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  Número 256 | Julio 2003
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Nicaragua

“Sin verdaderos lectores no podremos imaginar soluciones para nuestro país”

Eduardo Báez, director de la Fundación Libros para Niños, que cumple ahora diez años de trabajar para que niños, niñas y adolescentes se enamoren de los libros y de la lectura, compartió con Envío objetivos, experiencias y metodologías de esta interesante iniciativa, en una charla que transcribimos.

Eduardo Báez

Libros para Niños es una organización no gubernamental que promueve la lectura con un objetivo muy específico: que niñas y niños -también adultos que median la relación con niños y niñas- se “enamoren” -así lo decimos- de los libros y de la lectura. Una de nuestras señas de identidad es que en cualquier actividad que organicemos, con cualquier tipo de personas, siempre aprovechamos para leer algo. (En esta ocasión, Báez nos leyó “El eclipse”, cuento corto del guatemalteco Augusto Monterroso).

Nos dedicamos a la promoción de la lectura y a la formación de lectores. Pero preferimos decir que lo que buscamos es despertar el amor por los libros y la lectura. Porque creemos que ese amor es el punto de partida más efectivo para convertirnos en verdaderos lectores, en lectores permanentes y autónomos a lo largo de toda nuestra vida.

Promovemos la lectura no porque “qué bonito ver a los niños leyendo cuentos”, porque “qué divertido lo pasan cuando leen”, porque “qué alegre es que lean cosas buenas”... Todo eso está bien y es cierto, y una de las recompensas diarias que tiene nuestro trabajo es ver la expresión de los rostros de niños y niñas cuando uno les está leyendo cuentos o cuando ellos mismos se meten en ese mundo de posibilidades infinitas que son los libros infantiles.

Pero esto no basta. Trabajamos en este campo porque consideramos fundamental que nuestra población, especialmente la más pobre, que es la mayoritaria, acceda a la cultura escrita.

Yo trabajé durante años en educación de adultos. Participé primero en 1980 en la Cruzada Nacional de Alfabetización como coordinador departamental en Managua. Después, trabajé durante seis años en el programa de educación de adultos del Ministerio de Educación, primero como director de capacitación a nivel nacional, y en los últimos años como director de la educación popular básica de adultos. Me convertí en educador sin haberlo imaginado antes.

Me pasó lo que a muchos: en 1979, con la revolución, vimos que había que hacer muchas cosas y como no teníamos tiempo para aprender cómo hacerlas “nos montamos en el macho para aprender a jinetearlo en el camino”.

En 1993 me encontré con Libros para Niños, una fundación que nacía. Me pidieron una consultoría de seis meses y me quedé en la Fundación hasta el día de hoy. Pronto me di cuenta que seguía trabajando alrededor del mismo problema. Nada más que en los 80, en la educación de adultos, había trabajado con el resultado final del problema: el adulto analfabeta. Y en la Fundación trabajaba con el origen del problema, contribuyendo a cerrar, con el amor a la lectura, una de las llaves que produce el analfabetismo.

Vivimos en un mundo que avanza por la cultura escrita, pero en un país donde todavía prevalece la cultura oral. La cultura oral predomina todavía en gran parte de nuestra población. Se trata de una oralidad muy rica y valiosa, pero en estos tiempos, de la posibilidad de acceder o no a la cultura escrita depende el desarrollo, el de cada nicaragüense y el de toda nuestra sociedad. Hablamos mucho de las condiciones que determinan la marginación económica, social y política que impide a tantos compatriotas una vida humana más digna, y con frecuencia nos fijamos únicamente en las condiciones materiales como los factores determinantes. En Libros para Niños estamos convencidos de que para el desarrollo pleno del ser humano la lectura es un factor fundamental.

Es imposible hablar de desarrollo, de democracia y de participación ciudadana cuando la mayor parte de nuestra población no tiene acceso a la cultura escrita ni posee las herramientas básicas para acceder a ella. Son diferentes las barreras que le impiden este acceso. Una de las más evidentes es la imposibilidad de centenares de miles de nuestros niños y niñas en edad escolar de acceder a la escuela. Cada año, al menos medio millón no entra ni al nivel básico del sistema educativo. Esto está incrementando cada año la población analfabeta.

