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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 246 | Septiembre 2002
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Guatemala

Hermano Pedro: reflexiones ante el primer santo de Centroamérica

Juan Pablo II llegó a Guatemala, dejó ver su sufrimiento, nos heredó un santo, el Hermano Pedro. Y se fue. ¿A que país llegó el Papa? ¿Quiénes le recibieron? ¿Qué quedará de su visita?

Juan Hernández Pico, SJ

La tercera visita del Papa Juan Pablo II a Guatemala en 2002 ha sido la antítesis de su primera visita en 1983, al menos en un tema muy polémico. Aquella primera visita estuvo marcada por el rechazo del entonces Jefe de Estado golpista, General Efraín Ríos Montt, a la petición del Papa de indultar a seis condenados a muerte por los jueces sin rostro de los tribunales de fuero especial. Los seis fueron fusilados mientras el Papa se encontraba en Costa Rica.

De nuevo la pena de muerte

Entonces, parece ser que el Papa estuvo a punto de cancelar su visita a Guatemala. Hoy, días antes de su llegada, Juan Pablo II pidió al Presidente Alfonso Portillo decretar una moratoria en las más de veinte condenas a muerte que están pendientes de ejecución. Portillo respondió comprometiéndose a no firmar ningún decreto de ejecución durante el resto de su período presidencial y prometiendo enviar al Congreso el mismo día de la llegada del Papa un proyecto de ley para abolir la pena de muerte en Guatemala, promesa que cumplió. El tema de la pena de muerte se convirtió así, casi 20 años después, en un símbolo. Ríos Montt, hoy de nuevo en el poder, como Presidente del Congreso, no asistió a la misa de canonización del Hermano Pedro.

No poca prensa opositora, habitualmente crítica de Portillo, calificó de "demagógicas" las promesas del Presidente al Papa. Sin embargo, y como escribió Oscar Clemente Marroquín, uno de los editorialistas del vespertino "La Hora", difícilmente podía verse en esta ocasión como demagogia el compromiso del Presidente contra la pena de muerte, en un país donde la gran mayoría de la opinión pública, incluso entre los católicos, está a su favor, y en donde los partidos levantan la pena de muerte como bandera contra la criminalidad y como baluarte de la seguridad ciudadana.

En el juego de "compadres hablados"

También podía pensarse -con una malicia para la que no hace falta demasiada inteligencia- que Portillo estaba jugando con Ríos Montt al juego de los "compadres hablados": Yo respondo con generosidad y altura ética al llamado del Papa, yendo más allá de lo que ha pedido, y vos te encargás de aplicarme, en el Congreso el candado legal, preservando así las posibilidades electorales del FRG.

A un mes de la visita papal, la malicia de los "compadres hablados" había ganado espacios en el terreno político. Después de declaraciones ambiguas de Ríos Montt al recibir de la oficina presidencial el proyecto de ley contra la pena de muerte, la comisión de Legislación y Puntos Constitucionales del Congreso registró un dictamen desfavorable a la abolición de la pena de muerte. Ahora, el proyecto, con el dictamen adjunto, tendrá que ser presentado al pleno del Congreso. No hay duda de que la abolición de la pena capital será rechazada. Lo que sí cumplirá Portillo, pues sería difícil que llevara su habitual práctica de la mentira hasta el extremo, es no firmar decretos de ejecución durante su período.

Pena capital: un respaldo masivo

Mientras el Papa estuvo en Guatemala poco se habló en público de este tema. Cuando el Papa se fue, estalló el debate en las columnas de las páginas editoriales de la prensa: total respeto al Papa y al mismo tiempo, total disenso ante su petición.

