras costumbres, desequilibra nuestro mercado laboral, refuerza la criminalidad y aumenta la pobreza, poniendo fin a la llegada de personas y grupos indeseables? ¿Por qué no detener el deterioro o la pérdida de la identidad cultural nacional y de las fronteras físicas, como una obligación de Estado, sin caer en el racismo y menos en un aislamiento del resto del mundo, estableciendo una política inmigratoria racional, sin extremismos?”

“EL NICA”: UN ÉXITO TEATRAL Y UNA INTERPELACIÓN EXITOSA

Simultáneamente a la emergencia de todo este populismo intelectual, han surgido en el país iniciativas que intentan subvertir este imaginario xenófobo. Videos, obras de teatro, debates públicos, canciones y música, buscan contestarlo. Un ejemplo es el audiovisual “Objeciones a una novia nica”, producido por Giselle Bustos Mora, combinación de ficción y documental sobre la relación de una pareja de adolescentes, dirigido a estudiantes de secundaria. Otro ejemplo es “Desde el Barro al Sur”, un documental realizado en Nicaragua por María José Álvarez y Martha Clarissa Hernández. En él se narra la experiencia de jóvenes nicaragüenses que migraron a Costa Rica desde las zonas rurales más pobres. Ambos videos se han presentado en muestras de cine, comunidades y centros educativos con el fin de promover el debate.

La representación que más atención ha despertado es la obra de teatro “El Nica”, monólogo realizado enteramente por César Meléndez, un nicaragüense que llegó a Costa Rica siendo adolescente. Meléndez fue primero integrante de varios grupos musicales y con los años inició estudios de Artes Dramáticas. Hoy, también actúa en la serie “La Pensión”, comedia que se transmite semanalmente en Canal 7, y en la que protagoniza a Ricky, un homosexual.

“El Nica” es José Mejía Espinoza, un peón que trabaja en la construcción, uno de los más habituales trabajos de los nicaragüenses en Costa Rica. En su monólogo habla con una imagen de Jesucristo, a quien cuestiona con pasión por qué la comunidad nicaragüense en Costa Rica es tan discriminada. ¿Por qué tu vida y la mía son tan parecidas?, le pregunta José. ¡Qué difícil es poner la otra mejilla!, refunfuña el protagonista, quien hace alusión a lo que llama “las mágicas palabras”, ese “nica hijueputa” con el que lo ofenden continuamente. A lo largo de la obra, el personaje revive los estigmas asociados con la comunidad nicaragüense en Costa Rica y enfrenta a los costarricenses con sus propios estereotipos.

Hablando con Jesucristo y con sus compañeros de trabajo, “El Nica” intenta un diálogo con la audiencia, a la cual confronta con su pobreza y soledad. Las risas que al inicio arranca la obra se transforman en reflexión seria en el transcurrir de la presentación. Al final, “El Nica” interpela a la audiencia costarricense directamente, pidiéndole que lo perdonen por su acento, por su color y por su cabello “indio”. También les pide perdón por ser un guarda en un vecindario de clase media o una trabajadora doméstica en miles de casas de familias en Costa Rica. Al terminar la representación, siempre hay pequeños grupos de personas que se acercan a Meléndez a felicitarlo y a hablar con él.

CÁLIDA RECEPCIÓN DEL PÚBLICO Y FALTA DE RESPALDO OFICIAL

“El Nica” dura dos horas y quince minutos y ha sido presentada regularmente durante más de un año y medio en teatros frecuentados por clases medias y en comunidades urbanas y rurales, escuelas y universidades. En diciembre 2003, celebró las 300 representaciones en el Café Britt, donde suele presentarle los fienes de semana. Unas 50 mil personas han visto ya esta obra de teatro, lo que constituye una excepcional recepción para una pieza que es crítica de muchas de las representaciones supuestamente admitidas como características del “ser costarricense”. Incluso en comunidades rurales, donde no hay salas de teatro y existe una presencia significativa de nicas trabajando en agricultura, esta obra ha sido vista por una gran cantidad de público.

