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  Número 255 | Junio 2003
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Nicaragua

“La maquila es sólo una aspirina: alivia, no cura y sus efectos duran poco”

Jon Ander Bilbao, antropólogo, al frente del equipo de investigación sobre la maquila de Nitlapán-UCA, compartió con Envío algunos datos y reflexiones sobre las empresas de zona franca en Nicaragua, en una charla que transcribimos.

Jon Bilbao

Aunque se suele afirmar que en Nicaragua la maquila comenzó con el gobierno de doña Violeta, la realidad es que ha habido maquila durante los últimos cinco gobiernos. Las empresas maquileras de zona franca dedicadas a la producción de ropa empezaron a instalarse en 1965 durante el gobierno Somoza. Entre 1965 y 1979 funcionaron
12 fábricas de vestido, con unos 8 mil trabajadores en total.

Durante el gobierno sandinista funcionó también la zona franca, con cinco fábricas de vestido, todas estatales, y con unos 3 mil trabajadores. Fue en 1992, durante el gobierno Chamorro, que comienza el auge de la maquila se aprobó entonces una ley para las zonas francas, ley que desfavorece totalmente a los trabajadores y favorece totalmente a los inversores extranjeros, que cuentan siempre con la complicidad del Ministerio del Trabajo.

Al terminar el gobierno de doña Violeta había 17 maquiladoras de vestido donde trabajaban más de 9 mil trabajadores. La explosión de la maquila sucede durante el gobierno de Alemán: 33 fábricas de vestido con 35 mil trabajadores. Con el gobierno Bolaños se amplían las fábricas de vestido ya existentes, y hoy hay 34, en las que trabajan unas 47 mil personas. También funcionan otras 20 fábricas que no producen ropa. Se ha abierto también, por primera vez, en la carretera hacia Mateare, una fábrica no de ropa, sino textil, para la fabricación de tela de algodón. Y por ello, se vuelve a hablar de regresar al cultivo del algodón.

El Presidente Bolaños anunció que al final de su gobierno 100 mil nicaragüenses trabajarían en fábricas de zona franca. Cuando hizo este anuncio estaban planificadas para entrar a funcionar en el año 2002 una gigantesca zona franca de 85 mil metros cuadrados de techo, antes de llegar a la actual zona franca de Las Mercedes, donde podrían trabajar hasta 8 mil personas; y otra aún mayor, situada unos tres kilómetros antes de llegar a Granada, con 100 mil metros cuadrados de techo. Pero en el año 2003 aún no se ha puesto ni una piedra en estos dos proyectos. No sólo muchas mujeres y hombres nicaragüenses se ilusionan como la lechera del cuento cuando empiezan a trabajar en la maquila y sueñan que con un empleo fijo y un salario seguro sus vidas irán mejorando cada día más. Pareciera que también el gobierno elabora con la maquila su propio “cuento de la lechera”.

Hoy existen fábricas maquiladoras de ropa por todo el mundo. Las de Asia, India, Pakistán, Indonesia, abastecen los mercados de Europa. La maquila latinoamericana es la más reciente, y tal vez la más abusiva. Abastece casi exclusivamente al mercado estadounidense. La maquila empezó a extenderse por América Latina en los años 60. Las primeras fábricas las instalaron los estadounidenses en la frontera con México -Chihuahua, Tijuana, Mexicali-, con el objetivo de frenar la migración. Después estas fábricas se fueron multiplicando por todo México y por otros países del continente. Muy pronto se vio que estas fábricas no controlaban la migración. Porque quienes comenzaron a trabajar masivamente en las maquilas fueron las mujeres y quienes emigraban eran los hombres. La migración a Estados Unidos continuó en ascenso y la maquila propició la migración interna de varias zonas de México hacia la frontera en busca de trabajo. Lo mismo pasa en Nicaragua: emigración rural hacia los barrios que rodean las zonas francas de Managua y de sus alrededores. La mayoría de las fábricas maquiladoras han sido instaladas en torno a Managua. Y cerca de los lagos, lagunas y ríos. En un país sin controles ambientales, esto facilita que estas fábricas viertan impunemente a las aguas venenos, químicos, colorantes y todo tipo de sustancias tóxicas.