La causa fundamental de esta tragedia es económica. Pero no sólo es la pobreza de las familias de estos niños. Influyen igualmente las políticas económicas y las políticas educativas aplicadas en Nicaragua en los últimos trece años, que han impedido no sólo el acceso de la niñez a la escuela sino también su permanencia en ella. Una de las políticas más negativas de las que se han implementado en Nicaragua es la llamada “autonomía escolar”, que en teoría podría ser muy positiva al darle a la comunidad nuevas oportunidades en el campo educativo, por ejemplo flexibilizando el currículo para que cada comunidad -docentes, niños, niñas, padres de familia y líderes comunitarios- le incorporen contenidos propios de su realidad inmediata, pero que se ha reducido a una herramienta administrativa-financiera.

En la práctica, la autonomía sólo ha trasladado a los padres y madres de familia la responsabilidad que el gobierno tiene establecida en la Constitución: garantizar a todos los niños y niñas una educación gratuita y obligatoria. Es cierto que padres y madres debemos asumir corresponsablemente con el gobierno la tarea de educar a nuestros hijos, pero cuando la autonomía se impone crudamente en comunidades que viven en extrema pobreza lo único que se logra es que las puertas de la escuela se les cierren a muchos niños y niñas. Hoy en Nicaragua, los centros “autónomos” -lo son la mayoría de las escuelas públicas de primaria y secundaria- practican la autonomía sólo para cobrar, bajo la figura de “contribuciones voluntarias”. la colegiatura, las notas, las actividades,.. Y como gran parte de estas contribuciones las utilizan los docentes para mejorar sus miserables salarios, nos encontramos en muchas aulas escolares a maestras y maestros más preocupados por “cobrar” y por inventar mejores iniciativas de presión para cobrar que por impartir una buena clase. Se trata de una política perversa que mercantiliza a docentes pobres, enfrentándolos a padres y madres de familia también pobres.

Es evidente que la autonomía escolar ha influido en que la cobertura de la educación básica haya venido reduciéndose año con año, después de que se incrementó año con año en la década de los 80.

Es también muy grande la cantidad de niños y niñas que abandonan el sistema escolar en cualquiera de sus niveles: sin terminar la primaria, dejando la secundaria a medias... Tienen que trabajar para mejorar el ingreso familiar. También son muchísimos los que asisten diariamente a la escuela, pasan los grados, avanzan en el sistema escolar, pasan de primaria a secundaria y llegan incluso a la universidad o a carreras técnicas. Pero, ¿podemos afirmar que quienes llegaron a cuarto grado, que quienes terminaron la primaria, que quienes se bachilleran son verdaderos lectores? La inmensa mayoría no lo son. Cuando uno habla con maestros de secundaria lo primero que oye es:

“Estos chavalos como que no hubieran pasado por la primaria, no les enseñaron a leer, no comprenden lo que leen, no pueden expresarse por escrito”. Esta queja se repite en todos los niveles. El maestro de tercer grado dice: “Qué barbaridad, parece que en primero y segundo grado no les enseñaron nada”... El de cuarto le echa la culpa al de tercero, el de quinto el de cuarto, el de sexto al de quinto, ¡y ahí va la cadena! Todos vuelven a ver al de atrás para concluir que no aprendieron a leer, que no les enseñaron a leer.

Y si uno habla con profesores universitarios, lo mismo, la misma queja, a la que ya le añaden algo: “Es que no les gusta leer”. “Les dejamos trabajos para leer y enseguida arrugan la cara”. Ese mismo disgusto lo comprobamos en la Fundación: en talleres con maestros de cualquier nivel si uno dice: “Ahora vamos a leer estas veinte páginas”.... ¡se arruinó el taller! Ésa es siempre la parte desagradable del taller: leer. Son muchos los nicaragüenses que han llegado a ver la lectura sólo como un mal necesario. Como algo que hay que hacer porque ni modo, pero que resulta desagradable. Fundamentado en muchos estudios, no hechos en Nicaragua, pero sí en muchos países de América Latina y aún en los países desarrollados, me atrevo a afirmar que el sistema educativo y la escuela como institución han fracasado rotundamente en el campo de la formación de lectores.