No es que no se reconozca que en Guatemala, al igual que en otras partes del mundo, la pena de muerte no tiene valor de disuasión para los criminales. Lo muestran las estadísticas: los criminales no se retraen de cometer los delitos castigados con la pena capital. No lo hacen ni siquiera en la República Popular China, país donde el Estado aplica la pena de muerte con más frecuencia, en números absolutos, y con mayor espectacularidad. Tampoco se amedrentan y se retraen por la pena de muerte los criminales en los Estados Unidos, donde se ejecuta incluso a criminales con retraso mental. Reconocidos estos límites, se olvidan inmediatamente. Y enseguida se pasa a afirmar que la abolición de la pena de muerte puede ser buena para la tranquila y civilizada Suecia, pero no para esta Guatemala batida por la criminalidad, donde además, los presos se fugan masivamente. Y se sostiene que en Guatemala, donde la inseguridad por el crimen es tan grande, los ciudadanos no pueden ver disminuida su defensa de la seguridad aboliendo la pena de muerte. O simplemente se afirma que la ley es la ley y debe ser cumplida mientras exista, como lo dijeron los empresarios del CACIF. Ni siquiera se llegan a considerar otros hechos también constatados en Guatemala: no pocos inocentes han sido ejecutados y los procesos en que se reivindicó su inocencia no pudieron devolverles la vida; y la mayoría de las condenas a muerte recaen sobre indigentes, desempleados y marginados de la sociedad, o sobre ex-policías, ex-soldados y ex-miembros de grupos paramilitares, a quienes la misma sociedad, a través de las instituciones estatales, los enseñó a matar.

Un mensaje papal que suena a música celestial

Mientras no se oye proponer una reforma radical del sistema penitenciario, que incluya presupuestos más amplios, formación y digna retribución salarial para los funcionarios carcelarios, programas de rehabilitación, no se puede evitar la sensación de que los periodistas están siguiendo una corriente emocional de indignación ciega en una sociedad crecida con una cultura de la violencia. La madre de la adolescente Beverly Sandoval, asesinada hace cinco años mientras estaba secuestrada, lo dijo lapidariamente: la propuesta para abolir la pena de muerte es "otra burla a la justicia". "Portillo se preocupa por los derechos de los sentenciados a muerte -dice- pero no por nuestros deudos, que no tuvieron ningún derecho cuando los secuestraron y los mataron". Así, que venga el Papa, que se lo aplauda y que se fortalezca la identidad religiosa, es una cosa. Pero otra cosa es que su mensaje sobre la abolición de la pena de muerte les suene a muchos a música celestial en un país demasiado "terrenal".

Una fiesta con 750 mil invitados

Lo primero que se apreciaba en el Hipódromo del Sur, muy cerca del aeropuerto, donde tuvo lugar la misa de canonización del Hermano Pedro, era la presencia de una inmensa masa de gente de todas las etnias, de todas las clases sociales, de todos los colores y de todas las edades. Llegaron en largas peregrinaciones que duraron la noche entera, desde los cuatro extremos de la capital y desde los cuatro puntos cardinales del país. Juntos y revueltos estuvieron todos, a excepción de unas 500 personas que como invitadas especiales fueron colocadas en lugares también especiales. Entre ellas, gente de las clases sociales más altas.

En el mar de gente, la mayoría era probablemente de la capital, pero no faltaban grupos organizados de indígenas de municipios y parroquias del altiplano. En ese mismo lugar y para el concierto del cantautor guatemalteco Ricardo Arjona, se vendieron meses antes medio millón de entradas. La gente que asistió al concierto señaló que el Papa llenó más el lugar. Los medios dieron la cifra de 750 mil personas.

El jesuita antropólogo Ricardo Falla, que estuvo mezclado entre la gente, me decía que era "todo un pueblo encontrándose a sí mismo y celebrando su identidad". Un pueblo guatemalteco diferente al de aquellos que diseñaron y ejecutaron masacres, a los que ahora viven amenazando desde su impunidad y sacando ventajas del crimen organizado y de la corrupción. Un pueblo "sano, vibrante, cortés, muy mezclado de indígena, pero también con sus manchas blancas, canches, como decimos aquí, y sobre todo feliz de poder estar reunido en común, con alegría, sin miedo, sin violencia, reaccionando con cariño a los venidos de Tenerife -la patria del Hermano Pedro- y de otros países".
Un pueblo que se había volcado con todo su arte en las semanas previas diseñando y haciendo las tradicionales alfombras de aserrín de colores, de las que el Papa manifestó sentir "nostalgia" antes de venir.

El Hermano Pedro: un santo de los pobres

Esta masa de gente tenía también un toque de centroamericanidad. Además de la Presidenta panameña, Mireya Moscoso, de todos los Presidentes de los países centroamericanos y del Primer Ministro de Belice, estaban presentes otras personalidades políticas, desde algunas de reconocida raigambre católica como la Ministra de Educación de El Salvador, Evelyn Jacir hasta otras poco vinculadas al catolicismo como el alcalde de Managua, Herty Lewites. Grupos de peregrinos respondían levantando sus banderas cuando el animador mencionaba los nombres de Honduras, Nicaragua, El Salvador...