En ocasiones, la obra se ha presentado dos veces el mismo día. A pesar de tan gran éxito, siendo la obra de teatro con más espectadores en las últimas décadas, “El Nica” no obtuvo ninguno de los premios nacionales que entrega anualmente el Ministerio de Cultura. Incluso, el premio al mejor personaje protagónico en teatro fue declarado desierto. Este vacío de respaldo oficial contrasta con el amplio reconocimiento del público a esta obra.

¿QUÉ FACTORES EXPLICAN
EL ÉXITO DE ESTA OBRA?

En un contexto de franca hostilidad hacia la comunidad nicaragüense en Costa Rica, no es sencillo entender tan cálida recepción a “El Nica”. Varios factores podrían explicarlo. Primero. Aunque el sentimiento anti-inmigrante ha calado en sectores importantes de la sociedad costarricense, esta hostilidad también constituye una preocupación para otros sectores, que consideran que la estigmatización ha sobrepasado los límites. Quienes quisieran mostrarse solidarios tienen menos posibilidades de expresarse y encuentran en esta obra teatral una de las pocas oportunidades para manifestarse públicamente contra el sentimiento anti-inmigrante.

Segundo factor. La frivolidad dominante en la industria teatral en Costa Rica, a menudo criticada por el tono populista y neocostumbrista de muchas obras, no deja muchas opciones a quienes gustan del teatro y esto hace que “El Nica” no tenga verdadera competencia de calidad en el promedio de lo que ofrece la cartelera. Tercer factor. “El Nica” ha sido una de las pocas obras teatrales presentadas en numerosas instituciones educativas y comunidades. Sacerdotes católicos de diversas comunidades y docentes de escuelas públicas y privadas invitan frecuentemente a Meléndez a hacer presentaciones, confirmando así que la “gente ordinaria”, a menudo descrita como incapaz de apreciar “las bellas artes”, reconoce la calidad de la puesta en escena.

El contraste entre el populismo intelectual que incita a la hostilidad anti-imigrante y estos esfuerzos que convocan al diálogo, ilustra que la representación de la comunidad nicaragüense es una arena de disputa y de contestación, que vuelve hegemónicas ciertas voces, pero no termina de silenciar a otras.

“ME PUSE A LLORAR CUANDO SUPE QUE ERA NICA”

El contraste entre voces hostiles y solidarias en torno a la comunidad nicaragüense no sólo se libra en el plano discursivo, incide también en los modos en que se conforma la subjetividad de nicas y de ticos. Un ejemplo está en las redacciones presentadas al concurso “Dé dónde vengo y para dónde voy”, iniciativa que forma parte de un proyecto de red de solidaridad llamada “Merienda y zapatos”, encaminada a apoyar con pequeñas becas a estudiantes nicaragüenses. Se trata de potenciar la solidaridad a partir de lo local y de necesidades concretas. (meriendayzapatos@hotmail.com)

En el concurso de redacciones, una niña que cursa el sexto grado en la Escuela de la Finca San Juan en Pavas escribió: “Al cumplir mis seis años entré al kinder en esta linda escuela con una maestra buena y respetuosa que su nombre era Ana Patricia. En mis primeros años de estudio no me trataron mal por ser nica, pues nunca lo dije, ni yo lo sabía. De tanto escuchar insultos a nicaragüenses en la escuela, un día se me ocurrió preguntarle a mi mamá que en qué provincia de aquí había nacido... Cuando me dijo, me puse a llorar, no aceptaba ser nicaragüense, por miedo a insultos o a que me vacilaran en la escuela como a los demás. Pero al paso del tiempo he ido aceptando mi nacionalidad aunque no la conozca ni sepa nada de ella. Hasta el momento me siento feliz de saber que tanto en la escuela como en mi hogar me tratan bien como persona adolescente, y saben entenderme, yo entendí que las personas ante Dios somos todos iguales”.

