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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 160 | Junio 1995
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Nicaragua

Sandino: una luz, una brújula, un desafío

A 100 años del nacimiento de Sandino, un 18 de mayo de 1895, no se trata de recordarlo por nostalgia u obligación. Los sandinistas reinvocan a Sandino urgidos de pistas ante la oleada neoliberal y la crisis de la izquierdas.

Alejandro Bendaña

“Hay que valorar bien lo que significa una conmemoración nacional de Sandino. Es bastante lo que podemos celebrar este año todos los nicaraguenses sin distingos políticos. Celebrar el símbolo de Sandino, su ejemplo de arrojo y valentía, su patriotismo inclaudicable, su condición de héroe nacional, su capacidad de creer y generar fe en la causa de la soberanía nacional, y a partir de esa fe y fuerza moral enfrentarse como David contra los invasores. La personificación de la dignidad de Nicaragua.

El Sandino que todos llevamos dentro

No se necesita ser sandinista para conmemorar a Sandino, para sentir y exigir respeto para Sandino, para recordar a aquello pobres valientes soldados, hombres y mujeres, que le permanecieron fieles a través de los años y las penurias, de los bombardeos y del frío, en las montañas de Las Segovias.

¿Cómo no sentirnos orgullosos de un patriota que pudo capturar la imaginación y el respeto de la nueva generación latinoamericana de su tiempo, ameritando el reconocimiento de los pueblos y de la intelectualidad mundial, incluyendo a la de Estados Unidos? Sandino y su pequeño ejército loco hicieron resplandecer a Nicaragua. Fue la primera vez -pero no la última- que el nombre de Nicaragua se confundió con el de Sandino en la imaginación y el corazón de tantos ciudadanos conscientes en tantas partes del mundo.

Sandino permanece en nosotros. Porque en el momento en que el nicaragüense siente la imposición o la humillación externa, el racismo o el desprecio, el despojo de nuestra riqueza, el menosprecio de nuestras capacidades, en ese momento se nos sale el Sandino que todos llevamos dentro, llamémonos o no sandinistas. Mientras ése sea el caso, habrá esperanza para la patria de Sandino.

Pero si a todos los nicaragüenses podemos pedir respeto al símbolo de Sandino, a los que tenemos el atrevimiento de llamarnos sandinistas se nos pide algo más: se nos pide fidelidad al pensamiento de Sandino. Esto no es tarea fácil, ya que no es una tarea de lectura. Sandino no fue ni un pensador ni un "intelectual" de escritorio. No nos legó volúmenes nítidamente impresos de discursos, artículos, ensayos o disquisiciones filosóficas. Pero esa persona que no pudo terminar la secundaria, hizo un esfuerzo extraordinario para desarrollar una visión propia del mundo. No podemos decir que llegó a articular una ideología o filosofía pura o propia. Y eso no es una crítica, sino característica de los grandes líderes a lo largo de la historia, que si se hubieran dedicado a buscar la perfección teórica quizás no hubieran llegado a ser líderes.

Aprendiendo de la Revolución Mexicana

El pensamiento de Sandino lo captamos a partir de su vida. No únicamente con el intelecto y la razón, sino también con el corazón y la mística. Lo asimilamos en parte como lo pudo asimilar el pueblo de Las Segovias, que a duras penas conocía las letras y que en su mayoría no conoció personalmente al General, pero que pudo interpretar y heredar la mística sandinista.

Mística no es lo mismo que misticismo, porque las ideas de Sandino tuvieron un asidero racional. Fue Sandino el que introdujo a Nicaragua las ideas sociales más avanzadas y revolucionarias de la época, traduciéndolas a la realidad de Nicaragua. Las había asimilado en México, durante la Revolución Mexicana. No en los salones literarios ni en las universidades, sino como mecánico en los campos petroleros de propiedad norteamericana. Como obrero organizado que recibió una educación política en la ideología sindicalista, también conocida como anarco sindical, socialista libertaria o comunista racional, enmarcada a su vez en el orgullo étnico tan característico de la Revolución Mexicana y de esa nueva generación de latinoamericanos.

En junio de 1927, días antes de atacar Ocotal, Sandino le escribe al Jefe Político de esa localidad: "Bendigo la hora en que emigré a un país donde apagué mi sed de enseñanza bebiendo en nuevas ideas, templé mi espíritu acrisolado en el sentimiento de amor patrio. No quiero decirle que fui a Europa buscando escuela de héroes, aprendiendo en ella cómo se forjan, pues estemos persuadidos, mi buen amigo, que los héroes se improvisan por las circunstancias del momento y siempre surgen de la clase del pueblo, mayoritariamente en la raza indo hispana".