Durante dos años hice un estudio sobre la maquila en El Progreso, Honduras. En Honduras, son 120 mil las personas que trabajan en la maquila, muchas más que en Nicaragua. Desde hace más de un año estudiamos la maquila nicaragüense, y particularmente Presitex, la maquila de vestido instalada en Sébaco, en funcionamiento desde hace más de dos años. Es la única empresa maquiladora nicaragüense ubicada en zona rural. Conocer el impacto de este tipo de fábrica en una zona campesina atrajo nuestra atención. ¿Qué efectos estaba teniendo? ¿Qué expectativas creaba? ¿Y por qué una maquila en Sébaco? Con el equipo de maquila de Nitlapán-UCA iniciamos una investigación en esta zona y en esta fábrica. Y ya tenemos algunos datos que podemos empezar a compartir. Los antropólogos, tampoco los sociólogos, tenemos facilidades para investigar directamente lo que ocurre dentro de las maquilas.

Los dueños nunca facilitan datos, toda la información la manejan como secreto. La investigación debemos hacerla a través de entrevistas a los trabajadores y trabajadoras, que a menudo se contradicen o nos brindan informaciones parciales y dispersas. En Sébaco, como en el resto de las empresas de zona franca de Nicaragua, de Centroamérica y de América Latina, la mayoría de la mano de obra es femenina, hasta en un 80%. En Sébaco el 87% de las trabajadoras son mujeres. Fuimos descubriendo también que Sébaco no tiene capacidad para abastecer esta fábrica.

Un 60% de la mano de obra no es de allí y llega hasta la fábrica desde comunidades rurales tan alejadas como Tuma-La Dalia, Esquipulas, Terrabona, San Isidro, Ciudad Darío, Estelí, Santa Rosa del Peñón... Hasta de Malpaisillo llegan trabajadoras. Todas son zonas sumidas en el desempleo. Para nuestra investigación hemos entrado en la vida de 35 familias de La Dalia, Santa Rosa del Peñón y Terrabona, tres comunidades extremadamente pobres.

En el Tuma-La Dalia la crisis del café ha dejado a miles de personas sin empleo y existe allí un foco permanente de hambruna. Santa Rosa del Peñón y Terrabona son zonas muy pobres, muy secas, con tierras muy malas para la agricultura. Entre nuestros investigados están también trabajadores de la zona indígena de “la arrocera”,

La empresa Presitex dispone de 14 buses grandes para trasladar a trabajadoras y trabajadores, quienes, aunque más barato, tienen que pagar el pasaje: 2.50 córdobas diarios. Los buses llegan a la fábrica completamente llenos, con cientos de personas que van recogiendo por el camino. La empresa facilitó también a los trabajadores la compra de unas 600 bicicletas, y por eso muchos llegan pedaleando hasta la fábrica, y otros caminando.

Durante la revolución, en Sébaco, famoso por sus hortalizas, sus cebollas y zanahorias, funcionó durante tres años uno de los estratégicos megaproyectos agroindustriales del gobierno sandinista. Con inversión búlgara y maquinaria y capacitación búlgara e italiana, empezó a producirse allí concentrado de tomate enlatado y ya al final, otros productos agrícolas industrializados. Había grandes planes para ampliar esta producción. En 1990, con la derrota electoral del FSLN, el proyecto fue abandonado y después mal vendido en confusos procesos de privatización. En 1999, empresarios de Taiwan -estrechos fueron los vínculos de Taiwan con el gobierno de Alemán y hubo muchos “favores” de por medio- conocieron estas instalaciones, ya arruinadas, y les gustó la zona. Invirtieron unos 12 millones de dólares y transformaron el edificio en una maquila para la confección de pantalones. El 97% de las empresas maquiladoras que existen hoy en Nicaragua se dedican a la confección de ropa. El 99% de todo lo que producen estas fábricas se exporta a cadenas de tiendas de los Estados Unidos. Sólo el 1% va a Canadá. Un pantalón que se vende por 48 dólares en Estados Unidos cuesta 3 dólares producirlo en Nicaragua.

La inversión extranjera en la maquila aprovecha la explotación de la mano de obra nacional y los incentivos y exenciones fiscales que les brinda el gobierno para obtener las ganancias que no obtendrían en sus propios países, donde tendrían que pagar mejores salarios y donde no tendrían tantos privilegios. En Nicaragua, las empresas de zona franca disfrutan de exención del 100% del impuesto sobre la renta generada por sus operaciones, de exención total del pago de impuestos por la importación de maquinaria, equipos y herramientas, de exención total de los impuestos municipales, de tarifas especiales de agua y luz...