El relato de esta niña, que termina aceptando su propia nacionalidad, hasta ese momento desconocida, advirtiendo lo arbitrario de las nacionalidades, ilustra cómo las niñas y los niños nicaragüenses entran en contacto con las disyuntivas asociadas a las identidades nacionales y cómo internalizan y negocian sus propios referentes identitarios. Lo que para otros son discursos, para esta niña y para muchos como ella se trata de sus propias vidas.

“MIS PADRES SUFRIERON MUCHO AL VENIR A COSTA RICA”

Otra de las niñas participantes en este mismo concurso escribió: “Cuando mi mamá estaba embarazada de mí pasaron muchas cosas tristes que no se las deseo a nadie. Una de las cosas tristes fue cuando a mi papá se lo llevaron al Servicio Militar de Nicaragua, pues en ese entonces mi país estaba en guerra... En el año 1990 mi mamá tuvo a mi segunda hermana, la guerra había terminado y mi papá se vino de Nicaragua a Costa Rica y nos dejó en Nicaragua. Pasaron muchas cosas, sufrimos de todo (hambre, enfermedades y en lo económico no teníamos nada). Cuando mi segunda hermana tenía nueve meses mi mamá salió embarazada de la tercera hermana. Después de que nació, mi padre se vino otra vez para Costa Rica... Mi mamá se arriesgó a venirse para Costa Rica por el mar, nos dejó a mi hermana y a mí con mis abuelitos con el dolor de su alma... Después pasó el tiempo (dos años) y en esos dos años pasaron muchas dificultades mis padres en Costa Rica y nosotras en Nicaragua. Mis padres pasaron dificultades en Costa Rica porque no estaban legales, no tenían el dinero suficiente para legalizarse y la única manera de sacarnos de Nicaragua era legal...”

“Mi papá pensando en nosotras y en las dificultades que tenía que enfrentar, pidió a unas personas que le rentaran un pedazo de tierra para sembrar unos zuquines. Cuando el producto creció, dichosamente se dio bueno y a mi papá le fue bien y con el dinero que recogió nos fue a traer a Nicaragua. Cuando llegamos a la finca donde estaba mi mamá, después de dos años de no verla ¡sentí una alegría tan grande!, que todavía no ha cesado esa alegría de estar con ellos... Después de estar en esa finca nos pasamos para otra...”

“Después de otro tiempo tuvimos que salir de esa otra finca para que nosotros pudiéramos estudiar porque de donde estábamos las dos escuelas nos quedaban muy largo y era muy peligroso para nosotros porque los caminos eran muy solos. Al principio, al estar en Paraíso mi madre me quería matricular en la Escuela Goicoechea pero se presentó un problema y fue que la directora no me quiso recibir en la escuela porque era nicaragüense. Después de eso yo me sentí muy triste pero mis ganas de estudiar seguían...”

RACISMO INSITUCIONALIZADO
Y EXCLUSIÓN NATURALIZADA

La experiencia de esta niña me convoca personalmente porque yo estudié en la escuela primaria en la que ella no pudo estudiar por ser nicaragüense. Pero más allá de mi implicación personal, habría al menos tres elementos a resaltar. Uno, el enorme reto que significa sensibilizar a los funcionarios públicos en la temática de inmigración y derechos humanos. Las iniciativas del Foro para Población Migrante, coordinado por la Defensoría de los Habitantes, van encaminadas en esta dirección y, sin duda, hay mucho por hacer.

Otro elemento es que este caso indica que existen formas de hostilidad y exclusión no sólo expresadas en los discursos claramente xenófobos y racistas, sino presentes en servicios e instituciones públicas, que en algunos casos se han “naturalizado”, están institucionalizadas, se asumen como la norma, como algo que no se problematiza. Podríamos pensar si en Costa Rica no estaremos también viviendo en alguna medida lo que, sobre todo en países anglosajones, se ha dado en llamar “racismo institucionalizado”, lo que no quita que haya miles de educadores y educadoras preocupados por ofrecer apoyo a estudiantes nicaragüenses.