Buena definición del sandinismo: la capacidad popular de improvisar héroes. Pero si de la inspiración surge esa capacidad, los enemigos de la clase del pueblo tenían que terminar tanto con Sandino como con la inspiración, tanto con el pensador como con el pensamiento, una y otra vez a lo largo de casi siete décadas. El primer Somoza, después de matar a Sandino, destruye el archivo del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua, ese archivo que Sandino llamó su "tesoro moral". Tratando de rematarlo, Somoza García mandó a escribir aquella diatriba antisandinista, "El Calvario de las Segovias". Y Somoza Debayle manda a re editar en 1976 el mismo libro en otro intento de matar el legado de Sandino, que seguía viviendo y combatiendo en la fuerza organizada del Frente Sandinista.

Ahí está la sabiduría de Carlos Fonseca, que siempre insistió en la necesidad de estudiar a Sandino. Fonseca nos señaló y nos señala: "El inagotable caudal patriótico y revolucionario de Sandino nos facilita a veces extraer las ricas lecciones propiamente políticas que ellas contienen".

Patriótico y revolucionario. Son inseparables las dos condiciones, porque allí también está la esencia del sandinismo. Por eso es que Sandino tiene que formar parte del análisis y de la acción que de los sandinistas exige la nueva etapa que vive Nicaragua. En la época de Carlos, como en la nuestra, se plantea como una tarea inexcusable hacer la reflexión crítica sobre la tradición histórica, y concretamente la necesidad de alimentarnos teórica e ideológicamente de la obra de Sandino, reconstruyendo la originalidad de su pensamiento, contando ahora, como no pudo contar Carlos, con nueva documentación sobre Sandino, pero también con nuevas preguntas.

Una indudable convicción socialista

Para los sandinistas no se trata de conmemorar a Sandino por nostalgia, por añoranza, o como una efemérides obligatoria. Reinvocamos a Sandino por necesidad, urgidos de pistas para mejor ubicarnos ante la oleada neoliberal y la crisis en las izquierdas. Retomar a Sandino porque la incomprensión del presente y la falta de visión de futuro muchas veces nace de la ignorancia del pasado. Porque en el pasado están las raíces que permitirán al tayacán sandinista aguantar la tempestad momentánea del presente para seguir creciendo en el futuro.

Pero es también a través del presente que volvemos a descubrir el pasado. Si reflexionamos sobre la historia del sandinismo a la luz de Sandino, pero también a partir del fracaso del modelo socialista estatista o del modelo neoliberal capitalista, encontraremos en el pensamiento de Sandino no recetas ni programas precisados para el futuro, sino pautas. Porque Sandino, desde la perspectiva humanista y patriótica indispensable, desarrolló un pensamiento crítico, tanto de la deshumanización capitalista como del modelo de socialismo autoritario que ya se perfilaba en su época. Y lo hizo desde una convicción socialista de la que no puede caber duda, que él mismo admite en varias ocasiones, y que está latente en el análisis y estrategia que Sandino hace de su lucha y en cómo la ubica en la historia universal.

El radicalismo social de Sandino no provino de Moscú, sino de México, y no de los textos y tomos, sino de su condición de obrero y mestizo sediento de conocimiento, miembro sindicalizado del gremio de los obreros del petróleo, quizás el gremio obrero más radicalizado de América Latina. Fue altamente influenciado por el socialismo libertario de los anarco sindicalistas, que básicamente aceptan el análisis marxista de la historia y del capital, pero se apartan de las prescripciones codificadas y canonizadas sobre el partido y el Estado. Una corriente política que se caracterizó no por ser una doctrina, sino una actitud.

Sandino nunca ocultó su convicción antiimperialista ni su fe en el papel protagónico de la clase trabajadora. Su visión es nacional, pero principalmente a partir de los intereses y necesidades de la clase popular, de la mayoría del país. Nunca dijo que sólo los burócratas y los iluminados llegarán hasta el final.

