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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 159 | Mayo 1995
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Nicaragua

Cultivos hidropónicos: una alternativa para todos

Muchos pobres de nuestras ciudades han descubierto el secreto de cultivar sin tierra. Y esto ha transformado sus vidas. La hidroponía es una alternativa económica y también humana.

Raquel Fernández

Felipa Rojas ha logrado ser dueña de su destino. Aunque la vida no ha sido especialmente generosa con ella, ahora que avanza su animosa madurez ha encontrado en la hidroponía popular una fuente estable de ingresos. El pequeño patio de su casa se ha transformado en huerta donde cultiva lechugas, albahaca, apio y otros vegetales que alcanzan buenos precios en los mercados, especialmente porque no contienen ningún residuo de insecticidas. En Nicaragua, quienes se dedican a la hidroponía son en su mayoría mujeres.

¿De qué elementos se nutre una planta?

La hidroponía nació en un lugar insólito: en los laboratorios de investigación de una Universidad. A finales del siglo XIX, se iniciaron en las universidades alemanas investigaciones para conocer de qué se nutren las plantas para crecer y para alcanzar enormes dimensiones en ciertas especies.

Lo que se sabía hasta ese momento era que con agua, tierra y sol, los vegetales tenían suficiente para crecer fuertes y lozanos, pero los científicos se empezaban a preguntar cuáles eran los nutrientes específicos que necesita una planta. No fue sólo una curiosidad científica o un pasatiempo para estudiosos desocupados. La consecuencia de estas investigaciones fue la Revolución Verde, de tan amargas consecuencias. Porque cuando se supo qué es lo que necesita una planta para crecer mucho y de prisa, se intentó "cebarla", como se hace con un cerdo, sin dejar crecer a su alrededor nada más que la planta cuyo cultivo interesaba desde el punto de vista económico. Así la tierra se empobreció mucho y de prisa. Pero para llegar a esta situación de crisis en los suelos pasaron algunos años y se dieron muchos pasos.

El primer paso de los científicos fue descubrir que todas las plantas sea cual sea su tamaño o variedad se nutren fundamentalmente y en grandes cantidades de los mismos tres elementos: fósforo, potasio y nitrógeno. En cantidades menores, pero siempre importantes, consumen otros tres elementos: azufre, calcio y magnesio. En pequeñas cantidades, y de forma similar a como los seres humanos necesitamos las vitaminas, requieren de ocho productos más: zinc, manganeso, cobre, boro, hierro, molibdeno,
cloro y cobalto.

Una tierra que contenga todos estos elementos es una buena tierra para cualquier cultivo. Pero esa tierra no existe en la Naturaleza. Las investigaciones teóricas sobre las plantas continuaron pero el cultivo en laboratorio, sin tierra, la hidroponía , se arrumbó por antieconómico. La Segunda Guerra Mundial hizo que los cultivos hidropónicos volvieran a ser considerados. Para enfrentar al Imperio Nipón, los Aliados se vieron forzados a mantener guarniciones en pequeños islotes del Indico y del Pacífico sur, donde no hay casi tierra cultivable. Transportar vegetales frescos a los soldados para que evitaran la enfermedad del escorbuto era caro y peligroso. Las casi olvidadas y empolvadas informaciones sobre la hidroponía ofrecieron una alternativa eficaz.

Al firmarse la paz, los cultivos hidropónicos florecieron en las grandes ciudades europeas, estadounidenses y japonesas, especialmente para ofrecer frutas y vegetales fuera de temporada, cuando la nieve cubría las calles: melones, sandías, pimentones, pepinos, lechugas, tomates. En gigantescos invernaderos la hidroponía, ofrecía lujos a los más pudientes.


Una opción por los pobres

La hidroponía llegó a América Latina durante la década de los 70. Al principio, también se utilizó para comercializar vegetales según estos criterios de lujo. Pero lo que da de comer no puede permanecer largo tiempo al margen de los que tienen hambre. A mediados de los 80 empezó a popularizarse entre los más pobres de entre los pobres. La hidroponía llegó a los cerros y barrios miserables que rodean las grandes ciudades latinoamericanas, donde se agolpan los millones de campesinos que fueron expulsados de sus tierras por la Revolución Verde y por todo tipo de contrarrevoluciones político sociales.

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) impulsó los cultivos hidropónicos para satisfacer las necesidades alimentarias de los más pobres de las ciudades y ofrecerles una alternativa de actividad económica. La hidroponía, después de nacer en cuna de oro, optó por los pobres. Después de cosechar notables éxitos en Chile, Venezuela y Colombia, entre otros países, los cultivos hidropónicos llegaron a Nicaragua en 1993 de la mano de César Marulanda, un técnico del PNUD que desde hace más de diez años se ha dedicado a ellos en su Colombia natal, y en otros países latinoamericanos.