El tercer elemento es que la firma de tratados internacionales y otras formas de legislación no constituye una garantía de respeto a los derechos humanos. Costa Rica ha suscrito la Convención de Derechos del Niño y la Niña, y sin embargo existen en el país prácticas de exclusión. El debate de políticas no puede ser un asunto meramente normativo, del deber ser, requiere discutir qué se hace en términos de decisiones y de prácticas institucionales. La adquisición formal de ciudadanía no garantiza una ciudadanía práctica, la que muchas veces está más determinada por el acento al hablar o por el color de piel que por la condición legal o formal. La diferencia entre ser “ilegal” o ser “residente” no cambia necesariamente el modo en que una persona es tratada.

NO ES SÓLO COSA DEL PASADO

Las actitudes hostiles hacia los inmigrantes no son nuevas en los servicios públicos costarricenses. Steven Palmer relata que en 1897 se prohibió el ingreso a Costa Rica de población china, árabe, turca, siria, armenia y gitana. Y que en 1908, el Presidente Cleto González Víquez explicó al Congreso que aceptar inmigrantes podría incrementar la población con “indeseables”, lo que demuestra que la repulsión hacia los originarios del mundo árabe y oriental es bastante anterior al 11 de setiembre 2001 y a la guerra contra Irak. ¡Nosotros ya odiábamos a Saddam Hussein sin conocerlo!

Las referencias xenófobas no son sólo un asunto del pasado. Hasta 1996, por ejemplo, estaba prohibida la entrada a Costa Rica de población con “deficiencia mental, discapacidad, padecientes de enfermedades transmisibles, prostitutas y quienes carezcan de profesión u oficio”. La Ley 7600, Ley de igualdad de oportunidades para personas con discapacidad, abolió estas disposiciones. En la actual versión de la Ley de Migración y Extranjería, aún tienen impedimento de ingreso las personas portadoras de enfermedades infectocontagiosas. Por otra parte, el reconocimiento de los indígenas como “ciudadanos” ocurrió apenas en 1993. Previamente, no poseían cédulas de identidad y su ciudadanía estaba muy disminuida. Actualmente, el reconocimiento formal no ha mejorado sus condiciones materiales de vida.

UN “SECRETO DE FAMILIA”

Estos ejemplos y de seguro otros despiertan entre nosotros una sensación extraña: un país que se imagina “excepcional”, “único”, “democrático” tiene facetas sombrías. Y entonces surge la duda de cómo, pese a estos rasgos, se ha constituido el “excepcionalismo costarricense” y la necesidad de saber cómo hemos llegado a representarnos así y, aún más importante, cómo podríamos dejar atrás estas imágenes. Se trata de algo así como de esos secretos de familia que se guardan celosamente para evitar el qué dirán, pero que tarde o temprano se conocen. El análisis histórico y el análisis más volcado hacia el presente tienen retos similares. Y uno de estos retos es precisamente hurgar en nuestra institucionalidad de modo que podamos ser más autocríticos de nuestra propia formación como nación.

MÁS CONTROL, MÁS RESTRICCIONES

Iniciativas recientes por reformular la Ley de Migración y Extranjería repiten estigmas que se esperaría no estuvieran ya presentes. Incluso iniciativas de ley que no afectan las disposiciones de fondo de la política migratoria son argumentadas con un tono abiertamente hostil. La clase política difunde y reproduce estigmas de manera más explícita de lo que se podría esperar.

La diputada -durante el período 1998-2002- Joycelyn Sawyers escribió en los considerandos para modificar la Ley de Migración: “En la actualidad el tema migratorio cobra mayor importancia en la agenda nacional, tomando cada vez más la categoría de conflicto político-social, que está afectando y enfrentando a distintos sectores de nacionales y extranjeros que conviven en un mismo espacio geográfico. El éxodo masivo de extranjeros hacia nuestro territorio nacional, y el consecuente aumento de extranjeros que residen ilegalmente en el país, frente a la imposibilidad del Gobierno de la República de dar respuestas adecuadas, es el elemento que está volviendo el problema migratorio más visible y preocupante que en otras épocas, con el agravante de las repercusiones que este fenómeno está produciendo en sectores como la economía, el empleo, la seguridad, la salud, la educación, etc. Así las cosas, si bien es cierto estas amnistías migratorias pueden catalogarse prácticamente como “males necesarios”, en virtud de la incapacidad del Estado de mantener un control eficaz sobre los extranjeros ilegales, o incluso por otras circunstancias especiales de carácter externo, consideramos que deben regularse de manera más restrictiva”.