El fracaso no ha estado en la enseñanza de la técnica de la lecto-escritura. En la historia de la escuela como institución educativa, y en la historia misma de la enseñanza de la lectura o lecto-escritura, vemos que todos los métodos que han existido y que han sido usados en cualquier sistema escolar, al final del camino funcionan para que cualquier niño o niña aprenda a leer y a escribir. Todos los métodos funcionan. En las escuelas primarias de Nicaragua se han empleado cantidad de métodos de aprendizaje de lecto-escritura. Hemos usado métodos totalmente fonéticos, silábicos, en los años 80 se usó el método fónico-analítico-sintético, ahora se utilizan métodos más globales de lenguaje total, de lenguaje integral, se emplean mezclas de métodos globales con métodos fonéticos... Al final, todos funcionan, todos sirven para aprender a leer y a escribir. El fracaso no está en la parte técnica o mecánica de la lecto-escritura. Donde sí ha fracasado la escuela es en hacer de los niños y las niñas verdaderos lectores.

Ubicamos una razón muy importante de este fracaso en el hecho de que la escuela ha confundido totalmente leer con estudiar. En la escuela, el niño y la niña conocen la lectura y la sienten como estudio. Estoy por conocer una sola aula de clase en toda Nicaragua, en escuelas públicas y privadas, en la que a niñas y niños se les permita leer de verdad. Únicamente les dan lecturas para hacer tareas y cuando llega el momento en que les dan obras literarias es para que las fichen, para que contesten cuestionarios, para que hagan resúmenes. Pero nunca -y me atrevo a hacer esta afirmación- he visto que a una niña, a un niño, a un joven le den un libro de literatura en la escuela para que lo lea solamente, sin que después le vuelvan a preguntar nada más si “te gustó o no te gustó y por qué” Y que conteste si quiere contestar. Dice un pedagogo francés que desde que el niño entra en la escuela se le comienza a “cobrar” por la lectura. “Cobrarle” significa que cada vez que lee algo, especialmente un libro de literatura infantil o juvenil, una obra de la literatura universal, los maestros no pueden resistir la tentación de comenzar a preguntarle cuáles son los personajes principales, cuál es el género literario... Una lista de preguntas que de inmediato convierten esa lectura en una tarea escolar más. Y eso no es leer. Eso es estudiar.

Lógicamente, para estudiar leemos, tenemos que leer, tenemos que usar la herramienta de la lectura. Pero aprender y conocer es sólo una de las funciones que nos resuelve la lectura, y a esta única función ha limitado la escuela toda la aventura de leer. Leer es en la escuela sinónimo de estudiar. Y como el estudio no es voluntario, y nadie le pregunta a un niño si quiere estudiar, sino que lo manda a la escuela como obligación, porque estamos convencidos de que es lo mejor para él, la lectura es sentida como otra actividad obligatoria. Y cuando llegan las vacaciones, si le queremos ver la cara agria a una niña o a un niño digámosle que busque un libro y lea. No le agradará la idea porque inmediatamente asocia el libro con el estudio, que es lo único que ha conocido. En estos diez años de caminar tratando de formar lectores entre la niñez, se nos ha hecho evidente que el problema no es que a los niños no les gusta leer, como a menudo decimos padres y educadores. El problema es que nunca les hemos dado la oportunidad de leer de verdad, sino que únicamente los hemos puesto a estudiar. ¡Y es raro el niño y la niña a quienes les encanta estudiar!

Obras literarias maravillosas les han sido metidas a la fuerza a los muchachos en la secundaria, hasta que les han agarrado fobia. Una obra tan genial como el Popol Vuh: es impresionante hablar con jóvenes de secundaria y darnos cuenta de que queriendo que conozcan nuestras raíces leyendo este libro, la gran mayoría de jóvenes lo odian y han sentido su lectura como un castigo. Rubén Darío: lo mismo.

Hace dos años nos encontramos en una escuela de secundaria con un caso que retomamos y publicamos como experiencia negativa y que titulamos “Receta garantizada para matar el gusto por Rubén Darío”. Era una tarea escolar para estudiantes de primer año. Les dieron a leer un cuento precioso de Darío, que iba seguido de un cuestionario de veinte puntos. Algunos increíbles. El segundo punto les pedía: “Enumere los versos”. Se suponía que en el tercero vendría otra pregunta encadenada como “¿En qué verso se dice tal o cual cosa?” No, nada más. Entonces, ¿para qué numerarlos? ¿Sirven estos ejercicios u otros parecidos, sobre sinalefas y cosas por el estilo para hacer un lector? No sirven para nada.