El gobierno les crea a estas empresas un mundo especial con el objetivo de atraerlas para que vengan y para que se queden. A Nicaragua sólo le quedan los salarios que pagan, salarios siempre muy bajos. En Sébaco, los taiwaneses pagan salarios quincenales de unos 450-500 pesos. Nadie con familia numerosa, y en el campo todas las familias lo son, puede ni siquiera comer lo más básico con ese salario.

Maquila es una palabra árabe usada como medida de capacidad. En la Edad Media, se empleó en España para denominar la medida de aceite o de harina que los campesinos tenían que entregar al dueño del molino a donde llevaban a moler sus aceitunas o su trigo. Como “maquila”, le entregaban al “señor de la molienda” un siete o un diez por ciento de todo lo que molían. Los mexicanos eligieron esta palabra para designar a las fábricas de zona franca. Y el nombre quedó. Tal vez la eligieron con la lógica de ese pequeño porcentaje que en bajos salarios le queda al país, tal vez por la dependencia que el país tiene del “molinero” extranjero en este tipo de empresas.

En Nicaragua, el 79% del capital en las zonas francas es asiático, sobre todo de Taiwan y de Corea del Sur. Hay también algún capital de Malasia y de Filipinas. El resto es capital estadounidense. El 75% de los cargos de dirección y de control en las fábricas maquileras son asiáticos y asiáticas. Emplean un trato despótico y autoritario con los trabajadores, siendo aún más duros los coreanos que los taiwaneses. El 79% de la maquila en Nicaragua se dedica a la confección de ropa. El resto se dedica a calzado, comunicaciones, adornos, pelucas... También a tabaco, producción incluida en la maquila desde el gobierno Alemán.

¿Qué decir de la maquila de Sébaco? Hasta hace poco, las mujeres jóvenes de estas zonas rurales salían de sus comunidades para trabajar como empleadas domésticas en Managua, en León o en otras ciudades, ganando salarios muy bajos, entre 300 y 700 pesos. Otras emigraban, también como empleadas domésticas, a Costa Rica o a Guatemala. No había para ellas ninguna otra alternativa. Por eso, la aparición de la maquila en Sébaco despertó entre las mujeres una gran expectativa. La recibieron como una oportunidad para progresar sin tener que emigrar y abandonar su comunidad y su familia. Si ya eran madres, la fábrica les daba la posibilidad de “volver” a casa a cuidar de sus hijos. Pasar de empleadas domésticas o de obreras agrícolas temporeras a trabajadoras fijas de una fábrica en la ciudad, donde cobrarían cada quince días un salario fijo, hizo nacer muchas ilusiones.

La realidad es que las mujeres que salen de La Dalia y de otros puntos hacia Sébaco, a 65 kilómetros de distancia, tienen que levantarse a las 3 de la mañana para alistar la comida de su familia, tienen que estar en la carretera a las 5 para tomar el bus que pasa a esa hora recogiéndolas, tienen que pasar 10 horas de trabajo extenuante para regresar después a sus casas a las 9 de la noche. En Presitex, si se hacen horas extra el salario aumenta un poco: 590 pesos a la quincena. Pero es imposible para muchas de estas mujeres hacer horas extra. ¿A qué hora llegarían a sus casas, en qué bus se trasladarían si pierden el de la empresa?

Si en una familia rural típica, con cinco, siete, ocho personas, una de ellas trabaja en la fábrica, su salario no solucionará ni siquiera la alimentación básica de todos. En este caso, la maquila sólo servirá para quitar el primer hambre, nada más. Si trabajan dos personas en la familia -hay bastantes casos-, crecen las ilusiones y comienzan a verse algunas realidades.

Ya se aprecian algunas mejorías en la casa. Por ejemplo, aparecen cuatro sillas de plástico, de ésas que hay por cualquier parte en Managua. Vienen a sustituir las tablas donde antes se sentaban todos. Aparece una radio. De vez en cuando se come carne o pollo. La maquila empieza a resolver más problemas cuando ya hay tres personas trabajando y se juntan tres salarios en una familia. También hay casos. Con tres trabajando ya empieza a ver excedentes, hay renovación de camas, en vez de una sábana guindada del techo separando las habitaciones, se construye una pared. El caso más significativo de avance a causa del trabajo en esta maquila, aunque también atípico, lo encontramos en Cuajiniquil, en una casa donde tres hermanas solteras trabajan en Presitex y la cuarta hermana, casada, maneja un pequeño negocio administrando esos tres salarios. Encontrar en Cuajiniquil una refrigeradora con cervezas heladas para vender es la más clara señal del avance económico. A la hora de la verdad, es necesaria mucha mano de obra familiar para que la maquila tenga un significado económico real.