Ni dictadura del proletariado ni del capital

Debemos resguardar a Sandino de quienes pretenden separar la persona de la convicción revolucionaria. Pero antes nos tocaría preguntarnos si nosotros como Frente Sandinista hemos sido fieles al pensamiento de Sandino. No basta aquí con proclamarnos socialistas, sino reflexionar sobre el socialismo de Sandino, que siempre veneró la libertad individual. Recordar al Sandino que guardó su distancia de todo proyecto político de izquierda o de derecha que antepusiera el Estado o los partidos políticos a la libre expresión y al libre desarrollo de la persona. Su socialismo es tan ajeno a la dictadura del proletariado como a la dictadura del capital, tan adverso a la plutocracia como a la partidocracia. Un socialismo que nunca se prestó al anti comunismo, pero que tampoco hizo apologías del autoritarismo de izquierda y que incluso rompe con el movimiento comunista oficial cuando éste insistió en bajarle líneas.

Porque Sandino no aceptaba modelos mecánicos importados de otras latitudes. Asimila cuanto puede, pero hace una exigencia permanente de la autodeterminación y de la libertad individual en los terrenos más diversos, desde la autogestión económica hasta el federalismo político, junto con la fe en la cultura indígena campesina como instrumento emancipador y con la propiedad colectiva como forma superior de organización socio económica.

A la vez, Sandino respeta y defiende al pequeño propietario, al pequeño capital, incluso al capital extranjero. Nada de esto es incompatible con su visión y proyecto popular y con su compromiso de clase. Lo único que exige es respeto a la dignidad de la nación y del trabajador. Por ejemplo, el 29 de abril de 1928 Sandino mandó a quemar la mina La Luz y los Angeles, propiedad de un norteamericano, pero también se tomó la molestia de escribirle al gerente: "Los capitalistas serán apreciados y respetados por nosotros, siempre que se nos trate como iguales y no en la forma equivocada que hoy lo hacen, creyéndose amos y señores de nuestras vidas e intereses".

De la lucha popular no quedaban excluidos los patriotas de otras extracciones sociales. Sandino habla de sus hermanos en la patria, de la gran familia nicaragüense. El 1 de octubre de 1932, envía lo que llamaba "Circular a todas nuestras autoridades" que eran tanto civiles como militares , en la que explica con enorme sencillez y sabiduría: "Téngase presente que la reunión de muchas familias de distintos apellidos en una región forma lo que se llama patria. La Patria de nosotros, por ejemplo, se llama Nicaragua. El Presidente de la República es un servidor del pueblo y no es amo, ni patrón tampoco". Entendemos a partir de esto que el nacionalismo en Sandino, la identidad nacional de Nicaragua, o se fundamenta en la democracia o no es nacional ni patriótica.

Un maestro espiritual más que un caudillo

Pero hay otra dimensión del socialismo de Sandino en la que hay que hacer hincapié, precisamente porque en el pasado los sandinistas no siempre la supimos valorar ni practicar: la presencia de la espiritualidad, la ética y la moral en la lucha y pensamiento de Sandino.

Para Sandino la emancipación también es espiritual y ética. Desde joven emprende la búsqueda de la verdad que explicara la razón del sufrimiento propio y ajeno. Buscaba entender, como él decía, "las relaciones más profundas de las cosas, leyendo todo lo que a mi juicio es moral e instructivo". Sandino incursionó profundamente en el campo de la filosofía buscando siempre la superación personal y el significado de la vida.

Los que le conocieron llegaron a decir que Sandino tenía "mucho de Trotsky y algo de Asís". Un periodista norteamericano afirmó: "Hay algo religioso en la ideología de este hombre". Otro que lo entrevistó, observó: "La impresión que da el General Sandino, lo mismo en su aspecto que en su conversación, es de una gran elevación espiritual". Y otro dijo: "El General Augusto César Sandino no es sicológicamente un caudillo. Presenta más perfil de apóstol. Es un convencido que persuade, no es un creyente que impone."

La gran mayoría de los miembros del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua nunca lograron conocer a Sandino en persona, pero le fueron leales hasta la muerte, viendo en él no sólo al dirigente militar sino también al maestro espiritual. Las palabras de Sandino llegaban a la tropa en comunicaciones regulares escritas desde el Cuartel General del Chipote. En una carta que envía al Coronel Inés Hernández Gómez y al Sargento Mayor Ladislao Palacios, del segundo destacamento del EDSNN les dice: "Nuestra conciencia debe de ser nuestra mejor consejera y por esta razón es algo bueno ponerse a pensar, aunque sea una vez por semana, en todo lo bueno y malo que hemos hecho y observar el futuro de las cosas, de manera de evitar caer en el abismo si hemos iniciado ese camino".

