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  Número 257 | Agosto 2003
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Nicaragua

“En Bluefields convivimos con la droga”

Moisés Arana, Alcalde de Bluefields, enfrenta en la capital de la Región Autónoma del Atlántico Sur una situación compleja y alarmante, ante la que se siente impotente y desbordado. Compartió sus preocupaciones con Envío, en una charla que transcribimos.

Moisés Arana

La Alcaldía de Bluefields abarca 5 mil kilómetros cuadrados y tiene más de 50 mil habitantes. Conviven en Bluefields seis etnias, lo que nos enriquece culturalmente, aunque esto también multiplica nuestras dificultades. Predomina en la población de todas las etnias una muy baja autoestima en relación con la población del Pacífico. El incremento de oleadas de población mestiza que llegan al Atlántico Sur, por razón de la expansión de la frontera agrícola, ha incrementado la rivalidad entre las etnias, lo que genera niveles de violencia nuevos y preocupantes. La transformación de la Costa Atlántica vendrá por la aplicación integral, en lo económico, en lo político, en lo social y en lo cultural, de la Ley de Autonomía, que está llamada a reivindicar el valor de las identidades costeñas.

En el Pacífico, los blufileños tenemos la fama de ser los más activos traficantes de droga del país. Lamentablemente, tenemos también otros primeros lugares nacionales de los que se habla mucho menos. Tenemos el primer lugar en madres adolescentes de 15 años o menores. Es pública la abundancia de chavalitas de cuatro-seis años a quienes los taxistas pagan dos-tres córdobas para que les hagan el sexo oral.

Tenemos el primer puesto nacional en consumo de alcohol y en número de cantinas. Tenemos el segundo puesto en población afectada con el VIH sida. Y desde los años 70 ostentamos el primer puesto nacional en enfermedades venéreas. También tenemos uno de los primeros puestos, si no el primero, en número de templos y de iglesias, realidad en la que se expresa el predominio de un concepto muy religioso de la vida. Muy religioso, aunque muy poco cristiano.

De mucho rito y muchos rezos, pero con muy poco compromiso social, sin solidaridad. Varias veces me he reunido con representantes de todas las iglesias, con sacerdotes, religiosas y pastores de todas las denominaciones, para compartir con ellos mi preocupación por estos graves problemas sociales y ver qué podemos hacer juntos. Quedan escandalizados y dicen: “No sabíamos”. Pero después que saben, nada sucede, nada cambia. Ante las graves realidades sociales de Bluefields, los sectores religiosos mantienen silencio y distancia, una suerte de doble moral.

Con la droga ya nos hemos acostumbrado a convivir. En la mayor parte de las comunidades de Bluefields no existe un solo policía. Esto facilita el tráfico de drogas. Y en las comunidades donde hay policías, éstos carecen de medios para interceptar o controlar las lanchas rápidas y modernísimas que transportan la droga desde la isla de San Andrés y otros cayos colombianos. El magnífico potencial pesquero de nuestras costas facilita también el tráfico de droga, que entra a tierra firme camuflada con la pesca que traen los barcos pesqueros y langosteros.

Hace años, los habitantes de la Costa Atlántica, tanto en el norte como en el sur, comenzaron a familiarizarse con la droga que los traficantes colombianos lanzaban al mar en sacos desde sus barcos. Al llegar a la orilla, estos bultos eran muy bien recibidos, especialmente por la etnia mískita. La cultura mískita considera que “todo lo que viene del mar, todo lo que viene del río, todo lo que viene de las aguas, es una bendición de Dios”. Y por ser bendición divina, esa droga era bienvenida. Lo sigue siendo. Existen comunidades costeñas donde el reverendo, el juez y los ancianos reciben la droga que les llega por las aguas, se la reparten y después la venden. Y de un día para otro chozas pobrísimas se transforman en residencias bellísimas. Y todo mundo sabe lo que ha ocurrido. En un cálculo que tal vez sea exagerado se ha llegado a afirmar que por las distintas rutas del narcotráfico en la Costa Atlántica -las están cambiando continuamente- circula droga hasta por valor de 1 mil 500 millones de dólares.

Hace dos meses tuve ocasión de presidir, junto al Presidente Bolaños y la Embajadora de Estados Unidos, Bárbara Moore, de visita en Bluefields, un acto solemne en el que el gobierno de Estados Unidos hizo donación a la Policía Nacional de tres barcos usados para que realicen tareas de patrullaje como guardacostas en la prevención del narcotráfico. Me pareció una farsa, teniendo en cuenta que el gran negocio de la droga está en Estados Unidos y se dice que sólo en Nueva York se lavan anualmente once mil billones de dólares provenientes del narcotráfico.