Fue una fiesta para honrar la memoria del primer santo canonizado de Centroamérica, el Hermano Pedro de San José de Betancur. Sin canonización oficial, Centroamérica ya tenía su "santo" en el arzobispo salvadoreño mártir Oscar Romero, venerado por el pueblo pobre en El Salvador, en Centroamérica y en América Latina.

El Hermano Pedro es también un santo pobre, un santo de los pobres y para los pobres. En este año 2002, los obispos de Guatemala han desarrollado un enorme esfuerzo para que el pueblo vea en él al buen samaritano de la parábola de Jesús de Nazaret. La Carta Pastoral que publicaron el 2 de junio la titularon "Anda y haz tú lo mismo", en referencia a la respuesta que dio Jesús al letrado que le preguntó "¿Quién es mi prójimo?" En aquella ocasión Jesús identificó como "prójimo" de quien yacía en el camino medio muerto, al samaritano que a él se aproximó para ayudarlo.

La intención de los obispos es actualizar el ejemplo del Hermano Pedro, un español sencillo que en el siglo XVII, siendo joven, oyó hablar de los grandes misioneros en América y con 24 años llegó al Nuevo Continente con sueños aventureros. Dejando a sus espaldas Cuba y Honduras, se quedó en lo que hoy es Antigua, la cabeza de la Capitanía General de Centroamérica, haciendo de este lugar su patria. Y aquí gastó su vida en solidaridad con los pobres de muchas razas, muriendo agotado 17 años después.

"Anda y haz tú lo mismo"

"Anda y haz tú lo mismo". En muchas emisoras del país resonó con fuerza este llamado de los obispos durante los dos meses previos a la canonización del Hermano Pedro. Se trata de un llamado a "fortalecer el compromiso por el bien común". Los obispos dijeron a la gente una y otra vez que "es más humano trabajar por la unidad, fortalecer la sociedad civil, combatir la corrupción, luchar contra la impunidad, crear leyes justas y juzgar conforme al derecho, trabajar por el bien común y la construcción de la paz, que encerrarnos en la indiferencia ante la vida de los más pobres, que pasan a engrosar el número de los excluidos que no cuentan para nada".

La intención de promover la solidaridad con la gente pobre, aprovechando la visita del Papa Juan Pablo II, fue más sobresaliente que afianzar a la iglesia católica sobre las iglesias evangélicas, aunque es cierto que el arzobispo de Guatemala, Rodolfo Quezada Toruño, recibió al Papa "en la fe, esta fe una, santa, católica, apostólica y romana, heredada como un don de Dios Nuestro Señor por medio de nuestros antepasados".

Era imposible que la asistencia masiva de católicos no tuviera una veta de afirmación católica en momentos en que en Guatemala se están incrementando las identidades protestantes, y sobre todo las evangelistas. Pero en la carta pastoral sobre el Hermano Pedro los obispos destacan que su ejemplo de "cristiano que tomó profundamente en serio las exigencias del evangelio posee en sí mismo un valor ecuménico innegable. Por ello proponemos su testimonio abierto y sencillo, en medio de la realidad tan compleja que nos toca vivir, como lugar de encuentro entre las diversas confesiones cristianas en Guatemala... En él resplandece la imagen de Cristo hermano de todos, amigo de los pobres y buen samaritano de cuantos quedan a la orilla del camino de esta historia que como comunidades cristianas compartimos."

Los obispos usaron también en su escrito una de las frases más típicas en la experiencia evangelista: "¿Quién puede presumir de haber encontrado a Cristo? Sólo el amor solidario, en la persona de los más pobres, hace posible este encuentro."

En castellano y en cacchiquel

En la Misa de canonización del Hermano Pedro, el arzobispo de Guatemala recibió al Papa en lengua castellana y en lengua cacchiquel. Luego, dos diáconos cantaron el Evangelio del Juicio Final en ambas lenguas. Y el canto resonó, firme y claro, sobre el inmenso silencio de la multitud. El arzobispo de Guatemala dio la bienvenida al Papa recordando uno de los ejemplos más grandiosos de cumplimiento del evangelio en Guatemala: "Os recibimos en la fe rubricada en la sangre derramada por nuestros testigos de la fe, por nuestros mártires, encabezados por nuestro inolvidable obispo auxiliar, monseñor Juan José Gerardi Conedera." Grandes aplausos corearon la memoria de Gerardi.