Su primera experiencia en Nicaragua fue desalentadora. Las personas más necesitadas de cultivar vegetales mediante el sistema hidropónico se negaban a intentarlo. "Pero, ¿usted se da cuenta de cuánta tierra tenemos en Nicaragua? le preguntaban al técnico ¿Para qué vamos a meternos a cultivos sin tierra, si tierra es lo que nos sobra en este país?". Marulanda respondía: "Es cierto, pero ¿cuánta de esa tierra es de usted?". A esta pregunta no había respuesta, porque sus interlocutores eran siempre muy pobres. Tras las explicaciones técnicas sobre la hidroponía, el escepticismo aumentó. Cuando Marulanda dejó Nicaragua para cumplir un prolongado compromiso de trabajo en otro país, se fue convencido de que el cultivo hidropónico tenía muchas posibilidades, pero que convencer a los futuros cultivadores no sería un trabajo fácil. En marzo de 1993 regresó y volvió a poner manos a la obra. A pesar de su incredulidad, algunos pobladores de asentamientos espontáneos de Managua, decidieron intentarlo, aunque no fuese más que por complacer a ese señor "tan gente". Después, fue enorme su sorpresa cuando vieron crecer y desarrollarse en sus patios hermosas hortalizas que sabían a gloria.

Las "camas" para los cultivos

La hidroponía es el cultivo de plantas en soluciones acuosas poniendo o no en ella un soporte de gransa y arena, dependiendo de la especie vegetal. Por este procedimiento, los rendimientos se multiplican, pues prácticamente no se pierde una semilla. Se calcula que entre el 85 90% de las semillas se convierten en producto comercializable y se acorta radicalmente el tiempo de cultivo. Las lechugas, por ejemplo, están listas en sólo un mes.

Hay muchas formas de desarrollar la hidroponía. En los países industrializados, con grandes medios y muchas inversiones, los vegetales hidropónicos se cultivan en invernaderos en los que la concentración de los elementos básicos del nutriente varía en función de la especie vegetal de que se trate, de la época del año y del color y aspecto que se quiera dar al producto final para satisfacer la demanda de un mercado muy exigente. La luminosidad, la humedad y la temperatura se controlan electrónicamente y no hay peligro de invasiones parasitarias porque los invernaderos mantienen una asepsia superior a la de cualquier quirófano tercermundista. En estas condiciones, los rendimientos son impresionantes. Y las inversiones también. En América Latina, los marginados no tienen la capacidad de montar algo tan complejo y sofisticado, pero a cambio disponen de un sol impetuoso que suple cualquier carencia. Fiel a su opción por los pobres, la hidroponía latinoamericana necesita de muy poca infraestructura, que puede construirse a partir de materiales de desecho.

Los cultivos se realizan en las llamadas "camas": mesas de altura adecuada a la conveniencia del hortelano. No son mesas normales: su superficie no tiene que ser una tabla continua, sino reglas paralelas, que tienen que estar rodeadas con una barandita de unos 10 centímetros o media cuarta de altura. Las "camas" pueden hacerse con restos de madera, con tablas viejas. Una "cama" perfecta se hace con los soportes de madera para las "mulitas" mecánicas de carga que se desechan. También pueden hacerse "camas" en mitad de llantas viejas o en cajas de madera para embalaje arregladas a la profundidad adecuada. Casi todo sirve, pero siempre conviene que haya alguna distancia entre el suelo y la "cama" que permita la ventilación y evite que los animales domésticos dañen los cultivos.

Todo es fácil de conseguir y barato

Una vez lista la "cama", se forra por dentro con plástico negro. Después, dependiendo del tipo de cultivo que se quiera desarrollar, se llena de agua o se pone una mezcla de materiales sólidos. La lechuga, la albahaca, el apio y la endivia se cultivan en el agua. Para evitar que las plantas se sumerjan y ahoguen, se hacen soportes de poroplast a la medida de las "camas", con agujeros de distintos tamaños según los vegetales. El mejor poroplast es el que se utiliza para embalaje y después se tira y se recupera de los basureros. En una "cama" de un metro cuadrado se acomodan bien 31 lechugas adultas.

Las demás especies vegetales necesitan para su desarrollo un soporte de arena, hormigón volcánico y cáscara de arroz, formando una mezcla con la que se llenan las "camas". Todo esto es fácil de conseguir y es barato. En estos cultivos es necesario dejar un drenaje un pedacito de alguna manguera vieja para eliminar el exceso de agua. Con ese exceso de agua en la que se ha disuelto la solución nutritiva se riega la huerta hidropónica varias veces al día.