EL MIEDO AL “CONTAGIO”
Y EL ESTIGMA ENCUBIERTO

En 2001, el entonces Presidente Rodríguez Echeverría, presentó un nuevo proyecto de Ley de Migración. Algunas disposiciones del proyecto son preocupantes. Una de ellas es la que reproduce la prohibición de la Ley vigente en el sentido de que una persona portadora de una enfermedad infectocontagiosa tiene impedimento de entrada cuando ello “pueda representar un riesgo para la salud pública”. Asimismo, tienen impedimento de entrada quienes hayan sido condenados o procesados por delitos comunes con penas superiores a los tres años.

¿No será esta mención a las enfermedades infectocontagiosas la forma jurídica de un discurso también presente en los medios de difusión a través del cual se crea un miedo al “contagio”? De igual modo, ¿impedir el ingreso de una persona ya juzgada no sería condenar a una persona dos veces por un mismo delito? No se trata de desconocer la importancia de velar por los intereses colectivos. Lo preocupante es que ciertas prohibiciones se fundamenten en estigmas, lo que podría violentar libertades individuales.

“NO LE COMPRE,
NO LE VENDA, NO LE HABLE”

Es rescatable que en este proyecto de ley se tipifiquen los trabajadores transfronterizos y estacionales como categorías especiales. Sin embargo, para los trabajadores estacionales se establecen restricciones que en principio podrían ser violatorias de la libertad de movimiento y que, además, serían muy difíciles de fiscalizar. El artículo 77 dice, por ejemplo: “Los trabajadores estacionales sólo podrán desarrollar actividades laborales remuneradas por cuenta ajena, en los términos, condiciones, zonas y para los patronos que autorice la Dirección General, con base en las recomendaciones del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, que definirá, además, las actividades de carácter estacional y determinará el contingente de trabajadores estacionales que se requieran”.

Los artículos 88 y 162 establecen que una persona deportada o expulsada del país tendrá también impedimento de entrada por diez años. Desde el punto de vista práctico tampoco tiene mucho sentido, pues la inmigración nicaragüense tiende a ser circular, las personas vienen y van con mucha frecuencia. Entonces, ¿qué sentido tiene imponer prohibiciones de diez años?

Los artículos 152 y 157 establecen que ninguna persona física o jurídica puede dar trabajo o alojamiento a una persona ilegal. Tampoco se le puede dar un empleo no autorizado. Uno se pregunta si esto no será la versión jurídica de la consigna “No le compre, no le venda, no le hable”, empleada en otros tiempos en referencia a otros grupos estigmatizados.

¿LOS NICAS SON RESPONSABLES?

En 2003, el Ministro de Seguridad Pública Rogelio Ramos presentó una nueva versión de proyecto de Ley de Migración y Extranjería, que sustituye el anterior. En su comparecencia ante la Comisión Permanente de Gobierno y Administración, en febrero, el Ministro justificó la importancia del proyecto en los siguientes términos:

“En primer lugar, en el Gobierno de la República elaboramos y adoptamos el Plan nacional de seguridad integral y participación ciudadana, que es la guía que opera alrededor de todo nuestro trabajo en este campo. Ahí se señaló, como objetivo específico del Ministerio de Seguridad Pública, ejercer un estricto control sobre los movimientos migratorios, para que éstos contribuyan al desarrollo sostenible del país”. Existe, pues, la presunción que las migraciones afectan la seguridad.
Durante la comparecencia del Ministro, el diputado Luis Angel Ramírez manifestó: “La última cifra que me envió el señor Director de Migración es que tenemos aproximadamente 279 mil nicaragüenses residentes, pero puedo decirles que en el 2001 Costa Rica gastó en salud, para los nicaragüenses 11 mil millones de colones.