El Papa, en cambio, no mencionó a Gerardi, ni en la Misa ni en ningún otro momento de su estadía en Guatemala. Llamó la atención, tanto más que en 1983, en San Salvador, había mencionado con elogio y cariño al mártir Monseñor Romero y había ido a Catedral a postrarse ante su tumba. Postrarse ante la tumba de Gerardi no se lo permitía hoy su salud agotada. En cuanto a mencionarlo, ¿le habrían sugerido que podría resultar contraproducente mencionarlo él, y que dejara que su nombre sólo apareciera en boca del arzobispo, hablando en su presencia? Recovecos difíciles de explorar en una persona que desempeña dos roles: jefe de la Iglesia Católica y jefe de Estado del Vaticano. Recordando que Juan Pablo II, en los encuentros interreligiosos de Asís, ha sido capaz de inventar una nueva y personal manera de encontrarse con otros líderes religiosos, pareciera que no está tan dispuesto a hacerlo en ambientes predominantemente católicos.

Juan Pablo II: respeto y admiración para los indígenas

El Papa retomó el evangelio del examen final de la humanidad en una homilía sencilla y corta, que demoró mucho en concluir, porque pronunciar cada frase le costaba un triunfo. Hasta el punto de que en un momento tuvo que detenerse y pareció no poder continuar. Sucedió precisamente después de haberse dirigido a los pueblos indígenas expresándoles su "aprecio y cercanía". Después de una tromba de aplausos que llenó el vacío, el Papa continuó diciéndoles que no los olvida y "admirando los valores de vuestra cultura, os alienta a superar con esperanza las situaciones, a veces difíciles, que atravesáis." Y les entregó este mensaje: "¡Construid con responsabilidad el futuro, trabajad por el armónico progreso de vuestros pueblos! Merecéis todo respeto y tenéis derecho a realizaros plenamente en la justicia, el desarrollo integral y la paz."

Precedidas por una agria polémica sobre la discriminación étnica y racial, desencadenada después que una mujer indígena vestida con su ropa típica fue rechazada en un bar ubicado en una elegante zona de la capital, las palabras del Papa quedaron en el aire inquietando los corazones. Lo importante es que habló a la población indígena como a responsables de su historia y herederos de una gran cultura, lo que significa que hablaba a gente que no necesita de tutores. Y que reconoció la dificultad de su vida en un país que aún no ha reconocido ser como se estableció constitucionalmente, un Estado "pluriétnico, multicultural y plurilingüe", reclamando el respeto que se les debe y los derechos que les asisten.

La misericordiosa retina del Hermano Pedro

Celso Lara y Haroldo Rodas, dos prominentes historiadores y antropólogos guatemaltecos, se refirieron al Hermano Pedro en el vespertino "La Hora" como una persona a quien "su arribo a Guatemala, a un espacio geográfico de abundantes etnias, le hizo concentrar su retina en los amplios problemas socioeconómicos de aquella división". Así actualizan ellos el valor que tuvo su fundación de un hospital para pobres, españoles, nativos, negros, mestizos y mulatos, cuando lo único que había entonces en Santiago de los Caballeros de Guatemala era un hospital para españoles acomodados.

También se destaca el valor de las escuelas de primeras letras que el Hermano Pedro fundó para combatir en la gente pobre el analfabetismo y la falta de educación. Como pastor en sus nativas Islas Canarias, él había tenido en la falta de educación un límite para aprender las letras necesarias para el sacerdocio, y eso le llevó a vivir su vocación religiosa como laico.

Un llamado a la misericordia

El Papa interpretó la vida del "nuevo santo, verdadero hermano de todo el que vive en el infortunio", como "un apremiante llamado a practicar la misericordia en la sociedad actual, sobre todo cuando son tantos los que esperan una mano tendida que los socorra." "Pensemos -dijo- en los niños y jóvenes sin hogar o sin educación; en las mujeres abandonadas con muchas necesidades que remediar; en la multitud de marginados en las ciudades; en las víctimas de organizaciones del crimen organizado, de la prostitución o la droga; en los enfermos desatendidos o en los ancianos que viven en soledad." El Papa dijo que la herencia del Hermano Pedro "ha de suscitar en los cristianos y en todos los ciudadanos el deseo de transformar la comunidad humana en una gran familia, donde las relaciones sociales, políticas y económicas sean dignas del hombre, y se promueva la dignidad de la persona con el reconocimiento efectivo de sus derechos inalienables."