La penúltima pregunta decía: “¿Te gustó el cuento?” Los muchachos nos dijeron que a la altura de la pregunta quinta ya no les había gustado el cuento. El sistema escolar quiere preparar a jóvenes y a niños como si fueran a dedicarse a ser críticos literarios, al oficio de “forenses del lenguaje”. Como si ser lector fuera identificar qué tipo de oración, de verbo o de adjetivo hay en esta línea o en la otra. Son cosas como éstas las que explican los fracasos del sistema escolar en formar lectores.

Este fracaso es muy grave, porque el acceso a la cultura escrita es fundamental para el desarrollo de niños, niñas y jóvenes. Para el desarrollo de Nicaragua. Con frecuencia hablamos de la necesidad que tiene nuestro país de ciudadanos críticos, de ciudadanos participativos, de ciudadanos que puedan participar activamente y tomar decisiones. Y en los últimos años hablamos cada vez más de ciudadanos propositivos, que no sólo protesten sino que propongan. Ninguna protesta sin propuesta. Pues bien, para proponer soluciones a nuestros problemas, para imaginar soluciones a nuestras crisis necesitamos leer. Para poder imaginar hay que poder soñar. Y para tener capacidad de imaginar y de soñar una Nicaragua diferente, estamos convencidos de que un combustible vital es la lectura. La lectura nos abre la puerta al conocimiento universal, a la memoria acumulada de la humanidad. La lectura de obras literarias es uno de los mejores ejercicios para nuestro cerebro. Cuánta gente en Nicaragua se preocupa hoy por hacer ejercicios y dietas sanas para mantenerse físicamente en forma. También el cerebro necesita ejercicio para desarrollar su enorme potencial. Y está probado que especialmente la lectura de obras literarias es uno de los mejores ejercicios que podemos hacer con nuestro cerebro.

Cada vez que leemos una obra literaria, nuestra mente crea imágenes mentales, se dan en nuestros circuitos cerebrales conexiones nuevas, fundamentales para desarrollar habilidades mentales que son vitales. Para poder ser seres humanos, ciudadanos creativos, con capacidad de imaginarnos que nuestras vidas y que la vida en nuestras comunidades y en nuestro país puede ser diferente, es fundamental la lectura.

En Libros para Niños buscamos crear espacios en los que niños y niñas tengan un encuentro agradable, libre, no formal, no académico, con el mundo de los libros y de la lectura. Un espacio donde puedan encontrarse con los libros sin que les “cobren”. Donde basta que entren, agarren un libro y se sienten como quieran sentarse a hacer con ese libro lo que quieran, menos destruirlo: ver las ilustraciones, leerlo en orden, leerlo de atrás para adelante, leerlo en medio, leer primero el final... Con libertad. Porque también nos han formado como lectores demasiado formales y nos da miedo hasta tocar los libros, como si fueran algo sagrado. Hemos vivido ya muchas veces la experiencia de donar libros a las escuelas y llegar años después y el maestro nos dice muy orgulloso: “¡Están como nuevos!”

Por supuesto, nadie los ha tocado. Y el maestro, impidiendo que los toquen porque los pueden romper, porque se ensucian. Pero cuando compramos una novela, la leemos y la prestamos al amigo, a la amiga, al vecino, y éstos la prestan y circula, a los seis meses, ¿ese libro volverá a nosotros como nuevo? No, tendrá una gotita de café chorreada, páginas arrugadas, algún subrayado... Y es que los libros existen para ser usados y en el uso tienen que deteriorarse.

Tuve la suerte de nacer y crecer en un hogar donde mi madre, mis abuelos leían. Crecí en medio de libros. Y algo que tengo muy grabado en mi mente es el olor que tienen los libros. El olor de las páginas de un libro. Es tan vital esa sensación que cada vez que agarro un libro nuevo, antes de comprar un libro, lo huelo. Hay algunos que huelen sabroso, otros huelen mal por causa del papel y la tinta que usaron. Digo todo esto porque la lectura es una experiencia en la que intervienen todos nuestros cinco sentidos.

El tacto. No es lo mismo tocar una página de papel satinado que una de papel periódico o una portada de cartulina sulfitada... Varían las sensaciones. No es lo mismo leer un libro lleno de ilustraciones coloridas que un libro con pequeñas ilustraciones en blanco y negro. Todos los sentidos intervienen cuando leemos de verdad. En la Fundación creamos espacios en que niños y niñas puedan tocar los libros, manipularlos, sentirlos. Queremos que vivan una experiencia lectora integral, una experiencia que los marque de por vida.