En septiembre de 1999 se iniciaron las operaciones en esta fábrica, con 500 trabajadores a quienes los taiwaneses les enseñaron a usar las máquinas. No existía ninguna cultura industrial en la zona. Lo mismo había sucedido cuando se instaló el proyecto agroindustrial de los búlgaros. En febrero de 2000 empezó la producción de pantalones con 500 trabajadores. Al inicio, los taiwaneses pagaban 45 córdobas diarios. Hasta que un arrocero de Matagalpa les pidió que bajaran tan “alto” salario, porque ellos estaban pagando 15 córdobas diarios a sus “inditos” de la arrocera y se le iban a ir todos para la fábrica. Los taiwaneses bajaron el jornal de 45 a 20 pesos, aunque después volvieron a subirlo. La fábrica ha crecido, pero dentro de los límites que impone la realidad.

Durante el primer tiempo, en el año 2000, no existió en la fábrica ningún control ambiental: las aguas colorantes -que contienen tóxicos cancerígenos- llegaban al río Zanjón Negro, de ahí pasaban al Río Grande de Matagalpa y de allí desaguaban en el Mar Caribe. Después de muchas denuncias de los medios de comunicación y de asociaciones como el Centro Humboldt, y tras decisiones del Ministerio del Medio Ambiente, la fábrica inauguró en el año 2003 un moderno sistema de tratamiento para la eliminación de estos tóxicos.

Es curioso que en los años 80 y ahora, veinte años después, Sébaco haya sido objeto de dos megalomanías. Sébaco es apenas un cruce de caminos, en donde confluyen carreteras, gasolineras y un pequeño mercado famoso por sus frutas y verduras y otro mercado de herramientas para los trabajos rurales. Pero nada más. ¿Por qué instalar en Sébaco proyectos tan gigantescos, “elefantes blancos” como se les llamó a los de los años 80? En febrero del año 2000, el taiwanés que inauguró esta empresa anunció, tal vez contagiado por esa megalomanía, que el proyecto estaría completamente terminado en tres años, con sus tres etapas, y que para entonces, contaría con capacidad para producir cien mil pantalones jeans diarios con un personal de 7 mil trabajadores. ¡Cien mil jeans diarios! ¿Por qué Sébaco, tan pequeño y limitado convoca a la megalomanía? Pregunta curiosa, porque en la concreta al Sébaco actual y real no le interesa mucho la maquila instalada allí. Hablas, por ejemplo, con el alcalde de Sébaco y en el ayuntamiento no tienen ninguna información de lo que realmente es la maquila, de lo que allí está pasando y de lo que está impactando a la gente de la zona.

A finales del año 2000 la fábrica tenía ya 2 mil trabajadores. En el año 2001, después de los ataques terroristas del 11 de septiembre, bajó el consumo en Estados Unidos, tuvieron que reducir la producción y despidieron gente. Se quedaron con 1,460. Suben-bajan, suben-bajan, suben... Siempre es así. Todo depende de la demanda en las tiendas de Estados Unidos, de los altibajos del consumo, al igual que lo que producen depende de las modas. También hay altibajos en el número de empleados por otras razones. En junio de 2002 la maquila de Sébaco sufrió un “monitoreo”. Actualmente, existe en Estados Unidos una intensa campaña de defensa de los derechos humanos de las trabajadoras de las maquilas de los países del Sur, exigiendo a estas empresas que no se conviertan en antros de explotación en donde se violan los derechos humanos y los laborales.

El monitoreo lo realizan un abogado y un economista de la empresa estadounidense que compra a la maquila su producción. Y a veces, sin avisar, se presenta a la maquila un monitor para hacer una revisión en la fábrica. En este caso, exigió a los taiwaneses entrevistarse con 30 trabajadoras elegidas libremente. Después de hablar con ellas, de visitar los baños, ver las comidas y el lugar de trabajo, después de conocer las quejas sobre malos tratos, la empresa estadounidense le cortó a Presitex el contrato de compra de su producción. Esto significó una reducción en la producción. Y también en el número de los trabajadores: despidieron a unos 200.