El mensaje fundamental del Papa al pueblo de Guatemala se centró en su valoración de los pueblos indígenas. Si, además, hubo algún otro mensaje a destacar, éste fue el llamado a la misericordia, entendida como una "conmoción de las entrañas" frente a la miseria de multitudes. El "principio misericordia" es considerado por el teólogo latinoamericano Jon Sobrino como el fundamento de la teología de la liberación, y según el teólogo europeo Johann Baptist Metz, "misericordia es la palabra clave del programa universal del cristianismo en la era de la globalización".

Bendecidos y pidiendo bendiciones

Volviendo a lo que me contó Ricardo Falla, "la impresión que la gente daba al salir de la ceremonia de canonización, era de tranquilidad. No había agresión, no había crispación, había alegría, a pesar de que en la salida no había la holgura del mismo hipódromo, donde la gente podía sentarse y aun acostarse. Al salir, la gente iba apiñada, pero en paz. Iba compungida, como arrepentida, conmovida por dentro, como diciendo ‘miren lo que somos, tenemos que compadecernos’. Era un pueblo emocionado, compadecido, porque el mensaje había sido la misericordia, no la lucha, no la defensa de los derechos humanos, ni tampoco la mera afirmación católica".

Cuando estuve repartiendo la comunión, recorrí buena parte del Hipódromo y tuve otra visión, seguramente no contraria sino complementaria. Otro retazo de la visión completa. La gente estaba como en un gran día de campo, con su comida, con sus bebidas, felices. Mucha gente comulgaba, pero después, mucha más gente me detenía para pedir bendición a su rosario, a su agua, a su gorra del Hermano Pedro, a sus hijos e hijas o a sí mismas. Me abrumaba la impresión de ser representante de la religiosidad popular, no de la religiosidad que vive de mensajes que exigen consecuencias en la práctica ética de la vida, sino de esa otra religiosidad, la que se nutre de lo sagrado como de un pararrayos para desviar las desgracias y que no mira sagradas a las personas por su valor y su dignidad, sino que cree es sólo con una bendición que se vuelven sagradas.Cuando salía de la ceremonia y caminaba por el bulevar Liberación, conté hasta veinte mendigos en unos 400 metros. La gran mayoría de la gente caminaba ligero y nadie depositó monedas en las manos tendidas de aquellos indigentes. ¿Para cuánta gente el día de su encuentro con el Papa y con el nuevo santo habrá significado el comienzo de un cambio desde la religión de los ritos y las bendiciones a la religión del corazón compasivo y de la práctica ética? ¿Cuánta gente habrá escuchado aquel llamado de los obispos guatemaltecos: "Anda y haz tú lo mismo"?

¿Por qué convoca este anciano doliente?

Brota también la pregunta de por qué el Papa, este Papa Juan Pablo II, convoca multitudes tan enormes. Tal vez el verlo tan enfermo, tan débil, claramente convertido en un hombre anciano y enfermo, a quien se le va la vida, ofrece una clave de respuesta. Provoca admiración su indudable valentía. Suscita compasión su evidente destrozo. Y -reflexionaba también Ricardo Falla- "en la gente joven especialmente hace surgir un cariño por el abuelo enfermo y doliente pero sabio, que incita a la confianza". No es ya el hombre fuerte que vino a Centroamérica hace 19 años por primera vez, que besaba la tierra sin ayuda de nadie y leía sus homilías parado firmemente y con voz estentórea, exigiendo silencio a las masas sandinistas, dolidas y rebeldes, de Nicaragua. No es ya el hombre que era en 1983, capaz de desafiar a Ríos Montt en Guatemala, así como lo desafió Ríos Montt a él, y de gritar con voz potente "¡No más divorcio entre fe y vida! Si aceptamos a Cristo, realicemos las obras de Cristo."

Tal vez por eso hoy, cuando la gente oye que el Papa ha dicho que él "podría renunciar con tranquilidad si Jesús hubiera bajado de la cruz", no deja de darle la razón. Aunque, por otro lado y desde otras perspectivas, sea poco comprensible que una iglesia universal como la católica, aún tan centralizada, esté hoy gobernada por un hombre que tiene tanta energía en su corazón y una mente clara, pero cuyas fuerzas le abandonan y tiene que dejar más y más instancias de gobierno en manos de funcionarios de la curia vaticana, de los cuales es difícil aceptar que cumplan el encargo del sucesor de Pedro de "confirmar a sus hermanas y hermanos en la fe."