¿Qué hacemos? ¿Una campaña para que no vengan? ¿No darles atención en salud o un control migratorio?”
El diputado Ramírez vincula el número de nicaragüenses al gasto en salud por parte del Estado costarricense, pese a que es conocido que el mayor debilitamiento de la Caja Costarricense del Seguro Social proviene de la disminución de la inversión en equipos e infraestructura, así como de la crónica morosidad patronal, tanto privada como pública.
Los argumentos no son nuevos, lo que sí llama la atención es que un ministro y un diputado repitan argumentos que responsabilizan a la comunidad nicaragüense por el deterioro de la seguridad y de la salud. En un contexto en el que las narrativas de la nacionalidad se han debilitado y en el que las figuras políticas arrastran un considerable descrédito, el tema de la inmigración tiende a convertirse en uno de los pocos tópicos que permiten articular a “la nación”.

¿CÓMO PENSAR LA CIUDADANÍA
MÁS ALLÁ DE LA NACIONALIDAD?

Los modos de plantear el vínculo entre servicios y políticas públicas e inmigración parecen suponer que la condición de ciudadanía viene dada por la nacionalidad. En este contexto, un reto crucial es cómo pensar la ciudadanía más allá de la nacionalidad. Es frecuente que la ciudadanía se infiera del compartir la nacionalidad del país en que se habita. No es una casualidad que el trámite para adquirir una nueva nacionalidad se denomine, por ejemplo, tanto en castellano como en inglés, “naturalización”: volverse natural del país en que se vive.
La identificación de nacionalidad y ciudadanía se ha vuelto más problemática hoy, dada la creciente movilidad de las personas, rasgo característico de nuestro tiempo, en el que crece el tránsito de capitales, de mercancías y de productos culturales. Hoy es accesible a muchos el invertir en bancos extranjeros, el comprar a través de Internet o el pasar muchas horas viendo televisión por cable. Capital, producción y cultura parecen circular sin mucho problema. Y los abanderados de esta apertura son, con frecuencia, quienes abanderan el endurecimiento de las políticas migratorias para restringir la movilidad de las personas.

CRECIENTE MOVILIDAD HUMANA

Cada vez con más frecuencia las personas viven en países diferentes de los que nacieron. Cada vez más viajan de un país a otro. Cada vez más son muchos los que viven en un país con referentes culturales en su país de origen. Estas nuevas realidades han conducido a una búsqueda conceptual.

Algunos hablan de “modernidades no residentes”, un concepto que surge, sobre todo, a partir de la experiencia de la diáspora de la India, viviendo en diferentes países pero asociada a su origen. En Centroamérica ocurre algo semejante. Se estima, por ejemplo, que alrededor de un 25% de la población de El Salvador -unos 2.7 millones de personas- vive fuera de su país, especialmente en Estados Unidos.

En Centroamérica, detrás de la movilidad de las personas hay incontables historias de pobreza. En nuestra región, como en tantas otras del planeta, quienes deciden dejar sus países para conocer el mundo y su diversidad e intentar volverse cosmopolitas siguen siendo una minoría.

¿DÓNDE ESTÁ MI HOGAR?

Otros enfoques insisten en la necesidad de ir más allá de la ciudadanía formal para pensar una ciudadanía multicultural: reconocimiento de todos los ciudadanos como poseedores de iguales derechos como individuos y con diferentes necesidades y deseos como miembros de grupos con características y situaciones sociales específicas. Tanto desde esta idea como desde la perspectiva de las “modernidades no residentes”, el desafío es cómo construir “comunidades en diferencia”, para las cuales valores como la equidad, la solidaridad y el respeto, más que las narrativas de pertenencia nacional, sean fundantes de la convivencia social.

Desde luego, uno de los tantos retos es cómo compartir esta discusión con quienes formulan políticas públicas y son responsables de brindar servicios públicos. Es indispensable reconocer que cada vez con más frecuencia hay miles de personas que, como dice la canción, no son de aquí ni son de allá; que no se sienten de ningún lugar.