Soy el primer alcalde de Bluefields que es mestizo, que es de habla castellana y que es sandinista, gobernando un pueblo de raíces somocistas, de tradiciones liberales y
pro-norteamericanas. Enfrentar el problema del narcotráfico y todos los demás problemas sociales en este ambiente adverso es un camino erizado de dificultades. Antes de ser alcalde, fui miembro del Consejo Regional, en donde presidí la Comisión Antidrogas, y en donde no pude hacer absolutamente nada. Hoy, los liberales afirman que porque Moisés Arana es el alcalde, la victoria del PLC en Bluefields es segura y que no soy más que un “alcalde prestado”. Lo que soy es un “alcalde bloqueado”, con presiones y manipulaciones de mi partido, el FSLN, y presiones y manipulaciones de los liberales, y con una limitación de recursos increíble. Como alcalde, sólo administro miserias.

Hay que tener en cuenta que es tal el desempleo y el empobrecimiento en Bluefields que la droga permite la sobrevivencia de muchísima gente, aunque naturalmente genere también una rápida descomposición social. Ya se ha hecho habitual ver deambular en las calles de Bluefields a jóvenes y a adolescentes completamente drogados, lo que ha incrementado la delincuencia callejera: roban para comprar más droga. En la ciudad de Bluefields se calculan 260 expendios de droga. No tenemos aún una investigación seria que nos permita establecer la proporción de juventud que en nuestra zona consume drogas, pero es visible que la proporción se está incrementando. Hay ya alguna comunidad en que se puede afirmar que hasta un 60-70% de la población, hombres y mujeres, niños y adultos, se drogan. Con marihuana, con crack. Hoy, con apoyo del alcalde de Palafox, en Cataluña, que también es siquiatra, y de otras alcaldías catalanas, estamos instalando en Bluefields una clínica para la rehabilitación de drogadictos, lo que será una novedad social de gran ayuda.

La droga se nos ha hecho una realidad familiar y diaria. Es frecuente, por ejemplo, que a una comunidad blufileña llegue el jefe de la Policía y el reverendo le facilite realizar una reunión con los expendedores de droga del lugar, que confiesan abiertamente que venden droga, pero que se justifican afirmando que no la consumen. Después de la reunión no ocurre nada. Cuando uno asiste a una reunión de éstas y escucha a la gente, que explica que si logra comer es porque vende droga, resulta difícil precisar las fronteras entre moralidad, inmoralidad, amoralidad y doble moral. ¿Cómo hemos llegado hasta situaciones como éstas? ¿A quién acudir para enfrentar adecuadamente estas realidades, a quién reclamar?

Tras el último escándalo de narcotráfico en Bluefields, en el que apareció involucrado el jefe antidrogas de Bluefields, el Comisionado Larrave y otros tres oficiales de la Policía Nacional, hoy presos y sometidos a juicio, he organizado reuniones con diferentes instituciones estatales. Y he planteado una y otra vez que si realmente queremos resultados, tendríamos que meternos de lleno a este problema. Pero meterse de lleno no significa cerrar los expendios pequeños, que son pulperías con las que sobrevive mucha gente. Hoy cierras uno y mañana abren dos. Meterse de lleno sería desenmascarar y tocar a los grandes beneficiarios del narcotráfico, que están en el Pacífico y que son grandes cabezas, autoridades y empresarios. En el tema de la droga, como en tantos otros temas nacionales, por donde toqués sale pus.

Como en el resto de Nicaragua, Bluefields carece de un liderazgo ético y de un liderazgo moral y esto dificulta la lucha contra las drogas y cualquier otra iniciativa de transformación social. No existe un liderazgo ético que convenza y que aglutine ni en los partidos políticos ni en las universidades ni en la sociedad civil. Esto sucede tanto en el Pacífico como en la Costa, donde existen hoy muchos movimientos en la sociedad civil organizada, pero que no tienen capacidad, o no tienen voluntad, de organizar a la sociedad civil desorganizada.
Es muy difícil ser alcalde ante situaciones que escapan de tus posibilidades, cuando la gente espera maravillas y carecés de recursos, y cuando la coordinación institucional resulta tan complicada para sacar adelante cualquier iniciativa, cualquier proyecto.

En todas las instituciones estatales existen, en cargos intermedios, gente eficiente y con disposición de trabajo, pero a menudo quienes no comparten esta mística son los que más poder de decisión tienen. Por otra parte, el centralismo sigue pesando mucho. Y la descentralización no funciona como debiera. En Bluefields, el Consejo Regional tiene ya un año sin funcionar por la lucha que existe entre la bancada del FSLN, la del PLC y la bancada étnica.

No se trata de una lucha política o ideológica, es una lucha por protagonismo y por apropiarse de los recursos. En estos momentos, en la Costa Atlántica, el FSLN no está presentando soluciones ni iniciativas viables. La realidad es que escasea la vocación de servicio entre los funcionarios públicos y la tolerancia a la corrupción está presente por todos lados.

Recientemente reuní a los cien empleados de la Alcaldía y a una gran cantidad de jóvenes estudiantes de las dos universidades costeñas y un 90% opinó abiertamente que en el cargo público “hay que hacer, pero también hay que robar”. Cuántas generaciones tendrán que pasar para que cambie este modo de pensar, este vicio de nuestra cultura política...

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