Las referencias a Dios figuran a menudo en sus palabras. Algunas son las mismas que repite nuestro pueblo: "Dios es el que dispone de nuestras vidas", "Dios me los lleve con bien", "Ganaremos, Dios mediante", "Dios y las montañas son aliados nuestros". Todo ello en contraposición de lo que él llamaba el "Dios oro", venerado por los banqueros de Wall Street, los marines y los vendepatrias.

Una revolución es siempre religiosa

Para Sandino la política no es separable de la fe ni de la ética. Sandino cree en Dios y cree en Jesús, pero sin considerarse católico ni cristiano. Sabía bien que una revolución es siempre religiosa, aunque se proclame atea. Que no puede haber conciencia sin ciencia, pero tampoco ciencia sin conciencia, porque eso era "la ruina del alma", como decía Rabelais.

Sandino tiene fe, no en la religión institucionalizada, sino en la religión que responde a la exigencia espiritual de toda persona o de un pueblo. En la redención del hombre, la mujer y la sociedad a partir de la fuerza de Dios, que él llama Amor, que él llama Divina Justicia, y que es implacable. En la liberación no a partir de una inspiración divina o de la aparición de algún Mesías, sino a partir de la conciencia. Sandino le explicaba a su tropa: "No hacen falta los redentores, la persona es capaz de redimirse a sí misma".

Para Sandino la liberación de la patria pasa por la liberación del individuo, por el desprendimiento de vicios, por el amor a la comunidad, que es también identificación con otros pueblos en lucha. Frente a la vida, Sandino exalta la importancia de la energía personal, de la fe, del optimismo, de la voluntad, de la conciencia étnica, de la juventud y de las nuevas generaciones, cuenta con la mística revolucionaria. El sandinismo encierra por esto posibilidades de superación moral, espiritual y material.

Por eso es que Sandino no visualiza la finalización de su lucha con el retiro de los marines. Su insistencia es en los valores libertarios. No está aferrado a la lucha armada. Hacia 1933 comienza a organizar las cooperativas y está más obsesionado con la paz, al punto de asumir riesgos que le hicieron caer en la trampa mortal que le tendió Somoza. "Tenemos que seguir luchando dijo aunque sea por otros medios".

Sandino sigue siendo el camino

La lucha de Sandino no es simplemente contra la intervención extranjera o la guardia nacional, sino contra la hipocresía de quienes utilizan valores morales, religiosos, patrióticos, culturales y tradicionales para encubrir privilegios de clase antinacionales, mancomunados al poder del imperio. Pero en su lucha no recurre a la demagogia y a la mistificación, sino que mantiene la mira en la construcción de un hombre nuevo en una patria nueva lo uno no se entiende sin lo otro , con verdadera igualdad de oportunidades morales y materiales para todos los nicaragüenses, y no para unos pocos. Creación heroica de un socialismo nicaragüense, despojando a la derecha de su pretendido monopolio sobre los valores de patria, familia y espiritualidad.

Para Sandino no podían ser verdaderos nicaragüenses ni verdaderos creyentes en Dios los vendepatrias y los agentes criollos del poderío financiero y militar de Estados Unidos. ¿Qué hubiera dicho de los vendeTelcor y de los nicaragüenses que se escudan en los poderes externos para imponer sus privilegios? ¿Qué hubiera dicho del atropello de los trabajadores de La Fosforera para darle gusto a los súbditos de otro país , o de los que invocan la necesidad de recurrir al Dios oro aunque esto signifique entregar la conducción económica y los patrimonios del país?

Sandino sigue siendo el camino. Apuntó y apunta a la posibilidad de un socialismo nuevo, ético, humanitario, y nicaragüense, pero a la vez universal. Nos legó el reto de construir un movimiento político que trascienda los límites tanto del socialismo autoritario como de la socialdemocracia, por no decir del capitalismo salvaje. Y en esa tarea, el reto de hacerse acompañar por y desde el pueblo, inspirando e interpretando la reflexión política y espiritual popular. El reto de responder a la demanda de coherencia y autenticidad sustituyendo los acomodos pasajeros o electorales. Ser sandinista exige una visión crítica del pasado, pero también inspirarse en él para construir una visión común de futuro, del sandinismo del futuro, para poder responder a esa sed de comunidad, de transformación y de visión de futuro. Ni el dolor del pueblo ni la naturaleza radical del régimen imperante admiten planteamientos blandengues o cupulares. Tenemos que impedir la deshumanización de la política y no formar parte de ella.