Uno de los aciertos de nuestra Fundación es que frente a un problema tan complejo como es el de la formación de verdaderos lectores en un país como Nicaragua hemos logrado estructurar una propuesta muy sencilla y que está al alcance de que la implemente cualquier persona, sin necesidad de tener ninguna especialidad. Nuestra propuesta a padres y madres de familia, a maestros de primaria y de secundaria, a educadoras y promotores comunitarios es muy sencilla. Les proponemos tres cosas. Primero, poner libros de literatura al alcance de niños y niñas. Con mucha frecuencia, los niños y niñas sólo tienen a su alcance libros de texto escolares para practicar la lectura, y porque esos libros tienen una función muy específica, no los consideramos “libros de verdad”. Segundo, leerles libros en voz alta a niños y niñas.

Damos enorme importancia a que los adultos que estén en contacto con el niño y la niña le lean en voz alta cuentos, historias, relatos. Tercero, dejar a los niños y a las niñas leer solos y como quieran. Mientras con más frecuencia hagamos estas tres cosas, más efectivos serán los resultados.
Para cumplir con estas sencillas tareas, tenemos que quitarnos esquemas de la cabeza. El que con mayor frecuencia encontramos en los adultos es ése de que cada vez que vemos a un niño tenemos que enseñarle algo.

Consideramos a niños y a niñas como recipientes vacíos que debemos llenar, a quienes tenemos que estarles enseñando algo todo el tiempo porque ellos no tienen capacidad de aprenderlo por sí mismos. Hay que resistirse a este esquema. La principal barrera que siempre nos encontramos en madres, padres y maestras es ésta: si leen un cuento después deben hacerle preguntas al niño. No, no hay que preguntarle “nada” en el sentido de los conocimientos que adquirió, de las enseñanzas que debe sacar, de la moraleja o mensaje del cuento... Preguntarle su opinión sí. Y respetarla. Porque ser lector significa desarrollar gustos. A mí me puede gustar mucho García Márquez y otro puede rechazar a este autor.
La lectura tiene que ver con gustos y por eso educa en la tolerancia. Y nunca la lectura es tragarse entero el libro. Leer es un diálogo entre autor y lector y entre ambos siempre se establece una relación dialéctica. A lo que aspiramos es a formar lectores y lectoras críticos, que saben interpretar
lo que leen.

Incorporamos esta propuesta a tres proyectos fundamentales que hemos venido desarrollando en estos últimos diez años. Desde hace siete años desarrollamos el proyecto “Dame de leer”, que busca acercar a niños y niñas en edad preescolar, entre tres y seis años, al mundo de los libros y de la lectura, al mundo de la palabra oral y escrita. Un segundo proyecto, con el que iniciamos la Fundación hace diez años, es la Bibliotecaula, un programa de lectura para escuelas primarias.

El tercer proyecto son los Rincones de Cuentos, salas infantiles de lectura que se desarrollan con la participación de la comunidad y en las que hay “facilitadoras” de la lectura. Hemos sembrado varios Rincones en el país, con el sueño de que lo bonitos y acogedores que son y la informalidad que hay en ellos, la facilidad para entrar, salir, leer y prestar libros para llevarlos a la casa, puedan servir como modelo desde el cual influir en la visión que hoy se tiene en Nicaragua de las bibliotecas, y más particularmente de las salas infantiles de las bibliotecas públicas que, lamentablemente, más que lugares de promoción de lectura parecen “cárceles de libros”.

En una cárcel, cuando visito a mi familiar preso le tengo que pedir al custodio que me lo llame y me lo sacan media hora. Igual en las bibliotecas: me encuentro con una barrera que me impide llegar hasta los libros y tengo que pedírselos a una bibliotecaria, que a menudo me mira con mala cara, en gran medida por el poco estímulo con el que trabaja, por el miserable salario que recibe.