Las investigaciones y la práctica demuestran que cada metro cuadrado de huerta hidropónica necesita de un galón (4 litros) de agua al día para obtener rendimientos óptimos. Mucho menos que lo necesario para cualquier otro cultivo en cualquier otro método.

Además de agua, la hidroponía también ahorra tiempo, porque las hortalizas, al no tener que competir con la abundante vida que se desarrolla en el suelo aunque no la veamos, tienen mayor facilidad para desarrollarse y crecen mucho más rápido.

Con hidroponía puede cultivarse casi cualquier vegetal: espinacas, arbolitos de chiltoma y chile, frijoles tiernos, maní.

Una característica de la hidroponía en toda América Latina, y más aún en Nicaragua, consiste en la no utilización de agroquímicos. Los cultivos se desarrollan en un medio totalmente artificial, pero todo se realiza según los procesos de la Naturaleza, sin abonos ni pesticidas. Para combatir los insectos se utilizan procedimientos naturales y mecánicos de gran eficacia. Para espantar a diferentes insectos voladores, se sitúan entre los cultivos banderas de color amarillo de unos 60 centímetros, impregnadas con aceite de motor. El insecto que se aproxime a esas banderas queda allí, pegado a ellas.

También se ponen en la noche candelas dentro de una botella y ambas en una pana de agua. Cuando los insectos son atraídos por la candela, empiezan a revolotear a su alrededor y, en alguno de esos giros, caen al agua, de donde ya no pueden salir. También se utilizan sustancias naturales, como el árbol del nim y otros. Cada hortelano investiga y socializa lo que descubre entre sus vecinos. Como muchos de los marginados de la ciudad que practican los cultivos hidropónicos emigraron del campo, donde tienen familiares y amigos, socializan también con ellos estas nuevas técnicas.

¿Quiénes pueden dedicarse a esto?

El aspecto más interesante de la hidroponía está tal vez en quiénes pueden dedicarse a este cultivo. ¿Quiénes? Cualquiera. La discapacidad física, el retardo mental, la pobreza más absoluta, no son obstáculo. En Bogotá, se encontró que las personas afectadas por el síndrome de Down son excelentes hortelanos hidropónicos, dando a las plantas la atención minuciosa y constante que requieren. En Nicaragua, donde tantos años de guerra dejaron como secuela un número nunca calculado de discapacitados a los que no se les ha ofrecido nada que hacer, la hidroponía podría ser una buena alternativa.

En Nicaragua, son muchas las mujeres cabezas de familia que desarrollan cultivos hidropónicos en el patio de una casa que no pueden dejar sola. Es el caso de Concepción Thomas. Tiene dos hijas jovencitas y teme dejarlas solas en la casa. Se inició en los cultivos hidropónicos en mayo de 1994, cuando solicitó un crédito de 280 córdobas (unos 40 dólares) para crear la infraestructura necesaria. "Ya he devuelto el crédito explica con orgullo . Con eso pude preparar nueve `camas' y ahora estoy pensando pedir otro crédito para ampliar el cultivo". En el pequeño patio que rodea su humilde vivienda, las "camas" hidropónicas se extienden, cubiertas de hortalizas en diferentes fases de desarrollo.

Tres secretos: mezcla, agua y cariño

Como todas las cosas, aún las más sencillas, la hidroponía tiene también sus secretos. Uno de ellos es la composición del nutriente. Según Marulanda, su preparación no exige post grados, pero sí una cierta capacitación. Los ingredientes del nutriente son el agua y los 14 elementos de los que se habló al principio. Sin embargo, la dosificación y el orden de su integración al conjunto necesitan de cierto cuidado.

"La fabricación del nutriente es como la preparación de un bizcocho explica Marulanda . Cualquiera puede hacerlo si pone cuidado, atención y sigue ciertas normas. No se puede poner la harina antes que el azúcar, si así lo dice la receta, porque el resultado no será el mismo". En el caso de los cultivos, la necesidad de llevar un orden es aún mayor, porque ciertos elementos pueden neutralizar la acción de otros si no se mezclan adecuadamente. Por eso, porque la preparación del nutriente quiere tiempo y habilidad, se ha capacitado a unas cuantas personas para que lo preparen y lo vendan a precios muy favorables a los hortelanos integrados al Programa Comunidades Urbanas Productivas (CUP) que impulsa el Proyecto del PNUD. También se vende a hortelanos aficionados, aunque a un precio algo más alto.