Sin Sandino no hay renovación sandinista

En esta batalla desigual, la memoria histórica de Sandino figura como un arma indispensable para hacer frente a estos peligros, de igual manera que Sandino empuñó la memoria de Benjamín Zeledón. La identidad sandinista no puede estar basada exclusivamente en los símbolos del pasado, pero tampoco es cuestión de borrón y cuenta nueva. Porque las ideas y la sangre no son borrables, porque constituyen una luz indispensable para profundizar nuestro conocimiento del camino sandinista.

Se podrán acomodar algunos. No todos pueden ser revolucionarios. Deberán, sí, ser respetados, así como Sandino pudo respetar a los que no pensaron como él pero supieron demostrar inconformidad patriótica. Pero no podrán ser sandinistas, por la sencilla razón que sin Sandino no hay sandinismo, mucho menos renovación sandinista. La izquierda sin socialismo es izquierda desclasada y descafeinada, es ex izquierda, es derecha.

Dicen que se puede interpretar indistintamente a Sandino, pero Sandino y la historia también nos interpretan a nosotros. Con el calificativo de sandinistas no podemos ser tan generosos porque es un patrimonio de los verdaderos seguidores de Sandino. Podrán ser simpatizantes respetables, pero no sandinistas. Porque en el tiempo de Sandino también estuvieron presentes los simpatizantes respetables, pero no sandinistas. Porque en el tiempo de Sandino, también estuvieron presentes simpatizantes en la llanura con los que Sandino siempre mantuvo una comunicación correcta , que le mandaban a decir que su lucha era muy noble pero no era viable; que su patriotismo estaba fuera de duda, pero que su vocabulario era demasiado altisonante y no inspiraba confianza en otros sectores y en otros gobiernos; que su lucha era muy valiente, pero irrealista su insistencia en el retiro total de los interventores; que había que ajustarse a los nuevos tiempos y formar parte del esquema institucional intervenido.

Con cortesía, conciencia y corazón, Sandino dijo que no, tal como el sandinismo debe decir no a la nueva ortodoxia de la derecha que dice que no es derecha , al nuevo fundamentalismo que dice que no es ideología a la izquierda capituladora y descafeinada y a todos los que dictaminan aceptan el dictamen que dice que hay que resignarse a vivir bajo el imperialismo neoliberal aceptando la comercialización de la política y de la moral. No a los que repiten que no hay posibilidad de lucha contra una derecha mundial entronizada en el poder, que hay que entregar pedazos de la patria, que en el mundo ya no hay otro tipo de economía u otro tipo de política, que hay que dejar de pensar y luchar.

Sandino nunca dejó de pensar y luchar, y de hacerlo de manera radical si los contrincantes se lo imponían. Y Sandino no le tuvo miedo a la palabra radical. Radical significa ser racional y directo en la búsqueda de la paz social, significa dirigirse a las raíces de un problema y no sólo a sus síntomas. Sandino supo que en la lucha contra la injusticia no se podía ser moderado. Y por eso el sandinismo tiene un quehacer radical, en el sentido más profundo, humanista y comprometido de la palabra.

La innovación sandinista

Sandinismo significa la reapropiación constante, creativa y dinámica del socialismo ético de Sandino. Sandinismo significa innovación desde adentro, desde la izquierda, a partir de la articulación de ideas nuevas, y no renovación desde afuera, desde el anti socialismo, con la reintroducción de viejas ideas de la derecha.

Sandino significa la creencia en el hombre y mujer como personas, y no la conquista de las masas o de electorados. Significa compulsión moral y no urgencia electoral. Significa ser como el General, que quiso tanto a Nicaragua que no quiso ser Presidente, ni Ministro ni Diputado. Significa poder decir no a los privilegiados y también a los privilegios. Significa pertenecer con orgullo a la izquierda, fuente de cuanto pensamiento humanista ha arrojado la historia moderna. Significa sentir la solidaridad con quienes sufren en cualquier rincón de la tierra, en Cuba, Chiapas, Chechenia o Bosnia.

Sandinismo significa el derecho de nuestros hijos a compartir el sueño de Sandino, el derecho de imaginarnos esa patria nueva sin hambre y sin miseria, sin intervención, como se la imaginó Sandino. Porque al fin y al cabo, el día que dejemos de soñar, de tener fe en la construcción de esa alternativa de dignidad, el día que permitamos que una nueva generación olvide a Sandino, ese día la alternativa de dignidad habrá dejado de existir. No, no es éste el discurso de los años ochenta. Es el discurso de hoy, de mañana, de siempre. Es el discurso de Sandino”.

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