Ellos y ellas hablan desde los intersticios de diferentes culturas, siempre interpretando nociones de una cultura desde nociones de otra, buscando formas de ser como los otros y al mismo tiempo diferenciándose de ellos.

¿CÓMO IR MÁS ALLÁ DE NUESTRO EXCEPCIONALISMO?

El panorama no es precisamente el más alentador. Sobre todo porque junto con la movilidad alentada por los cambios económicos, hay una sensibilidad política muy hostil. Llevamos varios años de ideologías neoconservadoras y neoliberales. En términos de cultura, estas políticas e ideologías han generado lo que en inglés se llama backlash, un retroceso respecto a conquistas alcanzadas en décadas anteriores. Las políticas de ajuste estructural neoliberales son criticadas ya desde las más diversas perspectivas. Sin embargo, el viraje neoconservador en temas de inmigración goza de muy buena salud. Legislaciones y políticas públicas que no atiendan estos nuevos tiempos aportarán poco, pues como apuntó uno de los millones de turcos que viven en Alemania: “El hogar está donde quiera que usted tenga trabajo”.

En el caso particular de Costa Rica estaríamos frente a un doble desafío. El primero consistiria en preguntarse cómo estas perspectivas criticas del excepcionalismo constarricense podrían trascender los circulos académicos.
El malestar con el “excepcionalismo costarricense” no es exclusivo del debate intelectual. Diversas culturas juveniles, que por lo común se expresan en la música, muestran diferentes formas de descontento. Grupos ska como “El Guato”, entre otros, lo han hecho patente.

Un segundo reto, seguramente más complejo, implica interrogarnos si la alternativa consistirá en formular una nueva iconografía y mitología nacionales o bien imaginar la nación y el estado en términos de una nueva cultura política basada en la equidad, la solidaridad y el respeto, lo que parece más difícil, pero más promisorio. Requerimos subvertir las ideologías que discuten los problemas de la sociedad costarricense en términos de nación. Hemos de explorar por qué, por ejemplo, aumenta el abstencionismo electoral, por qué se incrementa la concentración del ingreso y existe un deterioro de la infraestructura y los servicios públicos, para citar tres de los cambios más prominentes de la sociedad costarricense en la transición del siglo XX al siglo XXI, y qué implicaciones tendrá esto en el futuro.

¿IDEOLOGÍA NACIONALISTA
CONTRA LA PRIVATIZACIÓN?

Al tiempo que se plantea la necesidad de deconstruir el imaginario nacional que ha reforzado el excepcionalismo y el narcicismo nacionales, surge también la urgencia de defender la institucionalidad pública bajo riesgo de privatización.

Con frecuencia se identifica la defensa de las instituciones públicas con la protección de los intereses nacionales. El neoliberalismo privatizador conduce a los sindicatos y a otras organizaciones hacia una política defensiva en la cual la única opción que va quedando es resistir la privatización desde argumentos nacionalistas, que invocan, paradójicamente, “el excepcionalismo costarricense”. No parece quedar claro cómo elaborar un discurso sobre la institucionalidad pública sin referencias nacionalistas. El mejor ejemplo nos lo brindan las telecomunicaciones, cuya defensa movilizó a miles de personas en el año 2000 y obligó al Presidente de la República, Miguel Angel Rodríguez, a rectificar su decisión de privatización.

Ciertamente, las instituciones públicas han sido decisivas para una mejor calidad de vida en Costa Rica y su deterioro ha colocado a importantes capas sociales bajo el riesgo de exclusión social. El deterioro de los servicios públicos y el decaimiento de la inversión pública es usualmente representado no como una consecuencia, entre otros factores, de las políticas neoliberales, sino como resultado de la inmigración de nicaragüenses en Costa Rica. Un desafío mayor parece ser el preservar y eventualmente reforzar las instituciones públicas sin fortalecer ideologías nacionalistas que han sido la materia prima para la hostilidad y la xenofobia hacia los inmigrantes, particularmente los nicaragüenses. La defensa de la institucionalidad pública y el forjamiento de nuevas solidaridades son, hoy por hoy, dos grandes retos de una misma época.

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