Actualmente, el número de trabajadores de la fábrica ha crecido y hoy trabajan en la zona franca de Sébaco 2 mil 43 personas. Este sube y baja supone una inestabilidad muy grande. Y genera una gran inseguridad entre la gente. En enero de 2003 hubo en la empresa huelgas diarias de brazos caídos reclamando que no les habían pagado las navidades.

El presidente de la Corporación Presitex, Sam Ho, anunció entonces que, por diferentes problemas, incluída la huelga, la fábrica de Sébaco había perdido ya 6 millones de dólares y le advirtió al gobierno que si no se resolvía la huelga, la empresa se retiraría del país. Una amenaza que estos inversores usan constantemente con el gobierno: si el Ministerio del Trabajo no les concede todo, si no los defiende en todo... se van. Y con ese “nos vamos”, siempre han ganado en todos los conflictos.

En Sébaco no existe cultura industrial, cultura de fábrica. En todo el mundo, en las ciudades y los pueblos que han tenido y tienen industrias, existe toda una cultura en torno a la fábrica: es un referente, es una identidad, es una meta, construye un sentido de pertenencia, proporciona un arraigo... En torno a la fábrica se organiza el futuro: las carreras que se estudian, los planes que se hacen en la familia, la educación que se recibe, la visión del trabajo y de la organización de la vida que se adquiere. La fábrica crea toda una cultura. En Sébaco la maquila está totalmente yuxtapuesta a una realidad que es rural. Y naturalmente, esto también facilita que algún día se vayan... sin dejar nada. El campesino, la campesina tienen otra cultura. Resulta interesante escuchar, por ejemplo, los comentarios de una mujer de 36 años y de su hija de 18, las dos trabajando en la maquila de Sébaco. Están contentas porque ahora ganan un salario y administran dinero, pero no dejan de sorprenderse a diario de la realidad industrial, que les es totalmente desconocida: “Ahí dentro todo es obligado, nada hacés por tu voluntad, estás exigida a todo”. Y es que la disciplina, el horario rígido, el orden, lo sistemático, es totalmente ajeno a la cultura campesina, donde cuando quieres te levantas, cuando quieres descansas, cuando quieres entras o sales o miras el cielo, cuando quieres te sientas o comes...

En la maquila, estas campesinas se encuentran con el extremo del control y de la falta de libertad. Hasta niveles de inhumanidad, porque incluso les administran los turnos para ir al baño. Hasta hace poco, el supervisor o la supervisora manejaban un ticket para controlar las veces que sus quince-veinte trabajadoras iban al baño y la media permitida era de sólo dos veces al día. Y si no, a aguantarse. Por otra parte, dentro de la maquila, los jefes taiwaneses buscan que los trabajadores rivalicen. Se prescinde de la solidaridad. Lo hacen calculadamente dando a algunos y a algunas durante una semana el cargo de vigilantes de los baños, de las puertas, el cargo de responsables de líneas.

Y como siempre, con el cargo viene la perversión. El objetivo es que no se desarrollen amistades entre los trabajadores. Esta comparación constante entre la vida rural y la vida industrial, entre la pobreza con libertad y el dinero para sobrevivir sin ninguna libertad, esta contradicción continua entre preferir la fábrica al campo para poder salir adelante; y después y enseguida preferir el campo a la fábrica para recuperar la libertad, se encuentra muy presente en la subjetividad de las trabajadoras y los trabajadores de Sébaco.

En Sébaco, existe el “club de ex-trabajadores de la maquila”. Además de la mucha gente que resulta despedida por distintas razones, hay otros muchos que se despiden ellos mismos, no resisten. Y aunque los taiwaneses nunca van a darnos esos datos, creemos que en las zonas campesinas en torno a Sébaco hay ya muchos más ex-trabajadores que quienes son actualmente trabajadores. Esto significa que la gente no resiste durante mucho tiempo este sistema de trabajo. Por la falta de libertad. Por las enfermedades que provoca: enfermedades pulmonares causadas por la pelusa del algodón en un lugar tan cerrado, afectaciones de la columna vertebral, artritis y várices por pasar o todo el día de pie o todo el día sentadas. En 1999 en Honduras, sí pudimos hacer un estudio con datos fiables para comparar el número de los ex-trabajadores con el de los trabajadores y el porcentaje de quienes habían salido de la maquila era muy alto, casi un 60% superior al número de quienes estaban trabajando.