Lo más difícil de nuestra propuesta es conseguir los libros. En todas partes del mundo el libro es un bien caro. Los libros de literatura infantil son muy caros. Uno de los esfuerzos a los que dedicamos mayores energías es a comprar libros, a conseguir fondos para poder llevar libros de literatura infantil de calidad a todo el país. En estos diez años hemos distribuido gratuitamente más de 26 mil libros de literatura infantil por toda Nicaragua. Acabamos de firmar un convenio con un organismo francés que establece que en los próximos diez años nos donarán al menos 10 mil libros anuales,libros nuevos comprados en buenas editoriales y que nosotros mismos seleccionaremos. La meta es tener una bodega en Managua -le estamos llamando Banco de Libros- donde mantener 20-25 mil libros de literatura infantil para entregarlos a las escuelas y a los proyectos que trabajan con la niñez. Con un requisito, el que ponemos siempre cuando donamos libros: que las personas que los van a usar pasen por un proceso de capacitación y se comprometan a no usar ninguno de estos libros para actividades didácticas y escolares.

Nuestro objetivo es que cada niño y cada niña encuentren su propio camino hacia la lectura. Pero en el tema de la lectura y de los libros infantiles, como en cualquier otro tema, hay debates. Por ejemplo, qué debe ser primero: que lean cuentos sobre su realidad inmediata o que lean cuentos de la literatura universal que les presentan realidades desconocidas y lejanas.

Resulta difícil decir qué debe ser primero. En nuestro trabajo en los preescolares motivamos inicialmente a las educadoras a que aprovechen y hagan uso de la tradición oral nicaragüense, que es tan rica. Pero también creemos que es fundamental que niños y niñas, especialmente los de los sectores más pobres, accedan a la cultura universal. ¿O es que sólo los niños y niñas ricos o de clase media podrán acceder a los maravillosos cuentos de la literatura universal, mientras los niños y niñas pobres estarán condenados siempre a leer sobre su limitada realidad, a reflexionar sobre su pobreza? No, hay que romper el ciclo por algún lado. Tanto derecho tiene el niño campesino y pobre de Santa María a tener en sus manos un libro de literatura universal que vale veinte dólares como lo tiene la niña de Las Colinas, con un papá con dinero para comprarlo. Nosotros creemos en la complementariedad de los libros de temas nacionales con los de temas universales. Porque “para alcanzar las estrellas hay que tener los pies bien firmes sobre la tierra”.

Otro tema de debate es el que surge ante la competencia de la televisión. Siempre aconsejamos que no hay que poner a pelear al libro con la televisión, porque si entre niños, niñas y adolescentes compiten libro y televisión, el libro siempre perderá. Pero cuando a los niños se les lee desde muy pequeños, cuando pueden acceder a los libros desde pequeños, el libro ocupará tarde o temprano un lugar en su vida. En nuestro país lamentablemente no se hacen estudios de este tipo, pero estudios hechos en México, por ejemplo, revelan que niños y niñas que desde muy pequeños se relacionaron con los libros, a quienes se les leyó, que vieron leer en su casa, cuando llegan a la adolescencia, cuando tienen doce-trece años, dedican tres horas diarias a ver televisión y una hora diaria a leer, mientras que aquellos que no tuvieron estos estímulos sólo ven televisión.

Otro consejo en el que insistimos: es fundamental que padres y madres le lean a sus hijos. Uno de los momentos más especiales en la relación afectiva padres-hijos es el que surge al leerles un cuento. Se establece entonces una comunicación afectiva singular que marca al niño y a la niña y nos marca a padres y madres. Es una sensación que tiene olor, color, sabor, y cada vez que ese niño o esa niña, ya mayores, lea un libro, su inconsciente revivirá esa sensación maravillosa.

El proyecto “Dame de leer” ha tenido mucho éxito en los Preescolares Comunitarios, una experiencia tan positiva como poco conocida. Hay demasiadas cosas que no funcionan en Nicaragua y son las que más bulla hacen. Los Preescolares Comunitarios funcionan y su principal valor es que están funcionando con una participación activa de comunidades que viven en extrema pobreza. Es una gran mentira la que afirma que los padres de familia pobres no se interesan por la educación de sus hijos. Les interesa más que a nadie. El sector de la población que más valora lo que la educación puede hacer por sus hijos es precisamente el de las familias más pobres del país.

La educación preescolar comenzó a tener relevancia en Nicaragua en los años 80, con la revolución sandinista. Hasta entonces sólo existía el nivel preescolar en algunas escuelas privadas. Como parte integral del sistema educativo nacional, el preescolar no existió sino hasta los años 80. A partir de los años 90, aunque la cobertura de la educación primaria se fue reduciendo, el nivel preescolar se ha expandido, incluso mucho más que en los años 80.