Ahora, en Guatemala, el Papa tuvo que callar casi medio minuto durante su homilía y nadie supo si era porque el viento le volaba las hojas de su texto, o porque su rigidez ósea y muscular lo hacía resbalarse sobre el tejido del asiento del sillón, o porque iba sintiendo una fatiga y agotamiento crecientes. El hecho es que se le escuchó decir a través del micrófono: "¡Terribile!". Pero, al final, como apoyado por la misma multitud, también le escuchamos decir entre tierno y firme: "¡Guatemala, te llevo en el corazón!".

Veinte años después...

¿A qué Guatemala vino el Papa para canonizar al Hermano Pedro? Hace 19 años vino a una Guatemala en pleno conflicto armado interno, diezmada por las masacres y la política de tierra arrasada, un país donde se asesinaba a intelectuales y a catequistas, a sacerdotes y a religiosas. El Papa clamó entonces: "Que nadie pretenda confundir nunca más evangelización con subversión" y afirmó también que la "promoción humana es parte integrante de la evangelización y de la fe". Y también tuvo que decir que "cuando se atropella al hombre, cuando se violan sus derechos, cuando se cometen contra él flagrantes injusticias, cuando se le somete a torturas, se le violenta con el secuestro, o se viola su derecho a la vida, se comete un crimen y una gravísima ofensa a Dios; entonces Cristo vuelve a recorrer el camino de la pasión y sufre los horrores de la crucifixión en el desvalido y en el oprimido."

En 1996, durante su segunda visita, la paz todavía no había sido firmada. En aquella ocasión los obispos enfocaron la visita sobre la numerosa lista de los "testigos de la fe", todas y todos los que habían sufrido injustamente la muerte durante los años del conflicto armado.

Las luces de un país iluminado

En su carta pastoral sobre el Hermano Pedro, los obispos de Guatemala escriben que en "la Iglesia y la sociedad que Juan Pablo II encontrará no son fáciles de describir, pero delatan luces y sombras".

En la columna de las luces que alumbran la sociedad guatemalteca, afirman que "existe mayor conciencia del reclamo y ejercicio de la justicia y solidaridad, de los derechos humanos y el valor de la persona; se aprecia un inextinguible espíritu de sobrevivencia ante las duras realidades cotidianas; se reafirman la dignidad de las culturas indígenas, el fortalecimiento de la sociedad civil y el régimen de legalidad; crece la preocupación por el bien común y la viva conciencia en el reclamo de una gestión pública transparente, el número de los que buscan la libertad, combaten la corrupción, defienden lo derechos y viven con honestidad."

Las sombras de un país ensombrecido

Constatan también los obispos muchas sombras y "grandes obstáculos que impiden una reconciliación nacional" y hacen "imposible el diálogo", llevando a una parálisis de la acción por el bien común.

En primer lugar denuncian con firmeza que los Acuerdos de Paz "son aún tarea pendiente", que "no han pasado de la letra al corazón" del pueblo, y que esto "denuncia tremendas fallas en nuestras instituciones", y revela además "la vulnerabilidad de la conciencia de cada ciudadano" en la alternativa entre el bien común y el privilegio fortalecido incluso por medios ilícitos. Afirman que "el logro de la paz puede caer en el vacío por ausencia de diálogo, por el permanente enfrentamiento o por la pérdida del sentido de humanidad que nos empobrece a todos."

Los obispos ven la realidad guatemalteca ensombrecida por asesinatos, corrupción, injusticia, robo y depredación del patrimonio nacional. Al gobierno actual lo hacen responsable de engañar y manipular a "las personas que depositaron su confianza en los representantes del pueblo", así como inmerso en "injusticias y el atropello de los inocentes". Pero también ven al capital como responsable de "quitar la vida a los pobres con la falta de conciencia social, con el egoísmo y la indiferencia ante el hambre y la miseria de quienes han perdido su trabajo". Aunque en el texto no citan expresamente a los grandes empresarios privados, es claro de quienes están hablando.

Tareas urgentes frente a la crisis

Los obispos señalan líneas de acción urgentes. Frente a la corrupción pública, creen que urge "una mejor administración de la vida pública y de los servicios sociales con honestidad, honradez y profesionalidad", enfatizando la transparencia y rechazando el asignar recursos públicos con "afán de enriquecimiento ilícito a costa de la vida de los pobres".