En cualquier caso, la adquisición del nutriente no significa un gasto imposible, porque con sólo un galón se pueden nutrir 440 metros cuadrados. El nutriente no se utiliza puro, sino que se mezcla una pequeña cantidad en medio galón de agua: eso es lo que necesita un metro cuadrado de huerta hidropónica cada día. El segundo secreto de la hidroponía es la cantidad de agua. En Managua, donde el calor aprieta, puede hacerse necesario regar los cultivos hasta cuatro veces al día, preferiblemente con el agua que se recoge del primer riego de la mañana, que se hace cuando el sol empieza a salir. "Pero el verdadero secreto de la hidroponía es el cariño afirma Marulanda.

El cuidado cotidiano, la atención permanente a las plantas, que ellas sepan que son importantes para el hortelano. Las plantas crecen mejor si se saben queridas". El Barrio "René Cisneros" de Managua es un asentamiento espontáneo que, como muchos otros con los que comparte origen, se encuentra "en el centro" de una ciudad sin centro. En muchos de los patios de las casa se desarrollan huertas hidropónicas.

Un barrio hidropónico

Margarita Aguirre es una convencida cultivadora de la hidroponía. Margarita forma parte del numeroso equipo de incrédulos que se convencieron cuando vieron. Al principio creía que eso de cultivar en cajas no podía ser pero ahora, además de la huerta que tiene en su casa, para su consumo y para la venta, mantiene la huerta comunal, con la que se financian los costos básicos de la CUP.
En la CUP se ofrecen a los hortelanos hidropónicos: semillas o plantitas pequeñas para el trasplante si no quieren trabajar con semillas, se les vende el nutriente, y también se les facilitan créditos para iniciar, ampliar o reparar la infraestructura de la huerta.

Rebeca Marley es una joven costeña que llegó a la CUP a comprar un galón de nutriente para sus cultivos. Como otros vecinos del barrio, Rebeca vende su producción en el supermercado. Al principio tampoco creía en la hidroponía, pero los hechos la convencieron. Ahora no sólo cultiva ella y su familia en su casa, sino que se ha acordado de su patria chica, Bluefields, una ciudad sitiada entre el mar Caribe y la selva, donde no se puede cultivar casi nada y todo hay que llevarlo por aire o por barco a precios prohibitivos. Si la hidroponía cuaja en Bluefields, sería una solución. Una tía de Rebeca viajará proximamente allí para convencer a sus vecinos con el ejemplo.

El "René Cisneros" podría calificarse como un "barrio hidropónico". Hasta en la pequeña escuelita, una parte del patio de recreo está cubierta por "camas" hidropónicas, donde los niños realizan experimentos y aprenden a cultivar. Son varios los alumnos que demuestran interés por la hidroponía y la Directora, Dora Cano, cree que de entre ellos varios pueden tener una sólida vocación agrícola. "De las que tanta falta hacen en este país", dice. Todo el producto agrícola del barrio se comercializa y facilita la vida de los vecinos. Se calcula que con 10 metros cuadrados de huerta hidropónica se pueden obtener 100 dólares de ganancia mensuales. Aunque puede parecer una cantidad irrelevante, en Nicaragua marca la diferencia entre comer y no comer. Y ésa es una diferencia relevante.

En el barrio, quien se ocupa de la comercialización de todo el producto es Felipa Rojas, que también se permite hacer investigaciones científicas. Mediante el sistema de la hidroponía Felipa ha logrado cultivar plantas ornamentales y también árbolitos, que cuida durante las primeras etapas de su desarrollo para después trasplantarlos a la tierra, donde crecen más resistentes. También está intentando desarrollar cultivos hidropónicos en el suelo para obtener semillas de especies interesantes.

La hidroponía llegó a la vida de Felipa Rojas cuando ya había cumplido 60 años y fue para ella como un renacer. Sin marido, con los hijos grandes y lejos, su vida se había convertido en un triste rebatirse para conseguir un bocado de comida cada día. Hasta que descubrió el secreto del cultivo sin tierra.

Ahora, además de comercializar el producto de sus vecinos lo que la convierte en alguien importante en el barrio es una experta que ha sido invitada a otras comunidades para explicar sus experiencias. Goza de una absoluta independencia económica. Y mira el futuro con confianza. Porque sabe que aunque llegue a ser muy vieja, con pocas fuerzas, podrá continuar cultivando su huerta.

"Eso es lo más importante de la hidroponía afirma César Marulanda . Su capacidad de transformar la vida, de devolver la confianza en sí mismas a las personas. De hacerles sentir hasta qué punto son importantes".

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