No tuvo esto que ver ni con la voluntad política de los sucesivos gobiernos ni con las políticas educativas. Fue la sociedad civil respaldada por la cooperación internacional la que lo logró. A principios de los años 90, y como fruto del trabajo persistente de ONG nacionales e internacionales que trabajan con la niñez, se logró que Nicaragua ratificara la Convención Internacional de los Derechos de Niños y Niñas, y que inmediatamente después se elaborara y promulgara en nuestro país el Código de la Niñez y la Adolescencia, tan poco entendido aún por nuestra sociedad. Fueron dos hitos importantes que permitieron dar relevancia al tema de la niñez en un país con mayoría de niños y niñas como es Nicaragua.

También en esos años 90 regresaron a Nicaragua los préstamos de los organismos multilaterales, muchos de ellos orientados a mejorar la educación, entendiéndola como una inversión para el desarrollo económico. El Banco Mundial comenzó a financiar el proyecto “Aprende”, que ha fomentado la expansión de la educación preescolar comunitaria en todo el país. Hasta entonces, sólo el Movimiento Comunal mantenía algunas experiencias de preescolares comunitarios, microlocalizadas en algunas comunidades.

Algunas cifras actuales. En educación preescolar, la tasa de escolarización ha crecido entre 1990 y 2001 de 12.4% a 27%. Es el sector educativo en el que más ha crecido la tasa de escolarización. No hay nada similar en estos años ni en primaria ni en secundaria. Según datos de 2002 del Ministerio de Educación, 89 mil 300 niños y niñas son hoy atendidos en Preescolares Comunitarios en todo el país. Una cantidad menor, unos 60 mil niñas y niños, son atendidos en preescolares privados o en los preescolares formales -los que dependen del Ministerio, son financiados con el presupuesto estatal y funcionan en las escuelas primarias públicas-. En los Preescolares Comunitarios se atiende al 53% del total de la matrícula en preescolar. Del total de centros de educación preescolar en el país, el 69% son Preescolares Comunitarios. Son 3 mil 869 centros funcionando en toda Nicaragua. Del total de docentes trabajando en educación preescolar, un 67% son educadoras comunitarias voluntarias. Voluntarias, porque a través del proyecto “Aprende” reciben una ayuda, pero que no pasa de 200 córdobas mensuales y que a veces se les entrega con retraso.

En los Preescolares Comunitarios, el 90% de docentes son mujeres. De ellas, el 22% completó los seis años de primaria y el 57% terminó algún año de secundaria o se bachilleró. En Libros para Niños entendimos muy pronto la importancia de fomentar la lectura y el amor a los libros en niños y niñas de los Preescolares Comunitarios. Porque están instalados en comunidades muy pobres. Y porque mientras más pronto se cultive este amor, mayor será el impacto en sus vidas. Y aunque estamos convencidos de que el lugar ideal para formar lectores es el hogar, tratamos de subsidiar las limitaciones que la pobreza impone en la mayoría de los hogares de Nicaragua llevando la literatura infantil a los Preescolares Comunitarios.

Los Preescolares Comunitarios son como un pequeño taburete de tres patas, una “pata de gallina” sostenida por la educadora, por el padre y la madre, y por el liderazgo de cada comunidad -líderes de cualquier proyecto local de desarrollo, líderes religiosos de cualquier denominación, etc-. Hoy, viendo como se han desarrollado estos Preescolares estamos convencidos de que cuando el proyecto del Banco Mundial se vaya del país posiblemente en el año 2004 -y aún cuando el gobierno de Nicaragua no ha cumplido con el compromiso que firmó con el BM de ir integrando al presupuesto parte de los costos de la educación preescolar-, la mayoría de los Preescolares Comunitarios continuarán funcionando. Porque el modelo se ha desarrollado y consolidado sobre esas tres patitas, porque la comunidad realmente participa para que funcionen, y porque en nuestra población toda, también en la rural, ha crecido la conciencia de la importancia que tiene la educación preescolar. Desde hace siete años la Fundación Libros para Niños trabaja con los Preescolares Comunitarios con el apoyo de Save the Children Noruega. En el año 2003 estamos trabajando con los 345 que existen en la región de Nueva Segovia. Trabajamos también con otros 50 Preescolares Comunitarios del municipio de Estelí, la mayoría urbanos y algunos rurales. En los barrios orientales de Managua trabajamos con 28 Preescolares Comunitarios. También con todos los Preescolares Comunitarios de Jinotepe, El Rosario y Santa Teresa, en Carazo. Hemos trabajado en preescolares de San Marcos y de Diriamba. Desde que empezamos el trabajo con los Preescolares Comunitarios, calculamos haber llegado a más de 750 educadoras comunitarias y a unos 12 mil niños y niñas.