Frente al egoísmo e indiferencia, afirman que urge una producción de riqueza "más equilibrada y equitativa". Frente a las injusticias y atropellos del poder, reclaman la vigencia del Estado de derecho, el cese del acoso y del control y la libertad para "las organizaciones civiles en pro de los derechos humanos", y denuncian las actividades de "grupos que actúan con impunidad al margen del Estado de derecho".

Frente al hambre y la miseria y, más en general, frente al aumento de la pobreza, reconocen que "la deuda externa, los procesos neoliberales que se imponen y la globalización mundial en acto" son variables de difícil control desde el propio país. Frente a la pérdida del trabajo, se vuelven hacia las migraciones internas o externas y denuncian
"los grandes desequilibrios mundiales y locales en la distribución de la riqueza" y las graves crisis familiares y culturales con raíces en ellos.

¿Quiénes son los más pobres?

No llegan a tomar postura sobre el derecho a la libre movilidad de la fuerza de trabajo o sobre los problemas que nos aguardan en el Plan Puebla Panamá o en los TLC y el ALCA. Finalmente, frente al incumplimiento de los Acuerdos de Paz, se fijan especialmente en el "problema no resuelto y siempre postergado" de "la tenencia, uso y usufructo de la tierra", valoran la búsqueda de bases "para un amplio debate nacional sobre el modelo económico más viable" y "un proyecto de desarrollo rural" que tome en cuenta con equidad al campesinado.

Al final de esta visión de carácter especialmente práctico, los obispos reiteran "el reto de la solidaridad afectiva y efectiva hacia los más pobres". ¿Quiénes son esa gente pobre hoy en la sociedad guatemalteca? Los obispos enumeran: los miles de personas que mendigan en las ciudades; el campesinado sin tierra y sin trabajo forzado a migrar; las mujeres abandonadas o madres solteras sin trabajo; los habitantes marginados de las ciudades, migrantes ellos mismos muchas veces; niños, niñas, y jóvenes de la calle; masas analfabetas y sin capacitación laboral; gente discriminada por su origen, condición social, lengua o cultura; hogares divididos o destruidos por cualquiera de las causas anteriores; víctimas de maras, de la prostitución, incluso infantil, del narcotráfico y de otros tipos de crimen organizado; personas enfermas sin acogida en hospitales; ancianos o ancianas en soledad y miseria; y víctimas del SIDA o de la drogadicción.

Abuso sexual de sacerdotes: primeras denuncias

Apenas ido el Papa, la plaga de la pedofilia empezó a evidenciarse también en el clero guatemalteco. Tres sacerdotes fueron acusados de abuso sexual en la arquidiócesis de Guatemala. Los obispos aseguraron que se llegará a la verdad y se tomarán severas medidas, que incluyen tanto la expulsión del ejercicio del sacerdocio como la aceptación de los caminos legales en los tribunales.

Sobre estos tres primeros casos, un comunicado de los obispos del 27 de agosto afirma: "Los medios de comunicación han divulgado ciertas afirmaciones del ex-Procurador de Derechos Humanos sobre algunos casos de abuso sexual de menores, cometidos por sacerdotes. Al margen del contenido tendencioso de algunas de estas afirmaciones y de la sobrevaloración que se ha hecho de tales situaciones, queremos expresar con firmeza que el abuso sexual de menores es "considerado con razón un crimen por la sociedad y es también un pecado espantoso a los ojos de Dios". Por ello, no hay lugar en el sacerdocio ni en la vida religiosa para quienes hacen daño a los jóvenes y a los niños". (Juan Pablo II, 23 abril 2002).

Para aquel sacerdote a quien se le haya probado el delito, se empleará el procedimiento establecido por la Ley Canónica y las últimas disposiciones de la Congregación de la Doctrina de la Fe. La Conferencia Episcopal de Guatemala apoya la decisión del Arzobispo Metropolitano de Guatemala de constituir una Comisión de expertos Sacerdotes y Laicos para investigar las diversas denuncias de este tipo. Sin embargo, nunca dejaremos de ser, como Obispos, padres, amigos y pastores de todos los fieles y en particular de nuestros sacerdotes. Queremos reconocer con ánimo agradecido el trabajo pastoral entregado y perseverante de todos los sacerdotes en Guatemala."

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