En la maquila de Sébaco no hubo sindicato hasta después de una primera huelga en enero de 2000, organizada de forma espontánea y sin dirección. En nuestra investigación, no sólo estamos haciendo la historia de la fábrica sino también la del sindicato. Aunque el sindicato es débil en relación al enorme poder que tiene la dirección, es representativo: unos 270 afiliados. Y ha obtenido algunos pequeños éxitos en las huelgas que ya ha habido en esta fábrica.

En Sébaco, la maquila provoca un gran desarraigo familiar. Una mujer que sale de su casa antes de las 5 de la madrugada y regresa ya noche rendida de cansancio no ha abandonado su comunidad, pero no vive con su familia. Si estas mujeres no encuentran una abuela o una tía o alguien que les cuide a los hijos pequeños, tienen que dejarlos en manos de niñas también pequeñas, de diez, doce años, con riesgos y peligros enormes. Entre las mujeres jóvenes rurales de Sébaco -y jóvenes de menos de 22 años y mujeres son el 50% de todas las trabajadoras de la maquila- comenzar a trabajar en la fábrica siempre despierta grandísimas ilusiones. Tener dinero propio y dinero fijo cada quincena, poder administrar ese dinero, poder comprarse “cositas de oro” -dado el sentido de lo duradero y el valor simbólico que cualquier campesina le otorga al oro- alimenta durante un buen tiempo esas ilusiones.

Uno de los impactos mayores que tiene la maquila sobre las mujeres, y más especialmente sobre las mujeres jóvenes y solteras, también sobre las madres solteras -calculamos un 35% en esta zona-, tiene que ver con su estética personal, con el cuido de sí mismas. Resulta muy profundo este impacto. Para muchas de estas muchachas la maquila ha representado una nueva vida y mucha alegría: salir de la comunidad rural, del pueblo, llegar a la ciudad, conocer otro mundo, conocer a otras muchachas, conocer a otros hombres.

Todo esto se expresa en el cambio de aspecto. Se visten a la moda, se arreglan, aprenden a pintarse. Sandalias, zapatos deportivos, zapatos de tacones, cortes de pelo novedosos. Aparecen los perfumes, los cosméticos, las cremas. Y empiezan a lucir las anheladas “cositas de oro”: chapitas, pulseras, collares, anillos. Y en las comunidades empiezan a olvidarse de las rancheras y suena música “actualizada”, como la llaman ellas. Como la que suena en Managua. En general, se puede afirmar que existen varios flancos de impactos positivos de la maquila entre las mujeres. Y está claro que no es lo mismo mirar esta compleja realidad con ojos de mujer que con ojos de hombre.

Compleja y contradictoria, la maquila no es más que un espejismo. Especialmente, si se piensa que esta masiva generación de empleos desarrollará a Nicaragua. En promedio, el pago de nuestra mano de obra es de 0.19 centavos de dólar la hora. Nicaragüense no es ninguna de las materias primas que emplean las maquilas de vestido en Nicaragua.

En realidad, no podrían serlo porque en Nicaragua no se fabrican ni botones ni hilos ni zippers ni nada. Lo único que ha empezado a ser nicaragüense, y sólo desde hace poco, es la piedra pómez con la que se decoloran hoy, según la moda, los jeans simulando pliegues y arrugas. La piedra pómez blanca de la zona volcánica de Masaya ha permitido a las empresas asiáticas ahorrarse costos en otros decolorantes. Pero fuera de las piedras pómez, todo se importa, todo viene de fuera: marca, diseño, materias primas... y dirigentes. Y después de un montón de privilegios, toda la ganancia va para afuera. Al país sólo le queda un alivio en salarios para el alto desempleo que tenemos.

Por todo esto, la maquila en Nicaragua es sólo una aspirina: quita algunos dolores de cabeza, pero no quita la enfermedad que produce esos dolores. Y como la aspirina, es un remedio de efectos no duraderos. Todas las exenciones fiscales y privilegios que se le brindan a estas empresas duran diez años. Y por eso, a los nueve años y medio la fábrica se va, o si les interesa seguir, cambia de nombre o cambia de dueño, y sigue gozando de privilegios. En el mundo industrializado, las fábricas han durado décadas. Son referencias para millones de personas. Por eso crean cultura. La fábrica de zona franca es totalmente efímera. La maquila es el remedio más fácil, una vulgar aspirina: sólo alivia temporalmente un gravísimo mal de fondo.

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