En Ocotal funciona la Comisión de Apoyo a los Preescolares Comunitarios de Nueva Segovia. Considero que es un ejemplo de articulación inter-institucional y de articulación entre Estado y Sociedad civil. Estas Comisiones funcionan también en otros lugares. La de Ocotal es el mejor esfuerzo local de este tipo que conozco. En la Comisión participan el Ministerio de Salud, el de Educación, el de la Familia, el Programa Mundial de Alimentos y ONG que trabajan con la niñez en edad preescolar. La Fundación Libros para Niños es una de ellas. En siete años hemos visto pasar varios procesos electorales -que normalmente desarticulan cualquier esfuerzo unitario por la polarización partidaria que generan- y la Comisión ha continuado ahí. Nunca se habla de temas políticos que dividen y siempre los intereses de la niñez en edad preescolar nos articulan y reúnen. Por poner al margen las pasiones políticas esta iniciativa es ejemplar. Lo es también porque rotamos cada año a quien coordina la Comisión, sin que valga esa excusa tan frecuente de que reelegir es la garantía de mantener la experiencia acumulada. También es ejemplar la Comisión por superar esa fragmentación que a veces es tan frecuente en los municipios, donde diferentes grupos llegan a un mismo sector de la comunidad con distintas propuestas, volviendo loca a la gente. Aquí la propuesta y las acciones son siempre conjuntas. Trabajamos con las instituciones del gobierno, contamos siempre con los líderes comunitarios, capacitamos con talleres a educadoras y a padres y madres de comunidades rurales, que a veces caminan horas para llegar a un taller, donde hablamos de nutrición, de las etapas del desarrollo infantil, de vacunas, del juego, donde comentamos las “cartillas para la vida”, donde leemos cuentos en voz alta y en voz baja, los representamos, se llevan libros a sus casas... A estos talleres llegan siempre en mayor número las madres, pero también llegan muchos hombres, preocupados por la educación de sus hijos.

La mayoría de los Preescolares Comunitarios son multigrados y en la misma aula están los niños de tres a seis años, los de los tres niveles juntos. La educadora no tiene a veces suficientes herramientas para hacer gran diferenciación con los tres niveles. No importa. La principal función de los Preescolares Comunitarios es que los niños lleguen, pasen allí tres y cuatro horas jugando, cantando, socializando... Tener un espacio en donde son felices y los tratan bien es muchísimo para niños y niñas que viven en hogares extremadamente pobres y en donde el hambre y el maltrato son realidades diarias. Estos espacios juegan un papel fundamental para el desarrollo de nuestra niñez. Y los padres y madres lo están entendiendo.

En algunos Preescolares, el PMA desarrolló un proyecto para repartir leche y algo de comida a los niños. Hace dos años, cuando el PMA anunció que se acababa este proyecto, muchos nos echamos a temblar. “Sin la comida ya no van a mandar a los niños”. Pero fuimos gente de muy poca fe pensando que sólo por la comida llegaban. Casi ningún preescolar se cerró. Aun sin la comida, los padres y madres siguieron enviando a sus hijos y siguieron participando.

Finalmente, insistir en que no nos gusta hablar del “hábito” de la lectura. Porque nos lavamos los dientes y nos bañamos como un “hábito” de higiene. Y porque también logramos adquirir el “hábito” del estudio. Preferimos hablar de “enamorarnos” de los libros, del “placer” de la lectura. Nos gusta incluso hablar de la “adicción” a la lectura, de volvernos “adictos a los libros”. Casi siempre nos hacemos adictos a algo buscando en ello un placer, aunque algunas adicciones terminan haciéndonos daño. No todas. La lectura y los libros no. Mary Jo Amani, fundadora de Libros para Niños, una estadounidense que vivió en Nicaragua, cuando promovía en su país la Fundación para conseguir apoyo, utilizaba una frase en inglés para explicar nuestro objetivo. Decía que queríamos que niños y niñas “get hooked on books”. Eso queremos: “volverlos adictos a los libros”, “engancharlos en los libros”. Eso queremos: enamorarlos.

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